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Chapter 16: DESPEDIDA
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About This Book

Se reúne un conjunto de ensayos, prólogos y pasajes narrativos en los que el autor examina su trayectoria literaria y sus principios creativos, prefiriendo la libertad expresiva frente a las servidumbres de la postura, la imitación y la moda. Aborda la influencia de los maestros, la tentación del naturalismo y la evolución del lenguaje como herramienta práctica más que como ídolo estilístico. Alternan reflexiones críticas con fragmentos de ficción que recrean la vida costera, la camaradería de los pescadores y la relación entre experiencia personal y retrato novelístico. Las piezas ofrecen un equilibrio entre autocrítica y demostración artística.

UNA CORRIDA DE TOROS

JULITA soltó una estrepitosa carcajada, cuyos ecos llegaron hasta el gabinete de Miguel. “¿De qué se reirá aquella loca?” se preguntó éste sonriendo también frente al espejo mientras se aderezaba para salir.

—¡Miguel! ¡Miguel!—gritó su hermana desde el pasillo—. Ven aquí, por Dios; ¡mira, por tu vida!

Acudió solícito, y al asomar la cara por el corredor, vió a su primo Enrique en traje de chulo: chaquetilla corta, faja de seda, camisola bordada sujeta al cuello por botones de oro, sombrero ancho de fieltro, pantalón ceñido y bota de charol. El complemento del traje era un vara en la mano, muy larga, como destinada a conducir pavos.

Julita se arrimaba a la pared, sujetándose la cintura con las manos para no desternillarse de risa. Enrique de pie, cerca de la puerta, sonreía un poco avergonzado. Miguel siguió al instante el ejemplo de su hermana.

—La cosa no merece tanta risa—concluyó por decir el primo amostazado.

Pero ni Julia ni Miguel hicieron caso. Cuando se hubieron sosegado un poco, vinieron hacia él y le examinaron curiosamente.

—¿Pero cómo diablo te ha dado la ocurrencia de ponerte así? ¿Te ha visto tu padre?

—No: me he ido a vestir a casa de un amigo. Tengo allí el traje...

—Pues si te ve, de fijo le da un sincope. ¿Y a qué asunto te has vestido hoy de chulo?

—¡Toma! ¿no sabes que se abre la temporada?

—¡Ah! ¿hoy hay toros? ¿Mata el Cigarrero?

—¡Ya lo creo!: después de quince años que no pisa la plaza de Madrid. A eso venía, a ver si quieres ir conmigo.

—Hombre—dijo indeciso—, no soy muy aficionado a los toros; pero el Cigarrero me ha sido simpático... ¿Me traes localidad?

—Te traigo la contrabarrera de un amigo que está enfermo. A mi lado ya sabes que no puedes ponerte, porque todas las barreras están abonadas; pero estamos cerca.

—¡Ay, llévame, Miguel!—exclamó Julita saltándole al cuello—. Llévame a los toros.

—¿Tienes deseo?

—¡Muy grande! Los toros me encantan.

—¡Eso, eso!—gritó Enrique entusiasmado—. Tú eres española de pura raza. ¡Pisa ese sombrero, chiquita!

Y lo arrojó al suelo.

Julita no se anduvo con melindres. Tomó la galantería al pie de la letra y se puso a taconear sobre el infortunado sombrero de tal suerte, que si Enrique no acude a tiempo se lo hace pedazos.

—Está visto que contigo no se puede ser galante—dijo de mal humor mientras lo limpiaba con la manga de la chaqueta.

Miguel, previo el permiso de su madrastra, mandó al criado por una carretela a casa de Lázaro y por un palco a la de un revendedor conocido. Después que madre e hija se vistieron la clásica mantilla y Miguel cambió la levita y el sombrero de copa por la americana y el hongo, subieron los cuatro al carruaje.

Eran las dos y media de la tarde. El sol brillaba en el firmamento sin que una sola nube asomara por el horizonte a recibir su paternal caricia. Madrid gozaba del privilegio divino de su cielo sin dirigirle siquiera una mirada de gratitud, como una sultana a quien las caricias causan tedio. Al cruzar por la Puerta del Sol, vieron el chorro de su fuente, despidiendo fúlgidos destellos, elevarse por encima del tejado del Principal. A la entrada de la calle de Alcalá había una larga fila de ómnibus que una muchedumbre asaltaba anhelante, furiosa, cual si se tratara de escapar a un grave e inmediato peligro. Pero muy contra lo que sucede en casos tales, en vez de oponerse los unos a que se encaramasen los otros, todos se ayudaban con solicitud, mostrando por anticipado lo que debe ser y lo que será con el tiempo la fraternidad universal.

—¡Eh, buen hombre, que se va usted a caer!... Deme usted la mano.—Caballero, téngame usted por el bastón.—No ponga usted el pie sobre la rueda.—¿Quiere usted que nos apretemos más? Bueno, hombre, bueno, nos apretaremos.

Estos gritos se oían en todas partes, viéndose a algunos pobres viejos por el aire, elevados a la imperial de los ómnibus en brazos de los que ya estaban en ellas. Las caras resplandecían de alegría, lo mismo que el cielo. La acera de la derecha, donde estaba el despacho de billetes, veíase cuajada de gente, que discurría por ella en expectativa de que las localidades bajasen y se pusiesen al alcance de su bolsillo. Un sinnúmero de coches particulares y de berlinas de punto cubrían más abajo la ancha carretera, galopando en dirección a la plaza. Y al través de ellos, dejándolos atrás en seguida, corrían desbocados los ómnibus, mientras los que iban encima, sin miedo a estrellarse, embriagados por la carrera vertiginosa, saludaban con gritos de alegría a los que iban dejando en pos de sí. Algunos picadores con sus chaquetas de brocado y sombreros inmensos galopaban también sobre algún mal caballo, llevando a las ancas a un amigo, que le abrazaba cariñosamente para no caerse. Los peones bajaban por las aceras lentamente, en amable plática, formando apretados y numerosos grupos.

Una carretela abierta, donde iban toreros, se acercó un instante al costado de la de Miguel y siguió adelante. Era la del Cigarrero, que contestó al saludo de Enrique y Miguel con la gravedad afable que le caracterizaba. El Serranito y Merluza, que iban con él, saludaron con más expansión.

—Me brindarás un par, ¿no es verdad, Baldomero?—gritó Enrique.

—A uté no, que e mu feo: a esa señorita tan remonísima que yeva uté a la vera—contestó el Serranito.

Julita se echó a reir, ruborizada.

En torno de la plaza, donde llegaron en seguida, se agitaba la multitud, pugnando por entrar. Los coches que allí se juntaban producían disturbios y motines, que los guardias no eran suficientes a reprimir. Después de dejar a su madrastra y hermana en el palco, Miguel se retiró con su primo, pretextando que deseaba ver de cerca matar el primer toro al Cigarrero, y que luego volvería. En realidad, era porque había visto a la generala Bembo en un palco con la señora del banquero Mendiburu. Bajó al redondel, y desde allí pudo hacerse notar de ella, y la saludó ceremoniosamente con el sombrero.

La arena estaba llena de aficionados. Una muchedumbre abigarrada, compuesta de estudiantes, paletos, chulos, señoritos y soldados, elegantes unos, otros desharrapados, fraternizando todos y creyendo que por el mero hecho de hallarse allí, en el terreno del toro, como si dijéramos, participaban del arrojo y gallardía de los lidiadores. Los tendidos se iban poblando lentamente, y desde aquí al redondel mediaban saludos y gritos entre unos y otros, que convertían la plaza en un mercado. La voz de los vendedores de naranjas salía entre todas las demás, y las naranjas, cuando alguno las demandaba, volaban rápidas y certeras de las manos de aquéllos a las del comprador, por encima de las cabezas. En los tendidos de sombra, los jóvenes lechuguinos charlaban en voz alta, levantando la cabeza para mirar a las damas de los palcos. En los de sol, los honrados menestrales se acomodaban en sus asientos, resueltos a dejarse tostar toda la tarde, y hablaban entre sí de tauromaquia, muy pagados de ser los verdaderos inteligentes en la plaza. El júbilo, la alegría nerviosa que comunica la esperanza del placer, brillaba en todos los ojos.

Al fin los alguaciles salieron a despejar, y los aficionados del redondel se fueron retirando hasta dejarlo enteramente libre. Enrique y Miguel, que habían estado en los patios interiores hablando un momento con el Cigarrero y su cuadrilla, también fueron a ocupar los respectivos asientos. El ruido había disminuido bastante. Gracias a esto se percibían los acordes de la charanga de hospicianos, que hasta entonces no había logrado hacerse escuchar. Los espectadores sacaban los relojes y dirigían miradas significativas a la presidencia. En esto la charanga entonó con energía la marcha real. Todos los rostros se volvieron al mirador regio donde apareció la reina Isabel. Algunos batieron palmas; otros dijeron “chis, chis”, porque la atmósfera política estaba entonces encapotada con ciertos nubarrones que descargaron no mucho tiempo después. Hecha la señal, al cabo, las cuadrillas entraron en la arena al son de la marcha de la zarzuela Pan y toros. Salían, como de costumbre, formando tres filas: al frente de cada cual iba el respectivo espada. Al verlos estalló un prolongado aplauso. Cruzaron la plaza graves, firmes, acompasados, escuchando la gritería que su aparición había levantado, con la mayor indiferencia. Brillaban sus ricos vestidos y capellares despidiendo vivos destellos que alegraban la vista.

—¡Miale, miale el viejo!... Ese es, el de la izquierda... Miale qué cara tiene... ¡Le zumba el alma a ese tío!... En España no queda ya quien reciba toros más que él...

Toda la atención de la plaza estaba concentrada sobre el Cigarrero, a pesar de que mataban también el Gordo y Lagartijo, que comenzaba entonces a ser el niño mimado del público. Mas para el aficionado madrileño, el ver recibir un toro es una de esas ilusiones que jamás se realizan aunque vivan constantemente en el corazón. Aguantar lo hacen varios toreros; pero recibir, lo que se llama recibir de verdad, no lo han hecho más que los héroes antiguos del toreo.

Saludaron con ademán uniforme a la presidencia, y rompieron filas, tirando las capas de gala a los amigos de los tendidos, que se encargaron de su custodia con más orgullo que si se tratara del Arca de la Alianza. El presidente sacó el pañuelo; sonó el clarín; abrióse la puerta del toril: apareció el primer toro. Era un miura castaño, chorreao, listón, fino y de hermosa lámina, largo y levantado de cuerna. Mostróse voluntario y noble en las varas, aguantando seis puyazos de los picadores de tanda. Pero al llegar a los palos comenzó a defenderse. Sin embargo, el Serranito le clavó un soberbio par cuarteando con finura y limpieza, que sorprendió agradablemente al público. En Madrid no sabían, como en Sevilla, que Baldomero era un chico que daría mucho que hablar. Merluza se pasó una vez y luego colgó un palo cuarteando también. Volvió el Serranito a coger los palos, y después de intentar en vano colgárselos al sesgo, se los puso quebrando con limpieza y maestría. Hubo un delirio de palmas en la plaza. Su figura esbelta y la singular corrección y delicadeza de sus facciones, cautivaron al público. Las mujeres le clavaban codiciosamente los gemelos. Se paseó triunfante en torno de la plaza recibiendo sonriente el aplauso de los tendidos.

Llegó su turno al Cigarrero. Avanzó gravemente hacia la presidencia, se quitó la montera y dijo con voz ronca unas cuantas palabras que nadie pudo entender. Después se fué derecho al toro, que tenía marcadas tendencias a huirse. Persiguióle infructuosamente algún tiempo en medio de la curiosidad expectante de la plaza. Por fin, gracias a los esfuerzos de la cuadrilla, pudo trastearle, y lo hizo bastante ceñido, dándole algunos pases buenos. El público aplaudió y se las prometió muy felices. Mas en medio de la faena, el diestro sufrió una colada y perdió enteramente el aplomo. Dió otros tres o cuatro pases sin confianza y descompuesto; y de prisa y corriendo, sin estar bien cuadrado el animal, lió el trapo bastante lejos y se tiró a paso de banderillas. La estocada resultó un bajonazo de lo más malo que nunca se hubiera visto. Es indescriptible la cólera que se apoderó de los espectadores. Si hubiera sido otro torero, hubiera pasado con una silba, grande o pequeña; pero haber concebido la esperanza de ver a un antiguo maestro toreando por el sistema Montes y venir a la plaza a presenciar aquella ignominia, esto ponía fuera de sí a los aficionados. ¡Qué gritería, cielo santo! ¡Qué injurias! ¡Qué lamentos! Parecía que a cada uno le acababan de robar el honor de su hija.

—¡Morral, ladrón, gran cochino! ¡Así te ahorquen por los pies! ¿Eres tú el que recibías los toros? ¡A la cárcel con ese pillo! Señor presidente, ¿para cuándo quiere usted la Guardia civil?

Y en medio del alboroto, las naranjas, las botellas vacías y hasta algunas piedras, volaban a la plaza, y por milagro no herían al diestro. Este avanzaba pálido, avergonzado, hacia la presidencia. Al llegar cerca del tendido donde estaban Enrique y Miguel, una naranja certera le dió en el rostro y le sacó sangre. Enrique, que ya estaba excitado y nervioso, no pudo reprimir la indignación, y levantándose gritó a los que estaban detrás:

—¿Quién ha sido ese valiente? ¿Ese valiente sin vergüenza?

—¡Fuera el chulo sietemesino! ¡Que baile!—contestaron desde arriba.

—¿Se dirige usted a mí?—dijo uno levantándose con arrogancia.

—Me dirijo al que haya sido.

—Pues nos veremos las caras al salir.

—Se la veré a usted para escupírsela—contestó Enrique encolerizado.

—¡Fuera, fuera! ¡Que se siente ese babieca!—gritaron desde arriba.

No tuvo más remedio que hacerlo. El Cigarrero sonreía limpiándose la sangre con el pañuelo. Era una sonrisa tan triste y tan humilde, que a Miguel se le apretó el corazón y estuvieron a punto de saltársele las lágrimas.

Sólo cuando apareció el segundo toro en el ruedo, concluyó del todo la bronca. Por más que trabajó, hasta no poder más en los quites, el pobre Cigarrero no consiguió captarse la benevolencia, ni siquiera el perdón del público. Cuantos esfuerzos hacía, cuantos capotes echaba (y la justicia obliga a declarar que los echaba con arte), servían de befa y de irrisión al enfurecido pueblo. El Gordo en su toro estuvo como casi siempre, pasando de muleta con maestría y pinchando bastante mal. Lagartijo toreó el suyo sobre corto y con frescura, y se metió por derecho a volapié, dando una buena estocada, pero saliendo trompicado. Muchos aplausos.

Llegó el cuarto toro, que correspondía de nuevo al Cigarrero. Era un veragua colorado listón, bragado, ojinegro, abierto de cuerna y de buena estampa, como casi todos los del duque; un bravo y hermoso animal.

Merluza le colgó un buen par al cuarteo. El Serranito cogió después los palos, y en cuanto el público le vió en medio de la plaza, aplaudió.

—¡Ole tu mare, saleroso!

Quiso ponerlas cuarteando también, pero se pasó una vez porque el toro no arrancó. Volvió a cuartear y volvió a pasarse por la misma razón. De nuevo se fué hacia el toro, y otra vez se pasó. Entonces hubo cierto movimiento de impaciencia en el público. Se oyó un silbido. Esta fué la perdición del pobre mozo. Herido su amor propio, acometió ciego a la res y quiso clavarle las banderillas a todo trance. El toro, que no se había movido, le enganchó por debajo del brazo y lo echó al aire. Sonó un grito de horror en la plaza. Las cuadrillas enteras se arrojaron sobre el animal, tratando de llevárselo; pero inútilmente. Inútilmente el Cigarrero brincaba con heroísmo delante de los cuernos, metiéndole el trapo por los ojos; inútilmente Lagartijo y el Gordo le echaban también los capotes exponiéndose a morir. El toro, como si tuviese algún agravio del infortunado Baldomero, no atendía a nada, y lo recogió otra vez y otra vez lo tiró al aire. Entonces el Cigarrero, por última inspiración, soltó la capa, se agarró fuertemente al rabo de la bestia y comenzó a colearla. Dió tantas vueltas, que al fin cayó mareado. El Gordo la llevó con la capa lejos. En esto el Serranito se había puesto en pie, sonrió forzadamente al público, como el gladiador que quiere morir con gracia, se llevó la mano al pecho y cayó de nuevo, soltando chorros de sangre por las heridas. Dos monos sabios lo recogieron y lo llevaron a la enfermería. Otros corrieron en seguida a tapar la sangre con arena.

El presidente, que debía de estar conmovido y alterado como todos los espectadores, dió la señal de muerte, sin considerar que al toro no se le habían puesto más que un par de banderillas, y que era peligroso para el espada que fuese tan entero a la muerte. ¡Aquí fué ella! El público, que gusta de mostrar buen corazón después que han sucedido las desgracias, se levantó en masa, volviéndose iracundo contra el presidente, como si él fuese quien hubiera pegado las cornadas al Serranito.

—¡Bárbaro, bárbaro, asesino!

Agitaban frenéticos los puños y los bastones frente al palco presidencial, los ojos llameantes, los rostros demudados por la ira. Nadie respetaba ni se acordaba siquiera de la majestad que estaba á su lado. Se proferían los dicterios más soeces. Pero el presidente, aunque estuviese arrepentido, y debía de estarlo, a juzgar por la confusión que se reflejaba en su semblante, ya no podía revocar la orden. Su dignidad se lo impedía. Entonces el público se volvió al Cigarrero, que ya había cogido los trastos, y le gritó:

—¡No lo mates, no lo mates! ¡Que lo mate ese asesino!

El Cigarrero encogió los hombros y se dispuso a ir en busca de la res. En aquel instante un torero que llegaba corriendo le dijo algo al oído, y el espada se puso terriblemente pálido. El público comprendió que había malas noticias del Serranito. Quitóse el matador la montera, se pasó la mano por la frente con abatimiento, se la puso de nuevo y marchó hacia el toro. Los gritos se apagaron instantáneamente. Reinó un silencio lúgubre en la plaza.

—¡Ha matado a su hermano! ¡ha matado a su hermano!—se decían los espectadores al oído.

Y todos sentían ansiedad inexplicable, una simpatía profunda por el desgraciado Cigarrero. Este avanzaba con lentitud, el paso vacilante, hacia el toro. Pero no se detuvo hasta dejar caer el trapo sobre los mismos cuernos.

—¡¡Ole!!—rugió la plaza.

Volvió a reinar el silencio.

El toro brincó como si hubiera sentido un acicate, y se revolvió al instante, furioso. El espada le dió un pase de pecho, superior.

—¡¡Ole!!—rugió de nuevo la plaza.

Y otra vez se hizo el silencio.

Siguieron a éste otros pases naturales y en redondo, dados tan en corto y con tal maestría, que el público quiso volverse loco. Los pies del matador apenas se movían ni salían de un círculo estrechísimo. Los cuernos del toro pasaban rozando la chaquetilla del anciano torero sin hacerle el más ligero daño. Al fin, la fiera, harta de tanto revolverse y acometer sin fruto, se detuvo jadeante. El toro y el torero se miraron. Lió éste el trapo tranquilamente, se echó el estoque a la cara y citó con el pie para recibir. Acudió la bestia, furiosa, y se clavó ella misma la espada hasta la empuñadura. Hubo un grito reprimido de entusiasmo en la plaza. El toro quedó un instante inmóvil frente al torero, lanzó un débil mugido y se dejó caer desplomado sobre los brazos.

Nadie puede representarse lo que entonces pasó. Un delirio, un inmenso ataque de nervios; diez o doce mil energúmenos gritando con toda la fuerza de sus pulmones; una nube de cigarros, petacas y sombreros volando por el aire y tapizando al instante de negro la blanca arena. Veinte años hacía que no se había visto en la plaza de Madrid la suerte de recibir de este modo consumada.

El Cigarrero dirigió una mirada vaga a los tendidos; se pasó otra vez la mano por la frente, y dejando caer al suelo la muleta, echó a correr como un gamo sin atender a los gritos de entusiasmo, a los llamamientos que de todos lados le hacían. Brincó la barrera y desapareció de la vista del público.

Cuando llegó a la enfermería estaban ya allí Enrique y Miguel con el médico y algunos amigos. El cura acababa de confesar y se disponía a poner la unción al desdichado Baldomero, que presentaba en el rostro las señales indefectibles de la muerte. Al entrar su hermano volvió los ojos hacia él y sonrió con cariño.

—¿No habrá sío náa, eh?—le preguntó éste con voz alterada y ronca, queriendo persuadirse de que no era cosa de muerte.

—Poca cosa, Pepe... que me voy ar otro barrio...

El cura avanzó en aquel instante con los sagrados óleos. Todos los circunstantes doblaron la rodilla. Reinó silencio aterrador, que sólo interrumpía el murmullo del clérigo y el estertor del moribundo. Cuando aquél concluyó, Baldomero dirigió otra sonrisa a su hermano y le tendió la mano diciendo con trabajo:

—Mis chiquitines...

—Pierde cuidiao, Baldomero—repuso el anciano con la voz anudada y llevándose la mano al corazón—. Tus hijos serán los míos.

En aquel instante se oyó un gran vocerío en la plaza. Era la plebe, que saludaba la entrada del quinto toro.

El Cigarrero se dejó caer sollozando en los brazos de Miguel.

—¡Qué tristesa, don Miguelito del arma, qué tristesa!

MAXIMINA

EL PRIMER HIJO

Miguel Rivera, hijo del brigadier Rivera, después de fallecido éste se había ido a vivir con su madrastra por amor de su hermanita Julia. Joven, bien parecido y con una fortuna que le hacía independiente se entregó a devaneos y amoríos propios de la juventud. Tomó parte en los preparativos de la revolución de 1868. Se hizo periodista y dirigió el diario titulado La Independencia, órgano del general conde de Ríos. Para que este periódico pudiese continuar publicándose puso su firma irreflexivamente como fiador en un préstamo de treinta mil duros. Habiendo ido un verano a Pasajes en seguimiento de una mujer casada conoció allí a Maximina, una pobrecita huérfana recogida de caridad por su tía, estanquera y huéspeda de Miguel por aquellos días. Se enamoró de ella y después de muchas vacilaciones se casó al fin. En este capítulo se describe el nacimiento de su primer hijo y la forma en que fué turbada su alegría por la visita del prestamista.

ACAECIÓ que, paseando entre calles cierta noche límpida y fría del mes de Febrero, Maximina dijo a su esposo:

—Me siento muy fatigada. ¿Quieres que nos volvamos a casa?

—¿Es fatiga solamente?—preguntó él mirándola con interés.—¿No te sientes mal?

—Un poquito—respondió la niña apoyándose con más fuerza en su brazo.

—Voy a llamar un coche.

—No, no; puedo caminar perfectamente.

A pesar de sus buenos deseos, Maximina fué caminando cada vez con mayor dificultad. Observándolo su marido, se detuvo de pronto:

—¡Estás pálida!

—Me duele algo el estómago y me encuentro débil.

Miguel reflexionó un instante y dijo apretándole la mano:

—Ya sé lo que tienes. Voy a llamar un coche.

La niña bajó la cabeza avergonzada como si le imputasen un delito.

En el primer simón que cruzó vacío, se restituyeron a casa. En cuanto estuvieron en ella, Miguel adoptó el continente de general en vísperas de una gran batalla. Comenzó a dictar a las criadas, en voz baja, órdenes breves y perentorias. Al poco rato no se oían sino pasos precipitados, cuchicheos: veíanse cruzar mujeres con ropas de cama entre las manos, platos, frascos y otros enseres. Llamaron suavemente a la puerta: eran la portera y su madre que celebraron, con las domésticas en el recibimiento, largo y agitado concilio, hablando en voz de falsete. Miguel presidió en silencio y con gravedad al arreglo del gran lecho nupcial mientras Maximina, sentada en una de las butacas del gabinete, los seguía con la vista, pálido el semblante y demudado.

—¿Qué sábanas ponemos?

—Toma las llaves, saca las que quieras.

—¿Las mejores dónde están?

—En el estante de arriba.

—Pondremos la colcha de damasco.

—¡Se va a estropear!

—No importa; es la mejor ocasión para echarla a perder.

—¡Cómo te molestas por mi causa, Miguel!

—¿Por tu causa?—exclamó entre sorprendido y enfadado.—¡Pues estaría gracioso que no me molestase por mi mujer en ocasión semejante!

La niña le pagó con una sonrisa amorosa.

La cama quedó muy pronto hecha. Juana la contempló entusiasmada.

—¡Señorito, parece un altar! ¿La de la reina, será mejor?

—Ya no hay reina, mujer. Hágame el favor de no estar así hecha un poste. Traiga usted la cocinilla y póngala sobre la mesa de noche... ¡Pronto, pronto! Y las otras chicas, ¿qué hacen en la cocina metidas?

—Las dos se han ido a recados.

—¿Qué, no han venido todavía?

—¡Pero, señorito, si acaban de salir!

—Vamos, déjeme usted de historias y vaya por la cocinilla.

Juana marchó toda sofocada. El señorito había cambiado repentinamente de genio: estaba como loco: iba y venía por la casa a grandes trancos: mandaba en un momento más cosas que antes en un mes, y se irritaba por todo lo que le decían. De vez en cuando se acercaba a su esposa, la acariciaba con la mano y le preguntaba lleno de ansiedad:

—¿Qué tal estás?

Más de cien veces había ido a la puerta y había pegado a ella el oído, pero nadie llegaba. Desesperado, emprendía de nuevo sus paseos agitados. Al fin creyó percibir pasos en la escalera... ¡Si sería!... Nada; el portero que subía con un telegrama para el piso tercero. ¡Malos diablos le lleven! Otra vez a esperar, ¡qué fatiga! ¿Dónde se habría parado esa maldita Plácida? De seguro que la estaba esperando el sargentito de ingenieros. ¡Qué poca humanidad tienen estas criadas! En cuanto pase el trance, la planto en la calle. Mejor me hubiera sido mandar a Juana, que al fin no tiene novio.

—¿Te sientes peor, Maximina? Un poco de te no te vendría mal... Voy yo mismo a hacerlo... ¡Valor!

—Lo necesitas tú más que yo, pobrecillo—dijo la niña sonriendo.

Al cruzar por el pasillo sonó el timbre de la puerta.

—¡Por fin!...

Otra decepción. Era la Condesa de Losilla que venía a ofrecerse “para todo”. Las niñas no bajaban, por razones fáciles de adivinar.

—Pero, Rivera, ¿cómo está usted tan pálido?

—Señora, la cosa no es para menos—respondió él mohino.

—¿Por qué, hijo mío?—dijo ella reprimiendo la risa.—Si la cosa no viene complicada, como es de esperar, no hay nada más natural y sencillo.

Miguel, a su vez, hizo esfuerzos por reprimir la indignación. ¡Natural que yo tenga un hijo! ¡Qué estúpida es la aristocracia!

Maximina recibió aquella visita con agradecimiento, pero avergonzada. La condesa empezó a maniobrar en la casa, como consumada estratégica, ordenándolo todo con calma y acierto. Desde este punto, Miguel quedó enteramente oscurecido. Las criadas ya no hicieron caso alguno de él, y se vió necesitado a vagar como alma en pena por los corredores. Una vez que atajó a Juana para advertirle que no llevase la tila en un vaso, sino en taza, le contestó que la dejase en paz, que él nada entendía de aquellas cosas. Y fué preciso aguantar.

Al cabo ¡loado sea Dios! llegó la partera. Miguel la siguió más muerto que vivo al gabinete; pero la Condesa le dió con la puerta en los hocicos. Pronto volvió a abrirse, y en la sonrisa de todos comprendió que el asunto no iba mal.

—Señorito, viene derecho—dijo la comadre.

—¿De modo que no hace falta llamar al médico?

—Para nada, gracias a Dios; yo respondo.

Quedó tranquilo, como si una divinidad se lo prometiese. Pero a los diez minutos perdió repentinamente la fe. Aquella mujer podía engañarle o engañarse; ¡quién se fiaba de una bruja de éstas! Acercóse cautelosamente al gabinete, y dijo, metiendo la cabeza por la puerta:

—A mí me parece que bien podría llamarse al médico... por precaución nada más—añadió tímidamente.

—Como usted quiera, señorito—respondió secamente y con gesto desabrido la comadre.

—¡Rivera, por Dios! ¿No le ha oído usted decir que ella respondía?—manifestó la Condesa.

—Bien, bien; si ella responde...—contestó avergonzado. Y luego preguntó afectando sangre fría:

—¿Para qué hora estará el asunto despachado?

Las mujeres todas soltaron una carcajada. La partera le respondió en tono condescendiente:

—Señorito, no se apure. Será cuando Dios quiera y con toda felicidad.

Tornó a vagar como una sombra por los pasillos, no poco desabrido e inquieto. El resultado era que todo el mundo le encontraba ridículo en aquella ocasión, que se reían de él en sus mismas barbas. Y, sin embargo, no acababa de persuadirse a que debía fiar su felicidad y su vida entera a una mujerzuela ignorante. De buena gana hubiera llamado a cónclave a todos los médicos eminentes de la corte. “A la menor complicación que haya, la ahogo entre mis manos”, se dijo con rabia. Y con esta promesa consoladora se quedó algo más sosegado.

Al poco rato llegó su madrastra, y acto continuo comenzó a dar disposiciones. Vino en seguida la señora del tercero, esposa de un empleado del Tribunal de la Rota, y en pos de ella una criada cargando con un enorme cuadro que representaba a San Ramón Nonnato, el cual se colocó en el gabinete con dos cirios encendidos a los lados. También esta señora se puso a dar disposiciones en cuanto llegó. En fin, allí todo el mundo tenía derecho a dar órdenes menos el amo de la casa, al cual todas aquellas señoras y hasta las criadas se complacían en manifestar un profundo cuanto injustificado desprecio. “Porque al fin y al cabo—como él decía muy bien, paseándose con las manos en los bolsillos, el semblante fosco y desencajado,—yo soy el marido, y soy además el... o lo seré, que es lo mismo”.

No abría la boca el pobre que no fuese para decir un disparate, digno cuando menos de una sonrisa desdeñosa. Una vez, viendo a su mujer en pie, apoyada en Juana y la comadre, se le ocurrió manifestar que estaría mejor acostada en la cama. El sexo femenino compacto fulminó contra él una terrible mirada, que no sabemos cómo no le redujo a cenizas. La brigadiera, procurando reprimirse y suavizando la voz, le dijo:

—Mira, Miguel, aquí nos estás estorbando. Te suplico que nos dejes y ya te avisaremos a su tiempo.

Obedeció a su pesar. Al tiempo de salir vió en los ojos de su esposa una expresión tan afectuosa y triste, que estuvo a dos dedos de abrir de nuevo la puerta y decir: “Ea, señoras, yo soy el amo, ésta es mi mujer y ustedes se van por donde han venido”. Pero reflexionó que el altercado ocasionaría un disgusto a Maximina, y devoró su enojo.

Condenado ya definitivamente al ostracismo de los pasillos, discurrió por ellos buen rato, prestando oído a los rumores del gabinete. Ansiaba oir la voz de su mujer, aunque fuese para quejarse; pero nada: se oían las de todas menos la de ella.

—¿Cómo va?—preguntó a la Condesa, que cruzaba para la cocina.

—Bien, bien; no se preocupe usted.

Trascurrida una hora y rendido a tanto paseo, fué al salón y se dejó caer en un sofá. Estuvo algún tiempo sentado con los ojos muy abiertos, tratando de vencer al sueño que a despecho suyo se le iba apoderando. Pero al cabo fué vencido; extendió las piernas, colocó la cabeza cómodamente, dió un bostezo de a cuarta, y quedó hecho un tronco.

Era ya día claro, cuando tres o cuatro mujeres invadieron precipitadamente la sala dando gritos.

—¡D. Miguel!...—¡Rivera!—¡Señorito!

—¿Qué pasa?—exclamó despertándose sobresaltado.

—¡Que ya tiene usted un niño! Venga usted.

Y le arrastraron a la alcoba, donde vió a su esposa sentada aún en una butaca, el semblante pálido, pero inundado de una dicha celeste. También vió allá en un rincón a Juana con una cosa entre las manos que chillaba horrorosamente. Mas apartó al instante la vista de ella para dirigirse a su esposa, a quien besó con efusión.

—¿Has sufrido mucho?

—Muy poco.

—No haga usted caso—interrumpió la Condesa:—ha pasado bastante la pobrecilla.

Miguel salió del cuarto con el corazón en la garganta.

Cuando se vió solo rompió a llorar como un niño.

—¡Pobrecilla—murmuró:—Ella padeciendo dolores increíbles sin exhalar una queja, y yo durmiendo aquí como un bruto! No me perdonaré en mi vida este acto de egoísmo... ¡La culpa la tienen esas mujeres—añadió con exaltación,—esas entremetidas que me echaron del cuarto!

Pronto se calmó de su remordimiento para dar lugar a las mil gratas emociones de la paternidad. Quiso entrar otra vez, pero las mujeres ¡siempre las mujeres! se opusieron a ello en tanto que el niño no estuviese lavado y enrollado y la señora librada y en la cama. Cuando todo esto se hubo efectuado, pasó a la alcoba. Su esposa estaba más linda que nunca en el lecho, con una cofia de encaje adornada con cintas azules y descubriendo los pliegues de una primorosa camisa. Sentóse a la cabecera, y ambos se contemplaron embelesados. Con pretexto de tomarle el pulso, le apretó la mano larga y tiernamente. La brigadiera le presentó un paquete de ropa diciéndole:

—Ahí tienes a tu hijo.

Miguel cogió el paquete y lo elevó a la altura de los ojos. Y vió una carita redonda y amoratada sin narices, los ojos cerrados y la frente deprimida, de cuya boca relativamente enorme salían unos chillidos nada melódicos.

—¡Qué feo es!—dijo en voz alta.

Un grito de indignación se escapó de todos los pechos, incluso del de su esposa.

—¡Qué atrocidad, Rivera! ¿Cómo dice usted esas cosas?—¿De dónde saca usted que es feo, señorito?—¡Si precisamente es uno de los niños más hermosos que he visto, Rivera!—¿Quiere usted que ahora tenga las facciones perfectas?

—¡Quita; quita!—dijo la brigadiera arrebatándoselo de las manos.—¡Vaya unas flores que le echas al pobrecillo!

—Quisiera yo ver cómo era usted a las dos horas de haber nacido, señorito—dijo Juana.

Miguel, sin enfadarse por aquella falta de respeto, contestó:

—Hermosísimo.

—¡Hombre, cómo se ha echado usted a perder!—exclamó la de Losilla riendo.

—No tanto, señora, no tanto: seguro estoy de que mi mujer encuentra gratuita esa afirmación.

—Nada de eso—dijo la niña, haciendo una mueca de enfado.

—¡Maximina!

—¿Por qué le has llamado feo?

—Vaya, veo que aquí hay un caballero que me ha desbancado.

En tanto, el paquete andaba de mano en mano, no sin que protestase con chillidos cada vez más enérgicos de aquel importuno trasiego. Pero esta desesperación aciaga era precisamente lo que constituía las delicias de aquellas buenas mujeres; se morían de risa contemplando aquella boca abierta que dejaba ver las fauces, y aquel expresivo y rabioso manoteo preñado de amenazas.

—¡Anda, anda, qué pulmones tienes, chico!—Así me gusta, ensánchate, hombre, ensánchate.—¡Vaya un genio que gastas, criatura! ¡Qué mono se pone llorando!

La verdad es que estaba horrible.

—¡Ay, que se queda, señora! ¡Ay, que se queda! gritó Plácida.

Todas acudieron asustadas.

—¿Cómo? ¿Dónde se queda?—preguntó Miguel dando un salto en la silla.

—En lloro, señorito.

El niño, la faz contraída y la boca abierta, guardaba silencio. La Condesa lo sacudió con todas sus fuerzas a pique de matarlo. Al fin dejó escapar un grito más rabioso que los demás, y todas respiraron con satisfacción.

—Vaya, hay que darle de mamar a este tunante; si no, se nos va a enfadar.

—¿Cómo se pondrá este chico para enfadarse?—pensó Miguel.

Metiéronle en el lecho y le pusieron en la boca el pezón maternal; pero se negó a tomarlo, no sabemos bajo que pretexto. Las mujeres encontraron aquella conducta inconveniente. Maximina le miraba con ojos severos, haciéndole interiormente cargos durísimos. La Condesa pidió agua con azucarillo y untó con ella el pezón. Entonces el chico, seducido por aquella atención delicada, no vaciló en acceder a los deseos de las señoras y comenzó a chupar la teta con poca expedición, como aprendiz al fin en el oficio.

—¿Han visto ustedes qué picarón?

—¡Ave María, si parece mentira que tenga ya tanta malicia!

—¡Cosa como ésta nunca se ha visto, mujer!

—Es un pillo de playa.

Después de haber mamado, el chico se propuso hacer cuanto estuviese de su parte por confirmar esta favorable opinión que de su ingenio habían formado. Al efecto, abrió un si es no es el ojo derecho, y volvió acto continuo a cerrarlo, con gran asombro y regocijo de los presentes. Después, habiendo tropezado casualmente con su propia mano, comenzó a dar feroces chupetones en ella. No contento con esta gallarda muestra de talento, lo probó aún más cumplidamente cuando Plácida le puso su lengua en la boca. En un principio la chupó con afán; pero advertido muy pronto de la burla que se le hacía, se enfureció de un modo terrible y dejó entender con bastante claridad que siempre que se tratase de ajar su dignidad, le verían protestar en iguales o parecidos términos.

Vuelto de nuevo a su cama, se durmió al instante como un obispo (el símil es de Juana) mientras su madre levantaba de vez en cuando el embozo de la cama para contemplarle con tanta ternura como infantil curiosidad. Habiéndose acercado Miguel al lecho con poco cuidado, su esposa pensó al parecer que iba a lastimar al chico.

—¡Quita, quita!—gritó con acento colérico.

Y le dirigió una mirada tan iracunda, que el joven quedó estupefacto, pues no podía imaginarse que ojos tan dulces fuesen capaces de lanzarla. En vez de enfadarse, se echó a reir como un loco. Maximina, avergonzada, sonrió, y su faz inocente volvió a adquirir el amable sosiego que la caracterizaba.

Por desgracia, aquel sosiego fué turbado inopinadamente al poco rato. Sucedió que, habiéndose despertado el obispo, hubo en el consejo femenino ciertas sospechas de que su ilustrísima no andaba muy limpio en toda su persona, y se decretó inmediatamente una inspección ocular. La Condesa lo colocó sobre el regazo, lo despojó de sus vestiduras, y en efecto, así era como lo habían pensado. Pidió acto contínuo agua caliente y una esponja. Trajeron además frescos pañales, y con mucho donaire y no pequeña satisfacción, dió comienzo al arreo del infante. Pero hete aquí que la brigadiera, que ya estaba celosa de ella desde hacía tiempo y había declarado solemnemente, aunque por lo bajo, a las criadas “que aquella buena señora era una fastidiosa entremetida”, manifestó ahora en tono algo desabrido que la faja no debía ir tan prieta como la Condesa la ponía.

—Déjeme usted, Angela, déjeme usted, que bien se lo que me hago—dijo ésta con cierto dejo de suficiencia continuando su tarea.

—¡Pero si esa criatura no puede resollar, Condesa!

—Necesitan estar así los primeros días para que no salgan torcidos.

—Si antes los asfixia usted, ni torcidos ni derechos.

—No necesito que me enseñe nadie a enrollar niños. He tenido seis hijos, y, gracias a Dios, todos están en el mundo, vivos y sanos.

—Pues yo no he tenido más que una hija, pero no hubiera consentido nunca que la enrollaran de ese modo.

—Pues yo le digo que no admito lecciones de usted, ni en esto, ni en nada...

Las palabras que se habían cruzado eran ya sobrado ásperas, y la actitud airada en que ambas señoras se encontraban hacía presumir que pronto lo serían mucho más. Los que asistían á la escena se habían puestos serios. Maximina, asustada, hacía pucheros para llorar. Entonces Miguel, irritado por aquel proceder, intervino diciendo suavemente, pero con firmeza:

—Señoras, tengan ustedes consideración con esta pobre muchacha, que ahora necesita tranquilidad y descanso.

La de Losilla levantóse con altivez, entregó el niño a una criada y salió de la estancia sin despedirse. A pesar de sus ruegos, Miguel, que la siguió, nunca pudo lograr que volviese: antes, su enojo fué creciendo a medida que se acercaba a la puerta, y allí le dijo un adiós muy seco, subiendo a su casa con ánimo, al parecer, de no bajar otra vez.

—¡Esta mamá siempre ha de ser la misma! ¡Qué genio tan remaldito!—exclamó al quedarse solo.

Pero tal disgusto se le borró pronto de la mente, porque las circunstancias felices y excepcionales en que se hallaba eran a propósito para ello.

Estaba de Dios, sin embargo, que en la copa de su felicidad habían de caer algunas gotas de hiel. Por la noche, cuando, fatigado ya del trajín del día, se disponía a retirarse dejando a Plácida que velase a su esposa, se oyó el toque importuno de la campanilla de la puerta.

—Señorito, hay ahí un caballero que desea hablar con usted.

—¡Vaya una visita impertinente! ¿Le ha introducido en el despacho?

—Sí, señorito.

Nuestro nuevo papá se fué hacia allá arrastrando perezosamente los pies, muy resuelto a que la visita no se prolongase largo rato. Pero al entrar en su despacho quedó sorprendido no muy agradablemente el encontrarse con Eguiburu “el caballo blanco” de La Independencia. Las relaciones que con este señor mantenía estaban muy lejos de ser íntimas. Después que había dado su firma en garantía de los treinta mil duros gastados en el periódico, no había vuelto a verle sino otras dos veces, para tomar de su mano dos cantidades que sumaban doce mil, los cuales no se habían gastado todos en el periódico, sino que habían servido también para socorrer a los emigrados. Llamóle, pues, la atención aquella intempestiva venida y aun le puso inquieto y receloso.

Era Eguiburu un hombre alto, flaco, de cara pálida y rugosa, ojos azules y pequeños, cabello rubio, bastante ralo, y muy desgarbado de toda su persona. El traje que llevaba, compuesto de unos calzones anchos de paño negro, chaleco largo y un enorme gabán pardo que le bajaba casi hasta los pies, no ayudaba a prestarle la gallardía de que tan necesitado estaba.

Saludóle Miguel cortés y gravemente, preguntándole a qué debía el honor...

—Señor de Rivera—dijo sentándose sin ceremonia, pues Miguel, a causa tal vez de la sorpresa, no le había invitado a hacerlo.—Es el caso que hace ya algunos meses que son ustedes poder...

—Alto, mi amigo; no hay en España un hombre más desprovisto de poder que yo... Ni siquiera soy subsecretario.

—Bien, quien dice usted dice sus amigos. Todos ocupan hoy grandes destinos: el Conde de Ríos embajador; el Sr. Mendoza acaba de ser elegido diputado...

—¿Y quiere usted compararme a mí, insignificante pigmeo, con el Conde de Ríos y con Mendoza, dos estrellas de primera magnitud en la política española?

—Pues mire usted, Sr. de Rivera, valga la verdad, la otra noche en el café de Levante no hablaban muy bien del Sr. Mendoza sus amigos.

—¿Qué decían?

—Decían, con perdón de usted, que era un alcornoque.

—Son calumnias de los envidiosos. No lo dude usted, amigo Eguiburu, de esa madera se hacen los hombres de Estado.

—Yo me alegro mucho de que así sea, señor. Pero es el caso, como decía, que a pesar de su talento y de las posiciones que ocupan, ni el Sr. Conde ni Mendoza se acuerdan de indemnizarme del dinero que hace tiempo vengo gastando.

—¿Ha hablado usted con ellos?

—Les he escrito una carta a cada uno. Mendoza no me ha contestado. El Sr. Conde, al cabo de bastantes días, me dice en carta que aquí traigo y usted puede ver, “que las gravísimas atenciones políticas que sobre él pesan no le consienten ocuparse por ahora de estos asuntos, los cuales hace tiempo que tiene encomendados a su antiguo secretario particular el Sr. Mendoza y Pimentel”. Yo, a la verdad, como usted comprenderá muy bien, no tengo necesidad de andar mendigando de puerta en puerta lo que es mío. Así que, sin más dilaciones, me he venido a su casa de usted.

—¿Por qué no ha ido usted antes a la de Mendoza?

Eguiburu bajó la cabeza y empezó a dar vueltas al sombrero. Al mismo tiempo sonrió como pudiera hacerlo una estatua de mármol, si le diesen facultad para ello.

—El Sr. de Mendoza me parece que tiene poca carne para mis uñas.

Al escuchar aquellas palabras y ver la sonrisa que las había acompañado, Miguel sintió cierto frío por la espalda y guardó silencio. Al cabo de algunos momentos levantó la cabeza y dijo en tono resuelto:

—En suma, viene usted a reclamarme los treinta mil duros, ¿no es eso?

—Lo siento en el alma, Sr. de Rivera... Crea usted que lo siento de veras... porque al fin y al cabo, usted no se los ha comido.

—Muchas gracias: posee usted un corazón sensible, y le felicito por ello. La desgracia está en que yo no pueda corresponder a esa delicadeza de sentimientos, entregándole en el acto los treinta mil duros.

—Bien, ya me los entregará usted.

—¿Tiene usted seguridad de ello?

Eguiburu levantó la cabeza y clavó sus ojos azules y pequeñuelos en los de Miguel, que le miraba de un modo frío y hostil.

—Sí, señor—contestó.

—Pues también le felicito; yo que usted no la tendría.

—¿No se hace usted cargo, Sr. de Rivera—dijo el banquero con amabilidad exagerada para paliar el mal efecto que iban a producir sus palabras,—que tengo aquí un papel en toda regla firmado por usted?

Y se llevó la mano al bolsillo del gabán al decir esto.

Miguel guardó silencio otra vez. Pasados algunos instantes, dijo con voz donde se traslucía una cólera reprimida a duras penas:

—¿Es decir, Sr. Eguiburu, que pretende usted nada menos que arruinarme por una deuda que le consta a usted que yo no he contraído?

—Yo no pretendo más que cobrar mi dinero.

—Está bien—dijo sordamente.—Mañana escribiré al conde de Ríos, y veré también a Mendoza. Quiero saber si el Conde es capaz de dejarme en la estacada... Si así fuese, ya veremos lo que se ha de hacer.

Después de estas palabras, hubo un rato de silencio embarazoso.

Eguiburu daba vueltas al sombrero, observando de reojo a Miguel, que tenía la vista clavada en el suelo, y cuyos labios se movían con un imperceptible temblor, que no pasaba inadvertido para el banquero.

—Hay un medio, Sr. de Rivera—dijo tímidamente,—de que usted salga del compromiso en que se ve, y tenga tiempo para exigir del Conde y los demás amigos que cumplan como es debido... Si usted me garantiza el dinero que he soltado después para el periódico, no tengo inconveniente en esperarle... Me duele poner la pistola al pecho a una persona tan apreciable como usted...

Miguel siguió inmóvil, con la vista en el suelo, en actitud reflexiva; levantándose después repentinamente, dijo:

—Bien, ya veremos cómo se arregla este negocio. Por de pronto, mañana hablaré con Mendoza. De lo que resulte de esta entrevista y de la carta que escriba al Conde, le avisaré inmediatamente.

Eguiburu también se levantó y alargó la mano con exquisita amabilidad a Rivera, para despedirse. Este se la estrechó, y mirándole con fijeza, mientras asomaba a sus labios una sonrisa burlona, le dijo:

—¿Tiene usted mucho cariño a esos treinta mil duros?

—¿Por qué me pregunta usted eso?

—Porque sentiría que usted se hubiese encariñado demasiado estando en vísperas de separarse para siempre de ellos.

—Explíquese usted—dijo el banquero poniéndose serio.

—Nada, hombre, que si usted no se los saca al Conde de Ríos, lo que es a mí...

—¿Cómo? ¿Qué dice usted?

—Que yo no se los podré pagar jamás, porque tengo hipotecadas las dos casas que constituyen mi fortuna.

Eguiburu se puso horriblemente pálido.

—Usted no podía hipotecarlas porque tenía firmada una obligación. La hipoteca es nula.

—Las tenía hipotecadas mucho antes de firmarla.

El banquero se pasó la mano por la frente con abatimiento. Levantándola después vivamente y clavando en Rivera una mirada fulgurante, profirió tartamudeando:

—Eso es... una picardía... Le llevaré a los tribunales por estafador.

Miguel soltó una carcajada, y poniéndole familiarmente la mano en el hombro, le dijo:

—¡Buen susto ha recibido usted! ¿No es verdad, amigo? Quedo un poco indemnizado del que usted acaba de darme.

—¿Pero qué mil rayos significa?...

—Que se serene usted; las casas no están hipotecadas. Tendrá usted el gusto de arruinarme el día menos pensado—repuso el joven con amarga ironía.

En el semblante de Eguiburu quiso aparecer un amago de sonrisa, pero se borró súbitamente.

—¿Habla usted formalmente?

—Sí, hombre, sí; no tenga usted cuidado alguno.

Entonces la sonrisa que había huído, apareció de nuevo insinuante y benévola en los labios del banquero.

—¡Qué bromista es usted, Sr. de Rivera! Nadie puede saber cuándo habla de veras o de burla.

—Pues entonces hace usted mal en quedarse ahora tranquilo.

Tornó a ponerse serio Eguiburu.

—No, yo no puedo creer que usted se burle de cosas tan...

—Tan sagradas, ¿verdad?

—Eso es, sagradas.

—Sin embargo, confiese usted que no las tiene todas consigo.

—De ningún modo; usted es una persona de talento... y todo un caballero además.

—Vamos, no me adule usted, que no hay necesidad.

Iban caminando hacia la puerta. Eguiburu experimentaba una inquietud que en vano quería ocultar. Dió la mano tres o cuatro veces más a Miguel, cambió de fisonomía y actitud más de veinte; y cuando aquél le mandó ponerse el sombrero, lo colocó torcido y erizado sobre el cogote. Quiso cambiar de conversación para demostrar que estaba plenamente seguro de la honradez del fiador; le preguntó con mucho interés por su esposa y el niño, enterándose de los pormenores del alumbramiento. No obstante, cuando ya estaba en la escalera y Miguel a punto de cerrar la puerta, preguntóle en tono indiferente y jovial, donde se traslucía viva ansiedad:

—Aquello pura broma, ¿verdad, Rivera?

—Vaya usted tranquilo, hombre—contestó éste riendo.

Pero al quedarse solo aquella sonrisa se extinguió. Permaneció un momento con los dedos en el pestillo: después fué con paso lento otra vez al despacho, se sentó frente a la mesa y apoyó el rostro sobre una mano cubriéndose los ojos. Así estuvo largo rato meditando. Cuando se levantó los tenía hinchados y rojos, como después de haber dormido mucho. Pasó a la habitación de su esposa. Al atravesar el pasillo sintió un poco de frío.

Estaba todavía despierta. Al lado de la cama se había puesto un catre para Plácida.

—¿Quién era esa visita?—le preguntó.

—Nada, un señor que viene a hablarme de asuntos del periódico.

Algo extraño debía de haber en el metal de la voz de Miguel al dar esta sencilla contestación, cuando su mujer se le quedó mirando con inquietud. Para librarse de este examen, dijo en seguida:

—¡Qué cansado estoy! ¡Tengo sueño!

La besó en la frente, alzó el embozo de la cama, contempló un momento a su hijo dormido y rozó con los labios su cabecita. Volvió a besar a su esposa y salió de la estancia. Cuando se metió en la cama tiritaba y sentía, no obstante, calor en las mejillas.

Largo rato estuvo en el lecho con los ojos muy abiertos y la luz encendida. Un enjambre de pensamientos tristes cruzó por su mente; mil recelos y temores le asaltaron. Como todos los hombres de imaginación viva, se puso de un brinco en lo peor. Se vió arruinado, teniendo que descender él y su esposa de la categoría social en que se hallaban colocados. Se acordó también de su hijo.

—¡Pobre hijo mío!—exclamó.

Y estuvo a punto de sollozar. Pero hizo un esfuerzo viril sobre sí mismo diciéndose:

—No; llorar por perder dinero no lo hacen sino los mentecatos y los avaros. El que posee una esposa como la mía, y ésta le acaba de dar un hijo, no tiene derecho a pedir más a Dios. Soy joven, tengo salud. En último resultado, trabajaré para ellos.

Al murmurar estas palabras dió un soplo violento a la luz y tuvo energía bastante para tranquilizarse, quedando dormido al poco rato.

LOS MAJOS DE CÁDIZ

CONSIDERO esta novela, desde el punto de vista técnico, como la menos imperfecta de las que han salido de mi pluma. Quiero decir que, por la intensidad de la fábula, por sus proporciones armoniosas y por el marco original en que la he enclavado, me parece superior a las otras.

¿Cuál es la razón de que no se haya popularizado tanto como alguna de ellas? Quizá se deba a que por encima de todos los tecnicismos en el arte de novelar se encuentran la invención más o menos feliz y el mayor o menor interés que despiertan los caracteres.

Sin embargo, hay otra aún que me parece igualmente aceptable. Las novelas que se publican en el mundo, son leídas casi en totalidad por personas que pertenecen a la que hemos dado en llamar clase media. El mundo aristocrático es muy exiguo comparado con éste y en cuanto a las clases trabajadoras se puede afirmar que en España viven alejadas de la literatura, a lo menos en sus formas elevadas. Ahora bien, lo que interesa realmente a la clase media es la clase media. Son sus amores, sus ambiciones, sus tristezas y alegrías, sus ideales, lo que quiere ver reproducido en el arte, y con ello se recrea. El mundo aristocrático y el plebeyo son para ella tan sólo objeto de curiosidad efímera. El hombre no se siente conmovido, sino por lo que le toca de cerca. Digámoslo en términos crudos, el hombre no se interesa más que por sí mismo.

Por eso Los Majos de Cádiz, que es una novela de plebeyos, no ha logrado excitar el interés de La Alegría del capitán Ribot. Si esta historia de humildes se hubiese contado en forma de romance y los ciegos la vendiesen por las calles a cinco céntimos, quizá fuera grande su aceptación. Pero es porque entonces caería en manos de aquellos que se sienten hermanos de sus héroes.

DESPEDIDA