SÉPTIMA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA
Si en la llaneza y soledad de los campos se lloran celos y se padece olvido, ¿de qué más se puede Amor culpar, en la pompa de las Cortes y en el tráfago de las ciudades, de la mentira y engaño de un corazón que, dividido en mil partes, sin reparar en ninguna, á todas se vende por entero? ¿Y de la miseria del amador, que á trueco de no ser olvidado, le es fácil passar callando por más mal que sospechas y recelos, donde claro se ve cuánto mayor sea el dolor del olvido que la passión celosa? Celosos he visto yo sin miedo de ser olvidados, y jamás vi olvidado que no viviesse celoso; ausencia calle con celos; celo y ausencia con olvido; que si el ausente carece de su contento, puédele buscar, y el celoso si le halla, es en poder ajeno; y el olvidado ausente está, y con más violencia, y celoso y con menos reparo; pero todo esto no puede compararse, Amor, á la injusticia de un engaño, que mientras uno con lealtad y fe sirva y ame, sea pagado con fingida voluntad y agradecida esta paga. Mas, ¿quién me aparta á tan insufrible consideración? Vuélvame la verdad de mis pastores á la agradable ribera, donde ya que como humanos hagan mudanza, no como dañados harán engaños. Vimos venir á Sasio del templo de Diana, tan contento de la venida de Silvera como si tuviera muchas y grandes seguridades de su Amor; mas sucedióle lo que suele á los confiados, que la pastorcilla gentil, no estimando en nada haberla él hospedado en la ribera de Pisuerga y agasajádola con su música y canto tantas veces, y alabádola en tiernas y numerosas rimas, y menos la afición que de presente le mostraba, puso los ojos en el prendado Arsiano; empleo que á la verdad pudiera tener Sasio por venganza, si su mucho amor la consintiera, porque más que nunca Arsiano amaba á la hermosa Amarantha; y de aquí vino que Sasio y Arsiano adolecieron á un tiempo, con el contino cuidado, con el celoso dolor, con las noches malas y los peores días, y en muy breves Sasio murió, dexando un general sentimiento por cuantas aguas riegan nuestra España, especial en los pastores y hermosas hijas del sagrado Tajo; y pienso que las nueve musas y el mismo Apolo sintieron esta pérdida. ¡Oh, gran padre de la Música, sin duda callabas cuando te llamó la muerte! Tú, con tu voz divina, mil veces alegraste los tristes y aliviaste los dolores ajenos, digno fué tu acento de resonar en los cielos y de mover las peñas en la tierra. ¿Cómo ahora no lo haces en la que te cubre? Vengan, Sasio, de las remotas naciones los hombres raros á llorar tu muerte, y de la propia, llore Filardo, lloren Arsiano y Matunto, y tu traslado Belisa, en quien nos queda tu mayor herencia y nuestro mayor consuelo. Fué puesto Sasio poco distante de su cabaña, en un mármol cavado, negro como el ébano de Oriente, cubierto de otro, blanco como la nieve de la sierra, y en muchas plantas que alrededor tenía se escribieron diversos epitafios en sus loores; mas entre todos el famoso Tirsi, cuyas rimas tantas veces Sasio solía cantar, en el tronco de un olmo, que con sus ramas cubría el ancho sepulcro, escribió estos versos de su mano:
DE TIRSI Á SASIO
Yace á la sombra deste duro canto
el que le enterneciera, si cantara;
dexando al mundo su silencio en llanto,
dexó el velo mortal el Alma cara;
mas no pudieran Muerte y Amor tanto,
si el cielo para sí no le invidiara,
Amor y Muerte dan; recibe el cielo,
el don es, Sasio, y quien le llora el suelo.
Entre las lágrimas justas destos amigos pastores, nació otra justíssima ambición y codicia para heredar la lira del segundo Orfeo: los opositores fueron Filardo y Matunto, Belisa y Arsiano, que aunque enfermo y sin gusto, dexó el lecho y se animó á esta empresa. Pusieron por jueces al venerable Sileno, al celebrado Arciolo, al famoso Tirsi, que todos tres sabían la dignidad de los cuatro pretendientes, y aun esto fué causa de no determinarse, antes remitieron el juicio y la lira á las ninfas del río: ellas la tuvieron un día en su poder y la cubrieron de una rica funda de oro y seda, hecha por las hermosas manos de Arethusa; y assí adornada la enviaron á las deesas de las selvas, donde estuvieron tres días, entre olorosas flores y hierbas, y hecho un carro triunfal, cubierto de hiedra y de frescas ramas, tirado de los dos blancos becerros, fué llevada en él á las diosas de los montes, y allí se consagró á Filida, en cuyo poder, de conformidad de ninfas y pastores, quedó aquel don caro del cielo, y con mayor fuerza que antes mueve á los animales y las gentes por la grandeza de su poseedora. Pero la lástima universal de Sasio y el general aplauso de su muerte, ¿por ventura movieron el pecho de Silvera? Esso no; que moría por Arsiano, y mientras un contento huye, mal puede haber otra cosa que lastime. Juntos estaban un día gran número de pastores y pastoras, caído el sol, gozando de la frescura de un verde pradecillo y del templado viento que soplaba, donde Alfeo los ojos en Finea, Andria los suyos en Alfeo, los de Arsiano en Andria y los de Silvera en Arsiano, Andria rompió el silencio y dixo al son de la zampoña de Silvera:
ANDRIA
Suele en el bosque espesso el animoso
mozo gallardo, que con el agudo
venablo fuerte ha penetrado el crudo
pecho del tigre, del león ó el osso,
Mirarle en tierra muerto, sanguinoso,
y recrearse viendo lo que pudo;
y á las veces, dexándole desnudo,
la piel á cuestas irse victorioso.
¿No he sido digna yo de tanta cuenta
como las fieras, que la muerte suya
baña de invidia mis cansados ojos;
Pues tienes el matarme por afrenta,
y estimas en tan poco mis despojos,
que te ofende mi alma porque es tuya?
Acostumbrado estaba Alfeo á oir estas mancillas y Arsiano á sentirlas por los dos, pero no por esso menguaba punto de su Amor, y como ahora vido que, callando Silvera, Filardo tañía, dixo assí, puestos los ojos en la fingida Amarantha:
ARSIANO
Mientras el más ocioso pensamiento
del bravo mozo, con soberbio pecho,
levanta de su honra ó su provecho
hasta las nubes machinas de viento,
Las vitorias allí de ciento en ciento,
la plata, el oro se le viene al lecho,
y alargando la mano á lo que ha hecho,
se ve de rico pobre en un momento.
Dejando yo estas torres de vitoria,
de triunfos, de riquezas, de despojos,
suelo fingir, pastora, por lo menos,
Que me miras de grado con tus ojos,
mas despiértame luego la memoria,
y quedo con los míos de agua llenos.
No dió lugar Silvera á que Filardo dexasse la zampoña, que al punto que Arsiano acabó su soneto, vuelta á él, comenzó desta manera el suyo:
SILVERA
Toma del hondo del abismo el fuego,
la rabia y ansia de los condenados;
el descontento de los agraviados:
de los tiranos el desasossiego.
Ponlo en el alma donde el Amor ciego
puso tu merecer y mis cuidados,
y porque sean mis males confirmados
cessen mis ojos de mirarte luego.
Que de tu voluntad escarnecido,
aqueste Amor que sólo me asegura
prisión, afrenta y muerte de tu mano,
No sólo no de lo que siempre ha sido
podrá quitar un punto, un tilde, un grano,
pero hará mi fe más firme y pura.
Estos pastores cantaban y otros menos afligidos, aunque todos enamorados, se estaban ejercitando en grandes pruebas, cuando entre todos llegó un pastor robusto con un cayado, dejó un sayo tosco, sin pliegues, hasta los pies, y en el brazo izquierdo un zurrón de lana, cinto ancho de piel de cabra y caperuza baja de buriel. Serrano era el traje y el color del rostro más; pero la postura y brío tan gentil, que suspendió á todos su llegada, y en lugar de cortesía, soltando el cayado y zurrón, desafió á tirar, saltar y correr á cuantos allí estaban. Muchos salieron á estos desafíos, mas á ninguno le estuvo bien, assí á los que saltaron y corrieron, como á los que tiraron la barra, y entre ellos no quedó el menos corrido Alfeo, sino el más deseoso de saber quién fuesse. Y si con este cuidado mirara á la serrana Finea, conociera fácilmente ser el pastor Orindo, por cuyo desdén ella andaba desterrada, que la turbación de su rostro bien claro se lo dixera; pero seguro desto pensó que era su mudanza porque aquel serrano le había vencido, y llegándose á ella le dixo: Finea mía, en esto y en todo es fácil que todos me venzan, mas en amarte ninguno. A esto Finea le hizo señas que callasse, que vido venir á Orindo á donde estaban, el cual, tras breve salutación le dixo: Finea, ¿hallaste mejor en lo llano que en la sierra? ¿Quién eres tú, dixo Finea, que quieres saber esso de mí? Si tú no lo sabes, dixo Orindo, menos lo quiero yo saber, pero certifícote que soy Orindo. Ya te conozco, dixo la serrana, y sin más hablar se levantó y dexólos; no hizo señal Orindo de seguirla ni Alfeo de sentimiento, aunque le tuvo en medio del corazón, y ya que la noche cerraba se fué á buscarla á su cabaña, donde amargamente la halló llorando, y queriéndola alegrar no pudo. Muchos días passó Finea desta suerte, y muchos Orindo la seguía, y otros muchos Alfeo confuso no sabía si perdía ó si ganaba, hasta que viniendo un día Siralvo á la ribera, que muchos acostumbraba venir á visitar las cabañas de Mendino y los pastores que curaban su ganado, Alfeo le rogó que hablase con Finea y supiesse della la causa de sus lágrimas, porque si era pesar de ver á Orindo, él le echaría fácilmente de la ribera, y si era voluntad de volverse con él, no era razón desviárselo. Siralvo lo tomó á su cargo, y á pocos lances sintió de Finea que andaba cruelmente combatida y su salud á mucho riesgo. Orindo era de su misma suerte, y Alfeo no, de manera que, estándole bien casarse con Orindo, á Alfeo no le convenía casarse con ella; su destierro había sido por desdén de Orindo, y ya venía humilde á su disculpa: Orindo era su amor primero; Alfeo, segundo; por otra parte, amaba á Alfeo y se veía dél amada, y en él había tantos quilates de valor y merecimiento, que antes ella se debía dejar morir que hacer cosa en que le ofendiesse; acordábase de la venida de Amarantha y que su mucha hermosura y afición no habían sido parte para torcer su voluntad. Estas consideraciones y otras muchas en la discreta Finea eran ponzoña que penetraba su pecho; pero Siralvo, que verdaderamente á los dos amaba, valiéndose de toda su industria echó el resto de su diligencia y pudo tanto, que en dos días que se detuvo en la ribera trocó las lágrimas de aquellos pastores en súbito placer y contento; de manera que Orindo y Finea tornaron á su primera amistad, Alfeo y la encubierta Andria á la suya, y Arsiano, vencido de la razón, volvió sus pensamientos á Silvera, que tan tiernamente le amaba; con intención Finea y Orindo de volverse á la sierra, Alfeo y Amarantha á la olvidada corte, Arsiano y Silvera de habitar el Tajo. No quedó en sus campos pastor que de tanto bien no se alegrase, y junta la mayor nobleza de la pastoría, concertaron celebrar estos conciertos hechos por mano de Amor con alguna fiesta en memoria dellos, y sabiendo ya que Alfeo era cortesano, quisieron que la fiesta fuese á su imitación. Propuso Elpino que se enramassen carros y en ellos saliessen invenciones y disfraces con músicas y letras, cada uno á su albedrío. Ergasto dixo que se cerrase una gran plaza de estacada y dentro se corriessen bravos toros con horcas y lanzas; pero Sileno dixo: Yo tengo yeguas que en velocidad passan al viento, Mendino y Cardenio lo mismo y holgarán de dallas para el caso; hágase una fiesta de mucho primor que en las ciudades suele usarse y sea correr una sortija, donde se puede ver la destreza y ánimo de cada uno. Esta proposición de Sileno agradó á todos, y de conformidad hicieron mantenedor á Liardo, y acompañado á Licio, y juez á Sileno, y á la hora se escribió un cartel señalando lugar para el cuarto día, desde la mitad dél hasta puesto el sol, donde, allende de los precios que ellos quisiessen correr, al más galán se le daría un espejo en que viesse su gala; al de mejor invención, un dardo con que la defendiese; á la mejor lanza, un cayado para otro día; á la mejor letra, las plumas de un pavón, y al más certero, una guirnalda de robre, por vencedor, y al que cayesse, un vaso grande en que pudiesse beber. Venida la noche, por toda la ribera se encendieron muchas hogueras, y el buen Sileno con toda la compañía, principalmente Mireno, Liardo, Galafrón, Barcino, Alfeo, Orindo, Arsiano, Colin, Ergasto, Elpino, Licio, Celio, Uranio, Filardo y Siralvo, salieron por la ribera en yeguas de dos en dos con largas teas encendidas en las manos, corriendo por todas partes con mucho contento de cuantos lo miraban; porque unos se veían ir por la cumbre del monte, otros por los campos rasos, otros por entre la espessura de los sotos, y aun algunos arrojar las hierbas en el Tajo y pasarle á nado reverberando sus lumbres en el agua; después al son de la bocina de Arsindo se juntaron en un ancho prado que, á una parte sin hierba y llano y á otra lleno de altas peñas, era sitio para la fiesta principal muy acomodado y allí fijaron su cartel en el tronco de una haya, y con gran orden acompañando al viejo Sileno se volvió cada cual á su cabaña, excepto Siralvo, que fué á despedirse de Arsiano, Orindo y Alfeo y de las hermosíssimas Andria, Finea y Silvera, prometiéndoles hallarse allí el cuarto día, con lo cual guió á la morada de Erión, donde Mendino y Cardenio le aguardaban maravillados de su tardanza; allí les contó el pastor lo que pasaba en la ribera, y cómo los pastores della les pedían sus yeguas y Sileno daba las suyas; no lo excusaron Mendino y Cardenio, antes por su orden volvió Siralvo á darlas el tercero día, y ellos también se determinaron de ver aquella fiesta tan nueva entre pastores; pero primero quisieron avisar á las amadas ninfas, y pudiéronlo fácilmente hacer porque hallaron á Florela en el monte, esperando que un ruiseñor se recogiese al nido para llevarle á Filida, que aquella noche se había agradado mucho de su canto; para este efeto la acompañaron los dos gallardos pastores, y tomando Mendino el ruiseñor se le dió á Florela y le dijo lo que en la ribera pasaba, y que en todo caso Filida y Filis y Clori no perdiesen de ver aquella fiesta, porque con la esperanza de verlos él y Cardenio y Siralvo estarían allá; con esto Florela se encumbró al monte y los pastores se bajaron con el Mago, que ya la mesa puesta los esperaba. Costumbre tenía Erión de tomar el instrumento sobre comida para recrear juntamente los cuerpos y los ánimos; assí esta vez en siendo acabada tomó un coro, que divinamente le tañía, á cuyo son los pastores se transportaron, y al fin dél, alabando al docto Mago, y tomando su licencia se salieron con los arcos por el monte, deseosos de toparse con las Ninfas, mas no les fué posible, porque como ellas tuvieron aviso de la fiesta, juntáronse Filida y Filis, Clori y Pradelia, Nerea y Albanisa, Arethusa y Colonia, y fueron al templo de la casta Diana por licencia para ir á la ribera; assí gastaron el día, y Mendino y Cardenio buscándolas en vano, y ya que bajaban á la cueva, mataron dos corzos en la falda del risco; á la hora, con Siralvo, que era venido á certificarles la fiesta, los enviaron á Sileno, porque supieron que los había menester el siguiente día; y ellos en amaneciendo dejaron la cueva y fueron á sus cabañas, donde le hallaron poniendo orden en todo. Era muy de ver á cada parte los sitios de los pastores donde tenían sus yeguas y ordenaban sus invenciones, cada uno en soledad con los de su cabaña, sin que de otra nadie los ocupase; y sabiendo Sileno de Florela, que vino delante, cómo las Ninfas venían, mando hacer tres enramadas, una para él y los precios, otra para las Ninfas y otra para las pastoras. En estos apercebimientos, pastores y Ninfas y la hora de la fiesta llegaron juntas; á cada cual puso Sileno en su sitio, y tomando el cartel subió al suyo con Mendino y Cardenio y los festejados Alfeo, Arsiano y Orindo. Sin duda eran estos los más apuestos pastores del Tajo, y éstas las más hermosas pastoras del mundo. A las Ninfas no alabe lengua humana, porque ellas no lo parecían; invidioso Febo se puso tras las pardas nubes, y assí passó el día todo sin dar fastidio con sus rayos; soberbia la tierra se alegró de arte que compitió con el cielo, pues los pastores que tan mejor lo sentían, celébrenlo con mirarlo si ojos mortales bastan á tanto bien; y ahora digamos cómo llegó el mantenedor Liardo vestido de un paño azul finíssimo, sayo largo vaquero y caperuza de falda, camisa labrada de blanco y negro con mangas anchas, atadas sobre los codos, con listones morados, zarafuelle y medias de lana parda y verde, zapato de vaca, que le servía de estribo y espuela, en una yegua castaña acostumbrada á volver los toros á las dehesas; el freno era un cabestro de cerdas con una lazada revuelta por los colmillos, y la silla una piel de tigre de varias colores, y presentándose á Sileno fué su letra:
Si no gano manteniendo
más que en mantener la fe,
pocos precios ganaré.
Licio, su acompañado, salió de la misma suerte, excepto que el vestido era leonado, la yegua baya y por silla su gabán doblado, y la letra:
El que con la fe ha perdido
la esperanza,
¿que ganará con la lanza?
Celio cogió de los campos gran diversidad de flores y hierbas, y con el jugo dellas y agua de goma pintó la yegua y la lanza y su vestidura, que era de un blanco lienzo todo á bandas, de más de diez colores; pero la que caía sobre el corazón era negra, y la letra:
Las alegres son ajenas,
mas las tristes propias son,
y más las del corazón.
Puso por precio una bolsa de lana parda con cerraderos verdes, y contra ella señaló Sileno unas castañetas de ébano con cordones de seda; luego al son de la bocina de Arsindo y de un atabal de dos corchos, que Piron tañía, tomaron lanzas, y á las dos que corrieron no hubo ventaja, pero á las terceras Liardo llevó la sortija y Celio la cuerda: recibió Liardo sus precios y diólos á la hermosa Andria, que á quien él quisiera no podía; y vuelto al lugar, llegó Uranio, vestida la piel entera de un osso que él había muerto, y en la cabeza de la yegua, hecha de cartones, otra de sierpe, que la cubria, y en la anca una gran cola de la misma invención; la lanza cubierta de pellejos de culebras, de arte que parecía verdaderamente un osso; sobre una sierpe con una gran culebra en la mano, decía su letra:
Pero la que sigo es al revés.
Puso por precio un cuerno de hierba ballestera, y Sileno un carcax con seis saetas, y licencia para hacer un arco el que ganasse. Corrieron sus lanzas Licio y Uranio, y las cinco fueron con tanta gallardía, que á todos dieron contento; pero á la sexta, como la yegua de Uranio llevaba la cabeza cubierta, tropezó y dió con el osso una gran caída: perdió el precio, pero diósele un vaso de agua, y tornando á subir algo corrido se puso á un cabo.
Luego entró Siralvo en una yegua overa, vestido de caza, de una tela blanca y verde, por toda ella sembrada de FF y SS; de las FF salian unos lazos que en muchos ñudos enredaban á las SS, y la letra:
De ti nacieron los lazos,
y de mí
la gana de verme anssí.
Puso por precio doce cintas de colores, con cabos blancos, y Sileno dos cenogiles de lo mismo. Corrieron Liardo y Siralvo, sin haber ventaja entre ellos; pero como ya dos aventureros habían perdido, quiso Sileno animar á los demás, y juntamente hacer lisonja á Mendino y dióle el precio á Siralvo: el cual, mirando á quién pudiesse darle, vido llegar á la enramada de las ninfas un pastor muy flaco, vestido de un largo sayo de buriel, en un rocín que casi se le veían los huessos, y á las ancas traía otro pastor en hábito de vieja, ambos con máscaras feíssimas; y llegándose á ellos, les dió los cenogiles y las cintas.
Los cuales á la hora los presentaron á Sileno y pidieron campo. Sileno se lo atorgó, y señaló contra sus precios una bola de acero bruñida, que servía bastantemente de espejo, y llegados al puesto, el pastor disfrazado quiso suplir la falta que había de padrinos en esta fiesta, y hasta la media carrera le llevaba la vieja la lanza: allí la tomaba él y en corriendo se la tornaba á dar; la gracia de las lanzas era muy conforme al talle, y la risa de las ninfas y pastores no cessaba; al fin, por pagalles el contento, Licio pidió al juez que les diesse los precios, y preguntándoles las ninfas si traían letra, sacó la vieja un papel y diósele. Entre los pastores no se supo lo que decía, entre ellas, basta que fué bien solenizado con risa y colores en algunas.
Aquí llegó Filardo en una yegua alazana de hermoso talle; traía vestido sobre jubón y zarafuelles blancos, sayo y calzones de grana fina, caperuza verde, y en ella un manojo de espinas, y con un ramo de oliva, que salía de entre ellas, y la letra:
Mi guerra produxo espinas,
mas Amor
mi paz les puso por flor.
Dió por premio un caramillo de siete puntos, y contra él Sileno una flauta de trece. Corrió Liardo la primera lanza, en que llevó la sortija. Siguióle Filardo de la misma arte; á la segunda, Liardo tocó en ella y derribóla; lo mismo hizo Filardo, y á la tercera Liardo no llevó tal lanza como las passadas; pero Filardo la aventajó á todas, y assí Sileno le dió el precio, y él á Silvia, que con el deseo le tenía comprado.
A la hora oyeron gran ruido de instrumentos y voces, y vieron llegar una ancha cuba, sobre secretas rodajas, tirada con cuerdas de cuatro máscaras, con rostros de gimios y pies de sátiros; venía enramada toda, y encima un pastor sentado, con carátula ancha y risueña, los brazos desnudos, los pechos descubiertos, y en su cabeza una guirnalda de pámpanos llenos de uvas y hojas, en una mano una copa y en otra un odre; alrededor dél, con las mismas coronas y alegria, venían muchos hombres y muchachos, que torciendo llaves, del vientre de la cuba sacaban vino, henchían vasos y derramaban los unos sobre los otros. No faltaba quien también tañesse chapas, albogues, bandurrias y churumbelas y otros instrumentos más placenteros que músicos; todos generalmente se alegraron con la buena venida del fingido Baco, y llegando á Sileno le dió esta letra:
El que de mí se desvía,
á sí y á mi madre enfía.
Puso por precio un vaso grande de vidrio sembrado de verde pimpinela. Sileno señaló un caracol muy hermoso que podía servir de vaso y de bocina; con esto Baco y Licio fueron al puesto. La lanza de Baco era hecha de luengos sarmientos juntos y añudados con sus mismas hojas. No quiso Licio correr primero por el respeto del alegre rey; y en un punto, al son de los envinados instrumentos, la gran cuba fué llevada con grandíssima velocidad, y sin hacer calada ni cosa fea, Baco llevó la sortija, y lo mismo hizo la segunda y la tercera lanza; y aunque Licio corrió bien, quedóse en todas muy atrás. Tornaron á sonar los instrumentos, y la bocina de Arsindo y el atabal de Pirón, y con gran aplauso y contento se le dió á Baco el caracol, con lo cual hizo lugar á Galafrón, que entró en una yegua cebruna, cubierto de hierba tan compuesta y espessa, que por ninguna parte se veía otra vestidura; la cual lanza teñida del mismo color, y un sol de flores en la caperuza con esta letra:
Mi sol fué la flor de abril,
mi contento la verdura
y el invierno mi ventura.
Puso por precio un cinto de becerro bayo, tachonado de nuevo latón, con su escarcela plegada, y Sileno unas carlancas de cuero de ante, herradas con puntas de acero, importantíssimo reparo del mastín contra los noturnos lobos robadores del ganado. Corrió Liardo la primera lanza con mucha destreza, y Galafrón con mucha más; á la segunda se aventajó Liardo, y á la tercera anduvieron tan iguales, que Sireno, Mendino y Cardenio no se supieron determinar; pero queriendo Sileno igualar á entrambos, trocó los precios, dando á Galafrón las carlancas y á Liardo el cinto, con que quedaron contentos, y más Silvera, á quien ambas joyas se presentaron.
Gran rato después desto estuvieron Liardo y Licio esperando aventureros, y ya casi admirados de la tardanza, vieron venir un gran castillo almenado, con extraño ruido de cohetes, que por todas partes salían, invención que, á ser de noche, sin duda pareciera la mejor, porque era todo ensetado de mimbres torcidos y cubiertos de lienzos pintados de color de piedra, y dentro los pastores de Mireno, por secretos lazos le llevaban; y llegando á los jueces, abriéndose de una parte una ancha puerta, por ella salió Mireno en una yegua melada, pisadora, vestido de un sayo corto, gironado á colores, caperuza y calzón de lo mismo, zarafuelle y camisa de varias sedas y lana, con una argolla al cuello y esta letra:
Por hado y por albedrío.
Puso por precio una hermosa caja de cucharas, labradas con gran primor, y Sileno otra de ricos cuchillos, limados no con menos. Corrió Licio mejor que nunca su primera lanza; mas bien le hizo menester, que la de Mireno fué con gran gala y destreza; la aegunda no menos; pero á la tercera, Licio se embarazó y perdióla. Mireno, más animado, remató con llevar la sortija y el premio, el cual fué luego á manos de la hermosa Filida.
Poco después entró Ergasto, en una yegua tordilla, vestido al modo de serrano, un sayo pardo de pliegues, largo de faldas, escotado de cuello, mangas abiertas de alto á baxo con cintas blancas, calzón de polaina, y sobre una gran cabellera postiza, la caperuza vaquera sembrada de cucharas y peines, y en lo alto della una mata de retama en flor, con esta letra:
Tales son, Amor, tus flores
que, del olor engañado,
el gusto queda burlado.
Quitó un peine de su caperuza, y púsole por precio, y Sileno unas tijeras grandes lucias de desquilar. Liardo fué en las dos lanzas primeras desgraciado, y en la tercera muy gracioso; pero como Ergasto en todas anduvo bien y igual, diósele el precio de que hizo presente á la serrana Finea, y ella le recibió con rostro afable.
Iba ya el sol tan cerca de ponerse, que á poco más que Barcino tardara no fuera de efecto su venida; mas él llegó á tiempo en una hermosa yegua rucia rodada, vestido un galán pellico y calzón de armiño, sombrero en su cabeza, alto y ancho, de la misma piel, con zarafuelle y camisa de igual blancura, y su letra:
En quererte,
y tan en blanco mi suerte.
Puso por precio un ramillete de rosas blancas, y Sileno un vidrio do se pudiessen conservar en agua. Corrió Licio la primera lanza, y llevó la sortija; Barcino tras él hizo otro tanto sin haber mejoría en la destreza, y volviendo á la segunda, mientras Lucio corría, y todos se ocupaban en mirarle, Barcino, sin dejar la yegua, se quitó el hábito de pastor y quedó hecho salvaje, cubierto de largo vello de pies á cabeza, de suerte que no fuera conocido á no serlo tanto la yegua. Estas segundas lanzas también fueron buenas; y de la misma suerte, mientras Licio corrió la tercera menos bien que las otras, Barcino tornó á dejar la piel de salvaje, y quedó vestido de un cuero plateado en forma de arnés desde el escarpe hasta la celada: iba todo él y la lanza bañado en agua ardiente, y en medio de la carrera, cuando la gente con más atención le miraba, con fuego secreto se hizo arder todo el cuerpo, hasta la armella de la lanza, de manera que no se pudo tener con ella cuenta, mas ella la dió tan buena de sí que se llevó la sortija. Mucho placer hubieron ninfas y pastores de la invención de Barcino, y dándole Sileno el precio, él le dió á Dinarda.
Con esto, viendo ya que el sol era traspuesto, Sileno pidió á Mendino que diesse los premios del cartel; y llegando todos á la enramada, Mendino, con muchos loores, encareció su fiesta, y á Barcino dió el dardo que era el premio de la invención; á Mireno el espejo, que era el de gala; á Uranio confirmó el vaso de agua que se le dió tan á mejor tiempo; á Baco, que se supo que era Elpino, cayado por mejor lanza; y á Liardo la corona, por vencedor, y las plumas del pavón que eran para la letra, remitió á las ninfas que las habían leído todas, y ellas con mucho gusto las dieron á la vieja.
Bien quisieran los jueces que hubiera premios para cumplir con todos, y alabando á Aquel que sólo todo lo cumple, dejaron las enramadas, y ninfas y pastores siguieron al buen Sileno, que en su cabaña estaba aparejada la cena, donde passaron cosas de no menos gusto y donde se vido junta toda la bondad y nobleza humana, y donde quedaron en silencio hasta que más docta zampoña los cante ó menos ruda mano los celebre.
DEL AUTOR Á SU LIBRO
Soneto.
Por más que el viejo segador usado
la hoz extienda por la mies amiga,
no puede tanto que de alguna espiga
no se quede el rastrojo acompañado.
Aunque el corvo arador con más cuidado
los bueyes rija y el arado siga,
no le hace tan diestro su fatiga
que no vaya algún sulco desviado.
Y tú, Pastor, que con tan pobre apero,
de los humildes campos te retiras,
lleno de faltas, sin enmienda alguna,
Si te llamaren rústico y grosero,
tendrás paciencia, pues, si bien lo miras,
aquesta es mi disculpa y tu fortuna.
DE PEDRO DE MENDOZA
Soneto.
Este Pastor en quien el cielo quiso
resumir el primor de los pastores,
que aunque son de los campos sus primores,
do vive Amor no ha de faltar aviso.
Por tal Pastor se vuelve paraíso
la ribera, caudal de amor y amores:
por tal Pastor merecen más loores
los pastores del Tajo que el de Anfriso.
¡Oh tú sola, sin par Filida bella,
y tú, Pastor, gentil que su renombre
tomaste por triunfo verdadero,
Ella es digna por ti, más tú por ella,
ella de ser del Tajo eterno nombre
y tú de sus pastores el primero!
DE DIEGO MESSIA DE LASSARTE
Soneto.
Agradar al discreto, al más mirado,
al necio, al maldiciente, al envidioso,
medir los gustos de cortés curioso,
¿cómo podrá un Pastor con su cayado?
En su querido albergue del ganado
trate y cuide, si el pasto le es dañoso,
de Filida su bien, sólo cuidoso,
y de otro fin ajeno y descuidado.
Pastor, este es oficio de pastores:
pero quien os leyere, dirá al punto
que sois un nuevo cortesano Apolo.
Con fama tal, del uno al otro polo,
viviréis agradando á todos, junto
discretos, envidiosos, detractores.
DE DON LORENZO SUÁREZ DE MENDOZA
Soneto.
Pastor, si estáis de serlo tan ufano,¿cómo en las cortes os habéis metido? y si sois cortesano conocido, ¿para qué es bueno el traje de villano? Si tocáis el rabel con ruda mano,
¿cómo sale de cíthara el sonido? y si sois con los árboles nacido, ¿quién os mostró el lenguaje ciudadano? Pastor, quiero deciros lo que siento,
después de descifrar vuestros primores y de llegar con vos casi á las manos, Que Filida os ha dado ser y aliento
para ser el mejor de los pastores y el más discreto de los cortesanos.
DE GREGORIO DE GODOY
Soneto.
Pastor, que por ovejas ha escogido
dulces cuidados, altos pensamientos,
aunque la leche y queso sean tormentos,
sola firmeza su cayado ha sido.
No es mucho que, cansado del exido,
se venga á los ilustres aposentos,
que es agradable y sonlo sus intentos,
y es bien morir á donde fué nacido.
Por él puede decirse sin defecto
que so el sayal hay al, pues si queremos
apartarle el rebozo con cuidado,
Un Gálvez de Montalvo hallaremos,
tan hidalgo y galán como discreto
y tan discreto como enamorado.
DE DON FRANCISCO LASSO DE MENDOZA,
SEÑOR DE JUNQUERA
Soneto.
Si al claro ilustre son que con victoria
tan célebre robó al olvido y muerte
los hechos grandes de aquel griego fuerte
tuvo Alejandro envidia tan notoria,
Tuviérala mayor á la alta gloria
de los pastores que do el Tajo vierte
habitan, pues les da el cielo por suerte
quien alce á más grandeza su memoria.
Y á ti, Tajo mayor, que por tu arena
dorada al Histro y Ganges igualabas,
mas ya tu nombre cielo y tierra llena.
Perlas, oro y rubís es cuanto lavas,
pues Montalvo, con rica heroica vena,
te enriquece del bien que no alcanzabas.
DEL DOCTOR CAMPUZANO
Soneto.
Hallar del Nilo la primera fuente
procuraba Nerón con gran trabajo.
¡Oh! quién me descubriesse la del Tajo,
avenida de amor, rica corriente.
El Pindo debe ser en Oriente,
de allí desciende por su falda abaxo,
dejemos sus rodeos, quel ataxo
más breve es esperarle en Occidente.
¿Dónde está esto, Pastor? quiero gustalle;
aquí es el agua dulce, aquí se cría
aquel licor del monte soberano.
Este solo Pastor basta á loalle,
y á tal Pastor ninguno bastaría,
y ansí lo dejo por trabajo vano.
FIN DEL PASTOR DE FILIDA