TERCERA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA
Alegremente vinieron nuestros pastores al fresco valle de la celebrada Elisa, y no menos se dividieron al salir dél, porque no quedó senda, atajo ni camino donde no sonassen voces acordadas, liras, rabeles, flautas y otros alegres instrumentos; solos Finea y Alfeo, como solos entraron por la vereda de los salces, camino poco usado, por ser áspero y estrecho, al principio dél dixo Finea: ¿Qué te ha parecido, Alfeo, de los pastores del Tajo? Tan bien, dixo Alfeo, que no te lo sabré decir: su gala es mucha; discreción y cortesía, grande, y lo que es habilidad y mesura, aventajado á cuanto he visto. Paréceme que de España lo mejor se recoge en estas selvas. Esso puedes creer, dixo Finea, que aunque lo natural dellas es bueno, todos essos ricos pastores que hoy has visto y essas pastoras de tanta gracia y hermosura, cuál es del Ebro, cuál del Tormes, Pisuerga, Henares, Guadiana, y algunos de donde, mudando nuestro Tajo el nombre, se llama Tejo; pero como el sitio es tan acomodado á la crianza de los ganados, á la labor de la tierra y á la recreación de la gente, muchos que aquí vienen por poco, se quedan por mucho, como á mí me ha sucedido y á ti creo que será otro tanto. No hará, pastora, dixo Alfeo, que aunque entiendo que no me estaba mal, véome impossibilitado para ello. ¿Qué podría yo hacer aquí, ó en qué entretendría el tiempo que no pareciesse feo á todos? Yo te lo diré, dixo Finea: lo que yo hago, ó lo que hace Siralvo, forastero pastor que aqui habita. Yo compré ovejas y cabras conforme á mi poco caudal, y con pocos zagales las apaciento. Siralvo, aunque pudo hacer otro tanto, gustó de entrar á soldada con el rabadán Mendino, por poder mudar lugar cuando gusto ó comodidad le viniesse, sin tener cosa que se lo estorbasse. ¿Quién es esse Siralvo? dixo Alfeo. Es un noble pastor, dixo Finea, de tu misma edad, honesto y de llaníssimo trato: amado generalmente de los pastores y pastoras de más y menos suerte, aunque hasta agora no se sabe de las suya más de lo que muestran sus respetos, que son buenos, y sus exercicios, de mucha virtud. ¿Cómo vería yo á Siralvo? dixo Alfeo. Bien fácilmente, dixo Finea; porque las cabañas de Mendino están muy cerca de aquí, y Siralvo por maravilla sale dellas, y más agora que está su radabán ausente y él no podrá apartarse del ganado. Assí hayas ventura, dixo Alfeo, que vamos allá. Vamos, pastor, dixo Finea; y volviendo el camino sobre la mano derecha, mientras Alfeo, agradeciendo á la serrana su voluntad y trabajo, ella nuevamente con amor se le ofrecia, llegaron á la fuente de Mendino, que poca distancia de las cabañas estaba, y á un lado della, cerca del arroyo, oyeron una flauta, que al son del agua y de los inquietos árboles acordadamente sonaba. Aquella flauta, dixo Finea, es de Siralvo, y si él canta, á buen tiempo hemos venido, que no es menos músico el pastor que enamorado, aunque él, no preciado desto, siempre busca la soledad para cantar sus versos. Oyámosle, dixo Alfeo, que no es possible que el aparejo tan conforme á su condición no le incite. Y con esto, sentándose los dos junto á la fuente casi á un punto, Siralvo, dejando la zampoña, comenzó á cantar aquestas rimas:
SIRALVO
Ojos á gloria de mis ojos hechos,
beldad inmensa en ojos abreviada,
rayos que heláis los más ardientes pechos,
hielos que derretís la nieve helada,
mares mansos de amor, bravos estrechos,
amigos, enemigos en celada,
volveos á mí, pues sólo con mirarme
podéis verme y oirme y ayudarme.
Si me miráis, veréis en mí, primero,
cuanto con Vos Amor hace y deshace;
si me escucháis, oiréis decir que muero,
y que es la vida que me satisface;
si me ayudáis, lo que pretendo y quiero,
que es alabaros, fácil se me hace;
en tan altas empressas alumbradme,
mis ojos, vedme, oídme y ayudadme.
Siendo verdad que el alma que me ampara
es sólo un rayo dessa luz pendiente,
cuando no me miráis, es cosa clara
que estoy del alma con que vivo ausente;
mas no tan presto á la marchita cara
vuelve la vuestra, soles de mi oriente,
cuando, el espíritu mío renovado,
quedo vivo, contento y mejorado.
La causa fuistes de mi devaneo,
y podéis serlo de mi buena andanza,
que si á vuestra beldad cansa el deseo,
vuestra color ofrece la esperanza,
esmeraldas preciosas, donde veo
más perfeción que el ser humano alcanza,
viva mi alma entre essas dos serenas
lumbres divinas, de vitorias llenas.
¡Cuánto mejor en vuestra compañía
que con la lira ó con el tierno canto,
pudiera Orfeo, el malhadado día,
robar la esposa al reino del quebranto!
pues la amorosa ardiente ánima mía,
al resplandor de vuestro viso santo
suspende tantas penas infernales,
Ojos verdes, rasgados, celestiales.
¿Sois celestiales, soberanos ojos?
Si que lo sois, aunque os alberga el suelo,
pues solas almas son vuestros despojos,
almas que os buscan como á propio cielo;
fundó el Amor sus gustos, sus enojos,
estableció su pena y su consuelo,
dejó las armas frágiles de tierra,
y escogió vuestra luz en paz y en guerra.
Estrellas, nortes, soles, que á la diestra
del Sol salís, por soles verdaderos,
si en cuanto el lugar cielo al mundo muestra,
no hay cosa que merezca pareceros,
¿quién verá sola una pestaña vuestra
que presuma, aun con muerte, mereceros?
Bástale á aquel que os ve, si os conociere,
morir, y ver que por miraros muere.
Pues los que os miran quedan condenados
á arder de amores si miráis piadosos
y á rabia eterna si volvéis airados,
ved si los que abrasáis son venturosos;
yo que con pensamientos inflamados,
Ojos, os miro, y con deseos rabiosos,
ó rabie, ó arda, ó muera, ó viva, al menos
no dejéis de mirarme, Ojos serenos.
Al revolver de vuestra luz serena,
se alegran monte y valle, llano y cumbre;
la triste noche de tinieblas llena,
halla su día en vuestra clara lumbre,
sois, Ojos, vida y muerte, gloria y pena;
el bien es natural; el mal, costumbre:
no más, Ojos, no más, que es agraviaros,
sola el alma os alabe, con amaros.
No tocó Siralvo al fin de la postrera estancia la flauta, como á las demás había hecho, pero rematóla con un terníssimo suspiro, y Alfeo y Finea, que con mucho gusto le habían escuchado, dexando la fuente se llegaron á él, saludándole con muy corteses palabras. ¿Qué caso, dixo Siralvo, te trae, Finea, por esta parte tan á deshora? Buscarte, Siralvo, dixo la graciosa serrana. Aquí me hallarás muy á tu voluntad, dixo Siralvo, y levantándose del suelo, echando al hombro el zurrón, todos tres se fueron llegando á la fresca fuente, y allí sentados, preguntó quién era el pastor que con ella venía. No dió lugar Finea á que Alfeo respondiesse; mas ella lo hizo de arte que Siralvo, muy contento de su venida y deseoso de saber su suerte, se le ofreció en lazo estrecho de amistad, á que Alfeo bastantemente correspondió en voluntad y razones. No se contentó Finea con esto, pero pidió á Siralvo que diesse orden en acomodar á Alfeo. Aquí estaban, dixo Siralvo, mil ovejas del gran rabadán Paciolo, que las guardaba Liardo, y ahora está con Sileno; este rebaño tiene cuatro zagales diligentes, cabaña nueva, instrumentos muy cumplidos, dehesa propia en que se apacienta y abrevaderos y corrales para él solo; estaba á mi cargo buscar un mayoral que le gobierne, y si Alfeo le quiere tomar al suyo, en cuanto yo le pudiere descuidar lo haré, con las mismas veras que lo ofrezco. Finea y Alfeo acetaron con grande agradecimiento la voluntad y obra de Siralvo; y contentíssima desto, le pareció á la serrana irse á su cabaña, y á los dos pastores hacerle compañía, y sin valer excusas, que ella dió para desviarles aquel cuidado, los tres comenzaron á caminar por la espessura, y la pastora á contar á Siralvo lo que en el valle de Elisa había passado, cuando Filardo, competidor de Pradelio, hacia ella venía cantando, con una voz llena de melodía y tristeza, y por no ser causa de que lo dexasse, apartándose entre los árboles con gran silencio, oyeron esta canción que no con menos espacio iba diciendo:
FILARDO
No por sospiros que deis,
corazón, descanso espero;
pero dé el alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
Estando la vida tal
de su tiempo bueno ausente,
que ser vida es acidente,
y cansarme es natural,
corazón, no alcanzaréis
con sospiros lo que quiero;
pero dé el alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
El rato que sospiráis,
descansárades siquiera,
cuando la vida no fuera
el fuego en que os abrasáis;
dad sospiros, y veréis
que el mejor es más ligero;
pero dé el alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
Un solo rayo os abrasa,
mas sus lugares son dos:
las llamas tocan en vos,
y en el alma está la brasa;
con sospiros la encendéis,
y el sospiro verdadero
es dar al alma el postrero,
y ella y Vos descansaréis.
No quiero yo, corazón,
quitaros el sospirar,
que sospiro podéis dar
que os valga por galardón;
si con sospiros movéis
la voluntad por quien muero,
sin dar el alma el postrero,
ella y Vos descansaréis.
No estaba muy confiado de merecer Filardo tanto bien (como sus versos decían), se ablandasse por tiempo la causa de su dolor, y assí el presente fué tanto, que, sin poder animarse, con los postreros acentos cayó en tierra. Siralvo con gran lástima y amor se le presentó, diciendo: ¿Qué es esto, Filardo mío, qué congoxa te mueve á tanto extremo? ¿Qué ha de ser, dixo Filardo, sino lo que siempre suele? ¿ó qué fatiga me puede descomponer, sino la que Filena me quisiere dar? ¿ó qué rato podré vivir sin que ella guste de atormentarme? ¡Maldita sea la hora en que nací para amalla, y maldito sea el hombre que nace para amar! Puesto estoy, Siralvo, en el profundo de las miserias de Amor, sin haber cosa de donde espere consuelo. Levántate amigo, dixo Siralvo, que aunque yo creo que tendrás razón, de tu propio humor eres congojoso; vente con nosotros, y dime tu pena, quizá no será tanta la causa como te parece. Como tú quizá, dijo Filardo, estás favorecido, parécete poco el mal ajeno. En cada jornada, dixo Siralvo, hay su legua de mal camino; pero menester es resistencia, si ha de haber perseverancia. Si Filena se descuidó en algo contigo, ya pensarás que el mundo es acabado: no la fatigues con quejas continuas, aunque la razón te sobre; no la pidas celos, aunque te arranquen el corazón, que la mujer apretada siempre desliza por donde peor nos está. Haz lo mismo que Pradelio, que donde quiera que la ve llega risueño y regocijado, y pone en fiesta á cuantos allí están, inventando juegos y danzas, y cualquier cosa que la pastorcilla haga alaba por buena. Créeme, que la primera fuerza que con mujeres se ha de probar es bien parecer, y un hombre marchito y trashojado viene á ofendellas, hasta ser demonio en su presencia. Basta pastor, dijo Filardo, hablas como sano en fin, y tus medicinas no son para el doliente: haga Filena conmigo lo que hace con Pradelio, verás cuál ando yo y cuál anda él. Mas, si desde que entró en el valle de Elisa hasta la salida, jamás dél partió los ojos ni los volvió á mirarme: ¿qué quieres que sienta? ¿ó qué sintieras tú si como yo la amaras? Doliérame, dixo Siralvo, mas á las veces una sinrazón notable suele desapassionar al más enamorado. Y aun indignar, dixo Filardo mas pássase essa ira en un momento y queda el triste que ama hecho un centro de dolores, donde creo que nunca la muerte viene por fuerza de los males, sino por contradición del que la teme, que á mí que la deseo, tan necessitado de su favor, niégamele; y niéguemele si quiere, que si nací para esto, yo no lo puedo excusar. ¿Qué ves, ingrata, en Pradelio más que en mí, sino lo que tú le das? ¿ó qué en mí menos que en él, sino lo que tú me quitas? Ayer pagada de mis servicios, y hoy de mi muerte, buen galardón lleva el que desea servir; tómate cuenta de lo que haces, y volverás por tí misma, si no olvidas del todo, á lo que te obliga tu propio valor. Passó Filardo, y dixo Finea: Assí veas á Filena tan de tu parte como deseas, que no te aflijas; mas saca la lira y canta un poco, y entretendrás tu dolor y nuestro camino. Gracia tienes, serrana, dixo el pastor: ¿cantar me mandas de gusto, viéndome morir? Pues haz como el cisne, dixo Finea, y lo que has de lamentar sea cantando, que no enternecerán menos tus querellas. Por castigarte de lo que pides, dixo Filardo, quiero cantar, serrana; y sacando la lira, con tres mil sospiros, en son triste, pero artificioso y suave, comenzó á decir Filardo:
FILARDO
Si á tanto llega el dolor
de sospechas y recelos,
no le llame nadie celos,
sino rabia del amor.
Dolor, que siempre está verde,
aunque vos más os sequéis,
y á donde quiera que estéis,
veis presente á quien os muerde;
mal que para su rigor
se conjuran hoy los cielos,
no le llame nadie celos,
sino rabia del amor.
Pues derriba una sospecha
la vida más poderosa,
y una presunción celosa
deja una gloria deshecha,
y á fuerza de su furor
se aborrecen los consuelos,
no la llame nadie celos,
sino rabia del amor.
No valen fuerzas ni mañas
contra mal tan inhumano,
porque el hambriento gusano
que se ceba en las entrañas,
allí vierte á su sabor
sus centellas y sus hielos;
no le llame nadie celos,
sino rabia del amor.
Si deste diente tocado
debe un corazón rabiar,
nadie lo podrá juzgar
sino aquél que lo ha probado;
yo que en medio del favor
gusté tan enormes duelos,
no puedo llamarlos celos,
sino rabia del amor.
Quien tal pide que tal pague, dixo Filardo al fin de su canción. Veis aquí, pastora, cuál estoy, y cuál está la lira, y cuál el canto. Assí estuviera tu corazón, dixo Finea, que, como cantas sin gusto, no te satisfaces á tí como á nosotros. Pues assí te ha parecido el pastor, págamelo en otro tanto, y di alguna canción de las que suele decir Filena, que, aunque poco ganoso de hacerlo ni excusarlo, quiero ver si hay en el mundo orejas que se muevan á mi ruego. Las mías, dixo Finea, prestas estarán á oirte y á obedecerte: toca la lira, que á tu son quiero cantar. No andaba tras esso, dixo Filardo; mas hágase lo que quieres. Tocando el instrumento, la serrana le acompañó diciendo assí:
FINEA
Del Amor y sus favores,
lo mejor
es no tratar con Amor.
Esme el cielo buen testigo,
del cual voy tras mi deseo,
do con mil muertes peleo,
teniendo un solo enemigo,
no durarán lo que digo,
y aún peor
los que tratan con Amor.
Verán su fé y su razón
escrita en letras de fuego,
y verán que su sossiego
es campo de altercación;
verán que su galardón,
el mejor
no tiene señal de Amor.
Juntamente llegó Finea al fin de su canción y á la puerta de su cabaña, donde halló á Dinarda y á Silvia que la esperaba, y allí despidiéndose los pastores con gran cortesía. Filardo, á ruego de Silvia, se quedó con ellas, y Alfeo y Siralvo tornaron por su camino. No querría, dixo Siralvo, cansarte con preguntas ni congojarte con mi deseo; pero no dexaré de decirte que holgara en extremo de saber quién y de dónde eres. Las alabanzas que de ti me dió la serrana, tu persona las confirma todas, y lo que tengo visto, bien basta para procurar tu amistad; pero ya sabes que entre amigos no es justo haber nada encubierto: préndote mi fe, que no te arrepientas jamás de lo que conmigo comunicares. Esso creo yo muy bien, dixo Alfeo, pero sabe que es mucho lo que hay que saber de mí, y si más hubiera, más supieras, que tu bondad, Siralvo, á esto y más me obliga. Tú sabrás que este hábito no es mío: pluguiera al cielo que desde mi nacimiento lo fuera, excusara las mayores desventuras que jamás han passado por hombre de mi suerte. Caballero soy, natural desta vecina Mantua, que por toda ella se ve el blasón de mi verdadero apellido, y más sabrás que pago en breves días con las setenas lo que muchos gocé de libertad y contento. No renuevas mi mal con tu pregunta, que siempre se está presente, ni me aflige tu voluntad, que bien enseñado estoy á no seguir la mía; mas porque temo cansarte con mi cuento largo y pesado, te suplico cuando lo estés me avises, que llevándolo en dos veces, quizá te bastará la fuerza y á mí el ánimo. Ser tú quien dices, dixo Siralvo, bien claro lo muestras, y conocer yo la merced que me haces, no lo dudes; y menos que es imposible cansarme de oir tus casos; mas yo sé, Alfeo, que el día ha sido hoy largo para tí, y será razón dar á la noche su parte hasta el alba, y entonces, habiendo tú reposado, podrás cumplir la promessa y oirme un rato, quizá seré ocasión de alivio á tu mal. No espero menos de ti, dixo Alfeo; y en estas y en otras agradables pláticas llegaron á las cabañas de Mendino, donde Alfeo fué albergado, y Siralvo, sin que él ni nadie lo sintiesse, tomó el camino de las huertas del rabadán Vandalio, donde Filida estaba, y á esta hora Siralvo con seguridad podía buscarla para oirla ó verla desde aparte. Poco tardó en llegar el enamorado pastor, pero rato había que la hermosíssima Filida reposaba. Triste y despechado se halló Siralvo por su tardanza, y sentándose al pie de un olmo, junto al ancho y rico albergo, se dejó transportar en un profundo pensamiento, de manera que, sin sentirlo él, fué sentido, recordando con sus sospiros á Florela, hermosa y discreta pastora de la casa de Vandalio, y tan amada de Filida, que en su mismo aposento se albergaba; bien conocía los sospiros de Siralvo, y muchas veces deseó que Filida los sintiesse y admitiesse la voluntad del pastor, allí donde infinitas y de grande estima eran despreciadas. Dexó el lecho Florela, y mal vestida salió donde halló á Siralvo, que vuelto en sí se levantaba para irse. ¿Qué venida es ésta? dixo Florela. La mía no sé, dixo Siralvo; pero la tuya mi remedio será, porque te certifico que estaba á punto de acabarme. Consuélame, pues siempre lo haces, y no hay quien pueda hacerlo sino tú. Deja el pesar, dixo Florela, que si esta noche vinieras á la hora que sueles, pudieras ver y oir á Filida en el lugar que estamos. Buena manera, dixo Siralvo, es essa de consuelo. ¡Maldita sea mi tardanza, que soy el más desazonado de los hombres! Bien le bastaría al que ama una pequeña sepultura donde passasse el tiempo que resta de sus contentos, para que cuidados ajenos no le estorbassen los suyos. Vinieron á mi cabaña Filardo y Finea, y otro pastor forastero, y cuando dellos me pude librar, hallo la pérdida que ves. Descongójate, dixo la pastora, que por lo menos sabrá Filida tu sentimiento, y vente conmigo, que tengo grandes cosas que contarte, y este lugar no me parece muy seguro, que poco ha andaban por aquí pastores de Vandalio buscando unos mastines. Vamos donde quisieres, dixo Siralvo, y siguiendo á Florela entraron por un camino estrecho que dividía dos huertos, y entre las ramas que de ellos salían, que casi el camino cegaban, los dos se sentaron, y la pastora comenzó diciendo: ¿Qué tanto amas á Filida, Siralvo? Á esse grado, dixo el pastor, no llegó mi propio sentimiento. ¿De manera, dixo la pastora, que te parece mucho lo que la amas? Sí, mientras no la veo, dixo Siralvo; que llegado á miralla no me parece possible amarla lo que se le debe. ¿Pues quién te ataja la voluntad, dixo Florela, para no pagar essa obligación? Un corazón de hombre, dixo Siralvo, con que la amo, impossibilitado á pagar deuda tan superior. Mucho me agrada tu fe, dixo Florela, y ten cierto que toda la debes como la pagas, que aunque te parezca que Filida guarda su punto más que las otras mujeres, pues es la mejor de todas, no hay exceso en esto, y al fin sólo has bastado en lo que nadie ha sido parte: no se desgusta de que la veas, y allánase á leer tus versos y oir tus querellas cuando tú se las das, á yo por ti. Ves aquí una carta de Carpino que le envió con Silvia, y no la quiso leer ni recebir, y yo por mostrártela se la tomé á Silvia. No me encarezcas, dixo Siralvo, mi buena fortuna, que para conocer el bien que tengo no es menester que le pierda: yo lo sé en más cosas de las que tú me dices. Pésame que hayas tomado esse papel, que no pensará Carpino que le quieres para tu gusto, sino para el de Filida. En esta respuesta lo verá, dixo Florela, y sacando la carta, fácilmente á la luna vió Siralvo que decía:
CARTA
Vive Amor, dulce señora,
y vivirá en mi cuidado,
al natural retratado,
del que en nuestros ojos mora,
que holgara de callar
si pudiera, mas no puedo;
con Amor sin culpa quedo,
con vos lo querría quedar.
Vuestra hermosura vi,
y luego mi muerte en ella,
que cualquiera parte della
tocó al arma contra mí;
ojos, frente, manos, boca,
que al ser humano excedéis,
tate, dije, no os juntéis
tantos á empresa tan poca.
Prendiéronme juntamente,
sin mostrar desto desdén:
vuestra voluntad también
se quiso hallar presente;
viendo que merecimiento
faltaba de parte mía,
puse yo lo que tenía,
que fué mi consentimiento.
Á la sazón que el Amor
me prendió desta manera,
la montaña y la ribera
sin hoja estaba y sin flor,
y cuando os llegué á mirar,
mostróme Amor de su mano
el más felice verano
que el cielo puede mostrar.
Mas apenas fué llegada
vuestra ausencia fiera y cruda,
cuando mi verano muda
su fuerza en sazón helada;
y assí será hasta ver
la luz dessos claros ojos,
que entonces estos abrojos
flores tornarán á ser.
Pues, esmeraldas divinas,
lumbre generosa y alma,
desterrad ya de mi alma
tan rigurosas espinas,
que aunque ella siempre os adora,
y veros en sí merece,
sabed que se compadece
deste cuerpo donde mora.
Llevó mis passos ventura,
pensándome despeñar,
y heme venido á hallar
en minas de hermosura;
tan soberana riqueza,
tesoros tan extremados,
no permitáis que, hallados,
se me tornen en pobreza.
Por ventura á mis razones,
aunque ciertas desmandadas,
vuestras orejas, usadas
á más agradables sones,
tomarán alteración,
y la púrpura y la nieve
que en nuestras mejillas llueve,
crecerán por mi ocasión.
Señora, no lo hagáis,
reid y burlad de mí;
haced cuenta que nací
para que vos os riáis;
mas no, pastora, no sea
tomada en burla la fe
que en vuestra beldad juré
y en mi alma se recrea.
No hay en mí cosa valida
que os ponga en obligación
de estimar esta afición
que estimo en más que la vida:
loaros es ofenderos;
serviros, ¿quién llega allí?
y si os quiero más que á mí,
ya voy pagado en quereros.
Ninguna cosa he hallado
que merecer pueda dar
de desearos mirar,
si no es haberos mirado;
porque aquel conocimiento
de vuestro sumo valor,
es la dignidad mayor
que cabe en merecimiento.
Ya veis que fuistes nacida
por milagro de natura;
sedlo también de ventura,
y hacelde en mi humilde vida,
y vénganse luego á mí
los más bien afortunados;
volverán desconsolados,
muertos de envidia de mí.
¿Qué nos enseña en la tierra
el cielo por sobrescrito
de aquel poder que, infinito,
todo lo abarca y encierra?
¿qué pinta imaginación?
¿qué descubre ingenio ó arte
que llegue á la menor parte
de vuestra gran perfeción?
Juntáronse tierra y cielo
á poneros sus señales;
con las dotes celestiales
y las mejores del suelo
hizoos tan perfeta Dios,
que lo que es menos espanta,
y á mí dé ventura tanta,
que venga á morir por vos.
Yo sé que, si lo que os quiero
acertara á encarecer,
os pudiera enternecer
aunque fuérades de acero;
mas de lo poco que muestro
podéis ver mi mucho amor,
y que con ira ó favor
me firmaré: Siempre vuestro.
Enamorado está Carpino dixo Siralvo al fin de la carta, y, para decir verdad, no me hace muy buen gusto. Siempre vosotros, dixo Filena, querríades que la que amáis no pareciesse bien á nadie. Mal recado tendría yo, dixo Siralvo, si esso quisiesse; que á la belleza de Filida los cielos se enamoran, los hombres se admiran y pienso que las fieras se amansan. ¡Oh, Florela, qué excesivas ventajas puso Dios en ella sobre cuantas viven! Pues la condición, Siralvo, dixo Florela, yo te prometo que no es menos buena que su hermosura; tiene una falta, que no es discreta, á lo menos como las otras mujeres, porque su entendimiento es de varón muy maduro y muy probado, aquella profundidad en las virtudes y en las artes, aquella constancia de pecho á las dos caras de fortuna. ¿Y la gracia, pastora? dixo Siralvo. No me hables en esso, dixo Florela, que con ser yo mujer, me veo con ella mil veces alcanzada de amores; su limpieza y aseo, liberalidad y trato, ¿dónde se hallará? Amala, Siralvo, y ámela el mundo, que no hay en él cosa tan puesta en razón. Mas dime, ¿qué papel era el que le emviastes anoche, que no me acordé de pedirsele? Florela, dixo Siralvo, era un retrato en versos que yo le hice. Dímele, pastor, dixo Florela, que aun podría yo pagártele en otro de pintura suyo, que hizo el lusitano Coelio, padre de Belisa: mira si será extremado. También lo será la paga, dixo Siralvo, y por que no la excuses, oye el que yo hice, que el uno y el otro sé yo que cuando á Filida no se parezca, menos habrá quién se parezca á ellos, pues de tan rico dechado no saldrá labor que en otra pueda hallarse.
SIRALVO
Ya que me faltan para dibuxaros
pincel divino y mano soberana,
y no la presunción de retrataros,
con mal cortada péñola liviana,
de mis entrañas quiero trasladaros,
donde os pintó el Amor, con tanta gana,
que, por no ser á su primor ingrato,
se quedó por alcaide del retrato.
Ricas madexas de inmortal tesoro,
cadenas vivas, cuyos lazos bellos
no se preciaron de imitar al oro,
porque apenas el oro es sombra dellos:
luz y alegría que en tinieblas lloro,
ébano fino, tales sois, cabellos,
que aunque mil muertes muera quien os mira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Campo agradable, cielo milagroso,
hermosa frente, en cuyo señorío
goza la vista un Mayo deleitoso
y el corazón un riguroso Estío;
nieve, blanco jazmín, marfil precioso,
fuego, espina cruel, espejo mío,
pues la beldad en vos de sí se admira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Ojos, de aquella eterna luz maestra
de donde mana estotra luz visible,
que la noche y el día, el cielo muestra,
de aquélla fuistes hechos, y es possible
ser verde el rayo de la lumbre vuestra:
para hacer vuestro poder sufrible,
ora miréis con mansedumbre ó ira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Si distinto elemento el primor fuera
de la tierra, del agua, el aire, el fuego,
bella nariz, vos fuérades su esfera,
pues doquiera que estéis se halla luego
centro de la belleza verdadera,
donde la perfeción goza sossiego
y en quien naturaleza se remira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Sale la esposa de Titón bordando
de leche y sangre el ancho y limpio cielo;
van por monte y por sierra matizando
oro y aljófar, rosa y lirio el suelo,
vuestra labor, mejillas, imitando,
que, llenas de beldal y de consuelo,
dicen las Gracias puestas á la mira:
dichosa el alma que por vos sospira.
Puede humana invención, en breve y poca
materia, dibujar parte por parte
el cielo todo, soberano boca;
mas no de vos la más pequeña parte,
ámbar, perlas, rubí, cristal de roca,
que confudido habeis ingenio y arte;
espíritu que por tal gloria respira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Cuello gentil, coluna limpia y pura
por quien Amor un Hércules tornado,
por fin del Mundo y de la hermosura
sobre esse monte ilustre os ha plantado
pues en vos se remata la ventura,
y en vos sólo el deseo está amarrado,
aunque esperanza á vuelo se retira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Jardín nevado, cuyo tierno fruto
dos pomas son de plata no tocada,
do las almas golosas á pie enjuto
para nunca salir hallan entrada,
que el crudo Amor, como hortelano astuto,
allí se acoge y prende allí en celada;
si á tal prisión de vuestro grado aspira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Hermosa mano, rigurosa y dina
de atar las del Amor en lazo estrecho,
á cuya fuerza la mayor se inclina
y el más exento y libre paga pecho:
pues veros es bastante medicina
del corazón, por vos mil partes hecho,
siendo la mano con que Amor nos tira,
dichosa el alma que por vos sospira.
Donaire, gala, discreción, sujeto,
secretos solo al alma revelados,
quién fuera tan dichoso y tan discreto
que os viera encarecidos gozados;
ya que tan alto don no me prometo,
ni me conceden tanto bien los Hados,
pues todo el ser del mundo en vos espira,
dichosa el alma que por vos sospira.
¡Oh, cómo está el retrato boníssimo!, dixo Florela; y sacando de la manga una cajuela de marfil, aquí está, prosiguio, el que hizo el lusitano: una ventaja hace el tuyo á éste, que se puede oir sin verse; más otra hace éste al tuyo, que se puede conocer sin oirse. Tómale, pastor; que en nadie del mundo estará más seguro que en ti, y yo sé que Filida holgará de que tú le tengas. A la fe, Florela, dixo Siralvo, como ella sabe que tengo el original en el alma, no se recelará de que traya el traslado en el seno. Essa es la verdadera, dixo Florela; mas ya ves, si alguno te lo viesse, cómo sería caso peligroso. Descuida, pastora, dixo Siralvo, y abriendo la caja, vido á la luna su sol. Por gran rato estuvo elevado en él, y cuando su turbación le dió lugar, assí dixo, puestos en él los ojos:
SIRALVO
Divino rostro, en quien está sellado
el postrer punto del primor del suelo,
pues de aquel, en quien tanto puso el cielo,
tanto el pincel humano ha trasladado.
Rostro divino, fuiste retratado
del que Natura fabricó de hielo,
ó del que amor, passando el mortal velo,
con vivo fuego en mí dejó estampado.
Divino rostro, el alma que encendiste,
y los ojos que helaste en tu figura,
por ti responden y por ellos creo;
Rostro divino, que de entrambos fuiste
sacado, en condición y en hermosura,
pues tiemblo y ardo el punto que te veo.
Lo que hace un buen sujeto, dixo Florela; no me ha contentado menos el Soneto que las Estancias; escríbemele, Siralvo, en estas memorias que son de Filida y quiero que le vea. Assí lo hizo el pastor, y pareciéndoles que ya la noche tenía muy vecina la mañana, con gran amor se despidieron. La pastora volvió al aposento de Filida, y el pastor á la cabaña donde quedó Alfeo, y hallándole dormido, se puso junto á él á esperar que recordasse, donde el Sueño, parece que agraviado de lo poco que dél curaba, llegó con gran silencio y le bañó el rostro de un licor suavíssimo, con que Siralvo quedó por gran espacio trasportado, hasta que Alfeo recordó, y á su movimiento Siralvo dexó el sueño y el lugar, y saliendo á la puerta del albergue halló el Sol extendido por el monte y su ganado por la dehesa, y antes que la calor se lo impidiesse, dió vuelta á las demás cabañas, y dexando orden en todas, para todo, volvió á la suya, donde ya Alfeo levantado le esperaba; allí passaron dulces y agradables pláticas, y después de haber visitado los zurrones, se bajaron á la fuente, acomodado y fresco lugar para su propósito, donde sin dar lugar Alfeo á que Siralvo le preguntasse, desta manera comenzó su Cuento:
ALFEO
Sabe el cielo, Andria, que cuantas señales doy de vivo son para mí nueva muerte, después que de mi vida y de tu fe tan mala cuenta diste: pues mira si el quexarme de ti será mi gusto, ó cómo lo excusaré contra el poder de tu crueldad. Yo soy el mismo que levantaste y desvaneciste, y tú eres sola quien me pudo hacer bien ó mal, sin haber en la tierra otra parte de dó venir me pudiesse; ya tu bien no le quiero, que sé cuán poco dura; tu mal me basta para que hartes en mí tu condición terrible. Yo fuí, Siralvo mío, el primero de los dichosos, y soy de los desdichados el postrero, porque jamás vendrá desdicha como la mía. Vime hasta la edad de veinte años tan señor de mí, que jamás mis cuidados salían de mi contento, no porque viviesse tan sencillamente que no procurasse parecer bien y ser querido, pero con una libertad sobre todo, que jamás Amor ni Fortuna me dieron mala comida. Era mi estancia en la Corte, y mis entretenimientos, amigos, caballos y caza, música y libros, á que principalmente era inclinado: las liviandades del mundo passaban por mí sin dejar señal ninguna; pero cansado Amor de mis burlas y Fortuna de mis veras, armáronme un poderoso lazo en la hermosura de Andria, por lo menos, donde tropecé y caí de manera que nunca me he levantado. Es Andria de clara generación y caudalosos parientes, de hermosura sin igual, de habilidad raríssima, moza de dieciocho años y de más ligero corazón que la hoja al viento. ¡Oh qué mal viene, Andria, lo uno con lo otro! Ya que era forzoso tener algo para mostrarnos que eres del suelo, no fuera tan contra nuestras almas y vidas; quitara el cielo del fino oro de tu cabeza, del cristal puro de tu frente, de la inmensa luz de tus ojos, del vivo rubín de tus labios; hiciera menos buenas las perlas de tu boca; descompusiera la rosa y el jazmín de tus mexillas; de essa gracia y habilidad tan altas cercenara un poco y un mucho pudiera, y quedar tú bastante á prender y nunca soltar; mas no quiso, pastor, sino que probasse yo lo que pruebo. No se mostró esquiva Andria á mis deseos, ni gasté mucho tiempo en procurar sus favores, ni cuando vinieron los sentí como solía otros muchos de que sin trabajo había triunfado. Vime en un punto cautivo, de manera que contento ni gusto, si de Andria no venía, me podía recrear. Retiréme de mis amigos y deudos, dejé la caza y los libros, fundé todo mi deleite en los papeles de Andria y en visitar su calle y en verla las horas hurtadas que ella me concedía. No fué menos lo que Andria sentía por mí ni lo que menos me dañó; porque retirada de cuanto le solía dar contento, fué notada en su casa y más en las ajenas, y muchos, prendados de su amor (hombres de suerte y caudal), procuraron saber la causa de su novedad, y á pocos lances la hallaron en mí. Luego comenzaron las assechanzas, los chismes y las mentiras, cartas falsas contra Andria, amenazas contra mí. Día me amaneció en que mil veces deseé la muerte, porque Andria, apretada de amigos y parientes, se enfriaba conmigo en verme y escribirme, y yo á cada cosa más encendido por ella, viendo levantarse montes de estorbos contra mi contento, no hallaba remedio de valerme; ya las horas de verla y de oirla estaban impossibilitadas; sus Letras, pocas y de estilo caído; forzado deste dolor, con su licencia me ausenté de mi casa, y caminando por los passos de la muerte, Andria me hizo buscar y me volvió á la passada vida, atropellando cuantos estorbos é inconvenientes se ofrecían; pero todo esto para más mal, porque en medio desta felicidad comenzaron de uno y otro lado á combatirme celos y sospechas. ¡Oh crueles enemigos del alma y de la vida! ¿de qué servían aquí mis quejas? De indignarla conmigo y de sufrir mil agravios para volver en su gracia, de no dormir assechando, de no hablar viendo y de no ver llorando mis desventuras. ¡Oh, cuántas veces me despedí del cielo, y vuelto á los abismos invoqué los infernales! y en medio deste furor llamaba á Andria y con un breve papel de su mano quedaba sossegado mi corazón, hasta que ocasión nueva tornaba á verter en mis venas la cruel ponzoña de los celos. Día hubo que, después de haberme jurado con gran ternura y amor que solo en la tierra me amaba y todo lo demás que hacía era fingido y de ningún efeto, estando yo alentándome en mi casa y contradiciendo lo que veían mis ojos y oían mis oídos, me envió á pedir cuantos papeles tenía suyos y otras prendecillas de su mano que yo estimaba más que á mi corazón, y partiéndoseme en mil partes, le obedecí sin réplica, y á la noche, cuando me disponía al sueño de la muerte, me tornó mis caras prendas, culpándose de su ímpetu. Mil veces la indigné con lo que le solía agradar, y otras mil la injurié honrándola; y no es, Siralvo, esto lo peor que por mí ha passado: mis trabajos y mis celos con verme en su memoria se aliviaban; pero cansóse de todo y olvidóse de su honra y de mi fe, y juntó en mi pecho todas las penas del infierno, dolor, espanto y desesperación; halléme sin ella y sin mí, porque lo procuré remediar y no pude: busqué medios lícitos, no me bastaron; hice supersticiones, no me valieron; llamé la muerte, no me oyó; dolíme del alma, y por esso no me privé de la vida; determinéme á mudar lugar; mira, Siralvo, qué huésped te ha venido, para tu recreación, tan importante. Ereslo tanto, dixo Siralvo, que no te lo sabré encarecer. Lastimado me ha mucho tu mal, mas no es possible que la sinrazón de Andria no pare en gran consuelo tuyo. Afrenta es amar á tan varia mujer. ¿De qué sirve ahí la hermosura y discreción, alto linaje y los favores colmados, si todo es sin proporción de bondad? Yo sé de mi corazón que sabe amar á veces más de lo que le está bien, pero en tu causa mejor supiera valerse que el tuyo. No te quiero aconsejar que la olvides, que esto no será en tu mano; ni que te alegres, porque nadie es tan señor de sus tristezas que, cuando vienen, las pueda tomar ó dexar: sólo encargo que no se aparten de tu memoria los agravios que Andria te hubiere hecho y la fe con que siempre la amaste, y cuando su hermosura te salteare, acuérdate que della procedió el mal que has passado y pasas. Si quieres proseguir con tu disfraz y tomar el rebaño del gran Paciolo, no te será contrario el ejercicio para tu mal, y si quieres estarte en mi cabaña, della y de mí podrás hacer á tu gusto. Todo cuanto dices me le da muy grande, dixo Alfeo, y por ahora contigo me quiero estar, que entiendo que has de ser el solo consuelo de mis daños; mas no se gaste toda nuestra plática en tristeza y desventura, alégrala con algo de tu parte, debajo de fé, que te será guardada con la mayor del mundo. Gran cosa me pides, dixo Siralvo; pero, pues en essas se han de ver los amigos, óyeme, Alfeo:
SIRALVO
Tú sabes que yo no soy natural desta ribera; mis bisabuelos en la de Adaja apacentaron, y allí hallaron y dejaron claras y antiquísimas insignias de su nombre, son las alas de un águila de plata sobre color de cielo, que de inmemorial es blasón suyo. Mis abuelos y padres, trasladados al Henares, me criaron en su ribera, y de allí yo, por favorable estrella, bebo las aguas del Tajo. Bien habrás oído nombrar á Filida, aquella en cuya hermosura y bondad, como en claríssimo espejo, resplandece la virtud de sus mayores, y sabrás que dexó las aguas de su pequeño río, anchas y felicíssimas por su nacimiento, y engrandeció con su presencia las del dorado Tajo en los ricos albergues de Vandalio, donde por deudo vive la sola señora de mi voluntad; que á lugar tan alto volaron mis pensamientos, y en él permanecen sin despeñarse. ¿Quién hay, dixo Alfeo, que la ignore? ¿en qué Corte ó Ciudad, en qué montaña ó camino no se celebra la sin par Filida? ¿Pero dime, pastor, ella sabe que la amas? Sí sabe, dixo Siralvo, que pues he comenzado á descubrirme contigo (cosa que jamás pensé), no quiero dejar nada para otro día. ¿Y dime, dixo Alfeo, estima tu voluntad? No soy, dixo Siralvo, tan desvanecido que quiera tanto como eso: basta que no se ofenda de que la ame, para morir contento por su amor. Alguno ha tenido fuerza en la tierra para espantarla toda, y no ventura para que allí se admita su voluntad; pues ¿quién presumirá ganar aquella plaza? Sola podría mi fe, por su grandeza; yo la amo sobre todas las riquezas que Dios ha criado, y ella sabe dónde llega mi amor, y no fuera Filida quien es si despreciara esta obra fabricada de su mismo poder. No es locura mi intención, aunque en mil cosas lo parezca, ni fuera desvalor suyo valerla, pues sola se puede ser digna de esta gloria, y como la mía no la puede haber en lo terreno, digo que no le pido á Filida que me ame, pero que vivo contentíssimo con que no se desguste de mi amor. No pienses, Alfeo, que por vivir en los campos donde, en buena razón, la malicia debería ser menos, lo debe ser el recato. Grandes son mis inconvenientes, grandes mis peligros y grandes mis enemigos, de los que, en competencia, miran la beldad de Filida; no me peno mucho, aunque ellos lo son en caudal y en suerte, sin haber en el mundo otros mejores; pero yo sé cómo vuelven desta empresa los pastores de Vandalio; éstos son grandes contrarios á mis contentos, pues por ellos pierdo el verla muchas veces, siendo su dulcíssima presencia principio y fin de mis deseos. Ves aquí mi suerte, y ves aquí mi vida, y ves aquí la voluntad que te tengo, pues tan abiertamente te he manifestado lo más íntimo de mi pecho. Plega al cielo, dixo Alfeo, de conservar tu vida sin que la sin par Filida de tu bien se canse. El mismo, dixo Siralvo, alegre la tuya, de suerte que de la ingrata Andria te veas con entera satisfacción; y ahora, por mi contento, cantemos un poco, Alfeo, que por el tuyo se hará luego lo que ordenares. Y sacando la lira, Siralvo comenzó á cantar y Alfeo á responder:
SIRALVO
¡Oh, más hermosa á mis ojos
que el florido mes de Abril;
más agradable y gentil,
que la rosa en los abrojos;
más lozana
que parra fértil temprana;
más clara y resplandeciente
que al parecer del Oriente
la mañana!
ALFEO
¡Oh, más contraria á mi vida
que el pedrisco á las espigas;
más que las viejas ortigas
intratable y dessabrida;
más pujante
que herida penetrante;
más soberbia que el pavón;
más dura de corazón
que el diamante!
SIRALVO
¡Más dulce y apetitosa
que la manzana primera;
más graciosa y placentera
que la fuente bulliciosa;
más serena
que la luna clara y llena;
más blanca y más colorada
que clavelina esmaltada
de azucena!
ALFEO
¡Más fuerte que envejecida
montaña, al mar contrapuesta;
más fiera que en la floresta
la brava ossa herida;
más exenta
que fortuna; más violenta
que rayo del cielo airado;
más sorda que el mar turbado
con tormenta!
SIRALVO
¡Más alegre sobre grave
que sol tras la tempestad;
y de mayor suavidad
que el viento fresco y suave;
más que goma
tierna y blanda; cuando assoma,
más vigilante y artera
que la grulla, y más sincera
que paloma!
ALFEO
¡Más fugaz que la corriente
entre la menuda hierba,
y más veloz que la cierva
que los cazadores siente;
más helada
que la nieve soterrada
en los senos de la tierra;
más áspera que la sierra
no labrada!
SIRALVO
¡Filida, tu gran beldad,
porque agraviada no quede,
ser comparada no puede
sino sola á tu beldad;
ser tan buena,
por ley y razón se ordena,
y en razón ni ley no siento
quien tenga merecimiento
de tu pena!
ALFEO
¡Andria, contra mí se esmalta
cuanta virtud hay en tí,
donde sólo para mí
lo que sobra es lo que falta,
y porfías;
si te sigo, te desvías,
persíguesme si me guardo,
y cuando yo más me ardo
más te enfrías!
Prosiguiendo en su canción, los dos pastores quedaron tendidos sobre la menuda hierba, suspensos, oyendo la diversidad de aves que cantaban junto á sus oídos, el manso arroyo que de la fuente salía, á cuyo son, las manos en las mejillas, se adurmieron. Duerman, dejémoslos, que en siendo hora, no les faltarán amigos que los recuerden, y cuando no lo hagan, cuidados tienen ellos que lo sabrán hacer.