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Obras completas de Fígaro, Tomo 1 cover

Obras completas de Fígaro, Tomo 1

Chapter 54: CAPÍTULO XXX
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About This Book

La colección reúne artículos, ensayos y cartas que combinan sátira y reflexión para examinar costumbres públicas y privadas, el teatro, la administración y la vida cotidiana. Alterna piezas breves de crítica mordaz con un relato más extenso de carácter narrativo, y emplea el humor y la observación para señalar hipocresías y hábitos sociales, proponiendo pautas de juicio y reforma sin perder la viveza estilística. La edición incluye prólogos y notas que contextualizan la producción y su intención crítica.

CAPÍTULO XXVIII

É si por ventura quieres
Saber por qué soy penado,
Plácete, por que si fueres
Al tu siglo trasportado,
Digas que fuí condenado
Por seguir damor sus vías,
É finalmente, Macías
En España fuí llamado.

Don Enrique de Villena. Infierno de los enamorados

Suponemos de buena fe que pocas de nuestras lectoras se habrán encontrado en la situación de Elvira, si bien no nos atreviéramos á asegurar otro tanto de nuestros lectores con respecto á la del encerrado doncel. Era efectivamente aquélla bastante extraordinaria. En balde había dirigido la virtud más rígida todas las acciones y palabras de Elvira: en balde había resistido, á costa de los mayores tormentos, á la encendida pasión de su imprudente amante. Una inexplicable fatalidad pesaba sobre ella y sobre cuanto la rodeaba. Ella había inspirado inocentemente una pasión frenética, que sólo podía emponzoñar su vida ó adelantar su muerte; pero semejante á la abeja, que se lastima al picar y deja perdido el aguijón en la herida que hace, Elvira no había ganado el corazón del doncel sino á costa del suyo. Más virtuosa, como mujer, luchaba más tiempo; pero luchaba con un enemigo más fuerte que ella, y sólo la mano del Todopoderoso, que acababa de implorar, podía salvarla del hondo precipicio que ante sus pies miraba. Amaba á su esposo por otra parte; y ¿cómo no amarle? Era, pues, tan inocente como desgraciada.

La misma fatalidad que pesaba sobre Elvira había alcanzado al doncel. Había bebido sin saberlo la ponzoña que corría por sus venas. Largo tiempo había luchado también el deber con el amor; pero un concurso de circunstancias no buscadas lo habían venido á poner en tal estado: que así le era fácil sacudir el yugo, como le es fácil á la débil paloma desasirse de las crueles garras del sacre devorador.

La puerta del gabinete donde Macías había entrado era compuesta de dos altas hojas, construidas según el gusto gótico, ó por mejor decir, gótico arabesco, que tenían entonces todos los adornos arquitectónicos. Pero en cada una de sus hojas una ventanilla cerrada por una cruz de hierro, y puesta á la altura poco más ó menos de una persona, proporcionaba desgraciadamente al caballero la deplorable facilidad de ver cuanto pasaba en la cámara donde los dos esposos estaban, no pudiendo ser él visto á causa de la oscuridad en que se hallaba sepultado aquella especie de astillero ó gabinete de armas, que no tenía más luz que la que del salón inmediato recibía.

El semblante pálido y deshecho de Elvira, sus ojos encendidos de llorar, una indefinible tristeza que oscurecía sus facciones, como una nube oscurece el día, y cierta agitación particular, hija del temor y del cuidado con que entonces estaba, la hubiera hecho interesante á los ojos de cualquiera, por indiferente que hubiera sido á los tiros del amor. Hacía tiempo por el contrario que no había tenido Hernán Pérez un día que tanto hubiese contribuido á disipar su natural melancolía. Había cazado con su alteza y con don Enrique de Villena, que ambos á dos le habían colmado de favores: aquélla había sido la primera vez que se había hallado en público en calidad de caballero, y el corazón del hombre es harto débil para no lisonjearse de semejantes distinciones. Deseaba partir con una persona querida su satisfacción; ¿y con quién mejor que con su esposa? Dirigióse á ella con un semblante más animado y franco de lo que comúnmente solía.

—¿He tardado, no es verdad, Elvira? dijo acercándose á ella con un hermoso azor en el puño izquierdo. ¿He tardado?

—No, Hernán: antes paréceme que habéis venido...

—¿No me esperabais todavía? Ésta es la suerte de los maridos. Nunca se los espera.

—¡Santo Dios! dijo para sí Elvira, hasta cuyo corazón había penetrado esta casual alusión.

—¿Estáis triste, Elvira? continuó Hernán acariciando al pájaro distraídamente. Cualquiera diría que habíais cometido alguna acción de que tuvieseis que avergonzaros. Si os hubiera sorprendido con un amante, no tendríais la cara más lastimosamente melancólica. Si he venido á haceros mala obra...

—¡Esposo mío! exclamó Elvira destrozada en su interior, sabéis que ha tiempo que la debilidad de mi cabeza...

—Tenaces son esos males de cabeza y terribles, añadió Hernán. También está triste este pobre pájaro. Miradle, Elvira. Su alteza acaba de cambiármele por el mío: ha cazado tan bien esta mañana, que ha querido quedarse con él. Nos ha encantado á todos. ¿Queréis creer que cuantas veces le ha soltado su alteza y don Enrique de Villena, otras tantas ha vuelto con la presa? Sólo una vez que le solté yo se vino con las garras vacías. Sobre eso quiso su alteza darme vaya.—¡Ea! dijo: Vadillo, hoy no estáis para cazar. Hoy no cogeréis pájaro ninguno... ¿Qué tenéis, Elvira?... Sobre eso fué tal la rabia que concebí, que se lo ofrecí al rey, y de buena voluntad. Efectivamente no era mi estrella cazar hoy. De allí á poco su alteza se empeñó en que le soltara su doncel favorito... y también cazó; pero yo nada. Verdad es que Macías caza bien. ¿Pero, esposa, os alteráis? esa agitación... acaso... su nombre solo os ofende. ¿Tanto le aborrecéis? ¿Recordáis por ventura?... Pero veo que os incomoda demasiado. Nunca hemos hablado de eso. No hablemos jamás ya. Volviendo á la caza, Elvira, está visto que hoy no cazo. Dióme, pues, este azor en cambio del mío, y ¡pardiez! que está triste. Acaso habrá dejado su compañera al venir á mi poder. Los animales nos dan ejemplo de fidelidad: ¿no es verdad, Elvira? capaz será de morirse. ¡Azor! ¡azor! Sólo por eso le quiero. Él no caza hoy, es verdad: en eso se parece á mí; pero es fiel, y váyase lo uno por lo otro; ¡porque en eso se parece á vos!

Volvía Elvira la cabeza á una y otra parte; tosía, bostezaba; cubríase el rostro con el pañuelo; pero la agitación que en su exterior se notaba era, comparada con el desorden de sus pensamientos y la lucha atroz de sus sensaciones, lo que es la arrugada superficie del mar azotada por una blanda brisa, comparada con el furor y embate de las montañas de agua que subleva y despide contra el cielo una deshecha borrasca. Al pajecillo íbasele un color y veníasele otro, que aunque de corta edad, ni se le ocultaba el riesgo del encerrado mancebo, ni el de Elvira si llegaba á ser descubierto, ni la terrible simpatía que entre aquella situación y el diálogo del hidalgo reinaba.

Comenzó éste á parar la atención en el singular estado de su esposa.—Os entiendo, Elvira, dijo después de un momento de pausa, os entiendo. Las conversaciones de dos esposos que se aman no han menester testigos, y vos tenéis sin duda algún secreto que fiarme.

—¿Yo? preguntó azorada Elvira. ¿De qué inferís?...

—Sí; Jaime, continuó Hernán Pérez, yo te llamaré.

—Ah, dejadle, señor: el paje no incomoda...

—No importa. Lleva este azor adentro. Que le cuiden. Que no se escape sobre todo: era el favorito de su alteza, y tan ilustre huésped no puede sino honrar mi casa.

Preciso le fué al paje obedecer. La orden estaba dada de una manera muy positiva, y el haber insistido por otra parte demasiado sólo hubiera conducido á dar sospechas.

Elvira hizo un esfuerzo para levantarse, y dirigiéndose al paje, bastante separado ya de su esposo, aparentó acariciar al ave, pero díjole en realidad al oído:—Jaime, vuelve dentro de un momento; si he conseguido apartar de aquí á Hernán Pérez, facilita la salida al caballero. ¡Y que no vuelva nunca, nunca!

—Bien, querida prima, respondió el paje en voz alta, no es éste el primer pájaro de que he cuidado. Yo os aseguro que se le tratará como merece. ¡Azor! ¡azor! se fué diciendo en seguida, y saltaba al mismo tiempo aparentando con la mayor inteligencia el indiferente atolondramiento de su alocada edad.

—Pienso, Hernán Pérez, dijo Elvira acercándose á su esposo, que el aire libre me sentaría bien. Si quisierais, pudiéramos...

—Esposa mía, repuso Hernán Pérez, cuyos deseos de conversar á solas con Elvira irritaban más y más los obstáculos que se le querían oponer, no lo creáis. Se ha levantado un viento fuerte, que sólo podría perjudicaros. Venid y sentaos á mi lado. No es mi carácter, Elvira, esa fatal reserva que circunstancias desgraciadas me han hecho usar con vos de algún tiempo á esta parte. El corazón del hombre se cansa del silencio: llega un caso por fin en que necesita, como el agua oprimida, un desahogo. Me es necesaria, Elvira, una larga explicación.

—¡Dios mío! dijo Elvira para sí: ¡en vuestras manos me encomiendo! Resignada con esta breve oración mental, sentóse trémula y agitada al lado de Hernán, que cogiéndole una mano y oprimiéndosela cariñosamente, no ya como un marido, sino como un amante, continuó clavando tiernamente sus ojos en los de ella.

—Sí, Elvira, dudáis. Si os creyese una mujer vulgar, una mujer capaz de guardar secretos para vuestro esposo, no os abriría mi corazón. Pero ¡ah! vos sois víctima también hace ya tiempo de esta fatal reserva que ha helado nuestra existencia. Maldición sobre el ser impasible y yerto, que, cerrado siempre para sus semejantes, vive solo dentro de sí y sólo para sí. Su consorte es un vivo, condenado á vivir atado á un cadáver.

—¿Qué decís?

—Sé que el destino ha arrojado entre nosotros un ser desgraciado: sé que una inclinación á que disteis acaso demasiado imperio sobre vuestro corazón...

—¡Hernán Pérez! exclamó asustada Elvira.

—Sí, ¿á qué negarlo? Vos amábais á la condesa, más acaso de lo que la misma amistad tiene derecho á exigir.

—Cierto que la amé siempre mucho, interrumpió Elvira con más serenidad.

—No culpo en vos ese sentimiento, si bien pudiera estar celoso de él. Nace de un corazón generoso; pero...

—Permitidme que en ese punto no dé oídos, señor, á vuestras reconvenciones... dijo Elvira pensando más en abreviar el diálogo que en meditar prudentemente sus respuestas.

—¿Es posible, Elvira, es posible?

—He jurado guardar silencio...

—¿Pero cuál misterio?...

—Permitidme que calle ahora: algún día sabréis, y no está lejos tal vez, que esa misma amistad, que me echábais no ha mucho en cara, os hace mirar á don Enrique bajo un aspecto falso. Básteos saber que no he creído faltaros...

—Dejemos en buena hora ese punto, si tanto os incomoda. Vengamos á otro. Sabéis, Elvira, que soy vuestro esposo... Hay un hombre sin embargo...

—Esas palabras, señor... ¡Ah! soy inocente, exclamó Elvira precipitándose á los pies de Fernán Pérez.

—¿Cómo pudiera yo dudarlo, Elvira? sois inocente: ¿pero basta acaso en el mundo en que vivimos ser inocente? ¿No es fuerza parecerlo también? Oídme. Vos sabéis cuánto os amé: os conduje al altar, partí con vos mi lecho, os entregué mi casa porque os amaba, Elvira. Hay un hombre, sin embargo, que ha osado poner en vos los ojos.

—¡Ah! señor, acaso os deslumbre...

—Nada me deslumbra, Elvira. No os haré cargo alguno. Vuestra palabra me basta. Mi honor está en vuestras manos. Ése fué el depósito sagrado que al desposarme os entregué. ¿Le habéis guardado, Elvira?

—¡Señor! exclamó Elvira ahogando sus sollozos, y volviendo el rostro á mirar con la mayor agitación el gabinete.

—La verdad, Elvira, y nada más. Mirad: yo os pedí vuestro corazón, no os lo robé: yo no os dije: seréis mi esposa, sino ¿queréis serlo? ¿Para qué pensasteis que enlacé á mi suerte la de una mujer? Para hacerla feliz. No hago trovas, Elvira, no es el talento la cualidad de que blasono. Empero la honradez será siempre mi norte. Sed, Elvira, feliz. Decidme ahora cuáles son los medios que para serlo exigís. Hoy es tiempo todavía; mañana no lo será tal vez.

—¡Ah! exclamó Elvira en el mayor desorden. ¿Vos habéis dudado, esposo? Si vierais sin embargo mi corazón, si vierais cuánto ha padecido... ¡Piedad, piedad de mí! No mando en mí, Fernán, ni sé quién soy.

—No os turbéis, Elvira: tranquilizaos. Eso me basta. ¿Me amáis?

—¡Si os amo! ¿Cómo pudiera no amaros?

—Basta, Elvira; de hoy más mis labios se sellarán: vuestra palabra va á guardar en lo sucesivo mi tranquilo sueño. ¡Elvira, Elvira!

Una larga escena de silencio, pero de elocuente silencio, se siguió á esta enérgica exclamación. Elvira al oirla miró dolorosamente al gabinete. Presentóse entonces á sus ojos el amor, terrible presagio de sangre y de desgracia. Asustada cerró los ojos, y no pudiendo resistir á la lucha interior que la devoraba, y á la imagen de cuanto debería sufrir el que estaba condenado á ser testigo de escena tan amarga, dejó caer su cabeza desmayada sobre el hombro de Hernán Pérez. Un torrente de sus lágrimas inundó el pecho del hidalgo; de esas lágrimas de hiel que se forman y corren lentamente, que manan con dolor, con amarguísimo dolor del mismo corazón.

—Ah, perdonadme, Elvira, dijo arrebatado el hidalgo de ternura y de entusiasmo; perdonadme si he podido ofenderos con dudas ofensivas...

—¿Que os perdone, señor? exclamó Elvira. ¿Yo á vos? Perdonadme vos á mí...

Al llegar aquí anudáronse las palabras en la garganta de Elvira, y no la dejaron sus sollozos proseguir. Un sentimiento profundo de vergüenza y remordimiento, y una expansión espontánea de generosidad se habían apoderado de ella. Un momento menos de reflexión, y la infeliz Elvira declaraba á los pies de su suspicaz esposo su deplorable estado; pero el doncel estaba en su casa todavía. La menor imprudencia suya hubiera tenido funestas consecuencias. Alzó los ojos al cielo Elvira, y contentóse con llorar. ¡Macías! ¡Macías! dijo para sí. ¡Oh, quién pudiera aborrecerte!

—¡Me ama, me ama como el primer día! exclamó Hernán Pérez con loco frenesí: arrojándose en seguida en sus brazos, estampó en su pura frente un ósculo conyugal. Elvira sintió su rostro encenderse de rubor al contacto fatal. Bajó los ojos avergonzada, y hubiera querido más bien ver con ellos el infierno todo, que haber encontrado con los de su esposo, tranquilos entonces, serenos, confiados, como lo está el ignorante pasajero que duerme con placer á la pérfida sombra del nogal.

También el doncel oyó el ósculo dado en la frente de Elvira, que resonó en su corazón como la voz de la verdad en la tumba. Helóse su sangre toda dentro de sus venas. Sus ojos, lanzados fuera de su órbita, devoraban desde la oscuridad el rostro divino de la hermosura, reclinada en brazos de otro. Sus manos, cerradas por sí solas y comprimidas, sacudieron la cruz de hierro que cerraba la ventanilla, y si no bastaron á romperla sus esfuerzos, torciéronla como un mimbre delicado.

—¡Se aman, se aman! exclamó el doncel con voz ronca y apenas inteligible. ¡Maldición, maldición sobre ellos y sobre mí! Y una lágrima, pero una lágrima sola, se abrió paso con dificultad á lo largo de su mejilla, fría como el mármol.


CAPÍTULO XXIX

Seis años fuí de él servida,
Sin de mí alcanzar nada.
Él ofendió á mi marido,
Y de ello yo fuí la causa;
Y con todo esto le quiero,
Y le tengo acá en el alma.

Rom. de Cazul

—¡Ah! Vadillo, exclamó Elvira creyendo haber oído algún rumor en el gabinete, ¡cuán desdichada soy!

—¡Elvira! dijo escuchando un momento Fernán Pérez. Diría que alguien había hablado á nuestro lado.

—¿Á nuestro lado? ¿Cómo? ¡Qué fantasía!... ¿Quién pudiera?...

—Tiempo es el caballero,
Tiempo es de andar de aquí,

entró cantando á esta sazón con voz descomunal el atolondrado pajecillo, según las palabras de aquel antiguo y famoso romance popular que se cantaba entre las gentes: entraba Jaime como quien creía que habría tenido ya ocasión la bella prima de sacar de allí al hidalgo.

—Sería el paje, señor, el que aquel ruido metía, dijo Elvira aprovechando tan feliz coincidencia.

—¿Qué buscáis de nuevo aquí? preguntó Hernán Pérez con todo el mal humor de aquel á quien interrumpen en una ocupación agradable para la cual no ha menester testigos. No haría yo mal, ¡vive Dios! atolondrado, en cogeros de un brazo y encerraros en ese gabinete oscuro hasta que hubieseis aprendido otra mesura y comedimiento.

—Perdonadle, gritó Elvira asustada.

—Ved que habrá sabandijas en ese cuarto, señor hidalgo, repuso el pajecillo prontamente: nadie entra en él jamás.

—Vos seréis el bellaco y la sabandija, mal criado, contestó Hernán Pérez. ¡Ea! salid.

—De buena gana; pero no será sin deciros que el azor no quiere comer, y que es tan torpe Álvar, el escudero que os habéis echado desde que recibisteis la orden de caballería, que quiero yo que me encerréis de veras si antes de un cuarto de hora no campa solo el pájaro por su respeto sobre alguna torre del alcázar. ¡Pobre animalito! él, ¡ya se ve! quiérese escapar. Os digo que se escapará.

—¿Se escapará? ¡Voto va! Paje, á vos os lo di: si él se escapa, acordaros habéis del pájaro de su alteza. Dejad, Elvira, que vea lo que hacen esos necios. Tenedme ahí entre tanto á buen recaudo á ese insolente. ¿Escaparse? No se escapará, ¡voto á Santiago!

Diciendo y haciendo salió precipitadamente el hidalgo, y el paje, vuelto hacia la puerta por donde salía, y poniéndose los puños en los hijares:

—Se escapará, dijo con donaire y burlita sardónica; sí, señor, se escapará. ¿Pero esperaros yo aquí, eh? Para mi santiguada que no haré tal; no estoy tan mal avenido aún con mis orejas. Vaya, ¿qué hacéis, prima? Ved que el tiempo pasa, y si le perdéis, saldráse con la suya el hidalgo, y el pájaro no se escapará.

—¡Santo Dios! ¿Conque es falso ese recado que nos habéis traído, Jaime? ¿Y no tembláis?...

—Prima, todo el riesgo para mí es perder una oreja, y más perderíais vos si...

—¡Querido Jaime, querido Jaime! exclamó Elvira estrechando al paje entre sus brazos.

—Luego, prima mía, luego, dijo Jaime mirando con cuidado hacia la parte por donde acababa de separarse el hidalgo, y dirigiéndose en seguida hacia el gabinete. ¡Caballero, añadió abriendo, caballero! ¡Vaya que se ha dormido, mientras que nosotros hemos sudado por enmendar sus locuras! ¡Ay, Dios mío! prosiguió todo asustado viendo salir al doncel. Parecía éste efectivamente más bien un espectro que una persona. El amor y los celos luchaban aún en su semblante.—¡Ingrata! gritó fuera de sí dirigiéndose á la desdichada Elvira. ¡Ingrata! ¿Qué pretendéis ahora de mí? ¿Sacáisme aquí á la luz por si no veo bien allí vuestras infernales caricias, por si no oigo bien vuestros pérfidos juramentos? ¿Qué os hice yo para rigor tan grande? ¡Le amáis, le amáis!

—¡Macías! basta; huid, huid, exclamó temblando de terror y echándose á sus plantas la infeliz. No más tiempo, no más; que ha de volver.

—¡Vuelva! ¡vuelva! Aquí mi pecho está. Máteme luego.

—¡Vaya! señor, exclamó el paje, deje para otro día esa canción; mire por Dios...

—¡Ah Jaime! ¡Me aborrece! le interrumpió Macías.

—¿Qué os ha de aborrecer? repuso el paje.

—¡Jaime! gritó Elvira tapando con su mano la boca del inocente... Macías... partid.

—No, no partiré. ¡Á qué vivir, si he de vivir sin vos? Sea su triunfo completo. Amadle sin rubor. ¡Perezca sólo quien no debe gozar!

—¡Por Dios! ¡por mí, Macías!

—¡Cierto! soy un testigo importuno para los placeres que os esperan, dijo Macías con voz reconcentrada, y toda la sangre fría de un hombre desesperado.

—¿Qué han de esperarme ¡ay de mí! sino tormentos? ¿Queréis que al fin lo diga? Huid y lo diré.

—Elvira, ¿qué dirás? gritó Macías. ¿Que le amas, otra vez?...

—No, nunca, no. ¿Qué pude hacer delante de él? Á ti amo: sólo á ti...

—¿Á mí? ¡ah! ¿Á mí? ¡Sueño, deliro!

—¡Qué vergüenza, Dios mío! Pero huye ya; ¿qué esperas? ya lo oiste de mi boca: por ese amor frenético que veo en tus ojos con placer, por ese amor, Macías, ¡huye! ¡huye por Dios! ¡y por piedad!

—¡Elvira! ¡Elvira! dijo Macías palpitando todo de amor y de felicidad. Huyo, sí, huyo. Díme, empero, que volveré.

—Volverás si huyes ahora, volverás.

—¡Á Dios, Elvira, á Dios! gritó con loco furor Macías, y se lanzó fuera del cuarto.

—¡Á Dios, repuso con voz apagada Elvira, á Dios! y cayó sin fuerzas casi y sin sentido sobre un sitial inmediato, escondiendo con ambas manos su rostro descompuesto y avergonzado.

—Alzad, prima; no lloréis, dijo Jaime acercándose á la hermosa desconsolada.

—¿No he de llorar? exclamó ésta volviendo en sí, y mirando á todas partes con temor de ver volver á su esposo. ¿No he de llorar? ¿Qué le dije yo, Jaime, qué le dije? ¡Imprudente! ¿Y él volverá, volverá? ¡No, jamás!

—Andad, añadió el paje: templad vuestro dolor. ¿No habéis visto con qué facilidad hemos engañado al buen hidalgo? ¡Ah! Yo necesitaba tener presente cuán serio era el lance, prima mía, para no soltar la carcajada. ¿Habéis notado que no ha dicho una palabra que no pudiera hacernos reir con fundado motivo?

—¡Hacernos reir, Jaime! Maldecida sea mi loca pasión. ¡Sí, dices bien! yo le hice risible. ¿Yo? ¿Yo pago de ese modo su cariño, su amor, su condescendencia? ¿En qué era, pues, risible? ¿En amarme? Saetas eran sus palabras para mí. ¡Por qué ha de ser risible, Jaime? Porque tiene una esposa infiel, que olvidada de su deber ha dejado crecer en su pérfido corazón un amor odioso. ¿Y porque ella es ingrata, él es risible? ¡Dios mío! Confundidme. He ahí el premio que doy á su cuidado. Porque ha partido su lecho conmigo; porque me ha confiado su casa, porque me dió su corazón, porque quiso llamarme madre de sus hijos, ¿por eso le aborrezco? ¡Me horrorizo, Jaime! ¡Yo misma me doy horror! ¿Yo cubriré su nombre de ignominia; yo destinaré á eterno oprobio el nombre de mi marido, que es el mío? ¿Las gentes al mirarme lo pronunciarán con befa y con maliciosa risa? ¡Dios mío, Dios mío! ¡Yo pierdo la cabeza! ¿Y cómo amarle sin embargo? ¿Es mío por ventura mi corazón? ¡Macías, me has perdido! Oye, Jaime, si le ves por acaso, dile que nunca, nunca torne á mi presencia. Que huya, que huya. Le adoro, sí, le adoro. Díselo tú también: pero que huya. ¡Qué delirio el mío! ¡Qué locura! ¡Mi voz se ahoga!

—Hermosa prima, Fernán Pérez vuelve. Serenaos.

—¡Vuelve, vuelve! ¡Ah! evita su furor. Déjame á mí: muera yo sola: ¡yo su castigo merecí!

—¡Ah! no, no parto si lloráis así.

—Parte. Sí, dices bien, no lloro ya, dijo con interrumpidos sollozos Elvira, enjugándose los ojos rápidamente, y empujando con una mano al paje; parte: que no te llegue á ver.

—¿Dónde está, gritó Hernán Pérez; dónde el insolente que osa jugar con mi cólera y desafiarla?

—¡Á Dios, Jaime! dijo en voz baja Elvira: corre... Teneos, Hernán Pérez... añadió arrojándose al paso de su esposo.

—¡Oh! decidme vos sino, gritó el hidalgo, ¿hay en esto, señora, otro misterio? ¿Qué significan vuestras lágrimas, vuestros sollozos, vuestra confusión?...

—Jaime, señor, es inocente, inocente: nunca quiso jugar con vuestra cólera. Todos os amamos aquí y os respetamos, todos; pero... mirad... oíd...

—¡Elvira! ¡Elvira! exclamó con voz descompuesta el hidalgo, que comenzaba á sospechar vagamente.

—¡Perdón! gritó Elvira con voz aguda y ahogada por sus lágrimas y sollozos: esposo mío, ¡perdón! Y cayó de rodillas abrazando los pies del hidalgo, y dando su frente pura sobre el suelo con asombro de aquél, que cruzado de brazos delante de ella parecía en la mayor inmovilidad andar buscando en su cabeza alguna explicación de escena tan extraordinaria.


CAPÍTULO XXX

Estando en esto llegó
Uno que nuevas traía.
—Mercedes á ti, fortuna,
De esta tu mensajería.

Rom. del rey Rod.

—Ya veis que en ningún caso puede convenirme, decía agitado Villena al astrólogo un día. Cuando tengo vencidos casi los obstáculos todos que á la posesión de mi maestrazgo parecían oponerse, cuando unos ya, merced á mis beneficios y promesas, han vuelto á entrar en la senda del deber, cuando otros, cansados del poco fruto de la diligencia de don Luis Guzmán, ceden en tan obstinada demanda y dan al olvido su rencor, ¿querrán que yo exponga á los riesgos de un combate el objeto de todas mis ansias y desvelos? ¡Qué bobería, Abenzarsal! Fuerza es para suponer en mí semejante delirio no conocer cuánto he deseado ese maldecido maestrazgo, ¡Por cierto que puede ser dudoso el éxito del combate! No quiero yo decir con esto que mi antiguo escudero Hernán Pérez carezca de valor de ningún modo; pero una cosa es tener valor, y otra estar seguro de vencer á Macías. Abenzarsal, el combate no puede verificarse sino para perder yo el maestrazgo por lo menos; y no se verificará.

—No es tan fácil hacerlo como decirlo, dijo Abenzarsal sin mirar al conde, y más bien como quien habla consigo mismo que como quien contesta á otro; no es tan fácil hacerlo como decirlo. Porque, al fin, ni el mismo rey puede revocar ya la prueba por combate que tiene decretada á petición de parte, ni fuera decoroso en vos solicitarlo.

—Abenzarsal, decirme á mí ahora que nada se puede remediar en el asunto por los términos ordinarios, vale tanto como decirme que Madrid está en Castilla; y por cierto que no tengo ni el tiempo hoy ni la cabeza para aprender verdades de esa importancia. Si os consulto es porque presumo que pudiéramos dar un golpe atrevido. ¿No hay algún arbitrio? ¿no os ocurre á vos nada? ¡Por Santiago! yo creí que ya habíais comprendido que yo quiero que os ocurra.

—Mi cuerpo, señor, viejo y feo conforme se halla, está á tu disposición; del alma nada te quiero decir, porque no estoy muy seguro de si puedo disponer de ella como cosa mía, después de la tempestuosa y aun maliciosa vida que he traído. Dios me la perdone. Pero en cuanto á mis ocurrencias, permite que te diga, señor, que sólo conforme me vayan ocurriendo podré irlas poniendo á tu disposición.

—¡Maldito viejo! refunfuñó Villena entre dientes. ¿Cuándo queréis acabar de fundirme esa cabeza de bronce que ha de responder á todo el que la pregunte, y que me habéis tantas veces prometido? Yo os aseguro que si la tuviera en mi poder, como debiera, á la hora ésta ya la habría hecho, decir cosas buenas y oportunas acerca del asunto. No habría combate, yo os lo aseguro: no lo habría. Os juro que ésa sería la mejor cabeza de Castilla, sin contar la mía, Abenzarsal, se entiende.

—Mientras la mía, señor, esté sobre mis hombros, que será todo el tiempo que yo pueda, paréceme que la de bronce ha de estar de más.

—Veamos, Abenzarsal, esa prodigiosa fecundidad de recursos. Ya imaginaba yo que no dejaríais de sacarme de este molesto apuro.

—¿Has visto alguna vez á tu juglar Ferrus desempeñar con singular destreza y maestría el famoso juego de cubiletes que de Italia han traído á España algunos juglares y juglaresas de Provenza?

—Adelante, Abenzarsal.

—Bueno: pues es preciso que aprendas ahora de Ferrus tan peregrina habilidad, y esto sin remedio.

—¿Os volvéis loco, ú os burláis de mí?

—Ni lo uno ni lo otro. Lo primero no me tiene cuenta á mí, lo segundo no te la tiene, señor, á ti; sin embargo afírmome en lo dicho; no tienes, conde, otro remedio, á no ser que quieras valerte del agua aquella que poseo, que no sería tan mal recurso. Pero has dado en apreciar la vida del hombre...

—¡Qué horror, Abenzarsal, qué horror! ¿Habéis tomado á vuestro cargo endurecer mi alma, y hacer de mí un pícaro tan redomado como vos? ¿no tembláis el crimen?

—¿Qué es el crimen? ¿lo que han querido llamar tal los hombres? Soy uno de ellos; tengo derecho á no adoptar sus definiciones.

—¿Me diréis que el quitar la vida á otro ser?...

—¿Qué es quitar la vida, don Enrique? ¿puede el hombre, necio, insensato, quitar la vida á ningún ser? ¿puede el hombre crear ni destruir? ¡Impotente! ¡miserable! Aquél en quien acaba el alma de separarse del cuerpo deja de vivir á los ojos de los hombres. Á los ojos de Dios vive, porque nada muere á los ojos de Dios; él ha derramado la vida en los seres todos: unos existen bajo unas condiciones, otros bajo otras. Si el vivo vive de una manera que confesamos, vive también el muerto de otra manera que no conocemos: á los ojos de Dios las acciones todas son iguales: no hay bien, no hay mal; no hay vida, no hay muerte; no hay virtud, no hay crimen.

—¡Blasfemia, blasfemia! gritó don Enrique. Os complacéis en aventurar horribles paradojas en los momentos críticos en que tenemos más necesidad de inventiva que de ergotismo escolástico, y de confianza en el cielo que de heréticas impiedades.

—Como gustéis: dejemos en buena hora á los hombres, viles gusanos de la tierra, imaginarse en su vanidad los seres privilegiados de la creación: dejémosles creer orgullosos que para dar vueltas al rededor de su mundo miserable ha lanzado al vacío el Hacedor millones de mundos mayores; dejémosles pensar que son algo, y que valen algo; dejémosles, en fin, dar una incomprensible importancia á sus acciones míseras, al que llaman su honor, á su supuesta ciencia, á sus ridículas pasiones, al ruido que hace la boca, que llaman aullido en el lobo, y en sí mismos conversación.

—¿Acabaréis? ¡por santa María!

—Dejémosles en tan lisonjero error: convencedle al hombre de que no es nada, y precipitado de la altura del trono que sobre la naturaleza se ha erigido, se afligirá como si el no ser nada fuese algo.

—¡Por Santiago! exclamó Villena despechado: tenéis razón, Abenzarsal. Tenéis razón en todo lo que habéis dicho, y en lo que habéis pensado, y en lo que os habéis dejado por pensar y por decir. ¿Pero y mi maestrazgo? Os suplico que no lo consideréis como cosa de hombres, que yo os prometo probaros antes de mucho que si el hombre puede no ser nada, un maestrazgo por lo menos es algo.

—Vengamos, pues, al maestrazgo, dijo sonriéndose el astrólogo, á quien esta última frase debió de parecer mejor que el mundo y sus míseros habitadores. Ya he dicho, señor, que no queriendo hacer uso del aqua mortis, necesitáis aprender...

—Pero, ¿qué significa?

—Significa que, así como el juglar, y un juglar cualquiera, hace desaparecer entre los dedos la bola mágica, según la llama el vulgo de los hombres, ese de quien yo os hablaba hace poco...

—¿Volvemos? dijo Villena desesperado con lastimoso acento.

—No: tranquilízate, señor; así, pues, necesitas tú hacer desaparecer á alguien de la corte de don Enrique.

—¿Á quién? ¿y cómo?

—Voy á decirte, ilustre conde. Á Elvira, tu acusadora, es caso imposible, porque está libre bajo mi responsabilidad, así como Macías y tú lo estáis bajo la propia del rey, tú por tu clase, y él por su favor.

—Bien. Adelante. Elvira es además mujer de Fernán Pérez.

—Cierto; pero á Macías no me parece que podría ser difícil. Él está ahora más que nunca poseído de una pasión frenética; pasión cuyos resultados, felices para nosotros, has cortado tú mismo con tus incomprensibles escrúpulos. Sin embargo, puédenos servir todavía. Entreveo un plan asequible tal vez. Necesitaremos de Ferrus. Si el doncel cae en el lazo que le vamos á tender, no será él ciertamente quien venza á Fernán Pérez.

—Abenzarsal, ¡cuánto os debo, amigo mío! dijo Villena estrechando sus manos.

—Dame empero tu palabra, señor, de no estorbar mis intentos, y dame con tu palabra á Ferrus. Sé las escenas que han pasado entre los amantes recientemente, sé... pronto lo sabrás tú mismo. Ven en tanto, señor, conmigo... oigo un rumor extraño en la cámara de su alteza. ¿Será acaso alguna novedad en la salud del rey, que debamos sentir todos?

Al acabar el astrólogo estas palabras, dirigiéronse entrambos hacia la cámara de su alteza. Oíase desde ella un prolongado y confuso clamoreo, cuya causa no tardaron en adivinar. Su alteza, rodeado ya de algunas de las primeras dignidades de Castilla, preguntaba á unos y á otros, y parecía haberse hallado largo rato en la misma duda que los personajes de nuestro último diálogo. Brillaba sin embargo en su semblante una alegría desusada en él, y podíase conocer desde luego que más tenía de fausto que de infausto el suceso que producía en aquella ocasión tanto movimiento.

—Venid, ilustre conde, mi pariente, y vos, Abenzarsal, venid, dijo don Enrique el Doliente saliendo al paso contra su costumbre, con notable olvido de su propia dignidad, á los dos personajes que entraban en su cámara. La corona de Castilla tiene ya un heredero varón.

—Señor, dijeron á un tiempo Villena y el físico, ¿es posible? ¿Ha llegado ya tan alegre nueva?

—Sí, dijo el rey: el enano que está de atalaya en la torre más alta del alcázar acaba de ver las ahumadas que tenía mandadas disponer para este caso, y los fieles habitantes de mi leal villa de Madrid se han apresurado á felicitarme sobre tan feliz acontecimiento.

Oíanse, en efecto, ya más distintamente los repetidos vivas con que de buena fe manifestaba el pueblo su entusiasmo al saber que le había nacido un rey, y que no podría faltarle ya en ningún caso quién le mandase.

Salió su alteza á una de las fenestras de su alcázar, como se llamaban entonces las ventanas en castellano, sin que se pudiera achacar eso á galicismo, pues no había entonces en la pobre villa de Madrid tantos traductores como en los tiempos que alcanzamos de dicha y de ilustración; salió á una de las fenestras, como dejamos dicho, y agradeció al pueblo con claras demostraciones y ademanes de contento y satisfacción su inocente entusiasmo.

Vuelto en seguida á Stúñiga, justicia mayor del reino,

—Diego López, le dijo su alteza, dispondréis que mañana sea la última audiencia que dé en esta villa á los fieles habitantes de Madrid. Debemos marchar inmediatamente á Otordesillas, adonde se trasladará la corte por ahora. Quiero que al separarme de esta mi villa predilecta puedan mis vasallos venir á implorar á los pies del trono la justicia que puedan necesitar. Recuerdo además, condestable, añadió volviéndose al buen Ruy López Dávalos, que he suspendido en dos ó tres casos decisiones de grave interés, prorrogándolas hasta el momento que tan felizmente ha llegado.

Inclináronse el condestable y el justicia mayor, y no puso tan buen gesto como don Luis Guzmán el intruso maestre. Antes, llegándose al oído del astrólogo:—¿Habéis oído? le dijo. Mañana dará orden de que se reúna el capítulo de Calatrava y mañana acaso fijará el día de nuestro combate.

—No hay tiempo que perder, repuso en voz baja también el judiciario.

Don Luis Guzmán y Macías echaron cada uno por su parte una mirada significativa de esperanza y desprecio al conde de Cangas y Tineo. El resto del día se empleó en preparativos para el viaje que la corte disponía, y la noche en músicas y en danzas, en que los ministriles y juglares divirtieron no poco á todos con sus juegos y arlequinadas, farsas y bufonerías.


CAPÍTULO XXXI

Porque le vi ir huyendo
Muy malamente llagado,
Y que á la hora de agora,
Será muerto ó cativado.

Rom. del rey Rod.

Por ende quien me creyere
Castigue en cabeza ajena,
É no entre en tal cadena,
Do no salga si quisiere.

Marqués de Santillana. Querella de amor

Algunas horas hacía ya que la noche había tendido sobre nuestro hemisferio su tenebroso velo. Ningún ruido sonaba en la campiña, ni en las solitarias y tortuosas calles de la villa de Madrid. Sólo en el alcázar se veían brillar en algunas habitaciones más luces de las que solían comúnmente arder á semejantes horas: oíase desde la calle un rumor sordo y lejano, que se desprendía del altísimo edificio, bien como se desprenden de la tierra los vapores en una mañana clara de invierno. Un caballero acababa de bajar triste y taciturno la escalera principal del alcázar: su traje indicaba que salía del brillante sarao que arriba se oía; su desasosiego, sus pasos vagos y sin dirección, indicaban el desorden y la indecisión de sus pensamientos.

—Sí, volveré, decía hablando consigo mismo, volveré: ella misma lo decidió. ¡Importuna danza! ¡ruido mil veces más importuno! ¡Mientras más gente, más solo!

Cativo de mi tristura,
De mí todos han espanto:
Preguntan, ¿cuál desventura
Hay que me atormente tanto?

¡Inútiles esfuerzos! ¡talento estéril! ¿De qué me sirves, de qué? ¡Ni mis palabras la vencen, ni mis trovas la mueven! ¡Elvira!

¡Ah! te place que mis días,
Yo fenezca mal logrado,
Muy en breve,
Pues que al infeliz Macías,
Es tu pecho despiadado,
Tan aleve.

Después de repetir esta endecha tristísima de una de sus composiciones, apoyóse el trovador desdichado contra la alta muralla del alcázar, donde se encerraban todos sus deseos. Poco tiempo podía hacer que estaba sumergido en la más profunda meditación, ora recordando las contradictorias pruebas que de cariño y odio le había dado su señora, ora repitiendo vagamente y con profunda distracción fragmentos sueltos de las chanzones que le había inspirado su desgraciado amor, cuando una mano se apoyó sobre su hombro con extraña familiaridad.

—¿Quién eres, preguntó airado, el que osas perturbar la meditación del que desea estar solo?

—Quien os ha visto salir; quien compadece vuestra pasión; quien os ha de consolar en ella; quien sabe de vuestros asuntos tanto como vos, sino más, repuso el desconocido.

—¡Ah! judiciario, dijo Macías reconociendo al físico Abenzarsal, que había salido tras él del bullicioso sarao. ¿Qué se hicieron tus predicciones, y qué tu vana ciencia? ¿Dónde está mi felicidad, dónde?

—Más cerca acaso de lo que presumes, hombre incrédulo.

—¿Qué decís? Explicaos. ¡Ah! si alguna vez os han engañado, si sabéis, padre mío, lo que es esperar lo que nunca llega, y creer lo que nunca sucede, no os burléis de mi necia confianza. Ved que lo creo todo, porque todo lo deseo.

—¡Silencio! ¿Conocéis una reja alta que da sobre el terraplén y el foso, hacia la parte del alcázar que mira al soto del Manzanares?

—¿Qué me queréis decir?

—Oíd. La reja se abre. He aquí su llave.

—¿Su llave? ¿Para qué?

—¿Para qué, preguntáis? ¿No os sirve, pues?

—¡Ah! dadme, dadme acá. Decidme, ¿de quién, para quién la tenéis?

—No os importa. ¿Conocéis su letra?

—¡Desdichado! ¿De qué la habría de conocer? Si tanto sabéis y adivináis...

—Bien: no importa. Miradla aquí.

—Su letra, Abenzarsal. ¿Es magia esto, es magia? ¿Deslumbráis mis sentidos por ventura con los artes de vuestra pérfida profesión?

—Leed y callad, añadió el astrólogo sacando de debajo de su ropa una linterna, cuya luz proyectó sobre un pergamino que le dió al mismo tiempo.

—¡Dios mío! dijo el doncel acabando de leer. ¿Es ella, lo sabéis, es ella la que escribe estas breves palabras?

—No: soy yo si os parece, dijo afectando enojo el pérfido viejo: á Dios; puesto que no queréis ser feliz, no os quejéis después.

—¡Ah! no, venid: perdonad, señor, si el exceso mismo de mi felicidad... ¿Es posible?...

—¡Ea! dejad vuestras pueriles exclamaciones. El tiempo corre. Partid. No convendría que nos viesen juntos. Sabéis que el hidalgo está con su alteza. Á Dios.

—Escuchad; teneos; ¡un momento! dijo Macías. Pero hablaba solo ya: el astrólogo había desaparecido con indecible presteza. ¡Qué confusión! prosiguió el doncel. ¡Tanta felicidad, Dios mío! Corramos; mas no. ¿Quién sabe los sucesos que me esperan esta noche? Sé que mi constelación me es contraria. Quiero buscar mi espada: con ella al lado, nadie, nadie podrá estorbar mi felicidad.

Dirigióse, dichas estas palabras, el animoso doncel á su habitación, y ciñó su espada cubriendo con un tabardo oscuro de velarte su elegante vestido, que no podía menos de haber llamado la atención de cualquiera que á aquellas horas se le hubiera notado, en el paraje sobre todo donde él pensaba que podría tener que esperar un instante propicio para su dicha.

Volvía á bajar la escalera del alcázar para salir al campo lo más presto posible, y antes de que se hubiesen cerrado las puertas de la villa, cuando un encuentro inesperado le detuvo, no tan á su pesar como podría parecerle á primera vista al que no supiese que el que hacía variar de aquella manera su primer pensamiento, era nada menos que el mismo, mismísimo pajecillo Jaime, á quien tan apurado y comprometido dejamos por causa del doncel en uno de nuestros últimos capítulos, que acaso no habrá olvidado todavía el lector.

—¡Jaime! dijo Macías.

—¡Señor caballero! repuso el paje no menos admirado y satisfecho. Buena la hicisteis la mañana pasada. ¡Ah! otra vez ved de ser más prudente.

—¿Acaso Elvira?...

—Mirad, de eso nada sabré deciros, sino que desde entonces esposo y esposa se tratan de una manera... La señora pasa llorando los días, y el señor rabiando las noches... la casa es un infierno. Felizmente á mi nada me tocó de lo que merecía. Pero á propósito, gózome de encontraros. Díjome mi hermosa prima...

—Más bajo.

—No, no hay peligro.

—¿Qué te dijo?

—Que si volvíais alguna vez, como habíais dejado prometido...

—¡Como ella misma!... querrás decir...

—Sí, bien... como gustéis.

—¿Y qué?

—Nada: no os aflijáis. Mirad: las mujeres son... vos lo conocéis mejor que yo...

—¿Qué hablas, pajecillo? Acaba.

—¡Ah! no, si os enfadais... tranquilizaos, y os diré...

—¡Acaba por Santiago! Juro por el infierno que estoy tranquilo.

—Me dijo, pues, contestó el paje aterrado de la extraña tranquilidad del doncel, que si volvíais, se os dijera que no estaba.

—¿Eso dijo? ¡Perfidia! ¡perfidia sin igual! ¿Y no lloró al decirlo, no tembló, miserable? Sed generoso con las damas: creed, creed un solo punto. ¡Salvad mi honor, huid, y volveréis!, que os amo, dijo, ¡y todo fué mentira! ¿Y yo salí y obedecí? ¡Necio! ¡insensato! ¡Ah! ¡maldecida generosidad! Paje, ¿me engañas? prosiguió después de una breve pausa, en la cual dió mil vueltas al pergamino que le acababa de dar el astrólogo. No pudo decir eso: tú burlas mi dolor, y tú...

—¿Yo, señor, yo? Me obligaréis á deciros lo que añadió...

—¿Qué añadió, santo Dios?

—Pues mirad, añadió que se os dijera á vos mismo que ella había dado aquella orden.

—¿Eso? ¡Ella! ¡Ella misma! ¡Oh ultraje! ¡oh rabia! Paje, ¿conoces tú su letra?

—Poco, señor.

—¿Es ésa? dijo Macías acercándola á un farol de la escalera inmediata.

—Paréceme que... sí... cierto; yo á lo menos... verdad es que yo no sé escribir. Yo soy mal juez.

—¿Cuándo dijo lo que me acabas de referir?

—Aquel día mismo.

—¡Respiro! Algún objeto llevaría. Vuela á tu prima, Jaime: dile que me diste ese recado, y que respeto sus motivos. Escucha. Con respecto á su cita, dile que antes de una hora...

—¿Cómo? ¿os cita?

—¡Silencio!

—¿Y os quejabais vos? Decid entonces que el engañado he sido yo. Ya me encargaré yo de esos recaditos en adelante, para que me cuesten una oreja el día menos pensado, y que la señora luego... ¿Es posible, señor caballero, que han de engañar las mujeres hasta á sus mayores amigos? ¡Á todo el mundo, señor... á todo el mundo!

—¡Ea! ¡Silencio! y separémonos. Nada digas, nada hables. En estos asuntos, Jaime, la palabra escapada revuelve sobre el que la dijo, y las imprudencias se pagan con la vida. ¡Á Dios, á Dios!

Dichas estas palabras, continuó el doncel su camino, pidiendo á su señora en su borrascosa imaginación mil perdones por la ligereza con que la había inculpado, en aquel momento mismo en que acababa de darle, según él, la prueba más singular de su constancia y fidelidad.

Llegó el paje entre tanto á Elvira, y refirióle lo ocurrido. Mil y mil ideas se cruzaron en la imaginación de la desdichada. Deseosa, sin embargo, de aclarar aquel misterio, y bien decidida á no exponerse de nuevo al peligro que no podía menos de correr con el arrebatado doncel, ¡Jaime, dijo, quiero salvarme á toda costa! Le amo, le amo con furor; y el infeliz lo sabe. No le vea, no le hable. Mi honor es lo primero. Juzgue de mí lo que quisiere. Escucha. Yo de mí misma desconfío y tiemblo. Sus ruegos pudieran vencerme... Por otra parte, esa cita sólo puede ser un artificio... acaso una horrible maquinación, un lazo que nos tienden. Mira: toma esa llave, y ciérrame por fuera; de esa manera no le podré yo abrir aunque sus ruegos me ablandaran. Corre en seguida en su busca. ¿Dónde iba?

—Bajaba la escalera del alcázar.

—¡Soy feliz! Todavía no viene en mucho tiempo. Búscale, Jaime, búscale. Dile que es inútil; que nunca le he citado; que es mentira; que su vida peligra; que está Fernán conmigo... lo que quieras. Que no venga y lo demás no importa. ¿Qué sería de mí si Hernán?... ¿Será él por ventura, será él el que de esta suerte intenta?... ¡Qué horrible maquinación!—Hizo Jaime lo que su hermosa prima le rogaba con no poco miedo de verse metido á su edad en tan gran laberinto de riesgos y de intrigas, pero con toda la decisión al mismo tiempo de que es capaz la fidelidad.

—¡Otra vuelta! dijo Elvira al paje, que cerraba ya por defuera. Así: ¡á Dios! Si mi esposo viene, él tiene otra llave. ¡Yo os doy gracias, Dios mío, añadió postrándose con cristiano fervor; yo os doy gracias, Señor, por el peligro de que me habéis librado!

Apenas había acabado de decir estas palabras, cuando se dejó sentir en la parte de afuera de su habitación un rumor, extraño ciertamente á aquellas horas y en aquel sitio tan solitario.

—¿Qué oigo, Dios mío? ¿Qué oigo?

—¡Elvira! dijo una voz que así parecía bajar del cielo como salir de una profunda cueva. ¡Elvira!

—¿Quién me llama? añadió la asustada dama corriendo hacia la puerta para asegurarse de que estaba bien cerrada.

—¡Macías! respondió la voz sordamente, y resonaron dos ó tres golpecitos dados con cierto misterio é inteligencia.

—¡No le ha encontrado el paje! exclamó Elvira. ¡Ah! si Hernán... oíd... doncel... Nadie responde... y el ruido continúa. ¡Cielos! no es aquí: no es en la puerta. ¿Dónde, pues, dónde? Aquí, exclamó llegando á la ventana; en esta parte están. ¿Qué intentan? Esta reja se abre; pero la llave... la llave debe tenerla el alcaide del alcázar... ¡La abren, Dios mío! continuó escuchando con la mayor ansiedad. Huid, huid, quienquiera que seáis.

—¡Bien mío! respondió el doncel abriendo completamente la reja, y dando con su espada en la madera, que quedaba cerrada todavía.

—¡Ah, es él, es él! yo soy perdida. Yo misma me he encerrado, gritó Elvira arrojándose sobre un sillón al tiempo mismo que la madera, destrozada por los furiosos golpes del doncel, cedía á su irresistible fuerza.

—Yo soy, Elvira, yo soy, dijo Macías arrojándose á los pies de su amante. Mil obstáculos he tenido que vencer; no pensé alcanzar á la altura de esa reja, que he debido escalar con la espada en la boca. Ya estoy, en fin, aquí, bien mío, y á tus plantas.

—¡Ah! no; salvaos por piedad, y salvadme á mí. Macías, cada palabra que hablamos es una palabra de abominación; el tiempo es precioso y le perdemos.

—¿Perderle yo á tu lado?

—Cesa ya, y parte.

—¿Me llamas, señora, para escuchar de nuevo tus rigores?

—¿Yo os llamé, Macías?

—¿Qué escucho? dijo levantándose. ¿Cuya es, pues, esa letra?

—¿Esa letra? ¡Cielos! los traidores la han fingido.

—¿La han fingido, señora?

—Para perdernos, sí.

—¿No es vuestra? ¡Crédulo yo, insensato! ¡Cierto es, pues, lo que Jaime me asegura!

—Todo, sí, todo es cierto: huid; no os quiero ver: os aborrezco.

—¿Me aborrecéis? Pues bien, nos perderán. Ya su triunfo es completo. ¡Pérfida! añadió después de haberla contemplado un momento. ¿De esta suerte pagáis mi generosidad? ¡Tres años de silencio! Hablo, por fin, hablo para ofreceros más generosidad, mayor sigilo aun, amor más grande, ¡y no os ocurren en pago sino pérfidos medios de engañarme! Sed noble, señora, hasta en la perfidia misma. Medios hay aun de ser noblemente malo. ¿Sois veleidosa? ¿Por qué no me decís: «¡Macías, soy mujer! ¡Plúgome vuestro amor, mas hoy me cansa! No es para mí, que es harto grande». Yo agradeciera vuestra nobleza entonces.

—Acabemos, Macías: no más reconvenciones, no. Idos, y nunca más volváis. Toda comunicación, todo vínculo es roto entre nosotros. Si prendas teníais de mi amor, si insistís en creer que mis ojos, mi lengua, mis acciones os prometieron algo, en buen hora, creedlo, devolvedme empero mi libertad...

—¿Que os la devuelva, señora? Volvedme vos la dicha, volvedme la confianza.

—¡Qué suplicio! por piedad, partid.

—¿Partir? ¡Qué delirio! Mi vida hoy, ó mi muerte. No os creo ya: nada espero de vos. Todo de mí. Oídme.

—Soltad mi mano.

—No, sois mía, y lo seréis.

—¿Y ése es amor tan grande? ¿Me amáis vos, y me amáis comprometiendo mi honor y mi existencia?

—Sí, porque tú y yo no somos ya más que uno. Los dos felices, ó desgraciados ambos. Uniónos el amor: la muerte sola nos separará. Volved los ojos hacia mí, volvedlos: inútil es retirarlos: me veis, me veis donde quiera que los volváis: cerradlos, y aún me veréis. Decidme que me amáis. Mentid, señora, si no es cierto: decidlo empero por piedad, y salgo.

—Jamás, jamás, profirió débilmente Elvira, procurando en vano desasirse de los amantes lazos en que la tenía presa el impetuoso doncel.

—¿Jamás decís? Pues escuchadme, repuso Macías con el acento de la más profunda desesperación. Yo había nacido para la virtud: vos me consagráis al crimen. No hay sacrificio inmenso de que no fuera mi corazón capaz, ó por mejor decir, el amor era mi constelación. Encontrando en el mundo una mujer heroica, era mi destino ser un héroe. Encontrando una mujer pérfida, Macías debía ser un monstruo. Yo os di á elegir, señora: nuestra felicidad, y el secreto y cuanto vos exigieseis, ó el escándalo y mi muerte. Vos elegisteis lo peor: escrito estaba así. ¡Muerte y fatalidad!

—¡Ah! silencio, silencio. No me maldigas ya: ¡desventurada!

—Sí: todo es ya acabado entre nosotros. Nuestra felicidad ha sido una borrasca; formada como el rayo en la región del fuego, debía destruir cuanto tocara. Ha pasado como el rayo, pero como el rayo ha dejado la horrible huella de su funesto paso. Tu amor, tu amor, ¿quién lo creyera? era el único que no debía dejar más señales de su existencia en tu corazón de hielo, que las que deja la ave que atraviesa rápidamente el cielo, que las que deje sobre tu labio abrasador este ósculo de muerte, que recibes, bien mío, á tu pesar.

—¡Ah! exclamó Elvira, reluchando inútilmente; soy perdida, perdida para siempre.

—Y mil y mil, añadió frenético Macías, prendas son todos de nuestra próxima muerte. Ellos son, Elvira, la agonía del amor. ¿No sientes el fuego inmenso que encienden en las venas? ¿No percibes el tósigo? Bórralos jamás, olvídalo si puedes, y olvídame después. Venga la muerte ahora, añadió desasiendo á la infeliz Elvira, que, perdidos los ojos en el techo y pálido el semblante, cayó desprendida del doncel sobre el sitial inmediato.

Un momento de pausa y de silencio, semejante al que llena de misterioso terror al caminante después del fragoroso estampido de la exhalación eléctrica, sucedió á las últimas palabras del doncel. Arrodillado á las plantas de Elvira, imprimía todavía en una de sus manos, hermosas como el alabastro, sus trémulos labios; no lloraba ya Elvira, no derramaba una lágrima Macías. En las grandes situaciones de la vida no halla salida el llanto. La inmovilidad del mármol, el estupor de la postración son los caracteres de las emociones sublimes. El silencio entonces es elocuente, porque no hay palabras en ninguna lengua ni sonidos en la naturaleza que pinten el amor en su apogeo, que expliquen el dolor en toda su intensidad.

—¡Elvira! dijo por fin Macías. ¡Cuán desgraciados somos!

—Partid, partid, profirió con trabajo Elvira. ¡No queráis, señor, que lo seamos aún más! Ésta es la última vez que nos veremos.

—¡La última! sí: porque la muerte llega.

—¡Ah! no; no lo esperéis. Ya todo se ha concluido entre nosotros: ahora es cuando os lo digo, sabedlo; os he querido, señor, os he querido, como nadie volverá á querer. Salvadme ahora, después de esta confesión.

—¡Ah, lo decís por fin! tiempo es aún... decid que ahora me queréis, y huyamos. Pero huyamos los dos.

—No es tiempo ya, no es tiempo. Sed generoso vos ahora: no apure el vaso yo del crimen y del deshonor. Nunca ya nos hablaremos, Macías...

—¿Nunca, señora?...

—Desistid... ¡por Dios!

—Os juro que no desistiré.

—Ved que los asesinos se acercan acaso ahora... Ah: no me hagáis aborrecer la vida; no me obliguéis á maldeciros.

—Sí: maldíceme ahora... ¿mas qué rumor?...

—¡Ellos son, ellos son! gritó Elvira precipitándose hacia la puerta. ¡Los traidores!

Oyóse efectivamente ruido de armas y personas al pie de la reja.

—¡La puerta está cerrada, gritó Elvira, y él sólo puede entrar!

—Díme que me amas, exclamó Macías; decídete, en fin, señora, á participar de mi suerte; dime que siempre me amarás; y mi espada aun nos abrirá paso al través de los pérfidos asesinos.

—No, no, Macías: no muera deshonrada, gritó Elvira sin saber adónde refugiarse. ¡Dios mío! compasión. ¡Dios mío! Salvaos solo, Macías.

—Contigo, Elvira.

—Jamás, repuso Elvira abrazándose á un alto crucifijo de plata que sobre una mesa lucía. El cielo maldice nuestro amor y... yo...

—¡Silencio! Por última vez. Ved, señora, que algún día diréis es tarde, es tarde, y diréislo entonces con dolor. Ahora que es tiempo todavía.

—No, Macías, no; yo le maldigo nuestro amor.

—Elvira, pues, á Dios. Mi muerte es tuya, como fué mi vida.

Al decir estas palabras Macías cogió su espada, y poniéndola rápidamente sobre su rodilla, partióla en dos desiguales trozos, que después de abrir de par en par las maderas de la ventana lanzó contra los que ya trepaban por la reja.

—¡Hernán Pérez! gritó. ¡Hernán Pérez! Heme aquí sin defensa. La muerte os pido, la muerte.

—¡Macías! exclamó Elvira desasiéndose del crucifijo, y arrojándose hacia la ventana. Era tarde empero. Macías se había lanzado ya fuera de la reja.

—¡Es nuestro! ¡es nuestro! retirarnos: ¡basta! clamaron á un tiempo varias voces.

—¡Ah! gritó Elvira con una expresión difícil de pintar. ¡Socorro! ¡Socorro!

Al mismo tiempo sonó la llave en la puerta. ¡Él es! ¡él es! gritó Elvira. ¡Santo Dios! ¡Piedad de mí, piedad!

Un chillido agudo y espantoso terminó tan horrorosa escena. El que entró se dirigió hacia la reja, mirando en derredor, y nada descubrió. Tendió en seguida la vista por la habitación, y sólo vió en el suelo el cuerpo de una hermosa privada enteramente de sentido.