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Obras completas de Fígaro, Tomo 2 cover

Obras completas de Fígaro, Tomo 2

Chapter 59: LITERATURA POESÍAS DE DON JUAN BAUTISTA ALONSO
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About This Book

This collection gathers short essays, theatrical reviews, literary criticisms, sketches, letters, and political polemics originally aimed at newspaper readers, presenting a lively mix of satire, moral reflection and trenchant social observation. Entries range from stage criticism and portraits of urban life to debates on press freedom and partisan controversies, often composed in a brisk, conversational voice. Arranged by date to preserve their public appearance, the pieces alternate humor and severity to document customs, literary quarrels, theatrical practices, and shifting public tastes, offering a contemporaneous, persona-driven chronicle of cultural and political life.

LITERATURA
POESÍAS DE DON JUAN BAUTISTA ALONSO

Los hombres son raros en verdad. De cuatro veces tres no se entienden unos á otros; y de tres cuatro no se entienden á sí mismos. Diría uno oyendo ese prolongado clamor que pide libertad de imprenta diariamente: «Éste es el país de la imprenta, de los libros... de los periódicos...». Solemne chasco se llevaría quien tales consecuencias dedujese. Es preciso entendernos: ese clamor de libertad de imprenta, tan continuo, tan incesante, tan justo, puede tener dos principios: puede considerarse como un derecho meramente político reclamado por un pueblo víctima, que hace el último esfuerzo para romper la cadena; y puede mirarse también como un órgano meramente literario, exigido por un pueblo ansioso de ilustración. En el primer caso la imprenta es el baluarte de la libertad civil, en el segundo el paladión de los conocimientos humanos. Desgraciadamente, si se contempla despacio el cuadro de nuestra ilustración científica, literaria y artística, esta ansia de libertad de imprenta no se puede achacar á la cooperación de ambos principios reunidos, cooperación que sería la perfección; no. Es preciso contentarse con reconocerle la primera causa por origen; y esto pinta bastante nuestra situación. Pedimos libertad de imprenta, no para lucirnos, sino para quejarnos, como anda buscando la voz para gritar el que abrumado por una horrible y miedosa pesadilla, tiene embargada el habla por el sueño. Busquemos en España desgraciados y oprimidos, ¿pero literatos?

Á estas tristes reflexiones da lugar cada publicación original que levanta la cabeza de cuando en cuando, mostrándose, como á hurtadillas, entre nosotros. Es la voz que resuena en el desierto: ni un eco hay que responda, ni un oído que la albergue, ni un pueblo que la escuche. Montes de arena, hoy aquí, mañana allí: y un huracán violento. Nada más.

Si bien luce algún ingenio todavía de cuando en cuando, nuestra literatura sin embargo no es más que un gran brasero apagado, entre cuyas cenizas brilla aún pálida y oscilante tal cual chispa rezagada. Nuestro siglo de oro ha pasado ya, y nuestro siglo XIX no ha llegado todavía.

En poesía estamos aún á la altura de los arroyuelos murmuradores, de la tórtola triste, de la palomita de Filis, de Batilo y Menalcas, de las delicias de la vida pastoril, del caramillo y del recental, de la leche y de la miel, y otras fantasmagorías por este estilo. En nuestra poesía á lo menos no se hallará malicia; todo es pura inocencia. Ningún rumbo nuevo, ningún resorte no usado. Convengamos en que el poeta del año 35, encenagado en esta sociedad envejecida, amalgama de oropeles y de costumbres perdidas; presa él mismo de pasioncillas endebles, saliendo de la fonda ó del billar, de la ópera ó del sarao, y á la vuelta de esto empeñado en oir desde su bufete el cefirillo suave que juega enamorado y malicioso por entre las hebras de oro ó de ébano de Filis, y pintando á la Gesner la deliciosa vida del otero (invadido por los facciosos), es un ser ridículamente hipócrita, ó furiosamente atrasado. ¿Qué significa escribir cosas que no cree ni el que las escribe, ni el que las lee?

Empero no quisiéramos que se interpretara en mal del libro que analizamos esta serie de reflexiones generales, que tienden sólo á probar, no el atraso particular de tal ó cual poeta, sino el general atraso de nuestra poesía. Mal pudiéramos por otra parte acriminar á nadie de seguir demasiado estrictamente el camino más trillado; no todos tienen espíritu suficiente para sacudir las cadenas de la rutina; ni la antigua escuela que nos abruma aún por todas partes con su acompasada monotonía nos permite otra cosa. Antes de inventar nos es forzoso olvidar, y ésta es una doble tarea de que no son todos capaces; acaso cuando le ocurre á cada cual olvidar, es tarde ya para él. Todo va despacio entre nosotros, ¿por qué ha de ir de prisa sólo la poesía?

Colocándonos, pues, en la época á que corresponden estas poesías, examinemos el libro en venta, no ya comparando á nuestro autor con lord Byron ó Lamartine, puesto que su género es tan distinto que difícilmente se le pudieran hallar puntos de contacto.

El tomo del señor Alonso se compone de odas, según la antigua clasificación, y bajo este rótulo se encierran verdaderos discursos, más ó menos filosóficos, elegíacos ó pindáricos, en que el poeta desarrolla buena porción de dotes aventajadísimas: consta el volumen además de romances, de sonetos, de letrillas, anacreónticas y canciones.

La colección del señor Alonso comienza con una oda titulada: Que la instrucción es la mejor y la más durable de las riquezas. Sin convenir de ninguna manera en este principio, encontramos en la tal composición buen juicio, y esa misma instrucción que el autor llama riqueza, y que nosotros, menos poetas sin duda, llamaremos sólo instrucción á secas.

La oda elegíaca que sigue está salpicada de poesía por todas partes: es á la muerte de una joven hermosa recién casada. Imágenes atrevidas, símiles felicísimos, sentimiento alguna vez. Después de haber dicho que

Cintia á su Delio mira
Y entre sus brazos sonriendo espira.

añade el poeta Alonso:

Así en oscuro templo,
Donde el silencio sepulcral domina,
La agonizante lámpara vislumbra
Sus moribundos trémulos reflejos,
Mientras su luz se ahuyenta
En desiguales partes soñolienta;

Y al consumir oculta
Entre las sombras de la negra noche,
Último resto del fulgor dudoso,
El tibio germen de su triste vida,
Fugaz vigor adquiere
Y súbita creciendo alumbra y muere.

Quítensele á esas estrofas algún adjetivo inútil, y cierta oscuridad que resulta de la violenta colocación del tercer verso de la segunda, y es un rasgo de primer orden.

Como imitación de san Juan de la Cruz, la oda á la profesión religiosa de la señorita madrileña tiene todo el mérito de hallarse bien tomado el tono de esta clase de composiciones: hay unción, hay aquel dialecto figurado y simbólico que han usado todos los poetas de este género.

Dice el poeta á la muerte de una niña:

Impune hiere el bárbaro asesino,
Y tranquilo se goza en sangre humana
Retiñendo el puñal de muerte lleno;
Y asesinando vive
Alumbrándole el sol, que alumbra al bueno.

Esta estrofa parece de Cienfuegos; su mismo atrevimiento, su novedad, su amargura misma.

Parécenos sin embargo que el género filosófico no es el sol de Austerlitz para el señor de Alonso: le comparáramos de buena gana en esta circunstancia con Meléndez, de quien las odas y los discursos, salvo alguna excepción como el de las artes y las estrellas, no son lo que le da inmortalidad.

El género del señor Alonso es el género mismo de Meléndez, el bucólico; tiene composiciones enteras dignas de Batilo, sabe revestirse perfectamente del candor pastoril, de aquel dialecto juguetón, de aquel tono que huele á tomillo, según la feliz expresión de un académico, que también hay académicos felices en ocurrencias.

Iremos á la fuente
Y allí la sed fogosa apagaremos
En su fresca corriente,
Y el bien que nos debemos
Sin miedo y sin testigos gozaremos.

..........................................

¿Á qué envidiar cortadas
Las frutas en los cestos cortesanos,
Si aquí penden colgadas
En árboles galanos
Que desde el suelo alcanzarán las manos?

He aquí al poeta en su terreno. Cuando se entrega á su verdadera inspiración, nada huelga en él, nada le falta. Ya no hay aquella dureza, aquella confusión de epítetos superabundantes, aquella especie de oscuridad, aquella afectada profundidad, aquel lujo pampanoso de poesía y de ruido que se advierte en sus primeras composiciones. Las dos estrofas citadas son un modelo; es difícil hacer nada más acabado que la segunda, felicísima imitación de Virgilio.

¿Cómo no citar aquí, cual la reina del tomo, la composición á la vida feliz, desempeñada en primorosas quintillas? Es de lo mejor que hay escrito en castellano, y en cualquiera lengua. ¡Qué sencillez tan elocuente!, ¡qué giros tan castizos, tan elegantes!, ¡qué verdad, qué pureza, qué encanto singular! Júzguela el lector por sí mismo, y una vez leído ese lindo rasgo de poesía, le aconsejamos que, en lugar de pasar á leer ninguna otra composición, la vuelva á leer segunda vez, y no salga de ella jamás.

Como modelo de facilidad en la versificación, las Quejas del Moro es romance inimitable; y en punto á romances, aunque son buenos el retrato de Rosana, el del cumpleaños de la señora doña María de los Dolores Armijo de Cambronero, el de Anfriso á Dalmiro, campea sobre todos el de el Consejo. Es todo un romance y todo un consejo. ¡Qué pura intención!, ¡qué verdad!, ¡qué noble indignación contra el seductor Fabio!, ¡qué interés tan noble por la inocente Elisa!, ¡cómo corre la pluma en él!, ¡cómo se desahoga la vena del poeta!

Fácilmente conocerá el lector que ya puestos á citar, citaríamos de buen talante infinitas bellezas más por ese mismo estilo que brillan en la colección; con tanto más placer, cuanto que amigos del poeta, quisiéramos no vernos obligados á poner al lado del elogio conquistado la merecida crítica. Pero conocemos demasiado al señor Alonso y sus severos principios de virtud, para ofenderle con una parcialidad indigna del escritor público. Al notar los defectos de su obra, como lo hemos hecho, repetiremos su axioma: Amicus Plato, sed magis amica veritas.

En resumen, el señor de Alonso tiene en general el mérito de ser original, y en estos tiempos no es poco. No se puede comparar con Rioja, con Herrera, con Garcilaso; no es precisamente Meléndez, ni Cienfuegos; no es Quintana; no es... es un poeta sui generis; el señor Alonso es Alonso. Es superior, como hemos dicho, en el género bucólico. Su versificación es en general buena, casi siempre armoniosa. No es muy correcto, y esto no porque le creamos incapaz de corrección; pero ha hecho mal en no pulirse más, como él mismo dice en su prólogo, por falta de humor y de paciencia. Hubiera podido expurgar algún tanto sus poesías, suprimir alguna composición, y acortar muchas. Poeta franco y libre, suelta la rienda á su inspiración y escribe demasiado. El talento no ha de servir para saberlo y decirlo todo, sino para saber lo que se ha de decir de lo que se sabe. Esa superabundancia de vena suele dañar al efecto, desliendo demasiado ideas que, ligeramente apuntadas, resaltarían doble; porque en las artes de imaginación suele querer decir de más lo que se dice de menos. Manifiesta instrucción y filosofía, si no abusara á veces de la primera, y si no afectase demasiado la segunda. Conoce su lengua, y aun creemos que pueda deber al cultivo de la poesía esas disposiciones oratorias que hemos oído elogiar en él aplicadas al foro.

Damos el parabién al señor Alonso por los laureles que acumula sobre su cabeza con la publicación de sus poesías, y nos le damos á nosotros mismos por haber tenido ocasión de hacer pública justicia al mérito del señor Alonso.