LAS SUPLICANTES
ARGUMENTO
Adrasto, rey de Argos, rechazado por Creonte, tirano de Tebas, en su demanda de sepultar los cadáveres de los cinco jefes que la atacaron, porque Polinices, hijo de Edipo, había sido inhumado por su hermana Antígona, y a Anfiarao se lo tragó la tierra, acude para lograr su objeto a Teseo, rey de Atenas, que al principio se niega a complacerlo y hasta lo trata con escasa cortesía y miramiento. Pero las madres ancianas de los insepultos son más afortunadas con Etra, madre de Teseo, a la sazón en Eleusis para celebrar la fiesta de Deméter. Imploran su piedad como suplicantes, consiguen que acceda a sus ruegos, recaba de su hijo lo que no pudo conseguir Adrasto, y los difuntos son al fin recuperados por la fuerza de las armas y traídos a Atenas. Evadne, esposa de Capaneo, se precipita en la pira de su marido, y Atenea aconseja a Teseo que conserve a su disposición para lo sucesivo testimonio fehaciente del favor dispensado entonces a Argos.
Para nosotros no ofrece esta tragedia grande interés en ningún concepto, aunque debió inspirarlo extraordinario a los atenienses, para quienes lo escribió el poeta. Celebrar las glorias de una ciudad, y más siendo tan pura y tan generosa como esta, siempre agrada a sus habitantes, averiguado como está ya hasta la saciedad que el amor propio del linaje humano es también la flaqueza mayor, la más constante y la más asequible a los encantos de la adulación. Atenas se constituía además en defensora de la religión helénica, que hasta entre enemigos exigía el respeto a los muertos contrarios, creencia que servía de base a esa costumbre tradicional observada en la guerra, y característica en general en los atenienses, el pueblo más compasivo y tolerante en tales materias. Recuérdese su conducta con sus rivales los lacedemonios cuando la guerra de Mesenia, rasgo de magnanimidad inmarcesible, rarísimo en la Historia. Socorrieron a sus mortales enemigos y los salvaron de su ruina contra sus propios intereses. Y si, como parece probable, se escribió y se representó esta tragedia durante la guerra del Peloponeso, cuando los argivos se aliaron con los lacedemonios e invadieron el territorio ático, su oportunidad y su interés hubieron de aumentar sobremanera. Ateniense era el héroe, Teseo, y atenienses los soldados que combatieron a sus órdenes.
El asunto no podía, pues, ser más trágico; sus personajes pertenecían al ciclo mitológico heroico, explotado para este linaje de composiciones, y la traza y disposición de la obra, en su conjunto y en sus detalles, sin prólogo en esta, con la intervención de Palas al fin y el suicidio de Evadne cuando menos se esperaba, la distinguen como obra de Eurípides, sin dar lugar a dudas de ningún género. Lo cual no obsta, sin embargo, para hacernos sonreír, por lo menos el diálogo y la disputa del heraldo tebano y de Teseo, que toca en lo cómico, o sus respectivas disertaciones acerca de las ventajas e inconvenientes de la monarquía y de la república, propias de escuela o de academia, o las alabanzas de Adrasto a los muertos, más aplicables a pacíficos ciudadanos de Atenas del tiempo de Eurípides que a los feroces guerreros que sucumbieron peleando ante las murallas de Tebas, ni cuadra tampoco con nuestro gusto y nuestras ideas modernas la aparición de Evadne en lo alto del peñasco, al terminarse la tragedia, aunque también es posible que en el auditorio hiciera por lo mismo singular y grato efecto.
Ateniéndonos a la indicación del autor griego que la encabeza, su representación se hizo bajo el arconte Antifón el año III de la olimpiada 90, o el 418 antes de nuestra era.
PERSONAJES
| Etra, madre de Teseo y esposa de Egeo. |
| Coro de ancianas, madres de los siete héroes sitiadores de Tebas. |
| Teseo, hijo de Egeo. |
| Adrasto, rey de Argos. |
| Un pregonero o heraldo. |
| Un mensajero. |
| Evadne, esposa de Capaneo e hija de Ifis. |
| Ifis, padre de Evadne. |
| Niños, hijos de los siete jefes. |
| Atenea. |
La acción pasa en Eleusis, aldea inmediata a Atenas.