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Chapter 36: ÍNDICE
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About This Book

Se reúne un conjunto de ensayos, prólogos y pasajes narrativos en los que el autor examina su trayectoria literaria y sus principios creativos, prefiriendo la libertad expresiva frente a las servidumbres de la postura, la imitación y la moda. Aborda la influencia de los maestros, la tentación del naturalismo y la evolución del lenguaje como herramienta práctica más que como ídolo estilístico. Alternan reflexiones críticas con fragmentos de ficción que recrean la vida costera, la camaradería de los pescadores y la relación entre experiencia personal y retrato novelístico. Las piezas ofrecen un equilibrio entre autocrítica y demostración artística.

La alegría del capitán Ribot, la última novela de Armando Palacio Valdés, es toda una obra de arte, de arte dominado con maestría; composición delicada y graciosa, de un espiritualismo natural, sencillo y sobrio. En este libro se ve al maestro dueño de sí mismo y del instrumento, tan admirable por lo que dice como por lo que calla, por lo que economiza.

CLARIN

La Hermana San Sulpicio es una novela honrada y alegre. Es una novela picaresca y de buena compañía. Es una novela llena de incidentes y admirablemente compuesta. Los episodios, infinitamente múltiples y variados, se hallan tan bien ligados a la aventura principal y como entrelazados con ella que no la hacen olvidar jamás; hacen, al contrario, que se experimente más placer cuando se la vuelve a encontrar e ilustran el margen de la narración sin sobrecargarla ni oscurecerla. Además, la parte pintoresca es excelente. Leyendo este libro se vive en Sevilla de día y de noche como si allí se estuviese y se desea de todo corazón habitar allí realmente. Se experimenta tristeza al terminar el libro, como si en realidad tomásemos el billete a fin de Octubre para volver a Francia.

Y a gran diferencia de la mayor parte de nuestras novelas francesas, leyendo ésta no nos aburrimos en compañía perpetua de tres o cuatro personajes, siempre los mismos, que conocemos a fondo desde la quinta página, y de los cuales el autor parece que nos repite sin cesar: “¡Miradlos bien, estudiadlos todavía; estáis muy lejos de conocerlos; son inmensos!” En La Hermana San Sulpicio se ven pasar y repasar cerca de cuarenta personajes que son todos, o por lo menos casi todos, muy precisos, muy de relieve.

EMILE FAGUET,
De la Academia Francesa.

Palacio Valdés es una de mis grandes admiraciones literarias, y todo cuanto signifique homenaje al hombre y su obra, tiene por adelantado mi adhesión.

Le conocí al través de sus libros, hace muchos años, cuando era yo estudiante en la Universidad de Valencia, y a las horas de clase aprendía el Derecho en un verde ribazo de la huerta o sentado en la arena del Mediterráneo, con una novela sobre las rodillas. Palacio Valdés fué el autor de texto que estudié con más ahinco, en aquella época feliz de ingenuos entusiasmos y sinceras admiraciones.

Han pasado los años: vientos de destrucción han soplado sobre mi fe juvenil: muchas de mis antiguas admiraciones ruedan por el suelo; pero la imagen del artista creador de Marta y María y La Hermana San Sulpicio sigue en pie, firme, cada vez más adornada con votos de adoración.

Después he conocido al hombre. Nos hemos visto pocas veces. El es un solitario por reflexión: yo comienzo a huir de las gentes por miedo a la expansión. Pero declaro que el hombre vale tanto como la obra.

Palacio Valdés es un verdadero artista. Tengo la certeza de que no lleva escrita ni una sola página por industrialismo literario. Ni busca elogios, ni adula a nadie para sostener su fama. Durante algunos años, la Prensa, que dispone de columnas para todas las necedades que se vierten en el Congreso, no tuvo más que silencio y olvido para su obra literaria. Ahora llegan tiempos de justicia, y el gran novelador recibe merecidos homenajes.

¡Salud, maestro!

Al admirar su serenidad de artista, su desprecio por el éxito circunstancial y momentáneo, su trabajo firme mirando al porvenir, pienso en Esquilo, insensible a las amarguras y las injusticias, escribiendo al frente de sus obras, como suprema apelación, esta dedicatoria que muy pocos se atreven a trazar: “Al tiempo.”

VICENTE BLASCO IBAÑEZ

Esta indiferencia del público español hacia la literatura, la cual ha hecho decir a un novelista vivo que una persona de buena posición en Madrid gasta con más gusto su dinero en fuegos artificiales o en naranjas que en un libro, ha sido al cabo vencida hasta cierto punto por un escritor que no solamente es admirado y distinguido, sino positivamente popular, el cual, sin sacrificar su estilo, ha logrado conquistar al desdeñoso público español. Este escritor es Armando Palacio Valdés.

EDMUND GOSSE,
Vicepresidente de la Sociedad Real
de Literatura del Reino Unido.

Las novelas de nuestro poeta son extraídas de la realidad. Pinta a los hombres tales como son, tales como él los ve con sus ojos penetrantes que descubren las alturas y las profundidades de la sociedad, a sus caudillos y a sus bestias de carga. No es un escritor melindroso. Sus personajes no sólo tienen la parte anterior, sino también la posterior, que a algunos parecerá escandalosa. Sin embargo, no es un disecador naturalista de la vida y de la sociedad, sino un artista. En todas sus novelas brilla el sol del ideal.

De este realismo poético unido al genio filosófico del novelista se deduce su tendencia a plantear en sus obras problemas morales y religiosos. Pero esta tendencia no implica prejuicios ni sectarismos; no confunde la religión y la ética, la moralidad y la vida social como un impertinente maestro de escuela. Palacio Valdés es católico; no oculta su modo de pensar y sentir. Sin embargo, su catolicismo nada tiene que ver con la Inquisición y los autos de fe. Es un catolicismo leal, intrépido: no vacila en esgrimir el látigo de su sátira sobre los extravíos de la pasión religiosa y sobre las flaquezas del clero. “Es necesario—ha dicho él mismo—que las ideas salgan de los hechos y no se añadan a ellos como reflexiones abstractas.”

Una cosa hace aún sus obras superiores a las de sus colegas españoles, y es una cierta jovialidad preciosa como el oro que refresca el corazón.

Palacio Valdés se llama modestamente en el círculo de sus amigos “novelista de ocasión”. Este novelista de ocasión, no obstante, es el escritor español, después de Cervantes, más traducido a lenguas extranjeras.

Su última obra, Papeles del Doctor Angélico, es un libro original y precioso; no es una novela; es un libro poético-filosófico, un breviario escrito para los hombres que no viven en el barranco, sino en las alturas del espíritu. Se compone de luminosos artículos filosóficos, novelitas y bocetos. Profundísimas meditaciones científicas sobre las grandes cuestiones políticas, sociales y religiosas alternan con deleitosas producciones poéticas. Voy a leeros un boceto titulado La procesión de los Santos, que es una especie de visión religiosa verdaderamente encantadora. Quizá sea lo más grande en materia de poesía religiosa que haya aparecido desde los días de la Edad Media.

La poesía no está muerta, sino viva, en la patria de Cervantes. El campo de la literatura española no es ningún páramo desierto, sino tierra fecunda, jardín fértil y ameno. El carácter más notable en la moderna literatura española es Armando Palacio Valdés. Grande es el número de sus admiradores en Inglaterra, Francia y América. Alemania tiene que reparar su yerro. Que no tardemos mucho en oir hablar de una Sociedad constituída en nuestro país para honrar al amable poeta y pensador español.

AUSTIN TRAPET

(Discurso pronunciado ante la Sociedad Científica de Coblenza.)

Desde mis tiempos de estudiante, mucho antes de soñar con ser literato, profeso por D. Armando Palacio Valdés una profunda admiración, cada día más grande, porque con los años le comprendo mejor. Pero con ser tanta mi admiración al escritor, casi la supera mi admiración al hombre grave y esquivo ante el frágil y adocenado aplauso de la crítica y de la Prensa.

RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN

En sus novelas y en las de Pérez Galdós aprendí lo que en mí puede haber de gusto literario a la moderna. De uno y otro escritor me sería imposible dar al público un juicio razonado; son para mí de los escritores que han penetrado más hondo que en la inteligencia y las cosas del corazón no se discuten ni se razonan.

JACINTO BENAVENTE

Se sabe que Palacio Valdés, el más reputado y difundido de los novelistas españoles que ha compendiado en una monografía definitiva, es el autor de obras pintorescas, emocionantes o cómicas, cuyas ediciones se cifran por centenares de miles, y entre las cuales basta citar José, La Fe, El idilio de un enfermo, El origen del pensamiento, La Hermana San Sulpicio, Marta y María y la maravillosa historia Tristán o el pesimismo. Este admirable escritor, del cual una reputación mundial aureola los cabellos blancos, es, no obstante, el más modesto de los hombres.

EMILE MOREAU

(La Liberté.)

En la rica literatura española Armando Palacio Valdés ocupa un puesto preeminente como autor de novelas. Posee una vasta erudición. Escribe novelas de costumbres llenas de intuición y de verdad, aborda temas religiosos y filosóficos, ofrece pinturas excelentes de la vida aristocrática en España. Su estilo es de una perfección extremada; jamás traspasa la medida; nos recrea al mismo tiempo que despierta nuestra reflexión. Sus obras se han traducido a varios idiomas, y, sin duda, Palacio Valdés ha contribuído más que ningún otro escritor español a dar a conocer la literatura española fuera de su país y a hacerla estimar. Es un hombre de mundo espiritual e irónico, es un filósofo serio que se interesa por las cuestiones vitales y añade a un espíritu penetrante un gusto excelente. Maneja su hermosa lengua magistralmente, y bajo una forma elegante se encuentra siempre el contenido de un sentido profundo.

CARL DAVID AF WIRSÉN,
Secretario de la Academia Sueca.

La novela española atraviesa por un período de extraordinario brillo, y han nacido en la patria de Cervantes escritores que merecen ser conocidos y estudiados por nosotros. Entre ellos es preciso citar en primer lugar a Armando Palacio Valdés, que es realmente un novelista del más alto mérito y de la más intensa originalidad.

PH.-EMMANUEL GLASER

(Le Figaro.)

Palacio Valdés, después de Cervantes, es el novelista más notable que ha producido España.

FRANCISCO GIRALDOS

(Labor Nueva. Revista internacional. Barcelona.)

De toda esta pléyade de novelistas españoles aquel que más me ha agradado y más me ha enseñado acerca de la vida de España es Armando Palacio Valdés. Por la finura de observación, por su fidelidad a la naturaleza, por su espíritu equilibrado, se puede afirmar que ningún novelista en España ni fuera de ella ha escrito media docena de otras que sobrepujen a la media docena mejor que ha salido de su pluma. Leerlo en inglés con mucho de su aroma perdido es un exquisito placer, como la venta de doscientas mil Maximinas testifica.

GRANT SHOWERMAN

(The Sewance Review.)

Podemos afirmar que Valdés posee las primeras cualidades de un gran novelista, en el sentido moderno, porque es un revelador y un intérprete de la vida, porque tiene el poder de identificarse con la vida de los otros. Cuando dice de su carácter que es vago e indefinido no debe entenderse como algo sombrío y enfermizo. Es más bien el de un espíritu que se oculta y gusta de sumergirse en la vida universal. Resplandece en sus obras la más alta sinceridad y firmeza, y al mismo tiempo se encuentra en todas ellas una profunda y delicada simpatía por todas las cosas; una clara visión que penetra en las más oscuras profundidades y lo eleva a las alturas más luminosas. El nos ofrece los acontecimientos vulgares de la vida ordinaria como son en realidad, pero nos vemos obligados a mirarlos con el sentido que él les presta; y mientras reconocemos estos sucesos como algo que ya habíamos visto, observamos que él les dota de un interés que no sospechábamos en ellos, y revela su carácter oculto con una gran riqueza de detalles aclaradores.

SYLVESTER BAXTER

(The Atlantic Monthly.)

El ilustre escritor no es de aquellos que al prestigio del talento añaden el prestigio del reclamo: cuando viene a Francia no provoca, como otros autores extranjeros bien conocidos, los artículos de periódicos y las interviews de los reporters; y cuando publica un libro deja a su obra el cuidado de hablar por sí misma en su favor. El éxito le ha llegado ya, un éxito de buena ley, que le han valido los méritos de la forma y los del fondo.

Cuidadoso de la composición y del equilibrio, no se distrae en episodios y digresiones; no cuenta por contar, no describe por describir. Paisajista, evita ese defecto, tan familiar a los paisajistas, que consiste en colocar a la Naturaleza en el primer plano y concederle un desarrollo excesivo y absorbente. No le da más importancia que la que conviene a una decoración, y reserva, por el contrario, un lugar preponderante a lo que es esencial, al estudio de las costumbres, de los caracteres y de los problemas morales.

F. VÉZINET

(Le Parthénon.)

Palacio Valdés ocupa un sitio completamente singular entre los modernos autores españoles. Y no es la corriente de la moda la que hace que se le lea más que a los otros, sino porque sus novelas tienen una base muy distinta de las de sus colegas. Aunque no pueda negarse la influencia de la escuela francesa (influencia muy grande en España), sin embargo, un estudio profundo de los clásicos y de la filosofía alemana han prestado a sus obras el sello de una independencia innegable. Sus vistas estéticas son distintas de las que ahora dominan y su realismo (porque Palacio Valdés es realista) tiene su raíz más en los tiempos grandes de Cervantes, Mateo Alemán y Vicente Espinel que en el culto desapoderado de la verdad y en la oscuridad místico-espiritual de la escuela moderna.

H. KELLER-JORDAN

(Allgemeine Zeitung.)

Si alguien me preguntara qué opino de Armando Palacio Valdés, le contestaría sin pérdida de momento que le juzgo por el primer novelista de nuestros tiempos.

J. GIVANEL MAS

(La Vanguardia, Barcelona.)

Tiene horror al reclamo. Es un caso bastante raro en la literatura universal para que merezca ser señalado al público francés. Todos los libros de este escritor excepcional han aparecido en silencio, sin levantar clamores de entusiasmo y de triunfo, que acogen alguna vez entre nosotros a las más auténticas medianías. Se ha impuesto únicamente por su mérito personal a la atención pública. Por lo demás, toca en sus escritos cuestiones de tal modo apremiantes, que nadie puede evitar su urgencia indubitable. El filósofo más escéptico no podrá menos de sentirse conmovido leyendo La Fe.

El héroe de esta novela idealista es un joven sacerdote, el padre Gil, vicario de la iglesia de Peñascosa, villa situada en el fondo de una pequeña ensenada del golfo cantábrico. El primer capítulo de La Fe es un cuadro encantador de su primera misa. Ferdinand Fabre, si viviera, quedaría celoso de estas páginas sobrias y pintorescas. Es una empresa difícil el describir una ceremonia religiosa. Zola, en la Faute de l’abbé Mouret, no ha estado en ello afortunado. Enumerar como lo hace, complacientemente, el jefe de la escuela naturalista todos los detalles y todos los accesorios del culto es hacer maquinalmente un inventario sin comprender el profundo significado de la liturgia. El sentido interior le escapa. Palacio Valdés, en vez de detenerse en el aspecto superficial de las cosas, nos inicia en todos los secretos de las almas sencillas que se han reunido para asistir a la primera misa de aquel joven sacerdote.

La Fe es un libro leal y fuerte, animado desde el principio hasta el fin por un gran soplo de humana piedad.

GASTON DESCHAMPS

(Le Temps.)

En la suma de las admiraciones al gran novelista Palacio Valdés continúo siendo uno más.

MANUEL LINARES RIVAS

Palacio Valdés ha tardado diez años en triunfar de la indiferencia del público y de la Prensa. Hoy sus obras son leídas en el mundo entero. Se comprende que esté orgulloso de una victoria tan noblemente ganada.

La sinceridad absoluta del artista, su cuidado profundo de la verdad, su horror de lo que él llama el efectismo, y que no es más que la caza del efecto en lugar de la emoción verdadera, esparcen por todos sus libros un encanto penetrante.

El tiempo no está lejos, yo lo creo así, en que el amor de lo grandioso y exagerado desaparecerá. Las grandes frases vacías se harán viejas y serán reemplazadas por palabras menos sonoras, quizá más modestas, pero más llenas de sentido, más precisas y más puras. Ese día, ciertamente, la España quedará reconocida al escritor de este siglo que más ha contribuído a hacer amar lo sencillo y lo natural.

L. BORDES

(Revue des Lettres Francaises et Etrangères.)

ÍNDICE

Páginas.
Confidencia preliminar7
Marta y María23
Una excursión a la Isla27
José55
La desesperación de un hidalgo57
Aguas fuertes71
Lloviendo73
Polifemo81
Los Puritanos91
¡Solo!115
Riverita137
Una corrida de toros139
Maximina. El primer hijo155
Los majos de Cádiz179
Despedida181
La Fe199
Cruel desengaño201
La aldea perdida219
El desquite223
Adiós239
La hermana San Sulpicio251
Paseo por el Guadalquivir255
Tristán o el pesimismo305
Papeles del doctor Angélico317
Un testigo de cargo319
Vida de canónigo325
Una mirada a lo alto333
La procesión de los Santos339
Perico el Bueno343
Las burbujas355
Opiniones de la crítica española y extranjera      363