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Páginas sevillanas / Sucesos Históricos, Personajes Célebres, Monumentos Notables, Tradiciones Populares, Cuentos Viejos, Leyendas y Curiosidades. cover

Páginas sevillanas / Sucesos Históricos, Personajes Célebres, Monumentos Notables, Tradiciones Populares, Cuentos Viejos, Leyendas y Curiosidades.

Chapter 63: LXI EL SEÑOR DEL GRAN PODER
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About This Book

Conjunto de apuntes y relatos que recogen sucesos históricos, biografías breves, descripciones monumentales, tradiciones populares, leyendas y curiosidades vinculadas a Sevilla. Alterna datos documentales con evocaciones nostálgicas, relatos tradicionales y anécdotas locales, ofreciendo descripciones detalladas de edificios, calles y elementos artísticos junto a relatos populares y reflexiones sobre la pérdida del patrimonio. El tono combina erudición y afecto local; la organización reúne piezas independientes que pueden leerse como pequeñas estampas históricas y folclóricas destinadas a preservar memorias colectivas y a rescatar personajes y sucesos que la memoria corriente ha olvidado.

«Rosales que, cuando al soplo de los céfiros gemían, para Mañara decían tenues frases de dolor: cada rosal recordaba tristemente á su memoria amarga y llorada historia de algún pecado de amor.»

Cano y Cueto.

Buscando asunto para escribir uno de nuestros trabajos, hemos dado con un detalle curioso, que quizá pase inadvertido para muchos de los que visitan el edificio de la Caridad, situado desde su fundación en el lugar que hoy ocupa, próximo á la orilla del río, y á la izquierda de la antigua y casi derruída torre de la Plata.

Conocidas y apreciadas son de todos las muchas riquezas artísticas que este hospital y su capilla encierran; los cuadros inimitables de Murillo y Valdés que adornan sus paredes; las esculturas de Roldán, Simón y Ramos que se hallan en sus altares; los objetos de culto que se guardan en su sacristía; los muchos varones notables que allí están enterrados; y, por último, conocidos son también los laudables y caritativos servicios que á diario presta esta benéfica institución, cuyas reglas se aprobaron en 1578, siendo más tarde reformadas por aquel caballero sevillano, D. Miguel de Mañara, que después de una juventud tormentosa se retiró á una vida consagrada á hacer el bien de los pobres y á socorrer á los desvalidos.

El edificio de la Caridad es uno de los que en Sevilla conservan más carácter de otros tiempos, y su iglesia, sus galerías y patios puede decirse que apenas han sufrido alteración alguna desde la muerte del fundador, ocurrida en el mes de Mayo del año 1679.

Á la terminación del corredor de uno de los patios existe un jardín, en el cual suele llamar la atención del que visita por primera vez la casa un espeso muro, sobre el que alzan sus ramas ocho rosales, cuyas flores, que son muchas en primavera, embalsaman el aire puro que allí se respira.

Encuéntrase en el citado muro una pequeña lápida, y en ella puede leerse la siguiente inscripción:

«Ocho plantas de rosal con sus macetas, traídas á esta santa casa por el ilustre fundador, el venerable siervo de Dios D. Miguel de Mañara Vicentelo de Leca, Caballero de la orden de Calatrava, en 1674, conservadas en todo su vigor, y dando fruto todos los años en su propia fuerza, como resulta del reconocimiento judicial que en 1749 se hizo de ellos por los jueces del proceso informativo (folios 1292 á 1297) y permanecieron hasta el día en el mismo estado. Se colocaron en este lugar el año 1802.»

Estos ocho rosales tienen una agradable vista, y á pesar del tiempo trascurrido desde que se plantaron llaman actualmente la atención por su lozanía, más aún que la llamaban cuando se colocó á principios del siglo presente la lápida que acabamos de copiar.

Sevilla, que tantas y tantas tradiciones cuenta, no podía dejar de tener algunas sobre estos rosales, y no solamente tiene una, sino varias; pero nosotros nos limitaremos á relatar la más admitida, según hasta nuestros oidos ha llegado.

Cuéntase que, después de fundado el hospital de la Caridad, D. Miguel de Mañara, que acostumbraba á pasarse la mayor parte del día ejerciendo obras meritorias, cuidando del buen orden y gobierno de la casa y recogiendo limosnas para los enfermos, se entregaba varios ratos en su celda á profundas meditaciones y fervorosos rezos, así como á la lectura de libros piadosos que fortalecieran su espíritu y alejaran su imaginación de toda idea pecaminosa.

Á veces, sin embargo, acudían á la mente del caballero algunos recuerdos de sus años juveniles, cuando era su existencia nada pacífica ni sosegada, cuando seguía con empeño galantes aventuras, y cuando llevaba á efecto, en compañía de alegres camaradas, tantas empresas en las que ponía á prueba su valor, su travesura ó su agudo ingenio.

Entre los recuerdos del pasado borrascoso alzábanse en la mente de D. Miguel las figuras de varias mujeres á quienes había amado, y á las cuales, por haberle quizá correspondido en demasía, había hecho derramar muchas lágrimas.

Estas sombras que llegaban á turbar las meditaciones del entonces piadoso caballero acongojaron más de una vez su espíritu; y cierta noche en que vagaba por el jardín del hospital, sentóse en un banco, y habiéndole acometido profundo sueño, vió en él á ocho damas cuyos rostros guardaban perfecta semejanza con otras tantas que había galanteado, y las cuales traían en las manos ocho rosas, que regaban con el llanto que de sus ojos caía.

Se dice que en memoria de aquel sueño, y á manera de homenaje á las infelices amadas del caballero, plantó éste en el jardín los ocho rosales que aún se conservan, y los cuales cuidaba en vida don Miguel con solícito esmero, pues diariamente cortaba sus hojas, arreglaba sus ramas, poníalos al sol cuando lo habían de menester, y los regaba, sin que consintiera nunca que nadie, sinó él, llevase á cabo estas operaciones.

Después de muerto Mañara, la hermandad de la Caridad siguió cuidando aquellas flores á que tanto cariño tuvo el fundador; y cuentan también las tradiciones que en las noches de estío veíanse por el jardín ocho sombras vestidas con blancos trajes, sueltos los cabellos y con los rostros pálidos, que permanecían hasta el amanecer velando aquellos ocho rosales, cada uno de los cuales representaba á una de las amadas del caballero.

Como ya hemos dicho más arriba, á principios de siglo las macetas fueron trasladadas al lugar que hoy ocupan, y donde puede aún verlas el que por primera vez visite el hospital de la Caridad.

LVI

EL TORREÓN DEL DUENDE

«De vetustas raíces carcomidos, pálidos cual los restos de un osario que brotan de las piedras desunidas en las terrazas, donde nace á trechos el enebro lozano y espinoso...»

R. Blanco Asenjo.

No lejos de la puerta llamada de la Macarena, única que aún se conserva de las quince que tuvo Sevilla, hacia la mitad del trozo de muralla romana que existe al Levante, se alza un torreón acerca del cual corrían en boca del ignorante vulgo las más absurdas y fantásticas narraciones.

Era el torreón de elevada altura y de sólida construcción: en sus cuatro lienzos veíanse pequeñas ventanas con gruesos hierros; en lo alto se elevaban cuatro filas de almenas dentadas, y al pie crecían gigantescas ortigas, malvas silvestres y campanillas blancas, cuyas matas subían por el muro negruzco y toscamente labrado.

Esta mole de piedra, hoy casi destruída y olvidada, mirábanla con miedo todos los habitantes del barrio de la Macarena, y ninguno, por jaque y valentón que fuese, se atrevía á pasar de noche por el torreón, donde era ya sabido que el diablo Rascarrabias tenía su guarida.

El habitar allí el tal diablazo tenía también su razón, pues parece que dentro de aquellos muros falleció al poco tiempo de la reconquista un judío avaro y enemigo de Dios, el cual tomó tanta confianza con Lucifer mismo, que le pidió un delegado suyo para que le acompañase en los ratos de ocio, y el rey de los infiernos mandóle á Rascarrabias, que después de estar mucho tiempo con el judío, cuando murió éste, quedó en el torreón guardando su cadáver años y años.

Á mediados del siglo XVI parece que Rascarrabias se cansó de estar allí aburrido y sin hacer nada de provecho para su monarca, y huyó no se sabe adónde, sin que se tuvieran más noticias de su vida y milagros.

Pero cuando las gentes sencillas se felicitaban por la ausencia del endiablado vecino, apareció de pronto en el torreón el duende Narilargo, el cual todas las noches, al dar las doce en el reloj de la Catedral, salía á pasearse por la muralla envuelto en un amplio capuchón negro, llevando en la cabeza una corona que despedía siniestros fulgores, y lanzando al aire profundos y lastimeros ayes, que hacían estremecer á las viejas y á los muchachos.

Contábanse de Narilargo cosas estupendas y nunca oídas, y á él se le achacaban todas las desgracias que en el populoso barrio ocurrían, sin que fueran suficientes á atemorizarlo, ni los rezos, ni los votos, ni los exorcismos. El duende tomó cariño al torreón, y era imposible arrojarle de él; pues en cierta ocasión en que la ronda, acompañada de algunos frailes del próximo convento de la Trinidad, intentó escalar el muro y sorprenderle en su guarida, cayó sobre ella tal chaparrón de piedras y guijarros, que obligó á los ministros de la justicia á desistir de su atrevida empresa.

En las noches sombrías y tempestuosas del crudo invierno, entre el ruido monótono del aguacero y los silbidos del huracán furioso, salían del torreón músicas extrañas, gritos de dolor, cantos ininteligibles, y las estrechas ventanas se iluminaban con luces rojas que parecían enormes pupilas de fuego, y de ellas se escapaba espeso humo, que flotaba sobre aquellos lugares durante mucho tiempo.

Cerca de dos siglos vivió el duende en el torreón, sin que nadie le molestase, y desapareció un día como Rascarrabias, después de haber sido el terror de muchas gentes y de haber prestado grandes servicios á los contrabandistas, de quienes parece que Narilargo fué muy gran amigo.

Borróse poco á poco de la memoria de los macarenos el recuerdo de su antiguo huésped. La acción destructora del tiempo grieteó aquellos muros, rompió las almenas, hundió los sólidos techos, desfiguró las ventanas, y hoy día el antiquísimo torreón del duende se encuentra abandonado y derruído, sin que nadie de los que cerca de él pasan tenga conocimiento de quiénes fueron sus antiguos moradores.

Si, como está proyectado, se llevara á cabo algún día la restauración de las murallas romanas de la Macarena, la antigua residencia de Rascarrabias y Narilargo tomaría mejor aspecto, librándose de desaparecer por completo, como puede suceder al seguir en su actual estado de abandono.

LVII

UNA COFRADÍA

«Es tanto el mérito y perfección de la efigie de S. Juan Evangelista, que no puede describirse.»

J. Bermejo.

Las muchas cofradías que durante la Semana Santa hacen estación á la Catedral gozan de gran fama desde muy antiguo por el lujo de sus pasos, por la riqueza de sus insignias y por el mérito artístico de las esculturas que ostentan á la pública devoción. En nuestros días una de las hermandades que más llaman la atención de los viajeros que por esta época del año visitan á Sevilla es la del Cristo del Silencio y la Virgen de la Amargura, establecida en la parroquia de San Juan Bautista, y que sale en procesión la tarde del Domingo de Ramos.

La historia de esta Cofradía, que cuenta cerca de tres siglos de existencia, quizá pueda tener algún interés para nuestros lectores; y en esta creencia vamos á permitirnos dedicarle algunas líneas en los apuntes que vamos reuniendo sobre Sevilla.

Algunos vecinos del barrio de San Julián organizaron á fines del siglo XVII una hermandad en dicha iglesia, y después de no pocos trabajos, consiguieron en la Semana Santa de 1699 salir en procesión, llevando prestada la imagen de la Virgen de las Angustias, y la estatua de Jesús que el escultor Pedro Roldán había construído hacía el 1680, á su regreso del viaje que hizo á Jaén para concluir la portada de aquella Catedral.

En los años siguientes al 1699 hizo también estación la Cofradía de que nos vamos ocupando, aunque de manera bien modesta, pues los escasos recursos de que la hermandad podía disponer no permitían otra cosa.

En 1718 se trasladó la hermandad á San Juan Bautista, colocando las imágenes que ya poseía en una capilla, reformando los pasos y costeando un nuevo manto á la Virgen.

Por aquella época los escultores Pedro Duque Cornejo y Benito Hita del Castillo construyeron las figuras que se ostentan en el paso del Cristo del Silencio, y el segundo de estos artistas hizo también el San Juan que acompaña á la Virgen de la Amargura, y que es sin duda la obra mejor y más acabada que su cincel produjo.

Desde el año 1783 hasta el 1788 salió la Cofradía unas veces el Jueves Santo y otras el Domingo de Ramos; pero al poco tiempo, disgustos que surgieron entre los individuos de la hermandad, hicieron que ésta cayese en la mayor decadencia, no volviendo á hacer estación hasta el año 1808.

Nuevamente quedó casi disuelta la Cofradía, y así permaneció más de veinte años, hasta que algunos jóvenes, por iniciativa de D. Fernando Espinosa, Conde del Águila, se propusieron restablecerla, haciendo estación en 1829 con el mayor lucimiento.

Los nazarenos de esta Cofradía fueron los primeros que usaron túnicas blancas, estrenándolas en 1830. Desde esta fecha pocos son los años en que ha dejado de salir, unas veces el Domingo de Ramos y otras el Martes ó Miércoles Santos.

La hermandad, que cuenta hoy con fondos regulares, ha introducido en los pasos é insignias algunas reformas, costeando un rico manto á la Virgen de la Amargura y unas andas nuevas al paso del Cristo.

Éste es de largas dimensiones, y en su peana se ven prolijos adornos dorados y algunos medallones de cierto mérito. Sobre ella aparece la estatua de Jesús, vestido con blanca túnica y amarradas las manos con cordones de plata, cuyas puntas sostienen dos soldados romanos, que ejecutó Duque Cornejo, y que son muy inferiores á los otros dos que van detrás, hechos por Hita del Castillo. Aunque los trajes y armas de estas figuras contienen grandes anacronismos, la actitud de ambos y la expresión que supo darles el artista merecen el mayor elogio.

En último término se levantaba un dosel, no de muy buen gusto, bajo el que está sentado el Monarca de Judea, vestido con un traje que nada tiene de adecuado, y sí mucho de impropio.

Va en el segundo paso la Virgen de la Amargura, acompañada de San Juan, que como ya dijimos es la estatua más notable que construyó Hita del Castillo.

En la Semana Santa de 1893 ocurrió á esta Cofradía un accidente en verdad desgraciado. Al llegar el segundo paso ante la fachada del Ayuntamiento, una de las velas prendió fuego al traje de la Virgen, y á los pocos minutos las figuras se vieron envueltas en una gigantesca llama, que amenazaba destruir todo aquel conjunto. Rápidamente acudieron los hermanos á extinguir el fuego, que después de no poco trabajo fué sofocado, padeciendo las imágenes algunos desperfectos, que después han sido reparados.

La cofradía del Cristo del Silencio es hoy de las que con más lujo y ostentación se presentan, y la que con más afán acude á ver el público, por ser la primera que sale en Semana Santa.

LVIII

LA BEATA DOLORES

«Pero como todos los extremos son viciosos... huyendo del Infierno de la incredulidad, cayeron en el Limbo de la candidez.»

A. Flores.

Hacia la derecha del prado de San Sebastián, y frente de la amplia glorieta que hoy se extiende á la entrada del Parque de María Luisa, estuvo situado durante algunos siglos el famoso Quemadero de la Inquisición, donde perecieron no pocas víctimas.

Levantóse esta construcción en los últimos años del siglo XV, y fué destruída por completo en 1809, al acercarse á Sevilla las tropas francesas. Componía la fábrica, según escribe el señor Palomo, «una mesa cuadrada como de veinte varas de altura, cóncava en el centro, donde se encendía la hoguera; y en los ángulos había cuatro columnas de diez pies de alto empotradas en postes de ladrillo, y puestas sobre ellas otras tantas grandes estatuas de barro cocido, de notable mérito artístico, afianzadas con un espigón de hierro.»

Ignoramos quiénes serían los primeros desgraciados que allí sacrificó el Tribunal, aunque algunos autores dicen que fué el arquitecto que dirigió la obra; mas como han llegado hasta nosotros diversos datos sobre la última víctima que pereció en el Quemadero, vamos á contar á nuestros lectores el suceso, ocurrido en 1781, y del cual existen diversas relaciones manuscritas é impresas.

Vivía en la capital de Andalucía, después de mediar el pasado siglo, una mujer extravagante y alucinada, hija del pueblo y no muy favorecida por la naturaleza en dotes físicas, la cual andaba siempre por las iglesias y conventos asediando á los párrocos y á los frailes, á quienes trataba de embaucar con los más absurdos cuentos y los más ridículas narraciones, pretendiendo hacerles creer que tenía un ángel que le aconsejaba todos sus actos, y que se le aparecían con frecuencia S. José, S. Agustín, S. Juan Nepomuceno y otros santos, que estaban de continuo instándole á cometer los actos más absurdos que es dado imaginar. Llamábase ésta María de los Dolores López, conocida por la Beata Dolores; y aunque se decía que había quedado ciega desde la edad de doce años, aseguraban muchos testigos haberla visto coser y bordar con primor, subir escaleras con las manos ocupadas, y dar minuciosas señas de algunas personas como si las hubiese tenido ante sus ojos.

Largos años estuvo esta mujer entregada á los más lamentables extravíos: hemos tenido ocasión de leer un extracto de su proceso, y renunciamos á describir las acusaciones que se le hacían, pues por ellas se saca la gran inmoralidad en que vivía y los repugnantes vicios á que de continuo se entregaba. Bástele á nuestros lectores saber que, según se dice en el extracto citado, María de los Dolores «corrompió á una beata, con quien tuvo entretenimientos poco honestos», sedujo á su confesor, con quien vivió más de doce años, á pesar de que él la rechazaba de continuo, aseguraba que tenía continuos éxtasis, y decía con la mayor frescura las más graves blasfemias y espantosas herejías.

Presa en las cárceles de la Inquisición estuvo largo tiempo, sin que pudiera sacarla de sus errores ninguno de los religiosos que de continuo la visitaban, entre los cuales se contó el célebre Fr. Diego de Cádiz, quien, no pudiendo conseguir de ella la menor frase de arrepentimiento, se despidió de los inquisidores diciendo «que trabajar con ella era gastar el tiempo en vano; que él no tenía corazón para ver tanta dureza y ceguedad, y que tan lejos estaba de poderla convertir, que podía temer que ella lo pervirtiese.»

Terminado el proceso por los señores del Santo Oficio, se la condenó á muerte por hereje formal, apóstata, iludente, ilusa, revocante, pertinaz, impenitente y fingidora, señalándose para el día 24 de Agosto de 1781 la ejecución de la sentencia.

Cuarenta y cinco años hacía que no se presenciaba en Sevilla un auto de fe, y al anuncio de éste se notó gran animación en la ciudad, viniendo á ella para presenciar el triste espectáculo multitud de gentes de los pueblos de los alrededores.

En las primeras horas del día 24 salió de las mazmorras la ciega, á quien montaron en un borriquillo, vistiéndola con su coroza de llamas y trajes talares.

En el castillo de Triana se formó la comitiva que había de acompañar á la reo en su último viaje, y que estaba compuesta del clero de Santa Ana, de los familiares de la Inquisición y de unos cuantos frailes que, con hachas encendidas, iban rezando en voz alta.

Hallábanse en la iglesia de San Pablo los individuos del Santo Oficio, muy graves y muy cejijuntos, sentados bajo un rico dosel, y con ellos estaban en lugares determinados el Asistente de la ciudad, el Alguacil Mayor, el Alcalde de las cárceles secretas, los Comisarios y muchos dependientes de la Inquisión, y padres de distintas órdenes.

Leído el voluminoso proceso, y la sentencia, por los secretarios, se entregó la reo á la justicia ordinaria, sacándola del templo, donde continuó la misa, y conduciéndola á la plaza de San Francisco, en cuyo punto, al oir que la pena que se le imponía era la de ser quemada viva, se arrojó al suelo presa de la mayor desesperación, dando terribles gritos y llorando del modo más amargo. Entonces los frailes, creyendo que se convertía, la volvieron á la cárcel, donde confesó y practicó cuantos actos religiosos pidieron de ella, siendo llevada por la tarde al Quemadero con toda la solemnidad que se acostumbraba en tales actos.

Dolores López murió á las cinco de la tarde á manos del verdugo, que la agarrotó, y su cadáver arrojóse á la hoguera que estaba preparada, y que consumió bien pronto su cuerpo extenuado y débil.

La desdichada Beata fué la última víctima sacrificada en el Quemadero, y su memoria se conservó largos años entre el pueblo de Sevilla, que había sido testigo de sus absurdas inmoralidades y patrañas.

LIX

VIAJE REGIO

«Rey que, olvidando su raza, por razón que no penetro, ha trocado su real cetro por la escopeta de caza.»

J. Picón.

Muchas veces los jefes de la nación han visitado nuestra ciudad, y siempre han salido altamente satisfechos de las muestras de respecto y cariño que el pueblo de Sevilla espontáneamente les ha dado; pero en pocas ocasiones el júbilo popular ha llegado á tanto como llegó en 1796, cuando por primera vez vino Carlos IV, acompañado de su esposa y la real familia, á cumplir el voto hecho á San Fernando por la salud del Príncipe de Asturias.

Desde que se supieron las primeras noticias del viaje el Ayuntamiento comenzó á disponer el ornato público con gran lujo, llevando á cabo muchas obras de importancia, restaurando algunos edificios, limpiando calles y plazuelas, tomando multitud de disposiciones para que todo estuviese al corriente, y excitando, por último, por medio de bandos el celo del vecindario á fin de que se hiciera á Sus Majestades un digno recibimiento.

Tuvo lugar la entrada de los Reyes en la mañana del 18 de Febrero, presentando aquel día la ciudad el aspecto de las grandes solemnidades. La carrera que iba á llevar la comitiva estaba engalanada con el mayor lujo, ostentando las casas ricas colgaduras y adornos; en varios puntos se habían levantado grandes arcos de follaje; el gentío era inmenso por las calles, y lo dulce y sereno del tiempo contribuía á dar vida y esplendor á aquellos animados cuadros.

Cuando los alegres repiques de la Giralda anunciaron que el coche real estaba próximo, la muchedumbre agitóse presa de curiosidad y satisfacción.

En un coche iban Carlos IV, María Luisa y el Príncipe de Asturias; iba en otro el infante D. Antonio, y seguían en distintos vehículos las Infantas, las damas de honor, el Príncipe de la Paz, los Consejeros y la alta servidumbre de palacio, escoltando la comitiva los guardias españoles y walonas, los guardias de Corps y una sección de Alabarderos.

La regia comitiva, que desde el Ronquillo venía acompañada de comisiones del Ayuntamiento, de la Maestranza y de la Sociedad de Medicina, llegó al barrio de Triana, donde aguardaban á Sus Majestades, el Asistente, conde de Fuente-Blanca, y los caballeros Veinticuatros, rodeados de músicos, maceros y gran número de criados vestidos con ricas libreas.

Cruzó la comitiva las calles de Triana, y, pasado el puente de barcas, siguió por las calles San Pablo, Ángel, Cerrajería, Sierpes, plaza de San Francisco, Génova y Gradas, penetrando en el Alcázar, donde se celebró el besamanos.

Tanto á Carlos IV como á su esposa les agradó mucho el aspecto de la ciudad, y aquella tarde salieron en carruaje á pasear por la orilla del río, donde Sus Majestades fueron objeto de las mayores pruebas de adhesión por parte de todos los que habían acudido al paseo.

Concurrieron el día siguiente los Monarcas á la Catedral con el Príncipe de Asturias, á quien sus padres colocaron cerca de la urna que guarda los restos de D. Fernando III; y allí, después de orar largo rato, y cumplido el voto, examinaron los Reyes y las personas que les acompañaban las capillas de la basílica, examinando las joyas que allí se conservan y los cuadros, esculturas y demás objetos del culto, que son la admiración de cuantos los conocen.

Durante los días siguientes se organizaron muchos y diversos festejos, cuya enumeración resultaría prolija si fuésemos á relatarlos utilizando los detalles que tenemos á la vista, y que bien pueden dar materiales para un curioso y largo trabajo.

En el teatro hubo funciones de gala, en la plaza de toros corridas por mañana y tarde, bailes de etiqueta en la Lonja, juegos de artificio en el prado de San Sebastián, y la Universidad Literaria dispuso una mascarada lucidísima, y compuesta de gran número de personas, que visitó el palacio, presentándose también ante el Cabildo Catedral y el Ayuntamiento.

El Rey, siguiendo sus aficiones, asistió á varias cacerías en Gerena y Santiponce, solazándose también con la pesca en San Juan de Aznalfarache y visitando en los días 24, 25 y 26 de Febrero el monasterio de la Cartuja, la Fundición de Cañones y la Maestranza de Artillería.

Para el día 27 se dispuso la marcha de la real familia, como así se verificó, con toda la pompa y solemnidad del caso, haciendo el pueblo de Sevilla á los Monarcas una despedida tan cariñosa como lo fué el recibimiento.

Complacidísimo debió quedar el débil Carlos IV de su viaje á nuestra población; y cuenta Matute en sus Anales que el bueno del Rey decía en la mesa muchas tardes antes de despedirse.

—¡Oh! ¡quién pudiera quedarse aquí siempre!

En el rico Archivo Municipal de Sevilla existen gran número de papeles relativos á aquel viaje regio, del cual también conocemos dos relaciones impresas por demás curiosas.

LX

BIBLIOTECA COLOMBINA

«Incalculables son las riquezas que allí existen en impresos y manuscritos.»

T. Sanz.

Diferentes bibliotecas existen en Sevilla; pero la más notable de todas, y quizá una de las mejores de Europa, es la biblioteca llamada Colombina por haber sido fundada por D. Hernando Colón, hijo del gran Almirante descubridor del Nuevo Mundo.

Conocidas son las altas cualidades que D. Hernando poseía, y su decidida afición á las artes y á las letras, de las cuales fué siempre protector entusiasta. Gastó este hombre ilustre un capital bastante crecido en adquirir ediciones raras y curiosas y volúmenes escritos en todas las lenguas, llegando á reunir una selecta y numerosa biblioteca, que ocupaba más de dos amplios salones en su casa, situada en el barrio de San Vicente, de la que sólo se conserva hoy uno de los árboles que en su extensa huerta tenía.

Murió D. Hernando Colón el 12 de Julio de 1539, y en su testamento legaba los quince mil trescientos volúmenes (muchos de los cuales se han perdido) que había reunido en su librería á su sobrino D. Luis, con la precisa condición de gastar cada año una cantidad de las rentas en la compra de obras con que aumentar la biblioteca.

No habiéndose D. Luis presentado á recoger la inestimable herencia de su tío, y estando todos los volúmenes depositados en una sala del convento de San Pablo, ordenó la Chancillería de Granada que aquéllos pasasen á poder del Cabildo Catedral, que, según el testamento de D. Hernando, era también llamado á poseerlos.

Instalóse, pues, la Biblioteca Colombina en el lugar que hoy ocupa hacia el año 1553, según dice un autor, y en ella se juntaron también los volúmenes, bastante crecidos en número por cierto, que desde remota fecha poseía el Cabildo.

Largos años trascurrieron, durante los cuales se fué enriqueciendo cada vez más esta Biblioteca con la adquisición de nuevas é importantísimas obras, donadas unas por particulares y otras por corporaciones amantes de fomentar la afición á la buena lectura, sin que por esto dejara de adquirir muchas el Cabildo, según los recursos pecuniarios lo permitían.

En 1852 se amplió la Biblioteca notablemente, instalóse en ella una hermosa estantería, que costeó la reina D.ª Isabel II, y al poco tiempo los señores Duques de Montpensier hicieron importantes donaciones, costeando también otra magnífica estantería.

En las tres galerías de que consta la biblioteca Colombina existe una colección de retratos de andaluces ilustres, otra de hijos célebres de Sevilla, y la última de los arzobispos que ha tenido nuestra ciudad.

Allí se conserva también una espada falsamente atribuída á Fernán González, varios libros de Colón anotados y escritos por el Almirante, un lienzo de Murillo que representa á S. Fernando, y un retrato del descubridor del Nuevo Mundo, que regaló el rey de Francia Luis XVII.

En la Colombina existen, según datos que publicó D. Joaquín Guichot, más de 30.000 volúmenes y 1.600 manuscritos, entre los que se encuentran: una copia del libro del Tesoro, el Misal del Cardenal Mendoza, una Biblia de Pedro Pamplona y un ejemplar de la Divina Comedia, que pertenece á la misma época en que vivió su autor.

Imposible es dar una lista, por breve que sea, de las curiosidades bibliográficas y de las obras raras que posee la Colombina, la cual es visitada por los extranjeros con verdadera admiración. Sobre la puerta que da paso á la Biblioteca existe una lápida de mármol blanco, en cuya inscripción se lee lo siguiente:

«Memoria de D. Fernando Colón, hijo de don Cristóbal Colón, primer almirante que descubrió las Indias, que siendo de edad de 50 años, 10 meses y 27 días, y habiendo trabajado lo que pudo por el aumento de las letras, falleció en 12 días del mes de Julio de 1539 años, después del fallecimiento de su padre. Rogad á Dios por ellos.»

Recientemente se han publicado dos gruesos volúmenes del Catálogo de los libros que pertenecieron á D. Hernando Colón y que se conservan en la Biblioteca: trabajo por demás notable y que, una vez concluído, dará idea de lo que serían los tesoros bibliográficos reunidos por el hijo del descubridor del Nuevo Mundo.

LXI

EL SEÑOR DEL GRAN PODER

«Talento, relaciones, actividad, valor, astucia, voluntad inflexible, perseverancia, odio sin piedad y orgullo sin transacciones, hacían al señor Bruna uno de esos hombres... que en último resultado saben sepultarse entre las ruinas por aplastar á sus enemigos.»

Velázquez y Sánchez.

Con este nombre era conocido en Sevilla, desde mediados del pasado siglo, entre la gente burlona y maleante el Excmo. Sr. D. Francisco Bruna y Ahumada, persona de rancia nobleza, alta posición, buen capital, y protector decidido de las bellas artes.

Fué Bruna caballero de la orden de Calatrava, Regente de la Audiencia en trece ocasiones, Oidor de la misma desde la edad de veinticinco años, Decano desde 1767, Consejero de Estado, Administrador de los regios Alcázares y Patrimonio de la Corona y Director de la Escuela de Nobles Artes, desempeñando todos estos cargos de manera que demostró en ellos las altas cualidades que poseía.

La influencia y prestigio que entre lo más escogido de la sociedad gozaba Bruna, y algunos rasgos de su carácter un tanto original y orgulloso, dieron motivo á que le llamasen El Señor del Gran Poder.

Entre los hombres que más han contribuído al mejoramiento moral y material de nuestra población figura Bruna en lugar preferente, pues á su iniciativa se debieron no pocos adelantos y progresos hasta entonces desconocidos.

Sus aficiones artísticas le llevaron á emprender muchos trabajos de consideración, haciendo que se restauraran antiguos monumentos y sacando del imperdonable olvido en que yacían sepultados no pocos objetos arqueológicos, que quizá se hubieran perdido para siempre.

La casa de Bruna, situada en el número 29 de la calle de la Muela, estaba convertida en un museo de preciosidades históricas, de joyas de arte y de libros y manuscritos notabilísimos.

D. Leandro de Moratín, en sus Apuntes de viaje, escribe lo siguiente, que da una idea de las riquezas que había reunido Bruna: «Dudo que haya en España otro particular que posea una librería y un gabinete de curiosidades más numeroso. Ediciones raras, entre ellas una de los Oficios de Cicerón, 1466, en Maguncia, imitando la letra manuscrita; y dice al fin que aquel libro no se escribió con pluma, sinó por medio de otro arte mucho más bello... Cuatro comedias de Lope de Rueda y varios coloquios. Manuscritos raros. Ocho mil monedas, entre ellas muchas góticas de oro... Curiosidades naturales de España y América. Una moneda del príncipe don Carlos, hijo de Felipe II, y una sala toda llena de muebles y pinturas chinescas, etc.»

El erudito viajero D. Antonio Pons elogia también mucho las riquezas que en su domicilio en el Alcázar había reunido Bruna, y en el mismo sentido se expresan Croix, Sempere y Guarinos, González de León y otros.

Á la iniciativa de Bruna, unido al Conde del Águila, se debieron las importantes excavaciones llevadas á cabo en las eras de Santiponce en 1782, y las cuales dieron por resultado que, entre otras preciosidades, se descubriese un pavimento de mosaico y algunas estatuas de Nerón, Trajano, Minerva, Adriano y Julio Bruto, que yacían sepultadas bajo aquellos terrenos donde existió Itálica.

Fué D. Francisco de Bruna hombre de carácter enérgico, aunque pocas veces descortés, altivo con los superiores, de costumbres pacíficas, de vida arreglada y sumamente laboriosa, pues atendía con el mayor cuidado los infinitos cargos y comisiones de interés que á diario le eran encomendados.

Ceán Bermúdez, Pons, Zeballos, Matute y otros varones ilustres de su tiempo recibieron señaladísimos favores de Bruna, quien también les ayudó bastante en las obras que legaron á la posteridad.

Bruna era natural de Granada, donde había nacido en 1719; desde muy joven se dedicó al estudio de leyes, y, merced á causas que no se saben con certeza, pudo alcanzar la omnímoda influencia que ejercía en toda la provincia de Sevilla.

La figura del grave Oidor era popularísima en la capital de Andalucía; pero las clases inferiores no lo miraban con buenos ojos, y en más de una ocasión sostuvieron con él rudos pugilatos para humillar la soberbia que tenía.

Por los años en que el bandido Diego Corriente era el terror de los campos de Sevilla, púsose por indicación del Regente á precio su cabeza en diez mil reales, que serían entregados á la persona que presentase al ladrón vivo ó muerto.

Corriente tuvo la osadía de visitar una noche á Bruna en su despacho, y encontrándole solo, le amenazó con dos pistolas si no le daba los dos mil escudos. Amedrentado el Regente, se apresuró á soltar el dinero; y cuando, repuesto de su asombro, reclamó auxilio, ya el bandido había logrado escaparse y se encontraba á gran distancia.

Este mismo famoso ladrón encontró cierta tarde en el campo á Bruna, que venía solo en un coche, de regreso de una hacienda de su propiedad; acercóse á él, y con las más corteses razones le invitó á que le abrochase varios botones de los borceguíes que entonces se gastaban, para humillarlo: no hubo más remedio que obedecer la petición de Diego Corriente; pero desde aquel día Bruna juró que capturaría al bandido, gastando considerables sumas en pagar espías y gentes que lo batieran, pudiendo al fin verse libre de aquel enemigo. Se dice que Corriente fué indultado por el Rey de la pena capital: pero sabedor de ello Bruna, mandó al camino un hombre de confianza que entretuviera con cualquier pretexto al correo que traía el indulto, el cual llegó á Sevilla la noche del 30 de Mayo de 1781, algunas horas después que el bandido había dejado de existir.

Cuando la fiebre amarilla de 1800, ocurrió á Bruna un suceso que prueba su altivo carácter, y que por ser escasamente conocido vamos á relatarlo.

«Habíanse dado algunos casos en un pueblo inmediato á Sevilla, y establecióse aquí el cordón sanitario, el cual detuvo á Bruna, que quería entrar en la ciudad sin ir antes al lazareto como todos iban. Con este motivo—dice el autor de quien tomamos la noticia—trabóse una polémica entre Bruna y la Junta de Sanidad, triunfando ésta y obligando á cumplir las leyes al viejo Oidor, que, mal de su agrado, y con no poca contrariedad, permaneció algunos días en el lazareto.» El pueblo, que conocía demasiado la soberbia y el orgullo de Bruna, cuando supo el caso cantó para mortificarle coplas alusivas, una de las cuales decía:

«El Señor del Gran Poder
se ha vuelto de la Humildad;
este milagro lo ha hecho
la Junta de Sanidad.»

D. Francisco de Bruna y Ahumada falleció en la mañana del 27 de Abril de 1807, víctima de una pulmonía, celebrándose con gran pompa sus exequias en la parroquia del Sagrario, á la que asistieron cuantas personas importantes había en Sevilla.

En el salón de sesiones de la Academia de Bellas Artes se conserva hoy un excelente retrato de Bruna, y para perpetuar su nombre se dió éste á la antigua calle de Papeleros.

Hace algunos años el señor Andérica hizo activas gestiones para que en la fachada de la Audiencia se colocara una lápida en memoria del Señor del Gran Poder, cosa que no pudo conseguir.

LXII

MANOLITO GÁZQUEZ

«Hasta tiene á Manolito Gázquez, cuyas hipérboles graciosas han dado la vuelta á España, y parece que forman las bases de la riqueza anecdótica nacional.»

B. Pérez Galdós.

Hé aquí un sevillano cuyo nombre es conocido en toda España, y del cual se cuentan los sucesos más graciosos y estupendos, haciéndolo autor de todas las embusterías y despropósitos que pueden imaginarse.

El tipo de Gázquez es ya tradicional, y bien merece que á su memoria consagremos algunos párrafos, utilizando los únicos datos auténticos que conocemos de tan original personaje.

El vulgo, con sus exageraciones, ha desfigurado hasta tal punto al hábil velonero, que sus ingeniosidades y donaires se han convertido en absurdas y sandias chocarrerías.

Manolito Gázquez, como todos le llamaban, poseía una imaginación fecunda y rica, y «si hubiese recibido educación literaria,—escribe el Deán López Cepero, que llegó á tratarlo,—si hubiese cultivado las dotes que le dió la naturaleza, en vez de la fama ridícula que ha dejado de embustero, hubiese dejado el nombre de un ingenio sobresaliente.»

Y así era en efecto: Gázquez nació en modesta esfera y de ella no logró salir en su larga vida, siendo tan limitadas sus aspiraciones, que, á pesar de las muchas personas de talento y posición que frecuentaban su casa, ni pidió nada á ninguna, ni obtuvo el menor beneficio positivo.

El taller y tienda donde nuestro sevillano trabajaba y vendía sus velones y demás objetos de metal estaba situado en un humilde edificio de calle Gallegos, donde diariamente se juntaba una tertulia que escuchaba con el mayor placer los cuentos y gracias del dueño de la casa.

Era éste según dicen de mediana estatura, grueso y mofletudo, y su rostro bonachón y sonriente expresaba en medio de su burda sencillez algo de la más discreta y sazonada malicia.

Español neto, y andaluz en todos sus gustos, aficiones é ideas, podía servir de modelo para trazar el tipo popular de su época. Como gran devoto, todas las noches acompañaba á los rosarios que salían por las calles, tocando el fagot, instrumento en cuyo manejo se preciaba de hábil; y tanta era su afición á las corridas de toros, que ningún lunes de la temporada dejaba de asistir á su asiento de cajón, desde el cual daba lecciones á los diestros, de quien era gran amigo, y muy particularmente de José Delgado, Illo, á quien censuraba con la mayor energía si alguna suerte no le parecía bien concluída.

Nació Gázquez á mediados del siglo XVIII, y se crió en medio de las mayores privaciones; al cabo de muchos años de trabajo pudo verse dueño de una tienda, y entonces se casó con una mujer más joven que él y no exenta de gracia y hermosura; fué sumamente económico, aunque la echaba de hombre de rumbo; gozó de una popularidad extraordinaria, pues todos los vecinos de Sevilla le conocían, y falleció de unas calenturas á principio de Abril de 1808, cuando ya contaba una edad no poco avanzada.

Pero los años no consiguieron marchitar su inteligencia ni acabar con el buen humor que siempre tuvo, siendo hasta poco antes de caer enfermo el regocijo de los que le trataban por sus chistosos embustes, que sabía contarlos de manera que pretendiesen pasar por indiscutibles verdades.

El modo de hablar que tenía Gázquez y su pronunciación peregrina y extraña, así como el tono formal y grave que daba á sus discursos, acrecentaban la risa de cuantos le oían y entablaban con él polémicas y discusiones.

Era costumbre suya asistir por las tardes al célebre puesto de aguas de Tomares situado en las afueras de la puerta de Triana, junto á los Almacenes del Rey, y allí pasaba larguísimos ratos, pagando dos ó tres cuartos á un individuo para que le leyese la Gaceta, único papel que por entonces andaba en manos de la gente, oyendo la lectura con la mayor atención, para añadirle luego los más sabrosos y saladísimos comentarios.

Imposible es relatar aquí las anécdotas, cuentos y chascarrillos que salieron de los labios de Gázquez, y que todos conocen: reuniéndolos, aunque fuesen sólo aquellos sobre los que no cabe duda de su autenticidad, se formaría un volumen. ¿Quién no ha reído con los donosos embustes de Manolito Gázquez? ¿Quién no conoce hoy su nombre en España?

El Solitario le dedicó un precioso artículo en sus Escenas Andaluzas; D. Mariano Pina lo sacó á escena en una linda comedia, y nosotros únicamente nos hemos propuesto en estas líneas consagrarle un recuerdo y bosquejar el tipo sin las exageraciones absurdas que el vulgo le atribuye.

LXIII

EL TEATRO PRINCIPAL

«Las contradicciones que sufrió el teatro desde el siglo XVII en Sevilla darían materia á una interesante memoria.»

Velázquez y Sánchez.

En la calle de la Muela, y frente al convento de San Acasio, de la orden agustina, se construyó en 1795 un teatro, al que, por ser el más importante que tuvo Sevilla en la primera mitad del siglo, se le dió el nombre de Principal.

Durante largo tiempo los empresarios de este coliseo tuvieron que luchar con la oposición de numerosas y principales familias de la ciudad, que habían declarado guerra sin cuartel á las representaciones escénicas.

«No contribuyó poco—dice un autor—á la persecución rencorosa contra D. Pablo Olavide el tesón y formal empeño con que, siendo Asistente, afrontó en esta capital la pugna de ciertas clases y personas en odio al arte dramático, protegiendo los espectáculos líricos.»

Los fogosos sermones de algunos frailes obligaron á las autoridades á mandar cerrar el teatro en 1800, tomando por pretexto la invasión de la fiebre amarilla: y hubo un predicador famoso que aseguró que si se derribaba el teatro, jamás se vería la ciudad invadida por la peste. Cuatro años después, atendiendo el Rey á las justas reclamaciones de la empresaria, señora Sciomeri, hizo que se abriera el Principal, y en Mayo de 1808 la Junta de Gobierno volvió á prohibir las comedias, autorizadas más tarde cuando vino á esta ciudad José Bonaparte.

Entonces, y por el mes de Enero de 1810, el Ayuntamiento costeó una magnífica función de gala para obsequiar al Intruso y á los personajes de su séquito.

Permitióse en ella la entrada gratuita al público para las galerías, y se puso en escena La dama sutil, comedia entonces muy en boga, representándose también un sainete, y terminando el espectáculo con el indispensable baile nacional.

El nuevo Rey ocupó el palco del Ayuntamiento, y no el del Asistente, que era el que le estaba destinado, y tras él tomaron asiento sus consejeros Aranza, Cabarrús y Montarco, los generales Darricau y Senarmont, el Marqués de Riomilano, el Duque de Treviso y el Corregidor de Sevilla, que lo era por aquella época D. Joaquín Lendro de Solís.

Dentro y fuera del teatro se desplegó gran aparato de fuerza, ocupando los soldados invasores todos los pasillos del coliseo y un largo trecho de la calle de la Muela.

Otra función célebre se verificó en el Principal años después, y la que no nos parece importuno recordar. El viernes 11 de Octubre de 1822 entró de nuevo en nuestra ciudad D. Rafael del Riego entre las aclamaciones delirantes de sus partidarios, y la noche del siguiente día asistió al teatro, que se había adornado con banderas y trofeos, iluminándose con gran profusión y gusto.

Apenas se presentó Riego en el palco, el público comenzó á vitorearle con el mayor entusiasmo, y en uno de los entreactos la concurrencia entonó á coro el famoso himno tan popular en España, siendo escuchado con la mayor complacencia por el héroe de Las Cabezas, que tan aficionado fué á recibir muestras de simpatías en público.

En 1823 las hordas absolutistas al grito de ¡Vivan las caenas! produjeron grandes destrozos en el teatro Principal, desbaratando la maquinaria, incendiando su guardaropía y no dejando nada del rico atrezzo y mobiliario, arruinando casi por completo á Calderi, popular empresario por aquella época tristísima.

En 1833 su propietario el Marqués de Guadalcázar hizo importantísimas mejoras en el local, que se inauguró en 26 de Marzo del año siguiente con tres selectas compañías de ópera, verso y bailes nacionales.

Por aquella escena cruzaron los artistas más notables de la época: allí escucharon los primeros aplausos Arjona y Valero; allí deleitaron á los concurrentes con sus chistes de buena ley el famoso Cubas y Mariano Fernández; allí recibieron las más calurosas ovaciones Joaquina Baus, Matilde Díez y la malograda Pepa Valero, y allí, en fin, se escucharon las primeras obras de Rossini, Donizzeti y Bellini, interpretadas por cantantes tan notables como la Rafaeli, la Passerini, Samartén, Lombardi y Curti.

En el Principal se estrenaron los más notables dramas de la escuela romántica, las comedias más famosas de nuestro teatro antiguo, y aquellas inolvidables obras llamadas de magia, que tanto deleitaron al vulgo en la tercera década de nuestro siglo.

González de León describe así el interior del coliseo, según estaba en 1834:

«Consta de cuatro pisos, y tiene una altura de veinte varas. Su figura es un semicírculo, dejando en el centro un gran patio cubierto de cielo raso de madera... En el piso bajo hay catorce huecos que llaman plateas. En el piso primero, y al frente, está el palco de la autoridad... decorado de colgaduras y puertas de cristales, y por los lados veinticuatro palcos comunes. En el tercer piso hay veintidós palcos comunes, y sobre el de la presidencia y otros dos uno grande con gradas, que se llama tertulia. El cuarto piso es lo que se llama cazuela, y es el sitio destinado para sólo mujeres. En el patio, que tiene 25 varas de largo por 19 de ancho... hay trescientas treinta y siete lunetas, que son bancos con espaldar y cojines de tafilete. Al frente hay unas gradas para la entrada de los hombres. Es capaz el teatro de 1.200 personas.»

La sala estaba pintada y dorada. Cada cuerpo pertenecía á un género: uno era gótico, otro árabe y otro chinesco, de lo cual resultaba un conjunto abigarrado, que no debía ser del mejor gusto.

Entre los numerosos y curiosísimos apuntes que hemos hallado relativos al Principal, citaremos uno que probablemente será desconocido para nuestros lectores.

La noche del 6 de Setiembre de 1841 estrenóse en este teatro una ópera titulada El solitario del monte Salvaje, que despertó grandemente el entusiasmo del público y le hizo prorumpir en continuos y atronadores aplausos.

Pidió la concurrencia el nombre del autor de la partitura, y resultó ser ésta de D. Miguel Hilarión Eslava, Maestro de capilla de la Catedral, quien fué obligado á presentarse en el palco del Asistente, ya que su calidad de sacerdote le prohibía salir á escena, recibiendo una ovación franca y espontánea, que volvió á repetirse en las siguientes noches en que se anunció en los carteles la ópera del autor del Miserere.

El teatro Principal cerró para siempre sus puertas el año de 1858, después de inaugurarse el de San Fernando, y en el lugar en que estuvo se alza hoy uno de los mejores y más amplios edificios que embellecen á la capital de Andalucía.

LXIV

LA FIEBRE AMARILLA