la astucia de la dama.
El encierro (que no es tal encierro, pues la turca sale á todas horas, y ellas y los eunucos se entienden con la fraternal solidaridad del interés común) y la prohibición de hablar con los hombres, son las dos únicas tiranías que pesan sobre las mujeres de alta clase. Pero junto á esto, ¡qué insoportables derechos, exagerados por la susceptibilidad femenil, gravitan sobre el infeliz otomano, que entusiasta de las glorias de la vieja Turquía, se empeña en mantener un harem, como alarde de patriotismo!...
Si hace un regalo á una de sus esposas, por costoso que éste sea, las otras tienen derecho á otro igual, y pueden llevarlo á los tribunales para exigírselo. Si una riñe con sus compañeras y declara que le es imposible seguir viviendo en el harem, la ley turca obliga al marido á que le construya una casa aparte; igual, absolutamente igual, hasta que satisfaga los gustos de la esposa. Y se han visto pleitos que han durado años y años, sin darse nunca por contenta la reclamante al visitar la nueva vivienda, exigiendo unas veces que tuviese igual número de ventanas que la antigua, pretextando otras que las lámparas eran menores en número, que los muebles no estaban tapizados con la misma seda, que las alfombras no eran antiguas, y así hasta lo infinito de una histeria caprichosa, agravada por la rivalidad femenina.
Y á más de esto, el amontonamiento de hijos que se forma en pocos años en un harem rico, donde las esposas y odaliscas son un par de docenas y el Señor, poderoso personaje falto de ocupaciones, se queda en casa los fríos días de invierno, y únicamente sale los viernes para ver al sultán en el Sélamlik.
Yo he conocido á un viejo pachá, entusiasta de las tradiciones, que tiene trescientos cuarenta y dos hijos. Es un hombre virtuoso, dado á los estudios teológicos, poco amigo de pecados carnales, y que desprecia á los europeos, como seres inferiores que á todas horas tienen el pensamiento puesto en la mujer. Á pesar de la extensa prole, yo no creo en su concupiscencia. En la vida del harem no hay golpe perdido, y aunque los olvidos de la virtud sean poco frecuentes, todos tienen consecuencias por la variedad y el número de la colaboración, llegando el respetable padre á no conocer á sus hijos ni saber sus nombres, á pesar de que viven bajo el mismo techo.
La poligamia es un lujo de personajes, y pocas fortunas la soportan. Los hijos son más costosos aún que las mujeres, pues hay que darles colocación. Cada sultán se basta él solo para fabricar la mayor parte de los gobernadores, generales y altos funcionarios de su imperio, y las demás plazas las proveen, con su fuerza reproductora, los personajes que viven junto á él.
El harem imperial y el de los grandes pachás son incubadoras de altos empleados que no dejan lugares libres á los turcos de más bajo origen. Por algo se transmite el imperio de Turquía de hermano á hermano y no de padre á hijo, como en las monarquías europeas. Si la sucesión imperial fuese por este último sistema, Turquía viviría en eterna guerra civil, siendo centenares los pretendientes al trono que se combatirían, con una saña de hermanos, cada uno de distinta madre.
Los turcos modernos y jóvenes ríen y ríen del viejo harem. ¡La poligamia! ¡Tonta inutilidad del pasado!... Ellos viven con sólo una turca, ó con ninguna, admirando los grandes adelantos de la civilización europea, la más perfecta de todas para la satisfacción de las necesidades humanas, y cuando sienten el deseo de la variedad, pasan los puentes y suben á Pera, y allí encuentran en las calles un harem suelto y por horas, de rumanas, italianas, austriacas y judías.
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La afición de ciertos personajes á los progresos modernos, ha creado una clase de turcas más infelices y dignas de compasión que la antigua dama otomana, devota y contenta de su vida, satisfecha de sus visitas y sus lujosos trajes, sin otro ideal que una joya nueva ó una banda con placa de brillantes, regalo del sultán, sin otros horizontes que las montañas de la ribera asiática, ni otros deberes que incubar nuevos turcos.
Los grandes pachás que envían sus hijos á correr Europa, han traído institutrices ingleses y francesas para sus hijas. Muchas de las tapadas que pasan en carruaje, delatando bajo sus orientales velos la frescura esbelta de los pocos años, la delgadez de una mujer en formación, desprecian las confituras, odian como perfume vulgar el aceite de rosas y consideran el bordado como obra de esclavas, sonriendo ante las obras de juventud que les enseñan con orgullo sus obesas madres. Tienen en una pieza del harem donde nacieron un piano de cola, en el que tocan los valses melancólicos de Chopín ó el último couplet de moda en París, y cerca del sonoro Erard una biblioteca llena de novelas inglesas y francesas. Algunas hasta han roto con la preocupación religiosa de la raza, que prohibe la reproducción de las formas vivas, y pintan acuarelas con palomos, flores ó barquitos.
Conozco á una francesa vieja, que vive hace muchos años en Constantinopla de dar lecciones de su idioma y entra diariamente en ricos haremes. ¡Las confidencias de estas pobres jóvenes, que han de vivir como las mujeres del tiempo de Mohamed II, y por la imprudencia de sus padres llevan bajo las vestiduras orientales la misma alma que una muchacha de París ó Londres!...
—Sabemos francés, sabemos inglés—dicen á la vieja confidente—. Tocamos el piano, cantamos, pintamos. ¿Para qué todo esto?... La mujer aprende para lucir sus conocimientos, para hacer vida de sociedad... para hablar con los hombres.
Y la pobre turca de moderno estilo sólo podrá hablar con uno, el que les designe su padre como esposo. Un día la adornarán de piedras preciosas y se casará con un joven turco, al que sólo habrá visto de lejos, al través de una celosía, y con el que cruzará la palabra por vez primera en el momento de ser su esposa. La llevarán á una casa nueva, en la que vivirá como única señora si su marido no ama las costumbres antiguas, ó en la que se confundirá con otras, iguales á ella en derechos, distintas á ella en alma, como si fuesen de otro planeta. Su madre se extrañará de sus lágrimas y melancolías. Así vivió ella, así vivieron sus abuelas y todas las honradas damas temerosas de Dios. Pero la madre era feliz, abroquelada en su santa ignorancia: no la habían hecho morder el fruto embriagador de la cultura occidental... Y la infeliz reclusa de las tradiciones de su pueblo, asustada ante el porvenir, y mientras llega el momento del matrimonio, se consuela con la lectura, y devora las novelas francesas que llenan los escaparates de las librerías de la gran calle de Pera.
Sus autores favoritos son los mismos de las damas europeas; novelistas elegantes y discretos que creen en Dios y sólo describen personajes con buenas rentas, faltos de ocupación y dedicados al amor. La pobre turca admira á la duquesa rubia y espiritual, que en cada capítulo luce un traje nuevo de Paquin ó de Doucet; se crispa con los dulces diálogos entre ella y el conde ó el artista de moda; se conmueve ante las «crisis de alma» que obligan á la noble señora á cambiar de amante todos los años; la sigue palpitante de emoción cuando á la caída de la tarde va cautelosa al estudio ó á la garçonniére de su nuevo ídolo, cubierta con espeso velo (lo que llaman los grandes modistos velo de adulterio); desfallece con la descripción de los sabios besos, en el saloncito caldeado discretamente por la chimenea, sobre cuyo mármol hay rosas, muchas rosas, como es de ritual en toda cita novelesca de personas que se respetan... y la pobre turquita acaba por abandonar el libro sobre sus rodillas, y queda con sus ojos de gacela pensativos y lacrimosos.
Esa es, indudablemente, la vida de las europeas: no puede ser otra, pues todos los libros dicen lo mismo. Ella sabe inglés y francés; ella toca en el piano cosas sentimentales; ella hablaría tan bien como la duquesa y la sentaría igual ó tal vez mejor el misterioso velo de la caída de la tarde. ¡Y tiene que acabar su vida en un harem, murmurando con las esclavas zafias y el eunuco negro, de risa infantil! ¡Y todos sus viajes serán al Bósforo asiático, ó cuando más á Brussa, en el mar de Mármara! ¡Y el conde de sus ensueños, el artista de complicadas pasiones, será un señor con el fez eternamente calado, que vivirá en una mitad de la misma casa ocupada por ella, que entrará y saldrá por distinta puerta, que tendrá diferente servidumbre, como si fuese un huésped, y sólo una ó dos veces por semana vendrá á tomar con ella varias tazas minúsculas de café, y fumará cigarrillo tras cigarrillo, pensando en el último gesto del Gran Señor y en las intrigas del Yildiz Kiosk!...
La virgen musulmana siente que un impulso de rebeldía rompe la costra de su mansedumbre oriental, y tiende sus brazos con un crispamiento de inmensa angustia, como si llamase en su auxilio el misterioso poder que convierte en paraíso la tierra maldita del Profeta, donde viven los giaoures.
—¡Oh Europa!... ¡París! ¡París!
Algunas, más audaces ó afortunadas, llegan á consumar la rebeldía. Las hay que han conseguido librarse por procedimientos novelescos de esta tierra, donde para entrar y salir se necesita pasaporte. Viven en el Paraíso soñado, en París, y repiten á la inversa la afición poligámica de sus ascendientes. En Constantinopla nadie quiere hablar de esto, como no sea para negarlo. El Gran Señor sufre enormes disgustos con estas fugas.
Hace poco tiempo, en un mitin feminista de Suiza, al que asistieron mujeres de todas las naciones, subió á la tribuna una joven de ojos orientales, que hablaba con facilidad varios idiomas, y se expresó con reconcentrado odio contra la tiranía masculina.
Era una parienta del sultán fugada del harem imperial.
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En Turquía todavía existe la venta de esclavas.
Yo quise cándidamente ver un mercado. No existe mercado. Desde que Inglaterra y otras potencias intervinieron en la vida interna de Turquía, se acabó la trata de esclavas. Los antiguos caravanserrallos, enormes posadas de vastos claustros donde hace cincuenta años se exhibían libres de velos los lotes de carne juvenil llegados de la Circasia, sólo están ocupados hoy por mercaderes de Trebisonda y Bagdad, que fuman su narghilé exhibiendo pacientemente los rollos de tapices y los cofrecitos repletos de piedras preciosas.
Las esclavas se guardan y se venden en las casas de los particulares. Todo turco á la antigua tiene una irresistible tendencia á la mercadería de carne femenil. Es una afición atávica heredada de sus ascendientes, invasores de reinos y bandidos del mar. Cuando un personaje de Stambul tiene un crédito por cobrar en las provincias de Asia, las más de las veces le paga éste con una pareja de niñas flacas, mal comidas, pero de espléndidos ojos, que á su vez ha adquirido de los padres, míseros montañeses de la Georgia.
Las pequeñas sirven de criadas de lujo en la casa de Stambul, hasta que la pubertad empieza á hinchar sus formas y el señor propone la mercancía á sus conocidos, verificándose la venta amigablemente, sin intervención alguna de los representantes de la ley.
Cuando se visita la morada de un turco á la antigua, salen á vuestro paso, en el departamento de los hombres, pequeñas niñas sin velo, con anchos calzones y la trenza colgando sobre la espalda, que os toman el sombrero y el bastón, dándoos la bienvenida como si fuesen hijas del dueño. Son las esclavas que esperan su hora para ser vendidas ó que acaban por pasar al harem del señor convertidas en esposas.
Las agentes de carne conocen las casas donde existen géneros, y todos los días hacen sus negocios. No sólo venden para los ciudadanos ricos de Constantinopla y de todos los vilayetos de Turquía, sino que mantienen negocios continuos con clientes de Egipto, Túnez y Marruecos. La circasiana y la georgiana siguen siendo, como en otros tiempos, el adorno elegante de todo harem respetable, y el género, impulsado por una continua demanda, parece multiplicarse con arreglo á las exigencias.
Ningún miedo acerca del porvenir, ningún terror futuro se transparenta en la límpida mirada de estas hermosas bestiezuelas, delgados capullos que esperan para esparcirse la tibia y cerrada atmósfera del harem. Son esclavas porque han costado dinero á los dueños, pero su suerte es igual á la de todas las mujeres turcas que nacieron libres. Siempre las compra algún otomano viejo, para unirlas al batallón de sus antiguas esposas ó para darlas á un hijo tan joven como ellas. Por poca influencia que ejerzan sobre el dueño, éste las convierte en mujeres legítimas, deseoso de establecer cierta igualdad entre sus hembras, medio seguro para conseguir en la casa una paz relativa. Muchas sultanas comenzaron siendo esclavas.
Los precios de estos animalillos de lujo, que viven alegres con una inconsciencia infantil hasta los días de la vejez fumando rubios cigarrillos en un diván, tragando confituras y haciendo danzar las babuchas amarillas sobre los pulgares de sus pies sonrosados, varían según los méritos del género.
Una muchacha defectuosa y de miembros secos puede adquirirse por quinientas pesetas. Las de buena dentadura, largo pelo, ojos grandes, y que prometen ensancharse de formas, hasta llegar á una gordura blanca, firme y sedosa, valen dos mil ó dos mil quinientas.
Un caballo turco, de escasa alzada, largas crines, cabezón y con inquietos remos, cuesta mucho más.
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Los eunucos son más caros.
En realidad no sirven para nada. Son seres de lujo, signos de poder y de riqueza para el amo. Equivalen á los lacayos que se exhiben majestuosos en los pescantes de los coches de Europa. Estorban al cochero las más de las veces, se pasean sin que los dueños necesiten casi nunca de sus servicios, molestan con su presencia estirada y solemne, pero ninguna persona rica puede pasarse sin ellos.
En otros tiempos, el turco celoso confiaba en la vigilancia de su eunuco, feroz guardador de las mujeres. Hoy es escéptico, sabe que estos hombres-hembras, por un irresistible impulso de su naturaleza neutra, aunque riñan con la mujer por celos femeniles acaban entendiéndose con ella y prestándose á toda clase de tercerías. Sin embargo, el eunuco negro sigue en favor, como una manifestación de poder y de riqueza. Es algo así como el blasón de armas de la casa, y los señores rivalizan en tenerlos agasajados y bien vestidos. Un harem no puede salir á la calle si no marcha escoltado por un par de eunucos de señorial aspecto. Cuando las mujeres van en carroza, los negros trotan junto á las portezuelas, jinetes en los mejores caballos del amo. Si de noche sale el rebaño femenil á hacer visita á otro harem, ellos marchan á la cabeza, por las solitarias calles de Stambul, garrote en mano y con grandes farolones que trazan en el camino una danza de pálidos resplandores y gesticulantes sombras.
El eunuco es el administrador que corre con los gastos de la casa; el intermediario obligado entre las esposas y el marido. El da el dinero para las compras, regatea con las mujeres, se muestra quisquilloso, avaro y gruñón, como no lo es nunca el turco. El esclavo chilla á las señoras, las empuja, es un gallo sin cresta que picotea continuamente á las habitantes del gallinero, y éstas, que temen sus delaciones y su malhumor, lo acarician como un niño grande, y acaban por reirse de él.
Sólo el sultán y los grandes personajes de la corte tienen un numeroso cortejo de eunucos. Los turcos de cierta posición se contentan con dos ó con uno solo.
Un eunuco cuesta casi una fortuna, pues escasean mucho.
Antes se fabricaban con mayor facilidad, y la abundancia rebajaba los precios.
En esta monstruosa deformación del hombre, ha habido sus modas. El arte de formar el eunuco ha progresado, pero extremando su crueldad. El refinamiento del turco en sus sospechas y sus celos, ha sido fatal para estos infelices negros, lúgubres mamarrachos, enormes como colosos, de rostro fiero, y con una vocecilla estridente y crispadora, semejante al chasquido de una caña que se rompe.
Antes les bastaba para cumplir su oficio con verse libres de las preciosas superfluidades cuya ausencia motiva, según dicen, la angélica voz de los cantores del Papa.
Pero algo quedaba en ellos, después de la monda, que constituía un motivo de perpetua alarma para los señores turcos. La mujer, ociosa y triste en el encierro, discurre mil diabluras: la eterna presencia del eunuco, único hombre compañero de clausura, la inspiraba según parece los más refinados ardides. Y echando mano á lo que aun podían encontrar, las malditas pasaban horas y horas recreándose en un entretenimiento sin fin, tranquila la conciencia porque no aumentaban ilegítimamente la prole del señor, pero faltando á la fidelidad descaradamente en el sagrado del hogar.
Los turcos, escamados por estos abusos, extreman actualmente la humana poda. Sobre los pobres negros, guardianes del honor, se abate una furia semejante á la de los leñadores de bosques vírgenes, que nada perdonan, echando abajo ramas y tronco. Su obscura piel es campo roturado y liso, en la que no queda el más leve rastro de frutos humanos.
La espeluznante operación la realizan los crueles fabricantes en negros de pocos años, allá en los arenales de Africa. Los cuerpos los hunden en el suelo hasta la cintura, y así permanece el operado semanas y meses, entre sus verdugos que le cuidan y le alimentan, hasta que la arena cicatriza la cuchillada atroz ó se les va por ella la sangre y el alma.
El noventa y cinco por ciento de los eunucos muere tras la cruenta amputación.
Por esto los que quedan son personajes poseídos de su importancia, influyentes en la vida turca, caprichosos é irresistibles, lo mismo que una tiple que se considera indispensable y precisa.
XXIX
Los derviches aulladores
En la orilla asiática de Constantinopla, entre el barrio puramente turco de Scutari, en el que no vive ningún europeo, y el cementerio que lleva el mismo nombre, vasta extensión bordeada de kioscos funerarios y sombreada por plátanos seculares, está la mezquita del Roufat, donde todos los jueves, á las dos de la tarde, celebran su ceremonia religiosa los derviches aulladores.
Esta mezquita no es grande y luminosa como la de Eyoub, donde los derviches danzantes voltean, como flores, sus pesadas faldas. La secta de los aulladores es sombría y feroz, y parece guardar en sus extraños ritos el alma fanática é implacable del antiguo turco, terror de Europa. Una sala baja y casi obscura, con el techo sostenido por columnas de madera, y desnuda de todo adorno arquitectónico, es el lugar de la ceremonia. En las paredes, algunos cartelones, con versículos del Korán, y unos negruzcos panderos. Sobre el tapiz que cubre el Mirab, una panoplia de armas antiguas, turcas é indias: espadas onduladas, cimitarras venerables, hachas de curva entrante y mazas erizadas de clavos.
Sobre la piel de cordero tendida en este sitio de honor, se sienta, con las piernas cruzadas, el imán, el gran sacerdote de los derviches aulladores, que ostenta en su turbante blanco la arrollada faja verde de los que se tienen por descendientes del Profeta.
Este imán es un árabe que goza de gran popularidad, aparte de su poder de hacer milagros, por ser el hombre más hermoso de Constantinopla. No he visto tipo más perfecto de la belleza semita. De regular estatura, parece, sin embargo, muy alto, por la gallardía de su cuerpo enjuto y ágil, en el cual el esqueleto sólo está revestido de los tejidos indispensables para la vida. Las facciones son de un moreno brillante, entre rojizo y verdoso; el mismo tono de los bronces florentinos. La nariz, aguileña y fina, avanza sobre una barba clara y rizosa, de un negro azulado, y los ojos, enormes y misteriosos, tienen una veladura de color de tabaco en sus córneas, que hace resaltar el fuego de las luminosas pupilas. Es un jinete de los desiertos arábigos, un pirata del mar de arena, un caballero andante de las soledades asiáticas, majestuoso y melancólico, que se ha dedicado á sacerdote y vive en la civilizada Constantinopla, rozándose con los europeos.
Las viajeras que ocupan las galerías de la mezquita contemplan con admiración á este Apolo árabe; pero él permanece inmóvil en la piel de cordero, envuelto en su sotana negra, por cuya abertura luce un rico chaleco de seda, de rayas menudas y multicolores. No sé por qué presiento que el jefe de los derviches aulladores, que forman la cofradía más fanática de Constantinopla, es un hombre enterado, sin ninguna fe en las ceremonias que preside. Tiene la expresión demasiado inteligente para creer en tales cosas. Un día, hablando de él con Constans, el embajador de Francia, éste rompió á reir, con la irreverencia de un viejo republicano:
—Le conozco mucho. Un blagueur. Lo que ustedes llaman un guasón. Un hombre inteligente que se amolda á las circunstancias.
Pero aunque este árabe majestuoso engañe á los suyos, no teniendo fe en los mismos ritos que ejecuta, hay en sus actos una gran nobleza. Es un buen turco, que cree necesario para la vida de su pueblo el mantenimiento de las tradiciones, y las sigue con solemne gravedad, sin creer en ellas.
Frente á él están los derviches, formados en fila, llevando sobre la cabeza, como distintivo de la cofradía, un solideo de fieltro, semejante á media corteza de coco. Unos son negros, medio desnudos, de lanuda cabellera y ojos diabólicos; otros, blancos, que conservan el traje de calle y parecen tenderos del inmediato barrio de Scutari.
Todos ellos repiten á coro una especie de letanía monótona, y balancean su cabeza adelante y atrás, como si estuviera muerta sobre los hombros, doblando al mismo tiempo el cuerpo por la cintura. Este vaivén continuo, acompañado de un canturreo semejante al de los niños en la escuela, acaba por dar una especie de vértigo. El sudor rueda por el cuerpo de los negros, cubriéndolos de una capa húmeda y goteante. Los blancos pierden por momentos su correcto exterior de burgueses. Los cuellos de camisa se arrugan y ennegrecen como trapos; las corbatas se esparcen deshechas; las cadenas de reloj saltan locas sobre el vientre, como si fuesen á romperse.
«¡La Ilah il Allah!», cantan los derviches con un furor creciente, extremando su loco vaivén de muñecos mecánicos, y el gran sacerdote los contempla inmóvil, como un maestro que preside su escuela, y cuando el movimiento parece debilitarse, hace una imperceptible señal á uno de sus acólitos, encogido junto á él, y éste grita y palmotea para acelerar el curso de la oración.
Formando una larga cadena, y apoyado cada uno en el hombro del vecino, los derviches se mueven, como un péndulo humano, á un lado y á otro, con monótona regularidad. Este balanceo, y la repetición monótona de su plegaria, parece embriagarles. Unos tienen los ojos casi salidos de las órbitas, con una expresión feroz. Otros los cierran, como si estuviesen dormidos, moviéndose y cantando en pleno ensueño. Los derviches empiezan á justificar su título de aulladores. La letanía se corta con gritos estridentes, verdaderos ladridos, que espeluznan de horror á los espectadores europeos. La movible cofradía semeja una aglomeración de fieras amaestradas. Sus voces no tienen ya nada de humano. Hay momentos en que parece que van á saltar las barandillas para morder á los occidentales curiosos, agrupados detrás de ellas.
De pronto, un golpe ensordecedor sobre la madera del pavimento. Un cuerpo que se desploma. El auditorio se estremece como ante la caída de un cadáver. Es un negro grande y enjuto, cubierto de sagrados harapos, que se revuelca en el suelo con los miembros torcidos, la boca espumosa y los ojos en blanco por un estrabismo loco. Según cuentan, este negro, que dentro de la mezquita parece un mendigo fanático, es capitán de caballería en el ejército del sultán. De su pecho oscilante sale un rugido, que es al mismo tiempo una queja de dulce agonía. ¡Allah hou!... Y en la crispación de su rostro lustroso, en su mirada completamente blanca, hay algo de éxtasis, como si contemplase á su Dios asomando entre esplendores de oro sobre las tiendas celestiales, en cuyas aberturas aguardan las huríes de redondas formas y húmedos ojos á los guerreros fieles del Profeta.
Tras el negro cae otro derviche, y luego otro. Ruedan sobre el entarimado los cuerpos, convulsos por la embriaguez hipnótica, lanzando aullidos espeluznantes. Las viajeras occidentales huyen desfallecidas, ocultando los ojos en el pañuelo, sintiendo que ellas también van á desplomarse á impulsos del excitado histerismo de su sexo; y mientras tanto, los derviches que aun se mantienen de pie se agitan cada vez con mayor ímpetu y desfiguran sus voces hasta convertirlas en ladridos.
Cerca de una hora dura esta pesadilla feroz, esta escena que parece de otro mundo.
Al fin, el gran sacerdote se mueve, hace un gesto y se rompe la fila de los derviches. Los que aun se mantienen de pie salen de la sala con paso vacilante, en pleno vértigo, para ir á secarse el sudor y tomar aliento en una pieza vecina. Los que están inertes en el suelo, como si durmiesen, son sacados á brazos.
Un ayudante del gran sacerdote entra en la mezquita llevando de la mano larga fila de niños y niñas. Todos se arrodillan ante el imán, esperando el momento de la curación. Vienen de los barrios más apartados de Constantinopla, han pasado el Bósforo, para llegar á la mezquita de los derviches aulladores. El gran sacerdote, descendiente del Profeta, venido de la misteriosa Arabia, donde reside toda sabiduría, cura con el soplo de su aliento y el contacto de sus pies. Unos á otros se transmiten, con el alto sacerdocio, este divino poder. Esto lo saben desde el sultán hasta el último hamal de los muelles del Cuerno de Oro.
Las criaturas se tienden boca abajo en el suelo de la mezquita. El hermoso imán se yergue despojándose de las babuchas, y apoyado en uno de sus ayudantes camina lentamente sobre los riñones de las criaturas. Poco debe pesar el enjuto y esbelto árabe, pero aun así parece imposible que no revienten estos cuerpecillos, que forman un pavimento animado bajo sus pies. ¡El noble y sereno gesto de resignación del hermoso sacerdote! ¡Su triste gravedad al volver á repasar sobre los cuerpos de los pequeños!...
Éstos se levantan, se sacuden, salen riendo y empujándose, como criaturas acostumbradas á venir todas las semanas, y para las cuales el viaje es una verdadera fiesta. No presentan ninguna enfermedad exterior. Parecen sanos y robustos. Sus padres quieren curarlos de embrujamientos é inapetencias, males de los que triunfa casi siempre el santo imán... con ayuda del tiempo. Después se prosternan ante él, implorando la huella de sus pies, hombres de todas clases; viejos cargadores, soldados y marineros.
Cerca de mí está sentado un joven turco, elegantemente vestido á la europea, con alto cuello, vistosa corbata y un gabán inglés á rayas. El fez es lo único que delata su nacionalidad. Tiene cara de alegre vividor, falto de escrúpulos; sus ojos son de fría insolencia; en su rostro lleva marcas recientes de enfermedades irrevelables. ¡Cómo reirá este turco ultramoderno de la credulidad de sus compatriotas!...
El imán, ocupado en marchar sobre los riñones de los fieles, lanza rápidas miradas á unas celosías tras las cuales se adivina cierta agitación, acompañada de sordo zumbido. Son las damas turcas que se impacientan. El sacerdote debe subir para la curación de las enfermas en una pieza aparte.
Acurrucado en la piel de cordero, se prepara á hacer su oración ante el Mirab antes de partir, cuando llega el último enfermo. Es el joven turco vestido á la inglesa, el elegante del gabán rayado, que se arrodilla compungido, brillantes de fe los audaces ojos.
El imán escucha con un gesto de inmensa misericordia la corta confesión de sus pecados y enfermedades. Le abraza, le sopla varias veces en los ojos y en la boca, sin perder su noble gravedad, y luego pasa varias veces sobre él, manteniéndose derecho en sus riñones con la calma de un filósofo, convencido de que la humanidad cobarde quiere ser engañada en sus dolores, y que la mentira es buena cuando puede servir de consuelo.
XXX
Libertad religiosa
En ninguna ciudad del mundo existe la libertad religiosa que en Constantinopla.
Los que confunden á todos los mahometanos en un concepto común, y creen que el fanático y cruel marroquí es semejante al turco, se extrañarán de esta afirmación; y sin embargo, nada más cierto. En Constantinopla viven todos los cultos con entera libertad y todos sus ministros gozan de igual respeto. El patriarca griego, el patriarca armenio, el gran rabino, el arzobispo armenio católico y el arzobispo católico romano, todos son funcionarios del imperio, iguales en respeto al gran imán y retribuídos por el emperador con generosa largueza, según el número de adeptos que cada religión cuenta en sus Estados.
Es más: el Comendador de los creyentes, el heredero del Profeta, que muchísimos occidentales se imaginan como un mahometano feroz é intolerante, tiene en su Consejo de Estado y entre los altos pachás que le rodean hombres de todas las religiones para poder atender á los diversos servicios sin lastimar las creencias de sus súditos.
Si ha de nombrar el gobernador del Líbano, elige siempre á un pachá católico, por ser ésta la religión de los pobladores de dicha provincia; si se trata de Samos ó cualquiera isla turca vecina al archipiélago, designa á un pachá griego; y así hace en los demás vilayetos de su vasto imperio.
Los turcos no sienten la fiebre del proselitismo. Á sus imanes no se les ocurre jamás catequizar á nadie. Es más: desprecian al renegado, y miran con inquietud al hombre que cambia de religión, aunque sea para abrazar la suya. Lo que ellos aman es el poder político, la dominación conquistadora, y les basta con que los hombres se sometan á su autoridad y sus leyes, sin importarles el secreto de su conciencia.
Siempre hablan con respeto de las religiones ajenas.
—Están equivocados—dice el viejo turco con superioridad bondadosa—. No conocen la verdad; pero al fin creen en Dios, que es lo importante, y le honran y glorifican á su manera, lo mismo que nosotros.
Los turcos sólo tienen un odio religioso, irracional y feroz: el odio al persa, musulmán que es para ellos un conjunto de todas las herejías y abominaciones: lo que el protestante para un católico rancio.
Los musulmanes de Persia, partidarios de la secta chiíta, que creen en el Profeta, pero le dan distintos descendientes, inspiran un odio irreductible al buen turco.
—¡Esos perros!—exclaman cuando ven un rostro de verde aceitunado, cubierto con gorro de astracán—. Los giaoures (los cristianos) no son culpables de sus errores. Siguen la religión que les enseñaron sus padres. ¡Pero esos persas, que conocieron la verdad y se apartaron de ella!...
Un desprecio invencible separa al turco del persa. Los numerosos súbditos del sha que viven en Constantinopla se ven rodeados de la general animadversión. Las guerras con Persia han sido siempre popularísimas en Turquía. Si no existiese la vigilancia de las grandes potencias y el llamado «equilibrio de las naciones», hace tiempo que el ejército del Padichá habría entrado vencedor en los palacios de Teherán.
Pero á pesar de este odio, que resulta implacable por lo mismo que se desarrolla entre próximos parientes, el persa goza en Constantinopla de una libertad absoluta. Cuando llega su cuaresma—cuaresma asiática, sanguinaria y salvaje—, los fieles se reunen públicamente para entregarse á crueles fiestas. Se azotan con látigos de hierro; se atraviesan las carnes con puñales; se hieren, al compás de los himnos, con agudos sables, hundiendo siempre las hojas entre los labios de la misma herida; danzan haciendo ondular sus blancas túnicas manchadas de sangre, aullan como poseídos, y el turco les contempla impasible, sin intervenir jamás en su delirio, alabando á Alláh omnipotente, que castiga á los enemigos con tales errores y locuras.
En los países que monopolizan el título de civilizados, en las naciones de mayor tolerancia religiosa, Inglaterra y los Estados Unidos, por ejemplo, los diversos cultos gozan de libertad, pero ven limitados sus derechos cuando intentan salir á la vía pública.
En Constantinopla la libertad es más completa, pues ni siquiera existe dicha limitación. La Gran Calle de Pera podría titularse la calle de las religiones. En la misma acera, y casi tocándose, existen una mezquita de derviches danzantes, la iglesia de San Antonio de los frailes franceses, el pequeño convento de franciscanos españoles de Jerusalén, dos sinagogas, un templo armenio, una capilla evangélica alemana y otra inglesa. El paseante ve al través de las grandes rejas de un ventanal túmulos venerables de viejo terciopelo, coronados de enormes turbantes y alumbrados por tenues lámparas; más allá un patio con claustros y una cruz en medio, á la sombra de árboles seculares: y al mismo tiempo que suena la campana del templo católico, se escapa por ciertas ventanas el coral luterano, lento y solemne, de los que cantan la gloria de Jesús libre de las corrupciones de Roma, y llega hasta la calle el ruido monótono de flautas y tamboriles que acompaña el baile de los derviches.
El turco, tolerante con todas las creencias, se detiene á la puerta de los templos, y por poco que insista el celo catequizador del sacristán ó el empleado que está á la entrada, penetra en ellos con una gravedad respetuosa. No se quita el fez, porque esto sería en él señal de menosprecio, y cubierto, asiste á las ceremonias de un culto que no es el suyo, con una rigidez respetuosa, sin parpadear, sin darse cuenta de la curiosidad que despierta entre los fieles.
Hay que oir hablar á un turco de sus visitas á los templos extraños, para darse cuenta de la gravedad con que trata la fe ajena. Allí no está Mohamed, el amado Profeta, pero hay algo de Alláh, poderoso señor cuyo poder reverencian los infieles, aunque indirectamente.
No hay miedo de que el contacto con las otras religiones perturbe la conciencia del turco, convirtiéndole. Si él no se preocupa de catequizar á los infieles, considerándolo tarea inútil, es porque los juzga con arreglo á su fe, inconmovible y á prueba de seducciones. Si á un turco llegan á convencerle de lo irracional de sus creencias, vivirá en completo escepticismo, será ateo, pero jamás se le ocurrirá reemplazar con una nueva religión las doctrinas muertas. La apostasía tiene para él una importancia más que religiosa: es renegar de la raza, de los padres y del nacimiento; una descalificación por toda la vida; una abyección incompatible con el honor.
Jamás mezcla el turco la religión del enemigo en los odios que le impulsan contra éste. Le combate y le extermina porque cree que desea apoderarse de su territorio, porque amenaza con quitarle el pan, porque es valeroso y arrogante como él y no pueden subsistir juntos; pero nunca porque adore á un Dios distinto del suyo. Tiene en poco aprecio al judío, porque es rapaz y de mala fe en sus tratos, á pesar de lo cual los hijos de Israel gozan aquí de una ciudadanía que les negaron en el resto del mundo. Ha degollado recientemente al armenio en las calles de Constantinopla, porque éste, más malicioso y activo, le arrebataba la hacienda y además soñaba con trastornar la sedentaria vida turca arrojando bombas de dinamita en mezquitas y calles. Le exterminó por rivalidad económica y por librarse de las angustias del terrorismo; no porque fuese cristiano. Mira con desconfianza al griego porque la religión cismática es la del ruso, eterno peligro de su patria, y porque tras sus melosas cortesías oculta el deseo de una sublevación general en los países de la antigua Grecia. Pero á pesar de todos estos odios, más ó menos justificados, jamás el populacho de Constantinopla, en sus terribles motines, ha penetrado en las sinagogas ni en los templos griegos y armenios. Mata al enemigo en las calles y se detiene respetuoso ante los umbrales de las iglesias, convencido de que allí, como en todos los lugares donde se reverencie á Dios, vive Alláh con distinto nombre.
Su fe religiosa, sincera, profunda, inconmovible, únicamente se permite cierta ironía despectiva ante la fe de los judíos y cristianos. Su pensamiento, un tanto primitivo, discurre en salvaje línea recta, sin desorientarse entre esas concesiones que enmarañan y retuercen nuestros razonamientos de civilizados.
Ellos tienen sus lugares santos en la Meca y Medina, y las dos ciudades venerables son suyas. Jamás un lugar donde puso sus pies el Profeta caerá en poder de los giaoures: antes morirán todos los creyentes. Europa se burla de la pobre Turquía, la explota, la escarnece, pero Turquía guarda su herencia de Dios. En cambio los pueblos civilizados hablan á todas horas de Cristo. Sus religiones, sus costumbres, sus leyes, todo está moldeado en el nombre y conforme al espíritu de un judío que hace muchos siglos vivió en Jerusalén... ¡Y Jerusalén, Belén y todos los lugares por donde paseó el hombre-dios, señor ahora de los pueblos más poderosos del planeta, siguen en poder del Comendador de los creyentes, del soberano de Constantinopla! ¿Para qué los grandes barcos que escupen fuego y muerte, los enormes ejércitos, las máquinas de mágico poder, las inmensas riquezas de los banqueros judíos, si la tumba del Dios de los unos y la ciudad santa de los otros continúa bajo el dominio del sucesor del Profeta?... El buen turco, pensando esto, sonríe, y cree firmemente en la grandeza de su religión y de su raza, ya que conserva en cautividad de siglos la cuna religiosa de los pueblos más fuertes de la tierra.
Su tolerancia, producto del carácter más que de la imposición de las leyes, es una manifestación de la bondad orgullosa con que el turco protege siempre al que considera débil. Nada le importa que las religiones extrañas se establezcan junto á las mezquitas y que salgan en sus ritos á las calles de Constantinopla. Las considera con la benévola sonrisa del guerrero que durante su descanso contempla un juego de niños; y las religiones se aprovechan de esta benevolencia, gozando de una libertad que no tienen en ninguna parte.
Desde la ventana de un hotel del barrio de Pera, he asistido al desfile de todas las religiones de Europa. Suenan graves cantos litúrgicos, acompañados de una calma repentina en los ruídos de la calle. Me asomo. Los carruajes de alquiler se han detenido junto á la acera: los turcos á caballo tiran de las riendas á sus cabalgaduras y se alínean á lo largo de la calle: los hamal, encorvados bajo sus cargas, y los simples transeuntes se agolpan junto á las paredes, formando dos masas de gorros rojos. Es un entierro. Al frente avanza la cruz, entre candelabros sostenidos por monaguillos, lo mismo que en los pueblos católicos. Detrás vienen en dos filas barbudos frailes, cantando el oficio de difuntos. Luego se agolpan, con grandes blandones encendidos ó disputándose el honor de llevar en hombros el féretro, un sinnúmero de súbditos otomanos, todos con el fez en la cabeza. Unos son católicos, otros no lo son, pero todos acompañan con fraternal piedad al amigo muerto, y se unen á los sacerdotes y los símbolos de la que fué su religión. Al pasar la cruz, los turcos parecen saludarla con sus ojos graves. Algunos se llevan una mano á la frente, acogiéndola con el solemne saludo oriental.
Tras el entierro católico, pasa una boda griega, con su charanga al frente, y el pope barbudo sentado junto á los novios; y el cortejo fúnebre de un niño de la misma religión, en el que marchan los parientes con sacos de bombones para obsequiar á los amigos cuando termine el sepelio; y un casamiento armenio, en el cual llevan los contrayentes enormes cirios labrados, verdaderos monumentos de cera, con rizadas volutas y prolijos capiteles. Y todas estas manifestaciones de los diversos cultos, con sus sacerdotes y sus ritos, sólo producen en la vía pública un movimiento de curiosidad, acompañado de cortés benevolencia.
La fiesta semanal de cada religión se observa con entera libertad. Los turcos, señores del país, son los que menos ocupan la atención de los otros: los que menos molestan á sus conciudadanos. El viernes (que es su domingo) pasaría inadvertido, á no ser por el movimiento de tropas y funcionarios que acompañan al Padichá en la fiesta del Sélamlik. El sábado, fiesta de los judíos, se cierran las principales tiendas de Constantinopla, más de la mitad de los puestos del Gran Bazar, y queda en suspenso una buena parte de la vida comercial. El domingo repican las campañas de los numerosos templos católicos de Galata y Pera, suena el armónium en las capillas evangélicas, ciérranse bancos y tiendas, y las gentes, endomingadas, van á misa ó á los oficios, lo mismo que en Europa, ante la mirada benévola del turco, que supeditado al poderoso occidental, se ve obligado á observar un nuevo día de fiesta.
De todas las religiones que existen en el imperio, la cristiana es la que parece más allegada á la simpatía del turco. Este habla de Jesuhá como de un profeta algo inferior al suyo, pero igualmente venerable: una especie de segundón de Mahoma. Es más: como el turco sabe poco de historia y su pensamiento espeso no tiene una noción clara de los años y la distancia, cree de buena fe que los dos vivieron á un mismo tiempo, que fueron grandes amigos y trabajaron juntos en la obra de Dios, aunque al final cada uno tomó distinta dirección.
En Constantinopla es popular la anécdota de un soldado turco, que entró en un templo católico durante la Semana Santa.
El soldado turco es lo más leal, lo más noblote, y al mismo tiempo lo más salvaje y duro de mollera que existe en el imperio. El servicio de las armas pesa únicamente sobre los otomanos musulmanes, y como á Turquía le quedan pocos territorios en Europa, comparados con los que poseía hace medio siglo, su ejército se nutre de reclutas extraídos de las entrañas del Asia, de las lejanas y bárbaras provincias. Son mocetones semisalvajes, silenciosos, de facciones rígidas y ojos inmóviles, como si estuviesen abstraídos continuamente en una laboriosa reflexión para comprender lo que les hablan. La ruda disciplina á la alemana y la severidad de unos oficiales que no se andan en contemplaciones, mantienen á estos soldados semibárbaros en una subordinación automática. Sólo así, bajo las amenazas del castigo, pueden vivir en una gran ciudad estos asiáticos, en cuyo interior dormita el alma de los hombres primitivos. En los tiempos en que se amotinaba el ejército turco, la soldadesca al correr libre por las calles de Constantinopla, violaba á las mujeres con una lubricidad feroz, excitados por la privación en el seno de una sociedad que mantiene recluídas á las hembras, y hacía sufrir á los hombres odiosos ultrajes, más que por vicio por menosprecio de raza. Hoy, que viven acuartelados y obedientes, sin el más leve intento de rebeldía, aun se permiten tímidos desmanes á impulsos de su ardorosa naturaleza oriental y del hambre del celibato. La mujer que es de su raza les inspira respeto y miedo, pero en las calles de Constantinopla se aprovechan de la confusión y el tránsito para tentar con bárbara galantería el dorso de todas las señoras vestidas á la europea.
Junto con este salvajismo, tienen una noble franqueza para confesar sus delitos. Jamás ha habido que castigar en masa á un regimiento. Cuando los oficiales, enterados del crimen de un soldado, preguntan á su gente quién es el autor y la amenazan con penas generales, el delincuente sale de las filas para marchar tal vez al cuadro de fusilamiento, resignado á morir antes de que sufran por su culpa los compañeros inocentes.
Este salvaje, disciplinado y uniformado á la alemana, es de una credulidad y de una ignorancia que hacen reir á las gentes. Deslumbrado por las maravillas de Constantinopla al llegar de su lejana aldea de Asia, todo lo cree posible, y escucha sin pestañear las más estupendas mentiras, limitándose á un mugido de asombro. Sobre su puro cerebro, surgen como débiles eflorescencias muy contadas ideas. Sólo indiscutible considera que Mohamed es el Profeta de la verdad, el Padichá el monarca más poderoso de la tierra, y los turcos los hombres más valerosos del mundo. Fuera de estas creencias, inconmovibles, lo demás lo acepta sin discusión, con la indiferencia de un pensamiento que no quiere darse el trabajo de funcionar.
Un Viernes Santo, cierto soldado turco, falto de distracción, sintióse atraído por una gran puerta del barrio de Pera. Entraba y salía el gentío europeo al través de ella, y en el fondo brillaban luces, como estrellas rojas en un cielo negro. Era un templo católico. El soldado entró, erguido el fez sobre la frente, llevándose á él una mano con expresión de respeto y examinando impasible los altares enlutados y el traje sombrío de los fieles.
Un europeo, de carácter alegre, conocedor del idioma turco, se unió á él para gozarse en su estupefacción y su ignorancia.
—¿Quién es ese?—preguntó el soldado señalando un cadáver tendido en rico lecho, cerca del altar mayor.
—Ese es Jesús que ha muerto. ¿Tú conoces á Jesús?... Jesuhá, el amigo de Mohamed, el hijo de María.
El mocetón, tras larga pausa reflexiva, movió la cabeza.
—¡Ah!... Jesuhá... hijo de Miryam... amigo de Mohamed... Conozco—dijo al fin, con la concisión del idioma turco.
Se acercó para contemplar de más cerca el sagrado cuerpo, y así permaneció mucho tiempo en rígida actitud de respeto, como si estuviese en presencia de su coronel. Sus ojos parecieron conmovidos al fijarse en las heridas sangrientas.
—¿Lo han matado?—preguntó.
—¿Quiénes?...
—Los judíos.
El buen osmanlí hizo un gesto como si no le sorprendiese la noticia. ¡Los judíos! ¡Las gentes malditas que viven allá en el barrio de Galata! ¿Quiénes otros podían ser?...
—¡Pobre Jesuhá!... ¿Y cómo fué?
El europeo, animado por la grave credulidad del turco, creyó del caso aumentar aun más su estupefacción.
—Iban juntos de camino, Mohamed y Jesuhá, predicando la gloria de Dios. Salieron los judíos á su encuentro. Mohamed pudo huir, pero el pobre Jesuhá, como era más débil, fué asesinado, y ahí le tienes.
Quedó en silencio el soldado.
—¿Y los judíos querían matar á Mohamed?...
El europeo lo afirmó varias veces, gozándose en las exclamaciones de asombro del crédulo mocetón.
—¡Ah! ¡Mohamed! ¡Querer matarle!
Cansado de contemplar el cadáver de Jesuhá y las gentes que se arrodillaban para besarle los pies, el soldado salió á la calle.
Los turcos tienen un sentido especial para reconocer al judío, aunque se vista á la europea. Lo olfatean, lo adivinan al través de toda clase de disfraces. Á los pocos pasos tropezó con un israelita. Impávido, con su flema de oriental, levantó el puño, y rodó el judío por el suelo con el rostro lleno de sangre. Un puñetazo de osmanlí es terrible. «Fuerte como un turco», dice el proverbio.
Se arremolinó la gente, surgieron en un instante numerosos correligionarios del caído, pues los israelitas están en todas partes para ayudarse, y la policía militar se apoderó del agresor, llevándolo al cuartel entre las vociferaciones y lamentos de la muchedumbre judía.
En el cuarto de banderas, los oficiales se asombraron del suceso. ¡Un buen soldado, que nunca había dado motivo de queja! «¿Por qué has hecho eso?»
El mozo, intimidado en presencia de sus superiores, balbuceó como el que repite una lección:
—Mohamed y Jesuhá iban juntos... Salieron judíos y mataron á Jesuhá... Mohamed huyó porque es fuerte y tiene buenas piernas. ¡Pero si llegan á alcanzarlo!...
Y como los oficiales rompieran á reir, asombrados de tanta simplicidad, el soldado añadió con la fe del buen creyente:
XXXI
Restos de Bizancio
La At Meidan, ó «Plaza de los Caballos», es el antiguo Hipódromo de Bizancio. Antes que el sultán Mahmoud reformase la vida turca á principios del siglo XIX, aquí venían los itchoglans ó pajes del Serrallo á ejercitarse en el manejo de la jabalina. Aquí también, en esta plaza, teatro tantas veces de las revueltas de los jenízaros, acabó el enérgico sultán con la terrible milicia que después de haber salvado á Turquía hacía imposible su existencia. Fué en 1826. Mahmoud dió á los jenízaros un gigantesco banquete en la Plaza de los Caballos, y á los postres cerráronse todas las bocacalles con regimientos fieles y numerosas baterías. Los cañones vomitaron metralla sobre la plaza, y en unos cuantos minutos perecieron aquellos guerreros feroces que habían hecho temible en Europa el nombre de Turquía.
La plaza es un rectángulo prolongado, que comunica por uno de sus extremos con otra plaza más pequeña, donde está Santa Sofía.
At-Meidan es el Agora del viejo Stambul. En los cafetuchos y pequeños puestos de la plaza se reunen á charlar tomando café ó pasando las cuentas del rosario los turcos más turcos de la ciudad; los tradicionalistas de grueso turbante y caftán multicolor, los derviches silenciosos de capa parda y gorro de fieltro, los imanes jóvenes, de rostro ascético, vestidos de negro, que permanecen con la mirada fija en el espacio, como si contemplasen la gloria de Alláh.
Todo un lado de la gran plaza lo ocupan un gran cuartel y el palacio de Justicia, flanqueado de sombrías prisiones. En el lado opuesto está la mezquita del sultán Ahmed, la más grande de Constantinopla por el terreno que ocupa, rodeada de muros con rejas que dejan ver los patios y jardines interiores, y coronada por seis minaretes blancos, altísimos y sutiles, con remates de oro.
En el centro de la plaza, siguiendo una línea que marca la divisoria de las antiguas arenas del Hipódromo, mantiénense en pie tres monumentos interesantes de la antigüedad: el Obelisco de Teodosio, la Columna Serpentina y la Pirámide Murada.
El Obelisco de Teodosio es padre venerable del de la plaza de la Concordia de París y de todas las agujas egipcias que adornan jardines en Inglaterra y los Estados Unidos. Fué el monarca bizantino el primero á quien se le ocurrió aprovechar para su propia gloria los monumentos con obscuros jeroglíficos extraídos del misterioso Egipto. Este Obelisco, enorme aguja de granito rosa, fué traído de Heliópolis y erigido en el centro del Hipódromo, sobre una base esculpida en honor de Teodosio. La base aun subsiste con sus altos relieves, que apenas han sufrido desgaste después de una existencia de diez y seis siglos. Las lluvias y el aire, más que la irreverencia de los hombres, han roído los salientes de las figuras, achatando sus rostros. Las escenas de la vida pública de Bizancio hace mil seiscientos años reviven en este monumento. En una de sus caras, Teodosio, con su esposa y sus hijos Arcadio y Honorio, muéstrase rodeado de toda la pompa oriental. Los cortesanos se prosternan á sus pies, y en el fondo, como espeso bosque, agrúpanse las lanzas de los pretorianos. En otra cara aparece erguido en el palco imperial, presidiendo los juegos del Circo. En otra recibe el homenaje de los enviados extranjeros. Y junto á estas escenas de la vida bizantina, vense esculpidas las máquinas, las grúas, los primitivos é ingeniosos artefactos que sirvieron en aquella época para erigir la pesada mole.
Algunos metros más allá álzase la Pirámide Murada, triste ruina que hace sonreir cuando se piensa en su pretencioso origen. El emperador Constantino Porfirogente, al erigirla, la llamó el Coloso, afirmando que era digno rival del de Rodas; pero hoy del pobre Coloso sólo queda un obelisco de piedra vulgar, sin adorno alguno. En otros tiempos estaba revestida, desde la base hasta el vértice, de gruesas láminas de bronce, que ciertamente le darían un aspecto deslumbrador. Pero llegaron los guerreros de la cuarta Cruzada, soldados de Dios que hicieron más daño á Constantinopla que los turcos, y tomando el bronce por oro, despojaron á la pirámide de su envoltura, dejándola en su desnudez actual.
De los tres monumentos del Hipódromo, el más antiguo é importante es la llamada Columna Serpentina. Maltratada por los hombres y los siglos; reducida á una tercera parte de su altura, rota y casi informe como un andrajo del pasado, da sin embargo la impresión de esos monumentos venerables en los que se admira más lo que no se ve que lo todavía visible. El suelo del Hipódromo, con las ruinas de la ciudad, el paso de los siglos y los temblores de tierra, se ha elevado más de tres metros, y la columna famosa, lo mismo que los otros monumentos del Hipódromo, está á cierta profundidad, en el fondo de un hoyo rodeado de barandilla.
Esta columna es el monumento más auténtico é importante que poseemos de la antigüedad griega. Fué fundida en Atenas para conmemorar la victoria de Platea sobre los persas, y la colocaron en el templo de Delfos, frente al gran altar. Representaba tres serpientes de bronce enlazadas tan estrechamente, que formaban á modo de un solo reptil, con tres cuerpos y tres cabezas. Los nombres de todas las ciudades griegas que tomaron parte en los gloriosos combates de Salamina y Platea, figuraban grabados en ella. Un trípode de oro consagrado á Apolo reposaba sobre las cabezas de las tres serpientes. Este trípode fué robado por los focios, pero la columna mantúvose intacta en Delfos hasta los tiempos de Constantino, en que éste la arrancó de la tierra sagrada de Grecia para embellecer su nueva ciudad del Bósforo.
Las mutilaciones de la Columna Serpentina datan de muchos siglos. El fanatismo cristiano de los bizantinos se ensañó en el monumento, viendo en las tres serpientes una obra del demonio. Varias veces el populacho la atacó con palos y piedras. En tiempos del emperador Teófilo, el patriarca de Constantinopla vino cauteloso una noche, y á martillazos rompió las cabezas de los reptiles. Solamente pudo destruir dos. Siglos después la superstición musulmana reemplazó al fanatismo cristiano.
Al entrar Mohamed II vencedor en Constantinopla, sobre su caballo ensangrentado, ebrio de cólera y de matanza, llegó á la plaza del Hipódromo, deteniéndose ante la triple serpiente, á la que tomó por un ídolo de los vencidos. ¡Pueblo execrable de infieles, adoradores del demonio!... Y lanzó su maza de guerra con tal fuerza contra la bestia, que partió la única cabeza que aun se mantenía intacta. Después de este acto—según cuenta la tradición turca—, una invasión de serpientes vivas se esparció por Constantinopla, y el pueblo, poseído de supersticioso terror, respetó y reparó el monumento. Pero los ladrones acabaron la obra destructora de la superstición. La columna tentó su codicia, se dedicaron á robar fragmentos de ella, y fué vendido como vulgar metal el bronce contemporáneo de Temístocles, que aun conservaba legibles los nombres de las treinta ciudades griegas que tomaron parte en la guerra contra los persas, las mismas que menciona Plutarco.
Para encontrar otros vestigios de la dominación bizantina en esta Constantinopla modificada por los turcos, hay que salir de ella y seguir el extenso recinto de sus murallas.
Más de ocho kilómetros de longitud tienen las antiguas fortificaciones de Bizancio. Se sale de Stambul en ferrocarril, y el tren atraviesa extensas campiñas con pueblos que no son más que barrios apartados de Constantinopla. Desde la ventanilla del vagón se ven tierras desoladas, pedazos de desierto, cementerios que se pierden de vista con sus pequeñas tumbas blancas y apretadas, como un rebaño inmóvil que en vano busca un hierbajo en la tierra árida. ¡Y todo este suelo muerto, hollado muy de tarde en tarde por los pies del hombre, fué la antigua Bizancio!...
El tren, después de detenerse en varias estaciones, llega al lugar de donde arrancan las murallas, á orillas del Mármara, para extenderse hasta las riberas del Cuerno de Oro, formando una línea de ocho kilómetros en la parte más ancha de la península triangular.
Al descender del vagón el viajero cae en una soledad de cementerio. Míseros bancales mal cultivados vegetan á la sombra de las murallas, que son enormes, rojizas, con profundos socavones, más semejantes á restos de un cataclismo geológico que á obra de los hombres. Los torreones que antiguamente la flanqueaban son informes montículos por los que trepan las plantas parásitas huyendo del matorral que rodea sus bases como una inundación sombría y pinchosa. Sobre sus plataformas, semejantes á bocas viejas, en las que sólo queda el diente aislado de algunas almenas, crecen higueras salvajes, árboles silvestres que tienen siglos, parias de la vegetación que hunden sus raíces en sillares y argamasa y viven de chupar el jugo de la piedra; parasoles verdes y frondosos que agitan su cúpula bajo el viento de la estepa, en esta soledad, libres del hombre.
La llamada Torre de Mármol descuella en la confusión de escombros rojos y obscura hojarasca, con el brillo de su nítida blancura. Está en la orilla del mar, ó más bien dicho, en el mismo mar. La emanación salitrosa del agua azul, el paso de los siglos, las inclemencias del cielo no han conseguido empañar ni modificar su blancura. La torre parece sonreir al reflejarse invertida en la glauca entraña del Mármara que riza sus blancos contornos. Los sillares son de pilastras de remotos templos, de columnas griegas, de lápidas sagradas. Vista de lejos parece de una sola pieza. De cerca revela el origen de sus materiales, en las inscripciones, los capiteles y las estrías arquitectónicas que aun se marcan en sus diversos sillares. Parece el fantasma gracioso de Bizancio surgiendo entre la destrucción, obra de siglos, y el aniquilamiento, obra del invasor. Su cúspide está limpia de melenas vegetales. Las semillas silvestres no han encontrado jugo vital en el pulido mármol. Abajo los blancos cimientos se hunden en las aguas profundas y las algas agarradas al mármol forman una cabellera verde y ondulante. ¡Chap!... ¡chap! susurran las olas del Mármara, con lento compás, al batir esta torre desde hace más de mil años; y los largos filamentos verdes se rizan estremecidos á cada vaivén de las aguas, y arriba responden las cigarras y los abejorros rozando sus chirriantes élitros en la rumorosa soledad. Y así vivirá aún, siglos y siglos, la Torre de Mármol, blanca como un panteón, olvidada de los tiempos en que lucían á sus pies las lanzas de los guerreros bizantinos, entraban en sus cámaras las damas del Bajo Imperio arrastrando túnicas bordadas, con escenas bíblicas. Apenas si presume ya este venerable monumento que existe el hombre. La vida humana sólo va á su encuentro de tarde en tarde, en forma de algún pelotón de viajeros que la fotografía de lejos. Ninguna nave atraca junto á sus muros, que aun guardan vestigios de anillas de bronce. Los barcos modernos son para ella leves manchas de humo que resbalan por el lomo remoto del mar solitario.
¿Cómo describir la gigantesca y aplastante monotonía de las murallas que partiendo de aquí van á buscar las aguas azules al otro lado de Stambul?... Media jornada se invierte en el viaje á lo largo de este recinto que un día fué la más imponente de las fortificaciones de la tierra, y hoy, visto de lejos, da la sensación de una barda de corral arruinada. Se marcha durante horas y horas viendo siempre á la derecha el murallón rojizo, flanqueado de torres. Á trechos, la obra está entera y ofrece un aspecto majestuoso: más allá cae en ruinas, y por las brechas se ven terrenos yermos ó blancos cementerios. Las puertas antiguas que aun abren paso entre los dos desiertos, á un lado y á otro de la muralla, parecen gargantas del vacío. La soledad y la muerte por todas partes. Á la izquierda, la tierra es una inmensa necrópolis. Los turcos ricos buscan su tumba en la santa colina de Eyoub, en los cementerios próximos al Bósforo ó en el inmenso de Scutari. Aquí vienen á pudrirse los pobres, los esclavos, los griegos, los armenios, todos los que no tienen fortuna ó una familia que vele por ellos.
Inmenso el cementerio, sin tapias que lo limiten ni escaseces de terreno que obligan á amontonar un cadáver sobre otro, cada muerto goza como dueño absoluto su pedazo de tierra; cada ficha funeraria marca sólo un cuerpo, y la necrópolis se extiende hasta perderse de vista, confundiendo sus mojoncillos de piedra con la línea del horizonte. Parece que un ejército incalculable, superior á toda imaginación, millones y millones de muertos, envuelven en apretado bloqueo á la ciudad antes de asaltar sus muros.
¡Los cementerios turcos!... En el corazón de Constantinopla, en el mismo barrio europeo de Pera, existen aún, sin que el transeunte se sienta impresionado al pasar junto á ellos. La muerte no tiene en Turquía el aspecto horripilante que en los países occidentales. Los que sobreviven recuerdan al difunto amado á todas horas, le lloran, pero nunca se les ocurre visitar la tumba que guarda sus despojos y cubrirla de adornos repugnantes. Este pueblo sabe que el ser perdido no está ya en la tierra, que su verdadera esencia no es lo que se pudre en el suelo, y olvida la tumba, no imitando á las gentes cristianas, extraños espiritualistas, falsos charlatanes de la inmortalidad del alma, que rinden á la materia en descomposición y al pelado esqueleto un culto casi igual al que los egipcios tributaban á sus momias.
Este olvido de los cuerpos da á los cementerios turcos el majestuoso encanto de la verdadera soledad. Los de Constantinopla y Stambul se ven frecuentados, porque sus arboledas y kioscos los convierten en lugares de recreo; pero los cementerios de los grandes muros son el verdadero campo de la muerte, el desierto de la nada. Se caminan leguas sin encontrar un ser viviente. Hasta los pájaros huyen espantados por la falta de vegetación: hasta los lagartos emigran de esta tierra seca, donde apenas crecen hierbas. Sobre el suelo no se ven más que tumbas y tumbas, todas semejantes, todas pequeñas, con una sobriedad serena y tranquila que despoja á la muerte de su aparato terrorífico. Son simples láminas de mármol, anchas y semicirculares por arriba, y estrechas abajo, clavadas en el suelo: una especie de corazones muy prolongados. El remate de cada uno de estos mojones indica el sexo y la calidad del cadáver. Las tumbas de las mujeres tienen esculpido en lo alto un grupo de flores; las de los sacerdotes un turbante; las de los simples ciudadanos un fez. Cuando la tumba es reciente, las flores están pintadas de oro y los gorros de rojo: las inscripciones de plácida resignación brillan doradas sobre un fondo verde, pero esto dura poco. Las lluvias y el viento devoran los colores, nadie viene á repararlos, y todos, pobres y ricos, santos y pecadores, hombres y mujeres, toman la amarillez uniforme del mármol en el gran abandono de la muerte.
Nadie transita en este bosque bajo, de pétreos matorrales, que se pierde de vista. De tarde en tarde se columbra, en lo más remoto del horizonte, el negro hormigueo de un grupo humano. Es un entierro. Bajarán el cadáver á la fosa, plantarán el mojón fúnebre y volverán las espaldas para no acordarse más del lugar donde dejaron los restos del muerto querido, cuya memoria llevan siempre en el pensamiento.
La soledad por todas partes: una soledad absoluta, sin huellas humanas, sin cantos de pájaros, sin estremecimientos de hierba, sin roce de insectos; un silencio de esterilidad y de muerte, como no se encuentra jamás en un paisaje europeo.
Este vacío fúnebre hace que la visita á las grandes murallas sea la única excursión de Constantinopla en la que se recomienda al viajero la necesidad de llevar armas. Cuando se tropieza con seres vivientes, el encuentro es más inquietante que la soledad. En un torreón acampan familias de zíngaros, de aspecto salvaje: diez ó doce torres más allá, unos cíclopes han instalado su fragua bajo un trozo de cúpula bizantina, pero sus ojos inquietantes de bandido revelan que viven de algo más que de batir el hierro. En las ruinas de los que fueron palacios de Paleólogos y Comennos, pululan los más inquietantes ejemplares de la mendicidad oriental; gentes roídas por la miseria y desfiguradas por las más atroces enfermedades; leprosos con media cara devorada por la putrefacción; ciegos que muestran sus órbitas sin globos, rojizas, piltrafosas, rodeadas de zumbantes moscardones; mujeres esqueléticas, comidas de piojos, que enseñan entre los harapos el flácido pellejo de sus pechos.
De hora en hora se ve en las murallas el túnel de una gran puerta. En otros siglos fueron espléndidos arcos de triunfo. Uno de ellos se llamó la Puerta Dorada. Aun quedan en el muro vestigios de águilas imperiales. Hoy nadie entra ni sale por ellas, y su profundo arco, ennegrecido por las hogueras, sirve de refugio á los vagabundos de las más extrañas nacionalidades.
Tristes restos que nada guardan de su pasado, son también las famosas Siete Torres, el Heptapyrgión de los emperadores griegos. Cuando llegaron los turcos era ya una ruina, y Mohamed el Conquistador lo reedificó, haciendo de él algo semejante á lo que fué la Bastilla para los reyes de Francia. Este castillo, en cuyos restos acampan hoy, como fieras ahuyentadas del trato humano, los mendigos y los vagabundos, era una de las fortalezas más famosas de Europa. Aquí encerraban los sultanes á los embajadores de Europa cuando entraban en guerra con sus naciones. Aquí permanecieron años y años los enviados de Venecia y Génova. Los jenízaros, omnipotentes pretorianos de la vieja Turquía, encerraban aquí á los sultanes destronados, ó los degollaban en el gran patio. Siete sultanes murieron en las Siete Torres, y es incontable el número de grandes visires y pachás cuyas cabezas se pudrieron enganchadas á las escarpias de las almenas. En uno de los patios del antiguo castillo, que es hoy una extensión de malezas limitada por ruinas, está el llamado Pozo de la sangre, donde se sumían los cuerpos de los decapitados. Otro patio se titulaba la Plaza de las cabezas, y los cráneos iban apilándose en él, después de las ejecuciones, hasta que el lúgubre montón llegaba á la altura de las almenas.
Nos alejamos de las Siete Torres siguiendo el monótono camino, á lo largo de las murallas, siempre entre ruinas y cementerios. Llevamos muchas horas de marcha. El recinto fortificado se extiende como una cinta roja sin fin, subiendo y bajando con las ondulaciones del terreno. Una puerta abandonada recuerda la muerte de Constantino Dragecés, el último emperador de Bizancio, valeroso é infortunado combatiente, que cayó de los muros y siguió luchando con su hacha de armas hasta desaparecer bajo un montón de cadáveres. Otro lugar evoca la muerte de Eyoub, el santo portaestandarte del Profeta, el compañero de Mohamed el Conquistador, que pereció en el sitio de la ciudad y dió su nombre al barrio del Cuerno de Oro.
Vamos aproximándonos al término de nuestro viaje. Aparecen en la desolada extensión grupos de habitaciones humanas, y entramos á descansar en el pequeño monasterio de Balouki. En sus criptas surge la fuente milagrosa de Zootocos, cuyas aguas obran prodigios, según los griegos. Es una cisterna, bajo cúpula sombría, en cuyo líquido nadan muchos peces rojos.
El monje griego que nos la enseña, relata la historia de la prodigiosa fuente; el famoso «milagro de los peces».
En el mismo instante que los turcos entraban por asalto en Constantinopla, un monje de este convento estaba friendo unos pescados. Otro monje, consternado por el suceso, se presentó en la puerta dándole la terrible noticia.
—¡Bah!—repuso el primero no admitiendo que Bizancio pudiera ser tomada—. Creeré en eso cuando vea á mis pescados saltar de la sartén.
Y los pescados saltaron, medio rojos y medio negros, pues sólo estaban fritos por un lado, y fueron á refugiarse en el agua de la cisterna, donde nadan aún.
El barbudo monje de ahora nos cuenta esta leyenda, simple hasta la estupidez, con grandes aspavientos dramáticos para demostrar su fe: pero indudablemente cree en ella lo mismo que nosotros.
Después, siguiendo la costumbre, nos hisopea con el agua prodigiosa, á guisa de bendición, y... tiende la mano.
He aquí el verdadero milagro de los peces. Este sí que es indiscutible.
Convertir en monedas las gotas de agua de la santa cisterna.