PROVERBIOS Y CANTARES
[PROVERBIOS Y CANTARES]
I
¿Para qué llamar caminos
a los surcos del azar?...
Todo el que camina, anda
como Jesús sobre el mar.
II
A quien nos justifica nuestra desconfianza
llamamos enemigo, ladrón de una esperanza.
Jamás perdona el necio si ve la nuez vacía
que dió a cascar al diente de la sabiduría.
III
¡Ojos que a la luz se abrieron
un día, para, después,
ciegos tornar a la tierra,
hartos de mirar sin ver!
IV
Es el mejor de los buenos
quien sabe que en esta vida
todo es cuestión de medida:
un poco más, algo menos...
V
Ayer soñé que veía
a Dios y que a Dios hablaba;
y soñé que Dios me oía...
Después soñé que soñaba.
VI
Luz del alma, luz divina,
faro, antorcha, estrella, sol...
Un hombre a tientas camina;
lleva a la espalda un farol.
VII
Todo hombre tiene dos
batallas que pelear:
en sueños lucha con Dios,
y despierto, con el mar.
VIII
Moneda que está en la mano
quizás se deba guardar;
pero lo que está en el alma,
se pierde si no se da.
IX
¿Dices que nada se pierde?
Si esta copa de cristal
se me rompe, nunca en ella
beberé, nunca jamás.
X
Dices que nada se pierde,
y acaso dices verdad;
pero todo lo perdemos,
y todo nos perderá.
XI
Todo pasa y todo queda;
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar.
XII
Anoche soñé que oía
a Dios gritándome: “¡Alerta!”
Luego era Dios quien dormía,
y yo gritaba: “¡Despierta!”
XIII
Dios no es el mar, está en el mar; riela
como luna en el agua, o aparece
como una blanca vela;
en el mar se despierta o se adormece.
Creó la mar, y nace
de la mar cual la nube y la tormenta;
es el Creador, y la criatura lo hace;
su aliento es alma, y por el alma alienta.
Yo he de hacerte, mi Dios, cual tú me hiciste,
y para darte el alma que me diste,
en mí te he de crear. Que el puro río
de caridad que fluye eternamente,
fluya en mi corazón. ¡Seca, Dios mío,
de una fe sin amor la turbia fuente!
XIV
El demonio de mis sueños
ríe con sus labios rojos,
sus negros y vivos ojos,
sus dientes finos, pequeños.
Y, jovial y picaresco,
se lanza a un baile grotesco,
luciendo el cuerpo deforme
y su enorme
joroba. Es feo y barbudo
y chiquitín y panzudo.
Yo no sé por qué razón,
de mi tragedia, bufón,
te ríes... Mas tú eres vivo
por tu danzar sin motivo.
VIAJE
A D. Julio Cejador.
Ya en los campos de Jaén,
amanece. Corre el tren
por sus brillantes rieles,
devorando matorrales,
alcaceles,
terraplenes, pedregales,
olivares, caseríos,
praderas y cardizales,
montes y valles sombríos.
Tras la turbia ventanilla,
pasa la devanadera
del campo de primavera.
La luz en el techo brilla
de mi vagón de tercera.
Entre nubarrones blancos,
oro y grana,
la niebla de la mañana
va huyendo por los barrancos.
¡Este insomne sueño mío!
¡Este frío
de un amanecer en vela!...
Resonante,
jadeante,
marcha el tren. El campo vuela.
Enfrente de mí, un señor
sobre su manta dormido;
un fraile y un cazador,
el perro a sus pies tendido.
Yo contemplo mi equipaje,
mi viejo saco de cuero,
y recuerdo otro viaje
hacia las tierras del Duero.
Otro viaje de ayer
por la tierra castellana...
¡Pinos del amanecer,
entre Almazán y Quintana!...
¡Y alegría
de un viajar en compañía!
¡Y la unión
que ha roto la muerte un día!
¡Mano fría
que aprietas mi corazón!
Tren, camina, silba, humea;
acarrea
tu ejército de vagones;
ajetrea
maletas y corazones.
Soledad,
sequedad.
Tan pobre me estoy quedando,
que ya ni siquiera estoy
conmigo, ni sé si voy
conmigo a solas viajando.
MARIPOSA DE LA SIERRA
¿No eres tú, mariposa,
el alma de estas sierras solitarias,
de sus barrancos hondos
y de sus cumbres bravas?
Para que tú nacieras,
con su varita mágica
a las tormentas de la piedra un día
mandó callar un hada,
y encadenó los montes
para que tú volaras.
¡Anaranjada y negra,
morenita y dorada,
mariposa montés, sobre el romero
plegadas las alillas, o, voltarias,
jugando con el sol, o sobre un rayo
de sol crucificadas!...
¡Mariposa montés y campesina,
mariposa serrana,
nadie ha pintado tu color; tú vives,
tu color y tus alas,
en el aire, en el sol, sobre el romero,
tan libre, tan salada!...
Que Juan Ramón Jiménez
pulse por ti su lira franciscana.
Sierra de Cazorla, Mayo de 1915.
LAS ENCINAS
A los señores de Masriera,
en recuerdo de una expedición al Pardo.
Encinares castellanos
en alcores y altozanos,
serrijones y colinas
llenos de obscura maleza;
encinas, pardas encinas
—humildad y fortaleza,—
mientras que llenándoos va
el hacha de calvijares,
¿nadie cantaros sabrá,
encinares?
El roble es la guerra; el roble
dice el valor y el coraje,
rabia inmoble,
con su torcido ramaje;
y es más rudo
que la encina y más nervudo;
el alto roble parece
que recalca y ennudece
su robustez como atleta
que, erguido, afinca en el suelo.
El pino es el mar y el cielo
y la montaña: el planeta.
La palmera es el desierto,
el sol y la lejanía:
la sed, una fuente fría
soñada en el campo muerto.
Las hayas son la leyenda.
Alguien en las viejas hayas
leía una historia horrenda
de crímenes y batallas.
¿Quién ha visto, sin temblar,
un hayedo en un pinar?
Los chopos son la ribera;
liras de la primavera,
cerca del agua que fluye,
pasa y huye
viva o lenta,
que se emboca, turbulenta,
o en remanso se dilata;
en su eterno escalofrío
copian el agua del río,
que fluye en ondas de plata.
De los parques las olmedas
son las buenas arboledas
que nos han visto jugar
cuando eran nuestros cabellos
rubios, y con nieve en ellos
nos han de ver meditar.
Tiene el manzano el rubor
de su poma;
el eucalipto el aroma
de sus hojas; de su flor
el naranjo la fragancia;
y es del huerto
la elegancia
el ciprés obscuro y yerto.
¿Qué tienes tú, negra encina
campesina,
con tus ramas sin color
en el campo sin verdor,
con tu tronco ceniciento
sin esbeltez ni altiveza,
con tu vigor sin tormento
y tu humildad, que es firmeza?
En tu copa ancha y redonda
nada brilla:
ni tu verde obscura fronda,
ni tu flor verdiamarilla.
Nada es lindo ni arrogante
en tu porte, ni guerrero,
nada fiero
que aderece su talante.
Brotas derecha o torcida,
con esa bondad que cede
sólo a la ley de la vida,
que es vivir como se puede.
El campo mismo se hizo
árbol en ti, parda encina.
Ya contra el hielo invernizo,
o bajo el sol que calcina,
y el bochorno y la borrasca,
el Agosto y el Enero,
los copos de la nevasca,
los hilos del aguacero,
siempre firme, siempre igual,
dócil, impasible y buena,
¡oh tú, robusta y serena,
oh casta encina rural!
¡Oh los negros encinares
de la raya aragonesa
y las crestas militares
de la tierra pamplonesa!
¡Encinas de Extremadura,
de Castilla, que hizo a España;
encinas de la llanura,
del cerro y de la montaña;
encinas del alto llano
que el joven Duero rodea,
y del Tajo, que serpea
por el suelo toledano!
¡Encinas de junto al mar,
en Santander; encinar
que pones tu nota arisca,
como un castellano ceño,
en Córdoba la morisca;
y tú, encinar madrileño,
tan hermoso y tan sombrío,
bajo el Guadarrama frío,
con tu adustez castellana
corrigiendo
la vanidad y el atuendo
y la hetiquez cortesana!...
Ya sé, encinas
campesinas,
que os pintaron, con lebreles
elegantes y corceles,
los más egregios pinceles;
que os cantaron los poetas
augustales;
que os asordan escopetas
de cazadores reäles;
mas sois el campo y el lar
y la sombra tutelar
de los buenos aldeanos
que visten parda estameña
y que cortan vuestra leña
con sus manos.
RETRATO
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario;—
mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina;
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la Luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico, o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso como deja el capitán su espada,
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo, espera hablar a Dios un día;—
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo; con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
A DON MIGUEL DE UNAMUNO
(POR SU LIBRO “VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO”)
Este donquijotesco
Don Miguel de Unamuno, fuerte vasco,
lleva el arnés grotesco
y el irrisorio casco
del buen manchego. Don Miguel camina
jinete de quimérica montura,
metiendo espuela de oro a su locura,
sin miedo de la lengua que malsina.
A un pueblo de arrieros,
lechuzos y tahures y logreros
dicta lecciones de Caballería.
El alma desalmada de su raza,
que bajo el golpe de su férrea maza
aún duerme, puede que despierte un día.
Quiere enseñar el ceño de la duda,
antes de que cabalgue, al caballero;
cual nuevo Hamlet, a mirar desnuda
cerca del corazón la hoja de acero.
Tiene el aliento de una estirpe fuerte
que soñó más allá de sus hogares,
y que el oro buscó tras de los mares.
Él señala la gloria tras la muerte.
Quiere ser fundador, y dice: “Creo;
Dios, y adelante el ánima española...”
Y es tan bueno y mejor que fué Loyola:
sabe a Jesús y escupe al fariseo.
1905
A DON FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS
Como se fué el maestro, la luz de esta mañana
me dijo:—Van tres días
que mi hermano Francisco no trabaja.
¿Murió?—Sólo sabemos
que se nos fué por una senda clara
diciéndonos: “Hacedme
un duelo de labores y esperanzas.
Sed buenos y no más; sed lo que he sido
entre vosotros: alma.
Vivid; la vida sigue;
los muertos mueren y las sombras pasan.
Lleva quien deja y vive el que ha vivido.
Yunques, sonad; enmudeced, campanas.”
Y hacia otra luz más pura
partió el hermano de la luz del alba,
el sol de los talleres,
el viejo alegre de la vida santa.
¡Oh, sí; llevad, amigos,
su cuerpo a la montaña,
a los azules montes
del ancho Guadarrama!
Allí hay barrancos hondos
de pinos verdes donde el viento canta.
Su corazón repose
bajo una encina casta,
en tierra de tomillos, donde juegan
mariposas doradas.
Allí el maestro, un día,
soñaba un nuevo florecer de España.