—¡Ah, España! ¡Qué tenacidad para vivir! ¡Qué fuerza para levantarse cuando tropieza! Admiro á vuestra nación, más aún por su enérgica voluntad en tiempos de paz que por su valor en la guerra. Todo un siglo de calamidades ha pesado sobre su historia: guerras civiles, revoluciones, pérdidas de territorios, y sin embargo, se ha levantado de tantas caídas, y sigue su camino, y resucita cuando la creen muerta, y desarrolla sus riquezas naturales. ¡Ah, España, noble pueblo de la firme voluntad de vivir!...
Y al hablar de territorios perdidos, de guerras desgraciadas y de la voluntad de vivir, por encima de toda clase de infortunios, sus ojos miraron en torno de él con cierta tristeza.
En el fondo de la habitación seguían en fila y de pie los tres subordinados, como testigos mudos, con las manos cruzadas sobre la levita y las cabezas inclinadas hacia el suelo.
El Gran Visir recobra su majestuosa frialdad y empieza á hacerme preguntas, aprovechando la ocasión para enterarse de un lejano país.
—¿Vuestra flota la vais á rehacer ahora?
—Eso dicen, Alteza.
—Bien, muy bien. Una gran nación necesita barcos. Pero creo que á los españoles les ocurre lo que á los turcos. Les gusta más pelear por tierra que por mar... ¿Quién es ahora el generalísimo de vuestro ejército?
Yo le digo que en España no hay generalísimo, y que el ejército lo dirige el ministro de la Guerra. Su Alteza frunce el ceño como para recordar un nombre.
—Y Weyler, ¿qué hace ahora?
—Es un general como los otros.
—Martínez Campos murió, ¿no es así?... Aquel era un hombre.
Y Ferid-Pachá sonrie y vuelve á cerrar el puño con expresión de energía.
Me hace otras preguntas sobre España, y yo, mientras las contesto, sigo mirando el busto. ¿Pero de quién será?...
—¿Conocéis á monsieur Moret? Es abogado nuestro. Nos lo ha recomendado el emperador de Alemania para que intervenga en un asunto de Turquía.
Y Ferid-Pachá, con una expresión triste, me cuenta en breves palabras el asunto. Uno de tantos abusos de la rapacidad europea: grandes empresas de Occidente que vienen á establecerse en Turquía con el pretexto de civilizarla, y luego de enriquecerse engañando la sencillez otomana, todavía se fingen perjudicadas y exigen enormes indemnizaciones al gobierno.
Su Alteza sigue haciéndome preguntas sobre mi país, y yo continúo mirando el busto con excitada curiosidad.
—¿Y vuestro rey?—pregunta sonriendo el Gran Visir.
No sé qué contestar á esta breve interrogación, y el personaje añade con dulce sonrisa:
—¡Qué actividad! ¡Qué exuberancia de vida! ¡Oh, la juventud!... Vuestro rey nos inspira grandes simpatías. Viaja, se entrega á los sport, le gusta ser soldado, se divierte... Hace bien, hace bien.
Luego añade con expresión sentenciosa:
—Los monarcas deben divertirse. Para eso tienen servidores fieles que se encargan de gobernar por ellos, sufriendo las amarguras del poder.
Llega el momento de despedirnos con solemnes saludos orientales. Al pasar junto al busto lo reconozco de pronto y me explico mi torpeza. Estaba acostumbrado á ver con peluca esta cabeza de mono malicioso.
XXI
El palacio de la Estrella
El marqués de Campo Sagrado, nuestro ministro en Constantinopla, es el más conocido de los representantes diplomáticos. Hasta los turcos modestos de Stambul conocen su nombre. Nueve años de permanencia en Turquía y un carácter franco y bondadoso de gran señor, que para inspirar respeto no necesita imitar á ciertos embajadores, altivos é inabordables como reyes, han dado al marqués una gran popularidad en Constantinopla.
Cuando se citan los nombres de los representantes de Europa, el de Constans, embajador de Francia, y el de Campo Sagrado, son los primeros que acuden á la memoria de los turcos. Al pasar yo la frontera otomana, apenas dije á los encargados de los pasaportes que iba recomendado al embajador de España, todos, funcionarios y viajeros del país, le designaron por su nombre.
—¡Su Excelencia el marqués de Campo Sagrado!... Un gran señor muy simpático. Lo conocemos: le vemos muchas veces en su carruaje por la gran calle de Pera.
Hasta las damas turcas que parecen vivir aisladas del mundo cristiano y fingen ignorar la existencia de infieles en Constantinopla, conocen todas al representante de España, y cuando le ven, sonríen amablemente bajo sus velos.
Es un excelente embajador para un país como el nuestro, que tiene pocas relaciones con Turquía. Ya que le faltan ocasiones para ejercitar su acción diplomática, mantiene el prestigio de España á honrosa altura con su generosidad y su cortesía, condiciones que alcanzan profundo respeto en este pueblo oriental, amigo de imponentes exterioridades.
Cuando llegué al palacio que tiene España en Buyuk-Deré, en la ribera del Bósforo, cerca del Mar Negro, vi avanzar á Campo Sagrado, sonriente y corpulento, con un aire animoso de segunda juventud, tendiéndome su fuerte diestra de cazador asturiano. Este Nemrod infatigable, luego de perseguir al oso en sus montañas natales, ha pasado muchos años en las estepas rusas cazando con el zar y los grandes duques, y ahora acosa á los venados turcos en compañía de los pachás más poderosos. Cuando el sultán conversa con él, se entera con interés de sus hazañas venatorias.
—Está usted en su casa—dice el marqués con graciosa amabilidad—. Esta es la casa de España.
Y nos da un almuerzo, en el que figura como plato de circunstancias un buen arroz á la valenciana.
El almuerzo es bueno; al final se brinda por la lejana patria... pero más notable es aún el comedor. Por un lado, las ventanas dejan ver el parque de la legación, que extiende su arboleda cuesta arriba por la ribera europea. En el lado opuesto, las arcadas de una logia sirven de marco al mágico espectáculo del Bósforo y á las verdes montañas de la vecina costa de Asia. Por la extensión azul pasan caiques con remeros vestidos de blanco, y sentadas en el fondo de estas ligeras embarcaciones, damas turcas, que sólo dejan ver encima de la borda su cabeza encapuchada, teniendo frente á ellas esclavas negras, libres de velos. El sol del mediodía hace temblar las aguas con chisporroteos de oro. Un viento frío, que viene del Mar Negro, aligera la ardorosa temperatura estival.
—Verá usted en Constantinopla muchas cosas interesantes—dice el ministro de España—. Pero créame usted á mí, que llevo en esta tierra algunos años; los dos espectáculos extraordinarios, lo que no puede verse en ninguna otra parte, son el Bósforo y el Sélamlik.
El Bósforo ya lo había visto yo, en toda su extensión, al dirigirme á la legación de España. Me quedaba por ver el Sélamlik, cosa difícil para la gran mayoría de los extranjeros, pues se necesita para ello la recomendación de un embajador. Pero Campo Sagrado es incansable cuando se trata de favorecer á un compatriota, y á pesar de encontrarse un tanto enfermo, me acompañó en persona á la ceremonia palaciega.
Todos los viernes, al mediodía, el sultán va con gran pompa á hacer su plegaria á la mezquita Hamidié, vecina á su palacio. Es el único momento en que se deja ver públicamente.
Abdul-Hamid podía prescindir de esta ceremonia, especialmente desde hace tres años, en que estuvo próximo á perecer, por la explosión de una máquina infernal, á la salida de la mezquita. Pero el «Comendador de los Creyentes» quiere cumplir sus deberes de supremo jefe religioso, y en treinta y cinco años sólo dos viernes, por causa de enfermedad, ha dejado de presentarse en el Sélamlik.
Esta asistencia voluntaria á una fiesta en la que ha sido objeto de atentados, demuestra que Abdul-Hamid no vive sometido á locos temores ni le trastorna una manía persecutoria, como han hecho creer los armenios que escriben desde París.
El sultán vive más allá de los arrabales de Constantinopla, en Yildiz Kiosk ó «Palacio de la Estrella», extensión amurallada, como diez ó doce veces Madrid, en la que hay un lago donde pesca y navega á vapor, caminos por los que corre en automóvil, bosques plagados de caza y unos cincuenta palacios, que habita y abandona á su capricho, mudando su residencia varias veces en una misma semana. Con una instalación tan completa se comprende que el majestuoso señor no sienta ningún deseo de visitar Constantinopla. Sólo una vez por año entra en la gran ciudad; pero es por mar, atravesando el Bósforo en dorado caique, para hacer una visita religiosa al Viejo Serrallo, donde se guardan como milagrosas reliquias el manto y el estandarte del Profeta.
Todos sus caprichos y deseos puede cumplirlos sin salir del inmenso jardín que le sirve de palacio. Entre esposas legítimas, odaliscas y parientas, su harem guarda unas trescientas mujeres.
No por esto hay que suponer al sultán entregado á pecaminosas diversiones. Hombre de gran actividad para los negocios públicos, quiere saber todo lo que ocurre en sus vastos dominios, y le falta el tiempo para tantos estudios, consultas y audiencias. Su harem numerosísimo es puro aparato; necesidad de seguir las tradiciones musulmanas, Abdul-Hamid repite—según dicen—, con la certidumbre de la experiencia, que el hombre sólo debe acordarse de tarde en tarde de las mujeres, para no ser un esclavo.
Cinco mil personas forman su servidumbre alta y baja. Las cocinas imperiales dan de almorzar y de comer diariamente á cinco mil bocas, con la generosidad propia de una vivienda imperial. Imagínese el lector los carros de pan, los rebaños de ovejas y carneros, los cargamentos de hortalizas, las tinajas de miel y otras vituallas que diariamente entran en las despensas del palacio. Á los cinco mil servidores hay que añadir los regimientos que acampan en el recinto de Yildiz Kiosk, lo que forma un total de diez mil personas.
El intendente del palacio es un importante personaje; pero el Gran Eunuco es superior á él, y exhibe con orgullo su título de Alteza. En realidad, es el más poderoso de los funcionarios de una monarquía absoluta, pues conoce de cerca las debilidades del señor, y esto crea siempre cierta confianza.
Tenía grandes deseos de ver de cerca á este extraño personaje, y amigos influyentes preparaban nuestra entrevista. Después he desistido. ¿Para qué? El Gran Eunuco iba á recibirme en su casa, una casa á la europea, con muebles seguramente traídos de Viena, que serán su orgullo. Además, sólo habla turco. Para ver la colección de blondas artísticas que está formando y que exhibe á los extranjeros, no vale la pena de molestarse y llamar Alteza á este grotesco y triste personaje.
No es fácil el acceso al «Palacio de la Estrella». El día del Sélamlik los embajadores, que son en Turquía los personajes más respetados después del sultán, se quedan fuera del palacio en un elegante y grandioso pabellón de dos pisos, entre el Yildiz Kiosk y la mezquita Hamidié. Allí, en un palacio anexo, recibe el sultán á los embajadores, después de la ceremonia religiosa, si es que tiene algo que preguntarles ó comunicarles.
Cuando por algún asunto urgente entran los representantes diplomáticos en el interior del inmenso jardín, siempre los recibe Abdul Hamid en un palacio ó kiosco distinto.
Los banquetes en Yildiz Kiosk son algo semejante á las fiestas de Las mil y una noches. El convidado se ve en un salón con gruesos candelabros de oro de la altura de dos hombres. Los platos son de oro trabajado á martillo; los cubiertos, de oro; de oro las botellas y hasta las argollas de las servilletas.
Casi siempre estos banquetes son de treinta ó cuarenta cubiertos; pero hace poco se dió en palacio una comida á la oficialidad de la flota inglesa (unas doscientas personas) y el servicio fué de oro, tan completo como siempre, sin que se notase la menor falta por el excesivo número de convidados. Este palacio de misteriosas riquezas es inagotable. Comerían mil á la mesa del sultán, y es posible que á nadie le faltase su pila de platos de oro y su áureo cubierto.
En Turquía, la riqueza ostentosa resulta aplastante. El viajero se marcha hastiado para siempre de las piedras preciosas, enormes hasta la ridiculez, y tan exageradamente ricas, que se acaba por perderlas todo respeto.
Algo semejante ocurre con las condecoraciones. El sultán, al darlas, regala las insignias en brillantes. Los maîtres que dirigen el servicio en un banquete del sultán, llevan el pecho cruzado de bandas y constelado de estrellas de diamantes. El Gran Señor condecora también á las damas turcas, hijas ó parientes de los pachás, y muchas de las encapuchadas que pasan en carruaje por las calles de Stambul, yendo á visitas y fiestas, llevan bajo el misterioso dominó bandas multicolores y estrellas y medias lunas de brillantes.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Trotan los escuadrones de jinetes por las fangosas calles vecinas al Bósforo, camino de Yildiz Kiosk; pasan en sus carruajes imponentes pachás, bordados, galoneados y con pesadas charreteras de oro; desfilan los batallones, precedidos de una música con alegres chinescos; presentan las armas los cuatro centinelas de cada cuartel á los coches de los diplomáticos, que llevan en el pescante al cabás, criado que sirve de insignia á toda la legación, con su uniforme de oficial turco, completado por el sable corvo y el revólver de funda dorada.
La Constantinopla oficial y vistosa, el ejército, los pachás, la diplomacia, los jefes árabes venidos de los lejanos vilayetos asiáticos, todos marchan en la misma dirección.
XXII
El Sélamlik
Desde el kiosco destinado al cuerpo diplomático, contemplo el más asombroso de los panoramas que ofrece Constantinopla.
En el horizonte, el mar de Mármara une su azul intenso con el azul del cielo, blanqueado por el sol, y extiende la corriente del Bósforo entre la ribera asiática, cubierta de bosques y palacios, y la ribera europea, que desaparece como abrumada bajo el caserío de Constantinopla. El oleaje de tejados rojos y negruzcos se pierde de vista, siguiendo las ondulaciones de las colinas y los ángulos entrantes y salientes de la costa.
Los agudos minaretes, con balconcillos circulares, semejan los mástiles con cofas de blancos navíos encallados é invisibles en la inmensa masa de la ciudad. En la azul extensión del mar, se destacan, cual dormidos insectos, los buques de guerra, negros é inmóviles, con manchas de vivos colores temblando junto á sus colas. Sus banderas de las grandes potencias que ondean en la popa de los buques estacionarios, ó el pabellón otomano, rojo, con media luna y estrellas blancas, que se exhibe en las vergas de varios yates imperiales que el sultán no ha visto nunca, ó de modernos navíos que envejecen sin levar sus anclas.
De la ventana del kiosco diplomático se domina el mar, las colinas y la ciudad. Desde las hondas orillas del Bósforo remóntanse, formando distintas mesetas, las barriadas y los jardines, hasta las alturas en que se halla situado el palacio de la Estrella. Un ancho camino pasa por debajo de la ventana. Es el que conduce desde la puerta del palacio á la mezquita Hamidié: un trayecto de unos cuatrocientos metros en suave pendiente. En este espacio, que ocupa toda la cumbre de la colina de Orta-Keni, se verifica todos los viernes la ceremonia del Sélamlik.
Van llegando las tropas. No existe ejército de exterior más impotente que el turco. Contra todas las precauciones que puede inspirar la afición de los orientales á lo vistoso y abigarrado, las tropas turcas ofrecen un aspecto sombrío y grave. Sus uniformes obscuros sólo están animados por los vivos toques del rojo de las bocamangas y del fez. Visto desde lo alto, este ejército no ofrece ninguna distinción de categorías. El mismo gorro llevan los generales, y aun el mismo Sultán, que el último soldado. El fez, cobertera uniforme de todos los otomanos, unifica las filas. No hay aquí la diversidad de penachos, galones y cascos de los ejércitos occidentales, que clasifica á los guerreros según el aspecto de las cabezas. Hay que mirar de cerca á los militares turcos para reconocer en los dorados de sus hombreras las diferencias de categorías.
Desfilan al son de estrepitosas bandas de bárbara marcialidad los regimientos de línea, vestidos de obscuro azul, llevando al frente á sus jefes, montados en pequeños caballos turcos, que aun parecen más diminutos bajo la obesidad de sus jinetes. Los batallones árabes se distinguen, en esta aglomeración de cabezas rojas, por sus turbantes verdes, color religioso exaltado por el Profeta. Los albaneses, vestidos de blanco, á la zuava, forman en la puerta del palacio como tropa de preferencia, encargada de la guarda del sultán. Llegan los marinos de la escuadra, con sus oficiales á caballo: unos marinos de altas botas, que llevan al cinto por toda arma el ancho sable de abordaje. Al pie de la colina de Orta-Keni, ondean las rojas banderolas de los lanceros. Los regimientos de caballería tienen bandas de música, y se ve á los trombones, enroscados al cuerpo de los jinetes, como enormes serpientes de metal, saltar bruscamente á impulsos de los botes de los caballos, ocultos tras un pliegue del terreno.
El aspecto imponente de estas tropas se debe á la edad de los soldados. El ejército turco es un ejército duro. No se ven en sus filas muchachos barbilampiños y á medio formar, como en los ejércitos de Europa. El soldado turco es hombre de veinticinco á treinta años, fuerte, macizo, bigotudo, en todo el esplendor de su desarrollo. Unase á esto la fe ciega del mahometano, ese fervor religioso que inspira respeto por su ingenuidad aun á los más escépticos, y se comprenderá lo que es una masa de siete ú ocho mil soldados otomanos. Después de verlos, nada puede asombrar de cuanto se diga sobre su resistencia ante el enemigo y su fiera conformidad ante la muerte. Se lo imagina uno mal dirigido en los campos de batalla, y dejándose matar, sin retroceder un paso. Pero volviendo la espalda, no hay quien se lo figure.
Al detenerse y extender sus filas á lo largo del camino, descansan sus fusiles en tierra con un golpe seco y uniforme, y quedan inmóviles, con una inmovilidad que parece de ensueño.
Nadie diría que al pie de la ventana hay formados algunos miles de hombres. Ni un susurro, ni una palabra, ni una tos. Hasta los caballos permanecen inmóviles, sin el más ligero relincho. Parece una inmensa exhibición de figuras de cera. La brisa mueve las borlas de los gorros, el oro de las charreteras, las gualdrapas de los caballos; pero esto es todo lo que se agita y parece tener vida en la enorme aglomeración de hombres. Los cuerpos no se mueven; los ojos, vagos y como de vidrio, miran sin ver; las bocas, cerradas, no parecen respirar.
Un silencio absurdo lo envuelve todo; un silencio de pesadilla, un silencio más profundo que el de la noche, reproduciéndose bajo la luz del sol.
En el kiosco, los embajadores y las grandes damas del cuerpo diplomático hablan con entera libertad; pero, sin embargo, sus voces suenan con cierta sordina, como cohibidas instintivamente por el silencio exterior. Campo Sagrado, con su hidalga cortesía española, cumplimenta á las señoras; Constans, el famoso embajador de la República francesa, habla en correcto español, recordando sus años juveniles de Madrid: todo un mundo de oficiales extranjeros, puestos de gran uniforme, agregados diplomáticos, secretarios, dragomanes y elegantes damas, rodea á los embajadores europeos, que son en Constantinopla algo así como semidioses, con más poder que el mismo sultán, pues muchas veces amargan sus días con enérgicas reclamaciones y turban su sueño.
Las palabras, las risas y los cuchicheos caen de las ventanas, como involuntarias irreverencias, sobre la muchedumbre guerrera, silenciosa é inmóvil. Ni una mirada se eleva; ni un rostro se contrae. No ven, no oyen; están como muertos bajo la doble mortaja de la disciplina militar y el fervor religioso. Esperan al Padichá, nombre que dan los turcos á su emperador. El título de Sultán sólo lo emplean los árabes.
La conversación y la risa de los europeos tampoco conmueven á los ayudantes de campo del emperador, cubiertos de oro, y á los empleados palatinos, de negra stambulina, que permanecen erguidos é inmóviles en las puertas y ventanas de los salones del kiosco. Imposible moverse sin tropezar con ellos. Levantáis un cortinaje, y vuestra mano tropieza con el pecho de un coronel, inmóvil como un adorno del salón, y que no cambia de lugar ni os mira. Vais á una ventana, é inmediatamente percibís la sensación de que alguien está detrás: un señor de levita y gorro, con un rosario de ámbar en las manos, que jamás fija sus ojos en los vuestros, como si ignorase vuestra presencia.
El sultán recibe á sus huéspedes con la mayor cortesía, enviándoles orientales saludos de amistad. Estáis como en vuestra casa; los esclavos negros ofrecen cigarrillos; bajo tapices de seda, con flores doradas, llegan las humeantes tacitas de café y los vasos de oro llenos de confitura de rosas; pero no podéis dar un paso sin que unos ojos os sigan; no podéis sentaros sin que alguien se siente cerca de vosotros; no podéis hablar sin que un señor de uniforme ó de levita venga á situarse á pocos pasos, volviéndoos la espalda, para mayor disimulo. Al asomaros á una ventana, debéis arrojar antes el cigarro. Nadie puede llevar nada en las manos. Las señoras deben abandonar sus sombrillas, aunque las tueste el sol. Una maquinilla fotográfica es un crimen que se paga con la expulsión. El alto espionaje, que consume con enormes sueldos una gran parte de la renta pública, vela por la existencia del Padichá con una meticulosidad ridícula.
Un crujido de arena, bajo la marcha acompasada de muchos pies, turba el profundo silencio exterior.
Me asomo á la ventana. Dos filas de pachás descienden la cuesta, camino de la mezquita, con el sable en una mano enguantada de blanco, y moviendo la otra al andar con una regularidad de simples soldados. Son los generales que tienen empleo palatino ó están en los ministerios. Salen del palacio y van á la mezquita, agrupándose en la puerta de ésta para recibir al señor. Sobre sus levitas de obscuro azul, adornadas con grandes charreteras de oro, brillan condecoraciones de un esplendor fantástico; estrellas de brillantes, soles de rubíes y esmeraldas, todas las insignias que puede regalar un monarca oriental de fabulosa generosidad.
Estos pachás son la flor del imperio. Los hay viejos, tostados y secos, con grandes barbas blancas y gafas de oro, antiguos generales que pelearon con los rusos en las orillas del Danubio y resistieron en Plewna con la tenacidad inconmovible del musulmán. Otros, jóvenes, morenos y obesos, son altos oficiales por la voluntad del Gran Señor; generales por nacimiento, que nunca han mandado tropas; almirantes hereditarios que jamás pisaron el puente de un acorazado.
El silencio se agranda. En las muchedumbres occidentales, la emoción se manifiesta con empujones de impaciencia y sordos rugidos. Los turcos, al llegar el momento esperado, lo anuncian con una inmovilidad mayor, con un silencio absoluto, absolutísimo; con la ausencia de todo signo de vida.
En el balconcillo del minarete de la mezquita Hamidié aparece un hermoso imán, de barba negra y turbante blanco. Visto de lejos, parece un muñequillo asomado á un balcón de encajes. Extiende, como alas de murciélago, las grandes mangas negras de su sotana, y un canto plañidero y dulce, semejante á una saeta andaluza, rasga el denso silencio, descendiendo hasta nosotros, como si viniera del cielo.
Empiezan á bajar carrozas por la enarenada cuesta, camino de la mezquita. Son las sultanas y odaliscas del harem imperial; unas cuantas nada más, pues de ir todas en el cortejo, duraría éste horas enteras.
Los eunucos negros, con las manos cruzadas sobre el vientre, marchan formando un círculo en torno de cada coche. En unos van las hermanas é hijas del Padichá; en otros, sus tías; en los que rompen la marcha, las odaliscas preferidas. Entre los generales y almirantes que, sable en mano, forman un grupo ante el kiosco, hay hijos y hermanos del emperador. Lo mismo pueden llegar un día al trono, que morir desterrados en una provincia de Asia, ó amanecer con las venas cortadas y unas tijeras junto á la cama, para que todos crean en un suicidio.
Al través de los vidrios de las carrozas se ven blancos velos, ojos pintados de negro, joyas enormes, mantos bordados de oro con una suntuosidad oriental... y vestidos parisienses, chillones y de mal gusto, de esos que los costureros de París guardan, según ellos dicen, para las damas turcas y las millonarias de América.
Un rugido feroz corre al frente de las filas. Los soldados presentan las armas. Un landeau sencillo, tirado por seis caballos de una belleza inexplicable, como sólo puede poseerlos el soberano de la Arabia, avanza lentamente. Delante de él y á los lados marchan, en revuelta confusión, guardias albaneses con el fusil al hombro y la bayoneta calada; pachás que se codean y pisotean con los simples soldados; palafreneros de dalmática bordada, gruesa como coraza de oro; simples dignatarios de palacio vestidos de negro; jefes árabes, de nítido albornoz, venidos del Yemen para saludar al descendiente del Profeta. Los grupos de generales y almirantes situados al paso se unen á este grupo que corre en torno del carruaje, oprimiéndose contra sus ruedas y agrandándose por momentos.
Solo en el landeau, con la capota caída, se muestra el emperador, el hombre omnipotente, el Padichá, el Sultán, el Comendador de los Creyentes, rey y pontífice á un mismo tiempo de muchos millones de hombres.
Al pasar ante el kiosco diplomático, levanta los ojos hacia las ventanas y saluda levemente, con gravedad musulmana. Es un hermoso tipo masculino; una figura de guerrero y de creyente. Sin duda va pintado como las mujeres de su harem. Á juzgar por los años que ocupa el trono y su anterior juventud, debe estar en los setenta, y sin embargo, la luenga barba es de un negro intenso y el rostro tiene un aspecto de juventud. Este hombre, que es señor de una parte considerable de Asia y de una de las primeras capitales de Europa, que posee tesoros como los de Las mil y una noches, que es rey de Bassora, la de las perlas, y de Bagdad, la de las fantásticas riquezas, se muestra simplemente vestido de negro, sin un adorno, sin una alhaja, con algo de clerical y severo en su indumentaria.
Lo que se admira al momento en él es la tranquilidad, la resignación valerosa del musulmán. Este hombre no tiene miedo ni puede tenerlo, á pesar de cuanto han dicho los periodistas franceses. Es un fatalista. Si está escrito que le maten, le matarán de todas maneras, por ser así la voluntad de Alláh. Y á pesar de que en el Sélamlik intentaron asesinarle, valiéndose de un vehículo cargado de dinamita, va á él todos los viernes, y pasa bajo las ventanas del kiosco diplomático, desde las cuales se le puede alcanzar fácilmente, y se exhibe más allá, ante una muchedumbre que aguarda bajo el sol, contenida por las filas de la tropa.
Las bandas de música hacen sonar el himno imperial, una especie de mazurca alegre; los gritos del imán llegan de lo alto durante las breves pausas del himno; los soldados lanzan por tres veces una aclamación feroz, un grito de guerra que es un viva.
El sultán penetra en la mezquita. Fuera, en el gran patio, aguardan las damas del harem, dentro de sus carrozas, con los caballos desenganchados, por una precaución tradicional. Todas las tropas vuelven el frente á la mezquita para no estar, ni aun á gran distancia, de espaldas al emperador.
Cuando media hora después, terminada la plegaria del Sélamlik, vuelve el sultán al palacio, el regreso parece menos ceremonioso y más entusiasta. El Comendador de los Creyentes, dejando partir las carrozas de las mujeres, los caballos de respeto que llevan de la brida los dorados palafreneros, toda la pompa de su corte, avanza en un ligero cochecillo de dos ruedas, tirado por un tronco de hermosas bestias que él mismo guía, acariciándolas con el látigo. Su hijo favorito, vestido de almirante, se sienta al lado de él.
El tumulto de generales, dignatarios y simples soldados de la guardia, se hace mayor en torno del ligero cochecillo. Corren jadeantes los pachás y los oficiales, pisoteándose y aclamando al emperador. Suenan otra vez las músicas; pero apenas se oyen, sofocadas por el griterío de muchos miles de hombres.
Los soldados, silenciosos antes como estatuas, rugen al presentar las armas y ver de cerca á su emperador: «¡Larga vida al Padichá!»
No son los fríos vivas de ordenanza de otros países. Las aclamaciones del turco vienen de adentro, de lo más hondo.
En este país es inútil soñar con reformas y revoluciones.
Turquía podrá desaparecer; pero cambiar... ¡nunca! Sólo puede ser como es, y así vivirá ó morirá.
El buen musulmán jamás discute á su soberano. El Padichá es algo más que un rey de la tierra: es representante de los poderes del cielo. Cuanto él hace, bueno ó malo, lo hace Dios, y el turco es el más religioso y resignado de los hombres.
Aun en sus mayores desgracias, al verse en la miseria ó ante el cadáver de un ser amado, nunca tiene una lágrima ni una palabra de protesta. Le basta, para consolarse, suspirar melancólicamente:—¡Alláh lo ha querido!
XXIII
Los perros
Antes de conocer Constantinopla, cuando yo evocaba en la imaginación la gran ciudad oriental, reconstruyéndola con arreglo á ciertas lecturas, lo primero que veía eran los perros, los famosos perros de la metrópoli turca.
Muchas cosas que amaba por los libros, no las he encontrado al llegar aquí. Unas han desaparecido bajo las huellas del tiempo; otras eran mentiras poéticas, que jamás tuvieron realidad. Pero los perros, los célebres perros, aquí están, como en otros siglos, llenando las calles, obstruyendo las aceras, dificultando el paso de los vehículos, sin casa, sin amo, sin otro medio de subsistencia que el respeto tradicional y la ternura que siente el turco por todos los animales.
¿Quién no ha oído hablar de los perros de Constantinopla? Hasta hace pocos años eran la única policía urbana de la gran ciudad; el cuerpo de limpieza pública, encargado de que las calles no quedasen totalmente obstruídas por carroñas de animales y montones de estiércol. Ahora, la influencia europea ha logrado que la triple ciudad de Constantinopla, ó sea Stambul, Pera y Scutari, tengan tres municipios, compuestos exclusivamente de ciudadanos turcos, que velan á su modo por la limpieza de las calles. Hay barrenderos indolentes y carretillas de riego para las principales vías; mas no por esto los perros han perdido sus antiguos privilegios. Al anochecer, de todas las casas arrojan á la vía pública el estiércol y los desperdicios; acuden los perros; la noche entera pasa entre ladridos, mordiscos y estrépito de lucha en torno del festín, y á la mañana siguiente, los barrenderos «quitan la mesa», llevándose lo que no han podido devorar estos pupilos de Constantinopla.
Venecia tiene sus palomas, que han vivido y procreado durante siglos á expensas de la República, como una institución nacional.
Constantinopla tiene sus perros, respetados por el turco con cierta superstición, como si su suerte fuese unida á los destinos del pueblo otomano en el suelo de Europa.
Vinieron, según la tradición, desde el fondo del Asia, siguiendo al ejército turco. Cuando éste tomó á Constantinopla, los perros se aposentaron en las calles y en las ruinas, considerando á la enorme ciudad como conquista propia. Eran perros vagabundos y guerreros, acostumbrados á toda clase de privaciones; perros de soldado, sin dueño fijo, acariciados y mantenidos por todo un ejército; animales de campamento hechos á la vida común, á buscarse el sustento por sí mismos. Dentro de Constantinopla continuaron su vida de vivac. Su parte de gloria en la gran hazaña turca, su muda colaboración en la marcha de siglos, desde el centro de Asia á las bóvedas de Santa Sofía, la cobran estos animales con el respeto de todo un pueblo, con una consideración popular que parece elevarlos casi al nivel del hombre.
Yo me los imaginaba feos, hirsutos, flacos, amenazantes, con colmillos babosos de rabia y ojos amarillentos de fiebre: una especie de leopardos urbanos, que hacían peligroso el tránsito por las calles de Constantinopla. Me sorprendí al verlos por primera vez, gordos, lustrosos, de una belleza ruda y silvestre, con hocico y gestos de lobo, pero de buen lobo, cortés y juguetón, con un pelo de color de miel, lavado por las lluvias. Son de regular alzada; muestran unos colmillos de espeluznante blancura; casi os derriban cuando se alzan sobre las patas traseras para acariciaros, y sin embargo, á nadie inspiran miedo. Peléanse entre ellos con encarnizamiento de fieras: todos llevan en su cuerpo señales de mordiscos; un combate de dos perros es algo horrible que pone en conmoción á toda una calle, y á pesar de esto, basta que un niño les amenace con un palo, para que se retiren, basta que un turco les largue una patada, para que huyan sin revolverse, pasando del rugido feroz al lamento lacrimoso. Saben que su subsistencia depende del hombre, y lo respetan como á un dios que dispone de sus vidas. Rara vez atacan á las personas; nunca se ha conocido la enfermedad de la rabia en estos vagabundos, y cuando muerden, muy de tarde en tarde, á los transeuntes, casi siempre son mujeres las víctimas de sus ataques.
¿Cuántos perros vagabundos existen en las calles de Constantinopla? Nadie lo sabe. Los más parcos en sus cálculos dicen que 80.000. Otros los hacen ascender á centenares de miles. Un comerciante francés ofreció al gobierno otomano una enorme cantidad para exterminar los perros y aprovechar sus pieles. Un buen negocio industrial, según parece. El vecindario turco se indignó. ¡Matar sus perros! ¡Exterminar á los fieles camaradas de los conquistadores de Constantinopla!...
Los extranjeros van por las calles con grandes pedazos de pan, para obsequiar á estos pupilos de Turquía. Así como en la plaza de San Marcos las damas viajeras tienden sus manos llenas de trigo á los palomos venecianos, desapareciendo envueltas en una nube de plumas palpitantes y picos acariciadores, aquí se las ve, hundidas hasta las rodillas, entre pelos rojizos, hocicos babeantes y rabos inquietos, partiendo un mendrugo con los enguantados dedos y arrojando pellizcos de pan á las fauces glotonamente abiertas.
Causa admiración el orden de esta república perruna, falta de gobernantes y de leyes escritas, pero sometida, por el instinto de vivir, á una disciplina social. Muchas veces, al abandonar yo el comedor del hotel, recolecto en todas las mesas los pedazos de pan olvidados, tarea en la que se me adelantan con frecuencia otros viajeros. Salgo á la calle y me rodea un grupo de perros estacionados frente á la casa; la familia ó tribu á la que corresponde por derecho tradicional este trozo de vía. Ni ladridos ni empujones de impaciencia. El jefe de grupo, el patriarca, el guerrero, alcanza en el aire el primer pedazo, y va á situarse lejos de los suyos, vigilando la calle para evitar que ningún intruso se ingiera en el banquete. Mientras tanto, la familia va cogiendo al vuelo los otros pedazos, siguiendo un turno riguroso, sin que á nadie se le ocurra adelantarse á otro y arrebatarle su parte. De vez en cuando se aproximan otros perros, azuzados por el hambre, queriendo introducirse en el grupo, y una ruidosa batalla pone en conmoción á la calle entera.
El guerrero, erguido sobre las patas traseras, hace frente á los invasores, y pelea él solo, mientras la tribu come. Aullidos, mordiscos, lucha á brazo partido; pues los perros de Constantinopla combaten poniéndose de pie y agarrándose como hombres, al mismo tiempo que dirigen á la cara del enemigo las acometidas de sus colmillos. Cuando el peleador sale ensangrentado del encuentro, se tiende en el arroyo, y toda la familia le rodea, con aulladora gratitud, lamiendo horas y horas sus heridas.
Marcháis por una callejuela seguido de varios perros que os husmean las manos y se empinan hasta vuestros bolsillos, con la esperanza del pan. De pronto, os veis solo. Los perros quedan atrás, y no os seguirán por más que intentéis atraerlos con silbidos y exclamaciones cariñosas. Están en los límites de «su jurisdicción»: han llegado al término del trozo de calle que les pertenece, y no pasarán de allí. Otros perros os salen al encuentro, os acarician, os siguen, hasta llegar al término de su territorio, y allí os dejan rodeados por una nueva tropa canesca. Así, de escolta en escolta, podéis correr por la noche toda Constantinopla. Cuando estalla una tempestad de ladridos, es que un grupo ha osado introducirse en terreno enemigo. Cuando una riña feroz conmueve el barrio, es que un perro vagabundo, sin familia y sin domicilio, es atacado por los burgueses de la raza, gente de bien, amiga del orden, que no puede tolerar tales faltas de disciplina social. El bohemio canino que vaga por Constantinopla, acaba inevitablemente sus días asesinado y devorado por las familias honradas de su especie.
Según es la calle, así es el aspecto de los perros acampados en ella. En las vías modernas más elegantes de Pera y Galata, donde están las grandes tiendas de bisutería, ropas, muebles y libros, los perros ofrecen un aspecto lamentable; flacos, piojosos y lanudos, mirando melancólicamente á las enormes lunas de los escaparates, tras los cuales se exhiben cosas hermosísimas, pero que no sirven para comer. En las callejuelas turcas, llenas de inmundicias y de pequeños puestos de comestibles alineados en el arroyo, el perro es alegre, juguetón y de sano aspecto.
Dice un antiguo refrán turco: «Si mirando se aprendiese un oficio, todos los perros serían carniceros.»
No hay carnicería de Constantinopla que no tenga ante la puerta unos veinte ó treinta perros, todos en fila, sentados sobre el cuarto trasero, silenciosos, con una gravedad de gentes bien educadas, fijos sus ojos en el dueño, con expresión de súplica, y abriendo la roja garganta á impulsos de insinuantes bostezos. Aguardan lo que caiga, y lo que cae las más de las veces es una mano de latigazos, pues el carnicero turco acaba por enojarse con esta tertulia muda que obstruye la puerta de la tienda y hace tropezar á los parroquianos.
En medio de las bandas de perros que corretean por las calles á la caída de la tarde y duermen enroscados en las aceras á la hora del sol, se ven animales grotescos y repugnantes, tristes caricaturas de su especie. Unos llevan los ojos saltados; otros el lomo partido por sanguinolentas dentelladas ó el hocico medio devorado y con un morro pendiente. Son recuerdos de sus batallas con los compañeros de raza. Otros caminan á saltos, con una pata rota vuelta hacia arriba, ó arrastran por el suelo su inmóvil parte trasera, como si fuesen extraños lagartos. Las ruedas de un vehículo les han dejado así, á pesar del respetuoso cuidado con que los turcos tratan á los animales. El cochero de Constantinopla antes prefiere volcar que aplastar á los perros. Los carruajes se detienen á cada instante ó dan bruscos rodeos para salvar sus vidas. Pero estos animales, habituados á un respeto tradicional, abusan de él, durmiendo tranquilamente en mitad de las calles de más tránsito.
Cuando una perra lanza su prole en plena vía pública, el buen turco saca un cajón, un tonel, un gran cesto lleno de paja, y lo coloca en mitad de la acera para que sirva de cuna á los reciennacidos. La gente tiene que dar un rodeo y bajarse de la acera desafiando el peligro de los coches; la circulación se dificulta é interrumpe, pero nadie protesta ni mueve el obstáculo. Sálvense los animales, aunque perezcan las personas.
Las primeras noches de estancia en Constantinopla son horribles. Los viajeros buscan en los hoteles las habitaciones interiores, lejos de la calle. Ladridos toda la noche; batallas en torno de los montones de estiércol; concierto de aullidos cada vez que pasa un trapero con un farol, ó cuando un transeunte les parece sospechoso. Las noches de luna, Constantinopla se estremece con ruidosas y feroces contorsiones. Hasta las piedras parecen ladrar al astro de la noche. Al fin, el viajero adquiere oídos turcos, y se duerme arrullado por esta tempestad de ladridos, como podría dormir bajo el susurro de las olas ó la brisa perfumada de un jardín lleno de ruiseñores.
¡Las obscuras tragedias que se desarrollan en esta sociedad animal, regida por el misterioso idioma de la mirada y el ladrido! ¡Las leyes crueles é inexorables de esta república de los perros!...
Una tarde fuí al santo barrio de Eyoub en un vaporcito, siguiendo el Cuerno de Oro en toda su extensión. Un perro flaco, triste, de mirada dulce, pasaba y repasaba durante el viaje, entre las piernas de los viajeros. Al abordar al pontón de Eyoub, intentó deslizarse, oculto entre el gentío, pero un estrépido horripilante estalló de pronto, asustando á las buenas turcas encapuchadas que salían del vapor. Más de una docena de perros se arrojaron sobre el recién llegado como bestias feroces, mordiendo de veras, «tirándose á matar», buscando su cabeza con los agudos colmillos. El pobre can, como si esto no le sorprendiese, como si fuera algo esperado, corrió á refugiarse en el barco que volvía á Constantinopla.
Pasé la tarde en Eyoub. Al anochecer esperé en el pontón la llegada del barco que iba á hacer su último viaje á la ciudad. Llegó el vapor, y entre la avalancha de viajeros intentó pasar el mismo perro. Pero otra vez salieron á su encuentro los enemigos, con terrible acometida de aullidos y mordiscos, y tuvo que refugiarse de nuevo en la cubierta.
¡El triste regreso hacia Constantinopla! En vano di pan al mísero animal. Comía con avidez de hambriento, pero sus ojos iban hacia Eyoub, que se perdía en el fondo del Cuerno de Oro, con sus cristales inflamados por la agonía del sol; hacia Eyoub, al que le atraía el instinto, y en el que no podía desembarcar. Cuando llegamos, ya de noche, al Gran Puente, el pobre perro se alejó á la luz de las estrellas, para refugiarse entre dos tablones y esperar el primer vapor de la mañana, emprendiendo de nuevo su viaje. Y al día siguiente comenzaría su triste peregrinación, sin otro resultado que mordiscos y una fuga vergonzosa; y al otro y al otro lo mismo; y aun estoy seguro de encontrarle si emprendo el viaje; y así vivirá hasta que muera ó le maten; empujado hacia la santa barriada de Eyoub por un buen recuerdo del pasado, y detenido siempre por la ferocidad implacable de unos enemigos que ladran y muerden, tal vez á impulsos de una antipatía de raza, de una venganza de familia ó de un obscuro drama de animalidad inferior... ¡Quién sabe!
XXIV
Los Derviches Danzantes
El muro oriental de la mezquita de Bakarié, en las afueras de Eyoub, está rasgado por grandes ventanales con celosías encristaladas, y á través de ellas, mientras llega la hora de los oficios, veo cabrillear, bajo la lluvia de oro del sol del mediodía, las aguas azules, densas y como muertas del Cuerno de Oro, allí donde éste se confunde con las llamadas Aguas Dulces de Europa.
De vez en cuando, como una visión cinematográfica, pasa por la extensión azul que tiembla más allá de los ventanales una lancha de vela con un cargamento de mujeres, ó un caique blanco y dorado, con damas envueltas en obscuro dominó, llevando como escolta de honor, junto á los remeros sudorosos, una esclava negra.
Adivino que desembarcan en el muelle de la mezquita, invisible para mí. Después pasan otra vez estas mujeres misteriosas, ante los ventanales, pero á pie, siguiendo lo largo del muro, como actrices que cruzan el fondo de una escena dejándose ver sólo por los huecos de la decoración.
Á cada entrada de éstas crece el zumbido de conversaciones y risas que se escapa de todo un lado del piso superior de la mezquita, galería cerrada con espeso enrejado, tras el cual asisten á la fiesta las mujeres turcas.
Yo estoy en lo que pudiera llamarse el coro de la mezquita; una tribuna de madera, sobre la puerta de entrada, frente á los ventanales que dan á la ría azul, y al lado de la galería enrejada, tras cuyas celosías se adivinan vagamente los mismos bultos blancos y negros, é iguales movimientos de curiosidad misteriosa que en una iglesia de monjas.
Es miércoles y la respetable cofradía de los Derviches Danzantes va á celebrar la fiesta en Bakarié, que es su templo más importante en Constantinopla. Los viernes dan otra representación en pleno barrio de Pera, en una mezquita perdida entre edificios europeos, rodeada de cafés y tiendas modernas, interrumpida muchas veces la solemnidad del rito por el pitar de los tranvías y los gritos de los vendedores de periódicos. Es una fiesta para los extranjeros de paso; algo semejante á las diversiones pintorescas que organiza la Agencia Cook para que los viajeros se enteren de las costumbres tradicionales de un país, á tanto por ejecutante.
En Bakarié la fiesta religiosa no tiene otro público que los devotos, y asiste á ella el Cheik, sacerdote jefe de los Derviches Danzantes. Bakarié sólo atrae á las gentes del país. Es una mezquita perdida entre risueños cementerios y jardines abandonados en las afueras de Eyoub, barrio extremo de Constantinopla, donde no vive ningún europeo, donde subsiste la santa mezquita cerrada é inabordable á todo infiel durante siglos, donde es molesto á ciertas horas transitar por las tortuosas callejuelas, pues las viejas fanáticas, encapuchadas de negro, escupen con entusiasmo religioso á los pies del cristiano y le siguen con un barboteo senil de palabras incomprensibles, en las que sólo se adivina la palabra perro seguida de misteriosas maldiciones.
En el coro de la mezquita de Bakarié no hay otro europeo que yo. Me siento como avergonzado por las cien miradas de curiosidad desdeñosa que adivino tras las espesas celosías y por el gesto impasible de los músicos sentados junto á mí, que parecen no haberse enterado de mi presencia. Ocupo una silla mugrienta, algo coja y con el asiento de paja próximo á desfondarse, único mueble europeo que el sacristán, tras larga rebusca, ha podido encontrar en la mezquita. Los músicos se sientan en el suelo, con las piernas cruzadas sobre esteras de fresca y amarilla limpieza, y todos ellos visten el traje de los derviches danzantes; largas túnicas de pesado paño rojo, verde, blanco ó azul, y sobre ellas un manto negro. Sus caras barbudas, bronceadas, feroces, de cejas hirsutas y ojos con manchas de color de tabaco, parecen empequeñecerse, abrumadas bajo la enormidad del respetable gorro que sirve de distintivo á la cofradía: un cono truncado de fieltro gris, sin alas y sin otro saliente que un ligero reborde circular. Algo así como una maceta de flores, de barro cocido, puesta boca abajo. Unos tienen en sus manos la flauta turca y soplan en ella ligeramente, haciendo sordas escalas para convencerse de la bondad del instrumento; otros colocan junto á ellos los darboukas, pequeños timbales que sirven de acompañamiento. Los cantores abarcan entre sus rodillas unos catrecillos de madera que sustentan el libro abierto, de amarillento papel, con caracteres negros y rojos.
Miro al fondo de la mezquita. Las columnas de madera que sostienen las galerías superiores están unidas por una barandilla blanca y roja. Entre esta barandilla y los muros se hallan las tumbas de los derviches de la cofradía que murieron en olor de santidad, catafalcos de paño verde, apolillado por el polvo de los siglos, y con enormes turbantes que usaron en vida los varones bienaventurados. Entre las tumbas, sobre frescas esteras de junco, se sientan en cuclillas ó se arrodillan descansando el cuerpo en los talones todos los fieles que acuden á la fiesta; gruesos tenderos de Eyoub, burgueses venidos en barca desde Constantinopla, jardineros de las cercanías, marinos de los acorazados turcos eternamente inmóviles en el Cuerno de Oro, todos con los zapatos en la mano y el fez erguido sobre la frente.
Las barandillas de las cuatro columnatas cierran el centro de la mezquita, formando á modo de un gran salón de baile con el pavimento de madera, limpio, encerado y brillante. Allí están aguardando su hora los sagrados ejecutantes de la fiesta, los derviches acurrucados en el suelo, formando tres filas, frente al Cheik, que ocupa él solo la parte de Oriente, sentado en una piel de cordero. Envueltos en sus mantos negros, que forman en torno de ellos amplio embudo, é inclinando á impulsos de la meditación el alto gorro que cubre su cabeza, parecen extraños insectos que se repliegan para saltar de pronto sobre una presa invisible.
Un cantor se ha puesto de pie y avanza con el libro abierto hasta la barandilla del coro. Su manto, al entreabrirse, deja descubierta una gruesa túnica anaranjada, de pliegues rígidos: una prenda venerable, con la respetabilidad de varias generaciones sacerdotales, y que parece tejida al mismo tiempo de lana y de plegarias. Es un joven barbilampiño y rubio. Su pescuezo blanco se hincha y colorea de sangre con los esfuerzos de la voz de falsete. Una ruda protuberancia del cuello, la nuez de la garganta, se agita convulsa, sube y baja, marcando las modulaciones de la voz.
La plegaria tiene el ritmo de un canto oriental, monótona, soñolienta, de misteriosa lentitud, retardándose cada palabra con reflexivas pausas, prolongándose con repeticiones é interminables gorjeos, como ciertas canciones de Andalucía.
Los derviches, abajo, con la frente en una mano y el codo en la rodilla, parecen soñar replegándose cada vez más dentro de sus embudos negros, empequeñeciéndose con el reconcentramiento de la meditación.
¿Qué dice la plegaria?... Nada. Interminables alabanzas á Alláh invisible, señor del universo, misterioso justiciero sin forma material ni otra imagen que los dorados caracteres árabes de elegantes rabos que lucen en la mezquita sobre el fondo verde de redondos escudos; nombres de sultanes que, agrupados en lista cronológica, son como la historia del pueblo turco. Y sin embargo, esta oración, cuyas palabras carecen de mérito literario y sólo tiene el encanto de la música adormecedora, causa en el auditorio un efecto de recogimiento sincero que rara vez se encuentra en los ritos occidentales. La voz del cantor parece hipnotizar á los oyentes. Los fieles, con la mirada perdida y el cuerpo rígido, empiezan á moverse sobre su cintura, siguiendo con un vaivén cada vez más enérgico las palabras del derviche. Los rostros se colorean como si reflejasen las llamas de una combustión interior. Las narices se dilatan y en los ojos brilla como chispa perdida un punto de luz azulada y misteriosa. De vez en cuando un rudo suspiro se escapa de estos pechos contraídos por la emoción religiosa. El europeo, solo y aislado en esta mezquita lejana, entre la vehemencia silenciosa de unas ceremonias que parecen resucitar siglos lejanos, bárbaros y belicosos, se siente invadido por la inquietud.
Calla el cantor, cierra el libro, se retira remontando sobre sus hombros anaranjados el negro aleteo de su capa, y una música tenue y dulce, un suspiro pastoril se extiende en el silencio profundo de la mezquita, donde los hombres parecen cuerpos sin alma.
Es una flauta. La media hora de meditación que precede á la danza sagrada la llena el gorjeo de este instrumento bucólico. El músico, inmóvil entre sus compañeros en cuclillas, que parecen maniquíes, hincha sus carrillos, enrojece, suda con el continuo esfuerzo, pero al mismo tiempo sus ojos mates, perdidos en éxtasis, delatan el fiero orgullo de tener pendiente de su soplo el fervor de los fieles y de los santos hermanos de cofradía.
El tierno vagido del instrumento parece enardecer á los orientales, creyentes de una religión, en la cual la ausencia de estatuas y pinturas litúrgicas obliga al devoto á un continuo esfuerzo imaginativo para representarse los poderes ultraterrenos. Los fieles de la mezquita de Bakarié sueñan en pleno mediodía, bajo la luz de las ventanas llenas de azul y de sol, mecidos suavemente por los lentos trinos de la flauta.
¿Qué ven en sus ensueños? Huéspedes nada más del continente civilizado, europeos de paso, obligados á soportar una vida moderna extraña á sus costumbres y su tradición, su pensamiento va al más viejo de los mundos, á la venerable y misteriosa Asia, cuyas montañas casi pueden contemplarse desde los ventanales de la mezquita. El pastoril instrumento les hace ver los amarillentos rebaños escalando lentamente las colinas tostadas de la Siria y ramoneando sus hierbas olorosas; el fresco pozo del desierto al que llega el rudo jinete, mezcla de pastor y de pirata de la llanura, saludando á la doncella envuelta en velos que extrae el cubo con sus brazos redondos, en los que tintinean anillos de bronce; los arenales del Yemen, obscuros á la caída de la tarde, por cuyo horizonte pasan las filas de camellos, como cabeceantes y gibosos monstruos, sobre el cielo inflamado de rojo; los grupos de palmeras que ondean sus penachos de verdes plumas en los oasis que marcan el camino solitario hacia la Santa Meca; las tumbas venerables de Medina, cubiertas de polvo secular y ostentando entre andrajos de oro las pesadas cimitarras de los guerreros de Dios: las plácidas callejuelas de Damasco, de húmeda sombra y cerrados jardines; las rojizas y pedregosas colinas de Jerusalén, sobre las cuales parece haber pasado el soplo de hoguera del Gran Implacable; Bagdad, con sus mezquitas de cúpulas partidas y sus bazares como pueblos, adonde acuden las caravanas portadoras de fantásticas riquezas; Bassora, cuyos marineros desnudos pescan la perla: toda la gloria y todo el esplendor, latentes aún, de la raza semita, despreciada ó perseguida por los hombres modernos, y que sin embargo, un día, siguiendo las palabras de paz de Jesuhá, el hijo del carpintero, se hizo dueña de medio mundo y siglos después, repitiendo los gritos de Mohamed, el hijo del camellero, se enseñoreó del otro medio.
Un nuevo espectador de la fiesta se sienta junto á mí. Es un oficial de la escuadra turca, un joven teniente de navío, con su uniforme inglés modificado únicamente por el gorro rojo que cubre su cabeza. Los galones de oro de la bocamanga, rematados por un óvalo, brillan sobre el paño azul obscuro de la levita. Entre el alto cuello de inmaculada blancura, que refleja los objetos inmediatos como un espejo, y la nítida pechera de su camisa, resalta la corbata anudada de seda negra, con una gruesa perla. Lleva en la mano sus zapatos de charol y sus pies huellan la alfombrilla de junco con sus calcetines de seda. Al pasar, parece sonreirme con los ojos, como á una persona que no se conoce, pero que se ha visto con frecuencia. Todas las noches le encuentro en el barrio europeo de Pera, en el teatro de Petits-Champs, donde actúa una compañía de opereta francesa. Unas veces lleva su uniforme, otras viste de smoking, y mientras se atusa los empinados bigotes á lo kaiser, mira amorosamente, á través de sus lentes de oro, á las cocottes de diversas nacionalidades que pululan en Constantinopla, y habla con ellas en diversos idiomas. Se adivina que ha vivido en París y en Londres, que es un marino de largos viajes... en tierra, un secretario de comisiones internacionales, un agregado militar de embajadas. ¿Qué extraña curiosidad le guiaba á la mezquita de Bakarié?...
Se sentó en el suelo, cruzando sus piernas, oprimiéndolas con las manos para aproximarlas más al tronco. Escuchó inmóvil la plegaria del cantor, y poco á poco su cuerpo empezó á moverse con un balanceo creciente, lo mismo que los otros fieles. Luego el susurro de la flauta le sumió, como á los demás, en profunda meditación.
Cuando volví á mirarle, sus lentes habían caído sobre el pecho. Un arrebol de sangre coloraba su rostro, antes pálido. Su pelo, lustroso y plano á los dos lados de la raya central, parecía alborotado por un espeluznamiento de cólera. Su ancha nariz turca, nariz de caballo leal y arrogante, ensanchábase palpitante como si oliese pólvora. Sus ojos miopes, al encontrarse con los míos, reflejaron una extrañeza hostil y salvaje. El azul uniforme, con sus insignias europeas, parecía despegado de su cuerpo.
Aquel marino era la personificación de la Turquía europea que se apropia los inventos modernos, copia la organización alemana, habla todos los idiomas de los pueblos civilizados, y adopta las modas de París... pero guardando bajo este exterior su alma asiática.
Me imaginé al amigo de las cocottes de Petits-Champs, al marino casi inglés, al elegante agregado de embajada, al que yo creía un escéptico y alegre vividor, escuchando á un imán que proclamase la guerra santa; y vi al asiático despojándose de golpe de su complicado disfraz de europeo y agitando en una punta del sable una cabeza cortada, lo mismo que los grandes capitanes de Mohamed blandían sus cimitarras tintas en sangre para demostrar la unidad de Dios.
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* *
En el coro de la mezquita de Bakarié, el flautista sagrado sigue improvisando trinos ó lanza agudas y gimientes notas, mientras abajo, acurrucados sobre el lustroso pavimento, meditan los derviches danzantes.
De pronto suena un golpe sobre la madera. Es el Cheik, que ha salido de su inmovilidad dejando caer las dos manos sobre el suelo, como si fuese á desplomarse. Un sonoro redoble contesta á este movimiento. Todos los derviches dejan caer igualmente sus manos á un mismo tiempo, quedando á gatas, con el enorme gorro junto al suelo.
Al gemido de la flauta se unen los darboukas, que baten una marcha lenta, cortada por endiablados repiqueteos, y al compás de esta marcha, los derviches se yerguen y emprenden un lento paseo á lo largo de las barandillas. Al erguirse han dejado caer los mantos obscuros, y quedan al descubierto sus trajes de ceremonia, cada uno de uniforme color, pero abarcando en su variado conjunto todas las tintas del iris.
¡Extraña vestimenta que haría reir en otro lugar, y á la que da cierto respeto el gesto solemne de las barbudas cabezas, iluminadas por el fuego hostil de unos ojos de fanático!... De cintura arriba son hombres, con chaquetilla á la turca, alto chaleco y faja rayada. De cintura abajo son mujeres, arrastrando una falda amplísima de rígidos pliegues, que roza el entarimado con crujidos de pesadez.
Avanzan descalzos, contoneándose ligeramente al compás de la marcha, con los brazos cruzados sobre el pecho y las manos extendidas junto á los hombros. El Cheik camina al frente de la hilera, marcando las ceremonias del lento paseo. Al llegar junto al Mirab, gira sobre sus talones y saluda profundamente al derviche que le sigue, con tan profunda inclinación, que las dos caperuzas de fieltro se tocan. Los demás repiten el mismo saludo. Al pasar ante la barandilla, tras la cual están las tumbas de los santos varones de la orden, se reproduce igual ceremonia.
Tres veces da vuelta á la sala la procesión de los derviches, y este desfile dura mucho tiempo, con la rígida lentitud que es para los orientales el signo más imponente de la majestad. Los pies, descalzos, se mueven incesantemente al compás de la música, pero sin adelantar apenas. Por fin, el Cheik, al pasar por tercera vez ante el Mirab, queda inmóvil en el centro del muro oriental, con los brazos en el pecho, destacando su figura sobre los vidrios iluminados de una gran ventana.
Los derviches, formados en larga fila, parecen bailarinas que se preparan á lanzarse, haciendo piruetas, hasta el borde de un escenario. Poco antes, al despojarse de los mantos sombríos y aparecer en todo el esplendor de sus vestiduras deslumbradoras, recordaban á las danzarinas de ciertas óperas que surgen de entre bastidores como negras brujas, y de pronto, abandonando sus disfraces, muéstranse luminosas, envueltas en gasas y colores rosados.
Los instrumentos del coro adoptan un ritmo semejante al del vals, y al repiqueteo de los tamborcillos y el dulce ganguear de las flautas, se unen las voces de los cantores, que entonan una salmodia bailable, monótona y chillona, sin otra variación que el cambio de tono al final de cada estrofa.
Avanza un derviche hacia el gran sacerdote, lo saluda con reverente inclinación, como pidiendo su venia, el Cheik le contesta con ligero gesto, y el sagrado danzarín empieza á girar sobre sus talones, con una velocidad cada vez mayor, añadiendo á este vertiginoso movimiento de rotación otro ligerísimo de traslación, que le hace avanzar lentamente, siguiendo el contorno de la sala. La falda pesadísima arremolina sus pliegues en torno de las piernas, y poco á poco, con la velocidad, toma aire y se hincha... se hincha, adquiriendo proporciones gigantescas. Primero es un enorme paraguas á medio abrir, luego un globo, después un paracaídas, y el paño pesadísimo se extiende casi horizontal, girando con loco vértigo sobre las piernas desnudas, que dan vueltas y vueltas como una peonza loca.
Al comenzar su movimiento de rotación, el derviche lleva los brazos cruzados sobre el pecho, en actitud sacerdotal. Poco á poco los despega, los extiende sonriente, con gracioso desperezo de bailarina, hasta que al fin los mantiene rígidos, en cruz, ayudándole esta tensión á la rapidez de su volteo. Apenas se sume en esta embriaguez rotatoria, ya no sonríe. Sus ojos quedan vidriosos y vagos, su rostro palidece y se contrae con un gesto de estupidez extática, de voluptuosidad dolorosa.
Tras el derviche vestido de blanco, empieza á girar otro verde; luego otro azul; después otro rojo, y así van saliendo en ruidosa ondulación circular faldas rosadas, azules, vinosas, amarillas y naranja, con esa intensidad profunda de color que es la gloria de los tintoreros orientales.
La mezquita se llena de peonzas vistosas que giran y giran, dando al espectador el mareo del vértigo. En las raras pausas de la música se oye el aleteo del pesado paño cortando el aire y el roce de los pies. El espectáculo es original, obsesionante, con el extraño poder que ejerce la mezcla de lo bello y lo ridículo. Son flores gigantescas que bailan, rematadas por hombres feos y barbudos. Rosas fantásticas que giran llevando hundidos en el centro de su corola unos gnomos de rostro feroz coronados por un gorro de fieltro.
Los cantores aceleran el ritmo, gritando cada vez más fuerte; los darboukas repiquetean con redobles de trueno; las flautas saltan y balan como cabras locas, y los danzantes giran y giran con tal rapidez, que sus brazos y piernas son pálidas sombras, borrosas por la velocidad, y las faldas cortan el aire como sierras horizontales... ¿Cuánto tiempo dura la sagrada danza?... No lo sé. Siento, á pesar de mi inmovilidad, los efectos del vértigo: mi vista se deslumbra y marea con este continuo girar de colores. Creo estar rodando por una pendiente que no termina nunca. La música infernal y el volteo de los derviches embriaga á los fieles. Encogidos en el suelo, mueven sus cuerpos al compás de la música, y la mezquita parece una enorme caja de juguetes donde centenares de monigotes mecánicos, con gorro rojo y cara de palo, se balancean impasibles á los sones de un cilindro de música.
El Cheik hace un gesto; cesa el coro; los derviches contienen su rotación; van descendiendo sus faldas con la falta de movimiento; se deshinchan; dejan de ser un paraguas para convertirse en un embudo; luego se achican más aún, surgen los pesados pliegues, que acaban por rozar el suelo, y los sagrados bailarines vuelven á formarse en fila, á un lado del templo. Sus rostros brillan con el gotear del sudor: los ojos vidriosos tienen aún la locura del vértigo. Agítanse sus pechos como fuelles con el jadear de la fatiga. Algunos, mareados por la repentina inmovilidad, se tambalean como ebrios. Pero á pesar de esto todos miran al Cheik, esperando un gesto suyo para pedir de nuevo la venia y reanudar la loca danza.
Los cantores entonan durante el descanso una especie de himno litúrgico, lento y solemne, pero sus voces vuelven pronto á adoptar el ritmo del sagrado baile, y otra vez las peonzas animadas tornan á girar en el centro de la mezquita.
Por tres veces bailan los derviches, y durante una hora larga giran y giran, con un movimiento vertiginoso, que agotaría las fuerzas, la razón y aun la existencia de cualquier occidental. Al fin cesan de voltear, y vacilando sobre sus congestionados pies salen para despojarse de los trajes de ceremonia en una casa ruinosa, inmediata á la mezquita, atravesando el huerto de nopales y palmeras que rodea á ésta.
El Cheik hace su oración ante el Mirab, se prosterna varias veces sobre la piel de cordero, extiende los brazos invocando el nombre de Alláh y se retira también.
La ceremonia ha terminado... ¡Ridícula!... Los que la vieron desde pequeños, cuando su razón comenzó á abrirse á las cosas del mundo aceptándolas tal como las encontraron, asisten á ella con sincero fervor y la consideran como el más noble y poético de los cultos... ¿Quién sabe lo que un oriental, entusiasta de los derviches danzantes, pensará al ver por vez primera las ceremonias litúrgicas de los occidentales? Todos los pueblos del misterioso Oriente, tierra natalicia de dioses, han danzado ante las potencias celestes, haciendo del baile una ceremonia religiosa. La danza es seguramente un acto más elevado y menos material en honor de la Divinidad que beber vino, aunque sea en copas de oro.
De todas las cofradías musulmanas de Oriente, la de los derviches danzantes es la más aristocrática. Sus afiliados gozan de general respeto. El Sumo Sacerdote, al que pudiéramos llamar el Papa de los derviches, reside en Konia, la gran ciudad turca de Asia, hogar de las tradiciones otomanas, adonde no ha llegado aún la influencia europea que atrofia y envilece á la vieja Turquía.
Cuando muere el sultán y hay que consagrar un nuevo Comendador de los creyentes, el jefe supremo de los derviches viene desde Konia á la Santa Mezquita de Eyoub, donde se verifica la ceremonia de investir al emperador. Este no tiene corona. El signo visible de su majestad y su poder es el sable del Profeta, que se guarda en la famosa mezquita de Eyoub. El gran derviche ciñe la venerable cimitarra de Mohamed á la cintura del nuevo soberano, y Turquía entera aclama á su Padichá.
La Santa Mezquita de Eyoub es el único lugar que guarda el misterio y el aislamiento religioso del pueblo turco. Ningún cristiano ha pisado ni siquiera las losas de sus patios interiores. Los viajeros, al pasar ante ella, procuran no mirar por las puertas y rejas de los muros que rodean sus patios y jardines.
Al salir yo de Bakarié, buscando la ribera del Cuerno de Oro para que una embarcación me condujese á Constantinopla, me perdí en unas callejuelas inmediatas á Eyoub, formadas por blancos panteones, kioscos funerarios al través de cuyas rejas se ven túmulos de sultanes y santos, coronados de turbantes y cubiertos de terciopelo y oro.
Al final de un callejón vi una gran arcada con la verja abierta. Me aproximé. Enfrente, un patio solitario y fresco; más allá una arcada; en último término, una gran extensión inundada de sol y cerrada por murallas, en cuyo centro, como un monstruo vegetal, alzábase la enormísima pilastra de un plátano de quinientos años, con el ramaje invisible. Cantaban las fuentes en la sombra de los claustros de azulejos, desgranando sus surtidores sobre tazas de verde mármol; centenares de palomos obscuros aleteaban en los capiteles de las columnas, cortando con sus arrullos el silencio animado por el gotear del agua. En el último patio jugueteaban varios grupos de pilluelos casi desnudos, y permanecían acurrucadas viejas horribles, esperando una limosna.
Eran los patios de la Santa Mezquita, del templo inabordable para el cristiano, donde no pudo entrar ni el mismo emperador de Alemania en su visita á Constantinopla. Á un lado una fachada misteriosa, de azulejos verdes y negros, con un fanal turco pendiente ante el arco de herradura.
Apenas asomé mi cabeza, un zapethie, gendarme turco, vino hacia mí. Los pilluelos inclinaron sus gorros al suelo como si buscaran piedras, chillando y manoteando con belicosa alegría: «¡Giaour! ¡Giaour!» (¡Un cristiano!)
Me alejé prudentemente, pero la rápida visión del patio solitario con sus palomos y sus chorros de agua, y de la fachada verde y negra, de feroz misterio, no se borrará fácilmente de mi memoria.