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Obras completas de Fígaro, Tomo 2 cover

Obras completas de Fígaro, Tomo 2

Chapter 31: REPRESENTACIÓN DE LA NIÑA EN CASA Y LA MADRE EN LA MÁSCARA
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About This Book

This collection gathers short essays, theatrical reviews, literary criticisms, sketches, letters, and political polemics originally aimed at newspaper readers, presenting a lively mix of satire, moral reflection and trenchant social observation. Entries range from stage criticism and portraits of urban life to debates on press freedom and partisan controversies, often composed in a brisk, conversational voice. Arranged by date to preserve their public appearance, the pieces alternate humor and severity to document customs, literary quarrels, theatrical practices, and shifting public tastes, offering a contemporaneous, persona-driven chronicle of cultural and political life.

REPRESENTACIÓN DE
LA NIÑA EN CASA Y LA MADRE EN LA MÁSCARA

COMEDIA ORIGINAL

DE DON FRANCISCO MARTÍNEZ DE LA ROSA

Uno es el objeto del poeta cómico: la corrección del vicio que se propone por asunto de su obra. Los medios que pueden conducirle á su único fin son, en nuestro entender, diversos, porque no creemos en la exclusión de género alguno. Si la ironía ó la parodia de las situaciones de la vida y de las manías del hombre le presentan el cuadro de su error y le conducen, avergonzándole de sí mismo, al convencimiento y la corrección, también la pintura fiel de las desgracias á que pueden arrastrarle sus vicios le llevan, moviendo su corazón, al mismo resultado. Molière, jugando locamente con los extravíos y presentándonos el lado ridículo de nuestras preocupaciones, puede haber corregido á los más pundonorosos. Kotzebue, desarrollando á nuestra vista las circunstancias de las pasiones, y arrancando lágrimas al corazón, puede haber corregido á los más sensibles. Si Regnard puede haber hecho sonrojarse á un jugador, Ducange puede haberle hecho arrepentirse. Para esto basta con que el poeta (adopte el camino que quiera) presente siempre la verdad y no transija en punto con la inverosimilitud. Este principio general, que dicta la misma naturaleza, y que, sancionado por el simple sentido común, mal puede ser recusado ni aun por el clásico más rígido, parece haber sido reconocido hace ya tiempo por los poetas modernos; muchos de ellos le han llevado hasta un punto tal, que no han vacilado en adoptar á un tiempo ambos caminos: refundiendo en uno los dos géneros encontrados, dirigieron contra el vicio moral que se proponían corregir todos los recursos del arte. El primero que entre nosotros ha dado el ejemplo de esta novedad dramática ha sido el mismo Moratín, en quien encontramos esta diferencia esencial si le comparamos con Molière, como creemos haber dicho ya en otra ocasión. En la Comedia nueva aquel poeta no se contenta con hacer ver á los espectadores cuán ridículo es un don Eleuterio, sino que escarmienta crudamente á su protagonista, como desconfiando de que bastase el ridículo á corregirlo. En el Viejo y la Niña no se satisface con escarnecer la manía de un viejo que se cree capaz de hacer por fuerza la felicidad de una joven: esle necesario cebarse además en la desdicha de esta víctima inocente. En el Sí de las Niñas, al paso que libra á la pública diversión el error de una madre que profesa á su hija un amor mal entendido, mueve el corazón con los lamentos de doña Paquita, y se complace en ponerla á dos dedos del principio, por si, no bastando á las madres imprudentes la representación de su ridiculez, han menester además que se les descorra el velo del funesto porvenir que preparan á sus hijas, violentadas por su indiscreto cariño. Entre los dramáticos que han sucedido á Moratín, con más ó menos fortuna, unos han seguido la escuela de Molière, otros la de Moratín. En la comedia que da motivo á este artículo ha probado el señor Martínez de la Rosa, como ya se traslucía en otras obras suyas, que no es la vis cómica del primero su mérito principal. Los escritos de este autor descubren en él, por lo general, un fondo de sensibilidad que debía hacerle adoptar este género, que de buena gana llamaríamos misto, si nos creyésemos con derecho y autoridad para poner nombres á las cosas. Admitida esta observación, ¿cuál era el vicio ó el extravío que se proponía combatir el poeta cómico en la Niña en casa y la Madre en la máscara? No era una pasión en general, uno de esos vicios que tienen un nombre y un carácter circunscrito, y que suelen ser el mejor asunto de la comedia. El objeto es convencer á las madres locas, á las viejas verdes, del riesgo á que exponen á sus hijas cuando descuidan su educación por el torbellino del mundo, de que no bastan á hacerlas prescindir ni su edad, ni su responsabilidad doméstica y social. Objeto era éste profundamente moral. El refinamiento de la cultura y sociabilidad moderna no excluyen del mundo edad ni circunstancia alguna; pero si el mundo no arroja de sí á las madres, si no las encierra en sus casas, la moral y el interés de sus familias ponen ciertos cotos á su disipación. Para lograr su fin y presentarnos el cuadro del escarmiento, ya que no había adoptado de todo punto el arma del ridículo, debía pintar á una niña inocente y candorosa, porque ésta era la única á quien podía traer funestas consecuencias el abandono de su madre, y esas consecuencias del tal abandono debían ser tales que la misma madre se avergonzase de ellas y llorase lágrimas amargas de arrepentimiento. Esto es justamente lo que ha hecho el señor don Francisco Martínez de la Rosa: de suerte que fuera injusticia negarle que su plan está bien concebido. Teodoro, joven de perdidas costumbres, solicita á un tiempo á la madre y á la hija: esto tiene la doble ventaja de probar que cuando una niña sin experiencia se halla sola en el mundo, es más fácil que haga una elección poco acertada, y de hacer ver á la madre que una vieja loca nunca puede ser sinceramente querida. Hasta aquí sólo encontramos que admirar en la Niña en casa. No nos sucede lo mismo con respecto á los personajes accesorios del tío y de don Luis. El primero es uno de esos personajes que, sin estar precisamente de más en el argumento, están sin embargo poco enlazados con él: así es, que en el tío no hay acción, no hay movimiento. De estos viejos, echados como un libro en una comedia para presentar el contraste, no con su carácter, sino con sus máximas, tiene Moratín algunos. Nosotros entendemos que la moral de una comedia no la ha de poner el autor en boca de este ó de aquel personaje: ha de resultar entera de la misma acción, y la ha de deducir forzosa é insensiblemente el espectador del propio desenlace. El tío no sirve en la Niña en casa sino para hacer la exposición, que en este supuesto resulta no ser muy ingeniosa ni muy nueva, y para el desenlace, que también en rigor pudiera haberse llevado á cabo sin él. Si es episódico el tío por no tener gran parte en la acción de la comedia, ¿qué diremos de don Luis? De éste sentimos, no sólo que está poco enlazado con el argumento, sino que está completamente de más, y que perjudica para el desenlace sobre todo. Es inútil, porque nada hace sino precisamente lo que no debiera ni pudiera hacer nadie. Es inverosímil que este hombre, testigo de la pasión de Inés, esté siempre dispuesto á tomarla por esposa. Con respecto al argumento, sólo una observación nos queda que hacer.

Es lástima por cierto que el señor Martínez de la Rosa, que maneja el amor y el sentimiento en toda la comedia con tal tino, que sorprende á la naturaleza y hace suyos los secretos de ella, suponga á Inés, que nos pinta tan joven, tan inexperta, tan apasionada, desimpresionada sólo porque encuentra á su amante en su casa. Esto, á sus ojos, no teniendo otros antecedentes de su carácter, no puede ser nunca más que una falta suficientemente disculpada por el amor. Era preciso que para desengañarse Inés tuviese pruebas de la bajeza de Teodoro, que supiese de él lo que sabe el tío, y que se le hiciese conocer su doble y baja conducta. Y aun en este caso, si podía renunciar á él, no por eso podría tolerar siquiera en el momento del desengaño la perspectiva de otro hombre y otra boda. Ese mismo escarmiento del hombre en quien más había confiado debía llevarla á desconfiar doblemente de los otros que le hubiesen sido indiferentes. Ésta es la naturaleza; por otra parte no era el objeto de la comedia casar á la niña, sino corregir á la madre; de suerte que desde el momento en que ésta se desengaña queda concluida la comedia: qui ne sait se borner ne sut jamais écrire, ha dicho un famoso crítico. Sin que queramos hacer una aplicación exacta de este axioma al señor Martínez, confesamos que es sensible que se haya dejado llevar de la antigua tradición de que han de acabar con boda todas las comedias.

La misma inculpación pudiera hacerse con respecto á alguna escena harto prolongada: las pasiones tienen un límite, una expresión última, después de la cual nada se puede escribir que no sea para descender. Por ejemplo, después de haberse arrojado Inés á los pies de su amante, después de hacerle locamente dueño de su albedrío, ¿qué les quedaba que hacer?, ¿qué les quedaba que decir? Aquella escena pudiera haberse cortado allí en obsequio del mayor efecto. En el desenlace se olvida el poeta de que tiene esperando á la puerta á la madre, y prolonga igualmente demasiado la escena del descubrimiento del amante y del desmayo de Inés.

Sensible nos es haber de encontrar defectos; pero en primer lugar es sabido que el crítico no puede dejarse alucinar como el espectador por las impresiones fugitivas; su deber es escudriñar, su primera obligación la imparcialidad. En segundo lugar, si en esto puede haber algún riesgo para el escritor, no será seguramente cuando recae en un hombre del talento y el buen juicio del señor Martínez. Sólo se ofende de la crítica severa el que no es capaz de dejarla de merecer nunca. El talento superior la desprecia cuando es injusta ó parcial, caso de que nos parece estar muy distantes; y sabe darle su valor, y aun apreciarla, cuando es sincera, noble y de buena fe.

Después de esta breve indicación de los lunares que, á nuestro modo de entender, oscurecen el mérito de la Niña en casa, y que apuntamos con harta desconfianza de nosotros mismos, entraremos con más placer á encomiar lo mucho que en ella encontramos superior. El carácter de la madre es excelente y sostenido: el de Inés es delicado, tierno, profundo, está tocado con una maestría encantadora: el de Teodoro era el más fácil de escribir, y sin embargo nosotros nos contentáramos con que el actor encargado de él le hubiese representado con igual tino que el autor le ha escrito. Los medios de seducción empleados por el criado de Teodoro, y sobre todo por la criada de Inés, son un modelo en su género. Del lenguaje nada diremos, porque el elogiarle como un mérito extraordinario en el señor Martínez, sería suponer que podía no haber sido excelente: esto sería hacer una ofensa á este poeta, uno de nuestros mejores hablistas, delante de quien hablaremos y escribiremos siempre, en este particular, con respeto y con envidia. La versificación difícilmente pudiera ser mejor, y el diálogo, generalmente animado y cómico, está salpicado de chistes del mayor gusto. Presiden á él siempre la cultura y el conocimiento de la fina sociedad. En toda la comedia se descubre al filósofo, al poeta cómico, al conocedor del hombre, en fin, á quien pocos pueden igualar en ese tino con que se apodera del corazón y le conmueve con una palabra sola á veces, con un solo ¡ay! El público, al aplaudir esta comedia, no hace más que tributar una justicia de que ya había dado pruebas en otras ocasiones.