Que les enfants, jadis vénérés des augures,
Aperçoirent d’en bas et quis les fait parler,
Ce petit voit peut-être un œil étinceler...
La «inspiración» se ejerce entonces en el sentido exacto de su etimología in spirat, y sopla en el virginal y delicado instrumento como el viento en un arpa eolia. Los «inefables» acentos de la dulce Marcelina tienen algo de esa infantil inspiración prorrogada, y es a menudo por eso por lo que nos cautivan. Muchas palabras de niños contienen ese infandum que nos hace estremecer como algo de no humanamente expresado que viene de muy alto y cuyo misterioso timbre no se encuentra sino en algunas revelaciones-espíritus. Mi pequeña poetisa no sabía escribir. Estaba muy contenta jugando, y lejos en apariencia—y en realidad—de toda preocupación literaria. De repente se verificaba el prodigio.
Citaré también algunos poemitas de esta asombrosa chiquilla de la nobleza francesa—hoy ya crecidita y bella como un astro—. Estos, en prosa, que parecen sacados de antología china:
LAS TRES PERLAS DEL MAR
Tres barcos muy extraordinarios eran, de lejos, como tres perlas.
Flotaban muy lindamente. La mar los hacía más bellos, como si los amase.
Las montañas parecían flores a los barcos; y los barcos parecían a las montañas chorros de agua.
Los barcos fueron lejos, muy lejos... hasta que ya no se vió nada...
SOBRE EL AGUA
Eleonora deja su anular rozar las aguas cuyo color veía obscurecerse a través de su esmeralda. El rosa de la carne surgía como un fruto en ese verde gris; una pequeña cúpula de cristal, levantada por la uña, rodeaba el dedo, formando un globo a través del cual aparecía como un objeto precioso.
EL INSECTO
El niño abrió lentamente su pequeña mano. El escarabajito estaba vuelto de espaldas, como una minúscula tortuga. Después se levantó, se puso a correr con toda ligereza de sus patas de hilo. Eleonora hizo un puente con su mano; la coccinela recorrió los dedos, dió vuelta al más chiquito y subió sobre la perla de un anillo, en donde se quedó un momento. Luego, extendiendo sus alas que se reflejaron en la perla, enrojeciéndola, voló».
Esta es una verdadera perla, digna de una verdadera niña y de un verdadero prodigio.
Mas, ¡oh, tristeza! ¿No habéis visto con profunda pena esas compañías infantiles que suelen recorrer los países representando piezas hechas para los actores grandes? Macabras y horribles son las barbas postizas de los galanes jóvenes impúberes; las declaraciones de amor a jovencitas en formación, y las coqueterías ácidas de ellas. ¿Cómo puede agradar esa especie de prostitución de la niñez? Aquí en París había un teatrito de esos en un «pasaje», en el cual tan solamente hallarían complacencia lectores de la Justina, del «divino» marqués o de la Antijustina, del Retif.
Los frutos que se anticipan a su tiempo, o que, por manejos y artes de horticultor, precipitan su madurez, no son buenos al paladar. En las almas pasa lo propio. La excesiva precocidad, en talento como en crimen, no puede sino ser signo de degeneración. Debe afligirse un padre ante el espectáculo de un retoño que se hace árbol antes de tiempo. En los paseos públicos, en los jardines, suelen verse aquí niñitas que en sus maneras y aspectos son Linianitas de Pougy, bebés de las Camelias. Si no con el espíritu pervertido, con una idea muy especial de la existencia, crecen y se desarrollan chicuelas como la autora de la carta que he citado, la que quiere hogar y comprar hijos. Si a los doce años se piensa así, ¿qué será a los veinte?
ROSTAND, O LA FELICIDAD
ONSIEUR Edmond Rostand, el célebre autor de Cyrano, el benjamín de la Academia Francesa, es, indudablemente, un hombre feliz. Sus muchas docenas de admirables camisas son las camisas del hombre feliz. Tiene millones, tiene una linda mujer que le comprende dos veces y que se llama Rosamunda. Va a hacerse una casita de soñar y gozar en Cambo, lugar meridional y florido. Cada paso que ha dado ha sido un triunfo. París y las parisienses se han enamorado del rey Rostand. Su entrada al palacio Mazarín ha sido un acontecimiento nacional. Si viene una emperatriz, él es quien la saluda en verso. Los reporters publican sus menores gestos y comentan sus menores deseos. En el Museo Grevin tiene su estatua de cera. La fotografía le ha popularizado en todas las posturas. En las ilustraciones se le ve kodakeado en el campo, ilustremente, al lado de su esposa, como antes a Daudet con la suya. El día de su recepción de inmortal, Sarah llevaba el compás de las frases y Coquelín le besó. Es un poeta. Y tiene lo que es para un poeta más que para nadie indispensable: tiene millones. Gusta, naturalmente, de la elegancia y del lujo, y en ellos vive. Era enfermizo; hoy tiene hasta salud. Cada vez que escribe un verso se gana un luis, si no más:
De Carbon de Castel-Jaloux,
Bretteurs et menteurs sans vergogne
Ce sont les cadets de Gascogne...
Diez luises por lo menos. L’Aiglon, La Samaritaine, la mar de luises. Escribe cuando quiere, como quiere, en donde quiere. Su pegaso tiene una excelente caballeriza, y como cierto caballo de cierta novela de Henry de Regnier, «hace» monedas de oro. Siendo su fama parisiense, es mundial. Ha tenido el honor de que un poeta chicaguense quiera disputarle sus hallazgos. Don Quijote le ha tendido la mano a través de los Pirineos. M. de Vogüe le dice sin ironía: «En pocos días llegáis a ser rey de la escena, emperador, mesías, poeta nacional y luego poeta universal.» Ninguna exageración le sienta mal. Su gloria es gascona. Tiene la suerte de hablar en una lengua que todo el mundo entiende. Sus piezas son representadas y aplaudidas en todos los teatros de la tierra. El poeta Mendès escribe de la Francia: «La patria de Corneille, Hugo y Rostand». Su mujer, que puede hacer tan bellos versos como él, se dedica a admirarle y a quererle, y a hacerle una musa, una esposa y una amante incomparable. A los treinta y cuatro años es el Napoleón de la rima, el César de las tablas. La muchedumbre no le discute. La nobleza le sonríe, la sabiduría le aplaude. El, sencillamente, habla. «He encontrado la felicidad en Cambo. Allí paseo, respiro, sueño. Voy a hacerme construir una casa en un sitio incomparable. Tengo flores, tengo montañas, tengo el agua del gentil Nive, tengo la compañía de magníficos vascos. He ahí mi vida. ¿Para qué recargarla de cuidados superfluos? ¿Y por qué he de trabajar a la fuerza? ¿Qué es esa obligación de trabajo que se quiere imponer a todo el mundo? Si no tengo ganas de trabajar, ¿por qué he de trabajar?» Hombre feliz, Rostand, el rey Rostand, el que hace nacer a su Cyrano en una cuna de oro y a su Aguilucho en un nido de marfil. Y luego él mismo se da a entender pescador de luna, en Lunel, cazador de sueños en Cambo, acaparador de dicha en todas partes. ¡Veinard!: Rostand, o la Felicidad.
Todo no está, en la lógica de la existencia, muy puesto en razón. Es un caso excepcional... Y, en realidad de verdad, ¿para quién debía vaciar su cornucopia la riqueza, sino para el artista que tan bello uso sabe hacer de ella? Hay en el inmenso vulgo la creencia de que, al contrario, al artista le es necesaria la penuria, la miseria. Hay absurdos bimanos que saben y repiten que Cervantes no cenó cuando concluyó el Quijote; que Homero fué un mendigo; que muchos grandes poetas vivieron y murieron en el sufrimiento y en la escasez. A título de poeta me decía una vez un amable hotentote: «Dios quiera que nunca le sonría a usted la fortuna», y pensaba hacerme un cumplimiento. Cumplimiento que se haría al pato y al ganso, cuyas patas se clavan para engordarles el hígado que ha de ser paté-de-foie-gras, o al pájaro armonioso cuyos ojos se sacan para que su canto sea mejor, según se asegura. No. El ruiseñor canta mejor bien mantenido y en jaula de oro. El pensamiento nace mejor sin cuidados, sin los miserables cuidados de la vida cotidiana. Horacio cantaba hermosamente en su quinta, colmado de los oros del César; Lamartine nunca tuvo más melodía que cuando fué príncipe de riqueza; la lírica ancianidad de Hugo fué fecunda y frondosa al calor de los millones. ¿Qué no hubieran hecho Laforgue con fortuna, Verlaine poderoso, Mallarmé con rentas copiosas? La gloria de D’Annunzio es pactolizada. Y el talento innegable de Rostand no se alzaría tanto si, como se sabe muy bien, no hubiese sido sostenido por la omnipotencia de los cheques. Sus dramas han sido lanzados como cocotas. ¿Cuántos talentos como el de Rostand habrán desaparecido ignorados en Francia por no tener la llave que abre todas las puertas en nuestro tiempo de negocios? Claro es que lo que Dios no da, ni Salamanca ni el Banco de Francia lo prestan.
La mediocridad, la ineptitud, no serán nunca más que ineptitud y mediocridad, a pesar de cuantas maneras de brillar ofrezca el dinero. Lo primero es ser pescador de luna; si se pesca desde un puente de plata, la dicha es mayor. Nadie como el artista sabe valorar y amar los bellos espectáculos, los exquisitos interiores, el mármol, la seda, el oro, el lujo, en cuyo medio las almas comunes no saben qué hacer, entre el gozo irrazonado y el fastidio...
¿Es injusta la suerte con M. Rostand? De ninguna manera. El mérito del portalira es evidente. Solamente que, lo que es un grato jardín, como el «Verger de Coquelín», se confunde bajo el imperio de la réclame con un monte olímpico. Se ha llegado a pronunciar la palabra genio. ¡No, por Dios! Talento. Se ha dicho: «El verbo de la Francia». ¡No, por Dios! El verbo de la Francia se llama Rabelais, Pascal, Voltaire, Hugo. M. Rostand, que sucede a M. de Bornier en su sillón de la Academia Francesa, es un poeta superior a M. de Bornier. Es un poeta elegante, delicado, bravo, sonoro, ágil, excelente rimador; y como teatral, como poeta de la escena, de primer orden. Nada más. ¡Y es mucho eso! No se burle de él la imbecilidad. No hay muchos como él. Pero hay otros que son más que él, y que no logran sus victorias porque no los lanzan los arregladores de fama y porque no hablan a la muchedumbre en el idioma de la muchedumbre. Axel no logra lo que Cyrano. Y entre Rostand y Villier de l’Isle Adam hay su distancia...
En todo esto hay algo de consolador. Y es el hecho de que, por más que se diga, un poeta ha sido el ídolo de París en momentos en que tan solamente logran laureles y premios los automovilistas y los reyes de la bicicleta. Looping-the-loop; sí, pero también el ideal, la poesía. El clown de Banville hizo también una especie de looping-the-loop, y entonces fué cuando dió aquel salto que le hizo romper el plafón azul del cielo y desaparecer en lo infinito. Rostand, o la Felicidad... Sin embargo, he ahí que el unánime triunfo se ve turbado por agrias protestas. Ya es un crítico que, entrando en comparaciones, encuentra en cualidades diferentes al autor del Aiglón, inferior a Banville, a Mendés, a Ponchon. Ya es un fogoso meridional, del puro riñón del Mediodía—no hay peor cuña que la del mismo palo—, Jean Carrère, que es, con el victorioso, terrible y flagelante. Y señala esa victoria resonante como exteriorización de un mal francés que trae decadencia y mengua nacionales: el histrionismo. Diríase que ha leído a M. Groussac en ciertas páginas de antaño. «¡Ah! ¡Mirad nuestra historia desde hace un cuarto de siglo! ¡Mirad nuestra vida en estos últimos años! ¿Qué amamos? ¿Qué celebramos? ¿Qué contemplamos? El teatro, los actores, los autores dramáticos. ¿Qué acontecimientos nos conmueven en nuestra vida interior? ¡Acontecimientos de teatro! Cuando se quemó la Comedia Francesa los diarios, al unísono, hablaban de un desastre nacional; parecía que la Francia había concluído su misión. Una pobre actricilla se quemó allí: duelo universal. Se la enterró con una pompa solemne que no conocerá nunca un libertador de la patria o un descubridor de nuevas rutas. ¿Cuál ha sido el gran asunto de las polémicas en estos años recientes? ¡La querella de M. Claretie y sus cómicos! ¡Una mediocre cabotina no se puede enojar con su director sin que el ministro se mezcle y toda la prensa se revuelva! ¿Y de qué nos enorgullecemos en nuestras relaciones con el vasto mundo? De nuestras piezas dramáticas, del éxito de nuestros actores, de las tournées triomphales, de nuestras grandes vedettes. Mme. Réjane no puede volver de Inglaterra sin que se la vaya a esperar al desembarcadero, como si acabase de conquistar pueblos nuevos. Mme. Sarah Bernardt nos representa en América, y M. Coquelin es nuestro supremo intérprete con reyes y emperadores.» Y luego señala las palabras de Claretie, que hablaba de la «misión civilizadora de M. Truffier», y la locura de los diarios con cualquier acontecimiento de bambalinas. El teatro es todo, dirige todo, absorbe todo, aumenta todo, aniquila todo y nos oculta nuestra propia situación. Lo más doloroso, en efecto, es que, semejantes a los actores que se embriagan con su papel, nos embriagamos con esa gloria ficticia del teatro, y creemos en una grandeza que no es sino la ilusión de la escena. Creemos que los pueblos aclaman a Francia cuando aplauden a los actores franceses, y no suponemos todo lo que hay para nosotros de desprecio real en esa exaltación ruidosa de nuestra superioridad teatral. ¡Oh, cuánta ironía sangrienta y sarcasmo hasta hacer llorar a los que saben comprender había en la actitud de ese emperador feudal y guerrero, soñador de imperio y de expansión mundial, que recibía como representante de la Francia, a su ilustre valet de comédie!» Monsieur Jean Carrère, que también es poeta, exagera un poco como meridional; pero no deja de tener razón, sin que la teatralidad sea un desdoro para este país brillante y amable. Juvenal alaba ya la elocuencia de los galos, que enseñaron sus gestos y palabras a los britanos. Juana de Arco representó un papel que el buen Dios de los ejércitos escribió expresamente para ella. Y un Papa calificó al gran Emperador que fué a las Pirámides y a Santa Elena, tragediante, comediante... Rostand defiende las tablas, la teatralidad, la vida de las máscaras. No hay sino leer su discurso de entrada a la Academia. Que aproveche de su vida, bella comedia; mientras, como para todo el mundo, llega la mano invisible que baja el telón.
LA PRENSA FRANCESA
I
Los diarios.
NO que otro día suelo comprar la Gazette de France, el venerable diario que casi nadie lee, salvo los abonados monarquistas. Lo compro por honrar la memoria de Théophraste Renaudot, que no era ningún Gordon Bennet, y por leer algunas sabrosas prosas de M. Charles Maurras. Esa vieja hoja, la primera que salió de las prensas francesas, está hoy decaída, como las ideas que representa. Su figura no luce, sus hábitos no van con la nueva vida periodística de este París que se ayanquiza, que ha cambiado, que se ha transfigurado, en cuerpo y alma, desde los tiempos en que Théophraste tenía su oficina en la calle Calandre, en la enseña del Grand Coq. Hay algunas publicaciones que permanecen fieles, hasta donde les es posible, al pasado; pero la evolución del periodismo francés tiene etapas demasiado marcadas en su historia. Los tiempos han cambiado; y, desde la aparición del primer periódico, la prensa ha correspondido a su tiempo.
Acabo de releer las deliciosas memorias de Goldoni. En ellas hay un capítulo dedicado a los periódicos. El comediógrafo se asombra ya de «l’inmensa quantitá di fogli che si spacciano ogni giorno in Parigi». El hombre más curioso y más desocupado del mundo no podría leerlas todas, dice, aunque emplease en ello todo su tiempo. Cita los más importantes. El Journal de Paris, célebre a la sazón por un canard ruidoso. Este periódico anunció que un lionés había descubierto la manera de caminar sobre el agua, y que había realizado la prueba con todo éxito. La afirmación no era cierta. Pero quiso la buena suerte de la publicación que tres años después un extranjero caminó, en efecto, sobre el Sena con unos zapatos de su invención. El Journal de París no quedó ya como mentiroso... Goldoni habla también de la Gazette de France. Aparecía entonces dos veces por semana, «y si no da las noticias más frescas, las da en cambio más seguras».
El Journal Europeen era «una gaceta inglesa traducida al francés». Muy dedicada a cosas parlamentarias, y muy buscada por el público. El Mercure de France había dejado de publicarse mensualmente y aparecía, más pequeño, cada sábado. Cita con elogio el Año Literario, de Freron. El Journal des Savants «non e fatto per tutti». La Gazette des Tribuneaux, útil para empleados y curiales, y el Journal de l’Agriculture, para los cultivadores. El más afortunado era la Bibliothéque des Romans. Merecía ser leído el Journal de Litterature, «benissimo scritto e molto giudizioso nelle sue critiche». Solamente hay en ese tiempo dos diarios: el Journal de París y el Journal de France. «Objeto principal de este último es el anunciar los bienes muebles e inmuebles que se venden o alquilan, de las cosas de que querían deshacerse los posesores», etc., etc. En cuanto al Journal de Paris, «algunas veces el público lamenta que no sea bastante rico de noticias». Y el buen Goldoni se pregunta: ¿pero puede un diario ser rico de noticias todos los días? Y luego, ¿se puede decir todo, escribir todo, imprimir todo? No sospechaba por cierto en lo porvenir la información actual, el diario en que cuotidianamente se dice todo, se escribe todo, se imprime todo.
En verdad, el diario propiamente dicho, no empezó sino con la Revolución. Rivarol apareció con su finura y brillantez; Desmoulins, con su elocuencia; otros más si no buenos escritores, plumas activas. Las luchas de ideas, los choques políticos, hacían necesaria la hoja con su noticia, su proclama o su comentario. Marat, terrible colega, lanza su Ami du Peuple; y el periodismo furioso y sanguinario tiene iniciadores como d’Hebert y Fréron, a quien Goldoni calificaba de «uomo molto istruito e sensatissimo». En el Directorio Babeuf funda su Journal de la Liberté de la Presse. Se escribe mucho y hay no sólo libertad, sino libertinaje.
Bajo el poder del emperador no hay expansión para la prensa. Después nacerán los Carrel, los Constant, los Paul Louis Courrier, precursores de los luchadores de hoy, Clémenceau, Rochefort, Drumont y compañía.
A la vuelta de los Borbones hay un despertamiento. El periódico cuenta con plumas como las de Bonald, Lamennais, Chateaubriand, que sustentan los principios conservadores, mientras el liberalismo tiene a Cousin, Guizot, Royer-Callard, Foy, Miguet, Thiers, etc. Más tarde, típicos representantes aparecerán, maestros como Janin y el gran Louis Veuillot. Girardin, como dice en una buena frase M. Edmond Pilon, crea la Presse d’un coup de plume et tue Armand Carrel d’un coup d’épée. A través de los cambios políticos, brillan los Louis Blanc, los Raspail, Hugo mismo, que fué colosal periodista. El segundo imperio llenó los diarios de literatos y poetas. Nacieron los Scholl, los Saint-Víctor, los Gautier, los Vacquerie. La guerra y la Comuna pasaron. Hubo una transformación en todo. Los diarios cambiaron de ideas, de rumbo, o suavizaron sus tendencias. El número ha aumentado largamente. Y un soplo venido de los Estados Unidos, ha propagado últimamente el espíritu yanqui en el diarismo, como ha creado el magazin, fotográfico, de actualidad y de curiosidad.
¿Quién no sabe que el Temps es el más serio y autorizado de los diarios parisienses? Sus cortos artículos editoriales resumen en juicios, casi siempre acertados, los movimientos de la política mundial. En cada número un redactor representa el pensamiento espiritual, la crítica fina, Pierre Mille o Nozieres, por ahora. Allí se publican las «interviews» famosas, «los paseos y visitas» de un eminente reporter: M. Adolphe Brisson. La crítica literaria y dramática cuenta siempre con dos «normaliens» de fuste. Los que han firmado, firman, o firmarán esas secciones, han sido, son o serán de la Academia Francesa. Los asuntos militares los tratan en largos artículos dos militaristas fuertes, como los hermanos Margueritte. Un reposado gentleman-farmer envía de cuando en cuando agradables cartas sobre agricultura. En el folletín hay casi siempre una novela extranjera.
En cuanto a información, el Temps es de los más adelantados, y sus noticias son siempre de buen origen. Antes de pasar adelante, he de advertir que es inútil buscar aquí una información semejante a la de los grandes diarios yanquis, ingleses y argentinos.
El Figaro, que ha pasado recientemente por una crisis resonante, guarda su carácter tradicional, moderado y mundano. Se conserva la usanza de los «sonetos políticos», de Magnard. Siempre, el redactor en jefe, da su opinión sobre la situación, si no en catorce versos, en más o menos espacio que el que ellos ocuparían. El primer artículo es literario, o de actualidad, firmado por un nombre célebre, o en vísperas de serlo. Un redactor hay, cuotidianamente, para un asunto de interés actual en la vida parisiense, y, entre la legión de sus reporteres, cuenta con el reporter parisiense por excelencia M. Chincholle, y con un hábil interviewista, M. Huret. Mantiene en la mayor parte de las capitales europeas corresponsales que están, o aparentan estar, en todos los secretos de cancillería y de salón. Como crítico teatral firmaba Henry Fouquier; hoy llena la tarea Emanuel Arene. Recientemente el Figaro ha llamado a Catulle Mendés a su colaboración literaria fija, y el buen poeta dice, en prosa y verso, cada quince días, impresiones, sensaciones e ideas.
El Gaulois es el rival mundano del Figaro. Su clientela es monárquica y de alto rango. En su redacción se guardan todas las conveniencias. Tiene una sección muy interesante, sus blocnotes parisienses. Como el Temps y el Figaro, se vende a quince céntimos. Manifiesta también preferencia por la literatura y el arte. Conservador y todo, tiende a mejorar como empresa. El Journal des Debats es el viejo periódico sabio y correcto de antaño. Tiene una clientela especial y distinguida. Guarda la tradición del folletín de crítica dramática. Sus colaboradores son casi todos miembros del Instituto. Es el periódico senador, antiguo par de Francia. El Journal ha comenzado con gran éxito y ha seguido una vida de éxitos. Diario cuyo director literario es M. José María de Heredia, tiene un estado mayor de excelentes literatos como redactores. Cuenta también con buenos periodistas, en el sentido exacto de la palabra. Se distinguen en esto su redactor policial y su vulgarizador científico. En cuanto a sus plumas principales, las hay fuertes, admirables para la revista y para el libro, como la de M. Paul Adam, cuyos artículos muy sesudos, atrevidos y macizos, no son muy propios del diario; Michel Prince publica sus diálogos picantes; André Theuriet, sus impresiones y cuentos campestres; «Severine» hace su propaganda humanitaria; Mezervy dice sus historietas voluptuosas; Hugues la Roux, sus viajes e impresiones, y así otros cuantos colaboradores fijos. La crítica teatral la hace el poeta Mendés. Tiene buenos reporteres, como Naudeau, y tres escritores risueños: Pouchon, famoso sacerdote de Baco; Alphonse Allais, que es en París lo que Luis Taboada en Madrid y Eustaquio Pellicer en Buenos Aires, y Franc Nohain, un humorista en versos amorfos, que recibe las confidencias de las cafeteras, de los billares, de las muñecas y de otras cosas así, y que agarra una rima y no la suelta hasta no acabar con la paciencia de sus lectores.
El Matin, que en su nueva época ha iniciado un movimiento de información y de actividad diarística que le ha sido muy provechoso, y el Français, que aparece por la tarde, en dos o tres ediciones, son de una misma empresa. Publican siempre un artículo de actualidad, un cuento y muchas noticias locales y extranjeras. Sus redactores principales son Ch. Laurent y H. Harduin. Tienen un crecido número de colaboradores y reporteres que han tenido ingeniosas ideas e iniciativas, como el que se tiró al Sena para ver si lo salvaban los perros de la policía, y se quedó una noche escondido en un sarcófago del Louvre, y George Daniel que se ha disfrazado de mil maneras y ha ejercido cien oficios para contar sus aventuras a los parisienses. El Echo de Paris, órgano del nacionalismo, es un diario bien hecho, bien informado, con una buena sección de telegramas del extranjero, y que se distingue como L’Eclair por sus interviews. Hay otros cuantos diarios, pero se harían estas líneas interminables si hablara de todos.
El establecimiento del New York Herald, en París, la invasión yanqui, las relaciones más estrechas con los Estados Unidos, han traído al periodismo nueva vida. Ya son señalados los redactores políticos que hacen su largo editorial, los extensos capítulos, de antes, o las dilatadas vociferaciones. Se busca decir en pocas líneas mucho. No se declaman las antiguas tiradas. En cambio, en todo, en literatura, en arte, en sport, se aumenta la parte informativa, el elemento curioso, la anécdota inédita. Con esto ha llegado también la réclame. Hay diarios que dan primas a sus suscriptores; otros, como el Journal, han inundado de carteles vistosos los muros de París, recomendando tal o cual folletín espeluznante, y ofreciendo un premio de valor a la persona que averiguase el final de la novela y la suerte de cada uno de los personajes, después de publicados los primeros capítulos. El Matin y el Français han iniciado las sorpresas. Los redactores del periódico, desde el redactor en jefe hasta el último reporter, han salido por las calles a ofrecer un sobre cerrado a las personas que andan con el diario ostensiblemente. Los sobres contienen billetes de mil francos, automóviles, una villa amueblada y otros regalos de mayor o menor precio. El Journal siguió el ejemplo, y lanzó una especie de combinaciones que eran simplemente una lotería, por lo cual la ley cayó sobre la tentativa. Hoy hace lo mismo que el Matin. Naturalmente, esa auto-réclame no la hacen diarios graves y estirados. Entre esos, el Figaro ofrece a sus suscriptores el aliciente de las invitaciones a sus fiestas y recepciones. Hay otros medios. El Matin envió a un redactor a dar la vuelta al mundo en el menor tiempo posible; el Journal hizo lo mismo. Luchan a quien más acapara la atención pública. El Journal acaba de lograr una gran victoria: ¡ha sacado del presidio a un condenado a perpetuidad, inocente, según se ha probado; le ha traído a París, le ha banqueteado, le ha hecho aclamar por el pueblo en la estación del ferrocarril! El Matin se ha puesto pálido... Sería necesario algo más sensacional: un condenado a muerte, inocente también, arrancado a la guillotina... Pero eso no es fácil.
¿El papel político de cada diario? Conforme a los intereses del partido que lo sostiene. ¿El tono habitual de ellos? En un curioso estudio de M. de Noussanne, sobre la prensa francesa, hay una serie de frases y palabras usuales en el repertorio de cada uno. La Croix: «Este gobierno nefasto... El ejército encarna la patria... No queremos por prueba... En cambio... Los francmasones... La francmasonería... Revuelta... Los revoltosos... Dios... Castigo... Misericordia... Cólera... Cristiandad... Anticristiana... Obolo... Pequeño óbolo... Documentos... Escándalo... Perfidia...» L’Aurore: «Los gobernantes, explotadores y ladrones... Los bandidos, los asesinos galoneados... matadores... carniceros y violadores... Yo quiero... Yo... Yo haré... Yo he dicho... Yo he citado... Yo repito... Las órdenes de la conciencia... Las luces de la razón... Los pretorianos... Brutos... Policía... Malhechores civiles y militares... Cadáveres... Barbarie... Fuego y sangre... Cobardías... Atrocidades... Infamias...» La Libre Parole, órgano, como se sabe, de los antisemitas: «Este Ministerio de muerte y de ruina... El ejército desorganizado... Yo... Yo soy... Yo sé... Ya veis... Ya veréis... Imaginad... Notad... Escuchad... Desde el punto de vista de... Hay... Hay más... El ejército... Los judíos... La judería... El oro... Los cosmopolitas... Israel... El país... Canalladas... Traidores... Abominable... Inmundo...» El Figaro: «Cuando se tiene el honor de ser un hombre de gobierno... Es preciso... Respetamos demasiado el ejército... El respeto de las instituciones... El respeto de las leyes... El respeto del orden... La libertad... Las libertades... La masonería... Los jacobinos... Las pasiones... Sospechas... Sospechosos...» La Patrie: «El Ministerio de vergüenza y de traición... El ejército francés sobre todo... Así pues... Ved aquí... Ved... Desde la guerra... La lección del pasado... Parlamentarismo... Incoherencia... Fe... Ley... Odiosos sectarios... Sin patria... Nuestros adversarios... Los peores bandidos... La libertad... Las libertades violadas... Este pueblo... Un gran pueblo... Las conciencias francesas... Deber patriótico... Derechos imprescriptibles... Esperanzas invencibles...»
Por sus palabras los conoceréis.
Las naciones, decía Littré, tienen, en bien o en mal, el periodismo que merecen.
II
Las revistas.
Hay en el mundo intelectual ciertas mentiras convencionales, una de ellas ésta: la Rue de Deux Mondes es un cuadernote ilegible; no se puede tener en la mano sin que el sueño no llegue a rendir al lector; es una revista vieja para viejos; cuartel de inválidos, refugio de veteranos. Nada de esto es cierto sino en parte muy relativa. La noble revista ha contado siempre entre sus colaboradores autores jóvenes y brillantes: es una publicación no extraña a la amenidad y suficientemente valiente para dar acogida a obras a veces arriesgadas, desde las de la Sand hasta las de D’Annunzio; es abierta a las corrientes de ideas extranjeras, y en sus páginas han tenido lugar en toda época trabajos de escritores de todas partes del mundo. Siempre ha habido en su redacción una pluma hábil cosmopolita: antes era M. de Mazade, hoy es M. de Wizewa. En ella fueron juzgados, a su tiempo, los libros de Sarmiento, entre otros americanos.
Lo que sí es cierto es que la Revue de Deux Mondes es la academia de la prensa. Los autores franceses que escriben en ella son candidatos para un asiento bajo la Cúpula, cuando no figuran en el número de los Cuarenta. Su opinión oficial, representada siempre por un crítico de seso, no es ciertamente revolucionaria ni independiente. Para eso están las revistas de otra índole. De Buloz a Brunetière, la dirección es la misma. La revista que lleva como norma la seriedad y el buen sentido no pretende, por otra parte, más que ser leída por el grupo que constituye su especial clientela. Y en cuanto al color de sus ideas es invariable, como el salmón de su cubierta.
En realidad, la revista más respetable, si el respeto se mide por la edad, sería el Mercure de France, cabalmente la revista más independiente, más atrevidamente intelectual, más sólidamente moderna. Su fundación data de 1672. Goldoni, en sus citadas Memorias, dice: El Mercurio de Francia, llamado antes el Mercurio Galante, ha variado ahora el orden de su distribución. En vez de un volumen al mes, da una parte cada sábado. Este trabajo es hecho por una sociedad de literatos: comprende cuanto se refiere a las artes, las ciencias, la literatura, los teatros, las noticias políticas, y ha siempre conservado el antiguo uso de los enigmas y logogrifos, de los cuales da la explicación en el volumen sucesivo. El vocablo enigma debe entenderlo cualquiera, pero el de logogrifo puede muy bien ser desconocido de muchas personas: yo, por ejemplo, no tenía de él noticia alguna en Italia. He aquí la explicación que se encuentra en el diccionario de Trevoux: «Logogrifo: especie de símbolo en palabras enigmáticas; consiste en cualquier alusión equívoca, o mutilación de palabras, por el cual se varía el sentido literal de la cosa significada: de manera que está entre el equívoco, o el verdadero enigma o emblema.» Las palabras de Goldoni toman hoy un picante valor, cuando se sabe que ha sido en su reciente época el Mercure de France el campo de aparición y el lugar de batalla de los simbolistas de la literatura, de los enigmistas del arte. Los ingenuos emblemas de antaño se cambiaron en prosas extraordinarias y raras, en poesía misteriosa y cabalística, con el curso del tiempo. La verdad: esa revista, en su período contemporáneo, ha sido la Revue de Deux Mondes de los intelectuales en el mundo entero, de Rusia a los Estados Unidos, de París a Tokio, de Roma a Buenos Aires. Es ella la causante principal del movimiento de ideas que en arte y filosofía adquirió en estos últimos tiempos una expansión internacional y una potencia cosmopolita. El decadentismo desapareció con señaladas individualidades: el simbolismo dejó de ser una escuela para dejar en la obra personal de sus principales sostenedores la verificación del triunfo de una tendencia, de la victoria de una lucha mental que ha influído en todas partes en las creaciones del espíritu y en el arte de exteriorizar las ideas. Ya pasó el tiempo en que se hablaba de esta publicación como una de las tantas tentativas de los «nuevos», de los «jóvenes»; los nuevos de ayer son hoy casi viejos; los jóvenes, reconocidos maestros. Desapareció Verlaine, desaparecieron Mallarmé y Villiers de l’Isle Adam, dejando en la historia de las letras francesas el resplandor de su luz indiscutible. Quedan los fuertes en su madurez: Henry de Regnier, altísimo poeta; Remy de Gourmont, cuya obra compleja, profunda, sabia, vigorosamente encantadora, dentro de poco tiempo, como la de Nietzsche, quizá conmueva al mundo. Madame Rachilde, la inteligencia más rara, a mi entender, que ha tenido una mujer sobre la tierra; Jules de Gaultier, hábil manejador de ideas, filósofo inesperado, cuyos recientes libros De Kant a Nietzsche y El Bovarismo recomiendo a nuestros espíritus de meditación, a nuestras inteligencias que no temen el vértigo de las altas especulaciones; Barthélemy, que ha escrito una obra sobre Carlyle que es una obra maestra, y una pléyade de estudiosos, de trabajadores, exploradores en plena selva de ideas, o mineros de futuro. El Mercure tiene la particularidad de tener una redacción cosmopolita, y en cada número hay una reseña del movimiento intelectual universal en secciones especiales. Los «epílogos» de Gourmont y los juicios de Mme. Rachilde son verdaderos atractivos para los sibaritas de las letras.
El Correspondant es una revista admirablemente dirigida, de gran mérito por la calidad de su colaboración y que sostiene las ideas del elemento conservador y religioso. Es poco leída en el gran público, pero muy leída en las clases altas, en que no soplan vientos de fronde ni se agitan otros problemas que los del sostenimiento de los antiguos ideales y regímenes.
La Grande Revue fué fundada a raíz de la famosa cuestión Dreyfus, y su director es el célebre abogado Labori. Según su programa, se señala esta publicación por dos caracteres esenciales: «desde el punto de vista intelectual, la independencia absoluta de toda escuela, pues conviene acoger lo que hay de excelente o de verdaderamente original en todos los géneros: desde el punto de vista material, la periodicidad mensual, pues en presencia de las múltiples ocupaciones de la vida moderna y del número creciente de obras de toda suerte que hay que recibir a veces, solamente para recorrerlas, una publicación consistente en un grueso volumen mensual, compuesto con cuidado para que todo interese, y por lo tanto completo y menos costoso que las obras similares, no tiene sino ventajas». A lo cual se puede observar que hay una buena cantidad de revistas mensuales tan nutridas o más que esa revista y que su lectura se resiente de pesadez y de sequedad.
La Revue Bleu es hebdomadaria, como su adlátere la Revue Scientifique. Se distingue por la variedad y la actualidad de sus temas, y asimismo por lo escogido de su cuerpo de colaboradores. Por lo que toca a sus ideas, se adorna de un sabio eclecticismo que no le aleja ninguna simpatía.
No se puede decir lo mismo de la Revue Blanche. Esta es una de las más intelectuales y, sin disputa, la más combatiente, emprendedora y activa. Es anárquica, demoledora y nutrida de ideas. Su colaboración es cosmopolita, como la de Mercure, y puede asegurarse que jamás se ha escrito en ella una sola página en que no haya audacia y talento. Lo subido de su color—¡a pesar de su candidez apelativa!—le ha atraído los odios de los reaccionarios, pero le ha dado también una inmensa boga en el mundo pensante, tanto en Francia como en el extranjero. Ha hecho campañas sonoras y memorables, como la de Montjuich, dirigida por Tarrida del Mármol, y la del descubrimiento de las crueldades cometidas en las prisiones militares francesas. Es uno de los órganos que más han dado a conocer el actual pensamiento ruso; y toda idea nueva y osada tiene en él un defensor y un propagandista, así en literatura, como en ciencia, como en política. En ella nació a la vida de la celebridad el combatiente Gohier.
La Revue Universelle es una continuación perpetua del diccionario Larousse. Es un término medio entre la ilustración y la revista. Mezcla la colaboración de ideas con las actualidades y curiosidades, aumentando su prestigio de divulgación con sus numerosos fotograbados.
La Revue de Paris es aristocrática, de un mundano intelectualismo y ofrece a sus lectores de cuando en cuando lo más celebrado de autores extranjeros en boga. No se distingue por ninguna particularidad. Parece que, sin embargo, tiene una, y no la menos interesante para los escritores: es la que más caro paga la colaboración entre todas las revistas publicadas en París.
La Plume es de hermosa historia. Fué un tiempo, con el Mercure, el palenque de los poetas y escritores nuevos. Ha pasado por mil vicisitudes: en ella nacieron a la vida de la gloria muchos autores hoy ilustres. Actualmente ha adquirido fuerzas y se presenta flamantemente como una de las mejor escritas y más artísticamente presentadas. La Plume daba en sus primeros tiempos banquetes, en realidad modestos ágapes, pero que tenían la especialidad de ser presididos por una celebridad del arte, de la ciencia, de la literatura. Hoy ha acentuado su carácter artístico: inicia exposiciones, publica muy interesantes monografías sobre los mejores pintores o escritores, y aunque ha vuelto a las antiguas comidas, éstas no tienen ni la resonancia ni la alegría de las otras, según parece. La juventud, hélas!, ha pasado.
Como su nombre lo indica, la Revue Hebdomadaire aparece cada semana. Es de un formato reducido, un cuadernito siempre lleno de curiosos artículos, poesías y novelas. Antes daba la preferencia a las novelas y reproducía obras conocidas. Hoy todo lo que publica es inédito, y la dirección procura mejorar cada día. Lástima es que se insista en el tamaño reducido, que, indudablemente, no hace bien a la revista.
La Revue Brittannique desapareció. Es una lástima, pues desde que Pichot la fundara, no dejó de ser una publicación seria, informada intelectualmente y bien organizada como empresa. Era también una de las revistas que más se ocupaban de la actividad mental extranjera, siempre tan poco conocida entre los escritores de este país.
Hay una enorme cantidad de revistas especiales, desde las sabias filosóficas y profesionales hasta las que son órganos de grupos y escuelas, como L’Effor o la Revue Naturiste, sin contar con las innumerables de letras y artes que se fundan, viven un poco de tiempo y se acaban. Fundación y fundición.
LA EVOLUCIÓN DEL RASTACUERISMO
ONSIEUR Charles Wiener, el muy estimable diplomático francés, tan conocido en la América del Sur, dió en una ocasión una conferencia sobre el Uruguay; en la cual conferencia, publicada después, se leen estas palabras: «El número enorme de los animales matados permite juzgar la importancia del comercio de las pieles secas o saladas, en gran parte acaparado por un trust norteamericano. Permitidme aquí una explicación etimológica: los hombres que manipulan las pieles de los animales desollados, y que, además, no son destazadores artistas, constituyen una categoría de obreros llamados «arrastracueros», de donde viene, por corrupción, la palabra extraña de rastaquouère. Aprovecho ese paréntesis filológico para hablaros algo sobre la palabra y sobre la cosa».
La etimología de M. Wiener es, como otras semejantes, muy poco segura; pero en todo caso, mejor que la que hace venir la palabra de la jerga del Greluche de Meilhac, brasileño de pega. Su hablar—«¿Quo resta buena avatas salem pampas?»—es de la misma especie que el turco de cierta farsa clásica. Parecida a la opinión de M. Wiener es la que trae el Larousse: «Otros pretenden que los primeros americanos del Sur, cuya prodigalidad y lujo chillón llamaron la atención, eran antiguos hacendados enriquecidos con la venta de pieles y cueros. Se les había llamados «rascacueros», y de allí «rastacueros». ¿Aurelien Scholl inventó su personaje de D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Saladeros, o en efecto, como él lo afirmaba siempre, el tipo fué amigo suyo y persona en carne y hueso? Es de creer que el finado expresidente del «Cercle de l’Escrime» tuvo muchas oportunidades de conocer a muchos americanos del Sur, cuyos hábitos y figura pudieron dar vida a su retratado. «Desde el día en que D. Iñigo Rastacuero, marqués de los Saladeros, bajó en el hotel del Louvre, desde donde irradió sobre la sociedad parisiense, pocos extranjeros han osado presentarse en el café de la Paix sin haberse encasquetado un título cualquiera.» Rastacuero, «que debía dar su nombre a la gran tribu de los exóticos», está aún presente en todas las memorias: una cara de pain d’épice; dos ojos negros, con el movimiento de rotación de los ventiladores; una gran nariz de loro, bajo la cual un espeso bigote de alambre se retorcía orgullosamente poniéndole un punto de admiración en cada mejilla. Tenía en su bolsillo pepitas de oro y naipes, cartas de Hernán Cortés y direcciones de damas. Cuando estaba sin blanca, Rastacuero hacía un viajecito a la América del Sur y volvía algunos meses después con dos millones en cartera. Se decía que había ido a matar a alguien en la Cordillera de los Andes, y que traía sus despojos. Al partir, tenía cuidado de dejar su dirección: «poste restante, en Buenos Aires», o «poste restante, en Valparaíso». Rastacuero tenía los dedos cargados de sortijas; una cadena de reloj que hubiera podido servir para atar el ancla de una fragata; tres perlas, gruesas como huevos de garza, le servían de botones de camisa, y usaba un alfiler de corbata que era una garra de tigre rodeada de brillantes. El personaje que corresponde a las señas del de Scholl se puede aún encontrar, con más o menos variantes en todos lugares. Y algún personal motivo de malignidad tuvo el famoso cronista para hacerlo aparecer como argentino o como chileno. No solamente de Valparaíso y de Buenos Aires venían y vienen a París los dueños de las pepitas de las garras de tigre y de los bigotes de alambre. Y justo fué el redactor del Figaro, Gaston Jollivet, al decir en un artículo: «Muchos parisienses enriquecidos son rastacueros»; cosa que ha repetido hace poco, y de manera dura, Luis Bonafoux: «Rastacuería o Rastilandía están en todas partes...»
Pero ¿en qué consiste esencialmente el ser rastacuero? ¿En ser exótico? Jamás se le ocurriría a nadie aplicar el calificativo a Krüger o a Li-Hung-Chang. ¿En el amor y uso de las piedras preciosas? Nadie se atreverá a tachar de rastacuero a Robert de Montesquiou... ¿En los muchos anillos en las manos? Mi buen amigo Ernesto Lajeunesse anda con las suyas semejantes a las de un rey bárbaro. ¿En el tipo? El mismo Scholl tuvo bigotes de alambre y muchos parisienses tienen los ojos de D. Iñigo. ¿En el color? El pain d’épice no se le puede aplicar a todos los exóticos. ¿El derroche inopinado y ridículo? Los petits-sucriers abundan en este maravilloso país.
A mi entender, el rastacuerismo tiene como condición indispensable la incultura; o, mejor dicho, la carencia de buen gusto. Desde lejanos tiempos, desde los embajadores que envió Harun-al-Raschid a Carlomagno, los diplomáticos y los viajeros extranjeros de fausto y de riqueza han venido a París a dejar una huella de oro y de lujo. Se necesitó que viniesen de tales o cuales países americanos opulentos caciques o arregladores de empréstitos para que la célebre figura representativa surgiese. Puesto que de esos países vinieron, no los más cultos, sino los más hábiles, con todos los defectos nativos sin barnizar. Parvenus o señorones de aldea, creyeron que Lutecia era conquistable con exceso de colorines y mala ostentación de grandezas. Luego fueron los ingenuos ricachos, como el personaje de una de las novelas del escritor chileno señor A. del Solar. Y el rastacuero agrega entonces a su mujer y a sus hijas, esas hijas que formarán lo que llamaba Juan Montalvo matrimonios deslayados; jóvenes ricas que se casan con nobles arruinados. Por eso el mismo Scholl se atrevió a decir en otra ocasión: «Casi todas las extranjeras sin marido son rastacueras.» En cuanto a los que no osan presentarse en el café de la Paix sin encasquetarse un título cualquiera, los hay de la manera más sonoramente grotesca. Millones incásicos o aztecas compran títulos del Papa—y no en el café de la Paix, sino en el mismo mundo de la nobleza—, surgen los Iñigos marqueses y príncipes. La injusticia aparente que se ve en el parisiense contra el hispanoamericano, habiendo tantos valacos, griegos y levantinos que merecen el epíteto célebre, se explica por tales razones y ejemplos.
Raspacueros, rascacueros, arrastracueros, siempre hay cueros en la palabra, y como en donde de manera principal abundan los ganados y de donde vienen los cueros es de la América del Sur, y en especial del Río de la Plata, el epíteto, con etimologías comprensibles, como la de M. Wiener, se singulariza. Solamente es de asombrar que a los yanquis, comerciantes en pieles, en tocinos, en jamones; archimillonarios y derrochadores, y tipos de grandes rastacueros delante del Eterno, por derroches y extravagancia, no se les aplique el dictado de rastacuero. ¿Por qué? ¿Por la falta del color de pain d’épice o de forro de bota, como dijo el jesuíta Coppée? Pues entonces que no se llame rastacuero al más estupendo de los hispano-americanos, al célebre Guzmán Blanco, que era culto, hermoso, de puro tipo caucásico y que casó a una de sus hijas con el hijo del arbiter elegantiarum del segundo Imperio, M. de Morny. ¡Ah! muchos rasca, raspa o arrastracueros entroncan hoy en árboles genealógicos de la nobleza europea por virtud de los mismos cueros. Y eso no es nuevo... Tan no es nuevo, que en su latín lo decía ya en lo antiguo el maravilloso y rudo Juvenal: