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Oriente

Chapter 20: XVII Constantinopla
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About This Book

Relatos de viaje y observación que relatan estancias en balnearios y ciudades pobladas por gentes de muy diversa procedencia, atuendos y costumbres; combinan descripciones vívidas de paseos, fuentes y escenas públicas con anécdotas personales y reflexiones sobre la moda, la salud termal y la circulación de bienes y personas. La narración organiza capítulos de itinerario y estampas costumbristas, alternando ironía y atención al detalle para mostrar la convivencia entre tradiciones antiguas y dinámicas modernas en distintos lugares visitados.

Bajo la gran cúpula central, al término de una escalinata de mármol construída para colosos, está la rotonda de oro y mármoles polícromos titulada Salón del Trono. En ella, al abrirse el Parlamento, se reunen á escuchar el discurso del invisible rey de Hungría, que vive en Viena, los 450 individuos de la Cámara de Diputados y los 300 de la Cámara de los Señores, todos vistiendo el uniforme nacional, cargados de cordones, con cinturón y collares de pedrería, la pelliza flotante sobre un hombro, el sable haciendo sonar las losas con el tintineo de su vaina de bronce, prolijamente cincelada; la mayoría con ojos belicosos, prontos á tirar del acero, como sus remotos abuelos se presentaron á la abandonada emperatriz de Austria para gritar: ¡Moriamo pro regem nostrum Maria Teresa!; pero éstos si desean morir por alguien, es por la independencia de Hungría.

El partido llamado independiente cuenta con más de la mitad de los individuos del Parlamento, acaudillados por el hijo de Kosuth, el héroe magyar. Los amigos incondicionales de Austria no llegan á cincuenta. Los misioneros viven gracias á la desdeñosa protección del partido de la independencia, que aun no cree llegada la hora de moverse, por miedo á la Alemania aliada del emperador austriaco. Cuando muera el anciano rey de Hungría ó cuando surja un conflicto en Europa que distraiga las fuerzas de la Triple Alianza, los húngaros harán indudablemente algo más que asistir á las sesiones de su Parlamento.

Mientras tanto, procuran dar á éstas la mayor amenidad posible, para entretenimiento del pueblo magyar, y que no se pierda la tradicional acometividad de la raza.

Los húngaros no son hermosos, arrogantes y bigotudos, como los pintan generalmente, con sus uniformes de fiesta. Los hay pequeños, con una amarillez asiática, pómulos salientes y mirada salvaje, que parecen verdaderos kalmucos. Las tradiciones magyares hablan de Atila como de un héroe del país, y atribuyen á los hunos la fundación de Buda. En el techo de uno de los salones del Parlamento aparece el temible guerrero «Azote de Dios», en compañía de Wotan, Sigfrido y demás héroes mitológicos.

Cuando los diputados magyares se enfurecen contra el gobierno, tratan su magnífico palacio como una ciudad tomada por asalto. Rompen bancos y pupitres en el salón de sesiones y arrojan los pedazos á la cabeza del presidente del Consejo y sus ministros, si éstos son tan inocentes que aguardan á pie firme la contundente rociada.

Después se restaura el mueblaje, se reparan las estatuas descabezadas, se muestran más blandos y tolerantes los amigos de Austria, y... hasta que llegue la hora en que las escenas interiores del Parlamento se repitan fuera, á lo largo de las riberas del Danubio, donde piafan los caballos salvajes, y los pastores, con capas de pieles, hablan de la corona de San Esteban y de los héroes de su raza, desde el valeroso rey Matías Corvino hasta el abogado Kosuth, convertido en general, que dijo adiós á la patria y prefirió morir en suelo extranjero, tras larga y obscura ancianidad, antes que verla gobernada por austriacos.

EN ORIENTE

XV

Los Balkanes

El tren deja atrás Kiskörös, patria de Petofi, el famoso poeta húngaro, y la ciudad de Carlowitz, célebre por su tratado de paz entre Austria y Turquía y por ser cuna del poeta servio Branko Radichevié.

En los corredores de los vagones suena un ruido de sables, y un capitán del ejército servio, seguido de varios gendarmes, va pidiendo el pasaporte á los viajeros. Salimos de la verdadera Europa. En adelante, imposible viajar, ni aun moverse, sin exhibir á cada momento el pasaporte, contestando á bulto las preguntas del policía, á quien no entendéis y que no os entiende.

Empieza el Oriente, al que sirven de avanzada los Balkanes, con sus pequeños y revoltosos Estados. Pasamos el Save, amplio afluente del Danubio, por un puente larguísimo, y la ciudad de Belgrado, capital de la Servia, aparece sobre un promontorio, dominando con su antigua ciudadela turca la confluencia de los dos ríos.

Al apearme en la estación, gran extrañeza de los viajeros, todos los cuales van directamente á Constantinopla, y de los mismos servios que llenan el andén: gendarmes, policías de uniforme ó de paisano, simples curiosos habituados á ver pasar los trenes de Oriente sin que á ningún extranjero se le ocurra detenerse en su capital.

Es de noche, hace frío y llueve. En la Aduana vuelven á examinar mi pasaporte varios oficiales de gendarmería y un comisario joven, de largo gabán, con perfil de ave de presa, que hace adivinar bajo el sombrero un cráneo puntiagudo y pelado. Es el sabio de la compañía. Después de examinar largamente el papel, atina con la nacionalidad.

¡Spaniske!—exclama con cierto asombro.

¡Un español en Belgrado!... Y la pregunta, que parece reflejarse en los ojos de los oficiales servios, la formula el policía en una jerga mezcla de italiano y servio. Les asombra mi propósito de entrar en Belgrado, y aun se extrañan más al enterarse que es sólo un capricho, una curiosidad de viajero.

Me abstengo prudentemente de decir que mi detención no tiene otro objeto que ver de cerca el Konak, el trágico palacio donde, hace cuatro años, fueron asesinados en la cama el rey Alejandro y la reina Draga por los oficiales sublevados.

Los nuevos gobernantes de Servia viven en perpetuo recelo. Bien se nota en las precauciones de la policía y en su deseo manifiesto de aislar al país del resto de Europa. El nuevo rey, Pedro, cuenta con el ejército, que le dió inesperadamente la corona cuando más desesperanzado vivía en un tercer piso de la ciudad de Ginebra, sufriendo grandes estrecheces; pero á pesar de este apoyo, no olvida que existe en Constantinopla un hijo natural de Milano, hermano, por consiguiente, del asesinado Alejandro, al cual educan para pretendiente, y que, cualquier noche, un grupo de oficiales que se juzguen ofendidos pueden reunirse en el Casino Militar, inmediato al Konak, y entrar en éste sable en mano, como entraron hace cuatro años.

Al fin, el bicho raro, el spaniske, puede penetrar en la ciudad, dentro de un coche de alquiler que salta sobre el suelo mal empedrado y pendiente de las calles empinadas. Las casas son bajitas; las calles, obscuras. Á grandes trechos farolas de electricidad, como para fingir una civilización occidental; pero su luz turbia se pierde en las tinieblas de Belgrado, haciendo aun más palpable la lobreguez. La capital de Servia tiene por la noche cierto aspecto de ciudad española; algo así como un gobierno civil de quinta clase, ó una de esas poblaciones episcopales, sin otra vida que la que le proporcionan el palacio del prelado y el seminario. Aquí, el obispo que da importancia á la ciudad es un rey.

Ni un transeunte en las calles. Son las diez de la noche y Belgrado está muerta. Cada cien pasos, inmóvil bajo un cubertizo ó en el quicio de una puerta, veo un gendarme. No existe en Europa ciudad mejor guardada. El gendarme servio da una alta idea del país, con su aire arrogante de funcionario bien mantenido y su uniforme azul obscuro con vueltas encarnadas, altas botas y gorra de plato. Son jóvenes, con una expresión insolente de bravura en sus duros ojos. Ciertos objetos tienen una fisonomía y un alma lo mismo que las personas, y el revólver que llevan al cinto los gendarmes servios parece suelto y vivo dentro de su funda, con deseos de saltar y hacer fuego por sí solo, sin mirar contra quién, por un exceso de recelo y de fervor monárquico. Los que piensen conspirar contra el anciano Pedro Karageorgewitch, tienen que pasarlas muy duras.

Encuentro abrigo en el «Hotel de los Balkanes», especie de posada, á pesar de su pretencioso título, en cuyo piso bajo, al través de una espesa nube de tabaco, veo bebiendo cerveza á media docena de popes griegos, sacerdotes morenos, melenudos y barbones, de expresión feroz, con la aceitosa cabellera coronada por un gorro en forma de bellota. Más allá llenan varias mesas como dos docenas de oficiales de diversos y vistosísimos uniformes, blancos, rojos, grises ó azul celeste, excelentes jóvenes con un perfil de ave de rapiña semejante al de su rey, que mueven sables y hacen sonar espuelas con cierta delectación, como saboreando la omnipotencia de su fuerza, que les permite cambiar de monarca al final de una cena. En las otras mesas, simples paisanos, acompañados de sus mujeres é hijas, beben con cierto encogimiento respetuoso y sonríen cuando logran cambiar alguna palabra con los sacerdotes y los soldados.

Son tenderos judíos ó griegos, que saben venerar á estos firmes pilares de la sociedad, y por esto el Señor bendice sus negocios y hace que prosperan á costa de los pobres campesinos servios.

Muchos de ellos se animan al conocer mi nacionalidad, y hablan un castellano fantástico, mezcla de palabras anticuadas y de voces orientales.

—Yo espanyol... Los mayores, de allá... Espanya terra bunita.

Abren los ojos desmesuradamente al decir esto; sonríen señalando al vacío, como si viesen á los mayores en su éxodo doloroso al ser expulsados de la terra bunita, y acaban por mirarme con la misma expresión de humildad sonriente que á los popes y á los fierabrás uniformados, cual si la vista de un español les abriese las carnes con amenazas de hogueras y degollinas. Pero su atávico terror de raza acobardada por luengos siglos de palos y despojos, no impide á estos dulces espanyoles que al día siguiente le suelten al compatriota moneda falsa en sus tiendas, ó le hagan pagar doble el paquete de cigarros ó la tarjeta postal.

En la plaza del mercado, poco después de la salida del sol, puede apreciarse el carácter pintoresco que aun guarda el pueblo servio. Llegan los campesinos de los alrededores de Belgrado, llevando al hombro largos palos, de los que penden en balanza verduras, frutas ó volatería. Los hombres, de ojos salvajes y bigotes felinos, llevan el gorro nacional, una tiara de felpa, y por debajo de su chaleco de colores caen unas faldillas blancas que ocultan los bombachos y dejan al descubierto unas polainas de piel de cordero, ceñidas por las correas de puntiagudas abarcas. Las mujeres tapan sus trenzas con pañuelos puestos á la oriental, encierran el busto en una chaqueta redonda de amplias mangas, y sobre la ropa interior, de dudosa blancura, llevan arrollada, á guisa de falda, una pieza de tela gruesa de anchas fajas de colores semejante á un pedazo de alfombra. Son aún los campesinos de la dominación turca, el pueblo formado con los sedimentos de innumerables invasiones guerreras. En vano ofrece Belgrado cierto aspecto de civilización occidental, con sus tranvías, su alumbrado, sus tiendas, sus periódicos y su único teatro. El pueblo servio no es más que una tribu belicosa que cultiva la tierra.

La tragedia del Konak debió parecerle el suceso más natural del mundo. Matar á unos reyes para poner á otros en su sitio todavía caliente, es un hecho vulgarísimo en Servia. Alejandro no fué el primer soberano asesinado, ni será, ciertamente, el último.

Los vecinos de Belgrado aprecian como un gran honor el ir por las calles al lado de un oficial ó de un pope. Los sacerdotes son innumerables, y en cuanto á militares, se ven, relativamente, más en Servia que en Alemania. Hay sotanas negras, verdes y azules, popes con faja y sin ella, con grandes pectorales ó con una simple cruz, y los uniformes militares son tan incontables que, dada la pequeñez de Servia, hay que creer que cada regimiento usa traje distinto. Pero todos los servios, vistan como vistan, lo mismo los que imitan las modas occidentales con la exageración propia de una ciudad de provincias, que los que siguen fieles á los antiguos usos; así los sacerdotes, los militares, los estudiantes saturados de teología ortodoxa y los altos empleados del Estado, como las damas que copian las novedades de Viena y París, todos tienen algo de inquietante, de rudo, de oriental y violento, adivinándose que una ligera raspadura en su moderno exterior basta para dejar al descubierto al bárbaro, al servio belicoso de otros tiempos, que fué el más implacable de los guerreros.

Mi curiosidad me lleva ante el Konak, un palacio no más grande que cualquier hotel de la Castellana. Esta monarquía, que sólo lleva cuarenta años escasos de existencia y ha tenido que improvisar todos los servicios de la vida moderna, manteniendo, además, por halagar el sentimiento nacional, un gran ejército, no permite á sus soberanos grandes lujos.

Recuerdo que cuando fueron asesinados Alejandro y Draga, al hacerse el inventario de la aventurera, de la Mesalina odiada por el pueblo, su ajuar resultó más insignificante que el de una mediana cocotte. Creo que, entre nuevos y usados, sus vestidos no pasaban de media docena. Su dormitorio lo tenía adornado con esas baratijas que regalan en los cotillones, lo mismo que una señorita pobre. Sobre la mesa de noche se encontró abierta una novela de Anatole France, que estaba leyendo en el instante que entraron los oficiales sable en mano para hacer pedazos á ella y á su esposo, como una pareja de bestias dañinas. Seguramente que este volumen era el único libro francés que existía en Belgrado.

Paso un día entero aburridísimo en la capital de Servia, aguardando la noche para tomar otra vez el tren de Oriente. Amortiguada la primera impresión de novedad, Belgrado me parece una odiosa población de provincias. Militares por todas partes, con su aire de perdonavidas, de bravos sin instrucción, que tienen metido en el puño á su país; popes que van de café en café empinando el codo con una sed insaciable; señoritas de ojos asiáticos y sombreros copiados de París, que pasean por la calle principal seguidas de estudiantes y cadetes; una banda de música que toca en el jardín de la Ciudadela, en una plazoleta rodeada de bustos de servios ilustres...

Salgo de la ciudad con el propósito de visitar, en una llanura lejana, la famosa «Torre de los Cráneos». Los turcos, para intimidar á los belicosos hijos del país, que les molestaban con una incesante lucha de guerrillas, elevaron la torre, cubriendo sus paredes con cráneos de servios desde los cimientos á las almenas. Hoy los cráneos han sido enterrados por la veneración patriótica, pero la torre sigue en pie, mostrando en su argamasa los innumerables alvéolos que contenían las calaveras.

Al ir á la estación y ver por última vez las calles de Belgrado, paso ante el pequeño teatro Real, que exhibe en su portada los anuncios de la función del día. Por ellos me entero con sorpresa de que estamos á 24 de Agosto, cuando yo creía vivir en el 6 de Septiembre. El calendario de la religión ortodoxa griega me regala trece días más de vida al pasar por el país de los Balkanes.

XVI

Los turcos

Un río, el Maritza, el Hebro de los antiguos, padre ó abuelo por el nombre de nuestro río aragonés, y en cuyas orillas destrozaron las Furias al dulce Orfeo, corre con grandes tortuosidades por el territorio de Servia y Bulgaria, cruza la Rumelia y penetra en la Turquía europea. Allí donde alcanza la benéfica influencia de sus aguas, el suelo balkánico es fértil y bien poblado. Frondosos bosques orlan las orillas de los torrentes, en cuyos cauces brama y se despeña una agua roja que arrastra la envoltura de tierra de las montañas. En los extensos prados pacen salvajes potradas ó rebaños de bueyes con las astas echadas atrás, en compañía de corderos enormes, de cuernos retorcidos como caracoles, y tan extraordinaria y majestuosamente voluminosos, que se comprende que los artistas de la antigüedad los escogieran para el adorno decorativo de palacios y altares.

En los terrenos pantanosos de la Bulgaria y la Rumelia crece el arroz; en los campos secos amarillea el maíz; por las pendientes espárcense las viñas que producen el vino de los Balkanes, único que beben los cristianos y judíos del imperio turco. Las aldeas apenas si sobresalen, con débil relieve, sobre el fondo rojo de los montes, faltas de campanarios ó de minaretes, con la llana monotonía de la religión griega, que no siente el menor deseo de escalar el espacio y dirigir sus plegarias á las nubes.

Sofía, la capital de Bulgaria, es otro Belgrado, aunque sus habitantes parecen de carácter más dulce. Su gobierno, dirigido por un príncipe de origen francés, que ha vivido largas temporadas en París, muestra gran empeño en asimilarse los progresos de otros pueblos. Los dos mejores edificios de Sofía son la Escuela de Medicina y la Imprenta Nacional, de donde salen importantes publicaciones. Esto, en un país como el de los Balkanes, significa algo notable.

En Filopópolis, capital de la Rumelia oriental, todavía se ven los uniformes búlgaros; sables pendientes del hombro, altas botas, bonetes de astracán copiados de los rusos, grandes protectores del país; pero las mezquitas cortan el horizonte, incendiado por la puesta del sol, con la línea blanca y esbelta de sus alminares sutiles y puntiagudos como agujas. La huella de la dominación turca no se borra fácilmente.

Cambia de pronto el personal del tren: los empleados de amplia gorra á la alemana son sustituídos por otros con fez rojo. Este gorro otomano, de color uniformemente purpúreo, empieza á verse por todas partes, dando á la muchedumbre vestida de obscuro el aspecto de una aglomeración de botellas lacradas. Suben á los vagones los aduaneros, arrastrando el corvo sable y llevándose para saludar una mano á la frente y otra al corazón. Gran registro de maletas, para no tocar nada más que los libros y los papeles. Luego se presenta la policía, graves señores de barba negra, pálidos y tristes como ascetas, con algo de clerical en sus levitas negras y sus gorros rojos é inmóviles.

Examinan los pasaportes con cierto aire de cansancio, sin hablar apenas, y se van lo mismo que han venido, después de copiar los nombres en caracteres turcos, desfigurándolos al capricho de su pronunciación gutural.

Estamos en el imperio otomano, en la estación de Adrianópolis, segunda capital de la Turquía europea, que sigue en importancia á Constantinopla. Los andenes están llenos de militares, con sus sombríos y elegantes uniformes europeos, semejantes á los de Alemania, pero rematados invariablemente por el fez rojo.

Adrianópolis es la gran población militar de Turquía. Un ejército de 80.000 hombres está acuartelado en la ciudad y sus alrededores. Los rusos, la última guerra con Turquía, llegaron á Adrianópolis y acamparon en su recinto. ¡Quién sabe si tardarán mucho, los mismos extranjeros ú otros, en vivaquear en esta ciudad de hermosas mezquitas y enormes fortificaciones!...

Turquía es el «gran enfermo» de Europa, según una frase mil veces repetida, y los pueblos importantes que no osan asesinarlo, por cerrarse el paso unos á otros, aguardan á que el enfermo se muera para repartirse sus bienes, procurando cada uno asistirle traidoramente en su dolencia, para familiarizarse con los secretos y costumbres de la casa y escoger con más seguridad cuando llegue el momento de la rebatiña general.

Yo soy de los que aman á Turquía y no se indignan, por un prejuicio de raza ó religión, de que este pueblo bueno y sufrido viva todavía en Europa. Todo su pecado es haber sido el último en invadirla y estar, por tanto, más reciente el recuerdo de las violencias y barbaries que acompañan á toda guerra. Si sólo debieran vivir en Europa los descendientes directos de sus remotos pobladores, expulsando á las razas invasoras que llegaron después procedentes de Asia ó África, nuestro continente quedaría desierto.

Yo amo al turco, como lo han amado, con especial predilección, todos los escritores y artistas que le vieron de cerca. Diez y nueve razas pueblan el vasto imperio otomano. Mahometanos, judíos y cristianos, divididos en innumerables sectas, forman esta aglomeración de seres, distintos por orígenes y tradiciones, que lleva el nombre de Turquía, y sin embargo, como dice Lamartine, «el turco es el primero y el más digno entre todos los pueblos de su vasto imperio».

Existe una concepción imaginaria del turco, que es la que acepta el vulgo en toda Europa. Según ella, el turco es un bárbaro, sensual, capaz de las mayores ferocidades, que pasa la vida entre cabezas cortadas ó esclavas que danzan desplegando sus voluptuosidades de odalisca. Con igual exactitud piensan sobre nosotros los viejos de Holanda ó los Países Bajos, los cuales no pueden oir hablar de España sin imaginarse un país de implacables inquisidores, capaces de quemar por una simple errata en una oración, y donde todos los ciudadanos somos duros é inexorables como el antiguo duque de Alba.

Los turcos han sido crueles porque han guerreado mucho, y la guerra jamás ha sido ni será escuela de bondades y de dulces costumbres. Otros pueblos civilizados, que llevan en los labios el nombre de Cristo, han tratado por medio de sus cañones y fusiles á los indígenas de África y Asia peor que los turcos á las poblaciones de los Balkanes.

Todos los escritores que han viajado por Turquía, se irritan contra la injusticia con que es apreciado este pueblo. El turco es bueno y franco. Su dulzura se manifiesta por un gran respeto á los animales. Jamás se le ve maltratarlos.

La injusticia y la traición son los dos resortes que disparan su cólera. Esto hace que aunque el turco oculte, bajo las formas de una exquisita cortesía, su pèna por las injurias ó las humillaciones sufridas, aproveche la primera ocasión para saciar su resentimiento.

La hospitalidad es la más visible de sus virtudes. No hay aldea en Turquía, especialmente en Asia, donde la falta de aglomeración de europeos aun no les ha enseñado lo que somos, que no tenga en todas sus casas la «habitación para viajeros», el mussafir odassi, donde todo viandante encuentra abrigo por una noche, sin tener que pagar nada y sin que el dueño muestre el más leve empeño en saber quién es y cuáles son sus opiniones.

El turco es el más religioso de los hombres. Su fe es inquebrantable: ni la menor sombra de duda viene á turbar sus creencias. Está convencido de que posee la verdad; pero no siente el afán de los occidentales por imponer esta verdad á los otros, despreciando ó escarneciendo lo que el vecino piensa. Podrá creerse superior á los demás por ser musulmán y tener su religión como la única verdadera; pero no hace el menor esfuerzo por imponerla á nadie. El fanatismo mahometano del moro de África no lo conoce el turco. En sus ciudades funcionan diversos cultos, y sacerdotes y templos son respetados con el escrúpulo que inspira á los otomanos todo lo que representa la fe en Dios.

Su prudencia silenciosa y un tanto altiva da en Constantinopla grandes muestras de tolerancia. Jamás entran los turcos en los templos católicos, en las capillas protestantes, en las sinagogas ó las iglesias griegas á turbar el culto de los fieles. En cambio, fervientes mahometanos, tienen que irse á las mezquitas de los arrabales á hacer sus plegarias, pues en las céntricas y famosas se ven molestados por las bandas de europeos y europeas que entran con el Baedecker en la mano y el guía al frente de la expedición, tocándolo todo, queriendo verlo todo, riéndose de las ceremonias y de la cara en éxtasis de los fieles, y apostrofándolos algunas veces porque siguen las creencias de sus padres y no quieren conocer la verdad descubierta por los padres de los otros.

Las matanzas de cristianos que ocurren de vez en cuando en Turquía, no tienen nada de religioso. Á ningún turco se le ocurre matar porque la plegaria ordenada por el Profeta sea mejor que la misa de los armenios. En tal caso, dirigiría sus ataques contra los templos. Esas matanzas de cristianos, que explotan en Europa el fanatismo religioso y el interés político, desfigurando su carácter, son simples conflictos por el pan; choques sociales semejantes á las sangrientas peleas que ocurren á veces en Marsella entre trabajadores franceses é italianos, ó á los asesinatos de chinos que perpetran los trabajadores de los Estados Unidos cuando ven que, por la concurrencia terrible de los asiáticos, pierde su precio la mano de obra.

El armenio, que es en Turquía el cristiano por excelencia, se atrae las mismas cóleras populares que el judío de la Edad Media. El turco, señor del país, no puede moverse sin tropezar con el armenio, raza vencida que aprieta el dogal á sus dominadores con un odio de siglos. Los armenios son los comerciantes, los tenderos, los prestamistas, los ricos que poco á poco se apoderan de todo, consumiendo con las artimañas de la usura la vida entera del pobre osmanlí, que trabaja y trabaja sin verse libre nunca de la esclavitud del dinero. De propietario pasa insensiblemente á ser mísero arrendatario de la tierra que cultiva; si toma una industria, el armenio le empobrece fingiendo protegerle; si, acosado por el hambre, quiere hacerse hamal y cargar fardos en los puertos turcos, su enemigo, más musculoso y listo que él, le quita el sitio, trabajando por menos dinero.

Caballeresco hasta en sus defectos, el turco gusta mucho de proteger á los demás y es magnánimo en sus dádivas; pero por esto mismo resulta ávido de dominación y la resistencia le vuelve cruel. Sus odios se condensan, su orgullo de raza se subleva ante estos antiguos siervos que se convierten astutamente en sus amos, y entonces apela á la espada, suprema razón del Profeta.

¡Pobre Turquía! Viéndola de cerca se la ama más, porque se aprecian mejor sus cualidades y se ven con mayor claridad los peligros que la amenazan.

Al llegar á ella, sorpréndese el ánimo viendo los enormes territorios que ha perdido casi recientemente.

En nuestros días ha sido expulsada del Montenegro, de la Bosnia y la Herzegovina, de Servia, Bulgaria y Rumania, y recientemente de la Rumelia. Esos despojos de su antigua dominación forman reinos.

La Europa Occidental sueña con arrojar á los turcos al otro lado del Bósforo, arrebatándoles los territorios que poseen en el continente, enormes todavía, pero insignificantes comparados con sus dominios del pasado.

Algunos ven en esto una gran victoria histórica, un desquite de la vieja Europa, que devuelve el territorio asiático á los invasores que tanto miedo la hicieron sufrir.

Error: el turco ya no es asiático, como nosotros no somos latinos, á pesar de que nos agrupamos bajo este nombre. Ningún pueblo del mundo merece con justicia el origen que ostenta.

Los turcos del Asia Central, que aun existen en el territorio de los Mongoles, son hermanos de estos otros que les abandonaron para marchar hacia Occidente como una ola devoradora. Los turcos asiáticos son de raza amarilla. Los turcos del imperio otomano, los que todos conocemos, son ya caucásicos como nosotros. Sus incesantes cruzamientos con la raza blanca y los azares de la guerra con sus alborotadas mezcolanzas, han fundido y hecho desaparecer el primitivo elemento étnico.

Ir por una calle de Constantinopla es casi lo mismo que por una calle de Madrid. Cada cara recuerda un nombre. Á veces se duda, al cruzar la mirada con los ojos de un transeunte, y se lleva la mano al sombrero para saludar. Se cree uno en Carnaval y dan ganas de decir:

—Amigo López... ó amigo Fernández: ¡basta de broma! ¡Quítese el gorrito rojo, que le he conocido!

XVII

Constantinopla

Cuando Constantino hizo de Bizancio la capital del imperio y la llamó Nueva Roma, estaba lejos de imaginarse que su propio nombre prevalecería como título de la enorme ciudad.

No hay población que pueda compararse, por su belleza topográfica, con la famosa Constantinopla, compuesta de tres ciudades. Pera y Galata, formando una sola agrupación urbana; Stambul, que ocupa el solar de la antigua Bizancio, y Scutari, en la ribera asiática.

Para dar una idea aproximada de la situación de esa triple ciudad, hay que imaginarse una inmensa Y de forma irregular. El tronco de la Y es el final del mar de Mármara y la entrada del Bósforo; la rama de la izquierda, el famoso Cuerno de Oro, profundo brazo de mar que atraviesa la ciudad y se pierde tierra adentro; la rama de la derecha, la continuación del Bósforo, hasta dar con el Mar Negro.

En el espacio comprendido entre el tronco de la Y y el final de la rama izquierda, está Stambul. En el espacio que existe entre las dos ramas, ó sea en la península limitada por el Cuerno de Oro y el Bósforo, se hallan asentadas Galata y Pera. Á lo largo del Bósforo, ó sea en todo el lado derecho de la Y, desde la base de la letra á su remate superior, están Scutari y demás poblados que pertenecen igualmente á Constantinopla. El lado izquierdo de la Y y el espacio comprendido entre las dos ramas, es Europa: todo el lado derecho de la letra, es Asia. Dos piastras (que son unos 60 céntimos) bastan para que un vigoroso remero turco, gran maestro en el arte de sortear las corrientes que van y vienen por el enorme callejón acuático, entre el mar de Mármara y el mar Negro, os lleve en unos cuantos minutos de un continente á otro.

Las tres ciudades más importantes en la historia de la humanidad son Atenas, Roma y Constantinopla.

Grecia enseñó á los hombres el arte de pensar, el culto de la belleza, y aun hoy vivimos de sus lecciones. Las leyes y usos de Roma regulan todavía la vida moderna. Constantinopla fué la intermediaria indispensable entre el mundo antiguo y el actual, hasta el punto de que si ella no hubiese existido, el mundo veríase privado de su más noble herencia, ignorando lo que filósofos, poetas y artistas pensaron y produjeron para nosotros hace tres mil años.

Es de uso corriente despreciar á Bizancio y desconocer la importancia histórica del imperio de Oriente.

Es cierto que la existencia del llamado Bajo Imperio fué poco noble, por su historia de miserias, crímenes y disensiones religiosas, que acababan siempre en derramamientos de sangre. El populacho, capitaneado por monjes bárbaros y falsos profetas, mataba ó moría defendiendo sutilezas teológicas que no le era dado entender. Por si los templos cristianos debían tener imágenes ó privarse de ellas, por si el Hijo era más ó menos que el Padre y el Espíritu Santo superior á los dos, el pueblo de «las discusiones bizantinas», saturado de nimias sutilezas de la decadencia griega, andaba á palos y cuchilladas en las callejuelas de Bizancio. Además, el Hipódromo, con los mil incidentes de sus carreras de carros, monopolizaba toda la vida nacional. El color de los dos bandos de cocheros, el verde y el azul, dividía al pueblo bizantino en dos grandes partidos, y verdes y azules ocupaban el poder á fuerza de revoluciones, derrocando emperadores y convirtiendo el circo en campo de batalla.

Á todas estas desgracias se unieron las grandes hambres, los incendios, la peste y los continuos ataques de los búlgaros durante los mil años que sobrevivió el decaído Bajo Imperio.

Pero á pesar de su larga agonía. Constantinopla, centro del imperio de Oriente, tuvo su grandeza y sirvió noblemente á la civilización. Ella guardó las tradiciones del arte griego, la legislación romana, los monumentos literarios, toda la antigüedad; y cuando en el siglo XI surgió el primer intento de Renacimiento, y en el XV llegó á ser un hecho el hermoso despertar de la Humanidad, de su seno salieron los hombres y las ideas que realizaron en Italia el retroceso bendito hacia la antigüedad clásica. Además, durante la Edad Media fué Constantinopla la gran muralla que contuvo el empuje de las invasiones asiáticas. Europa, defendida por este puesto avanzado, pudo constituirse lentamente á su abrigo. La cristiandad se dió cuenta de la importancia de Constantinopla cuando después de caer ésta en poder de los turcos, los vió avanzar en unos cuantos años hasta el corazón de Europa, siendo precisa una acción común para atajarlos junto á los muros de Viena y en las aguas de Lepanto.

Grecia, aunque mutilada por los siglos y los hombres, guarda grandezas de su pasado en el Partenón y otros monumentos; Roma conserva el esqueleto de su gloria en ruinas, casi enteras, de termas, templos y circos; pero de la antigua Bizancio apenas quedan vestigios. El turco lo arrasó todo, más que por barbarie, por afán de dominación, por celos del pasado, por su deseo de que ninguna obra antigua pudiera rivalizar con las del período de gran esplendor que vino tras la conquista. Si respetó Santa Sofía fué para convertirla en una mezquita, borrando de ella todo signo del cristianismo griego.

Otros conquistadores no menos temibles que los turcos cayeron sobre la ciudad. En 1204 los cruzados creyeron más cómodo y lucrativo conquistar la gran metrópoli cristiana que pelear con los musulmanes de Asia, y su asalto fué terrible. En la ciudad de Constantino y Justiniano no quedó piedra sobre piedra. Los guerreros de la Cruz robaron templos y palacios y los marinos genoveses y venecianos que conducían en sus galeras la expedición, se cobraron el pasaje de la cruzada llevándose á sus repúblicas lo mejor de Constantinopla. Los famosos caballos de Lissippo, los cuatro corceles de bronce dorado que se encabritan en la fachada de San Marcos de Venecia, son un recuerdo de este gran saqueo. Cuando, expulsados al fin los cruzados, volvió á restablecerse el imperio griego, la ciudad conservaba sus famosos monumentos, pero empobrecidos por el despojo, y antes llegó la conquista de los turcos que el nuevo florecimiento de Bizancio.

Nada queda en Constantinopla del pasado; pero ¡cuán hermosa es con su aspecto musulmán! No existe ciudad que pueda comparársela en grandeza. Londres ó París son más enormes, pero el viajero se convence de esto porque así lo dicen los libros, no porque lo vean sus ojos. Es imposible encontrar en ellas una calle ó una plaza que proporcione la sensación exacta de la grandeza de la ciudad. Constantinopla, en cambio, puede abarcarse de un solo golpe de vista. Basta colocarse en mitad del Cuerno de Oro sobre un caique, ligero y movedizo como una piragua, ó en el Gran Puente, para admirar toda la importancia de la metrópoli musulmana. Ninguna ciudad del mundo, al decir de viajeros famosos, tiene tal aspecto de inmensidad. Su vecindario es de millón y medio de seres, pero cualquiera puede atribuirle cuatro ó cinco millones.

Á lo largo del Cuerno de Oro, en ambas riberas, el caserío ondula apretado sobre las colinas. En primer término se ven dos ciudades, siguiendo las tortuosidades de las orillas, y sobre éstas aparecen otras, en alturas que se alejan, y más allá continúa el caserío hasta esfumarse en el horizonte, azuleando como las montañas remotas. Y cuando la vista, cansada de esa inmensidad de edificios, se vuelve hacia la extensión de agua azul, ve al través de un bosque de mástiles una ribera que cierra el horizonte, la de Asia, y en ella nuevas agrupaciones urbanas, que cubren llanuras, escalan montañas y son también Constantinopla.

La torre de Galata, pesada y enorme, mira desde lo alto de su península al viejo Stambul, erizado de minaretes, sutiles y blancos como la plegaria del buen creyente, y en cuya cima tiembla la flecha como una llama de oro. Las grandes mezquitas son amontonamientos de plomizas cúpulas que ascienden en torno de la cúpula central, rematada por una media luna que arde bajo los rayos del sol.

¡El atardecer de mi primer día en Constantinopla!... Venía yo de contemplar, á cierta distancia, la santa mezquita de Eyoub, donde jamás ha puesto su pie ningún cristiano. Eyoub es un arrabal, en el fondo del Cuerno de Oro, que se conserva como lo más turco y creyente de Constantinopla. Su mezquita viene, en rango de santidad, detrás de la Meca. Las viejas del barrio, envueltas en su manto negro, escupen á los pies de todo cristiano que encuentran al anochecer en sus calles, y le desean á gritos las mayores desgracias.

La corriente del Cuerno de Oro empujaba el caique dulcemente, y el remero sólo tenía que dar débiles paletadas para seguir el viaje. Había desaparecido el sol. Los minaretes de Constantinopla cortaban con su blanca línea un cielo suave, teñido de rosa y violeta. Una estrella centelleaba en este intenso telón de seda, como un brillante perdido. En lo alto del cielo brillaba un fragmento de luna en creciente, como la que se muestra en el escudo otomano: la media luna de los turcos.

La enorme ciudad aparecía partida en diversos términos, como los bastidores de un teatro. Los barrios inmediatos á la ribera, negros y levemente moteados de rojo por las luces de las ventanas iluminadas; los de segundo término, ligeramente sonrosados por los reflejos del atardecer; los remotos, marcándose, azulados é indecisos, como montañas, reflejando con fulgores de incendio los últimos rayos de un sol invisible en los cristales de los miradores, y sobre esta aglomeración, envuelta en el misterio del crepúsculo, los bosques de marfil de los agudos minaretes, los enormes huevos blanquecinos de las cúpulas de las mezquitas.

Un silencio sagrado descendía del cielo, esparciéndose en compañía de la sombra sobre la ciudad y las aguas. Pasábamos entre buques de guerra, anclados en el puerto militar: acorazados grises de triple chimenea, cruceros de una sola cofa, esbeltos avisos, yates imperiales que aguardan la visita del sultán, el cual no los ha visto nunca.

De pronto, la roja bandera con la media luna blanca comenzó á descender de los mástiles. Sobre las cubiertas veíanse agrupadas las tripulaciones, con el fez, que iguala á oficiales y marineros. En el cuartel del Almirantazgo, la infantería de marina extendía sus pelotones á lo largo del muelle, destacándose en la penumbra la línea roja de sus cabezas alineadas.

Á un mismo tiempo se conmovió la calma majestuosa del crepúsculo con gritos que parecieron rasgar el espacio como disparos cruzados. En los balconcillos circulares de los minaretes, hombres liliputienses, con turbante blanco, agitaban los brazos, acompañando estos movimientos con las modulaciones de un chillido sobrehumano. Sobre los puentes de los buques de guerra, un hombre entonaba un canto majestuoso y triste, semejante á las saetas de la Semana Santa en Andalucía.

¡La Ilah il Allah ve Mohammed resoul Allah! cantaban con melancolía religiosa, en el misterio del crepúsculo, los hombrecillos semejantes á hormigas, sobre los puentes de los acorazados. Los centenares de gorros alineados á lo largo de las bordas, entre las bocas de los enormes cañones y las torres blindadas, rugían al contestar como un estampido: ¡Allah! ¡Allah! Y al ver esa fe de los desiertos asiáticos, este ardor fervoroso de los jinetes errantes de otros tiempos, repetirse á bordo de los buques acorazados, última expresión de los adelantos científicos que repelen y destruyen con sus bocas de acero las fantasmagorías del pasado, tuve una visión exacta de lo que es la Turquía moderna: europea exteriormente, pero cuando escucha la voz del Profeta, siente despertarse en ella la misma alma de los que llegaron tras el caballo de Mahomed II á la conquista de Constantinopla.

XVIII

El Gran Puente

Para el que desea conocer en conjunto la variadísima población de Constantinopla, el mejor punto de observación es el Gran Puente, que va de Galata á Stambul.

Tiene medio kilómetro de extensión, y su piso de maderos desiguales, en los que tropieza el transeunte, está asentado sobre pontones insumergibles, pues la profundidad del Cuerno de Oro, que en algunos lugares tiene cerca de cien metros, no permite sostenes más sólidos.

Á un lado descuella, sobre el caserío en pendiente, la maciza torre de Galata, empavesada con los pabellones de las grandes potencias, que parecen proteger los barrios europeos. En el extremo opuesto, como si cerrase el paso por la parte de Stambul, alza la mezquita de la Sultana Validé sus esbeltas torrecillas y sus cúpulas con medias lunas de oro, cual una construcción de Las mil y una noches.

Desde el centro del puente se abarca en todo su esplendor el espectáculo del Cuerno de Oro, grandioso puerto que lleva tal nombre por su forma curva, rematada en punta, y por las riquezas incalculables desembarcadas en él.

Navíos de todos los países forman una segunda ciudad flotante á ambos lados del puente. En las primeras horas de la madrugada se abre una parte de éste para dar paso hacia el Bósforo á los grandes navíos de guerra y los vapores comerciales que anclan en el fondo del Cuerno de Oro. Los vaporcillos de viajeros para los pueblos del Bósforo; las islas de los Príncipes ó Brussa, parten con gran frecuencia de los muelles del Puente. Cada cuarto de hora sale uno agitando sus ruedas, con la doble cubierta repleta de gorros rojos. Braman las sirenas, humean las chimeneas, tiemblan los pontones con el encontronazo de los veloces cascos, y sobre las aguas verdosas, agitadas naturalmente por las corrientes y que el continuo paleteo de ruedas y hélices conmueve con violento oleaje, pasan los caiques, ligeros como flechas, con una inestabilidad que les hace danzar locamente, volcando á la menor imprudencia del viajero, que debe conservarse en la popa inmóvil y medio tendido.

Los bergantines turcos, de arcaica forma, que recuerda á las galeras de la piratería, extienden sus velas amarillentas y salen cabeceando como venerables mendigos entre las elegantes parejas de yates y la revoltosa é inquieta granujería de vaporcitos moscas y botes automóviles, que parecen burlarse de estos ancianos del mar, pasando y repasando ante sus tardías proas. Las barcas griegas despliegan sus velas triangulares hacia los puertos del Mármara: los buques del Occidente europeo van hacia el Mar Negro en busca de trigo y de petróleo. Grandes bandas de gaviotas, ebrias de sol y de azul, flotan inertes sobre las violentas ondulaciones del agua, hasta que una proa las despierta con su revoltijo de espumas cortadas, y todas ellas levantan el vuelo con ruidoso crujir de plumas. Una niebla de humo de carbón flota sobre el Cuerno de Oro en los días de calma, y por encima de esta nube parda, á la que da el sol doradas transparencias, aparecen las cúpulas y minaretes del viejo Stambul, blanco y rojo, como una ciudad de ensueño flotando en el espacio.

Para ser capitán de buque ó simple remero de caique en el Cuerno de Oro y el Bósforo, se necesita tanta habilidad como para ser cochero en Constantinopla, donde las callejuelas se abrieron con el propósito de que pasase por ellas cuando más un carruaje, y sin embargo, circulan dos en distinta dirección.

La primera vez que se navega por los citados callejones marítimos, el alma parece subirse á la garganta. El caique, mísero cascarón que apenas puede sostenerse, se pega con la mayor tranquilidad á las ruedas ó las hélices de los vapores, que le hacen danzar locamente. Otras veces pasan los caiques ante la proa de un gran buque en movimiento con una precisa exactitud para no ser alcanzados. Un instante más y desaparecerían. Los vaporcillos se van sobre los barcos de vela, y cuando parece inevitable el abordaje pasan por su lado rozándolos, pero sin choque alguno.

Los buques, tanto de vela como de vapor, tienen que marchar en zig-zag, sorteando un obstáculo á cada instante, navegando con la misma atención que le es precisa al viajero al transitar por primera vez las calles de Constantinopla. El capitán ve cerrado su derrotero por otros buques que vienen hacia él ó que oblicuan su marcha cortándole el camino, y á esto hay que añadir el enjambre de caiques que trasladan pasajeros de una orilla á otra; de vaporcillos moscas, que llevan en su popa banderas de todas las naciones; de largas góndolas blancas y doradas, con remeros negros, en cuya popa se muestran damas misteriosas, cubiertas con antifaces y capuchones que sólo dejan visibles los pintados ojos. Gritan los barqueros en todas las lenguas; saltan de un barco á otro las malas palabras de todos los idiomas; chillan los silbatos, rugen las sirenas; arrastra el viento asfixiante vedijas de humo sobre el corto y violento oleaje; álzanse unos remos contra otros con impulso homicida para vengar un descuido, un choque insignificante; á cada momento parece inevitable una colisión, y sin embargo, nadie se ahoga ni ocurren naufragios más que muy de tarde en tarde.

Á lo largo del Gran Puente han ido extendiéndose, como hongos adheridos á él, un sinnúmero de casuchas flotantes, muelles y pequeños cafés, todo miserable, de maderas carcomidas por la lluvia y el aire salino, pero con esa alegría dorada que el sol oriental comunica á las mayores suciedades.

Estos hijos del Puente cabecean con el continuo movimiento del agua removida por los buques, y parecen temblar con las palpitaciones de la extensa plataforma de medio kilómetro, por la que pasa toda Constantinopla, tronando la madera bajo las ruedas de los carruajes. Los cafetines flotantes tienen terrazas embreadas, á las que una línea de macetas de flores dan el aspecto de pensiles. Viejos turcos, sentados á la oriental y con la barba descendiendo hasta el abdomen, fuman el narghilé y pasan las cuentas de su rosario de ámbar, gozando al permanecer impasibles é indiferentes en medio de este movimiento loco y ensordecedor. El tropel de gorros rojos y de mujeres encapuchadas como máscaras, se precipita en los muelles salientes que dan acceso á los vapores de viajeros. El suelo, inseguro, es de tablones desiguales, por entre los que puede pasar un pie, y además, están cubiertos de residuos de frutas.

Á ambos lados de estos muelles amarrados al Gran Puente, hay casuchas que ocupan los vendedores de comidas y bebidas. Judíos que hablan un español extravagante, van de un lado á otro pregonando rosarios musulmanes, sorbetes, rollos de pan espolvoreados de ajonjolí, y bizcochos, á los que llaman en Constantinopla «pan de España». En las puertas de los tenduchos se elevan pirámides de melones amarillos y enormes sandías con su verdor cortado por blancas inscripciones en árabe. En los cafetines se exhiben en primera fila las ventrudas botellas de limonada ó naranja con un limón por tapadera, y más adentro humean las pequeñísimas tazas de café turco, líquido pastoso digno de los dioses. Los perros vagabundos, que son en Constantinopla algo así como una institución pública venerada y popular, pasan por entre las piernas del gentío, mansos, corteses y silenciosos, buscando su comida.

Los extranjeros se mueven desorientados en este torbellino de gente, y si desean tomar un barco siempre llegan tarde.

Hay dos problemas en Constantinopla que el viajero no resuelve nunca y mira como un misterio: la hora y la moneda.

En Constantinopla hay dos horas: la hora á la franca, que es la de los relojes de la Europa occidental, y la hora á la turca, que es por la que se rigen vapores, tranvías, etc.; todo lo que depende del municipio y del gobierno.

La jornada empieza para el turco al ponerse el sol, y de aquí que todos los días los buenos otomanos tengan que arreglar su reloj, sin que ni aun ellos mismos sepan ciertamente en ningún momento cuál es la hora exacta. La medida del tiempo cambia por día y por estación. Cuando nuestro reloj á la franca marca el mediodía, el turco dice tranquilamente que son las cinco ó las seis, así como unos meses después dirá que son las tres ó las cuatro.

No hay en esto otro daño que el llegar tarde á todas partes, perdiendo trenes y vapores, ó verse obligado á largas esperas: pero lo de la moneda trae mayores perjuicios.

En Turquía hay buena moneda y mala moneda, y según se recibe un pago en una ó en otra, la cantidad vale más ó menos. Hay también moneda borrosa, que nadie toma, pero que todos procuran dar al viajero; hay papel emitido por el gobierno otomano, llamado kaimé, que carece de valor, y otros misterios crematísticos que requieren un largo estudio. Pero lo más original es el cambio. Exceptuando algunos cafés y restaurants europeos, nadie cambia gratuitamente una moneda.

En las calles importantes de Constantinopla, junto al Gran Puente, cerca de los tranvías y muelles de embarque, en el Gran Bazar y en todos los lugares de algún tránsito, existen numerosos puestos de cambiadores de moneda, antiguos compatriotas nuestros, que siguen fieles á Abraham y Moisés.

En Constantinopla, el que no lleva á mano moneda menuda, aunque guarde en su bolsillo oro y billetes á puñados, como si no llevase nada. El cochero ó el conductor de tranvía le hace bajar para que vaya al cambiador más inmediato, y el que despacha billetes en una taquilla ó cobra peaje en el Puente, le enviará al judío más próximo, sin dejarle pasar.

Cambiáis una moneda de oro, y el cambiador os da el dinero en medjidiés de plata, especie de duros turcos, quedándose por el cambio con una piastra, que es aproximadamente lo que un real en España. Después se os ofrece cambiar uno de los medjidiés, y el cambiador os entrega cuartos de medjidié, que son como las pesetas turcas, y se queda otra piastra. Luego cambiáis en otro sitio una de esas pesetas y se quedan otra piastra... y así, de cambio en cambio, de cada veinte francos el cambiador se queda con uno ó más. El que conoce esta costumbre cambia de golpe una pieza de oro en pequeña moneda, y tiene que ir con los bolsillos repletos de piastras y paras, monedas más pequeñas que botones de camisa.

La moneda de oro tomada de un judío, es pérfida y peligrosa. No pasa por sus manos que no la lime hábilmente para arrancarle un poco de polvo de oro, y así, de rascuñón en rascuñón, juntando limaduras, se gana doce ó quince francos extraordinarios, según las piezas que toca durante el día. Después, en los Bancos y demás establecimientos públicos donde conocen la artimaña, someten las monedas al peso, y el incauto que las ha tomado pierde dos ó tres francos.

La discusión con el compatriota que intenta estafaros, es interesante por la fogosidad con que se expresa y los ademanes dramáticos que acompañan á su castellano especial.

—Que por mis hixos que no te engaño, señoreto... Que toma la pieza, que yo soy un buen trocador de dinero... Que la tomes como si fuese una alahaxa... Que por mis viexos te lo juro, que antaño vinieron de allá, como tú vienes agora; porque yo, señoreto, también soy espanyol.

XIX

Los que pasan por el Gran Puente

Unos mocetones, con la gordura musculosa de los turcos, vistiendo largas blusas blancas, semejantes á camisones de mujer, cortan el paso al transeunte, extendiendo una mano. Son los cobradores del puente, que exigen el peaje: diez paras.

Toda Constantinopla pasa por el Gran Puente. Los turcos del viejo Stambul necesitan ir á Galata y Pera, donde están los Bancos, los consulados, las embajadas, los grandes almacenes, y los habitantes de estos dos barrios europeos se ven obligados á pasar á la ciudad turca, porque en ella se encuentran los centros administrativos del gobierno otomano, la Sublime Puerta, con sus ministerios é innumerables dependencias.

No hay en las grandes calles de Londres ni en los bulevares de París lugar alguno tan concurrido como el Gran Puente. La plataforma de madera tiembla bajo el rodar de los carruajes y el paso de millares de transeuntes. Aturde y ensordece el vocear de este pueblo políglota, donde el que menos habla cinco idiomas, y son mayoría los que poseen más de doce. Asombra y deslumbra la carnavalesca variedad de los trajes.

Al entrar en el puente, parece éste un campo interminable de rojos geranios. Miles de gorros oscilan al marchar, sirviendo de remate lo mismo á tocados puramente turcos que á trajes europeos. Los marinos otomanos completan su uniforme, igual al de todas las marinas del mundo, con el fez, que da una gracia exótica á su aspecto de navegantes europeos. Los oficiales, con sus insignias á la inglesa, enguantados de blanco, calzados de charol y el sable bajo el brazo, cubren también su cabeza con el gorro turco, que es obligatorio para todo súbdito otomano y para todo extranjero dependiente del gobierno.

El ejército de tierra, uniformado á la alemana, guarda también el cubrecabezas nacional, y el mismo fez escarlata sirve al último soldado que al pachá, que se muestra en caballo brioso, con dorada silla, saltando sobre sus hombros el oro de las pesadas charreteras al compás del galope.

Sobre la nota obscura y dorada de los uniformes militares, destácase la muchedumbre variadísima de Constantinopla, formada de diez y nueve pueblos distintos, que aun guardan sus usos y sus trajes tradicionales. Pasan los árabes del lejano Yemen ó los moros africanos de la Tripolitania con sus chilabas pardas y la cuerda de pelo de camello anudada á las sienes; los croatas, que sirven de porteros en las grandes casas de Constantinopla, vestidos de rojo y azul, con gran profusión de galones y bordados, un bonetillo redondo sobre la bigotuda cabeza y un enorme revólver de Eibar atravesado en la faja; los albaneses y macedonios, con faldillas blancas, planchadas y encañonadas, sobre el traje oriental; los judíos, con la túnica á rayas de los días de fiesta, y encima un gabán de pieles, aunque sea verano; los armenios, con un pañuelo de hierbas anudado en torno del gorro; los griegos, vestidos á la europea, pero con una palidez aceitunada y unos ojos como tizones, que revelan su origen; el clero innumerable, de imanes, soffas y derviches, unos con el turbante blanco, otros con el turbante verde, recuerdo de su peregrinación á la Meca; algunos con gorros de grotesca forma, y todos ellos con el rosario de ámbar en la mano, repitiendo á cada cuenta la monótona alabanza á Alláh.

La muchedumbre tiene que apartarse, abriendo sus filas á cada momento, para dejar paso á los carruajes, que avanzan veloces, ó á las sillas de mano, que todavía son aquí de uso corriente; aparatosas literas, dentro de las cuales van las damas turcas á sus visitas en los estrechos callejones.

Un pelotón de jinetes, carabina en mano, escolta á un coche que todos saludan. Es el Gran Visir que va á la Sublime Puerta. Tras él pasan varios cargadores armenios, no menos temibles que un vehículo, pues marchan abrumados por pesos inauditos que no les permiten mirar ni apartarse.

En Constantinopla es donde se ve con asombro hasta dónde pueden llegar las fuerzas del hombre. Por algo dice el proverbio «fuerte como un turco». La estrechez de las calles y el respeto amoroso que siente el otomano por los animales, son causa de que en Constantinopla se haga todo á brazo: el comercio, las mudanzas, etc. Se ven venir por el Gran Puente pilas de cajas que parecen marchar solas, pues apenas si se distinguen entre ellas y el suelo unos pies entrapajados y un fez, tras el cual suena un bufido de asfixia. Yo he visto á un cargador armenio echarse un piano á la espalda, en una mudanza, y emprender la marcha vacilante bajo el peso, pero sin detenerse un momento. Los hombres, abrumados por este esfuerzo sobrehumano, caminan á ciegas, y el público tiene que huir de sus fatales encontronazos.

Por el centro del puente se abren paso de pronto, con las manos cruzadas sobre el estómago, en una actitud frailuna de mansedumbre, varios señores vestidos de negro. Llevan la elegante levita de corte, llamada stambulina, sin solapas y cerrada como una sotana, que es aquí el traje de ceremonia. Tras ellos marcha lentamente una carroza que todos saludan, y en su interior se ven varias damas envueltas en velos blancos, ó un caballero de gorro rojo, con bigotes á lo kaiser. Son señoras del harem imperial que vienen á comprar á la ciudad, con un séquito de empleados palatinos, ó alguno de los innumerables hijos, hermanos ó sobrinos del sultán.

Con aire de superioridad, se abren paso á codazos unos negros elegantemente vestidos del mismo color de su piel, con la stambulina de ceremonia y el fez muy recto sobre las pasas de la crespa cabeza. Tienen las piernas larguísimas; el cuello es enorme, y en su rostro chato é insolente hay algo de infantil y meticuloso, que hace imaginar una vida de chismorreos, intrigas y murmuraciones. Cuando abren la boca sale de sus gruesos labios un chillido estridente, semejante al del pavo real; algo extrahumano, falso y grotesco, que hace reir é irrita al mismo tiempo. Son personajes que viven aparte, y á los que mira la gente con cierto respeto; son eunucos del palacio imperial ó de los haremes de los grandes pachás, que, habituados á su existencia entre beldades misteriosas y grandes magnates, parecen tristes y descontentos cuando se dejan ver en las calles de Constantinopla.

Algunas veces van sentados en el pescante de un coche de lujo, en cuyo interior ríen y comen dulces cuatro beldades turcas, vestidas con trajes parisienses de la rue de la Paix, y con el rostro cubierto por una finísima nube de gasa, que realza engañosamente sus facciones pintadas. Estas mujeres de pachá, que van á las grandes tiendas de Pera, son turcas modernas que hablan francés é inglés, tocan el piano, leen novelas psicológicas con cubierta amarilla traídas de París y conocen todas las seducciones de la vida europea... todas menos el adulterio, que es aquí imposible, no por falta de ganas, sino por la vigilancia brutal, continua é incorruptible, que nadie consigue vencer, por más que digan é inventen poetas y novelistas.

Las turcas más modestas, esposas de musulmanes pegados á la tradición que viven en Stambul, ó las simples mujeres del pueblo, van á pie, vistiendo amplios trajes semejantes á dominós de gruesa seda adamascada, negra, roja, verde ó azul. Por las amplias mangas de esta envoltura asoman los brazos de la blusa interior, encintada y vaporosa. Las manos enguantadas sostienen la sombrilla y el bolso. La abertura del capuchón que corresponde al rostro tiene un teloncillo de seda negra á modo de máscara, que en unas es tupida é inaccesible á toda mirada, y en otras diáfana y atrayente, como una invención de la coquetería.

La calidad de estas mascarillas permite apreciar el valor de lo que se oculta detrás, aun antes de verlo. Regla general: todo velo espeso esconde una vieja dama ó una fea desfigurada por las horribles enfermedades de Oriente. Al través de los velos claros se encuentra siempre alguna cara de criadota española ó de monja fresca, con triple barbilla, carrillos de luna arrebolados por el colorete y unos ojos hermosos, de vaca tranquila, agrandados por tiznajos negros.

La moral y la decencia son frágiles invenciones humanas, que cambian con la mayor facilidad, según los tiempos y los pueblos. Estas damas turcas, para las cuales es una indecencia levantarse el velo ante otro hombre que su legítimo señor, y á las que vigila en todas partes la terrible policía otomana para que no cambien una palabra con el extranjero, se arremangan la faldamenta hasta más arriba de la rodilla, aunque no llueva, y muestran con la mayor naturalidad sus pantorrillas enormes, con medias á rayas, multicolores y chillonas, que, según dicen los comerciantes de aquí, proceden de Cataluña.

Estas máscaras, encapuchadas y misteriosas, bajo la luz del sol, que caldea los maderos del Gran Puente, dan un atractivo novelesco á la multitud. Las mujeres circulan entre el gentío con la mayor tranquilidad, sabiendo que nadie osará mirarlas, que todo musulmán bajará la vista para no verlas, como el que evita una acción vergonzosa, y por esto, cuando se encuentran sus ojos con los ojos audaces del europeo, unas, las más hermosas, sonríen con cierta turbación, y otras crispan su cara, indignadas, encabritándose su fealdad bajo el acicate religioso.

De toda la multitud cosmopolita que diariamente circula por el Gran Puente, el más simpático y cortés es el turco. Yo no entiendo su lengua, pero los ademanes constituyen un idioma inteligible y claro para el extranjero que, privado del habla, observa con mayor atención. Además, los que conocen el turco, elogian con entusiasmo la cortesía y mesura de este pueblo, grave, un tanto triste, pero bueno y generoso. No hay idioma, según ellos, que contenga iguales expresiones de afecto. La madre turca habla siempre á sus pequeños dándoles el nombre de flores ó graciosos animales; el hombre tributa al extranjero ó al amigo los más extremados elogios, al par que le da hospitalidad y protección.

La caridad cristiana de los pueblos occidentales, que tiene las calles llenas de mendigos y deja morir de hambre á muchos infelices, es bien poca cosa considerada desde Constantinopla. Aquí los pobres son muchísimos miles, y sin embargo, sólo se encuentran pordioseros en el Gran Puente ó en los alrededores de alguna mezquita, y éstos nunca son turcos, sino griegos y judíos. El pobre es sagrado para el turco, y no se contenta con darle unos céntimos, abandonándolo después, satisfecha la conciencia, sino que le abre su casa y le da cuanto necesita. En este pueblo generoso, que tiene la noble manía de la protección, todos los pobres están colocados; todos cuentan con una casa á la que se adhieren como si fuese suya.

De los actos exteriores del otomano, el que más admiro, como suprema expresión de nobleza, es el saludo. Los europeos no sabemos saludar. Cogemos el sombrero, lo levantamos con más ó menos rudeza, sonreímos, y ya está todo hecho. El turco es un verdadero artista de la cortesía. Su gorro rojo es inconmovible. Se lo pone al levantarse y no se despoja de él, ni un instante, hasta la noche. Descubrirse la cabeza es la mayor descortesía y algo así como una blasfemia religiosa. Quitarse el cubrecabezas para saludar significaría lo mismo que si un europeo se despojase de un zapato para dar la bienvenida á una señora. Esta necesidad de mantener el fez recto é inmóvil sobre la cabeza, como si estuviese metido á tornillo, ha confiado á la mano y á los ojos todo el saludo.

¡La noble dignidad oriental de los turcos al encontrarse!... La mano, que parece hablar, desciende á la rodilla, y de allí se remonta al corazón, pasando luego á la frente, al mismo tiempo que el cuerpo se inclina con majestad y los ojos expresan el respeto y la alegría del encuentro, con un arte y una gracia que ningún europeo puede imitar.

De vez en cuando, entre esta muchedumbre que transcurre por el Gran Puente, se ven ojos negros de mirada inquietante, perfiles de aves de presa, sonrisas melosas que hacen llevar las manos á los bolsillos, gentes corteses que infunden pavor.

Constantinopla es el gran vertedero del continente. Aquí se ocultan y se pierden los más temibles aventureros. Turquía es un pan blando, en el que vienen á hincar el diente los lobos más temibles del mundo.

Esos turcos de aspecto inquietante, que sólo son turcos por el fez que llevan en la cabeza, inspiran miedo con sobrado motivo... Son europeos, y el europeo es lo peor de Turquía.

XX

El Gran Visir

Mi amigo Mizzi es un abogado inglés notabilísimo, que desde hace treinta y cinco años vive en Constantinopla. Habla y escribe con la mayor facilidad doce idiomas, y en un mismo día perora ante el tribunal consular de Inglaterra, hace una defensa en turco, escribe una demanda en griego ó en ruso y acaba su jornada en el consulado español expresándose en castellano.

Desde Constantinopla ha ido á defender pleitos á Siberia. Otra vez fué á Bagdad y á Bassora, países de leyenda, para intervenir como abogado en una herencia de príncipes árabes, que se disputaban sacos de diamantes, de rubíes y esmeraldas. Sólo en Oriente pueden encontrarse estos litigios de cuento fantástico.

Mizzi es inglés porque nació en Malta; pero su madre era española, y él siente un gran afecto por España. Es consejero legista de casi todas las embajadas y consulados; condecoraciones y títulos llueven sobre él de las más importantes naciones de Europa, y sin embargo, lo que más aprecia es su nombramiento de vicecónsul de España. The Levant Herald, el diario más grande de Constantinopla, es propiedad suya, y en él trabaja diariamente, dando al público una información del mundo entero. Ir con Mizzi por las calles de Pera y Galata, es asistir á un desfile de popularidad. Saludo á un turco en su lengua, conversación con un griego, diálogo con un francés ó un italiano, sombrerazos, apretones de manos, frases cariñosas; un curso completo de idiomas.

Una mañana me lleva Mizzi á saludar al Gran Visir, antiguo amigo suyo de la juventud.

¡El Gran Visir!... Este nombre evoca visiones de inmenso poder; hace recordar las lecturas de la niñez, los mágicos cuentos de Las mil y una noches; presenta ante la imaginación un imponente personaje de luenga barba y turbante blanco enorme como un globo, con una majestuosa cohorte de esclavos, ejecutores, escribas y fanáticos santones.

El Gran Visir de Turquía, que es más que nuestros jefes de Gobierno (algo así como el vicesultán), resulta uno de los personajes más importantes del mundo. Gobernar naciones como, por ejemplo, España, puede hacerlo cualquiera. Con tener una mayoría en las Cámaras, todo está asegurado. Ningún peligro exterior amenaza al país, y la vida interior se desarrolla plácida y entretenida al través de chismes y comadreos, á los que se da el nombre de política, entendiéndose todos al final, pues la estrechez de horizontes impone la vida en familia á unos y á otros.

Para llegar á Gran Visir hay que ser un hombre extraordinario. Sustentar unidas y en paz las diez y nueve razas del imperio separadas por odios históricos y radicales diferencias religiosas; gobernar desde Constantinopla el lejano Yemen, poblado de fanáticos que se irritan al ver que Turquía hace una vida europea, ó Bagdad, alejada de la capital por un viaje de cincuenta y cuatro días (casi tantos como se necesitan para dar la vuelta al globo), y al mismo tiempo hacer frente con engaños y energías al tropel de lobos de las grandes potencias europeas, que ya han arrancado miembros enteros del cuerpo otomano, y cada vez aullan más fuerte, pidiendo nueva carnaza, todo esto es empresa que requiere la inteligencia y la firme voluntad de un hombre superior.

Vamos á visitar al Gran Visir en su casa, antes de que se traslade á su despacho de la Sublime Puerta, en las primeras horas de la mañana, pues este personaje, sobre cuya inteligencia pesa todo un imperio, es un gran madrugador.

Llegamos al palacio, situado en las afueras de Pera, cerca de un gran campo de maniobras, donde galopan, en traje de campaña, varios escuadrones de caballería. Un cuerpo de guardia, con numerosos centinelas, se eleva frente á la vivienda del Gran Visir, precaución que no es superflua en este país, donde han sido frecuentes los atentados contra el sultán y sus ministros.

El palacio no tiene nada de oriental. Es una gran casa, con amplias escaleras de mármol. El fez de los empleados y servidores, que van de un lado á otro, y la falta de alumbrado eléctrico, son los únicos detalles que recuerdan á Turquía.

Entramos en una pequeña antesala, saludamos á otros visitantes que aguardan, y ellos nos contestan con la grave cortesía oriental, inclinándose, llevando su diestra de las rodillas al corazón y á la frente. Son turcos de correcto exterior, con el fez muy planchado y erguido y la negra levita militarmente abrochada; imanes jóvenes, de luenga barba, elegantes y limpios, que para entretener la espera pasan entre sus dedos, con vertiginosa rapidez, las cuentas del rosario. Nos distraemos fumando cigarrillos orientales, hasta que un oficial del Gran Visir viene á advertirnos que Su Alteza nos espera, recibiéndonos antes que á los demás visitantes. Estos aguardarán con su paciencia turca, que ignora el valor del tiempo y del número.

Mizzi me advierte que debo llamar Alteza al Gran Visir. En Turquía, fuera de la familia del sultán, no hay más que dos altezas: el Gran Visir... y el Gran Eunuco del harem imperial.

Pasamos ante un salón de enormes proporciones, que parece un almacén de muebles por la gran cantidad que contiene de sillerías, lámparas, cuadros, cojines y espejos, todo europeo. Son regalos de los gobiernos extranjeros al primer ministro turco, y que éste amontona en el salón destinado á las fiestas diplomáticas. Los objetos de Europa, con su abigarrada y rica variedad, quedan en la pieza destinada á recibir á los europeos. Más allá, está la vida íntima, la vida turca.

Me veo de pronto en un pequeño gabinete. Tres hombres están de pie, con levita negra, calado el fez, la mirada en el suelo y las manos cruzadas sobre el abdomen, en actitud rígida y respetuosa. Otro hombre, también de levita, avanza hacia nosotros, sonriendo, con una mano tendida. Creo estar en una antesala, desde la cual van á anunciarnos al poderoso personaje... Pero no: estoy en el gabinete del primer ministro de Turquía, y el hombre que sonríe y nos tiende la mano es el propio Gran Visir.

Me siento desconcertado por esta sencillez. El gabinete es una pieza de paredes blancas y desnudas, sin otro adorno que una fotografía del Sultán. En un extremo, dos pequeñas librerías con cristales de colores. Unos divanes bajos, de sedas obscuras, son los únicos muebles, y junto á una ventana que encuadra un pedazo de cielo y de jardín, acaba de tomar asiento el poderoso personaje.

Nada hay en él que recuerde Las mil y una noches. Ni su aspecto ni su habitación revelan el poder inmenso de que está investido. Parece un señor europeo que, por exótico capricho, se ha calado el fez como gorra casera. Viste de negro, y por entre las solapas de su levita asoma un rico chaleco de seda oriental. Al colocar una pierna sobre otra, la boca del pantalón deja ver en el interior de éste una alta bota á la turca, unico detalle que desentona en su aspecto europeo.

Tomamos asiento junto á él y empieza á hablarme en francés, con acento claro y sonoro, dando á sus palabras una majestad natural, á la que acompañan los más nobles ademanes.

Realmente, Ferid-Pachá, Gran Visir de Turquía desde hace nueve años, período de gobierno que no alcanza ningún político de Europa, es un hombre extraordinario. Me siento subyugado por la majestad de sus maneras de gran señor, por la sonoridad poética de su voz de barítono, por el fuego de su mirada, que quiere hacer amable, y sin embargo, es imperiosa y firme: la mirada del Visir en los cuentos orientales.

Es un hombre de gran estatura, fuerte y musculoso, sin dejar de ser delgado, y con una hermosa barba negra que empieza á blanquear. Tendrá poco más de cincuenta años, y en sus ojos brilla el fuego entusiasta de la primera juventud. Sobre su rostro europeo se destaca la nariz, como un signo de raza, una nariz de turco peleador, encorvada como pico de combate, con les aletas anchas y palpitantes.

Ferid-Pachá, con esa benevolencia protectora de los otomanos, me sonríe y muestra interés por conocer mis impresiones sobre Constantinopla y si me es grata la estancia en ella.

Mientras él habla, yo le contemplo y evoco rápidamente su historia. Ferid-Pachá es un albanés, un turco que ha nacido cerca de Italia y de Grecia. Su juventud en la Universidad de Janina fué brillantísima. El futuro gobernante asombró á los profesores griegos con sus profundos estudios sobre los poetas de la antigüedad. Luego vino á Constantinopla, entrando en la administración pública, donde escaló con rapidez los primeros puestos. Fué gobernador de lejanos pueblos de Asia (algo así como los antiguos virreyes americanos), hasta que su talento político llamó la atención del Sultán, que le hizo su Gran Visir.

Al mismo tiempo que le escucho, mis ojos vagan por la habitación, admirando su sencillez. Sobre una librería portátil, vecina al gran personaje, hay un busto de mármol, el único que adorna el gabinete. Yo conozco esta cara arrugada, de vieja maliciosa; pero me desorienta su cráneo pelado. Yo la he visto en muchos sitios, y sin embargo, no puedo recordar su nombre. ¿Quién es?... ¿Quién es?...

La hermosa voz de Ferid-Pachá toma una expresión más grave, la temblona majestad del imán que declama su plegaria, y dice así:

—De todos los pueblos con los que vive Turquía en excelentes relaciones de amistad, España es uno de los que amamos más sinceramente. Ningún mal hemos recibido de ella; siempre la amistad y el cariño guiaron nuestras relaciones; sus desgracias las sentimos como nuestras, pues aunque vivimos alejados, existe algo inexplicable entre los dos pueblos que los une con sincera amistad.

Hasta aquí su expresión era de majestuosa cortesía; pero de pronto cerró enérgicamente la mano derecha, y añadió con sincero entusiasmo: