WeRead Powered by ReaderPub
Opiniones / Obras Completas Vol. X cover

Opiniones / Obras Completas Vol. X

Chapter 9: NIÑAS-PRODIGIOS...
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

A series of essays and personal reflections that offer critical portraits of fellow writers and meditations on artistic vocation, social responsibility, and moral character. The author combines vivid funeral and biographical description with evaluations of literary temperaments, the hardships of bohemian existence, and the balance between aesthetic rigor and popular engagement. Through elegiac praise, normative commentary, and anecdotal detail, the pieces defend generosity, duty, and the transformative idealism of literature while warning against decadence, opportunism, and loss of conscience.

¡Quiero morder! ¡Retiraos!
¡La noche cae sobre mi memoria
Y la sangre sube a mis ojos locos!
¡Ved! Mi boca, torcida y negra,
Babea a través de mis cabellos rojos.
Ya he hecho horribles hoyos
En mis dos pobres manos de marfil,
Y he golpeado mi cabeza a fuertes golpes.
¡Quiero morder!
Calmaría mi sed en vuestros cuellos
Si pudiese todavía beber.
¡Oh! Siento en mi mandíbula
Una rabia abominable:
¡Por favor! ¡Atrás! ¡Retiraos!
¡Quiero morder!

Se comprende que, después del horroroso desenlace del accidente de que fué víctima su esposa, y más templada que nunca la sed ardiente de sus nervios, haya sentido el postrer estallido, y antes que en el suicidio, que tanto temía, como lo revela en varios de sus viejos versos, antes que en la muerte, se haya hundido en la locura, haya caído en el manicomio.

Oh! comme je comprends l’amour de Baudelaire
Pour ce grand Ténébreux qu’on lit en frissonnant!

dice alguna vez, hablando de Edgar Poe. «Los malos maestros», diría con razón Jean Carrère. En otra parte escribe:

A force de songer, je suis au bout du songe;
Mon pas n’avance plus pour le voyage humain,
Aujurd’hui comme hier, hier comme demain.
Rengaine de tourment, d’horreur et de mensonge!
Il me faut voir sans cesse, où que mon regard plonge,
En tous lieux, se dresser la Peur sur mon chemin,
Satan fausse mes yeux, l’ennui rouille ma main,
Et l’ombre de la Mort devant moi se prolonge.

El Miedo y la Muerte, por siempre. Y sus dedicatorias... a Barbey, a Bloy, a Rops, a Charles Buet, al doctor Julien... Seguramente Rops pintó su «Bebedora de ajenjo» por los versos que Rollinat dedicara a aquel médico. Quisiera traduciros el rondel de «La locura», profético..., como el «Mal de ojo»... o el «Horóscopo», en que

... soudain, de dressant dans la brume
Devant mes pas,
Un long Monsieur coiffé d’un chapeau haut de forme
Me dit tout bas
Ces mots qui s’accordaient avec la perfidie
De son abord:
—Prenez garde; car vous avez la maladie
Dont je suis mort.

Pero no dejaré de transcribir íntegro el «Epitafio», que es de una horrible actualidad y que hará meditar a los reflexivos:

Quand on aura fermé ma bière
Comme ma bouche et ma paupière,
Que l’on inscrive sur ma piérre:
—«Ci-git le roi du mauvais sort.
»Ce fou dont le cadavre dort
»L’afreux sommeil de la matière,
»Fremit pendat sa vie entière
»Et ne songea qu’au cimetière.
»Jour et nuit, par toute la terre,
»Il traina son cœur solitaire
»Dans l’epouvante et le mystêre,
»Dans l’angoisse et dans le remord.
»Vive la mort! Vive la mort!

Sin embargo, en la última página de su tremendo libro se le escapa, a pesar de su obsesión malsana, un clamor que pide piedad: Mon Dieu... Dios haya, por fin, en la eternidad, libertado del dolor el alma del que fué condenado en vida, y salve a los poetas de buena voluntad del imperio de Las tinieblas enemigas.


ALGUNAS NOTAS SOBRE JEAN MOREAS

N el antiguo teatro de Orange, junto a los viejos muros que el Rey Sol llamaba los más bellos de su reino, al amparo de las divinidades antiguas que protegieron la civilización helénicorromana, Jean Moreas, poeta francés, de sangre griega, hace en estos momentos renacer la gloria de los ilustres coturnos, renovando en sonoros y soberbios versos a su antepasado Eurípides, y cumpliendo una vez más, en la fuerza de su otoño, la promesa armoniosa de antes, por la cual las abejas de Grecia libarían una miel francesa.

 

Hace diez años tuve el honor de hablar por primera vez en nuestra América del talento y de la obra de Jean Moreas. Llegaba yo a Buenos Aires, como cónsul general de Colombia, vía París... En este soñado París había recogido las impresiones espirituales que más tarde fueron Los Raros. Iba con cosecha de ilusiones y amables locuras... Mi sueño, ver París, sentir París, se había cumplido, y mi iniciación estética en el seno del simbolismo me enorgullecía y me entusiasmaba... Juraba por los dioses del nuevo parnaso; había visto al viejo fauno Verlaine; sabía del misterio de Mallarmé, y era amigo de Moreas. ¡Amigo de Moreas! Esto me llenaba ampliamente. Porque sabía que el poeta había nacido en Grecia y solía encontrar en los senderos de los bosques, adonde iba a soñar, sátiros velludos que remedaban a Hércules, armados de ramas nudosas. ¡Cómo ignoran todo esto los profesores!

¿Cómo conocí a Moreas? Gómez Carrillo trabajaba entonces en casa del temible editor Garnier, y yo lo veía con la frecuencia que deseaba. El era ya gran conocedor del barrio Latino y muy mezclado a la entonces hirviente bohemia intelectual de La Plume. Conocía a casi todos los miembros de los cenáculos de la época; sabía yo su intimidad con Verlaine, Tailhade y otros. Así, cuando un día se me apareció y me dijo: «Esta noche lo espera Moreas; vendré a buscarlo», se lo agradecí muy vivamente.

Esa noche me esperaba Moreas y Carrillo fué a buscarme. Encontramos al poeta del Pelerin Passionné en un café del barrio, creo que en el Vachette. Estaba a su lado su entonces compañero menor y ayudante en sus líricas campañas, Maurice Duplessis. Y encontré a un Moreas sereno, sonoro, admirable parlante, amable, noblemente fraternal, sin buscar ni admitir la familiaridad cara a los irreflexivos y a los insensatos. Y como le dijese que el holandés Bijvanck acababa de publicar un libro en que se trataba de la leyenda moreana—vanidad cómica, frases asustadoras, autolatría—, me dijo simplemente con su voz de bronce, del profesor de Hilversum: «Ce monsieur est un imbécile!» Hablamos toda esa noche de arte, de ideal, de belleza—es decir, él habló... Como cerraron el Vachette, nos fuimos a otra parte, y luego a otra. A las seis de la mañana estábamos comiendo almendras verdes en los Halles... Todo eso es el pasado—¡ah!, como mi fresca juventud.

Las páginas que publiqué en La Nación sobre Moreas fueron hechas en el mar, en la travesía. Llevaba mis apuntaciones y mis recuerdos recientes y la grata sensación de aquella generosa intelectualidad. Confieso que jamás he encontrado un alma ni más augustamente firme, ni más poseída de la fuerza de su propio conocimiento, ni más elevada en su concebir la vida, ni más pura en su humanidad, que el alma límpida, ínclita y piadosa de Jean Moreas. Es asombroso cómo ha podido conservar su diafanidad y su excelsitud ese espíritu de excepción en esta ciudad de las duras intrigas, de las crespas batallas; los roces ásperos no han hecho más que abrillantar sus facetas, como a las piedras finas. Primero sonrieron de él la rutina y la inepcia; luego le atacaron la rivalidad y la envidia. El siguió adelante. Procuró expresarse, manifestarse mejor siempre. No solicitó el éxito, no cortejó a la réclame. Desdeñó cetros de pasajeros instantes literarios. Dejó pasar los cortejos, las máscaras que desaparecen... Y modificándose, mejorándose, siempre siendo el mismo, cultivó su maravilloso jardín, que por un lado confina con la selva y por el otro con el mar, la selva sagrada, en donde están sus abejas del Himeto, y la vital Thalassa, por donde pasó la nave Argos. Y así, con su modestia más orgullosa que el continente de todos los reyes, fué simplemente, tranquilamente, haciendo de su vida el poema principal de sus poemas, de la meditación su más sincera inspiradora y de su íntimo consejo su más bella coraza de oro homérico. Retirado en una casa que está cerca del campo, ha hecho sus magistrales Stances y ha concluído su Iphigénie, la desde hace tanto tiempo anunciada e incubada tragedia. El no buscó nunca a nadie, no pidió jamás nada. A su retiro le fué a buscar, hace más de un año, la Legión de Honor. Y hoy, con el triunfo de Orange, lejos ya las luchas de escuelas, desaparecidos en la historia de las letras francesas los buenos combates de los simbolistas y decadentes, aclarado el campo intelectual, surge definitiva la figura del lírico resucitador de las hermosuras clásicas, del admirador de los antiguos coros, de quien nos viene a decir en pleno siglo de decadencia moral y de derrotas estéticas la palabra de la Belleza eterna, la lección de virtud y de sacrificio, el canto de heroísmo y de gracia robusta que la tierra del Arte indestructible ha de recordar por los siglos de los siglos al agitado espíritu del mundo.

Sus victorias actuales no le deben hacer olvidar ni menospreciar sus primeras victorias. No hay que renegar de la juventud. Las Syrtes, el Pelerin, las obras primigenias, inician la obra por venir, la obra presente. Nuestros primeros actos afirman nuestras decisiones futuras. Mejorarse no es contradecirse. Simplificarse no es desdecirse. Cada momento tiene su fórmula, tiene su expresión. Cada estación la naturaleza es distinta en sus manifestaciones. Y no hay mejor certificación y aprobación de la espiga dorada que el pan—o la hostia.

Paris, je te ressemble; un instant le soleil
Brille dans ton ciel bleu, puis sudain c’est la brume,
Au vent septentrion si tu te fais pareil,
Tu passes les pays que le zéphyr parfume.
Triste jusqu’à la mort, en même temps joyeux,
Tout m’est concours heureux et sinistre présage;
Sans cause l’allegresse a pleuré dans mes yeux,
Et le sombre destin sourit sur mon visage.

Moreas llama a la fatalidad necesidad. Digamos, pues, que es necesario que haya hombres como Moreas, poetas como Moreas, que vivan en París, que se parezcan a París y que de repente digan palabras universales, sentimientos totales, logos substancial, verbo de humanidad: «Hélas! que le soleil est doux!», clama una de sus heroínas. Y eso que es tan sencillo, que lo puede decir el primer ciego que pase por la calle, es en la trágica estrofa acuñado para la relativa eternidad de las letras.

Cuando he vuelto a París a establecerme—por siempre—no he procurado buscar con frecuencia a mi amigo de antaño. Sé lo que tienen de impertinente la admiración intempestiva y la solicitud irrazonada. Por otra parte, no busco ni visito a nadie, y esta es una mala condición de mi carácter en mis tareas. No he sido hecho para la visita ni fabricado para la interview. Tanto peor para mí, que no he gozado de la familiaridad de los chers maîtres. No obstante, a Moreas le he vuelto a ver. Triste, con su melancolía altiva y con sus canas. Allí, en el café Napolitaine, junto a Mendes, viejo, junto a Courteline y otros señores de la literatura y periodistas grandes y pequeños. Y Moreas, notaba yo, no estaba en su centro. Después, juntos, y con Carrillo—¡un Carrillo cuán otro!—con Duplessis—¡un Duplessis cuán cambiado!—hemos solido recordar las horas de hace diez años, cuando pasé para Buenos Aires, cargado de ilusiones y de sueños, y fuimos a comer almendras verdes a los mercados, una mañana de Mayo, en que nacía dulce el sol.

La Iphigénie actual estaba ya empezada en aquellos días. En tal ocasión dije que el poeta preparaba una pieza para la Comedia Francesa, y que, dados sus antecedentes, era dudosa la aceptación. Aquella pieza es la tragedia actual, que, de seguro, de la antigua memorable escena del teatro romano de Orange, pasará al primer escenario de Francia.

Gloria sea dada al severo ordenador de admirables escenas y al siempre magnífico rimador de perfectos versos. No creáis que es exageración deciros que los versos de Moreas—los mejores de Moreas—son superiores a los de los más inconmovibles clásicos de la literatura francesa. Este descendiente de los Píndaros y de los Sófocles se expresa con singular majestad en el verbo de los Racine y de los Chenier, y he aquí también uno que mamó leche amaltea y dijo en la mejor lengua de Francia el decoro y la potestad del dios cuyo arco es argentino.

Leed estos fragmentos, llenos de majestad verbal y de sabia armonía. Esto es del coro del quinto acto:

Iphigénie, hélas! c’est pour une autre fête
Où couléront des pleurs
Que les Grecs vont mêler les boucles de ta tête
D’un chapelet de fleurs
Telle, en riche apparat, victime couronnée,
Pour désarmer le ciel,
Une pure génisse à la peau tachetée
S’approche de l’autel,
Noble vierge d’Argos, dans la verte prairie
Près des courantes eaux,
Au milieu des bouviers tu ne fus pas nourrie
Au son des chalumeaux.
Tu croissais sage et belle; une reine, ta mère,
Avec un soin jaloux,
T’élevait pour te voir dans le palais prospère
D’un prince ton époux.
Et pourtant, ô malice où le monde s’obstine!
Une brutale main
Avec le fer aigu fera de la poitrine
Jaillir ton sang humain.
Ah! comment l’incarnat qui pare ton visage
D’un charme virginal.
Et la fierté décente et la fleur de ton âge
Sauraient vaincre le mal,
Puisque l’ambition, la fraude et l’impudence,
Le vice injurieux
Ont fait que les mortels sont livrés sans défense
A la haine des dieux!

Y esto de Ifigenia al coro:

Et vous, femmes, quittant le deuil et le regrets
Vous ferez retentir des chants qui seront dignes
D’Artemis au grand cœur qui lance au loin ses traits
Et parcourt sur un char Claros féconde en vignes.
Où sont les vases d’or et les libations?
Que la flamme à l’autel consume lés offrendes.
O rapide Artemis qui règnes sur les monts,
Je donne sans trembler le sang que tu demandes.
Voici ma chevelure et mon front virginal;
Venez, couronnez-moi de fleurs et de feuillage.
Jeunes femmes, frappez le sol d’un pas égal
En célébrant ma mort comme un heureux présage.
Je triomphe de Troie et fais tomber à bas
Sa forte citadelle et sa muraille antique,
Et pour fixer enfin la chance des combats,
J’efface de mon sang l’oracle prophétique.
O retraites d’Aulis, ô bords, golfe profond,
Je vous devrai la gloire! Argos, ô ma patrie,
Pour un illustre exemple et ce destin, qui sont
Présens des immortels, Argos, tu m’as nourrie?

La prensa celebra la victoria de Moreas, los críticos oficiales lo saludan, su nombre adquiere de pronto popularidad. A la representación de la obra, a la par de los letrados parisienses que fueron a aplaudir a Silvain-Agamemnon, a Lambert fils Aquiles, y a la brava Luisa Silvain, y a la joven y brillante Roch, y a la clamorosa Tessandier, asistieron campesinas de los contornos, que lloraron de veras, bajo sus cofias blancas, por las desventuras de la dolorosa Ifigenia.

¡Y Moreas, como siempre, solitario soñador de armoniosos sueños, sigue su camino en la austera melancolía de su vida, sin profanar el don divino que recibió con la luz en su tierra maternal y gloriosa, poeta, poeta siempre, señor de los cisnes, dueño del laurel verde!


A PROPÓSITO DE Mm. DE NOAILLES

CABO de cerrar el libro de versos que ha publicado una alta dama francesa, la condesa Mathieu de Noailles. Se titula L’Ombre des jour, y viene después de otro: Cœur innombrable. Este flordelisado volumen de cosas bonitas, tiernas, melancólicas, femeninas, es un libro de mujer moderna con alma antigua. La condesa de Noailles reconcilia con la literatura de cabellos largos, del sexo vilipendiado intelectualmente por Schopenhauer. No recuerdo si M. Han Ryner, en su «masacre» de Amazonas, ha escalpado también esta preciosa cabeza; si lo ha hecho, no le será perdonado, pues el mismo Barbey, condestable feroz ante una media azul, encontraría que las que ahora me ocupan son de color de rosa—a menos que no fuese la fina piel de una ninfa, libre de toda malla, húmeda aun de su preferida fuente.

La condesa de Noailles no es una basbleu. Es una bella flor humana llena de mental esencia, que se exterioriza en formas de armonía. Es una rara perla perfumada, como las del mar de Ormuz. Es una aparición de figura poética y legendaria en pleno París del siglo XX. Es una joven exquisita, de veinte años, divina de frescura y gracia, que demuestra simplemente que se puede tener un nombre ilustre, un marido, un automóvil, vestirse en la calle de la Paix y poner su alma cantante y soñadora en las alas de los versos. Nada tiene que ver esta sacerdotisa apolínea, o pánica, con los pantalones del feminismo. Ella vaga en los bosques, comunicando, ronsardizando, como antaño, en la libertad de su naturaleza:

Car dans ce temps, haute et paisible
La Nature, ses bois, ses eaux,
N’avalent pas cette ame sensible
Qui plus tard fit pleurer Rousseau.

Lelianiza también; pues no teme acercarse desde su morada heráldica a coger las flores sinceras y modernísimas del pobre Lelián. ¡Una dama aristocrática, honorable, adorable, que frecuenta a Verlaine! ¿Qué dirían entre nosotros, y en otras partes, los que solamente ven del desdichado fauno la máscara socrática y la repugnante ebriedad? La condesa de Noailles es verlainiana en su sencilla delicadeza. El encanto natural, la comunicación secreta e íntima con el Universo, de manera que el espíritu propio se confunda con el espíritu del mundo, la conciencia de que nuestra voz es una unidad individual en voz total infinita, y que nuestro minúsculo espejo interior es en realidad tan vasto que en él se mira todo lo que existe, hacen que del jardín lírico de esta singular poetisa vuelen al azul muy maravillosas alondras. Ella canta a Príapo, dios de los jardines; y la ignorancia tiembla creyendo renovada la oda de Pirrón. Canta la eternamente nueva canción de las florestas primaverales, de los frescos verjeles, de las flores recién nacidas, de los nidos, de la hermosura melodiosa de un momento matutino; y la gloria y la alegría de amar, razón y triunfo inmenso de la vida. Y se singulariza en la campaña francesa, en las ciudades y aldeas de su patria, en donde encuentra una revelación de ensueño o un motivo de atracción. Y siempre es el alma amante en el cuerpo amoroso, que vibra al soplo del armonioso viento. Dice todo lo que ve y todo lo que siente. Se siente amada y lamenta el paso del tiempo, porque con él se irán su juventud y su sed de amor:

Pourtant tu t’en iras un jour de moi, jeunesse,
Tu t’en iras, tenant l’Amour entre tres bras.
Je souffrirai, je pleurerai, tu t’en iras,
Jusqu’à ce que plus rien de toi ne m’apparaisse.

Ronsard se consolaba con ser leído a la chandelle por la amada envejecida; y Ponsard—¡hay distancia!—dijo la misma cosa en un soneto a la famosa Ratazzi. La musa, cuyos versos celebro, desea «ser amada después de la muerte», y dice:

Et qu’un jeune homme alors, lisant ce que j’écris,
Sentant par moi son cœur emu, troublé, surpris,
Ayant tout oublié des compagnes réelles,
M’accueille dans son âme el me préfère à elles.

Hay un admirable estudio del conde Robert de Montesquiou-Fezensac sobre los inconvenientes de los nobles y grandes señores que se dedican a asuntos artísticos o literarios. Tienen, desde luego, la oposición de las gentes de su casta, que no son por lo general muy dadas a cosas del espíritu, desde los tiempos en que la nobleza ostentaba como un lujo la ignorancia. Los artistas, por su lado, no los acogen sino con cierta hostilidad, quizá consecuencia de la antigua humillación del mecenismo. La clase poderosa, que ve la superioridad intelectual como una fuerza que no posee, opone su indiferencia o su desdén. Son dos elementos contrarios, difíciles de unir, sin llegar a las utopías de Rebell. El público, a su vez, acoge casi siempre la producción del autor blasonado—en nuestros países el rico autor—como labor de dilettante, como ocio de aficionado. En muchos casos hay gran razón, pero suele haber injusticia. En cuanto a la dama, a la mujer de alcurnia, que se atreve a tales empresas, las dificultades suelen ser mayores. La sostenida inferioridad ancestral, la ligereza, las preocupaciones mundanas, la maledicencia, la social inveterada hipocresía, el flirt moderno, las atenciones de la moda, las influencias religiosas y la agresividad intelectual masculina se presentan ante las tentativas de una vocación. Se necesita ser una voluntad, un carácter, para oponerse a todo eso, para luchar, para vencer. En todas partes del mundo ha habido y hay las brillantes excepciones que confirman la regla. No me refiero, de ningún modo, a las agitadas y sonoras viragos del feminismo militante.

Sin pretender de ninguna manera sostener la vieja cuestión teológica, yo no creo en la igualdad espiritual del hombre y de la mujer. Obsérvese que no hablo de inferioridad, sino de igualdad. La Naturaleza es la sabia ordenadora y tiene sus leyes absolutas; en este caso la ley se llama fisiología. No insistiré en el tema, que nos llevaría a puntos delicados que conocen mis lectores y que han sido y son muy tratados científica y cómicamente. Creo, sin embargo, en que, así como hay hombres de alma femenina, hay mujeres de alma e inteligencia masculinas.

A decir verdad, no es simpático el tipo de la literata, de la marisabidilla, de la cultilatiniparla de nuestro tiempo. Ni la de tiempo alguno. En todo caso, quedémonos con las cortesanas artistas de la antigüedad, con las sutiles inspiradas de todos los tiempos, pero en ningún caso con lo que significa la palabra española marimacho. Cuando se toca de cerca a la cuestión doméstica, seamos más explícitos, y digamos con el excelente Chrisale:

J’aime bien mieux pour moi qu’en épluchant des herbes,
Elle accommode mal les noms avec les verbes,
Et redise cent fois un bas et méchant mot,
Que de brûler ma viande ou saler trop mon pot,
Je vis de bonne soupe et non de beau langage.

Sería, es indudable, mucho mejor tener ambas cosas, buen lenguaje y buena sopa. No sólo de pan vive el hombre. Podría argüirse que las bellas y honestas damas que se dedican a la literatura están rodeadas de los esplendores de la fortuna; y, por lo tanto, no tienen nada que ver con los puntos de media y con las cacerolas. Al contrario, toda verdadera alta dama de antaño, como de ahora, se conoce en esto; en que no por el cuidado de su belleza y por la distinción de su jerarquía ha dejado en abandono el capítulo importante y clásico de los asuntos caseros, desde la reina Penélope hasta la reina Victoria. Y luego, se puede escribir el Heptameron y hacer los ricos platos de dulce que sabía confeccionar la Margarita de las Margaritas. Hay una larga serie de madamas que han dejado muy buenas obras y que han sido muy hacendosas. Se habla de la sopa de coles de Mme. Dacier, una sopa famosa, aunque no tanto como la traducción de Homero de esa misma señora. La Scudery, la de Deshouillers, la de Genlio, la de Maintenon, la de Sevigné, la de Staël, muy plausibles mujeres de su casa. Les faltaría ortografía a algunas; pero orden doméstico, economía y ojo listo, eso no.

Lo que no es aceptable son las ridículas impertinentes, las excesivas Filamintas, las que se deleitan con Trissotin y quieren abrazar a Vadius por amor del griego. Hoy no hay muchas de éstas, dado que el griego hay muy pocos Vadius que lo sepan. Pero hay la snob, la decadente, la wagnerista, la partidaria{89} del amor libre, la Eva nueva, la doctora escandinava ibseniana y la estudiante rusa que tira balazos. Confieso que prefiero las preciosas, que me quedo con Filaminta, con Belisa y con Armanda.

No hay en Francia la cantidad de authoresses que en Inglaterra y los Estados Unidos; pero hay una gran cantidad de mujeres que escriben, autoras de libros científicos, sabias como Clémence Royer, que ha muerto hace poco, periodistas valientes y ágiles, novelistas, poetisas, fuera de las grandes damas que hacen política, y conservan los pocos, los raros salones semejantes a los que antes tuviera una madame de Girardin, o, más recientemente, Mme. Adam.

Unas cuantas personalidades se destacan en el copioso grupo. Cierta revista muy mundana—Femina—ha propuesto como tema de un concurso, a sus suscriptoras, la elección de una Academia de mujeres francesas, paralela a la de los cuarenta. Hace algunos años esa misma cuestión fué actualidad, y se hizo una lista de las que resultaron elegidas en plebiscito: Mmes. Edmond Adam, Marie-Anne de Bovet, condesa Colonna, Jeanne Chauvin, Judith Cladel, Alfonso Daudet, Dieulafoy, Judith Gautier, M. L. Gagneur, Eugène Garcin, Henry Greville, Gyp, Manœel de Grandfor, Robert Halt, Paulina Kergomard, Leconte de Nouy, Jean Laurenty, Nelly Lieutier, Daniel Lesueur, Max Lyan, Jeanne Mayrel, Hector Malot, Michelet, Marni, Luisa Michel, María Mangeret, Mesureur, Mendès, María L. Néron, de Peyrebrune, Rachilde, Rostand, Clémence{90} Royer, Ratazzi, G. Rénard, Mary Summer, Séverine, Simonne Arnaux, Marcel Tinayre, Vincens. Algunas de ellas han muerto, pero los huecos podrían llenarse. Solamente, si tal Academia llegara a realizarse, sería uno de los mayores triunfos del ridículo en la historia de las ocurrencias humanas. Ya hay bastante con el que ha caído durante tanto tiempo sobre la de «inmortales» varones. Entre todos esos nombres los hay dignos de la mayor estimación y aun admiración, y los hay medianos y casi desconocidos. No puede haber parangón alguno entre, por ejemplo, Judith Gautier y la señora Malot, entre Rachilde y la señora Tinayre. ¡Así sucede bajo la Cúpula!

Las cabezas femeninas que más brillan, son, ante todo, las de esas dos admirables luchadoras que van a la acción, que ponen voluntad y talento al servicio del bien, la ardorosa Luise Michel, o la pacificadora Severine. Luego vienen las de puro intelecto, las imaginativas y ultrapensantes; en un exceso de vitalidad y de fuerza, esa rara Mme. Vallete, o sea Rachilde, aparece como el cerebro femenino más complicado y vigoroso, no sólo de su siglo, sino de todos los siglos. Hace unos diez años escribía yo de ella un retrato, en que mis entusiasmos de entonces iban hacia la parte extrañamente diabólica y misteriosamente pecadora de su obra. Hoy, con mayor reflexión, no veo ya a la escritora sadista—Sade toujours—, a la juglaresa incendiaria, sino a la sesuda y terrible filósofa, a la formidable destructora, a la Sybila de la anarquía, cuyas ideas,{91} hoy manifestadas en nuevas novelas, o en críticas singulares, se puede no seguir, pero no se puede dejar de admirar.

Después están las estudiosas, como Lucía Félix Faure; las «maestras», como Judith Gautier. Y luego las musas, para coronar el pensamiento femenino francés. La deliciosa señora del doctor Mardrus, nacida entre la obra hermética y mágica de Mallarmé y los cuentos árabes que su marido ha vertido, esas Mil noches y una noche, de los que parece emergida. La señora de Rostand, que dicen que tiene más talento que el autor de Cyrano; la señora de Mendès, bella, que hace versos hechiceros, y que antes se llamaba Claire Sidoine, y algunas otras que no nombro. Pero ¿cómo olvidar el talento especial de esa temible Gyp? Hay, por último, una novelista de actualidad, alabada por los periódicos, y que es bella, muy bella: me refiero a Jeanne de la Vaudère. Aseguran que sus libros se venden mucho, y que está de moda en los salones. No hay nada más intencionalmente obsceno, ni más desprovisto de arte, que las lucubraciones de esta distinguida joven de letras.


 


NIÑAS-PRODIGIOS...

E han descubierto recientemente en Francia algunas niñas-prodigios; dos de ellas poetisas. Una, Carmen d’Assilva, aun siendo de nombre «portugais» y aun estando en Francia, da tristeza: tiene diez años, una carita pálida, de grandes ojeras, y ha escrito cinco volúmenes de cuentos, un volumen de monólogos y de versos y siete piezas de teatros, que ha representado ella misma... Es miembro de la «Societé des gens de lettres» y de la «Societé des auteurs dramatiques» desde los nueve años. Sardou le escribió: «Sois el autor más joven que se conoce, hija mía; os felicito y os estimulo a que sigáis produciendo mucho, respetando también los estatutos de nuestra Sociedad, que os remito.» Es de tenerle lástima... La otra es Mlle. Antoni Coullet, de diez años también, y de un talento indudablemente superior al de la anterior, aunque no haya producido tanto. Coppée está encantado{94} de ella y ha hecho que Lemerre le publique un tomito de versos, entre los cuales los hay lindos. Citaré los siguientes, sin traducirlos, para que se pueda apreciar mejor la facultad poética de esta niña:

SUR MON PORTRAIT

O vous! ne cherchez pas en ces trais la beauté.
Il est des fleurs qui sont moins belles que la rose,
Mais comme un papillon un court instant se pose,
L’espoir des joies d’autruil sur elle est arrêté.

He aquí algo muy verlainiano; e indudablemente a la autora no le han de haber permitido conocer a Verlain:

VIEUX CARROSSES

Y este otro soneto:

A LA JEANNE D’ARC, DE CHAPU

Vers quel ange du ciel qui se montre à demi,
Tournes-tu ton regard, dans la plaine boisée...?
Calme et belle, à genoux, dans la fraiche rosée,
Tu vois la France en deuil, vierge de Domrémy!
Mais quelque séraphin ou quelque rêve ami
Te montre, en vision, cette tombe embrasée
Où tu laissas s’enfuir ta colère apaisée,
Où tu mourus sereine, aux yeux de l’ennemi.
Tous tes pas, vers le ciel, étaient marqués de mousse,
Et sur ton front brillait une lueur si douce,
Rayon qui s’échappa du sourire de Dieu!
Ta gloire, en lac de sang, s’étendit sur la terre,
Et dans un marbre pur, les hommes de ce lieu
Voulurent te revoir, à l’ombre du mystere.

Ved la opinión del poeta de Les Humbles: «Cuando el padre y la madre de Antonine Coullet me mostraron los versos de su niña y me dijeron que la authoress tenía diez años, quedé estupefacto, como quedarán todos los lectores. Pero a mi encantada sorpresa sucedió en seguida un sentimiento de inquietud. Pensaba con tristeza, con piedad casi, en el pequeño prodigio, en la niña fenómeno, y me imaginaba ya un rostro melancólico y ajado, una inteligencia recalentada, un cerebro viejo antes de tiempo. ¡Y bien, no! No se trata de ningún modo de una primicia obtenida artificialmente, de una planta de estufa. Antonine Coullet no ha aprendido nunca la prosodia, y no está aún muy segura de su ortografía. Tiene buen aspecto, le gusta jugar, ha guardado intacta la ingenuidad de su edad. Esta musa infantil es una verdadera niñita. Solamente ella ha leído ya muchos versos, y por un don extraordinario los ha hecho, naturalmente, sin darse cuenta, por decir así, como un rosal da sus flores. Hace versos, y encontraréis en ellos, sin duda, reminiscencias, palabras cuyo sentido no puede conocer, ideas que, ciertamente, no comprende. Pero probadlos esos versos por la lectura en alta voz, como se prueba la calidad de las monedas, haciéndoles sonar, y reconoceréis que esos son buenos y bellos versos, armoniosos, llenos de imágenes, en donde se estremece también muy a menudo una sensación verdadera. Por mi parte quedo confundido ante tal precocidad. La palabra «vocación», tan grave de pronunciar, sin embargo, me viene espontáneamente a los labios. Hay que decir, como Chateaubriand después de haber leído las primeras odas del jovencito Víctor Hugo: «¿Niño sublime?» No; sería demasiado. Pero, viejo poeta, conmovido por el don poético de esta niña, recuerdo que, a su edad, Mozart ha compuesto sus primeras sonatas. Ese hombre de genio principió también como niño-prodigio. Ante esta mignonne Antonine pienso en el pequeño Wolfang, sentado al piano.»

Yo creo que Coppée tiene razón en ponerse triste. Ante un caso semejante al de la niña Antonine o la niña Carmen, hay que recordar que los niños-prodigios, con muy raras excepciones, mantienen las promesas de su infancia. Los demasiado amados de los dioses mueren brutos... todos hemos visto a esos maravillosos compañeros de colegio que dejan asombrados a los profesores; generalmente acaban de modestos industriales o alcaldes de villa. En la mujer la precocidad es más peligrosa aún. El fin de una superdespierta de diez años es terrible de pensar... El record de la precocidad femenina creo que lo ha ganado cierta niñita que, con motivo de una enquête, envió a una gran revista mundana la carta siguiente: «Señora: Creo que estoy ya en edad de casarme, y que soy muy capaz de ser una buena madre de familia. Os confío a vos esto porque estudiais seriamente la cuestión, pero no me atrevería a decirlo en mi casa. Sé bien que se me respondería: «¡Pero si no tienes más que doce años!» ¡Como si esto fuese una razón! ¿Acaso no se puede ser razonable a los doce años y adorar u ocuparse de un hogar y de sus hijos? La edad no tiene nada que ver con el asunto; y tengo en mi familia una tía de setenta y siete años a quien papá y mamá llaman «la vieja loca» porque ha perdido toda su fortuna al juego de los caballitos. Yo no tengo nada de loca. No creo en el petit Noël, ni en las historias que hacen dormir y que se cuentan a los niños. Y si se me dejara ponerme en menage, y... comprar niños, se haría mucho mejor que obligarme a jugar todo el día con una muñeca que no puedo amar verdaderamente «puesto que no sufre». Esa joya los padres podrán apreciarla. Es un caso que hace pensar en la posibilidad de la transmigración de las almas... Es un caso de teratología psíquica.

He hablado alguna vez de Jacqueline Pascal, la hermana del gran Blas. Ella también fué un caso de temprana frondosidad mental, y deleitó con sus lucubraciones primigenarias a las gentes de su tiempo. Tuvo también algo que no tienen, por lo común, las niñas-prodigios: la belleza. «Parfaitement belle, et la plus agréable du monde par la gentilesse de son esprit et de son humeur à six ans elle est deja souhaitée partout», dice en su biografía Mme. Perrier. La petite Pascal publicó, como la petite Coullet de ahora, un volumen de versos. Pero no pensaba lo mismo que esa mademoiselle de doce años que se quiere casar y comprar hijos, y que no estima en nada la relación con sus muñecas. Jacqueline, por el contrario, a pesar de que sabía que los hijos no se compran, puesto que compuso un epigrama: «Sur le mouvement que la reyne a senti de son enfant», no desdeñaba los juegos pueriles: «elle était sans cesse après ses poupées». Se buscan en los primeros intentos las primeras revelaciones del alma. Le dió la viruela y quedó horrible. Digna hermana de su profundo hermano, sufrió con paciencia. Doce años tenía cuando desempeñaba, a pesar de su cara picada, un papel en el Amour tyrannique, de Scudery, y encanta al cardenal Le Richelieu, que decía de la familia de Blas: «J’en veux faire quelque chose de grand». Luego se gana en Rouen el premio anual discernido a la mejor composición sobre la Concepción de la Virgen, y cambia versos nada menos que con Corneille.

Entre los grandes nombres femeninos de la historia no es la precocidad un común distintivo; sin embargo, para saber en su tiempo lo que una Oliva Sabuco de Nantes, hay que haber sido un prodigio de estudio y de comprensión desde muy tierna edad. En Santa Teresa todo es más intuitivo. En la tradicional cultura italiana hay ejemplos admirables. Pongo por caso una famosa donna María Gaetana Agnesi, de quien el canónigo Frisi escribió un entusiástico elogio. Júzguese por estos datos: A los cinco años hablaba muy bien francés y estudiaba latín. A los once, conocía perfectamente latín y griego. Escribió en esta lengua un tratado de mitología y un léxico grecolatino de más de trece mil voces escogidas. Además sabía el español, el hebreo, el alemán. Como Cornelia Piscopia era un «oráculo settilingue». De Brosses, que la conoció, escribía a su amigo el presidente Bonhier en una carta estos párrafos deliciosos que merecen ser citados: «Debo darle noticia, mi querido presidente, de una especie de fenómeno literario de que acabo de ser testigo, y que me ha parecido «una cosa piú estupenda», que el Duomo de Milán... Vengo de casa de la signora Agnesi. Se me ha hecho entrar en un grande y bello salón, en donde he encontrado treinta personas de todas las naciones de Europa sentadas en círculo, y la señorita Agnesi sola con su hermanita en un canapé. Es una niña de diez y ocho a veinte años, ni fea ni bonita, que tiene el aire muy sencillo y muy dulce. Nos han traído mucha agua helada, lo que me pareció un preludio de buen augurio. No esperaba, al ir allí, sino conversar ordinariamente con esa señorita; en lugar de eso, el conde Belloni, que me llevaba, ha querido hacer una especie de «acto» público: ha comenzado por dirigir a esa jovencita una bella arenga en latín, para ser comprendido por todo el mundo. Ella le ha contestado muy bien; después de lo cual se han puesto a disputar en la misma lengua sobre el origen de las fuentes y sobre las causas del flujo y reflujo que, como el mar, tienen algunas. Ella ha hablado como un ángel sobre estas materias; yo nada he oído sobre eso que me haya satisfecho tanto. Después, el conde Belloni me rogó que disertara lo mismo con ella sobre el asunto que quisiese, con tal que fuese un asunto filosófico o matemático. He quedado estupefacto al ver que me era preciso arengar de improviso y hablar durante una hora en una lengua que uso tan poco. Sin embargo, sea lo que sea, le he hecho un hermoso cumplimiento; después hemos disputado, primero, sobre el modo con que el alma puede ser impresionada por los objetos corporales, y cómo éstos se comunican con los órganos del cerebro; y en seguida sobre la emanación de la luz y sobre los calores primitivos. Loppin ha disertado con ella sobre la transparencia de los cuerpos y sobre las propiedades de ciertas curvas geométricas, de lo cual no he comprendido nada. El le habló en francés y ella le pidió permiso para contestarle en latín, temiendo que los términos de arte no fuesen fáciles de recordar en lengua francesa. Habló a maravilla sobre todos esos temas, sobre los cuales no estaba más prevenida que nosotros. Es muy apegada a la filosofía de Newton, y es cosa prodigiosa ver a una persona de su edad comprender tan bien puntos tan abstractos. Pero, por mucho que me haya asombrado su doctrina, más me asombra oirla hablar latín, lengua que seguramente no debe usar mucho, con tanta pureza, facilidad y corrección. Después que le hubo contestado a Loppin, nos levantamos, y la conversación se hizo general. Cada persona hablaba con ella en su lengua propia.»

Ya se ve que ésta supera a todas nuestras cultilatiniparlas de la actualidad, estudiantas ibsenianas y feministas marisabidillas, y aun a nuestras más famosas doctoras y musas contemporáneas. Y el caso de Gaetana no es único. En 1726 se publicó en Venecia una obra en dos volúmenes, de la cual he visto un ejemplar en la Biblioteca Nacional, obra cuyo título es: Componimenti poetici delle piú illustri rimatrici d’ogni secolo, por Luisa Bergalli. En dicha obra se publican trabajos de 250 poetisas y sus biografías. Luisa Bergalli fué un prodigio, prosista, autora de versos, traductora de Terencio. «Doctissiman fœminam Terentianis versionibus celebrem; et comico opere Italicorum excellentissime»—; dice de ella el entusiasta Barbieri. Eran, sin duda, tiempos muy diferentes de los nuestros, de cake-walk, flirt y otras disciplinas semejantes. En nuestra época apenas sin ridículo se le permite saber chino a Judit Gautier y persa a Madame Dulafoy.

 

A creer en lo que afirma un autor inglés, indiscutible humorista, se pudo leer en Londres, en el siglo antepasado, el anuncio teatral siguiente: «La semana próxima los personajes de Coroliano y de Enrique VIII serán representados por Miss Biddy, niñita de cuatro años, que ha desempeñado los mismos papeles hace diez y ocho meses con tanto éxito en Dublin, y que no está enteramente curada de su coqueluche.» Aquí la precocidad toca los límites de lo extraordinario y bufón. Robert de Montesquiou, al contrario, cuenta de una su amiguita y pariente, niña-prodigio y deleitable alma primaveral, cosas singulares. Si el caso particular es verdaderamente raro—dice—, el hecho no lo es en sí. «La infancia es poeta»—ha dicho Mme. Valmore—. Y Víctor Hugo ha escrito estos versos, que son una noble explicación del precoz milagro: