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Chapter 131: IV
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About This Book

Una selección de poemas y prosa poética en la que el autor reflexiona sobre la creación propia, la memoria y el paso del tiempo; incluye un prólogo que examina la dificultad de juzgar y corregir la obra propia y su estética íntima. Los poemas exploran la soledad, el viaje, recuerdos infantiles, la pérdida y escenas de la naturaleza —atardeceres, plazas, entierros— mediante imágenes sensoriales y un tono meditativo. Predomina una voz lírica que privilegia la emoción interior sobre la mera apariencia formal, alternando contemplación personal y descripción precisa del paisaje y los estados del ánimo.

LOS ASESINOS


I

Juan y Martín, los mayores

de Alvargonzález, un día

pesada marcha emprendieron,

con el alba, Duero arriba.

La estrella de la mañana

en el alto azul ardía.

Se iba tiñendo de rosa

la espesa y blanca neblina

de los valles y barrancos,

y algunas nubes plomizas

a Urbión, donde el Duero nace,

como un turbante ponían.

Se acercaban a la fuente.

El agua clara corría

sonando cual si contara

una vieja historia dicha

mil veces, y que tuviera

mil veces que repetirla.

Agua que corre en el campo

dice en su monotonía:

“Yo sé el crimen. ¿No es un crimen,

cerca del agua, la vida?”

Al pasar los dos hermanos

relataba el agua limpia:

“A la vera de la fuente

Alvargonzález dormía.”


II

—Anoche, cuando volvía

a casa—Juan a su hermano

dijo—, a la luz de la Luna,

era la huerta un milagro.

Lejos, entre los rosales,

divisé un hombre inclinado

hacia la tierra; brillaba

la hoz de plata en su mano.

Después irguióse y, volviendo

el rostro, dió algunos pasos

por el huerto, sin mirarme,

y a poco lo vi encorvado

otra vez sobre la tierra.

Tenía el cabello blanco.

La Luna llena brillaba,

y era la huerta un milagro.


III

Pasado habían el puerto

de Santa Inés, ya mediada

la tarde, una tarde triste

de Noviembre, fría y parda.

Hacia la Laguna Negra

silenciosos caminaban.


IV

Cuando la tarde caía,

entre las vetustas hayas

y los pinos centenarios,

un rojo sol se filtraba.

Era un paraje de bosque

y peñas aborrascadas;

aquí bocas que bostezan

o monstruos de fieras garras;

allí una informe joroba,

allá una grotesca panza;

torvos hocicos de fieras

y dentaduras melladas;

rocas y rocas, y troncos

y troncos, ramas y ramas.

En el hondón del barranco

la noche, el miedo y el agua.


V

Un lobo surgió; sus ojos

lucían como dos ascuas.

Era la noche, una noche

húmeda, obscura y cerrada.

Los dos hermanos quisieron

volver. La selva ululaba.

Cien ojos fieros ardían

en la selva, a sus espaldas.


VI

Llegaron los asesinos

hasta la Laguna Negra;

agua transparente y muda,

que enorme muro de piedra,

donde los buitres anidan

y el eco duerme, rodea;

agua clara donde beben

las águilas de la sierra,

donde el jabalí del monte

y el ciervo y el corzo abrevan;

agua pura y silenciosa,

que copia cosas eternas;

agua impasible, que guarda

en su seno las estrellas.

—¡Padre!—gritaron; al fondo

de la laguna serena

cayeron, y el eco, “¡Padre!”

repitió de peña en peña.