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Chapter 21: ADIOS
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About This Book

Se reúne un conjunto de ensayos, prólogos y pasajes narrativos en los que el autor examina su trayectoria literaria y sus principios creativos, prefiriendo la libertad expresiva frente a las servidumbres de la postura, la imitación y la moda. Aborda la influencia de los maestros, la tentación del naturalismo y la evolución del lenguaje como herramienta práctica más que como ídolo estilístico. Alternan reflexiones críticas con fragmentos de ficción que recrean la vida costera, la camaradería de los pescadores y la relación entre experiencia personal y retrato novelístico. Las piezas ofrecen un equilibrio entre autocrítica y demostración artística.

Los mozos del valle de La viana se hallaban divididos en dos bandos. De un lado, los de las parroquias de Lorío y Condado; de otro, los de Entralgo y Villoria. En las romerías era donde especialmente estallaban las reyertas y donde se apaleaban lindamente; pero también en particular y en días ordinarios solía haber algunos choques. Jacinto de Fresnedo, mozo de la parroquia de Villoria, galantea a Flora que es de Lorío. Una noche va a visitarla. Saliendo de su casa, tropieza en el camino con Toribión de Lorío y otros mozos, que le arrancan el palo, le golpean y le torgan. La torga consiste en amarrar el propio palo a la espalda de un mozo con los brazos en cruz y luego soltarle los pantalones, para que, formando grillete, apenas le deje caminar. Jacinto con gran dificultad logra llegar a su casa. Su primo Nolo de la Braña, que por desabrimiento con sus amigos se hallaba hacía tiempo apartado de las peleas, indignado con la humillación infligida a un pariente tan cercano, se decide a vengarle.

CUANDO un mensajero enviado de Villoria anunció a Nolo la humillación que los mozos de Lorío habían infligido a su primo, en el primer momento se resistió a creerlo. Rendido, sin embargo, a la evidencia, fué acometido de un furor insano que puso en huída al zagal que le trajo la noticia. Se arrancaba los cabellos, pateaba el suelo como un potro no domado, batía contra las paredes de su casa los aperos de la labranza, lanzaba terribles imprecaciones y amenazas. Al fin cayó en una calma más terrible aún que su furor. Quedó pálido y profundamente sosegado. Subió a su cuarto para vestirse el traje de los días de fiesta, el calzón corto de paño verde con botones dorados de filigrana, el chaleco floreado, la blanca camisa de lienzo que la tía Agustina había hilado con sus manos primorosas; ciñó a sus pies los borceguíes de becerro blanco, cubrió su cabeza con la montera picuda de terciopelo, echó en seguida sobre sus hombros la chaqueta; tomó su palo. Así ataviado se puso en marcha y bajó a Fresnedo. Llamó en una de las primeras casas; preguntó por uno de sus amigos; le dijo algunas palabras al oído. El semblante del mozo se contrajo. Nolo le hizo una pregunta en voz baja. Respondió el mozo con un signo de afirmación. Nolo se despidió. En esta forma recorrió las casas de los más bravos guerreros de Fresnedo. Luego envió emisarios a las Meloneras, a los Tornos y a Navaliego. Después bajó a oir misa a Tolivia.

A las tres de la tarde se reunían en las afueras de esta aldea hasta cincuenta mozos de los altos de Villoria, la flor de la juventud montañesa del valle de Laviana, y emprendieron la marcha hacia la romería del Otero. ¿Por qué tan tarde? A la hora en que llegaréis, galanes, la romería estará muy cerca de deshacerse: las hermosas zagalas buscarán ya con la vista a sus parientes para reunirse a ellos y tomar el camino de su casa. No importa. Hoy no es día de festejar a las rapazas.

Marchaban fieros y graves, el rostro contraído, la mirada fija. Ninguna chanza alegre se escuchaba entre ellos como otras veces: ni una palabra salía de sus labios. Sus pasos sonaban huecos y lúgubres por la calzada pedregosa. ¡Así os ví cruzar por Entralgo con vuestras monteras sin flores, con vuestros palos enhiestos como una nube que avanza negra por el cielo para descargar su fardo de cólera sobre alguna comarca próxima! Mi corazón infantil palpitó y desde el corredor emparrado de mi casa os grité:

—Nolo, ¿vais a zurrar a los de Lorío? ¡Llévame contigo!

Yo te vi sonreir, intrépido guerrero de Villoria. Alzaste la mano y me enviaste un gracioso saludo.

En vez de cruzar la barca, subieron un poco río arriba y lo salvaron por un vado descalzándose previamente. A toda costa no querían llamar la atención y caer sobre la romería de improviso. Una vez en el camino de la Pola ascendieron por la montaña hacia el santuario del Otero, no siguiendo el camino trillado, sino por senderos extraviados.

El campo donde la fiesta se celebraba era un prado casi circular y llano sobre la misma colina. Más de la mitad de él, por la parte superior, estaba rodeado de un espeso bosque de robles. Los de Fresnedo se ocultaron allí sin ser vistos de la gente de la romería.

Hallábase ésta en todo su esplendor. Hervía el campo con rumor gozoso de cantos y risas y pláticas ruidosas. Una muchedumbre vestida de día de fiesta discurría por él entrando y saliendo de la iglesia, parándose delante de los puestos de bebidas, comprando frutas y confites o agrupándose en torno de los bailarines. Debajo de un hórreo próximo al templo sonaban la gaita y el tambor y allí más de dos docenas de mozos y mozas se entregaban con furor al baile. Más lejos, en paraje descubierto, danzaban otros formando enormes círculos que giraban cadenciosamente al compás de sus cantos.

—Florita, ¿dónde tienes a Jacinto?—preguntó una joven de la Pola a la gentil molinerita de Lorío.

Ambas se hallaban próximas al hórreo contemplando el baile.

—¡Madre! ¿Es algún gato Jacinto que se trae y se lleva en una cesta?—respondió Florita enseñando para reir las perlas de sus dientes.

—Si no lo es, alguna vez quisiera convertirse, aunque no fuese más que para saltarte sobre el regazo.

—¡Calla, tonta! Pronto le diría ¡zape! Los gatos dejan muchos pelos en la ropa—exclamó la zagala dando un cariñoso empujón a su amiga que por poco le hace caer de espaldas.

—¡Vaya, que antes ya le pasarías la mano sobre el lomo!... ¡Pobrecito! ¡Pobrecito menino!

—¡Fu! ¡fu! ¡Zape!—gritaba la niña emprendiéndola a pellizcos con la burlona y retorciéndose de risa.

Sin embargo, al cabo quedó seria. Estaba sorprendida y despechada al mismo tiempo de no ver a su novio en la romería. ¿Se iría a hacer el desdeñoso aquel zarramplín después de haberle arrancado la confesión de su amor? Esta idea inquietaba su orgullo y arrugaba su frentecita.

—¿Lo ves cómo te quedas seria?—le dijo su amiga con ojos maliciosos.—No puedes ocultar que estás chaladita perdida por Jacinto.

Hizo un mohín de desprecio la linda morenita.

—¡Yo perdida por ese cachorro!... No me conoces, Carmela.

Y para demostrar lo contrario llamó a uno de sus primos que por allí andaba y le invitó a bailar. Bailaba con sobrado coraje la molinera de Lorío para que no dejase sospechar que había en ello más jactancia que alegría.

Sin embargo, la romería iba cerca de su fin. El sol se acercaba lentamente a las cumbres de la Vara, encima de Canzana: pronto les daría el beso de despedida. Andaban por el campo de la fiesta bastantes mozos de Villoria y Tolivia y algunos de Entralgo, pero desparramados, mustios y con apariencia de huídos. Las repetidas victorias de los de Lorío los tenían acobardados y recelosos, sin gana alguna de emprender nueva quimera, aunque sus enemigos les daban para ello sobrado motivo. Es indecible el grado de orgullo y de insolencia a que éstos habían llegado. No sólo con miradas y gestos provocativos les quemaban la sangre, sino también con picantes indirectas y con insultos groseros les ponían en el trance a cada instante de perder la paciencia y experimentar una nueva y vergonzosa derrota.

Pero el más insolente, el más provocativo, el más fachendoso de todos era Toribión de Lorío. Imposible mirar solamente a aquel hombre sin sentir el corazón henchido de rabia. Por eso los de Entralgo y Villoria se apartaban cuanto podían de los parajes en que el jefe poderoso de Lorío relampagueaba de orgullo y de jactancia.

Jamás se le viera más alegre y fanfarrón que aquella tarde. Con la montera terciada y el garrote empuñado por el medio iba de un lado a otro sonriente, provocativo, embromando a unos, injuriando a otros, como si el campo de la romería fuese suyo o no hubiera en dos leguas a la redonda más rey ni más amo que él.

Y en verdad que no parecía en toda la comarca mozo más fornido... Su padre, labrador rico de Lorío, lo había criado no con nabos y castañas, sino con sabrosos torreznos de jamón y cecina, con pan de escanda y buenos tragos de vino de Toro que los arrieros de Castilla acarrean por el puerto de San Isidro. Por eso era capaz de alzar sobre los hombros un carro de hierba; por eso nadie osaba competir con él ni en la siega ni partiendo leña. Llevaba aquel día envuelta la cabeza, por mayor gala, en un pañuelo floreado de seda y la montera encima; apretaba sus piernas membrudas de gigante fino calzón de Segovia; colgaban de la botonadura de su chaleco los cordones del justillo de Flora que había arrancado la noche anterior al infortunado Jacinto.

Cuando se hartó de caracolear por los diversos grupos decidióse a entrar en la danza. Su presencia causó disturbio y malestar entre los mozos. Porque Toribión, no sólo con los enemigos, sino con los suyos se mostraba intemperante. Ahora daba terribles empellones a los mozos que tenía más próximos haciéndoles vacilar cuando no caer de bruces, ora se gozaba en apretarles la mano hasta hacerles exhalar gritos de dolor. Reía, gritaba, cantaba y hablaba a destiempo.

—¿Dónde están los pollos de Entralgo y de Villoria?—profería riendo a carcajadas.—Hace ya mucho tiempo que no oigo su pío pío. ¿Andan de rama en rama los pajaritos o están todavía en el nido esperando a que su madre los cebe?... Dicen que los espanta el milano... ¡Cua! ¡cua! ¡Corred, corred, pollitos, que allá va el milano!... ¡Cua! ¡cua!

Y extendía los brazos y chillaba imitando el grito de las aves de rapiña. Y su risa era tan grande que el exceso de alegría bañaba sus mejillas de lágrimas.

—¡Ijujú!—concluyó gritando con su voz de bronce.—¡Viva Lorío!

Un hombre saltó en aquel momento en medio del corro y gritó con voz estentórea:

—¡Muera!

Aquel intrépido guerrero era el hijo del tío Pacho de la Braña.

—¡Muera!... ¡muera!... ¡muera!

Tres veces repitió el mismo grito. Su voz poderosa llegó hasta los últimos confines de la romería produciendo en ella un estremecimiento de terror. Corrieron los niños a refugiarse entre las faldas de sus madres, desbandáronse los hombres, chillaron las mujeres, volcáronse las mesas de confites y las cestas de fruta. Un miedo pánico se apoderó de aquella muchedumbre tan alegre momentos antes.

Toribión de Lorío empalideció también; pero reponiéndose presto se lanzó sobre su rival soltando espumarajos de cólera. Alzó su garrote enorme como una tranca que sólo él era capaz de manejar y lo descargó con tal ímpetu sobre la cabeza de Nolo que se la hubiera partido si éste no hubiera evitado el golpe esquivando el cuerpo.

—Has errado el golpe, Toribión—profirió con voz entera el héroe de la Braña.—Si tuvieses las manos tan ligeras como la boca pronto darías buena cuenta de mí. Pero confío en que ahora vas a pagar tu fachenda de siempre y la marranada de ayer. ¡Muera el cerdo de Lorío!

Ambos combatientes se arrojaron el uno sobre el otro con el corazón henchido de un furor salvaje. Nolo, aunque de la misma estatura que el caudillo de Lorío, era menos corpulento; mas lo que le cedía en cuerpo se lo ganaba en flexibilidad y ligereza. Se habían arrollado la chaqueta al brazo izquierdo para que les sirviese de escudo. El palo de Nolo era corto, de acebuche, pintado al fuego y sujeto a la muñeca por una correa. El de Toribio largo y pesado de roble.

Los mozos de Lorío se habían aproximado de una parte, los de Entralgo y Villoria de otra. Pero los dos bandos se mantuvieron apartados por tácito acuerdo, dejando amplio trecho para que sus héroes más famosos saldasen solos y cara a cara la cuenta que tenían pendiente.

Toribión, así que hubo errado el golpe, levantó de nuevo la tranca; pero antes que tuviese tiempo a descargarla se le anticipó con increíble presteza el de la Braña y le atizó un estacazo en la cabeza que le obligó a tambalearse. Reponiéndose instantáneamente volvió sobre su adversario como un león hambriento o un jabalí que necesita abrirse paso. Nolo pudo parar el golpe con el brazo izquierdo que aun con la almohada de la chaqueta se resintió bastante. Lanzó un rugido de dolor el guerrero de la Braña y acometido por la rabia homicida comenzó a brincar en torno de su enemigo como un tigre sediento de sangre, atacándole por todas las partes con incansable furor. Temblaba la tierra bajo los pies de tan formidables guerreros, crujían sus palos al chocarse, escuchábase de lejos su resuello temeroso. Todo el campo de la fiesta se estremecía pendiente de aquella descomunal batalla.

Por fin el hijo del tío Pacho alcanzó el brazo derecho de su contrario con un garrotazo. Saltó el palo de la mano de Toribión y quedó inerme frente a su adversario. Entonces viéndose perdido, no halló otro recurso que volver la espalda y darse a correr moviendo con ligereza sus piernas. Pero el valiente Nolo le seguía de cerca lleno de confianza en sus pies rápidos. Dos veces dieron la vuelta entera al campo de la romería. Como un galgo persigue al través de la verde llanura a la liebre que acaba de levantar entre la maleza, así el héroe de la Braña seguía y apretaba cada vez más al ilustre guerrero de Lorío. Los de uno y otro bando se mantienen suspensos y anhelantes contemplando la carrera de sus jefes, el uno fugitivo, el otro corriendo sobre sus pasos.

La mala ventura de Toribión quiso que al hacer la tercera vuelta se le enredasen los pies entre un helecho y cayese de bruces. Alzóse rápidamente, pero antes que pudiera emprender de nuevo la carrera un garrotazo de Nolo le hizo dar con su pesado cuerpo en el suelo. Entonces el irritado mozo sació sobre él su furor descargando sobre sus espaldas algunos garrotazos, mientras le decía lanzándole una mirada feroz: “¡Echa roncas ahora, pelele, echa roncas! ¿Te creíste que porque Dios te ha dado mucha fuerza los demás somos de manteca? Si ayer noche fuera yo con Jacinto no lo hubierais torgado, gran cerdo. ¡Toma por ladrón! ¡Toma por cerdo!”

Los de Lorío, viendo a su compañero así caído y golpeado, volaron al fin a su socorro. Mas los de Entralgo y Villoria, animados con la presencia de Nolo y su buen suceso, les salieron al encuentro. Cuando los de uno y otro bando se hubieron encontrado, sonó un formidable clamor. Los hombres chocaron con los hombres, los palos con los palos. Escucháronse a la vez gritos de triunfo y lamentos, imprecaciones y vivas. Como dos ríos impetuosos que caen de la montaña y sus aguas se tropiezan en el valle con fragoroso estruendo que se oye a lo lejos, así los dos ejércitos rivales cayeron el uno sobre el otro. Igual furor los anima: el mismo deseo de gloria agita sus corazones.

Sin embargo, los de Entralgo eran menos numerosos, y ante la avalancha formidable de sus enemigos no tardaron en ceder terreno. Entonces Nolo de la Braña se salió un instante del sitio de la lucha y lanzó un silbido penetrante. Los cincuenta guerreros de Fresnedo, Meloneras y Navaliego, al oir aquella señal, surgieron de improviso del bosque donde se hallaban ocultos y cayeron como buitres hambrientos lanzando gritos horrísonos sobre los mozos del Condado y Lorío. ¿Quién pudiera resistir el ímpetu de aquella juventud magnánima? Una tromba de agua y pedrisco no causaría más daño en un sembrado: la mar alborotada arrojando sobre la tierra sus espumas amargas no infundiría más espanto. Todo cae, todo huye, todo grita delante de su furor indomable. Los de Lorío, aterrados, apenas pueden resistir breves instantes. En vano el valeroso Firmo de Rivota los anima con grandes voces al combate y dando el ejemplo se arroja con temerario coraje en medio de la pelea. El mísero sucumbe al fin bajo el garrote de Jacinto de Fresnedo; cae aturdido y es pisoteado.

¡Musas, decidme los nombres de los guerreros que allí cayeron o salieron descalabrados bajo los garrotazos de los hijos magnánimos de Entralgo, porque yo no acierto a contarlos! Tú, bizarro Angelín de Canzana, tumbaste de un estacazo en medio de la cabeza al esforzado Luisón de la Granja, hijo del tío Ramón, famoso domador de potros. Confiado en sus fuerzas extraordinarias, quiso hacerte frente; pero lograste pronto volcarle y fué pisoteado. El valeroso Ramiro de Tolivia midió varias veces las espaldas con su garrote a Juan de Pando, afamado en todo el valle, no sólo por su valor, sino por la habilidad en el baile. Ninguno con más primor ejecutaba las mudanzas y saltaba delante de su pareja: en esta ocasión no le valieron sus ágiles piernas: aunque corría como un gamo por el monte abajo, Ramiro le alcanzó repetidas veces con su palo. Froilán de Villoria desarmó y apaleó sin piedad a Pin de Boroñes, sobrino del cura del Condado, a quien su tío estaba enseñando latín para enviarlo al Seminario de Oviedo y ordenarlo in sacris por la carrera abreviada. Antes que el obispo lo consagrase, Froilán logró hacerle un buen chichón en la corona. Pero más que todos éstos se distinguió en aquella jornada memorable Tanasio de Entralgo. Su cayado fulminante, cortado en el monte Raigoso, abatía cuanto encontraba delante. Imposible contar el número prodigioso de bollos y tolondrones que aquel mortífero instrumento causó en breve tiempo. No era un arma en sus manos, sino rayo fragoroso, resonante, que sembraba el terror y la alarma por doquiera que pasaba.

¿A quién sacrificaste tú, impetuoso Celso, honor y gloria de mi parroquia? Bajo tus acometidas invencibles cayeron muchos y bravos guerreros de Lorío y cayó también el más ilustre de los hijos del Condado, el famoso Lázaro, que después de Toribión y Firmo era tenido por el más esforzado de los enemigos de Entralgo. No le valió su garrote nudoso de acebuche ni le valieron sus saltos prodigiosos. Tú derribaste de un garrotazo su montera adornada de claveles y luego le tentaste varias veces la cabeza y las costillas. ¿A quién inmolaste tú, industrioso Quino, el más galán y más prudente de los hijos de Entralgo? Bajo tu palo gimieron muchos bravos en aquella aciaga jornada y por fin tuviste el honor de ver huir delante de ti al valeroso Lin de la Ferrera. Si no le diste alcance no fué porque te faltasen piernas, sino porque no quisiste que los mozos del Condado te cortasen la retirada.

Pero en aquella ocasión por su fuerza y por su audacia se distinguió Nolo, el hijo del tío Pacho de la Braña, entre todos los hijos de Villoria y Entralgo y ganó gloria imperecedera. Parecido a una llama impetuosa penetra entre las filas de los contrarios sembrando en ellas el pavor. Tan pronto está en un sitio como en otro; aquí tumba a un mozo, más allá desarma a otro, en otra parte persigue a un fugitivo. Imposible averiguar a qué campo pertenecía, si peleaba del lado de Lorío o de Entralgo. Como un río impetuoso se despeña en el invierno sobre el valle y rompe los diques que las manos del hombre le han puesto y arrastra los árboles y las casas y destruye las más florecientes heredades, de tal modo el hijo del tío Pacho penetra en las espesas falanges de los de Lorío introduciendo en ellas el desorden y el espanto.

¿Dónde estabas tú, belicoso Bartolo, dónde estabas tú en aquel momento de perdurable memoria para nosotros? Habías llegado tarde a la romería y te habías acercado al hórreo donde los zagales y zagalas se entregaban al baile. Allí tropezaste con un amigo que te invitó a beber unos vasos de sidra. Y descuidadamente, sin pensar que los de Entralgo iban a necesitar pronto de tu invencible brazo, te entretuviste alegremente narrando amores y combates. En vano te dijeron: “Bartolo, parece que hay palos en la romería.” Tú no hiciste caso, acostumbrado como estabas a despreciar los peligros, y enardecido por la plática y la sidra seguiste relatando la historia maravillosa de tus hazañas. Cuando al cabo algunos fugitivos vinieron a refugiarse bajo el hórreo y pudiste cerciorarte de que la bulla no era niñería, con terrible calma cubriste tu cabeza con la montera, pediste otro vaso de sidra, lo bebiste y después de haberte limpiado repetidas veces los labios con el dorso de la mano dijiste con sosiego aterrador: “Vamos a ver lo que quieren esos pelafustanes.” Y saliste arrojando miradas homicidas a todos lados.

Pero ya la victoria estaba declarada por los de Entralgo. Los de Lorío y Condado corrían desbandados y seguidos de cerca por los primeros. Las mujeres, los niños y los hombres pacíficos se habían refugiado en el pórtico y en los alrededores de la iglesia. El campo de la romería estaba poco menos que desierto. Sembrados por él y aturdidos por los garrotazos yacían algunos guerreros. Uno de ellos se levantó y derrengado, sin palo y sin montera enderezó sus pasos trabajosamente hacia la iglesia. Era el famoso Toribión, el caudillo ilustre de Lorío. Bartolo lo vió y animado de un valor intrépido saltó sobre él como un león y de un par de estacazos le hizo de nuevo medir el suelo.

—Ya caíste entre mis uñas, Toribión—exclamó con sonrisa diabólica—. Mucho tiempo hacía que tenía gana de verme cara a cara contigo. Cuando te levantes marcha a Lorío y cuenta a tus compañeros cómo te ha hecho morder la tierra el hijo de la tía Jeroma de Entralgo.

Después, sereno, majestuoso, semejante a un dios recorrió el campo de la fiesta sin que nadie se opusiera a su marcha triunfante.

Hartos de apalear y perseguir a los de Lorío, no tardaron en llegar los zagales victoriosos de Entralgo y de Villoria lanzando gritos de triunfo. De nuevo se puebla el campo de romeros y por algún tiempo reina la misma animación. Los mozos vencedores, ebrios de alegría, quieren depositar su triunfo a los pies de las rapazas y les ofrecen sus monteras llenas de confites y avellanas tostadas. Sonríen ellas, se hacen las melindrosas; insisten ellos y a pesar de su fuerza indomable se muestran ruborosos y humildes como niños.

Jacinto se acerca a Flora. Su rostro aún está contraído, sus manos tiemblan, todo su cuerpo manifiesta extraña agitación.

—¿Qué mosca te ha picado, Jacinto?—le pregunta la linda morenita mirándole con una risa maliciosa.

—¿Sabes lo que han hecho ayer noche conmigo tus vecinos?—exclama rudamente el mozo.

Flora le mira sorprendida.

—Pues en cuanto salí de tu casa, antes que llegase a Rivota, entre Toribión y otros tres me torgaron.

Un relámpago de ira pasó por los ojos de la zagala.

—¿No te dije que no te fiases de ellos, Jacinto? ¡Que eran muy burros! ¡muy burros!

ADIOS

Demetria, hija natural de una señora de elevada alcurnia de Oviedo, fué entregada al nacer a unos labradores de Canzana, el tío Goro y la tía Felicia. Se crió como hija suya y llegó á los diez y seis años sin conocer el secreto de su nacimiento. Su verdadera madre, arrepentida del abandono en que la había tenido, se presenta un día en Canzana reclamándola. Demetria estaba en relaciones amorosas con Nolo de la Braña. Tanto por esto, como por el intenso cariño que profesaba a sus padres y hermanos putativos, experimenta un profundo pesar.

A fué como los de Entralgo lograron el desquite, ganando inmensa gloria. Pero el hijo intrépido del tío Pacho de la Braña no pudo saborearla porque no halló en la romería a Demetria, aunque largo tiempo la buscó por todas partes. Nadie le daba noticia de ella, ni del tío Goro ni de Felicia. Preguntó a Flora y ésta tampoco sabía por qué su amiga dejara de asistir a fiesta tan renombrada. Con el corazón lleno de tristeza el héroe de la Braña iba y venía de un grupo a otro, siempre con la esperanza de hallar en alguno a su dueño bien querido. Cuando se llegó la noche y aquella muchedumbre se fué dispersando tomó la resolución de ir a Canzana y así lo comunicó a sus compañeros. Pero el prudente Quino le habló de esta manera:

—Yo no dudo, Nolo, que vayas a Canzana esta noche, aunque bien sabes que los de Lorío no dejarán de esperarte en el camino. Si todos los hemos agraviado ahora, a nadie más que a ti guardarán rencor. Grande alegría les darías si pudiesen saciar en ti su venganza, porque tú fuiste quien les preparó la garduña en que cayeron. Mi parecer es que dejes la visita hasta mañana y que la hagas a la luz del día, cuando todos esos mozos estén en el trabajo. Y si es que no quieres dejarla, entonces nosotros te acompañaremos después hasta Villoria.

El hijo del tío Pacho lanzándole una mirada feroz le respondió:

—Pasmárame a mí que no salieses con alguna de las tuyas. ¿Quién sino tú pudiera meterme miedo con esos mamones que todavía están corriendo y no pararán hasta esconderse debajo del escaño de su casa? Tienes el corazón de liebre y vales más para comer la torta y la leche al pie del lar que para sacudir garrotazos en las romerías. Guárdate, guárdate en casa esta noche, que yo no necesito que nadie me dé escolta.

El industrioso Quino sintió que el calor subía a sus mejillas y replicó encolerizado:

—Nada te he dicho, Nolo, que merezca que me insultes de ese modo, y no es de mozos criados en ley de Dios hacer ofensa a los amigos que se han portado bien. Si yo como la torta al pie del lar, tú la comes también, porque no te mantienes del aire, y si tú das garrotazos en las romerías, garrotazos sacudo yo cuando se tercia. Vete solo si quieres, que no será Quino de Entralgo quien te lo estorbe.

Iba a contestar Nolo con otras pesadas palabras; pero el intrépido Celso de Canzana, temiendo que la disputa llegase a pelea, se apresuró a intervenir.

—Ya que lo veo necesario, Nolo, voy a decirte lo que sé y que según las trazas nadie ha querido contarte hasta ahora. Esta mañana se presentó en Canzana una gran señora y preguntó por el tío Goro y la tía Felicia. Entró en su casa, habló con ellos y también con Demetria y se fué en seguida. Allí se dice que esta gran señora es la madre de tu rapaza y que se la lleva para Oviedo o Gijón. Ahora ya sabes por qué no ha venido esta tarde a la romería. Si quieres ir a Canzana puedes hacerlo, y si a la Braña lo mismo. De todos modos, los mozos de Entralgo estamos siempre para lo que gustes mandar.

Quedó Nolo suspenso y acortado al escuchar estas palabras. Una gran tristeza inundó su corazón y empalidecieron sus mejillas. Apenas pudo murmurar las gracias. Repuesto un poco, al cabo se despidió de sus amigos manifestando que iba derecho a su casa.

Se acostó en la cama, pero no pudo gozar de las dulzuras del reposo. Todas sus ilusiones se huían. Aquel amor profundo, el primero y el único de su vida, se disipaba como un sueño. Lo que tenazmente se susurraba hacía tiempo y había llegado varias veces a sus oídos resultaba cierto. Demetria no era hija de aldeanos, sino de señores, y señora ella misma por lo tanto. ¿Cómo se acordaría en las alturas de su nueva posición de la bajeza de aquel aldeano que la amaba? ¡Oh, cuánto la amaba! El pobre Nolo daba vueltas en su lecho cual si tuviese espinas.

Por la mañana pensó en comunicar con su madre tan tristes noticias, pero no pudo hacerlo. La voz no quiso salir de su garganta; temía echarse a llorar como un niño. Salió a trabajar, pero en vez de hacerlo dejóse caer bajo un árbol, y así se estuvo toda la mañana inmóvil, con los ojos extáticos. Un deseo punzante le acometió, el de ver por última vez a Demetria y despedirse. Quizá no se hubiese marchado aún. Si se había marchado, quería ver siquiera aquella casa en que ella respiró y sentarse en la misma tajuela y hablar con los que siempre había tenido por padres. Comió apresuradamente y salió con disimulo sin decir una palabra.

Bajó a Villoria. Una vez allí, en vez de tomar el camino real de Entralgo, a la derecha del riachuelo, siguió la margen izquierda, por la falda de la montaña, a la altura de Canzana.

Tampoco Demetria logró dormir aquella noche. Había pasado todo el día sumida en profunda tristeza, llorando a ratos amargamente, haciendo, sin embargo, penosos esfuerzos para mostrarse serena a fin de no aumentar el dolor de la buena Felicia que estaba inconsolable. Lo que más entristaba a la zagala era que ésta perdiera aquella confianza maternal para tratarla y reprenderla. Se mostraba, a par que afligida, un poco confusa en presencia de la que ya no podía llamar hija.

Esperó con ansia la noche para ver a Nolo, pues no dudaba que éste, no hallándola en la romería, viniese a Canzana. Amargo desengaño experimentó al observar que se llegaba la hora de irse a dormir sin que el mozo de la Braña llamase a su puerta. Y el mismo punzante deseo que a Nolo le acometió a ella: el de despedirse y darle testimonio de su constante amor.

Al día siguiente toda la mañana empleó en los preparativos de su viaje. Efectuáronse éstos en silencio y tristemente. La casa estaba como si hubiera muerto alguno. Después de comer manifestó que iba a Lorío a despedirse de Flora; la avergonzaba mucho manifestar su verdadero designio. Bajó la calzada de Entralgo, pero antes de trasponer el puente siguió la margen izquierda del río, pasó por el cimero de Cerezangos y se dirigió a Villoria.

Los caminos eran de montaña: unas veces senderos en los prados, otras en los bosques de castaños, otras, en fin, calzadas estrechísimas entre paredillas recubiertas de zarzamora y madreselva. En el recodo de una de estas calzadas se encontró de improviso con Nolo. Ambos quedaron sorprendidos y sonrieron avergonzados sin pronunciar palabra. Fué Demetria quien primero rompió con franqueza el silencio:

—Iba a la Braña, Nolo.

—Y yo a Canzana, Demetria.

—Tenía que hablarte.

—Yo a ti también.

Demetria le miró sorprendida.

—¿Sabes algo?—le preguntó vacilante.

—Sí... Ayer me dijeron lo que había pasado por la mañana en tu casa.

Los dos guardaron silencio. Se habían arrimado a la paredilla, el uno al lado del otro. Demetria arrancó un retoño verde de la zarza y lo deshizo entre los dedos con la mirada fija en el suelo. Nolo con los ojos abatidos igualmente daba golpecitos con su nudoso garrote sobre las piedras del camino.

—Nunca estuve más descuidada y alegre que ayer por la mañana—profirió al cabo en voz baja la joven—. Había lavado y vestido a mis hermanos y tenía mi ropa extendida sobre la cama para ponérmela cuando volviese de la fuente... Pensaba en la romería... Pensaba en bailar hasta caer rendida... Pensaba en ver a Flora... Cuando bajé la escalera encontré a mi madre llorando. Delante estaba una señora tan alta como yo, seria, con el pelo casi blanco. Llevaba pendientes que relucían como si tuviesen fuego dentro y en las muñecas unos anillos grandes con piedras verdes que relucían también... Cuando mi madre me dijo: “Demetria, esta señora es tu madre; yo no lo soy”, pensé que me venía el techo encima. Quedé sin gota de sangre. Después me dijeron que iban a llevarme a Oviedo y vestirme de señora...

—¿Y no te alegras de eso?—preguntó Nolo sin levantar los ojos.

—No—respondió secamente la zagala.

Hubo una pausa. Nolo volvió a preguntar tímidamente:

—¿Será por el tío Goro y la tía Felicia? Te han criado como padres y tú los quieres como si lo fuesen...

—Sí, por ellos es... y por ti también—añadió rápidamente y en voz más baja.

Un estremecimiento sacudió el cuerpo del mozo de la Braña.

—¡Oh, por mí!... ¡Bien te acordarás cuando seas señora y vistas de seda y cuelgues de las orejas pendientes que reluzcan como candelas de este pobre aldeano que allá en la Braña destripa terrones!

—Calla, Nolo, calla—profirió ella con acento severo—. No me obligues a decir lo que no debo. Ya pueden ponerme los vestidos que quieran: debajo de ellos siempre estará Demetria, la misma rapaza para quien hacías zampoñas y buscabas nidos allá en el monte, la misma que acompañaste en las romerías tantas veces.

El mozo de la Braña escucha estas nobles palabras con alegría y guarda silencio paladeando su sabor delicioso.

—Si en Canzana hubieran querido—añadió la joven después de un rato con acento no exento de amargura—nadie me sacaría de casa.

—¡Qué iban a hacer los pobres, si no son tus padres!—murmuró Nolo.

Ellos nada, pero dejarme a mí que lo hiciera.

—Bien sabes, Demetria, que eso no puede ser. Ni tenían razón para ello, ni se habrán atrevido a aconsejártelo.

Calló la zagala, comprendiendo que Nolo tenía razón, que su queja era injustificada.

—De todos modos—profirió después con resolución—, si ahora me marcho, algún día volveré. Nadie me quitará de venir a ver a mis padres... Y si me lo quitan, ya sabré lo que he de hacer.

—¿Cuándo te marchas?

—Mañana. Regalado, el mayordomo de don Félix, quedó encargado de llevarme.

Acerca del viaje y sus preparativos, de la aflicción de sus padres y de sus pequeños hermanos departieron todavía un rato. Ni una palabra volvieron a hablar de sí mismos. La plática corría lánguida y apagada. Debajo de sus palabras indiferentes se transparentaba una tristeza profunda. Ambos tenían la voz levemente enronquecida y temblorosa. Al cabo, después de una larga pausa, Demetria dejó escapar un suspiro y como si saliese de un sueño exclamó:

—Bueno, Nolo: es hora ya de separarnos. No sé si tendré tiempo de ir a Lorío a despedirme de Flora y volver antes de la noche.

—Sí lo tienes. Mira; el sol está muy alto todavía.

Demetria guardó silencio y permaneció inmóvil mirando por encima de la paredilla a las altas montañas de Mea. Y sin apartar de ellas los ojos profirió:

—¿Vendrás mañana a despedirme?

—No—respondió el mozo con firmeza.

—Haces bien. ¿Para qué llamar la atención de la gente?

Y después de una pausa añadió tendiéndole la mano:

—Adiós, Nolo, que Dios te proteja como hasta ahora, que proteja a tus padres y a tus hermanos y al ganado que tenéis en la cuadra.

—Adiós, Demetria. El te guarde tan buena como eres y te traiga pronto por acá.

Se estrecharon las manos, se miraron con amor a los ojos unos instantes y se apartaron con el corazón desgarrado, pero grandes, serenos como la Naturaleza que los rodeaba, hermosos y castos como dos mármoles de la antigüedad.

—Oye, Demetria—dijo él volviéndose repentinamente.

Demetria también se volvió.

—Toma esos claveles—añadió quitándose la montera y arrancando de ella los que llevaba prendidos—. Si pasas por la iglesia de Entralgo déjalos a la Virgen del Carmen. Es nuestra madre y ella nos juntará otra vez.

Tomólos la zagala sin decir una palabra. Ambos se alejaron con paso rápido. Ella lloraba. El con los ojos secos y la mirada altiva marchaba erguido y arrogante, aunque llevase la muerte en el alma.

En vez de seguir el mismo camino y pasar a Entralgo por el puente del Campo de la Bolera, Demetria bajó al río, lo atravesó por unas grandes piedras pasaderas que debajo de Cerezangos hay y siguió la margen derecha hasta dar pronto en la iglesia de Entralgo. Empujó con mano trémula la puerta y entró. Se hallaba el templo solitario en aquella hora. La zagala se postró ante la sagrada imagen de la Virgen, y sollozando, con palabras fervorosas pidió protección para ella y para Nolo: besó repetidas veces el ramo de claveles que éste le había dado y lo dejó a los pies de la Madre de los desconsolados.

Al salir tropezó cerca del pórtico con la tía Brígida y la tía Jeroma, aquellas venerables hermanas que tuvieron la dicha de dar al mundo al prudente Quino y al pernicioso Bartolo, de fama inmortal. La habían visto desde un prado próximo entrar en la iglesia y picada su curiosidad bajaron rápidamente a esperarla. Ambas quedaron fuertemente sorprendidas al hallarla con los ojos enrojecidos por el llanto.

—¡Quién diría, hermosa, al verte con los ojos llorosos, que ha caído sobre ti la bendición de Dios!—exclamó la tía Brígida poniéndole cara halagüeña—. Todos los vecinos estamos alegres más que las pascuas al ver cómo la fortuna te ha entrado por las puertas. Porque no hay ninguno que no te haya estimado por la rapaza más guapa, más limpia, más honrada de nuestra parroquia. Tú sola eres la triste, Demetria. ¿Cómo es eso?

—¡Bah! lágrimas de un día—exclamó la tía Jeroma—. Bien se acordará de llorar cuando mañana se vea en Oviedo sentada en un sillón que se hunde, tomando chocolate con bizcochos y con una criada detrás para que le espante las moscas.

Demetria permaneció grave y silenciosa. Las comadres trataron de tirarle de la lengua, pero fué inútil. Sus esfuerzos se estrellaron contra la actitud fría y reservada que siempre había caracterizado a la hija del tío Goro de Canzana.

Despidióse presto y se encaminó velozmente a Lorío. Flora lloró primero, rió después, volvió a llorar y trató de consolarla. ¡Cuánto habló aquella vivaracha criatura en poco tiempo! Pues aún no pareciéndole bastante resolvió acompañar a su amiga hasta Entralgo, dormir allí y despedirla al día siguiente. Y así se efectuó y no hay para qué decir que durante el camino no cerró la boca. Demetria la escuchaba embelesada y de vez en cuando aplicaba un sonoro beso en sus mejillas de rosa.

No fué mucho tampoco lo que pudo dormir la zagala aquella noche. Aguardó, sin embargo, a que su padre la llamase y se vistió como si fuesen a conducirla al suplicio. Cuando se asomó al corredor vió delante de la casa a todas sus compañeras, quince o veinte zagalas de Canzana que habían resuelto bajar a despedirla. Un torrente de lágrimas se escapó de sus ojos. Su padre, el irreprochable Goro, la tomó de la mano y le dijo:

—Paréceme, Demetria, que llegó la hora de decirte algunas palabras instruídas; porque la sabiduría, no lo olvides, hija, es la mejor cosecha que un hombre puede recoger. Vale más que el maíz y que el trigo y si es caso vale más que el mismo ganado. Ahora que vas a Oviedo y tratarás con señorones de levita, instrúyete, hija, aprende lo que puedas, lee por todos los papeles que se te ofrezcan y si se tercia agarra también la pluma. Pero luego que estés bien aprendida no desprecies a los pobres ignorantes, porque buena desgracia tienen ellos. Además, el orgullo no sienta bien a ningún cristiano. Yo que comí más de una vez a la mesa con los clérigos te lo puedo certificar. Y el Espíritu Santo ha dicho: “Si te ensalzas te humillaré, y si te humillas te ensalzaré.”

Así habló el hombre más profundo que guardaba entonces el valle de Laviana y quizá las riberas todas del Nalón caudaloso.

—¡Padre, padre! ¿por qué me dice usted eso?—exclamó Demetria angustiada.

Sin embargo, pronto se llega la hora de partir. La desdichada Felicia no tiene fuerzas para acompañar a su hija y queda en casa exhalando gemidos. Un grupo numeroso de zagalas y en medio de él Demetria desciende por la calzada de Entralgo. Detrás marchan también algunos hombres que rodean al tío Goro.

En Entralgo los esperaba ya Regalado con los caballos enjaezados. Demetria abraza a todas sus amigas y sube al que tiene las jamugas. El mayordomo monta en el suyo brioso.

—¡Adiós, adiós!

El tío Goro, pálido como la cera, se acerca todavía a su hija, le estrecha las manos, se las besa y le vierte al oído estas memorables palabras:

—Aprende, hija, aprende a leer por los papeles, que la persona que no sabe semeja (aunque sea mala comparanza) a un buey.

Luego se retira demudado como si fuera a caer.

¡Adiós, adiós!

LA HERMANA SAN SULPICIO

ESTA es la novela entre las mías que ha logrado mayor popularidad en España. Lo que entretiene es lo que primero se difunde, y esta narración goza opinión de divertida. Algunos críticos, harto indulgentes, han querido ver en ella una obra representativa, un bosquejo de la sociedad andaluza. No he aspirado a tanto. He narrado una aventura de amor y la he hecho florecer en el país del amor y de las flores; la he prestado el aliciente del contraste sin llegar al pecado; este es el secreto de su éxito lisonjero. El amor nos interesa a los viejos y a los jóvenes, a los grandes y a los pequeños. Todas las otras religiones tienen sus adeptos y sus herejes; pero en este favorable dios todos creemos; sus hazañas y prodigios constituyen la historia del linaje humano.

¿Cómo un hombre del norte, un casi gallego, ha podido lanzarse a la empresa de escribir la novela de la Andalucía? Alguien quizá lo explique por la facultad que nos atribuyen a poetas y novelistas de transmigrar por momentos y vivir la vida de los demás seres. Yo lo explico más humildemente, admitiendo que aquello que vemos por vez primera nos hiere con más eficacia y queda más impreso en nuestro espíritu que lo que presenciamos a diario desde nuestra niñez. Pocas semanas en Sevilla me han bastado para libar la deliciosa dulzura de aquella vida original, inspiradora, y saturarme de ella.

He averiguado que no pocos andaluces leyendo esta novela me han creído su compatriota. Aunque este error me honre en cierto modo no me enorgullece. Asturiano soy y quiero ser. Aunque lo duden mis buenos amigos de Sevilla, en la húmeda y frígida región donde he nacido también hay poesía.

No todos son buenos amigos míos en Sevilla a lo que pude entender. Hay allí personas que no han visto con buenos ojos la aparición de esta novela y se manifiestan descontentos de la pintura que de su ciudad he trazado. No me sorprende. Están tan acostumbrados a verse pintados en panderetas guarnecidas de madroños, que cualquier retrato suyo les sobresalta. Les pasa como a nuestros frailes de principios del siglo XIX, a quienes cualquier libro escrito en lengua francesa daba tufo de herejía.

Quisiera tranquilizarles. El que una población tenga carácter no la excluye del concierto de las demás civilizadas que no lo tienen. Sevilla es una ciudad culta, amable, hospitalaria. Nada ganará en cultura y decoro el día en que tenga calles anchas y casas de seis pisos y campos de foot-ball y los jóvenes enseñen las pantorrillas y las cigarreras vayan a la fábrica con sombrero. En cambio habrá perdido mucho de su atractivo.

Creo haber hecho en obsequio de su ciudad más de lo que esas personas recalcitrantes se figuran. Léase en el apéndice de este libro lo que dice Emilio Faguet de La Hermana San Sulpicio. Y como éste son muchos los extranjeros que por mi novela aman a Sevilla sin conocerla. Otros han venido a visitarla. Hace ya bastantes años, a un oficial de Artillería paisano mío le dieron a elegir por guarnición entre Barcelona o Sevilla. Estaba ya decidido por la primera ciudad, cuando acertó a leer La Hermana San Sulpicio. Así que la terminó pidió destino para Sevilla, allá se fué y allá se casó.

Desechen, pues, sus resquemores esos buenos sevillanos, no se avergüencen de lo típico y pintoresco de su ciudad natal, no ambicionen el transformarla en una ciudad moderna y rectilínea. La regularidad no es la belleza. Lo que ganamos en disciplina lo perdemos en iniciativa. En esas ciudades de calles tiradas a cordel no pocas veces, ¡ay!, los habitantes suelen estar también tirados a cordel.

PASEO POR EL GUADALQUIVIR

Ceferino Sanjurjo conoce a Gloria en las aguas de Marmolejo. Era monja dedicada a la enseñanza. La sigue a Sevilla. Ella deja el convento y se traslada a su casa. Sanjurjo logra enamorarla. Se hablan por las noches a la reja. Sanjurjo tiene un rival llamado Daniel Suárez que también había conocido a Gloria en Marmolejo. Como Sanjurjo frecuentaba la casa y la tertulia de Anguita, Suárez le calumnia haciendo creer a Gloria que tiene amores con Joaquina Anguita. Gloria celosa y enfurecida cita a Suárez para la reja a la misma hora en que solía hablar con Sanjurjo. Este cuando vino como siempre a «pelar la pava» experimentó la cruel humillación de ver su puesto ocupado. La calumnia y la intriga del malagueño quedan deshechas en el presente capítulo.

DEMASIADAMENTE confiado dormí yo aquella noche y dejé transcurrir el día siguiente. Por la tarde, poco antes de oscurecer, me fuí a situar en el puente de Triana, donde Paca me había dicho que la esperase para darme cuenta del resultado de la carta y de sus gestiones. Era la hora de más animación en aquel paraje. Los obreros y obreras de Triana que trabajaban en Sevilla tornan a sus casas. Los de Sevilla que trabajan en Triana y en la Cartuja hacen lo mismo. Unos y otros se encuentran en el puente, que hierve de transeuntes.

Arriméme perezosamente al pretil, de espaldas al río, y contemplé con ojos distraídos aquel ir y venir mareante. El atractivo de mi contemplación eran las caras saladísimas de las cigarreras y trabajadoras de la Cartuja que allí suelen verse. Unas en grupos resonantes de gritos y risas, otras solitarias, preocupadas, caminando a paso largo, todas con vistosos trajes de percal y flores en el cabello, pasaban por delante de mí, dirigiéndome alguna vez breves miradas de curiosidad y sorpresa, como si pensasen:

—¿Qué hará aquí este desaborío, que ni siquiera nos dise: ¡Ole la muheres castisas! ¡Viva tu mare, mi niña!

¡Para oles estaba yo! A medida que se acercaba el momento de la conferencia con Paca parecíame más grave y decisivo. Un germen de duda había entrado en mi espíritu después de almorzar, y en pocas horas se había desarrollado, crecido, se hallaba en completo florecimiento. ¿Por qué me parecía tan natural antes que Gloria me hubiese desairado en virtud de una intriga de Suárez, y no por libre y espontáneo movimiento de su voluntad? No acertaba a explicármelo. Por más esfuerzos que hacía para volver otra vez a aquella mi anterior convicción, no lo lograba. Oscuro y temeroso se me ofrecía lo que poco antes veía claro y risueño. Pues, a pesar de eso, no observaba en mi alma aquel sentimiento de furor y rabia que me había acometido al saber mi derrota. Una extraña laxitud la invadía, un desfallecimiento que me inclinaba a la tristeza, no a la cólera. La memoria de la ofensa se deshacía, se disipaba entre las brumas del cerebro. Sólo quedaba el tierno recuerdo de un amor feliz y el vivo pesar de no haber podido preservarlo de desgracia. Testimonio irrecusable era éste, si lo supiera entender, de que continuaba enamorado y más que nunca. Llegó a parecerme que lo que me habían concedido había sido por pura merced y bondad, y que era natural privarme ahora de lo que no merecía. Hacia Gloria, dando por supuesto que me había engañado, no sentía rencor alguno. El malagueño seguía inspirándome aversión y repugnancia, pero no deseaba vengarme de él.

Cuando, a impulso de mis imaginaciones melancólicas, se huyó el deseo de recrear la mirada en los rostros peregrinos de las cigarreras, volvíme para derramarla por el río y sus pintorescas márgenes. El sol acababa de ponerse. Un resplandor rojizo que se extendía desde el horizonte por el firmamento, esfumándose en lo alto y transformándose en rosicler de tintas puras, nacaradas, indicaba el paraje por donde el astro del día se había ocultado. A mi izquierda, no muy lejos, alzábase la Torre del Oro, que bañada por los reflejos del horizonte rojizo parecía fabricada, en efecto, con el metal que le da su nombre. Más a la izquierda, asomando sólo la cabeza sobre las azoteas del caserío de la ciudad, veíase también la Torre de la Plata, con su blanca corona de almenas. Más allá, el palacio de San Telmo, envuelto en la masa verde de sus naranjos, asomando las agujas de sus torrecillas de pizarra. El Guadalquivir corría bajo mis pies. Sus aguas revueltas, amarillentas, gracias a los reflejos del crepúsculo, semejaban un espejo tembloroso donde brillaban mil tintas de ópalo y plata y carmín. A lo largo de él, acostados al muelle, había gran número de buques, cuyos mástiles y enredada jarcia parecían surgir del gran bosque de naranjos que se extendía por la margen izquierda. A la derecha, las casas del barrio de Triana tocaban en la orilla del río, el cual seguía su curso majestuoso hasta unos dos kilómetros del puente, donde, al hacer un recodo, parecía detenido por la muralla de verdura que los jardines de las Delicias le oponían.

El sosiego melancólico de aquel espectáculo formaba contraste con la baraúnda que tenía a mi espalda. El aire caldeado no recogía del río ninguna humedad. Sentíase igualmente abrasador, insufrible, que en medio de la ciudad. La luz, al huirse, cambiaba poco a poco los colores del cielo, repartiendo sobre él infinitos matices imposibles de nombrar. Sobre la tierra derramaba una triste palidez que tornaba las cosas incoloras y las confundía y las borraba. Allá, debajo del muro verde de las Delicias, se amontonaban las sombras formando una masa espesa que se iba dilatando rápidamente. Sobre Triana, de lo alto de la suave colina donde se asienta Castilleja de la Cuesta, descendía igualmente la noche. El aire resonó con un ronco silbido prolongado. Era un vapor que salía. Vi su masa negra apartarse lentamente de la orilla, oí el ruido estridente de las cadenas, algunas voces lejanas. Luego su quilla rompió silenciosa el acerado espejo del río, y no tardé en perderle de vista a lo lejos, al penetrar en el espeso montón de sombras que los bosques de naranjos dejaban caer sobre el agua.

Placíame por las tardes ir a aquel sitio, a presenciar la puesta del sol. La vista del paisaje que por lo variado y recogido, parecía un gran lienzo panorámico, me infundía siempre un sentimiento de bienestar, cierta deliciosa plenitud de vida, que sólo las grandes ciudades meridionales poseen y saben transmitir al alma. Mas ahora sentíame triste y solo. Aquel riente espectáculo, que parecía impregnado de la gracia y la alegría de mi Gloria adorada, perdió de pronto su encanto. El espíritu de belleza vivo y ardiente que lo animaba rechazaba el mío, serio y contemplativo. Yo, que guiado por el amor había penetrado de golpe en lo más íntimo y profundo de aquella naturaleza ardorosa, perfumada, palpitante, dejando perderse en ella mi ser antiguo, grave y soñador, de hombre del Norte; yo, que aspiraba y recogía por todos los poros la vida andaluza, como si aquélla fuese mi patria verdadera y a la cual fuera restituído después de muchos años de ausencia, me encontraba ahora despegado, solitario. Faltaba el lazo que nos unía. Entre aquel río, aquella Torre del Oro, aquellos bosques de naranjos, aquel horizonte diáfano de tintas brillantes, y yo, no había nada ya de común. No era frente a estas cosas más que un curioso, un touriste, como ahora se dice, pero no tardaría en partir, acaso para siempre. ¡Partir! ¡ay! No se rían ustedes. Viendo centellear suavemente en lo alto del cielo una estrellita azulada, sentí correr por las mejillas dos lágrimas.

Después de enjugarlas cuidadosamente, volví de nuevo el rostro hacia los transeuntes, buscando distracción a mi tristeza. Apenas lo había hecho, enfilando la vista por el puente en dirección a la ciudad, veo a lo lejos una colosal nariz que se oculta detrás de la gente, y vuelve a ocultarse, y vuelve a aparecer, aproximándose siempre. Aquella nariz no podía pertenecer lógicamente a otro que a Eduardito. Esta fué mi convicción instantánea, que tuve el gusto de ver confirmada. Cruzó por delante de mí con el sombrero en la mano, el paso desigual y precipitado, más que nunca pálido y las facciones desencajadas.

—¡Eh! ¡eh! Eduardito.

Detúvose un instante, miró y vino hacia mí.

—¿Dónde va usted tan escapado, hombre de Dios?

—No lo sé, don Ceferino—me respondió, posando sobre mí sus ojos vidriosos.

—¡Tiene gracia! ¿Y se iba usted como si le faltase medio minuto para llegar a la cita?

—¡Oh, si supiera usted, don Ceferino!... ¡Me están pasando unas cosas!... ¡Unas cosas!

La voz del sensible joven era temblorosa, apagada. Hacía tiempo que se hallaba en un estado de debilidad extrema. Ahora parecía que hablaba como si no hubiese tomado alimento desde hacía ocho días.

Miréle sorprendido y con curiosidad.

—¡Si supiera usted lo que me está pasando en este momento!

—¿Qué hay?

—Pues nada... Verá usted... Mi hermana acaba de darme un golpe terrible... Fuí a casa... Verá usted... Por la mañana le dije que no podía continuar de este modo... que era necesario resolver uno u otro... Más de veinte veces quise pedirle a Fernanda la conversación... pero cuando iba a hacerlo, se me ponía un nudo aquí en la garganta... Usted no sabe... aunque me matasen, no podía... vamos, no podía... Si yo tuviese tanto pico como mi hermana... ¡Maldita sea!... Le dije que me hiciese el favor de decírselo a Fernanda de mi parte, y que me la diese o me desengañase de una vez... Pues bien, verá usted... quedó en decírselo esta tarde... ¡Yo no puedo continuar así, don Ceferino, crea usted que no puedo continuar!... Pues bien, quedó en decírselo. Esta tarde debía venir Fernanda a casa. Matilde me dijo después de almorzar que saliese y no volviese hasta el oscurecer... y que cuando volviese estaría todo arreglado, o poco había de poder. Mi hermana se pinta para estas comisiones. Obedecí. Dí más de mil vueltas por Sevilla, y cuando vi que oscurecía me fuí a casa. Crea usted, don Ceferino, que me temblaban las piernas. Cuando llamé a la puerta estaba más muerto que vivo. Salió Matilde a la cancela, y al verme se puso hecha una hiena: “¿Qué vienes a hacer aquí? ¡Márchate! ¡Vete ahora mismo!” Creí que el mundo caía sobre mí... No sé cómo pude salir del portal, ni sé cómo he llegado hasta aquí...

—¿Y no es más que eso?... Pues se apura usted por bien poco. Es que las ha sorprendido usted en el momento de la conferencia. Estoy seguro de que nada malo le sucederá... Fernanda le quiere a usted... Me consta.

—¡Oh, no!—exclamó el apasionado joven.

—Sí; le quiere a usted, hombre... Ya verá usted.

Estuve por decirle: “¿Cómo no ha de quererle, siendo vieja y fea y no teniendo a nadie que la mire a la cara?” Pero me contuve.

—¡Ay, don Ceferino, qué bien me está usted haciendo!—exclamó, dándome un abrazo y rozando con su estupenda nariz mi oreja izquierda.

—Nada, váyase usted tranquilo. Dé usted algunas vueltas por ahí, y luego, dentro de una media horita, cuando ya Fernanda se haya ido, entra usted en casa. Estoy seguro de que Matildita tiene para usted una buena noticia.

Eduardito me contempló un momento con sus ojos pequeños, insípidos; y algo avergonzado, con ansioso acento, me dijo:

—Si usted quisiera, don Ceferino, dar una vueltecita antes por allí... y luego salir a avisarme...

—Amigo mío—le respondí con tono triste y desengañado—, en este momento me hallo en igual caso que usted... Dentro de unos momentos voy a saber también si mi novia me quiere o me manda con la música a otra parte... Esto último será lo más probable. Conque ya puede usted dispensarme.

—Pero ¿cree usted que Fernanda?...—replicó con egoísmo feroz, sin tomar en cuenta para nada mi confidencia.

—Sí, hombre, sí; váyase usted tranquilo.

No se habían pasado diez minutos desde que el mancebo y su gran cartílago se alejaron, cuando apareció, por la boca del puente, Paca. En la primera mirada que me dirigió comprendí que todo se había perdido.

—No ha querido contestar, ¿verdad?—le pregunté sin saludarla, esforzándome por sonreir.

—¡Uf! ¡Cómo está con uté, señorito! Ni por un Señor Crucificao ha querío tomar la carta. Me ha dicho: “Paca, si no quieres que riña contigo, no vuervas en tu vía a hablarme de ese...”

—¿De ese qué?—pregunté, viendo que se detenía.

—De ese tío—agregó avergonzada—. Uté dispense, señorito.

—Está bien, Paca—dije, aparentando sosiego, pero con voz alterada por la emoción—. Muchas gracias por el interés que se ha tomado usted por mí...

Hubo unos instantes de silencio.

—Lo siento de too corasón, señorito. Yo creo que ustedes dos pareaban mu bien...

Pocas palabras más hablamos. No podía ocultar mi tristeza y desaliento. Los consuelos de la cigarrera no penetraban siquiera en mis oídos. Antes de despedirse quiso darme la carta, que no había podido entregar. Yo la tomé, y sin rasgarla la arrojé al río, sonriendo tristemente.

Lo primero que se me ocurrió caminando a casa fué marcharme al día siguiente sin ver a nadie ni despedirme. Pero después consideré que debía hacerlo, cuando menos, de Isabel y su padre, a quienes debía hartas atenciones, y me decidí a ir a esperarlos al día siguiente a la estación. Además, abrigaba todavía esperanza de que la condesita interviniese de un modo beneficioso en mis enredados asuntos amorosos. Me costaba trabajo creer que Gloria se negase en absoluto a dar explicaciones de su conducta.

Al entrar en casa me encontré, sin saber cómo, en los brazos de Eduardito, y otra vez sentí en la oreja el cosquilleo de su nariz indómita. Mi profecía se había cumplido. Matildita obtuvo un éxito tan satisfactorio en su dificilísima gestión diplomática, que Fernanda había concedido a su enamorado trovador el permiso de ir a hablarla por la reja los martes, jueves y sábados. Eduardito osaba esperar que, andando el tiempo, obtendría el mismo señalado favor los lunes, miércoles y viernes. Llegó a la sazón Matildita, y Eduardito, presa de un rapto de amor fraternal, se abrazó a ella y la restregó el rostro con la nariz repetidas veces en testimonio de gratitud eterna. El Colibrí, con aquel éxito se había crecido, y entornaba la cabecita a un lado y a otro con más petulancia, si cabe. Decía que la indiscreción del chinchoso de su hermanito, llegando justamente en el momento en que estaba tratando con su amiga los puntos más delicados, por poco hace fracasar las negociaciones. El hermanito empalidecía escuchando aquel horrible peligro que había corrido sin saberlo.

Aquella noche tuve la flaqueza, que acaso el lector encuentre perdonable, de irme a eso de las once y media hacia la calle de Argote de Molina. Cuando emprendí el camino, no sabía fijamente qué es lo que allí iba a hacer. Muy pronto quedó determinado en mi cerebro. Avancé cautelosamente por ella, y al llegar al recodo desde donde podía verse la casa de Gloria me detuve. El corazón me daba saltos. Estiré el cuello, asomé la cabeza como un miserable espía y... nadie. A la reja no había nadie. Un goce intensísimo bañó todo mi ser como un bálsamo celestial. A este goce sucedió ansia indefinible de cerciorarme de que los ojos no me engañaban, que a la reja no había nadie, absolutamente nadie. Marché resueltamente por la calle y pasé por delante de la casa a paso lento, y hasta me parece que me detuve un instante frente a ella. Era verdad; ¡qué verdad tan sublime! Allí no estaba el malagueño. La calle desierta, las ventanas herméticamente cerradas. Pero era necesario que me convenciese bien, que gozase plenamente de aquella grande y sabrosa verdad. Y para eso estuve dando paseos por las calles hasta las dos de la madrugada, y cada poco tiempo pasaba por aquélla con toda lentitud y me detenía algunos instantes a ver si la ventana se abría y el aborrecido rival llegaba. No fué así. Me consideré dichoso, como si fuese gran fortuna. Una de las veces que por allí crucé me sentí tan tiernamente apasionado y aun agradecido, que me acerqué a la reja, y después de convencerme de que nadie me observaba, besé los hierros donde mi saladísimo dueño había puesto tantas veces sus manos.

Retiréme contento a casa. Aquel feliz estado de espíritu me hizo de nuevo ver las cosas de color de rosa. Al día siguiente me enteré de la hora a que llegaba el tren de Cádiz, y fuí a esperar al conde y a la condesita del Padul, prometiéndomelas muy felices. Era la hora del oscurecer. En el andén estaban Pepita Anguita y otras cuatro amigas de Isabel. Dos de ellas eran las de Enríquez, a quienes ya conocía de vista. Mientras llegaba el tren, paseamos y departimos alegremente, riendo bastante con las ocurrencias de Pepita. Cuando el cuerno del guardaagujas anunció la llegada, nos abalanzamos presurosos al borde del andén, y tuvimos el gusto de ver a la ventanilla de un coche a la condesita, que nos saludó con el pañuelo, muy regocijada y agradecida. Antes de salir de la estación, ya las de Enríquez la invitaron a ir con ellas aquella noche al teatro. Isabel manifestó que estaba cansada; pero no cedieron, y tanto empeño formaron, que al fin consintió en que la viniesen a buscar después de comer. El coche del conde y el de las de Enríquez los esperaban. Mas antes de que entraran en ellos tuve ocasión para quedarme un momento detrás con Isabel, y explicarle en cuatro palabras lo que sucedía. Maravillóse en extremo, e hizo sin vacilar la misma afirmación de Paca; esto es, que debía de haber una intriga o mala inteligencia. No pudimos hablar más, porque llegamos a la puerta de salida y era preciso montar en carruaje. Yo no quise hacerlo, aunque me invitaron con insistencia. La condesita me dijo al darme la mano:

—Váyase usted esta noche por el teatro, ya hablaremos.

Comí con premura, me vestí y me eché a la calle en el momento que entraba Villa.

—Hombre—le dije con imperdonable ligereza y egoísmo (lo mismo que Eduardito conmigo)—, ¿cómo no ha ido usted a esperar a Isabel?

Le vi inmutarse, y me respondió turbado que había tenido que hacer en el cuartel.

Llegué al teatro de San Fernando cuando sólo había dentro de la sala dos docenas de personas a lo sumo. Aún tardó, en poblarse, larga media hora. Se representaba una función extraordinaria, a beneficio de no sé qué desgraciados, por la compañía de ópera que había actuado en Cádiz y regresaba a Madrid. La sala del teatro es amplia, elegante, bien decorada. Pero el verdadero adorno de ella son los rostros expresivos de las niñas indígenas, que allí pueden verse con más comodidad y espacio que en ninguna otra parte. Es el teatro aristocrático de Andalucía. Las damas que allí asisten, vestidas con esplendidez y gusto, pueden mirar sin bajar la cabeza a las abonadas del teatro Real de Madrid. Los hombres, por el afectado descuido de su persona y por su desmedida afición al flamenquismo, no son dignos de figurar al lado de ellas.

Isabel y sus amiguitas las de Enríquez fueron de las últimas en llegar, y se acomodaron en un palco bajo. La condesita estaba radiante de belleza y elegancia. Observé que todas las miradas, lo mismo de los hombres que de las señoras, se volvían hacia ella con frecuencia, al tenor de lo que había pasado en la tertulia de Anguita la noche en que la conocí. Y como entonces, la joven recibía aquel homenaje con perfecta naturalidad, sin ruborizarse ni envanecerse, sonriendo franca y bondadosamente, lo que prestaba a su rostro encanto irresistible. Si aquella expresión era hija del cálculo, hay que confesar que Isabel había ascendido a lo más delicado y exquisito del arte de agradar. Saludóme graciosa y familiarmente con la mano, con lo cual todos los ojos que estaban fijos en ella se tornaron hacia el sitio donde yo estaba. En cualquiera otra ocasión esto me hubiera halagado. Ahora me hallaba tan inquieto por el resultado de mis amores, que me fué indiferente, y aun me pesó de la distinción, por la curiosidad de que fuí objeto. Seguro estoy de que muchos me diputaron, sin más, por su novio.

En cuanto el segundo acto terminó, un acto larguísimo de I Puritani, me levanté para ir a saludarla. Pero al cruzar el pasillo de butacas, sentí que me llamaban por mi nombre.

—¡Qué encandilao va, hermano!

Era Raquel, la dama de Ecija, que se alojaba en la misma casa que yo. Teníamos gran confianza. Estaba con su esposo, quien cada día simpatizaba más conmigo.

—¿Dónde va usted tan escapao?

—A saludar a unas señoritas ahí a un palco.

—Bien, pues antes salúdeme usted a mí. Siéntese un ratito.

Me indicó una butaca desocupada a su lado, y, por no parecer grosero, me senté.

La belleza “en colosal” y llamativa de la dama había atraído hacia aquel sitio a algunos pollastres que la miraban fijamente. Ella, comprendiendo el efecto que en los tales causaban sus grandes ojos de ternera y enérgico seno, se esponjaba y hablaba alto, para decir, por supuesto, mil simplezas, que el bueno de Torres escuchaba sin pestañear, aletargado en su butaca bajo el peso de la peluca, impuesta como un castigo. No tardé en ver entre aquellos admiradores a Oloriz, atusándose, por variar, la barba y dirigiendo miradas lánguidas a Raquel. Se conoce que luchó un poco con el temor, pero que al fin se decidió a saludarla. Llegóse, pues, y se quitó el sombrero, dejando al descubierto su magnífica cabellera rubia, peinada cual si viniese directamente de la peluquería. Preguntóle por la salud, y luego hizo lo mismo con su esposo. Pero éste, sea porque se hallase distraído, o bien por la aversión concentrada que le tuviese, no contestó al saludo. El estudiante quedó acortado. Raquel entonces, no pudiendo disimular la indignación, o por mejor decir, la rabia que la conducta de su esposo le produjo, tomó la palabra, y ¡aquí fué ella!

—Pepe, que te está saludando el señor Oloriz... Yo pensé que era una regla de buena educación contestar a los saludos que nos dirigen.

—Mujer, no le he visto—manifestó Torres con dulzura.

—La verdad es que ya tienes tiempo para haber aprendido un poco de crianza... ¡Cuidado que se necesita no tener un adarme para quedarse hecho una estaca cuando una persona decente, cuando un caballero, nos hace el favor de preguntarnos cómo estamos!

Yo, viéndola tan irritada, traté de calmarla con algunas frases de disculpa. Mas ella, aturdida y excitada como siempre por sus propias palabras, cada vez se iba poniendo más encrespada, hasta el punto de que algunas personas que se sentaban en las butacas inmediatas lo observaron.

—¡Es una grosería, Sanjurjo... una indignidad!... Usted es persona de buena educación, y en su interior se está escandalizando, segura estoy de ello. Y si él solo se pusiera en ridículo, no me importaría nada... pero me pone a mí, y esto no puedo tolerarlo... ¡No quiero tolerarlo!... ¿Qué se figuraría una persona desconocida que presenciara este lance?... ¡Se figuraría cualquiera cosa mala, indecente!... ¿Es esto dar consideración a su señora? ¿Es hacer que se la respete?

—¡Si no le he visto, mujer! ¡si no le he visto!—repetía dulcemente el anciano.

Oloriz, en pie delante de nosotros, pálido, silencioso, hacía una figura verdaderamente desgraciada, tirándose con mano convulsa de la barba hasta arrancarse algunos pelos.

Tomé el partido de dejarla desahogarse. Cuando hizo una pausa, le dije en son de broma:

—Vaya, Raquel, no sea usted tan nerviosilla.

Y antes que de nuevo se exaltase, me levanté y le dí la mano. Oloriz vió el cielo abierto, y aprovechó mi marcha para retirarse también, haciendo un reverente saludo.

Isabel me estaba esperando con impaciencia, según me dijo. Había pensado bastante en mi situación, y quería a todo trance deshacer “los monos”, que dependían sin duda de alguna mala inteligencia, de algún embuste. Oyéndola llamar “monos” a las tremendas calabazas que Gloria me había propinado, alegróseme el alma. Había encontrado un medio de que nos tropezásemos y pudiésemos hablarnos. En su casa no quería que fuese. Quizá su prima se ofendería de que la llevasen engañada. Lo mejor era ir de excursión a la Palmera, una casa de campo que tenían del otro lado del río. Allí, estando todo el día juntos, no podía menos de operarse la reconciliación, para lo cual ella pondría de su parte lo que pudiera.

—Por supuesto, no invitaremos a ese malagueño antipático—añadió, guiñándome el ojo con gracia—. Usted campará todo el día por sus respetos.

Mi pecho se inundó de gratitud. Era adorable aquella chica.

Quedó en ir a la mañana siguiente a invitar a Gloria, y en avisarme por medio de carta el día y hora de la excursión, y en general todo lo que sucediese. Mis esperanzas, tan pronto vivas como muertas, renacieron ahora más frescas y lozanas que nunca. Parecíame imposible que dejándome un rato a solas con mi ex novia no la conmoviese y redujese a quererme otra vez. Tal fe tenía en mi elocuencia. Además, era dificilísimo suponer que tanto amor como aquella gentil muchacha me había demostrado en el tiempo que duraron nuestras relaciones se hubiese desvanecido en un instante, sin quedar entre las cenizas rescoldo alguno. En resumen, que dormí bastante bien aquella noche, y pasé el día siguiente tranquilo. Por la tarde recibí carta de Isabel. No la esperaba tan pronto. Decíame que la partida de campo se haría mañana. Como tenía muchas cosas que decirme, esperaba que fuese aquella noche a comer a su casa.

Según costumbre, el conde comió fuera de ella. Lo hicimos solos Isabel, la tía Etelvina y yo. En verdad que con las muchas y graves noticias que la condesita me comunicó, no hice más que picar de los platos, sin comer realmente de ninguno. Por la mañana había estado en casa de su prima a visitarla. Hablaron de mí, y Gloria se mostró enojadísima, mejor dicho indignadísima conmigo. Le dijo que le constaba de un modo evidente que yo estaba ¡qué horror! en amores con Joaquina Anguita. Todo lo que Isabel hizo por disuadirla fué inútil. Sabía el tiempo que todas las noches hablaba con ella, y que todos en la tertulia tenían conocimiento de tales relaciones. Preguntó si yo era de la partida, y respondiéndole que sí, negóse a formar parte de ella. Sólo a fuerza de ruegos cedió, y eso con la condición de que se invitase también a Daniel Suárez.

—Mire usted, Sanjurjo, la impresión que yo he sacado es que mi prima tiene celos, ¡unos celos que la comen el alma!... y una mujer celosa es una mujer enamorada.

—Pero ¿ese Daniel?...

—No haga usted caso... Lo ha escogido como instrumento para dárselos a usted... Por lo demás, entre usted y él ninguna muchacha puede vacilar—añadió sonriendo.

—Mil gracias.

Pero después que ambas primas hubieron resuelto este punto, quedó otro más difícil. La cuestión de permiso. Doña Tula se negó a darlo. Gloria estaba haciendo en su casa una vida conventual. Desde que se descubrió el galanteo de Marmolejo, sobre todo, la tenían terriblemente sujeta. Isabel acudió a su padre, quien mandó a doña Tula una cartita, diciéndole que no era aquello lo convenido, que se había prometido sacar al mundo a su sobrina para averiguar su vocación, y que se la tenía prisionera, peor que en el colegio; que aquello daría mucho que hablar en Sevilla, y que la rogaba, para evitar murmuraciones, que la concediese alguna libertad. Dos horas después vino una cartita con la autorización. La excursión se efectuaría, pues, al día siguiente, y los convidados partirían de la casa de los condes a las dos de la tarde.