ION
ARGUMENTO
Enamorado Apolo de Creúsa, hija de Erecteo, rey de Atenas, logró a la fuerza la satisfacción de su deseo arrastrándola a la gruta de Macra, sita en la Acrópolis, en donde después dio a luz el fruto de esta unión, exponiéndolo allí mismo con ciertas señales para ocultar su deshonra; Apolo rogó entonces a Hermes que lo llevase a su templo de Delfos, en donde lo adoptó la Pitia, criándolo como si fuera suyo y destinandolo más tarde al servicio del dios, cuyos tesoros guardaba.
Creúsa, mientras tanto, se había desposado con Juto, hijo de Helén, famoso guerrero auxiliar de los atenienses, con quienes venció a los calcodóntidas de la Eubea, recibiendo, en premio la mano de aquella; mas como no tuviesen hijos que heredaran su cetro y sus riquezas, fueron a Delfos a consultar el oráculo y a rogar a Apolo que se los concediese. El dios respondió a Juto que reconociera como tal al primero que encontrare al salir del templo; y siendo el primero el hijo adoptivo de la Pitia, que lo era realmente de Apolo y Creúsa, Juto lo miró como suyo, y quiso solemnizar tan deseado hallazgo con banquetes suntuosos, a los cuales fueron invitados todos los amigos del hijo hallado, llamado Ion por su padre. Creúsa, sin embargo, sabedora de la respuesta del oráculo, que daba un descendiente a su esposo, dejándola a ella huérfana, resolvió envenenarlo aconsejada de su pedagogo, y al efecto encargó a este que sirviese a los convidados, y que al escanciarles el vino vertiese en la copa de Ion una gota letal de la sangre de Medusa, que Atenea había dado a uno de sus abuelos. El pedagogo obedeció sus órdenes, y ya estaba Ion a punto de apurar la fatal copa, cuando oyó cierto ruido de mal agüero, y la derramó, ofreciendo su libación a la tierra. Casualmente había penetrado en el tabernáculo del festín una bandada de palomas, las cuales bebieron del líquido que habían vertido los convidados, muriendo presa de agudas convulsiones la que gustó del vino de Ion. Este se apoderó entonces del pedagogo, que tan oficiosamente le había asistido en el banquete, y haciéndole confesar su delito, supo la tentativa de envenenamiento de Creúsa, a quien acusó ante la asamblea de próceres de Delfos, los cuales la condenaron a ser precipitada desde las rocas de Delfos. Creúsa, que supo la suerte que le aguardaba, se refugió en el ara de Apolo, asilo seguro y sacrosanto.
Ion se presentó, no obstante, con satélites armados para prenderla, y cuando estaban a punto de arrancarla de allí a viva fuerza, acude la Pitia, que le entrega el cestillo en que lo trajo Hermes, y las prendas que contenía. Al verlas Creúsa, deja el ara y las reconoce como suyas y a Ion como a fruto de su unión con Apolo. Grande fue, pues, la alegría de ambos, y, para colmarla, se aparece Atenea profetizando a Ion las glorias reservadas a su nombre y a sus hijos.
Desde luego se comprende que esta obra dramática de Eurípides no es propiamente una tragedia, sino lo que hoy se apellida un drama entre los críticos modernos, en su acepción más estricta. Fundado, como tantos otros, en una ἀναγνώρισις, o reconocimiento de un hijo, es notable en más de un concepto por lo perfecto del plan, por los caracteres de los personajes, y por las bellezas particulares que encierra, hijas del buen gusto y del talento dramático del poeta. Es lástima, sin duda, que Juto sea engañado a un tiempo por Apolo, por Creúsa, su esposa, y por Ion, cuando, según nuestras ideas, nada tenga de lisonjero el papel que se le hace representar. Adviértase, no obstante, que los griegos no pensaban en este particular como nosotros, y que en más de una ocasión, y en las mismas tragedias de Eurípides (véase el Heracles Furioso), los mortales se muestran muy complacidos de compartir con un inmortal el lecho en que descansa su esposa. Lo peor es que el antojo libidinoso de un dios sea causa de la violación de una doncella, de la separación de la madre y del hijo, y de las consecuencias que trae. Tampoco parece laudable el propósito de Creúsa de envenenar a Ion, y el de este de arrancar a su madre del ara, cuando tan religioso se muestra en todo el poema, y a pesar de las violentas y poderosas pasiones que mueven a ambos. Así y todo, no puede negarse que el carácter de este último, su piedad y mansedumbre, sus apacibles costumbres y santa vida, la resignación con que sufre su suerte, su deseo de averiguar quiénes fueran sus padres, el sentimiento que le aqueja cuando se ve obligado a dejar el servicio del dios para heredar una corona, y su respeto a Juto y a Creúsa cuando los reconoce como a sus padres, nos interesan en alto grado, revelándonos en sus distintas fases la pureza de su alma y los dulces afectos que la alientan. Cuando se queja de la conducta de Apolo, lo hace con dolor y como contra su voluntad, y cuando duda de la veracidad de su madre, procura siempre expresar sus recelos y sospechas sin ofenderla. También es raro, conocidas las tendencias filosóficas y antipoliteístas de Eurípides, que, encontrando ocasión tan propicia para explanarlas, se contente con hacer algunas indicaciones o envolverlas en el fondo del argumento. En general, la poesía de esta composición es fácil, amena y esencialmente helénica, brillando en algunos cantos del coro con vivísima luz e imponderable armonía. A nuestro juicio, la escena más bella es la del reconocimiento de Creúsa e Ion.
En cuanto a la época de su representación, únicamente debemos decir que nada se sabe de positivo, y que las conjeturas en que se apoyan para indicarla, así Hermann como Théob. Fix y otros, no dejan de ser, al menos en nuestro concepto, simples presunciones individuales que distan mucho de convencernos. En efecto; conocido el amor con que los atenienses y sus poetas hablan siempre de su ciudad, de sus fundadores y de los progenitores de su raza; sabido el intolerante exclusivismo con que miraban a los extranjeros y la tradición popular en este pueblo, que se tenía por autóctono o indígena, no daremos gran peso a las alusiones que se han creído percibir a la época en que la distribución entre las ciudadanos de cierta cantidad de granos, traídos de la Eubea, produjo alguna recrudescencia contra los que no disfrutaban de los derechos de ciudadanía, haciendo emigrar a muchos millares de ellos. ¿Por qué razón apoyarnos en tan frágiles indicios cuando es poco lo que se dice a favor de la autoctonía de los atenienses, poco también y a la ligera lo que se increpa a los extranjeros, nada odioso el papel que Juto representa, y, por último, cuando en otras tragedias de Eurípides se dice tanto o más contra ellos? Hacer gala de erudición a costa de la sana lógica no nos parece razonable. Lo mismo decimos de otra presunción, según la cual debió representarse hacia la Olimp. 97, 4 (478 años antes de Jesucristo), porque se ha creído ver otra alusión en las palabras del protagonista de la tragedia al coro describiéndole los cuadros que adornan el pórtico del templo de Apolo, y al presente que los atenienses hicieron a este dios, construyendo a sus expensas un nuevo pórtico, poco después de la victoria que ganó Formión a los lacedemonios. Lo primero que se ha de probar es que el pórtico descripto por Ion y el edificado por los atenienses en la época mencionada son uno mismo, lo cual dista mucho de ser fácil, y mientras esto no se haga, tal indicación no deja de ser una de las infinitas visiones de arqueólogos y eruditos, muchas veces los poetas fantásticos de la Historia.
PERSONAJES
| Hermes. |
| Ion, hijo de Apolo y de Creúsa. |
| Coro de esclavas de Creúsa. |
| Creúsa, reina de Atenas. |
| Juto, su esposo. |
| Un anciano, pedagogo de Creúsa. |
| Una esclava de Creúsa. |
| La Pitia o sacerdotisa de Apolo. |
| Atenea. |
La acción es en Delfos, ante el templo de Apolo.