WeRead Powered by ReaderPub
Obras completas de Fígaro, Tomo 1 cover

Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Chapter 48: CAPÍTULO XXIV
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

La colección reúne artículos, ensayos y cartas que combinan sátira y reflexión para examinar costumbres públicas y privadas, el teatro, la administración y la vida cotidiana. Alterna piezas breves de crítica mordaz con un relato más extenso de carácter narrativo, y emplea el humor y la observación para señalar hipocresías y hábitos sociales, proponiendo pautas de juicio y reforma sin perder la viveza estilística. La edición incluye prólogos y notas que contextualizan la producción y su intención crítica.

CAPÍTULO XXIV

Todo le parece poco
Respecto de aquel agravio;
Al cielo pide justicia,
Á la tierra pide campo,
Al viejo padre licencia,
Y á la honra esfuerzo y brazo.

Rom. del Cid

Después del mal éxito que había tenido la tentativa de don Enrique de Villena y del judío Abenzarsal para quitar de en medio el estorbo de Macías, apenas les quedaba á éstos otro recurso que esperar el sesgo que quisiesen tomar las cosas.

En realidad sólo podían temer ya de él fundadamente el juicio de Dios, que acerca de la acusación quedaba pendiente, porque las medidas que había tomado para asegurar el maestrazgo habían sido tales y tan buenas, que aunque quedaban declarados por la parcialidad de don Luis de Guzmán gran número de castillos y lugares de la orden, podía contar el maestre sin embargo con la mayor parte. Estaban por él Alhama, Arjonilla, Favera, Maella, Macalon, Valdetorno, la Frejueda, Valderobas, Calenda y otras villas del maestrazgo, con más infinitos castillos, en los cuales había puesto ya alcaides á su devoción. Con respecto á Calatrava, donde estaba el primer convento de la orden y el clavero, hechura todavía del maestre anterior, no se habían apresurado á prestarle el homenaje debido, sino que habían respondido tanto á él como á su alteza que convocarían el capítulo para elegir y nombrar según los estatutos de la orden al maestre. Lisonjeábase el clavero en su respuesta de que la elección de su alteza hubiese recaído en un príncipe tan ilustre y de sangre real, y se prometía que los votos todos unánimes de los comendadores y caballeros serían conformes con los deseos del rey don Enrique; pero esto era en realidad resistirse á la arbitrariedad y ganar tiempo con buenas palabras. El artificioso conde no había creído oportuno, sin embargo, intrigar para que se acelerase la reunión del capítulo, porque se prometía acabar de ganar las voluntades de sus enemigos en el ínterin, y sólo don Luis de Guzmán era el que no perdonaba medio de llevar á cabo cuanto antes sus intenciones. Presentóse en consecuencia á su alteza con una humilde demanda, firmada por él y sus parciales: en ella alegaba el derecho de la orden de elegirse su maestre, y no dejaba de apuntar el que creía tener á la dignidad de que estaba ya casi en posesión el de Villena. No fué tan bien recibida esta moción de su alteza como se esperaba; pero el rey Doliente era demasiado justiciero para atropellar abiertamente los fueros de una orden tan respetable: convencido además de que el cielo había designado para maestre á su ilustre pariente, curábase poco de creer en la posibilidad de otra elección, y así, fué su decisión que el capítulo se reuniría en cuanto él recibiese las noticias que esperaba de Otordesillas, que eran en realidad las que más por entonces le ocupaban, pues deseaba ardientemente que su esposa doña Catalina diese á luz un príncipe digno de suceder en su corona, si bien estaba jurada ya princesa heredera por las cortes del reino la infanta doña María su primogénita. Más de un astrólogo de los que en aquellos tiempos de credulidad y superstición vivían especulando con la pública ignorancia le habían lisonjeado con esperanzas conformes con sus deseos. Quedó, pues, pendiente por entonces el litigio del maestrazgo, y cada uno de los contrincantes procuró aprovechar aquel intervalo para engrosar su partido. Don Enrique era entre tanto el mejor librado, pues disfrutaba á buena cuenta de las prerrogativas y de gran parte de las rentas y dominios del maestrazgo, que la adulación de sus parciales se había adelantado á poner á su disposición.

Quedaba en pie solamente la otra merced que en la mañana de la acusación de Elvira había dispensado su alteza al adversario de Villena. Pero no tardó mucho Macías en estar en disposición de concurrir de nuevo á la corte, y de acompañar al rey en sus partidas de cetrería, especie de caza de que gustaba mucho su alteza, y en que su doncel sobresalía singularmente: afianzóse más en ella la amistad que el rey le profesaba; en consecuencia de allí á poco su alteza mismo quiso, como lo había prometido, poner el hábito de Santiago á su doncel: esta ceremonia, con toda la solemnidad que de tal padrino podía esperarse, se verificó en la iglesia de Almudena, con presencia del maestre de la orden y de todos los comendadores y caballeros santiaguistas que asistían á la sazón á la corte; favor singular que hubiera lisonjeado singularmente el amor propio de Macías si hubiese él podido desechar la funesta idea que le perseguía siempre por todas partes, desde que por primera vez había visto á Elvira, y en particular desde que la explicación desgraciada que había tenido en la cámara del judío no había podido dejarle á ella duda alguna acerca de su amorosa pasión. El doncel desde aquella funesta noche no había vuelto á ver al objeto de su amor, que viviendo en el mayor retiro, y cuidando sólo de la salud de su convaleciente esposo, evitaba toda ocasión de presentarse en público, fuese porque la tristeza, que cada vez se arraigaba más en su corazón, la hiciese no hallar gusto sino en la soledad, fuese porque se hubiese afirmado en quitar al doncel todo motivo de esperanza; fuese, en fin, por desvanecer en el ánimo de Fernán Pérez de Vadillo todo género de duda acerca de su irreprensible conducta. ¿De qué servía empero al doncel no ver personalmente á Elvira, si un solo momento no se separaba su recuerdo de su ardiente imaginación?

Entre tanto se restablecía diariamente el hidalgo de sus heridas: el cuidado de su esposa, la flaqueza que aún le quedaba y la ausencia del doncel, si no habían bastado á aplacar su rencor, contribuían no poco á debilitar la fuerza de sus sospechas, y á embotar en gran manera sus primeros celos. Pero conforme iba volviendo la serenidad al corazón de su esposo, conforme iba el peligro desapareciendo, volvía á tomar imperio sobre Elvira el recuerdo de su perdido amante. Le hubiera sido además imposible olvidarle del todo. En la corte ningún caballero hacía más papel que Macías: era raro el día que no tenía que oir de sus mismos criados los elogios suyos, que de boca en boca se repetían. Ya había bohordado en la plaza con tal primor, que había dejado atrás á los mejores jugadores de tablas: ya había compuesto una trova ó una chanzón tan tierna, tan melancólica, que no había dama que no la supiese de memoria, ni juglar que no la cantase al dulce son de la vihuela de arco; instrumento de quien dice el arcipreste de Hita, autor contemporáneo:

La vihuela de arco fas dulses de balladas,
Adormiendo á veces, muy alto á las vegadas,
Voces dulses, sonoras, claras, et bien pintadas,
Á las gentes alegra, todas las tiene pagadas.

¿Y cómo resistir sobre todo á este mágico poder, si al leer la trova ó la chanzón, donde los demás no veían más que una brillante poesía, Elvira no podía menos de leer un billete amoroso? Parecía que sus composiciones la estaban mirando continuamente á ella como los ojos de su autor. Miraba á veces á su esposo al parecer Elvira, y su imaginación solía estar muy lejos de él. Una lágrima entonces, dedicada al doncel, solía asomarse á sus ojos. Vadillo, convaleciente aún, la miraba absorto y enternecido: «Elvira, le decía, da tregua á tu aflicción; todo peligro ha huido: me siento mejor ya, y esas lágrimas que por mí derramas sólo pueden contribuir á afligirme». Volvía en sí Elvira al oir esas palabras: un oculto sentimiento de vergüenza teñía sus mejillas de carmín, y la despedazaba la idea de abusar sin querer de la credulidad de su esposo.

En los primeros días había esperado Elvira á que Hernán Pérez la hablase del acontecimiento que le había reducido á aquel término; y lo había esperado con ansia y con temor, pero en balde. El hidalgo, fuese por amor propio, fuese por no tener bastante seguridad para emprender una explicación en que él no podía hacer todavía el papel de acusador, guardó el más rigoroso silencio. En vista de esta conducta, parecióle á Elvira que lo mejor que podía hacer era aventurar alguna pregunta; pero igual suerte tuvo su arrojo que su expectativa. No sólo no consiguió ninguna explicación satisfactoria en este punto, sino que habiendo conocido que toda conversación relativa á la noche del duelo alteraba visiblemente á Vadillo, hubo de renunciar á su importuna curiosidad. Creyendo el hidalgo también que su esposa le negaría haber sido ella la enlutada encontrada en el cuarto del astrólogo, y que mientras no tuviese otras pruebas irrecusables sería más bien espantar la caza que asegurarla el hablar del caso, observaba sobre este particular la misma conducta que sobre el duelo, reservándose sin embargo dos cosas: primero, el propósito de espiar más escrupulosamente en lo sucesivo todos los pasos de Elvira; segundo, la intención decidida de terminar cuanto antes con cualquiera ocasión y pretexto que fuese el suspendido duelo con el hombre primero que había aborrecido en su vida, y que había aborrecido como se aborrece cuando no se aborrece más que á uno.

Constante en estos propósitos, no bien estuvo Hernán Pérez restablecido, dirigióse á la cámara de su señor el conde de Cangas. Su semblante dejaba ver todavía la huella de la enfermedad.

—Hernán Pérez, le dijo don Enrique con afabilidad, ¿os han permitido ya dejar el lecho? Debierais recordar sin embargo que vuestra salud es harto importante para vuestro señor, y no exponerla con tan temerario arrojo á una recaída peligrosa.

—Las heridas del cuerpo, gran príncipe, aquéllas que hizo la lanza ó la espada, repuso Vadillo con reconcentrada tristeza, sánanse fácilmente: las que recibimos en el honor son las que no se curan sino de una sola manera.

—¿Qué decís? ¿Será que por fin os habréis decidido á abrirme francamente vuestro corazón? contestó don Enrique. ¿Será que queráis explicarme los motivos de vuestra conducta, de ese duelo singular, cuyos efectos se ven todavía en vuestro rostro, y de esa reconcentrada melancolía que deja diariamente en él huellas aún más indelebles y duraderas?

—Señor, contestó Vadillo, ya creo haber manifestado á tu grandeza en varias ocasiones que mi mayor pena es no poder confiarte las muchas que agobian á tu escudero.

—Quiero no darme por ofendido, contestó fríamente Villena, de vuestra inconcebible reserva.

—Perdónala, señor, dijo Vadillo hincándose de rodillas, y permite que puesto á tus plantas solicite tu escudero de tu grandeza una gracia, que acaso nunca te hubiera propuesto sino en el campo de batalla, si una ofensa, y una ofensa mortal, no le obligara á ello.

—Alzad, Vadillo, y decid la gracia, que yo os juro por Santiago que os será concedida.

—No me levantaré, señor, mientras no sepa que nadie en lo sucesivo podrá decir impunemente á un hidalgo: «No ha lugar á pacto entre nosotros, pues no eres caballero». Ármame, señor. Si mis largos servicios te fueron gratos, si pasando de la clase de doncel, en que fuí admitido á tu servicio, á la honrosísima que ocupo hoy á tu lado, no dejé nunca de cumplir con esas sagradas obligaciones que los más grandes señores no se desdeñan de ejercer; si desempeñé los deberes de la hospitalidad con tus huéspedes, y los de la mesa contigo; si fué siempre la fidelidad mi primera virtud; si has tenido pruebas de mi valor alguna vez, confiéreme, señor, esa orden tan deseada. Y si no bastan mis méritos, bástame esa hidalguía, de que en balde blasono si puede cualquiera deshonrarme impunemente como á villano pechero.

—Alzad, Vadillo, dijo don Enrique viendo que había acabado su petición el afligido escudero. Por mucho que me sorprenda vuestra demanda en esta coyuntura, continuó, por mucho que me dé que recelar, mal pudiera negaros una gracia á que sois, Vadillo, tan acreedor.

—Guarde el cielo, señor, tu grandeza...

—Remitid, Vadillo, vanos cumplimientos. Os armaré: os lo prometí en pública corte no ha mucho tiempo, y torno á repetíroslo ahora. Pero decidme, ¿qué causa en esta ocasión más que en otra?...

—Tu honor y el mío. Has sido calumniado, atrozmente calumniado; porque tú me dijiste, señor...

—Calumniado, sí, Vadillo, calumniado. Pongo al cielo por testigo que podéis, fiado en la justicia de mi causa...

—Bástame tu palabra á desvanecer mis dudas todas. Quiero, pues, que mi primer hecho de armas, en que gane mi divisa, sea la defensa de mi señor. Yo alcé en tu nombre el guante que un mancebo temerario arrojó públicamente en testimonio de desafío. Yo responderé de él: si tu causa es justa, la victoria es segura.

—¿Cómo pudiera no aceptar vuestra generosa oferta, Hernán Pérez? Quédame sin embargo una duda: duda que en obsequio vuestro quisiera desvanecer. Solos estamos: abridme vuestro corazón: decidme, ¿no tenéis alguna otra causa que os mueva?...

—Señor...

—¿Presumís que puede tenerse noticia de vuestro encuentro con Macías en el soto... y del arrojo con que os adelantasteis en la corte á alzar el guante al punto que visteis ser él el mantenedor de la acusación, sin sospechar al mismo tiempo que causas muy poderosas?... Hablad...

—Acaso las hay. No lo niego.

—Escuchad, añadió Villena en voz casi imperceptible ¿sería cierto que tuvisteis celos?...

—¿Celos, señor, yo celos? exclamó Hernán con mal reprimido amor propio. ¿Quién pudo decir?...

—Nadie, Hernán, nadie: yo solo soy el que he creído en este momento...

—¿Vos solo? si supiera...

—¿Y bien? ¿Á mí por qué no descubrirme?... ¿Vuestra esposa sin embargo?...

—Basta, señor, no hablemos más de eso. ¡Mi esposa, Dios mío! ¡Mi esposa! Si mi esposa pudiese faltar...

—¿Qué es faltar, Vadillo?

—Si pudiese tan sólo con su pensamiento empañar la más pequeña porción de mi honor, no necesitara castigar á ningún atrevido, ni que me armara nadie caballero: dagas tengo aún: la última gota de su sangre, la última no sería bastante indemnización de tan insolente ultraje. ¡Elvira, á quien amo más que á mí propio! ¡Mi bien! ¡Mi vida!

—Sosegaos, Vadillo; nunca fué mi propósito ofenderos; pero pudierais, sin que Elvira hubiese empañado nunca vuestro honor...

—Jamás, señor. Si un atrevido hubiera osado poner sus ojos en mi esposa, ¿viviría aún, viviría? contestó el hidalgo pudiendo disimular apenas la lucha que existía entre sus palabras y sus ideas.

—Entonces, pues, ¿qué ofensa?...

—Permite, gran señor, que la calle. La hay, lo confieso, y si alguien pudiera vencerme en la lid, si me pudieran vencer todos, nunca Macías: un fausto presentimiento me dice que lavaré en su sangre mis ofensas. Confiéreme la orden de caballería, y yo te respondo, gran señor, de una victoria pronta y segura.

—Sea, contestó don Enrique, como lo deseáis. Mañana os la conferiré. Mañana juraréis en mis manos defender su fe, el honor y la hermosura.

Después de este breve diálogo, el candidato besó las manos del conde de Cangas, y se retiró á esperar con mortal impaciencia el nuevo día que había de poner término á todas las esperanzas que contentaban por entonces su ambición.


CAPÍTULO XXV

Agua te echan por el rostro
Para facerlo acordado,
Y vuelto que fuera en sí
Todos le han preguntado
Qué cosa fuera la causa
De verlo así tan parado.

Rom. del Cid

Á la mañana siguiente brillaban con fuego extraordinario los ojos de Fernán Pérez. Leíase en su semblante la alegría que inundaba su corazón. Efectivamente la orden de caballería era en aquel tiempo la más alta dignidad á que pudiese aspirar un hombre de armas tomar. Su virtuoso origen y sus fines, aún más virtuosos, le daban tal prestigio, que los reyes se honraban con tan honorífico dictado, y un caballero sólo con serlo tenía derecho á comer en su mesa, honor que no disfrutaban ya ni sus mismos hijos, hermanos ó sobrinos, mientras no entraban en aquella noble cofradía. Era preciso ser hidalgo por parte de padre y madre, y con la antigüedad por lo menos de tres generaciones: era preciso haber dado pruebas de valor, y gozar de una reputación pura é inmaculada. Á muchos les costaba además pasar por el largo noviciado de paje y escudero progresivamente. Los que habían entrado al servicio y á hacer prueba de su persona con un rey ó un príncipe de alta categoría, en calidad de pajes, se llamaban donceles: Macías se había hallado con Enrique III en este caso, y si se le llamaba todavía públicamente el doncel, era porque habiéndole tomado Enrique III, con quien se había criado, más afecto que á otro alguno, habíale conservado aquel nombre por modo de cariño, aun después de haber recibido la orden de caballería. En el mismo caso se había hallado con don Enrique de Villena el hidalgo Hernán Pérez: habíale entrado á servir primero en calidad de paje ó doncel, y había pasado á ser su escudero. El cargo de escudero en estos tiempos, y hasta ese nombre, parecen sonar mal á los oídos delicados. Podemos asegurarles, sin embargo, que no sólo no tenía en aquel tiempo nada de denigrante, sino que antes era tan honorífico, que muchísimos grandes, señores y príncipes que habían llegado á ser caballeros por el orden regular de los grados requeridos para ello en tiempos de paz, no se habían desdeñado de ejercerlo. En la recepción de escudero, los padrinos ó madrinas del paje prometían en su nombre religión, fidelidad y amor, con la misma formalidad é importancia que en la recepción de un caballero. Reducíase la obligación del escudero á seguir por todas partes á su señor ó al caballero con quien hacía veces de tal, llevándole su lanza, su yelmo ó su espada; llevaba del diestro sus caballos, en los duelos y batallas proveíale de armas, levantábale si caía, dábale caballo de refresco, reparaba los golpes que iban dirigidos contra él; pero sólo en grandes peligros le era lícito tomar armas por sí en las pendencias y encuentros á que asistía. Sus deberes domésticos se ceñían á trinchar y presentar las viandas en la mesa, y aun á ofrecer el aguamanil á los convidados antes y después de comer. Pero estos cargos se desempeñaban con tanta más dignidad cuanto que los platos los recibía de mano del maestresala, que ya era por sí una dignidad, aunque más subalterna, y el agua de mano de los pajes, que la tomaban ellos ya de los domésticos inferiores. En público, y en los banquetes en que reinaba toda etiqueta y ceremonia, no podía sentarse el escudero á la mesa de su señor. Para probar que ni el oficio de doncel ni el de escudero eran sino muy honoríficos, concluiremos diciendo que en las historias francesas del siglo XIII hallamos designados estos donceles y escuderos con el nombre de valets, más humillante aún en el día que los de damoiseau y écuyer, que corresponden á aquéllos en la lengua francesa. Diremos que Villehardouin, en su historia, hablando del príncipe Alexis, hijo de Isaac, emperador de los Griegos, le llama en repetidas ocasiones el valet (ó escudero) de Constantinopla, porque aquel príncipe, aunque heredero del imperio de Oriente, no había recibido todavía la orden de caballería. Por igual causa son calificados con la misma designación por los historiadores sus contemporáneos Luis, rey de Navarra, Felipe, conde de Poitou, Carlos, conde de la Marcha, hijo de Felipe, y otros infinitos. Entre nosotros fué paje y doncel el famoso y nobilísimo don Pero Niño, conde de Buelna, y el mismo don Álvaro de Luna, tan célebre por su prodigioso favor como por su ruidosa desgracia.

En tiempos de guerra, y en los principios de la orden de caballería, se confería ésta con menos pompa y formalidad: el rey ó el general creaba caballeros antes y más comúnmente después del combate: en esos casos reducíanse todas las ceremonias á dar la pescozada ó espaldarazo dos ó tres veces en el hombro del candidato con el plano de la espada, diciéndole en alta voz: Os hago caballero en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Solía ser otras veces el teatro honroso donde se confería la orden de los valientes, leales y esforzados, un torneo, un campo de batalla, el foso de un castillo sitiado ó asaltado, la brecha abierta ya de una torre, ó una fortaleza feudal. En medio de la confusión y tumulto de la refriega, arrodillábase el escudero á las plantas del rey, del general, ó de un caballero cualquiera acreditado ya por sus altos hechos de armas. Cuando el famoso Bayardo, caballero sin tacha y sin reproche, confirió de esa suerte la orden de la caballería al rey Francisco I: «Ó espada mía, exclamó, mil y mil veces venturosa por haber dado hoy la orden de caballería á un rey tan grande y tan poderoso, yo te conservaré como preciosa reliquia, y te preferiré siempre á cualquiera otra». Después, añade el historiador que nos ha conservado este rasgo singular, dió dos saltos y envainó su espada.

En tiempos de paz, y cuando posteriormente hubo llegado esta famosa institución á su más alto grado de esplendor y á su verdadero apogeo, se solía aprovechar, para conferirla á los escuderos que se habían hecho de ella merecedores, alguna solemnidad. Un día grande de la Iglesia, el aniversario de una famosa victoria, la boda ó nacimiento de un príncipe ó una coronación, eran las coyunturas más comúnmente escogidas, y en tales casos hacíase la promoción con otra pompa y con más minuciosas formalidades; las cuales complicaron más y más sobre todo desde el siglo xi, en que pareció tomar aquella orden un carácter nuevo con la mezcla de ceremonias religiosas y profanas, que para la admisión de los señores en esta vasta cofradía se exigieron.

Hernán Pérez de Vadillo no podía menos de dar á su nueva dignidad la importancia que en aquellos siglos tenía. Todo aquel día empleó en los preparativos de la ceremonia solemne que se preparaba para él. El condestable Ruy López Dávalos quiso ser su padrino, y obtuvo que fuese madrina la noble esposa de don Juan de Velasco, camarero mayor de su alteza. El conde de Cangas y Tineo era un personaje bastante calificado para que la dignidad que iba á conferir á su escudero llamase la atención de la corte. Su posición ventajosa, en aquel momento más que en otro alguno de su vida, le granjeó la asistencia á aquel acto, y la cooperación de las primeras personas de Castilla. Don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, se brindó á oficiar en la ceremonia, y el mismo rey don Enrique, al señalar para ella la capilla de su regio alcázar, quiso presenciarla también desde una tribuna, á pesar de sus dolencias. El candidato ayunó aquel día, conformándose con los usos establecidos: revestido de una larga túnica cenicienta, verdadero traje de su clase de escudero, asistió á la comida que dió don Enrique de Villena á los que debían presenciar la ceremonia. El candidato, colocado aparte en una mesa pequeña mientras los demás comían en la principal, permaneció en ella servido por donceles del conde su señor; pero éste, escrupuloso observador de la etiqueta, le intimó al sentarse que no podría hablar ni reir durante la comida, ni aun llegar bocado á los labios. Concluida esta ceremoniosa comida, fué llevado el candidato por sus padrinos, acompañado de los demás concurrentes, y seguido de gran número de juglares y ministriles, que tañían gran variedad de instrumentos y cantaban baladas alusivas al acto que se preparaba, á la capilla del alcázar. Esperábale ya, custodiada por dos hombres de armas de Villena, una hermosa armadura blanca sin mote ni divisa, de que le hacía merced su señor. Separóse de él allí la concurrencia, y quedó Fernán Pérez de Vadillo velando sus armas y en oración la noche entera, después de haberse despojado de la túnica escuderil, y haber vestido una cota, embrazado la adarga y empuñado la lanza. Llegada la mañana, confesó devotamente con fray Juan Enríquez, confesor de su alteza. No sabremos decir si vuelto su corazón á Dios hizo sacrificio ante el altar augusto de la penitencia del rencor y de los sanguinarios proyectos de venganza que le habían determinado á armarse caballero. Presumimos que así lo haría, y creemos que si luego más adelante la historia nos ha conservado algunos rasgos que podrían oponerse á aquella concesión cristiana, debe achacarse más bien esta inconsecuencia á la flaqueza del corazón humano, ó á la mezcla extraordinaria de pasiones y religión que reinaba en aquella época, que á la falta de verdadera contrición del noble hidalgo. Hecha su confesión, y veladas ya las armas, retiróse el candidato por el mismo orden que había venido, y llegado á su habitación vistió el traje de caballero, más rico y adornado que el de escudero, que acababa de dejar para siempre. Allí recibió las visitas y felicitaciones de sus deudos y amigos; y varios señores allegados á don Enrique de Villena vistiéronle sobre la cota de menuda malla una ancha loriga guarnecida de piel, adorno reservado sólo en aquel tiempo á personas de categoría, y pusiéronle sobre los hombros un gran manto, cortado á manera de manto real. En esta forma, y llevando colgada del cuello la espada, llegó seguido de los padrinos, de los convidados y de sus amigos, á la real capilla donde esperaban el momento de dar principio á la augusta ceremonia su alteza en su tribuna, rodeado de varios dignatarios, el arzobispo, que había salido al altar al verle llegar, y gran número de damas. Distinguíase entre ellas la madrina del novel caballero, ricamente ataviada, y á la derecha del buen condestable, arrodillados los dos al lado de la epístola en ricos reclinatorios de terciopelo carmesí, en que se veía recamado en oro el escudo de sus armas respectivas, y de que pendían largos borlones de aquel precioso metal. Algo detrás, y entre otras damas principales, se veía á Elvira, esposa del hidalgo, cubierta con un velo, al través del cual se traslucía sin embargo su hermosura, como suele verse al través de ligeras nubecillas el resplandor del sol. Á la otra parte se colocó el poderoso conde de Cangas, acompañado de algunos caballeros principales y seguido de dos de sus pajes, con su yelmo el uno y el otro con las espuelas y demás piezas de la armadura que debían revestirle á Vadillo en acto tan solemne. El resto de la capilla estaba ocupado por la numerosa concurrencia que la calidad de las personas había traído, y por bandas de ministriles que habían seguido la comitiva, tañendo dulcemente sus instrumentos. Era gran gusto oir la desacorde confusión que producían tocadas á un tiempo la cítola sonora, la guitarra morisca, de las voces aguda é de los puntos arisca, el corpudo laúd, el rabé gritador, el orabín, el salterio, la adedura albardana, la dulcema é axabeba y el hinchado albogón, la cinfonia, el odrecillo francés y la reciancha mandurria, cuyos ecos distintos se unían al sonsonete de las sonajas de azófar, y al estruendo de los atambores y atambales, de las trompas y añafiles; instrumentos todos con que se verían tan apurados nuestros músicos del día para organizar una sola tocata medianamente agradable, si se los trocaran de pronto con los que la civilización música les ha perfeccionado, como se verán nuestros lectores para formar una exacta idea de su figura y armónica melodía sin más datos que esta breve enumeración, por más fidedigna que la constituya la autoridad del trovador arcipreste á quien la robamos.

Establecido ya el silencio, arrodillóse el hidalgo ante la reverenda persona del arzobispo, quien le quitó del cuello la espada que traía suspendida, y la colocó en el altar en que iba á oficiar. Comulgó en seguida el candidato con edificante fervor. Después de un momento de oración y recogimiento, principió el arzobispo los oficios, acabados los cuales se levantó el candidato, é hincándose de hinojos ante la persona de su señor feudal el poderoso conde de Cangas y Tineo, pidióle reverentemente que le hiciese merced de conferirle la orden de caballería. Juró en seguida en manos del ilustre maestre de Calatrava no excusar su vida ni sus bienes en defensa de la santa religión católica, apostólica, romana, y guerrear hasta morir en toda coyuntura y ocasión que se presentase contra los infieles de aquende y allende el mar; fórmula en que se comprendían no sólo los Moros que mantenían guerra todavía con los reyes de Castilla, sino también los Sarracenos que poseían á la sazón el santo sepulcro, y contra los cuales se dirigían de todos los puntos de Europa continuamente innumerables cruzados. Juró amparar y defender las viudas y huérfanos que hubiesen recibido tuerto, y los desvalidos que á su fuerte brazo recurriesen para deshacer sus agravios, no pudiendo de otra manera los enderezar. Prestado este noble juramento, leyéronsele los Evangelios, sobre los cuales le repitió nuevamente. Hecho lo cual, el arzobispo, cogiendo la espada que había estado sobre el altar durante el oficio divino, la bendijo y se la ciñó. Llegándose á él sus padrinos, calzóle la una espuela el buen condestable don Ruy López Dávalos, y la otra la esposa del noble don Juan de Velasco, á quienes el novel caballero dirigió las más expresivas gracias por la merced singular que le dispensaban. Uno de los principales señores que acompañaban á don Enrique de Villena le ciñó la coraza antigua, compuesta del peto y espaldar, dándole paz después. Don Enrique de Villena, adelantándose en seguida, le dió tres espaldarazos con el plano de la espada, armándolo caballero en nombre de Dios, de san Miguel y de Santiago. Recibióle después en sus brazos, y en seguida hicieron con él igual ceremonia todos los demás asistentes, como para darle á entender que se gozaban mucho de tener admitido en su gremio caballero que tan completo prometía ser como el noble hidalgo. Alzóse entonces alegre estruendo de todos los instrumentos proclamando al nuevo caballero. Entre los que debían dar la paz al recién admitido hallábase uno armado de pies á cabeza, que se había mantenido constantemente inmóvil al lado del Evangelio, y enfrente del sitio destinado á las damas principales de la corte. Ni el oficio divino, ni la larga ceremonia habían sido parte para sacarle de su asombrosa distracción. Parecía la estatua del fundador de la capilla, como en aquellos tiempos solían verse algunas en las más de las iglesias. Pero si se llegaba á presumir que era una persona y no una estatua, para comprender su perfecta inmovilidad, y la fijación de sus ojos, era preciso creer que un maleficio particular ejercía sobre él una influencia funesta, y lo obligaba á mirar á aquella parte con la misma irresistible fuerza con que un instinto fatídico obliga á la incauta mariposa á girar en torno de la vacilante llama que la ha de acabar, y con que una atracción física llama hacia la serpiente cascabel al mísero pajarillo para hacerle víctima de su irresistible voracidad. Causaba aquel embeleso una dama que no había podido menos de notarla, y que en balde había pensado ponerle término interponiendo su velo entre las atrevidas miradas del caballero y su aciaga hermosura. Esta medida había producido un efecto enteramente contrario al que esperaba. Si las miradas habían sido antes continuadas, pero naturales, tomaron después un carácter de investigación muy parecido al que tienen las de aquél que trata de leer durante el crepúsculo, ó á la opaca luz de la luna. Apenas quedaba concluido el acto, cuando deseosa la dama de esconderse á tan imprudentes miradas, se había confundido y desaparecido entre la multitud: los ojos sin embargo del caballero, acostumbrados á ver en aquel punto su contorno, le seguían viendo gran rato después de haber desaparecido, como le sucede al que se atrevió á mirar fijamente por largo espacio al luminar del día. Horas enteras conservaba su retina la impresión indestructible, y por más que haya desviado ya los ojos de su deslumbrante luz, por más que los cierre, en fin, ve el sol todavía donde no le hay. Al llegar Vadillo al caballero acababa de levantarse la dama. Tendió el hidalgo los brazos naturalmente á recibir de él como de los demás el beso de ceremonia, é hizo la misma figura que el que fuese á abrazar un árbol ó una columna. No pudo menos de levantar la cabeza, y de reparar en la especie de estatua que delante de sí tenía. Conociólo, y su primera acción fué volverse con la rapidez del rayo á seguir la visual del caballero, y ver en qué objeto se paraba: si alcanzó á ver algo todavía, ó si el punto á que las miradas se dirigían bastó á contestar á su muda pregunta, eso es lo que no sabemos. Diremos sólo que su rostro se tiñó de carmín, y que vertiendo fuego por los ojos y los poros todos de su encendido semblante, sacudió con una mano al distraído diciendo por lo bajo, pero con reconcentrada cólera: «Ya puede haber pactos entre nosotros, que ya no soy escudero». Á esta sacudida inesperada volvió en sí el caballero como quien despierta de un largo sueño. Reconoció su imprudencia al reconocer al que le hablaba, y no ocurriéndole nada que responder de pronto á su rara interpelación, bajó los ojos y quiso enmendar su pasada distracción tendiendo entonces los brazos al hidalgo. Éste, empero, poniendo entrambas sus manos en ellos: «Dejad, le dijo, el abrazo para ocasión en que estéis menos ocupado, que yo quisiera que el que nos diésemos fuese más estrecho y más largo». «Como gustéis, hidalgo, repuso el caballero con arrogancia, como gustéis».

No había podido menos de notarse por la concurrencia esta pequeña escena episódica lanzada en medio de aquel acto solemne: nadie oyó lo que se dijeron, pero los más tuvieron algo que decirse al oído acerca de aquella rara singularidad. Nosotros diremos, como fieles historiadores, que la dama, cuando se creyó fuera ya del alcance de las miradas del importuno, volvió la cabeza y alcanzó aún á ver algo, que fué lo bastante para despertar en ella ideas de inquietud, á que hacía ya algún tiempo que no había dado lugar en su corazón.

Acabada la ceremonia, retiróse cada cual, y el novel caballero, acompañado de sus padrinos y de sus deudos, se trasladó á la habitación del señor de Cangas y Tineo, donde esperaban ya á la comitiva varias damas y convidados, y donde un magnífico banquete, dado por el ilustre maestre, terminó con toda pompa digna de tal solemnidad un día tan señalado en la vida de nuestro celoso hidalgo.


CAPÍTULO XXVI

Mucho os ruego de mi parte
Me lo queráis otorgar,
Pues que de mi nigromancia
Es vuestro saber y alcanzar,
Que me digáis una cosa,
Que yo os quiero demandar.
La más linda mujer del mundo
¿Dónde la podría hallar?

Rom. de Roldán y Reinaldos

La situación de los principales personajes de nuestra historia era bien precaria. No hablemos de la infeliz condesa de Cangas, á quien no pudimos menos de abandonar á su triste suerte. Aun entre los que en el día ocupan nuestra atención, había más de uno que no tenía motivos para estar contento con su estrella. Elvira en primer lugar llevaba continuamente clavado en el corazón el dardo que se ahondaba más mientras más esfuerzos hacía por arrancarle, y tenía no pocos motivos de inquietud y melancolía. La falta de la condesa, á quien echaba menos entonces más que nunca, le recordaba sin cesar que tenía pendiente una acusación, en el éxito de la cual se hallaba comprometida no sólo la vida del hombre á quien no podía menos de amar, sino la suya propia, pues era condición de tales juicios que había de morir el acusador ó el acusado, si no en el combate, después de él. Elvira se hallaba libre en su cámara; pero lo debía á la buena opinión que había merecido siempre en la corte. Luego que se había dado á conocer á Abenzarsal, y éste había expuesto á su alteza sus circunstancias y las causas particulares que la obligaban á guardar secreto, se la había dejado en libertad bajo su palabra, con la única condición de haberse de presentar en el juicio, como acusadora, el día que su alteza tuviese á bien señalar, día que se retardaba ya demasiado, según lo que solía en tales casos practicarse. El vulgo de las gentes sobre todo, que no había podido dar explicación ninguna á la acusación y circunstancias de la tapada, no sabía á qué achacar semejante tardanza, si no era á las brujerías de don Enrique de Villena. Mientras tanto no era menos cierto que Elvira debía estar en la más cruel expectativa. La conducta de su esposo era incomprensible al mismo tiempo para ella: nunca le había dicho una palabra del encuentro en la cámara del astrólogo: semejante reserva, agregada á aquella tristeza misteriosa que le había dominado hasta el día en que había recibido la orden de caballería, manifestaba que tenía oculto algún proyecto, idea que no podía menos de hacerla temblar.

Hernán por su parte, á quien saben nuestros lectores ocupado únicamente en llevar á cabo su venganza contra el doncel, no era más feliz. Había llegado á creer fijamente que Macías estaba prendado de su esposa: la pequeña escena que había pasado entre los dos en la capilla del alcázar no le podía dejar duda acerca de este particular: así, pues, esperaba con impaciencia el momento de llegar á las manos entonces, que ya tenía permiso de su señor para defender su parte en el juicio de Dios. Con respecto á su esposa, debía estar seguro ya de que era la acusadora de don Enrique; pero justamente resentido de ese paso, tampoco la había hablado de este asunto, y como tan complicado con el otro que en un mismo día había él de morir, ó castigar al atrevido y al objeto de su osadía, cuidábase ya poco de esto. No estaba seguro de que su esposa participase de la culpable pasión de Macías; pero eran tan vehementes sus sospechas, que ésta era la única razón porque no había temblado al considerar que ó había de morir en el combate, ó había de morir su esposa si él vencía. Triste alternativa por cierto para otro á quien no hubieran tenido tan ciego los celos como al hidalgo. Entre tanto trataba con la mayor dulzura á su esposa, porque creía que éste era, si había alguno, el medio de asegurar más la aclaración de sus sospechas. No viendo ella en él ninguna señal alarmante, se abandonaría más fácilmente y caería en el lazo que le tenía astutamente tendido.

Don Enrique de Villena no dejaba de estar inquieto tampoco. Cuando la fortuna se le presentaba tan favorable, cuando había conseguido romper los funestos cuanto incómodos vínculos que le unían á su esposa, cuando tenía asido ya el apetecido maestrazgo, un doncel aventurero y una dama extravagantemente heroica se habían atravesado en el camino de sus planes: si él hubiera tenido maldad suficiente, nada más fácil que haber quitado de en medio á toda costa tan importunos obstáculos, como continuamente le aconsejaba el judío, pero ya hemos visto que el indeciso conde creía tener ya harta carga sobre su conciencia con la desaparición de doña María de Albornoz. El juicio de Dios le hacía temblar, no precisamente porque él estuviese convencido de que si el cielo tomaba cartas en el juego no podía estar nunca de su parte, sino porque creyendo más, como creía, en el valor de los combatientes para semejantes trances que en la participación de la justicia divina, no podía menos de asustarle la idea de que el contrario era Macías, que pasaba con razón entre las gentes por caballero mucho más perfecto y cumplido que Hernán Pérez. Éste debía ser víctima probablemente de su temerario y generoso arrojo; y en este caso don Enrique, vencido en la persona de su campeón, tendría que recurrir á medios muy violentos, y que le repugnaban sobre manera, para conservar no sólo el maestrazgo sino también la vida. Hasta entonces había tenido la fortuna de retardar el señalamiento del día, pero esto no podía durar porque la otra parte instaría, y porque la acusación había sido demasiado pública y la sentencia demasiado terminante para que pudiese sobreseerse en el asunto. ¿Habría algún medio de evitar que la parte contraria compareciese al día aplazado? Esto era lo que formaba el objeto por entonces de las maquinaciones de don Enrique de Villena, de su juglar confidente Ferrus y del astrólogo judiciario. En ese caso, tanto Elvira como Macías serían declarados infames, y reputados culpables de calumnia, y acreedores por consiguiente al castigo que habían reclamado en nombre de la ley contra el conde.

Macías era de todos el menos inquieto, y sin embargo el más desgraciado. Él debía pelear por su amada; pero el que pendiese la vida de aquélla del esfuerzo de su brazo, era para él una gloria, una fortuna inapreciable antes que un motivo de inquietud, fuese Villena, fuese otro más valiente su contrario: y si Elvira no hubiera huido constantemente de sus miradas, si no le hubiese quitado todas las ocasiones de verla y hablarla, ¿quién como él? Pero desde la mañana en que había sido armado caballero Fernán Pérez, mañana en que había bebido tan copiosamente el veneno del amor, Macías estaba en un estado continuo de delirio y de fiebre, que no le daba lugar á reflexionar que desde el punto en que el hidalgo había llegado á concebir la más leve sospecha, sólo su extremada circunspección podía excusar á la desdichada Elvira mortales sinsabores. El mísero no veía al hidalgo, no veía el mundo que le rodeaba. Ansioso de saber del astrólogo lo que le había querido decir la mañana de su presentación en la corte, después de su llegada de Calatrava, con sus misteriosas palabras, y no habiendo podido verificarlo por el funesto encuentro que en la cámara del judío tuviera, había vuelto á visitar á éste después de su curación. Abenzarsal, siguiendo el plan de enredar á los amantes en el laberinto de su pasión, aun á pesar del ciego temor del conde, pues trataba de salvar á éste mal su grado, no dudó en echar leña al mortecino fuego de su esperanza.

—Decidme, padre mío, decidme, comenzó Macías, ¿cuál es el sentido de vuestras fatídicas palabras? Esa corte, que me habéis anunciado siempre como un...

—Sí, le contestó Abenzarsal: la primera vez que os vi conocí que la corte debía seros funesta.

—¿Funesta, Abenzarsal? ¿Pero qué llamáis funesta vosotros? ¿Queréis decir que podrá acarrear mi muerte?... porque eso, Abenzarsal, no sería lo peor que pudiera sucederme. ¿Qué causa os conduce á pensar... qué secreto mío?... Mucho temo que esa ciencia de que os jactáis sea vana y...

—Escuchadme, joven temerario, interrumpió Abenzarsal. Antes de soltar vuestra inexperta lengua, aprended á respetar lo que no entendéis. ¿Pensáis que puedo vivir ignorante de vuestras acciones, de vuestros deseos, de vuestros más secretos pensamientos? Decid, ¿os acordáis del día en que os dije que al anochecer encontraríais en mi cámara la satisfacción de vuestras dudas?

—Sí, sí, ¿cómo pudiera no acordarme? sin el concurso de circunstancias que impidieron entonces una entrevista entre nosotros, ésta sería acaso excusada.

—Y bien, ¿y qué encontrasteis en mi cámara?

—¡Cielos! ¿qué encontré? ¿sería?...

—Joven incrédulo, ¿no encontrasteis el verdadero astrólogo que buscábais? ¿quién os podía dar razón más satisfactoria de lo que intentabais preguntarme?

—Lo sabe todo, lo sabe todo, dijo para sí Macías. ¡Ah! tu ciencia es cierta. Yo nunca dije á nadie una palabra. Abenzarsal, tomad ese oro: es cuanto traigo: satisfaced ahora á mis preguntas. ¿Me ama, adivino, me ama? ¡Calláis, santo Dios! ¡Oh! ¡bien me lo temía!

—¿Y qué hicisteis que no se lo preguntasteis? ¿Á qué preguntarme á mí lo que ella debe saber mejor que yo?

—Viejo artificioso, ¿os burláis de mi dolor? ¿no habéis conocido nunca una mujer? ¿encontrasteis una jamás que haya respondido sí, no, á vuestras inconsideradas preguntas? ¿no sabéis que la ficción y el silencio son el arte de las mujeres?

—Harto lo sé: estas canas de que veis cubierta mi cabeza no nacen impunemente.

—Y bien, si tanto sabéis, respondedme: ¿me ama ó me desprecia? ¿son sus miradas las peligrosas redes que las mujeres desvanecidas suelen tender á mil amantes que tal vez aborrecen, ó son las de una hermosa incapaz de engaño y de artificio? ¿son sus ojos solos, ó es su corazón también el que me mira? ¿es buena, ó es mala? ¿quién pudo conocer jamás á una mujer? ¿soy su juguete por ventura, soy sólo su trofeo, ó soy, Abenzarsal, su vencedor? ¡Ah! cuanto poseo es vuestro. ¡Si me ama, decídmelo! Entonces la corte no puede serme nunca funesta, porque aun muriendo, si muero amado seré dichoso. Si no me ama, callad. Yo he oído decir que conocéis los hechiceros mil medios que inspiran el amor. Enloquecedla, Abenzarsal, haced vos lo que debiera mi mérito haber hecho: ámeme ella, y sea como quiera. ¿Qué condiciones son precisas? ¿cuál es el premio de vuestro trabajo?... ¡Oh! Elvira, Elvira, ¡cuánto me cuestas! ¿Necesitáis mi cuerpo, mi sangre? he aquí, herid y consultad mis venas... ¿necesitáis mi alma? ¡maldición, maldición! Haced que me adore, Abenzarsal, y tomadla bien. ¡Que me ame! ¡que me adore! y todo lo demás después.

—Moderaos, joven arrebatado. ¿Qué motivos tenéis para tanta desesperación? ¿no arde siquiera en vuestro corazón una chispa de esperanza?

—¿Y cuándo muere la esperanza en el corazón del hombre? Yo la he visto mil veces: sus ojos me miraban, y se detenían sobre los míos, como se detienen los de una amante sobre los de su querido. Cuando se encuentran nuestros ojos, no hay fuerza que los desvíe. Nuestras almas se cruzan por ellos, se hablan, se entienden, se refunden una en otra. Pero ¡ah! Abenzarsal, que huyen á veces, y su rostro airado...

—¿Airado habéis dicho? ¿y qué más fortuna pedís? Cuando huyen sus ojos de los vuestros, entonces es cuando más os ama: entonces, doncel, os teme.

—¿Qué decís?

—No huye la indiferencia, ni se enoja. ¿Y nunca la habéis hablado?

—¡Ah! por mi desgracia una vez...

—¡Por vuestra desgracia! ¿Le dijisteis?...

—Menos de lo que siento, pero lo dije...

—¿Y respondió?

—¡Mas cómo respondió!!

—¿Os respondió que no, que la ofendíais... que huyeseis... que?...

—¡Abenzarsal!

—¿De qué, pues, os quejáis? ¿queríais, mozo inexperto y precipitado, que una mujer virtuosa, una mujer que debe á su esposo?...

—¡Abenzarsal! gritó furioso Macías.

—Y bien. ¿Queréis que me ría en vuestra cara de esa locura? ¿no os enojáis ahora porque?... yo creí que teníais muy sabido...

—Sí, sabido, sí, ¡pero ay del que se complazca en repetírmelo!

—En buen hora. ¿Queríais que esa mujer, cuyas perfecciones adoráis?...

—Entiendo, entiendo.

—Sed más confiado, señor, y menos impaciente.

—Vos mismo la hubierais apreciado en menos, y eso las mujeres lo saben. Quieren ser premio de la victoria, pero de una victoria reñida, porque cuando son vencidas, doncel, ellas mismas hallan disculpa á su flaqueza, disculpa que no encontrarían si no se defendiesen. Las menos virtuosas, Macías, quieren parecerlo hasta á sus propios ojos. ¿Qué será, pues, las que realmente lo son?

—Sí, pero no confundáis á Elvira con...

—En buen hora, doncel. Si os habéis prendado de un ángel, id á consultar ángeles: yo sólo conozco el corazón humano.

—Judío, ¿y qué me aconsejáis?

—¿Necesitáis consejos después de lo que os he dicho?

—¿Es posible? Ah, padre mío, no me hagáis entrever la felicidad para arrancármela después más amargamente de entre las manos. Si mi constelación...

—Las constelaciones, doncel, mandan que tengamos frío en el invierno, y sin embargo, si os sumergís en un baño de agua caliente en el corazón de enero, ¿no hubierais de sudar?

—¡Cierto!

—Andad, pues, y venced, si podéis, vuestra constelación. Ella se os anunció funesta. Hacedla vos venturosa.

—Explicaos más claro, padre mío... ved que...

—Doncel, os he dado cuantas explicaciones puedo daros. Recapitulad mis palabras, y partid. Sólo os añadiré, y ved que no os hablo más en el asunto, que para vencer es fuerza pelear, por más que muchos que peleen no venzan. Vuestra constelación es funesta; en vuestra mano está sin embargo vencerla. Confianza y audacia. Á Dios.

—¡Confianza y audacia! salió diciendo Macías; ¡santo Dios! ¿será mía? ¿será mía alguna vez? Dos lágrimas, hijas de la terrible emoción y de la alegría que henchía su corazón, surcaron sus encendidas mejillas. Desde entonces el audaz mancebo revolvió en su cabeza cuantos medios podían ocurrírsele para tener una entrevista con Elvira; desde entonces no vió más que á Elvira en el mundo, y desde entonces pudiera haber conocido quien hubiera leído en su corazón que Elvira ó la muerte era la única alternativa que á tan frenética pasión quedaba.