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Chapter 11: ¡SOLO!
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About This Book

Se reúne un conjunto de ensayos, prólogos y pasajes narrativos en los que el autor examina su trayectoria literaria y sus principios creativos, prefiriendo la libertad expresiva frente a las servidumbres de la postura, la imitación y la moda. Aborda la influencia de los maestros, la tentación del naturalismo y la evolución del lenguaje como herramienta práctica más que como ídolo estilístico. Alternan reflexiones críticas con fragmentos de ficción que recrean la vida costera, la camaradería de los pescadores y la relación entre experiencia personal y retrato novelístico. Las piezas ofrecen un equilibrio entre autocrítica y demostración artística.

Il sogno beato
de pace e contento
ti, ro, ri, ra, ri, ro,
ti, ro, ri, ra, ri, ro.

Necesitaba seguir tarareando hasta llegar a otros dos versos que decían:

La dolce memoria
de un tenero amore.

Sobre los cuales se apoyaba sin cesar hasta concluir el allegro.

—¡Hola! D. Ramón—le dije un día desde la cama—, parece que le gusta a usted Los Puritanos.

—Muchísimo: es una de las óperas que más me gustan. Daría cualquier cosa por conocer un instrumento para poder tocarla toda. ¡Qué dulzura hay en ella! ¡Qué inspiración! Estas son óperas y ésta es música. ¡Parece mentira que ustedes se entusiasmen con esa algarabía alemana que sólo sirve para hacer dormir!... A mí me gustan con pasión todas las óperas de Bellini: El Pirata, Sonámbula, Norma; pero sobre todas ellas Los Puritanos... Tengo además razones particulares para que me guste más que ninguna otra—añadió bajando la voz.

—¡Ole, ole, D. Ramón!—exclamé incorporándome de un salto y poniéndome los calcetines—: vengan esas razones.

—Son tonterías de la juventud... cuestión de amores—contestó ruborizándose un poco.

—Pues cuente usted esas tonterías. Me muero por ellas. No lo puedo remediar, me gustan más esas cosas que la reforma de la ley Hipotecaria de que usted me habló ayer.

—¡Al fin poeta!

—No soy poeta, D. Ramón; soy crítico.

—Pues me había dicho el amo que era usted poeta... De todas maneras, se lo contaré ya que usted tiene curiosidad... Verá usted cómo es una tontería que no merece la pena... ¡Pero vístase usted, criatura, que se está helando!

El año de cincuenta y ocho vine a Madrid con una comisión del Ayuntamiento de Valencia para gestionar la rebaja de la cuota de consumos. Tenía yo entonces... eso es, veintinueve años; y ya hacía siete cumplidos que estaba casado. Es una barbaridad casarse tan joven. Aunque no tengo motivo para arrepentirme, no aconsejaré a nadie que lo haga. Vine a parar a esta misma casa, esto es, a la misma posada; la casa estaba entonces situada en la calle del Barquillo. En aquella época, bueno será que le advierta que me complacía en andar muy lechuguino o sietemesino, como ustedes dicen ahora, cosa que tenía siempre escamada a mi pobre mujer. ¿Para qué te compones tanto, hombre de Dios? ¿Vas de conquista? ¡Quién sabe! contestaba riendo y dejándola un poco enojada. No es malo tener a las mujeres un si es no es celosas.

Una tarde, una hermosa tarde de invierno, de las que sólo se ven en este Madrid, salí de casa después de almorzar con el objeto de hacer algunas visitas y también para espaciarme por esas calles de Dios. Iba caminando lentamente por la de las Infantas, meditando sobre el plan de la noche o sea el modo de pasarla más divertido, y saboreando un buen cigarro habano, cuando de pronto ¡zas! recibo un fuerte golpe en la cabeza que me hace vacilar. El flamante sombrero de copa fué rondando por un lado y el cigarro por otro. Cuando me recobré del susto, lo primero que vi a mis pies fué una enorme muñeca fresca, sonrosada y en camisa.

Esta buena pieza es la que ha causado el destrozo, dije para mis adentros, lanzándole una mirada iracunda que la muñeca aparentó no comprender. Mas como no era de presumir que ella por su voluntad se hubiese arrojado sobre mí de aquel modo brusco e inconveniente, pues jamás había hecho daño a ninguna muñeca, creí más probable que de alguna casa me la hubieran arrojado. Alcé la cabeza vivamente.

En efecto, el reo estaba de pie en el balcón de un primer piso, suspenso, atónito, consternado. Era una niña de trece a catorce años.

Al observar la mirada de espanto y congoja que me dirigía se templó mi furor, y en vez de lanzarle un apóstrofe violento, como tenía determinado, le mandé una sonrisa galante. Puede ser que en la formación de esta sonrisa haya intervenido más o menos directamente la belleza nada vulgar del criminal.

Recogí el sombrero, me lo puse, y volví a alzar la cabeza y a remitir otra sonrisa, acompañada esta vez de un ligero saludo. Pero mi agresor seguía inmóvil y aterrado sin darse cuenta ni poder explicar las amables disposiciones en que su víctima se hallaba. A todo esto la muñeca seguía en el suelo inmóvil también, pero sin mostrar en modo alguno sorpresa, pesar, terror, ni siquiera vergüenza de su situación poco decorosa. Me apresuré a levantarla, cogiéndola, si mal no recuerdo, por una pierna, y me informé minuciosamente de si había padecido alguna fractura u otra herida grave. No tenía más que leves contusiones. Alcéla en alto y la mostré a su dueño haciéndole seña de que iba a subir para entregársela. Y sin más dilaciones entro en el portal, subo la escalera y tomo el cordón de la campanilla... Ya está abierta la puerta. Mi lindo agresor asoma su rostro trigueño, gracioso, lleno de vida y frescura, y extiende sus manos diminutas, en las cuales deposito respetuosamente a la muñeca desmayada. Quise hablar, para dar mayor seguridad de que no era nada lo que había pasado, que la muñeca conservaba íntegros sus miembros, y yo lo mismo, y que celebraba la ocasión de conocer una niña tan hermosa y tan simpática, etc., etc. Nada de esto fué posible. La chica murmuró confusamente “muchas gracias”, y se apresuró a cerrar la puerta, dejándome con el discurso en el cuerpo.

Salgo a la calle un poco disgustado, como cualquier otro orador en el mismo caso, y sigo mi camino, no sin volver repetidas veces la cabeza hacia el balcón. A los treinta o cuarenta pasos observo que está la niña asomada, y me paro y le envío una sonrisa y un saludo ceremonioso. Esta vez contesta, aunque ligeramente, pero se apresura a retirarse. ¡Cuidado que era linda aquella niña! Al llegar al extremo de la calle sentí la necesidad imperiosa de verla otra vez, y dí la vuelta, no sin percibir cierta vergüenza en el fondo del corazón, pues ni mi edad, ni mi estado, me autorizaban semejantes informalidades; mucho menos tratándose de tal criatura. Ya no estaba en el balcón.

Pues yo no me voy sin verla, me dije, y pian pianito, comencé a pasear la calle sin perder de vista la casa, con la misma frescura que un cadete de Estado Mayor. Después de todo, aquí nadie me conoce—me iba repitiendo a cada instante, a fin de comunicarme alientos para seguir paseando—. Además, yo no tengo nada que hacer ahora; y lo mismo da vagar por un lado que por otro.

Justamente, al cruzar tercera o cuarta vez por delante del balcón apareció en él la gentil chiquita, que al verme hizo un movimiento de sorpresa, acompañado de una mueca encantadora, se echó a reir y se ocultó de nuevo.

¡Pero, qué necios somos los hombres y qué inocentes cuando se trata de estos asuntos! ¿Querrá usted creer que entonces no sospeché siquiera que la niña había estado presenciando, sin perder uno solo, todos mis movimientos?

Satisfecho ya el capricho, dejé la calle de las Infantas, y me fuí a casa de un amigo. Mas al día siguiente, fuese casualidad o premeditación, aunque es muy probable lo último, acerté a pasar por el mismo sitio a la misma hora. Mi gentil agresor, que estaba de bruces sobre la barandilla del balcón, se puso encarnado hasta las orejas así que pudo distinguirme, y se retiró antes de que pasase por delante de la casa. Como usted puede suponer, esto, lejos de hacerme desistir, me animó a quedarme petrificado en la esquina de la primer bocacalle, en contemplación extática. No pasaron cuatro minutos sin que viese asomar una naricita nacarada, que se retiró al momento velozmente, volvió a asomarse a los dos minutos y volvió a retirarse, asomóse al minuto otra vez y se retiró de nuevo. Cuando se cansó de tales maniobras, se asomó por entero y me miró fijamente por un buen rato, cual si tratase de demostrar que no me tenía miedo alguno. Entonces se generalizó por entrambas partes un fuego graneado de miradas, acompañado, por lo que a mí respecta, de una multitud de sonrisas, saludos y otros proyectiles mortíferos, que debieron causar notables estragos en el enemigo. Este a la media hora oyó sin duda en la sala el toque de “alto el fuego”, y se retiró cerrando el balcón. No necesitaré decirle que por más que me sintiese avergonzado de aquella aventura, seguí dando vueltas a la misma hora por la calle, y que el tiroteo era cada vez más intenso y animado. A los tres o cuatro días me decidí a arrancar una hoja de la cartera y a escribir estas palabras: Me gusta usted muchísimo. Envolví una moneda de dos cuartos en la hoja, y aprovechando la ocasión de no pasar nadie, después de hacerle seña de que se retirase, la arrojé al balcón. Al día siguiente, cuando pasé por allí, vi caer una bolita de papel que me apresuré a recoger y desdoblar. Decía así, en una letra inglesa, crecida, hecha con mucho cuidado y el papel rayado para no torcer: Tan bien ustez me gusta a mí no crea que juego con muñecas era de mi ermanita.

Aunque sonreí al leer el billete amoroso, no dejó de causarme sensación dulce y amable, que muy pronto hizo sitio a otra melancólica, al recordar que me estaban prohibidas para siempre tales aventuras. Aquel día mi chiquita no salió al balcón, sin duda avergonzada de su condescendencia; pero al siguiente la hallé dispuesta y aparejada al combate de miradas, señas y sonrisas, que ya no escasearon por ambas partes. Una hora o más duraba todas las tardes este juego, hasta que se oía llamar y se retiraba apresuradamente. Le pregunté por señas si salía de paseo, y me contestó que sí: y en efecto, un día aguardé en la calle hasta las cuatro y la vi salir en compañía de una señora, que debía de ser su mamá, y de dos hermanitos. Seguíles al Retiro, aunque a respetable distancia, porque me hubiera causado mucha vergüenza el que la mamá se enterase. La chiquilla, con menos prudencia, volvía a cada instante la cabeza y me dirigía sonrisas, que me tenían en continuo sobresalto. Al fin volvimos a casa en paz. A todo esto, yo no sabía cómo se llamaba, y a fin de averiguarlo escribí la pregunta en otra hoja de la cartera: ¿Cómo se llama usted? La chica contestó en la misma letra inglesa y crecida, con el papel rayado: Me llamo Teresa no crea ustez por Dios que juego con muñecas.

Diez o doce días se transcurrieron de esta suerte. Teresa me parecía cada día más linda, y lo era en efecto, porque según he averiguado en el curso de mi vida, no hay pintura, raso ni brocado que hermosee tanto a la mujer como el amor. Le pregunté repetidas veces si podía hablar con ella, y siempre me contestó que era de todo punto imposible: si la mamá llegaba a saber algo ¡adiós balcón! Empecé a sospechar que me iba enamorando y esto me traía inquieto. No podía pensar en aquella niña sin sentir profunda melancolía, como si personificase mi juventud, mis ensueños de oro, todas mis ilusiones, que para siempre estaban separados de mí por barrera infranqueable. Al mismo tiempo me acosaban los remordimientos. ¡Cuál sería el dolor de mi pobre mujer si llegase a averiguar que su marido andaba por la corte enamorando chiquillas! Un día recibí carta suya, participándome que tenía a mi hijo menor un poco indispuesto, y rogándome que procurase arreglar los negocios y volviese pronto a casa. La noticia me produjo el disgusto que usted puede suponer; porque siempre he delirado por mis hijos. Y como si aquello fuese castigo providencial o por lo menos advertencia saludable, después de grave y prolongada meditación, en que me eché en cara, sin piedad, mi conducta infame y ridícula, canté sin rebozo el yo pecador y resolví obedecer a mi esposa inmediatamente. Para llevar a cabo este propósito, lo primero que se me ocurrió fué no acordarme más de Teresa, ni pasar siquiera por su calle, aunque fuese camino obligado: después, abreviar cuanto pudiese los asuntos. Según mis cálculos quedaría libre a los cinco o seis días.

Ya no seguí, pues, la calle de las Infantas como acostumbraba después de almorzar, ni aun para ir a la de Valverde, donde vivían unos amigos. Por la noche, después de comer, como no había peligro de ver a Teresa, la cruzaba velozmente y sin echar una mirada a la casa.

Pasaron cuatro días. Ya no me acordaba de aquella niña, o si me acordaba era de un modo vago, como la memoria de los días risueños de la juventud. Tenía casi ultimados mis negocios y andaba preocupado con la elección del día para marcharme. Será cosa, a más tardar, del viernes o el sábado, me dije después de comer, encendiendo un cigarro y echándome a la calle. El ministro se había negado a rebajar la cuota del Ayuntamiento, lo cual me tenía muy disgustado. Pensando en lo que había de decir a mis colegas cuando me viese entre ellos, y en el modo mejor de explicarles la causa del fracaso, crucé la plaza del Rey y entré en la calle de las Infantas. La noche era espléndida y bastante templada. Llevaba abierto el gabán y caminaba lentamente gozando con voluptuosidad de la temperatura, del cigarro y de la seguridad de ver pronto a mi familia. Al pasar por delante de la casa de la niña me detuve y la contemplé un instante casi con indiferencia. Y seguí adelante murmurando: “¡Qué chiquilla tan mona! ¡Lástima será que se la lleve un tunante!” Después me puse a reflexionar en lo fácil que me hubiera sido jugar una mala pasada al alcalde y alzarme con el cargo; pero no; hubiera sido una felonía. Por más que fuese un poco díscolo y soberbio, al fin era amigo: tiempo me quedaba para ser alcalde. Pero cuando más embebido andaba en mis pensamientos y planes políticos, y cuando ya estaba próximo a doblar la esquina de la calle, he aquí que siento un brazo que se apoya en el mío y una voz que me dice:

—¿Va usted muy lejos?

—¡Teresa!

Los dos quedamos mudos por algunos instantes; yo contemplándola estupefacto; ella con la cabeza baja y sin abandonar mi brazo.

—¿Pero dónde va usted a estas horas?

—Me voy con usted—respondió alzando la cabeza y sonriendo como si dijese la cosa más natural del mundo.

—¿A dónde?

—¡Qué sé yo! Donde usted quiera.

A un mismo tiempo sentí escalofríos de placer y de miedo.

—¿Ha huído usted de su casa?

—¡Qué había de huir... solamente se la he jugado a Manuel del modo más gracioso!... Verá usted cómo se ríe... Me empeñé hoy en ir a la tertulia de unas primas, que viven en la calle de Fuencarral, y papá mandó a Manuel que me acompañase. Llegamos hasta el portal y allí le dije: Márchate, que ya no haces falta; y me hice como que subía la escalera, pero en seguida di la vuelta sin llamar y me vine detrás de él hasta casa... ¡Cuando le vi entrar me dió una risa, que por poco me oye!

La chiquilla se reía aún, con tanta gana y tan francamente, que me obligó a hacer lo mismo.

—¿Y usted por qué ha hecho eso?—le pregunté con la falta de delicadeza, mejor dicho, con la brutalidad de que solemos estar tan bien provistos los caballeros.

—Por nada—repuso desprendiéndose de mi brazo repentinamente y echando a correr.

La seguí y la alcancé pronto.

—¡Qué polvorilla es usted!—le dije echándolo a broma.—¡Vaya un modo de despedirse!... Perdón si la he ofendido...

La niña, sin decir nada, volvió a tomar mi brazo. Caminamos un buen rato en silencio. Yo iba pensando ansiosamente en lo que iba a decir y en lo que iba a hacer. Al fin, Teresa lo rompió, preguntándome resueltamente:

—¿No me dijo usted por carta que me quería?

—¡Pues ya lo creo que la quiero a usted!

—Entonces, ¿por qué ha dejado de venir a verme y de pasar por la calle de día?

—Porque temía que su mamá...

—Sí, sí; porque los hombres son todos muy ingratos y cuanto más se les quiere es peor... ¿Piensa usted que yo no lo sé?... Me ha tenido usted al balcón todas estas tardes esperándole; ¡pero que si quieres!... Por la noche, detrás de los cristales, le veía pasar, muy serio, muy serio, sin mirar siquiera hacia mi casa... Yo decía: “¿Estará enfadado conmigo? ¿Por qué se habrá enfadado? ¿Será porque he cerrado el balcón a las tres menos cuarto?” En fin, todo me volvía cavilar, cavilar, sin sacar nada en limpio... Entonces dije: “Voy a darle un susto esta noche...”

—Ha sido un susto bien agradable.

—Si no llega usted a pararse delante de mi casa y a quedarse mirando a los balcones, no salgo del portal... pero aquello me decidió.

Momento de pausa, en el cual me acudió a la mente un tropel de pensamientos que todavía me avergüenzan. Teresa volvió a mirarme fijamente.

—¿Está usted contento?

—¡Vaya!

—¿Va usted a gusto conmigo?

—Mejor que con nadie en el mundo.

—¿No le estorbo?

—Al contrario, siento un placer como usted no puede figurarse.

—¿No tiene usted nada que hacer ahora?

—Absolutamente nada.

—Entonces vamos a pasear. Cuando llegue la hora, usted me lleva a casa y mamá se figura que me trajo el criado de las primas... Pero si le estorbo o no le gusta pasear conmigo, dígamelo usted... me voy en seguida...

Yo le contesté apretándole el brazo y tirándole suavemente por la mano para encajárselo bien en el mío. Teresa continuó hablando con graciosa volubilidad.

—Parece mentira que seamos tan amigos, ¿no es verdad? Yo pensé cuando le dejé caer la muñeca encima que le había matado... ¡Qué miedo tuve! ¡Si usted viera!... Vamos a ver, ¿por qué en lugar de enfadarse se sonrió usted conmigo?

—¡Toma! porque me gustó usted mucho.

—Eso pensaba yo: debí de haberle sido simpática, porque si no, la verdad es que tenía motivo para ponerse furioso. Todavía cuando usted subió a llevármela estaba muerta de miedo y por eso cerré tan pronto la puerta... ¡Dichosa muñeca! Me dió tal rabia que la tiré contra el suelo y le partí un brazo.

—Pues no debe usted tratarla mal; al contrario, debe usted conservarla como un recuerdo.

—¿Sabe usted que tiene razón? Si no hubiera sido por la muñeca no nos hubiéramos conocido... ni sería usted mi novio... porque tengo otro...

—¿Cómo otro?

—Es decir, ya no lo tengo: lo tenía... Es un primo que está empeñado en que le he de querer a la fuerza... No vaya usted a creer que es feo... al contrario, es guapo... pero a mí no me gusta... No lo puedo remediar. Le dije que sí, porque me dió lástima un día que se echó a llorar.

Mientras conversábamos de esta suerte íbamos caminando sosegadamente por las calles. Para evitar el encuentro con cualquiera pariente o conocido de la niña, procuré seguir las menos principales. Teresa iba cogida a mi brazo como al de un antiguo amigo, hablando sin cesar, riendo, sacudiéndome a veces fuertemente y deteniéndose a lo mejor delante de un escaparate, para hacerme mirar cualquier chuchería. Su charla era un gorjeo dulce, insinuante, que me conmovía y refrescaba el corazón. A impulso de ella se fué disipando poco a poco el tropel de pensamientos pérfidos que vagaba por mi cabeza. Sin saber de qué modo, también desaparecieron todos mis temores; me figuraba que aquella niña tenía algún parentesco conmigo, y no hallaba extraordinaria y peligrosa nuestra situación como al principio. Su inocencia era un velo espeso que nos impedía ver el riesgo que corríamos.

En poco tiempo me contó una infinidad de cosas. Era de Jerez; no hacía más que un año que estaban en Madrid establecidos; su papá ocupaba un alto empleo; tenía dos hermanitos y una hermanita. Acerca del carácter y costumbres de cada uno de ellos se extendió considerablemente; la hermanita era muy buena niña, amable y obediente; pero los chicos insufribles; todo el día gritando, ensuciando la casa y peleándose. Su mamá le había dado jurisdicción sobre ellos hasta para castigarles, pero no quería usar de ella porque tenía miedo de que le perdiesen el cariño: que la mamá se arreglara como pudiese. Después habló del papá, que era muy serio, pero muy bueno. Lo único que la tenía apesadumbrada era que parecía querer más a los chicos que a ellas. La mamá, en cambio, mostraba predilección por las niñas. Habló después de las primas de la calle de Fuencarral; una era muy bonita, la otra graciosa solamente: las dos tenían novio, pero no valían cuatro cuartos: chiquillos que todavía estudiaban en el Instituto. Tenían, además, un hermano, que era el primo que había sido su novio; éste ya era bachiller y se estaba preparando para entrar en el colegio de Artillería. De vez en cuando, en los cortos intervalos de silencio, levantaba graciosamente la cabeza, preguntándome:

—¿Va usted a gusto conmigo? ¿Le estorbo?

Y cuando me oía protestar vivamente contra semejante duda, su rostro expresivo se iluminaba de alegría y continuaba hablando.

Habíamos recorrido algunas calles. Ya puede usted imaginarse que yo iba gozando como los ángeles en el paraíso, y pendiente de los labios de aquella niña, que al referirme todas las nonadas infantiles de su vida, parecía infundir en mi alma encantada la ciencia de la dicha. Sin embargo, no podía desechar cierta vaga inquietud que turbaba mi alegría. Buscando manera de pasar las horas de que disponíamos más dignamente que vagando por las calles, tropezamos al bajar la cuesta de Santo Domingo con el Teatro Real. Al instante se me ocurrió la idea de entrar. Teresa la aceptó inmediatamente, y a fin de que no reparasen en nosotros, tomamos entradas de paraíso. Se cantaba Los Puritanos, y aquél rebosaba de gente; de suerte que nos costó algún trabajo introducirnos y escalar uno de los rincones; pero al cabo llegamos. Teresa se encontró admirablemente y me pagaba los trabajos que había pasado para llevarla hasta allí con mil sonrisas y palabras amables. Mientras subían el telón seguimos charlando, aunque muy bajito. Se había establecido entre nosotros una gran intimidad, y me abandonó una de sus manos que yo acariciaba embelesado. Cuando empezó la ópera dejó de charlar y se puso a atender tan decididamente, que a mí me hizo sonreir el verla con la cabecita apoyada en la pared y los ojos extáticos. Sabía música, pero había ido al teatro pocas veces; así que las melodías inspiradas de la ópera de Bellini le causaban profunda impresión, que se traducía por un leve temblor de las pupilas y los labios. Cuando llegó el sublime canto del tenor que empieza A te, oh cara, me apretó con fuerza la mano exclamando por lo bajo—:¡Oh qué hermoso! ¡oh qué hermoso! Después me hizo explicarle lo que pasaba en la escena. Halló el matrimonio del tenor y la tiple muy proporcionado, pero compadecía de veras al barítono, a quien birlaban la novia; quedó sumamente disgustada cuando al fin del acto el tenor se ve en la precisión de acompañar a la reina y dejar abandonada a su futura, y declaró resueltamente que ésta era una conducta indigna.

—Pero advierta usted que estaba obligado a hacerlo porque era su reina quien se lo pedía.

—No importa, no importa; si la quisiera bien no hay reina que valga. Lo primero siempre es la novia.

No me fué posible arrancarle tan extraña teoría de la cabeza. Después que bajó el telón permanecimos en el mismo sitio y me obligó a contarle mi vida y milagros, cuántas novias había tenido, a quién había querido más, etc., etc. Ya comprenderá usted que necesité ensartar un sin fin de patrañas. Después, sin motivo alguno serio, manifestó rotundamente que todos los hombres eran ingratos. Yo me atreví a apuntar que había excepciones, pero no fué posible hacérselo reconocer—. Usted será lo mismo que todos (anunció en tono profético y mirando a un punto del espacio); me querrá usted un poco de tiempo, y después... si te ví, no me acuerdo.

¡Qué rato tan delicioso y tan infernal a la vez me estaba haciendo pasar aquella niña! Para llevar la conversación a otro punto, le pregunté:

—¿Cuántos años tiene usted? Hasta ahora no me lo ha dicho.

—Tengo... tengo... mire usted, yo siempre digo que tengo catorce, pero la verdad es que no tengo más que trece y dos meses... ¿Y usted?

—¡Una atrocidad! No me lo pregunte usted, que me da vergüenza.

—¡Ah qué presuntuoso! ¡Si yo le he de querer lo mismo que tenga muchos que pocos!

En seguida me propuso que nos tratásemos de tú, pero después de aceptado se volvió atrás ofreciéndome que yo la tratase de tú y ella siguiese con el usted. No quise conformarme.

—Pues mire usted, yo no puedo hablarle de tú; me da mucha vergüenza... Pero, en fin, vamos a ensayar.

Del ensayo resultó que para evitar el pronombre daba la pobrecilla infinidad de rodeos y se metía en una serie interminable de perífrasis. Si se aventuraba a dirigirme un tú, lo hacía bajando la voz y pasando como sobre ascuas.

Cuando empezó el segundo acto, volvió a escuchar atentamente. Mis ojos no se apartaban casi nunca de su rostro; ella entornaba a menudo los suyos para dirigirme una sonrisa apretando al mismo tiempo mi mano. Observé, no obstante, que se había amortiguado un poco la viva expresión de su fisonomía y que iba perdiendo aquella graciosa volubilidad del principio. Las sonrisas de sus labios se fueron haciendo tristes, y por la cándida frente pasó una ráfaga de inquietud que comunicó a su lindo rostro infantil cierta grave expresión que no tenía. Parecía que en virtud de un misterioso movimiento de su espíritu, la niña se transformaba en mujer en pocos instantes. Dejó de apretar mi mano y hasta retiró la suya. Volví a cogerla disimuladamente, pero al poco tiempo la retiró de nuevo.

El segundo acto había terminado. Al bajarse el telón me hizo mirar el reloj, y viendo las once, dijo que era necesario partir en seguida, porque a las once y media, a más tardar, iba el criado a buscarla.

Salimos del teatro. La noche seguía tibia y estrellada. A la puerta aguardaba una larga fila de coches, que nos fué preciso evitar. Ya no había en las calles el movimiento de las primeras horas, pero con todo, seguimos las más solitarias. Teresa no quiso aceptar mi brazo como antes. Entonces me tocó llevar la voz cantante, y le dije al oído mil requiebros y ternezas, explicándole por menudo el amor que me había inspirado y lo que había sufrido en los días en que no pasé por su calle: recordéle todos los pormenores, hasta los más insignificantes, de nuestro conocimiento visual y epistolar, y le dí cuenta de los vestidos que le había visto y de los adornos, a fin de que comprendiese la profunda impresión que me había causado. Nada replicaba a mi discurso; seguía caminando cabizbaja y preocupada, formando su actitud notable contraste con la que tenía tres horas antes al pasar por los mismos sitios. Cuando me detuve un instante a respirar, exclamó sin mirarme:

—Hice una cosa muy mala, muy mala. ¡Dios mío, si lo supiese papá!

Traté de probarle que su papá no podía enterarse de nada, porque llegaríamos demasiado temprano.

—De todas maneras, aunque papá no se entere, hice una cosa muy mala. Usted bien lo sabe, pero no quiere decirlo. ¿No es verdad que una niña bien educada no haría lo que yo hice esta noche?... ¡Si lo supiesen mis primas, que están deseando siempre cogerme en alguna falta!... Pero no piense usted... por Dios, que lo he hecho con mala intención... Yo soy muy aturdida... todo el mundo lo dice... pero también dicen que tengo buen fondo.

Al proferir estas palabras se le había ido anudando la voz en la garganta, hasta que se echó a llorar perdidamente. Me costó mucho trabajo calmarla, pero al fin lo conseguí elogiando su carácter franco y sencillo y su buen corazón, y prometiendo quererla y respetarla siempre. Me hizo jurar una docena de veces que no pensaba nada malo de ella. Después de secarse las lágrimas recobró su alegría y comenzó a charlar por los codos. Me expuso en pocos instantes una infinidad de proyectos a cual más absurdos. Según ella, debía presentarme al día siguiente en casa, y pedirle al papá su mano: el papá diría que era muy niña, pero yo debía explicarle inmediatamente que no importaba nada: el papá insistiría en que era demasiado pronto, pero yo le presentaría el ejemplo de una tía, hermana de su mamá, que estaba jugando a las muñecas cuando le avisaron para ir a casarse. ¿Qué había de oponer a este poderoso argumento? Nada seguramente. Nos casaríamos, y acto continuo nos iríamos a Jerez, para que conociese a sus amigas y a sus tíos. ¡Qué susto llevarían todos al verla del brazo de un caballero, y mucho más cuando supieran que este caballero era su marido!

Estaba tan linda, tan graciosa, que no pude menos de pedirle con vehemencia que me permitiese darle un beso. No fué posible. Ningún hombre la había besado hasta entonces; solamente su primo le había dado un beso a traición, pero le costó caro, porque le dejó caer dos vasos de limón sobre la cabeza: hasta en los juegos de prendas hacía que pusieran las manos delante, para que no le tocasen la cara con los labios. Pero cuando estuviésemos casados, ya sería otra cosa; entonces todos los besos que se me antojaran, aunque sospechaba que no se los pediría con tanto ardor como ahora.

Estábamos próximos ya a su casa. Los carruajes de la gente que volvía de las tertulias, al cruzar a nuestro lado, apagaban la voz de Teresa y le obligaban a esforzarla un poco. Las estrellas desde el cielo nos hacían guiños, como si nos invitasen a gozar apresuradamente de aquellos momentos felices, que no habían de volver. A lo lejos sólo se veían, como fuegos fatuos, los faroles de los serenos.

Llegamos por fin a casa. Delante de la puerta, Teresa volvió a hacerme jurar que no pensaba nada malo de ella, y que al día siguiente a las dos en punto de la tarde, me presentaría debajo de sus balcones.

—Cuidado que no faltes.

—No faltaré, preciosa.

—¿A las dos en punto?

—A las dos en punto.

—Llama ahora con un golpe a la puerta.

Cogí la aldaba y dí un golpe fuerte. Al poco rato se oyeron los pasos del portero.

—Ahora—dijo en voz bajita y temblorosa—dame un beso y escápate de prisa.

Al mismo tiempo me presentaba su cándida y rosada mejilla. Yo la tomé entre las manos y la apliqué un beso... dos... tres... cuatro... todos los que pude hasta que oí rechinar la llave. Y me alejé a paso largo.

Dejó de hablar D. Ramón.

—¿Y después qué sucedió?—le pregunté con vivo interés.

—Nada, que aquella noche no pude dormir de remordimientos y al día siguiente tomé el tren para mi pueblo.

—¿Sin ver a Teresa?

—Sin ver a Teresa.

¡SOLO!

FRESNEDO dormía profundamente su siesta acostumbrada. Al lado del diván el velador maqueado, manchado de ceniza de cigarro, y sobre él un platillo y una taza, pregonando que el café no desvela a todas las personas. La estancia, amueblada para el verano con mecedoras y sillas de rejilla, estera fina de paja, y las paredes desnudas y pintadas al fresco, se hallaba menos que a media luz: las persianas la dejaban a duras penas filtrarse. Por esto no se sentía el calor. Por esto y porque nos hallamos en una de las provincias más frescas del norte de España y en el campo. Reinaba silencio. Escuchábase sólo fuera el suave ronquido de las cigarras y el pío pío de algún pájaro que, protegido por los pámpanos de la parra que ciñe el balcón, se complacía en interrumpir la siesta de sus compañeros. Alguna vez, muy lejos, se oía el chirrido de un carro, lento, monótono, convidando al sueño. Dentro de la casa habían cesado ya tiempo hacía los ruidos del fregado de los platos. La fregatriz, la robusta, la colosal Mariona, como andaba descalza, sólo producía un leve gemido de las tablas, que se quejaban al recibir tan enorme y maciza humanidad.

Cualquiera envidiaría aquella estancia fresca, aquel silencio dulce, aquel sueño plácido. Fresnedo era un sibarita; pero solamente en el verano. Durante el invierno trabajaba como un negro allá en su escritorio de la calle de Espoz y Mina, donde tenía un gran establecimiento de alfombras. Era hombre que pasaba un poco de los cuarenta, fuerte y sano como suelen ser los que no han llevado una juventud borrascosa: la tez morena, el pelo crespo, el bigote largo y comenzando a ponerse gris. Había nacido en Campizos, punto donde nos hallamos, hijo de labradores regularmente acomodados. Mandáronle a Madrid a los catorce años con un tío comerciante. Trabajó con brío e inteligencia; fué su primer dependiente; después su asociado; por último se casó con su hija, y heredó su hacienda y su comercio. Contrajo matrimonio tarde, cuando ya se acercaba a los cuarenta años. Su mujer sólo tenía veinte. Educada en el bienestar y hasta en el lujo que le podía procurar el viejo Fresnedo, Margarita era una de esas niñas madrileñas, toda melindres, toda vanidad, postrada ante las mil ridiculeces de la vida cortesana, cual si estuviesen determinadas por sentencias de un código inmortal, desviada enteramente de la vida de la Naturaleza y la verdad. Por eso odiaba el campo, y muy particularmente el ignorado y frondoso lugarcito donde tenía origen su linaje humilde. Lo odiaba casi tanto como su mamá, la esposa del viejo Fresnedo, que, a pesar de ser hija de una cacharrera de la calle de la Aduana, tenía a menos poner los pies en Campizos.

Tanto como ellas lo odiaban amábalo el buen Fresnedo. Mientras fué dependiente de su tío, arrancábale todos los años licencia para pasar el mes de Julio o Agosto en su país. Cuando sus ganancias se lo permitieron, levantó al lado de la de sus padres una casita muy linda, rodeada de jardín, y comenzó a comprar todos los pedazos de tierra que cerca de ella salían a la venta. En pocos años logró hacerse un propietario respetable. Y al compás que se hacía dueño de la tierra donde corrieron sus primeros años, su amor hacia ella crecía desmesuradamente. Puede cualquiera figurarse el disgusto que el honrado comerciante experimentó cuando, después de casado con su prima, ésta le anunció, al llegar el verano, que no estaba dispuesta “a sepultarse en Campizos”, decisión que su tía y suegra reciente apoyó con maravilloso coraje. Fué necesario resignarse a veranear en San Sebastián. Al año siguiente lo mismo. Pero al llegar el cuarto, Fresnedo tuvo la audacia de rebelarse, produciendo un gran tumulto doméstico—. “O a Campizos, o a ninguna parte este verano. ¿Estamos, señoras?” Y los bigotes se le erizaron de tal modo inflexible al pronunciar estas enérgicas palabras, que la delicada esposa se desmayó acto continuo, y la animosa suegra, rociando las sienes de su hija con agua fresca y dándole a oler el frasco del antiespasmódico, comenzó a increparle amargamente:

—¡Huele, hija mía, huele!... ¡Si las cosas se hicieran dos veces!... La culpa la he tenido yo en poner en manos de un paleto una flor tan delicada.

Cuando la flor delicada abrió al fin los ojos, fué para soltar por ellos un raudal de lágrimas y para decir con acento tristísimo:

—¡Nunca lo creyera de Ramón!

Fresnedo se conmovió. Hubo explicaciones. Al fin se transigió de un modo honroso para las dos partes. Convínose en que Margarita y su mamá irían a San Sebastián, llevando a la niña de quince meses, y que Fresnedo fuese a Campizos el mes de Agosto, con Jesús, el niño mayor, de edad de tres años, y su niñera. Esta es la razón de que Fresnedo se encuentre durmiendo la siesta donde acabamos de verle.

Despertóle de ella una voz bien conocida:

—Papá, papá.

Abrió los ojos y vió a su hijo a dos pasos, con su mandilito de dril color perla, sus zapatitos blancos y el negro y enmarañado cabello caído en bucles graciosos sobre la frente. Era un chico más robusto que hermoso. La tez, de suyo morena, teníala ahora requemada por los días que llevaba de aldea haciendo una vida libre y casi salvaje. Su padre le tenía todo el día a la intemperie, siguiendo escrupulosamente las instrucciones de su médico.

—Papá..., dijo Tata que tú no querías... que tú no querías... que tú no querías... comprarme un carro... y que el carnero... y que el carnero no era mío..., que era de Carmita (la hermana), y no me deja cogerlo por los cuernos, y me pegó en la mano.

El chiquitín, al pronunciar este discurso con su graciosa media lengua, deteniéndose a cada momento, mostraba en sus ojos negros y profundos indignación vivísima y mucha sed de justicia. Por un instante pareció que iba a romper en llanto; pero su temperamento enérgico se sobrepuso, y después de hacer una pausa, cerró su perorata con una interjección de carretero. El padre le había estado escuchando embelesado, animándole con sus gestos a proseguir, lo mismo que si una música celeste le regalase los oídos. Al oir la interjección, estalló en una sonora y alegre carcajada. El niño le miró con asombro, no pudiendo comprender que lo que a él le ponía tan fuera de sí causase el regocijo de su papá. Este hubiera estado escuchándole horas y horas sin pestañear. Y eso que, según contaba su suegra a las visitas, cuando quería dar el golpe de gracia a su yerno y perderle completamente ante la conciencia pública, ¡¡¡se había dormido oyendo la Favorita a Gayarre!!!

—¿Sí, vida mía? ¿La Tata no quiere que cojas el carnero por los cuernos? ¡Deja que me levante, ya verás cómo arreglo yo a la Tata!

Fresnedo atrajo a su hijo y le aplicó dos formidables besos en las mejillas, acariciándole al mismo tiempo la cabecita con las manos.

El chico no había agotado el capítulo de los agravios que creía haber recibido de su niñera... Siguió gorjeando que ésta no había querido darle pan.

—Hace poco tiempo que hemos comido.

—Hace mucho—respondió el niño con despecho.

—Bueno, ya te lo daré yo.

Además, la Tata no había querido contarle un cuento, ni hacer vaquitas de papel. Además, le había pinchado con un alfiler aquí. Y señalaba una manecita.

—¡Pues es cierto!—exclamó Fresnedo viendo, en efecto, un ligero rasguño—. ¡Dolores! ¡Dolores!—gritó después.

Presentóse la niñera. El amo la increpó duramente por llevar alfileres en la ropa, contra su prohibición expresa. Jesús, viendo a la Tata triste y acobardada, fué a restregarse con sus sayas, como pidiéndole perdón de haber sido causa de su disgusto.

—Bueno—dijo Fresnedo levantándose del diván y esperezándose—. Ahora nos iremos al establo y cogerás al carnero por los cuernos. ¿Quieres, Chucho?

Chucho quiso descoyuntarse la cabeza haciendo señales de afirmación que corroboraba vivamente con su media lengua. Pero echando al mismo tiempo una mirada tímida a su Tata, y viéndola todavía seria y avergonzada, le dijo con encantadora sonrisa:

—No te enfades, boba; tú vienes también con nosotros.

Fresnedo se vistió su americana de dril, se cubrió con un sombrero de paja, y tomando de la mano a su niño, bajó al jardín, y de allí se trasladaron al establo. Al abrir la puerta, Chucho, que iba muy decidido, se detuvo y esperó a que su padre penetrase. Estaba obscuro. Del fondo de la cuadra salía el vaho tibio y húmedo que despide siempre el ganado. Las vacas mugieron débilmente, lo cual puso en gran sobresalto a Jesús, que se negó rotundamente a entrar, bajo el pretexto especioso de que se iba a manchar los zapatos. Su padre le tomó entonces en brazos y pasó y quiso acercarle a las vacas y que les pusiese la mano en el testuz. Chucho, que no las llevaba todas consigo, confesó que a las vacas les tenía “un potito de miedo”. A los carneros ya era otra cosa. A éstos declaraba que no les temía poco ni mucho; que jamás había sentido por ellos más que amor y veneración.

—Bueno, vamos a ver los carneros—dijo Fresnedo sonriendo.

Y se trasladaron al departamento de las ovejas. Allí pretendió dejarle en el suelo; mas en cuanto puso los piececitos en él, Jesús manifestó que estaba cansadísimo, y hubo que auparle de nuevo. Acercóle su padre a un carnero y le invitó a que le tomase por un cuerno. Era cosa grave y digna de meditarse. Chucho lo pensó con detenimiento. Avanzó un poco la mano, la retiró otra vez, volvió a avanzarla, volvió a retirarla. Por último, se decidió a manifestar a su papá que a los carneros les tenía “un potito de miedo”. Pero, en cambio, dijo que a las gallinas las trataba con la mayor confianza; que en su vida le habían inspirado el más mínimo recelo; que se sentía con fuerzas para cogerlas del rabo, de las patas y hasta del pico, porque eran unos animales cobardes y despreciables, al menos en su concepto. Fresnedo no tuvo inconveniente en llevarle al gallinero, que estaba en la parte trasera de la casa, fabricado con una valla de tela metálica. Allí Chucho, con una bravura de que hay pocos ejemplos en la historia, se dirigió al gallo mayor, enorme animal de casta española, soberbio de posturas y ardiente de ojo. Trató de cogerle por el rabo como había formalmente prometido, pero el grave sultán del gallinero chilló de tal horrísona manera, extendiendo las alas y dando feroces sacudidas, que el frío de la muerte penetró en el corazón de Chucho. Apresuróse a soltarlo y se agarró aterrado al cuello de su padre.

—Pero, hombre, ¿no decías que no tenías miedo a las gallinas?—exclamó éste riendo.

—Tú, tú...; cógelo tú, papá.

—Yo tengo miedo.

—No, tú no tienes miedo.

—Y tú, ¿lo tienes?

Calló avergonzado; pero al fin confesó que a las gallinas también les tenía “un potito de miedo”.

Desde allí llevóle otra vez Fresnedo al establo, y después de varios sustos y vacilaciones, logró que pusiera su manecita en el hocico del becerro. Mas, ocurriéndole al animal sacar la lengua y paseársela por la mano, la aspereza de ella le produjo tal impresión, que no quiso ya arrimarse a ningún otro individuo de la raza vacuna. Subióle después al pajar. ¡Qué placer para Chucho! ¡Hundirse en la crujiente hierba, agarrarla y esparcirla en pequeños puñados; dejarse caer hacia atrás con los brazos abiertos! Pero aun era mayor el gozo de su padre contemplándole. Jugaron a sepultarse vivos. Fresnedo se dejaba enterrar por su hijo, que iba abontonando hierba sobre él con vigor y crueldad que nadie esperara en él. Mas, a lo mejor de la operación, su papá daba una violenta sacudida y echaba a volar toda la hierba. Y con esto el chico soltaba nuevas carcajadas, como si aquello fuese el caso más chistoso de la tierra. Sudaba una gota por todos los poros de su tierno cuerpecito; tenía los cabellos pegados a la frente y el rostro encendido. Cuando su papá trató de tomar la revancha y sepultarle a él, no pudo resistirlo. Así que se halló con hierba sobre los ojos, dióse a gritar y concluyó por llorar con verdadero sentimiento, cayéndole por las mejillas unas lágrimas que su padre se apresuró a beber con besos apasionados.

Sí; en aquel momento a Fresnedo le atacó uno de esos accesos de ternura que solían ser en él frecuentes. Jesús era su familia, todo su amor, la única ilusión de su vida. Si entrásemos por los últimos pliegues de su corazón, es posible que no halláramos ya un átomo de cariño hacia su mujer. El carácter altanero, impertinente y desabrido de ésta había matado el fuego de la pasión que sintió por ella al casarse. Pero aquel tierno pimpollo, aquel botón de rosa, aquel pastelito dulce amasado por los ángeles lo llenaba todo, ocupaba enteramente su vida, era el fondo de sus pensamientos, el consuelo de sus pesares. Abrazábale con arrebato y cubría sus frescas mejillas con besos prolongados apretadísimos, murmurando después a su oído palabras fogosas de enamorado:

—¿Quién te quiere más que nadie en el mundo, hermoso mío? ¿No es tu papá? Dí, lucero. Y tú, ¿a quién quieres más? Sí, vida mía, sí; te quiero tanto, que daría por ti la vida con gusto. Por ti, nada más que por ti, quisiera ser yo algo de provecho en el mundo. Por ti, sólo por ti, trabajo y trabajaré hasta morir. ¡Nunca te podré pagar lo feliz que me haces, criatura!

El niño no comprendía, pero adivinaba aquella pasión y la correspondía finamente. Sus grandes ojos negros, expresivos, se posaban en su padre, esforzándose por penetrar en aquel mundo de amor y descifrar el sentido de palabras tan fervorosas. Después de un momento de silencio en que pareció que meditaba, tomó con sus manecitas como claveles la cara su padre, y acercando la boca a su oído, le dijo con voz tenue como un soplo:

—Papá, voy a decirte una cosa... Te quiero más que a mamá... No se lo digas, ¿eh?

Al buen Fresnedo se le humedecían los ojos con estas cosas.

Bajaron del pajar, salieron del establo, y después de consultado el reloj, el comerciante resolvió irse a bañar, como todos los días, al río.

—Chucho, ¿vienes conmigo al baño?

¡Cielo santo, qué felicidad!

Chucho quiso volverse loco de alegría. Generalmente el baño de su padre le causaba algunas lágrimas, porque no podía llevarle consigo a causa de la niñera. Fresnedo se bañaba en un sitio retirado, pero en cueros vivos. Esta vez se decidió a llevar a su hijo y dejar a Dolores en casa. El niño comenzó a pedir a grandes gritos el sombrero. No quería subir por él a casa, temiendo que su padre se le escapase como otras veces. La Tata, riendo, se lo tiró del balcón, y lo mismo la sábana del papá y la sombrilla.

El río estaba a un kilómetro de la casa. Era necesario caminar por unas callejas bordadas de toscas paredillas recamadas de zarzamora y madreselva. El sol empezaba a declinar, y el valle, el hermoso valle de Campizos, rodeado de suaves colinas pobladas de castañares, y en segundo término de un cinturón de elevadísimas montañas, cuyas crestas nadaban en un vapor violáceo, dormía la siesta silencioso, ostentando su manto de verdura incomparable. Había todos los matices del verde en este manto; desde el claro amarillento de la hierba tierna, hasta el obscuro y profundo de los robles y negrillos.

Caminaban padre e hijo por las angostas calles preservándose del sol con la sombrilla del primero. Pero Chucho se escapaba muchas veces y Fresnedo le dejaba libre, convencido de que era bueno acostumbrarle a todo. Gozaba en verle correr delante, con su mandilito de dril y su gran sombrero de paja con cintas azules. Chucho andaba cuatro veces el camino, como los perros. Paraba a cada instante para coger las florecitas que estaban al alcance de su mano, y las que no, obligaba despóticamente a su padre a cogerlas y además a cortar algunas ramas de los árboles, con las cuales iba barriendo el camino. Por cierto que en medio de él tuvo un encuentro desdichado y temeroso. Al doblar un recodo tropezó nuestro niño con un cerdo, un gran cerdo negro y redondo, caminando en la misma dirección. Chucho tuvo la temeridad de acercarse a él y cogerle por el rabo. Este aditamento de los animales ejercía una influencia magnética sobre sus diminutas manos regordetas. El cerdo, que estaba, al parecer, de mal humor y nervioso, al sentirse asido lanzó un terrible bufido, y dando la vuelta para escapar, embistió con el niño y lo volcó. ¡Cristo Padre, qué gritos! Allí acudió Fresnedo corriendo, y lo levantó y le limpió las lágrimas y el polvo, haciéndole presente al mismo tiempo que tomaría venganza de aquel cerdo bárbaro y descortés así que llegaran a casa. Con lo cual se aplacó Chucho, no sin manifestar antes que el cerdo era muy feo y que a él le gustaban más los perros, porque eran buenos y le conocían, y cuando estaban de humor le lamían la cara.

Hubo que pasar por algunas saltaderas. Fresnedo tomaba a su hijo en brazos y le ponía de la parte de allá con gran cuidado. Dejaron el camino real y empezaron a caminar por los prados, donde Jesús se empeñó en coger un grillo. Su padre le mandó orinar en el agujero para que saliese. Así lo hizo, y como el grillo no quería asomar, se irritó contra sí mismo porque no podía orinar más y lloró desconsoladamente. Aunque con gran sentimiento, renunció a quella caza difícil y se dedicó a las anitas de Dios, y se entretuvo un rato, demasiado largo, en opinión de su papá, a ponerlas en la palma de la mano, cantándoles: Anita, anita de Dios, abre las alas y vete con Dios, precioso conjuro que le había enseñado su Tata, persona muy instruída en este linaje de conocimientos.

Por fin llegaron al río. Corría sereno y límpido por entre praderas, orlado de avellanos que salen de la tierra como grandes ramilletes. Formaba en aquel paraje un remanso que llamaban en la aldea el Pozo de Tresagua. Era el pozo bastante hondo, el sitio retirado y deleitoso. Ningún otro había en los contornos de Campizos más a propósito para bañarse. Llegaba el césped hasta la misma orilla, y sobre aquella verde alfombra era grato sentarse y cómodamente se podía cualquiera desnudar sin peligro de ser visto. Los avellanos, macizos de verdura, no dejaban pasar los rayos del sol, que aun lucía vivo y ardiente. Allí gozaba Fresnedo del baño más que el sultán de Turquía, acumulando salud y felicidad para todo el año. En aquel mismo sitio se había bañado de niño con otra porción de compañeros que hoy eran labradores. ¡Qué placer sentía recordando los pormenores de su vida infantil, cuando era un zagalillo a quien sus padres encomendaban el cuidado del ganado en el monte o les ayudaba en todas las faenas de la agricultura!

Cuando los recuerdos de la infancia van unidos a una vida libre en el seno de la Naturaleza, por pobre que se haya sido, siempre aparecen alegres, deliciosos.

Descansaron algunos minutos padre e hijo sobre el césped “reposando el calor”, y al fin se decidió aquél a ir despojándose poco a poco de la ropa. Mientras lo hacía, tarareaba una canción de zarzuela, de las que llegaban a sus oídos en Madrid. La alegría le rebosaba del alma. Su hijo le miraba atentamente con sus grandes ojos negros. De vez en cuando Fresnedo levantaba los suyos hacia él, y le decía sonriendo:

—¿Qué hay, Chucho? ¿Te quieres bañar conmigo?

Chucho se contentaba con reir, como diciendo:

¡Qué bromista es este papá! ¡Como si no supiese que armo un escándalo cada vez que intentan meterme en el agua!

Fresnedo se bañaba enteramente desnudo. Le incomodaba mucho cualquier traje de baño. En aquel sitio tenía la seguridad de no ser visto. Cuando se quedó en cueros vivos, el asombro y la curiosidad, retratados en la cara de su “Chipilín”, le causaron cierta vergüenza y se cubrió con la sábana. Pero Chucho no estaba conforme y comenzó a gorjear, mientras tiraba de la sábana con sus manecitas, “que su papá tenía pelo en el cuerpo y que él no lo tenía, y que la Tata tampoco lo tenía...”

—Vamos, Chucho, cállate—le dijo el papá con semblante grave—. No se habla de eso. Los niños no hablan de eso.

—¿Y por qué no hablan los niños de eso?

Fresnedo no contestó.

—¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?—repitió el chico.

El comerciante quiso distraerle hablándole de otra cosa, pero Chucho no acudió al engaño.

—¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?—insistió lleno de curiosidad.

—Porque no está bien—respondió.

—¿Y por qué no está bien?

—¡Vaya, vaya, déjame en paz!—exclamó entre impaciente y risueño.

Embozado en la sábana como en un jaique moruno avanzó hacia el agua.

—Mira, Chucho—dijo volviéndose—, no te muevas de ahí. Sentadito hasta que yo salga, ¿verdad?... Mira, vas a ver cómo me tiro de cabeza al agua. Mira bien. A la una..., a las dos... Mira bien, Chucho... ¡A las tres!

Fresnedo, que había dejado caer la sábana al dar las voces y se había colocado sobre un pequeño cantil, lanzóse, en efecto, de cabeza al pozo con el placer que lo hacen los hombres llenos de vida. Al hundirse, su cuerpo robusto agitó violentamente el agua, produjo en ella una verdadera tempestad, cuyas gotas salpicaron al mismo Jesús. Este sufrió un estremecimiento y quedó atónito, maravillado, al ver prontamente salir a su padre y nadar haciendo volteretas y cabriolas en el agua.

—¡Mira, Chucho! ¡Mira!

Y se puso con el vientre arriba, dejándose flotar sin movimiento alguno.

—Mira, mira ahora.

Y nadaba hacia atrás con los pies solamente.

—Verás ahora: voy a nadar como los perros.

Nadaba, en efecto, chapoteando el agua con las palmas de las manos.

¡Con qué gozo recordaba el rico comerciante aquellas habilidades aprendidas en la niñez!

Chucho estaba arrobado en éxtasis delicioso contemplándole. No perdía uno solo de sus movimientos.

—¡Chucho! ¡Chuchín! ¡Bien mío! ¿Quién te quiere?—gritaba Fresnedo embriagado por la felicidad que las caricias del agua y los ojos inocentes de su hijo le producían.

El niño guardaba silencio, enteramente absorto y atento a los juegos natatorios de su padre.

—Vamos, dí, Chipilín, ¿quién te quiere?

—Papá—respondió grave con su voz levemente ronca, sin dejar de contemplarle atentamente.

Una de las habilidades en que Fresnedo había sobresalido de niño y que mucho le enorgullecía, era la de pescar truchas a mano. Siempre que venía a Campizos se ejercitaba en esta pesca. Era verdaderamente notable su destreza para reconocer y batir los agujeros de las rocas, bloquear la trucha y agarrarla por las agallas al fin. Los pescadores del país confesaban que se las podía haber con cualquiera de ellos, y se contaba que de niño había salido del agua con tres truchas, una en cada mano y otra en la boca, aunque Fresnedo no quería confirmarlo. Pues bien; en este momento le acometió el deseo de proporcionar un placer a su hijo y dárselo a sí mismo.

—Verás, Chipilín, voy a sacarte una trucha... ¿Quieres?

¡Ya lo creo que quería!

¡Pues si cabalmente Chucho sentía mayor inclinación, si cabe, a los animales acuáticos que a los terrestres!

Fresnedo hizo una larga aspiración y se sumergió, dejando a su hijo maravillado; registró los huecos de algunas piedras del fondo, y sólo pudo tocar con los dedos la cola de una trucha sin lograr agarrarla. Como le faltase el aliento, subió a respirar.

—Chucho, no he podido cogerla; pero ya caerá.

—¿Por qué caerá, papá?—preguntó el niño, que no dejaba escapar un modismo sin hacer que se lo explicasen.

—Quiero decir que ya la cogeré.

Otra vez aspiró el aire con fuerza y se lanzó al fondo. Al cabo de unos momentos salió a la superficie con una trucha en la mano, que arrojó a la orilla. Chucho dió un grito de susto y alegría al ver a sus pies al animalito brincando y retorciéndose con furia. Quería agarrarlo cuando paraba un instante; pero al acercar su manecita, la trucha daba un salto, y el chico, estremecido, la retiraba vivamente; intentaba nuevamente asirla lanzando chillidos alegres, y otro salto le asustaba y le ponía súbito grave. Estaba nervioso; gritaba, reía, hablaba, lloraba a un mismo tiempo, mientras su padre, embelesado, nadaba suavemente contemplándole.

—¡Anda, valiente! ¡Agárrala, que no te hace nada!... ¡Por la cola, tonto!... ¿Quieres que te pesque otra más grande?

—Sí, más gande, papá. Esta no me gusta—respondió el chiquito renunciando ya bravamente a agarrar una trucha tan pequeña.

El buen comerciante se preparó para otro chapuz; dejóse ir al fondo y con prisa comenzó a registrar los agujeros de una roca grande que antes había visto. La muerte feroz y traidora le aguardaba dentro. Metió el brazo en uno de ellos harto angosto, y cuando intentó sacarlo no pudo. La sangre se le agolpó toda al corazón. Perdió la serenidad para buscar la postura en que había entrado. Forcejeó en vano algunos momentos. Abrió la boca al fin, falto de aliento, y en pocos segundos quedó asfixiado el infeliz.

Chucho esperó en vano su salida. Miró con gran curiosidad por algunos minutos el agua, hasta que, cansado de esperar, dijo con inocente naturalidad:

—¡Papá, sal!

El padre no obedeció. Esperó unos instantes, y volvió a gritar con más energía:

—¡Papá, sal!

Y cada vez más impaciente, repitió este grito, concluyendo por llorar. Largo rato estuvo diciendo lo mismo con desesperación:

—¡Sal, papá, sal!

Sus rosadas mejillas estaban bañadas de lágrimas; sus ojos grandes, hermosos, inocentes, se fijaban ansiosos en el pozo donde a cada instante se figuraba ver salir a su padre.

Un salto de la trucha que tenía cerca, viva aún, le distrajo. Acercó su manecita a ella y la tocó con un dedo. La trucha se movió levemente. Volvió a tocarla y se movió menos aún. Entonces, alentado por el abatimiento del animal, se atrevió a posar la palma de la mano sobre él. La trucha no rebulló. Chucho principió a gorjear por lo bajo que él no tenía miedo a las truchas y que si estuviera allí su hermana Carmita indudablemente no osaría poner la mano sobre una bestia tan feroz como aquélla. Tanto se fué envalentonando, que concluyó por agarrarla por la cola y suspenderla.

Aquel acto de heroísmo despertó en él mucha alegría. Fluyeron de su garganta algunas sonoras carcajadas. Pero una violenta sacudida de la trucha le obligó a soltarla aterrado. Miró a su alrededor, y no viendo a nadie, se fijó otra vez en el pozo y tornó a gritar, llorando:

—¡Sal, papá! ¡Sal, papá!... ¡No quero trucha, papá! ¡Sal!

El sol declinaba. Aquel retirado paraje, situado en la falda misma de la colina, se iba poblando de sombras. Allá, en el horizonte, el sol se ocultaba detrás de las altas y lejanas montañas de color violeta.

—Teno miedo, papá... ¡Sal, papaíto!—gritaba la tierna criatura bebiendo lágrimas.

Ninguna voz respondía a la suya. Escuchábanse tan sólo las esquilas del ganado o algún mugido lejano. El río seguía murmurando suavemente su eterna queja.

Rendido, ronco de tanto gritar, Chucho se dejó caer sobre el césped y se durmió. Pero su sueño fué intranquilo. Era una criatura excesivamente nerviosa, y la agitación con que se había dormido le hizo despertar al poco rato. Había cerrado la noche. Al principio no se dió cuenta de dónde estaba, y dijo como otras veces en su camita:

—Tata, quero agua.

Pero viendo que la Tata no acudía, se incorporó sobre el césped, miró alrededor, y su pequeño corazón se encogió de terror observando la obscuridad que reinaba.

—¡Tata, Tata!—gritó repetidas veces.

La luz de la luna rielaba en el agua. Atraídos sus ojos hacia ella. Chucho se acordó de pronto que su papá estaba con él y se había metido en el río a sacarle una trucha. Y entre sollozos que le rompían el pecho y lágrimas que le cegaban, volvió a gritar:

—¡Sal, papá; sal, mi papá!... ¡Teno miedo!

La voz del niño resonaba tristemente en la obscura campiña silenciosa. ¡Ah! Si el buen Fresnedo pudiera escucharle allí en el fondo del pozo, hubiera mordido la roca que le tenía sujeto, se hubiera arrancado el brazo para acudir a su llamamiento.

No pudiendo ya gritar más porque le faltaba la voz y el aliento, cayó otra vez dormido, y así le hallaron los que habían salido en su busca.

RIVERITA

ESTA novela y la que sigue Maximina, forman en realidad una sola. Exigencias editoriales me obligaron a ponerlas títulos diferentes. Vivimos actualmente tan presurosos que ya no se sufren, como en tiempos pasados, las novelas en varios volúmenes.

Algunas personas han creído que estas dos novelas constituían una autobiografía. Es un error. En la fábula nada hay que se parezca a mi vida: sólo algunas escenas he extraído de ella. Pero en lo que se refiere a los caracteres, debo confesar que están más en lo cierto. El principal se halla ligado a mi existencia de un modo tan estrecho que ni la muerte ni el tiempo han podido separarlo.

En la hora más aciaga de mi existencia me prometí darlo a conocer al mundo. Hice cuanto pude, mas el retrato quedó lejos del original. Al publicarse en los Estados Unidos la traducción inglesa de Maximina, un crítico preguntaba:—“¿Dónde habrá podido hallar Valdés el modelo de ese tipo ideal?” Y mi corazón se desgarraba de dolor al leer estas palabras porque la realidad había sido muy superior a la pintura. Hay cosas que es imposible transmitir ni al oído ni al papel, y en esas cosas inefables es donde se cifraba la excelencia de aquel carácter singular.

Por cartas de desconocidos y por comunicaciones de mis amigos he sabido que esta novela ha hecho derramar muchas lágrimas. Una señora me dijo en cierta ocasión:—“La noche pasada, cerca ya de la madrugada, estaba yo en la cama con su libro entre las manos llorando como una tonta.”

No otra cosa me había propuesto al escribirlo. Todas esas lágrimas las ofrezco como tributo de admiración al ser que como una visión celestial no ha causado más disgusto que el de su desaparición.