NOTAS
[1] La obra de M. Victor Duruy, titulada Histoire Grecque, que hemos tenido a la vista, es algo parcial por la democracia, cuya defensa parece ser uno de sus principales objetos. Habla siempre de Aristófanes con pasión y con odio, acaso porque no ha sabido apreciar sus relevantes dotes como poeta y como ciudadano, y porque combate los excesos de la demagogia. Fuera de esto, es obra recomendable, si bien no debemos olvidarlo, porque anda en manos de todos. Al leerla, dentro de algunos años, dirá, sin duda, la posteridad: «¡Qué bien escribía este autor la historia de su tiempo, creyendo escribir la de Grecia!».
[2] Teofrasto, este hombre que hablaba con tanta gracia, que se expresaba divinamente, fue calificado de extranjero y llamado así por una pobre mujer a quien compraba hierbas en el mercado, y que averiguó, por yo no sé qué perfil ático que le faltaba, y que los romanos llamaron después urbanidad, que no era ateniense: y Cicerón refiere que aquel personaje se admiró de ver que, habiendo envejecido en Atenas, dominando tan perfectamente el dialecto ático, y habiendo adquirido su acento por un hábito de tantos años, no había logrado alcanzar lo que el pueblo poseía naturalmente y sin ningún trabajo. (La Bruyère, Discours sur Théophraste).
[3] Un pueblo democrático, con sus ciudadanos egoístas, díscolos, frívolos, fanfarrones y vanidosos, no puede prosperar, sino que se suicida, víctima de sus propias faltas. (Hegel, Esthétique, traducción francesa de M. Bénard, tomo V, pág. 17, edición de 1852).
[4] Aunque el obispo Thirlwall, historiador de la Grecia, habla de all the attempts which for the last forty years have been systematically made in our own literature —the periodical as well as the more permanent— for political and other purposes to vilify the Athenians, no por eso es menos cierto, como puede verse en la obra de Druman, titulada Geschichte des Verfalles der griechischen Staaten, y sobre todo en Tucídides, Aristófanes y Jenofonte, testigos presenciales de estos sucesos, que el pueblo ateniense contribuyó con sus faltas a la ruina de su patria.
[5] Como está tan embrollada la cronología del teatro griego, no es extraño que los eruditos discrepen tanto acerca del año en que nació Eurípides. Nosotros seguimos a Plutarco, Symps., lib. VIII, cap. I, y a Diógenes Laercio en su vida de Sócrates. La Crónica de Paros dice que Eurípides nació en el año 3.º de la olimpiada 73 (486 antes de Jesucristo), esto es, seis años antes. De este mismo parecer son Samuel Prevost, Tomás Lydiat, Hesychio y Segismundo Jacobo Baumgarten, el cual añade que el nombre de Eurípides proviene del río Euripo, en cuya desembocadura se dio la batalla de Salamina. Levesque, en sus Mémoires de L’Instit. national, tomo I, pág. 325, dice así: «Eurípides nació el año 3.º de la olimpiada 63, (526 antes de nuestra Era).» Este dato es conocidamente erróneo, porque entonces resulta que Eurípides es un año anterior a Esquilo. Samuel Murgrave ha dilucidado suficientemente este punto en su Chronologia scenica ab Euripidis nati tempore ad ejusdem mortem, y en Boeck (Corpus inscriptionum græcarum. Berlín, 1743) se encuentran también muchas ingeniosas y útiles observaciones. En la obra de Gottl. Chris. Fried. Mohnike, titulada Geschichte der Literatur der Griechen und Römer, hallamos esta tabla:
| 1.º | El nacimiento de Εsq. cae en la olimp. | LXIII | 4 | ant. J. C. | 525 |
| Su muerte | LXXXI | 1 | — | 456 | |
| 2.º | El nacimiento de Sófocles | LXXI | 2 | — | 495 |
| Su muerte | XCIII | 3 | — | 406 | |
| 3.º | El nacimiento de Eurípides | LXXV | 1 | — | 480 |
| Su muerte | XCIII | 3 | — | 406 |
Esquilo murió, pues, a los sesenta años de edad. Sófocles a los noventa y Eurípides a los setenta y cinco.
Hemos preferido seguir los datos cronológicos de esta tabla, porque en la Crónica de Paros se observan ciertas contradicciones que han suscitado graves dudas entre los críticos, porque es ilegible en muchas de sus partes, por las dudas que se han promovido acerca de su autenticidad, por la fe que nos merecen Plutarco y Diógenes Laercio, por la tradición constante, seguida hasta ahora por la gran mayoría de los eruditos, de que Eurípides nació el año indicado, y porque, en realidad, es pequeña la diferencia de seis años que se observa entre los datos de la Crónica y los que adoptamos.
[6] Llámale, en efecto, hijo de la verdulera (τῆς λαχανοπωλητρίας) en el v. 393 y en otros muchos pasajes de sus comedias, y lo mismo dice Aulo Gelio con referencia a Theopompo. Suidas y Manuel Moscópulo, griego de Constantinopla que pasó a Italia cuando la toma de aquella ciudad por los turcos, aseguran, fundándose en la autoridad de Filócoro, que esta tradición es falsa. Valerio Máximo en el lib. III, cap. IV y Plinio, Hist. Nat., lib. XXII, cap. XXXVIII, hablan también de esto. La aserción de Aristófanes, tantas veces repetida y en boca de un autor contemporáneo de Eurípides, es para nosotros irrecusable.
[7] Tal es la opinión de Valckenaer en su Diatr. in Eurip. per. dram. reliquias, cap. IV, en donde asegura que se encuentran doctrinas de Anaxágoras en las tragedias de Eurípides, y en efecto, si es auténtico el pasaje que se conserva de Melanipa, tragedia perdida, su aserción no carece de fundamento.
[8] Diógenes Laercio cita dos versos de Mnesíloco, antiguo cómico, que dicen así:
(Los Frigios son un drama nuevo de Eurípides, bajo el cual Sócrates puso también astillas).
[9] El epitafio ha sido conservado por Tomás Magister.
Distintas opiniones hay también acerca de la muerte de Eurípides. Unos, como el elegíaco Hermesianax y varios biógrafos, dicen que murió despedazado por perros; otros por las mujeres, a quienes tanto había ofendido, y otros, en fin, que murió de viejo. Esta última opinión es para nosotros la más probable, puesto que, a ser ciertas las primeras, no hubiera dejado Aristófanes de hacer mención de ellas en Las Ranas, que se representaron poco después de la muerte de Eurípides.
[10] Ælian., Var. hist., lib. II, cap. XIII.
[11] Τραγικὼτατος, Poet., lib. XXIII, 14.
[12] Tomás Magister ha conservado un epigrama, en el cual dice Menandro que si los muertos sintieran, como algunos piensan, él se alegraría de visitar el infierno para conocer a Eurípides.
[13] Tratado de lo sublime, cap. XV.
[14] Crítica de los antiguos escritores, publicada por Jacob, págs. 419 y 20.
[15] Aug. Wilhelm. Schlegel, Vorles. über dram. Kunst und Literatur. Leipzig, 1846, tomo I, pág. 134.
[16] Epist., lib. XVI, ep. 8.
[17] Longe clarius quam Æschylus illustraverunt hoc opus Sophocles atque Euripides, quorum in dispari dicendi via, uter sit poeta melior, inter plurimos quæritur. Idque ego sane, quoniam ad præsentem materiam nihil pertinet, injudicatum relinquo. Illud quidem nemo non fateatur necesse est, iis, qui se ad agendum comparent, utiliorem longe Euripidem fore. Namque is et in sermone, quod ipsum reprehendunt, quibus gravitas ex cothurnus et sonus Sophocli videtur esse sublimior, magis accedit oratorio generi, et sententiis densus, et in iis, quæ a sapientibus tradita sunt, pene ipsis par; et in dicendo ac respondendo cuilibet eorum, qui fuerunt in foro diserti, comparandus; in affectibus vero cum omnibus mirus, tuum in iis, qui miseratione constant, facile præcipuus. Hunc et admiratus maxime est, et sæpe testatur et secutus, quamquam in opere diverso, Menander. (Quintil., Instit. orat., lib. X, cap. I). Obsérvese la frase qui se ad agendum comparent, en la cual repara sin duda M. Émile Lefranc en su Histoire de la littérature grecque, ed. 1838, pág. 133, y que realmente es un epigrama contra Eurípides, porque son muy distintos el estilo de la retórica y el del drama.
[18] Jacob, Nachtragen zu Sulzer’s Allgemeine Theorie der sch. Künste, Theil 5, págs. 335-422.
[19] Aug. Wilhelm Schlegel, Vorles. über dram. Kunst und Literatur, Leipzig, 1846, págs. 131-146.
[20] También se ha suscitado la cuestión de si Eurípides es o no enemigo de las mujeres, μισογύνης, como le llamaban los griegos. Aug. Guill. Schlegel cita, en sus Vorles. über dramatisch. Kunst und Literatur, tomo I, pág. 141 (Leipzig, 1846), las palabras de Sófocles, que ha conservado Ateneo, según las cuales su aborrecimiento provenía de su extremada afición a ellas. Welcker, en sus comentarios a Las Ranas, de Aristófanes, pág. 248, y N. G. Lenz en la N. Bibl. d. sch. Wiss., 58, 11, págs. 195-215, lo defienden de esta imputación nada lisonjera, fundándose en lo que dicen Aulo Gelio y Suidas sobre el carácter sombrío e intratable de este poeta. Basta, sin embargo, leer sus tragedias para convencerse de la verdad de ese dictado, y sobre todo a Aristófanes, que, como hemos dicho antes, es el mejor juez en este punto, puesto que conocía otras muchas tragedias suyas además del Hipólito, hoy perdidas, en las cuales debió aparecer enemigo declarado del bello sexo.
[21] En la genealogía de Hécuba, Eurípides ha seguido una tradición desconocida, fundada acaso en algún poeta griego anterior, cuyas obras no han llegado hasta nosotros. Homero en su Ilíada, XVI, 758, dice que el padre de Hécuba fue Dimas, rey de Frigia. Polidoro tampoco aparece en dicho poema como hijo de Hécuba, sino de Laótoe, y muere a manos de Aquiles, no de Poliméstor. (Ilíada, XX, 408; XXI, 81 y siguientes). La opinión de Eurípides es también la de Virgilio (Eneid., X, 706) y la de Ovidio (Metam., 429-575), los cuales, como él, hacen a Hécuba hija de Ciseo.
[22] Quersoneso, de las dos palabras griegas χέρσος y νῆσος, continente e isla, equivale a nuestra voz península. Los antiguos conocieron varios, y uno de ellos era este de Tracia, hoy Galípoli, entre el golfo Melas y el Helesponto. Perteneció a los atenienses desde Milcíades, y lo perdieron en la guerra del Peloponeso.
[23] En el texto leemos ὅπλα, armadura, arma defensiva, lo contrario de ἔγχος, que era la ofensiva. Dice, pues, bien el escoliasta: ὅπλα τὰ φυλακτήρια οἷον θώραξ, κράνος, ἔγχος δὲ καὶ σπάθη ἀμυντήρια.
[24] Virgilio, a este propósito, dice en el canto IV de su Eneida:
[25] Para entender este pasaje debemos suponer que Hécuba, asustada de su visión, sale en busca de su hija Casandra, famosa profetisa y concubina de Agamenón, en cuya tienda debía hallarse. La desolada madre desea que le explique su sueño.
[26] Estos sueños horribles, distintos de los plácidos, son hijos de la Noche y de la mansión subterránea en donde habitaban. (Véase la Teog. de Hesíodo, 212; la Odisea de Homero, XXIV, 12; Virgilio, Eneida, VI, 282-894, y la Ifig. en T. del mismo Eurípides, 1203).
[27] Timele, del griego θυμέλη, altar, templo, estrado, segunda división de la orquesta destinada al coro.
[28] En el verso 91 se dice claramente que Aquiles, al aparecerse a los griegos, no pidió el sacrificio de Políxena, no obstante las palabras de Polidoro en el verso 40 y las de Odiseo en el 387. Si así lo hubiera hecho, la cuestión promovida en la asamblea de los griegos estaba resuelta y hubiera sido ociosa. Versó solo acerca de si había de ser o no Políxena. Polidoro se expresa así en el verso 40, porque tenía ya conocimiento de lo que había de suceder, y Odiseo por igual razón, pero no refiriéndose a las palabras textuales del espectro de Aquiles.
[29] Acamante y Demofonte, hijos de Teseo. (Véase los Heráclidas de Eurípides).
[30] M. Artaud, Tragédies d’Euripide, tomo I, pág. 21, traduce las palabras τύμβου προπετῆ por renversée devant le tombeau, y en nuestro juicio no debe ser así, sino como nosotros lo hacemos. La voz προπετής corresponde exactamente a la latina pronus, y por eso el escoliasta la explica, añadiendo ἐπὶ τὸν ταφόν πορευομένην. En este mismo sentido la vemos usada en la Alc., 909, y en las Traqu. de Sóf., 975. Así piensa también Hermann, y es lo más lógico, porque el sacrificio se celebra luego sobre el mismo túmulo, no delante de él, y no hay necesidad de incurrir en esa contradicción.
[31] Llama aurífero al cuello de Políxena porque supone que está adornado de collares de oro.
[32] M. Artaud, en sus Tragédies d’Euripide, tomo I, 23, llama justamente la atención hacia estas palabras de Políxena. Laudable, bello y hasta cristiano es, en efecto, su amor filial, que, desentendiéndose de las voces del egoísmo, solo se acuerda de las desdichas de su madre.
[33] Aunque se nos haga extraño que Odiseo llorara lágrimas de sangre, y la expresión parezca metafórica, no lo es, sin embargo, porque esa sangre provenía de las heridas que se había hecho en el rostro, sea para desfigurarse más, sea para excitar la compasión de los troyanos. Helena cuenta así esta aventura en la Odisea, VI, v. 242 y siguientes:
«Un día se llena de heridas vergonzosas, cubre sus hombros de viles harapos como un esclavo, y penetra en la vasta ciudad de Príamo disfrazado de mendigo, bien diferente del famoso héroe de la flota de los griegos».
[34] Séneca, Troades, v. 293, dice:
Los lectores observarán la notable diferencia que hay entre la sencillez de Eurípides y la ampulosidad del célebre cordobés.
[35] Porque Aquiles murió de un flechazo de Paris, hermano de Políxena.
[36] A propósito de este verso, repetido en el 66 de Orestes, dice J. A. Hartung en su Euripides, Hecube, XI, pág. 150: «Dieser aus Orest. (v. 66) herübergesetzte vers passt hier nicht: denn er sagt zu viel. Wie kann Hecabe, einige Tage nach der Einascherung ihrer Stadt, bereits sagen, dass sie sich freue und ihr Leiden vergesse im Anblick ihrer Tochter?». Al contrario, es lo más natural que después de haber perdido a su esposo, a sus hijos y a su ciudad concentrase en Políxena todo su afecto. No dice, pues, demasiado, ni es inconcebible que así se exprese, y tanto en boca de Helena como de Hécuba, siendo distinto el carácter de ambas, es una frase propia.
[37] Algunos eruditos rechazan la palabra πόλις, y ponen en su lugar κόσμος o πόθος, porque, en su concepto, es extraño que Hécuba compare a Políxena con una ciudad. Bien mirado, sin embargo, no lo es, porque su sentido es el más natural y comprensible. Hécuba solo quiere decir que Políxena es para ella un objeto tan amado como lo era Troya antes de perecer. Adviértase además que los griegos profesaban a la ciudad en que nacían el mayor cariño, y que no eran, ni con mucho, tan humanitarios ni cosmopolitas como nosotros.
[38] Todo este discurso de Odiseo replicando a Hécuba es un tejido de sofismas, entre los cuales domina la razón de Estado como supremo móvil de tan inhumano sacrificio. Por lo demás, caracteriza bien al astuto hijo de Laertes y al orador popular, despiadado y duro que, por congraciarse el favor del ejército, no retrocede ni aun ante los crímenes. Obsérvase, sin embargo, que el Odiseo que aquí vemos no es el de la Odisea de Homero.
[39] El Ida, hoy Kaz-dag, es un monte del Asia Menor a cuya falda estaba situada Troya, célebre por el juicio de Paris y porque de él nacían los ríos Escamandro, Rheno y Gránico.
[40] Leemos en Plinio, Hist. Nat., l. III, c. 43: «Antiquis Græciæ in supplicando mentum attingere mos erat». Abrazaban también las rodillas, o tocaban la mano, todo lo cual estaba consagrado a Zeus ἰκέσιος. Para no pecar contra Zeus, aquel a quien suplicaban se oponía a que le tocasen, como hace aquí Odiseo.
[41] La Frigia, una de las regiones del Asia Menor, se extendía en un principio desde la desembocadura del Meandro hasta cerca de Partenio, y bañábanla los mares Egeo, la Propóntide y el Ponto Euxino. Limitábanla al este el Halis, y al sur los montes de la Pisidia y de Licaonia. Con el tiempo variaron mucho estos límites. En ella estaba edificada Troya.
[42] En esta parte seguimos el texto griego de Hartung. En vez de ὀμμάτων ἐλευθέρων, se lee en muchas ediciones ἐλεύθερον, concertándolo con φέγγος, no con ὀμμάτων; pero es indudable, no solo que la luz no es cautiva de los ojos ni se liberta de su prisión al cerrarlos, sino que el poeta alude a la calidad de mujer libre de Políxena, pues aún no tenía dueño. Confirman nuestra opinión los versos 984 de la Ifig. en A., 219 del Hérc. Fur. y 868 de la Elect., en todos los cuales ἐλεύθερος va con ὄμμα.
[43] Juvenal va más allá, y dice: Nobilitas sola est atque unica virtus. (Sát. VIII contra la nobleza, v. 20).
[44] Entiéndese por peplo una especie de túnica ligera que cubría a la interior, sin mangas, bordada a veces de oro o de púrpura, que se sujetaba con broches, ya en el hombro, ya en el pecho. Hacía las veces de las túnicas de brocado con que vestimos a las efigies de las vírgenes, y engalanaba las estatuas de los dioses, y principalmente de las diosas. Los más famosos fueron el de Afrodita, obra de las Gracias, y el de Atenea. Unas veces llegaba hasta el suelo, y otras no. En las estatuas de la antigüedad se ve levantado o ceñido con un cinturón, y ordinariamente deja descubierta parte del cuerpo.
[45] El nombre de Dóride se daba a un reducido territorio entre la Fócide, la Lócride y la Tesalia, al ángulo SO de la Caria, en el Asia Menor, por las colonias dóricas fundadas en él y el Peloponeso, en donde se fijó esa raza helénica. Eurípides alude a esta última región, porque habla de riberas, y porque de allí eran Menelao y muchos guerreros griegos.
[46] Ftía, capital de la Ftiótide, que comprendía toda la parte meridional de la Tesalia.
[47] Apídano, río de la Tesalia, hoy Epideno, que nacía en el monte Otris, pasaba cerca de Farsalia y desembocaba en el Peneo.
[48] «Un día en Delos (dice Odiseo, Odisea, VI, v. 163), cerca del altar de Apolo, yo vi, esbelto como tú, un tronco nuevo de palmera». — Ovidio en sus Metam., VI, 335, alude también a ella en estos versos: Illic incumbens cum Palladis arbore palmae — Edidit invita geminos Latona noverca. — Este tronco, según se deduce de las palabras de Homero y de Plin., H. N., XVI, c. 89, se guardaba en Delos como una sagrada reliquia.
[49] Alusión a la fiesta de las grandes Panateneas, en la cual se ofrecía a la diosa Atenea un peplo suntuoso, labrado primorosamente por las matronas y doncellas atenienses con ayuda de sus esclavas. Estas labores representaban de ordinario las hazañas de la diosa.
[50] Cuando dice el coro que trueca el tálamo por el Orco, no debe entenderse que va a morir, sino que el nuevo estado que le aguarda es comparable al infierno, sobre todo recordando los placeres de que hubiese disfrutado en Troya, a no haber sido tomada. Este, en nuestro concepto, es el sentido más natural.
[51] Esta larga narración del heraldo Taltibio es tan bella y tan helénica, ya por su sencillez y falta de artificio, ya por las costumbres que nos revela, ya por el patético que en ella reina, que no nos cansamos de leerla. Bárbaro es, en verdad, el sacrificio; pero recuérdese que los héroes del sitio de Troya nada tenían de cultos, y que por eso mismo, en concepto de Hegel, eran más poéticos, puesto que con su sencillez y rudeza primitiva disfrutaban de más libertad e independencia en las acciones que los hombres de nuestros días, siempre cercados por la ley. Hablamos poética, no socialmente.
[52] Literalmente, «hasta el ombligo».
[53] Poco valen, en verdad, dramáticamente consideradas, estas palabras de Hécuba. En vez de consolarse porque su hija murió con dignidad, otra madre la hubiera sentido más. Tampoco es esta ocasión oportuna de filosofar, sino solo de sentir, y así lo conoce el poeta, que vacila entre sus tendencias sofísticas y su buen gusto literario, y que acaba, después de dejarse llevar de las primeras, por rendir su tributo al segundo. Defecto es este de Eurípides que observamos en otras tragedias, y que nos pinta la sociedad de aquella época, algo semejante a la de Roma desde los emperadores, y a la de Europa en el pasado siglo.
[54] Hécuba alude al himeneo de Políxena, la prometida de Aquiles, que se hubiera celebrado a no ser por la traición de Paris, que hirió en el talón vulnerable al hijo de Peleo. Por eso la llama esposa y no esposa, virgen y no virgen.
[55] Como que tuvo cincuenta hijos. Así lo dice Príamo en Homero, Ilíada, XXIV, 495. «Cincuenta eran mis hijos cuando vinieron los griegos: diecinueve de unas mismas entrañas, el resto de las mujeres que encierra mi palacio». — Virgilio en la Eneid., II, 503, dice también: Quinquaginta illi thalami, spes tanta nepotum.
[56] Simois, río de la Tróade que nacía en el Ida, atravesaba la llanura de Troya y desaguaba en el Escamandro.
[57] Eurotas, hoy Iri o Vauli-potamo, río de la Laconia que bañaba los muros de Esparta y desembocaba en el golfo Lacónico. Era célebre por sus orillas, en las cuales, además de las cañas, crecían el mirto, la oliva y el laurel.
[58] Grande efecto debía causar en el público ateniense esta nueva desdicha de Hécuba. Acaso un poeta imperito, para hacer más impresión, hubiera ofrecido de repente a sus ojos el cadáver de su desdichado hijo; pero Eurípides no solo lo anuncia en el prólogo, φανήσομαι γὰρ, ὡς τάφου τλήμων τύχω, δούλης ποδῶν πάροιθεν ἐν κλυδωνίῳ, sino que la misma esclava lo indica ya claramente desde que comienza a hablar. Prepara, pues, el ánimo de los espectadores con ese delicado miramiento que observamos también en Sófocles y Esquilo.
[59] Como dice el escoliasta que Hécuba llama amado a Poliméstor irónicamente, κατ’ εἰρωνείαν λέγει τὸ φίλος ἡ Ἑκάτη, asegurando que el texto decía φίλος, no ξένος, hemos seguido esta versión por parecernos la más natural, y porque la palabra ξένος debió ser una glosa que se introdujo después para aclarar el sentido.
[60] La presencia de Agamenón, no llamado por Hécuba, se explica naturalmente recordando la proximidad de ambas tiendas, la distinción con que la trataba el general de los griegos, la resistencia que hizo al sacrificio de Políxena y su amor a Casandra, hija de la desdichada exreina de Troya.
[61] La expresión de despecho de Agamenón al ver que Hécuba no lo trata con la franqueza y la confianza que esperaba, es de lo más natural y sencillo, casi pueril, pero bello, sin embargo. Esto, encantadora cualidad de todo el teatro griego, más visible aún en Esquilo y Sófocles, es digna de imitación en nuestros tiempos, no solo porque agrada en todos, sino porque en ciertos periodos de la sociedad lo sencillo es al mismo tiempo lo más nuevo.
[62] Ya comienza a aparecer el carácter cruel y vengativo de Hécuba.
[63] M. Artaud, en sus Tragédies d’Euripide, 42, nota, recuerda muy oportunamente que este mismo pensamiento lo hallamos en Cic., Tusc., IV, 31, en un trozo de Trabeas que cita el famoso orador: Fortunam ipsam anteibo fortunis meis. También dice Plauto en la Asin., II, esc. 2, v. 1:
Por lo demás, podríamos amontonar innumerables citas como estas, porque ese pensamiento es de los más frecuentes.
[64] Ya antes de ahora (V. el Argumento de Hécuba) hemos censurado esta razón de Hécuba para mover a Agamenón. Como complemento de lo que allí dijimos, añadiremos que el destino de Casandra, condenada a compartir el lecho del generalísimo de los griegos, era ignominioso, no solo porque perdía su virginidad, y no en virtud de legítimo himeneo, sino porque su suerte era al fin la de una esclava. La única disculpa de Hécuba, o más bien dicho de Eurípides, es que aquella no lo alaba ni enaltece, llevada de su deseo inmoderado de venganza. Limítase a aceptar este hecho consumado, explotándolo en su beneficio.
[65] Dédalo, como es sabido, fue un artífice famoso que juega un papel nada lisonjero en la fábula de Pasífae y del Toro, autor del laberinto de Creta, de las primeras estatuas griegas y hasta del arte de volar, que costó la vida a su hijo Ícaro. Este personaje debió ser egipcio, ya por lo que sabemos de sus obras de arte, ya por la época en que vivió, en la cual hubo estrechas relaciones entre el Egipto y la Grecia. Algunos creen que es fabuloso, si bien no hay la menor duda de que su nombre simboliza el ingenio y la más fecunda inventiva.
[66] Esta debilidad de Agamenón no se explica de ninguna manera, atendido su tradicional carácter. El hombre ambicioso que sacrifica inhumanamente a su hija Ifigenia por ganar gloria y renombre, el héroe feroz y duro de aquellos tiempos, no es el Agamenón de Eurípides, que se expone a servir de ludibrio a todo el ejército si se descubre su condescendencia a los ruegos de Hécuba por amor a Casandra. Solo lo justificaría alguna pasión violenta, que no consta ni aparece en toda la tragedia.
[67] Dánao, padre de cincuenta hijas, las casó con los cincuenta hijos de su hermano Egipto, todos los cuales fueron asesinados por sus esposas en la noche de bodas, excepto Linceo, a quien salvó la danaide Hipermnestra, y fue el vengador de sus hermanos. (V. Las Sup. de Esquilo).
[68] Los de Lemnos robaron varias doncellas atenienses, de quienes tuvieron hijos que aborrecían de muerte a sus padres por el odio que les inspiraron sus madres. Habiendo intentado exterminarlos, todos ellos murieron a manos de sus esposas e hijos.
[69] El texto dice ἐῤῥυθμιζόμαν, de ῥυθμίζω, compongo, ordeno, arreglo. M. Artaud, I, 46, traduce relever sur la tête: Hartung, XI, 97, v. 890, ich band mit der Rind empor. Siempre es extraño que las troyanas se aliñasen el cabello antes de dormir, a no ser que el poeta aluda a la costumbre de las griegas, que hoy reina entre muchas que no lo son, o de sujetarlo con cintas para rizarlo al día siguiente, o solo para descansar mejor.
[70] Esto es, solo con la túnica, el vestido que inmediatamente cubría sus carnes.
[71] Las dóricas o lacedemonias usaban solo este sencillo traje, ordenado por Licurgo, ya para que se acostumbrasen a resistir a la intemperie, ya para mayor comodidad en sus luchas y ejercicios varoniles. Sabido es que ni la decencia ni la moral atormentaron mucho la imaginación de este legislador.
[72] Este movimiento de Hécuba es muy natural, ya porque se horrorizaba al mirar al asesino de su hijo, ya para disimular el odio que debía reflejarse en sus ojos.
[73] Este diálogo es uno de los mejores de Eurípides, tanto por la finísima ironía que reina en todo él, cuanto por la sobriedad y mesura con que lo desarrolla el poeta. Las preguntas que Hécuba hace a Poliméstor son intencionadas y malévolas, y este último contesta con la serenidad y pericia de un consumado criminal.
[74] Ocúrresele de pronto a Poliméstor, en medio de sus furiosos transportes, que si abandona los cadáveres de sus hijos, los expone a las iras de las troyanas, que podrán desgarrarlos y ofrecer sus ensangrentados restos a las fieras y a los perros. Sabido es el aprecio que hacían los paganos de la sepultura, de lo cual hallaremos claras pruebas en otras tragedias de Eurípides, análogas a la que observamos en el prólogo de esta, que recita la sombra de Polidoro.
[75] De la versificación del escoliasta se deduce que debe de haber leído así:
ὑψίπετὴς se halla en dos códices, y es necesario para entender la frase: ἀναπτάσθαι, construido con acusativo sin preposición, se encuentra también en Orestes, 1343. Acaso venga de allí αἰθέρα, cuya autenticidad rechaza otro escolio. Ὠρίων ha sido borrado de un MS. (Flor., 25), y otro (Mosq., B) pone ὁ Σείριος por ἢ Σείριος, haciendo presumir que Ὠρίων ἢ es obra de algún interpolador. Eurípides menciona juntos de ordinario a Orión y a las Pléyades (Ion., 1153; Hel., 1394), porque así se ven en medio del cielo. Sirio es, al contrario, para él el Perro pequeño, canicula, próximo al polo Norte, como observamos en la Ifig. en A., v. 68. (N. de Hart.).
[76] Aquí comienza una de esas luchas forenses a que tan aficionado se muestra Eurípides, sin duda más indulgente en esta parte con el gusto del público que con los consejos de la razón literaria; y ya sea que la vanidad del poeta en un pueblo tan dado a los encantos de la palabra lo impulsase, ya que quisiese ofrecer al auditorio una imitación de las escenas a que asistía diariamente, ya, en fin, que respetase alguna costumbre dramática recién introducida, el hecho es que no deja pasar ocasión alguna favorable de lucir sus dotes oratorias. De aquí que tan estudiado fuera más tarde por los declamadores romanos.
[77] Edonia, región de Tracia, más tarde de la Macedonia, entre el Estrimón y el Nesto, célebre por sus tejidos.
[78] Broche o hebilla con que sujetaban sus vestidos. Edipo en Sófocles se ciega también con ellas, porque remataban en punta y era el instrumento que tenían más a mano.
[79] Extraño es, en verdad, este odio que Eurípides muestra a las mujeres. Parece imposible que asistiesen al teatro y oyesen tales injurias, falsas de ordinario y destituidas de fundamento, si no recordásemos las comedias de Aristófanes y viésemos probada en ellas la excesiva tolerancia de los atenienses en esta parte. Hoy, con nuestras ideas de igualdad cristiana y con los restos del espíritu caballeresco que conservamos, nos es difícil darnos cuenta de tamaño desacato; pero debemos decir también en defensa de Eurípides que, a nuestro juicio, las mujeres de su tiempo debieron ser peores que las del nuestro, porque su vida triste y retirada y su condición social poco envidiable, hubo de contribuir a su perversión.
[80] Entablada la acusación y oída la defensa, el juez, que es Agamenón, pronuncia la sentencia, fundándola, y Poliméstor la respeta y se somete a ella. Adviértase, sin embargo, que, prescindiendo de la forma de esos discursos artificiosos e impropios de los tiempos heroicos, nada es más natural y sencillo, ni más primitivo, que erigir en juez las partes a cualquier hombre respetable, exponer por sí mismas sus razones y sujetarse a su fallo. Así debió hacerse en un principio, ya fuese el juez un anciano o el padre de familia.