XXV
El heredero de «Las mil y una noches»
La punta de Stambul, que avanza ante Galata formando de un lado la entrada del Bósforo y del otro la embocadura del Cuerno de Oro, la ocupa el palacio del Serrallo, enorme como una ciudad, y que hace muchos años dejó de servir de residencia á los soberanos de Constantinopla.
Los occidentales confunden con frecuencia el serrallo con el harem. Serrallo es simplemente un palacio: sólo el harem (lugar sagrado) es el departamento destinado á las mujeres.
Este extremo de Stambul forma una altura desde la cual se abarca el más asombroso de los panoramas. Á un lado la azul extensión del mar de Mármara, infinita á la vista, con las deliciosas islas de Prinkopo, que parecen inmóviles bajeles, de casco sonrosado y velas verdes: enfrente la ribera asiática de montañas rojas, con el Bósforo que oculta en sus revueltas los veleros de blancas lonas y los buques modernos de negro penacho: al lado opuesto, Constantinopla, extendiendo en pendiente su caserío por ambas riberas del Cuerno de Oro, que tiene sus aguas casi invisibles bajo los cascos de toda una ciudad flotante.
En esta colina, que avanza como un cabo, estuvo situada la acrópolis de la antigua Bizancio. Aquí, el maravilloso palacio de la emperatriz Placidia, las mansiones de los personajes más importantes del imperio, las termas de Arcadio, la iglesia de la Madre de Dios Hodégetria (conductora de los ciegos) y el alcázar de los emperadores bizantinos, monumento de monstruosa grandeza, mezcla de harem y de convento, donde las vastas salas destinadas á la orgía y á la muerte estaban decoradas con escenas bíblicas sobre fondos de oro.
Cuando Mohamed II conquistó Constantinopla, sus construcciones de gusto oriental se elevaron sobre los escombros de los palacios del vencido, y en esta colina vivieron los Padichás hasta los primeros años del siglo XIX. Los motines de Constantinopla y las amenazas de la milicia de los jenízaros, hicieron levantar el campo á Mahmoud II. El Serrallo era una vivienda demasiado grande para que el Comendador de los creyentes pudiese subsistir con entera seguridad. Enclavada en el corazón de Stambul, dominadas sus murallas por edificios pegados á ellas, el pueblo sublevado ó los pretorianos descontentos podían invadirlo con gran facilidad. El sultán abandonó el antiguo Serrallo en 1808, trasladándose á la otra ribera del Cuerno de Oro, y desde entonces los emperadores viven en plena campiña, apartados de su ciudad y rodeados de un pueblo fiel de guardias y cortesanos que ellos mismos se forman.
Sólo algunas sultanas viejas, con su corte olvidada y pobre de parientas del emperador, viven como monjas en los abandonados palacios del antiguo Serrallo.
Éste se halla dividido en tres partes: los jardines, el Patio de los Jenízaros y los palacios ó kioscos esparcidos caprichosamente en la meseta de la colina. Los jardines son viejos, con todo el encanto de la vegetación secular abandonada á la libre expansión de sus fuerzas; terrazas en escalones con enormes cipreses ó seculares plátanos; rosales que crecen y se enmarañan como bravías malezas, y en medio de este oleaje de verde sombrío, kioscos de simples líneas y amarillenta blancura. Un cinturón de murallas rojas, con puntiagudas almenas y gruesos torreones, cierra el recinto del Serrallo, como una ciudad aparte dentro del antiguo Stambul.
Lo más notable que encierra es el tesoro de los sultanes, la colección de riquezas históricas de estos soberanos del fabuloso Oriente, que conquistaron Bagdad y guerrearon con la opulenta Persia. Para visitarlo se necesita una invitación del sultán, y aun así la visita no está al alcance de todos. Yo mismo, después de recibir la invitación, tuve que aguardar durante muchos días la oportunidad de que otros viajeros sintiesen el mismo deseo.
Para visitar el Tesoro se moviliza en el antiguo palacio un verdadero ejército de criados, funcionarios de corte, ayudantes del sultán, pachás depositarios de las llaves, soldados de la guardia, en total unos trescientos hombres, y como en Turquía es natural y corriente la costumbre del batchis ó propina, y nadie cree envilecerse tomándola, la tal visita cuesta unos setecientos francos, y los viajeros, para realizarla, se reunen, poniéndose á escote.
Dos personajes de Rumania venidos á Constantinopla para una conferencia con el gobierno turco sobre las minas de petróleo, recibieron la invitación de visitar el Tesoro al mismo tiempo que yo, y junto con ellos y sus esposas, entré en este depósito de fabulosas riquezas, á las tres de la tarde, precedido de una doble fila de eunucos negros y personajes pálidos de espesa barba y ojos tristes, todos con levita stambulina y gorro rojo, marchando con la frente baja y las manos cruzadas sobre el vientre.
Así atravesamos el extenso Patio de los Jenízaros, pasando bajo la Puerta Augusta, un arco de mármol blanco y negro con columnas de jaspe verde. Á cada lado de la puerta hay un nicho que aun conserva señales de escarpias. De estas escarpias se colgaban para terrible ejemplo las cabezas de pachás cortadas por orden del Gran Señor.
Nuestros conductores nos entran en un kiosco blanco, cuyos grandes ventanales dan sobre una terraza que domina la entrada del Bósforo. Una alfombra sedosa de finos colores, ámbar y rosa, se hunde bajo nuestros pies. Grandes espejos nos reflejan con toda nuestra escolta de empleados palatinos y negros eunucos. Los muebles (¡oh anacronismo!) son de estilo Luis XV, aunque enormes y en extremo dorados, como para satisfacer el gusto oriental, amigo de exuberancias. Desde la terraza se admira el agua azul y mansa que bate silenciosamente el pie de la colina del Serrallo. La roca, casi cortada á pico, da al Bósforo en este lugar una gran profundidad: cien metros, ¡Los misterios que guarda esta superficie límpida, débilmente rizada por la brisa que viene del mar de Mármara, y en la que tiemblan como pedazos de espejo los suaves rayos del sol de la tarde!... Aquí caían en el eterno misterio, con una piedra al cuello, los hermanos de los sultanes, estrangulados para evitar á Turquía una guerra civil; aquí desaparecían para siempre los pachás ambiciosos y en desgracia; aquí acababan las perfumadas sultanas y las odaliscas de voluptuosos ojos, sospechosas de infidelidad, cosidas dentro de un saco de cuero, antes de rodar á las tenebrosas profundidades.
Entran nuevos criados en el kiosco, portadores de grandes bandejas cubiertas de tapices de seda con bordados de oro. Es el obsequio del sultán á los extranjeros que visitan su antigua residencia.
El maestro de ceremonias tira de las ricas envolturas. Dos eunucos sostienen una bandeja de bronce cincelado, enorme como un escudo, y en ella se yergue majestuosa una compotera de cristal y oro llena de confituras de rosas y flanqueada de cucharillas del mismo metal. Es el eterno presente de toda visita turca. Un criado circula una bandeja con vasos de agua y tras él llega otro con un gran incensario dorado lleno de brasas, en el que humea una cafetera. Las minúsculas tacitas de porcelana persa se llenan de café espeso como pasta, y el perfume intenso del negro y delicioso brebaje se une al olor de rosa que impregna el ambiente. El maestro de ceremonias manda ofrecer los cigarrillos de dorada boquilla, y todo el grupo de invitados, hombres y mujeres, sentándonos en divanes de rayada seda, contemplamos durante un cuarto de hora las espirales de humo en los cuadros de puro azul (azul de cielo y azul de mar), á los que sirven de marco las ventanas del kiosco.
Otra vez en marcha, precedidos de la procesión de servidores de negra levita y gorro rojo, que parece haber aumentado considerablemente. Son ya más de cien.
Atravesamos un patio extenso, ó más bien una llanura cerrada por un sinnúmero de claustros, kioscos sueltos y palacios ruinosos, en los cuales se abren los muros bajo el peso de los siglos, de los mantos de hiedra y de las parras trepadoras.
Junto á una puerta de arco, y bajo un porche de tejas viejísimas, cubiertas de moho y desunidas por las raíces de plantas parásitas, están formados los soldados de una compañía de infantería, en cuatro filas, dos á cada lado del espacio por el que debemos pasar. Un oficial de marina con cordones de ayudante avanza hacia nosotros, una mano en la empuñadura del sable y la otra en el fez, saludando con una rigidez alemana. Puesto que somos europeos é invitados del sultán, indudablemente debemos ser grandes personajes en nuestro país. Los soldados, al pasar nosotros, lanzan el rugido de ordenanza, elevando sus fusiles y presentándolos. Después vuelven á aullar con unidad atronadora y los dejan caer al mismo tiempo, conmoviendo con las culatas las viejas losas, en cuyos intersticios crece la hierba.
Estamos en la entrada del Hasné, del famoso Tesoro, puerta venerable de cedro, roída por los años, con clavos oxidados y cerraduras que parecen olvidadas durante siglos y de imposible funcionamiento. Junto á ella aparecen nuevos personajes como si surgiesen de la tierra. Son viejos pachás de miembros trémulos y barbillas blancas, arrugados personajes con el paño del dorso de la levita tirante sobre la curvatura de la espina dorsal. Cada uno saca su llave pesada y brillante; se abre con estridente cric-cric un enorme candado, giran con doloroso gemido los pernos de las cerraduras y se quejan los cerrojos al ser arrancados de la inmovilidad de su sueño. Los respetables gnomos del Serrallo van de un lado á otro trabajando en su penosa obra, y al fin giran chirriantes las hojas de cedro en el silencio conventual del Serrallo, y de la penumbra surge una bocanada de aire húmedo y espeso, una respiración de lugar cerrado, de antigua bodega.
Todos los criados que nos preceden entran apresuradamente, mientras nosotros, contenidos cortésmente por el ayudante y el maestro de ceremonias, permanecemos en la puerta. Se oyen sus precipitadas carreras en el interior, el roce de sus sordas babuchas, la rápida confusión del grupo que penetra de golpe y se desgrana inmediatamente, encontrando cada cual el sitio que tiene designado con anticipación.
Cuando entramos, cada mesa, cada vitrina, ofrece como nuevo adorno una pareja de hombres inmóviles, tan inmóviles como las estatuas y los maniquíes que contiene el Tesoro, las manos sobre el vientre y sin respirar apenas, pero que os siguen con ojos fijos en todas vuestras evoluciones. Imposible moverse sin tropezar con ellos. Se adosan á los descansos de las escaleras, se introducen en el hueco entre armario y armario, se empequeñecen y disimulan para no ocultar con su cuerpo la vista de ningún objeto, pero ni por un instante podéis encontraros más allá del fuego cruzado de sus miradas.
Todos los visitantes deben ser excelentes personas, ya que el Comendador de los creyentes los honra con su invitación, pero los pachás guardadores del Tesoro conocen el impulso tentador de Eblis y demás potencias infernales, y desconfían de la codicia del hombre y de la demencia de la mujer ante el oro que embriaga y la piedra preciosa que enloquece.
¡El Tesoro del sultán, dueño desde hace siglos de la prodigiosa Bagdad! ¡La colección de riquezas de este heredero de Las mil y una noches!...
Al abarcar con la vista el amontonamiento de objetos preciosos, experimenté una profunda decepción. Los objetos están guardados como en un museo europeo, pero las vitrinas palidecen bajo el polvo, y los vidrios se enturbian, dando á todo un aspecto de pobreza y falsedad. Ocurre aquí como en los tesoros de las catedrales católicas, donde los siglos y la inercia dan al oro un tono miserable de cobre, y convierten los diamantes en vidrio y las perlas en gotas de cera.
El Tesoro del sultán (que no ha visto nunca el sultán actual ni visitaron jamás muchos de sus antecesores) parece una enorme tienda de anticuario, abandonada. Hasta los vidrios de las ventanas están rotos en parte, y las goteras del techo hacen caer en grandes desconchados el enlucido del cielorraso. Polvo, telarañas y vejez por todas partes.
Este abandono y la enormidad absurda de las riquezas que contiene, hacen dudar en el primer momento del valor del Tesoro.
—¡Todo mentira!—murmuran en nuestro interior la malicia y la desconfianza—. ¡Baratijas orientales para deslumbrar al pueblo de otros siglos! Esto no es posible: es demasiado sobrehumano para que pueda ser verdad.
Y sin embargo, es verdad, por más que la razón se subleve ante lo enorme de semejantes riquezas. Por algo los poetas de todos los tiempos, cuando han querido cantar magnificencias fabulosas, han vuelto sus ojos á Oriente.
Un trono es el primer objeto que se encuentra al entrar en el Tesoro; un trono para descansar en él con las piernas cruzadas, bajo y casi tan grande como un lecho. Lo robaron los turcos á los persas en el siglo XVI, durante la guerra del sultán Selim contra el sha Ismail. Es de oro macizo, y sus cortas patas, al descansar en el suelo, dan una sensación de ruda pesadez. El precioso metal sólo es visible en pequeñísimos espacios. Un mosaico de fina labor, formado con riquísimos materiales, cubre todas sus caras, hasta las que son poco visibles, como la parte inferior del asiento. Son millares y millares de perlas, de esmeraldas, de rubíes, todos de igual tamaño, que se repiten formando flores y hojas. La razón, que parece rebelarse ante tanta magnificencia y duda de su autenticidad, sólo se convence tras largo examen de la riqueza de este mueble.
En otra sala se encuentra el verdadero trono de los sultanes, semejante á un púlpito de musulmán. Es á modo de una garita de ébano, dentro de la cual se sentaba el Padichá con las piernas cruzadas. De cada ángulo del asiento se levanta una columna sosteniendo el techo en forma de cúpula, y en el centro de ésta se eleva un joyel de inverosímil magnificencia, un ramillete de diamantes tan enormes, que parecen simples pedazos de empañado cristal. Todo este pequeño edificio de ébano y sándalo está incrustado de nácar, concha, plata y oro. Por todas sus caras interiores y exteriores corre un dibujo de plantas fantásticas en nácar, y el centro de cada flor está formado de grandes cabujones de rubíes, esmeraldas, zafiros y perlas. En su interior pende del techo una cadena de oro que venía á caer sobre la cabeza del sultán. La cadena sostiene un corazón también de oro y de éste cuelga una esmeralda de forma irregular, pero de un tamaño inaudito, gruesa de cinco centímetros y grande como una mano abierta.
¡Las esmeraldas del sultán! Después de visitar el pabellón del Tesoro se hace igual caso de esta piedra preciosa que de los guijarros de un camino.
Apenas se entra, el maestro de ceremonias os lleva ante una vitrina, donde sobre el fondo de terciopelo polvoriento se ven tres pedruscos planos de un verde obscuro, algo así como tres adoquines de vidrio opaco. ¡Son esmeraldas!... Las tres más grandes que existen en el mundo. Una de ellas pesa cerca de tres kilos.
Y á lo largo de las otras vitrinas empieza el aturdidor espectáculo de las riquezas amontonadas por el heredero de Las mil y una noches: armas que son verdaderas joyas; yataganes y grandes sables con la vaina cubierta de perlas y rubíes y la empuñadura formada de brillantes y esmeraldas: armaduras antiguas de gruesas placas de oro, con dibujos de brillantes y topacios; telas de seda de brocado y terciopelo, en cuyo bordado se mezclan con los brillantes hilos centenares y miles de piedras preciosas; vasos de cristal de roca, de jade, de onix; copas y frascos de cincelado oro persa; joyas indias de sutil labor; cofrecillos de menudas incrustaciones en maderas perfumadas ó ricos metales, que reproducen escenas al borde del Eufrates, en las riberas del Ganges ó sobre las mesetas del Isphan llenas de rosas, donde cantaron los poetas Shadi y Ferdussi.
Una gualdrapa de caballo (la del corcel favorito de los antiguos sultanes) llena todo el fondo de una vitrina. Tiene dos metros y medio de ancha y casi tanto de larga. Es de terciopelo carmesí y está bordada con miles de perlas, todas exactamente del mismo tamaño, que es el de un garbanzo grueso. El color de la tela apenas se deja entrever como un rojo arabesco entre el apretado mosaico de granos preciosos.
La armadura que Mourad IV llevó á la toma de Bagdad en el siglo XVII, deslumbra majestuosa frente á dos ventanas. Es una cota de mallas de oro con placas damasquinadas, y á su lado está la cimitarra, con la guarda y el puño cubiertos de brillantes en forma de tablero de ajedrez, todos de la misma dimensión y de trece milímetros de grueso.
En una galería superior está lo más interesante del Tesoro: las vestiduras de gala, los trajes de aparato de los antiguos sultanes, desde Mohamed II, que conquistó Constantinopla, hasta Mahmoud, que murió en 1839. Estas vestiduras están puestas sobre maniquíes, sin cabeza, coronadas por un turbante de aparato, enorme como un globo. Cada turbante está rematado por un penacho sujeto con un joyel magnífico, y en la faja de todo maniquí luce un puñal, que es obra maestra de cincelado y un alarde de fantástica riqueza. Los hay que parecen trabajados por Benvenuto Cellini. La empuñadura de una daga está formada de una sola esmeralda. Otra se compone simplemente de cinco brillantes: dos en cada cara del puño y el restante sirviendo de pomo.
La profusión de pedrerías sobre las armas y en los penachos de los turbantes, deslumbra y confunde. Uno de los joyeles que retienen estos ramilletes de plumas, está formado de dos esmeraldas y un rubí, que tienen pulgada y media de gruesos. Las túnicas son de brocado magnífico, tan cubierto de bordados y de oro, que pueden sostenerse derechas sin el apoyo interior del maniquí. Las fajas de rica seda, sustentan los puñales, y cada uno de ellos representa una enorme fortuna; maravillosos símbolos de la majestad de estos soberanos, para los cuales era la daga lo que el cetro para los monarcas de Occidente.
La larga fila de sultanes, inmóviles y sin cabeza, cubiertos de las mayores magnificencias de la tierra, encierra la historia del pueblo turco. Dentro de estas rígidas y deslumbrantes túnicas vivieron hombres respetados como dioses, que se hacían obedecer desde las orillas del golfo Pérsico hasta los muros de Viena y obligaban á temblar á toda la cristiandad, en perpetuo escalofrío de miedo, turbando el santo reposo del Vicario de Cristo.
La imaginación, entre estas vestiduras pesadas y deslumbrantes como corazas y los hinchados turbantes faltos de cabeza, evoca rostros barbudos y morenos, de picuda y ancha nariz, de ojos sensuales é imperiosos. Bastaba un gesto de estas caras entristecidas por el exceso de poder y las harturas del harem, para que centenares de galeras aparejasen en el Cuerno de Oro y miles y miles de arqueros negros y jinetes turcos emprendiesen la marcha por las riberas del Danubio, queriendo llegar conquistadores hasta sus fuentes.
«¡Que baja el turco!», gritaba pavorosamente la cristiandad desde Viena á Lisboa, desde Cádiz á Londres, y la vida pacífica quedaba en suspenso, y las naves mercantes de Venecia, Génova y España convertíanse en barcos guerreros, haciéndose á la vela para salir al encuentro del enemigo en los mares de Grecia, y los monarcas de Europa alistaban ejércitos, y el continente entero quedaba inmóvil, en angustiosa espera, sin saber ciertamente si había llegado su última hora ó si tendría aún derecho á seguir existiendo.
Los hechos que en la historia parecen más lejanos y faltos de relación, están unidos por el misterioso engranaje, generador del movimiento de avance que desde hace siglos empuja á la humanidad. Sin los sultanes de Constantinopla, fanáticos koranistas ansiosos de someter Europa entera á la ley del Profeta, la Reforma religiosa iniciada por Lutero habría perecido, lo mismo que otros intentos anteriores, y tal vez el Norte europeo seguiría á estas horas con la conciencia sometida al gran sacerdote de Roma.
Los reyes católicos de Europa (especialmente nuestro Carlos V), á instigaciones del Papa, hubiesen acabado por entrar á sangre y fuego en Alemania, sometiendo con mano férrea á los pequeños señores germánicos partidarios de la nueva doctrina, como siglos antes habían sido vencidos los provenzales heréticos y los húngaros entusiastas de Huss. Pero el miedo al turco no dejaba espacio para pensar en esto. El peligro exterior no permitía al catolicismo ocuparse de los asuntos internos de su casa. Como si los déspotas de Oriente estuviesen de acuerdo con los partidarios de la Protesta religiosa, cada vez que los soberanos europeos, á impulsos de una paz momentánea, volvían los ojos hacia el hogar de la herejía, en Constantinopla se armaba una nueva expedición y el grito pavoroso corría por todo el continente: «¡Que baja el turco!»
La cristiandad necesitaba combatientes, Alemania era un plantel inagotable de soldados, y el Papa y los monarcas católicos, para salir del peligro inmediato, procuraban no ver la rebelión espiritual del país que les ayudaba en la santa empresa militar de impedir los avances de los infieles. Cuando el turco, escarmentado en Lepanto y en las llanuras del centro de Europa, ya no bajó más, era tarde para el catolicismo romano. La herejía, fácil de matar en la cuna, había crecido desmesuradamente. La necesidad de hacer frente al turco costó á Roma la pérdida de media Europa.
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Salgo del Tesoro con un deslumbramiento en los ojos, con el mareo de una borrachera de riquezas. Dentro del pabellón vetusto se pierde la noción del valor de las cosas. La retina, habituada al brillo del oro y al centelleo de las piedras, como si esto fuese un espectáculo ordinario, experimenta una gran extrañeza al reflejar la desnuda miseria que existe fuera del pabellón.
Tardo un buen rato en volver á la realidad al salir del Hasné. En los primeras momentos me extraña que los fusiles de los soldados formados junto á la puerta no sean de oro; que sus tristes y viejos uniformes no estén rígidos, bajo una capa de preciosos bordados, como las túnicas que quedan allá dentro; que la hierba de las losas no esté formada de esmeraldas, y que no sean brillantes las gotas de agua que cantan y ruedan en un tazón al final del patio.
Al fin logro serenarme, y me habitúo al nuevo ambiente, como el que pasa de un salón iluminado con vivas luces á una callejuela lóbrega. ¡Adiós, esplendores absurdos, riquezas turbadoras é inauditas de Las mil y una noches, que quedáis invisibles, sumidas en el polvo y la penumbra, tras la venerable puerta de cedro que vuelven á cerrar los gnomos de barbilla blanca, con chirridos de herrumbre!... Sólo el recuerdo me llevo de vosotros, pero juro que en adelante no habrá escaparate parisién de la rue de la Paix que me haga detener el paso con asombro, y que sonreiré como hombre que está en el secreto cuando en noches de gala vea en la Grande Opera ó en el Real de Madrid el desfile de la centelleante pedrería sobre los hombros desnudos.
En el centro del patio del Tesoro vemos el Kafess, un kiosco enrejado, una prisión que casi es una jaula, dedicada antiguamente á los hermanos de todo sultán, príncipes infelices, esclavos de la razón de Estado, que así habían de vivir para no turbar el sueño del soberano con amenazas de rivalidades. Esta prisión en pleno Serrallo casi resultaba para ellos una felicidad. Peor era que un día su augusto hermano, no satisfecho del encarcelamiento, les hiciera cortar las arterias, colocando después unas tijeras junto al lecho ensangrentado para hacer creer en un suicidio.
Al otro lado del patio del Tesoro está la sala del Trono, el famoso Diván. Aquí recibían los sultanes á los embajadores de la cristiandad, bajo un techo, que aun subsiste, de dorados arabescos. En el fondo de la sala está el trono, en forma de diván, lecho enorme con un toldo de viejo terciopelo sostenido por columnas incrustadas de piedras preciosas. Existe una ventana enrejada junto al Diván, y tras ella escuchaba el Padichá á los embajadores, que ocupaban una pieza inmediata. Merced á tal precaución, los sultanes, que vivían en continuo miedo al asesinato, y las más de las veces no acababan sus días en la cama, creíanse á cubierto de una agresión de parte de los enviados extranjeros, á los que apenas conocían.
Cerca de la ventana hay una fuente. El sultán, apenas comenzada la entrevista, la hacía correr, y el murmullo del agua ensordecía y apagaba la conversación para que no la oyesen los familiares de los dos séquitos.
¡Los caprichos de estos déspotas, ahítos de poder, y semejantes en sus bromas terribles á los emperadores romanos de la decadencia!...
Cierto día un duque francés, embajador de Luis XIV, fué admitido como gran honor en el mismo salón del Trono, manteniéndose de pie ante el diván en el que estaba tendido el Padichá.
—Mira lo que tienes al lado—dijo el déspota sonriendo, con una malicia infantil en la mirada.
El embajador miró á la derecha, miró á la izquierda, y sin la más leve emoción, continuó el discurso, exagerando más aún su actitud rígida y tranquila.
Dos fieros leones estaban junto á él, frotando la melena alborotada contra sus piernas, rugiendo de extrañeza, mirando al intruso y mirando á su amo, como si sólo esperasen un ademán de éste para caer sobre él. El sultán experimentó una gran decepción al no poder divertirse con el miedo del extranjero. El embajador terminó su conferencia y salió dejando aturdidos á todos con su serenidad.
Un héroe el tal embajador: un diplomático que sabía sobreponerse á las terribles emociones. Pero después, al llegar al palacio de la embajada, cuenta el duque modestamente en sus Memorias que se apresuró á despojarse de la vistosa casaca cubierta de condecoraciones y bandas, que se quitó los calzones de terciopelo... y llamó á la lavandera, para entregarla su ropa interior.
XXVI
Santa Sofía
Estoy en el gran patio de la mezquita «Aya Sophia» (la famosa Santa Sofía de los bizantinos), sentado bajo las ramas de un plátano venerable, ante una mesilla en la que humean dos tazas de café, y aspirando el perfume de sándalo de un rosario musulmán que acabo de comprar á un mercader sirio.
Á mi lado está Nazim-Bey, joven capitán de caballería que ha viajado por toda Europa, y ostenta sobre el pecho los cordones de oro de los oficiales del cuarto militar del emperador.
¡Lo que me costó entrar en Santa Sofía!... Todos los viajeros que han visitado Constantinopla hasta hace unos meses, han podido verla con entera libertad. «Aya Sophia» estaba abierta á todo el mundo, como las demás mezquitas. Pero una comisión de jefes del Yemen, árabes fanáticos, habituados á la vida de los desiertos arenales, que no entienden de relaciones internacionales y desprecian á los infieles, vino á Constantinopla á visitar al Padichá, y al entrar en la más famosa de las mezquitas, todos ellos se indignaron viendo el poco respeto con que la frecuentaban los cristianos, viajeros en su mayoría, que iban de un lado á otro hablando fuerte y con el Baedeker en la mano.
Pocos extranjeros entrarán ya en ella. El sultán, para dar gusto á los revoltosos jefes del Yemen, ha prohibido el acceso á los infieles, y yo tuve que invertir más de quince días en ruegos, visitas y gestiones casi diplomáticas para visitar la famosa mezquita. ¡Irse de Constantinopla sin conocer Santa Sofía!... Al fin, una tarde, á la hora en que escasean los fieles en el templo, y acompañado de un ayudante del sultán, pude entrar en la antigua basílica.
Sentados en un cafetucho del patio, junto á las fuentes de abluciones, que chorrean incesantemente, aguardamos á que un servidor del templo nos avisase el momento más propicio para la visita, después de la salida de ciertos devotos rezagados y antes que los muezines se asomaran á los balconcillos de los cuatro alminares llamando á los fieles á la oración de la tarde.
Por fin, entramos... ¡Inolvidable impresión! No todos los días puede pisarse un pavimento fabricado por hombres que vivieron hace mil cuatrocientos años; no se respira con frecuencia bajo unas bóvedas que cuentan catorce siglos de antigüedad.
Inútil es describir Santa Sofía. Su atrevida cúpula, agujereada por estrechas é innumerables ventanas, sus nobles y grandiosas proporciones, sus tribunas sostenidas por columnatas de jaspe verde, y desde las cuales se ven como enormes insectos pender sobre el suelo las lámparas, los huevos de avestruz y demás adornos de la religiosidad musulmana, son conocidos en todo el mundo. El grabado antiguo, la fotografía y la tarjeta postal han popularizado el interior de este monumento, que es el más antiguo de la cristiandad europea, y puede ser llamado el Partenón del arte bizantino.
La luz que penetra por las ventanas de la cúpula toma una densidad amarillenta de ámbar. La capa de pintura con que han cubierto los turcos las imágenes de los muros, contribuye á colorar el ambiente de este tono suave. La repugnancia religiosa de los musulmanes á toda representación de la forma humana, ha borrado los deslumbrantes mosaicos bizantinos, en los cuales santos y emperadores de rostro puntiagudo y miembros alargados, destacábanse con rigidez hierática sobre un fondo de oro.
Es el único vandalismo que se han permitido los otomanos. Las hermosas columnas, los arcos de graciosa majestad, los huecos de las capillas, las balaustradas de jaspe, todo se mantiene lo mismo que en tiempo de los emperadores de Bizancio. La costra de pintura amarilla se ha caído en algunas partes del muro, y el mosaico antiguo brilla con una luz mate y discreta, como una venerable armadura de oro al través de los desgarrones de una capa vieja. Unos cartelones verdes de diez metros de diámetro, con inscripciones gigantescas en honor de Alláh, y cuatro ángeles pintados en el arranque de la bóveda, son todos los adornos que el arte turco ha osado añadir al templo erigido por Justiniano. Los ángeles son convencionales. Cada uno de ellos está representado por cuatro alas en forma de rueda. La pintura musulmana no puede ir más allá.
Un interminable susurro, un batir incesante de plumas, llena el ambiente ambarino y crepuscular de la mezquita, uniéndose al crepitar de las lámparas y á la cantinela monótona de los aprendices eclesiásticos, que, encogidos sobre las rodillas, balancean el cuerpo cantando de memoria suras enteras del Korán, mientras un efebo, con el libro entre las piernas, sigue con la mirada el texto, para corregir el más leve olvido. Centenares de palomos obscuros, con plumas de metálicos reflejos, aletean en las bóvedas, descansan en capiteles y cornisas, ó descienden hasta las cabezas de los fieles, inmóviles como estatuas en su oración, posándose por unos instantes en sus brazos. Con frecuencia abandonan desde lo alto sus superfluidades digestivas, y los servidores de la mezquita tienen que limpiar continuamente la fresca estera del pavimento, sobre la cual marchan los fieles descalzos y con los pies limpios, para que después el buen creyente, al prosternarse, pueda besarla sin contagio alguno.
Ocurre en este grandioso monumento, al contemplarlo por primera vez, lo que en San Pedro, de Roma. La vista lo abarca todo sin extrañeza alguna. Un templo poco más grande que los otros... y nada más. Sólo cuando se avanza, y la perspectiva va prolongándose á cada paso, es cuando se da cuenta el visitante de la enormidad de proporciones que van surgiendo de esta armonía general. Lo que de lejos parecían esbeltas columnas, son troncos enormísimos de piedra, junto á los cuales el hombre se iguala á la hormiga: las distancias entre una arcada y otra se prolongan mágicamente, como si el templo fuese creciendo y estirándose á cada paso que se avanza.
La antigua basílica es enorme, abrumadora, soberbia, y sin embargo, da una impresión dulce, de suave ligereza.
Su historia es tan accidentada como la de una nación.
Santa Sofía no fué elevada en honor de una santa de este nombre, como muchos creen. Sancta Sophia es una invocación á la Santa Sabiduría, y en honor de la Sabiduría divina elevó Constantino la primera basílica, en el mismo lugar que ocupa la actual. Cien años después la quemó el populacho, creyente y revoltoso, excitado por el destierro de San Juan Crisóstomo. Teodosio II la volvió á construir, y en 532 la incendió de nuevo el pueblo de Bizancio, amotinado esta vez, no por un santo, sino por una cuestión de Circo, el motín de los Victoriatos, en los primeros tiempos de Justiniano.
Fué este emperador legista, manso marido de la interesante Teodora, mezcla de voluptuoso tirano oriental y austero teólogo, quien creó el monumento que aun hoy subsiste, y que vivirá siglos y siglos.
Quiso en sus ambiciones de gloria que el templo á la Santa Sabiduría fuese «la obra más magnífica que se hubiese visto después de la creación», y en todas las partes del vasto imperio de Oriente hizo recoger los materiales más preciosos: mármoles, columnas y esculturas. Los monumentos de la antigüedad griega fueron saqueados. Éfeso le envió las columnas de jaspe verde de su famoso templo de Diana; Roma, las que había robado del templo del Sol en Heliópolis, é igualmente fueron puestos á contribución los santuarios de Atenas, Delos, Cizica é Isis y Osiris, en Egipto. Dos arquitectos griegos, los mejores de la época, Antemio de Tales é Isidoro de Mileto, se encargaron de la dirección de los trabajos; pero la credulidad popular, ansiosa de lo maravilloso, propaló que un ángel había entregado á Justiniano los planos del monumento con el dinero necesario para construirlo.
Diez mil obreros, dirigidos por cien maestros alarifes, trabajaron á la vez. Una capa de betún de veinte varas de espesor, que llegó á adquirir la dureza del hierro, sirvió de base al edificio. Los alfareros de Rodas hicieron los ladrillos para la bóveda de una tierra tan ligera, que doce de ellos no llegaban á pesar lo que un ladrillo ordinario. Todos ellos llevaban una inscripción: «Es Dios quien me ha fundado y Dios me socorrerá.»
La construcción fué una mezcla de esfuerzos arquitectónicos y ceremonias religiosas. Los sacerdotes bendecían los materiales, acompañaban con plegarias la erección de cada columna, y al elevarse los muros, los albañiles introducían en la argamasa huesos de santos y otras reliquias.
Sumas inmensas se consumieron en este alarde arquitectónico, y Justiniano se vió en los mayores apuros, y recurrió á los medios más criminales para conseguir dinero y terminar la casa de la Santa Sabiduría. Por fin, en 537 la obra quedó acabada. Después de una marcha triunfal por el Hipódromo, con todo el esplendor de su corte bizantina, y de pródigas distribuciones al populacho, hambriento de pan y ahíto de disputas teológicas, Justiniano inauguró el monumento.
—¡Gloria á Dios, que me ha juzgado digno de terminar esta obra!—gritó al entrar—. ¡He vencido á Salomón!
Catorce días duraron las plegarias, los festines públicos y las distribuciones de dinero.
La Santa Sapiencia vivió siglos en una relativa tranquilidad, sin otros accidentes que los que sufren los monumentos gigantescos, eternos enfermos necesitados de cuidados y reparaciones. Toda la vida del imperio de Bizancio se reconcentró en ella. Bajo sus bóvedas se consagraron aquellos emperadores que se asesinaban unos á otros, se sacaban los ojos, ó degollaban en masa á sus súbditos, por si el Hijo era igual al Padre, y otras sutilezas teológicas, que tomaron el carácter de verdaderos programas políticos.
El día que los turcos sitiadores acabaron por penetrar en Constantinopla, una muchedumbre de sacerdotes, mujeres y combatientes fugitivos se amontonó en la santa basílica, que tenía ya cerca de mil años de antigüedad. El caudillo victorioso entró á caballo hasta el altar mayor, y gritó agitando su cimitarra: «No hay más Dios que Dios, y Mohamed es su Profeta.»
¡Se acabó la Santa Sapiencia! Las cruces rodaron por el suelo, los sables se enrojecieron hundiéndose en la muchedumbre cristiana, y el saqueo y la matanza dentro de la basílica duraron tres días.
En el momento de la entrada de los turcos, un sacerdote celebraba la misa, y huyó del altar con el sagrado cáliz, desapareciendo por una puertecilla practicada en una de las galerías. Inmediatamente la puerta se cerró milagrosamente, con una pared de piedra que nadie pudo distinguir del resto del muro. El día que Santa Sofía sea devuelta al culto cristiano y los turcos huyan expulsados de Constantinopla, volverá á abrirse la puerta y el mismo sacerdote acabará su misa interrumpida.
Esto lo sé por mi guía Stellio, un honrado griego, verídico y creyente, que me acompaña á todas partes, discurriendo el medio más rápido y seguro para extraer el dinero de mis bolsillos.
Los historiadores de Santa Sofía dicen que esto es una leyenda; pero Stellio se ríe de su ignorancia.
Todas las viejas del barrio del Fanar, residencia de las antiguas familias griegas, piden á Dios que no las llame á su seno sin haber visto antes á ese pobre sacerdote, que aguarda entre paredes, durante cuatro siglos y medio, el momento de terminar su misa.
XXVII
El Papa griego
El barrio del Fanar es Bizancio que se sobrevive. Los griegos, antiguos señores de la gran ciudad, se refugiaron en este barrio después de la conquista turca, y allí continúan, en viejos palacios adosados á murallas medio derruídas del tiempo de los Paleólogos.
Los guerreros bizantinos se hicieron comerciantes después de la derrota, ó mejor dicho, continuaron siéndolo, pues en tiempo de su imperio siempre fueron mercaderes, dejando la defensa de su país confiada á bravos mercenarios comprados en Asia ó en Bulgaria.
La fama de los comerciantes fanariotas ha sido universal. Durante siglos, el oro de todo el mundo se amontonó en este barrio del Fanar. Los turcos belicosos, ocupados en hacer la guerra á la cristiandad, dejaron á los griegos, vencidos y astutos, el manejo de sus riquezas, y el fanariota fué el intermediario entre Asia y Europa, el mercader de los objetos preciosos de Oriente, y al mismo tiempo el proveedor y prestamista de sus señores otomanos. Este barrio del Fanar ha sido durante siglos una Venecia, una Génova, de poderoso movimiento comercial. Una gran flota mercante movíase en los mares de Oriente y en todo el Mediterráneo, siguiendo las inspiraciones de sus mercaderes. El Cuerno de Oro, que lame con sus aguas las piedras verdosas de los edificios del Fanar—palacios obscuros con balcones bajos, que casi se tocan con la cabeza—, veíase cortado incesantemente por las galeras que llegaban de las escalas de Siria y el Mar Negro y partían hacia los puertos de Nápoles y Marsella.
Hoy el Fanar está solitario y tranquilo. Junto á sus muelles no se ven más que viejas barcazas en reparación, y enfrente, al otro lado del brazo de mar, los navíos de guerra turcos, los buques antiguos que sirven de pontones, y el palacio del Almirantazgo rodeado de las innumerables construcciones del Arsenal. Mas los fanariotas aun viven tan ricos y poderosos como en otros tiempos. Los nuevos puentes que dificultan la navegación en el Cuerno de Oro, el gran calado de los buques modernos y las exigencias del comercio, les han obligado á trasladar sus oficinas á Galata, cerca del Bósforo, en medio de los chorros de vapor, rugidos de sirena, chirriar de grúas y ensordecedora y negra actividad de un puerto de nuestros días.
Pero las venerables casas del Fanar son, como en otros siglos, á modo de un título de nobleza para los que las habitan, y en ellas siguen viviendo las familias de estos griegos, más griegos que los que habitan Atenas, y que hacen remontar sus orígenes en línea recta á los tiempos gloriosos del imperio bizantino.
El pequeño reino actual de Grecia se nutre de la rica savia del Fanar. Todos estos helenos de Constantinopla son grandes patriotas, con el entusiasmo nacional excitado por largos siglos de servidumbre y desgracia. Son riquísimos, pero no tienen una patria. Fingen sumisión al turco, á quien explotan, pero su pensamiento va á todas horas á la pequeña nacionalidad formada en torno de la acrópolis ateniense, viendo en ella como un huevo del que resurgirá un pasado glorioso.
¡Atenas! ¡Constantinopla!... Estos dos nombres de gran sonoridad excitan á todas horas su entusiasmo. Todos conocen en el Fanar los misterios del porvenir. Grecia volverá á ser lo que fué: se apoderará de la Macedonia, se extenderá por las riberas de Asia, pasará un día los Dardanelos, y la antigua Bizancio será otra vez helena, brillando sobre la cúpula de Santa Sofía la cruz del Santo Sínodo, en vez de la media luna de oro. Y enardecidos por una fantasmagoría tan generosa, no hay sacrificio que no hagan estos comerciantes avaros, capaces de los mayores crímenes en el curso de los negocios, y que, sin embargo, desparraman el dinero á manos llenas en empresas patrióticas.
Los griegos del archipiélago vuelven sus ojos al Fanar cada vez que intentan moverse. La sublevación de los isleños de Candía, las guerrillas macedónicas, la misma guerra turcohelena de hace pocos años, que tan grotesco y vergonzoso final tuvo para los nietos de Temístocles, y la agitación presente, que convierte las fronteras griegas en perpetuo campo de combate, todo es obra del dinero fanariota, que corre pródigamente, como sangre vivificadora del patriotismo. El griego de Constantinopla es un buen súbdito del sultán, incapaz de provocar ningún disturbio. Procura separarse del armenio revoltoso, que intenta revoluciones dentro del imperio, pero trabaja y sacrifica su fortuna por crear á éste en el exterior toda clase de conflictos.
No sólo piensa en su pequeña patria para lanzarla á la guerra contra el país en que vive. Sabe que los pueblos son grandes por algo más que las armas y que la fama imperecedera de la antigua Grecia no se asienta en los ruidosos triunfos sobre los persas, sino en las enseñanzas y las inspiraciones de los filósofos, poetas y artistas, gloriosos abuelos de la presente humanidad. La grandeza intelectual de su raza preocupa á los fanariotas hasta el punto de que en Grecia es insignificante la instrucción pública costeada por el gobierno, en comparación con la que sostiene la iniciativa particular. No muere un griego rico de Constantinopla que no deje fuertes legados para las escuelas de su país. Muchos han dejado dos y tres millones de francos. Innumerables escuelas del archipiélago, grandes universidades, valiosas bibliotecas se sostienen con herencias de patriotas del Fanar, que pasaron su vida explotando á turcos y cristianos y dando las más fieles muestras de adhesión al sultán que aborrecen.
Además, el Fanar es para todos los griegos del mundo el barrio santo, la tierra sagrada donde tiene puesto un pie Dios: algo semejante á lo que es para el católico el barrio de Roma inmediato al Tíber, donde alza la basílica de San Pedro su enorme cúpula y se alínean perforando la piedra las innumerables ventanas del Vaticano.
En el Fanar está el palacio del Patriarcado, la residencia del Papa griego, llamado vulgarmente Patriarca de Constantinopla.
Este representante de Dios es un personaje poderosísimo, un sacro pastor que extiende su cayado de oro sobre millones de místicas ovejas. Si el Papa de Roma no tuviese al otro lado del Atlántico la antigua América española, su colega de Constantinopla sería tan poderoso como él. Grecia, Bulgaria, Servia, Rumania, Montenegro, los cristianos ortodoxos de la enorme Turquía, que son millones, y la inmensa Rusia, que aunque autónoma religiosamente, respeta, sin embargo, al sumo sacerdote de Constantinopla, forman el feudo espiritual de este pontífice que vive en el barrio del Fanar y una vez al año bendice toneladas y toneladas de aceite, convirtiéndolo en óleo santo que envía á los metropolitanos y popes de sus Estados.
El patriarca actual es Joaquín II. Un amigo suyo, que á la vez lo es mío, me invita á visitar al Pontífice, ensalzando la llaneza de su trato y costumbres. ¿Por qué no?... El amigo añade que ya ha hablado de mí á Su Santidad, y una tarde á las dos, llegamos juntos al palacio del Patriarcado.
Es un enorme caserón sin adorno alguno, situado en la cumbre de una colina vecina al Cuerno de Oro. Una tapia alta cierra los patios exteriores, y ante la triple puerta de entrada hay un cuerpo de guardia.
Su Santidad es después del Gran Imán el primer funcionario religioso del Imperio. El sultán lo recibe con frecuencia y vive en las mejores relaciones con él, temiendo la influencia que puede ejercer sobre varios millones de almas que forman parte del pueblo otomano. Los soldados turcos, fervorosos musulmanes, velan, bayoneta en el fusil, sobre la existencia y el reposo de este sacerdote extraño á sus creencias, lo mismo que en Jerusalén montan la guardia cerca del sepulcro de Cristo. Además, Su Santidad recibe del sultán una paga enorme, uno de esos sueldos inauditos que sólo puede concebir la prodigalidad de un soberano oriental.
Joaquín II es bueno y tan generoso al repartir como el sultán al dar. Vive sin aparato, como en los tiempos que era un pobre teólogo en una universidad de Grecia, y su enorme asignación la devora el populacho del Fanar, que descansa en sus tugurios como una nube de langosta en torno del Patriarcado.
Entramos en éste por una puerta lateral. El arco del centro está cerrado, y sólo se abre, con largos intervalos de años, en las grandes conmemoraciones religiosas.
En el interior encontramos unos criados, bigotudos y morenos, semejantes á los piratas antiguos del archipiélago, y popes jovencitos que deben ser familiares de Su Santidad. Subimos una escalera de madera con esterilla de junco. Las paredes están adornadas con pinturas de imágenes bizantinas y retratos de patriarcas. Entramos en un salón de espera igualmente modesto, con la misma esterilla é idénticos retratos de patriarcas: cabezas venerables y barbudas, con la mitra cuadrada y lóbrega envuelta en una gasa fúnebre que pende sobre los hombros y la cruz de oro destacándose sobre el pecho negro.
Se abre una puerta, y avanza unos pasos en la inmediata habitación un pope de estatura enorme, un venerable gigante que mueve los brazos invitándonos á entrar.
Hermoso hombre. Yo, que no soy bajo de estatura, tengo que echar atrás la cabeza para verle bien. Tiene blancas, con una nitidez de nieve, las barbas luengas y ensortijadas; blancas igualmente, las guedejas que se escapan de su alto gorro, semejante á un sombrero de copa sin alas. Pero el rostro es joven, y aunque algo demacrado, da una impresión de fuerza y salud, por el lustre de la tez, de un moreno rojizo, y la solidez ósea de la faz. La nariz, un tanto grande y demasiado aguileña, es sin embargo hermosa por su pureza de líneas, sin la más leve desviación. Los ojos, grandes é imperiosos, ojos de mando que se esfuerzan por ser dulces, parecen gotas de densa tinta, brillando un pequeñísimo punto de luz en su negra intensidad.
Este gigante, blanco, fuerte y majestuoso como un Padre Eterno, se agita al andar con enérgicos movimientos y encorva la espalda para ponerse al nivel de los que llegan. Mi amigo se inclina al coger su diestra y besa un gran anillo. Entonces reparo en la faja de seda que ciñe la sotana del arrogante sacerdote y en la cruz que brilla sobre su pecho, con un suave fulgor de oro antiguo. Es Joaquín II.
Mi amigo le habla en griego brevemente, y yo adivino por las miradas que hace mi presentación.
—¡Ah, Blascos!—dice el Patriarca con una voz sonora de barítono, al mismo tiempo que me coge una mano y tira de mí para que avance—. ¡Blascos Ibañides!...
Cualquiera diría que Su Santidad se había pasado la existencia no oyendo otro nombre que el mío. Es la amabilidad superior de los soberanos, de los grandes personajes que fingen conocer á todos los que llegan y parecen recordar sus nombres, que les han dicho momentos antes. Y repitiendo mi apellido desfigurado á la griega, con una expresión satisfecha, como si no conociera otra cosa, me empuja con su volumen de coloso, me hace sentar en un diván redondo en el centro de la pieza, y él vuelve al sillón dorado y viejo que ocupaba momentos antes.
La sala, larga y estrecha, es una galería cerrada con cristales. Al través de ellos, se ve abajo parte del caserío del Fanar, y más allá de los tejados, una mitad del Cuerno de Oro, los navíos de guerra, el Arsenal, y los montes desnudos de la ribera de enfrente, con abandonados cementerios turcos, en los cuales las blancas fichas de las tumbas dan la sensación de lejanos corderos rumiando inmóviles en las laderas.
El Patriarca está sentado de espaldas á los cristales, con el cuerpo en la sombra y rodeado de un nimbo de luz que forma el sol de la tarde en torno de su alba cabellera. Junto á él sonríe un joven pequeño, vestido como un gentleman, el monóculo brillante sobre el rostro afeitado y el pelo rubio y lustroso partido por una raya central en dos bandós que caen sobre la frente cual lacios cortinajes. Es el secretario de la legación de Grecia, que está en conferencia con el Patriarca y juntos pasan el tiempo hablando de los asuntos del amado país.
Joaquín II habla en su idioma, de sonora armonía, ininteligible para mí, y al terminar mi amigo, que parece emocionado en presencia del Patriarca y apenas osa levantar los ojos, me dice en francés:
—Su Santidad está muy contento de verle, y dice que le es usted simpático... Además le desea una estancia muy feliz en Constantinopla.
—Su Santidad es muy amable. Dele usted las gracias.
Quedamos los cuatro en profundo silencio, mirándonos, como es de buen tono en toda visita oriental, donde la conversación animada no surge más que tras larguísima pausa luego de haber tomado el café.
El Patriarca ha dado sus órdenes con una voz de marino que ordena una maniobra, y aparecen los criados trayendo el inevitable obsequio de toda visita.
El café no es gran cosa, los cigarrillos son comunes y el servicio de porcelana de lo más vulgar. Joaquín II vuelvo á repetir que vive pobremente, como un hombre de escasas necesidades. Nos ofrece las tazas y los cigarrillos con ademanes de graciosa cortesía, pero él no bebe ni fuma. Sólo la confitura es magnífica: un dulce de exquisitez monacal, formado de diversos y misteriosos aromas: un regalo tal vez de lejano convento, ó de algunas griegas devotas, enclaustradas voluntariamente en algún ruinoso palacio del Fanar.
El Patriarca, sin dejar de mirarme, habla al joven que tiene al lado. Este sacude su actitud indolente, se desenrolla en el interior de su sillón, y avanza la cabeza, en la que parece pegado el monóculo, sonriéndome con diplomática calma. Su Santidad sólo habla el griego y el turco, pero desea conversar conmigo. Es la primera vez que ve á un español. Él me traducirá en francés lo que diga Su Santidad y á continuación le comunicará en griego lo que yo responda.
—Puede preguntar Su Santidad lo que guste.
Y Joaquín II se lanza á hablar apresuradamente, con un ímpetu de orador tribunicio, rodando como truenos los párrafos sonoros, en los que abundan las armoniosas onomatopeyas.
Cuando el Papa se calla, el diplomático hace la traducción, acompañándola de fina sonrisa.
—Su Santidad dice que siente muchísimo las desgracias de España; que durante la guerra con América, dedicó muchas veces sus oraciones á vuestro pueblo, que le es muy simpático, y que comprende que en vuestro país aun estará vivo el dolor por tan grandes pérdidas.
La lástima bondadosa de Joaquín II me irrita un poco.
—Dígale á Su Santidad que no hay para qué lamentarse de lo pasado; que en mi país ya nadie se acuerda de eso, y que habiendo perdido hace un siglo casi toda la América, no había razón para conservar unas cuantas islas que eran en cierto modo un bagaje pesado.
El Patriarca, de ojos imperiosos, es un intuitivo, de rápida penetración. Mirándome fijamente parece adivinar mis palabras, mueve la cabeza como si me entendiese, y cuando el secretario hace su traducción, él se adelanta completando las ideas.
Continúa el diálogo entre Su Santidad y yo, con la mediación del elegante intérprete. Joaquín II se entera con gran interés de las costumbres españolas, de las que tiene una vaga y fantástica idea, y me pregunta especialmente por nuestra literatura nacional.
Él, gran erudito en letras clásicas, comentador de Homero, como todo griego ilustrado que se respeta un poco, no conoce nada de España. Hace muchos años, cuando no era en Atenas más que un simple pope dedicado á enseñanzas teológicas, vió un drama español traducido al griego, un drama de un señor que se llamaba... se llamaba...
Y el patriarca y el diplomático se consultan con la mirada, al mismo tiempo que pugnan por pronunciar un hombre, sin llegar á completarlo en sus dudas.
—Echegaray—digo yo, adivinando sus balbuceos.
Su Santidad sonríe moviendo la cabeza. Eso es, Echegaray. El Patriarca guarda un hermoso recuerdo de la obra. Indudablemente fué la única vez que asistió al teatro el austero sacerdote.
—¿Vive aún monsieur Echegaray?—pregunta Su Santidad con gran interés por mediación del secretario.
—Vive, y á pesar de sus años es animoso como un muchacho y no descansa.
Su Santidad vuelve á sonreir, como si bendijese con el gesto al lejano poeta que alegró con la magia del arte algunas horas de su existencia. Y yo sonrío también, pensando en el ilustre don José, muy ajeno á imaginarse que el Papa griego es uno de sus más sinceros admiradores, con esa admiración del que sólo ha ido una vez al teatro y se acuerda del magno suceso durante toda su vida.
El Patriarca, después de esto, habla de la literatura griega contemporánea. Hay en Atenas poca producción; escasos dramas y muy contadas novelas. Los literatos, antes de dedicarse al trabajo, viven enzarzados en interminable disputa sobre si deben escribir en griego antiguo ó en el griego vulgar que hoy se habla en el archipiélago. Esta disputa apasiona á la nación entera, dividida en dos partidos.
—Su Santidad pregunta qué opina usted sobre esto—dice el secretario.
—Pues dígale á Su Santidad que si novelas y dramas tienen por protagonistas á personajes de ahora, lo natural es que hablen el griego moderno, aunque no sea puro. Un mozo de cordel del Pireo no va á expresarse como el Aquiles homérico.
El Patriarca acoge mis palabras con un gesto cortés, pero deja adivinar en sus ojos que piensa todo lo contrario.
La conversación languidece y yo me preparo á marcharme. Llevo más de media hora con Su Santidad é indudablemente muchos fieles de importancia aguardan en la antesala.
El Pontífice de Constantinopla es un Papa constitucional. Ni es infalible por sí solo, ni puede tomar una resolución en materias de fe. Dos veces por semana se reune bajo su presidencia el Santo Sínodo, compuesto de eclesiásticos y laicos influyentes, y esta asamblea es la que legisla, dejando al Patriarca el poder ejecutivo.
Voy á abandonar mi asiento, cuando Joaquín II emprende una larga arenga dirigida al secretario, en la que percibo varias veces la palabra democraticón. El Patriarca parece poner un gran interés en lo que dice, y cuando al fin calla, el diplomático me habla gravemente.
—Su Santidad pregunta si en España los sacerdotes son muy respetados, si la religión tiene el mismo prestigio que en otros tiempos, si los reyes son queridos, y sobre todo, si existen partidos democráticos como en otras naciones desgraciadas, y si el pueblo, movido por malas enseñanzas, intenta levantarse contra sus mayores.
Quedo indeciso algunos momentos. ¿Qué contestar al buen Patriarca?... Después de tan buena acogida, siento cierto escrúpulo de decirle la verdad. ¿Para qué discutir con él? ¿Para qué desvanecer la santa ignorancia de este sacerdote, que ya no volverá á acordarse de España y jamás podrá influir en nuestra suerte?...
—Dígale á Su Santidad que allá no hay partidos democráticos ni nada de esas pestes modernas que como él dice hacen la infelicidad de los pueblos. Los reyes velan por nuestra dicha; los sacerdotes son veneradísimos; todos los españoles somos católicos...
Joaquín II sonríe, adivinando otra vez mis palabras, y mueve sus melenas blancas y su gorro negro, como diciendo: «Muy bien.»
—Su Santidad—añade el diplomático al poco rato—dice que se alegra muchísimo de las palabras de usted, que éstas son para él un inmenso consuelo, y que España será siempre grande si no se aparta del buen camino.
Me levanto, despidiéndome del Papa con una solemne inclinación. Su Santidad está alegre, parece encantado por mis afirmaciones, y me acompaña hasta la puerta, repitiendo mi nombre con paternal sonrisa.
—¡Blascos! ¡Ah, Blascos! ¡Blascos Ibañides!...
No me entrega su mano á besar como á los otros. Respeta mis escrúpulos de buen católico español, pero me acompaña, dándome cariñosos golpes en un hombro con sus manos fuertes, y la más paternal de las sonrisas contrae las ondas de nieve de su barba.
Cuando llego á la puerta le parece poco esta despedida, y eleva la diestra con su gran sortija de oro... y me bendice.
Salgo del Patriarcado admirando la espontánea solidaridad de todos los que viven á la sombra de la cruz. ¡Extraña y poderosa fracmasonería de los hombres de sotana! Durante siglos y siglos, el Vicario de Dios en Roma y el Vicario de Dios en Constantinopla se han insultado con baba rabiosa, llamándose hijos del diablo, asquerosas víboras y demás insultos inventados por el rencor eclesiástico, maldiciéndose con acompañamiento de cirios llama abajo y cánticos de muerte. Ahora fingen no conocerse, ignoran mutuamente su existencia, viven vueltos de espalda, asumiendo cada uno la verdadera herencia de Cristo, y sin embargo, por encima de tantos siglos de abominación y de odio, se entera cada uno de la existencia del otro, y celebra que ésta sea próspera y fuerte. Lo mismo hacen los comerciantes cuando preguntan con interés por los negocios de los colegas, y se alegran de que marchen bien, aunque nada les produzcan, viendo en ellos una prueba de que el mercado no se debilita, de que sigue la demanda y de que mientras los clientes no se llamen á engaño habrá ganancia para todos.
Algunos días después, al volver al centro de Europa, el tren que me conducía chocó con otro de mercancías en las inmediaciones de Budapest. Cinco muertos y un número enorme de heridos. Yo salí ileso.
Luego en París recibí una carta del amigo que me había presentado al Patriarca.
Su Santidad, al leer la noticia en los diarios griegos de Constantinopla, había celebrado mucho la inspiración que tuvo al bendecirme, y repetía sobre mi cabeza el gesto pontifical, recomendándome de nuevo en sus oraciones.
Leyendo esto me expliqué mi buena suerte.
En adelante, siempre que vaya á un país donde exista Papa, pienso no salir de él sin la correspondiente bendición.
XXVIII
Turcas y eunucos
Cuando un occidental relata su viaje á Turquía, la curiosidad, excitada por todo lo que es extraño y misterioso, le interrumpe siempre con las mismas preguntas:
—¿Y las turcas? ¿Y la vida del harem?... ¿Y los eunucos?
¡Las turcas!... Se las ve en todas partes; pasean por los cementerios, frondosos como jardines; entran tapadas á hacer sus compras en las lujosas tiendas á la europea, van en la buena estación á solazarse en las Aguas Dulces de Asia, lugar de moda á orillas del Bósforo; salen en carruaje, ó transitan á pie por el Gran Puente; se visitan unas á otras; gozan de más libertad que las europeas; salen á la calle tanto como éstas, y sin embargo, no hay en Constantinopla nada tan misterioso é inabordable como las mujeres.
Viviendo aquí, se convence el europeo de la frescura con que han mentido los novelistas y los poetas al describir amores entre turcas y cristianos. En otros tiempos, tal vez pudo ser esto. Durante el reinado de Abdul-Aziz, loco generoso, Nerón oriental, que condecoraba á sus gallos de pelea con las mismas bandas usadas por los generales, y se divertía arrojando al populacho espuertas de monedas de oro, tal vez podrían desarrollarse estos amores internacionales. Abdul-Aziz, apasionado romántico de la emperatriz Eugenia, debió ser tolerante con las pasiones de sus súbditas.
El actual emperador Abdul-Hamid, austero creyente que se encierra en la tradición y el aislamiento de raza para defenderse de la codicia europea, muestra empeño en evitar que la mujer musulmana tenga contacto alguno con el cristiano, y vela sobre ella con una minuciosidad de déspota curioso y activo, que lo mismo ansía conocer el pensamiento del emperador de Alemania que las intrigas del harem del último de sus pachás.
Las damas turcas marchan encubiertas por las calles de Pera, contemplando al través del velo á los europeos, que las siguen con ojos ávidos. Aburridas por la soledad del harem y la indiferencia de un señor en el cual el exceso de cantidad embota y debilita todo afecto, ¡cuántas veces su pequeño cerebro de niña, apenas educada, experimenta la embriaguez del deseo, viendo en este barrio cristiano la gran abundancia de hombres, venidos solos del otro extremo de Europa, y á los que un celibato forzoso da audacias y ademanes de lobo carnívoro!...
Viven libres, sin ver al esposo más que de tarde en tarde; pueden entrar y salir de su casa sin otra vigilancia que la del eunuco, fácil de sobornar; disponen de su tiempo mejor que una europea, y sin embargo, la intriga amorosa es dificilísima para ellas, por no decir imposible.
Que levanten un poco el velo sobre su rostro para dejarlo visible al hombre que pasa, y al momento, un otomano, que parece distraído en medio de la acera tomando el aire, seguirá sus pasos cautelosamente, para saber en qué termina la inusitada audacia. Que se permita un gesto, una mirada significativa ó volver la cabeza, y el polizonte avisará en el mismo día al marido ó al padre.
La policía y la fuerza tradicional de las costumbres velan sobre la mujer turca, la rodean á todas horas, dejándola en completa libertad para todo... para todo, menos para lo que ella desearía.
Una tercera parte del presupuesto del imperio se consume en servicio policíaco. Un importante personaje de la corte es el jefe de los espías, y á su vez hay espías de los espías... y así hasta lo infinito. Todas las clases de Turquía figuran en el inmenso cuerpo de la delación. Los policías se reclutan lo mismo entre los mozos de cordel de los muelles que entre los grandes personajes. Algunos cobran un sueldo mucho mayor que el de un ministro de Europa. Lo que cuesta al sultán este servicio, representa más que lo invertido por algunos Estados en ejército, marina, administración y obras públicas. Muchos de los señoritos turcos que pasean en caique, llenan los cafés y teatros de Pera y son clientes de los sastres europeos, luciendo empinados bigotes á lo kaiser, bajo el erguido fez, no tienen otro medio de existencia que lo que cobran por repetir al ministro de Policía cuanto ven y cuanto oyen.
Además, para las mujeres, todo turco es un agente que vigila por las buenas costumbres. El europeo no puede mirar mucho tiempo, y con marcada atención, á las mujeres que pasan. Imposible seguir sus pasos, como ocurre en las ciudades europeas. Si es en el barrio puramente turco de Stambul, corre peligro de recibir como aviso una pedrada ó un palo. Si es en las demarcaciones europeas de Pera y Galata, cualquier respetable effendi que pasa junto á él le preguntará cortésmente si es forastero, ya que le ve faltar tan abiertamente á las costumbres del país.
La mujer, sitiada por la vigilancia del policía y el fanatismo nacional de todo compatriota, obligada á no hablar con otro hombre que el que tiene en su casa, se venga de este aislamiento con un orgullo rencoroso, que la hace antipática las más de las veces. En las aceras empuja al hombre con soberano desprecio para que le ceda el paso. Cuando van en carruaje se ríen del transeúnte europeo con una insolencia de colegialas en libertad.
La mujer pobre ó de la clase media sigue fiel al dominó de pesado damasco y á la cortinilla de gruesa seda que le sirve de antifaz. Así se la ve pasar, como máscara misteriosa, llevando en una mano la sombrilla cerrada ó tirando de un turquito cabezudo, y sosteniendo con otra la crujiente faldamenta, que deja ver las pantorrillas enormes, hinchadas, elefantíacas, por ir encerrados, dentro de las medias, los extremos de los calzones interiores.
Pero las grandes damas, las elegantes esposas de los pachás y los turcos ricos, las moradoras de los haremes lujosos, hace tiempo que, valiéndose de la moda, han acabado con los trajes tradicionales, que recluían á la mujer en obscuro incógnito. Bajo el gabán oriental, semejante á una salida de teatro, llevan trajes de París recargados de adornos y en extremo vistosos. Se cubren el pelo y parte del rostro siguiendo las exigencias de la costumbre religiosa, pero lo hacen con el yachmaks, velo tenue y transparente como una nubecilla, suspiro de seda casi impalpable, que sirve para dulcificar su rostro, pintado de rosa y adornado con lunares artificiales, para dar mayor realce á sus ojos, agrandados por una aureola negra de kool. Ocupando grandes carrozas con ruedas doradas, y bajo la escolta de eunucos negros, á los que la perturbación del sexo hace luchar con las señoras en chismes, odios é histéricas rabietas, van á las tiendas ó visitan á las amigas de otro harem, situado á tres ó cuatro horas de distancia, al final del Bósforo.
Algunas veces un harem se traslada á la orilla de Asia para ver á las compañeras de un gran señor amigo del suyo. La visita dura tres ó cuatro días, y esposas y odaliscas, libres de velos y escrúpulos, en el misterio de las habitaciones privadas, hacen en común sus comiditas de muñecas, abundantes en dulce, duermen juntas, tocan y cantan, y sobre todo, hablan... hablan mucho, con una verbosidad de prisioneras ó de monjas, repitiendo los chismes del silencioso Stambul, donde las casas parecen cárceles, con sus puertas siempre cerradas y sus ventanas de celosía, tras las cuales espía á todas horas la curiosidad maligna, la sospecha calumniosa, como en una muerta ciudad de provincias.
Estas damas, mujeres opulentas á los diez y seis años, saben pintarse las mejillas de carmín, los ojos de negro y las uñas de rojo, y en esto invierten la mayor parte del día. Además, las mejor educadas saben fabricar agua de rosas, dulces de varias clases y á veces hasta bordan gruesas flores de oro sobre telas de seda.
Hablar, con una charla interminable de pájaro loco, embriagándose en sus propias palabras, hablar bien de ellas y mal de sus amigas, es su mayor placer. Se comprende que el buen turco, temiendo pasar el resto de su vida frente á frente con una sola de estas hermosas muñecas, vacía de cráneo y expedita de lengua, multiplique su número para encontrar alivio. Pero esta variedad, cuando todo el harem ha perdido el encanto de lo nuevo, sólo sirve para aumentar el tormento.
Los turcos modernos, que han viajado por Europa amoldándose á nuestras costumbres, sólo tienen una mujer y sonríen cuando les hablan del harem. Están enterados de lo que es la poligamia y compadecen á los turcos á estilo antiguo, á los tradicionalistas, que por seguir la costumbre tienen varias esposas.
Sólo un pachá del viejo régimen poseedor de una paciencia inagotable ó aficionado á murmuraciones y futilidades como una mujer, puede soportar durante toda su vida el contacto con el rebaño femenino del harem.
Es un error generalizado en Europa creer que la mujer turca, porque se compra las más de las veces, es una esclava, un objeto, un ser sin derechos y sin libertad, fuera de las leyes. La religión del Profeta nunca habló con desprecio de la mujer, ni vió en ella un ser impuro, un aborto del demonio, como los Padres de la Iglesia cristiana. El hombre tiene sin disputa un alma superior, porque es el guerrero y pesan sobre él los más rudos deberes de la vida, pero la mujer es igual á él en toda clase de derechos. La ley musulmana sólo es implacable y feroz en caso de infidelidad conyugal. Conoce la escasa solidez de estos seres adorables y sin seso, y presiente que si abriese la mano y no se impusiera por el terror, ningún musulmán podría llevar su turbante sobre la frente con entera comodidad.
En los antiguos haremes de Turquía figuraban sobre la puerta dos versos, que poco más ó menos dicen así: