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Orígenes de la novela, Tomo II cover

Orígenes de la novela, Tomo II

Chapter 68: QUINTA PARTE DEL PASTOR DE FILIDA
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About This Book

Una introducción crítica traza el desarrollo de la narrativa breve hispánica y su relación con modelos europeos, examinando géneros, fuentes, temas y técnicas narrativas. Seguidamente se ofrecen ediciones transcritas de cuentos y novelas de los siglos XV y XVI acompañadas de notas y aparato crítico que comentan estilo, léxico, ortografía y rasgos tipográficos. El volumen explica los criterios de transcripción adoptados, preserva intencionalmente errores y variantes cuando ayudan a la comprensión histórica, y contextualiza cada texto para mostrar cómo circulaban influencias y fórmulas narrativas en ese periodo.

QUINTA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA

No es possible que á todos agrade el campo, los árboles y las hierbas; mas ya sabemos que las selvas fueron dignas de resonar en las orejas de los cónsules: la diferencia es salir el son de la zampoña de Titiro ó de la mía; mas esto tiene su descuento, que de más y menos se ordena el mundo, tan aína hallaremos quien oya el tamboril de Baco como la lira de Apolo. Haré una cosa dificultosa para mí, pero fácil para todos, que será passar en silencio lo que nos queda del florido Abril y del rico y deleitoso Mayo, donde nuestros pastores entre sus bienes y sus males con Fortuna y Amor, perdiendo y ganando, passaron cosas dignas de más cuenta que la que yo agora hago. Porque Pradelio y Filena en este tiempo, entre mucho dulzor, hallaron mucho acíbar, el pastor celoso y perdido y la pastora apremiada y confusa. Fanio y Finea fueron creciendo en las voluntades, hasta hacerse de dos almas una. Ergasto y Licio trujeron á Celio, y hallaron á Silvia enamorada, no se puede decir de quién, que cuando se sepa, será un notable hechizo de Amor; y lo que sin lágrimas no podré contar, aquella sin par nacida, principio y fin de la humana hermosura (que por estos nombres bien puede entenderse el suyo), oprimida de su bondad natural y del conocimiento de su valor, dexó los bienes, negó los deudos y despreció la libertad, consagróse á la casta Diana y llevóse tras sí á los montes la riqueza y hermosura de los campos: pues al cuitado pastor que más que á sí la amaba, nada nuevo la pudo llevar; porque el alma dada se la tenía, pero dexóle en lugar de su dulcíssima presencia una noche de eterno dolor y llanto en que ocupado passaba la mezquina vida. No buscaba los montes, porque no osaba; no seguía la ribera, porque le afligía; lo más del tiempo, solo en su cabaña entre memorias crueles, esperaba la muerte, y si alguna vez salía, no por la sombra de los árboles ni por la frescura de las fuentes, pero por riscos y collados, donde el sol de Junio abrasaba la desierta arena, sobre ella tendido llamaba en vano á la hermosa Filida, y entre estas lamentaciones, un día, sentado sobre el tronco seco de un acebo, repentinamente sacó el rabel que estaba tan olvidado, y los ojos tiernos y helados, que se pudiera juzgar que no veía, desta manera acompañó sus lágrimas:

SIRALVO

Filida ilustre, más que el sol hermosa,
sol de mi alma, sin razón ausente
destos húmidos ojos anublados,
¿cuándo veré la cristalina fuente?
¿Cuándo el jazmín? ¿Cuándo el color de rosa
con los dos claros ojos eclipsados?
¿Cuándo piensas romper estos nublados
y mostrarnos el día,
Filida, dulce mía?
Si en algún tiempo á los desconsolados
mancilla hubiste, tenla de mi pena;
cesse tan triste ausencia,
que en tu presencia la fatiga es buena.

Filida, tú te fuiste, que de otra arte
estar ausentes no fuera possible,
porque nunca de ti yo me apartara.
Que ni acidentes de dolor terrible
ni peligros de muerte fueran parte
para partirme de tu dulce cara.
Ven, no te muestres á mi amor avara;
que si gusto te diera,
Filida, si bien fuera,
entre tigres de Hircania te buscara;
mi mal me hace que á mi bien no acierte,
y estando tú escondida,
busco la vida y topo con la muerte.

Filida, mira con quién vivo ausente;
mira de quién estoy acompañado
y lo que saco de su compañía.
La esperanza ligera, el mal pesado,
el bien passado con el mal presente
y el interés morir en mi porfía;
mas si yo viesse un venturoso día
en que tu rostro viesse,
Filida, aunque muriesse
¡por cuán vivo y dichoso me tendría!
Mas ay de mí, que temo más que espero:
temo que si hay tardanza,
esta esperanza morirá primero.

Filida, cuantas lágrimas envío,
no son ya tanto porque no te veo
cuanto porque jamás espero verte;
no sé si tiene culpa mi desseo,
bien sé que tiene pena, y yo lo fío,
que al que espera salud, no hay dolor fuerte;
¿qué juzgarías que perdí en perderte?
Perdí la misma vida,
Filida mía querida,
que en tu ausencia no es vida, sino muerte;
perdí los ojos, que sin ti los niego,
y negarlos conviene,
pues quien los tiene y no te mira es ciego.

Filida, tal quedé de ti apartado
cual sin el alma el cuerpo, ó cual la nave
sin marinero, ó cual sin sol el día;
muriendo aprendo, ciencia harto grave,
á conocer un buen y un mal estado,
y cuánto va de un es á un ser solía;
edificando estoy de noche y día
labores sin cimiento:
Filida el argumento;
y el oficial mi vana fantasía;
mas en siendo la torre levantada
trazada á mi deseo,
luego la veo por tierra derribada.

Filida mía, consuelo de mi alma,
más agradable que la luz serena
y muy más que la misma vida cara,
¿dónde suena tu canto de sirena?
¿Quién goza tu amistad sincera y alma?
¿Dónde se mira tu hermosa cara?
¡Oh! cuán de veras me ha costado cara
la lumbre de los ojos,
Filida, que mis ojos
de espaldas ven el bien, el mal de cara,
la triste vida que posseo me culpa,
y ella misma me pena:
sufra la pena quien causó la culpa.

Filida, en tanto que el sereno Apolo
ciñe nuestro horizonte, y entre tanto
que le da cuna el húmido Neptuno,
mis ojos, no en reposo, mas en llanto,
su oficio es llorar solo, y como solo
á solas estas rocas importuno,
excúsome que sepa ya ninguno
vida tan trabajosa.
Filida mía hermosa,
si contasse mis males de uno en uno,
corta sería la vida, el tiempo, el modo,
corto el entendimiento,
que mi tormento no se entiende todo.

Filida, viva ó muera, llore ó ría
ó trabaje ó repose, ó duerma ó vele,
ora tema, ora espere y dude y crea,
ha de estar firme lo que siempre suele,
firme el querer y firme la porfía
del que mirarte y no otro bien desea.
Escrito está en mi alma, allí se lea,
tu nombre y mi deseo.
Filida, allí te veo,
mas haz que con mis ojos hoy te vea;
míralos viudos, tristes y enlutados,
coronados de nieblas,
con las tinieblas por Amor casados.

Ya falta aliento al espíritu cansado
que vencen las passiones,
Filida, y las razones
con mi seca ventura se han helado;
muero, y si quieres que contento muera,
doquier que estés, señora,
acoge agora mi razón postrera.

Apenas Siralvo puso fin á su afligida canción, cuando, llamado de un súbito ruido, volvió los ojos al monte, y por la falda dél vido venir un ligero ciervo herido de dos saetas en el lado izquierdo, sangrientas las blancas plumas, y tan veloz en su carrera, que sólo el viento se le podía comparar, y á poco rato que entró por la espessura del bosque, por las pisadas que él había traído llegaron dos gallardas cazadoras, que con presuroso vuelo le venían siguiendo. Descalzos traían los blancos pies y desnudos los hermosos brazos; sueltos los cabellos que, como fino oro, al viento se esparcían; blanco cendal y tela de fina plata cubrían sus gentiles cuerpos, las aljabas abiertas y los arcos colgando. Pues ahora, sabed que la una destas era Florela, que juntamente con Filida seguía los montes de Diana, y como vido á Siralvo, casi forzada de amor y compassión le dixo: Pastor, ¿has visto por aquí un ciervo herido que poco ha baxaba de la altura deste monte? Sí he visto, respondió Siralvo lleno de turbación de ver quién se lo preguntaba. Pues guíanos, pastor, dixo la cazadora, que las saetas que lleva nuestras son y tuya será parte de los despojos. No respondió Siralvo, pero atónito y contento tomó la senda del bosque, obligándolas á correr más que solían, y después que gran rato anduvieron por la espessura, á un lado oyeron bramar el ciervo, y acercándose á él se hallaron cerca de una fuente, que al pie de un pino salía, asiendo de la hierba sobre el agua. Prestamente, Siralvo le asió por los anchos cuernos y con el puñal le cortó las piernas, con que quedó tendido al pie del árbol. Las cazadoras, contentas con la presa, pidieron á Siralvo que le quitasse los cuernos y los pusiesse en lo alto del pino en tanto que ellas se alentaban de la larga carrera. Poco tardó Siralvo en hacer esto y menos Florela en hablarle cuando á la compañera vió dormida. Siralvo mío, le dixo, ¿qué buena suerte te ha traído por donde yo te topasse? Esa, dixo Siralvo, mía sola la puedes llamar, si siendo tan buena puede ser de quien tan mala como yo la tiene. Esso me enoja, dixo Florela; viva Filida y contenta; tú en su gracia, ¿cómo puedes quexarte de tu suerte? Desde ahora, dixo Siralvo, mal contado me sería que sé de ti tales nuevas; pero ausente de su hermosura y ignorante de su contento, desesperado del mío, ¿cómo juzgas, Florela, que yo podría estar? Como tú dices, respondió la cazadora; pero porque á ti y á Filida no ofendas, te certifico dos cosas: la una, su gusto, y la otra, tu favor; mira si es razón que basten contra tus melancolías y vuelvas al tiempo de tus deleites, pues que nunca ha habido mudanza en la causa dellos, ya que en el estado la haya. ¿Esso te parece poco, dixo Siralvo, una privación continua de ver su beldad como solía? Pues sabe que aunque los ojos del ánima nunca de Filida se apartan, éstos que la vieron y no la ven bastantes enemigos son para aguar mis consuelos. ¿Y si yo hago, dixo Florela, que la veas? Harías conmigo, dixo Siralvo, más que el cielo, pues lo que él me niega tú me lo dabas. Pues alégrate, pastor, dixo Florela, y vete en buen hora, que me importa quedar aquí; mira qué quieres que le diga á Filida, que de la misma arte se lo diré. Dile, Florela, dixo el pastor, que aquella misma vida que en virtud de sus ojos se sustentaba, está ahora en su ausencia. ¿Qué más le diré? dixo Florela. Dile más, dixo Siralvo, que se fué y me dexó; y basta, que ella sabe más de lo que tú y yo le podemos decir. Lo que ves en mi cara le podrás contar, y el bien que me hubiere de hacer sea á tiempo que aproveche, porque me llama la muerte muy aprissa, y aunque ahora por ti entretendré la vida, si tardas en confirmarla no sé qué será de mí. Pierde cuidado, pastor, dixo Florela, que yo le tendré como verás; con lo cual Siralvo se partió della, y por pensar mejor en su sucesso, entró por lo más espesso del bosque, entre temor y esperanza, lleno de turbación, y sentándose en aquella soledad sombría oyó un sospiro tan tierno que le juzgó por proprio suyo. ¡Oh, sospiros míos, dixo Siralvo, si será possible que algún día lleguéis á las orejas de Filida, y vosotros, tristes ojos, veáis en los suyos vuestra lumbre verdadera! Resuma el cielo en este solo bien cuantos pensare hacerme, Aqui Siralvo quedó suspenso consigo, y á poco rato oyó otro sospiro muy más tierno, y volviendo los ojos á la parte donde había salido, por entre la espessura de sus ramas vió un bulto que no determinó si de pastor ó de pastora fuesse, y levantándose en pie, lo más quedo que pudo se fué acercando hasta llegar donde vido, el cuerpo en la tierra y en la mano la mexilla, una pastora, en tanto extremo hermosa, que si no hubiera visto la hermosura de Filida, aquélla estimara por la primera del mundo. Su vestidura humilde era y el apero humilde, pero su suerte tan extraordinaria, que Siralvo quedó admirado. Sus cabellos, cogidos en ellos mismos, despreciaban al sol y al oro; el color de su rostro, vestido de leche y sangre, con una ternura que representaba el alba cuando nace; sus ojos eran negros, rasgados, con las pestañas y cejas del color mismo; la boca y dientes excedían al rubí y á las finas perlas orientales. Tan nueva cosa le pareció á Siralvo, que sacó el retrato de la sin par Filida; mas en viéndole, arrepentido de haberle opuesto á beldad humana, le tornó á cubrir, y representándose á la pastora le dixo: Si supiesses al tiempo que me llego á ti, verías lo que has podido conmigo. De tu tiempo, dixo la pastora, poco puedo yo saber; del mío te sé decir que es el peor que nunca tuve. Si tu congoja, dixo Siralvo, es tal que un pastor con sus fuerzas pueda remediarla, dímela, gentil pastora, que assí halle yo quien por mí vuelva como tú hallarás á mí. ¿Qué te mueve, dixo la pastora, á tanta cortesía con quien no conoces? Paréceme, dixo el pastor, que es mucho lo que mereces. Mejor le diré yo, dixo la pastora, que es ser tú noble de corazón y quizá haberte visto en necessidad como me veo. Essa deseo saber, dixo Siralvo. Por ahora, dixo la pastora, no es possible; pero yo voy barruntando que tú y los demás pastores destas selvas y riberas seréis testigos deste mal y no podréis remediarle. Bien podrá ser, dixo Siralvo; pero yo ganoso estoy de servirte, y si me pruebas, hallarme has muy á punto. Soy contenta, dixo la pastora. ¿Conoces á Alfeo, un pastor nuevo de esta ribera? Sí conozco, dixo Siralvo. Pues búscale, dixo la pastora, y dile que no tengo aquí más armas de un cayado y un zurrón, y que si todavía me teme, se traya consigo á la serrana Finea que le quite el miedo. A la hora entendió Siralvo quién era, mas no quiso hacer demostración, y sin más detenerse, tomando aquello á su cargo, dió la vuelta á su cabaña, donde ya Alfeo le estaba aguardando, triste y pensativo, lleno de dolor. Siralvo, pues, aunque confuso, contento iba y animado en las palabras de Florela; mas ahora sin tratar nada de sí: pastor, le dixo, ¿qué congoja es ésta en que te hallo? La mayor, dixo Alfeo, que me pudiera venir. Sabe que Andria, en hábito de pastora, es venida á buscarme y está en el bosque del pino. ¿Cómo lo sabes, dixo Siralvo? ¿Cómo? dixo Alfeo. Como me ha enviado á llamar. También yo lo sé, dixo Siralvo, y te trayo un recado suyo, porque pasando yo por el bosque encontré con ella y preguntándole quién era no me lo quiso decir, pero rogóme que te dixesse que estaba sola, sin más armas que el cayado y el zurrón, y que si assí la temías, llevasses contigo á Finea que te quitasse el miedo. Luego conocí quién era y te vine á dar aviso. Harto hemos menester ahora, dixo Alfeo, para no errarlo; á ti te basta tu mal sin ponerte á los ajenos; yo estoy necessitado de consejo y de favor, y no sé adonde lo halle. Pastor, dixo Siralvo, no creas que mis passiones han de estorbarme el buscar remedio á las tuyas; yo quiero volver á Andria y saber della lo que quiere, y conforme á su intención podremos apercebir la nuestra para lo que mejor te estuviere. Muy bien me parece, dixo Alfeo, y quedándose en la cabaña tornó Siralvo al bosque, y por presto que llegó, halló con ella á Arsiano, que era con el que primero había topado y había enviado á llamar á Alfeo, y como volvió tan turbado de la nueva, volvió luego á la pastora á darle cuenta de lo que passaba; por parte llegó Siralvo que los dos no le vieron, y gran rato estuvo escondido oyendo sus razones. Ella le dixo que era una pastora de Jarama, que se llamaba Amarantha, y por cierta adversidad era allí venida, y Alfeo era un pastor que le estaba muy obligado, y se admiraba que en el Tajo se hubiera hecho tan descortés que no viniesse llamándole. Arsiano le decía que Alfeo no se osaba apartar de la serrana Finea, y que ninguna cosa querría ella mandar que no la hiciesse él tan bien y mejor que Alfeo. A esto la pastora replicaba que ninguna importancia al presente tenía, sino verse con Alfeo en parte donde nadie lo pudiesse juzgar; que se le truxesse allí si quería dexarla muy obligada. Arsiano parece que, pesaroso de apartarse della, tornó con aquel recado, y Siralvo que la vió sola llegó con el suyo; pero el mismo despacho tuvo que Arsiano, y assí volvió á su cabaña, donde llamaron á Finea y le dieron cuenta de lo que passaba. Su parecer, entre mil temores, fue que Alfeo se escondiesse algunos días y se echasse fama que se había ido, para que Andria también se fuesse á buscarle; y cuando Arsiano volvió certificáronle que Alfeo, en sabiendo la venida de la pastora Amarantha, se había despedido dellos y ídose no sabían adónde. Con esto volvió Arsiano á la pastora, y ella, que amaba y era mala de engañar, posponiendo el crédito al enojo, con Arsiano se vino á la ribera donde, vista su gran hermosura, no quedó pastor ni pastora que no se le ofreciesse, y ella, agradecida á todos, escogió la cabaña de Dinarda, por consejo de Arsiano, que estaba herido de su beldad, sin bastar su cordura para dissimularlo, y assí la noche siguiente, cubierto de la capa del silencio, tomó la flauta, y puesto donde Amarantha le pudiesse oir, con estos versos acompañó su instrumento:

ARSIANO

Si sabéis poco de amores,
corazón,
agoras veréis quién son.
Esta empresa á que os pusistes,
confiado en no sé qué,
es la que os hará á la fe
saber para qué nacistes;
no os espanten nuevas tristes,
corazón,
pues vos les dais ocasión.
Llevaréis la hermosura,
que os ofende, por amparo,
pues este solo reparo
os promete y asegura
que no os faltará ventura,
corazón,
aunque os falte galardón.

No tan presto Arsiano diera fin á su canción si no sintiera venir por la parte del río un gran tropel de pastores, y escondióse entre lo más espesso de los árboles; esperó lo que sería, y vido llegar al lugar mismo donde él antes estaba á Sasio con su lira, á Ergasto con la flauta y á Fronimo con el rabel, y templando los instrumentos, después de haber tañido un rato, al mismo son Liardo comenzó á cantar aquestos versos, tomando principio desta canción ajena:

LIARDO

Donde sobra el merecer,
aunque se pierda la vida
bien perdida no es perdida.
Tal ganancia hay que desplace
y tal perder que es ganar,
que á todo suele bastar
la forma con que se hace;
de tal arte satisface
nuestro valor á mi vida,
que perdida no es perdida.
La vanagloria de verme
morir en vuestro servicio
será el mayor beneficio
que el vivir puede hacerme;
para pagar el valerme
quiero yo poner la vida,
do perdida no es perdida.
De lo que el Amor ha hecho
no puedo llamarme á engaño,
que si fué en la vida el daño,
en la muerte está el provecho;
si de trance tan estrecho
se aparta y libra la vida,
es perdida y más perdida.
Ser la vida despreciada
si en la muerte no se cobra,
bien se conoce que es obra
sobrenatural causada;
á vos sola es otorgada
tal potestad en la vida,
si es perdida ó no es perdida.

Mal se les hace esta noche á los nuevos amantes su propósito, que si Arsiano fué impedido, á la primera canción de Liardo, Liardo lo fué de la misma suerte, porque apercibiéndose para la segunda, de la parte del soto comenzó á sonar una flauta y tamborino, y esperando quien fuesse llegó Damón, que era el que tañía, y con él Barcino y Colin, grandes apassionados de Dinarda. Poco se les dió que los demás pastores estuviessen junto á la cabaña, antes llegándose á ellos, Barcino los desafió á bailar, y Fronimo (que no era menos presumido) salió al desafío, y aunque al principio comenzaron á nombrar grandes precios en su apuesta, al cabo acordaron que se bailasse la honra. Pusieron por juez á Sasio, y aguardando que passasse una nube que les impedía la luna, apenas mostró su cara clara y redonda cuando Fronimo comenzó un admirable zapateado, que el tamborino tenía que hacer en alcanzalle: acabó con una vuelta muy alta y zapateta en el aire que fué solenizada de todos; y á la hora Barcino, que ya tenía las haldas en cinta y las mangas á los codos, entró con gentil compas bailando, y á poco rato comenzó unas zapatetas salpicadas; luego fué apresurando el son con mudanzas muchas y muy nuevas, y cuando quiso acabar tomó un boleo en el aire con mayor fuerza que maña de arte, que por caer de pies cayó de cabeza. Su dolor y el polvo y la risa de los pastores fué causa de correrse Barcino, de manera que si Sasio no le animara se alborotara la fiesta, y pidiéndole que juzgasse les dixo que sabían que el premio era la honra, y el uno la había hallado en el aire y el otro en el polvo, que pues assí era toda la del mundo, ambos quedaban muy honrados. A este tiempo ya Arsiano se había mezclado con ellos, cansando de estar escondido, y viéndose juntos Sasio y él, unas veces ellos cantando y otras Damón tañendo, passaron la mayor parte de la noche. ¿Deseó saber si Amarantha y Dinarda los oían? Sí, sin duda, porque Dinarda acostumbrada estaba á oirlos; y Amarantha, aunque triste, no por esso sería desconversable. Idos los pastores, las dos volvieron á sus consejas, que desde el principio de la noche las tenían comenzadas: su resolución fué que Amarantha se viesse con Finea y á Arsiano se le encomendasse que buscase á Alfeo donde quiera que estuviesse. Con esto (saliendo de la cabaña) vieron los más altos montes coronados del vecino sol, y oyeron las aves del día saludando la nueva mañana. Todo para Amarantha era tristeza y desconsuelo, y no sé si igual la gana de hallar á Alfeo y de ver á Finea. En fin, los dos, sin más compañía, enderezaron á su cabaña, donde la hallaron no tan alegre como otras veces pudieran; pero dissimulando lo más que pudo, las recibió con gracioso semblante. Era discreta Finea y no menos hermosa, y assí se lo pareció á Amarantha, y le dixo en viéndola: Muy hermosa eres, serrana. Al menos muy serrana, dixo Finea. La condición, dixo Amarantha, no sé yo si lo es, mas la cara de sierra. Lo uno y lo otro, dixo Finea, fué criado entre las peñas do apenas las aves hacen nidos. ¿Y quién te truxo acá? dixo Amarantha. Quien te podría llevar allá, dixo Finea. De esso me guardaré yo, dixo Amantha; pero dime, serrana, ¿dónde está Alfeo? Como es grande, dixo Finea, para traerle en la manga, no te lo sabré decir. A estar de gana, dixo Amarantha, gustara de la respuesta; pero dime, serrana, ¿sabes cómo es Alfeo fugitivo? No, dixo Finea; pero sé que la causa de serlo le podría desculpar. Essa, dixo Amarantha, yo te la diré: testigo me es el cielo que no se la dí; porque si dexé de acudir á su contento no fué por falta de voluntad, sino por más no poder: y cuando pude ya no le hallé, y agora cansada de esperarle, olvidé honra y vida, y, como ves, le vengo á buscar: pues no será razón que tú me usurpes mi contento. Yo, dixo Finea, muy poca parte soy para esso; hombre es Alfeo que sabrá dar cuenta de sí y tú mujer que acertarás á tomársela; quiérate él pagar las deudas que publicas, que yo os serviré de balde á entrambos. Por más cierto tengo, dixo Amarantha, serviros yo á los dos; pero ya que no te hallas parte para lo que he dicho, seilo siquiera para que yo le hable. Haz tú lo que yo hago, dixo Finea, cuando quiero verle, y no habrás menester rogar á nadie. ¿Qué haces? dixo Amarantha. Búscole, dixo Finea, hasta que lo hallo. Yo estimo en mucho el consejo, dixo Amarantha, y assí le pienso tomar; adiós, serrana. Adiós, pastora, dixo Finea, y quedándose en su cabaña, ellas guiaron á la de Siralvo, donde entendieron hallar á Alfeo; pero como allá llegaron, Siralvo muy cortésmente las recibió y les dió la entrada franca, para que se assegurassen de que no estaba allí. Ya en esto iba el veneno creciendo en el pecho de Amarantha, porque estaba muy fiada que en viéndola Alfeo sería lo que ella quisiesse; y como veía que este medio le iba faltando, la paciencia también le faltó, y vuelta á la cabaña con Dinarda, soltó la rienda al llanto y al dolor, sin ser parte Dinarda para su consuelo, ni la continuación de muchos caudalosos pastores que, vencidos de su beldad, de mil maneras procuraban su contento. Assí passaron algunos días sin que Alfeo saliesse donde ella le pudiesse ver; pero pareciéndole que el encerramiento iba muy largo, determinó de salir con licencia de Finea, que aunque temerosa de la hermosura de Amarantha, pudo más la confianza de su amador. Muchas veces Amarantha y Alfeo se toparon y estuvieron á razones solos y acompañados; pero siempre Finea llevo la mejor parte, y no por esso Amarantha cessaba en su porfía. ¡Oh cuántas veces se arrepintió de su mal término passado, y cuántas quisiera que se abriera la tierra y la tragara! Tal andaba Amarantha, que muchas veces se quiso dar la muerte, y tal andaba Arsiano por su amor, que á sólo ella se podía comparar: que aunque otros muchos comenzaron, ninguno con las veras que él prosiguió. Yo le vi una vez (entre otras) solo con ella en la ribera, tan desmayado y perdido que quise llegar á darle ayuda, pero cuando volvió en sí, viendo los ojos de la hermosa pastora que (en nombre de Alfeo) vertían abundantes lágrimas, sacó la flauta y al son della con gran ternura les dixo:

ARSIANO

Ojos bellos, no lloréis,
si mi muerte no buscáis,
pues de mi alma sacáis
las lágrimas que vertéis.
Esse licor que brotando,
de vuestra lumbre serena,
va la rosa y azucena
del claro rostro bañando,
ojos bellos, no penséis
que es agua que derramáis,
sino sangre que sacáis
de esta alma que allá tenéis.
Ya que el ajeno provecho
me hace á mí daño tanto,
al menos templad el llanto,
ya que vivís en mi pecho;
si no con él sacaréis
las entrañas donde estáis,
pues dellas mismas sacáis
las lágrimas que vertéis.
De aquestas gotas que veo,
la más pequeña que sale,
si se compara, más vale
que todo vuestro deseo.
Ya yo veo que tenéis
pena de lo que lloráis
y culpa, pues derramáis
lágrimas que no debéis.
Ojos llenos de alegría,
entended que no es razón
que otro lleve el galardón,
de la fe, que es sola mía;
agraviad, si vos queréis,
al alma que enamoráis,
mas mirad que si lloráis,
alma y vida acabaréis.

Palabras eran éstas con que Amarantha se pudiera enternecer si no tuviera toda su ternura sujeta á tan diferente causa; mas ahora no hicieron en ella más que en los peñascos duros. ¡Oh, gran tirano de la humana libertad! ¿Es possible que, siendo Amor, permitas que uno muera deseando lo que otro desecha, y que sea tan flaco el hombre que no sólo se rinda, pero te dé lazos con que le ates, armas con que le hieras y veneno con que le atosigues las heridas? Rómpase el cielo y caya una ley que borre todas las tuyas; no venga escrita, que perecerá, sino de mano oculta se imprima en tu voluntad, para que con solo un ñudo ates dos corazones, y cuando se rompiere, ambos se suelten, que quedar uno riendo y otro llorando no es reliquia de amistad, sino de mortal desafío; mas, ¿cuándo podrá cumplirse este deseo? Assí te hallamos y assí te dexaremos, Amor. Bien poco ha que vimos á Alfeo morir por Andria, á Finea por Orindo, Silvia por Celio, Filardo por Filena, y á Filena y Pradelio amándose tan contentos. Pues mirad del arte que están ahora: Alfeo y Finea se aman, y Andria llora: Silvia y Filardo, amigos; Celio olvidado; Pradelio y Filena combatidos de irreparable tempestad, donde la fe de Filena y la ventura de Pradelio, con el agua á la boca, miserablemente se van anegando. Llevó el cruel destino á la cabaña de Filena á Mireno, rico y galán pastor, en fuerte punto para Pradelio, porque enamorado della y continuando su morada, y persuadido de Lirania, deudo suyo, y de la persona y hacienda de Mireno, Pradelio iba á mal andar, y cada día peor, pero con un corazón valeroso dissimulaba su mal. Pues como llegasse el día que se celebraba la fiesta de la casta Diana, donde se habían de juntar los pastores de la ribera y las ninfas de los montes, ríos y selvas, Pradelio la noche antes, solo al pie de un roble, estaba enajenado de sí, cuando un buho puesto sobre el árbol, con su canto llenó de amargura el pecho del pastor, y queriéndose alentar cantando, los grillos no le daban lugar; y no eran grillos, que en el temblor de la voz los hubiera conocido, y si alacranes fueran, en el silbo breve lo pudiera entender, y si abejarrones, en el ruido prolongado; donde creyó Pradelio que el son estaba en sus oídos, y retirado á su cabaña, llegaron sus mastines mordidos de los lobos, y calentando sus zagales aceites para curarlos, la cabaña se comenzó á quemar. En reparar estos daños se passó la noche, aunque el principal no tenía reparo. Y ya que aparecía la hermosa mañana, más benigno el cielo, oyó Pradelio el son de dos suaves instrumentos acordados, una lira y un rabel, y atentamente escuchando, conoció ser los pastores Bruno y Turino, que á poco rato que tañeron, sobre estas dos letras ajenas comenzaron assí á cantar á su propósito:

TURINO

Sembré el Amor de mi mano,
pensando haber galardón,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión.
Aré con el pensamiento
y sembré con fe sincera
semillas que no debiera,
llevar la lluvia ni el viento;
reguélo invierno y verano
con agua del corazón,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión
.
Era la tierra morena,
que el buen fruto suele dar,
y cuando quise segar
halléla de abrojos llena;
probéla á escardar en vano,
y bajé la presunción,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión
.
Torné de nuevo á rompella,
por ver si me aprovechaba,
y cuando el fruto assomaba,
vino borrasca sobre ella,
que quiso el Tiempo tirano
que no llegasse á sazón,
y cogí de cada grano
mil manojos de passión
.
Aunque ella vaya faltando,
no ha de faltar la labor,
que como buen labrador,
pienso morir trabajando;
todo se me hace llano
por tan valida intención,
aunque me dé cada grano
mil manojos de passión
.

BRUNO

Con Amor, niño rapaz,
ni burlando ni de veras
os pongáis á partir peras

si queréis la pascua en paz.
Por verle niño pensáis
que está la vitoria llana,
burláis dél entre semana,
mas la fiesta lo pagáis.
Convertíseos ha el solaz
en fatigas lastimeras.
Sobre el partir de las peras
perderéis sossiego y paz.

Yo me vi que Amor andaba
tras robarme la intención,
y mirando la ocasión
dél y della me burlaba;
fué mi confianza el haz
donde encendió sus hogueras,
el fuego el partir las peras
y la ceniza mi paz
.
Prometióme sus contentos,
y al fin vencióme el cruel,
y fuí perdido tras él.
Cuando me daba tormentos,
llamóme y fuí pertinaz
á las demandas primeras,
una vez partimos peras
y mil me quitó la paz
.
Ya que estoy desengañado
tan á propia costa mía,
su tristeza ó su alegría
no se arrime á mi cuidado;
para las burlas capaz,
inútil para las veras,
otro le compre sus peras,
que yo más quiero paz
.

Tanta fué la dulzura con que los pastores dixeron sus cantares, que Pradelio suspendió un poco su tristeza, y con pesar de que tan presto acabassen, salió á ellos y con mucha cortesía, sentándose entre los dos, les pidió que tornassen á su canto, y ellos, con no menos amor, se lo otorgaron, y con otras dos letras viejas tornaron á su intención, como primero.

TURINO

¿En qué puedo ya esperar,
pues á mis terribles daños
no los cura el passar años
ni mudanza de lugar?
Para el dolor, que camina
con mayor furia y poder,
tiempo ó lugar suelen ser
la más cierta medicina;
todo ha venido á faltar,
en el rigor de mis daños,
porque crecen con los años
sin respeto de lugar.
Siendo el tiempo mi enemigo,
¿cómo querrá defenderme?
¿Qué lugar ha de valerme,
si me llevo el mal conmigo?
Bien puedo desesperar
de remedio de mis daños,
aunque gastasse mil años
en mudanza de lugar.
No hay tan cierta perdición
como la que es natural,
ni enemigo más mortal
que el que está en el corazón;
pues, ¿qué tiempo ha de bastar
para reparar mis daños,
si son propios de mis años
y es el alma su lugar?
No está en el lugar la pena
ni tiene el tiempo la culpa;
mi ventura los desculpa,
y ella misma me condena;
la voluntad ha de estar
enterneciendo mis daños,
pues aunque passen más años,
serán siempre en un lugar.

BRUNO

No me alegran los placeres
ni me entristece el pesar,
porque se suelen mudar.
Los gustos en su venida
tengo por cosa passada,
porque es siempre su llegada
víspera de su partida,
y en la gloria más cumplida
menos se puede fiar,
porque se suele mudar.
Puede el pesar consolarme
cuando viene más terrible,
porque sé que es impossible
no acabarse ó acabarme,
y aunque más piense matarme
no pienso desesperar,
parque se suele mudar.

En la perseverancia del tiempo, verdad cantó Turino, que después que él amaba á Filis, el tercer planeta cuatro veces había rodeado el quinto cielo, y en la mudanza del lugar lo mismo, porque después, si os acordáis, que estos dos pastores otra vez cantaron en compañía de Elisa, Filis y Galafrón, Mendino y Castalio, á la orilla de un arroyo, Turino, con despecho y dolor se ausentó de la ribera: pero viendo que el mal no cesaba aún y el remedio se hacía más impossible, volviosse al Tajo y allí passaba su vida amargamente, siempre en compañía de Bruno, que aunque eran tan diversos en aquella opinión, en todas las demás se conformaban, y por la mayor parte los hallaban por la soledad de los campos ó los montes, huyendo Turino de cansar á Filis y temiendo Bruno hallar otra que la pareciesse, pues agora, como la mañana se declaró, Pradelio, forzado de ir á la fiesta de Diana, con agradables razones se despidió destos amigos, y confuso y lastimoso, considerando el mal que tenía entre manos, tomó el camino por una fresca arboleda de pobos y chopos y otras plantas, donde las mañanas muchos paxarillos solían, dulcemente cantando, alegrar á quien passaba; mas entonces, en señal de descontento, sin parecer ave que blanca fuesse; las verdes ramas, que de unos con otros árboles solían apaciblemente abrazarse, estaban apartadas y sin hoja, de suerte que el sol pudiera hallar entrada y con sus rayos calentar las aguas de un manso arroyo, que desde el Tajo por entre ellos corría, todo en señal de la desventura de Pradelio, el cual, assí caminando, oyó cantar á la celosa Amarantha, cuya dulzura enamoraba el cielo y parecía que con tal deleite se iba clarificando; mas ella que vió al pastor, vergonzosa y turbada, dexó colgar al cuello la zampoña con que á ratos tañía, y assí á un tiempo cessó su son y su canto; pero Pradelio, necessitando de entretener su mal de cualquier suerte, llegándose á ella, le dixo: Hermosa Amarantha, assí el cielo te haga tan venturosa como gentil y discreta, que no cesse tu comenzado canto; antes tornando á él muestres tu grande amor y la mudanza de Alfeo, porque ya todos sabían los casos destos pastores, y ella, vencida del dolor, sin guardar la ley de su respeto, como un pastor aficionado usaba de libertad en sus querellas, y assí Pradelio se atrevió á pedirle que cantasse á propósito desta historia, y ella, que no era menos cortés que enamorada, sin más ruego comenzó á tocar su zampoña, tras cuyo son suavemente dixo assí sus males:

AMARANTHA

Agua corriente serena,
que desde el Castalio coro
vienes descubriendo el oro
de entre la menuda arena,
y haces con la requesta
del verde y florido atajo,
parecer que está debajo
una agradable floresta.
Más bella y regocijada
en otras aguas me vi;
ya no me conozco aquí
según me hallo trocada,
y assí no pienso ponerme
á mirar en ti mi arreo,
pues cual era no me veo
y cual soy no quiero verme.
De mi parte estaba Amor
cuando me dexó mortal,
no vive más el leal
de lo que quiere el traidor;
vendióseme por amigo,
fuéme señalando gloria
y hizo de mi vitoria
triunfo para mi enemigo.
No quiero bien ni esperanza
de quien á mi costa sé
que tuvo en menos mi fe
que el gusto de su mudanza;
pero en tanto mal me place
que se goce en mi tormento,
si puede tener contento
quien lo que no debe hace.
Contigo hablo, alevoso
Amor, que si tal no fueras,
de mis ojos te escondieras
de ti mismo vergonzoso;
mas en daño tan sin par
claro se deja entender,
que el que lo pudo hacer
lo sabrá dissimular.
Querrás quizá condenarme,
que merezco mi passión;
pues sabes bien la razón,
consiénteme disculparme:
quise amar y ser amada,
pero fortuna ordenó
que la fe que me sobró
me tenga ya condenada.
¿Quién juzgará las centellas,
dime, Alfeo, en que vivías,
viendo ya las brasas mías
y á ti tan helado en ellas?
Tempestad fué tu dolor,
menos que en agua la sal,
pues no quedó de tu mal
cosa que parezca Amor.
Dime qué hice contigo,
ó lo que quieres que haga,
pues en lugar de la paga
me das tan duro castigo.
Tu voluntad se me cierra
cuando me ves que me allano;
¿tu corazón es serrano
que assí se inclina á la sierra?
No tengo celos de ti,
ni tu desamor se crea
que es por amar á Finea,
mas por desamarme á mí;
quejarme della no quiero
porque tú me vengarás,
que presto la dexarás
si no te dexa primero.
¡Mas, ay, que un tigre sospecho
que en mis entrañas se cría,
que las rasga y las desvía
y las arranca del pecho,
y un gusano perezoso
carcome mi corazón,
y yo canto al triste son
de su diente ponzoñoso!
Y confieso que algún día
me sobró la confianza,
mas si no hice mudanza
perdonárseme debía;
muera quien quiera morir,
y como lloro llorar,
que en esto suele parar
el demasiado reir.
Sólo aquel proverbio quiero
por consuelo en mi quebranto,
pues en tan contino llanto
le hallo tan verdadero:
las abejuelas, de flor
jamás tuvieron hartura,
ni el ganado de verdura,
ni de lágrimas Amor.

Los tiernos metros de la pastora Amarantha no sólo á Pradelio dieron contento, pero á otros muchos que le escucharon, y por no atajalla, apartados del manso arroyo por entre las plantas se iban deteniendo; al fin de los cuales llegaron á la falda de un fresco montecillo, donde el sitio de Diana comenzaba. Y en él vieron al pastor Alfeo que, en compañía de otros caminaba al templo de la diosa; aquí quedó la vencida Amarantha casi muerta, sin alzar los ojos de la tierra dixo: Mucho quisiera, pastor, acompañarte y dar á Diana los debidos loores, pero ya ves cuán mal se me ha ordenado; pues yo no puedo vivir donde Alfeo estuviere, aunque él sea mi propia vida y contento; mira si mi dolor es grave y mi ventura ligera, pues temo lo que deseo, y siendo aquella presencia la cosa que yo más amo, tantas veces la excuso cuantas puedo, como el que huyesse la luz, medroso de ser abrasado della; porque, mi buen Pradelio, cuando el amador no es desamado debe seguir contino lo que ama; pero después que conoce el adverso odio y enemiga, debe siempre excusar de dar fastidio, porque es llana cosa que entonces son las gracias grosserías, la beldad fiereza y la luz tiniebla; assí que el aborrecido por donde mas gana es buen callar y retraimiento, que nunca mejor me hallo que cuando sola llorando de mí misma me querello; por eso te ruego que, dexándome, te vas, y si á Alfeo de mi mal hablares, antes le cuentes mancillas que proezas, que aquellas creerá y á estotras dará la poca fe que siempre ha dado. Esto decía Amarantha con tantas lágrimas, que para ayudarla Pradelio, sólo bastara cualquier movimiento de su lengua, y assí, forzado desto, sin más respuesta que mirarla tiernamente, se partió della tan enemigo de nueva compañía, que dexando el camino derecho entró per una angosta senda que más de una milla se alargaba, y por ella apresurándose vino á rodear el templo que estaba en un valle escondido, no edificado de cedros ni de cipreses, pero de sólo laureles y fresca murta y no cortados; pero assí desde sus troncos, los ramos entretejidos y las hojas añudadas que por ninguna parte podía el sol entrar, salvo por la que con artificio se apartaban. En medio dél estaba la imagen de la hermosa Diana, de mármol resplandeciente; caían sus cabellos hasta la cinta, y en las blancas manos su arco y saetas con la pendiente aljaba, todo de fina plata, cristal y oro; estaba cercada de bultos de castas ninfas con las mismas armas de cazadoras: unas desnudas, sólo cubiertas con sus luengos cabellos; otras entre flores, tendidas, como fatigadas del presuroso curso, y otras vestidas de ricos paños, hinchendo de contentamiento el sacro templo, en el cual por un lado y otro había clavados muchos despojos, cabezas de jabalís, cuernos de ciervos, redes, arcos, cepos y otros instrumentos de la generosa caza; tenía dos altas puertas de maravilloso artificio abiertas, y cerrábanse con dos laureles que, puestos en dos vasos grandes de tierra cocida, y allí bastantemente cultivados, se podían quitar y poner cuando importaba. No era este templo aquel que en la provincia de Jonia estaba sobre su fiera Laguna, con ciento y veinte y siete colunas de rico mármol, parte dellas con esculturas, parte lisas como el bruñido acero, sobre las cuales todo el maderamiento era de labrado cedro y las puertas de oloroso ciprés, de anchura de doscientos y veinte pies y de longura cuatrocientos y veinte y cinco y de alto cada coluna ciento y veinte, hecho por las manos de Tesifón y Chersifón en doscientos y veinte años de trabajo. Pero creo que si el nuestro vieran las fuertes Amazonas se excusaran de hacer aquél, y el maldito Herostrato no se moviera á quemarle como el otro. Dejémosle y hablemos del presente, el cual, en el ancho pedestal de la bella Diana tenía, de menuda talla, las otras seis maravillas de la tierra.

Primero, el espantoso edificio de Babel, hecho ó verdaderamente reparado por la antigua Semíramis; en una parte del cual se veía el anchuroso campo, lleno de agradables frescuras, y de la otra parte herían las claras ondas del río Eufrates, acrecentando belleza á las puentes, alcázares, huertos y jardines que, sobre arcos, en los muros estaban edificados.

Tras esto estaba el fiero colosso ó estatua de Rhodas, que, aunque no pudo tallarse de setenta codos en alto como él era, á lo menos mostraban las facciones deste traslado claramente la grandeza de su original; y para mayor muestra muchos hombres de menor figura, puestos á sus lados, procuraban abrazar solo uno de sus dedos, pero menos podían que los vivos, en tiempo que este colosso se sostuvo en alto.

Después, entre la ciudad de Menfis y la isla del Nilo, Delta, estaba la excelsa pirámide que, comenzando en cuadro, subía su punta en increible altura de mármoles de Arabia; no tenía cada piedra como ella treinta pies, pero cercábanla con extraña viveza los trescientos y setenta mil hombres que tardaron veinte años en hacerla.

Luego el ancho y alto sepulcro que la honesta Arthemisa hizo para su caro marido, rey de Caria, que aunque no pudo dársele en circuito los cuatrocientos y seis pies, y en alto los veinte y cinco codos que él tenía, al menos diéronsele sus treinta y seis colunas de extraño artificio y riqueza, sembrando por todo él piezas de mucho valor y hermosura, y abriéndole con anchurosos arcos al Norte y al Mediodía, que era su propio asiento. Pero hacia la parte del Oriente estaba su artífice Escopas, de su propia labor maravillado, y á la del Septentrión Brias tendido como cansado de su larga y trabajosa jornada, y á la de Mediodía Timotheo con grande alegría; pero á la de Poniente Leocares como esperando la paga de su trabajo, junto á la viuda animosa que, más ocupada en su largo planto, sin respuesta la detiene, acaso por no ser la obra conforme á su voluntad acabada.

Más la provincia de Acaya en el Olimpo, entre las ciudades Elis y Pisa, y allí el simulacro ó figura de marfil de Júpiter, del artífice Fidias, de riqueza y arte incomparable y no con menos retratado.

Seguíanse otra vez los huertos pensiles de la alta Babilonia, y con ellos, frontera á las bocas del Nilo, de albíssima piedra cercada de agua, la alta y muy costosa Torre de Faros, en cuya altura se mostraban muchas y grandes lumbres dando guía á los presurosos navíos que por la ancha mar iban á tomar puerto.

No faltaba el obelisco de Semíramis, á manera de pirámide, salvo que era todo de una pieza, y en él por números señalados sus ciento y cincuenta pies en alto, y noventa y seis en circuito, como de los montes de Armenia fué sacado. Todo lo cual estaba en el último cuadro por la variedad de los que dello tratan, pero no estaba el antiguo templo de la Diosa, por no ofender al presente que con tanto cumplimiento suplía.

Acababan aquí las esculturas, las pinturas no, que sobre la una puerta estaba la ínsula Delfos, donde Latona, retraída de la fiera serpiente, se veía en el parto de la amada Diana, al fin del cual la misma hija ayudaba á la madre en el nacimiento de su hermano Apolo; el cual nacido se mostraba de tan perfetos matices, que verdaderamente se juzgara que él daba la luz al templo.

No era menos agradable el cuadro de la segunda puerta, donde la misma Diana, metida en su fresca y reservada fuente, había tornado ciervo al sin ventura Acteón, al cual sus propios lebreles rabiosamente despedazaban; y lo que más era de mirar del sutil artífice, que habiendo pintada una cabeza de perro ferocíssima se pintó temeroso junto á ella, queriendo honestamente loar la viveza de su pintura. Aquí entró Pradelio lleno de pesar, y viendo que la gente aun no era entrada, imaginó que estuviesse en la floresta, y assí se fué allá, que muy cerca estaba, donde con estudiosa y abundante mano parecía que la maestra Natura hubiesse querido señalarse. Eran las flores rojas, blancas y amarillas casi como rubís y diamantes entre el oro, y pienso que la esmeralda no llegasse á la fineza de la hierba; estaba en medio de la hermosa estancia una pura fuente de relevado cimiento, assí alrededor cercada de hierba y hoja que por ninguna parte se veía. Salía de allí un arroyo claro cercado de muchas plantas donde las varias aves seguras volando andaban de una en otra parte, sin faltar algunas que suavemente cantassen, no impidiendo al manso susurro que entre claveles y sándalos las abejuelas hacían. Halló Pradelio de la una parte de este arroyo que más ancha y llana era todos los pastores que buscaba esperando á las bellas ninfas que, nacidas en las aguas, en las selvas y en los montes, vivían en los secretos jardines y reservados lugares del sagrado templo. Y lo primero que el pastor vido fué á Mireno, que en compañía de Filena andaba cogiendo de las bellas flores. Sintió traspassar su corazón de rigurosa espina, y esforzándose cuanto pudo, se llegó á Siralvo y Filardo que estaban cerca de la fuente. Bien conocieron el dolor con que llegaba, y por no acrecentársele callaron. Y á poco rato que assí estuvieron, el gallardo Coridón, vaquero de valor y estima, rendido y ausente de la beldad de Fenisa y incitado de Sasio, comenzó á cantar al son de su lira esta sestina:

CORIDÓN

Faltó la luz de tus hermosos ojos,
dulce Fenisa, á los de mi alma triste,
y assí quedaron en eterna noche,
sin buscar otro alivio de su pena,
sino la muerte que les fuera vida;
¿mas cuándo les vendrá tan dulce día?
Si aquesta cuenta rematasse un día
cerrando ya mis afligidos ojos
para principio de otra nueva vida,
y pudiesse salir el alma triste
desta prisión mortal de infernal pena,
el sol saldría en medio de la noche.
Razón sería tras tan larga noche,
que apareciesse en el Oriente el día,
que no son dinos de llevar la pena,
pues que no fué la culpa de mis ojos,
el yerro fué de la ventura triste,
que siempre yerra á costa de mi vida.
Cómo podrá passar mi enferma vida
con la pesada carga de la noche,
que si es consuelo del doliente triste
la esperanza de ver el nuevo día,
ninguna tienen mis cansados ojos
que les pueda aliviar su grave pena.
Dure la ausencia, dóblese la pena
que á todo he de pagar con una vida,
no veré los despechos de mis ojos,
ni andaré tropezando por la noche,
ni tendré envidia de quien goza el día,
ni mancilla de mí, pues volví triste.
Por cuán más venturoso tengo al triste,
que le acaba la furia de su pena,
que al doliente, á quien va de día en día
atormentando la mezquina vida,
el vivir cesse ó cesse ya la noche:
ó véante ó no vean estos ojos.
Que no son ojos en tu ausencia triste,
son dura noche, son eterna pena,
pues en la vida no gozaron día.

Apenas dio Coridón fin á su canto, cuando se oyó resonar gran número de instrumentos, albogues, flautas, liras, cítaras, y cornamusas, que con suave harmonía se iban llegando á la floresta, y mirando los pastores á aquella parte vieron entrar sesenta ninfas, veinte del río, veinte del monte y veinte de las selvas; todas venían vestidas de sus propias telas de oro y seda, pero las unas traían guirnaldas de flores en sus frentes; las otras luengos ramos levantados, y los cabellos sueltos; las otras cogidos en varios velos y redes, y las aljabas á los hombros, los brazos desnudos y los arcos en las manos; tanta fué la hermosura de las Ninfas, que los pastores admirados, no sabían apartar los ojos dellas; no viniera allí la simpar Filida si no fuera por reparar la vida de su amante, que ya sabía de Florela en el estado que Siralvo estaba. Entró, pues, en la floresta tan aventajada á las demás, que no sólo á ellas, mas á la misma Diana, parecía que despreciasse. Brotó el suelo nuevas flores, el cielo mejor luz, la fuente más agua y los suaves vientos, arrogantes entre tanta beldad, desdeñándose de herir en los verdes ramos, entre las vestiduras de las ninfas, y los cabellos de sus cabezas mezclándose, hicieron graciosos y agradables juegos. Pues Siralvo, que atentamente miraba los ojos de Filida, y su alma en ellos, no es possible encarecer su sentimiento, ni es poca prueba de la hermosura de las pastoras no haber parecido mal entre las ninfas. No se detuvieron mucho en la floresta, antes llamando luego á los pastores, entraron al sagrado templo, donde quince en quince hicieron cuatro corros y los tres danzando y el uno tañendo, fueron dejando sus insignias sobre el altar: las del río sus guirnaldas, las de las selvas sus ramos y las de los montes, arcos y saetas. Con esto remitieron la oración al viejo Sileno, que entre ellos iba, y con aquel aspecto grave y gentil, vuelto al de la triforme Diana, primeramente alabó su excessiva belleza, y después con humildad le pidió perdón si algunas veces violaron los montes con la misma sangre de las fieras á ella consagradas, ó si acaso cansados de la propia caza, torpemente, el curso della maldixeron, y assimismo de otros errores y culpas, en que el frágil juicio suele caer; pero después de todo le rogó los librasse de las venenosas redes de los solícitos lisonjeros y falsos halagüeños, con la fuerza de los carnales apetitos, destruidores de devoción y salud; antes prestándoles de su cumplido favor, les diesse resistencia contra todo mal, contra todo daño y contra toda malicia. Y con esto, callando él, la música tornó á sonar, y las ninfas á la orden de sus corros, en que por gran espacio se ocuparon, hasta que pareciéndoles hora del reposo, tomando por orden sus insignias, tornaron á la floresta, y mezcladas con los pastores, se fueron repartiendo por las sombras, donde no faltaron rústicas y delicadas viandas, y algunos que durmiessen, y alguno que velasse. No os he contado la ventura de Siralvo: pues sabed que al salir del templo estuvo gran rato con Florela, que de parte de Filida le certificó que holgaba de su vida, y de la suya le avisó que se templasse en miralla, porque nunca aparencias sirvieron sino de dañar. Con esto volvió Siralvo tan contento que en sí mismo no cabía, y mientras todos reposaban, él á la sombra de un fresno en voz baxa estuvo recitando al silencio unos versos que hizo al principio de la ausencia, cuando entre temor y esperanza andaba el sufrimiento de partida; quien gustare de oirlos, podrá llegarse al pastor, en tanto que las ninfas duermen y quien no, passe por ellos y hallarálas despiertas.

SIRALVO

¡Oh tú, descanso del cansado curso
desta agra vida, á mi pesar, tan larga,
oye un momento en suma su discurso!
Y si mi boca más que hiel amarga
no te acertare á pronunciar dulzuras,
esso la culpa y esso la descarga.
Presentes sean mis entrañas puras,
mi limpio corazón, mi sano pecho,
atlantes firmes de mis desventuras.
Y tú, que con tus manos tienes hecho
el grave monte que su fuerza oprime,
no hagas cierto lo que yo sospecho.
Ya que tan grave mal no te lastime,
pues eres dél la causa, no la niegues,
porque, siquiera, á padecer me anime.
Amor te obliga que á razón te llegues,
y aun ella quiere que su fuerza entiendas:
no lo será, que con su lumbre ciegues.
¡Oh, es necesario que el rigor suspendas
de los duros peñascos, do no hallan
las aves nidos ni las bestias sendas!
Los perversos contrarios que batallan
por acabarme en desigual pelea
mientras te hablo, mira cómo callan.
Vieron mis ojos celestial idea
de gracia y discreción, tu soberana
beldad, que sola sin igual passea,
Desde la parte donde la lozana
aurora tierna de su luz hermosa,
abre á las gentes la primer ventana,
Hasta el ocaso á do la trabajosa
muestra, dada del sol, en premio justo,
en los brazos de Dórida reposa;
Y desde aquella do el ardor injusto
la habitación de su morada evita,
enflaqueciendo al Etíope adusto,
Hasta las fuentes donde el duro Scita
mata la sed y el inclemente Arturo
cuajando el mar, el curso al agua quita.
Y por essa beldad misma te juro
que, con ser en el mundo la primera,
es la menor que tiene en ti seguro,
La deleitosa y fértil primavera
de juventud, el sin igual tesoro
de esse rostro, do Amor teme y espera;
La mansedumbre y gravedad que adoro;
los cabellos que el ébano bruñido
han imitado, despreciando el oro;
El cristal de la frente, el encendido
rosicler puro ó púrpura de Oriente,
sobre los blancos lirios esparcido;
Las finas perlas, el coral ardiente,
con las dos celestiales esmeraldas,
beldad que loor humano no consiente,
Aunque de preciosíssimas guirnaldas
ciñen al sol y á Amor las francas sienes,
son las menores rosas de tus faldas.
Essotras plantas, que en el alma tienes,
que tocando en el cielo con sus ramas,
nos dan por fruto incomparables bienes;
Essos ricos tesoros que derramas
del pecho ilustre en abundancia tanta,
que á los deseos más remotos llamas;
Esse juicio, que á la tierra espanta;
esse donaire, que enamora el cielo;
esse valor, que á todos adelanta;
Essas y otras grandezas con que el suelo
tienes tan rico y tan enriquecida
el alma que te adora de consuelo,
Dejando aparte ahora el ser nacida
sobre las ilustríssimas llamada
y entre las más honestas escogida;
Y con ser de fortuna acompañada,
porque Himeneo al gusto te ofendía,
quisiste ser á Delia dedicada.
Aquestos bienes, que tu alma cría,
impressos en mi alma, y aun aquellos
de carne y sangre, en carne y sangre mía.
Llevo el yugo de Amor sobre dos cuellos,
que si no fuera más que de diamante,
fuera rompido á cada pa so dellos.
Cuando el cuello del cuerpo va delante
queda atrás el del alma, y cuando él passa,
cae el del cuerpo, y no hay quien le levante.
El uno quiere retirarse á casa,
llamado de la sombra y del reposo;
el otro al yermo, donde el sol abrasa;
El cuerpo está sediento, trabajoso;
el alma harta de sossiego llena,
¿quién compondrá combate tan furioso?
De suerte que, derecha la melena,
cuerpo y alma caminen, con templanza,
por la carrera para entrambos buena.
Y si hallaren muerta la esperanza,
y á la fe siempre viva que la llora,
juntos alaben á la confianza.
¿Mas, quién pondrá tan alta paz, señora,
entre dos enemigos tan contrarios,
que con lo que uno sana otro empeora?
Estos combates son tan ordinarios,
que los dones del alma escarnecidos
me son también mortales adversarios.
Los deleites del cuerpo no cumplidos,
los del alma turbados con engaños
y los inconvenientes tan unidos.
Bien sé que el solo medio destos daños
fuera apartarse deste cuerpo esta alma,
poniendo fin á mis cansados años.
Aquella fuera generosa y alma
vida del cuerpo cuando en tierra vuelto,
libre dejara al spíritu la palma.
Que como es el autor del mal revuelto,
y el alma está bañada en sus zozobras,
la vida es furia de enemigo suelta.
¡Oh tú, que á todas las potencias sobras
de bien y mal, tu pederosa mano
estampe en mí la fuerza de tus obras!
Que deste trance y cautiverio insano,
desta tristeza, deste mal terrible,
podrás dejarme libre, alegre y sano.
A tí sola ha dejado Amor posible
que aquesta piedra de mi gran cuidado
hagas, sobre esta roca, inconmovible.
Y estas navajas, con que el tierno lado
abre la rueda de mis fantasías,
sean rotas, y mi cuerpo desatado.
Y esta águila infernal, que tantos días,
me halla en este monte de sospechas,
no sepa más á las entrañas mías.
Y estas plantas y frutas tan ahechas
á burlar por momentos al deseo,
dejen mi sed y hambre satisfechas.
Mil continos estorbos ya los veo,
y otros más de creer dificultosos,
por mi corta ventura más los creo.
Ojos abiertos, pechos enconosos,
tu gran beldad, mis ricas intenciones,
cercadas de legiones de envidiosos.
Bien imagino yo que si te pones
á querer tropellar dificultades,
irás segura en carros de leones.
Bien tienes entendidas mis verdades,
y que en mí son llanezas conocidas
las que en mil otros son curiosidades.
Bien sabes que quisiera tantas vidas
cuantos momentos vivo por contallas,
por muy ganadas, en tu Amor perdidas.
Y bien sé yo que en mi rudeza hallas
iugenio soberano para amarte,
y sabes que te escucho aun cuando callas.
Entiendes que me huyo por buscarte,
y alguna vez tan sin piedad me dexas,
que pierdo la esperanza de hallarte.
Conoces claramente que mis quexas
llevan puro dolor sin artificio,
y con descuido mi cuidado aquexas.
Mis ojos ven que el principal oficio
que, sustentando el cuerpo, al alma honra,
es, no faltar los dos de tu servicio.
Y ven los tuyos, vueltos á mi honra,
que el rato que sin ellos me imagino,
tengo el alma y la vida por deshonra.
Alguna vez creciendo el desatino,
á fuerza del pestífero veneno
matarme ó despeñarme determino.
Acoge ¡oh mar! en tu sagrado seno
esta barquilla, que á tu golfo embiste,
porque se alabe de algún día sereno.
Essos divinos Nortes, que escogiste,
de la primera inacessible lumbre,
para alegrar al navegante triste,
Muéstrense en essa soberana cumbre,
hincha la vela el viento favorable
contra la calma desta pesadumbre.
Deje el cuidado el remo incomportable,
y estotras jarcias de trabajos llenas,
tórnense en ejercicio saludable.
Cántenme tus dulcíssimas sirenas,
que vencida del sueño mi barquilla,
y á voluntad la sangre de mis venas,
Si tu Neptuno á mi favor se humilla
aumentarás tus obras y mi suerte,
librando en tan heroica maravilla
á quien te ofrece el alma de la muerte.

Aunque Siralvo en sus versos iba mezclando tristeza, su corazón contento estaba; pero como pocas veces hallaremos un alegre sin un triste, Pradelio, que menos dormía, le fué buscando entre todos y le dió cuenta de la poca que ya Filena tenía con él, antes le era tan contraria, que á sus mismos ojos no se hartaba de favorecer á Mireno, y hablándole él, no le había respondido. Esto decía con tanto dolor y enojo, que casi quería reventar, y mientras Siralvo procuraba consolarse, ya los pastores y Ninfas, viendo passada la hora ardiente de la siesta, iban buscando la clara fuente y el manso arroyo. A una parte del agua llegaron las tres más hermosas del gremio de Diana: era la una Filida, diosa en los montes; la otra Filis, deesa en las selvas; la otra Clori, Ninfa en el río; con ellas estaban Silvia y Filardo y Filena y Mireno, entreteniéndose en dulces pláticas y suaves canciones; también llegaron Siralvo y Pradelio, uno de placer y otro de pesar incitados, y no faltaron los dos caudalosos y apuestos rabadanes Cardenio y Mendino. Gran cosa se había juntado si Pradelio no llegara: porque de once, solo él dejaba de estar contento; y mirando la sin par Filida la agradable compañía, escogió al triste para que cantasse; mas viendo Siralvo que no estaba para cantares, le disculpó con Filida, y rogó á Filardo que lo hiciesse; el cual, los ojos en la graciosa Silvia, tocó la lira, y comenzó á cantar assí al son della:

FILARDO

Tus ojos, tus cabellos, tu belleza,
soles son, lazos de oro, gloria mía,
que ofuscan, atan, visten de alegría,
el alma, el cuello, la mayor tristeza.
Fuego, no siente el alma tu aspereza;
yugo, no teme el cuello tu porfía;
que bastante reparo y osadía
concede Amor en tanta gentileza.
Rabia, que por mis venas te derramas;
oro, que á servidumbre me condenas;
beldad, por quien la vida se assegura,
Pues soy un nuevo Fénix en las llamas,
y hallo libertad en las cadenas,
amo y bendigo tanta hermosura.

En extremo contentó á todos el soneto de Filardo, pero más á Silvia y menos á Mireno, que invidioso de verla tan loada, sin que nadie le rogasse, sacó el rabel y vuelto á Filena, presumió de igualarla deste modo:

MIRENO

Sale la Aurora, de su luz vertiendo
las mismas perlas que el Oriente cría;
vase llenando el cielo de alegría,
vase la tierra de beldad vistiendo.
Las claras fuentes y los ríos corriendo,
las plantas esmaltándose á porfía,
las avecillas saludando el día,
con harmonía la nueva luz hiriendo.
Y esta Aurora gentil, y este adornado
mundo de los tesoros ricos, caros,
que el cielo ofrece, con que al hombre admira,
Es miseria y tristeza, comparado
á la belleza de tus ojos claros,
cuando los alzas á mirar sin ira.

Ya le pareció á Pradelio que perdía de su punto si á vuelta de aquellos sentimientos dulces no sonaba el amargo suyo, y pidiendo á Siralvo que tocasse la zampoña, los ojos y el color mudado, la acompañó diciendo:

PRADELIO

Mientras la lumbre de tus claros ojos
estuvo en el Oriente de mi gloria,
entendimiento, voluntad, memoria
ofrecieron al alma mil despojos.
Mas después que, siguiendo tus antojos,
á gente extraña fue su luz notoria,
es mi rico tesoro pobre escoria,
mis blandos gustos ásperos enojos.
Vuelva ya el rayo á su lugar usado;
pero no vuelva, que una vez partido,
no puede ser que no haya sido ajeno.
Mas ¡ay! sol de mi alma deseado,
vuelve á mis ojos, que una vez venido,
mi turbio día tornarás sereno.

A este soneto hizo Filena tan mal semblante, que Pradelio se arrepintió de haber cantado y aun de ser nacido; pero las Ninfas, que con gran gusto oían sus contiendas, pidieron que cantassen las pastoras. Ellas respondieron que aun faltaban pastores por cantar, y en haciéndolo ellos, ellas lo harían. Agradó á Clori la respuesta y tomando á Filena la lira, la dió á Mendino, el cual, los ojos en Filis, dixo, sin más excusa:

MENDINO

Ponen, Filis, en cuestión
mi corazón y mis ojos,
cuál goza de más despojos,
los ojos ó el corazón.
Los ojos dicen que os vieron,
y de vuestro grado os ven,
y que del presente bien
la primera causa fueron,
prueba en la misma razón
el corazón á los ojos;
¿que gozarán más despojos
los ojos ó el corazón?
Poco importa más testigo,
dicen los ojos que á ti;
dice el corazón, ni á mí,
de lo que tengo conmigo;
no les niega su razón,
el corazón á los ojos,
no le nieguen sus despojos
los ojos al corazón.
Su contienda es por demás,
pues todos llevan vitoria,
estando llenos de gloria,
sin que á nadie quepa más;
mas viva la presunción
del corazón y los ojos,
por ser de quien son despojos
los ojos y el corazón.
Son estos competidores
flacos, aunque liberales,
que en efeto son mortales
y hanlo de ser sus favores;
si pone el alma el bastón
entre corazón y ojos,
verán eternos despojos
los ojos y el corazón.

Contenta quedó Filis de la canción de Mendino, de manera que no lo pudo dissimular, y por pagar á Clori en su moneda, tomó la lira y diósela á Cardenio, el cual, aunque menos músico que enamorado, assí enmendó lo uno con lo otro:

CARDENIO

Por mirar vuestros cabellos
quitóse la venda Amor,
y estúvierale mejor
dar otro ñudo y no vellos.
Quítesela no entendiendo
lo que le podía venir,
valiérale más vivir
deseando que muriendo,
pues fué de los lazos bellos
atado con tal rigor,
que se le tornó dolor
toda la gloria de vellos.
Entenderá desta suerte
que fué grande devaneo
dar armas á su deseo
con que le diesse la muerte.
Voluntad de conocellos
fuera su pena mayor,
mirad si será peor
perder la vida por ellos.
Hizo sus ojos testigos
de tan alto merecer,
y dió su mismo poder
vitoria á sus enemigos;
que si con estos cabellos
quitó mil vidas Amor,
vengáranse en su dolor
los que padecen por vellos.
Quiso ver con qué prendía
y sus redes le prendieron,
y á herirle se volvieron
las flechas con que hería.
Quedar cautivo de aquellos
cabellos fué gran honor,
pero fuérale mejor
olvidallos y no vellos.

Cuando Cardenio acabó su canción, ya Siralvo tenía la zampoña en la mano, y mientras las Ninfas alabaron el passado canto, leyó él en los ojos de Filida el presente:

SIRALVO

Filida, tus ojos bellos
el que se atreve á mirallos,
muy más fácil que alaballos
le será morir por ellos.
Ante ellos calla el primor,
ríndese la fortaleza,
porque mata su belleza
y ciega su resplandor.
Son ojos verdes, rasgados,
en el revolver suaves,
apacibles sobre graves,
mañosos y descuidados.
Con ira ó con mansedumbre,
de suerte alegran el suelo,
que fijados en el cielo
no diera el sol tanta lumbre.
Amor, que suele ocupar
todo cuanto el mundo encierra,
señoreando la tierra,
tiranizando la mar,
para llevar más despojos,
sin tener contradición,
hizo su casa y prisión
en essos hermosos ojos.
Allí canta y dice: Yo
ciego fui, que no lo niego,
pero venturoso ciego,
que tales ojos halló,
que aunque es vuestra la vitoria
en dárosla fui tan diestro,
que siendo cautivo vuestro
sois mis ojos y mi gloria.
El tiempo que me juzgaban
por ciego, quíselo ser,
porque no era razón ver
si estos ojos me faltaban;
será ahora con hallaros,
esta ley establecida:
que lo pague con la vida
quien se atreviere á miraros.
Y con esto, placentero
dice á su madre mil chistes:
el arquillo que me distes
tomáosle, que no le quiero;
pues triunfo siendo rendido
de aquestas dos cejas bellas,
haré yo dos arcos dellas
que al vuestro dejen corrido.
Estas saetas que veis,
la de plomo y la dorada,
como herencia renunciada,
buscad á quien se las deis,
porque yo de aqui adelante
podré con estas pestañas,
atravessar las entrañas
á mil pechos de diamante.
Hielo que dexa temblando,
fuego que la nieve enciende,
gracia que cautiva y prende,
ira que mata rabiando;
con otros mil señoríos
y poderes que alcanzáis
vosotros me los prestáis,
dulcíssimos ojos míos.
Cuando de aquestos blasones
el niño Amor presumía,
cielo y tierra parecía
que aprobaban sus razones,
y él dos mil juegos haciendo
entre las luces serenas,
de su pecho, á manos llenas,
amores iba lloviendo.
Yo que supe aventurarme
á vellos y á conocer
no todo su merecer
mas lo que basta á matarme,
tengo por muy llano ahora
lo que en la tierra se suena,
que no hay Amor ni hay cadena,
mas hay tus ojos, señora.

No cesara con esto el cantar de los pastores, porque Silva y Filena también cantaran, si las Ninfas no oyeran señal en el templo que las forzaba á ir allá y assí, con gran amor despedidas de los pastores, por no serles permitido ir esta vez con ellas, por el mismo orden que primero, volvieron á visitar á la casta Diana, y los pastores y pastoras, que eran muchos y en diferentes ejercicios repartidos, dejando la floresta, unos con placer y otros con pesar tomaron el camino de sus ganados. Cardenio, Mendino y su mayoral Siralvo, tales iban como aquellos que se apartaban de su propia vida y contento. Filardo, Alfeo y Mireno, éstos sí que llevaban consigo todo su bien y descanso, pero el más contento de todos era Sasio, que supo allí que Silvera era venida al Tajo; y el más triste de los tristes Pradelio, que á rienda suelta Filena no sólo le negaba sus favores, pero, olvidada de la estimación que le debía, le iba escarneciendo. Tal llegó Pradelio á la ribera, que sus enemigos se pudieran lastimar, y viendo que la causa estaba tan lejos de hacerlo, determinó partirse y dejarse el ganado perdido, como él lo iba, y aquella misma noche, sin dar parte á amigos ni parientes, solo, sin guía, dexó los campos del Tajo con intención de pasar á las islas de Occidente, donde tarde ó nunca se pudiesse saber de sus sucessos, y para testigo de su apartamiento, llegando á la cabaña de Filena, en la corteza de un álamo que junto á ella estaba, dexó escrita esta piadosa despedida:

PRADELIO

Ya que de tu presencia,
cruel y hermossísima pastora,
parto por tu sentencia,
la desdichada hora
que con tanta razón el alma llora;
Queriendo ya partirme
de cuanto me solía dar contento,
habré de despedirme,
dando, en tanto tormento,
mis esperanzas y mi lengua al viento.
Adiós, ribera verde,
do muestra el cielo eterna primavera;
que el que se va y te pierde,
su partida tuviera
por muy mejor si de la vida fuera.
Adiós, serenas fuentes,
donde me vi tan rico de despojos,
que si quedáis ausentes,
presentes mis enojos
me dan otras dos fuentes de mis ojos.
Adiós, hermosas plantas,
adonde dejo el rostro soberano,
con excelencias tantas,
que todo el siglo humano
celebrará las obras de mi mano.
Adiós, aguas del Tajo
y Ninfas dél, que en el albergue usado
sentiréis mi trabajo,
pues el cantar passado
en tristeza y en llanto se ha trocado.
Adiós, laurel y hiedra,
que fregando uno en otro os encendía.
Adiós, acero y piedra,
de do también salía
el fuego que ya va en el alma mía.
Adiós, ganado mío,
que ya fui por tu nombre conocido,
mas ya por desvarío
del hado endurecido
tu nombre pierdo, pues que voy perdido.
Adiós, bastón de acebo,
que conducir solías mis ganados,
pues los que agora llevo
de penas y cuidados,
de Fortuna y Amor serán guardados.
Adiós, mastines fieros,
bastantes á vencer con vuestras mañas
los lobos carniceros,
antes que yo las sañas
de aquella que se ceba en mis entrañas.
Adiós, espejo escaso,
donde sólo se ve lo pobre y viejo,
pues fuera duro caso
mirarse el sobrecejo,
faltando al alma su más claro espejo.
Adiós, cabaña triste,
que en el tiempo passado más copiosa
de gozo y gloria fuiste;
ya, sola y enfadosa,
sierpes te habitarán, que no otra cosa.
Adiós, horas passadas;
testigo es aquel tiempo de vitoria,
que si debilitadas
perdistes ya mi gloria,
no os perderá por esso mi memoria.
Adiós, aves del cielo,
que no puedo imitar vuestra costumbre.
Adiós, el Dios de Delo,
que tu sagrada lumbre
fuera de aquí no quiero que me alumbre.
Adiós, adiós, pastores,
adiós, nobleza de la pastoría,
que sin otros dolores
turbará mi alegría
dejar vuestra agradable compañía.
Adiós, luz de mi vida,
Filena ingrata; en tan mortal quebranto
cesse mi despedida,
porque el dolor es tanto
que se impide la lengua con el llanto.