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Orígenes de la novela, Tomo II

Chapter 77: COLLOQUIO
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About This Book

Una introducción crítica traza el desarrollo de la narrativa breve hispánica y su relación con modelos europeos, examinando géneros, fuentes, temas y técnicas narrativas. Seguidamente se ofrecen ediciones transcritas de cuentos y novelas de los siglos XV y XVI acompañadas de notas y aparato crítico que comentan estilo, léxico, ortografía y rasgos tipográficos. El volumen explica los criterios de transcripción adoptados, preserva intencionalmente errores y variantes cuando ayudan a la comprensión histórica, y contextualiza cada texto para mostrar cómo circulaban influencias y fórmulas narrativas en ese periodo.

COLLOQUIO

Que trata de la vanidad de la honra del mundo, dividido en tres partes: En la primera se contiene qué cosa es la verdedera honra y cómo la quel mundo comúnmente tiene por honra las más veces se podría tener por más verdadera infamia. En la segunda se tratan las maneras de las salutaciones antiguas y los títulos antiguos en el escrebir, loando lo uno y lo otro y burlando de lo que agora se usa. En la tercera se trata una cuestión antigua y ya tratada por otros sobre cuál sea más verdadera honra, la que se gana por el valor y merecimiento de las personas ó la que procede en los hombres por la dependencia de sus pasados. Es colloquio muy provechoso para descubrir el engaño con que las gentes están ciegas en lo que toca á la honra.

INTERLOCUTORES

Albanio.Antonio.Jerónimo.

Albanio.—Deleitable cosa es, sin duda, Jerónimo mío, ver la frescura deste jardín tan hermoso y la verdura, tan apacible á los ojos, mezclada con las diversas colores de las flores y rosas que en ella produce la natura, con la voluntad de Aquél que todas las cosas hace, las cuales no solamente sirven al contentamiento que la vista con ellas recibe, sino que con la suavidad de su olor nos hacen alzar los juicios á la contemplación de mayores cosas, considerando qué tal será lo del cielo cuando en la tierra hallamos lo que en tan gran admiración nos pone.

Jerónimo.—En gran manera me contenta todo lo que veo, y principalmente esta calle plantada de chopos, por tan gran concierto, que no sale el uno del otro con ser tan larga, siendo todos ellos tan altos y veniéndose á juntar las puntas los unos con los otros, como si la naturaleza quisiera usar de todo su poder hurtando la fuerza del sol para que con menos pena y trabajo se pueda andar por ella, teniendo mayor oportunidad para tender los ojos por tan grande arboleda como por una parte y por otra paresce, habiendo en algunas partes tan grandes espesuras que no lo puedo ver sin venirme á la memoria las deleitosas moradas y hermosas estancias de las que los poetas llaman ninfas, y las florestas de los faunos y sátiros de la ciega y antigua gentilidad estimados por dioses. Si su diosa Diana agora estuviera en el mundo, no hallara más amenas y deleitosas las florestas y bosques á donde andaba cazando.

Albanio.—No lo digáis de burla, que de veras podréis creerlo, porque dentro deste cercado no faltará á quien poder tirar con su arco ni en qué emplear las saetas de su aljaba; pero todo lo que habéis visto es poco con lo que veréis entrando por esta puerta. Y, lo primero, mirad esta hermosa casa y morada, no menos suntuosa que bien fabricada para el propósito que fué hecha, y la deleitosa y bien ordenada compostura deste deleitoso jardín, que es como ánima del que allá fuera habemos visto; qué orden de calles, qué plantas y hierbas tan olorosas, qué sombras con sus descansos y asientos á donde pueden gozarse, á lo cual pone mayor contentamiento y alegría la grandeza y suntuosidad del estanque lleno de tantos géneros de pescados y tan crescidos que cuasi lo podréis juzgar por otro mar Caspio.

Jerónimo.—Así lo parece con las barcas y navíos, á los cuales no falta sino la grandeza.

Albanio.—Son conformes á la navegación que tienen, que es muy corta y de poco peligro.

Jerónimo.—Lo que más me aplace es la dulce harmonía destos ruiseñores, que con la excelente suavidad de su música me tienen elevado tanto, que sin dubda no he visto más deleitoso lugar en el mundo. Pero, decidme: ¿por dónde sale el agua que vimos venir al estanque cerca de la puerta por donde entramos?

Albanio.—Allí donde está aquel chapitel veréis una fuentecilla artificial por donde corre y sale de la otra parte, tomando la corriente por un valle más espeso de arboleda que ninguna floresta, en el cual se consume, recibiéndola en sí la tierra para depedirla por otros respiraderos, sin saber á dónde va á dar, aunque á lo que se cree no puede ir á parar sino en el caudaloso río que de la otra parte tan cerca de las paredes del jardín tiene su corriente.

Jerónimo.—¿Quién es aquel que de la otra parte del estanque anda passeándose tan embelesado y contemplativo que, á lo que paresce, hasta agora ni nos ha visto ni oído?

Albanio.—Antonio, nuestro grande amigo, es, si yo no me engaño. Mejor conversación se nos apareja de la que pensamos.

Jerónimo.—En algún profundo pensamiento anda metido, y entre sí se está riyendo no con poca gana.

Albanio.—¿Qué es esto, señor Antonio, que tan de mañana nos habéis hurtado el gozo deste hermoso jardín?

Antonio.—La ociosidad hace buscar algunas cosas en que pasar el tiempo, y yo, no teniendo en qué emplearlo, me he venido aquí adonde hay tanto para todos, que la mayor falta que veo es venir tan pocos á gozarlo. Y así, con la soledad que tenía, distraído en otros pensamientos, con el juicio no gozaba tanto de lo que presente tenía.

Albanio.—Así me parece que os había agora acaecido, porque de lo que pensárades os estábades reyendo con tanta voluntad, que por poco nos provocárades también á nosotros á risa.

Antonio.—Estaba pensando en las opiniones de aquellos dos filósofos, Heráclito y Demócrito, y por no llorar, como hacía Heráclito, acordé reirme con Demócrito.

Jerónimo.—¿Y qué era la causa de la risa?

Antonio.—Ver la vanidad del mundo en una cosa que, por no ser tenido por loco, no me atrevería á decirlo.

Albanio.—Tampoco hubiérades de decir esso para no ponernos en mayor agonía de saberla, y pues que forzosamente habréis de venir á declararos, mejor será que por vuestra voluntad lo digáis, que ninguna excusa podrá valeros para quedar (como suelen decir) preñado con vuestras razones.

Antonio.—Con una condición os lo diré, y es, que por lo que dixere no me tengáis por desatinado, ó á lo menos no me condenéis hasta oir mi justicia, que pues tenemos tiempo y el lugar es oportuno, podréisme decir vuestro parecer, oyendo también el mío, que después todos podremos ser los jueces para determinar la causa. Estaba pensando en la vanidad de la honra mundana y en el engaño que todos rescibimos en desearla y procurarla, y cuán mal entendemos qué cosa es honra para usar della conforme á lo que en sí es, y, en fin, con cuánta mengua y deshonra procuramos honrarnos todos los mortales, teniendo tan grande obligación para huir dello, como lo podrá ver cualquiera que con claro juicio procurare entender el engaño desta honra fingida y engañosa.

Albanio.—Por cierto, señor Antonio, blasfemia es esta que (según la opinión general de las gentes) dificultosamente puede oirse con paciencia. Porque yo no veo en el mundo cosa que en más se deba tener, preciar y estimar que la honra, de la cual dice el filósofo que es el mayor bien de todos los bienes exteriores, y assí todos la buscamos y anteponemos á los otros bienes mundanos, y la tenemos por la más subida y más próspera felicidad y riqueza de todas las que en esta vida pueden alcanzarse para vivir en ella. Porque por ella estiman las gentes todos los otros bienes en poco: el dulce amor de los hijos, la afición de sus mujeres, el sosiego de sus casas y patrias, y, finalmente, tienen en poco las vidas, ofresciéndolas á cada paso por la honra, y vos sólo en dos palabras procuráis destruirla y desterrarla de entre los hombres como á cosa abominable y digna de ser aborrecida. No hay hombre tan justo que la desechase, como podréis ver por lo que dice Esaias: Mi honra no la daré á otro. Sant Pablo, en el capítulo nono de la primera epístola á los de Corintho, dice: Más me conviene morir, que no que alguno deshaga mi gloria; y los hijos del Zebedeo, por la honra principalmente echaron á su madre que pidiese á Christo el asiento de la mano derecha para el uno y el de la siniestra para el otro. Y sin estos, otros muchos enxemplos podría traeros para confundir vuestra opinión tan contraria de la común en la estimación y precio de la honra, y autorizarlo con lo que dice el Sabio en los Proverbios: No des tu honra á gentes ajenas.

Antonio.—No cumplís, señor Albanio, la condición con que se comenzó esta materia, pues sin oirme me dais por condenado. Yo confieso todo lo que habéis dicho ser assí, y lo que os ruego es que me oigáis, porque veréis cómo debaxo dello está el engaño manifiestamente encubierto, y para que mejor lo entendáis, escuchadme con atención, no dexando de replicar á los tiempos necessarios, que á todo pienso satisfaceros.

Jerónimo.—Justo es que assí lo hagamos y que escuchemos cómo funda su razón, que según las dificultades que en ella hallo, tengo deseo de ver la conclusión que tendrá.

Antonio.—Pues hemos de tratar de la honra, para que mejor nos entendamos, es menester saber primero qué cosa es honra.

Albanio.—Según el filósofo, no es otra cosa sino premio de la virtud.

Antonio.—Es tan contrario lo que agora se usa de lo que el filósofo dice y otros muchos autores que tratan desta materia, como veréis por lo que adelante diré, que vosotros vendréis á confesar sin tormento ser verdad todo lo que he dicho, porque conforme á esa definición hemos de considerar de una ó de dos maneras la honra. La una es como christianos, y si lo somos tan de veras como es razón que lo seamos, mayor obligación tenemos á nuestra fe que á nuestra honra.

Jerónimo.—Ninguno puede negarlo.

Antonio.—-¿Pues qué cosa hay hoy en el mundo tan contraria á la verdadera fe de christiano como es la honra tomándola, no conforme á la difinición del filósofo, sino como nosotros della sentimos, porque así la más verdadera difinición será presunción y soberbia y vanagloria del mundo, y della dice Christo por el evangelio de San Juan: ¿Cómo podréis creer los que andáis buscando la honra entre vosotros y no buscáis la que de solo Dios procede? Esta nuestra sanctíssima fe es fundada en verdadera humildad christiana, y la honra, como he dicho, es una vana y soberbia presunción, y desta manera mal puede compadecerse, porque todos los que quieren y procuran y buscan honra, van fuera del camino que deben siguir los que son christianos; y así me parece que es más sutil red y el más delicado lazo y encubierto que el demonio nos arma para guiarnos por el camino de perdición. ¿Y qué pensáis que es la causa? El deseo que tiene que nos perdamos por la mesma razón que él fué perdido. Cosa es por cierto para que todos nos espantemos y nos ponga en gran admiración, ver la fuerza que tiene esta ambición de la honra, que no solamente tenemos en poco y menospreciamos los hijos y las mujeres, los parientes, las haciendas, las vidas, pero que no haga más cuenta de las ánimas, teniéndolas en menos que si no las tuviésemos, ni esperanza ninguna de salvarlas, buscándola y procurándola por diferentes vías que lo hacían los hijos del Zebedeo y otras personas justas, las cuales buscaban la verdadera honra aunque erraban los verdaderos medios de la virtud, puesto que no querían ser honrados y estimados por las riquezas ni hazañas preñadas de la vanagloria mundana.

Jerónimo.—Conforme á eso, parésceme que queréis condenar los notables hechos y dignos de perpetua memoria que los romanos, los griegos, los cartagineses y otras naciones hicieron, ofreciendo las vidas de su propia voluntad, como hicieron los Decios, Mucio Scévola y otros que por la prolixidad dexo de decir.

Antonio.—Si essos pensaran que por ello podían perder sus ánimas, yo los condenara; pero así no quiero hacerlo cuanto á este artículo, porque no tenían sino á la honra y á la fama que ganaban, teniendo por cierto, conforme á su fe que ellos tenían, que lo que hacían era también para ganar la gloria del otro mundo, como la tenían en éste por cierto; y esta es la segunda manera de honra, la cual en su manera está fundada y tiene cimiento sobre la virtud, pues que conforme á su ley, las cosas que hacían eran lícitas y en provecho suyo ó de sus repúblicas ó de otras personas particulares. Pero los que somos christianos todo lo hemos de tener y creer al contrario, porque la honra que perdemos en este mundo estando en medio la humildad y el amor de Christo y temor de ofenderle, es para acrescentar más en la honra de nuestras ánimas, aunque hay pocos que hagan esto que digo.

Albanio.—¿Y quién son esos pocos?

Antonio.—A la verdad el día de hoy mejor dixera que ninguno. El mundo cuanto á esto está perdido y estragado sin sabor ni gusto de la gloria del cielo; todo lo tiene en la pompa y vanagloria deste mundo. ¿Quereislo ver? Si hacen á un hombre una injuria y le ruegan é importunan que perdone al que se la hizo, aunque se lo pidan por Dios y le pongan por tercero, luego pone por inconveniente para no hacerlo: ¿cómo podré yo cumplir con mi honra? No mirando á que siendo christianos están obligados á seguir la voluntad de Christo, el cual quiere que cuando nos dieren una bofetada pasemos el otro carrillo estando aparejado para rescibir otra, sin que por ello nos airemos ni tengamos odio con nuestro prójimo. Si alguno ha levantado un falso testimonio en perjuicio de la buena fama ó de la hacienda y por ventura de la vida de alguna persona, por lo que su conciencia le manda que se desdiga luego, pone por contrapeso la honra y hace que pese más que la conciencia y que el alma, y así el premio que había de llevar de la virtud por la buena obra que hacía en perdonar ó en restituir la fama, en lo cual ganaba honra, quiere perderle con parescerles que con ello la pierde por hacer lo que debe, quedando en los claros juicios con mayor vituperio por haber dexado de hacerlo que su conciencia y la virtud le obligaba. Absolvió Christo á la mujer adúltera, y paresce que por este enxemplo ninguno puede justamente condenarla, pero los maridos que hallan sus mujeres en adulterio, y muchas veces por sola sospecha, no les perdonan la vida.

Jerónimo.—Pues ¿por qué por las leyes humanas se permite que la mujer que fuere hallada en adulterio muera por ello?

Antonio.—Las leyes no mandan sino que se entregue y ponga en poder del marido, para que haga della á su voluntad. El cual si quisiere matarla, usando oficio de verdugo, puede hacerlo sin pena alguna cuanto al marido; pero cuanto á Dios no lo puede hacer con buena conciencia sin pecar mortalmente, pues lo hace con executar su saña tomando venganza del daño que hicieron en su honra; y si se permite este poder en los maridos, es por embarazar la flaqueza de las mujeres para que no sea este delito tan ordinario como sería de otra manera. Y no pára en esto esta negra deshonra, que por muy menores ofensas se procuran las venganzas por casi todos, y es tan ordinario en todas maneras de gentes, que ansí los sabios como los necios, los ricos como los pobres, los señores como los súbditos, todos quieren y procuran y con todas fuerzas andan buscando esta honra como la más dulce cosa á su gusto de todas las del mundo, de tal manera que si se toca alguno dellos en cosa que le parezca que queda ofendida su honra, apenas hallaréis en él otra cosa de christiano sino el nombre, y si no puede satisfacerse ó vengarse, el deseo de la venganza muy tarde ó nunca se pierde. Los que no saben qué cosa es honra, ni tienen vaso en que quepa, estiman y tienen en mucho esta honra falsa y fingida. Si no, mirad qué honra puede tener un ganapán ó una mujer que públicamente vende su cuerpo por pocos dineros, que á estos tales oiréis hablar en su honra y estimarla en tanto, que cuando pienso en ello no puedo dexar de reirme como de vanidad tan grande; y no tengo en nada esto cuando me pongo á contemplar que no perdona esta pestilencial carcoma de las conciencias á ningún género de gentes de cualquier estado y condición que sean, hasta venir á dar en las personas que en el mundo tenemos por dechado, de quien todos hemos de tomar enxemplo, porque los religiosos que, allende aquella general profesión que todos los christianos en el sancto bautismo hecimos, que es renunciar al demonio y á todas sus pompas mundanas, tienen otra particular obligación de humildad por razón del estado que tienen, con la cual se obligan á resplandecer entre todos los otros estados, pues están puestos entre nosotros por luz nuestra, son muchas veces tocados del apetito y deseo desta honra, y ansí la procuran con la mejor diligencia que ellos pueden, donde no pocas veces dan de sí qué decir al mundo, á quien habían de dar á entender que todo esso tenían ya aborrecido y echado á un rincón como cosa dañosa para el fin que su sancto estado pretende; de donde algunas veces nacen entre ellos, ó podrían nascer, rencillas, discordias, discusiones y desasosiegos que en alguna manera podrían escurecer aquella claridad y resplandor de la doctrina y sanctidad que su sancto estado publica y profesa, lo cual ya veis que á la clara es contra la humildad que debrían tener, conforme á lo que profesaron y á la orden y regla de vivir que han tomado.

Jerónimo.—Conforme á esso no guardan entre sí aquel precepto divino que dice: el que mayor fuese entre vosotros se haga como menor; porque desta manera todos huirían de ser mayores, pues que dello no les cabría otra cosa sino el trabajo.

Antonio.—Verdaderamente, los que más perfectamente viven, según la religión christiana, son ellos, y por esto conoceréis cuán grande es el poder de la vanidad de la honra, pues no perdona á los más perfectos.

Jerónimo.—No me espanto deso, porque en esta vida es cosa muy dificultosa hallar hombre que no tenga faltas, y como los flaires sean hombres, no es maravilla que tengan algunas, especialmente este apetito desta honra que es tan natural al hombre, que me parece que no haya habido ninguno que no la haya procurado. Porque aun los discípulos de Jesu Christo contendían entre sí cuál había de ser el mayor entre ellos, cuanto más los flaires que, sin hacerles ninguna injuria, podemos decir que no son tan sanctos como los discípulos de Jesu Christo que aquello trataban. Pero quiero, señor Antonio, que me saquéis de una duda que desta vuestra sentencia me queda y es: ¿por qué habéis puesto enxemplo más en los flaires que en otro género de gente?

Antonio.—Yo os lo diré. Porque si á ellos, que son comúnmente los más perfectos y más sanctos y amigos del servicio de Dios, no perdona esta pestilencial enfermedad de la honra mundana y no verdadera, de aquí podréis considerar qué hará en todos los otros, en los cuales podéis comenzar por los príncipes y señores y considerar la soberbia con que quieren que sea estimada y reverenciada su grandeza, con títulos y cerimonias exquisitas y nuevas que inventan cada día para ser tenidos por otro linaje de hombres, hechos de diferente materia que sus súbditos y servidores que tienen. Los caballeros y personas ricas quieren hacer lo mesmo, y así discurriendo por todos los demás, veréis á cada uno, en el estado en que vive, tener una presunción luciferina en el cuerpo, pues si las justicias hubiesen de hacer justicia de sí mesmos, no se hallarían menos culpados que los otros, porque debajo del mando que tienen y el poder que se les ha dado, la principal paga que pretenden es que todo el mundo los estime y tenga en tanto cuasi como al mesmo príncipe ó señor que los ha puesto y dado el cargo, y si les paresce que alguno los estima en poco, necesidad tiene de guardarse ó no venir á sus manos.

Albanio.—Justo es que los que tienen semejantes cargos de gobierno sean más acatados que los otros.

Antonio.—No niego yo que no sea justo que así se haga; pero no por la vía que los más dellos quieren, vanagloriándose dello y queriéndolo por su propia autoridad y por lo que toca á sus personas, y no por la autoridad de su oficio. Y dexando éstos, si queremos tomar entre manos á los perlados y dignidades de la Iglesia de Christo, á lo menos por la mayor parte, ninguna otra cosa se hallará en ellos sino una ambición de honra haciendo el fundamento en la soberbia, de lo cual es suficiente argumento ver que ninguno se contenta con lo que tiene, aunque baste para vivir tan honradamente y aún más que lo requiere la calidad de sus personas, y assí, todos sus pensamientos, sus mañas y diligencias son para procurar otros mayores estados.

Albanio.—¿Y qué queréis que se siga de esso?

Antonio.—Que pues no se contentan con lo que les basta, y quieren tener más numerosos servidores, hacer grandezas en banquetes y fiestas y otras cosas fuera de su hábito, que todo esto es para ser más estimados que los otros con quien de antes eran iguales, y assí se engríen con una pompa y vanagloria como si no fuesen siervos de Christo sino de Lucifer, y este es el fin y paradero que los más dellos tienen. Puede tanto y tiene tan grandes fuerzas esta red del demonio, que á los predicadores que están en los púlpitos dando voces contra los vicios no perdona este vicio de la honra y vanagloria cuando ven que son con atención oídos y de mucha gente seguidos en sus sermones y alabados de lo que dicen, y así se están vanagloriando entre sí mesmos con el contento que reciben de pensar que aciertan en el saber predicar.

Jerónimo.—Juicio temerario es este; ¿cómo podéis vos saber lo que ellos de sí mesmos sienten?

Antonio.—Júzgolo porque no creo que hay agora más perfectos predicadores en vida que lo fué San Bernardo, el cual estando un día predicando le tomó la tentación y vanagloria que digo, y volviendo á conoscer que era illusión del demonio estuvo para bajarse del púlpito, pero al fin tornó á proseguir el sermón diciendo al demonio que lo tentaba: Ni por ti comencé á predicar ni por ti lo dejaré. En fin, os quiero decir que veo pocos hombres en el mundo tan justos que si les tocáis en la honra, y no digo de veras, sino tan livianamente, que sin perjuicio suyo podrían disimularlo, que no se alteren y se pongan en cólera para satisfacerse, y están todos tan recatados para esto, que la mayor atención que tienen los mayores es á mirar el respeto que se les tiene y el acatamiento que les guardan, y los menores el tratamiento que les hacen, y los iguales, si alguno quiere anteponerse á otro para no perder punto en las palabras ni en las obras. Y medio mal sería que esto pasase entre los iguales, que ya en nuestros tiempos, si una persona que tenga valor y méritos para poderlo hacer trata á otra inferior llanamente y llamándole vos, ó presume de responderle como dicen por los mesmos consonantes, ó si no lo hacen van murmurando dél todo lo posible. Y no solamente hay esto entre los hombres comunes y que saben poco, que entre los señores hay también esta vanidad y trabajo, que el uno se agravia porque no le llaman señoría y el otro porque no le llaman merced; otros, porque en el escribir no le trataron igualmente, y un señor de dos cuentos de renta quiere que uno de veinte no gane con él punto de honra. Pues las mujeres ¿están fuera desta vanidad y locura? Si bien lo consideramos, pocas hallaréis fuera della, con muy mayores puntos, quexas y agravios que tienen los hombres. La cosa que, el día de hoy, más se trata, la mercadería que más se estima, es la honra, y no por cierto la verdadera honra, que ha de ser ganada con obras buenas y virtuosas, sino la que se compra con vicios y con haciendas y dineros, aunque no sean bien adquiridos. ¡Oh cuántos hay en el mundo que estando pobres no eran para ser estimados más que el más vil del mundo, y después que bien ó mal se ven ricos, tienen su archiduque en el cuerpo, no solamente para querer ser bien tratados, sino para querer tratar y estimar en poco á los que por la virtud tienen mayor merecimiento que ellos! Si vemos á un hombre pobre, tratámosle con palabras pobres y desnudas de favor y auctoridad; si después la fortuna le ayuda á ser rico, luego le acatamos y reverenciamos como á superior; no miramos á las personas, ni á la virtud que tienen, sino á la hacienda que poseen.

Jerónimo.—Si esa hacienda la adquirieron con obras virtuosas, ¿no es justo que por ella sean estimados?

Antonio.—Sí, por cierto; pero el mayor respeto que se ha de tener es á la virtud y bondad que para adquirirlas tuvieron, por la cual yo he visto algunos amenguados y afrontados, que usando desta virtud gastaron sus patrimonios y haciendas en obras dignas de loor, y como todos tengamos en el mundo poco conoscimiento de la honra, á éstos que la merecen, como los veamos pobres, les estimamos en poco; así que los ricos entre nosotros son los honrados, y aunque en ausencia murmuramos dellos, en presencia les hacemos muy grande acatamiento; y la causa es que, como todos andemos tras las riquezas procurándolas y buscándolas, pensamos siempre podernos aprovechar de las que aquellos tienen, los cuales van tan huecos y hinchados por las calles, que quitándoles las gorras ó bonetes otros que por la virtud son muy mejores que ellos, abaxándolos hasta el suelo con muy gran reverencia, ellos apenas ponen las manos en las suyas, y en las palabras y respuestas también muestran la vanidad que de las riquezas se ha engendrado en ellos. ¡Oh vanidad y ceguedad del mundo! que yo sin duda creo que esta honra es por quien dixo el Sabio: Vanidad de vanidades y todas las cosas son vanidad. La cual tan poco perdona los muertos como á los vivos, que á las obsequias y sacrificios que hacemos por las almas llamamos honras, como si los defunctos tuviesen necesidad de ser honrados con esta manera de pompa mundana; y lo que peor es que muchos de los que mueren han hecho sus honras en vida llamándolas por este nombre, tanto para honrarse en ellas como para el provecho que han de recibir sus ánimas. Es tanta la rabia y furor de los mortales por adquirir y ganar honra unos con otros, que jamás piensan en otra cosa, y harto buen pensamiento sería si lo hiciesen para que se ganase la honra verdadera. Lo que tienen por muy gran discreción y saber es aventajarse con otros en palabras afectadas y en obras de viva la gala, y cuanto se gana en lo uno ó en lo otro entre hombres que presumen de la honra, ¿qué desasosiego de cuerpo y de ánima nace dello? Porque si es tierra libre, luego veréis los carteles, los desafíos, los gastos excesivos, pidiendo campo á los reyes ó á los señores que pueden darlo; de manera que para venir á combatir han perdido el tiempo, consumido la hacienda, padescido trabajo, y muchas veces los que quieren satisfacerse quedan con mayor deshonra, por quedar vencidos. Y lo que peor es que el que lo queda, por no haber sido muerto en la contienda, pierde la honra en la opinión de los parientes, de los amigos y conoscidos, que todos quisieran que perdiera antes la vida y aun la ánima que la honra como cobarde y temeroso. Y es el yerro desto tan grande, que si muere (con ir al infierno) los que le hacen se precian dello y les paresce que en esto no han perdido su honra. Y si es en parte donde no se da campo á los que lo piden, ¡qué desasosiego es tan grande el que traen en tanto que dura la enemistad, qué solicitud y trabajo insoportable por la satisfacción y venganza! Y muchas veces se pasan en este odio un año, dos años y diez años, y otros hasta la muerte, y algunos se van con la injuria y con deseo de vengarla á la sepultura.

Jerónimo.—Bien ciertos van éstos de la salvación, quiero decir de la condenación de su ánima; poco más me diera que murieran siendo turcos y gentiles, y aun en parte menos, porque no dieran cuenta del sancto baptismo que no hubieran recibido.

Albanio.—Decidme, señor Antonio, ¿hay alguna cosa que pueda ó tenga mayor fuerza que la honra?

Antonio.—El interesse es algunas veces de mayor poder, aunque no en los hombres de presunción y que se estiman en algo, y si por ventura en éstos se siente esta flaqueza, pierden el valor que tienen para con los que tienen presunción de la honra, y luego son dellos menospreciados.

Albanio.—¿Y cual tenéis vos por peor, el que sigue el interés ó la vanagloria?

Antonio.—Si el interese es bien adquirido, por mejor lo tengo, porque con él pueden venir á hacer buenas obras y usar de virtud, lo que no se puede hacer con la honra vana sin el interese.

Albanio.—Pues decidnos en conclusión, ¿qué es lo que queréis inferir de todo lo que habéis alegado contra la honra, que según habéis estado satírico, creo que ha de ser más áspero que todo lo antecedente. ¿De manera que queréis desterrar la honra del mundo para que no se tenga noticia della?

Antonio.—Si tenéis memoria de todo lo que he dicho, por ello entenderéis que yo nunca he dicho mal de la que es verdadera honra, conforme á la diffinición della y al verdadero entendimiento en que habemos de tomalla, y si á los virtuosos, los sabios, los que tienen dignidades ó officios públicos honrados, los esforzados, los magníficos, los liberales, los que hicieron notables hechos, los que viven justa y sanctamente también merescen esta honra y acatamiento que el mundo suele hacer como ya arriba dixe y lo dice Sancto Tomás. Y es razón que sean honrados y estimados de los otros, y la honra que ellos procuran por esta via, justa y sancta es, y nosotros estamos obligados á dársela. Pero si la quieren y piden con soberbia, queriendo forzarnos á que se la demos, ya pierden en esto el merecimiento que tenían por los méritos que en ellos había.

Jerónimo.—Desa manera ninguno habrá que pueda forzar á otro á que le reverencie y acate.

Antonio.—No es regla tan general ni la toméis tan por el cabo, que el padre puede forzar á los hijos, los hermanos mayores á los menores, y más si les llevan mucha edad, los señores á los vasallos y á los criados, los perlados á los súbditos; pero esto ha de ser con celo de hacerlos ser virtuosos y que hagan lo que deben, y no con parescerles que les puedan hacer esta fuerza por solo su merecimiento, porque assí ya va mezclada con ella la soberbia y vanagloria, y en lugar de merescer por ello, serán condenados en justicia.

Jerónimo.—Al fin lo que entiendo de vuestras razones es que la verdadera honra es la que damos unos á otros, sin procurarla los que la reciben; porque las obras virtuosas que hicieron las obraron por sola virtud y sin ambición ni codicia de la honra, y que cualquiera que procurare tomarla por sí mesmo, aunque la merezca, esto solo basta para que la pierda.

Antonio.—En breves palabras habéis resumido todos mis argumentos; ahí se concluye todo cuanto he dicho, siendo tan contrario de la común opinión de todos los que hoy viven en el mundo. Y lo que he hablado entre vosotros, como verdaderos amigos, no lo osaría decir en público, porque algunos no querrían escucharme, otros me tendrían por loco, otros dirían que estas cosas eran herejías políticas contra la policía, y otros necedades; no porque diesen causa ni razón para ello, ni para confundir las que digo aunque no son gran parte las que se podrían decir, lo que harían es irse burlando dellas y reyéndose de quien las dice, aunque á la verdad esto es decir verdades, y verdaderamente lo que se ha de sentir de la honra que tan fuera nos trae del camino de nuestra salvación. Y porque ya se va haciendo tarde y por ventura el conde habrá preguntado por mí, es bien que nos vamos, aunque algunas cosas quedarán por decir, de que creo que no recibiérades poco gusto.

Jerónimo.—Ya que no las digáis agora, yo pienso persuadiros que las digáis hallándoos desocupado, porque quiero entender todo lo que más hay que tratar desta honra verdadera y fingida, porque si alguna vez platicare esta materia con mis amigos, vaya avisado de manera que sin temor pueda meterme á hablar en ella, como dicen, á rienda suelta.

Albanio.—No quedo yo menos codicioso que Jerónimo, y assí pienso molestaros hasta quedar satisfecho.

Antonio.—Pues que así lo queréis, mañana á la hora de hoy volveremos á este mesmo lugar, que yo holgaré de serviros con daros á sentir lo que siento. Y no nos detengamos más, porque yo podría hacer falta á esta hora.


COMIENZA LA SEGUNDA PARTE

Del colloquio de la honra, que trata de las salutaciones antiguas y de los títulos y cortesías que se usaban en el escrebir, loando lo que se usaba en aquel tiempo, como bueno, y burlando de lo que agora se usa, como malo.

INTERLOCUTORES

Albanio.Antonio.Jerónimo.

Albanio.—Á buena hora llegamos, que aquél es Antonio, que agora llega á la puerta del jardín. No ha faltado punto de su palabra.

Jerónimo.—Paréceme que, dexando la calle principal de los chopos, se va por otro camino rodeando.

Albanio.—El rodeo es tan sabroso que no se siente, porque toda esta arboleda que veis es de muy hermosas y diferentes frutas, las cuales no tienen otra guarda más de estar aparejadas para los que quisieren aprovecharse y gustar dellas. Toda esta espesura que miráis produce fructo en muy gran abundancia, y los más de los árboles que están en este tan hondo valle son provechosos. Mirad qué dos calles estas que parescen dos caminos hechos en alguna cerrada y muy espesa floresta, y de la mesma manera va otra calle por la otra parte. Por cierto deleitosa y muy suave cosa es gozar en las frescas mañanas deste caloroso tiempo de tan grande y agradable frescura como aquí se muestra.

Jerónimo.—¿Qué puerta grande es ésta que aquí vemos?

Albanio.—Una puerta trasera por donde se entra al jardín, y es la mesma que vimos cabe la fuentecilla, cerca del estanque.

Jerónimo.—Agora entiendo lo que decís; porque lo he visto, pero no veo á Antonio. ¿Dónde se podrá haber escondido?

Albanio.—Acá en la huerta de los olivos, que poco ha era otro laberinto fabricado por otra mano de Dédalo.

Jerónimo.—¿Por qué lo deshicieron?

Albanio.—Porque no hallaron al minotauro que en él estuviese encerrado.

Jerónimo.—Bueno estoy yo entre un filósofo y un poeta. Cada día podré aprender cosas nuevas.

Albanio y Jerónimo.—Buenos días, señor Antonio.

Antonio.—Seáis, señores, bien venidos, que con temor estaba de vuestra tardanza. Parésceme que no solamente llegamos á un tiempo, pero que todos venimos con una intención: vosotros de oir el fin de lo que ayer aquí tratamos, y yo de decir lo que dello siento, á lo cual me habéis dado mayor ocasión con la salutación que me hecistes y con la que yo os he respondido, que para los que agora quieren ser honrados fuera una manera de afrenta saludarlos, á su parecer, tan bajamente. Y cuando esto contemplo, parésceme que no puedo dejar de seguir la opinión de Demócrito de reirme de su ceguedad é locura. ¡Oh mundo confuso, ciego y sin entendimiento, pues amas y quieres y buscas y procuras todo lo que es en perjuicio de ti mesmo! Si no entendemos lo que hacemos, es muy grande la ceguera y iñorancia, por la cual no se puede excusar el peccado; y si lo entendemos y no lo remediamos, viendo el yerro que hacemos, ninguna excusa nos basta; y declarándome más, digo que solían en otros tiempos saludarse las gentes con bendiciones y rogando á Dios, diciendo: Dios os dé buenos días; Dios os dé mucha salud; Dios os guarde; Dios os tenga de su mano; manténgaos Dios; y agora, en lugar desto y de holgarnos de que así nos saluden, sentímonos afrentados de semejantes salutaciones, y teniéndolas por baxeza nos despreciamos dellas. ¿Puede ser mayor vanidad y locura que no querer que nadie ruegue á Dios que nos dé buenos días ni noches, ni que nos dé salud, ni que guarde, mantenga, y que en lugar dello nos deleitemos con un besa las manos á vuestra merced? Que si bien consideramos lo que decimos, es muy gran necedad decirlo, mintiendo á cada paso, pues que nunca las besamos, ni besaríamos, aunque aquel á quien saludamos lo quisiese. Por cierto cosa justa sería que agora nos contentásemos nosotros con lo que en los tiempos pasados se satisfacían los emperadores, los reyes y príncipes, que con esta palabra «á ver» se contentaban, porque quiere decir tanto como Dios os salve; y como paresce por las corόnicas antiguas y verdaderas, á los reyes de Castilla aún no ha mucho tiempo que les decían: «manténgaos Dios» por la mejor salutación del mundo. Agora, dexadas las nuevas formas y maneras de salutaciones que cada día para ellos se inventan y buscan, nosotros no nos queremos contentar con lo que ellos dexaron, y es tan ordinaria esta necedad de decir que besamos las manos, que á todos comprende generalmente, y dexando las manos venimos á los pies, de manera que no paramos en ellos ni aun pararemos en la tierra que pisan, y, en fin, no hay hombre que se los descalce para que se los besen, y todo se va en palabras vanas y mentirosas, sin concierto y sin razón.

Albanio.—Como caballo desenfrenado me paresce que os vais corriendo sin estropezar, por hallar la carrera muy llana. Decidme: al emperador, á los reyes, á los señores, á los obispos, á los perlados, ¿no les besan también las manos de hecho como de dicho? Y al Summo Pontífice, ¿no le besan los pies? Luego mejor podrían decir los que lo hacen que no hacerlo.

Antonio.—Antes á esos, como vos decís, se besan sin que se digan, y oblíganos la razón por la superioridad que sobre nosotros tienen, y cuando no lo podemos hacer por la obra, publicámoslo en las palabras, como lo haríamos pudiendo. Mas acá entre nosotros, cuando uno dice á otro que le besa las manos, ¿besárselas ya si se las diese?

Albanio.—No por cierto, antes le tendrían por nescio y descomedido si le pediese que cumpliese por obra las palabras.

Antonio.—Pues ¿para qué mentimos? ¿Para qué publicamos lo que no hacemos? ¿Y para qué queremos oir lisonjas y no salutaciones provechosas? ¿Qué provecho me viene á mí de que otro me diga que me besa las manos y los pies?

Jerónimo.—Yo os lo diré, que en decirlo parescerá recognosceros superioridad y estimaros en más que á sí, teniéndose en menos por teneros á vos en más.

Antonio.—Mejor dixérades por ser pagado en lo mesmo, que si uno dice que os besa las manos, no digo siendo más, sino siendo menos, no siendo la diferencia del uno al otro en muy gran cuantidad, si no le respondéis de la mesma manera, luego hace del agraviado y lo muestra en las palabras y obras si es necesario, buscando rodeos y formas para igualarse y para no tener más respeto ni acatamiento del que se les tuviere; y, en fin, todos se andan á responder, como dicen, por los consonantes, y el oficial en esto quiere ser igual con el hidalgo diciendo que no le debe nada, y el hidalgo con el caballero, y el caballero con el gran señor, y todo esto porque es tan grande la codicia y ambición de la honra, que no hay ninguno que no querría merecer la mayor parte, y no la meresciendo, hurtarla ó robarla por fuerza, como á cosa muy codiciosa. Y tornando á lo pasado, es muy mal trueque y cambio el que habemos hecho del saludar antiguo al que agora usamos. Por menosprecio decimos á uno: en hora buena vais, vengáis en buena hora, guárdeos Dios, y si no es á nuestros criados ó á personas tan baxas y humildes que no tienen cuenta con ello, no osaríamos decirlo, siendo tanto mejor y más provechoso que lo que decimos á otros, cuanto podrá entender cualquiera que bien quisiese considerarlo. Gran falta es la que hay de médicos evangélicos para curar tan general pestilencia, la cual está ya tan corrompida y inficcionada, que sólo Dios basta para el remedio della; antes va el mundo tan de mal en peor, que si viviésemos muchos tiempos veríamos otras diferentes novedades, con que tendríamos por bueno lo de agora.

Albanio.—Por ventura con el tiempo vendrá el mundo á conoscer lo bueno que ha dexado, y dexará lo malo que agora se usa, porque muchas cosas se usan que se pierden, y después el tiempo las vuelve al primer estado. Pero ¿no me diréis de que os estáis reyendo?

Antonio.—De otra vanidad tan grande como la pasada; y también me río de mí mesmo, que no dexaría de picar en ella conosciendo que es locura, como lo hacían todos los otros del mundo.

Jerónimo.—Pues luego no pongáis culpa á los otros, que el que quiere en alguna cosa reprehender á su próximo ha de estar en ella disculpado.

Antonio.—Con una razón podré disculparme: que á lo menos conozco y siento el yerro que hago.

Albanio.—Esso sólo basta para teneros por más culpado; porque si vos conosciendo que erráis no os apartáis del yerro, menos razón tendrán los que, errando, tienen por cierto que aciertan, y así el primero á quien habéis de reprehender es á vos mesmo y conoscer que estoy dignamente debajo de la bandera desta locura.

Antonio.—No sé cuál tenga por mayor yerro, seguir común opinión y parescer de todos ó quererme yo solo extremarme para ser notado de todo el mundo, y assí pienso por agora no me apartar de la compañía donde entran buenos y malos, sabios y necios; y por no teneros más suspensos, digo que es cosa para mirar y contemplar los títulos y cortesías que se usan en el escrebir. Solían en los tiempos antiguos llamar á un emperador ó un rey escribiéndole, por la mayor cortesía que podían decir, «vuestra merced», y cuando lo decían era con haberle dicho cient veces un «vos» muy seco y desnudo. Después, por muy gran cosa le vinieron á llamar «señoría», y agora ya no les basta «alteza», que otros títulos nuevos y exquisitos se procuran, subiendo tan cerca de la divinidad que no están á un salto del cielo; y en los emperadores y reyes podríase sufrir, por la dignidad que tienen y principalmente por la que representan, pero comenzando abaxo por los inferiores veréis cosas notables. A los mesmos reyes que he dicho, en las cartas ó peticiones ó escrituras solían poner noble ó muy noble rey, muy virtuoso señor. Agora no hay hombre que, si se estima en algo, no quiera ser noble ni virtuoso.

Jerónimo.—Eso debe de ser porque hay poca virtud y nobleza en el mundo, que todo se ha subido al cielo. Pero decidme, ¿qué es lo que quieren ser?

Antonio.—Magníficos ó muy magníficos, aunque en Valencia y Cataluña se tiene por más ser noble que magnífico; mas andan á uso de acá los que no siendo nobles se precian de título de magníficos, y muchos de los que lo quieren, maldita la liberalidad que usaron, ni grandeza hicieron, y por ventura son los mayores míseros y desventurados que hay en el mundo.

Albanio.—¿Luego quieren que mientan como los otros que dicen que besan los pies ó las manos?

Antonio.—Eso mesmo es lo que procuran, y si usasen alguna liberalidad ó magnificencia con quien se lo llama y escribe, tendría razón para ello. Y dexando á éstos, que es la gente que presume y tiene algún ser para ello y para poderse estimar, los señores y grandes á quien solían escrebir, por título, muy sublimado, muy magnífico, agora ya lo tienen por tan baxo que se afrentan y deshonran dello.

Jerónimo.—Tienen razón, porque se han dado á no hacer ya merced ninguna, y lo que peor es, que se precian dello, y así quieren dexar este título para los señores pasados que usaron magnificencias, y ellos tomar otros nuevos y que más les convengan.

Antonio.—Llámanse ilustres y muy ilustres y illustrísimos.

Albanio.—No puedo entender qué quieren decir esos nombres.

Antonio.—Lo que ellos quieren que diga es que son muy claros, muy resplandecientes en linaje y en obras.

Albanio.—Bien es que lo quieran los que lo son; pero los que no lo fueren, poca razón tienen de quererlo y usurpar los títulos ajenos; y lo que me paresce mal es que los perlados, que vemos ser hijos de humildes padres y labradores y que se hicieron con ser venturosos del polvo de la tierra, se agravien si no les llaman illustres y muy illustres, dexando los títulos que más les convienen.

Antonio.—Yo os diré la causa y la razón que tienen para ello, la cual es que, como los solían llamar muy reverendos ó reverendísimos, que quiere decir tanto como dignos de ser acatados y reverenciados, y ellos por el linaje y obras no lo sean, no quieren que mintamos tanto, teniendo por menor mentira que los llamemos illustres, y ya que sea tan grande, quieren el título que les paresce ser más honrado cuanto á la vanidad del mundo, y en fin, esto durará muy pocos días, que ya, como todos los hijos de señores y de otras personas señaladas quieren y procuran el illustre y muy illustre, otros nuevos títulos hemos de buscar para los otros.

Jerónimo.—Ya los hay, porque ya en España se comienza á usar el excelente, muy excelente, sereníssimo, y en lugar de señoría se llama «excelencia».

Antonio.—Decís verdad, que no me acordaba, aunque esos títulos no están bien confirmados; pero yo fiador que los que vivieren muchos años vean que de la excelencia suben á la alteza.

Jerónimo.—¿Y qué quedará para los reyes?

Antonio.—No faltará algo de nuevo, y por ventura volverán á dar vuelta al mundo y se tornar á llamar virtuosos y nobles, y por alteza nobleza; y esto sería acertamiento, que todo esto otro son vanidades y necedades, y lo que pior es, que todos cuantos las escrebimos, las damos firmadas de nuestros nombres. Assí lo hacen también los señores que, escrebiendo á los inferiores dellos, á unos llaman parientes, á otros parientes señores, y á otros nombres de parentesco, sin haber entre ellos ninguno, ante los quieren hacer sus parientes porque se tenga en ellos por grandeza llamarlos parientes, por ser más cosa magnífica el dar que el recibir, siendo tan gran mentira y tan manifiesta, y no piensan que es peccado venial mentir á cada paso, y no tienen cuenta con que no es lícito el mentir, ni aun por salvar la vida del hombre.

Jerónimo.—No llaman á todos parientes ni primos, que algunos llaman singulares ó especiales amigos.

Antonio.—También mienten en esto, porque, según dice Tulio en el De amicicia: La amistad ha de ser entre los iguales, y como no lo sean, aquel á quien escriben no puede ser su amigo singular. ¿Queréislo ver? Si el criado ó el vasallo llamase al señor amigo, permitirlo ia? No por cierto, y assí no se puede llamar amistad la que hay entre ellos; y si no es amistad, no se pueden llamar propiamente amigos.

Albanio.—De essa manera ¿no dexáis título ninguno con que los señores puedan escribir á los criados y vasallos y otros inferiores?

Antonio.—No faltan títulos si ellos quieren escribirlos, y más propios que los escriben. A los criados escribirles: á mi criado, á mi fiel criado, á mi humilde criado, á mi buen criado Fulano. A los que no lo son: al honrado, al virtuoso, al muy virtuoso, y otras maneras que hay de escribir; que no parezcan desatinos, y de los malos usos que en él se han introducido que tendrán por mayor desatino este que digo.

Jerónimo.—No tengáis dubda desso.

Antonio.—Como quiera que sea diga yo la verdad en tiempo y lugar, y el mundo diga y haga lo que quisiere, y porque no paremos aquí, os quiero decir otra cosa no poco digna de reirse como desatino y ceguera, que á mí me tiene admirado que las gentes no la destierren del mundo como á simpleza, que los brutos animales (si bastase su capacidad á entenderla), burlarían de nosotros y della.

Jerónimo.—¿Y qué cosa es essa?

Antonio.—La que agora se usa en los estornudos, que como sabéis es aquella tan espantable y terrible pestilencia que hubo en la ciudad de Roma siendo pontífice San Gregorio, cuando las gentes estornudaban, se caían luego muertos, y assí los que los vían estornudar decían: Dios os ayude, como á personas que se les acababa la vida, y de aquí quedó en uso, que después á todos los que vían estornudar los que se hallaban presentes les ayudaban con estas buenas palabras; pero agora, en lugar desto, cuando alguna persona á quien seamos obligados á tener algún respeto estornuda, y aunque sea igual de nosotros, le quitamos las gorras hasta el suelo, y si tienen alguna más calidad, hacemos juntamente una muy gran reverencia, ó por mejor decir necedad, pues que no sirve de nada para el propósito, ni hay causa ni razón para que se haga.

Jerónimo.—A lo menos servirá para que vos burléis della, y por cierto muy justamente, porque esta es una de las mayores simplezas y necedades del mundo, y mayor porque caen en ella los que presumen de más sabios, que los simples labradores y otras gentes de más poco valor están en lo más cierto, pues que dexando de hacer las reverencias se dicen unos á otros: Dios os ayude; palabras dignas de que los señores y príncipes no se desdeñasen de oirlas, antes están obligados á mandar á los criados y súbditos que con ellas los reverencien y acaten cuando estornudaren.

Antonio.—Así habrá de pasar esta necedad como otras muchas, porque el uso della se ha convertido en ley que se guarda generalmente en todas partes, aunque le queda sólo el remedio de su invencion, que ya sabéis que al nombre de Jesús se debe toda reverencia, y es cierto que cuando estornuda el que le quería ayudar pronunciaba el nombre de Jesús, y juntamente pronunciándole, quitaba la gorra y hacía la reverencia por reverencia de tan alto nombre; quedóse la reverencia y dejóse de pronunciar el nombre, y los señores reciben, no sin gran culpa, para sí la reverencia debida al diviníssimo nombre de Jesús, á quien toda rodilla en el cielo y en la tierra y en los abismos se debe humillar. Digo, pues, que el remedio sería que se usase pronunciar el nombre de Jesús, que valiese al que estornuda, y entonces la reverencia quedaría para el nombre y no la usurparía el que no quisiese ser ídolo terrenal y hacerle un emperador entre manos.

Albanio.—Por cierto, señor Antonio, que me parece que habéis dado en el blanco; mas veo que no os habéis acordado en este artículo de los flayres.

Antonio.—No pecan tan á rienda suelta en esto, pero todavía tienen su punta, y los que algo presumen les pesa si les llaman vuestra reverencia, porque les paresce que en esto les hacen iguales á todos.

Jerónimo.—¿Pues cómo quieren que les llamen?

Antonio.—Vuestra paternidad ó vuessa merced, como á los seglares.

Albanio.—No entiendo cómo sea esso, que para hacer mercedes temporales todos los flaires son pobres, por donde les está mejor decirles padre fray Fulano que el señor; ¿por qué quieren ser más llamados señores que padres y no resciben con buena voluntad el nombre de padres amando la paternidad?

Antonio.—Así es, porque como siendo flaires no dexen de ser hombres, aunque no sea en todo en parte, siguen el camino de los otros hombres en este artículo de la cortesía; pero, al fin, del mal en ellos hay lo menos y pluguiesse á Dios que nosotros fuésemos como ellos, que por malos que los extraordinarios dellos sean, en la bondad nos hacen mucha ventaja.

Albanio.—Bien me paresce que después de descalabrados les lavéis la cabeza.

Antonio.—No os maravilléis, que he comenzado á decir verdades, y para concluir con ellas en esta materia que tratamos, digo que considerando bien las de las salutaciones y cortesías con los títulos que se usan en el hablar y en el escribir, es todo un gran desatino, una ceguedad, una confusión, un genero de mentiras sabrosas al gusto de los que las oyen, y así no solamente no hay quien las reprenda, pero todos las aman y las quieren y procuran de hallarlas diciendo lisonjas para que se las digan á ellos, y todo para rescibir mayor honra en la honra que no lo es, antes verdaderamente deshonra, pues en ello no hay virtud, ni género de virtud, ni nobleza; y bien mirado, se podrían mejor decir las causas torpes y feas y dignas de reprehensión para que los que las hacen, y por medio dellas quieren rescebir honra, se puedan tener por afrentados y deshonrados.

Albanio.—Parésceme qué, conforme á esso, no queréis dejar honra ninguna en el mundo, porque no habiendo quién busque y procure la honra por el camino que vos decís, habráse deshecho la honra y no quedaría sino sólo en nombre.

Antonio.—Engañaios, señor Albanio, que no digo yo que haya algunos, aunque no son muchos, que tengan honra y la hayan ganado por la virtud y por las obras virtuosas que han hecho sin mezcla de las otras cosas que la destruyen y la deshacen, y á estos tales hemos de tener por dignos de ser honrados y acatados, y aunque ellos no quieran la honra, se la hemos nosotros de dar. Porque cuanto más huyeren y se apartaren de querer la vanagloria mundana, se dan á sí mesmos mayor merecimiento para que nosotros les demos la verdadera honra que merescen.

Albanio.—¿Sabéis, señor Antonio, que me paresce que hiláis tan delgado esta tela que se romperá fácilmente, porque todo lo que decís es una verdad desnuda, y conosciéndola vos tan bien y dándonosla á conoscer no usáis della como la platicáis? Mirad qué harán los que no lo entienden y piensan que aciertan en lo que hacen.

Antonio.—No os maravilléis deso, porque me voy al hilo de la gente, que si tomase nueva manera de hablar ó de escribir, tendríanme por torpe y necio y mal comedido, y por ventura de los amigos haría enemigos, los cuales no juzgarían mi intención sino mis palabras, y como ayer dixe, esto he tratado con vosotros como con verdaderos amigos y personas que lo entendéis, aunque no bastemos á poner remedio en estos desatinos. Pero el tiempo, en que todas las cosas se hacen y deshacen, truecan y mudan y se acaban, por ventura traerá otro tiempo en que á todos sea común lo que aquí hemos tratado particularmente. Otras cosas se pudieran tratar que agora por ser tarde quiero dexarlas para cuando tengamos más espacio, porque yo tengo necesidad de ir á despachar cierto negocio.

Albanio.—¿Qué es lo que más puede quedar de lo dicho para que la honra que se piensa y tiene por tal quede más puesta del lodo?

Antonio.—Una cuestión antigua y tratada por muchos; sobre cuál tiene mayor y mejor honra, el que la ha ganado por el valor y merecimiento de su persona ó el que la tiene y le viene por la dependencia de sus pasados.

Jerónimo.—Delicada materia es esa, y como decís que requiere más tiempo para altercarla, y por saber si tenéis otras nuevas razones sin las que sobre ello están dichas, tengo deseo de oir hablar en ello, y así os tomo la palabra para que mañana á una hora del día estemos aquí todos tres, que yo quiero que no sea como estos dos días, porque tendré proveído el almuerzo para que mejor podamos pasar el calor cuando nos volvamos á nuestras posadas.

Albanio.—Muy bien habéis dicho si así lo hacéis, porque nos hemos venido dos veces muy descuidados madrugando tan de mañana, y no será mala fruta de postre acabar de entender lo que el señor Antonio dirá sobre esta cuestión, que yo aseguro que no faltarán cosas nuevas.

Antonio.—A mí me place que vengamos por ser convidados del señor Jerónimo, que en lo demás poco podré decir que no esté ya dicho; bastará referir y traer lo mejor y más delicado dello á la memoria, poniendo yo de mi casa lo que me paresciere. Y agora comencemos á ir por esta calle de árboles tan sombría.

Jerónimo.—No me holgara poco que assí fuéramos siempre encubiertos de arboleda hasta palacio, porque el sol va muy alto y la calor comienza á picar; bien será darnos prisa.