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Chapter 145: X
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About This Book

Una selección de poemas y prosa poética en la que el autor reflexiona sobre la creación propia, la memoria y el paso del tiempo; incluye un prólogo que examina la dificultad de juzgar y corregir la obra propia y su estética íntima. Los poemas exploran la soledad, el viaje, recuerdos infantiles, la pérdida y escenas de la naturaleza —atardeceres, plazas, entierros— mediante imágenes sensoriales y un tono meditativo. Predomina una voz lírica que privilegia la emoción interior sobre la mera apariencia formal, alternando contemplación personal y descripción precisa del paisaje y los estados del ánimo.

PROVERBIOS Y CANTARES


[PROVERBIOS Y CANTARES]

I

¿Para qué llamar caminos

a los surcos del azar?...

Todo el que camina, anda

como Jesús sobre el mar.

II

A quien nos justifica nuestra desconfianza

llamamos enemigo, ladrón de una esperanza.

Jamás perdona el necio si ve la nuez vacía

que dió a cascar al diente de la sabiduría.

III

¡Ojos que a la luz se abrieron

un día, para, después,

ciegos tornar a la tierra,

hartos de mirar sin ver!

IV

Es el mejor de los buenos

quien sabe que en esta vida

todo es cuestión de medida:

un poco más, algo menos...

V

Ayer soñé que veía

a Dios y que a Dios hablaba;

y soñé que Dios me oía...

Después soñé que soñaba.

VI

Luz del alma, luz divina,

faro, antorcha, estrella, sol...

Un hombre a tientas camina;

lleva a la espalda un farol.

VII

Todo hombre tiene dos

batallas que pelear:

en sueños lucha con Dios,

y despierto, con el mar.

VIII

Moneda que está en la mano

quizás se deba guardar;

pero lo que está en el alma,

se pierde si no se da.

IX

¿Dices que nada se pierde?

Si esta copa de cristal

se me rompe, nunca en ella

beberé, nunca jamás.

X

Dices que nada se pierde,

y acaso dices verdad;

pero todo lo perdemos,

y todo nos perderá.

XI

Todo pasa y todo queda;

pero lo nuestro es pasar,

pasar haciendo caminos,

caminos sobre la mar.

XII

Anoche soñé que oía

a Dios gritándome: “¡Alerta!”

Luego era Dios quien dormía,

y yo gritaba: “¡Despierta!”

XIII

Dios no es el mar, está en el mar; riela

como luna en el agua, o aparece

como una blanca vela;

en el mar se despierta o se adormece.

Creó la mar, y nace

de la mar cual la nube y la tormenta;

es el Creador, y la criatura lo hace;

su aliento es alma, y por el alma alienta.

Yo he de hacerte, mi Dios, cual tú me hiciste,

y para darte el alma que me diste,

en mí te he de crear. Que el puro río

de caridad que fluye eternamente,

fluya en mi corazón. ¡Seca, Dios mío,

de una fe sin amor la turbia fuente!

XIV

El demonio de mis sueños

ríe con sus labios rojos,

sus negros y vivos ojos,

sus dientes finos, pequeños.

Y, jovial y picaresco,

se lanza a un baile grotesco,

luciendo el cuerpo deforme

y su enorme

joroba. Es feo y barbudo

y chiquitín y panzudo.

Yo no sé por qué razón,

de mi tragedia, bufón,

te ríes... Mas tú eres vivo

por tu danzar sin motivo.


VIAJE

A D. Julio Cejador.

Ya en los campos de Jaén,

amanece. Corre el tren

por sus brillantes rieles,

devorando matorrales,

alcaceles,

terraplenes, pedregales,

olivares, caseríos,

praderas y cardizales,

montes y valles sombríos.

Tras la turbia ventanilla,

pasa la devanadera

del campo de primavera.

La luz en el techo brilla

de mi vagón de tercera.

Entre nubarrones blancos,

oro y grana,

la niebla de la mañana

va huyendo por los barrancos.

¡Este insomne sueño mío!

¡Este frío

de un amanecer en vela!...

Resonante,

jadeante,

marcha el tren. El campo vuela.

Enfrente de mí, un señor

sobre su manta dormido;

un fraile y un cazador,

el perro a sus pies tendido.

Yo contemplo mi equipaje,

mi viejo saco de cuero,

y recuerdo otro viaje

hacia las tierras del Duero.

Otro viaje de ayer

por la tierra castellana...

¡Pinos del amanecer,

entre Almazán y Quintana!...

¡Y alegría

de un viajar en compañía!

¡Y la unión

que ha roto la muerte un día!

¡Mano fría

que aprietas mi corazón!

Tren, camina, silba, humea;

acarrea

tu ejército de vagones;

ajetrea

maletas y corazones.

Soledad,

sequedad.

Tan pobre me estoy quedando,

que ya ni siquiera estoy

conmigo, ni sé si voy

conmigo a solas viajando.


MARIPOSA DE LA SIERRA

¿No eres tú, mariposa,

el alma de estas sierras solitarias,

de sus barrancos hondos

y de sus cumbres bravas?

Para que tú nacieras,

con su varita mágica

a las tormentas de la piedra un día

mandó callar un hada,

y encadenó los montes

para que tú volaras.

¡Anaranjada y negra,

morenita y dorada,

mariposa montés, sobre el romero

plegadas las alillas, o, voltarias,

jugando con el sol, o sobre un rayo

de sol crucificadas!...

¡Mariposa montés y campesina,

mariposa serrana,

nadie ha pintado tu color; tú vives,

tu color y tus alas,

en el aire, en el sol, sobre el romero,

tan libre, tan salada!...

Que Juan Ramón Jiménez

pulse por ti su lira franciscana.

Sierra de Cazorla, Mayo de 1915.


LAS ENCINAS

A los señores de Masriera,
en recuerdo de una expedición al Pardo.

Encinares castellanos

en alcores y altozanos,

serrijones y colinas

llenos de obscura maleza;

encinas, pardas encinas

—humildad y fortaleza,—

mientras que llenándoos va

el hacha de calvijares,

¿nadie cantaros sabrá,

encinares?

El roble es la guerra; el roble

dice el valor y el coraje,

rabia inmoble,

con su torcido ramaje;

y es más rudo

que la encina y más nervudo;

el alto roble parece

que recalca y ennudece

su robustez como atleta

que, erguido, afinca en el suelo.

El pino es el mar y el cielo

y la montaña: el planeta.

La palmera es el desierto,

el sol y la lejanía:

la sed, una fuente fría

soñada en el campo muerto.

Las hayas son la leyenda.

Alguien en las viejas hayas

leía una historia horrenda

de crímenes y batallas.

¿Quién ha visto, sin temblar,

un hayedo en un pinar?

Los chopos son la ribera;

liras de la primavera,

cerca del agua que fluye,

pasa y huye

viva o lenta,

que se emboca, turbulenta,

o en remanso se dilata;

en su eterno escalofrío

copian el agua del río,

que fluye en ondas de plata.

De los parques las olmedas

son las buenas arboledas

que nos han visto jugar

cuando eran nuestros cabellos

rubios, y con nieve en ellos

nos han de ver meditar.

Tiene el manzano el rubor

de su poma;

el eucalipto el aroma

de sus hojas; de su flor

el naranjo la fragancia;

y es del huerto

la elegancia

el ciprés obscuro y yerto.

¿Qué tienes tú, negra encina

campesina,

con tus ramas sin color

en el campo sin verdor,

con tu tronco ceniciento

sin esbeltez ni altiveza,

con tu vigor sin tormento

y tu humildad, que es firmeza?

En tu copa ancha y redonda

nada brilla:

ni tu verde obscura fronda,

ni tu flor verdiamarilla.

Nada es lindo ni arrogante

en tu porte, ni guerrero,

nada fiero

que aderece su talante.

Brotas derecha o torcida,

con esa bondad que cede

sólo a la ley de la vida,

que es vivir como se puede.

El campo mismo se hizo

árbol en ti, parda encina.

Ya contra el hielo invernizo,

o bajo el sol que calcina,

y el bochorno y la borrasca,

el Agosto y el Enero,

los copos de la nevasca,

los hilos del aguacero,

siempre firme, siempre igual,

dócil, impasible y buena,

¡oh tú, robusta y serena,

oh casta encina rural!

¡Oh los negros encinares

de la raya aragonesa

y las crestas militares

de la tierra pamplonesa!

¡Encinas de Extremadura,

de Castilla, que hizo a España;

encinas de la llanura,

del cerro y de la montaña;

encinas del alto llano

que el joven Duero rodea,

y del Tajo, que serpea

por el suelo toledano!

¡Encinas de junto al mar,

en Santander; encinar

que pones tu nota arisca,

como un castellano ceño,

en Córdoba la morisca;

y tú, encinar madrileño,

tan hermoso y tan sombrío,

bajo el Guadarrama frío,

con tu adustez castellana

corrigiendo

la vanidad y el atuendo

y la hetiquez cortesana!...

Ya sé, encinas

campesinas,

que os pintaron, con lebreles

elegantes y corceles,

los más egregios pinceles;

que os cantaron los poetas

augustales;

que os asordan escopetas

de cazadores reäles;

mas sois el campo y el lar

y la sombra tutelar

de los buenos aldeanos

que visten parda estameña

y que cortan vuestra leña

con sus manos.


RETRATO

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla

y un huerto claro donde madura el limonero;

mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido

—ya conocéis mi torpe aliño indumentario;—

mas recibí la flecha que me asignó Cupido,

y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina;

pero mi verso brota de manantial sereno;

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética

corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;

mas no amo los afeites de la actual cosmética,

ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos

y el coro de los grillos que cantan a la Luna.

A distinguir me paro las voces de los ecos,

y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico, o romántico? No sé. Dejar quisiera

mi verso como deja el capitán su espada,

famosa por la mano viril que la blandiera,

no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo

—quien habla solo, espera hablar a Dios un día;—

mi soliloquio es plática con este buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.

A mi trabajo acudo; con mi dinero pago

el traje que me cubre y la mansión que habito,

el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último vïaje,

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.


A DON MIGUEL DE UNAMUNO

(POR SU LIBRO “VIDA DE DON QUIJOTE Y SANCHO”)

Este donquijotesco

Don Miguel de Unamuno, fuerte vasco,

lleva el arnés grotesco

y el irrisorio casco

del buen manchego. Don Miguel camina

jinete de quimérica montura,

metiendo espuela de oro a su locura,

sin miedo de la lengua que malsina.

A un pueblo de arrieros,

lechuzos y tahures y logreros

dicta lecciones de Caballería.

El alma desalmada de su raza,

que bajo el golpe de su férrea maza

aún duerme, puede que despierte un día.

Quiere enseñar el ceño de la duda,

antes de que cabalgue, al caballero;

cual nuevo Hamlet, a mirar desnuda

cerca del corazón la hoja de acero.

Tiene el aliento de una estirpe fuerte

que soñó más allá de sus hogares,

y que el oro buscó tras de los mares.

Él señala la gloria tras la muerte.

Quiere ser fundador, y dice: “Creo;

Dios, y adelante el ánima española...”

Y es tan bueno y mejor que fué Loyola:

sabe a Jesús y escupe al fariseo.

1905


A DON FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS

Como se fué el maestro, la luz de esta mañana

me dijo:—Van tres días

que mi hermano Francisco no trabaja.

¿Murió?—Sólo sabemos

que se nos fué por una senda clara

diciéndonos: “Hacedme

un duelo de labores y esperanzas.

Sed buenos y no más; sed lo que he sido

entre vosotros: alma.

Vivid; la vida sigue;

los muertos mueren y las sombras pasan.

Lleva quien deja y vive el que ha vivido.

Yunques, sonad; enmudeced, campanas.”

Y hacia otra luz más pura

partió el hermano de la luz del alba,

el sol de los talleres,

el viejo alegre de la vida santa.

¡Oh, sí; llevad, amigos,

su cuerpo a la montaña,

a los azules montes

del ancho Guadarrama!

Allí hay barrancos hondos

de pinos verdes donde el viento canta.

Su corazón repose

bajo una encina casta,

en tierra de tomillos, donde juegan

mariposas doradas.

Allí el maestro, un día,

soñaba un nuevo florecer de España.