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Oriente

Chapter 13: XI Viena la elegante
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About This Book

Relatos de viaje y observación que relatan estancias en balnearios y ciudades pobladas por gentes de muy diversa procedencia, atuendos y costumbres; combinan descripciones vívidas de paseos, fuentes y escenas públicas con anécdotas personales y reflexiones sobre la moda, la salud termal y la circulación de bienes y personas. La narración organiza capítulos de itinerario y estampas costumbristas, alternando ironía y atención al detalle para mostrar la convivencia entre tradiciones antiguas y dinámicas modernas en distintos lugares visitados.

Los hábitos negros y blancos de los dominicos palpitaron de emoción; las cabezas severas y duras de los frailes alemanes, intolerantes y rudos, y de los frailes españoles, sus discípulos y herederos, agitáronse con aullidos de muerte.

El sacerdote bohemio se explicó tan claramente, que, á los pocos días, estaba preso, y para mayor seguridad, en el convento de los dominicos, en este torreón que puedo tocar con sólo extender el brazo fuera de mi ventana. El emperador se olvidó de él y de la palabra dada, ejemplo de villanía repugnante que no siguió Carlos V cuando un siglo después compareció Lutero ante la Dieta de Worms.

La muchedumbre reunida en Constanza gozó al fin de una gran fiesta. Los padres del Concilio, que llevaban tanto tiempo sin hacer nada y se veían desobedecidos en sus acuerdos, pensaron satisfechos en que iban á hacer algo sonado.

Una mañana, el prisionero del convento de la Isla fué sacado del torreoncillo, por cuyas estrechas ventanas contemplaba la extensión azul del lago buscando las montañas de su lejano país. Cruces en alto; blandones encendidos; largas filas de monjes encapuchados; un canto lúgubre, que contrasta con el piído de los pájaros y el susurro del lago al morir en la orilla. Como representantes del brazo secular, los barbudos lansquenetes, oliendo á cerveza, empujan al sacerdote, lo amarran, lo visten con una mitra y una túnica pintadas de diablos y serpientes y la procesión de muerte emprende el camino hacia el arrabal de Brülh, donde hoy se alza una roca cubierta de inscripciones en honor del mártir. Otra procesión igual surge en el camino conduciendo á Jerónimo de Praga, el fiel compañero y discípulo.

La gloria de la cristiandad, lo más selecto é ilustre de la época, ocupa la llanura de Brülh. El emperador no ha osado contemplar su obra, pero allí están, junto al montón de leña seca, rematada por dos postes, los cardenales á caballo, con sus séquitos de príncipes; los nobles guerreros y las hermosas damas alemanas, rubias, blancas y pechonas, montadas en vistosas hacaneas y avanzando todo cuanto pueden para no perder nada del interesante espectáculo.

¡Prodigios de la fe! El inmenso montón de leña ha sido traído voluntariamente pieza á pieza, por la piedad de los fieles, por el buen populacho, que desea la quema de estos dos hombres, á los que no conoce, pero cuya maldad le parece indudable.

Empiezan á crepitar las llamas, asomando sus lenguas rojas entre los leños. Surge el humo de las ropas carnavalescas que cubren á los condenados como un último insulto.

De pronto se abren las filas de soldados sonrientes, y sonríen también las hermosas damas, los príncipes eclesiásticos y los jinetes de luciente coraza.

Una vieja, arrugada y casi ciega, miserable andrajo humano, avanza, encorvada bajo un pequeño haz de sarmientos. Viene de muy lejos, y teme haber llegado tarde para depositar su ofrenda, perdiendo la ocasión de hacerse grata á Dios. Al arrojar su haz en la hoguera, suspira satisfecha, como si librase su alma de un gran peso.

Juan Huss también sonríe. Sus ojos azules, de dulce profeta, lagrimeantes por el humo, miran al cielo. Su barba rubia, que empieza á chamuscarse, muévese á impulsos de una admiración lastimera.

¡Oh sancta simplicitas!—gime.

Las últimas palabras del mártir fueron para la santa y eterna imbecilidad de los simples, que creen lo que les enseñan, odian lo que les señalan, y con la sencillez de la inconsciencia, matan ó persiguen, creyendo realizar una gran hazaña, á los que se preocuparon de su suerte, trabajando y sufriendo por ellos.

VIII

La Atenas germánica

Munich es una de las capitales de Europa de fundación más moderna, y sin embargo, muy pocas le igualan en el aspecto, majestuosamente venerable.

En el siglo XII, cuando eran viejas ya las grandes ciudades europeas, Munich se componía de un puente sobre el Isar, con algún caserío y un fuerte convento. Forum ad Monachos la llamaban entonces, y de aquí su nombre actual, München (Monje), y el fraile que figura en su escudo de armas, y los pequeños y graciosos encapuchados que se ven en todas partes como símbolos de la ciudad, en los escaparates de juguetes, en los adornos de las esquinas, en los toneles de cerveza y en las jarras de las braserías.

Munich, por sus edificios, por sus escuelas, por el respeto oficial de que rodea á las artes, es la Atenas germánica. No significa esto que sus habitantes, morenos, católicos, habladores y ruidosos, que hacen de la Baviera una especie de Andalucía alemana, formen una democracia intelectual y refinada como la ateniense. Aquí los verdaderos artistas han sido los príncipes—simpáticos desequilibrados que se entregaron al culto de la Belleza con un fervor rayano en la manía—, y el buen pueblo, obedeciéndoles con ciega disciplina germánica, les siguió en sus deseos.

La pintura, la poesía y la música han sido las grandes manifestaciones de la vida de Munich, y sus habitantes admiran, como dioses tutelares, á los célebres artistas protegidos por los reyes. Wágner figura en todos los escaparates: su perfil de bruja pensativa adorna hasta las muestras de las tiendas. Goethe y Schiller, coronados de laurel y semidesnudos como griegos, yerguen sus cuerpos de bronce en grandes plazas, acompañando á monarcas y príncipes de la casa bávara, cuyos hechos fueron superiores á los de Mecenas. El lujoso estudio del pintor Lenbach se visita como un templo, y un culto igual recibe la memoria de Cornelius, Kieuze y todos los demás pintores y escultores que desde los tiempos de Luis I á los del infortunado Luis II (el Lohengrin coronado), contribuyeron en menos de un siglo al embellecimiento de la ciudad.

Los palacios ostentosos, los museos, los arcos de triunfo, los teatros monumentales, ocupan casi una mitad de Munich. Los reyes de Baviera trabajaron sin descanso. Su manía de embellecimiento no les dejaba dormir. El demonio de la construcción turbaba sus días con nuevas sugestiones. La caja del Estado estaba abierta para todo el que se presentaba con una idea nueva. Los favoritos de la corte fueron artistas alemanes, que no habían nacido en Baviera, y sin embargo, llegaron hasta á intervenir en la vida política y aconsejar á los soberanos. Un músico silbado en París, de costumbres bizarras y humor intratable, llegaba á ser á modo de un virrey, derrochando la fortuna pública en la erección de extraños teatros y organizando misteriosas representaciones que sólo presenciaba el monarca. Éste era casi un actor, bajo las órdenes de su amigo Wágner, imperioso artista contra el cual gruñía el pueblo, próximo á sublevarse como años antes se alzó contra Lola Montes. El entusiasmo dilapilador del abuelo por la bailarina española, reina bávara de la mano izquierda, lo sintió el nieto por el autor de El anillo del Nibelungo. No existe más diferencia entre ambas pasiones que el amor físico regaló joyas y dejó como única huella un gran escándalo histórico, mientras el amor intelectual creó teatros y monumentos, haciendo nacer las mayores obras musicales de nuestra época.

Cuando Wágner, olvidado momentáneamente de la música, se dedicó á filosofar, é hizo una confesión de creencias, dijo que sus dos dioses eran Cristo y Apolo, inventando para la humanidad del porvenir una religión, mezcla de cristianismo y helenismo, en la que se unen y confunden la humilde piedad hacia el semejante con la adoración de la soberbia belleza.

Cristo y Apolo fueron también los dioses de los soberanos bávaros, y todavía imperan juntos, partiéndose equitativamente el dominio de este pueblo.

Munich, capital de la Alemania católica, tiene unos veinte templos que son como catedrales, y cuyo interior ostentoso recuerda el de las iglesias españolas, así como el exterior es puramente italiano. Al lado de estos monumentos de Cristo, álzanse majestuosos, con la autoridad de un origen más antiguo, las innumerables obras de los monarcas bávaros á la gloria de nuestra madre Grecia: los museos de la Pinacotheca antigua y la Pinacotheca nueva; la Glyptotheca; los Propyleos; el Templo de la Gloria con su estatua colosal de la Bavaria, predecesora de «La Libertad iluminando al mundo», de Nueva York; el palacio de la Residencia; los varios teatros griegos con sus frontones, en los que danzan las Musas al son de la lira de Apolo; las vastas salas en las que brilla discretamente el mármol ambarino de las estatuas clásicas, y se exhiben fragmentos de templos traídos de Egina y otros lugares helénicos. La columnata dórica alínea su bosque de piedra en las fachadas de los palacios ó encierra en su armónico cuadrilátero jardines, grandes como bosques. El rojo de los vasos griegos, con sus pequeños cuadros de figuras negras ó polícromas, cubre muros interminables, cortado á trechos por las manchas blancas de bustos y cariátides.

Asombra el trabajo realizado por los reyes de Baviera en menos de un siglo. Sus buenos súbditos de la ciudad de Munich han debido de vivir años y años entre andamios, tragando yeso y oyendo á todas horas el choque del martillo sobre la piedra. La manía constructora de los reyes debió constituir su gloria y su suplicio.

El arte se muestra en amontonamiento, como creado de real orden, en pocos años, ejecución admirable, pero sin la originalidad y la noble armonía que es producto de los siglos. Se ve que todo está hecho de una sola vez, que ha surgido del suelo en una sola pieza, falto de esas capas de sucesiva formación que va secretando el paso de las generaciones.

El aspecto monumental de Munich—una vez desvanecida la primera impresión de asombro por lo grandioso de la obra—causa igual efecto que esas sinfonías cuyos motivos agrandan ó conmueven, al mismo tiempo que la memoria se estremece con la sensación de haber oído antes los mismos sonidos.

—Esto no es nuevo—se dice el viajero al contemplar la ciudad—. Todo me parece haberlo visto en otras partes.

Indudablemente los monumentos griegos nada tienen de originales, y en esto consiste su mérito. Son reconstrucciones ingeniosas, evocaciones sabias de las obras que han llegado hasta nosotros, mutiladas é indecisas. Pero ¿y los otros monumentos?

Á los pocos días de estar en Munich, van surgiendo en la memoria imágenes del pasado, recuerdos de viajes por otros países. El aire de familia se marca cada vez más en las cosas, como en esos rostros que nos parecen extraños al primer instante y acaban por ser de antiguos amigos. Unas iglesias recuerdan las de Florencia; tal vivienda real es el palacio Pitti; tal otro un palacio de Roma; la Logia de los Mariscales es una copia de la Logia de Orcagna en la capital toscana; los mástiles enormes, ante la Residencia, son hijos de los mástiles de la República en Venecia, y así todo.

Hasta los palomos que aletean en los frisos y descienden al pavimento, animándolo con el reflejo de sus plumas metálicas, son palomos «traducidos del italiano», que no pueden menos de saludar como venerables abuelos á los que contemplan el Adriático desde los aleros de mármol de la plaza de San Marcos ó saltan en la columnata florentina junto al Arno.

Munich no tiene de original más que dos cosas: la cerveza y la música.

Las famosas braserías de estilo germánico, con sus frontones agudos, rematados por complicadas veletas, y sus fachadas de pesados balconajes y torrecillas salientes, valen más que todos los templos griegos que llenan las plazas de Munich.

De la música ya hablaremos. La capital bávara está celebrando, en estos momentos, el Festival Wágner. Por las tardes la muchedumbre se agolpa á ambos lados de la enorme avenida del Príncipe Regente, para presenciar el paso de los que van á escuchar El anillo del Nibelungo, lo mismo que el vecindario de Madrid se congrega en la calle de Alcalá en un día de toros.

Cuando el viajero se familiariza con Munich, su entusiasmo por las glorias artísticas de la ciudad va restringiéndose hasta el punto de que sólo queda erguida una sola admiración: Wágner y su obra.

¡Pobre Atenas germánica! De sus monumentos nada malo puede decirse. Son notables reproducciones del arte griego: la sabiduría artística luce en ellos, pero son fríos y repelentes como cuerpos sin alma. Es Atenas sin atenienses y sin el cielo de la Ática. En verano, el espacio se muestra azul y brilla un hermoso sol. Pero el invierno germánico, duro y cruel en Baviera, muerde con sus dientes negros estos monumentos que nacieron en la tibia atmósfera del archipiélago, favorable á la desnudez.

El mármol en el país del sol se dora en el curso de los siglos, tomando el majestuoso matiz anaranjado del oro viejo. Aquí, en unos cuantos años, se ennegrece, con una opacidad antipática de ceniza de carbón.

Los dioses olímpicos, los héroes coronados de laurel y ligeros de ropa, parecen temblar en pleno verano, recordando los largos meses de frío. El rojo griego del interior de las columnatas se destiñe con las lluvias. Los frescos se esfuman y desaparecen. Todo se vuelve gris y opaco.

Sí; esta ciudad es una Atenas... Pero pasada por cerveza.

IX

El Festival Wágner

Un periódico satírico de Munich publicaba hace cuarenta años una caricatura de Wágner, saliendo del hermoso palacete en que le tenía alojado el rey Luis II de Baviera.

—Voy al teatro—decía el gran maestro—y de paso entraré en palacio á dar un golpe á la caja del amigo Luis.

Nunca se ha conocido una protección tan generosa como la que el monarca bávaro dispensó á Wágner. La prodigalidad de Luis II tomó el carácter de una locura. Este rey virgen, que creaba en su palacio de la Residencia una galería de bellezas célebres, y sin embargo, prohibía que asistiesen damas á las fiestas íntimas de su corte, fué un Nerón, pero Nerón tranquilo, que construyó en vez de quemar, y semejante al déspota de Roma, puso sus amores musicales y poéticos por encima del orgullo de su majestad.

Sus caprichos y aficiones costaron muy caros á Baviera, y sin embargo, el pueblo le recuerda y le respeta. Fué un monarca que, en fuerza de excentricidades, prestó un gran servicio al arte, logrando al mismo tiempo que la atención del mundo entero se fijase en Baviera.

Por él vienen todos los años aquí, en artística peregrinación, los intelectuales de remotos países. Su retrato está en todas partes. Baviera le compadece con maternal ternura y guarda su memoria. También la tumba de Nerón, veinte años después del suicidio del imperial cantante, aparecía muchas mañanas cubierta de rosas, ofrenda del popular recuerdo.

Famosa época la de la amistad de Luis II y Wágner. El monarca, llena la mente de los dioses germánicos y de los héroes cuyas hazañas ponía su amigo en rotundos versos, acompañándolos de prodigiosa orquestación, apartábase cada vez más de la existencia real, viviendo como un sonámbulo, en medio de legendarios ensueños. Odiaba el traje moderno y hasta sus uniformes á la prusiana, por parecerle vulgares y antiartísticos. Los cortesanos ocultaban su turbación al verse recibidos por él, vestido como un gran señor del Renacimiento. Las verdes aguas del lago Stanberg cruzábalas en barcas doradas, con ninfas y quimeras en la proa, y grandes paños de escarlata arrastrando sobre la estela. Durante las noches de invierno, corría los campos de nieve, en veloces trineos con luces eléctricas, pasando entre resplandores como una aparición fantástica. Una orquesta invisible sonaba en la famosa Gruta Azul del castillo de Linderhof, mientras Luis, vestido de Lohengrin, paseábase erguido sobre un esquife de nácar. Un día acabó este ensueño, ahogándose el simpático perturbado en una laguna del castillo de Bergi.

El gran músico le había precedido algunos años en su salida del escenario mundanal; pero mucho antes de que Wágner muriese, ya había dado la generosidad de Luis todo lo necesario para la realización de los ensueños del maestro.

Wágner ansiaba un teatro suyo, con arreglo á su genio inventivo y revolucionario, el cual no sólo realizó innovaciones en la música, sino en la escenografía y en la construcción. El coliseo de Bayreuth fué su obra. Luego Munich, siguiendo los mismos planos, ha elevado el teatro del Príncipe Regente, dedicándolo á la representación de las obras de Wágner. Hoy el Prinz-Regenten-Theater, de Munich, celebra todos los años un Festival Wágner que atrae á una muchedumbre cosmopolita, y triunfa sobre Bayreuth por el esmero con que presenta las obras. Su maquinaria escenográfica es muy superior á la de los tiempos de Wágner, que aun funciona en el primitivo teatro.

Gentes de todos los países de Europa y de mucha parte de América, se encuentran en Munich, con motivo del Festival. Inútil describir lo que es este teatro con sus novedades y misterios, pues todo el mundo conoce las innovaciones introducidas por Wágner en la representación de sus obras. La orquesta es subterránea é invisible, lo que llamaba el maestro «el abismo místico» de donde surgen las melodías como si viniesen de otro mundo, sin ver el espectador á los músicos, que sudan y gesticulan, y al director, que se mueve como un loco. El teatro está completamente á obscuras. Las puertas de los pasillos se cierran al empezar cada acto, sin que exista poder terrenal capaz de abrirlas antes de que aquél termine. La disciplina alemana reglamenta el curso del espectáculo; el programa marca las horas y minutos que se invertirán, tanto en el conjunto de la obra como acto por acto. Las trompetas, sustituyendo á los toques de campana, hacen correr á los espectadores lo mismo que reclutas que temen faltar á la lista.

Las representaciones del Festival Wágner empiezan á las cuatro de la tarde y acaban á las nueve y media de la noche. El último entreacto es de media hora, para que el público pueda cenar en los grandes comedores del teatro. Una admirable igualdad reina sobre el público. Todos los asientos son iguales y cuestan lo mismo, veinte marcos (veinticinco pesetas). El teatro, aparte de los seis palcos del fondo, destinados á la familia real y á los potentados extranjeros, sólo se compone de butacas que se alínean en peldaños, subiendo desde la concha circular, que cubre el foso de la orquesta, hasta lo más alto de la sala. Todos ven el espectáculo de frente. Las dos paredes laterales son lisas, sin otros adornos que las portadas de salida y unas hornacinas con vasos griegos.

¿Á qué hablar de El anillo del Nibelungo?... Wotan, Brunilda, Sigfrido, todos los dioses, los héroes, las beldades desventuradas, los gigantes espantosos y los nibelungos enanos, que figuran en esta serie de óperas, con su fantástica Historia Natural de dragones que cantan, pájaros que aconsejan y serpientes y osos, son personajes conocidos del público y no ofrecen ya novedad. La Walkyria y el Sigfrido los cantan en Munich lo mismo que en el Real de Madrid, ó tal vez un poco peor. Todos los artistas de lengua alemana tienen empeño en cantar en este Festival, porque da cartel. Algunos proceden de Nueva York, y creo que hasta después de trabajar gratuitamente, dan dinero encima.

Además, en este teatro, donde no se admiten manifestaciones del público, el artista puede atreverse á todo, sin ese miedo que inspiran los espectadores exigentes de Italia y España, los cuales llevan á la ópera algo del espíritu de la gente que asiste á una corrida de toros. Total, que al lado de buenos artistas, encanecidos en el culto wagneriano, aparecen otros indignos de cantar en su compañía. Por fortuna, la orquesta, las maravillas del decorado y la escrupulosidad y atención en el juego escénico, justifican el largo viaje que ha tenido que realizar una gran parte de este público, híbrido en su aspecto exterior, y tan interesante casi como las obras de Wágner.

La uniformidad militar del teatro contrasta con la variedad infinita de los espectadores. En lugar alguno de Europa puede encontrarse un público tan heterogéneo. Una amable libertad impera en el vestido. Las damas alemanas y algunas francesas se presentan en traje de ceremonia; los oficiales marchan tiesos, en sus apretadas levitas de alto cuello, arrastrando el sable; los herr germánicos llevan frac y se cubren la cabeza con fieltros de anchas alas; pero revueltos con estas gentes elegantes, pasan inglesas y americanas, vistiendo blancos trajecitos de falda corta; viajeros con su terno gris á grandes cuadros, los gemelos en bandolera y la gorrilla en la mano; gruesos y rubicundos sacerdotes católicos, con levita y pechera negras, que, recordando lo que acaban de oir, mueven los dedos como si estuviesen ya ante los órganos de sus catedrales; vírgenes de lacias faldas, con el exangüe rostro asomado entre dos caídos cortinajes de pelo; jóvenes melenudos, que estiran la afeitada cara sobre las innumerables roscas de una corbata obscura; muchachas enfurruñadas, que al llegar tarde y encontrar las puertas cerradas, se tienden en las escalinatas de los pasillos, ansiando oir un eco del lejano misterio por debajo de los pesados portiers, junto á las piernas de los impasibles acomodadores; mujeres con cierta originalidad en su traje y sus maneras, que son grandes cantantes en vacaciones ó famosas concertistas; viejos condecorados, de cabellera gris y cara arrugada, que inspiran un vago recuerdo de retratos vistos en ilustraciones extranjeras.

Es un público de sorpresas. Todos presienten en el vecino que pueda ser alguien. La mayoría está formada de artistas, de escritores, de gentes que gozan celebridad en sus países, pero que pasan inadvertidas en esta reunión universal, que sólo dura algunos días.

Esta importancia del público que parece presentirse, como si flotase en el ambiente, obliga á una extremada sencillez á los grandes de la tierra.

Yo me he codeado, del modo más irreverente, al pasear por las galerías, con una señora joven, tan elegante como granujienta y fea. Un poco más allá dos viejas damas, cargadas de brillantes, pusieron al verla una rodilla en tierra, con esa sumisión germánica, al lado de la cual el cortesanismo español resulta de costumbres democráticas.

—¡Alteza! ¡Alteza!...

Y le besaron la mano como si llevase en ella el Santísimo Sacramento. Era una hija ó una nieta (no me enteré bien) del emperador de Austria. Y de igual categoría que ésta, aunque más simpáticas por su modestia, encontré en los pasillos á otras altezas, cuyo nombre no necesité preguntar por serme sus caras bien conocidas.

Cuando termina el espectáculo, la gran mayoría del público sale en silencio; pero algunos manifiestan su fervor á gritos.

—¡Sublime! ¡Inmenso!

Casi siempre son españoles, italianos ó franceses los que gritan entusiasmados. Pero sus voces suenan á falso, y parece que gritando intentan convencerse á sí mismos.

Han oído hablar del Festival Wágner como de algo extraordinariamente misterioso; han venido atraídos por la curiosidad, creyendo en lo sobrenatural del espectáculo, y salen de él dudando de la sensatez de su viaje, sintiendo cierta sospecha de haber sido engañados, diciéndose que, aparte de la sala á obscuras y de la orquesta subterránea, nada nuevo han visto.

X

El "Mozarteum"

Al ir de Munich á Viena, la primera población que se encuentra, pasada la frontera austriaca, es Salzburgo, famosa desde hace siglos como uno de los lugares más hermosos de la vieja Alemania.

Es una ciudad episcopal que hasta principios del siglo XIX estuvo regida por un príncipe-arzobispo, y sólo en 1816, después que el Congreso de Viena, repartiéndose los despojos del vencido Napoleón, rehizo el mapa de Europa, pasó á incorporarse á Austria. Construída en las dos orillas del Salzach, que corre entre verdes montañas, la población extiéndese por ambas laderas, rompiendo los densos bosques y asomando á trechos su edificación roja y negruzca y sus altas torres sobre el verde follaje. Una catedral gótica recuerda el gobierno de los príncipes mitrados; un castillo, el Hoen, domina uno de los panoramas más hermosos del mundo.

Pero Salzburgo no es famosa por su belleza y su antigüedad. Á pesar de las glorias históricas de sus arzobispos, de la hermosura de sus paisajes y de haber habitado en ella el famoso médico Teofrasto Paracelso, hoy dormitaría olvidada, como muchas poblaciones de la antigua Alemania, sin que un viajero curioso descendiese en su estación y sin otra vida que el trompeteo del regimiento acuartelado en el castillo y el arrastre de sables de los oficiales bajo los tilos del paseo. Un niño nacido en Salzburgo en 1756 ha bastado para dar una celebridad universal é imperecedera á la pequeña población alemana.

El príncipe-arzobispo de dicha época, amante de la música, como todos los señores alemanes, tenía á su servicio un maestro de capilla, pagado miserablemente y abrumado por un continuo trabajo.

Este pobre músico ocupaba un cuarto piso en una calle estrecha de Salzburgo; una casa de vecindad, con su escalera en forma de túnel y sus galerías, dando acceso á innumerables puertas. Un día el necesitado maestro vió aumentarse sus apuros con el nacimiento de un nuevo hijo. Le pusieron los nombres de Wolfgan Amadeo y el obscuro apellido de su padre, llamado Leopoldo Mozart.

Los vecinos del viejo caserón vivían en continuo concierto. Por las tardes, cuando terminaban sus ocupaciones en la catedral ó en el palacio del arzobispo, los músicos de la capilla, tan pobres y entusiastas como el maestro, reuníanse en la casa de éste. No tenían dinero para ir á la cervecería, y se juntaban trayendo sus instrumentos, para deleitarse mutuamente con interminables conciertos, en los que ejecutaban las obras de su gusto, sin tener que seguir los caprichos del señor. Llegaban con sus raídas casacas negras, de largos faldones, sus pelucas de un blanco rojizo, las medias con puntos sueltos, los zapatos viejos, y se agrupaban ávidos en torno del bondadoso Leopoldo, que les aguardaba con un voluminoso cuaderno en la mano, última novedad musical enviada por el kapells-meister de algún otro principillo alemán.

Sentábase al piano el maestro, gemían los violines, roncaba el contrabajo, extendía el violoncello la caricia aterciopelada de su varonil suspiro, lanzaba la flauta sus trinos de alegría pastoril, y la vieja casa parecía rejuvenecerse con esta alma melódica que corría por las arterias de sus escalas y corredores. La mujer del maestro, la hacendosa y dulce Ana María Pertlin, cosía con los ojos bajos y el oído atento; la hija mayor, Mariana, de pie junto á su padre, seguía con admiración el desarrollo de la música; el pequeño Amadeo, á gatas por la habitación, interrumpía con sus balbuceos el sonido de los instrumentos. Cuando apenas sabía hablar se quejó amargamente viendo que llegaba un amigo de sus padres con las manos vacías.

—¡Hoy no traes tu violín de manteca!—exclamó con acento de decepción.

La manteca era para el pequeño salzburgués lo más fino y más dulce del mundo.

No sabía aún modular palabras con su boca y hacía ya hablar al piano; los signos del solfeo los aprendió antes que los caracteres del alfabeto. Mariana dominaba la música lo mismo que él. En Salzburgo, todos se hacían cruces del niño prodigioso, que á los seis años tocaba el piano como un concertista. El mismo príncipe-arzobispo se dignó llamarlo al palacio, admirando la habilidad del hijo de su maestro de capilla, pero sin ocurrírsele aumentar el sueldo de éste en unas cuantas coronas.

Las necesidades de la vida impulsan de pronto á Leopoldo á una resolución digna de nuestros tiempos. Despiértase en él una avidez de empresario. Un día, el pequeño Amadeo, ante los ojos llorosos de la madre, que ve próxima una separación, contémplase en un espejo, ridícula y graciosamente vestido como un gran señor, con casaca galoneada, blanca peluca de corte y una espadita al costado. Va á correr el mundo con su padre y su hermana, dando conciertos, y empieza sus peregrinaciones penosas de corte en corte, durmiendo en malas posadas ó en palacios de potentados dilettanti; teniendo que tocar unas veces ante reyes, y otras ante muchedumbres que discuten con Leopoldo el precio de la entrada. En la corte de Viena, le tratan como un príncipe y juega con la archiduquesa María Antonieta, futura reina de Francia. En Versalles le besan y lo adormecen sobre sus grandes faldas las beldades amigas de Luis XV. En Italia, la muchedumbre fanática de Nápoles, asombrada de su precocidad, cree que el músico niño ha hecho pacto con el diablo y le obliga á tocar quitándose una pequeña sortija que lleva, á la que atribuye la superstición un poder mágico. En Milán compone una ópera á los nueve años, dirige la orquesta la noche del estreno, y el público le saca en hombros, gritando: ¡Eviva il maestrino!

Muere el padre; la hermana, simple compañera de ejecución musical, vuelve al lado de la madre; Mozart, hecho ya hombre, se ve sumido en la obscuridad que llega de pronto para los artistas precoces, cuando pierden el encanto de la infancia. Empieza entonces su vida en Viena de luchas y miserias. Es un innovador, y la corte prefiere á los músicos italianos que llenan la capital austriaca. El mismo emperador le aconseja pedantescamente que imite al primer músico de la época, el hoy olvidado Sallieri. Para vivir, escribe sus graciosos minuettos, por unos cuantos florines, cada vez que un gran señor da un baile en su palacio. Los rivales abusan de su carácter bondadoso y dulce, acosándolo con insultos, dificultando su trabajo con toda clase de intrigas. Entre la nube de músicos y poetas de todos los países, caída sobre Viena por la atracción que ejerce una corte aficionada á las artes, encuentra pocos amigos. Su dulce debilidad sólo halla apoyo y consuelo en el español Vicente Martín, un músico procedente de Valencia, autor de óperas olvidadas y que figura en la historia de la música como inventor del vals. También son sus amigos el italiano Daponte, abate bohemio y licencioso, que escribe los versos de sus libretos en plena embriaguez, y un alemán feo, sombrío y malhumorado, incapaz de intrigas y de numerosos afectos, llamado Luis Beethoven.

Las óperas que escribe gustan á lo más selecto del público, pero no le dan dinero. Cuando se casa con Constanza Wéber, sus amigos Martín y Daponte van á visitarle en su pobre casita, al día siguiente de la boda, y le encuentran bailando con la mujer.

—Hace tanto frío y la leña cuesta tan cara, que nos calentamos así—dice el maestro sonriendo.

Y continúa el baile, moviendo su cuerpo débil, elegante y gracioso, que hacía de él uno de los más distinguidos danzarines de la época.

En Praga, con el estreno de Don Juan, empieza para él la celebridad. Tiene dos hijos, su mujer puede reunir algún dinero; los empresarios le piden nuevas obras; la corte fija su atención en él y le encargan misas ó contradanzas... y cuando el bienestar entra en la casa, se introduce igualmente la muerte siguiendo sus pasos.

Un día, un señor vestido de negro y de aspecto siniestro llega á la vivienda de Mozart, y entregándole como adelanto una bolsa llena de oro, le encarga que escriba cuanto antes una misa de muertos.

Es el testamentario de un gran señor fallecido en el campo, pero á Mozart, roído por la tisis y perturbado por las supersticiones que acompañan á toda enfermedad, le parece que el hombre vestido de negro es la misma Muerte que viene á anunciarle su próximo fin, y se lanza á escribir la famosa Misa de Requiem convencido de que se estrenará en sus propios funerales. ¡Las noches de cruel insomnio, con la certeza de que toda nota trazada es un segundo menos de vida, de que avanza el temido final con cada nueva hoja añadida á la partitura, amontonando sobre el pentagrama lágrimas y melancolías!... Su vida iba extinguiéndose así como avanzaba su obra. Casi moribundo, quiso oirla, y con un esfuerzo supremo cogió en sus manos el papel del tenor.

Un discípulo se sentó al piano; otros se encargaron de las diversas partes de la obra; Mozart, hundido en un sillón, con el papel ante los ojos, cantaba con una voz trémula y dulce, como el cisne de las leyendas antes de morir. Al llegar al Lacrimosa, su voz se cortó con un gemido.

—¡No, no puedo más!

Y echó la cabeza sobre el respaldo, para no levantarla nunca, entre las lágrimas de amigos y discípulos, y los alaridos de Constanza, que, al fin, podía dar expansión á su dolor.

Al día siguiente fué el entierro, día tempestuoso y gris que arrojaba sobre Viena un verdadero diluvio.

Gran concurrencia en la casa mortuoria: todos los músicos de Viena, algunos grandes señores de la corte y delegaciones de la Masonería, agradecida á Mozart por su Cantata de los fracmasones, que aun se toca en muchas logias.

El fúnebre cortejo emprendió la marcha bajo la lluvia torrencial. El agua saltaba furiosa sobre los rojos paraguas de ballena; los zapatos de hebillas y las negras medias de los acompañantes hundíanse en los arroyos fangosos. Hay que conocer Viena, enorme ciudad, para darse cuenta de lo penoso de una marcha hasta el cementerio, por calles interminables. En una esquina se quedaba un grupo del cortejo, diciéndose que ya había acompañado bastante al difunto camarada en un día como aquel; más allá desertaban otros; las carrozas de los señores habían desaparecido; los más valientes y más fieles llegaron hasta las afueras. Total, que al anochecer, con los caballos chorreando y á un paso vacilante, en la penumbra del crepúsculo, llegó al cementerio un coche fúnebre... sin que lo siguiese nadie.

Algunas semanas después, cuando la viuda quiso saber dónde estaba el cuerpo de Mozart, nadie supo contestarle. Ninguno del cortejo había presenciado el entierro. Los sepultureros no supieron explicarse, ni pudieron nunca ponerse de acuerdo. ¡Se entierra tanta gente durante un solo día en una ciudad enorme!... La Nada tragó para siempre el cuerpo del maestro, y la Duda le sirvió de lápida mortuoria. Se sabe de cierto que sus restos están en el cementerio viejo de Viena, y esto es todo.

La ciudad de Salzburgo ha convertido en museo la vieja casa del maestro de capilla Leopoldo Mozart, donde nació el prodigioso compositor. El Mozarteum contiene en sus pobres habitaciones, de techo bajo y pavimento de vieja madera, todos los recuerdos de la vida del maestro: instrumentos, retratos, vestidos y hasta cartas. En una vitrina figura un cráneo... ¡El cráneo de Mozart! El catálogo no lo asegura, pero el conserje lo afirma bajo su palabra, y los más de los visitantes admiran la cúpula ósea bajo la cual nacieron tantas bellas melodías.

Si el alma es inmortal y se entera de lo que ocurre en este mundo, tal vez á estas horas algún antiguo mozo de cordel de Viena estará riendo en el Paraíso, al ver que atribuyen á su pobre calavera la paternidad del Don Juan.

XI

Viena la elegante

Desde Munich á Viena los hombres del pueblo, y aun muchos burgueses, bien sean bávaros ó austriacos, muestran todos tres aficiones comunes: aman el canto, se agujerean las orejas para llevar pequeñas monedas á guisa de pendientes, y no pueden usar un sombrero sin adornarlo con una pluma ó un grupo de flores silvestres.

Los pequeños chambergos de felpa verde ó acaramelada, con el ala caída sobre el bigotudo rostro, están siempre rematados por enhiestas plumas de gallo, que se cimbrean junto al cogote. El pueblo de la Baja Alemania siente una gran simpatía por el Tirol y sus pintorescos montañeses, únicos que en días de desgracia para la patria supieron resistir á la invasión napoleónica, imitando á los guerrilleros españoles.

La tirolesa, canción robada al gorjeo de los pájaros, hace oir sus trinos desde Munich á Viena, en caminos y ferias, teatros y montañas. En el Theresien-Wiese, de Munich, extensa explanada frente á la estatua de Bavaria, se verifica á fines de verano la feria anual de los tiroleses, y de la mañana á la noche trina el ruiseñor, canta el mirlo y gorjea la alondra, no con notas vagas, sino intercalando en sus escalas versos que hablan de amores y luchas en las montañas verdes, coronadas de nieve.

La música es una necesidad para los pueblos de la Baja Alemania. Cuando se les ve de cerca se comprende que las estatuas de grandes compositores, compatriotas suyos, llenen calles y plazas. No hay café que no tenga orquesta, ni restaurant al aire libre sin banda militar. En Munich, el público de las cervecerías canta á coro, acompañado por los violines y chocando los bocks como los bebedores de Goethe en el Fausto. En Viena, la patria de Strauss y de Suppé, el vals lánguido y elegante ó la marcial retreta suenan en todos los establecimientos públicos.

El catolicismo austriaco es el más armonioso de la cristiandad papal. Una simple misa rezada en la catedral de San Esteban, ó en cualquier otro templo de Viena, es en los domingos un verdadero concierto. Suena el órgano un ligero preludio, como para dar el tono; los fieles, hombres, mujeres y niños, tiran del librito que les sirve de guía para recordar los versos de los himnos, y la misa se desarrolla en medio de un coro de centenares y aun de miles de voces, sin que ni una sola desentone, siguiendo todas instintivamente el ritmo, sin necesidad de dirección, con un ajuste maravilloso. Las voces graves acompañan con artísticas disonancias el canto femenino ó infantil, y este coro, de música difícil, suena durante una hora como el del mejor teatro de ópera.

En Viena, la música es algo nacional, que constituye el orgullo del pueblo. Las bandas de los regimientos austriacos son verdaderas orquestas. Cuando Austria dominaba la Alta Italia, los patriotas venecianos y milaneses ocultábanse en sus casas para no ver á los abominables invasores; pero así que sus bandas sonaban en las calles, abrían instintivamente las ventanas, confesándose que los malditos tedescos manejaban como ángeles sus instrumentos.

Viena ha visto ella sola nacer más obras musicales de fama universal que todo el resto del mundo. En modestas callejuelas vecinas al Palacio Imperial y al teatro de la Ópera, vivieron Mozart, que escribía minuettos originales para cada baile que se celebraba en Viena, y Beethoven, que componía una cantata por cada victoria de los ejércitos aliados, ó producía todas las semanas algo nuevo para los conciertos y fiestas de los grandes plenipotenciarios, arregladores de Europa, en el famoso Congreso de 1815.

Viniendo de Alemania, se presenta Viena como una ciudad encantadora, resumen de toda clase de bellezas y elegancias. Las tiendas de modas del imperio germánico, en su deseo de aislar á Francia creándola el vacío, pretenden ignorar que existe un París, al que las mujeres de todo el mundo piden el último tipo de elegancia. Modelo de Viena, dicen en los escaparates alemanes las etiquetas de los sombreros y vestidos.

Si fuera posible colocar juntos á París y Viena, para abarcarlos en una sola ojeada, es seguro que la capital austriaca saldría vencida de la comparación. Pero Viena está muy lejos, y para llegar á ella hay que atravesar las ciudades alemanas, con sus mujeres vestidas como institutrices pobres, de malfachada gordura, y que para colmo de desdicha, por un patriótico orgullo de su exuberante maternidad, raramente usan corsé.

Por eso la elegancia de Viena causa mayor impresión, desde el primer momento, que la que se siente en París cuando se llega á éste procedente de España ó de Italia.

Hay que confesar también que las vienesas son físicamente superiores á las parisienses, y su fama universal de belleza no es usurpada. La española hermosa es muy superior á la vienesa; pero en las calles de Viena se encuentra mayor número de mujeres guapas que en las calles de Madrid. Las nuestras las vencen por la calidad, pero ellas son superiores por la variedad y el número.

Austria es la verdadera frontera de la Europa central... y europea. Más allá, hacia el Oriente, están acampados pueblos que, aunque de aspecto semejante al nuestro, son de origen asiático y han sido depositados en el lugar que ocupan por el oleaje de las invasiones. Por dos veces llegó la avalancha turca hasta el pie de los muros de Viena. Los doscientos y pico de pueblos que constituyen hoy el imperio austriaco, con su carnavalesca variedad de colores, lenguas, trajes y costumbres, unos rubios, como los germanos más septentrionales, otros obscuros ó amarillentos, cual las tribus del interior de Asia, han producido con sus cruzamientos extraños tipos de belleza. En esta tierra ha ocurrido el último choque de Oriente y Occidente. Hasta aquí llegó el supremo empujón del Asia invasora, y como núcleo de un pueblo perdido en las remotas lobregueces de la historia, viven en Austria los tzíganos ó bohemios, de los que son ramas sueltas los gitanos y romanicheles que vagan por Europa.

Conjunto de mil caracteres extraños á su raza, es la mujer vienesa. Su color resulta incierto. Puede ser morena y de ojos de brasa como una gitana, ó rubia y de mirada azul como si hubiese nacido en Berlín. Es devota como una española, y al mismo tiempo alegre como una italiana, y elegantemente desenvuelta cual la parisién. La blanca piel de las razas del Norte no tiene en ella la fría pasividad germánica, pues parece caldeada por la voluptuosa sangre de la odalisca.

El amor no la enloquece, á juzgar por los conflictos de su vida, que se reflejan en el teatro y la novela.

El lujo, el deseo de parecer aun más hermosa la dominan tan imperiosamente, que en su alma no queda espacio para otras pasiones.

En Viena todos visten bien, hombres y mujeres. En ninguna capital de Europa se ve á la gente mejor presentada. Los hombres parecen recién salidos de la tienda del sastre. Las mujeres elegantes son incontables. Todas, aun las más modestas, si son hermosas, parecen escapadas de las láminas de un periódico de modas.

Algunas son ricas; una gran parte sólo gozan de cierto bienestar; la inmensa mayoría son pobres, como en los demás países. ¡Y sin embargo, Viena, por lo mismo que es una ciudad elegante, resulta muy cara y exige grandes gastos para el sostenimiento de lo superfluo!...

La emperatriz Elisabeth, asesinada en Ginebra, odiaba á Viena, donde había pasado la mayor parte de su vida. Para no verla, iba errante por Europa, viviendo tan pronto en las islas griegas como en las montañas suizas, hasta que la hirió el puñal anarquista en las riberas del Leman.

—Viena...—decía con indignación—. ¡La ciudad bella y engañosa! ¡El lugar más corrompido de la tierra!...

Hoy la soberana de las tristezas errantes, la infatigable lectora de Heine, poeta de las inmensas amarguras, se pudre en el panteón imperial, con todas sus decepciones y protestas.

En calles y jardines siguen sonando las valses; las enaguas revolotean en las aceras con rítmica marcha que deja tras los graciosos pies una estela de perfumes; los lujosos carruajes, tirados por caballos húngaros, corren por las avenidas del Prater; á la entrada del célebre paseo, en el Wurst el Prater ó «Prater del Polichinela», el buen pueblo, satisfecho de su emperador, baila y se emborracha con cerveza, esperando la noche para fabricarle nuevos súbditos al soberano, y por encima de los tejados de Viena suenan á todas horas las campanas de cien iglesias y conventos, lo mismo que en una ciudad española.

XII

El subterráneo de los emperadores

El fraile capuchino, un arrogante mocetón de barba rubia, agita sus brazos blancos y fuertes fuera de las mangas del hábito, al mismo tiempo que me habla en alemán. La expresión negativa de su voz me hace comprenderle. Es domingo, y hasta el día siguiente no se abre el Panteón Imperial. Estoy en la sacristía del Capuzinekirche, templo en cuya cripta reposan los cadáveres de los emperadores de Austria.

—El caso es que mañana no podré volver—digo yo por contestar algo al fraile.

—¿Es usted francés?—balbucea él en dicho idioma, al mismo tiempo que sonríe, mirando á una de mis solapas, en la que llevo la roseta de la Legión de Honor, como si tuviese cierta satisfacción en molestarme.

—No señor; soy español.

Su rostro parece iluminarse. El azul de sus ojos toma una ternura acariciadora.

—¡Ah, español!...

Puede correrse Europa entera sin que la condición de español despierte en hoteles y ferrocarriles otro interés que la vaga curiosidad que inspira un país novelesco y lejano. Pero allí donde se tropieza con un fraile, bien sea italiano, francés, alemán ó austriaco, la nacionalidad española atrae inmediatamente la más graciosa de las sonrisas, como si España fuese el pueblo feliz elegido de Dios, algo así como las doce tribus depositarias del Arca Santa, que no tenían otro quehacer que alabar al Señor y engullirse el maná caído del cielo.

—¡Español! ¡español!—repite en su francés balbuciente el hermoso capuchino.

Y después de descolgar una llave, me invita con bondadosa protección á seguirle por los corredores que conducen al Panteón Imperial. Siendo español, soy católico de primera clase y nada puede negárseme.

De pronto se detiene para decirme con amigable confianza, como si hubiese encontrado un nuevo parentesco entre los dos:

—La reina de usted es de Viena. La conozco mucho... y á su madre, la señora archiduquesa, también. Nos distinguen mucho á los capuchinos.

Cruzamos otro pasadizo y vuelve á detenerse para comunicarme sus impresiones.

—Yo he estado en España; un día nada más. Fui á Lourdes y pasé á San Sebastián para ver á la reina. Me regaló un pequeño Cristo muy milagroso: el Cristo de... de...

Y se calla, con el pensamiento embrollado y la lengua torpe, no pudiendo recordar el nombre de la famosa imagen y mirándome con ojos suplicantes para que eche una mano á su memoria.

—No sé—murmuro algo avergonzado de mi escandalosa ignorancia—. ¡Hay tantos allá!... ¡Tantos!...

El también adopta un tono vago, como si contemplase una bella y remota visión.

—¡España! Mucho gusto en volver á verla... ¡Pero tan lejos!

Hace girar una llave de luz eléctrica y descendemos por una escalera, recta y abovedada como un túnel, cubierta de azulejos blancos. Al final de ella entramos en unas cuevas mal enjalbegadas, con un resplandor gris de bodega que penetra por los tragaluces. Unas cuantas verjas oxidadas; dos tumbas monumentales con estatuas yacentes, y en todas las cuevas del imperial subterráneo cajones de cinc, muchos cajones, unos ciento cuarenta, con breves rótulos en la tapa superior y esparcidos al azar, lo mismo que los bultos depositados en un almacén. Un olor nauseabundo de humedad de siglos y podredumbre encerrada, apesta el ambiente. Este es el último asilo de los orgullosos emperadores de Austria, que han reinado sobre media Europa y dado reinas á la otra media.

El subterráneo de los Capuchinos era sólo para la tumba de María Teresa, hembra gloriosa que vale en la historia por todos los emperadores de Austria. Pero después de muerta ella, sus descendientes han venido á sumirse en la nada cerca de su tumba, y faltos de espacio para tener mausoleo propio, están encerrados en ataúdes de plomo y de cinc, pudriéndose en su propia corrupción, sin el contacto de la madre tierra, que limpia y consume al envolvernos en su caricia.

La dinastía imperial de Austria, como si pretendiese vencer á la muerte, se resiste á desaparecer en las entrañas del suelo, y está como de cuerpo presente dentro de su panteón. Es algo semejante á su imperio, que en la geografía política representa un cuerpo enorme que un día vivió, pero cumplida ya su misión, abruma á Europa con la pesadez de un cuerpo muerto, en que se notan próximas descomposiciones, origen de nuevas vidas.

Este vulgar subterráneo, almacén sin grandeza de la muerte, con sus cajas metálicas, feas y pesadas, tiene, sin embargo, un ambiente trágico.

Una implacable maldición parece gravitar sobre esta familia todopoderosa, la más católica y la más venerable de todas las reinantes. Por ella conserva el Vicario de Dios una enorme parte de Europa.

La revolución protestante hubiese arrebatado á Roma sus mejores Estados espirituales, á no ser por la casa de Austria. Los reyes de España, después de largas guerras, sólo pudieron conservar fiel al Papado la católica Bélgica. Los emperadores de Austria, con la espada implacable de Wallestein y los horrores de la guerra de los Treinta Años, mantuvieron sumisos al Pontífice enormes Estados.

Este buen servicio á la causa de Dios ha sido pagado al pueblo austriaco con toda clase de derrotas, hasta el punto de que sus ejércitos, con ser muy valientes, parecen sin otra misión en la historia que la de ser vencidos por franceses, alemanes é italianos. Sus monarcas han sido objeto de toda clase de infortunios, como si el Todopoderoso les distinguiese con especial antipatía.

La cripta de los Capuchinos recuerda los subterráneos de las terroríficas novelas de Ana Radcliffe, donde cada tumba encierra una tragedia, vagando entre ellas espectros ensangrentados. En menos de un siglo se han amontonado en este lugar los despojos de las más tristes historias.

Dos féretros de plomo, cubiertos de coronas, rasgan, con la brillantez de los colores de sus cintas y el oro de sus franjas, la penumbra gris del subterráneo. Uno de ellos guarda los restos de la emperatriz Elisabeth, la esposa del emperador actual, asesinada en Ginebra. Vagaba por el mundo de riguroso incógnito, como una viajera cualquiera. Nadie la conocía; ella misma deseaba olvidar su rango de emperatriz; transcurrían años sin que volviese á sus dominios; pero sin embargo, la fatalidad, que respeta á los monarcas ostentosos rodeados de la pompa de su investidura, hizo que una mirada feroz se fijase en la modesta viajera, vestida de negro.

En la otra caja está su hijo Rodolfo, el heredero de uno de los más grandes Estados de Europa, muerto misteriosamente en un drama de alcoba, como un protagonista de «Crónica de sucesos», dejando, al abandonar el mundo, la duda entre un suicidio voluntario, una monstruosa amputación ó un asesinato bestial, perpetrado en la locura de la embriaguez.

Unos ataúdes, sin adorno, oxidados por los años, encierran los dos últimos pensamientos de Napoleón. En uno está María Luisa, graciosa y casquivana archiduquesa, esposa del primero de los guerreros modernos, entregada cobardemente por su padre á un sublime advenedizo, ansioso de ennoblecerse históricamente tomando mujer de la casa austriaca, antiguo y acreditado centro de exportación de reinas. Ser esposa amada de un Napoleón, sentir en sus sienes la mayor de las coronas, y al llegar la hora de las gloriosas desgracias y las tristezas ennoblecedoras, abandonar al marido sin un recuerdo, ahogando su memoria con amorcillos vulgares y muriendo en un ridículo principadillo italiano... ¡qué final puede hallarse más triste!

Junto á ella duerme el rey de Roma, el Aiglon, el joven paliducho, soñador y vacilante, que Napoleón dió al mundo, como esas ramas faltas de savia que echan los árboles gigantescos cansados de producir. La sangre de la madre atrajo sobre su cabeza el eterno infortunio de la dinastía austriaca. Sus ojos, al abrirse á la luz, vieron en torno de él, como servidores, á los hombres más poderosos de la época: brazos que conquistaban reinos se emplearon en pasear su infancia; el imperio de Europa figuraba en su canastilla al nacer; los primeros guerreros del mundo sentían rodar lágrimas por los canos mostachos al contemplar su retrato en los nevados campamentos de Rusia; y sin embargo, cuando le sorprendió la muerte en las habitaciones de Schœnbrunn (un palacio en el que se instaló su padre como conquistador y que habitó él como nieto pobre, portador de un apellido odioso), este engendro triste del genio y la sangre rancia sólo dejó como recuerdo de su paso por el mundo un melancólico vals. La última vez que le vió el pueblo de Viena fué mandando un piquete en el entierro de un general obscuro. ¡El hijo de Napoleón escoltando el cadáver de un militar sin nombre, que más de una vez habría corrido ante su padre!...

Un ataúd aislado, junto á una pilastra, guarda otra tragedia. El nombre de Queratarus, que figura en la inscripción latina de la tapa, hace surgir el recuerdo de Méjico y la fantástica tentativa de un imperio americano, derrumbada al estampido de un fusilamiento. En esta caja está Maximiliano I y último de Méjico, que llevó al otro lado de los mares el destino fatídico de su familia.

El pensamiento abandona el fúnebre subterráneo para esparcirse por el mundo, y abarca á los innumerables archiduques errantes sobre la tierra, como si quisieran huir de las glorias terrenales de su familia, que equivalen á una maldición, y olvidar un apellido famoso, que parece atraer la muerte ó la locura. El fantástico Juan Ort desaparece como un héroe de novela en la punta más avanzada de la América meridional; otro archiduque vive como un labriego en una isla del Mediterráneo; otro reniega de su apellido para ser capitán mercante; otro más se casa con una cómica, ansioso de aplebeyarse y que todos olviden su origen... La desesperación ó la locura guían los pasos de estos descendientes de la más católica y rígida de las monarquías.

La familia se deshace. ¡Quién sabe la suerte de su vasto imperio, simple expresión geográfica, sin cohesión de razas ni de espíritu, que lógicamente debe fraccionarse, dando vida á organismos más homogéneos!

La densa humedad del subterráneo, su vulgar desnudez, cargada de hedores de corrupción y moho, me hace ansiar la vuelta á la luz y al aire libre.

Al llegar arriba, el capuchino mira su reloj, y espontáneamente me indica qué templo debo escoger para oir misa.

—Cuando usted vuelva á España—añade con tono insinuante—, si ve usted á la reina...

—¡Gracias! No la conozco, no la trato...—digo modestamente, ante su mirada de asombro.

Y al irme, para agradecerle sus molestias y que no pierda el alto concepto que tiene de los españoles (¡los primeros de los católicos!), le alargo una peseta austriaca.

XIII

¡Hermoso Danubio azul!...

De Viena á Budapest se va en cuatro horas por el tren y en trece horas por el Danubio. Escoger entre ambos modos de locomoción no ofrece duda para los más de los viajeros. Sin embargo, yo me embarqué á las siete de la mañana en un vaporcito, frente al muelle del Prater, y dije adiós á Viena, envuelta todavía en las neblinas del amanecer.

¡Hermoso Danubio azul!... como cantan en el famoso vals. Lo de azul es una exageración patriótica del músico Strauss, pues yo no lo he visto de tal color un solo instante, ni en los muelles de Viena, de reciente construcción, ni en las revueltas de su curso, que forma más de cien islas, ni en las inmediaciones de Budapest, donde muge al tropezar con altivos y negros promontorios, que son como estribaciones avanzadas de los montes Karpatos. Su color es un blanco gris y luminoso, semejante al reflejo del acero pulido.

Pero hermoso sí que lo es el célebre río, de una belleza majestuosa, imponente y algo salvaje, que bien merece los versos y los suspiros de violín dedicados á su gloria.

Cerca del puente del Brünn transbordamos á un vapor grande, y empieza la navegación río abajo, moviendo el buque las ruedas en una corriente veloz que acelera su marcha.

¡Famoso viaje! Sobre la cubierta agrúpase una multitud pintoresca y abigarrada, que parece resumir el amontonamiento de pueblos del imperio austriaco: gitanas bronceadas, envueltas en mantones y con un pañuelo sombreando los ojos de brasa, lo mismo que las que se ven en Madrid cerca del puente de Toledo; aldeanas con blancas camisetas de mangas de farol y faldellín corto y hueco, como el de las bailarinas, que al menor descuido deja ver la carne sonrosada y maciza más allá de las medias atadas bajo las rodillas; campesinos húngaros de fiero bigote y encintado sombrerillo, moviendo al andar los pantalones blancos de campana y la blusa ceñida por una faja multicolor; soldados azules con las piernas ajustadas en un colant que les da aspecto de gimnastas, y mezclado con todo este mundo un revoltijo de fardos, cestos, cuerdas y maletas, un oso y varios monos de una banda de bohemios y una cantidad regular de perros enormes, que se espeluznan y enseñan los dientes cada vez que llega hasta nosotros un ladrido de las lejanas orillas.

El vapor danubiano es un arca de Noé por el amontonamiento de personas, animales y lenguajes. Cada grupo habla diferente idioma, y sin embargo, de la proa á la popa no hay quien entienda una palabra de francés, ni menos de español. El capitán, lobo fluvial de rudas maneras, sabe que existe en el mundo un pueblo italiano, y conoce vagamente de su lengua hasta media docena de palabras: esto es todo. En el comedor del barco, donde sólo entran los contados pasajeros de primera, los dos criados puestos de frac sonríen estúpidamente, encogiendo los hombros, y hay que emplear con ellos el más universal de los esperantos, el idioma de la seña. En la cubierta, el pasaje, abigarrado y movedizo como un coro de ópera, me habla con palabras extrañas, y yo contesto con la misma sonrisa de los mozos del comedor.

El Danubio, al alejarse de Viena, ensancha su superficie y toma un aspecto más majestuoso, libre ya de las cadenas de piedra en que le aprisiona la gran ciudad. En ambas orillas se extiende una ancha faja, deshabitada, desnuda de cultivos y arboleda, sin otra vegetación que espesos juncos, cañas y matorrales enmarañados. Es el terreno reservado á las crecidas del gran río, que éste invade durante el invierno. De vez en cuando, agítase la silvestre vegetación y surgen de ella, como espantados por los bramidos del buque, rebaños de toros blancos ó de color de canela, con los cuernos enormes, pero tímidos y mansos como vacas.

Más allá de este Danubio en seco, los bosquecillos, de árboles delgados, pero de apretado follaje, dejan ver en sus claros campos, de intenso cultivo, granjas en torno de las cuales agítanse hombres y mujeres vestidos de blanco, aldeas de casitas rojas, agrupadas en torno de la iglesia, como una pollada alrededor de la madre.

El curso del río, uniforme y grandioso, se bifurca y parece borrarse al través de innumerables islas. Vamos por canales que tienen muchos kilómetros de longitud. Las orillas están próximas; se oyen los gritos de los labriegos en los campos, el ladrido de los canes, el canto de un gallo, el tintineo de las campanas en las aldeas. Una de ellas se llama Essling, otra se llama Wagram. Las dos no son más que dos puñados de casitas, y sin embargo, sus nombres corren por el mundo, figuran esculpidos en uno de los arcos de triunfo más grandes de la tierra, y han servido para bautizar grandes bulevares de París.

Hace próximamente un siglo, un hombrecillo de levitón plomizo y pequeño tricornio, montado en una yegua blanca, encontró magníficos estos campos para hacer pelear, en condiciones ventajosas, á los miles de hombres que le seguían, contra otros miles de hombres que intentaban defender sus familias y sus medios de vida, ó sea lo que se llama la patria. Aquí ocurrieron las famosas batallas que aseguraron á Napoleón su dominio sobre Austria. Nada recuerda en las tranquilas aldeas estos sucesos gloriosos que las hacen inmortales. Un perro de pastor ladra sobre una altura que tal vez sirvió de pedestal durante unas horas al gran conductor de pueblos. Un rebaño blanco rumia la hierba en el mismo suelo que conmovieron hace noventa y ocho años, con pataleos de rabia ó de agonía, numerosos rebaños de hombres. Brilla el acero de unas guadañas en los campos, cortando algo que no puedo ver, pero que seguramente sirve para el sustento de la vida y es producto de la corrupción de quince ó veinte mil hombres que se mataron sin conocerse y sin odiarse.

En las alturas inmediatas al río, van apareciendo, fuera del dédalo de islas, viejas iglesias góticas, ruinosos castillos, pueblos con antiguas fortificaciones. Es el Austria venerable y heroica, que data de las correrías de los turcos, y logró contener y esterilizar ante los muros de Viena el empuje oriental, librando al centro de Europa de una invasión que hubiese cambiado el curso de la Historia. Sobre una colina elévase una pirámide de tierra, de 19 metros, llamada el Hütelberg, que conmemora la expulsión definitiva de los otomanos. Su nombre proviene de que la tierra la llevaron los habitantes de los alrededores en sus sombreros (hüte).

Al llegar á la desembocadura del Morava en el Danubio, acaba el territorio austriaco y empieza el de la autónoma Hungría, que tiene por rey al emperador de Austria, pero se gobierna aparte, con toda la altivez de un pueblo de vieja historia.

Hasta Budapest, todas las poblaciones de la ribera del Danubio tienen un nombre alemán y otro magyar.

Presburgo, la segunda ciudad húngara, que un tiempo fué la capital, la llaman los magyares Pozsony. Su catedral, donde antiguamente se coronaban los reyes de Hungría, levanta por encima de los tejados una aguja de piedra con calados que transparentan el azul del cielo.

Gran movimiento de personas y fardos en el muelle de desembarque. Frente al vapor suena una alegre música. Es una orquesta de zíngaros, negros y melenudos, que saludan á los pasajeros, haciendo sonar sus instrumentos, al mismo tiempo que ruedan los ojos y sonríen con una expresión inquietante, como si la música les inspirase proposiciones deshonestas. Son los violinistas de los cafés de París, los famosos tzíganos de todos los restaurants elegantes del mundo, pero al natural, sin casacas rojas ni peinado brillante de pomada, servidos en su propia salsa de andrajos y suciedad. No llegan á diez y parecen una orquesta enorme por el terreno que ocupan y la autoridad con que tocan.

En primera fila están los pequeños, abiertos en extensa guerrilla y casi ocultos tras el violín; mucho más lejos, los padres, y todos tocando la cazarda, de ritmo desigual, endiablado y loco, con el busto echado atrás, el vientre saliente y la mirada perdida en lo alto, como si fuesen á desmayarse á impulsos de desconocida voluptuosidad. Es la actitud tradicional, el gesto de Rigo, que trastornó algo más que el seso á la inflamable princesa de Caramán-Chimay.

Al alejarnos de Presburgo ó de Pozsony, la navegación adquiere una hermosura monótona; siempre ante la proa una extensión de río enorme, con el horizonte cerrado por una revuelta, que lo convierte aparentemente en mansa laguna. En las riberas se ven colinas cubiertas de cepas, que producen los vinos rojos de Hungría y el famoso Tokay, ó enormes peñones, cuyas cimas coronan castillos arruinados.

Empiezo á arrepentirme de la larga navegación. Cae la tarde. El sol no es ya más que un charco de oro, que parece hervir en el horizonte entre montones de nubes negras. Su agonía se refleja en el Danubio, poblando de impalpables peces de fuego las aguas que rebullen en torno de las paletas de las ruedas. La fatiga de una navegación entre orillas que parecen siempre iguales, como si el río se repitiese á cada revuelta, empieza á apoderarse de mí. ¡Qué mala idea venir por el río! Fatal afición á lo raro, que hace preferir los viajes difíciles siempre que sean extraordinarios y no los hagan los demás.

Una isla cierra el horizonte. Entramos en un canal entre ella y la orilla. En la ribera opuesta, sobre una altura, empiezan á surgir blancos grupos de caserío y torres puntiagudas.

¡Budapest!... Nunca he experimentado sorpresa tan grande. La decepción de poco antes se cambia en alegría. Bendita idea la de venir por el Danubio y llegar embarcado á la capital de los magyares. Budapest es sencillamente la ciudad más hermosa de Europa al primer golpe de vista. No lo digo yo: lo afirman todas las guías y todos los viajeros.

Á la derecha del río, Buda, la ciudad antigua, extendiendo sobre una cadena de alturas sus recuerdos históricos. En la ribera izquierda, Pest, la población enorme, donde están los edificios recientes y las industrias modernas. Enormes puentes colgantes unen una orilla á otra, siendo como el guión que junta el nombre doble de la ciudad: Buda-Pest.

Nos detenemos en la isla Margarita, que parte al río en una regular extensión antes de penetrar éste entre las dos ciudades.

En una colina inmediata, rodeada de jardines, existe una pequeña mezquita de forma octógona. Llama la atención este templo musulmán, blanco y escrupulosamente cuidado, en el católico Budapest, que ostenta junto al Danubio la iglesia de San Matías, semejante á un castillo.

La mezquita guarda bajo su blanca cúpula la tumba de Gül Baba, santón turco, que sus compatriotas juzgaron sacrílego llevarse á Constantinopla al evacuar á Budapest. La obligación de conservar en buen estado la tumba del santo musulmán, figura en un artículo del Tratado de paz de Carlowitz, entre Austria y Turquía, en el siglo XVII, y los austriacos respetan el antiguo compromiso.

Esta huella de la dominación turca me hace recordar que estoy ya en las puertas del imperio de Oriente.

XIV

La ciudad de los magyares

De noche parece Budapest una población de ensueño. La doble ciudad refleja en el Danubio—que tiene cerca de medio kilómetro de anchura—los fuegos de su espléndida iluminación. Desde los muelles de Pest, que es la más grande por estar en el llano, se contempla enfrente á Buda, enroscando sus rosarios de luces de gas por las sinuosidades de las colinas y sembrando las rocas de faros eléctricos, que brillan como lunas.

Por las negras aguas pasan las linternas de los vaporcillos invisibles, borrando momentáneamente, con el remolino de su marcha, los temblones reflejos de las luces de los muelles.

De los cafés, que brillan como bocas de horno en la orilla opuesta, llegan á intervalos, con los soplos de la brisa, suspiros de violines ó el rugido metálico de una banda militar. En los paseos, campesinas de la Galitzia austriaca ó de Transilvania, con trajes pintorescos, que recuerdan las invasiones turcas ó las guerras de María Teresa, van de restaurant en restaurant, llevando sobre el vientre grandes cestos de frutas. La sandía, casi desconocida en los pueblos del centro de Europa, se muestra aquí y parece sonreir amigablemente con su purpúrea y redonda boca, anunciando que el Oriente está cerca. Los violines bohemios suenan tras los verdes arbustos de las terrazas, y las canciones melancólicas de Rumania sorprenden con sus palabras de origen latino, que hacen recordar al glorioso español Trajano, fundador y civilizador de dicho pueblo.

De vez en cuando truena el suelo de los muelles y pasa un carruaje tirado por caballos húngaros, incomparables animales que marchan siempre al trote largo, como si éste fuese su paso natural, y unen el vigor y la corpulencia á la esbelta ligereza del corcel árabe.

Cuando los esplendores del sol disuelven el negro misterio, moteado de luces, que envuelve á la doble ciudad, se muestra ésta monumental y grandiosa. En el moderno Pest, los grandes hoteles, los edificios del Estado, los templos de diversas religiones y los establecimientos de enseñanza, asoman sus masas arquitectónicas por encima del caserío. En el antiguo Buda, ciudad de alturas, hay una larga colina, que es como el Capitolio del pueblo magyar, pues la extensa meseta soporta los principales monumentos de su vida política. Sobre la ondulada cresta, cubierta de profundas manchas de jardinería, está el San Matías, templo del siglo XV, fortificado como un castillo. Á sus naves tuvo que venir á coronarse, como rey de Hungría, el actual emperador de Austria, entre las corvas cimitarras de los señores magyares, vestidos con el dolmán tradicional, haciendo sonar las espuelas de sus botas de cuero rojo, y ondulando sobre su gorro de húsar el blanco penacho sujeto con un joyel.

Al lado de San Matías extiende sus innumerables cuerpos arquitectónicos el Királyi palota, palacio real, en el que no ha vivido ningún rey desde hace más de un siglo, pero que no por esto respetan menos los húngaros como un símbolo de su relativa independencia. Ochocientas sesenta habitaciones tiene este palacio, que comenzó á construir María Teresa, todas lujosas, todas deshabitadas, y muchas de ellas con muebles modernísimos que nadie ha usado. El palacio, con su ostentosa frialdad de mansión vacía, tiene algo de tumba; pero los húngaros lo adoran, viendo en él una prueba de que en nada dependen del grandioso alcázar que se alza en el corazón de Viena.

El palacio real, el Parlamento y la Academia, son los tres orgullos de los ciudadanos de Budapest. Los rudos señores magyares, que en el campo llevan aún una vida casi feudal, que no poseen otra ciencia que la hípica, educando los caballos en los pantanos inmediatos al Danubio, y cuando quieren obsequiar á un compatriota ilustre, pianista ó poeta, le regalan... un sable de honor, hablan de la Academia de Budapest con el respeto supersticioso que inspira lo desconocido. La Academia húngara es una institución particular, fundada hace años por el conde Szechenyi, quien la instaló en lujoso palacio y la legó un excelente museo.

Compuesta de trescientos miembros, se dedica, según los estatutos que dictó su fundador, al estudio de la historia y la lengua húngaras, y al de todas las ciencias, menos la Teología. Su biblioteca la forman medio millón de volúmenes; su museo de Pinturas tiene mil cuadros, de los cuales unos cincuenta (los mejores) son de la escuela española, figurando á la cabeza cinco de Murillo.

Pero de todos los edificios públicos, el que más entusiasma á los magyares es el Parlamento. Los hijos y nietos de aquellos húngaros revolucionarios que en 1848 fundaron la República, presidida por Kosuth, ya que no pueden lanzarse al campo sobre veloces caballos de batalla, vestidos con su uniforme tradicional de húsar y blandiendo el corvo sable contra los opresores austriacos, se han refugiado en el Parlamento, el Uj Orszaghaz, como en un lugar de combate, donde dan expansión á sus resentimientos históricos.

El edificio, de construcción reciente, es digno de la importancia que atribuyen los húngaros á la vida parlamentaria, última manifestación, por el momento, de su antigua rebeldía.

Visto este palacio por primera vez, asombra é intimida con su grandeza. Examinado más despacio, parece un disparate arquitectónico, una fanfarronada de piedra, con centenares de habitaciones y alas enteras que para nada sirven. El deseo de los húngaros fué poseer un Parlamento más grande que el de Viena y todos los del mundo; algo que por su inmensidad estuviera en relación con la importancia de sus aspiraciones políticas, y construyeron como gigantes.

El palacio ocupa una superficie de 15.000 metros cuadrados; su cúpula central tiene 106 metros de altura; su coste ha sido de 36 millones de coronas.

El exterior, mezcla de gótico y bizantino, ofrece cierta semejanza con San Marcos de Venecia, pero considerablemente amplificado. Su interior tiene algo que recuerda las doradas filigranas del decorado árabe.

—Esto se parece á la Alhambra—afirman con irresistible convicción los húngaros entusiastas, que jamás han estado en España ni han visto del palacio árabe más que alguna tarjeta postal.

Nada tienen de la Alhambra sus salones; pero algunos recuerdan vagamente las cámaras del Alcázar de Sevilla.