—¡Es mía! dijo, después de un momento de silencio, el físico: ¡es mía! añadió levantando el antifaz con que se había cubierto la dueña la cara antes de dormirse, y volviendo á dejarle caer sobre sus hermosas facciones luego que la vió profundamente dormida. Téngola segura aquí para más de dos horas. Una hora tengo para hablar con su alteza; otra para el desenlace de esta intriga infernal. Infernal, sí, pero pagada. Ésta es la circunstancia que han de tener las intrigas. Dichas estas palabras, reconoció el astrólogo su habitación y las puertas de ella: cerró la comunicación con la escalera secreta, y salió con dirección sin duda á la cámara de su alteza.
CAPÍTULO XXI
¿Cuyo es aquel caballo
Que allá bajo relinchó?
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¿Cuyas son aquellas armas
Que están en el corredor?
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¿Cuya es aquella lanza
Que desde aquí la veo yo?
Canc. de r.m. anón.
Más de una hora había pasado desde que el intrigante viejo había sepultado en letargo profundo á la incauta enlutada, y no había alterado en aquel espacio el más mínimo ruido la tranquilidad que en el laboratorio reinaba.
Por fin dos hombres, vestido el uno de rica y vistosa seda, de tosco buriel el otro, armado aquél simplemente con una espada, balanceando éste en su diestra mano un agudo venablo, entraron en la pieza inmediata á la del astrólogo.
—¿Conque está decidido, dijo Hernando, que vais á ver á ese astrólogo?
—Citóme esta mañana, Hernando, repuso Macías, y no ha mucho que le he visto en la cámara de su alteza. «Dentro de una hora, me dijo, estaré en mi aposento: esperadme, si tardare, un momento».
—¡Plegue á Dios que no acabe el judío de volverte el juicio, señor!
—¿Por qué, Hernando?
—Por el soto de Manzanares, señor, que otra vez le viniste á ver y nos ha costado andar meses enteros perdiendo balcones en los montes de Calatrava, que así sirven para los de Madrid como sirven los más de los perros del rey Enrique para mi leal Brabonel.
—Así estaba escrito, Hernando; mi negra estrella lo dispuso de esa suerte.
—Voto va, señor, que yo no tuve nunca más constelación que mi mano derecha, y lo que sé decirle es que siempre está escrito que muera el venado contra el cual disparo mi venablo.
—¿Niegas tú, pues, la influencia de las constelaciones?
—No niego nada, pesiamí; pero si tienes enemigos, señor, y si quieres conjurarlos, ¿por qué no me dices: Hernando, escatima el rastro de aquel oso que me incomoda? Mal año para Hernando si antes de la luna nueva no habías de poderte hacer una buena zamarra con la piel de la bestia.
—Muchas veces, Hernando, conviene cazar de otra manera. Puede más el ingenio que la fuerza.
—¿Y que no tiene ingenio un montero? No todo ha de ser tampoco dar lanzada; pero maneras hay de cazar, si bien no se hicieron todas para monteros de corazón. No gusto yo de ardides; pero por ti, válame Dios, que monteara yo presto de todos modos. También yo estuve en tu tierra; allí en Galicia aprendí la montería á buitrón, y más de un lobo he cogido al alzapié.
—Bien se trasluce, Hernando, que se te alcanza más de ardides de montería que intrigas de corte. Mira si puedes esperar á mi salida, y dejemos para mejor coyuntura tus toscos lazos.
—Toscos, señor, pero seguros. Aquí te espero, y á la buena de Dios. Quiera éste que no caigas tú en la hoya del adivino, y salgas cazado pudiendo cazar.
—No temas, Hernando, que en el último apuro no ha de fallarme nunca una buena lanza, y eso es lodo lo que necesita un caballero. Entre tanto no tengo que temer del astrólogo, á quien nunca hice mal, sino de mí mismo, y este peligro es el que vengo á prevenir, que aquél prevenido se está.
—Como de esas veces sale la fiera de donde menos se espera. El oso era enemigo del hombre antes de que el hombre supiera cazarle. Anda con Dios, señor, mientras yo le quedo rogando que sea más feliz esta predicción del astrólogo que la pasada.
Sentóse á un lado Hernando dichas estas últimas palabras, y el dudoso doncel entró en el laboratorio del judío, inquieto por sus propios presentimientos, reforzados con las palabras del montero, y por el objeto de su supersticiosa visita.
La luz que alumbraba la habitación era una lámpara de que sólo ardía un mechero, y ése con pálido resplandor, porque el adivino no ignoraba cuán favorable es á la osadía en el amor un débil reflejo que sirve de velo al pudor y de capa al enamorado deseo. El doncel por lo tanto dirigió la vista á la mesa á que solía estar sentado trabajando el judío, y no vió á nadie. El sitial, donde estaba la dama reclinada, caía del otro lado de la mesa, y el aburrido caballero se creyó solo por consiguiente.—No está, dijo para sí; le esperaré. No había mucho que se había abandonado en un asiento á sus melancólicas imaginaciones, cuando le sacó de su distracción un ruido acompasado semejante al que produce el desigual aliento de una persona que duerme agitadamente. Miró á todos lados y creyó que su oído le engañaba, cuando un profundísimo suspiro vino á confirmarle en su primera sospecha.
—¿Quién hay aquí, dijo levantándose, quién? Alguien duerme en esta habitación: ¿será que el judío, rendido al poder del sueño?... pero santo Dios, ¿qué veo? añadió reparando en la dormida, cuyo vestido se confundía en color con el fondo oscuro de los muebles y de la habitación. Una persona... ella... ella es... la dama que esta mañana... no hay duda. Yo te doy gracias, santo Dios, por esta ocasión que me deparas propicio para averiguar lo que tanto anhelaba saber. ¡Oh! añadió acercándose con blando paso, temeroso de despertarla; ¡haced, Dios mío, que no venga nadie ahora, nadie!
La postura que el abandono de su letargo había hecho adoptar á la dormida era tan elegante como puede serlo la de una hermosa dormida: su ropa la cubría enteramente; uno de sus pies adelantado indolentemente, y levantando el extremo de su vestido, dejaba ver el torneado y ascendente contorno de una pierna modelada por el deseo: no la hubiera hecho más perfecta la imaginación. Reclinábase sobre la una mano su cabeza y la otra, naturalmente caída, parecía destinada á ser el objeto de la osadía de un amante arrodillado. Su extremada blancura, que se destacaba del fondo negro del vestido sobre que descansaba, la hacía semejante á esas pequeñas manchas de nieve que suelen verse todavía á fines de la primavera, desde larga distancia, resaltando entre las quebradas de una escarpada y oscura montaña. La agitación de su descanso marcaba á cada sobrealiento la delicada forma de su seno, que se alzaba y deprimía como suelen alzarse y deprimirse las leves ondas al blando impulso de la brisa azotadora. Su aliento desigual solevantaba de cuando en cuando el ligero antifaz de seda, y dejaba descubierta un instante la extremidad de su rostro, por la cual parecía poderse deducir fundadamente la hermosura del resto que no se llegaba á ver: levantándose alguna vez un poco más el antifaz llegaba á descubrirse cerca de la boca la huella de una fugitiva y vaga sonrisa; bien como un relámpago más prolongado suele en una noche tenebrosa ofrecer por un instante á la vista del ansioso espectador una porción del cielo que dejan á descubierto los intervalos de las nubes, ó la lejana y suave superficie de un arroyo plateado.
El doncel, cruzado de brazos á su lado, y sin atreverse á respirar ni acercarse por no terminar él mismo con el más leve ruido la dicha de su contemplación, esperaba el inmediato movimiento del antifaz, como si hubiese de ir viendo cada vez más porción de aquel tan deseado rostro, que la importuna tela robaba á sus ansiosas miradas.
No era, sin embargo, el descanso del tierno objeto de su expectación aquel que en la inmediación de la mañana tiñe en alegres imágenes la fantasía de una bella: era el sueño fatídico de una horrible pesadilla producida por la pena, ó por una bebida ponzoñosa y antinatural. Algún gemido se escapaba de cuando en cuando del pecho oprimido: un ay oscuramente pronunciado moría al nacer en sus trémulos labios, y la mano que pendía, moviéndose con dificultad, parecía querer desviar de su dueño la fantástica figura que atormentaba sin duda su intranquilo sueño.
—Padece la infeliz, padece, dijo entre dientes Macías. ¡Ah! ¿quién puede ser sino ella? ¿quién sino ella podría atar de esta manera mis acciones? ¿quién producir este respeto y esta agitación que á un mismo tiempo me dominan?
Un movimiento, en fin, más marcado pareció anunciar que iba á despertarse.
—Dejadme, dejadme, dijo confusamente; huid. La muerte, la muerte...
—No, dijo Macías sin poderse contener por más tiempo, no; la vida, la vida á tu lado eternamente. ¿Quién se atreverá á ofenderte estando Macías á tu lado?
Arrojóse entonces á sus pies, é iba á levantar con mano atrevida el antifaz.
—Salgamos de una vez, exclamó, de esta penosa situación. Recordó entonces que en la mañana del mismo día había manifestado la enlutada su deseo de no ser conocida, y que él la había empeñado su palabra de no descubrirla.
—¡Horrible tormento! exclamó; pero respetaré tu voluntad, mujer cruel. Atrevióse entonces á llegar su mano á la de la tapada, y un fuego desconocido corrió por sus venas.
—¡Dios mío! gritó despertándose la dama al sentir su mano oprimida por la del doncel. ¿Dónde estoy? ¡ah! ¿qué hacéis? ¡Abrahem! Pero, cielos, ¿qué veo? ¿pierdo la cabeza? ¿quién sois? soltad... Guiomar, Guiomar, añadió levantándose y llamando con voz apenas inteligible á una de sus dueñas que en la antecámara la esperaban.
—Callad por Dios, callad, exclamó Macías mirando á la puerta. No llaméis á nadie: señora, ¿qué teméis?
—¿Quién sois? ¡Ah! ¡sois vos! ¿Me engaña mi deseo?
—¿Tu deseo? ¿has dicho tu deseo? repítelo otra vez, repítelo.
—No; no, caballero; no he dicho mi deseo. Perdonad si... no sé lo que pronuncio; el sueño, la... pero decidme, ¿por qué estáis aquí? ¿qué hacéis? Huid, huid ahora que os conozco.
—¡Cruel! ¿por qué?
—Soltad mi mano; soltadla, que no es vuestra...
—¡No es mía! ¡mil rayos me confundan! Perdonad si mi dolor... ¿pero qué veo? este anillo... ¡Santo Dios! ¡ella es! ¡ella es! ¿quién sino ella pudiera tener este anillo? Es el mismo, lo conozco, es el mismo.
—¡Imprudente! exclamó la dama retirando y escondiendo precipitadamente su mano.
—¡Elvira!
—¡Silencio!
—Vos sois, vos sois: no me lo ocultéis por más tiempo, si no queréis que muera á vuestros pies.
—Y bien, yo soy, respondió la dama abalanzándose hacia atrás para poner todo el espacio posible entre ella y el doncel; yo soy, puesto que fuera inútil negároslo por más tiempo. Y ¿qué queréis? ¿qué exigís de mí?
—¿Qué exijo, señora, qué exijo? preguntó el doncel arrebatado de su loco frenesí: ¿tengo derecho á exigir algo de vos?
—Huid, pues, y no turbéis por más tiempo mi tranquilidad.
—¿Vuestra tranquilidad? y la mía, señora, ¿quién la turbó sino vos? ¿ó no es nada por ventura mi tranquilidad?
—¿Yo?
—¿Quién sino vos emponzoñó mi existencia, antes feliz y descuidada? ¿quién sino vos me dijo: Macías, mírame y ama?
—¿Yo?
—Vuestros ojos, vuestros ojos se clavaron cien veces en los míos, y bien claro lo dijeron. ¡Ah! Elvira, yo he aprendido bien á mi costa á leer en ellos.
—Santo Dios, ¿qué decís?
—¿Juzgáis, señora, por ventura, que es lícito mirar á un hombre y elegirle con los ojos entre la multitud para abrasarle impunemente? ¿Creéis que no vale tanto un hombre como una mujer? ¿Imaginasteis que su vida no es nada, que su existencia es vuestra? Vuestra, sí, si la compráis; pero con una sola moneda, con la sola moneda que la paga; ¡con amor!
—¿Pero, Macías, deliráis?
—Sí, deliro, porque te veo, porque te hablo, porque esta era la felicidad que anhelaba y que huía hace tres años. ¡Tres años, Elvira! Tú sabes los días, los larguísimos días que encierran cuando se pasan sin esperanza. He huido yo también, pero no hay hombre más fuerte que su destino. Te amo, Elvira, te adoro. Ámame, ó mátame.
—Elegid, caballero, lo que gustéis, exclamó Elvira fuera de sí, y haciendo un esfuerzo sobrenatural. ¡Vos osáis ofenderme, vos abusáis de esa manera de mi loca confianza! ¿Quién os ha dicho que os amé? ¿Olvidáis que no puedo ser vuestra nunca jamás?
—¡Yo olvidarlo, señora! ¡Pluguiera al cielo que me fuera dado olvidarlo! ¿Quién más dichoso entonces? Pero nunca creí que vos misma os complaceríais en repetírmelo. Añadidme ahora que le amáis á ese hidalgo...
—¿Y si os lo dijera mentiría? Le amo...
—¡Silencio! El infierno, el infierno se abre en este momento ante mis ojos... necio de mí, que consumí una vida entera de amor en conquistar este desengaño... ¿Pero qué veo? ¿Lloráis? Elvira, ¿lloráis? Nos entendemos, ¡ah! nos entendemos: se hablan nuestras almas, á pesar de nosotros y de los obstáculos: confesadlo; es imposible que no me améis. No se ama nunca con este amor que me abrasa para no ser correspondido. Os comprendo. ¿Teméis? ¿miráis á todas partes? Bien, callaré, señora, callaré. Pero decidme os amo, y nada más.
—Basta ya: ¡es imposible! ¿Paréceos que la superchería que conmigo usáis, y que este encuentro, casual sin duda, en la habitación del astrólogo, merece de mi parte premio y galardón? Creedme, joven imprudente, un mundo entero existe entre vos y entre mí: jamás le traspasaréis.
—¡Jamás! ¡Dios mío!
—Y escuchad: si queréis evitar mi odio, si mi aprecio os interesa, jamás me habléis de amor: os prohibo que os presentéis delante de mí, os prohibo que me dirijáis trova ni canción alguna; os prohibo...
—Prohibidme el vivir, cruel, y acabaréis más pronto, contestó el doncel con toda la amargura de la desesperación.
—Juradlo, Macías, juradlo si sois caballero.
—¿Que jure yo no amarte? Jurad vos no ser hermosa, jurad que vuestra voz no será dulce y penetrante, jurad que vuestros ojos no me abrasarán en lo sucesivo, y yo juraré entonces...
—¡Silencio! Soy perdida. ¿No sentís pasos? ¿No ois? ¡Abrahem, Abrahem!
—Sí; pero esa puerta se cerrará...
—¿Qué hacéis? Teneos. ¿Queréis hacerme delincuente cuando soy sólo desgraciada?
—Señor Hernán Pérez, dijo á este tiempo la conocida voz del astrólogo en la antecámara, entrad en mi habitación, y daré satisfacción á vuestras preguntas.
—Él es, exclamó Macías apretando por última vez la mano de Elvira, que se desasió de él, y lanzando un ¡ay! agudo y penetrante, se dejó caer sobro el sitial que detrás de sí tenía.
El lejano y repentino ruido de la conocida tormenta no pone más pavor en el corazón del asustado marinero que el que produjo en el pecho del hidalgo la voz acongojada que en balde intentaba desconocer.
—¡Santo cielo! gritó: ¡esta voz es la suya! Lanzóse en seguida en la habitación como se abalanza el tigre al redil, llamado por el tímido balido de la inocente oveja.
Detúvole empero y acabó de confundir todas sus ideas la presencia del doncel, que ya en pie, y echada la visera, parecía el ángel tutelar de la enlutada, puesto allí delante de ella para defenderla de todo riesgo.—Abrahem, dijo entonces vuelto hacia el astrólogo, ¿quién es esta enlutada?
Fingía el judío hallarse en la mayor agitación.—Señor, le respondió por último, permitid que no descubra á nadie este secreto que se me ha encargado, y menos á vos...
—¿Á mí?... Yo he de saberlo... Acercóse entonces, resuelto, á la tapada con ánimo al parecer de descubrirla.
—¿Qué hacéis, hidalgo?... preguntó una voz de trueno, deteniéndole al mismo tiempo el brazo del doncel.
Llegándose entonces el astrólogo á la dama, que se había arrojado de rodillas como á implorar piedad ante el celoso marido, asióla de una mano, y aprovechando el momento en que forcejeaba Hernán Pérez con el doncel, sacóla de la cámara, diciéndola al oído precipitadamente:
—Me ha sido imposible evitarlo; pero salvaos.
—La he de seguir, exclamó el hidalgo.
—No, mientras esté yo aquí, repuso el doncel. Id, señora...
—¿Y con qué derecho?...
—Con el de la fuerza.
—¡Ah! os conozco: mis dudas se desvanecen: ¿sois vos el doncel?...
—Yo mismo.
—Sacad la espada...
—¿Osado y descortés?
—Sacadla.
—No en el alcázar, gritó el astrólogo arrojándose entre los dos. Imprudentes, respetad mis canas. Macías, no tenéis razón sino para envainar vuestro acero. Hidalgo, os deslumbra tal vez...
—¡Basta, pérfido astrólogo! gritó fuera de sí el irritado hidalgo: ¡basta! Doncel, respetemos este lugar; pero en otra parte tengo que hablaros: salgamos.
—Salgamos, repuso Macías echando á andar tras el escudero. ¡Tiempo hace que lo deseaba! añadió en lo más profundo de su corazón.
—¡Oídme! gritaba el astrólogo. ¡Teneos!
Pero de allí á poco dejó de oir sus pasos precipitados; mirando entonces hacia la puerta por donde habían salido:
—¡Miserables, dijo cerrándola, os preciáis de fuertes y de entendidos, y un torpe anciano juega con vosotros como con sus maniquíes! Abriendo en seguida la comunicación que daba á la cámara de don Enrique, asió de una lámpara, y bajó silenciosa, pero precipitadamente, la escalera retorcida. Daba la luz en parte sólo de su rostro, merced á su mano derecha, que interpuesta la defendía los ojos del resplandor. Sonaban sus sandalias de escalón en escalón, y su larga ropa crujía barriendo el pavimento. Parecía el genio del mal de aquel oscuro alcázar, que recorría sus más recónditos rincones buscando víctimas nuevas que sacrificar el día siguiente á su insaciable furor.
CAPÍTULO XXII
Cuande la noche cerró,
Ambos se fueron armare,
Cabalgaron á caballo,
Salieron de la ciudade,
Armados de todas armas
Á guisa de peleare.
Rom. del marqués de Mantua
Con feroz expresión de alegría llegó Abenzarsal á noticiar al conde de Cangas y Tineo el funesto resultado de su bien combinada intriga: gran parte había tenido en ella la casualidad; pero ni creyó oportuno declarárselo así al conde, ni acaso lo creería él mismo. Regocijóse mucho don Enrique de Villena al principio de su narración, pero fué oscureciendo su rostro una nube de descontento cuando llegando al desenlace de la escena referida en nuestro anterior capítulo, calculó que á la hora en que él estaba escuchando tranquilamente de boca del empedernido viejo la horrible maquinación, ésta podría estar costándole la vida á uno de los dos combatientes, pues no era difícil inferir que á pelear y no á otra cosa habían salido en aquella forma y á aquellas horas del alcázar el amoscado hidalgo y el impetuoso caballero. Parecióle de veras mal que pasase la burla tan adelante. Cuando había admitido para este asunto los auxilios del astrólogo judiciario, ó se había lisonjeado de que éste conseguiría colocar las cosas en cierto punto del cual no pasasen, y que bastase sin embargo para poner fuera de combate á sus enemigos; ó lo que es más probable, no se había tomado el trabajo de reflexionar suficientemente que las pasiones no se manejan con la mano, y que el tino ha de estar en ver cómo se ha de soltar el león de la jaula, porque una vez suelto, ni hay retroceder, ni hay calcular dónde y cómo habrá de parar el estrago. Como todos los hombres débiles y faltos de energía, había procurado ahogar en un principio los latidos de su conciencia, si se nos permite esta atrevida metáfora. En balde trató el viejo redomado de tranquilizar su espíritu y embolar sus remordimientos, presentándole el caso menos arriesgado de lo que era y debía ser realmente; en balde le citó mil ejemplos de desafíos empezados y no concluidos, y enumeró infinidad de ellos terminados al llegar al campo por miedo de uno ó de los dos adversarios, ó por cualquiera extraña casualidad sobrevenida; ó llevados á cabo, en fin, á costa sólo de algunas heridas de poca importancia y gravedad. Para haber cedido á la insinuante persuasión del físico, era preciso no haber conocido el pundonoroso espíritu del hidalgo, y haber ignorado completamente la fibra irritable y la arrojada decisión del doncel. Luchaba el conde con mortales angustias entre el deseo de ver perdido al doncel y el temor de que quedase envuelto en su ruina su fiel escudero, cuyos leales servicios, y cuya probidad, sólo cariño y respeto le podían merecer. Si hubiera sido posible que por una causa ajena enteramente de él hubiera desaparecido Macías y callado para siempre la importuna honradez del hidalgo, hubiérase alegrado tal vez, pero la idea de que iba á recaer sobre su cabeza la sangre de un semejante suyo, no era bastante malvado para arrostrarla. ¡Estado infeliz del hombre que ni puede llamarse bueno ni malo completamente, en cuyo corazón domina todavía el conocimiento de lo primero, sin el suficiente vigor para desechar lo segundo! El tiempo entre tanto corría, y era forzoso decidirse presto.—Abenzarsal, dijo por fin Villena con la violencia que se hace el enfermo para pasar de un trago la amarga medicina, á que ha de deber mal su grado su salud, Abenzarsal, me habéis perdido. Nada habéis hecho por mí, si muere alguno. Corramos á evitar una catástrofe. ¡Ay de nosotros si llegamos tarde! No os mandé yo tanto.
—¿Qué dices, señor? repuso asombrado el astrólogo, que contaba todavía con la indecisión del conde y con su propia elocuencia para acabarle de determinar. ¿Pretendes lograr tus planes con semejante cobardía? ¿nada quieres sacrificar? nada, pues, lograrás. El entendido maestro corta un brazo para salvar los demás miembros. Los términos medios nada remedian. Dejémosles correr su suerte. Si su constelación por otra parte es morir, ¿qué poder tendremos para contrastar los astros?
—¡Los astros! ¡los astros! acostumbrado á ese pérfido lenguaje, queréis deslumbraros á vos mismo. Si uno de ellos está pereciendo en este instante, ¿qué astro sino vuestra intriga los habrá perdido?
—Eso querrá decir, don Enrique, que su constelación era que los perdiese mi intriga.
—Basta, Abenzarsal, gritó Villena mirando al reloj. Cada grano de menuda arena, que veis caer en la parte inferior de esa vasija, es una gota de sangre tal vez; y no encierran tantas gotas las venas de ningún hombre como granos contiene ese arenero. Abenzarsal, yo quiero que su constelación no ordene su muerte: venid conmigo...
—¿Adónde? ¿Quién es capaz de adivinar dónde han dirigido sus pasos en medio de las tinieblas de la noche dos locos, que?...
—Locos, sí, locos; pero hombres, en fin, que cuerdos ó locos no tienen más que una vida, y ésa la perderán si los dejamos.
—¿Y bien? ¿Serán los primeros que hayan muerto víctimas de su necedad? ¿Soy yo, por ventura, quien los ha persuadido de que vale tanto una hermosura pasajera como la vida del hombre? Si no han aprendido á conocer á la mujer, ¿será nuestra la culpa de su muerte? ¡Insensatos! Los que consienten en morir por un ser pérfido no merecen que dé nadie dos pasos para salvarles la vida. ¿Serán por ventura más felices cuando la conserven para vivir esclavos, y fascinados por el loco capricho de un sexo envenenador, para creer gozar en una falsa sonrisa, para llorar lágrimas de sangre ante un injusto desdén? Su muerte será acaso su felicidad.
—¡Sofisma, Abenzarsal, bárbaro sofisma!
—Es decir, pues, replicó el viejo, batido en sus últimos atrincheramientos, es decir...
—Es decir, viejo insaciable, que no consiento réplicas. ¿Cuánto oro necesitas para ceder? ¿En cuánto aprecias la vida de dos hombres?
—Si por eso lo decís, en nada. De balde los salvaré.
—Tomad, sin embargo, repuso Villena arrojándole otro bolsón, parecido al que poco antes le había dado, tomad y acallad con oro vuestra conciencia, si es que os remuerde de obrar bien alguna vez. Vamos de aquí. ¡Quiera el cielo oir mis votos! Aseguremos sus vidas, y no nos faltarán medios después para deshacernos de ellos de un modo menos culpable.
Al decir esto asió del brazo al astrólogo, que obedeció de mala gana á la violencia que se le hacía.—¡He aquí el hombre! salió diciendo entre dientes detrás de Villena, que á pasos precipitados se lanzó fuera del aposento. Inventa recursos, Abenzarsal, añadió hablando consigo mismo, imagina arbitrios para engrandecer á un ser débil y de carácter indeciso, y él mismo derribará la obra que hayas edificado. ¡Remordimientos, remordimientos dos hombres! Sin embargo, si mueren por una hermosa, la hermosa al saber su muerte la colgará como trofeo en el altar de sus conquistas, y volverá los ojos á emponzoñar tranquilamente con sus nuevas sonrisas y desdenes la existencia de un tercero. ¡Y nosotros entretanto con remordimientos!
Mientras esto pasaba en la cámara de don Enrique de Villena, caminaban hacia el soto de Manzanares con el mayor silencio nuestros dos competidores. El hidalgo, al salir por la puerta del cubo de la Almudena, se había vuelto á Macías, que lo seguía con la indiferencia y serenidad de un hombre que nada espera y que está por consiguiente dispuesto á todo, y le había dicho: «Caballero, mientras más apartados de la población, reñiremos con más libertad». Al decir estas palabras, que fueron sin duda oídas, aunque no contestadas, hizo un ademán con la mano dando á entender que debían seguir algún trecho más adelante camino de la casa del Pardo, que á la sazón edificaba don Enrique el Doliente en medio del famoso soto. Macías manifestó su asentimiento á tal proposición siguiéndole á pocos pasos. Así anduvieron largo trecho, conservando siempre entre sí igual distancia y el mismo silencio; parecían en medio de la oscuridad dos troncos cortados á igual altura, que movidos de impulso extraordinario se trasladaban á otro punto, por entre sus muchos lozanos compañeros, que desafiaban á las nubes con sus altas copas, por cuyas ramas pasaba agitándolas y susurrando tristemente el viento de las vecinas sierras. Por fin, llegaron á una especie de plazoleta formada por los leñadores, que habían hecho su carga en aquel paraje derribando algunos arbustos y matorrales. Paróse al entrar en ella el hidalgo, miró en derredor, y dando con el pie en el suelo y desembozando su corto capotillo, «Aquí, dijo con voz alterada por la cólera, aquí». Imitó el doncel su acción; y desenvainando su espada sosegadamente, esperó á que lo acometiera su contrario con resuelto continente. Desenvainó la suya también el escudero, pero antes de proceder al combate cruel que los esperaba:—No creo inútil, dijo al doncel, que fijemos los pactos de nuestro duelo. En primer lugar, deseo preguntaros si tenéis noticia de una música que se dió no hace muchas noches al pie de la ventana de mi señora la condesa de Cangas y Tineo.
—Sí, contestó Macías secamente. Defendeos.
—Esperad. ¿Y sabéis quién era el músico?
—No me creo obligado á contestaros, repuso Macías en el mismo tono, volviendo á hacer ademán de dar principio al combate.
—¿Y queréis decirme quién era la dama enlutada que acusó esta mañana en pública corte á mi señor el conde?
—Los mismos datos tenéis para conocerla que yo.
—¿Qué motivos tuvisteis para abrazar su defensa?
—Los que creí justos.
—¿Cómo os he encontrado solo con ella en el laboratorio del judío? ¿Sabéis que soy su esposo?
—He dicho una vez por todas que no me creo obligado á responderos. No acostumbro á sufrir interrogatorios.
—No me podréis negar que una entrevista de esa especie supone relaciones que mi honor...
—Vuestro honor está ileso. Vuestra esposa inocente.
—Probádmelo.
—Con la punta de mi espada, al momento.
—¿No tenéis, pues, otras pruebas?
—Para hablar, hidalgo, no necesitábamos habernos apartado tanto de Madrid.
—Decís bien, repuso el hidalgo, en quien la ira crecía más y más en el corazón con cada respuesta del arrogante mancebo; vengamos, pues, á los pactos de nuestro duelo. El que venza...
—El que venza, dijo Macías irritado ya por la tardanza, enterrará al otro, ó lo dejará, si le parece mejor, para pasto de los cuervos de Castilla.
—Si le venciese, empero, sin matarle, podrá imponerle...
—Os prevengo, hidalgo, que no me venceréis sino matándome. Por lo demás, recordad que no estáis armado caballero, y cuando me sujeto á reñir con vos, no puede haber pacto por consiguiente entre nosotros.
—No estoy armado, pero soy hidalgo. Por no haberla recibido no desconozco la orden de caballería...
—Probadlo, pues.
Bien vió el hidalgo que en balde intentaría obtener de su adversario más amplias explicaciones. Meditó un momento buscando en su imaginación algún medio que pudiera hacerle conocer si era realmente tan culpada su esposa como él lo había imaginado, ó si habría procedido de ligero; pero no hallando ninguno, y temiendo, por fin, que sus dilaciones diesen motivo al doncel para dudar de su valor, púsose en actitud de acometer sin proferir más palabra, y dentro de pocos instantes sonaban ya las espadas cruzándose con desapacible y temeroso ruido. La oscuridad no permitía una defensa tan hábil como la exigía la seguridad de cada uno; pero en cambio podemos decir que realmente entrambos á dos tiraban más bien á ofender al contrario que á resguardar su propia vida del contrapuesto acero. Por otra parte los dos manejaban las armas y las conocían perfectamente. Imposible nos fuera enumerar y describir los golpes que se tiraron y las heridas que recibieron: nada dicen de esto las leyendas. Lo único que podemos asegurar como si lo hubiéramos visto, es que á poco rato de encarnizada refriega se hallaba ya tinto el suelo en más de un paraje con la roja sangre de los combatientes. Ni una palabra se oía; ni una exclamación involuntaria que exhalaba alguno al sentirse herido, ó al conocer que su estocada había dado en el cuerpo del contrario, y el aullido de algún lobo, que al ruido del hierro huía precipitadamente todo espantado del sitio del combate, era el único rumor que en gran trecho á la redonda se percibía.
De allí á poco, parándose de pronto el doncel y clavando en tierra la punta de su espada:—Hidalgo, dijo en voz baja, teneos: ¿no habéis oído algo?
—Nada, respondió el hidalgo cesando de pronto en el acometer.
—Imaginé haber oído pies de caballos en el camino inmediato, y aun si mi oído no me engaña, pasos de alguna persona entre esos espesos matorrales.
—Alguna fiera que busca su guarida. ¿Estáis cansado?
—De vivir y de que me resistáis. Espero que no podré temer una emboscada ni...
—¿Qué decís? ¿no hemos salido juntos?
—Perdonad.
—¿Estáis herido?
—No, contestó Macías con voz que reprimía el dolor, tal vez, de los golpes recibidos. No es vuestra la herida que me duele.
—Ahora creo yo oir gente, dijo á su vez Fernán; sintiera que nos interrumpiesen.
—¿Interrumpir, hidalgo? ¡Ea! acabemos de una vez. Á buen tiempo llegan; enterrarán al vencido.
—Acabemos, respondió Fernán.
Y volvieron con nuevo furor al interrumpido combate, no ya como hasta entonces batiéndose según las reglas de la caballería, y atacando y respondiendo. Alzadas á un tiempo mismo las espadas, descargábanlas simultáneamente, sin cuidar más de la defensa que si tuvieran dos vidas. Iban á acabarse muy presto uno á otro, pues que si bien Macías llevaba indudablemente ventaja en el manejo de las armas, la oscuridad y su rabia no le permitían usar de ella, y el hidalgo reñía con celos. La casualidad empero quiso que Hernán Pérez al arrojarse sobre su adversario pusiese el pie en un paraje del suelo humedecido con la sangre que ambos habían perdido, y por lo tanto resbaladizo: no bien le había sentado, cuando el mismo impulso que su cuerpo llevaba le hizo venir á tierra á los pies del enfurecido doncel. Vencedor ya éste, dirigió la punta de su espada al rostro del caído.—¡Sois muerto! le gritó; pero al mismo tiempo una mano, más fuerte que las manos unidas de diez hombres, asiendo del brazo del vencedor, no sólo le detuvo en su mortífero intento, sino que levantándole en el aire le apartó largo trecho del sitio de la pendencia con la misma facilidad que lleva el viento un ligero copo de nieve de una parte á otra. No volvía el doncel de su aturdimiento, ni acababa de entender el caído hidalgo cómo le duraba la vida todavía.
Oyóse al mismo tiempo gran ruido de caballos que se abrían paso por entre la espesura de la selva.—¡Aquí están, decían unos á otros, aquí!—Llegándose en seguida dos de los jinetes, que para alumbrarse traían teas en la mano, al que en el suelo yacía, iluminó su rostro el resplandor, y no debía de estar muy bien parado según lo indicaba su extrema palidez; probó á levantarse al sentir sobre sí aquella máquina de gentes extrañas, pero inútilmente: el terrible golpe que acababa de llevar, cayendo cuan largo era, había abierto más sus heridas, y así permaneció en tierra esperando en silencio el desenlace de aquella extraordinaria interrupción. Macías en tanto buscaba con los ojos, por todo lo que alcanzaba á ver á la luz de las teas, el atrevido que había osado apartarle de aquel modo tan incivil como peregrino de su ya conseguida victoria; pero en cuanto los de las teas hubieron reconocido al hidalgo y á su contrario, matando las luces de repente:—El caído es Fernán Pérez, dijo el que parecía principal de ellos; el otro el doncel.—Y no bien hubo acabado estas palabras, cuando precipitándose tres jinetes sobre el doncel, que se dirigía ya hacia ellos con el objeto de reconocer qué gente fuese, desenvainaron las espadas y comenzaron á acometerle todos á una con la ventaja de los caballos y con la de gente no cansada ya como él de pelear. Amparó Macías en tan inminente peligro sus espaldas del tronco de un árbol, y defendíase como un león acosado á la puerta de su caverna por una manada de hambrientos lobos.
—Date, le gritó uno de los tres: no queremos tu vida, sino tu persona.
—Jamás, cobardes, les gritó Macías defendiéndose con bizarría, y á los primeros golpes acertó á dejar á uno desmontado hiriéndole peligrosamente el caballo. Los compañeros, que vieron tan indeciso el combate, acudieron en número de otros tres al auxilio: y era evidente que Macías no hubiera podido resistir mucho tiempo á lucha tan desigual.
—Date, repitió el mismo que había hablado al ver llegar el socorro, date ó eres...
No pudo acabar la frase, porque dió consigo en tierra desde el caballo, con no poca admiración del doncel, que entretenido con otro, no había podido ofender al que hablaba. Igual suerte tuvo de allí á un momento el que más acosaba á Macías.
—¡Mueren por sí solos mis enemigos! exclamó Macías. Villanos, prosiguió cobrando ánimo con la invisible protección que el cielo le daba, rendíos, y decid quién sois, y qué intento os ha traído. Si sois salteadores...
—¡Muera! dijo uno de los tres que le quedaban acometiendo: ¡muera! Yo daré cuenta de su muerte. Él ha muerto á tres de los nuestros. Abalanzóse sobre él Macías, pero antes de que su espada hubiese llegado á tocarle:—¡Cielos! exclamó el desconocido: ¡soy muerto! y cayó cuan largo era.
Al oir esta exclamación tan inesperada, llenos de terror sus compañeros dieron á correr gritando:—¡Es hechicero! ¡es hechicero! ¡el diablo le defiende!
Arrojóse tras ellos Macías, pero conoció que sería vano intento querer alcanzarlos; detúvole en aquel punto la misma mano que parecía haberle salvado aquel día de tantos peligros.
—¿Quién eres? iba á decir Macías á su invisible protector, cuando una voz ronca que parecía hablar sola en medio de las tinieblas dijo con reposado continente:
—¡Voto va! dejad ese venado, que ni sirven esas piezas para yantar, ni menos para vestir. El montero de ley no ha de cazar nunca raposas cuando puede cazar venado más noble.
—¡Cielos! exclamó Macías: ¿eres tú, Hernando? ¿Es á ti á quien debo esta noche la existencia acaso?...
—¡Por Santiago! Yo creí que ya sabía mi amo el doncel Macías que donde está la fiera, allí está Hernando.
—¡Hernando! exclamó Macías arrojándose en sus brazos.
—Vaya, dejemos eso. Si esta noche me debéis la vida, yo os la estoy debiendo todo el año, pues me mantenéis. ¡Voto va! ¿y qué pieza era esa que estaba ahí tendida?
—Hernando, me recuerdas mi deber; busquemos á ese desgraciado. Está vencido, y debemos dar treguas al rencor.
Pusiéronse á buscar en seguida al hidalgo, pero inútilmente.
—¡Ésta es buena! dijo Hernando. Los pícaros lo han llevado. ¡Bella presa! ¿No dije yo, señor, que no podía salir nada bueno de ese astrólogo? Á mí líbreme Dios de hombre que no caza. En su vida ha cogido un venablo.
—¡Ea! Hernando, esas reflexiones son para otro lugar; puesto que el hidalgo no parece, y que nosotros cumplimos ya con nuestro deber, partamos. Necesito curar mis heridas...
—¿También eso? vamos, señor: ¡vive Dios! Hernando quiere que lo monteen á él si vuelve á suceder mientras estemos en esta maldita corte que se separe un punto de su amo y señor.
Concluida esta imprecación hicieron otro rebusco por si á una parte ú otra podrían encontrar vivo ó muerto el escudero. Y yendo apoyado Macías en su fiel montero por el dolor que empezaban á causarle las heridas, tomaron en seguida el camino de Madrid, por el cual ningún vestigio habían dejado los de los caballos, si es que por él habían pasado.
CAPÍTULO XXIII
¿Qué mal tenéis, caballero?
¿Queredes me lo contare?
¿Tenéis heridas de muerte?
¿Ó tenéis otro algún male?
—Hame herido Carloto,
Su hijo del emperante,
Porque él requirió de amores
Á mi esposa con maldade;
Porque no le dió su amor,
Él en mí se fué á vengare,
Pensando que por mi muerte
Con ella había de casare.
Rom. del marqués de Mantua y Valdovinos
Cuando Elvira fué sacada de la mano por el astrólogo fuera de su cámara, á la inesperada entrada de Fernán Pérez de Vadillo, apenas tuvo tiempo aquél de indicarla que habiendo informado ya á su alteza de sus circunstancias, la daba éste licencia para restituirse á su habitación tranquilamente hasta el día en que, realizándose el combate, hubiese de concurrir á sostener en el juicio de Dios su acusación, por medio de sus pruebas ó del esfuerzo del caballero que había escogido por campeón. Pero por una parte ella esperaba ya este resultado, y por otra el sobresalto en aquel primer momento no podía dar lugar á la reflexión; así que, huir debió ser su primer cuidado. En realidad ninguna de las acciones de Elvira era culpable: por un exceso de amistad poco común, y animada del espíritu caballeresco y reparador de agravios que se dejaba sentir tan generalmente en aquella época, se había lanzado á un acto de generosidad que nadie podía reprocharle con razón fundada. Conociendo que no podía vengar á la condesa, ó descubrir su suerte y paradero sin ofender al conde, de quien al fin era escudero su esposo, un principio de delicadeza le había inspirado la idea de ocultarse, á lo cual se había añadido otra importante consideración: no conocía en la corte de don Enrique caballero tan valiente ni generoso como Macías á quien dirigirse para que amparase su debilidad contra el enemigo que iba á granjearse; pero era demasiado perspicaz para no conocer cuán falsa era la posición en que estaban uno respecto de otro, demasiado virtuosa para no tratar de huir de toda la ocasión en que pudiese aventurar aquél verbalmente una declaración que ya tantas veces le habían hecho sus ojos con su elocuente silencio. En este asunto no había, pues, en sus acciones otro delito ostensible contra su esposo sino aquella especie de reserva que con él había guardado; reserva tanto más disculpable cuanto que á no haber sido por la intriga del astrólogo, enteramente independiente de Elvira, y que no podía por consiguiente haber entrado en sus planes, le hubiera salido á medida de su deseo, puesto que sólo se hubiera sabido que era ella la acusadora, del modo que sabemos haber estado en un baile de máscaras una persona á quien creemos haber conocido, pero que no se descubrió nunca en él, y que niega constantemente su asistencia; lo cual no es saber las cosas, sino dudarlas. El que su esposo la hubiese encontrado sola con el doncel en el laboratorio del químico, ella sabía, y el lector sabe perfectamente, que no podía ser argumento contra ella. Pero el lector sabía acaso una cosa que Elvira no sabía por lo visto, ó que no había reflexionado bastante, y es que no hay posición más falsa que aquella en que se pone una persona al guardar secretos para otra que tiene derecho á exigir una total franqueza. El misterio hace aparecer culpables las cosas más inocentes, y por otra parte es fuerza confesar que si las acciones de Elvira no eran culpables, acaso no podía ella decir otro tanto de sus pensamientos, por más que procurase sofocarlos de continuo; y cuando nosotros mismos nos reconocemos culpados, de nada sirve para nuestra tranquilidad que nos tenga el mundo por inocentes. Si sólo hubiera abrigado Elvira indiferencia con respecto á Macías, no se hubiera creído perdida al ver entrar á Vadillo; de lo cual es forzoso inferir: primero, que Elvira huyó de sí misma, creyendo huir de su esposo; y segundo, que para ser malo es preciso serlo del todo: una mujer menos virtuosa que Elvira en todo este desgraciado asunto no hubiera comprometido ella misma su seguridad, porque hubiera calculado más y dominado mejor sus emociones.
Su primer pensamiento fué huir sin saber adónde; pero á poca distancia del aposento de Abenzarsal ofreciéronse á su imaginación las reflexiones todas que hubieran debido ocurrírsele un momento antes: era inocente; declararía á su esposo francamente su posición, y esta franqueza le granjearía más y más su aprecio. ¿Y adónde podía dirigir sus pasos sino á su habitación? Cualquiera otro partido hubiera sido indisculpable. Llena de la idea de que en último resultado nada podía echársele en cara, pues que había sabido resistir á las seductoras palabras del doncel, y nada había en su conducta verdaderamente reprensible, dirigióse á su departamento, no sin luchar algún tanto, y aunque á su pesar desventajosamente, con el recuerdo perseguidor del diálogo que acababa de tener con un hombre más peligroso de lo que ella pensaba para su tranquilidad. Habíanla seguido sus dueñas, inquietas al notar su zozobra é indecisión.
Quitáronla el manto en cuanto llegó y el antifaz, y pudo entregarse ya más libremente á reflexionar sobre su verdadera posición.
La primera idea que entonces le ocurrió fué el riesgo de un próximo rompimiento en que había dejado á Macías y á su esposo. Segura empero de que en nada había ofendido á este último, é ignorante al mismo tiempo de las sospechas y recelos que le atormentaban de algún tiempo á aquella parte, no creyó que lo ocurrido pudiese ser motivo suficiente para comprometer su existencia; á lo cual se agrega la reflexión de que á aquellas horas y en aquel sitio tan inmediato á la cámara de su alteza no era posible que se enredasen de palabras hasta el punto de realizar sus temores; y para el otro día se prometía haber desvanecido ya todo género de duda en el corazón de Vadillo con respecto á su conducta, porque en esta materia las mujeres suelen contar siempre demasiado con los recursos que concedió el cielo á su sexo, naturalmente fascinador y artificioso. Más serena con estas reflexiones, esperó la llegada de su esposo con toda la tranquilidad que en su posición cabía, si bien sin hacer caso de las continuas interrupciones con que el pajecillo cortaba de cuando en cuando el hilo de su meditación. Viendo éste por fin que eran inútiles cuantos recursos empleaba para distraer á la melancólica Elvira, y que tampoco estaba ésta por entonces de humor de descargar en su pecho el peso de sus secretos, decidióse á guardar silencio, esperando otra ocasión más propicia de averiguar las penas que debían afligir á su hermosa prima. Retiróse con mal humor á un rincón de la pieza por ver si le llamaba al cabo de un rato de desvío; pero no habiendo surtido tampoco efecto alguno este inocente arbitrio, quedóse al cabo de un rato profundamente dormido con aquel sueño que tan fácilmente se toma como se deja en aquella feliz edad de la vida que nuestro paje alcanzaba. Mucho tardó en llegar el momento tan deseado y temido al mismo tiempo de Elvira; pero cuando por fin después de horas enteras de ansiosa expectativa vió á su esposo, ¡cuán distinto le vió de lo que esperaba!
Abrióse la puerta de la cámara, y lo primero que se ofreció á la vista de Elvira fué Fernán, llevado en brazos de dos siervos del conde de Cangas y Tineo. Apenas creía á sus ojos; pero cuando no pudo rechazar por más tiempo la horrible realidad, arrojóse hacia él exhalando un ¡ay! que salía de lo más hondo de su corazón, y que hizo abrir al herido los ojos lánguidamente, si bien volvieron á cerrarse casi en el mismo instante. ¡Vive, vive! exclamó la desdichada esposa reparando su movimiento, y llegando sus labios á los suyos para reanimar su amortiguada vida. Dirigió en seguida á los que le traían mil preguntas, que se sucedían tan rápidamente unas á otras que apenas dejaban entre sí espacio para las respuestas. ¡Dios mío! ¡Dios mío! exclamó medio informada ya de lo ocurrido. ¡Hernán Pérez! ¡Querido esposo! Estrechábale en sus brazos, regaba el pálido rostro de Vadillo con sus ardientes lágrimas, cogía una de las manos del herido entre las suyas, acercaba éstas otra vez á su corazón por ver si palpitaba todavía... en una palabra, en aquel momento Macías entero había desaparecido de su imaginación: su esposo herido, bañado en su sangre, moribundo, acaso por su imprudencia, la ocupaba toda. Toda lucha había desaparecido, y el más débil, el más necesitado triunfaba entonces en su corazón de mujer.
Dejémosla entregada á su acerbo dolor, y al tierno cuidado del doliente hidalgo: otros personajes de nuestra historia reclaman por ahora nuestra atención. Con respecto al caballero, no había salido tan mal parado de la refriega, pero no dejaban de reclamar sus heridas algún cuidado. Apoyado en el brazo del tosco montero llegó á las puertas de Madrid y alcázar poco después que su adversario. Introducido en su cuarto, salió Hernando inmediatamente á buscar un maestro en el arte de curar, como se llamaba entonces generalmente á esos seres de suyo carniceros que llamamos en el día cirujanos, el cual maestro declaró que ninguna de sus heridas era mortal, con tanta seguridad y un tono tan decisivo como si él efectivamente lo supiera. Aplicóle las yerbas que más convenientes le hubieron de parecer, y por esta vez hubiera sido notoria injusticia dudar un solo momento de su ciencia. Corrióse por la corte al punto que el doncel favorito de su alteza, á quien nadie conocía en lo distraído desde su vuelta de Calatrava, había tenido un duelo singular en el soto de Manzanares, de cuyas resultas debía guardar el lecho por algunos días. Y en atención á que el escudero de don Enrique de Villena había necesitado también los auxilios del arte, y se hallaba igualmente en cama, no se dudó un momento que hubiese sido entre los dos el ruidoso duelo. Ahora bien, sabido esto, no era difícil que la pública maledicencia añadiese alguna particularidad notable á las circunstancias de la desavenencia, y que tratase de hallar el verdadero motivo de ella. Algunos de los enemigos del conde de Cangas no necesitaron más para asegurar que éste, cuya natural prudencia era pública, tratando de evitar la necesidad siempre desagradable de responder á la acusación intentada contra él, y sostenida por el doncel, había determinado á su escudero á acometer á aquél, acompañado de otros varios, una tarde que había salido á halconear por el soto de Manzanares; relación á que daba bastante verosimilitud la circunstancia de haber vuelto Hernán en brazos de algunos siervos del de Villena. Otros sin embargo de los amigos de Macías, que habían notado su singular aislamiento, su profunda tristeza, y que habían creído interceptar en varias ocasiones algunas miradas de rencor dirigidas por el doncel á Vadillo, y que recordaban con este motivo una serenata dada cierta noche á los pies de las habitaciones de la condesa, no se sabía por quién, tuvieron lo bastante para decir que el doncel había puesto los ojos en cierta dama, cosa que no le había parecido bien, según ellos, al hidalgo, que aunque no era caballero, era marido, y según malas lenguas un si es no es celoso. Á esta versión daba algún peso tal cual sonrisa maligna que el judío Abenzarsal había dejado escapar en algunos corrillos de la corte, donde se había referido el duelo singular. El propalar estas especies no era en verdad servir amistosamente la pasión de Macías, ni hacer gran favor á la buena opinión y fama de Elvira; pero hay autores que aseguran que la amistad no excluye la envidia, de donde infieren que las conversaciones de los amigos no son siempre las más favorables. Nosotros, que estamos lejos de participar de esta opinión arriesgada, creemos más bien que algún amigo de Macías sospechó aquella explicación como la más satisfactoria y natural sobre el lance ocurrido: éste en confianza comunicaría su idea á algún otro amigo, quien la trasladaría á otro bajo la misma fe del secreto, de cuyo modo fué corriendo la noticia, y como somos defensores acérrimos de los amigos, en los cuales creemos como en nuestra salvación, nos atrevemos á asegurar que al repetirse sus conjeturas de boca en boca, siempre irían acompañadas de aquellas expresiones cariñosas, tales como: «¡Pobre Macías! ¿Sabéis que el desafío fué por Elvira?—¿Qué decís?—Sí, no lo digáis; pero es indudable: está perdido de amores por ella, y es lástima ciertamente», y otras semejantes, que descubren á cien leguas la más pura amistad hacia el objeto de tales conversaciones.
Lo cierto es que esas voces corrieron, y como fieles historiadores nos creemos obligados á asegurar, porque lo sabemos de buena tinta, que ni Macías ni el hidalgo pudieron dar lugar á ellas. Aquél estaba harto interesado en guardar el más rigoroso silencio sobro punto tan delicado, y á éste no podía convenirle en manera alguna poner en claro la causa verdadera del desafío; pues tan de cerca tocaba al honor de su esposa. El mismo Enrique III tentó más de una vez el vado con Macías, usando de las expresiones más afectuosas, pero nunca pudo recabar nada de él, y otro tanto sucedió con el hidalgo, á quien quiso arrancar el conde de Cangas y Tineo la confesión de aquello mismo que él sabía ya demasiado bien por el astrólogo judiciario.
Por lo que hace á éste y al ilustre colaborador de su funesta intriga, ya habrá conocido el lector que después de los escrúpulos que habían atormentado, como arriba dejamos dicho, al indeciso conde, habían salido ambos con varios criados en busca de los desafiados, con el intento de salvar al escudero del peligro que le amenazaba peleando con tan acreditado caballero como era Macías, y de hacer desaparecer á éste de la corte, apoderándose de su persona, como en aquellos tiempos solían practicarlo los poderosos con los débiles, y encerrándole después en alguno de los castillos del conde, desde donde no hubiera podido volver á oponer obstáculos en su vida á los planes del nigromántico, como le llamaba el vulgo justa ó injustamente. Si este proyecto se había malogrado, no había sido en verdad por culpa del intrigante maestre, ni de su servicial consejero, sino merced al valor de Macías, y á la desconfianza, penetración y fuerza sobrenatural del montero Hernando, quien, luego que había visto salir en aquella forma á su señor y al escudero, no había dudado un solo momento en seguir sus pasos á lo lejos, y en espiar todas sus acciones, como el lector ha visto en nuestro capítulo anterior. Apenas había podido distinguir en medio de la oscuridad cuál de los dos combatientes era su señor; pero luego que notó que uno de ellos había caído, creyó que en todo caso lo más seguro era separarlos, y sólo al asir del que era realmente su amo le había conocido. No sabemos si era su intención favorecer, como favoreció, á su enemigo, pero lo que no se puede dudar es que sin su destreza en herir á los servidores del conde con los venablos arrojadizos de que se había provisto antes de salir del alcázar, acaso se hubiera terminado nuestra historia mucho antes de lo que nosotros mismos deseamos, y de lo que quisiéramos que desearan también nuestros lectores.