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Obras escogidas

Chapter 116: LI
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About This Book

A curated collection presenting intimate lyric poems alongside short romantic legends that probe themes of love, melancholy, and imagination. The poems favor delicate, nocturnal imagery and confessional tone, while the prose pieces offer concise, folk‑tinged narratives where passion, fate, and the uncanny converge. The selection balances elegiac introspection with evocative, musical language and vivid description, and is accompanied by preliminary remarks and contextual commentary that situate the poet's sensibility and artistic aims.

XLIII

Dejé la luz á un lado, y en el borde

De la revuelta cama me senté,

Mudo, sombrío, la pupila inmóvil

Clavada en la pared.

¿Qué tiempo estuve así? No sé: al dejarme

La embriaguez horrible del dolor,

Expiraba la luz, y en mis balcones

Reía el sol.

Ni sé tampoco en tan terribles horas

En qué pensaba ó qué pasó por mí;

Sólo recuerdo que lloré y maldije,

Y que en aquella noche envejecí.

XLIV

Como en un libro abierto

Leo de tus pupilas en el fondo;

¿Á qué fingir el labio

Risas que se desmienten con los ojos?

¡Llora! No te avergüences

De confesar que me quisiste un poco.

¡Llora! Nadie nos mira.

Ya ves; yo soy un hombre... ¡y también lloro!

XLV

En la clave del arco mal seguro,

Cuyas piedras el tiempo enrojeció,

Obra de cincel rudo, campeaba

El gótico blasón.

Penacho de su yelmo de granito.

La hiedra que colgaba en derredor

Daba sombra al escudo, en que una mano

Tenía un corazón.

Á contemplarlo en la desierta plaza

Nos paramos los dos:

Y «ése—me dijo—es el cabal emblema

De mi constante amor.»

¡Ay! es verdad lo que me dijo entonces:

Verdad que el corazón

Lo llevará en la mano... en cualquier parte...

Pero en el pecho, no.

XLVI

Me ha herido recatándose en las sombras,

Sellando con un beso su traición.

Los brazos me echó al cuello, y por la espalda

Partióme á sangre fría el corazón.

Y ella prosigue alegre su camino,

Feliz, risueña, impávida; ¿y por qué?

Porque no brota sangre de la herida...

¡Porque el muerto está en pie!

XLVII

Yo me he asomado á las profundas simas

De la tierra y del cielo,

Y les he visto el fin ó con los ojos

Ó con el pensamiento.

Mas ¡ay! de un corazón llegué al abismo,

Y me incliné por verlo,

Y mi alma y mis ojos se turbaron:

¡Tan hondo era y tan negro!

XLVIII

Como se arranca el hierro de una herida

Su amor de las entrañas me arranqué,

Aunque sentí al hacerlo que la vida

Me arrancaba con él.

Del altar que le alcé en el alma mía

La voluntad su imagen arrojó,

y la luz de la fe que en ella ardía

Ante el ara desierta se apagó.

Aún para combatir mi firme empeño

Tiene á mi mente su visión tenaz...

¡Cuándo podré dormir con ese sueño

En que acaba el soñar!

XLIX

Alguna vez la encuentro por el mundo

Y pasa junto á mí;

Y pasa sonriéndose, y yo digo:

—¿Cómo puede reir?

Luego asoma á mi labio otra sonrisa,

Máscara del dolor,

Y entonces pienso:—¡Acaso ella se ríe

Como me río yo!

L

Lo que el salvaje que con torpe mano

Hace de un tronco á su capricho un dios,

Y luego ante su obra se arrodilla,

Eso hicimos tú y yo.

Dimos formas reales á un fantasma,

De la mente ridícula invención,

Y hecho el ídolo ya, sacrificamos

En su altar nuestro amor.

LI

De lo poco de vida que me resta

Diera con gusto los mejores años,

Por saber lo que á otros

De mí has hablado.

Y esta vida mortal... y de la eterna

Lo que me toque, si me toca algo,

Por saber lo que á solas

De mí has pensado.

LII

Olas gigantes, que os rompéis bramando

En las playas desiertas y remotas,

Envuelto entre la sábana de espumas,

¡Llevadme con vosotras!

Ráfagas de huracán, que arrebatáis

Del alto bosque las marchitas hojas,

Arrastrado en el ciego torbellino,

¡Llevadme con vosotras!

Nubes de tempestad, que rompe el rayo

Y en fuego ornáis las desprendidas orlas,

Arrebatado entre la niebla oscura,

¡Llevadme con vosotras!

Llevadme, por piedad, adonde el vértigo

Con la razón me arranque la memoria...

¡Por piedad!... ¡Tengo miedo de quedarme

Con mi dolor á solas!

LIII

Volverán las oscuras golondrinas

En tu balcón sus nidos á colgar,

Y otra vez con el ala á sus cristales

Jugando llamarán;

Pero aquellas que el vuelo refrenaban

Tu hermosura y mi dicha al contemplar,

Aquellas que aprendieron nuestros nombres...

Ésas... ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas

De tu jardín las tapias á escalar,

Y otra vez á la tarde, aún más hermosas,

Sus flores se abrirán;

Pero aquellas cuajadas de rocío,

Cuyas gotas mirábamos temblar

Y caer, como lágrimas del día...

Ésas... ¡no volverán!

Volverán del amor en tus oídos

Las palabras ardientes á sonar;

Tu corazón de su profundo sueño

Tal vez despertará;

Pero mudo y absorto y de rodillas,

Como se adora á Dios ante su altar,

Como yo te he querido... desengáñate,

¡Así no te querrán!

LIV

Cuando volvemos las fugaces horas

Del pasado á evocar,

Temblando brilla en sus pestañas negras

Una lágrima pronta á resbalar.

Y al fin resbala, y cae como gota

De rocío, al pensar

Que, cual hoy por ayer, por hoy mañana,

Volveremos los dos á suspirar.

LV

Entre el discorde estruendo de la orgía

Acarició mi oído,

Como nota de música lejana,

El eco de un suspiro.

El eco de un suspiro que conozco,

Formado de un aliento que he bebido,

Perfume de una flor, que oculta crece

En un claustro sombrío.

Mi adorada de un día, cariñosa,

—¿En qué piensas?—me dijo.

—En nada...—¿En nada, y lloras?—Es que tengo

Alegre la tristeza y triste el vino.

LVI

Hoy como ayer, mañana como hoy,

¡Y siempre igual!

un cielo gris, un horizonte eterno,

¡Y andar... andar!

Moviéndose á compás, como una estúpida

Máquina, el corazón;

La torpe inteligencia, del cerebro

Dormida en un rincón.

El alma, que ambiciona un paraíso,

Buscándolo sin fe;

Fatiga sin objeto, ola que rueda

Ignorando por qué.

Voz que incesante con el mismo tono

Canta el mismo cantar;

Gota de agua monótona que cae,

Y cae sin cesar.

Así van deslizándose los días

Unos de otros en pos,

Hoy lo mismo que ayer... y todos ellos

Sin goce ni dolor.

¡Ay! á veces me acuerdo suspirando

Del antiguo sufrir...

Amargo es el dolor; pero siquiera

¡Padecer es vivir!

LVII

Este armazón de huesos y pellejo,

De pasear una cabeza loca

Cansado se halla al fin, y no lo extraño;

Pues, aunque es la verdad que no soy viejo,

De la parte de vida que me toca

En la vida del mundo, por mi daño

He hecho un uso tal, que juraría

Que he condensado un siglo en cada día.

Así, aunque ahora muriera,

No podría decir que no he vivido;

Que el sayo, al parecer nuevo por fuera,

Conozco que por dentro ha envejecido.

Ha envejecido, sí; ¡pese á mi estrella!

Harto lo dice ya mi afán doliente;

Que hay dolor que al pasar, su horrible huella

Graba en el corazón, si no en la frente.

LVIII

¿Quieres que de ese néctar delicioso

No te amargue la hez?

Pues aspírale, acércale á tus labios,

Y déjale después.

¿Quieres que conservemos una dulce

Memoria de este amor?

Pues amémonos hoy mucho, y mañana

Digámonos ¡adiós!

LIX

Yo sé cuál el objeto

De tus suspiros es;

Yo conozco la causa de tu dulce

Secreta languidez.

¿Te ríes?... Algún día

Sabrás, niña, por qué:

Tú acaso lo sospechas,

Y yo lo sé.

Yo sé lo que tú sueñas,

Y lo que en sueños ves;

Como en un libro puedo lo que callas

En tu frente leer.

¿Te ríes?... Algún día

Sabrás, niña, por qué:

Tú acaso lo sospechas,

Y yo lo sé.

Yo sé por qué sonríes

Y lloras á la vez;

Yo penetro en los senos misteriosos

De tu alma de mujer.

¿Te ríes?... Algún día

Sabrás, niña, por qué:

Mientras tú sientes mucho y nada sabes,

Yo, que no siento ya, todo lo sé.

LX

Mi vida es un erial:

Flor que toco se deshoja;

Que en mi camino fatal,

Alguien va sembrando el mal

Para que yo lo recoja.

LXI

Al ver mis horas de fiebre

É insomnio lentas pasar,

Á la orilla de mi lecho,

¿Quién se sentará?

Cuando la trémula mano

Tienda, próximo á expirar,

Buscando una mano amiga,

¿Quién la estrechará?

Cuando la muerte vidríe

De mis ojos el cristal,

Mis párpados aún abiertos,

¿Quién los cerrará?

Cuando la campana suene

(Si suena en mi funeral),

Una oración al oirla,

¿Quién murmurará?

Cuando mis pálidos restos

Oprima la tierra ya,

Sobre la olvidada fosa,

¿Quién vendrá á llorar?

¿Quién, en fin, al otro día,

Cuando el sol vuelva á brillar,

De que pasé por el mundo,

Quién se acordará?

LXII

Primero es un albor trémulo y vago,

Raya de inquieta luz que corta el mar;

Luego chispea y crece y se dilata

En ardiente explosión de claridad.

La brilladora luz es la alegría;

La temerosa sombra es el pesar:

¡Ay! en la oscura noche de mi alma,

¿Cuándo amanecerá?

LXIII

Como enjambre de abejas irritadas,

De un oscuro rincón de la memoria

Salen á perseguirme los recuerdos

De las pasadas horas.

Yo los quiero ahuyentar. ¡Esfuerzo inútil!

Me rodean, me acosan,

Y unos tras otros á clavarme vienen

El agudo aguijón que el alma encona.

LXIV

Como guarda el avaro su tesoro,

Guardaba mi dolor;

Yo quería probar que hay algo eterno

A la que eterno me juró su amor.

Mas hoy le llamo en vano, y oigo al tiempo

Que le agotó, decir:

—¡Ah, barro miserable, eternamente

No podrás ni aun sufrir!

LXV

Llegó la noche y no encontré un asilo;

¡Y tuve sed!... Mis lágrimas bebí;

¡Y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos

Cerré para morir!

¡Estaba en un desierto! Aunque á mi oído

De las turbas llegaba el ronco hervir,

Yo era huérfano y pobre... ¡El mundo estaba

Desierto... para mí!

LXVI

¿De dónde vengo?... El más horrible y áspero

De los senderos busca:

Las huellas de unos pies ensangrentados

Sobre la roca dura;

Los despojos de un alma hecha jirones

En las zarzas agudas,

Te dirán el camino

Que conduce á mi cuna.

¿Adónde voy? El más sombrío y triste

De los páramos cruza;

Valle de eternas nieves y de eternas

Melancólicas brumas.

En donde esté una piedra solitaria

Sin inscripción alguna,

Donde habite el olvido,

Allí estará mi tumba.

LXVII

¡Qué hermoso es ver el día

Coronado de fuego levantarse,

Y á su beso de lumbre

Brillar las olas y encenderse el aire!

¡Qué hermoso es tras la lluvia

Del triste otoño en la azulada tarde,

De las húmedas flores

El perfume aspirar hasta saciarse!

¡Qué hermoso es cuando en copos

La blanca nieve silenciosa cae,

De las inquietas llamas

Ver las rojizas lenguas agitarse!

¡Qué hermoso es cuando hay sueño

Dormir bien... y roncar como un sochantre...

Y comer... y engordar!... ¡y qué desgracia

Que esto sólo no baste!

LXVIII

No sé lo que he soñado

En la noche pasada;

Triste, muy triste debió ser el sueño,

Pues despierto la angustia me duraba.

Noté, al incorporarme,

Húmeda la almohada,

Y por primera vez sentí, al notarlo,

De un amargo placer henchirse el alma.

Triste cosa es el sueño

Que llanto nos arranca;

Mas tengo en mi tristeza una alegría...

¡Sé que aún me quedan lágrimas!

LXIX

Al brillar un relámpago nacemos,

Y aún dura su fulgor cuando morimos:

¡Tan corto es el vivir!

La gloria y el amor tras que corremos,

Sombras de un sueño son que perseguimos:

¡Despertar es morir!

LXX

¡Cuántas veces al pie de las musgosas

Paredes que la guardan,

Oí la esquila que al mediar la noche

A los maitines llama!

¡Cuántas veces trazó mi triste sombra

La luna plateada,

Junto á la del ciprés, que de su huerto

Se asoma por las tapias!

Cuando en sombras la iglesia se envolvía,

De su ojiva calada,

¡Cuántas veces temblar sobre los vidrios

Vi el fulgor de la lámpara!

Aunque el viento en los ángulos oscuros

De la torre silbara,

Del coro entre las voces percibía

Su voz vibrante y clara.

En las noches de invierno, si un medroso

Por la desierta plaza

Se atrevía á cruzar, al divisarme

El paso aceleraba.

Y no faltó una vieja que en el torno

Dijese á la mañana,

Que de algún sacristán muerto en pecado

Acaso era yo el alma.

A oscuras conocía los rincones

Del atrio y la portada;

De mis pies las ortigas que allí crecen

Las huellas tal vez guardan.

Los buhos que espantados me seguían

Con sus ojos de llamas,

Llegaron á mirarme con el tiempo

Como á un buen camarada.

A mi lado sin miedo los reptiles

Se movían á rastras;

¡Hasta los mudos santos de granito

Vi que me saludaban!

LXXI

No dormía; vagaba en ese limbo

En que cambian de forma los objetos,

Misteriosos espacios que separan

La vigilia del sueño.

Las ideas, que en ronda silenciosa

Daban vueltas en torno á mi cerebro,

Poco á poco en su danza se movían

Con un compás más lento.

De la luz que entra al alma por los ojos,

Los párpados velaban el reflejo;

Mas otra luz el mundo de visiones

Alumbraba por dentro.

En este punto resonó en mi oído

Un rumor semejante al que en el templo

Vaga confuso, al terminar los fieles

Con un amén sus rezos.

Y oí como una voz delgada y triste

Que por mi nombre me llamó á lo lejos,

Y sentí olor de cirios apagados,

De humedad y de incienso.

. . . . . . . . .

. . . . . . . . .

Entró la noche, y del olvido en brazos

Caí, cual piedra, en su profundo seno:

Dormí, y al despertar exclamé: «¡Alguno

Que yo quería ha muerto!»

LXXII

PRIMERA VOZ

—Las ondas tienen vaga armonía,

Las vïoletas suave olor,

Brumas de plata la noche fría,

Luz y oro el día,

Yo algo mejor:

¡Yo tengo Amor!

SEGUNDA VOZ

—Aura de aplausos, nube radiosa,

Ola de envidia que besa el pie,

Isla de sueños donde reposa

El alma ansiosa,

¡Dulce embriaguez

La Gloria es!

TERCERA VOZ

—Ascua encendida es el tesoro,

Sombra que huye la vanidad.

Todo es mentira: la gloria, el oro.

Lo que yo adoro

Sólo es verdad:

¡La Libertad!

. . . . . . . .

Así los barqueros pasaban cantando

La eterna canción,

Y al golpe del remo saltaba la espuma

Y heríala el sol.

—¿Te embarcas?—gritaban;—y yo sonriendo

Les dije al pasar:

—Ha tiempo lo hice; por cierto que aún tengo

La ropa en la playa tendida á secar.

LXXIII

Cerraron sus ojos

Que aún tenía abiertos;

Taparon su cara

Con un blanco lienzo;

Y unos sollozando,

Otros en silencio,

De la triste alcoba

Todos se salieron.

La luz, que en un vaso

Ardía en el suelo,

Al muro arrojaba

La sombra del lecho;

Y entre aquella sombra

Veíase á intervalos,

Dibujarse rígida

La forma del cuerpo.

Despertaba el día,

Y á su albor primero,

Con sus mil ruidos

Despertaba el pueblo.

Ante aquel contraste

De vida y misterios,

De luz y tinieblas,

Medité un momento:

¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

De la casa en hombros

Lleváronla al templo,

Y en una capilla

Dejaron el féretro.

Allí rodearon

Sus pálidos restos

De amarillas velas

Y de paños negros.

Al dar de las ánimas

El toque postrero,

Acabó una vieja

Sus últimos rezos;

Cruzó la ancha nave,

Las puertas gimieron,

Y el santo recinto

Quedóse desierto.

De un reloj se oía

Compasado el péndulo,

Y de algunos cirios

El chisporroteo.

Tan medroso y triste,

Tan oscuro y yerto

Todo se encontraba...

Que pensé un momento:

¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

De la alta campana

La lengua de hierro,

Le dió volteando

Su adiós lastimero.

El luto en las ropas,

Amigos y deudos

Cruzaron en fila,

Formando el cortejo.

Del último asilo,

Oscuro y estrecho,

Abrió la piqueta

El nicho á un extremo.

Allí la acostaron,

Tapiáronle luego,

Y con un saludo

Despidióse el duelo.

La piqueta al hombro,

El sepulturero

Cantando entre dientes

Se perdió á lo lejos.

La noche se entraba,

Reinaba el silencio;

Perdido en las sombras.

Medité un momento:

¡Dios mío, qué solos

se quedan los muertos!

En las largas noches

Del helado invierno,

Cuando las maderas

Crujir hace el viento

Y azota los vidrios

El fuerte aguacero,

De la pobre niña

A solas me acuerdo.

Allí cae la lluvia

Con un son eterno;

Allí la combate

El soplo del cierzo.

Del húmedo muro

Tendida en el hueco,

¡Acaso de frío

Se hielan sus huesos!...

. . . . . . .

¿Vuelve el polvo al polvo?

¿Vuela el alma al cielo?

¿Todo es vil materia,

Podredumbre y cieno?

¡No sé; pero hay algo

Que explicar no puedo,

Que al par nos infunde

Repugnancia y duelo,

Al dejar tan tristes,

Tan solos los muertos!

LXXIV

Las ropas desceñidas,

Desnudas las espadas,

En el dintel de oro de la puerta,

Dos ángeles velaban.

Me aproximé á los hierros

Que defienden la entrada,

Y de las dobles rejas en el fondo

La vi confusa y blanca.

La vi como la imagen

Que en leve ensueño pasa,

Como rayo de luz tenue y difuso,

Que entre tinieblas nada.

Me sentí de un ardiente

Deseo llena el alma:

¡Como atrae un abismo, aquel misterio

Hacia sí me arrastraba!

Mas ¡ay! que de los ángeles

Parecían decirme las miradas:

—¡El umbral de esta puerta

Sólo Dios lo traspasa!

LXXV

¿Será verdad que cuando toca el sueño

Con sus dedos de rosa nuestros ojos,

De la cárcel que habita huye el espíritu

En vuelo presuroso?

¿Será verdad que, huésped de las nieblas,

De la brisa nocturna al tenue soplo,

Alado sube á la región vacía

Á encontrarse con otros?

¿Y allí, desnudo de la humana forma,

Allí, los lazos terrenales rotos,

Breves horas habita de la idea

El mundo silencioso?

¿Y ríe y llora, y aborrece y ama,

Y guarda un rastro del dolor y el gozo,

Semejante al que deja cuando cruza

El cielo un meteoro?

¡Yo no sé si ese mundo de visiones

Vive fuera ó va dentro de nosotros;

Pero sé que conozco á muchas gentes

A quienes no conozco!

LXXVI

En la imponente nave

Del templo bizantino,

Vi la gótica tumba, á la indecisa

Luz que temblaba en los pintados vidrios.

Las manos sobre el pecho,

Y en las manos un libro,

Una mujer hermosa reposaba

Sobre la urna, del cincel prodigio.

Del cuerpo abandonado

Al dulce peso hundido,

Cual si de blanda pluma y raso fuera,

Se plegaba su lecho de granito.

De la postrer sonrisa,

El resplandor divino

Guardaba el rostro, como el cielo guarda

Del sol que muere el rayo fugitivo.

Del cabezal de piedra

Sentados en el filo,

Dos ángeles, el dedo sobre el labio,

Imponían silencio en el recinto.

No parecía muerta;

De los arcos macizos

Parecía dormir en la penumbra,

Y que en sueños veía el paraíso.

Me acerqué de la nave

Al ángulo sombrío,

Como quien llega con callada planta

Junto á la cuna donde duerme un niño.

La contemplé un momento,

Y aquel resplandor tibio,

Aquel lecho de piedra que ofrecía

Próximo al muro otro lugar vacío,

En el alma avivaron

La sed de lo infinito,

El ansia de esa vida de la muerte,

Para la que un instante son los siglos...

. . . . . . . . .

. . . . . . . . .

Cansado del combate

En que luchando vivo,

Alguna vez recuerdo con envidia

Aquel rincón oscuro y escondido.

De aquella muda y pálida

Mujer, me acuerdo y digo:

¡Oh, qué amor tan callado el de la muerte!

¡Qué sueño el del sepulcro tan tranquilo!

FIN