WeRead Powered by ReaderPub
Páginas escogidas cover

Páginas escogidas

Chapter 17: LA FE
Open in WeRead

Explore more books like this:

About This Book

Se reúne un conjunto de ensayos, prólogos y pasajes narrativos en los que el autor examina su trayectoria literaria y sus principios creativos, prefiriendo la libertad expresiva frente a las servidumbres de la postura, la imitación y la moda. Aborda la influencia de los maestros, la tentación del naturalismo y la evolución del lenguaje como herramienta práctica más que como ídolo estilístico. Alternan reflexiones críticas con fragmentos de ficción que recrean la vida costera, la camaradería de los pescadores y la relación entre experiencia personal y retrato novelístico. Las piezas ofrecen un equilibrio entre autocrítica y demostración artística.

Soledad, hija de un pobre guarda de consumos de Medina Sidonia tiene amores con un joven de distinguida familia llamado Manuel Uceda. Muere el padre de aquélla. Velázquez, amigo suyo, un majo de buena presencia y algún dinero consigue enamorarla y seducirla. La lleva a Cádiz, establecen una taberna. Manolo Uceda, siempre enamorado, la visita de vez en cuando, pero ella ciegamente apasionada por Velázquez desdeña su amor. Velázquez es un hombre despótico y fanfarrón que abusa de su dominio sobre ella y la tiraniza. Cansada de sus malos tratos un día se rebela. Se marcha de casa. A él entonces le entra de nuevo el amor, una verdadera pasión. Logra a fuerza de ruegos que vuelva a casa; pero al cabo de algún tiempo cada día más despegada de él Soledad se escapa otra vez. Entonces él trata de curarse de su desgraciada pasión. Entra en relaciones con una hermosa joven llamada Mercedes la Cardenala. Soledad a su vez se deja enamorar por Antoñico, el querido de su íntima amiga María-Manuela. A esta también la solicita Velázquez que había dejado burlada a Mercedes. Pero el orgulloso majo tenía en el corazón una herida incurable y no pudiendo soportarla vida en Cádiz se decide a emigrar a América.

POCOS días después se supo que Velázquez traspasaba la tienda, y más tarde que se embarcaba para América. Prefirió trasladarse en un buque de vela mandado por cierto amigo suyo que partía el 15 de Septiembre. La víspera, los compadres de la reunión y algunos íntimos recibieron de él afectuosa carta de despedida y adjunta una invitación del capitán del barco para que, si tenían gusto en ello, viniesen a beber unas cañas a la salud y al viaje feliz de su amigo. Pepe de Chiclana recibió la suya. En la carta que Velázquez le escribía convidaba también expresamente y con encarecimiento a Soledad, o por hacerle ver que olvidaba sus injurias, o por mostrar que se hallaba enteramente curado de su pasión.

Quedó perpleja la joven cuando le leyó la postdata Paca. Instábala ésta para que accediera a aquel ruego tan noblemente expresado. Vacilaba ella, no tanto por el rencor que aun le guardaba, como por considerar violenta y embarazosa la entrevista.

Cuando, cruzando aquella tarde por la calle de la Amargura, acertó a tropezar con Manolo Uceda, a quien hacía días que no veía. Saludóla él cortés pero gravemente y trató de seguir su camino, pero ella se le puso delante.

—¿Qué es de tu vida, Manolo?... ¡Hace un siglo que no te veo!... ¿Por qué no vienes a casa?—le dijo con la sonrisa en los labios, apretándole afectuosamente la mano.

Pero después de haber soltado tales palabras se hizo cargo de su imprudencia y se puso roja como una cereza.

—Ando bastante ocupado con un asunto que me ha encomendado mi madre... El jueves me voy a Medina.

—¿Para volver?

—No; probablemente no volveré. Desde allí nos vamos a Sevilla... He conseguido que mi madre cediese a vivir allá, y me alegro bastante.

Quedó seria repentinamente la joven; guardó silencio unos momentos y al cabo dijo con tristeza:

—¡Todo el mundo se va!... Yo también necesito pensar en liármelas... Ya sabrás que Velázquez se embarca mañana...

—Sí lo sé. Me ha escrito.

—¡Ah! ¿Te ha convidado a la juerguecilla del barco?... También a mí me convida; pero, a la verdad..., no sé qué hacer. Quisiera que me dieses tu parecer, porque, hijo mío, te lo digo con todas las veras de mi alma, eres el único hombre decente con que he tropezado en la vida y a nadie pido un consejo con tanta satisfacción como a ti...

—Muchas gracias—manifestó el caballero de Medina sonriendo—. Pero ¿qué quieres que yo te aconseje? Son asuntos delicados y no me atrevo...

—Pues yo quiero que te atrevas... Ya sabes que entre ese hombre y yo no hay nada hace tiempo... Ya sabes cómo se ha portado conmigo...

—Pues bien—repuso Uceda, después de vacilar un poco—. A mí me parece que debes ir... A pesar de todo le has querido: él te ha querido también y probablemente te sigue queriendo... Sería crueldad, por tu parte, el no decirle adiós.

—Está bien; iré aunque me cueste trabajo.

Hubo una pausa. Uceda preguntó al cabo con afectada ligereza:

—¿Y Antoñico?

Turbóse Soledad al escuchar la pregunta y exclamó con ímpetu:

—¡No me hables de ese charrán!

—Me han dicho que ha vuelto a juntarse con María—repuso el caballero riendo.

—¡No es por eso, no!... Al contrario..., me parece lo único decente que ha hecho en su vida; pero...

Iba a contar la bajeza que con ella había cometido, pero se detuvo a tiempo. El relato de lo acaecido la perjudicaba más a ella.

—Le llamo charrán porque lo es. Todo el mundo lo sabe—concluyó bajando la voz.

Quedó un momento silenciosa con el rostro fruncido.

—Bueno, hasta mañana en el barco... Voy allá porque tú me lo mandas—manifestó al fin dándole la mano.

—No; yo probablemente no podré ir.

—¡Ah! ¿No vas tú? Pues entonces hazte cuenta que no voy yo.

—¿Por qué?

—Porque no quiero.

—¡Siempre tan testarudilla!—dijo Uceda apretando cariñosamente la mano que tenía cogida—. Iré porque no te enfades. Hasta mañana.

—No faltes.

—No faltaré.

Al día siguiente, entre dos y tres de la tarde, dos lanchas atracadas al muelle esperaban a los invitados para transportarlos al buque, que se veía anclado allá en medio del puerto. Era una corbeta de regular tamaño, negra, sólida, bien arbolada. El capitán, hombre de cuarenta años, de mediana estatura y recias espaldas, rostro atezado, barba negra cerdosa, pesado y macizo como su navío, les esperaba de bruces sobre la cornisa de la obra muerta. Acompañábale Velázquez. La Esperanza, que así se nominaba la corbeta, iba a la América del Sur por carga de cacao, llevándola heterogénea de algunos productos de la Península.

Los primeros que llegaron fueron Frasquito con su mujer y el señor Rafael. Inmediatamente la lancha trajo a la familia del Cardenal, los viejos, Mercedes, Isabel y su novio Gregorio, a los cuales se había unido Manolo Uceda, que por casualidad llegara al muelle al mismo tiempo. En la otra lancha acudieron en seguida María-Manuela con Antonio y dos amigos más de Velázquez. Por último, al cabo de un rato acostaron al barco Pepe de Chiclana, su mujer y Soledad. En la subida hubo bastante jarana y no pocos sustos. Las mujeres temblaban de confiarse a la frágil escala. Con el susto no se guardaban siquiera de mostrar las piernas a los marineros que se quedaban en la lancha. Los hombres las embromaban sobre esta despreocupación así que estaban arriba.

—En el mar estamos como en el paraíso terrenal. No existe la vergüenza—decía el capitán—. He conocido una señora que al averiguar que el barco hacía agua subió a cubierta desnuda y estuvo hablando con nosotros sin taparse siquiera el pecho con las manos.

Sobre cubierta, debajo de un toldo, veíase la mesa bien abastecida de manjares y botellas. Velázquez fué saludando a sus amigos cordialmente y les invitó a sentarse. Estaba tranquilo y a las frases de sentimiento que dejaban escapar todos al darle la mano respondía con afectada alegría:

—Dejad que me dé un poco el fresco, hijos. Este Cádiz se me venía ya encima... Veréis cómo hago una gran fortuna por allá. Cuando menos lo penséis llegaré hecho un potentado, y para daros en cara soy capaz..., soy capaz..., ¡hombre, soy capaz de venir con levita!

—¡No, por Dios!—gritaron los compadres riendo.

Había saludado a Soledad con no fingida naturalidad y aun la había piropeado graciosamente. Y era lo raro que la joven parecía más turbada que él. Después, acercándose a Mercedes, la preguntó familiarmente por lo bajo:

—¿Y Gabino? ¿Cómo no viene?

—¿Gabino?—respondió la salada muchacha haciendo un mohín desdeñoso—. ¡Dale memorias!... Nada tengo ya que partir con él.

Mostróse sorprendido y no quiso creerlo: disimulos de mocitas y nada más. Pero la niña insistió con ahinco y formalidad, dió pormenores, citó testigos. Velázquez concluyó por llamar a Isabel, que estaba cerca.

—¿Es verdad lo que me dice tu hermana, que ha regañado con Gabino?

—¡Y tan verdad!—respondió aquélla con mal humor—. ¿Tú sabes si mi hermana ha tenido chabeta alguna vez?

Y se alejó murmurando. Velázquez quedó serio y pensativo.

Sentáronse todos al cabo, y para abrir boca tomaron ostiones y rajas de salchichón. Destapáronse las botellas y el rico dorado vino de Sanlúcar chispeó alegremente en las copas. La tarde era dulce y serena. El sol derramaba sus rayos esplendentes sobre la bahía. Las aguas dormidas rielaban su luz con brillantes reflejos de plata. Los buques anclados en el puerto cabeceaban blandamente, viéndose sobre sus cubiertas algunos marineros entregados al sueño. Ni de la ciudad ni del mar llegaban más que rumores suaves que, al confundirse en el aire, formaban lánguido suspiro como si la tierra y el Océano gozasen tranquilos el placer de la siesta. Una brisa suave, fresca, sin intermitencias, acariciaba la frente de los convidados. La Naturaleza ofrecía el amable sosiego, la armonía solemne que sólo se observa en los comienzos del otoño.

Los de la fiesta no resultaron alegres. La gente se mostraba lacia, desanimada, como si todos se hallasen bajo el peso de un disgusto. Y en realidad, no era grato ver alejarse, quizá para siempre, a un amigo de toda la vida. El mismo señor Rafael, cuya alegría era inagotable, estaba menos expansivo. Aprovechando un momento en que Velázquez vino a ofrecerle una caña, le dijo por lo bajo:

—Pero, vamos a ver, hijo, ¿por qué haces esta locura? ¿Qué te faltaba a ti en Cádiz? ¿No tienes salud?, ¿no tienes dinero?... ¿Qué demonios vas buscando en esas tierras donde si no le meriendan a uno los salvajes se lo comen crudo los mosquitos?... Que has tenido algunos disgustillos con las mujeres, ¿y qué? ¿Es razón para que un mozo valiente y noble de too su cuerpo se quite del medio? ¿Dónde hay palmito que se pueda comparar con unas botellas de amontillado, bebidas en compañía de cuatro amigos, y unas aceitunitas aliñás?... Me lo dijo hace tiempo un vista de la aduana que había estado muchos años en Puerto Rico, un tío muy ilustrado, capaz de beberse el golfo de Méjico: “Desengáñate, Rafael, las mujeres no sirven más que para enfriar el caldo cuando uno está acatarrado y no puede sacar los brazos de la cama.”

Velázquez alzó los hombros y le respondió con el mismo desenfado.

El vino hizo al cabo su tarea. Poco a poco los rostros se fueron animando y las lenguas se desataron, produciendo un gracioso oleaje de chistes y agudezas. Quien hizo mayor gasto, como siempre, fué Antoñico. Estaba más flaco que antes y descolorido. Apenas comía. Sus amigos le embromaban por esta falta de apetito.

—¿Qué queréis, hijos míos?—respondía él.—He perdido el estómago. ¿Cómo no había e perderlo si esta mujer que aquí veis me ha estado envenenando más de tres semanas con una bebía compuesta?

—Decid que es mentira—saltó María-Manuela—. No ha sido más que ocho días, y lo que le he dado a nadie le hace daño: agua de siete pozos distintos con un poco de sangre de oreja de gato negro y unas cagarrutas de rata...

—¡María Santísima del Carmen!—exclamó Antonio llevándose la mano al estómago—. ¿Y yo he bebido eso?... ¡Quitadme esos platos de delante! ¡Quitadme esas copas! ¡Dejadme reventar en cualquier rincón, como un triquitraque!

—¡Ya lo creo que lo has bebío!—exclamó la ruda morena con gesto de triunfo—. Y gracias a ello te tengo ahora chalaíto y pringoso que no hay por dónde cogerte, más humildito y manso que un cordero de Dios... Porque ahí donde ustedes le ven—añadió volviéndose a los circunstantes—, ahí donde ustedes le ven tan guasoncillo y soberbio, ahora es una malva en casa y en cuantito yo doy una voz ya le tengo de rodillas pidiéndome que no me enfade. Y too esto ¿a qué se debe? Pues a la virtud de la bebía.

—¡Sería milagro! ¿Cómo quieres que yo vocee si me has dejado en los huesos? No me ha quedado aliento ni para pedir los buñuelos por la mañana.

Los amigos reían y vertían de vez en cuando una palabrita para que la disputa se alargase.

Sin embargo, la hora de levar anclas se iba acercando y el capitán se había apartado de la mesa y andaba de un lado a otro dando órdenes. Los marineros comenzaban a moverse ejecutando las maniobras preventivas.

Soledad y Manolo se habían aproximado y charlaban un poco retirados de los demás. El caballero de Medina la embromaba suponiendo que estaba triste y que hacía esfuerzos por ocultarlo. Al fin y al cabo en aquel momento crítico el corazón hablaba. No en vano había estado enamorada tanto tiempo. La joven se defendía con empeño, negando que estuviese triste y casi casi que hubiera estado enamorada.

—No se puede llamar amor lo que he sentido por ese hombre... Era una locura, un antojo por cosas agrias, como solemos tener las mujeres. El amor debe ser algo más dulce, más tranquilo... Era imposible que yo le quisiera toda la vida. Su genio siempre me ha sido antipático... Detesto a los hombres soberbios...

—Es porque tú lo eres.

—Quizá—dijo ella con franca resolución—; pero así es... Por lo demás, no puedo negarte que me causa pena el verle marchar, sabiendo que es por mi causa. Si le pasa algo en la travesía... o se enferma... o muere, me ha de quedar un poco de escozor en el alma. Aunque ya no me inspira interés, no quisiera hacerle daño... Porque en el fondo no es malo; ¿sabes? No tiene más que mucha fantasía en la cabeza. En cuanto se le quite será un buen hombre... Francamente, sentiría mucho que le sucediese algo malo... ¡Pobre Velázquez!

—Sí, ¡pobre Velázquez! Ni supo querer ni supo ser querido—expresó Uceda poniéndose serio y dirigiendo sus ojos al horizonte.

Soledad le clavó una mirada de sorpresa y admiración. Y a su sabor, en silencio, largo rato estuvo contemplando a aquel hombre tan noble, tan firme, tan sufrido. Un remordimiento punzante le atravesaba el alma. Sintió deseos de arrojarse de cabeza al mar.

La tripulación terminaba los preparativos. El capitán prescindía ya enteramente de los convidados y, diligente y afanoso, recorría el barco de proa a popa fijando sus ojos escrutadores en el aparejo y cambiando rápidas palabras con el piloto y contramaestre. Los amigos de Velázquez, comprendiendo que era llegado el momento de partirse, quedaron otra vez graves y taciturnos. Un mismo sentimiento de tristeza oprimía sus corazones. Sólo Antoñico se atrevió a decir alegremente a Paca:

—Vamos a ver, niña, suéltanos una copliya de despedida. Hace un siglo que no te oigo.

La esposa de Pepe de Chiclana respondió mirándole con severidad:

—Hijo mío, cuando un amigo tan apreciado como éste se marcha, nadie que tenga corazón siente ganas de cantar... ni tampoco de oir cantar.

Y los convidados aprobaron todos con la cabeza las palabras de aquella profunda mujer.

Sonaron las cinco en el reloj de la cámara. El capitán se acercó a ellos y les dijo cortésmente:

—Señores, vamos a levar anclas. Siento mucho privarme de tan buena compañía, pero es preciso... A no ser—añadió sonriendo—que quieran ustedes venirse al Perú conmigo y con este buen mozo.

Nadie respondió. Silenciosamente se fueron acercando uno por uno a Velázquez y le abrazaron con emoción. El procuraba disimular la que sentía bajo una sonrisa forzada. Vinieron después las mujeres y le estrecharon la mano. “Buen viaje. Buena suerte. ¡Que Dios te traiga pronto!” Paca le entregó un escapulario de la Virgen del Carmen rogándole que se lo pusiese. El majo le dió las gracias llevándolo a los labios.

Cuando llegó el turno a Mercedes, Velázquez la retuvo las manos entre las suyas un momento y la dijo por lo bajo, viéndola sonreir:

—¡Qué contenta estás, Mercedes! ¿Te alegras de que me vaya, verdad?

—Ni me alegro ni me entristezco. Pues que nadie te obliga a marchar, debe de ser un viaje de recreo el que haces—respondió ella sin dejar de sonreir.

—Sí, te alegras, lo estoy viendo en tu semblante... Haces bien; yo no he servido más que para darte jaqueca. Perdóname y que Dios te haga muy feliz, como deseo.

—¡Adiós!—repuso lacónicamente la joven.

Se estrecharon la mano con fuerza y se apartaron. Pero el rostro de la niña al hacerlo empalideció, dió unos pasos atrás como si estuviese mareada y se dejó caer sobre un cable enrollado; tapóse los ojos con las manos y comenzó a sollozar fuertemente.

Quedaron estupefactos todos. Hubo unos momentos de silencio. Varios acudieron al fin solícitos preguntándole:

—¿Qué te pasa, Mercedes? ¿Te has puesto mala? ¿Qué te pasa, hija, qué te pasa?

—¡Qué le ha de pasar!—exclamó su hermana Isabel roja de ira—. ¡Que se ha caído de tonta!

Y su madre y su prima se lanzaron al mismo tiempo indignadas y enfurecidas sobre ella.

—¡Cómo!... ¿No te da vergüenza? ¡Llorar por un hombre que se burla de ti! ¡Loca!, ¡más que loca! ¡Vaya un paso chistoso!

La joven, sin responder a tales invectivas, seguía llorando con el rostro entre las manos.

Entonces Velázquez avanzó hasta colocarse entre ella y las que la injuriaban, y dijo gravemente con voz temblorosa:

—Si lo que ustedes dicen es cierto, si las lágrimas de esa niña se vierten por mí, sólo puedo demostrarles que no he querido burlarme ofreciéndoles casarme mañana mismo con ella... Ya sé que no la merezco, pero juro por mi salud que haré cuanto pueda por merecerla.

Al oir estas palabras, un grito de júbilo estalló en la reunión. Todos palmoteaban; todos chillaban dirigiéndose exclamaciones de asombro y de gozo.

—¡Tiene gracia! ¡Venir a un duelo y salir un casorio!...—A mí me daba el corazón que los dos se querían...—¡Y a mí!—¡Y a mí!

El señor Rafael, loco de alegría, gritaba:

—¡Vivan los novios! El día qué os caséis prometo emborracharme..., lo que no hice en los días de la vida.

Y empujando al mismo tiempo a Velázquez contra Mercedes, añadía:

—¡Anda! ¡Abrázala, cobarde!... ¡Hazte cuenta que no somos nadie!

Pepa y Paca alzaban a su vez a Mercedes y la empujaban hacia su novio. Este la abrazó con efusión.

—Ya no hay viaje, capitán—dijo luego volviéndose al de la corbeta.

—La primera vez que me alegro de separarme de ti, Velázquez—repuso éste estrechándole la mano.

Acometidos de un vértigo, todos hablaban y nadie se entendía. Mas he aquí que el prudente Frasquito se acerca a Velázquez y le dice misteriosamente:

—Oye, chico, pero ¿vas a perder el dinero del pasaje?

El majo suelta una ruidosa carcajada y exclama dándole afectuosas palmadas en la espalda:

—¡Sí que lo pierdo! ¿Quieres aprovecharlo tú?

El señor Rafael había oído la carcajada y se acercó para saber lo que se trataba. Velázquez le informó riendo. Dió el viejo un paso atrás y, mirando fijamente a su sobrino, se santiguó diciendo con gravedad:

—Sobrino, no nos separamos. Yo no deshago la sociedad. Eres el único sabio que hay en Cádiz. Déjame, por Dios, que cuente este golpe a todo el mundo para honra de la familia.

—¡Tío, no la enredemos ahora que estamos todos alegres!—exclamó Frasquito exasperado.

—¿No quieres que lo cuente? Está bien: te guardaré el secreto. Pero de aquí en adelante hazte cuenta que no eres mi sobrino... ¡Quiero que seas mi tío!

Velázquez atajó la disputa llevándose a Frasquito. Todos se despidieron del capitán afectuosamente y de nuevo bajaron la escala, acomodándose como mejor pudieron en las dos lanchas que los habían traído. Una vez en ellas, como el día continuase sereno y el mar sosegado, a uno de ellos se le ocurrió acompañar a la corbeta algún trecho. Se aceptó con regocijo la idea. El capitán hizo al instante levar anclas y el buque, arrastrado penosamente por sus dos botes, emprendió una marcha lenta hasta llegar a paraje abierto donde pudiera desplegar las velas. Las lanchas le daban escolta.

Reinaba el júbilo en éstas, cambiándose entre unos y otros mil bromas y donaires. El blando movimiento de las olas y la fresca caricia de la brisa excitaban más su alegría. Velázquez no se había sentado al lado de Mercedes. Por un sentimiento de delicadeza prefirió colocarse entre sus futuros suegros. Cuando el bullicio se hubo calmado un poco, les habló en voz baja de este modo:

—Un sueño me parece lo que está pasando. Me encuentro sentado entre ustedes; veo allí a Mercedes, con la cual no tardaré en casarme, y apenas puedo creerlo. Dios no ha querido que fuese a morir en tierras extrañas, sino que viva entre mis amigos al lado de una esposa que no merezco. Después de Dios a ustedes se lo debo. Quisiera poder demostrarles mi agradecimiento no con palabras, sino con hechos. Creo que la mejor manera será haciendo a su hija feliz y a esto me comprometo... Aquel Velázquez calavera, mujeriego y pendenciero se marcha en ese barco para el Perú. El que aquí queda es un hombre decente que sabrá mientras viva querer a su esposa y respetarles a ustedes.

El viejo Cardenal aprobó con la cabeza las palabras del majo; pero la madre replicó con acento en que se traslucía aún la cólera:

—No creas que te entrego a mi hija de buena voluntad. Lo hago porque la conozco y sé que si la contrariase enfermaría. A mí no se me olvidan los desaires que la has hecho y si estuviese en su lugar puedes estar seguro de que no volverías ahora tan satisfecho a Cádiz.

—¡Silencio, mujer!—interrumpió el padre con energía, y volviéndose a Velázquez añadió gravemente:—Las mujeres perdonan mejor los agravios que las hacen que los que hacen a sus hijos. Eres nombre de juicio y sabrás disimular el resentimiento de una madre. Yo te doy mi palabra de que haciendo feliz a Mercedes no tardará en desaparecer.

Llegaron al fin a la mar libre. La Esperanza izó algunas velas y su tripulación dejó los botes para subir a bordo. Los remeros de las lanchas recibieron orden de mantenerse quietos. Todos se despidieron con mucha gritería del capitán e inmediatamente pusieron proa a la ciudad.

El sol iba a ocultarse. El firmamento azul se teñía de púrpura en Occidente con viva incandescencia que ascendía hasta el cenit, fundiéndose gradualmente en tintas de grana y oro hasta perderse en suave y maravilloso rosicler. El vasto Océano llameaba recibiendo en su seno con misterioso temblor el disco del sol, grande, rojo, resplandeciente. Todos se alegran contemplando este sublime espectáculo. La fresca brisa de la tarde baña su rostro. Vuelven los ojos a tierra y su gozo aumenta viendo a Cádiz surgir de las aguas con su ceñidor de espumas, con su crestería que los rayos del sol doran como la corona gigantesca del dios de los mares.

En aquel momento, Soledad preguntó a Uceda en voz baja:

—¿Sigues en tu idea de marcharte a Sevilla?

—Sí.

—Yo también me voy.

—¿A qué?—dijo el caballero fingiendo sorpresa.

—No lo sé—replicó la joven pugnando por no llorar.

Guardaron silencio unos instantes. Uceda le dijo al fin con sonrisa benévola tomándole una mano:

—Escucha, Soledad. ¿Ves ese hermoso sol que va a desaparecer? Tú sabes que mañana volverá a lucir en el cielo tan hermoso como hoy. Así sabía yo que tu amor volvería. Porque en este mundo el amor engendra al amor, pero el capricho sólo engendra al hastío. A pesar de tus locuras te he seguido queriendo porque adivinaba en ti un espíritu infantil a quien no se puede exigir la responsabilidad de sus actos y también porque respetaba en mí el primer amor que tú habías logrado inspirar. Aun hoy te quiero con toda mi alma, pero...

—Sí, ya sé que no puedo ser tu esposa. Seré tu criada..., tu esclava—interrumpió Soledad con ímpetu.

—¡Silencio! Para el hombre de corazón nada hay más imposible que la maldad. Una voz interior me dice que he nacido para protegerte, para salvarte de la infamia. Confíame tu suerte. Ignoro lo que serás con el tiempo para mí, pero puedes estar segura de que nada haré que pueda rebajarte. Sin tregua ni descanso trabajaré desde hoy por elevarte, por dignificarte, para sacar de ti el ser inocente y noble que mi cariño me ha dicho siempre que existe.

Así habló el caballero de Medina. La joven escucha estas palabras con alegría, y sus bellos ojos se nublan de lágrimas.

Las lanchas bogaban apresuradamente hacia el puerto envueltas en rojizos resplandores. La Esperanza izaba a lo lejos todas sus velas, que se hinchaban al soplo de la brisa. Su casco negro, robusto, se inclinaba suavemente para hender el cristal de las aguas. El capitán, desde lo alto del puente, saludaba con su gorra blanca.

LA FE

ERA lógico que esta novela produjese escándalo. El título mismo predispone a ello. Luego, un sacerdote que duda de las verdades de la religión. Cierto había motivo para escandalizarse y no han dejado de hacerlo algunas almas timoratas, más timoratas que instruídas.

Si lo estuviesen suficientemente sabrían que es de hombres el dudar, no de bestias. Y si hubieran leído las admirables cartas de San Francisco de Sales podrían comprobar que a su juicio “pocos marchan con más rapidez en el camino de la perfección que aquellos a los que la duda combate.”

Verdad que existen almas privilegiadas para las cuales la duda es imposible. Han entrado en el cielo y nada ni nadie puede arrancarlas de él. Admirémoslas y envidiémoslas. Pero no menospreciemos a las que luchan y sangran para que sus puertas se les abran.

Compláceme el saber que mi novela ha dado consuelo a otras personas, y que gracias a ella han logrado el sosiego de su alma. Esto no obstante, repito aquí lo que he dicho en el prefacio de la última edición: “Si la única autoridad que yo acato en esta materia juzgase que hay en la presente obra algo que necesite corrección, corregido y borrado queda desde ahora mismo, pues yo no pretendo dar a este ni a ningún otro de mis escritos, más alcance que el que pueda ajustarse con las doctrinas de la Iglesia Católica, a las cuales me glorío de vivir sometido.”

CRUEL DESENGAÑO

La acción se desarrolla en Peñascosa puerto de mar secundario de la costa cantábrica. Don Alvaro Montesinos era un mayorazgo a quien una educación austera y un temperamento enfermizo habían hecho huraño y sombrío. Muerto su padre había venido a Madrid. Dotado de claro entendimiento se había entregado con ardor a la lectura lo cual terminó de arruinar su salud. Se hizo un sabio incrédulo y pesimista. Al cabo se enamoró ciegamente, como suele acaecer a los hombres estudiosos y retraídos, de una joven elegante y sin dinero llamada Joaquina Domínguez. Esta le aceptó como esposo no porque compartiera su amor sino por interés, pues Don Alvaro era rico. Transcurridos algunos meses Joaquina se dejó enamorar por un joven aristócrata y propuso a su marido hacer un viaje por el extranjero. Don Alvaro cedió a este capricho. En Marsella la infiel esposa le abandonó escapándose con su amante y robándole todo el dinero que llevaba. Entonces Montesinos se refugió en su viejo palacio de Peñascosa y allí vejetó tres años devorando su humillación y entregado al más negro pesimismo. Al cabo de este tiempo su perversa mujer sintiéndose en cinta, viene a Peñascosa con pretexto de pedirle perdón, pero en realidad, para dormir una noche en la casa conyugal y obtener de este modo por la ley la legitimación del fruto adulterino que llevaba en sus entrañas. Busca al P. Gil para que le introduzca cerca de su marido.

AL tirar del cordel grasiento, el mismo tañido lúgubre que tanto había impresionado al P. Gil la vez primera que puso los pies en aquella casa, produjo a ambos un estremecimiento de temor y ansiedad. No tardó en oirse la voz cascada de Ramiro.

—¿Quién es?

—Gente de paz.

—¿Quién es?—tornó a preguntar.

—Soy yo, Ramiro. Abre—respondió el sacerdote.

La puerta giró pausadamente sobre sus goznes y apareció la silueta del viejo, débilmente esclarecida por la luz de la lamparilla que ardía sobre el dintel.

—Pase usted, señor excusador—dijo sin percibir a la dama, que se había ocultado detrás de éste. Pero viéndola al fin, dió un paso atrás y, abriendo los brazos en actitud de impedir la entrada, exclamó:

—¡Ah! ¿Vuelve usted acompañada?... Pues ni por esas... ¡No entrará usted, no!

—Vamos, Ramiro—dijo con dulzura el sacerdote, poniéndole una mano sobre el hombro,—déjanos paso, que este es un asunto delicado y que no te concierne.

—Pase usted cuando quiera, pero esa mujer no puede pasar.

—¿Por qué no puede pasar?—preguntó con entereza el sacerdote, alzando la cabeza.

—Porque aquí no entran p... ni ladronas.

Ante aquella injuria bárbara la dama se tapó el rostro con las manos y dejó escapar un gemido. El P. Gil se puso rojo, y tomando al viejo por un brazo, le sacudió con violencia.

—Sea usted más comedido, y ya que no respete la sotana que visto, guarde los miramientos que se deben a las señoras. Ante Dios y ante los hombres ésta es la esposa legítima de su amo de usted. Déjeme el paso franco, que a usted no le toca en éste asunto más que oir, ver y callar.

Y dando un empellón al viejo, se volvió diciendo:

—Venga usted, señora.

Pero Ramiro, agitado, convulso, como si fuera a caer presa de un síncope se puso a correr delante de ellos, gritando:

—¡Alvaro, Alvaro! ¡Que entra la z... en tu casa!

Dos criadas se asomaron a la escalera y contemplaron con estupor la escena. El viejo se detuvo en el principal; subió hasta el segundo, dando los mismos gritos. El P. Gil, que le seguía con Joaquinita, dijo a ésta al llegar al piso primero:

—Quédese por ahora aquí; yo subiré solamente.

Cuando llegó al segundo tropezó con D. Alvaro que salía a punto de su habitación. Su rostro, siempre pálido, lo estaba ahora tanto que daba miedo. En cuatro palabras Ramiro le había enterado de lo que ocurría. Por la tarde, cuando por primera vez había venido la esposa infiel a la casa, no lo había hecho. D. Alvaro no pronunció una palabra. Cogió con mano convulsa por un brazo al sacerdote y le hizo entrar en su gabinete. Luego cerró con cuidado la puerta.

—¿A qué viene esa mujer?—preguntó haciendo inútiles esfuerzos por aparecer sosegado. La voz salía de su garganta débil y ronca.

—Viene a implorar su perdón.

—Se equivoca usted; viene por dinero—repuso sonriendo ya forzadamente.

El P. Gil permaneció un instante silencioso y dijo al cabo:

—No me atrevo a asegurar a usted nada. Parece que está arrepentida... Su acento es sincero y ha llorado con verdadero dolor en mi presencia.

Un relámpago de ira pasó por los ojos del hidalgo. En aquel tropel de emociones que se agitaban en su espíritu, la indignación logró vencer a todas las demás y profirió con acento despreciativo:

—Estoy perfectamente convencido de que no viene más que por cuartos... pero de todos modos, me importa un bledo su arrepentimiento y su sinceridad... Si está arrepentida, que pida a un cura la absolución. El figurarse por un instante que yo puedo perdonarla es un nuevo insulto, es una idea que sólo cabe en un alma tan miserable como la suya.

—El perdón jamás degrada. Es la virtud que más ennoblece al ser humano—manifestó el clérigo, sorprendido.

D. Alvaro le clavó una larga mirada colérica. Después alzó los hombros con desdén y dijo:

—Está bien: dejemos eso. Lo que importa es que, ya que la ha traído, se lleve usted inmediatamente a esa señora.

—Me atrevería a suplicarle que, aunque no la perdone, le permita al menos hablar con usted... Quizá tenga algunas revelaciones que hacerle.

—No soy curioso. Puede guardarse sus revelaciones o confiarlas a quien se le antoje... Por mi parte (escuche usted bien lo que voy a decirle)—al mismo tiempo le cogió con mano crispada la muñeca,—por mi parte, ni ahora ni nunca cruzaré con ella la palabra... Puede usted decírselo.

El P. Gil bajó la cabeza y permaneció silencioso, mientras el mayorazgo comenzó a pasear agitadamente por la estancia con las manos en los bolsillos. De vez en cuando se dibujaba en su rostro una sonrisa sarcástica y dejaba escapar por la nariz un leve resoplido que acusaba la tensión de su espíritu, como el pito revela la tensión de la caldera de vapor.

—Ya que eso no pueda ser—manifestó al cabo de un rato con suavidad el sacerdote,—usted comprenderá, D. Alvaro, que esa señora no puede irse a dormir fuera de esta casa sin dar pábulo a las malas lenguas, sin renovar conversaciones que no deben renovarse. Por egoísmo, ya que no por caridad, debe usted consentir que su esposa duerma hoy en esta casa, pues no creo que le convenga a usted escandalizar a la población.

D. Alvaro prosiguió sus paseos agitados sin responder palabra, como si no hubiese oído la proposición del sacerdote. Al cabo de un rato se plantó delante de él y, mirándole fijamente, dijo:

—Está bien. Dígale usted que, si es su gusto, no hay inconveniente en que duerma en esta casa... aunque se necesite bien poca dignidad para aceptarlo—añadió bajando la voz y recalcando las sílabas.—Y si quiere dinero para el viaje de vuelta, Osuna se lo proporcionará.

—Le doy las gracias por esta deferencia, pero me voy muy triste—replicó sonriendo el P. Gil.—Cualquier sacrificio haría por borrar de su memoria la ofensa recibida y soldar de nuevo la cadena de su matrimonio. ¡Cuánto daría en este momento por ser un hombre elocuente!...

—La elocuencia, señor excusador, ha servido en este mundo para que se cometiesen grandes vilezas; pero creo que ninguna lo sería mayor que la que usted me propone.

—Para usted es una vileza lo que para mí sería un acto noble y generoso, propio de un imitador de Cristo. No nos entendemos en lo que se refiere a lo que es dignidad o indignidad...

—Lo siento por usted, padre—repuso el mayorazgo, tendiéndole la mano.

—Y yo por usted, D. Alvaro. Buenas noches.

Al quedarse solo éste siguió paseando todavía unos momentos; luego se paró delante del cordón de la campanilla y tiró con fuerza. No tardó en presentarse Ramiro.

—Esa mujer está ahí... ¿Quieres que la eche?—preguntó el viejo, sin aguardar las órdenes de su amo.

—No. Condúcela a la sala, enciende todas las lámparas y avisa a Dolores que suba.

El criado permaneció inmóvil, mirándole con sorpresa.

—¿Y vas a consentir que esa...

—¡Silencio!—exclamó el mayorazgo con energía, llevando el dedo a los labios.—Haz inmediatamente lo que te mando.

El viejo se alejó gruñendo. Al instante se presentó la doncella.

—Dolores, di a la cocinera que prepare cena para la señora que está abajo, y que haga todo lo que sepa. Ilumina el comedor, saca la vajilla fina, arregla el gabinete azul y toma del armario la ropa mejor para ponerla en la cama... Que no le falte absolutamente nada. Ayúdala a desvestirse: cualquier cosa que ordene la hacéis inmediatamente. ¿Estás enterada?

—Sí, señorito; pierda usted cuidado, que se la tratará como quien es.

D. Alvaro dirigió una mirada oblicua a la doncella y se apresuró a decir, algo acortado:

—Despáchate pronto y enséñale el gabinete azul. Si desea dormir en otro lado, puedes mostrarle también el que llamáis cuarto del obispo.

Otra vez quedó solo y otra vez emprendió su paseo nervioso de un ángulo a otro de la cámara. A pesar de la fortaleza y sosiego que había mostrado para rechazar las súplicas del P. Gil, su cerebro trabajaba agitado, febril. Aquella visita tan inesperada removió los recuerdos felices y aciagos que se habían depositado en el fondo de su ser, y que ya no le molestaban. Su vida matrimonial, que en aquellos tres años se había ido alejando de su memoria como un sueño que la claridad de la aurora desvanece, surgió de pronto delante de sus ojos, tan próxima que la tocaba con la mano. Ni un pormenor faltaba al cuadro. Y ante aquella visión sentíase turbado, como si los sucesos acabasen de efectuarse.

Después de pasear algunos minutos a grandes trancos, comenzó a detenerse a menudo, prestando oído a los ruidos que llegaban del piso primero. Adivinaba más que percibía los preparativos que la servidumbre estaba ejecutando en obsequio de aquella vil mujer que le había revelado toda la negrura y todo el dolor de la existencia: “Ahora bajan la lámpara del comedor... Ahora sacan la vajilla... Deben de estar haciendo la cama... Ha salido gente: será Rufino a buscar a la tienda alguna cosa... Parece que están hablando en el gabinete azul...”

Ya no paseaba. Con el oído pegado a la cerradura, recogía ávidamente todos los rumores que llegaban de abajo. Y como llegaban demasiado confusos, concluyó por abrir la puerta, avanzar cautelosamente hasta el pasamanos de la escalera y escuchar desde allí, inmóvil, recogiendo el aliento. Había imaginado vagamente que su esposa, una vez sola y libre, subiría hasta su cuarto para hablarle. Lo hubiera deseado, para darse el gozo de arrojarla con algunas frases despreciativas que le llegasen hasta el fondo del alma. Hubo un instante en que pensó que este deseo se realizaba. Sintió pasos en la escalera: toda su sangre fluyó al corazón: se apresuró a dejar el pasamanos y a meterse de nuevo en el cuarto. Era Dolores que subía a pedirle una llave. Cuando se fué tornó a su espionaje: permaneció en la escalera larguísimo rato sin saber por qué hacía aquello. Escuchó el rumor confuso de la conversación de Dolores y su mujer. La doncella era charlatana: Joaquinita también tenía un temperamento expansivo: la plática se animaba cada vez más. Hasta se le figuró percibir algunas alegres carcajadas de su esposa, que le sorprendieron más que le indignaron. Por fin notó que se ponía a cenar. Dolores iba y venía con los platos. Terminó la cena. La doncella se detuvo en el comedor y prosiguió la charla. Cansado de estar en pie, se sentó en uno de los peldaños de la escalera. Al hacerlo sintió vergüenza y comenzó a darse alguna cuenta vaga de las emociones que embargaban su espíritu. Una hora larga esperó de aquel modo, percibiendo el rumor confuso de las voces, en el cual nada podía distinguir, ni siquiera cuál era la de su esposa y cuál la de la criada. Al cabo observó que salían del comedor. Todavía se figuró que su mujer aprovecharía aquella ocasión para subir a visitarle. Se puso en pie vivamente y se preparó a meterse en su cuarto tan pronto como sintiese pasos en la escalera. Pero esperó en vano. La señora se dirigió con Dolores hacia el gabinete azul. Sintió cerrarse la puerta tras ellas: luego notó que se abría de nuevo y salía la doncella y tomaba el camino de su cuarto. Sin duda había ayudado a desnudarse a la señora y la dejaba en la cama.

Con la cabeza entre las manos, los codos apoyados sobre las rodillas, permaneció inmóvil, abstraído, escuchando ya solamente la voz de su pensamiento y los latidos de su corazón. Un vivo despecho, del cual no quería darse cuenta, le mordía cruelmente las entrañas. Sentía la necesidad de avistarse con su mujer, de injuriarla, de escupirla, de abofetearla. ¿Por qué hacía unos instantes se había negado a recibirla, y ahora ansiaba de aquel modo tenerla delante? El mayorazgo creía que era porque su odio y su indignación habían crecido. No supo el tiempo que permaneció en aquella postura. El deseo de verse frente a su esposa ardía cada vez más vivo en su pecho, le ponía inquieto, excitado; se iba convirtiendo en una fiebre, en una rabia intensa que le devoraba. ¡Oh, tenerla entre sus manos, apretarla hasta hacerla gritar de dolor, hacerla padecer en el cuerpo lo que él había padecido en el alma! Puntas de hierro candentes le pinchaban por la espalda; las manos le temblaban como si le pidieran una estrangulación con que calmar sus ansias. Un calor insoportable le subía de las piernas al cerebro. Las tinieblas se espesaban, le envolvían en una atmósfera tibia, sofocante, como si se hallase en un subterráneo. Hubo un instante en que pensó que no podía moverse: los miembros entumecidos se negaban a obedecer a su voluntad. Hizo un esfuerzo, sin embargo, como si tratase de romper una tela que le sujetara, y se puso en pie.

Se dirigió con paso vacilante a su cuarto. La luz del quinqué que ardía sobre la mesa le hirió de tal modo que estuvo a punto de caer ofuscado. Apagóla de un soplo, buscó a tientas la ventana y la abrió de par en par. Una ráfaga viva de viento y agua le azotó el rostro y penetró rugiendo por la estancia, echando a volar los papeles de la mesa. D. Alvaro aspiró con delicia el aire frío y húmedo, asomóse a la ventana y expuso su frente ardorosa a la inclemencia del chubasco. Las mil agujas de la lluvia se le clavaron en las mejillas y convertidas en lágrimas las bañaron completamente. Por algunos minutos gozó con voluptuosidad de aquel frío, apeteciendo que le penetrase en el cerebro y sosegase su desordenada actividad. La noche no era tenebrosa. A pesar del espeso toldo de nubes, la luz de la luna conseguía cernirse y esparcía una débil y triste claridad. Sólo cuando algún nubarrón más espeso y más negro pasaba por delante de ella descargando su fardo de agua, la luz se extinguía casi por completo. Las olas se estrellaban contra los peñascos que sirven de baluarte al Campo de los Desmayos. El viento silbaba entre las grietas de la torre de la iglesia. La música lúgubre de los elementos embravecidos calmó un poco la fiebre del hidalgo.

Consolado por aquel refresco, respiró con libertad: se creyó dueño de sí. Sin embargo, a los pocos instantes el mismo deseo agudo, candente, volvió a pincharle el cerebro. ¡Oh, tener delante a la infame, vomitarle en el rostro las injurias que su dolor y su indignación habían acumulado durante tres años; luego cogerla así por el cuello y retorcérselo! Aquel instante de placer compensaría los tormentos que había experimentado. Un minuto que valía por toda una existencia de dolor. ¿Y por qué no gozarlo? ¿No tenía en su poder al verdugo de su dicha? ¿No estaba allí debajo, durmiendo tranquilamente, mientras él se agitaba todavía entre crueles torturas? Apartóse un poco de la ventana y se secó el rostro con el pañuelo. Sintió que era impotente para luchar con aquel apetito de venganza. Toda su filosofía despiadada, indiferente, se había ido a pique. El mundo dejó de ser pura representación; se convertía en realidad innegable; la vida adquiría el valor absoluto que tiene para todo ser finito. Era forzoso, a despecho de la razón, satisfacer los instintos animales que gritan en el fondo de nuestro ser. En vano, para calmarse, se decía que todas aquellas emociones nada valían ni significaban en el curso eterno de las cosas, que dentro de muy poco todo sería humo: en vano se representaba la imbecilidad del ser humano, luchando y padeciendo en holocausto de una fuerza que se burlaba de él. Todos sus pensamientos se estrellaban contra un anhelo poderoso, irracional, que le dominaba. El bruto, como sucede siempre, podía más que el filósofo.

Buscó a tientas la salida, y apoyándose en las paredes llegó hasta la escalera. Al bajar el primer peldaño, sus botas rechinaron en el silencio de la casa. Sentóse y se despojó de ellas. Luego se deslizó hasta abajo sin hacer el menor ruido. Sin tropezar, por el conocimiento perfecto de la casa, avanzó por los corredores hasta llegar a la puerta del gabinete azul. En aquel momento el gran reloj del comedor dió una campanada. No supo a qué hora pertenecía esta media. Acercó el oído a la cerradura y estuvo un rato escuchando sin percibir ruido alguno. Indudablemente Joaquina estaba ya durmiendo. Entonces se deslizó hasta la puerta de escape que la alcoba tenía en el pasillo y volvió a poner el oído. Al cabo de un momento pudo oir una respiración igual y serena. Un vivo estremecimiento corrió por todo su cuerpo al percibirla. Sintió un nudo en la garganta, pero un nudo de fuego; el corazón quería saltarle del pecho: apoyó las manos sobre él para apagar el ruido de las palpitaciones. La traidora dormía tranquilamente sin curarse de él. ¿Aquel deseo de reconciliación era, pues, una farsa? ¿Venía a buscar dinero solamente? ¡Qué miserable! ¡Qué mujer tan odiosa!

Empleando todas las precauciones imaginables, levantó el pestillo de la puerta y empujó. Tenía el pasador echado por dentro. Entonces se fué a la puerta del gabinete. Aquélla estaba abierta. Avanzó por la estancia sobre la punta de los pies conteniendo la respiración, llegó hasta la alcoba y levantó las cortinas. Dió un paso más y chocó con la cama: puso la mano sobre ella y la deslizó hacia la cabecera. Sintió la presión del cuerpo de su esposa al hincharse con la respiración. Acercó el rostro hacia el sitio donde debía de estar la cabeza de la dama, y dijo muy quedo:

—Joaquina, Joaquina.

No despertó.

—Joaquina, Joaquina—repitió.

Tampoco hizo movimiento alguno. Entonces la sacudió levemente por el hombro, llamándola de nuevo.

La dama dió un grito y despertó despavorida.

—¡Jesús! ¿Quién es? ¿Quién va?

—No te asustes, soy yo—dijo con voz débil el mayorazgo.

—¿Quién? ¿Quién?—replicó la dama, con señales de terror en la voz, echándose hacia la pared.

—Soy yo, soy Alvaro... Mira—añadió con voz temblorosa,—sé que has venido a hacer las amistades... Has hecho bien... Olvidémoslo todo, comencemos una nueva vida...

La dama no respondió. Metida contra la pared, escuchábase su respiración aún anhelante por el susto.

—Hice esfuerzos sobrehumanos para olvidarte—prosiguió con la voz misma temblorosa, apagada por la emoción,—pero fueron inútiles... Estás metida a hierro y fuego dentro de mi pecho... Has sido mi primero, mi único amor en este mundo... Me has hecho mucho daño, ¡mucho! pero aunque me hicieses mil veces más, no se borrarán de mi alma los momentos de dicha embriagadora que te debo... ¡Te quiero, sí, te quiero, te adoro!... Aunque me llamen cobarde, indigno, lo repetiré a la faz del mundo entero... ¡Si supieses cuánto he sufrido! No ha sido mi dignidad, mi orgullo destrozado, lo que me ha hecho padecer... Mi corazón es el que ha sufrido... ¡Qué desconsuelo! ¡Qué tristeza tan honda! Parecía como si una mano helada me arrancase suavemente las entrañas... Pero ya pasó todo... ¿Verdad que ya pasó?... Comenzaremos a amarnos de nuevo, como aquella tarde en que te estreché entre mis brazos por primera vez, en una calle de árboles de los jardines de Aranjuez...

El mismo silencio por parte de Joaquinita.

—Contéstame... ¿Te he asustado, vida mía? Perdóname... ¿Por qué no has salido luego que se fué ese cura?... ¿Pensabas que iba a arrojarte?... No, preciosa mía... no... Te quiero, te adoro...

Al mismo tiempo, alargando las manos, tropezó con una de su esposa, la cogió y la llevó a sus labios con entusiasmo. La dama la retiró prontamente.

D. Alvaro quedó sobrecogido.

—¿Por qué me retiras tu mano?... ¿No te tiendo yo la mía, y soy el ofendido?... ¿No has venido a reconciliarte conmigo?...

—Sí, sí, Alvaro—murmuró ella.—A eso he venido... Me has asustado...

—Perdóname, Joaquina... ¡Si supieses qué alegría me causa el oir tu voz! Pensé que nunca ya, ¡nunca ya! la volvería a oir. ¿Quieres ser mi esposa?—añadió bajando la voz, inclinándose para acercar la boca al rostro de la dama.—Déjame un sitio a tu lado, hermosa... Déjame ser una noche feliz...

—No, Alvaro, ahora no—volvió a murmurar la esposa infiel.—Mañana... Déjame, estoy muy cansada... Déjame hasta mañana...

—No te molestaré. Me estrecharé cuanto pueda y dormirás tranquila...

—No, ahora no puede ser... Mañana.

—¿Por qué no? ¿No quieres ser mi mujercita? ¿No quieres que seamos felices otra vez, como en aquellos primeros meses de nuestro matrimonio?

—Sí, lo quiero... Pero ahora estoy muy nerviosa... Deseo quedarme sola... Mañana será otro día, y te prometo ser tuya... Ahí tienes mi mano... Vete a dormir, Alvaro... Hasta mañana.

Montesinos buscó en la obscuridad aquella pequeña y hermosa mano, que tan bien conocía, y la apretó contra sus labios perdidamente, la devoró a besos. Joaquina la abandonó en su poder, esperando que al cabo se marcharía. Soltóla, en efecto, pero fué para echarle los brazos al cuello y apretarla contra su pecho, loco, perdido de amor, aplastando sus labios con besos brutales, frenéticos. La dama forcejeó rabiosamente para desasirse, y lo logró, haciendo tambalearse a su marido de un empellón.

—¡Te he dicho que no quiero, que no quiero!—le gritó con voz colérica.—Si vuelves a tocarme, me marcho desnuda como estoy por esas calles... ¡Vete! ¡Vete!

D. Alvaro quedó clavado al suelo por el estupor. No eran sus palabras las que le dejaban frío, horrorizado; era aquella voz aguda como la hoja de un puñal, que le llegaba hasta lo más hondo del pecho.

—¡Vete! ¡Vete!—repitió ella alzando aún más el grito.

En aquel momento ni un pensamiento cruzaba por el cerebro del mayorazgo: todas sus facultades quedaron aniquiladas, rotas por la sorpresa y el horror del golpe. No sentía más que una viva impresión de anhelo, como si se hubiese caído de algún sitio muy elevado y estuviese aún por el aire. El mundo desapareció en medio de aquella oscuridad: nada existía en las tinieblas que le envolvían, ni siquiera su pensamiento. Sólo quedaba una voz estridente, fatal, y un gran dolor, un dolor eterno.

—¡Vete! ¡Vete!

Tropezando con los muebles, brincando como si escapase de una catástrofe, salió de aquella estancia. Se encontró en la escalera agarrado fuertemente al pasamanos para no caer. Allí se detuvo y quiso coordinar sus ideas. ¿Por qué corría? ¿Qué había pasado? No se daba razón de aquella huída repentina. Trató de volverse y penetrar de nuevo en la estancia de su esposa y entrar en explicaciones; pero las piernas se negaron a obedecerle. Un horror instintivo, como si hubiese delante un pozo negro y hondo, le detuvo. Avanzó, cogiéndose con ambas manos a la barandilla, y llegó hasta su cuarto. El huracán, penetrando por la ventana abierta, se había enseñoreado de él; los papeles volaban, los muebles a que se iba agarrando estaban mojados. Sus manos tropezaron en el sillón del escritorio, y se sentó sin intentar siquiera buscar las cerillas ni cerrar la ventana. Así permaneció inmóvil, con los ojos desmesuradamente abiertos en la obscuridad, sin sentir el frío que le penetraba hasta los huesos ni el agua de los chubascos que le bañaba a intervalos la cabeza, no pudiendo determinar si el rumor que le ensordecía y le mareaba era realmente el de las olas o sonaba tan sólo en su cerebro.

Así le sorprendió la claridad del día, un día triste y sucio, como casi todos los del invierno en Peñascosa. Alzóse al fin, como un sonámbulo, entró en la alcoba y se dejó caer pesadamente en la cama. Ramiro no pudo despertarle a las nueve para tomar el desayuno. Era un sueño invencible, de aniquilamiento, semejante a la muerte. Dormía en una inmovilidad absoluta, con los ojos entreabiertos y el rostro densamente pálido. Cuando a las tres de la tarde salió de aquel profundo letargo, supo, sin asombro alguno, que su esposa se había marchado en la diligencia de Lancia.

LA ALDEA PERDIDA

LA Aldea perdida, que he titulado novela-poema, es en efecto tanto un poema como una novela. Y si Dios me hubiese dotado con la facultad de fabricar versos armoniosos como a Garcilaso de la Vega, seguramente la escribiría en verso.

Está empapada toda ella de los recuerdos de mi infancia. Su escenario es la pequeña aldea de las montañas de Asturias donde he nacido y donde se deslizaron muchos días, si no todos, los de mi niñez.

Para un niño aquellas peleas a garrotazos entre un puñado de rústicos, que a un hombre le causarían risa, tomaban proporciones colosales, homéricas. Quizá hoy si presenciásemos las luchas homéricas entabladas ante los muros de Troya, nos harían reir también.

Después he visto aquel amado valle natal agudamente conmovido por la invasión minera. Su encanto se había disipado. En vez de los hermosos héroes de mi niñez vi otros hombres enmascarados por el carbón, degradados por el alcohol. La tierra misma había también sufrido una profunda degradación. Y huí de aquellos parajes donde mi corazón sangraba de dolor y me refugié con la imaginación en los dulces recuerdos de mi infancia. De tal estado de ánimo brotó la presente novela.

Es la primera y única vez que dejé su nombre verdadero a esta región. La había ya descrito en El Señorito Octavio y en El Idilio de un enfermo con nombre supuesto. Aquí no sólo conservé los nombres de los sitios, sino también los de algunos personajes que en la acción intervienen. La casa de Entralgo es la mía solariega. Su dueño, D. Félix Ramírez del Valle era mi abuelo, a quien sólo guardé sus iniciales, pues se llamaba D. Francisco Rodríguez Valdés. Su criado Linón de Mardana, que lo fué después de mis padres y por último mío, murió hace cuatro años de más de noventa.

A nadie sorprenderá, pues, mi predilección por esta novela. Si hubiesen de perecer todas y se salvase una del olvido, quisiera que fuese ésta. La escribí para mí únicamente como el hombre que se divierte haciendo solitarios con una baraja. No pude imaginar que pudiera ser gustada más que por algunos viejos asturianos como yo. Sin embargo, contra todos mis cálculos, fué acogida con extraordinaria benevolencia, y es una de las que más se han popularizado. Algunos críticos, con razón o sin ella, la prefieren a todas las otras. Tan cierto es que en literatura nada hay mejor que dar gusto a sí mismo para dárselo a los demás.

EL DESQUITE