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Chapter 121: II
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About This Book

Una selección de poemas y prosa poética en la que el autor reflexiona sobre la creación propia, la memoria y el paso del tiempo; incluye un prólogo que examina la dificultad de juzgar y corregir la obra propia y su estética íntima. Los poemas exploran la soledad, el viaje, recuerdos infantiles, la pérdida y escenas de la naturaleza —atardeceres, plazas, entierros— mediante imágenes sensoriales y un tono meditativo. Predomina una voz lírica que privilegia la emoción interior sobre la mera apariencia formal, alternando contemplación personal y descripción precisa del paisaje y los estados del ánimo.

LA CASA


I

La casa de Alvargonzález

era una casona vieja

con cuatro estrechas ventanas,

separada de la aldea

cien pasos, y entre dos olmos

que, gigantes centinelas,

sombra le dan en verano,

y en el otoño, hojas secas.

Es casa de labradores,

gente, aunque rica, plebeya,

donde el hogar humeante,

con sus escaños de piedra,

se ve sin entrar, si tiene

abierta al campo la puerta.

Al arrimo del rescoldo

del hogar borbollonean

dos pucherillos de barro

que a dos familias sustentan.

A diestra mano la cuadra

y el corral, a la siniestra

huerto y abejar, y al fondo

una gastada escalera

que va a las habitaciones,

partidas en dos viviendas.

Los Alvargonzález moran

con sus mujeres en ellas.

A ambas parejas, que hubieron,

sin que lograrse pudieran,

dos hijos, sobrado espacio

les da la casa paterna.

En una estancia que tiene

luz al huerto, hay una mesa

con gruesa tabla de roble,

dos sillones de vaqueta,

colgado en el muro un negro

ábaco de enormes cuentas,

y unas espuelas mohosas

sobre un arcón de madera.

Era una estancia olvidada,

donde hoy Miguel se aposenta.

Y era allí donde los padres

veían en primavera

el huerto en flor, y en el cielo

de Mayo, azul, la cigüeña

—cuando las rosas se abren

y los zarzales blanquean,—

que enseñaba a sus hijuelos

a usar de las alas lentas.

Y en las noches del verano,

cuando la calor desvela,

desde la ventana, al dulce

ruiseñor cantar oyeran.

Fué allí donde Alvargonzález,

del orgullo de su huerta

y del amor de los suyos,

sacó sueños de grandeza.

Cuando en brazos de la madre

vió la figura risueña

del primer hijo, bruñida

de rubio sol la cabeza,

del niño que levantaba

las codiciosas, pequeñas

manos a las rojas guindas

y a las moradas ciruelas,

aquella tarde de otoño,

dorada, plácida y buena,

él pensó que ser podría

feliz el hombre en la Tierra.

Hoy canta el pueblo una copla

que va de aldea en aldea:

“¡Oh casa de Alvargonzález,

qué malos días te esperan!

¡Casa de los asesinos,

que nadie llame a tu puerta!”


II

Es una tarde de otoño.

En la alameda dorada

no quedan ya ruiseñores;

enmudeció la cigarra.

Las últimas golondrinas,

que no emprendieron la marcha,

morirán, y las cigüeñas,

de sus nidos de retamas,

de torres y campanarios,

huyeron.

Sobre la casa

de Alvargonzález, los olmos

sus hojas, que el viento arranca,

van dejando. Todavía

las tres redondas acacias,

frente al atrio de la iglesia,

conservan verdes sus ramas,

y las castañas de Indias

a intervalos se desgajan

cubiertas de sus erizos;

tiene el rosal rosas grana

otra vez, y en las praderas

brilla la alegre otoñada.

En laderas y en alcores,

en ribazos y cañadas,

el verde nuevo y la hierba

aún del estío quemada

alternan; los serrijones

pelados, las lomas calvas,

se coronan de plomizas

nubes apelotonadas;

y bajo el pinar gigante,

entre las marchitas zarzas

y amarillentos helechos,

corren las crecidas aguas

a engrosar el padre río

por canchales y barrancas.

Abunda en la tierra un gris

de plomo y azul de plata,

con manchas de roja herrumbre,

todo envuelto en luz violada.

¡Oh tierras de Alvargonzález,

en el corazón de España;

tierras pobres, tierras tristes,

tan tristes que tienen alma!

Páramos que cruza el lobo

aullando, a la luna clara,

de bosque a bosque; baldíos

llenos de peñas rodadas,

donde, roída de buitres,

brilla una osamenta blanca;

pobres campos solitarios,

sin caminos ni posadas;

¡oh pobres campos malditos,

pobres campos de mi patria!