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Chapter 59: NEVERMORE
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About This Book

Una selección de poemas y prosa poética en la que el autor reflexiona sobre la creación propia, la memoria y el paso del tiempo; incluye un prólogo que examina la dificultad de juzgar y corregir la obra propia y su estética íntima. Los poemas exploran la soledad, el viaje, recuerdos infantiles, la pérdida y escenas de la naturaleza —atardeceres, plazas, entierros— mediante imágenes sensoriales y un tono meditativo. Predomina una voz lírica que privilegia la emoción interior sobre la mera apariencia formal, alternando contemplación personal y descripción precisa del paisaje y los estados del ánimo.

CANCIONES  HUMORADAS


I

Abril florecía

frente a mi ventana.

Entre los jazmines

y las rosas blancas

de un balcón florido,

vi las dos hermanas.

La menor cosía,

la mayor hilaba...

Entre los jazmines

y las rosas blancas,

la más pequeñita,

risueña y rosada,

su aguja en el aire,

miró a mi ventana.

La mayor seguía,

silenciosa y pálida,

el huso en su rueca,

que el lino enroscaba.

Abril florecía

frente a mi ventana.

Una clara tarde

la mayor lloraba,

entre los jazmines

y las rosas blancas,

y ante el blanco lino

que en su rueca hilaba.

—¿Qué tienes?—le dije.—

Silenciosa y pálida,

señaló el vestido

que empezó la hermana:

en la negra túnica

la aguja brillaba;

sobre el blanco velo,

el dedal de plata.

Señaló a la tarde

de Abril que soñaba,

mientras que se oía

tañer las campanas.

Y en la clara tarde

me enseñó sus lágrimas...

Abril florecía

frente a mi ventana.

Fué otro Abril alegre

y otra tarde plácida.

El balcón florido

solitario estaba...

Ni la pequeñita,

risueña y rosada,

ni la hermana triste,

silenciosa y pálida,

ni la negra túnica,

ni la toca blanca...

Tan sólo en el huso

el lino giraba

por mano invisible;

y en la obscura sala

la luna del limpio

espejo brillaba...

Entre los jazmines

y las rosas blancas

del balcón florido,

me miré en la clara

luna del espejo

que lejos soñaba...

Abril florecía

frente a mi ventana.


DE LA VIDA
(COPLAS ELEGÍACAS)

¡Ay del que llega sediento

a ver el agua correr

y dice: La sed que siento

no me la calma el beber!

¡Ay de quien bebe y, saciada

la sed, desprecia la vida:

moneda al tahur prestada

que sea al azar rendida!

¡Del iluso que suspira

bajo el orden soberano,

y del que sueña la lira

pitagórica en su mano!

¡Ay del noble peregrino

que se para a meditar,

después de largo camino,

en el horror de llegar!

¡Ay de la melancolía

que llorando se consuela,

y de la melomanía

de un corazón de zarzuela!

¡Ay de nuestro ruiseñor,

si en una noche serena

se cura del mal de amor

que llora y canta sin pena!

¡De los jardines secretos,

de los pensiles soñados,

y de los sueños poblados

de propósitos discretos!

¡Ay del galán sin fortuna

que ronda a la Luna bella;

de cuantos caen de la Luna,

de cuantos se marchan a ella!

¡De quien el fruto prendido

en la rama no alcanzó;

de quien el fruto ha mordido,

y el gusto amargo probó!

¡Y de nuestro amor primero,

y de su fe mal pagada,

y, también, del verdadero

amante de nuestra amada!


LA NORIA

La tarde caía

triste y polvorienta.

El agua cantaba

su copla plebeya

en los cangilones

de la noria lenta.

Soñaba la mula,

¡pobre mula vieja!,

al compás de sombra

que en el agua suena.

La tarde caía

triste y polvorienta.


II

Yo no sé qué noble,

divino poeta,

unió a la amargura

de la eterna rueda

la dulce armonía

del agua que sueña,

y vendó tus ojos,

¡pobre mula vieja!...

Mas sé que fué un noble,

divino poeta,

corazón maduro

de sombra y de ciencia.


EL CADALSO

La aurora asomaba

lejana y siniestra.

El lienzo de Oriente

sangraba tragedias

pintarrajeadas

con nubes grotescas.

.  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .  .

En la vieja plaza

de una vieja aldea,

erguía su horrible

pavura esquelética

el tosco patíbulo

de fresca madera...

La aurora asomaba

lejana y siniestra.


LAS MOSCAS

Vosotras las familiares,

inevitables golosas,

vosotras, moscas vulgares,

me evocáis todas las cosas.

¡Oh viejas moscas voraces

como abejas en Abril,

viejas moscas pertinaces

sobre mi calva infantil!

¡Moscas del primer hastío

en el salón familiar,

las claras tardes de estío

en que yo empecé a soñar!

Y en la aborrecida escuela

raudas moscas divertidas,

perseguidas

por amor de lo que vuela,

que todo es volar... sonoras

rebotando en los cristales,

en los días otoñales...

Moscas de todas las horas,

de infancia y adolescencia,

de mi juventud dorada;

de esta segunda inocencia,

que da en no creer en nada,

de siempre... Moscas vulgares,

que de puro familiares

no tendréis digno cantor,

yo sé que os habéis posado

sobre el juguete encantado,

sobre el librote cerrado,

sobre la carta de amor,

sobre los párpados yertos

de los muertos...

Inevitables golosas,

que ni labráis como abejas,

ni brilláis cual mariposas;

pequeñitas, revoltosas,

vosotras, amigas viejas,

me evocáis todas las cosas.


ELEGÍA DE UN MADRIGAL

Recuerdo que una tarde de soledad y hastío,

¡oh tarde como tantas!, el alma mía era,

bajo el azul monótono, un ancho y terso río

que ni tenía un pobre juncal en su ribera.

¡Oh, el mundo sin encanto, sentimental inopia

que borra el misterioso azogue del cristal!

¡Oh, el alma sin amores, que el Universo copia

con un irremediable bostezo universal!

*  *  *

Quiso el poeta recordar, a solas,

las ondas bien amadas, la luz de los cabellos,

que él llamaba en sus rimas rubias olas.

Leyó... La letra mata: no se acordaba de ellos...

Y un día—como tantos,—al aspirar un día

aromas de una rosa que en el rosal se abría,

brotó como una llama la luz de los cabellos,

que él en sus madrigales llamaba rubias olas;

brotó, porque un aroma igual tuvieron ellos...

Y se alejó en silencio para llorar a solas.


ACASO...

Como atento no más a mi quimera,

no reparaba en torno mío, un día

me sorprendió la fértil primavera,

que en todo el ancho campo sonreía.

Brotaban verdes hojas

de las hinchadas yemas del ramaje,

y flores amarillas, blancas, rojas,

bariolaban la mancha del paisaje.

Y era una lluvia de saetas de oro

el sol sobre las frondas juveniles;

del amplio río en el caudal sonoro

se miraban los álamos gentiles.

—Tras de tanto camino, es la primera

vez que miro brotar la primavera,

dije; y después, declamatoriamente:

—¡Cuán tarde ya para la dicha mía!—

Y luego, al caminar, como quien siente

alas de otra ilusión:

Y todavía

¡yo alcanzaré mi juventud un día!


JARDÍN

Lejos de tu jardín quema la tarde

inciensos de oro en purpurinas llamas,

tras el bosque de cobre y de ceniza.

En tu jardín hay dalias.

¡Malhaya tu jardín!... Hoy me parece

la obra de un peluquero,

con esa pobre palmerilla enana,

y ese cuadro de mirtos recortados...,

y el naranjito en su tonel... El agua

de la fuente de piedra

no cesa de reír sobre la concha blanca.


A UN NARANJO Y A UN LIMONERO
VISTOS EN UNA TIENDA
DE PLANTAS Y FLORES

Naranjo en maceta, ¡qué triste es tu suerte!

Medrosas tiritan tus hojas menguadas.

Naranjo en la corte, ¡qué pena da verte

con tus naranjitas secas y arrugadas!

Pobre limonero de fruto amarillo

cual pomo pulido de pálida cera,

¡qué pena mirarte, mísero arbolillo

criado en el verde tonel de madera!

De los claros bosques de la Andalucía,

¿quién os trajo a esta castellana tierra,

que barren los vientos de la adusta sierra,

hijos de los campos de la tierra mía?

¡Gloria de los huertos, árbol limonero,

que enciendes los frutos de pálido oro,

y alumbras del negro cipresal austero

las quietas plegarias erguidas en coro;

y fresco naranjo del patio querido,

del campo risueño y el huerto soñado,

siempre en mi recuerdo maduro o florido,

de fronda y aromas y frutos cargado!


HASTÍO

Sonaba el reloj la una

dentro de mi cuarto. Era

triste la noche. La Luna,

reluciente calavera,

ya del cenit declinando,

iba del ciprés del huerto

fríamente iluminando

el alto ramaje yerto.

Por la entreabierta ventana,

llegaban a mis oídos

metálicos alaridos

de una música lejana.

Una música tristona,

una mazurca olvidada,

entre inocente y burlona,

mal tañida y mal soplada.

Y yo sentí el estupor

del alma, cuando bosteza

el corazón, la cabeza,

y... morirse es lo mejor.


NEVERMORE

La primavera besaba

suavemente la arboleda,

y el verde nuevo brotaba

como una verde humareda.

Las nubes iban pasando

sobre el campo juvenil...

Yo vi en las hojas temblando

las frescas lluvias de Abril.

Bajo ese almendro florido,

todo cargado de flor

—recordé,—yo he maldecido

mi juventud sin amor.

Hoy, en mitad de la vida,

me he parado a meditar...

¡Juventud nunca vivida,

quién te volviera a soñar!


II

Húmedo está, bajo el laurel, el banco

de verdinosa piedra;

lavó la lluvia, sobre el muro blanco,

las empolvadas hojas de la hiedra.

Del viento del otoño el tibio aliento

los céspedes undula, y la alameda

conversa con el viento...

¡El viento de la tarde en la arboleda!

Mientras el Sol, en el ocaso, esplende,

que los racimos de la vid orea,

y el buen burgués, en su balcón, enciende

la estoica pipa en que el tabaco humea,

voy recordando versos juveniles...

¿Qué fué de aquel mi corazón sonoro?

¿Será cierto que os vais, sombras gentiles,

huyendo entre los árboles de oro?


DE LA VIDA
(COPLAS MUNDANAS)

Poeta ayer, hoy triste y pobre

filósofo trasnochado,

tengo en monedas de cobre

el oro de ayer cambiado.

Sin placer y sin fortuna,

pasó como una quimera

mi juventud, la primera...,

la sola, no hay más que una:

la de dentro es la de fuera.

Pasó como un torbellino,

bohemia y aborrascada,

harta de coplas y vino,

mi juventud bienamada.

Y hoy miro a las galerías

del recuerdo, para hacer

aleluyas de elegías

desconsoladas de ayer.

¡Adiós, lágrimas cantoras,

lágrimas que alegremente

brotabais, como en la fuente

las limpias aguas sonoras!

¡Buenas lágrimas vertidas

por un amor juvenil,

cual frescas lluvias caídas

sobre los campos de Abril!

“No canta ya el ruiseñor

de cierta noche serena;

sanamos del mal de amor,

que sabe llorar sin pena.”

Poeta ayer, hoy triste y pobre

filósofo trasnochado,

tengo en monedas de cobre

el oro de ayer cambiado.


SOL DE INVIERNO

Es mediodía. Un parque.

Invierno. Blancas sendas.

Simétricos montículos

y ramas esqueléticas.

Bajo el invernadero,

naranjos en maceta,

y en su tonel, pintado

de verde, la palmera.

Un viejecillo dice

para su capa vieja:

“¡El sol, esta hermosura

de sol!...” Los niños juegan.

El agua de la fuente

resbala, corre y sueña,

lamiendo, casi muda,

la verdinosa piedra.


A UN VIEJO Y DISTINGUIDO SEÑOR

Te he visto, por el parque ceniciento

que los poetas aman

para llorar, como una noble sombra

vagar envuelto en tu levita larga.

El talante cortés, ha tantos años

compuesto de una fiesta en la antesala,

¡qué bien tus pobres huesos

ceremoniosos guardan!

Yo te he visto aspirando distraído,

con el aliento que la tierra exhala

—hoy, tibia tarde en que las mustias hojas

húmedo viento arranca,—

del eucalipto verde

el frescor de las hojas perfumadas.

Y te he visto llevar la seca mano

a la perla que brilla en tu corbata.