CAPÍTULO XXXVI
Ya la gran noche pasaba
É la luna sextendía;
La clara lumbre del día
Radiante se mostraba;
Al tiempo que reposaba
De mis trabajos é pena
Oí triste cantinela
Que tal canción pronunciaba.
D. Enr. de Vill. Querella de amor de Mac.
No bien hubieron tomado la determinación que dejamos referida, echáronse á buscar otra salida, dispuestos siempre á hacer callar con sus venablos á cualquier centinela imprudente que hubiese podido comprometer su existencia. Felizmente no encontraron ninguno en dos escaleras que bajaron. Al fin de ellas una tronera les permitió reconocer la parte de la torre en que se hallaban: estarían como á diez varas del pie de la muralla interior.
Fatigados de la faena que la ignorancia de llaves les acarreaba, y aún más del silencio y cuidado con que les era indispensable proceder, tomaron allí algún descanso. La cautiva, que acababa de experimentar una emoción tan inesperada, y que en medio de su debilidad se hallaba abrumada bajo el peso del hábito desusado, y combatido su ánimo de mil dudas y esperanzas, por desgracia harto inseguras todavía, no pudiendo resistir á tantos afectos encontrados, hubo de apoyarse un momento en un trozo roto de columna, que felizmente encontró en la pieza en que á la sazón se hallaban. Perdían ya nuestros paladines la esperanza de dar con la prisión del doncel. Asegurábales sin embargo su compañera que en la noche anterior y á deshoras había creído oir un laúd débilmente pulsado, cosa que no le había acaecido nunca desde su llegada al castillo; este dato convenía con la fecha de la prisión de Macías; y hubiera jurado, les añadió, que salía el eco del pie de la torre. Esta advertencia sólo podía animar á los generosos amigos del prisionero. Sacando, pues, nuevas fuerzas de flaqueza, trataron de examinar qué hora podía ser. Sacó entonces Hernando la cabeza por la angosta tronera, y pudo distinguir que el cielo se había serenado; un viento fuerte de norte lanzaba hacia las playas africanas algunas nubes dispersas, restos de la pasada tormenta, y el pálido resplandor de la luna en su ocaso advirtió á Hernando, así como la posición de algunas estrellas que acertó á ver, que podría faltar una hora todo lo más para el alba. Al mismo tiempo que hizo esta observación nada favorable, el ruido acompasado de los pasos de un hombre le hizo sospechar que debajo de ellos debía haber al pie de la muralla un soldado de facción. Esta precaución le confirmó en la idea de que debía caer hacia aquella parte del castillo la buscada prisión. Resolviéronse, pues, á probar la aventura, poniendo el éxito en manos de Dios, á quien fervorosamente se encomendaron. Hernando hizo voto á la Virgen de la Almudena de una ofrenda proporcionada á sus cortos medios, y la cautiva prometió edificarle un santuario suntuoso si la sacaba con bien de tan peligroso trance. Iban ya á probar una nueva llave en la puerta que debía conducirlos, según todas las probabilidades, al pie de la muralla, cuando el rumor del laúd, que al punto reconocieron la hermosa y Hernando, los dejaron suspensos.
—¡Él es! dijeron á un tiempo los dos, apoyándose con esperanza la blanda mano de la bella en la tosca y curtida del montero. Escuchemos.
Un ligero preludio del trovador se siguió á su suspensión, y de allí á un momento una voz, harto conocida para ellos, entonó con lánguido acento una cántica, de la cual pudieron percibir los fragmentos siguientes, en medio de los sollozos que de cuando en cuando la interrumpían, y del monótono rumor del torrente, que á los pies de la torre por la honda zanja se desprendía.
¿Será que en mi muerte te goces impía,
Ó pérfida hermosa, muy más aún ingrata?
¿Así al tierno amante, más fino, se trata?
¿Cabrá en tal belleza tan grande falsía?
¡Llorad! ¡ay!, mis ojos, llorad noche y día,
Mis tristes gemidos levántense al cielo,
Pues ya en mi tristura no alcanzo consuelo,
Dolor hoy se vuelva lo que era alegría.
La copa alevosa, que amor nos colmó
También heces cría, señora, en mi daño.
Sus heces son ¡ay! fatal desengaño.
La copa y las heces mi labio apuró.
¡Ay triste el que al mundo sensible nació!
¡Ay triste el que muere por pérfida ingrata!
¡Ay mísero aquél, que así amor maltrata!
¡Ay triste el que nunca su dicha olvidó!
¿Por qué, justos cielos, en pecho amador
Tiranos me disteis una alma de fuego?
¿Por qué sed nos disteis, si en tósigo luego,
Bebido, en el pecho, se torna el licor?
Contempla, señora, mi acerbo dolor.
¡Ay!, torna á mis brazos, ven presto, mi Elvira;
Ingrata, aunque sea, como antes, mentira,
La dicha me vuelve, me vuelve tu amor.
No más á mis ruegos te muestres impía,
Ó pérfida hermosa, muy más aún ingrata.
No así al tierno amante, más fino, se trata.
No quepa en tu pecho tan grande falsía.
Dolor no se vuelva lo que era alegría.
Mas ¡ay!, si en mi pena no alcanzo consuelo,
Si en vano mis quejas se elevan al cielo,
¡Llorad! ¡ay! mis ojos, llorad noche y día!
Callaron al llegar aquí los lúgubres acentos de la cantinela, que había arrancado lágrimas de los ojos de aquéllos que silenciosamente la habían oído.
Seguros de que habían llegado al término de sus esperanzas, diéronse prisa á abrir la puerta que les faltaba traspasar, y en pocos minutos se hallaron al pie de la torre. El primero que salió fué el terrible alano, el cual no bien se halló al aire libre cuando comenzó á ladrar dirigiéndose á un objeto que se hallaba arrimado á la pared.
—¡Brabonel!, dijo Hernando. ¡Brabonel!, vamos, silencio.
—¿Quién va?, preguntó con voz ronca el centinela, enderezando su ballesta contra el montero, que salió primero á contener á su perro.
No tuvo lugar de preguntar segunda vez el centinela.
—¡Ése es quien va!, respondió Hernando lanzando su venablo, el cual fué recto á clavarse, silbando por el aire, en el pecho del faccionario, que cayó por tierra sin voz y sin aliento.
—¡Ay!, gritó la compañera de nuestros aventureros apartando rápidamente los ojos del que acababa de caer.
—Silencio, señora, silencio, dijo Peransúrez: dejad la piedad para después. Plegue al cielo que no hayamos alarmado ya alguno otro centinela con este intempestivo ruido.
—Venga en hora buena, dijo Hernando, caliente ya con el feliz éxito de su tiro certero. Inclinándose en seguida sobre el cuerpo del caído, púsole un pie en el pecho, y sacó de él su venablo ensangrentado con la diestra mano. El venablo al salir del cuerpo dejó libre el paso á un surtidor de sangre que salpicó á Hernando; y á poco el infeliz había ya espirado.
Vencida esta primera dificultad, examinaron la posición, y no les quedó duda de que el rastrillo que enfrente veían servía de puerta á la prisión del doncel; pero ¿cómo pasar la zanja? ¿cómo soltar el rastrillo? Perplejo, Hernando miraba á una parte y otra, mordíase los dedos, y daba al diablo todas las fatigas de la noche. Pensar en tomar el opuesto lado del castillo, volviendo por donde había venido para probar la entrada que debería tener forzosamente la prisión, era caso imposible, en vista sobre todo de la hora avanzada.
—¡Voto va!, dijo por fin Hernando. Denme á mí la fiera en el campo; pero ¿encerrada? ¡Cuerpo de Cristo! ¿Y hemos de quedarnos aquí, para ser presa de esos perros judíos que quedan en el castillo, en cuanto amanezca?
Su posición tenía más dificultades de las que á primera vista habían creído encontrar. Sin embargo, fué preciso deliberar; y por último, Hernando decidió que lo más acertado sería probar á salir Peransúrez y la bella á favor de su disfraz, quedando él con su alano en aquella posición. Oponíanse los otros á esta generosa determinación; pero Hernando los convenció, probándoles que si á la mañana no había logrado ponerse en comunicación con el doncel y salvarle, ó saltaría la muralla y pasaría el foso á nado con su perro, ó retrocediendo al salón de la torre se haría rehenes y prenda de seguridad al mismo Ferrus, que probablemente debería permanecer en el mismo estado, pues no se había dado la alarma en el castillo en toda la noche. Fueron tales, por último, sus ruegos y sus amenazas, que fué preciso ceder á ellas. Importaba mucho en verdad que saliese alguien del castillo; fuera ellos, nada les sería más fácil que volver con socorro; y la presencia sobre todo de la ilustre prisionera en la corte debía hacer variar completamente la posición del doncel y de Hernando, aun dado caso que quedase preso. Éste, en fin, se aferró en decir que él no saldría del castillo sino muerto ó con su amo; lo más que pudo conseguir de él Peransúrez fué que quitándose su traje de montero vistiese la ropa del muerto centinela, y quedase en su lugar. Si se le relevaba antes del alba, como era de pensar, acaso no sería reconocido, y entre tanto tenía aquella probabilidad más de salvación. Hízolo así Hernando, y arrojando sus vestidos y el cuerpo del vencido en la zanja con un pie, dió algunas instrucciones á Peransúrez acerca de lo que debería hacer en saliendo del castillo y en llegando á la corte.
Despidiéronse en seguida, como aquéllos que acaso no habían de volver á verse. Peransúrez y su compañera, ocultando su rostro bajo su capucha, siguieron la senda que debía conducirlos forzosamente á lo largo de la muralla hasta la puerta principal y puente del castillo, donde era más que probable que no hallasen obstáculos á su salida, siendo como era ya la hora á que había dejado advertido Ferrus la noche anterior que se abriese á los padres descaminados; y donde los dejaremos para acudir adonde nos llaman otros personajes, no menos interesantes, de nuestra historia.
Sólo podemos añadir, para sacar algún tanto á nuestros lectores de la incertidumbre en que los dejamos, bien á nuestro pesar, que hacia aquellas horas, pero sin que hayamos podido averiguar si antes ó después, el jefe del destacamento, que guardaba la puerta principal del castillo, creyó deber tomar órdenes del alcaide, de cuya ausencia total durante la noche estaba no poco admirado. Subió, pues, al salón que se habían reservado Rui Pero y Ferrus, y en vano llamó repetidas veces. Asombrado de esta circunstancia, no dudó en reunir algunos hombres, los cuales quebrantaron con sus hachas de armas la cerradura, y les dieron entrada en el salón. Allí fueron encontrados amordazados, en la misma forma singular que los dejamos, Ferrus y Rui Pero mirándose todavía, y sin dar otra respuesta á las preguntas del jefe que un sonido desigual ronco y desapacible, muy semejante al ruido gutural que produce un sordo-mudo para mover la pública conmiseración. Desatóse á los alcaides, dióse la alarma, y en pocos minutos era el castillo todo un teatro de actividad difícil de pintar: corrían unos sin saber adónde, ni de qué enemigos se habían de guardar; tocaban algunos bocinas en son de guerra; preparaban otros sus armas; recorríanse las escaleras y galerías; oíanse votos y juramentos, pésames y proyectos de venganza. Abríanse unas puertas, derribábanse aquéllas cuyas llaves habían echado por dentro nuestros atrevidos paladines... en una palabra, era el castillo todo desorden y confusión. Nuestras leyendas, empero, tan prolijas por lo regular en todos los pormenores de sus relatos, parecen haberse descuidado sobremanera en esta ocasión; pues ni una sola palabra dicen por la cual podamos inferir, sospechar ó barruntar siquiera si cuando se dió esta alarma en el castillo habían salido ya al campo los fugitivos, ó si fué ocasión de que su intento se malograse. Lo cual prueba, además de otras muchas cosas que no son de este lugar, que no es tan fácil el oficio de historiador y cronista como generalmente se cree, sobre todo si no ha de dejarse olvidada ninguna de las circunstancias que puede anhelar saber el impaciente lector.
CAPÍTULO XXXVII
El rey moro de Granada
Más quisiera la su fin;
La su seña muy preciada
Entrególa á don Ozmin.
El poder le dió sin falla
Á don Ozmin su vasallo,
Y excusóse de batalla
Con cinco mil de caballo.
Historia de Alonso XI, escrita en coplas redondillas
Dos mil vidas diera juntas
Por ser el desafiado.
Batalla de Rugero y Rodamonte
Curiosos estarán nuestros lectores, si es que hemos sabido hacerles interesantes los personajes de nuestra desaliñada narración, de saber el estado de la desdichada Elvira, á quien dejamos con la reja de su cámara abierta, ella desvanecida en tierra, y abriéndose su puerta para dar entrada al pajecillo, ó á su mismo esposo, únicos poseedores de la llave. Mucho sentimos que la complicación de sucesos que bajo nuestra pluma se aglomeran, no nos haya permitido sacarlos antes de tan incómoda duda; pero todavía sentimos más que el tiempo, que todo lo devora, nos prive aun ahora del placer de satisfacerlos completamente. Recordarán, sin embargo, en disculpa nuestra, que cuando se abrió la puerta de la cámara, Elvira estaba desmayada, y nada por consiguiente pudo ver de lo que en torno suyo pasaba: el que entró nada contó nunca, razón que tenemos para sospechar que fué Hernán Pérez, á quien no le podía convenir que nada de ello se supiese; y el cronista de aquellos tiempos, el famoso Pero López de Ayala, se hallaba en el sarao, y nada trae tampoco por consiguiente en sus escritos de semejante escena. Por los resultados que ésta tuvo, volvemos á repetir que debió de ser Hernán Pérez. Hubo quien aseguró que había visto hablar al astrólogo con él mucho después de haber vuelto á entrar éste en el alcázar, y como ya conocemos la mala intención del judío, es de presumir que alarmase al marido acerca de lo que en su cámara pasaba; la reja abierta, la puerta cerrada y el estado de Elvira debieron acabar de abrir los ojos á Hernán Pérez acerca de lo que allí podía haber ocurrido.
Lo único que podremos afirmar es que Hernán Pérez de Vadillo, de resultas sin duda de la violenta escena que debió tener con su esposa, decidió aquella noche misma su separación; buscó á su alteza, y le expuso con voz trémula y agitada cómo sabía que su esposa era la acusadora de don Enrique de Villena. Añadióle que él había recibido del conde de Cangas la rara prueba de confianza de que pudiese en su nombre defender su parte en el combate; suplicóle en vista de ello que tomase á su cargo la acusadora; y por más que se hizo para averiguar la causa de tan extraña conducta, sólo se pudo sacar en limpio de las cortadas razones de Hernán Pérez que éste había tenido un rompimiento con su esposa; advirtióse desde entonces que cuanto hablaba eran palabras de aborrecimiento y execración, y dirigidas á adelantar el plazo del combate, de resultas del cual debía él morir ó morir Elvira. El odio más reconcentrado y profundo había sucedido en su corazón al amor conyugal. No se pudo negar don Enrique el Doliente á la justa demanda del ofendido Hernán, y en consecuencia encargó al judío Abenzarsal de la custodia de Elvira, la cual pasó á poder de éste con su inseparable pajecillo aquella misma noche. Decidióse al mismo tiempo que se verificaría el combate, donde quiera que estuviese la corte, al quinceno día, por cumplirse entonces el plazo que había dado su alteza al justicia mayor Diego López de Stúñiga para presentarle el reo de la muerte de doña María de Albornoz. Si éste le presentaba con las pruebas legales del delito, excusaríase la prueba del combate. De lo contrario, no quedando otro medio que recurrir al juicio de Dios, sería aquél inevitable.
Con respecto á Elvira, sólo diremos que desde aquella funesta noche en balde intentó tener con su esposo una explicación: negóse éste á todas sus demandas, y la infeliz, sumida en la mayor desesperación, esperó en un continuo llanto y congoja el día en que había de desenlazarse tan terrible drama, y en que había de verse expuesta á los riesgos de un combate por causa suya, y por una imprudente generosidad, que no era tiempo ya de remediar, la vida de su desdichado amante, si es que éste no había perecido ya, como tenía motivos para creerlo, en la funesta noche de su última entrevista.
Puesta á recaudo como estaba, y no permitiéndosele comunicación alguna sino con el paje, sólo pudo saber en el particular lo que todo el mundo sabía, esto es, que el doncel había desaparecido, cosa que no daba poco que decir en la corte. No se le podía ocultar á Elvira que cualquiera que hubiera sido la suerte del doncel, su tenacidad, y el empeño con que á todo trance había querido defender su moribunda virtud había tenido gran parte en ella. No le podía pesar de ello; pero era bien triste reflexionar cuán horrible premio daba el cielo á su conducta. Ora pensando en su esposo, ora en su crítica situación, ora en un amor desdichado que en vano había pretendido lanzar de su pecho por todos los medios posibles, pasábase la desgraciada Elvira los días y las noches de claro en claro sin dar reposo á la lucha de encontrados sentimientos, que tenían dividida su deplorable existencia.
La nueva que llegó á la corte el día mismo que debía haberse trasladado á Otordesillas hizo variar de determinación á don Enrique el Doliente, como ya saben nuestros lectores, y el día del combate la cogió por tanto en Andújar.
Amaneció este día, y nadie en la corte pudo dar razón al rey, cuidadoso é impaciente, del ignorado paradero del doncel: don Luis Guzmán fué el único que pudo exponer sencillamente cómo Hernando, fiel criado del doncel, le había visitado en la noche del sarao, manifestándole sus dudas y temores, y encargándole el equipaje de su amo mientras él se dedicaba á averiguar su paradero, de que tenía vagas sospechas. Pero afirmó en seguida que desde entonces no había vuelto á tener noticia alguna ni del doncel ni de Hernando. Todos los que conocían, sin embargo, el pundonor caballeresco de Macías, no dudaban un punto que se presentaría en la lid el día emplazado, tanto más cuanto que se habían publicado los convenientes edictos y pregones; á no ser que hubiese muerto, acontecimiento que nadie tenía motivos de sospechar. Muchos achacaron la ausencia del doncel á alguna hechicería de don Enrique de Villena y del judío, pero desde sospecharlo á saberlo había tanta distancia como hay de la mentira á la verdad.
Regocijábanse en tanto secretamente aquellos dos intrigantes del feliz éxito de su manejo; sobre todo Villena, que había conseguido llevar á cabo su proyecto sin necesidad de cargar su conciencia con el peso de sangre ajena, descansando en la vigilancia de su emancipado juglar y en la fortaleza de su castillo, lleno todo de gentes á su devoción, curábase poco ya del combate, que mal podía verificarse sin la presencia del doncel. Verdad es que debía quedar condenada Elvira como calumniadora, pero esperaba que su mucho valimiento, y el que debía aumentársele sobre todo con el triunfo que el cielo le preparaba aquel día, le bastaría para salvar la vida de la infeliz Elvira; cosa que intentaba pedir inmediatamente á su alteza, proponiendo la conmutación de la pena que imponía la ley en un encierro perpetuo. De esta manera conciliaba el buen don Enrique, con el triunfo de sus intrigas, la tranquilidad de su conciencia, haciendo por una y otra parte transacciones con su ambición, y con la voz secreta que le gritaba en el fondo de su corazón, que no dejaba de ser culpable por haber evitado la muerte de Elvira y del doncel.
Á pesar de la ausencia de éste, anunciaron los farautes el aplazado combate, y reunida la pequeña corte que llevaba consigo don Enrique el Doliente, éste se constituyó en audiencia sentándose debajo del dosel regio preparado para la ceremonia que debía verificarse.
Sentado su alteza, y rodeado del buen condestable Rui López Dávalos, de su físico Abenzarsal, de su camarero mayor, y de las demás dignidades de palacio, compareció ante el trono, llamado por un faraute, el ilustre don Enrique de Villena, conde de Cangas y Tineo, precediéndole dos farautes suyos, y un escudero con el estandarte en que se veía lucir su escudo de armas ricamente recamado; seguíanle numerosos caballeros y escuderos de su casa, vasallos suyos. Requerido por el faraute de su alteza, expuso brevemente la demanda que de justicia había hecho en otra ocasión sobre la muerte de su esposa la condesa doña María de Albornoz. Concluida esta ceremonia, pidió cuenta su alteza á su canciller mayor del sello de la puridad de lo que en el asunto había determinado: recordó éste el cargo que había dado su alteza de averiguar el hecho al justicia mayor, cometiéndole el cuidado del castigo. Adelantóse entonces Diego López de Stúñiga, é hizo breve relación de los pasos que había dado para la averiguación de aquel horrendo crimen, el cual sin embargo había permanecido oculto, sin duda, añadió, por los incomprensibles juicios de Dios, que se reservaba el castigo de tan gran maldad. Oído el justicia mayor, prosiguió el canciller relatando cómo en ese tiempo se había presentado una acusadora del mismo don Enrique de Villena, achacándole aquel propio crimen del que él había pedido satisfacción, y lo demás ocurrido en el caso.
Hizo entonces su alteza comparecer á la acusadora, la cual, guiada de Abenzarsal, á cuya custodia estaba confiada, pareció y expuso de nuevo en la misma forma que la había hecho la funesta acusación, no sin acompañarla de abundosas lágrimas, que manifestaban bien á las claras el estado en que se hallaba.
Tomósele de ella juramento, así como á don Enrique de la denegación del delito, el cual prestaron ambos sobre los santos Evangelios.
Pidiéronse pruebas en seguida á la acusadora; no pudiendo la cual presentarlas, recordó el canciller que fundado en esto mismo se había dignado su alteza ordenar la prueba del combate.
Alzóse en seguida un faraute de su alteza, y en voz alta repitió que era llegado el día en que aquél debía verificarse; lo cual hizo por medio de largas fórmulas, de que nos dispensarán nuestros lectores.
El canciller en seguida pidió los gajes al acusado y acusadora, que le entregaron, aquél el guante arrojado por Macías el día de la acusación, ésta el anillo que en prenda de su persona había entregado al rey en el propio día. Recogidos ambos por el canciller, fuéles preguntado á los dos si se hallaban prontos para la prueba del combate que su alteza había ordenado: esta pregunta estremeció á Elvira, que se vió sola en el mundo en aquel tremendo instante; pero Villena respondió á ella con insolente sonrisa de triunfo y de satisfacción. Requeridos á presentarse ante su alteza los combatientes ó sus campeones representantes, adelantóse el hidalgo Hernán Pérez de Vadillo, que se había mantenido oculto basta entonces en el grupo de caballeros de la comitiva de don Enrique de Villena; Elvira al verle no fué dueña de sí por más tiempo, lanzó un agudo chillido, y ocultó su cabeza entre los brazos de una dueña que la seguía. No se alteró el implacable Vadillo; hincándose por el contrario de hinojos ante su señor natural, pidióle la venia, dada la cual anuncióse como el campeón de don Enrique.
Este golpe inesperado, y que pocos en la corte sabían, hizo todo el efecto que el lector puede imaginar, reflexionando como reflexionaron los presentes que iba á presentarse un caso singular en semejantes combates. La mujer acusadora por una parte, y el marido campeón del acusado por otra. Elvira al recibir tan terrible golpe se precipitó á los pies del trono exclamando:—¡Santo Dios! ¡Rey justiciero, no lo permitirás, señor!...
Era tarde ya, empero, para deshacer lo hecho, y el faraute impuso silencio á la acusadora, con duro gesto y ademán, separándola del trono.
Requirióse entonces á Elvira de que presentase su campeón, y á este requerimiento se sucedió el más profundo silencio. Leíase en los ojos de Elvira la ansiedad con que esperaba el fin de aquella ceremonia. En aquel momento hubiera dado su existencia porque no compareciese el doncel. Temblaba á cada ruido que se oía; todo era para ella preferible al espantoso espectáculo de ver pelear por su causa á su esposo y á su amante.
Por último, vino á sacarla de su mortal angustia el tercer requerimiento del faraute.
Apenas había acabado éste de pronunciarle, cuando prosternándose Elvira y elevando al cielo las manos y los ojos: —Nadie, exclamó con loca alegría, nadie. ¡Yo os doy gracias, Dios mío! Señor, continuó dirigiéndose al rey, no tengo campeón; soy, pues, calumniadora; ¡la muerte presto; la muerte!
—Señor, se adelantó á decir el canciller al rey, que se levantaba para decidir en tan arduo caso, debo hacer presente á tu alteza que antes de declarar infame al doncel tu favorito es fuerza esperarle en el palenque todo el día de hoy; si entonces no compareciere, á pesar de los pregones que habrán de repetirse en ese tiempo tres veces, la acusadora será ejecutada.
—Ya lo ois, señora, continuó su alteza; dentro de una hora concurrirá la corte al sitio del combate.
Una nube de tristeza profundísima enturbió la frente pálida de Elvira, que quedó sumergida en el silencio de la desesperación. Don Enrique de Villena triunfaba, y una mal reprimida sonrisa se dibujaba en sus labios. Hernán Pérez de Vadillo parecía desesperado de no tener contrario, y de la inopinada tardanza.
—Señora, dijo don Luis Guzmán, que veía con despecho triunfar á su enemigo, llegándose al oído de la infeliz acusadora; si mi brazo puede seros útil, ved que diera mil vidas por ser el acusador.
—¡Ah! señor, repuso Elvira dirigiendo al caballero una mirada de agradecimiento, dejad morir á una desdichada. Levantó entonces los ojos al cielo, y añadió para sí con dolorosa expresión: ¡Él ha muerto también! ¡Y mi esposo me desprecia! Bajó en seguida los ojos, y dos farautes, notando el pequeñísimo diálogo que quisiera prolongar don Luis Guzmán, la separaron, advirtiendo á éste que la ley prevenía toda incomunicación con la acusadora.
Bajó entre tanto su alteza del trono, y preparóse la corte á asistir al sitio del combate, donde debía esperarse el campeón de Elvira.
Don Luis Guzmán vió salir á todos con despecho reconcentrado. Su silencio y su gesto manifestaban cuánto destrozaba su alma impetuosa el próximo triunfo que esperaba á su rival, y que él había tratado en vano de impedir con su intempestiva y no aceptada generosidad.
CAPÍTULO XXXVIII
Traidor sois, Payo Rodríguez,
El mayor que ser podía.
Yo vos haré de conocer
Ser verdad lo que decía.
Entraré con vos en lid
Y en ella vos vencería.
—Mentides, Rui Páez Viedma,
Pai Rodríguez respondía,
Por eso sois vos reptado,
No yo que nada debía.
Diéronse luego sus gajes,
Y en el campo entrado habían.
Procuran de se matar;
Muy cruel batalla habían.
Sepúlveda, rom.
—¿Pararemos aquí, si os parece? decía deteniendo su mula á la puerta de la hospedería de Andújar un hombre de quien ya hemos dado una pequeña muestra en la cena á oscuras que describimos en capítulos anteriores.
—Como gustéis, repuso su compañero de viaje, á quien sólo por su muletilla favorita habrán conocido ya nuestros lectores.
—¡Ah, de la hospedería! ¡Buena gente!
—¿Quién es la buena gente? replicó una voz agria y descompasada, semejante al desapacible chirrido de una chicharra, la cual salía del endeble cuerpo de una vieja mal humorada que acababa de asomarse á una fenestra. No hay posada.
—Como gustéis, replicó apeándose Nuño; pero reparad, buena Beatriz, que somos, es decir, que soy vuestro compadre el de Arjonilla...
—¡Si digo que está llena la casa! no hay posada, compadre, tornó á decir la vieja.
—Como gustéis, Beatriz; pero ved que no la pido para mí, sino para esta mi bestia, que es como sabéis la niña de mis ojos; no hay mula mejor en la comarca: miradla despacio; es compra que le hice al prior del convento de Arjonilla; miradla, y compadeceos y hacedla un lugar en la cuadra.
—Os digo, replicó la vieja, que como no queráis meterla conmigo en mi camaranchón, no hay donde. Y no os canséis, Nuño, concluyó la vieja; cerró después de golpe la ventana, y se alejó con un gruñido prolongado, como se aleja tronando la tempestad.
—¡Buenas noches! dijo soltando una carcajada el compañero de viaje de Nuño.
—¡Maldita vieja! dijo Nuño. ¡Cuerpo de Cristo!
—Vaya, Nuño, no os desesperéis. Está visto que ha venido media Andalucía á la fama del juicio de Dios que se celebra por la prueba del combate en este pueblo, que Dios bendiga.
—¿Y qué hacemos, señor montero? ¿Os parece que nos recibirá en su audiencia el señor justicia mayor con mulas y todo?
—Paréceme que no; pero pudieran quedar las bestias con el mozo en las afueras del pueblo.
—Como gustéis, repuso el buen Nuño.
Apeáronse nuestros viajeros, y dejadas las caballerías al mozo, dirigiéronse hacia el palacio donde se hallaba la corte hospedada.
—He aquí lo que digo, iba refunfuñando el montero. Dad el pie, y os tomarán la mano. Ofrecíme á hacer un servicio á Peransúrez, y exigióme ciento. ¿No era bastante andar un día entero tras unos hábitos viejos de nuestro padre san Francisco, que no fué poca fortuna encontrar, merced á las muchas liebres que regala uno al padre sacristán? No, sino veníos después con letras para el señor justicia mayor de no sé qué dueña ó qué doncella encantada... ¡Voto va! ¡Muchacho! añadió el montero deteniendo á uno que corría hacia la plaza del pueblo, ¿nos daréis razón del señor justicia mayor?
—¡Ah señor! en mala hora venís, repuso el muchacho; ya no dejan pasar los archeros y ballesteros hacia palacio; la corte va á salir al palenque... ¿no veis cómo corre todo el mundo? Si venís á ver el duelo, mejor haréis en llegaros á la plaza. Acaso podréis acercaros al señor justicia mayor, que ha de estar allí, dijo el muchacho, y siguió corriendo. Agrupábase la gente cada vez más por todas partes, y bien vieron nuestros viajeros que no les quedaba más recurso que seguir el consejo del muchacho.
—¡Ea! vamos, dijo Nuño; si allí le podemos dar alcance, sea en buen hora; si no, tenga Peransúrez paciencia, y acabada la fiesta haréis su comisión: ¿ha de correr tanta prisa?
—Mucho me dijo que urgía, pero á la buena de Dios. El hombre propone...
—Y Dios dispone, concluyó el buen Nuño. Siguieron en seguida el curso de la gente, y no tardaron en llegar á la plaza.
Habíase construido un palenque de ochenta pasos de ancho y de cuarenta de largo: en una extremidad un cadalso se hallaba levantado, y ricamente entapizado de paños negros; en él debían sentarse los jueces del campo. Hacia el comedio de uno de los lados un balconcillo de madera, forrado de paño color de grana bordado de oro, debía servir para el rey y su comitiva. Al uno y otro lado del palenque dos garitas, semejantes á las que se construyen en el día para los centinelas, estaban destinadas para dos hombres, que debían dar desde ellas lanzas y armas nuevas á los combatientes, en el caso de romper las suyas en los primeros encuentros sin acabarse el duelo.
Al rededor del palenque, y donde habían dejado lugar para ello las bocas-calles, habían arrimado los habitantes carros y carretas para ver más cómodamente el tremendo combate. Coronaba ya la concurrencia los puntos más altos de la plaza, y empujábanse las gentes unas á otras en los más bajos para alcanzar puesto cuando llegaron Nuño y su compañero.
—¿Habéis oído decir por qué es el duelo? preguntaban unos.
—Sí, respondían otros. El nigromante de don Enrique de Villena, que hechizó á su mujer, es acusado por ello.
—Bien hecho; no, sino que nos hechicen cada y cuando quieran esas gentes que tienen pacto con el diablo.
—Callad, maldicientes, gritaba una vieja. ¿Qué sabéis vosotros de lo que decís? No la hechizó, sino que la condesa desapareció, y aseguran que fué muerta por unos bribones pagados, á causa de unos amores, lo cual se supo porque noches antes le habían dado una serenata...
—¡Ah! ¡ah! ¡ah! mirad la madre Susana con lo que nos viene, exclamaba otro. Matóla su marido, sí, señor, y hay quien sabe el porqué. ¿Hubiera, si no, una dama tan discreta y hermosa como la señora Elvira, muy amiga por cierto de la condesa y que estaba en sus secretos, cometido la ligereza de?...
—Eso no, ¡pesia mí! maese Pedro, interrumpió un mozalbete mal encarado; ¡que no ha menester una mujer muchos motivos para cometer una ligereza!
—¡Calle el deslenguado! gritaba una doncella bien apuesta y ataviada para el combate como para una función; ¿qué sabe él lo que son mujeres? Deje crecer sus barbas y hable de tirar piedras.
—En hora buena, replicó el mozo; pero lo que yo digo es que el combate no se verificará...
—¿No, eh?
—No, señor; porque el campeón de la acusadora no parece.
—Sí, parecerá, repuso un recién llegado. En alguna redoma.
—¡Oh! y qué bien decís, ¡voto á tal! hay quien asegura que entre el judío... maldiga Dios á los judíos.
—Amén.
—Amén.
—Amén.
—Pues sí; hay quien dice que entre el judío y el de Villena han echado un conjuro al señor doncel, aquel caballero tan cumplido, y le tienen en una redoma más larga que la cigüeña de la torre, donde ha menester cuarenta días para convertirse luego en un cuervo como el rey Artus.
—¡Otra tenemos! gritó soltando la carcajada un petimetre incrédulo de aquel tiempo. ¡Buena está la invención de la redoma! El hecho de verdad es que ese caballero tan cumplido andaba enredado en amores con la dama acusadora; halos sorprendido el marido, y...
—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Dios nos perdone, y qué cosas oye uno á los barbilampiños de estos tiempos! exclamó una dueña quintañona, hincando el codo para pasar, y mirando con ojos zainos á un mancebito que parecía más reservado que el que tenía la palabra. ¡He aquí por tierra en un instante el honor de una dueña!
—Vaya, madre, no se enfade, repuso el que había recibido la repasata, y cuide de su honra, sin andar enderezando la de nadie, que todos habemos menester...
—¿Qué irá á decir el desvergonzado? interrumpió toda azorada y encendida la quisquillosa mojigata.
—¡Ea! ¡ea! dijo Nuño; dejen esas cuestiones, y miren á los trompeteros que se entran ya en el palenque. Seor montero, veníos hacia acá, continuó, y veamos de dar vuelta á la plaza, por si podemos llegar á dar esas letras que traéis al señor justicia mayor.
Acababan de entrar efectivamente en el palenque dos trompeteros anunciando con fúnebre sonido el principio de la ceremonia del combate. Venía detrás de las trompetas un rey de armas y dos farautes. Seguían ministriles con instrumentos músicos, y varios ministros del justicia mayor: dos notarios para testimoniar y dar fe de lo que acaeciese; los dos jueces del campo elegidos por su alteza que fueron el muy buen condestable don Rui López Dávalos y el juicioso y entendido en armas y letras don Pedro López de Ayala. Detrás el justicia mayor Diego López de Stúñiga, vestido como los demás de gala y ceremonia, cerraba la comitiva. Subió toda al cadalso revestido de paño negro, en el cual se colocó según la preeminencia de puestos debida al empleo de cada uno, y á ella se agregaron dos persevantes. Entró en seguida en su balconcillo, ó mirador, su alteza acompañado de su físico Abenzarsal, del arzobispo de Toledo, de su confesor fray Juan Enríquez, y de varias dignidades de palacio que á semejantes oficios debían seguirle.
Proveyeron los jueces la liza de gente de armas que asegurase el campo, y fueron treinta buenos escuderos con más ballesteros y piqueros, de los cuales colocáronse unos en ala bajo el balconcillo de su alteza, y otros en varios puntos extremos de la liza.
Entró en seguida un eclesiástico, y dirigiéndose hacia el extremo enfrente de los jueces, donde habían hecho levantar éstos un altar con preciosas reliquias y ricos ornamentos, y en el cual debía celebrarse el santo sacrificio de la misa.
Enfrente del balconcillo de su alteza habíanse levantado, bastante apartados entre sí, dos pequeños cadalsos de tablazón revestidos de paños negros bordados de oro; hasta el uno entró conducida y custodiada por cuatro archeros una mujer joven cubierta de un velo negro que la tapaba toda: ocultaba su blanca espalda y torneada garganta su cabellera brillante como el ébano. No era ya aquella perfecta hermosura fresca y lozana que había deslumbrado tantas veces á la corte toda de don Enrique el Doliente. Su rostro pálido y prolongado por la continua aflicción; sus ojos hundidos y rodeados de un cerco oscuro; su frente mancillada por la adusta mano del dolor; su mano descarnada y trémula; su paso vacilante y sus ardientes lágrimas manifestaban cuán grande era su pesar. Seguíala al lado, vestido de gala, el pajecillo Jaime, que de ver llorar á su prima lloraba también, y que la dirigía de cuando en cuando palabras de consuelo, de las cuales no eran contestadas unas, y otras ni siquiera oídas.
Hasta el otro cadalso ó tablado entró el ilustre conde de Cangas y Tineo, ricamente vestido, alta la cabeza y arrogante el paso. Llevaba rico jubón de raso negro columbino; calzas justas; un bohemio de paño negro guarnecido del mismo color; manga larga y angosta, con capilla de buitrón; una jaqueta de raja recamada de oro le cubría apenas el jubón; cinto tachonado de que pendía una rica limosnera; zapatos de seda negros, abiertos y acuchillados; un camisón riquísimo de holanda, labrado, le volvía sobre el pecho y hombros, y un riquísimo collar de piedras y oro, de que pendía un San Miguel de este precioso metal, deslumbraba en su pecho al lado de la cruz roja de Calatrava. El manto de la orden encima completaba su magnífico arreo.
Precedíanle farautes suyos, su estandarte con el escudo de sus armas, y la caldera de rico-home, y le seguían escuderos, donceles, pajes, caballeros y gentiles-homes de su casa, vasallos suyos, vestidos todos de ceremonia y paz como su señor.
Un alto crucifijo de plata reflejaba los rayos del sol á igual distancia de uno y otro cadalso, enfrente mismo del balconcillo de su alteza, y detrás de él se veía sentado sobre un banco contiguo ya al palenque un hombre vestido con un capotón de seda encarnada, y cubierta la cabeza de una gorra de lo mismo. Un tajo á su lado, y una afilada cuchilla declaraban aun á los que más de lejos le veían que era Mateo Sánchez, verdugo de su alteza, pronto á ejecutar á aquel de los dos que quedase por el combate convencido ó de calumniador ó de reo.
Dispuesta ya la liza en esta forma, que hemos procurado describir todo lo más fielmente que nos ha sido posible, mandaron los jueces al rey de armas y farautes dar una grita ó pregón anunciando el combate, que iba á verificarse en comprobación del juicio de Dios á falta de otras pruebas, y mandando comparecer á las partes ó á sus campeones.
Presentóse en seguida á la puerta del palenque un caballero, alzada la visera, que todos reconocieron ser el hidalgo Hernán Pérez de Vadillo: seguíanle dos pajes con las libreas de Villena, llevando el uno la lanza y el otro un caballo de respeto. Venía jinete en un soberbio alazán encubertado con paramentos negros que le llegaban hasta los corbejones, con cortapisa de martas cebellinas, bordados de muy gruesos rollos de argentería á manera de chapetas de celada, y por divisa las armas de don Enrique de Villena. Traía Hernán Pérez vestido sobre su arnés blanco, como de caballero novel, sin empresa ni mote, un falso peto de aceituní vellud bellotado, verde brocado, con una uza de brocado aceituní vellud bellotado azul, calzas de grana italianas, una caperuza alta de grana, y espuelas de rodete italianas; llevaba sus arneses de pierna y brazales con hermosa continencia. Su rostro era el único que estaba en contradicción con la galana apostura de su arreo. Encendido como la lumbre, lanzaba rayos de sus ojos, y parecía medir con la vista el espacio del palenque, como si viniera estrecho á su cólera y su coraje. Tres vueltas dió en derredor con gracia y gentileza, saludando á cada vuelta él y su caballo al mirador de su alteza y al conde su señor; dirigiendo, empero, una mirada de desprecio y de ira, sentimientos que se confundían en la expresión de su semblante, hacia la víctima infeliz de su propia virtud y generosidad.
Presente ya en la liza el defensor del acusado, requirieron los farautes por pregón al campeón del acusador por tres veces consecutivas, el cual no pareciendo, comenzó el oficio de la misa.
Concluida ésta, requirieron de nuevo al acusador; igual silencio sucedió, sin embargo, al segundo y tercer pregón.
Elvira alzaba de cuando en cuando los ojos al cielo; no se podía distinguir si le daba gracias por la ausencia de su campeón, que de ninguna manera hubiera deseado ver entonces allí, ó si lloraba la ya probable muerte del doncel. Sin creer en ésta, ¿cómo concebir que caballero tan generoso y enamorado pudiese dejarla en tan amargo trance desamparada, donde la cuchilla del verdugo esperaba su cabeza si su campeón no venía?
Dos largas horas pasaron en tan cruel expectativa. Impacientábase ya el concurso como si hubiera pagado el dinero por su asiento, y como si fuese aquélla una función que estuviese ya su alteza obligado á darle, sólo por el hecho de haber él concebido esperanzas de presenciarla; circunstancia que prueba que el público de Andújar en el siglo XV se parecía á los públicos de todas las épocas y países. Había consentido en recrearse con los furibundos mandobles y reveses del combate: había contado con una diversión, porque generalmente las calamidades particulares son diversiones públicas, y la diversión no llegaba. Comenzaba á levantarse ya un sordo murmullo de descontento y desaprobación; quién hablaba contra Macías, caballero aleve y descortés que se había ofrecido al socorro de una dama para faltar después á su palabra y su fe; quién se indignaba contra Villena achacando á sus cobardes maleficios la desaparición del pundonoroso doncel.
Habían ganado terreno en este tiempo Nuño y su compañero, portador de las letras, que según sus propias expresiones le había confiado Peransúrez para el justicia mayor; ora sirviéndose de la persuasión, ora de sus codos, habíanse abierto paso poco á poco hasta llegar á colocarse cerca del tablado de los jueces, dando la vuelta al palenque. Atraído un faraute á las voces de Nuño, no pudo menos de acudir á ver qué pretendía aquel palurdo; expúsole entonces el montero cómo tenía dos palabras que comunicar á su señoría el justicia mayor.
Miróle de alto á bajo el faraute, y como le vió tan malparado,—No es ocasión, villano, le dijo, de pedir justicia. Id mañana á la audiencia.
—Ved que no es justicia lo que á pedirle vengo, ni son asuntos míos los que tengo que comunicarle.
—¡Calle el villano! repuso el faraute con enojo. ¿Qué asuntos traerá él con su señoría, si no es alguna querella contra el tabernero de la taberna del rincón?
—¡Voto va, señor faraute! replicó el montero al verse tan injustamente maltratado, que le enseñe yo á hablar antes de mucho...
—¡Favor al rey! gritó el faraute.
—¿Favor al rey? pícaro, contestó el montero montado en cólera, ¿sabes tú, jabalí del soto más que faraute, que lo que tengo que hablar á su señoría interesa acaso al mismo combate que debía hoy verificarse, y vale de seguro más que tú, y todas las bestias feroces de tu especie?
Una carcajada del faraute, y un golpe que con la vara de su insignia dió al montero, acabaron de indignar á éste, é iba á precipitarse ya sobre su antagonista, cuando un grandísimo rumor de voces y de aplausos resonó por toda la plaza.
—¡Dejadnos ver, dejadnos oir! clamaron á un tiempo más de veinte curiosos de los que hasta entonces se habían entretenido con la disputa del faraute y del montero. Á esta interrupción inesperada se volvieron las cabezas de todos hacia el paraje donde sonaba el mayor alboroto.
Un caballero bien montado y armado de todas armas acababa de entrar en la liza, y dirigiéndose hacia el mariscal del campo, que preguntaba ya á su alteza si había de procederse á la ejecución de la acusadora, le hablaba con voz agitada y resuelto continente.
Traía el caballero echada la visera; sus armas negras, el penacho negro que sobre su reluciente almete ondeaba á la merced del viento, y más que todo una divisa que en el brazo derecho llevaba ricamente obrada, y que decía en letras de plata imposible, venganza, llamaron la atención general.—¡Él es! ¡él es! respondieron en el acto mil y mil voces confusas y repetidas.
—¿Habráse salido Hernando con la suya? dijo el montero á Nuño. ¡Hase salvado el doncel!
Proseguía, sin embargo, el altercado del caballero y del mariscal: llegó éste al tablado de los jueces, y después de una corta explicación, pareció que éstos habían decidido acerca de la duda que tenía el mariscal.
Grande fué el asombro de don Enrique de Villena, y mayor aún su indignación.
¿Era posible que Ferrus hubiese dado suelta al encerrado doncel? Conocióse su turbación en toda la plaza, y hubo de parecer buen agüero á los que se inclinaban á la parte de la acusadora.
El rostro de Hernán Pérez por el contrario brilló de un resplandor singular. Afirmóse en los estribos, registró con su vista relumbrante á su contrario, y dando con el cuento de la lanza en el suelo, «¡Venganza, sí! clamó: ¡venganza!». Dió en seguida media vuelta á su caballo, y ocupó el lado izquierdo del palenque en la terrible actitud ya de acometer.
Otro tanto hizo el recién venido, y tomó de mano de uno de sus dos pajes una ponderosa lanza.
El rey de armas, acompañado de dos farautes, descendió entonces del tablado; midieron en seguida el suelo, dividieron el sol, é indicaron su debido puesto á ambos combatientes.
Dirigiéndose en seguida Hernán Pérez de Vadillo, conducido por el rey de armas, hacia el crucifijo, y tocándole con la diestra mano, juró á fe de cristiano y de caballero, por su alma y la vida que iba á perder acaso en aquel trance, que su demanda era justa y buena, y que no traía sobre sí ni sobre su caballo armas ocultas, ni yerbas, ni hechizos, ni piastrón, ni ventaja alguna de las reprobadas por la orden de caballería; vuelto á su puesto, igual juramento repitió, y en la misma forma, el caballero de las armas negras, colocándose de nuevo en seguida al frente de su adversario.
Al ver tan próximos al último trance á entrambos combatientes, no pudo contenerse por más tiempo Elvira.
—¡Señor! clamó prosternándose con los brazos abiertos y dirigidos en actitud suplicante hacia el mirador de su alteza, ¡basta! quiero ser antes calumniadora. ¡Lo soy, señor, lo soy!
Pero en aquel momento la atención de todos se hallaba fijada en los gallardos combatientes, y una confusa gritería de aplauso y de temor al mismo tiempo sofocó la débil voz de la acusadora. Desanimada Elvira enteramente, dejó caer su cabeza sobre el pecho, y enajenada desde entonces apenas vió ni oyó lo que en torno suyo pasaba.
Al punto los jueces del campo mandaron al rey de armas y al faraute dar una grida ó pregón que ninguno fuese osado por cosa que sucediese á ningún caballero á dar voces ó aviso, ó menear mano ni hacer seña, so pena de que por hablar le cortarían la lengua, y por hacer seña le cortarían la mano. Sucedióse á este pregón el más profundo silencio, interrumpido sólo por un ligero murmullo que producía el montero irritado todavía, profiriendo entre dientes algunos juramentos contra el faraute; ni atendió al pregón, ni pensaba sino en llevar á cabo la entrega de sus letras, más bien por terquedad ya que por otra razón cualquiera. Aplacáronle, sin embargo, algún tanto los que le rodeaban.
Al mismo tiempo mandaron los jueces sonar toda la música de ministriles con grande estruendo, y en tono rasgado de romper la batalla; reconoció el rey de armas, acompañado del mariscal, las armas de los desafiados, y hecha la señal soltaron los farautes la brida del bocado de los combatientes que tenían cogida gritando á una voz: «Legeres aller, legeres aller, é fair son deber», según la fórmula provenzal introducida en duelos singulares, justas y torneos.
Arrancaron al punto los caballeros con las lanzas en los ristres, arremetiendo uno contra otro con singular furia y denuedo. General fué la expectativa y el ansia al choque de los combatientes, que se encontraron entre nubes de polvo en medio de su carrera. Rompieron entrambos sus lanzas. Hernán Pérez encontró al caballero de las armas negras en el arandela, desguarneciéndole el guardabrazo derecho, y éste encontró á Hernán en la bavera del almete. Vacilaron entrambos caballos de la sacudida, pero repuestos en el mismo instante del súbito golpe, concluyeron su carrera airosamente. Tomaron los caballeros lanzas nuevas, y en tres carreras sucesivas no se decidió la ventaja por ninguna parte. Al fin de la tercera, furioso Hernán Pérez del poco efecto de las lanzas, quebró la suya contra el suelo, y revolvió desnudando la espada sobre su contrario, que vista la acción adoptó igual determinación. No daba Elvira, sumergida en el más profundo estupor, señal de vida, y mudaba de colores don Enrique de Villena á cada encuentro, como aquél cuya fortuna dependía del éxito del combate. Á pesar de las buenas muestras que daba de su persona el novel caballero, ponían todos por el de lo negro, cuyos altos hechos de armas anteriores eran demasiado conocidos para osar poner en duda su ventaja.
El que más animado parecía era nuestro montero, á quien el coraje había acabado de acalorar; pero cuando no pudo reprimirse fué cuando después de un largo rato de incierta lucha rompió Hernán Pérez su espada en el almete del caballero de las armas negras, quedando desarmado. «¡Á él! ¡á él!», gritó fuera de sí el aventajado de lo negro, que descargando su acero sobre el indefenso desguarnecióle el brazo, haciéndole una profunda herida á lo largo de él. Apartó Vadillo su caballo como buscando una arma nueva, y tratando de evitar el segundo golpe con que su contrario le amenazaba ya; acción que puso una pequeña suspensión en el combate, merced á la habilidad con que logró, manejando su bridón, burlar repetidas veces la intención del enemigo.
Un faraute entre tanto se apoderó del montero, y llevado ante los jueces del campo, íbasele á imponer la pena que hubiera sufrido á no haber hecho presente que traía letras para el justicia mayor. Abriólas éste, y recorriólas rápidamente. No bien las hubo leído, cuando se alzó en pie para mandar la suspensión del combate. Era tarde ya, sin embargo. Convencido Vadillo de que podía durar muy poco lucha tan desigual, decidióse á echar el resto, y asiendo de su hacha de armas detuvo su caballo y esperó resuelto al contrario, que le acometió causándole de nuevo otra herida en un costado. Aprovechándose Vadillo entonces del momento, soltó la brida del caballo, y alzando con ambas manos el hacha y clamando, «¡Venganza! ¡venganza!», descargó tan furioso golpe sobre el caballero de las negras armas, sin darle tiempo de revolver su caballo, que faltándole el almete hízole dar con la cabeza en el cuello del animal: aturdido de ambos golpes, el caballero abrió los brazos, separáronse sus piernas del vientre del caballo, y perdiendo ambos estribos vino al suelo mal parado, «¡Victoria! ¡victoria!», clamaron á un tiempo los circunstantes, sucediendo á la aclamación el más profundo silencio. Á este tiempo Vadillo, habiendo echado ya pie á tierra, se precipitó sobre el caído con ánimo de cortarle la cabeza, idea que llevara á cabo á no detenerle un faraute que de orden de los jueces dió por concluido el combate. Miró Vadillo al cielo despechado, y descansó en seguida sobre su hacha de armas, sin separarse empero de la víctima, y en la misma actitud en que nos pintan á Hércules sobre su maza. Elvira al oir el grito de victoria alzó los ojos, vió el éxito del combate, y cerrándolos horrorizada se lanzó en los brazos de Jaime, ocultando en ellos su cabeza. Don Enrique de Villena entre tanto ostentaba en su semblante la alegría del triunfo, que no había esperado conseguir.
Mientras que el justicia mayor había llegado á su alteza seguido del montero, y le hablaba cosas sin duda del mayor interés, el rey de armas se adelantó hasta el vencido, y poniéndole un pie sobre el pecho, y tocándole con su maza: «¡He aquí, clamó en voz alta, he aquí el juicio de Dios! Don Enrique de Villena es inocente. Elvira es calumniadora. He aquí el juicio de Dios.»
Un grito de horror resonó por toda la concurrencia, que sabía bien la suerte que esperaba á Elvira. Efectivamente, según las leyes de semejantes juicios, la acusadora debía ser en el acto degollada: el campeón vencido, si había quedado con vida, debía ser desarmado y desnudado; las diversas piezas de sus armas esparcidas aquí y allí en el campo de batalla, y permanecer él en tierra hasta que su alteza declarase si quería ajusticiarlo ó perdonarlo. Sus bienes habían de ser además confiscados en favor del erario, después de reintegrado el vencedor de sus costas y perjuicios; y si quedaba muerto, debía ser entregado al mariscal del campo para ser suspendido por los pies en un patíbulo.
Disponíanse los archeros á conducir á Elvira al suplicio, estaba ya en pie el impasible verdugo, y repetía por tercera vez el rey de armas su grida de ¡he aquí el juicio de Dios! cuando se notó que su alteza hacía señal de suspensión con el pañuelo. Alzado en pie entonces el justicia mayor, «El combate nada puede probar ni decidir, clamó en alta voz. La condesa doña María de Albornoz vive, y don Enrique de Villena es, sin embargo, culpado de felonía, si no de su muerte».
Estas terribles palabras, que repetían los que estaban más cerca á los que no las habían oído, extendiéndolas como se extienden á lo lejos las ondas de un estanque donde ha caído una piedra, produjeron la mayor expectativa en la asamblea, y fueron un rayo para don Enrique.
—¡Todo es perdido, clamó, todo!
—Sí, continuó Diego Stúñiga. La Providencia es justa; ella ha salvado á la condesa; he aquí sus letras, y presto acaso su llegada á Andujar confirmará tan alegre nueva.
No bien había acabado de hablar el justicia mayor, se hendió la multitud, que rodeaba una puerta de la liza, y se vió llegar á rienda suelta una cabalgata que no tardó en entrar en el palenque.
—¿Es posible? se preguntaban unas á otras mil voces confusas y atropelladas; ¿es posible? ¡La condesa! ¡la condesa!
Doña María de Albornoz, pálida como la muerte, revestida aún del negro cendal con que había salido de su prisión, y seguida de Peransúrez, y de varios armados, se dirigió á apearse ante su alteza, que la recibió en sus brazos. Don Enrique, confundido, se ocultó entre sus caballeros, y Elvira, luchando entre la duda y la esperanza, permaneció inmóvil, ora clavando los ojos con estúpido terror en el cuerpo del vencido, que yacía en tierra todavía, ora queriendo descifrar si era efectivamente su antigua amiga la que venía á librarla de la muerte que tanto había deseado.
Informada la condesa anteriormente por Peransúrez de cuanto había ocurrido durante su prisión, corrió en seguida á los brazos de Elvira, que la recibió en ellos con la insensibilidad de una estatua para quien nada tenía ya interés en el mundo.
Entre tanto, llegando los jueces y el rey de armas al caído, desenlazáronle el almete: al respirar el aire libre pareció dar señales de vida, volviendo en sí lentamente. Su alteza, que había bajado de su balconcillo, se encaminó con toda la corte hacia el sitio que había sido teatro de la batalla, lleno del más vivo interés por su doncel. La condesa, no menos animada del celo por su defensor, arrastró á Elvira hacia el mismo paraje. La sangre que había vertido el caballero por los oídos y las narices al recibir el golpe de Vadillo, juntamente con el sudor y el polvo, impedían reconocer sus facciones.
—¿Es muerto? gritó don Enrique el Doliente á los que le reconocían.—¿Es muerto? preguntó la condesa.—¡Macías! gritó Elvira, devorando con sus ojos las facciones del caído. ¡Ah, no es él! exclamó con frenética alegría, después de un momento de duda. ¡No es él! y se dejó caer en los brazos de la condesa, que la cubría de cariñosos besos.
Efectivamente, limpióse el rostro del vencido: era el generoso don Luis Guzmán. Poseyendo la armadura del doncel, que Hernando le había dejado, se había lanzado á la palestra en contra de Villena, logrando persuadir al mariscal del campo y á los jueces de la identidad de su persona, sin quitarse la visera.