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Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3) cover

Obras dramáticas de Eurípides (3 de 3)

Chapter 12: ARGUMENTO
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About This Book

Una colección de traducciones al español de tragedias del dramaturgo griego que presenta dramas mitológicos donde confluyen dioses y mortales. Destacan episodios de reconocimiento filial y conflicto ritual: un joven criado en un templo descubre su verdadero origen, sufre sospechas y un intento de envenenamiento, y finalmente se produce un reconocimiento que reconcilia a su madre y a él. Las piezas exploran la arbitrariedad divina, la piedad y la culpa humana, la tensión entre honor privado y sanción pública, y recurren al coro y a pasajes líricos para articular emociones y reflexionar sobre identidad, destino y las consecuencias de la pasión.

LAS BACANTES


ARGUMENTO

La institución del culto de Dioniso, expuesta dramáticamente, es el asunto de esta tragedia y el fin del poeta que la compuso. Acudió para lograrlo a las tradiciones mitológicas existentes, numerosas y difundidas entre los gentiles, como lo demuestra la relación detallada que de la vida y hechos de este dios nos ha conservado Diodoro, historiador harto prolijo sin duda en este linaje de narraciones. Penteo, rey de Tebas, y la familia de Cadmo, fundador de esta ciudad, unos en más y otros en menos, son las víctimas de las iras del nuevo numen, por haberse opuesto a la admisión y establecimiento del culto del hijo, no adorado antes, de Zeus y de Sémele. Penteo, juguete miserable de Dioniso, que lo humilla y se burla de él sin piedad, perece al fin desgarrado por las bacantes, y entre ellas por su propia madre y sus tías, y los demás individuos de la familia cadmea son condenados unos a perpetuo destierro de Tebas, y otros, como Cadmo y su esposa Harmonía, hija de Ares, a ser metamorfoseados en dragones y a un destierro de siglos entre los bárbaros. Harmonía es rescatada de su pena por Ares.

De su autenticidad, como obra de Eurípides, responden unánimes autoridades críticas competentes, no solo por los datos y noticias que han llegado hasta nosotros, sino también, y quizás más principalmente, por atestiguarlo así la misma obra en su plan, peripecias y personajes, por el espíritu que la anima y por otros innumerables rasgos y signos elocuentes de la factura peculiar de este poeta. En cuanto a su mérito literario, reina gran disparidad de opiniones, no faltando algunos, como La Harpe, nada justos ni benévolos con ella. Ocasión y lugar es este oportuno para advertir que la manera de leer y estudiar fuera del teatro las obras dramáticas influye poderosamente en los juicios que después se emiten. Tal es el origen más frecuente de los errores, engaños y desengaños de los autores de estas obras, y de la contradicción, tantas veces repetida, de los juicios que acerca de ellas forman sus censores o jueces, que solo las leen, y el público, que no las lee, sino que asiste a su representación. Para fallar con acierto sería necesario verlas en el teatro: pero como esto no es posible, y mucho menos tratándose de tragedias griegas, es muy útil siempre leerlas representándolas imaginariamente el lector, nunca como se lee otro escrito cualquiera.

No nos sorprende, por tanto, que la impresión sentida por quien lee Las Bacantes, como indicamos, no le haya sido favorable. Ni el objeto que se propone Eurípides, ni su plan o la invención de los medios elegidos para realizarlo, ni sus personajes divinos ni humanos, ni sus caracteres, ni sus pasiones, ni su principio, medio, ni fin nos satisfacen. Pero cuando se leen como apuntamos y reconstituimos el teatro griego, nos identificamos con su religión, y en cuanto se puede nos transformamos en atenienses de los tiempos en que se escribió y representó esta tragedia; truécase esta en un drama trágico, soberbio, de espectáculo, de los más notables, vivos y característicos del mundo helénico. Su fábula está admirablemente concebida, trabada y desenvuelta; sus personajes, sus caracteres, sus pasiones y actos son como debieran ser, y en su conjunto y representación escénica hubo de distinguirse en muchos conceptos por su novedad, por su aparato escénico y por la admiración y la curiosidad y el interés que debió excitar en los espectadores.

Menester es que nos despojemos de nuestra idea cristiana y filosófica de Dios, como ser justo y bueno, y atribuyamos a esta palabra la significación que tenía en la casi totalidad de los espectadores, ni siquiera la que le daban Anaxágoras, Sócrates y los filósofos griegos con el mismo Eurípides. Dioniso era para ellos un ser humano en sus ideas, sentimientos y pasiones, aunque inmortal y de poder superior. Debía pensar, sentir y obrar como lo hace. Los bienes aportados por la invención del vino y su uso entre los mortales merecían de sobra ser recordados, ensalzados y recompensados con fiestas y signos exteriores sensibles, análogos en su apariencia exterior a los efectos más ordinarios y salientes del nuevo licor inventado, y establecidos además por su inventor. ¿Qué importancia podía tener el sacrificio de algunas víctimas, como Penteo y la familia de Cadmo, si se comparaba con la suma inmensa de placeres y alegrías que había el nuevo dios de dispensar al linaje humano? Al contrario, la pena que sufren sirve a los demás de escarmiento, y afirma y perpetúa su futura expansión por el mundo. Además, nada hay tan trágico ni tan humillante para la soberbia y el orgullo humanos; mala hierba tenaz, que asoma sin cesar en los sembrados todos de los hombres, como la flaqueza y la impotencia de los mortales más poderosos en pugna con los justos decretos, con los caprichos y hasta con las injusticias de los dioses. Esa caridad y conmiseración a que nos mueven sus desdichas y la razón de su oposición al nuevo culto, y su conducta, que aprobamos y justificamos, apenas si la sentía el público, y desde luego no la apreciaba como nosotros, sino como ceguera y obstinación imperdonable. Todo lo cual no quiere decir que no estemos nosotros, como cristianos, en terreno firme, y ellos, como paganos, en terreno falso.

Por lo demás, Eurípides nos sale aquí al encuentro de cuerpo entero. Empieza Dioniso descerrajándonos el consabido prólogo, y termina el drama apareciéndose en toda su gloria y resolviendo con su intercesión el conflicto suscitado. La deidad que figura aquí o interviene, como es uso suyo y costumbre, se conduce de tal modo que resulta inferior y más injusta que un mortal mediano. Sémele es la esposa de Zeus y la madre gloriosa de Dioniso; pero se ha pensado y dicho por alguno que pudo muy bien deslizarse con algún simple mortal, y aconsejada por su padre, y por salvar su honra, atribuir la hazaña al rey del Olimpo. El Universo está sujeto a las leyes divinas, y por consiguiente, el legislador es lógicamente un dios, sea el que fuere. Dioniso, numen egoísta, como la mayoría de los hombres de aquel tiempo y de los posteriores, es pro dominatione capaz de todo, y se cuida poco de proporcionar a las mujeres en sus orgías y bacanales ocasión propicia para abandonarse a Afrodita, por la sencilla y espeluznante razón de que la luz del día no las evita tampoco, o lo que viene a ser lo mismo, que él añadirá a los excesos diurnos, inevitables, los nuevos nocturnos que serán la consecuencia del nuevo culto. Y esta saeta va contra lo divino y lo femenino humano. Ni se olvida de lisonjear al rey de Macedonia, que lo protege, y en general al pueblo helénico extremando el valor de sus creencias populares, superior al de los sabios pensadores. Y, sin embargo, en esta obra como en casi todas las suyas, se encuentra también una situación o escena eminentemente trágica, como la de Ágave al recobrar la razón y darse cuenta del horror de su desdicha, y su buen gusto y su aticismo se revela en la manera de presentarla, sobria, interesante y conmovedora, sin esbozarla tan solo, porque su efecto dramático sería escaso, ni apurándola y alargándola con exceso, porque debilitaría y anularía la impresión que ha de nacer en los espectadores, como suele suceder comúnmente.

En cuanto o la fecha probable de su representación, y teniendo en cuenta la noticia del escoliasta de Aristófanes al verso 67 de Las Ranas, a la estancia de Eurípides en Macedonia, en la corte del rey Arquelao, en los últimos años de su vida, a lo escrito por Diodoro en el capítulo XVI de su libro VIII de los juegos públicos instituidos por ese rey en Díon, en honor del dios del vino, y hasta la métrica usada en Las Bacantes, parece lo más sensato fijar su representación en el año 3 de la olimpiada 93, lo más pronto en seguida de su muerte, o el 405 antes de Jesucristo, o con mayor seguridad poco después, sabiéndose que se puso en escena después de su muerte por su hijo del mismo nombre, juntamente con Alcmeón o Ifigenia en Áulide, las otras dos partes de la trilogía.

PERSONAJES

Dioniso.
Coro de bacantes.
Tiresias, adivino.
Cadmo, fundador de Tebas.
Penteo, rey de Tebas, hijo de Ágave.
Un criado.
Un mensajero.
Otro mensajero.
Ágave, hija de Cadmo, madre de Penteo.

La acción pasa en Tebas.