«Si le dan distintos nombres los que analizan sus hechos, de la crítica formando reñidísimo torneo, es porque fué su persona tan grande, que quiso el Cielo que el que vivió siempre en guerra moviera á discordia muerto.»
M. Cano y Cueto.
La memoria del Monarca justiciero está tan unida á las historias y tradiciones de nuestra ciudad, que injusto sería no dedicar en estos apuntes un recuerdo al rey más popular de España, y que más han calumniado los cronistas é historiadores, presentándolo como un monstruo sediento de víctimas y capaz de cometer toda clase de excesos y funestos errores.
La pasión ha conducido la pluma de los escritores á los más lamentables extravíos al ocuparse del reinado de D. Pedro, á quien son menos los que con imparcialidad le han tratado, que los que le han atribuído patrañas absurdas y cuentos ridículos, haciéndose eco de los que corrían en boca del ignorante vulgo.
Pero la verdadera crítica, investigando con incansable actividad, ha arrojado luz sobre tantas tinieblas, desvaneciendo errores y demostrando que el Monarca á quien se llama Cruel merecía el calificativo de Justiciero, como así lo entendió Felipe II.
D. Pedro dejó en Sevilla huellas imborrables de su personalidad, las cuales existirán siempre para mantener vivo el recuerdo en todas las generaciones.
¡Cuántos edificios, cuántas calles, cuántos lugares nos traen aquí á la memoria la severa y arrogante figura de aquel monarca joven, emprendedor y valiente, á quien sólo pudieron vencer sus enemigos por la traición más alevosa!
El Alcázar, esa joya de la arquitectura mudéjar, fué reconstruido por él en 1364, invirtiendo grandes sumas en las obras, trayendo de distintos puntos de España objetos de valor con que enriquecerlo, y empleando en los trabajos á los más reputados artífices.
En el regio edificio existe aún la cámara particular que ocupó D. Pedro; allí puede verse el patio donde cayó herido al golpe de las mazas el maestre D. Fadrique; allí están los amenos jardines por los que tantas veces paseó D.ª María de Padilla; allí está la magnífica portada cuyos dibujos é inscripciones dirigió el mismo Rey, y allí, en fin, existen próximos los sombríos y tortuosos callejones por donde él salía de noche á vigilar la población y á sorprender las tenebrosas reuniones de sus enemigos.
En la calle del Candilejo estuvo el domicilio de aquella vieja que asomó su luz á la ventana una noche que el Monarca había tenido pendencia con un desconocido, reconociéndole por el ruido de las choquezuelas, suceso que por ser de todos sabido no relataremos, limitándonos á decir que el busto de D. Pedro que hoy existe en la fachada cercana se colocó el año 1600, sustituyendo á la cabeza toscamente labrada en barro que el Monarca justiciero hizo poner en el lugar de la riña.
Otro edificio que evoca su memoria es la torre del Oro, en la cual estuvieron guardados los tesoros del Rey, bajo la vigilancia del judío Leví, y en la que permaneció D.ª Aldonza Coronel mientras sostuvo sus amorosas relaciones con D. Pedro.
Éste reedificó á sus expensas cuatro templos, que fueron el de San Miguel, el de San Francisco, el de la Merced y el de San Pablo, haciendo que en ellos se dieran de continuo solemnes cultos y fiestas, que solía presenciar muy á menudo en compañía de sus cortesanos.
En el convento de Santa Inés yace enterrada la esposa de D. Juan de la Cerda, D.ª María Coronel, á quien D. Pedro requirió de amores con tanta insistencia, que la dama, que era de suyo honesta y poco sensible á los halagos del joven Monarca, se retiró á la ermita de San Blas y luego á dicho convento, que fundó, y en donde, viéndose aún perseguida por su galanteador, no encontrando á mano otro medio de alejarle, se aplicó aceite hirviendo en el rostro para matar su hermosura, quedando de extraordinaria fealdad.
Cuando la guerra con Aragón, en el sitio de las Atarazanas equipó D. Pedro la escuadra que había de obtener tan señalada victoria, y se dice que el Rey en persona acudía todos los días á estos sitios, dando muchas ordenes verbales á los marinos y demás gentes que trabajaban en las obras.
No lejos de este lugar cuenta la tradición que D. Pedro entró en el río á caballo persiguiendo airado al Nuncio del Papa, que había anatematizado el enlace con D.ª María Padilla, viéndose muy apurado el eclesiástico para huir en una barca, que por fortuna le salvó de una muerte cierta. En la calle de San Luis se asegura que vivió aquella hermosa dama, cuando fué conocida por el Rey; á la puerta del templo de San Gil fué enterrado el famoso arcediano que la conseja popular nos ha trasmitido... ¿Y á qué seguir enumerando lugares y edificios?... Ya dijimos que Sevilla está llena de recuerdos de aquel Rey, y los que hemos apuntado bastan para probar nuestras frases.
Si dispusiéramos de más espacio lo dedicaríamos á la memoria del Monarca justiciero; mas como las dimensiones de estos apuntes no lo permiten, ponemos punto á nuestro modesto trabajo.
VIII
EL SEPULCRO DE GUZMÁN EL BUENO
«Un hijo dióme Dios para mi patria; su apoyo debe ser; no su enemigo... Y porque te persuadas cuán distante me encuentro de faltar al deber mío, si armas no tienes para darle muerte, toma, allá va, verdugo, mi cuchillo.»
Gil de Zárate.
Á poco más de media legua de Sevilla existe una pequeña aldea, llamada Santiponce, inmediata á la cual pueden aún verse las ruinas del antiguo y soberbio monasterio de San Isidro del Campo, fundado por D. Alonso Pérez de Guzmán y su esposa D.ª María Alonso Coronel en el año de 1301.
No es nuestro propósito hacer aquí la historia de este edificio, que en situación tan lastimosa se encuentra hoy, ni tampoco describir con todos sus detalles el local ni los cuadros, esculturas y sepulcros que en él se hallan relegados al más imperdonable olvido.
El que tiene algún cariño por las glorias de la patria, el que estima los recuerdos de aquellas generaciones pasadas que á las presentes dieron vida, no puede por menos de experimentar cierta tristeza al recorrer aquel claustro derruído, aquellos patios solitarios y aquellas galerías que amenazan desplomarse; lamentando que la indiferencia de unos y el instinto destructor de otros, unido á la acción de los tiempos, hayan conducido á estado tan deplorable el monasterio en cuyo lugar se guardaron los restos de San Isidoro hasta el año 1053, en que, con licencia del rey de Sevilla Al-Motadhid, fueron trasladados á la ciudad de León por el obispo Avito.
Siguiendo nuestro propósito, sólo nos ocuparemos en este apunte del Sepulcro del fundador de la casa, que aún se conserva y hemos tenido ocasión de ver hace poco tiempo.
Éste se encuentra en la parte más antigua de la iglesia, y fué construído en 1609 para sustituir el primitivo, sobre el cual son muy escasas é incompletas las noticias que tenemos.
El mausoleo que guarda los restos del bravo defensor de Tarifa es digno de tan esclarecido varón, cuyo heroísmo es admirado por cuantas generaciones le han sucedido. Está adornado de escudos de armas, de labores primorosas, que son muy estimadas por los inteligentes, y sobre la ancha losa está grabado el epitafio, que dice así:
«Aquí yace D. Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, que Dios perdone; fué bien aventurado é que previno siempre servir á Dios y á los Reyes; él fué con el muy noble rey D. Fernando en el cerco de Algeciras; é estando el Rey en esta cerca fué á ganar á Gibraltar, á después que la ganó entró en cabalgada en la tierra de Gaucin, é tuvo facienda con los moros é matáronle en ella, Viernes 19 de Setiembre, era 1347, que fué año de el Señor de 1309.—H. S. E.—19 era Septenbris anno domini 1609—300 a die sui abitibus.»
Sobre el sepulcro está la estatua de Guzmán, vestido de armadura, y arrodillado ante un reclinatorio como entregado á la más profunda oración.
El escultor Martínez Montañés hizo la estatua, que, como todas las obras que su prodigioso cincel labró, es de un mérito excelente, si bien han hecho notar algunos eruditos que las armas que lleva don Alonso presentan bastantes anacronismos.
La contemplación del mausoleo, tan olvidado hoy, inclina el espíritu á melancólicas reflexiones, y poco á poco acuden á la imaginación los recuerdos de aquel personaje heróico, cuya figura ha sido tantas veces ensalzada por el arte y la poesía y cuya hazaña inmortal está grabada con caracteres indelebles en las páginas de la historia.
El cuerpo del defensor de Tarifa se conservó largos años en perfecto estado, según escriben varios autores que lo vieron; pero en la actualidad sólo existen algunos huesos podridos y terrosos en aquella bóveda solitaria medio derruída. Cerca del mausoleo de Guzmán se encuentra también el de su esposa D.ª María Alonso Coronel, la muy casta dueña de manos crueles que dijo Juan de Mena, y que falleció en 1332, siendo sepultada con gran solemnidad y pompa cerca de su heróico marido. Entre otras personas cuyos hechos memorables consigna la historia, yacen enterradas en sendos sepulcros en aquel lugar D.ª Urraca Osorio y su fiel doncella Leonor Dávalos.
Las cortas dimensiones de estos apuntes no nos permiten extendernos en más detalles, y terminamos estas líneas recomendando al lector cuanto acerca del monasterio de San Isidro y su necrópolis han escrito el P. Torres, Maldonado, Saavedra, Zeballos, Matute, Gestoso, Gali y otros inteligentes y eruditos autores.
IX
LA PUERTA DEL PERDÓN
«En el muro antiguo que formó parte de la gran aljama, y en su centro, hállase la puerta que llaman del Perdón, que sirve de ingreso al patio de los Naranjos.»
J. Gestoso.
Llámase así una de las puertas de la hermosa Basílica sevillana, por la cual se entra al patio de los Naranjos, donde aún existen recuerdos de la gran mezquita de los musulmanes.
La puerta del Perdón tiene también su historia, y de ella vamos á hacer un ligero extracto.
Antes de la reconquista fué esta puerta la principal de la mezquita, y conforme la dejaron los árabes se conservó largos años, hasta que en 1340 don Alfonso XI, después de la célebre batalla del Salado, la mandó edificar nuevamente, gastando una suma bien considerable.
En el reinado del emperador Carlos V, y hacia el año de 1519, se hicieron algunas reparaciones en dicha puerta, aumentándole las complicadas labores que rodean su arco árabe, colocando sobre ella un ancho guarda-polvo con prolijos artesonados, y á derecha é izquierda las dos estatuas de S. Pedro y S. Pablo que aún existen, y que son obra del célebre escultor Miguel Florentín.
El arquitecto Bartolomé López fué encargado de reparar entonces la antigua puerta, tomando también parte en las labores famosos maestros, según dicen varios puntuales cronistas.
Poco tiempo después se levantó tras de la puerta un altar de mármol, rodeado de alta verja, en el cual existe de muy antiguo un busto de Jesús coronado de espinas y con la irrisoria caña, llamado del Perdón, tomando desde entonces este nombre la Puerta que nos ocupa.
Cuando pasaban por delante de este altar los reos que eran condenados á la horca ó á la hoguera les hacían detenerse algunos momentos para que rezasen á la efigie de Cristo un Padre nuestro, que repetían en voz alta los que formaban la comitiva de los infelices que iban á morir.
Á principios del pasado siglo construyóse sobre la cornisa de la puerta del Perdón un campanario de pobre aspecto y del peor gusto, con tres arcos y dos campanas, pertenecientes á la parroquia del Sagrario.
Hacia el año 1818 hiciéronse obras en la Puerta, desapareciendo entonces el guarda-polvo, artesonado y muchos de los complicados adornos y primorosas labores que tenía, cubriéndose entonces las hojas de la puerta con una espesa capa de pintura verde.
Estas hojas están forradas de cobre; tienen prolijos adornos de alto mérito, y, según afirman antiguos historiadores, son las mismas que tuvo la mezquita.
Un desgraciado accidente ocurrió en la puerta del Perdón cierta noche del mes de Agosto de 1839, y el cual lo hemos visto escrito en diferentes autores. Á las doce de aquella noche llegaron á la Puerta dos caballeros muy conocidos y apreciados en Sevilla en demanda de los auxilios espirituales para una señora que se encontraba enferma en una casa de la calle Vizcaínos, y al acercarse ambos al umbral desprendiéronse algunos trozos de la moldura que encierra el relieve representando á Jesús que arroja á los mercaderes del templo, yendo á caer sobre los indicados sujetos, uno de los cuales quedó muerto casi en el acto y el otro gravemente herido.
Hace poco tiempo se repararon algunos adornos y las estatuas de la puerta del Perdón, donde mientras duren las obras de nuestra hermosa Basílica se coloca todos los años un estrado para que el Cabildo Eclesiástico presencie desde allí el tránsito de las renombradas cofradías de Semana Santa.
X
DOÑA URRACA OSORIO
«É cuando el rey D. Pedro tornó á Sevilla después de la batalla vencida, falló y á D.ª Urraca Osorio, madre del dicho D. Juan Alfonso de Guzmán; é con gran saña que había de su fijo, fízola prender é matóla muy cruelmente.»
Crónica.—López de Ayala.
Ante la puerta principal del convento de Nuestra Señora de la Encarnación de Belén existió desde muy remota fecha hasta la tercera década del presente siglo una cruz de hierro que se alzaba sobre un ancho pedestal de azulejos, y que era llamada Cruz del Palo ó de la Tinaja, que por ambos nombres la conocía el vulgo.
Lo que éste ignoraba era el motivo que hubo para que se colocase aquella cruz en semejante lugar; y bien merece lo recordemos, acogiendo, con las reservas consiguientes, el relato de la tradición que hasta nosotros ha llegado.
Después de la memorable batalla de Nájera, ocurrida en Abril de 1367, y en la que tan completa victoria alcanzó el rey D. Pedro I de Castilla sobre su desleal hermano, retiróse el Monarca justiciero á nuestra ciudad, pasando antes algunos meses en Toledo y Córdoba.
Muchos eran los descontentos y ambiciosos que en Andalucía se señalaron por sus ideas en favor del bastardo D. Enrique, y entre ellos se distinguió D. Alfonso Pérez de Guzmán, Señor de Sanlúcar y nieto del bravo defensor de Tarifa.
Cuando entró en Sevilla D. Enrique en 1366, Pérez de Guzmán, que había servido al rey D. Pedro, viéndole fugitivo y próximo á retirarse á la Galia inglesa, reconoció al bastardo como monarca legítimo, jurándole fidelidad y haciendo que por él se proclamasen todas sus gentes y muchas de la ciudad, que sedujo con falsas promesas, siendo ayudado en aquellos manejos por su madre D.ª Urraca Osorio, señora principal y de noble estirpe.
Triunfó D. Pedro en Nájera, y al aproximarse á Sevilla, huyó D. Alfonso Pérez de Guzmán, no sin haber dejado antes encargados á su madre con el mayor secreto ciertos negocios en favor de la causa del bastardo.
Preciso fué castigar con severa mano á los que siguieron al Infante, y entre otros caballeros rebeldes y traidores fueron ejecutados en la capital de Andalucía D. Juan Ponce de León, D. Gil Bocanegra y el tesorero Martín Yáñez.
Al poco tiempo fué presa también D.ª Urraca Osorio, sobre la cual recaían gravísimos cargos, que inútilmente podía rehuir de sí por las muchas y terminantes pruebas que contra ella y su hijo existían.
Condenaron á muerte á D.ª Urraca, y á muerte horrible, pues, según la sentencia, debía ser quemada viva ante el pueblo, y en una plazuela próxima al sitio conocido por La Laguna, donde más tarde se construyó la Alameda de Hércules.
El rey D. Pedro, cuya indignación contra Pérez de Guzmán por su comportamiento era grandísima, no quiso perdonar á la madre, y á principios del mes de Setiembre de 1367 levantóse una mañana la hoguera para la infeliz D.ª Urraca.
El populacho y la gente de la heria asistieron en gran número á presenciar aquella ejecución, en la que concurrían circunstancias muy especiales, no sólo por ser la reo muy noble y principal señora, sino por lo mucho que era conocida en toda la ciudad.
Acompañada de alguaciles y soldados, llegó la dama al pié del patíbulo, y después de ser atada con fuertes ligaduras á un madero, comenzaron á arder los secos troncos, que pronto levantaron grandes llamas y espeso humo.
Retorcíase la víctima entre horribles dolores, lanzando desgarradores gritos cuando el fuego quemaba sus carnes, y en una de esas violentas sacudidas de cuerpo rasgóse el vestido de la dama, dejando al descubierto la mayor parte de sus formas.
Entonces la plebe que presenciaba aquella dramática escena prorumpió en atronadora gritería, insultando á la víctima y llenándola de sangrientos epigramas y crueles sarcasmos.
Pero cuando más imponente se presentaba la chusma y más lastimoso era el estado de D.ª Urraca, una mujer abrióse paso entre la concurrencia, y llegando precipitadamente á la hoguera, abrazóse á la madre de Pérez de Guzmán, cubriéndola con sus ropas, y dejando que las llamas la devorasen como á la reo.
Leonor Dávalos llamábase esta mujer heróica, y pertenecía á la servidumbre de D.ª Urraca, á quien profesaba todo el cariño que revela aquel acto de generosidad imponderable.
En el monasterio de San Isidro del Campo yacen enterradas D.ª Urraca Osorio y su fiel doncella, según hemos apuntado; y para conmemorar la muerte de ambas colocóse frente á la puerta del convento de Belén la cruz á que en el principio de este trabajo nos referimos.
XI
EL PATIO DE LAS MUÑECAS
«Y si mató á don Fadrique, mucho le importa el hacerlo; de su muerte y otras muchas sabe las causas el Cielo, y aun fuera mayor castigo si se rompiera el silencio.»
QUEVEDO.
El que por vez primera visita el magnífico Alcázar de nuestra ciudad, soberbio edificio lleno de recuerdos, en el que tantas generaciones han dejado huellas de su paso, al cruzar aquellas hermosas galerías, patios y salones se cree trasportado á los tiempos de las tradiciones y de las leyendas, no pudiendo también por menos de sentir admiración ante los primores y bellezas que en él los artistas fueron dejando.
Uno de los sitios del Alcázar donde más se detiene el visitante, es sin duda el célebre patio de las Muñecas, próximo al salón de Embajadores; y al extender la mirada sobre aquel lugar acude siempre á su memoria la trágica muerte del infante don Fadrique, ocurrida el martes 29 de Mayo del año 1358, once años antes de la memorable escena de Montiel.
El patio de las Muñecas es una verdadera joya del arte muslímico; según frases de Guichot, «salvo tal cual lunar, debido á repetidas restauraciones, es sin disputa el mejor modelo que nos queda del último período del arte árabe.»
Las dimensiones del patio no son muy grandes, y se llega á él por tres salones, que fueron renovados en el primer tercio de nuestro siglo y tienen gran número de azulejos y labores.
Diez son los arcos del patio, los cuales descansan en esbeltas columnas; hay en el centro una pequeña fuente, y en el segundo cuerpo algunas ventanas con celosías de mucho carácter, y cierra la obra una feísima montera de cristales que fué colocada con el peor gusto no hace muchos años.
El patio de las Muñecas es quizá la pieza que menos variaciones ha sufrido desde la época en que el Rey justiciero y legendario mandó dar muerte en él al Maestre de Santiago siete veces traidor, como le nombra un historiador contemporáneo.
Llamábase entonces patio de los Azulejos, y según cuentan las tradiciones la sangre del Infante dejó en sus paredes y en sus losas manchas imborrables, que aún se conservan en nuestros días.
La muerte de D. Fadrique es uno de los hechos donde con más ensañamiento censuran á D. Pedro de Castilla sus enemigos; y llevados de su pasión, ni se detienen á analizar la vida del Infante, ni se hacen cargo de las circunstancias y razones que la motivaron.
Siguiendo casi todos los escritores al cronista López de Ayala, narran aquella escena con los más tristes colores, á fin de hacer resaltar la crueldad del Rey y los perversos instintos que desean atribuirle, y no hay frase agria que no apliquen al Monarca ni detalle sanguinario y terrible que dejen de apuntar para conseguir su objeto.
La Crónica de Pedro López, escrita, como todos saben, después que el Canciller de Castilla dejó el servicio de D. Pedro y pasó á las banderas de don Enrique el Fratricida, está tachada de parcial é injusta; y la crítica histórica, examinándola con el mayor detenimiento, ha combatido las falsedades que en ella se encuentran, menos difíciles de probar mientras más se estudia aquel turbulento é inolvidable reinado.
López de Ayala cuenta la muerte de D. Fadrique con un verdadero lujo de detalles, y no contento con describir la terrible escena con una frialdad que asombra, dice que D. Pedro, después de espirar su bastardo hermano, hizo que le sirvieran la comida en el patio de los Azulejos junto al ensangrentado cadáver, retirándose después tan tranquilo á pasear por la orilla del río, según era costumbre en él.
Había llegado D. Fadrique al Alcázar al mediodía, siendo recibido por el Rey, quien permaneció hablandóle un buen rato, pasado el cual, tras haber saludado á la reina D.ª María, y á las Infantas, bajó el Maestre á los corrales para ordenar le preparasen sus cabalgaduras, y estando en esto recibió aviso de D. Pedro para que subiese de nuevo á verle, lo cual se dispuso á hacer en seguida.
Notó D. Fadrique al cruzar algunas galerías que los individuos que le acompañaban íbanle dejando solo, y al llegar al salón de Embajadores oyó de pronto la voz del Rey, que decía:
—¡Prended al Maestre!
Y cuando López de Padilla iba á ejecutar el mandato, dijo D. Pedro estas palabras:
—¡Ballesteros, matad al Maestre!
«É los ballesteros—escribe Ayala—llegaron á él por le ferir con las mazas, é non se le guisaba ca el Maestre andaba muy recio de una parte á otra, é non le podían ferir. É Nuño Fernández más que otro ninguno llegó al Maestre, dióle un golpe de maza en la cabeza en guisa que cayó en tierra, é entonces llegaron los otros ballesteros é firiéronle todos.
»É el Rey, desque vió que el Maestre yacía en tierra, cuidando fallar alguno de los del Maestre para les matar.»
Los poetas han descrito de muy diversas maneras la muerte de D. Fadrique, presentándolo como un tipo de perfecto caballero y aplicando al Rey los criterios de siempre, que tantos historiadores repiten.
¡Si pudieran hablar aquellos muros del patio de las Muñecas!... ellos contarían la trágica escena tal como pasó, y desvanecerían muchas opiniones erróneas que hay formadas contra el Monarca más valiente, más justiciero y más calumniado que ha tenido España.
XII
LA TORRE DEL ORO
«Sobre la orilla del río se alza la torre del Oro como eco de otras edades y de un pasado glorioso.»
J. F.
¿Quién, por alejado que esté de nuestra población, no ha oído hablar de este antiguo é histórico monumento, tantas veces descrito por la pluma y copiado por el lápiz y los pinceles de eximios artistas?
La torre del Oro es tan famosa como nuestra Giralda, y fué construída, pocos años después de terminadas las obras de la segunda, por el gobernador Cid Abu-l-Ola, según dicen los eruditos historiadores.
La forma de la Torre es bien sencilla, y tiene un carácter que la distingue entre todos los monumentos que dejaron en nuestra ciudad los creyentes del Profeta. Aquella mole de ladrillos, coronada de almenas y rematando en una cúpula de construcción muy posterior, se alza arrogante á la orilla del río, evocando los recuerdos de otros tiempos y otras edades, embellecidos por la poesía y la leyenda.
Cuando el sitio de Sevilla por las tropas cristianas, los mahometanos se defendieron con valentía desde la torre del Oro, que entonces se llamaba de Borch Adahab, causando desde allí grandes destrozos en los barcos que ocupaban el Guadalquivir, y que eran mandados por el heróico almirante don Ramón de Bonifaz.
Al ser reconquistada la población, se hizo una capilla en la torre del Oro, dedicada á San Ildefonso, y por la cual tuvo gran predilección el Rey Sabio, que ordenó se celebrasen en ella solemnes cultos, que con gran prodigalidad costeaba.
Durante el reinado de D. Pedro I de Castilla la torre del Oro fué muy visitada por este Monarca, quien guardaba allí escondido gran parte de su tesoro, al cuidado del judío Samuel Leví, viejo sagaz y astuto en quien tenía mucha confianza el hijo de Alfonso XI.
Siempre que D. Pedro estaba en Sevilla acudía todas las tardes á la torre del Oro, donde pasaba largos ratos en la azotea, contemplando el bello panorama que desde allí se ofrece á la vista y jugando á la tabla, á lo que era muy aficionado.
Otra ocupación más agradable hacía que D. Pedro fuese con tanta frecuencia á la histórica Torre, pues en ella tuvo á su amante D.ª Aldonza Coronel, quien, cediendo á los galanteos del Monarca, entregóse á él por completo, siendo durante algunos años objeto de sus caricias y deseos.
Cuando la pasión del Rey justiciero parecía extinguirse D.ª Aldonza se retiró al convento de Santa Inés, y allí terminó su vida siendo abadesa del monasterio, que, como es sabido, lo fundó su hermana D.ª María.
Á principios del siglo XV la torre del Oro servía para prisión de nobles, algunos de los cuales fallecieron dentro de aquellos espesos muros, y otros fueron por sus delitos colgados de las almenas.
El alcaide de la Torre era, por lo general, un caballero de los que más se habían distinguido en los campos de batalla, y teníase á mucho honor ocupar este cargo, por lo que eran muy numerosos los que lo solicitaban.
En un principio la torre del Oro estuvo en su exterior cubierta de azulejos amarillos, y muchos suponen que á esto debió su origen el nombre de ella; si bien otros contradicen esta opinión, asegurando que el llamarse del Oro es debido á las riquezas que, como ya dijimos, guardó en la Torre el rey D. Pedro.
El monumento estaba unido por una muralla al Alcázar, y así permaneció hasta el año 1821 en que fué derribada, embelleciéndose mucho aquellos lugares, que son de los más concurridos y amenos que tiene Sevilla.
El tiempo no ha alterado en nada la robusta solidez de la famosa Torre, pero su exterior debiera ser restaurado según el proyecto que se aprobó hace poco, y, una vez concluídas las obras, Sevilla podría ofrecer á los ojos del viajero un monumento antiquísimo en el mejor estado de conservación.
¡Lástima grande es que esta obra, á la que tan ligadas están muchas tradiciones de nuestra población, no haya podido destinarse á un uso más adecuado que el que actualmente tiene!
XIII
LA HERMANDAD DEL PILAR
«Los aragoneses que vinieron á la conquista de esta ciudad instituyeron una cofradía con la advocación de Nuestra Señora del Pilar...»
Ortiz de Zúñiga.
Entre las tropas que formaban las huestes del rey D. Fernando III cuando conquistó á Sevilla venían no pocos hijos del reino de Aragón, los cuales dieron pruebas de ser hombres devotos fundando una capilla en la mezquita que acababa de convertirse en templo cristiano, consagrada á la Virgen del Pilar.
En esta capilla se daba culto con el mayor esplendor á la Patrona de Zaragoza, y la Hermandad que lo sostenía fué aumentando hasta ser una de las más ricas que en la ciudad había.
Pasaron así algunos años, y hacia el 1317, los hermanos, que disponían de un capital bastante crecido, proyectaron fundar un hospital para recoger á los peregrinos pobres que viniesen á Sevilla.
El infante D. Pedro, que á la muerte de don Fernando IV en 1312 se había hecho cargo de la tutoría del heredero de la corona D. Alfonso XI, hallábase en nuestra ciudad cuando los aragoneses acordaron la fundación del hospital del Pilar, y á nombre del Rey, niño entonces de siete años, cedió un solar inmediato al Alcázar, para que en él se construyera el benéfico establecimiento.
Cuando estuvieron terminadas las obras en 1317, D. Pedro otorgó á la casa títulos y preeminencias, declarándose protector de ella y haciendo que todos los prelados y rico-homes se inscribiesen en aquella Hermandad.
En la iglesia que se edificó en el hospital trabajaron los más hábiles artistas de la época, y en el retablo mayor se puso la imagen de la Virgen del Pilar que se conservaba en la capilla de la Basílica, y cuya escultura fué sustituida más tarde por otra, que es la que hoy existe, obra de Juan Millán, que floreció en el siglo XV.
Tanta era la importancia que entonces llegó á adquirir el hospital fundado por los devotos aragoneses, y tantos los fondos de que la Hermandad disponía, que á más de lo mucho que diariamente invertíase en el culto y en la asistencia de los enfermos, aún quedaban sumas muy importantes, con las cuales se daban limosnas á las gentes de los barrios bajos y á los ancianos que venían de Zaragoza, se rescataban cautivos á los moros, y se mantenían tres galeras, dotadas del personal necesario, para defender las costas andaluzas.
D. Pedro I de Castilla y su bastardo hermano D. Enrique II hicieron no pocas mercedes al hospital del Pilar, introduciéndose en él grandes mejoras, que lo colocaron á la mayor altura de perfección que entonces se conocía. Pero todo pasa, y á la Hermandad pasó también su época de auge, comenzando á disminuir las limosnas, y con ellas disminuyeron también los hermanos, y los pobres que en el hospital se albergaban, siguiendo cada vez más rápida la decadencia, que, iniciándose á principios del siglo XV, se hizo completa en los últimos años del reinado de D. Fernando y D.ª Isabel.
El benéfico establecimiento quedó reducido á los más estrechos límites, y los pocos hermanos que aún sostenían el culto á la Virgen del Pilar trasladaron luego la imagen á la Catedral y á una modesta capilla situada cercana á la puerta que el vulgo llama del Lagarto.
Los individuos de la ilustre familia de los Pinelos se declararon patronos de la capilla, y en ella fueron enterrados D. Francisco Pinelo, primer Factor de la Casa de la Contratación de Indias, su esposa D.ª María de la Torre y su hijo D. Jerónimo, canónigo que fué de la Catedral.
La capilla de la Virgen del Pilar, según se encuentra hoy, ofrece poco de notable. El altar donde se conserva la estatua hecha por Juan Millán es de escaso mérito, así como otro situado á la derecha, donde existió hasta hace algún tiempo una imagen de la Virgen de las Angustias.
En esta capilla estaba el Ecce-Homo pintado por el gran Murillo, y que fué regalado á Luis XVIII en 1839 por el Cabildo de la Basílica.
El analista Ortiz de Zúñiga, en nuestros días González de León, y últimamente D. Francisco Collantes y D. José Gestoso, han publicado muchas y curiosas noticias respecto á la hermandad del Pilar y á la capilla de que hemos tratado en este breve apunte.
XIV
LA CÁRCEL REAL
«Veinticinco calabozos tiene la Cárcel Real; veinticuatro traigo andados sin cobrar mi libertad.»
Copla popular.
En los comienzos del siglo XV vivía en la capital andaluza una noble dama llamada D.ª Guiomar Manuel, señora adornada de las más estimables virtudes y que poseía una gran fortuna, cuya mayor parte empleó en obras de caridad y en hacer toda clase de bienes á los necesitados.
Además costeó de su peculio no pocas obras, y entre éstas merecen especial mención las que mandó hacer reedificando la Cárcel Real, por los años 1418, que se encontraba situada en la calle Sierpes hacia el lugar que hoy ocupa el Círculo de Labradores y Propietarios.
D.ª Guiomar Manuel dotó el edificio de aguas abundantes, construyó de cimientos la capilla é hizo que reinasen constantemente en la prisión la más completa higiene y el mayor orden, invirtiendo cuantiosas sumas en tan laudable obra.
Murió D.ª Guiomar en 1426, dejando en el pueblo de Sevilla gratísima memoria, siendo enterrado su cadáver en la Catedral y delante de la capilla de San Pedro, donde también yacían los padres de tan virtuosa mujer.
El Asistente D. Francisco Chacón amplió el edificio de la Cárcel en 1563, y desde esta fecha no volvieron á hacerse allí obras de importancia, hasta las que se llevaron á cabo en 1732 por el Asistente Caballero, y últimamente en 1784.
El aspecto exterior de la Cárcel Real era en extremo sombrío; pero mucho más lo eran sus lóbregos calabozos, privados de luz y ventilación, sus estrechos corredores y sus patios destartalados y de irregular arquitectura.
El año 1626 desbordóse el Guadalquivir, inundando casi toda la población, y sus aguas llegaron hasta la Cárcel, produciendo grandes destrozos, que tardaron mucho en repararse por la apatía y el poco interés que demostró el Concejo.
Cuando la peste levantina se introdujo en Sevilla en 1649, se dió el caso de que fallecieran todos los presos y dependientes de la Cárcel, quedando abandonada durante los meses que duró la cruel y asoladora epidemia.
El terremoto de 1765 derribó un gran trozo de la prisión, grieteando sus muros y quebrantando los cimientos de aquel vetusto caserón.
El año cuarto del siglo actual se hicieron algunas mejoras en la Cárcel; mas á pesar de ellas su estado era sumamente peligroso y amenazaba de continuo una catástrofe.
Desde la invasión francesa el edificio empeoró bastante, y por el 1830 la prisión se hallaba sin agua, los encierros sin ventilación, las rejas casi destrozadas, y las lluvias que con frecuencia se filtraban por los techos hacían más horrible y angustiosa la situación de los desgraciados que estaban allí enterrados en vida.
Durante cerca de cinco siglos que permaneció en pie la Cárcel Real ¡cuántos infelices no perderían allí la existencia! ¡cuántos delitos no se cometerían dentro de aquellos muros! ¡cuántos inocentes no pagarían allí culpas ajenas!...
Por la puerta del edificio que daba á la plaza de San Francisco salían las víctimas que eran inmoladas en los autos de fe, y por la de la calle Sierpes entraban confundidos, más de una vez, los criminales más feroces y los inocentes á quienes se condenaba por el menor motivo.
El Municipio adquirió en 1836 el exconvento del Pópulo, y allí se trasladaron los presos el día 3 de Julio del año siguiente, comenzando poco después el derribo de la Cárcel Real, á la que nos ha parecido oportuno dedicar un recuerdo en estos apuntes.
XV
LA SUSONA
«...pero la hebrea, insensible á los homenajes de sus adoradores y á los consejos de su padre, se mantenía encerrada en un silencio profundo.»
BÉCQUER.
El barrio de Santa Cruz es sin duda el que menos alteraciones ha sufrido en el trascurso de los tiempos, y hoy en día, que tan variada se encuentra Sevilla, el que transita por las callejuelas estrechas, tortuosas y desiguales de dicho barrio se cree trasportado á otros siglos bien distantes del presente y á épocas que se fueron para no volver nunca.
Hay en Santa Cruz una travesía lóbrega y de miserable aspecto, llamada en lo antiguo calle del Atahud, de la que nos ocuparemos en estas líneas al relatar una historia cuyos pormenores y detalles ha conservado hasta nosotros la tradición.
Cuando en Sevilla se comenzaron á hacer los primeros trabajos para instalar el Tribunal de la Fe por los años de 1481, el pueblo, que comprendió bien pronto la importancia y el dominio de aquella institución que nacía, lejos de mirarla con indiferencia, ocupóse mucho del asunto, discutiendo cada cual ámpliamente sobre él, y dividiéndose hasta tal punto las opiniones, que se formaron dos bandos numerosos, compuesto uno de defensores de la Inquisición y el otro de enemigos de ella.
Á este último bando estaban afiliados los muchos judíos que por entonces habitaban en nuestra ciudad, y los cuales no pudieron por menos de sentir gran terror al contemplar los actos del Tribunal de la Fe y enterarse de los fines principales para que había sido creado.
Creció cada vez más el miedo de los israelitas ante las sentencias que la Inquisición fulminaba diariamente, y entonces empezaron á reunirse en la aljamia, celebrando con la mayor cautela muchos conciliábulos y detenidas pláticas, á las que acudieron también los judíos que de mejor posición gozaban en Utrera, Carmona, Écija y otros pueblos de la provincia.
En tales reuniones, que tenían lugar de noche y en sitios de los más excusados, convinieron los israelitas en formar una especie de compañía poderosa para defender sus vidas y sus intereses, que tanto peligraban, pagando también á cuanta gente fuera necesaria á fin de que los amparase por la fuerza de los golpes inquisitoriales, que cada vez arreciaban con más energía.
Uno de los judíos que con más calor tomaron esta proyectada empresa, fué cierto mercader de telas á quien se daba el nombre de Susón, y que era un viejo ladino y marrullero muy conocido en todas partes de la ciudad por sus gracias y donaires, que, según parece, eran ingeniosos y de boca en boca corrían á diario.
Susón tenía una hija á quien el vulgo llamaba la Susona, moza como de veinte años, de buenas formas, de rostro bellísimo, y de tan gentil apostura, que solían todos darle el nombre de la fermosa fembra.
Mas si era guapa la muchacha, no era ciertamente de las más virtuosas, pues la lista de sus amadores era algo extensa, y las aventuras que de ella se oían eran algo complicadas y escabrosas también.
La Susona se había convertido en cristiana sin que su padre lo supiera, aconsejada por cierto caballero cuyo nombre no dice la tradición, el cual fué uno de los amantes que con más pasión solicitaron y obtuvieron los favores de la gentil hebrea.
Cuando más diligentes estaban los judíos preparando su obra defensiva, cierto día se encontraron sorprendidos por los familiares del Santo Oficio, quienes desbarataron la conspiración, encerrando en las mazmorras á cuantos pudieron coger, y quemándoles vivos muy luego para que á los de su raza no quedaran deseos de organizar nuevos planes.
El viejo Susón fué uno de los ajusticiables, y su hija la que delató al Tribunal la conspiración que con tanta cautela se había fraguado, entrando luego en un convento de monjas, donde se propuso consagrarse á continuas meditaciones y prácticas sagradas.
Pero aún sigue la historia de la famosa fembra, la cual sin duda no nació para la vida contemplativa, y al poco tiempo de residir en el claustro se escapó de él y unióse á su antiguo amante, del cual tuvo tres hijos.
Harto sin duda el caballero de los cariños y zalamerías de la hebrea, la abandonó más tarde, y ella entonces, conservando aún fresca su hermosura y vivos en el pecho sus deseos, entregóse á otro y otros galanes, viniendo por último á ser amante de un especiero, según dice la tradición, y llevando hasta el fin de sus días una existencia licenciosa y prostituída.
Murió la Susona en medio de la mayor miseria y en una casucha de la antigua calle del Atahud, y se dice que, arrepentida de sus pasadas ligerezas, antes de morir dejó dicho que su calavera se guardase en un muro de aquella casa para que sirviese de ejemplo; y cumpliéndose su última voluntad, colocóse en un pequeño hueco de la fachada el cráneo de la hebrea, que permaneció largos años en aquel sitio.
XVI
EL CONDE NEGRO
«Negro tan estimado y de buen concepto, que comúnmente le llamaban El Conde Negro, y fué mayoral y juez entre ellos...»
González de León.
Existe en Sevilla, y en el barrio de San Roque, una calle abandonada y sucia, de feísimos edificios, habitados por los descendientes de aquellos Repolidos y Maniferros de que habla Cervantes, la cual lleva el nombre que encabeza estas líneas en memoria de un singular personaje que allí tuvo su residencia á fines del siglo XV.
Escriben puntuales cronistas que era muy general en Sevilla en aquel tiempo la venta de esclavos negros, los cuales para su servicio tomaban los principales señores, y á esto se debía el que se encontrasen en nuestra ciudad muchos negros, que solían juntarse los días festivos por los alrededores de la puerta del Osario en compañía de sus mujeres é hijos, celebrando con la mayor fruición bailes y tertulias al aire libre, según sus usos y costumbres eran.
No se molestaba aquí á los negros como en otras poblaciones sucedía; antes al contrario tratábaseles con mucha benignidad, y el arzobispo don Gonzalo de Mena, que tuvo por ellos gran simpatía, les facilitó medios para que formasen una hermandad, que salía en procesión con sus imágenes el Viernes Santo, siendo también protegidos por el Cardenal Solís y otros personajes de influencia y categoría.
Solían casi siempre los negros corresponder á los favores y mercedes que les dispensaban mostrándose humildes y poco molestos; y para que entendiera en asuntos y pleitos de poca monta nombraron los Reyes Católicos en 1475 á un individuo de la misma raza, que es de quien voy á ocuparme.
Fué éste un negro llamado Juan de Valladolid, hombre de templado carácter, de edad madura, y que había seguido á la Corte en gloriosas jornadas dando pruebas de valor y singular tacto, que fueron apreciadas por los Monarcas, quienes en cédula de 8 de Noviembre del citado año de 1475 le decían:
«Por los buenos é leales servicios que nos habéis fecho y facéis cada día, porque conocemos vuestra suficiencia y habilidad y disposición, facemos vos mayoral é juez de todos los negros é loros libres ó captivos que están ó son captivos é horros en la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla é en todo su Arzobispado, é que no puedan facer ni fagan los dichos negros y negras, loros y loras, ninguna fiesta nin de entre ellos, salvo ante vos Juan de Valladolid... y mandamos que vos conozcáis de los debates y casamientos y otras cosas que juzgado entre ellos hubiese, é non otro alguno, por cuanto sois persona suficiente para ello, ó quien vuestro poder hubiere, y sabéis las leyes y ordenanzas que deben tener, é nos somos informados que sois de linaje noble entre los dichos negros.»
Tomó posesión del cargo Juan de Valladolid y estableció su residencia en una casa de la calle de Santa Cecilia, que es la misma que hoy tiene el título del Conde Negro, pues así fué conocido.
No resultaron desmentidas por los hechos las palabras que en su cédula dedicaban los Reyes Católicos á Juan de Valladolid, pues éste, obrando con singular astucia, y ajustándose á la más puntual justicia, desempeñó su empleo con toda satisfacción y demostrando palpablemente las buenas dotes que poseía.
Pocas son las noticias biográficas que del Conde Negro se han conservado hasta nuestros días, ignorándose con exactitud la fecha de su muerte, que se supone ocurrida en los comienzos del siglo XVI, sin que tampoco se sepa el lugar donde recibió sepultura, y otras circunstancias particulares que de seguro ofrecerían gran interés ahora.
Cuenta la tradición que la casa donde vivió Juan de Valladolid era entonces de gran amplitud y buen aspecto y corresponde á la señalada más tarde con el número 30, la cual conservó largos años en cierto hueco de su fachada una cabeza de barro que se tenía por auténtico retrato del famoso Mayoral de los negros.
En este edificio tenía el honorario Conde su tribunal, ante el que concurrían á diario multitud de negros y negras á ventilar sus cuestiones y á resolver sus disputas, las cuales era oídas con gran calma y flema por Juan de Valladolid, quien, representando con toda gravedad su importante papel, después de escuchadas ambas partes, solía dirigir una larga arenga á los que litigaban; condenando luego allí mismo á aquellos que lo merecían.
Varias anécdotas conozco del Mayoral y juez de los negros, así como algunos actos de justicia por él practicados, que corren todavía en boca de las gentes, las cuales suelen atribuirlos á otros personajes que nada tienen que ver con Juan de Valladolid. Presidía éste todos los domingos los festejos que sus gobernados celebraban en las afueras de la puerta de Carmona, y para ello se colocaba en un estrado, desde el cual daba las órdenes oportunas y que creía más convenientes para el buen orden de los bailes, de los coros, de las máscaras ó de la diversión que se estuviera celebrando.
Célebre fué Juan de Valladolid y célebre es también la calle donde tuvo su residencia, en la cual, como dije al principio, se han refugiado los descendientes de aquellos originales tipos que tanto renombre dieron en otros siglos á la Macarena, á la Costanilla y á la Morería.