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Páginas sevillanas / Sucesos Históricos, Personajes Célebres, Monumentos Notables, Tradiciones Populares, Cuentos Viejos, Leyendas y Curiosidades. cover

Páginas sevillanas / Sucesos Históricos, Personajes Célebres, Monumentos Notables, Tradiciones Populares, Cuentos Viejos, Leyendas y Curiosidades.

Chapter 3: CARTA-PRÓLOGO
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About This Book

Conjunto de apuntes y relatos que recogen sucesos históricos, biografías breves, descripciones monumentales, tradiciones populares, leyendas y curiosidades vinculadas a Sevilla. Alterna datos documentales con evocaciones nostálgicas, relatos tradicionales y anécdotas locales, ofreciendo descripciones detalladas de edificios, calles y elementos artísticos junto a relatos populares y reflexiones sobre la pérdida del patrimonio. El tono combina erudición y afecto local; la organización reúne piezas independientes que pueden leerse como pequeñas estampas históricas y folclóricas destinadas a preservar memorias colectivas y a rescatar personajes y sucesos que la memoria corriente ha olvidado.

The Project Gutenberg eBook of Páginas sevillanas

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Title: Páginas sevillanas

Author: Manuel Chaves Rey

Contributor: José Gestoso y Pérez

Release date: June 23, 2012 [eBook #40066]
Most recently updated: October 23, 2024

Language: Spanish

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK PÁGINAS SEVILLANAS ***

Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el texto.

PÁGINAS SEVILLANAS

 

 

Tirada de ciento cincuenta ejemplares.
———
EJEMPLAR NÚM. 59

  

MANUEL CHAVES

PÁGINAS SEVILLANAS

SUCESOS HISTÓRICOS, PERSONAJES CÉLEBRES, MONUMENTOS NOTABLES, TRADICIONES POPULARES, CUENTOS VIEJOS, LEYENDAS Y CURIOSIDADES.

CON UNA CARTA-PRÓLOGO
DEL SEÑOR
DON JOSÉ GESTOSO Y PÉREZ






SEVILLA
Imp. de E. RASCO, Bustos Tavera I
1894

 

AL ÍNDICE

 

AL EXCMO. SR. D. JUAN PÉREZ DE GUZMÁN Y BOZA, DUQUE DE T'SERCLAES.

Mi respetable señor y amigo:

Terminada esta modesta obra, escrita enmedio de circunstancias harto difíciles para llevarla á cabo tan á la perfección como mi deseo hubiera sido, me permito dedicarla á V., pues quiero corresponder de algún modo á las atenciones y pruebas de estima que le debo.

Me inclinan también á hacerlo así sus decididas aficiones á los trabajos de la índole del mío, y la benevolencia con que en diferentes ocasiones ha juzgado esta modesta colección de apuntes, sacados de la historia y de las tradiciones de Sevilla sin otro objeto que el de contribuir de algún modo, con bien escasas fuerzas, á generalizar la memoria de personajes célebres y sucesos curiosos, que algunos ignoran y que muchos han olvidado.

Acepte V., pues, la dedicatoria de mi modesto libro; y aunque ya se me alcanza que lo que le ofrezco es cosa baladí, la intención es bonísima y en nada cede á la de cuantos ingenios más afortunados que yo se honraron poniendo el ilustre nombre de V. al frente de sus producciones.

De V. S. S. y devoto amigo,

Q. L. B. L. M.,     
MANUEL CHAVES.

Sevilla, 3 de Mayo de 1894.

 

CARTA-PRÓLOGO

SR. D. MANUEL CHAVES.

I muy estimado amigo: El bondadoso afecto con que V. me distingue llévalo hasta el punto de solicitar que mi nombre acompañe y aun vaya al frente de su libro Páginas Sevillanas, puesto al pie de una Introducción ó Prólogo, que explique al lector algunos pormenores relativos á la aparición de su obra, causas que á ella le han movido, objeto que al darla al público se propone, etc., etc. Confieso á V. que después de hojeado el volumen y complacídome con sus preciosos artículos he sentido, nó la natural satisfacción del amor propio al estampar mi nombre junto al de V., sino algo superior á aquélla, algo más vivo y más profundo, porque no se basa en el halago personal, ni en la vanidad satisfecha, sino en el más puro y más noble de todos los humanos sentimientos, en el amor á la patria, tan grande en mí, que no lo cedo ante ningún otro. Su libro de V. es un precioso ramillete de recuerdos sevillanos antiguos y modernos: en cada una de sus páginas paréceme ver un girón de nuestras pasadas grandezas, un fragmento de nuestras glorias artísticas, ecos de tradiciones y leyendas salvadas del olvido á través de cien generaciones. Todas esas memorias son imperecederas, y ni las destruye el impulso demoledor del tiempo, ni las salvajes profanaciones de los hombres: subsisten y subsistirán mientras que en este bendito rincón de Andalucía exista un alma capaz de sentir el poder de Dios revelado en los encantos de la naturaleza, y el aliento creador del humano ingenio traducido en sus inmortales concepciones. Así, pues, siendo su libro de V. testimonio de glorias, compendio histórico y padrón de grandezas sevillanas, y solicitando V. que mi oscuro nombre vaya unido á tan preclaras memorias de otros días, ¿no he de mostrar á V. en primer lugar mi reconocimiento? Si así dejara de hacerlo argüiría en mí ingratitud, de la que estoy muy distante, ó inmodestia suma, para la cual no hay el menor motivo.

Los sencillos relatos que V. hace de sucesos históricos, las descripciones de monumentales fábricas, las curiosas leyendas que han brotado al calor de la fantasía popular, los mil recuerdos que V. tan hábilmente evoca, despertarán siempre en todo sevillano muy varias y profundas impresiones, porque con aquéllos sabe V. herir la más delicada fibra del sentimiento.

Dulce recreo del espíritu fatigado de las luchas de la vida, descanso inefable para el alma enmedio del continuo tráfago que nos rodea, experiméntase con la lectura de su obra de V.; por más que luego, cuando la razón nos lleva á establecer el contraste entre lo pasado y lo presente, sea mayor el desencanto ante la realidad abrumadora.

¡Cuántas veces he buscado reposo para mi espíritu en muchos de los parajes que V. describe, y cuántas hallé consuelo en otros que traen siempre á mi mente memorias juveniles, recuerdos imperecederos de impresiones que no han de repetirse jamás. Á medida que nos vamos alejando de aquellos días, parécenos sentir más íntimo goce al recorrer los sitios queridos; y si por acaso el árbol que entonces nos dió sombra, la vieja arcada en cuya penumbra nos ocultamos, ó la casa albergue de nuestros amores caen á los golpes del hacha ó de la piqueta, sentimos una gran pena, como si al desaparecer se llevasen tras sí un pedazo de nuestro corazón. Mientras que existieron aquellos mudos testimonios, tan elocuentes para nosotros, nos forjábamos la ilusión de que nada había cambiado; pero al quitarlos de nuestra vista, al borrar por completo las huellas de lo que un día fué para nosotros motivo de inefables dichas, sentimos un vacío tan grande, que nada hay bastante para llenarlo.

De poco tiempo á esta parte hemos visto ya desaparecer muchos edificios, para lo cual hanse pretextado en la mayor parte de las ocasiones motivos de utilidad común; y al paso que vamos irán cayendo otros, ya porque no se atendió á su vetustez oportunamente, ya por las exigencias de las mejoras públicas. Hay algunos, sin embargo, que yo tiemblo ante la idea de verlos por tierra: si tal sucediera, ¡ojalá que antes haya yo emprendido el gran viaje!

Usted seguramente, que conoce á palmos nuestra Ciudad; que al recorrer sus calles se habrá detenido tantas veces para fijar su vista en una antigua portada, cuyos carcomidos sillares ostentan aún en sus resaltos las huellas de hábiles canteros; V., que habrá gozado descubriendo á través de las capas de cal el contorno de un nobiliario escudo ó los mutilados medallones que adornaron sus enjutas; que al internarse por las angostas callejas de apartados barrios se habrá sorprendido al ver, ora elegantísimo ajimez, ora una delicada y florida reja, ya un trozo de plateresca yesería, ya una techumbre de alfarje; y V., finalmente, que conoce los secretos que cada una de aquéllas guarda para los profanos, estoy certísimo que al recorrer las de la collación de San Marcos, según decían los antiguos, habrá V. más de una vez enderezado su camino, y recordando al manco sano, al regocijo de las Musas, por las que conducen al monasterio de Santa Paula. Empujado el postigo que facilita el ingreso al compás de su iglesia, ¿no es verdad que al fijar los ojos en el conjunto que allí se aparece, experiméntase una impresión tan profunda, que tarda mucho en borrarse? Con efecto; ¿qué artista podría haber imaginado cuadro más bello, más poético, de más dulce melancolía, ni qué paleta posee colores para interpretarlo con toda la brillantez de la realidad?

La Naturaleza y el Arte parece que á porfía en él derrocharon sus encantos, sin que sea posible decidir cuál sobrepuja, ni cuál vence. De una parte los blanquísimos muros del templo, sobre cuyas rojizas tejas álzase elegante y correcta espadaña; más allá la singular y famosísima portada, cuyos brillantes azulejos, al ser heridos por los rayos del sol poniente, semejan finísimas placas esmaltadas con reflejos de nácares y oro; y resaltando sobre el diáfano azul del cielo, los oscuros sillares del ábside, con sus fantásticas gárgolas, sus calados antepechos, sus ventanales festoneados de frondas, sus flamígeras tracerías y su torrecilla octogonal, recuerdo de las tradiciones artísticas mudéjares. Al pie del monumento, en el fondo del compás, ocultando la blanca casita del capellán, crecen los rosales y las madreselvas, las campanillas de colores y el caracol real, que, después de trepar por los troncos de las palmeras y de enlazarse á sus ramas en mil giros, quedan pendientes de sus copas, formando ligeros festones, que agitan las brisas de la tarde: los nevados almendros resaltan sobre el fondo oscuro de los naranjos, y las adelfas, con sus flores de color de rosa, aparecen entre las menudas hojas de un viejo olivo. Á la izquierda, el huertecillo cubierto de amapolas y de silvestres cardos, y en los arriates matas de claveles y girasoles. Por detrás de las tapias descuellan los cañaverales y altos cipreses de la huerta del convento de Santa Isabel, detrás de cuya correcta espadaña yérguese majestuosa la elegantísima torre de San Marcos, la cual parece que aún llora la suerte de sus constructores, relegados á los arenales del África. Por último; cien torres y cúpulas dibujan sus elegantes perfiles á lo lejos entre los oscuros tejados y las azoteas coronadas de tiestos con mil suertes de bellas y fragantes flores.

Á la caída de la tarde, cuando los últimos rayos del sol iluminan el ábside, la portada y el huertecillo; cuando miriadas de golondrinas acuden á buscar sus nidos bajo el gran alero de la iglesia, y las aves con sus trinos despiden al día que muere; cuando la naturaleza toda parece que se paraliza y el augusto silencio es interrumpido por las notas graves y armoniosas del órgano acompañando los cánticos de las religiosas, no es posible permanecer indiferentes; sentimos algo grande que conmueve nuestro sér, que hiela nuestra sangre, que paraliza nuestros movimientos; emoción profunda, indefinible, misteriosa, que despierta en el alma deseos sin nombre, aspiraciones infinitas, ecos alegres de lo pasado y tristezas de lo presente, precursoras de la vejez que se aproxima...

Á la sombra de estos árboles, entre los rosales y las madreselvas, en las penumbras del templo sacrosanto, enmedio de la agreste soledad, arrullados por el trino de las aves ó por las majestuosas armonías del órgano y de los cánticos religiosos, ¡cuántas veces he deseado dormir el sueño eterno!

Y no es este el solo rincón de nuestra Ciudad querida adonde hallaremos siempre motivos sobrados para dar rienda suelta á los más íntimos sentimientos: sigamos la margen del río desde la Puerta de San Juan hasta la de Macarena, y á cada paso tendremos que detenernos: de una parte el convento de Santiago de la Espada con su ábside románico-mudéjar, cuyos sillares conservan aún los misteriosos signos de sus canteros masones; de otra la magnífica atalaya que fabricara el infortunado don Fadrique; más allá las heterogéneas construcciones del monasterio de San Clemente; después las murallas romanas, las huertas y ventorrillos, la inmensa mole testimonio de la caridad de los ilustres Duques de Alcalá, y á lo lejos las ruinas del monasterio de San Jerónimo...

Pero ¿á qué seguir? V. sabe como yo dónde están esos parajes; V. los ha recorrido mil veces; la curiosidad le ha llevado á conocer la historia de cada uno, y como resultado de sus observaciones y de su amor patrio ha compuesto el interesante libro que tengo á la vista.

¡Qué lástima, amigo mío! V. con su buen talento, su carácter investigador, su genio alegre y su juventud, fuerza es decirlo, malogra esas cualidades y emprende un camino extraviado. Sus sacrificios, sus entusiasmos y su amor á Sevilla valdrán á V. menos, mucho menos, que si fuese muñidor en unas elecciones!!...

Muy pocos (pero éstos buenos amigos en verdad) le aplaudirán y harán justicia; mientras que si endereza sus pasos por el ancho campo de la ambición soberbia ó de la adulación servil y baja alcanzará gran predicamento, y entonces muchos le halagarán y enaltecerán!!...

Todavía reposan en Madrid en pobre tumba las cenizas de nuestro inolvidable Bécquer, y no tardará mucho en que veamos alzarse en el cementerio de San Fernando suntuoso sarcófago, costeado por suscrición popular, que guarde los restos de El Espartero. ¿Qué va V., pues, á esperar de las letras? ¿Qué protección de nuestros grandes hombres, de nuestros insignes políticos?

Y sin embargo de que V. está persuadido de estas tristes verdades, continúa firme en sus nobles propósitos y lleva V. su abnegación y su entusiasmo hasta el punto de escribir el nuevo libro que á estos renglones acompaña, sin más estímulo que el de vulgarizar nuestras glorias, ilustrando al pueblo; porque V. no ha escrito para los doctos, sino para contribuir á la enseñanza de aquél, mostrándole sanos y altísimos ejemplos que lo inciten á imitar lo bueno y á apartarse de lo malo. Si pues tales han sido sus intentos, ¿cómo negar á V. mi pobre pero sincero aplauso, cuando hoy carécese tanto de buenas lecturas, cuando el veneno es pródigamente servido en doradas copas, y cuando se atrofian las inteligencias con los más monstruosos relatos?

Tendrá V., pues, la mayor y más noble de todas las recompensas; la íntima satisfacción que nace del cumplimiento de un deber: y si pasada esta triste época de desdenes é indiferencias, las generaciones que nos sucedan se proponen enaltecer la memoria de los que dieron pruebas de amor á su patria y la honraron con sus obras, no dude V. que entre ellos ocupará lugar muy preferente.

De V. afectísimo amigo,

Q. L. B. L. M.,     
JOSÉ GESTOSO Y PÉREZ.

15 de Junio 94.

 

 

I

LA FUENTE DEL ARZOBISPO

«Horas hay de recreación donde el afligido espíritu descanse: para este efecto se plantan las alamedas, se buscan las fuentes, se allanan las cuestas y se cultivan con curiosidad los jardines.»

CERVANTES.

RÓXIMO al convento de la Trinidad, cuya fundación se remonta al año 1249, existe un camino llamado en lo antiguo Camino viejo de Córdoba, el cual está rodeado de fértiles huertas y de algunas fincas de recreo, sin que tampoco falten en él los ventorrillos característicos de nuestra patria, donde tan agradables tertulias se forman en los días hermosos y serenos.

Siguiendo este camino, y á una distancia bastante regular, se encuentra una fuente conocida por el nombre del Arzobispo, y que fué construída, según la tradición, en tiempos de D. Fernando III.

En aquel lugar existía la huerta y palacio que el Monarca conquistador regaló á D. Remondo, su confesor, y segundo arzobispo que tuvo Sevilla después de ser abandonada por los sarracenos.

D. Remondo, que entre otros muchos edificios poseía una hermosa casa en la calle que hoy lleva su nombre, próxima á la Catedral, solía pasar algunas temporadas en aquella huerta deliciosa, que, por su situación topográfica, por los dilatados terrenos que ocupaba y por la variedad de abundantes frutos que se criaban en ella, era sin duda la mejor de cuantas existían desde la casa de Buena-vista hasta el campo donde según la tradición eran sacrificados los mártires de los primeros tiempos del cristianismo.

La magnífica huerta de que vamos hablando, muerto D. Remondo en 1286, sufrió no pocos cambios de propiedad; el palacio fué derruído casi por completo á mediados del siglo XV, y, repartidos los terrenos aquellos, todo desapareció, excepto la Fuente, que aún se conserva casi igual á como estaba en tiempos del Rey conquistador de Sevilla, según la afirmación de algunos autores, que ponemos en duda.

La fuente del Arzobispo no puede ser más sencilla, pues sólo la componen algunas negruscas piedras carcomidas por la destructora acción de los tiempos, y varios caños, por donde sale el agua cristalina y abundante, formando blanquísima espuma.

El manantial se supone no debe estar muy lejos, aunque varios escritores de antigüedades de Sevilla lo creen á larga distancia, sin dar para ello razones de gran fundamento.

De esta Fuente se llevó el agua para la Alameda, construyéndose entonces un acueducto, del que sólo quedan hoy escasos restos.

Cerca de la Fuente existen algunos paredones y cimientos que se creen de construcción romana, pues en aquel lugar, escribe González de León, hubo un templo dedicado al dios Panteo, y edificado por Lucio Luicinio Adamas. Dicho templo debió ser obra soberbia, así como una fortaleza que también tuvieron los romanos no lejos de aquel sitio.

El agua de la fuente del Arzobispo era la mejor que se bebía en Sevilla, y hasta los médicos la recomendaban á ciertos enfermos; por lo cual diariamente, á pesar de la distancia que hay de la ciudad, acudían allí gentes de todas las clases sociales, que, á más de tomar el líquido salutífero, paseaban por los alrededores de la Fuente, que son muy higiénicos, y desde los cuales la población presenta una bellísima perspectiva.

El punible abandono de muchos, y lo poco que se ha cuidado la antiquísima Fuente, han tenido por resultado que aquellas aguas, tan agradables en otros tiempos, apenas puedan beberse hoy por su desagradable gusto: y si ya no van á probarlas los vecinos de Sevilla, aún se ven los domingos y días festivos muchas gentes que acuden allí á merendar al sol y á pasar un rato agradable.

II

LA PUERTA REAL

«Es una puerta hermosa, de una altura colosal, presidiendo una de las calles más dignas de la ciudad, y de una arquitectura sólida...»

F. González de León.

Quince puertas contaba antiguamente la capital de Andalucía, y una de las más notables, sin duda, era la Real, llamada así desde mediados del siglo décimosexto.

Según los más puntuales cronistas, el primitivo nombre de esta Puerta fué el de Goles, y en ella se ostentaba sobre un arco de maciza piedra una estatua de Hércules, que se conservó hasta algunos años antes de la reconquista.

El día 22 de Noviembre de 1248 penetraron por esta Puerta los ejércitos cristianos, al frente de los cuales iba el rey D. Fernando III, quien puso cerco á Sevilla en 20 de Agosto de 1247, y venció al fin el poder de los mahometanos con los poderosos auxilios que le prestaron, su hijo D. Alfonso, que de Murcia vino á tomar parte en la empresa, el famoso Almirante Bonifaz, y otros caballeros.

Ante la puerta Real fueron entregadas al Monarca conquistador las llaves de Sevilla, y las tropas cristianas pasaron por bajo su arco henchidas del mayor júbilo y alegría.

Muchos años después, en tiempos del asistente D. Francisco Chacón, se llevaron á cabo importantísimas mejoras en esta Puerta, reconstruyéndose casi por completo, y dándose fin á los trabajos en 1565.

Entonces perdió el carácter que tuvo cuando la reconquista, desapareciendo sus puentes, sus rastrillos y todas sus obras de defensa.

Cuando el rey Felipe II celebró su casamiento con D.ª Ana de Austria, y vino á Andalucía, entró en la capital por la Puerta de que nos ocupamos, la tarde del 10 de Mayo de 1570, obteniendo un recibimiento digno de aquel poderoso Monarca.

La puerta Real se adornó entonces con inusitado lujo, cubriéndose de multitud de flores y banderas; las casas del lugar se vieron engalanadas con ricos tapices y colgaduras, el suelo se alfombró de oliente juncia, y cerca se construyeron dos arcos triunfales, en los que el Concejo gastó enormes sumas.

Felipe II recibió allí las muestras más espontáneas del amor y respeto que le tenía el pueblo de Sevilla, según escribe Malara.

Frente á la puerta Real se estableció durante la terrible epidemia llamada Peste levantina, en 1649, un cementerio, en el que fueron sepultados los vecinos que fallecieron en el barrio de San Vicente.

En el siglo XVIII se intentó hacer algunas reformas grandes en la Puerta; pero no sabemos por qué causa quedaron en proyecto, y sólo se ejecutaron ligeras modificaciones.

Las princesas del Brasil que visitaron á Sevilla en 1816 entraron por la puerta Real, y al llegar el carruaje que las conducía á la calle Armas, un numeroso grupo de individuos de la plebe desenganchó los caballos y se dispuso á tirar como bestias del coche, lo cual con muy buen acuerdo no consintieron las princesas, que se apearon más que de prisa, frustrando los deseos de aquellos insensatos entusiastas.

El triste día de S. Antonio del año 1823, cuando desbandados los absolutistas cometieron tantas infamias, hubo en la puerta Real algunos destrozos, y ante ella formaron un enorme montón de objetos diversos, robados de casas de liberales, á los que prendieron fuego con furor salvaje.

Tapióse la puerta Real en 1836, cuando los carlistas amenazaban á Sevilla, y el año 1862 comenzó el derribo, desapareciendo al poco tiempo con el trozo de muralla y las casuchas de feísimo aspecto que estaban adosadas á los muros.

«La puerta Real—escribe un historiador—era de regular arquitectura, majestuosa y elegante, y en cuanto á su solidez nada dejaba que desear.»

Constaba de dos cuerpos: el primero tenía un gran arco romano adornado de gruesas pilastras, y el segundo terminaba en un frontispicio, sobre el que se alzaban varias graciosas pirámides.

Sobre el arco se encontraba una inscripción latina, que traducida al castellano decía lo siguiente:

«Fernando quebrantó las puertas de hierro de Sevilla y el nombre de Fernando brilla como los astros del cielo.»

III

EL MESÓN DEL MORO

«Era este judío rencoroso y vengativo, como todos los de su raza; pero más que ninguno engañador é hipócrita.»

BÉCQUER.

Todavía, á pesar de las muchas alteraciones y cambio que han sufrido las calles de nuestra ciudad, hay una que conserva el nombre que le dió el vulgo hace algunos siglos, y que se ha trasmitido de una á otra generación sin que se perdiera. Nos referimos á la calle Mesón del Moro, que está situada, como todos saben, entre las de Borceguinería y Ximénez Enciso, y que pertenece á la collación del Sagrario.

Hace tiempo que nos movió la curiosidad por saber el origen del nombre de esta calle, y aunque no ignorábamos que debía el llamarse así á una posada que en ella hubo, cuyo primitivo dueño fué un creyente del Profeta, no sabíamos quién fué aquél y qué celebridad tuvo para que llegase á ser tan conocido de todos.

Hoy, revolviendo papeles viejos, hemos dado con una tradición que, satisfaciendo en parte nuestra curiosidad, ha venido también á ponernos en conocimiento de un suceso que quizá desconozcan algunos de nuestros lectores.

Según las noticias que tenemos, después de reconquistada Sevilla por el rey D. Fernando III en 1248, hecha la distribución de la ciudad y expulsados sus antiguos habitantes, quedaron aún no pocos moros y judíos, tolerados por los cristianos, que vivían confiados en su suerte, que á la verdad no era muy próspera.

En aquel tejido de encrucijadas y callejuelas que rodeaban á la mezquita mayor, Djema Mukyarrim, habitaba un musulmán que antes había poseído grandes riquezas, y que al perderlas no quiso perder la ciudad donde naciera, y descendiendo á una modesta posición, abrió una posada para dar en ella alojamiento, muy particularmente á aquellos que su misma religión profesasen.

Llamábase el moro Hach-Elarbi, y su odio á los cristianos era tan profundo, que pasaba días enteros meditando planes insensatos, por ver si daba con uno que diese el resultado cruel que esperaba.

Demasiado sabía el moro que debía ser muy cauto, pues los vencedores no se andaban con niñerías, y por esto callaba y mostrábase humilde cuando las gentes le veían, y afable con todos, para no infundir la menor sospecha.

Cierta noche presentóse en el mesón un hombre al parecer forastero, de pobre traje y de rara catadura, el cual, por ser entonces invierno, llegó hasta una cuadra baja donde en una antigua chimenea de campana ardían los secos troncos, y á su alrededor veíanse dos ó tres criados del moro, que descansaban allí de sus faenas del día.

Sentóse á la lumbre el forastero y no tardó en presentarse á él Hach-Elarbi, quien, enterado de la pretensión que traía, ofrecióle aposento y dióle antes un poco de pan negro y carne asada para que repusiese sus fuerzas, bien quebrantadas con el dilatado viaje que traía.

Mientras cenaba el huésped, el moro hízole muchas preguntas, demostrándose ser hombre curioso, y así que fué llegada la hora de recogerse acompañóle á un aposento donde tenía preparado un modestísimo lecho y dispuesto un candilón que le alumbrase.

Cuando después de pasadas algunas horas Hach-Elarbi, que acostumbraba á levantarse á media noche para rezar ciertas oraciones, salió al corredor donde el cuarto del viajero estaba, extrañándole ver por las rendijas de la puerta reflejos de la luz, que aún estaba encendida, miró por entre las podridas tablas, y sus ojos quedaron asombrados.

El desconocido estaba despojado del sayo burdo que le cubría, y sentado en el lecho, teniendo ante sí un banco, donde había colocado una porción de monedas de oro y plata, en cantidad suficiente para hacer la fortuna de algunas personas.

Á la vista de aquellas riquezas excitóse la codicia del moro, y unióse á ella singular coraje al apercibirse de que el huésped era cristiano por un largo rosario y algunas medallas que pendientes del cuello tenía.

Contaba entre tanto el desconocido sus relucientes monedas, y cuando más embebido estaba sintió de pronto abrirse la puerta de la estancia, penetrando por ella el feroz moro, que arrojando al suelo el candilón, lanzóse sobre el cristiano, y, echándole las manos al cuello, dióle allí mismo muerte en pocos minutos. Después Hach-Elarbi escondió en una cueva el cadáver, recogió el dinero y guardó el tesoro en el rincón más apartado de la casa.

Largo tiempo permaneció este crimen oculto, descubriéndose años después por una rara casualidad que la tradición no nos cuenta.

Sábese sí que la posada donde tuvo lugar el hecho permaneció cerrada durante algunos años, y que en el mes de Febrero del año 1250 Hach-Elarbi sufrió la última pena, siendo puesta su cabeza ensangrentada en una de las paredes exteriores del edificio.

IV

LA TORRE DE DON FADRIQUE

«Aún permanece en pie la famosa torre de D. Fadrique, restos del palacio que para sí construyó el Infante de este nombre...»

P. Madrazo.

En la espaciosa y amena huerta del convento de Santa Clara existe una Torre de buena altura y de elegantes proporciones, que por fortuna se encuentra aún en el mejor estado de conservación.

«Su planta—escribe un distinguido autor contemporáneo—es rectangular y consta de tres cuerpos, empleándose la piedra en algunas partes y lo restante de ladrillo: el inferior conserva en la puerta de entrada curiosa archivolta de estilo románico con arcos semicirculares y columnillas, sobre la cual existe una inscripción; en el segundo cuerpo rompen los muros estrechas aspilleras; en el tercero, en cada uno de sus frentes hay elegantes ventanas del mismo carácter románico, y en el último, coronado por un antepecho de almenas, se ven otras tantas de aquéllas al estilo ojival con adornos lobulados. En cada uno de los ángulos debió tener gárgolas para desagüe, de las que sólo resta una.»

Esta Torre, según los datos más auténticos, fué mandada construir el año 1253 por el infante don Fadrique, que allí tuvo su palacio, edificado en los terrenos que le cedió su padre el rey D. Fernando III cuando se hizo el reparto de la ciudad después de la conquista.

Llamóse en un principio La Torre encantada, no sabemos por qué, pues aunque conocemos algunas tradiciones que pudieran haber dado origen al nombre, ninguna encierra verdaderos detalles para el caso.

Sobre la puerta de la Torre, que es ancha y tiene las hojas de hierro, existe una lápida negra con varios adornos y la siguiente inscripción, que traducida del latín dice así, según la copia que sacó Peraza:

«Esta Torre es obra ó edificio del magnífico Infante Federico, que fué hijo amado de su madre la Reina D.ª Beatriz: débese dar alabanza al maestro que la hizo. Esta deleitable Torre estaba llena de riquezas en la era de mil é doscientos noventa, que es en el año de mil é doscientos cincuenta y tres años.»

Respecto al interior de la Torre, el primer historiador de la capital de Andalucía, Luis de Peraza, que floreció en los comienzos del siglo XVI, escribía lo siguiente en su obra, aún inédita, titulada Antiquísimo origen de la ciudad de Sevilla, etc. «Estando un lienzo de aquel compás (el de Santa Clara) caído, yo entré... y subí á la Torre y vi en ella tres estancias, unas sobre otras, todas ochavadas, y habiéndolas paseado y mirado muy bien, me volví á salir.» Sin embargo de lo que dice Peraza, añadiremos que las estancias aludidas no son ochavadas, y sólo tienen en las partes superiores de los ángulos unas robustas nervaduras.

D. Fadrique murió en Burgos en 1276 y fué uno de los más poderosos enemigos que tuvo su hermano D. Alonso el Sabio, el que mandó quitarle la vida, confiscándole sus estados, por tomar parte muy señalada en la revuelta que promovieron los descontentos y ambiciosos acaudillados por González de Lara, Díaz de Haro y Fernández de Castro.

El infante D. Fadrique fué hermano también del primer arzobispo que tuvo Sevilla después de la conquista, hijo de D. Fernando III, que á pesar de su estado casó con la hija del Rey de Daria, pasando á vivir á extranjeros países.

Las casas y el palacio de D. Fadrique, al ocurrir su muerte, fueron donados por Sancho el Bravo á las monjas clarisas, que allí levantaron el convento, amplio edificio en cuya iglesia, de estilo gótico, se conservan entre otras bellezas artísticas muy buenas esculturas de Martínez Montañés y de Alonso Cano.

La torre de D. Fadrique tiene un carácter tan marcado de las antiguas edades, que cuando al contemplarla con detenimiento destácase airosa sobre el trasparente cielo, acuden á la imaginación los recuerdos de aquellos tiempos de fe, entusiasmo y de acciones sublimes y heróicas, embellecidos por la poesía y el arte.

Esta Torre es uno de los más antiguos monumentos de Sevilla, y puede darnos una idea de lo que sería aquel soberbio palacio donde residió el turbulento D. Fadrique, y donde tan suntuosas fiestas se dieron según afirman puntuales cronistas.

Algunas personas creen que la Torre de que nos hemos ocupado toma su nombre por el hermano de D. Pedro el Justiciero; y aunque este error ha sido aclarado por muchos escritores, aún hay quien lo sustente, demostrando en ello sus escasos conocimientos en la historia de nuestra patria.

V

LA IGLESIA DE SANTA ANA

«Éste es uno de los mejores templos de Sevilla, y encierra en su seno bastantes producciones de mérito.»

J. Amador de Los Ríos.

Si notable es este templo por las joyas artísticas que encierra, su historia no deja de ser curiosa, y vamos á referirla á los que la ignoren, haciendo mención también de las principales imágenes y pinturas que allí se guardan.

Remóntase la fundación de la iglesia de Santa Ana á los tiempos de D. Alfonso el Sabio, el cual se encontraba en nuestra población en 1280 disponiendo sus tropas para empezar la campaña contra los moros de Granada.

Cuando iba á marchar sintióse el Rey molestado por un fuerte dolor en el ojo derecho, que, lejos de disminuir con los medicamentos que le aplicaban los físicos, creció más cada día, causando grandes molestias al paciente.

Entonces D. Alfonso, comprendiendo que no había remedio alguno para su mal, se encomendó á todos los santos, y muy particularmente á Santa Ana, por quien siempre tuvo no poca devoción, prometiéndole que si curaba levantaría en su honor un templo de hermosa fábrica y de constante y fervoroso culto.

Oyó la Santa la súplica del Rey, cuyos dolores iban en aumento, y cuenta la tradición que á poco el ojo empezó á dar señales de mejoría, quedando tan bueno como el otro, sin necesidad de los brevajes y emplastos de los físicos.

Patente y claro estaba el milagro; y no siendo D. Alfonso el Sabio hombre que dejase de cumplir promesas, sobre todo si habían sido hechas á los santos, apenas se vió restablecido manifestó sus deseos de erigir la iglesia conforme lo tenía pensado.

Por entonces los vecinos de Triana, que no tenían más templos que una capilla dedicada á San Jorge, pidieron al Rey que construyera una iglesia, cosa que les hacía gran falta, y el Rey, que andaba sin saber dónde levantar el edificio prometido, satisfizo el deseo de los trianeros, y cumplió su promesa, mandando empezar las obras del templo dedicado á Santa Ana á fines del ya citado año de 1280.

El monarca Sabio, los arzobispos D. Remondo y D. Sancho González y Fr. Alonso de Toledo invirtieron sumas muy considerables en la construcción de la iglesia de Santa Ana, y en el reinado de D. Pedro I de Castilla éste costeó varios retablos é hizo que se terminasen por completo las obras, ampliándolas y embelleciéndolas.

En los comienzos del siglo XV se renovó el edificio, que había sufrido bastante con las inundaciones del Guadalquivir, colocándose por esta época los bellos azulejos esmaltados que aún se conservan.

Entre otras reformas llevadas á cabo por los años de 1548 se construyó el altar mayor, cuyas pinturas son debidas á Pedro de Campaña, que también ejecutó otras obras en varias capillas, donde existen cuadros muy notables de maestros tan celebrados como Alejo Fernández, Varela, Frutet, Goltzus, Tomás Martínez, Roelas y Sánchez de Castro.

Hacia el 1755 se renovó el templo de Santa Ana casi por completo, modificándose muchos de sus retablos, añadiéndole algunas imágenes y quitándole algunos nichos y trozos de labores que, según dicen, afeaban las paredes del interior.

Entre las esculturas de mérito que han existido en Santa Ana merecen citarse: un Cristo llamado del Buen viaje, una Santa Cecilia, un San Miguel, y una Concepción que pertenecía á la antigua hermandad de este nombre.

En la sacristía se guardan algunas alhajas para el culto de gran valor, que merecen ser vistas por lo acabado de sus dibujos y el mérito artístico que encierran.

La iglesia de Santa Ana sufrió algunos desperfectos cuando la invasión francesa en 1811, y entonces desaparecieron varios objetos muy estimables, que fueron destruídos por los invasores.

Las muchas lápidas que en las paredes y en el suelo del templo se encuentran todavía dan á entender que allí se enterraron personas ilustres, como González del Real y sus deudos, la familia de don Lope Sánchez y la esposa del Piloto mayor de los galeones, fundadora de la hermandad de la Concepción que ya hemos citado.

Para concluir, diremos dos palabras del exterior de la Iglesia fundada por don Alonso X el Sabio. La fachada es de gran extensión; los muros son altos y rematan en azoteas con balaustradas adornadas de jarrones; tres son sus puertas, una de ellas muy curiosa; y la torre, que tiene dos cuerpos, es sencilla y elegante, divisándose desde ella un hermoso panorama, que renunciamos á describir.

VI

LA GIRALDA

«Torre excelsa, magnífica Giralda, que al cielo alzando la orgullosa frente, ostentas por diadema refulgente de aéreas nubes mágica guirnalda...»

L. S. Huidobro.

Fama universal goza este soberbio monumento, admiración de cuantos visitan á Sevilla; y aunque su historia no es á la verdad desconocida, ni sobre ella podemos añadir ningún dato ó noticia nueva, creemos que resultarían incompletos estos apuntes si no dedicásemos algunas líneas á tan magnífica y celebrada Torre.

La Giralda es objeto de justo orgullo por parte del pueblo sevillano: apenas hay poeta español que no le haya dedicado una frase ó una alabanza; apenas hay artista que no haya trazado sus esbeltas líneas sobre el lienzo ó sobre el papel, y puede decirse que ninguno de los que á nuestra ciudad visitan deja de subir á ella para contemplar el soberbio panorama que ante los ojos se extiende.

Sevilla tiene en la Giralda su nota más característica: los lienzos, acuarelas, grabados y fotografías que representan esta Torre circulan por toda Europa; y el que lejos de la patria los contempla, siente alegría en su alma y satisfacción imposible de contener.

¡Cuan magnífica y esbelta es nuestra Giralda!... la mole de ladrillos se alza majestuosa sobre todos los edificios de la ciudad: en las noches claras y serenas se destaca su silueta, presentando un aspecto fantástico; en los días hermosos, en que el sol la ilumina, su vista no puede ser más agradable y grandiosa, y en las fiestas solemnes, cuando sus veinticuatro campanas lanzan al aire sus repiques, la ciudad se alegra y el sonido de aquellos metales alegra también el espíritu de los sevillanos.

Según algunos la Giralda fué mandada construir para observatorio astronómico, y según otros sólo servía para alminar de la mezquita. Decretóse su obra en tiempos del emperador de Marruecos Jussuf, que estuvo en nuestra ciudad hacia 1171; fué continuada bajo el mando de Yakub, y se terminó en 1196 bajo la dirección del arquitecto moro Hever, según es tradicional.

La Giralda estuvo expuesta á ser derribada cuando se ajustaban las condiciones de la entrega de Sevilla; pero gracias al infante D. Alfonso, según dicen antiguos autores, esto no llegó á verificarse.

Entonces la Torre sólo tenía 250 pies de altura, «un antepecho de almenas dentelladas—escribe Gestoso—coronaba la parte en que al presente están las campanas, en la cual se levantaba otro segundo cuerpo rectangular, cuyo remate lo componían cuatro enormes globos ó manzanas de metal ó bronce», las cuales se describen de este modo en la Crónica del Rey Sabio:

«Á la cima son cuatro manzanas redondas, una encima de otra, de tan grande obra, é tan grandes, que no se podrían hacer otras tales. La de somo es la más pequeña de todas, é luego la segunda que so ella es mayor empués; la tercera mayor que la segunda; mas la cuarta manzana non podemos retraer de fablar della, ca es de tan gran labor, é de tan grande é extraña obra, que es dura cosa de creer; toda obrada de canales, é ellas son doce, et la anchura de cada canal cinco palmos comunales.»

En 1396 estas bolas cayeron á impulso de un fuerte vendaval ó de un temblor de tierra, según hemos leído, y muchos años después, en 1568, siendo arzobispo D. Cristóbal Valdés, se construyó el segundo cuerpo de la Torre por el arquitecto Fernando Ruiz, colocándose la estatua de la Fe llamada el Giraldillo, que se debió al escultor y fundidor Bartolomé Morel, quien dió principio á su obra en 1566.

Está probado que el primer reloj que se conoció en España lo tuvo esta Torre en tiempo de don Enrique III, y no recordamos en qué papel leímos que, habiéndose descompuesto la máquina, permaneció parado cerca de dos años, pues fué necesario traer de Ginebra un inteligente mecánico que supiese arreglarlo.

El reloj que hoy existe es una magnífica obra, concluída en los comienzos del siglo XVIII por el fraile José Cordero, de la orden de San Francisco, y la campana es la misma que se puso en 1400 á presencia del monarca D. Enrique el Doliente.

No creemos necesario hacer aquí una descripción del interior y exterior de la Giralda: ¿para qué? se han hecho tantas por tantos autores, que casi tendríamos que seguirlos con sus mismas palabras.

Sólo diremos, para terminar, que con las obras practicadas en la famosa Torre en 1888 ésta quedó en el mejor estado de conservación, para bien de Sevilla y orgullo de su pueblo y admiración de propios y extraños.

VII

RECUERDOS DEL REY DON PEDRO