IV
LOS ANDES
El mundo muerto
Cuando un viajero de mediana cultura atraviesa los Andes por primera vez, irremediablemente le asaltará una idea admirativa. Considerará asombrado la suma de valor y de persistencia ideal que fué necesaria para traspasar esas ingentes montañas con los recursos primitivos de los conquistadores.
Pero aquello fué antes, en los tiempos del heroísmo; actualmente el ferrocarril conduce al hombre sin mayores peligros materiales por la sinuosidad de las barrancadas, de un lado al otro de la cordillera. El peligro material ha desaparecido. Pero queda el otro peligro de la imaginación. ¿Has preguntado por la razón de este nuevo peligro, lector?... Pero este es un peligro familiar a todas las cabezas algo desvaídas.
Hay un peligro en los Andes, indudablemente. Sentir que de dentro del ser, pero de lo más íntimo del ser, fluyen arrebatadamente ideas y sentimientos extraños; sentir que el orden de los razonamientos cotidianos se invierte, como se invierte la aguja magnética de los marinos en determinados climas; sentirse, en una palabra, propenso a enloquecer, ¿no es este un grave y bien temible peligro? Puesto que otros hablan del mal del «puna» y de otros males serranos, yo me permito hablar del mal de la imaginación, peculiar a todas las ascensiones montañesas, pero mucho más agudo y temeroso en el seno de los Andes.
¿Y por qué es más agudo el mal en los Andes? Quizá porque la impresión imaginativa es allí descendente, al contrario que en otras montañas, donde se presenta en forma ascendente. En las montañas que pudiéramos llamar naturales—Pirineo, Alpes, Cárpatos—la sensación es entusiasta, pletórica y optimista; mientras que en los Andes nos sentimos oprimidos por no sabemos qué rara angustia, y cuanto más nos elevamos sobre sus cumbres, sufrimos una depresión mayor y más negativa.
Por eso tal vez son los Andes las montañas únicas en el mundo, las de una originalidad más intensa. Habréis visitado las gargantas peñascosas de las sierras de España, las sumidades húmedas de Suiza, las lomas cálidas y olorosas del Apenino, hasta las musgosas laderas del litoral noruego, o las montañas floridas de los archipiélagos tropicales: después de haber ascendido a tantas alturas, os faltará conocer lo principal. Porque las otras montañas, aparte los accidentes de luz, de clima y de vegetación, se parecen todas: son, al fin, protuberancias terrenas, perfectamente lógicas, con vegetación de árboles, de hierbas o de musgos, con animales que las pueblan, con ruidos leves o airados que las animan. Los Andes son otra cosa. No pertenecen a este mundo. Son hinchazones hiperbólicas, sin vida, sin musgo, sin ruido, sin nada. Es un algo atormentado y trágico; pero trágico sin teatralidad; sincera, íntimamente trágico.
Sin embargo, uno ha visto alguna vez ese paisaje. ¿En dónde?... Es un paisaje casi familiar. ¡Sí, el recuerdo llega, finalmente! Un paisaje como el de los Andes lo vió uno allá remoto, cuando leía los libros sugestionantes de Astronomía, en los grabados que transcribían la posible forma de las anfractuosidades selenitas. Paisaje lunar: esto son los Andes. En oposición a las otras montañas, que son paisajes terrenales.
Desde lejos, situándose en la llanada de Mendoza, el viajero cree que ha de poder sumergirse impunemente dentro del mundo andino. Más allá de las primeras estribaciones, que forman un muro sombrío, las cumbres nevadas se deslizan, como si dijéramos, en el aire límpido, y ascienden a alturas milagrosas. Pero nada de esto presupone pavor ni emociones extranaturales: al contrario, vistas desde la llanura, aquellas olímpicas cumbres que ascienden en el espacio finísimo, sugieren ideas dichosas. Después, cuando se ha penetrado en el laberinto de la cordillera, el ánimo queda encogido, nuestro ser se inmuta todo entero, y sobreviene la angustia capital, la angustia andina; una angustia moral, hecha de náuseas, como la angustia material de la «puna» se resuelve en náuseas y opresión de las sienes.
Todo el orden del paisaje se ha invertido, y las ideas, las impresiones, se invierten también. A la falta de lógica en la naturaleza, corresponde en nuestra mente un trastorno mental. Comienza a desaforarse nuestra imaginación.
Surgen ideas de milenario... Y a medida que pasan las horas, el recuerdo de los países que se han dejado atrás, desaparece: llega, entonces, el momento en que nos consideramos desprendidos del mundo real, y que habitamos un astro muerto. Y persistiendo en la creencia de que el astro está muerto, del todo y para siempre muerto, nos asalta un inaudito asombro: ¿cómo estamos, pues, vivos nosotros, si el astro que nos retiene se ha muerto?... ¿O acaso nos habremos muerto, realmente, y esta apariencia de vida mental no será más que una pausa de sueño, un sueño quimérico soñado por un cadáver?...
Este efecto se conseguirá nada más que apartándose de la línea férrea y de las mezquinas, aisladas señales de vida real que se escalonan a lo largo de los rieles. Doblando cualquier recodo y subiendo a una mediana altura, la sensación andina, total y magna, se precipita en nuestro ser. Ved ahí que todo ha terminado. Los ojos, con una angustiosa inquisición, escrutan las montañas y las hondonadas, por ver si descubren algún signo de vida; el oído se abre atento: pero la vida no aparece. Silencio, soledad, desolación terminante y definitiva. ¿Quedará, en tal caso, la compensación grave e indecible de las emociones místicas? Pero la religiosidad, considerada esta palabra en su sentido más amplio y eterno, no acude al alma. Uno se siente sumergido en panteísmo dentro de la naturaleza animada, múltiple y vigorosa de las alturas medias; aun allá, en la cima de las otras montañas, en aquel silencio bienhechor, el espíritu se mece en pensamientos de una dulce eternidad; pero en el seno de los Andes, la eternidad se representa como un algo vacío y yerto. Hasta la eternidad, o la idea del infinito, adquiere en los Andes forma de cosa muerta.
¡Y aquel color ocre de las montanas! ¡Oh, la monótona y extraña coloración de esas cumbres colosales! Color ocre, repetido hasta la fatiga. Pero dentro del ocre, ¡qué inmensidad de matices! Y los matices llegan de repente, sin gradación, sin lógica; sobre una ladera extensa y rasa, pintada de cobre mate, salta, por ejemplo, una gran verruga de color vivo, como oro. Pero el sol, por su parte, se entretiene en jugar con las montañas, colorándolas a su capricho; así es como pueden sorprenderse, de repente, sobre la larga cresta de una sierra, un filete encendido, al modo de una barra de oro ígneo. Otras veces el sol sume en la sombra una montaña pequeña, y la montaña se va poniendo obscura, obscura, como el bronce sucio de las estatuas en los climas húmedos.
¡Humedad! ¡Sagrada palabra! De la humedad nos viene todo lo bueno, lo substancioso y lo poético; las plantas, los granos, la salud y el vigor, y también las nieblas, que son la madre de la poesía. Pero en los Andes no existe la humedad. Si hubiese allí nieblas, nuestra alma descansaría, porque las nieblas montañesas ejercen una acción sedante en el espíritu. Pero no hay nieblas, y el espíritu queda tenso, siempre tenso, a punto de quebrarse en locura. Y el aire es tan neto, tan fino y transparente, que las cosas simulan haber perdido su condición gradual; la más pequeña piedra se distingue a largas distancias, y es como si el paisaje, en su totalidad, se nos viniese encima de los ojos.
¿Pero es un paisaje en realidad? Nuestra costumbre clasificadora entiende que un paisaje debe estar formado por árboles, por arbustos, por hierbas siquiera, sin contar los otros aditamentos de las aguas, las viviendas, los seres animados. En tal sentido, los Andes no son un paisaje. Falta allí todo rastro de vida animada, y en la vertiente de las montañas no arraiga el más mínimo liquen. Las nieves grandes se licuaron. Sólo en algunos sitios hay manchas blancas; pero esa misma nieve, contagiada por la universal desolación, adopta un aspecto seco: se diría que la nieve se ha fosilizado. ¡Ah, todo el paisaje es un inmenso fósil!...
Pero aunque el viajero haya de huir alarmado de ese laberinto trágico, ¡nunca agradecerá bastante a su fortuna el poder haberlo sentido, vivido y padecido! En todo el resto del mundo no hay una cosa tan gigantesca y sugeridora. Nada es tan imprevisto y original como esos Andes augustos, malditos del cielo, desheredados, atormentados; pero únicos.
Los pájaros escapan, los animalillos rastreros y viles huyen también; quizá en ninguna primavera nacerá allí una humilde flor... Las montañas están limpias, como puede estar limpia una osamenta bajo la injuria de un sol tórrido. Y aquel cielo de las alturas, ¡cómo es de nítido! A la hora del crepúsculo, después que el sol desaparece, el firmamento toma un matiz opalino, de una finura imponderable. Después la atmósfera se enfría intensa y bruscamente. Cae sobre los espacios vacíos y hondos, un velo; cabría decir que el paisaje se inmuta, al amago de un terror inefable. Es el terror de la noche que llega. Bajo la luz del sol, la muerte misma olvida su muerte; pero viene la noche y aquellas montañas cadáveres se reintegran a la evidencia de su muerte.
El destino de esas montañas se ha consumado: ¡nunca más han de vivir! ¿Y todas las demás montañas del globo, todos los valles y llanuras rientes, que son hoy encanto del hombre, se doblarán a su vez bajo el mismo destino mortal?... Será muy tarde; será en un lapso inconmensurable de tiempo, pero alguna vez será. Como estos cadavéricos Andes ha de morir toda nuestra combatida y afanosa tierra. Y para entonces—¡oh pensamiento desolador!—no quedará ni un alma que pueda considerar la muerte del mundo. Los hombres todos habrán fenecido. Sobre el cadáver de la Tierra no habrá comentarios de hombres. ¡Los miserables hombres estarán conversos en polvo!
Como los místicos suelen mostrar a la arrogancia humana, para abatirla, el ejemplo de un cadáver, los Andes se nos presentan también en actitud conminatoria. El duque de Gandía contempló el cadáver de la mujer que tanto veneraba, y al verlo putrefacto, en un instante reaccionó su espíritu hacia el lado divino, y aborreció las galas terrenales. Así también los Andes se nos presentan como predicadores de renunciación. ¡Renunciemos a la soberbia, en efecto! Más temprano o más tarde, el mundo que tanto admiramos, se convertirá, como esos cerros, en frío, en silencio, en inanidad.
Por el espacio ruedan mundos que tuvieron fronda de árboles y lujo de flores encantadas; hoy giran yertos, en una imperturbable rueda de amaneceres y de anocheceres sin objeto. Como esos mundos sin vida rodará también nuestro mundo, nuestra anhelante tierra, esta bola fenomenal que nuestras pasiones llenan de crímenes, de amores y de glorias.
Abajo, detrás de las barreras andinas, hacia los caminos de la llanura y de los grandes ríos, numerosos pueblos se afanan por levantarse, engrandecerse y convertirse en cosas gloriosas; más allá de la llanura y de los ríos, sobre los anchos continentes, otros pueblos buscan asimismo el poder, la grandeza y la victoria. ¡Descomunal hormiguero de pasiones! Y un siglo tras otro, desde lontananzas inaccesibles a nuestra percepción, desde el principio de la vida moral, los hombres luchan, guerrean, padecen, lloran, nada más que por conseguir el derecho a la inmortalidad. Sedienta de inmortalidad ha estado siempre la especie humana. Un poeta con un verso, un guerrero con una hazaña, un sabio con una idea nueva, se encaraman sobre el montón de la multitud reclamando la inmortalidad. ¡Ea, pues, tomad vuestra inmortalidad! Aquí hay una estatua, un libro de historia, una palma indeleble; vuestros nombres son inmortales. ¿Y después?... Contemplad esas montañas supremas, esos cadáveres eminentes: ¡considerad que el globo entero será una cosa tan yerta como lo son ahora esas montañas!
Y el mundo yerto, el mundo cadáver, girará sin tregua por los circulares senderos del infinito. El sol hará que amanezcan sobre él las radiantes auroras, y que la noche, dulce reposo, venga a envolverlo en sus negros pliegues. Pero la aurora y la noche, los siglos todos, encontrarán insensible a nuestra muerta Tierra. La historia de sus grandezas, quedará enterrada en el mismo cadáver. La muerta Tierra guardará su secreto, y los esfuerzos descomunales que hizo el hombre por la conquista del pensamiento o de las fuerzas naturales, allá permanecerán fracasados, interrumpidos, estériles. Acaso entonces, desde un mundo lejano, otros seres inteligentes, mediante aparatos y recursos colosales, investigarán el secreto de la yerta Tierra, y por inducciones sacarán alguna verdad, y someterán nuestra antigua existencia a investigaciones y comentarios filosóficos. Pero, ¿y si hasta esta última esperanza nos fracasase? ¿Si ocurriera, por ejemplo, que en ningún otro astro pueda haber nunca seres de mediana talla intelectual, capaces de interpretar nuestra historia?... Entonces sería cuando la Tierra habría perecido del todo.
«Refugio» de Puente del Inca, 1909.
El cóndor solitario
Sobre la más alta cumbre, y en la porción más luminosa del cielo, una nota obscura aparece, apenas un punto en aquella inmensidad. Y se mantiene inmóvil largo tiempo, y luego desciende rápido a la región de la sombra, ocultándose en el secreto de los abismos. Más tarde surge otra vez a la luz, y en la luz vuela, con vuelo largo, lento, onduloso, magnífico.
Es el cóndor, el señor de los Andes, el rey exclusivo de las alturas. Su majestad reina sobre cosas precarias, según la interpretación del hombre positivo: reina sobre cosas estériles, como son la nieve, el hielo, la roca, el rayo o el huracán. Pero dominando sobre esas cosas infructíferas, el ave colosal se siente bien. ¿Qué le importan a ella las interpretaciones de los hombres?
¿Por qué sube tan alto esa ave solitaria? ¿Es por verse más cerca del cielo? ¿O es por huir más lejos de la tierra? ¿Cuáles son sus sentimientos? ¿Sed de luz divina, o aborrecimiento de la pequeñez terrena? ¿Ansia de subir hasta Dios, o anhelo de escapar al Hombre?...
Aquí abajo, sobre la evidente corteza terrenal, el hombre rastrea las cosas útiles, necesarias, positivas: allá arriba asciende el ave caudal por la escala luminosa del infinito. Cosas útiles, ¡cuánto nos cuestan! Hay frutos, y minas, y carnes sabrosas sobre la tierra; hay gloria, y triunfos, y placeres: y los hombres vamos rastreando, en pos de las cosas deseadas, odiándonos y mordiéndonos, asesinándonos si es preciso. Mientras tanto, el cóndor augusto se sumerge en su remota soledad, lejos de la tierra, lejos de las cosas útiles que pueden dar placer y que concitan odios.
¡Ave caudal, solitaria! ¡Quién pudiera entender el sentido de tu alma rebelde, y saber remontarse también a la región limpia y virginal en donde no existen las cosas útiles! ¡Quién pudiera acompañarte en tu soledad austera! Y sobre todo, ¡quién pudiera huir del hombre!
Tú tienes garras potentes y pico de hierro; pero el hombre, ¡qué peligrosas y triturantes garras posee! Y el pico del hombre es feroz cuando se lanza sobre la presa. La Humanidad es una muchedumbre de garras y de picos aprestados, prontos a la lucha, dispuestos a desgarrar, ávidos de la carne fresca de las víctimas, o de la carne hedionda de los cadáveres.
¿Y para qué, finalmente? La muerte nos espera a todos, ahí cerca, escondida en la sombra. Si esta fenomenal comedia de la vida tuviese la virtud de la eternidad, aun entonces merecería el dolor de disputarla. Pero esto acaba ingenuamente, como una luz corta y estúpida...
Sobre el cadáver de la cordillera pedregosa, el cóndor atisba el secreto del mundo: vive en contacto con las cimas peladas, con las rocas que nunca han reverdecido, con los horizontes de eterna desolación. Prejuzga ya la hora final que ha de tragarse a los cóndores, a los hombres y a la tierra accidental. Y esta visión exacta de la vida le empuja cada vez más lejos, hacia lo eterno infinito. En tanto que el hombre, alucinado por la rotación de las estaciones y por el florecer constante de las primaveras, se figura, obcecado, que él mismo ha de ser una primavera rediviva. Y no piensa en la miseria del tiempo, y en que un poco más tarde, la Tierra fría será como son ahora los Andes: una osamenta irredimible. Y dentro del cadáver de la tierra, blanqueará el cadáver del hombre, y blanquearán asimismo los cadáveres de sus glorias, de sus odios, de sus enormes anhelos...
Sobre la más alta cumbre, el cóndor abre sus alas poderosas y se mantiene vibrando largo tiempo, inmóvil en el centro del espacio.
Bebe el último rayo de luz solar.
Cuando la luz se ha ido totalmente, el ave se abisma en la tiniebla, y en ella se envuelve, digno manto regio para su majestad solitaria.
Puente del Inca, 1909.
Los Andes a la luz de la luna
Sobre la nieve de las cumbres el último claror del crepúsculo se desvanece, se diluye en blancura, y desde entonces la noche se apodera definitivamente de la cordillera. Sucede al día una vaguedad de ensueño, una media luz extraña que no tiene relación con ninguna otra luminosidad; una media luz que no es siquiera penumbra, y que no se acierta a discernir por completo. No se sabe si es reflejo de nieve, resto postrero del crepúsculo o alba de luna. Y en aquel instante supremo y trascendental, el silencio, que tan absoluto era de día, ahora se convierte en algo infinito y alucinador. En el sepulcro, los cadáveres deben de sentir un silencio como éste.
La primera hora de la noche va asociada en nuestra imaginación con ideas y emociones familiares. Nada tan íntimo y amoroso como la preparación del sueño. Las bestias más brutales y feroces se amansan y endulzan cuando les invade el sueño, y en la copa de los árboles los pájaros errabundos declinan su independencia al morir el día, y allí gimen y cuchichean, se juntan y aprietan cariñosamente. Y nosotros, los hombres, tenemos impresa en el alma, para toda la vida, la huella de aquel momento en que reclinábamos nuestra cabeza indómita en el seno maternal, y caía el sueño sobre nuestro ser, empapado en el efluvio materno.
Pero la noche de los Andes carece de familiaridad y de ternura. En los Andes no hay lugar para el idilio, sino para la tragedia. Como un mundo que cuenta ya muchos milenarios de muerte, hasta el recuerdo de la vida ha desaparecido. No hay árboles, ni hierbas, ni insectos, ni apenas musgos. La vida está ya olvidada. ¿Qué importa, pues, que brille el sol o que llegue la noche? La naturaleza cadavérica de los Andes no cuenta ya los días, ni los milenarios, ni menos el transcurso efímero de las horas de luz y sombra. Es un esqueleto que se ha entregado definitivamente a la eternidad. Ya no le importan los días. ¿Cómo han de importarle los días al infinito?
En el precario hotel que se levanta sobre el barranco, los pasajeros buscan la manera de olvidar el sitio donde se hallan. Pesa demasiado sobre sus frágiles espíritus la enormidad de las montañas, y, sobre todo, la sugestión de esa naturaleza trágica. Buscan el calor de la estufa, el olvido en la revista ilustrada, la conversación amistosa entre humo de cigarros, teniendo las ventanas bien cerradas. Así logran aislarse de la naturaleza que les abruma, como quien se hunde en un submarino. Lejos de la realidad actual, muy lejos del sitio donde están, pensando en la vida de los países llanos y sociables.
La luna, mientras tanto, una luna incompleta y oblicua, ha salido imprevistamente de la montaña. La nieve ha adquirido una nitidez de fantasía. Todo el cielo se ha purificado, y la atmósfera está como cernida.
Las rocas desnudas que se encaraman en aquella cima lejana han recuperado su matiz rojizo; el tono enérgico de su color extemporáneo destaca furiosamente de entre la universal blancura y de esta unánime transparencia sutil. Parece una llaga, un manchón de carne herida, un algo cualquiera que recuerde a la vida. Pero no. Aquellas mismas rocas han muerto. Ni aun con el sudario de la muerte desean vestirse o engalanarse. Su antigua muerte está exenta ya de las primeras vanidades suntuarias que acompañan al joven cadáver.
¡Naturaleza! ¿Qué se hicieron tus galas, tus furores, tus hecatombes, tus rugidos y tus primaveras? En este momento concibe el alma la fugacidad de todo, el secreto del destino que nos aguarda a todos. Los Andes han terminado ya su misión, como la luna quizá, como seguramente muchos astros que ruedan inútiles por el vacío. Es un miembro inerte de ese gran cuerpo terráqueo que tanto nos apasiona. Un aviso de lo que ha de suceder más tarde. Como este paisaje yerto, alguna vez será toda la Tierra.
Del mismo modo que al llegar a una cumbre se complace la mirada en revisar las cosas que quedaron abajo, también aquí se apresura la mente a revisar la historia del mundo. Surge esa historia como una síntesis, a grandes rasgos, en procesos milenarios. Vista desde lejos, la historia se reduce a unos cuantos gestos o ademanes, a unos cuantos nombres representativos. Toda Babilonia se sintetiza en unos jardines aéreos, en una quimérica torre de ladrillo y en la figura tambaleante de Nabucodonosor. Sócrates, Platón, Anacreonte... Bajo un cielo azul vemos unas columnas de mármol, y los filósofos, como sombras de sueño, que frasean vagamente: eso nada más es Grecia. Otros pueblos se nos representan en un ademán único. Los normandos los vemos remar, todos a un tiempo, con rumbo hacia las tierras de botín. La España del siglo XVI vémosla caminar con el arcabuz y la pica al hombro, toda unánime, hacia un sacrificio de estéril gloria. ¿Pero no vemos de la misma manera a las personas en nuestro recuerdo? Fulano es el hombre que ríe, y siempre le recordamos riendo; otro es el hombre que declama, y le vemos hablando, accionando, en nuestra imaginación. Porque el recuerdo es gráfico sobre todo. Nuestra mente está hecha para las imágenes visibles. La inteligencia, en su fondo, es gráfica, como la vida, en fin de cuentas.
Y todo eso se irá simplificando, sintetizándose cada vez más. La historia, proceso de eliminación. Cuanto más avanzamos, lo de lejos se simplifica más. Ahora todavía percibimos un gesto, una figura, un nombre: mañana, nada. Hasta que finalmente el mundo todo será una síntesis absoluta. Una gran bola sin vida que da vueltas sistemáticas. ¡Suprema estupidez!
Sin embargo, nuestra imaginación se rebela siempre, y ve formas de vida en donde no las hay. Aquí, cuando todo está inmóvil y muerto, todavía la imaginación insiste en representar formas aparentes de vida. De este modo, aquella cumbre recuerda la cabeza de un hombre pensativo, aquella roca parece el dorso de un monstruo, aquella nubecilla copia el vuelo de una grande y prodigiosa ave. Así logra el espíritu llenarse de consolador engaño e imaginarse que, hasta en esta siniestra concavidad de los Andes muertos, la vida no cesa de existir. Démosle, pues, gracias a la imaginación. Ella nos envuelve con cendales de ensueño, y ella se encarga de revestir a la razón con toda suerte de alentadoras mentiras. Por virtud de la imaginación se olvida el ser vivo de que existe la muerte. Merced a esa maga protectora hemos inventado los hombres la ficción de la inmortalidad. Donde la razón termina con una linde desoladora, allá acude vigorosa, rauda, juvenil, la imaginación nuestra, a sugerirnos lontananzas inacabables, mentiras del más allá. ¡Qué fuera de nosotros sin esas mentiras!
Y ahora, que rompa el alba con su claror este delirio de la noche de luna. Que venga el tren a llevarnos, rumbo a las tierras normales, sociales, llenas de gratas mentiras. Volver a contemplar los árboles, las flores, los pájaros, los pueblos. Sumirnos en la enorme ilusión del mundo rodante y agitado. Olvidar estas montañas inertes, anticipo y promesa de la última muerte universal. Y entrar en la vorágine de las ilusiones, oír la voz materna de la imaginación que nos habla de inmortalidad.
Puente del Inca, 1909.
V
ASPECTOS DE MONTEVIDEO
Por la mañana muy temprano, cuando el viajero consigue libertarse de la presión carcelaria del camarote, su anhelo, como una imposición irrebatible, le empuja hacia la parte más eminente de la cubierta del buque. ¡Aire! Ha salido el viajero de la metrópoli del Plata, y probablemente sale en busca de los dos elementos capitales, los mayores enemigos de la neurastenia: aire y silencio. En efecto, sobre la cubierta del buque soplan amplias bocanadas de aire puro, y el silencio es tan grande, que el retemblar sordo de la máquina no es sino un contraste que sirve para acentuar la placidez silenciosa. El sol asciende sobre las aguas. Delante, y bajo el mismo centelleo del sol naciente, surge Montevideo.
El silencio
Todo está sujeto a la ley de las relaciones, y una cosa no es grande por ella misma, sino porque hay otra cosa menor. El silencio de Montevideo no es absoluto; es mayor que otros y menor que otros muchos. Para la percepción de la persona que llega de Buenos Aires, el silencio de Montevideo es de una divina plenitud. El viajero se figura que ha penetrado en una ciudad mágica donde no existen tranvías, ni carros, ni coches, ni chicos vocingleros; sin embargo, en Montevideo hay tranvías y carros y demás sujetos de alboroto. ¿Pero no gritan, ni ruedan, ni chirrian, esos sujetos alborotantes en Montevideo? Seguramente que sí; y hasta es probable que los habitantes de la urbe oriental se sentirán bien incómodos con el ruido penoso de sus tranvías, carros, coches y chicos; pero al viajero que llega de Buenos Aires le parece que todas las cosas son de pluma y que al chocar entre sí no levantan el más leve ruido. ¡Suprema paradoja de lo relativo! Parece también,—ésa es al menos la impresión que recibe el viajero de Buenos Aires,—parece que la ciudad se encontrase en plena huelga; hay un no sé qué de laxo y de tranquilo en las personas que andan, en los vehículos que ruedan; los dependientes de los comercios se diría que, como hay huelga en la ciudad, se ocupan en ordenar con calma sus mercancías en los aparadores; las personas no titubean en pararse a charlar sobre la vía; y hay muchas calles, en fin, de una incomparable soledad, apenas turbada por el paso errabundo de un perro o de un vigilante. El aire sopla libremente, con fuerza, pero no con tanta energía que moleste: es una caricia sobre el rostro y sobre la hondura de los pulmones. ¡Qué plausible ciudad para las faenas del pensamiento! Aire, silencio, ausencia de prisa: son los más activos colaboradores del obrero intelectual.
Las plazas filosóficas
En el mismo corazón de la ciudad tropieza el viajero con unos espacios floridos, frescos, sombrosos, verdaderas treguas de paz. Son plazas pequeñas, plazas sin pretensiones, plazas minúsculas si las consideramos con un criterio actual. Allá en tiempos de Artigas, esas plazas equivaldrían a soberbios parques frondosos: hoy no podemos considerarlas sino como placitas tutelares, en donde uno se halla tan bien, tan suavemente, como cuando recostamos la cabeza sobre un pecho cariñoso. No tienen la magnificencia insultadora de los grandes parques que hoy se usan en las principales metrópolis, pero tienen un encanto de intimidad que vale por todas las grandezas. ¿Dónde he visto yo unas plazas semejantes? Debe de ser en una ciudad europea, quizá española. Ciertamente: yo he visto en Cádiz unas plazas pequeñas, íntimas, calladas, hermosas, como las de Montevideo. Son plazas como para los ancianos, las comadres, los niños y los literatos. En esas pequeñas plazas de Montevideo debe ser delicioso sentarse a leer un libro, cuando la primavera desgrana todas sus flores. Pero leer un libro sin codicia, platónicamente, no por el afán práctico y mercantil de sacarle a las páginas una utilidad de conocimiento, sino con ánimo ligero y generoso. Leer un fragmento y mirar a un árbol; leer otro fragmento y suspender la lectura para seguir el vuelo turbio de una mariposa. De esta manera debe ser grato sentarse en esas plazas pacíficas de Montevideo. En Montevideo vale la pena de ser ocioso: ¡no puede decirse lo mismo de todas las poblaciones! Y como el ocio contemplativo es la condición exigida para una buena literatura, no debe vacilarse en asegurar que Montevideo es la ciudad mejor preparada para conceder a Sur América el regalo de geniales poetas y pensadores.
La naturaleza
Otro de los encantos con que se ve obsequiado el viajero en la ciudad oriental, es la naturaleza. Hay allí bosques, playas, mar, hasta colinas. También estas cosas de la naturaleza montevideana están sujetas a la ley de la relatividad: si comparamos ese mar agridulce y ligeramente teñido de azul, con la brava y franca grandiosidad del Atlántico, nos ha de resultar un mar algo modesto. Los bosques tampoco pueden resistir una confrontación con las selvas tropicales, y esas cuchillas que se incorporan sobre la llanura no son, precisamente, estribaciones de los Andes. Pero con un poco de esfuerzo imaginativo y otro poco de buena voluntad, el viajero encuentra en Montevideo cuadros de paisaje deliciosos. Marchando hacia la parte del paseo del Prado, uno se siente sumergido en amables y frescas frondosidades. Hay en aquel paseo una encantadora negligencia.
¡Estamos tan hartos de jardines simétricos y versallescos! En los parques rígidos, bien vigilados y atendidos, el paseante se considera violento; cada una de las hierbas tiene carácter religioso; las ordenanzas municipales han puesto un sello timbrado en cada hoja, y las flores parecen cosas oficiales, protocolarias: en esos parques versallescos, tan lindos para ser mirados desde un balcón, uno no puede moverse, ni sentarse, ni oler, ni tocar, ni apenas mirar. Eso es una caricatura de la naturaleza. Mientras que los parques algo abandonados se ofrecen al paseante íntegramente. Es una condición estimable que un parque tenga consignada una pequeña suma en el presupuesto oficial; así hay la certidumbre de que habrá pocos vigilantes, pocos obreros y pocas mangas de regar. Escaseando estos elementos de urbanización jardinera, sabemos positivamente que el parque se inclinará más al monte que al jardín. Y lo que el hombre ciudadano estima es el monte, precisamente, o sea lo contrario de la ciudad; por esa ley de los contrastes que nos incita a desear lo que no poseemos. El paseo del Prado de Montevideo recuerda más al monte que al jardín. ¡Hermoso lugar! Ahora bien, si las personas urbanas estimamos los paisajes agrestes, al mismo tiempo nos molestan mucho las intemperancias de la naturaleza, libre y bravía. Una excesiva convivencia con las calles planas y las casas cómodas, nos ha dado una sensibilidad miedosa; sentimos miedo a las espinas, a los zarzales, a los pedruscos, a los aviesos animalillos que adornan y pueblan los montes naturales. Pero el paseo del Prado de Montevideo goza el encanto de ser un monte, sin los inconvenientes del monte natural. He ahí el acierto. Puesto que hay avenidas y senderos para transitar, y una hierba medianamente agreste, en la que puede sentarse, y hasta tumbarse, sin miedo, ni al funcionario municipal escrupuloso de la ley, ni al impertinente pinchazo de las matas bravas. Esta sería, probablemente, la fórmula ideal de la civilización: una vida que no huyese tanto como huye la nuestra de la naturaleza, ni que se acercase demasiado a ella: una vida de sabio equilibrio, que evitase caer en el decadente refinamiento artificial y en la barbarie del primitivismo.
Las playas
Un espíritu mordaz podría hacer juegos humorísticos con la profusión de playas en Montevideo. Un marsellés o un andaluz se sentirían molestos ante ese lujo de playas: Capurro, Ramírez, Pocitos y quién sabe cuántas más. Pero no deben permitirse ironías con las playas. ¿Se sabe bien lo que significa la palabra playa? En la vida trágica del mar, la playa significa serenidad, refugio, calma, salvación, belleza. Con ciertas palabras no caben bromas; son sagradas; así las palabras madre, virtud, playa. Una playa sugiere siempre ideas bondadosas y tiernas.
Sobre sus arenas encallaron sus naves los remotos nautas, cuando no existían muelles y dársenas, aunque existiera el infinito anhelo de las nobles empresas civilizadoras; y ahora aún, los pescadores modestos buscan en las arenas de las playas un refugio para sus navecillas; y los náufragos, en su último esfuerzo titánico, ¡con qué delirante gozo hunden sus dedos en las arenas de las playas benéficas! Todas las playas de Montevideo son dignas de elogio, por la suavidad de sus líneas y la calma de sus aguas. Cada una tiene personalidad aparte, y hasta a ellas ha llegado la diferencia social. La playa de Pocitos, por ejemplo, es un tanto aristocrática y presuntuosa; sus hoteles y su rambla se mantienen dentro de un aislamiento, fuera del contacto de la multitud. En cambio la playa de Ramírez es democrática, abierta a todo el mundo. El parque Urbano se llena de pueblo, y este mismo pueblo inunda la playa, hasta rebosarla. Allí acuden los niños, los hombres, las mujeres, los ricos, los pobres, los comerciantes, los jovencillos tenorios y las muchachitas pizpiretas. En las tardes de domingo media ciudad se vierte sobre la playa. Adquiere aquello un aire animado de fiesta popular. Las barracas de titiriteros para los pazguatos, los columpios para los niños, los tíos vivos para las mucamas, los organillos, los vendedores ambulantes, los refrescos con soda y los grandes vasos de cerveza. El sol hiere con su luz y su fuego ese cuadro de kermesse, y la gente va y viene, mirándose, por esa necesidad invencible que siente el ser humano de tocarse, mirarse, formar montón.
El hombre es un animal sociable: así se le ha definido. Realmente, el hombre no puede vivir solo; ni disfruta aún de suficiente mentalidad para vivir solo. ¿Qué haría el hombre si le condenasen a la soledad? Ya se sabe que Schopenhauer discernía la capacidad mental de las personas, por su aptitud para la soledad: según él, un negro, un niño y un estúpido se aburren, lloran o mueren si no encuentran gente con quien compartir su estolidez; mientras que la persona inteligente, la que posee en sí misma un tesoro, se encuentra más acompañada cuando más sola está. Pero no todos pueden ser filósofos ni profundas y ricas personalidades; la sociedad se compone de infinitas personas medias, más o menos vulgares, que necesitan vivir agrupadas. Sin el concurso de estas personas medias, y si se quiere vulgares, no existiría la civilización; porque la civilización viene a ser, en fin de cuentas, la obra de las medianías asociadas. Pongamos cuatro filósofos en una isla, y al momento disputarían, yéndose cada cual por su lado; pongamos en esa misma isla cuatro personalidades vigorosas—César Borgia, Pizarro, Bismarck, Chamberlain—y al instante se despedazarían entre sí, o cada uno por su lado marcharían a buscar aventuras. Pero los medianos se buscan, se unen, se encuentran bien juntos, instituyen leyes, crean autoridades, ponen hombres armados para la defensa del estado, construyen casas y ferrocarriles, escuelas y hospitales, periódicos y parlamentos.
Sin la compenetración de las medianías, ¿qué suerte hubiera corrido la humanidad? Es bello creer con Carlyle que todo se ha hecho por la acción de los «héroes»; pero la realidad nos dice que la civilización es obra de las medianías. Si «esta» civilización fuese obra de los «héroes», ¿tendría el carácter que tiene? Nadie, sino las medianías, ha podido formar esta civilización...
Las solteronas
En la playa de Ramírez hay un balneario, al extremo de un malecón de madera. Este malecón o rambla forma una plazoleta, con bancos, sillas y un cafetín. La gente se sienta a refrescar o a comer emparedados de jamón y queso. Otra porción de gente pasea. Da vueltas por la plazoleta, en perfecto orden, como en las plazas de las ciudades de provincia suelen las familias pasear a la caída de la tarde. En ese balneario de Ramírez se congregan las personas de la clase media; pequeños comerciantes, empleados y dependientes de oficina o de almacén. Las señoras se sientan en los bancos y las señoritas giran pausadamente de dos en dos, o de tres en tres; los jovenzuelos, con algunos curiosos, forman el complemento. Pero es un fenómeno singular y digno de mencionarse: en ese paseo abundan las solteronas de una manera sorprendente. Arrugadas unas, muy pintadas otras, vistiendo trajes y sombreros algo defectuosos; todas ellas con el aire peculiar que las distingue, o sea una mezcla de tristeza y de fuerza ilusoria. ¡Nada tan grande y poderoso como la facultad de ilusión de una solterona! La solterona no renuncia jamás a la ilusión; tiene encendida en su alma, constantemente, una lámpara votiva a la esperanza. Cada aurora le trae una interrogación, una promesa: ¿será hoy, por fin?... Cuando se acaba el día la solterona reanuda vigorosamente su ilusión, pone nuevo aceite perfumado en su lámpara votiva y se acuesta, suspirando, sí, pero en silencio, para que ni ella misma se entere de la flaqueza. Y al siguiente día, otra vez a luchar; a luchar contra el desengaño, contra la realidad cruel, impura, odiosa. Yo no conozco nada tan triste y al mismo tiempo tan admirable como una solterona. Pensad en que una mujer ha nacido para el amor y que su misión única, así como su única finalidad, consiste en acoplar dos besos trascendentales: uno sobre los labios del amado, y otro sobre la frente del hijo. Hacia ese fin van las mujeres, fatalmente, como las aguas al mar.
Las solteronas aguardan, y nunca llega su hora. En sus corazones van almacenando almíbar de amor; sus corazones son como las frutas pasadas, más dulces que las normales. Miran un niño, y sus entrañas de madres frustradas se conmueven dolorosamente; ven pasar un hombre, y todos sus viejos anhelos se precipitan sobre los ojos. ¡Oh sublimes seres sacrificados! Cada solterona es un drama profundo, un poema inenarrable.
Las otras mujeres lo hallaron todo fácil; su existencia tiene la vulgaridad de un proceso corriente, de un hecho adocenado; pero las solteronas conocen todos los martirios, las torturas de la envidia, el dolor de la espera infinita, y sobre todo, la angustia de lo que está lleno y no puede vaciarse, suprema angustia de lo que desea darse y no puede. En algún siglo futuro, ¿será posible una ley que disponga el amor para todos? Hemos decretado la enseñanza obligatoria, el derecho al trabajo, el derecho a la vida, el derecho al pan: nos falta aún decretar el derecho al amor y a la maternidad.
Marzo, 1912.
VI
LA TENTACIÓN AGRARIA
Los trenes suelen delatar las características de las naciones con una veracidad insubstituible. Yo he aprendido mucha psicología americana en el fondo de un vagón...
Sentémonos en el restaurant de un tren argentino. Cuatro o cinco naciones están allí representadas. Se oye el suave acento de los ingleses, el apasionado hablar de los italianos, el rudo seseo de los españoles. No se advierte en ningún semblante asomo de melancolía o decaimiento. Tratan de comprar novillos, de vender campos, de construir galpones, de adquirir semillas. Al través de los cristales, la sequía pasada deja ver su castigo. Pero nadie hace caso de esta evidente ruina. Todos hablan con el fervor del que tiene por delante la inmensidad del tiempo y del espacio. En efecto, el tiempo es largo y traerá nuevas lluvias, y en cuanto al espacio, ahí está la llanura interminable que aguarda a que la mano del hombre la acaricie con el arado.
La psicología de esas gentes del campo es simple como la del marino, como la del jugador. Puede ser que carezcan de la profundidad que tienen los seres de los países viejos y definitivamente acotados. Son gentes que ignoran el ahorro, la previsión, y por tanto el miedo. Para ellos la tierra es un tapete verde donde se juega a juegos de azar. Lejos de su ánimo las virtudes de la cautela, de los actos bien meditados, de la sujeción a las formas seculares; ellos poseen otras virtudes, que a los sociólogos timoratos pueden parecer defectos: poseen la virtud, o el defecto si se quiere, de la temeridad. Se lanzan a sembrar sin tener semillas, ni herramientas, ni hombres; esto, en Europa, parecería una locura, pero en América resulta perfectamente real. Ponen a una carta todo cuanto tienen. Si ganan, su vida adquiere un tono de increíble arrogancia; si pierden, no han perdido nada, porque vuelven a empezar. Esto también parecería en Europa fantástico, donde el que se arruina una vez ya no se levanta más.
Esta temeridad o inconsciencia, acompañada del valor, no es una cosa antipática, sino al contrario. La temeridad presta a la vida americana un tono ágil, vigoroso y alegre. Más que negociar, se juega. Del fondo de este juego continuo surge una aura de esperanza y optimismo. Porque todos se ven con derecho a jugar, y todos juegan. La especulación alcanza a los más ínfimos y a los más altos. El médico que ahorra cinco mil pesos, compra tierras y las vende luego; el artista construye una casa y la enajena por el doble de su costo; el humilde limpiabotas acude a un remate, compra, vende, juega al alza y baja. El hombre más espiritual, aquel que en Europa no soñaría nunca con adulterar su vida de ensueño y meditación, se entrega él también a la vorágine de la compra y venta. ¡Cuántos deliciosos poetas habrán fracasado en la Argentina por haber substituido el ritmo del oro por el ritmo del verso!
Saliendo en tren de Buenos Aires, cualquiera que sea la línea, el viajero caminará todo el día sin haber salido del mismo paisaje. La unidad topográfica de la mayor parte de la república es uno de sus principales caracteres. Llanura, siempre llanura. El extranjero se siente al principio deprimido por esa falta de variedad panorámica, y si se le pregunta por la belleza del país, confesará que el país tiene bien poca hermosura. La extensión de la planicie fatiga, con la fatiga del océano. Todo se presenta dotado de abrumadora extensión. Cuando la llanura se interrumpe, surge un río también extenso, uniforme, fatigador. El ánimo siente angustia delante de tanta inmensidad, la angustia que nos invade ante el vacío.
Pero más tarde el europeo encuentra una sensación nueva dentro de esa llanura argentina. La necesidad de lo íntimo se pierde, dando paso a un sentimiento extraño. Este sentimiento debe parecerse al que sentirá el marino, cuando su barco, en mitad del Atlántico, vuela al ímpetu del viento. Ese sentimiento se llama «libertad». En el centro de la llanura, el hombre, después que ha sabido matar la angustia de lo interminable, siente la impresión nueva, radiante, juvenil, de la alta mar. Se ve solo en la inmensidad. Sabe que su esfuerzo es la única ayuda que le sirve en la lucha con los elementos. Conoce entonces el placer que debió gozar Robinson, cuando se vió dueño de la naturaleza. La sensación del propio y absoluto mérito hincha todos los músculos físicos y morales del hombre abandonado a su propia iniciativa. Y la libertad, la deseable libertad, le llena el alma de indecible alegría. El cielo claro, la tierra infinita, todo le habla al espíritu de libertad. Entonces se olvida de los paisajes antiguos, de las bellezas que tanto amaba; concibe otra clase de belleza, dentro de la simplicidad de la llanura: conoce la belleza moral de esa llanura inextinguible...
Ahora le pido licencia al lector para revelarle un secreto.
Asomado a la ventanilla del tren, miraba yo una extensión muy grande de trigo. Estaba aquel trigo tan lozano, que los ojos no se cansaban de verlo. Recordé todos los trigales contemplados por mí en el curso de la vida: las pequeñas y modestísimas parcelas del país cantábrico, las mieses de Castilla, los perfectos y casi académicos sembrados del interior de Francia.
Comparaba aquellos recuerdos con la realidad actual, y sacaba yo en consecuencia que estos extensos trigales superaban en magnitud a todos los vistos anteriormente. Los sembrados del país cantábrico eran, sin duda, más amables, porque su pequeñez surgía de entre setos frondosos, de entre rientes praderías, en forma que el oro del trigo parecía estar guardado primorosamente en el fondo de almohadillas felpudas y verdes. Los trigales de Castilla aparentaban tener, cuando mi imaginación los evocaba, un valor histórico, más bien legendario; no es posible asistir al espectáculo de la llanura castellana sin que se levanten las imágenes del Romancero, el paso de las mesnadas del Cid, el relumbrar de los hierros marciales y antiguos: el blanco y sabroso pan de Castilla parece que nutre al mismo tiempo nuestro estómago y nuestra fantasía. Los trigos de Francia tienen a su favor la intensidad y la sabiduría; son campos regulares de líneas precisas, de conjunto armónico e impecable; los bordes del sembrado tienen una corrección clásica; indudablemente, en esos trigales intensos e inteligentes se descubre el alma ordenada de Francia, todo medida, todo corrección y disciplinada inteligencia.
Después de repasar mis recuerdos hundía la mirada en los trigos que corrían delante del tren, y me parecían los más grandes, los más «fastuosos». Podían ser otros más intensos y más científicos, pero estos de aquí poseían la virtud de lo inmenso. Quizá incorrectos, tal vez desordenados, pero inmensos y fastuosos. Entre los trigales argentinos y los europeos, había la diferencia de un parque urbano a una selva tropical.
Si los bosques, los ríos, las cataratas, las cordilleras y las llanuras de América se distinguen por su grandeza, las formas que adoptase la agricultura debían ser también gigantescas. Pero he hallado la palabra conveniente: los trigales argentinos se me figuran gigantescos.
Y entonces—aquí está el secreto que anunciaba—me asaltó una idea súbita. ¿Por qué no había yo de convertirme en agricultor?...
Todos los que seamos un poco sentimentales, y especialmente aquellos que sufren la tiranía aniquilante de la ciudad, hemos suspirado alguna vez por el ideal de Horacio: tener un huerto, un jardín, una casa pacífica en la ladera de un collado. Pero este ideal guarda relación con la literatura; es un programa literario-filosófico, en que la labranza es lo de menos, en que lo importante sería el ocio aristocrático dentro de un marco sereno. No era esta tentación la que yo sentí. Era una tentación nueva, un impulso de hombre primitivo, un deseo puramente labrador. La tentación me sugería ideas nuevas que me sorprendían. No ambicionaba el huerto horaciano, para descansar de mis trabajos y lecturas; deseaba el campo abierto, para cansarme allí, pero con un cansancio corporal, cansancio de músculos, de sudor, de callos. Convertirme en chacarero.
El concepto masculino de la agricultura se me introdujo en la mente, y comprendí de pronto la infinita hermosura de una vida agraria en esa gigantesca llanura platense. Todas estas especulaciones mentales con que distraemos nuestras horas, ¿no serán un poco femeninas? Lo viril, lo masculino, es el trabajo muscular sobre la tierra; lo noble es el esfuerzo que va de nuestra voluntad a la tierra, en un viaje de simpatía amorosa que tiene por fin la concepción.
Olvidé el huerto horaciano, excesivamente intelectual; olvidé la afición bucólica del siglo XVIII, motivo, cuando más, para decorar tapices. Estas manos ¿por qué han de rehuir la herramienta áspera? A un lado la agricultura simple; ésa es la noble. Llenarse de honrados callos. Sentir la aspereza de la tierra sobre la piel. Hundir los pies en el barro. Ofrecer el rostro a los latigazos del viento. Soportar con firmeza las caricias brutales del sol. Empaparse en las aguas torrenciales del cielo. Contemplar sin pavor la brusca tormenta y el fulgor del rayo. Cabalgar. Dominar potros reacios, imponiéndoles el imperio de las piernas contraídas y del freno tenso. Levantarse cuando en el cielo se apagan las lámparas nocturnas. Tenderse en la cama dura con un espasmo de placer, todos los músculos cansados como piedras. Dormir sin sueños, al modo de los niños, inocentemente. No hacerle ascos a ninguna comida. Comer de pie, a grandes bocados, y sentir que los manjares se resuelven en sangre y en alegría. Olvidarse de las dispepsias sedentarias, de las jaquecas afeminadas, de los achaques poco varoniles. Y luego convencerse de la eficacia de las propias aptitudes para dirigir la siembra, para conocer el punto de madurez de las plantas, para recolectar a tiempo y con habilidad. Correr, gritar a las peonadas, disciplinar las fuerzas de los hombres y las bestias, revelarse dueño ante los subordinados, y después beber con ellos a su salud...
La tentación agraria no se ofrece sólo en el campo; se ofrece lo mismo en las ciudades. Sobre la sociedad argentina se levanta invariablemente la eterna conversación: la cosecha. El campo está allí siempre de moda. Y como adondequiera que uno vaya, así sea el perfumado gabinete de una señorita, se encuentra con el tópico de la cosecha, termina uno por preocuparse seriamente de los trigos y del maíz. En otros países podrá ser la agricultura una ocupación ordinaria y plebeya; en la Argentina es la ocupación aristocrática por excelencia. Una fortuna no se considera respetable si no cuenta con ricos campos de cultivo; hablarle del maíz a una señorita no es en Buenos Aires ninguna impertinencia, como lo sería en París o Viena.
Luego viene otro agente de tentación: el reclamo periodístico. Abriendo un gran diario nos encontramos con hojas enteras destinadas a anunciar las ventas de campos; ahí aparecen en fotografía las «chacras», o salen grabados los mapas, con sus ríos, pueblos y heredades. Y el reclamo de esas ventas y remates adopta un calor, un apasionamiento tan grande, que el hombre más frío se siente arrastrado por la pasión.
¡Los campos de tal punto son inmejorables!—gritan los anuncios. ¡Compren los campos de riego! ¡No descuiden sus negocios, y compren tierras! ¡Las tierras son fortuna! ¡El porvenir está en nuestras tierras!...
Carteles por las calles, anunciando remates. Carteles en las estaciones de ferrocarril, y un ejército de agentes que ponderan de mil modos las ventajas agrícolas. Se advierte, en fin, tal entusiasmo por la agricultura, que uno termina por sugestionarse: entonces se trastornan los conceptos pasivos que una vida sedentaria o libresca ha logrado infundir a nuestra mente, y lo que nos parecía grosero y sin gracia, ahora nos parece hermoso y hasta elegante. Preparado así el ánimo para la conversión, un momento cualquiera, un incidente vulgar provoca la nueva profesión de fe. Yo estaba bien preparado para la conversión; la vista de los extensos trigales maduros fué el rayo divino, el camino de Damasco; y una voz me gritó por último: Hazte chacarero...
Pero la vida me arrastró por otros caminos, haciendo fracasar el agricultor a la americana que indudablemente había en mí.
VII
EL CANTO DE LA SEMILLA
Sobre la llanura plana e inmensa, el invierno ha tendido su hielo, su escarcha y su nieve. Desde el Plata hasta los Andes, desde los matorrales del Chaco hasta los acantilados de la Tierra de Fuego, la llanura, la descomunal e inaudita llanura, se ha arrebujado en ese manto invernal, y duerme. Está cansada de producir. La cosecha de flores de la primavera, la cosecha de mieses del verano, la han rendido. Quiere ahora reposar...
Pero no hay reposo para ti, oh fecunda llanura. El destino te ha condenado a una eterna, creciente y acelerada germinación. El mundo tiene hambre, y el mundo piensa que tú tienes la misión de alimentarle. Estás condenada a germinar eternamente, cada vez más intensamente. No puedes dormir. No duermes, ni ahora, cuando el hielo, la escarcha y la nieve te cubren con su manto. La semilla está despierta, la semilla te aguija por dentro, y vive en tu interior, lacerándote las entrañas maternales.
Ya se acabaron tus días de reposo. Desde que la luz se hizo sobre la Tierra, sobre tu rasa superficie no cruzó nunca la aguja de un arado. Jamás el hombre te atormentó con los golpes de la azada, y el indio ingenuo, vagabundo, errante, iba al azar por entre las cañas de los bañados, por entre las matas de los valles, sin rozarte más que con la huella de su planta desnuda. Los ligeros guanacos, los aéreos avestruces, el ondulante y liviano tigre, eran tus únicos dueños. En aquel tiempo feliz y alboreal, nadie exigía a tus entrañas que pariesen más, siempre más, en una febril sucesión de cosechas. Si creabas, tu creación era platónica y gratuita; dabas al viento tus flores y tus hierbas, como un poeta simple da a la ventura sus versos desinteresados.
Pero cierto día vinieron unos hombres barbudos. Su mirada traía un reflejo satánico, y su gesto significaba claramente el más demoníaco de los vicios: la codicia. Detrás de ellos, en aquel continente lejano donde toda tragedia tuvo su escenario, aguardaban otros hombres, millones de gentes ávidas. Los exploradores volvieron, alabando la virgen prodigalidad de la nueva tierra de promisión. Y desde entonces no hay paz para ti. El nervioso caballo, el filosófico buey, la inocente oveja, se multiplicaron hasta el infinito, exigiendo de tus praderas más producción, siempre más. Y con el arado, más tarde, rayaron lo incólume de tu superficie, ¡oh, llanura inmensa, para sepultarnos a nosotras, las semillas!
Somos la semilla, el trigo dorado, la benéfica harina. Somos extrañas para ti, llanura americana. Venimos de un continente viejo y trabajado, donde nada se produce ya espontáneamente. Somos, dentro de la agricultura, un producto de la industria. Somos las hijas del pensamiento humano. Somos humanas, humanas.
Representamos el eje de la idea del hombre: el pan. Para que el hombre viva, para que sus esperanzas puedan efectuarse en el campo de la ciencia y del ideal, es preciso que nosotras existamos, las semillas, y que demos eternamente el alimento del pan. Hay en nosotras algo de la fiebre humana; la tragedia humana nos ha tomado de colaboradoras. Toda la historia humana está influida de nuestro nombre, y Dios, cuando maldijo al hombre, le habló del pan como del supremo tormento. ¡Ay! Somos tormento, inquietud y angustia. El miserable nos evoca en sus momentos de desolación, y esa tragedia social que ahora llega a su punto máximo, tiene como fondo siniestro la palabra precisa: pan.
Germinad, compañeras, bajo la tierra dormida. No descansemos nunca. La tragedia humana nos necesita; el ideal del hombre nos necesita también. Para la tragedia, para el anhelo, para las alegrías y para el ideal, germinad, compañeras, hasta la consumación de los siglos.
El invierno ha extendido su manto helado; no importa. Nosotras, las semillas, estamos vigilando despiertas en el seno de la llanura. Apenas se nos advierte. La mirada indocta piensa que todo ha terminado, y que la quietud más absoluta reina debajo del invierno. Tal vez aparece sólo un musgo verde, una hierba sutil y tímida, por entre las rayas que trazó el arado; pero los surcos revivirán, y una gloria opulenta se levantará con las primeras brisas primaverales. Y en llegando la hora solar, cuando las ráfagas del viento sean de suaves como una caricia de amor, entonces nosotras daremos a la tierra una insuperable fronda de verdor. Y toda la llanura resplandecerá de gloria. Semejará un mar sin orillas, un océano fastuoso; desde los matorrales del Chaco hasta los acantilados de la Tierra de Fuego, la llanura se cubrirá de opulencia. Y el viento que surja de las hondonadas de los Andes irá a morir en el estero del Plata después de jugar con ese mar de verdura. Y luego vendrán las espigas, y la obra nuestra se habrá consumado. Y entonces la llanura parecerá un mar de oro, una fantasía de los cuentos de hadas, una promesa hecha fruto y un sueño convertido en oro.
Germinad, compañeras. Somos el símbolo supremo; representamos la idea que se mete en la entraña, y que en el silencio labora, para surgir al fin en flores y frutos de realidad. De una idea del infinito brotaron los mundos; semillas siderales son los astros, que han de germinar en el silencio del Cosmos, hasta dar su cosecha fenomenal. ¿Qué era, sino una semilla, esta tierra asombrosa que nos sustenta? Llevaba dentro de sí los gérmenes de toda grandeza y también de todo crimen; la semilla se manifestó, nació la vida y ahora la tierra es un fruto grande y magnífico—quizá un poco amargo, ¡pero siempre magnífico!
El mundo tiene hambre. ¡No descanséis, compañeras! En Europa nos aguardan los hombres numerosos, los que bullen en las ciudades, los que arrancan en las fábricas los objetos amados de la civilización. Nos aguarda el miserable, tanto como el potentado. Ninguna mesa nos repudia. El facineroso arranca violentamente el pan codiciado, y marcha a devorarlo en su cubil; así como la delicada doncella rompe el lindo pan crujiente y lo acaricia con su dentadura de marfil. Nadie se libra de nuestra tentación. Con pan se nutre la soberbia del hombre.
Representamos el germen, esa cosa llena de misterio, de tentación, de curiosidad y de infinitas posibilidades. El germen es lo más misterioso y lo más inefable. En el germen está escondida la solución de todos los actos que después servirán de admiración. En un germen humano puede preexistir un Napoleón, un Sócrates o un desalmado. De gérmenes incontables está hecha la vida, y toda la vida es un germen florecido. También nosotras, gérmenes del pan, floreceremos en rubias espigas, como una filosofía que se resuelve en sublimes realidades. La realidad del pan caliente y restaurador: ésa ha de ser nuestra realidad futura.
Laboremos, compañeras, bajo la helada tierra de la llanura. Después vendrá el sol tibio de la primavera, y las espigas ondularán graciosamente. Y vendrá el sol cálido del estío, y las mieses tomarán el color sagrado del oro. Y los hombres transitarán contentos por los campos. Se levantarán montañas de trigo. Los trenes correrán enardecidos, conduciendo afanosos el rico grano. Y los trenes desembocarán en el puerto, donde las naves enormes estarán aguardando la preciosa carga. Para llevarla a los cuatro ángulos del mundo.
Y de las sucesivas cosechas, el mundo devolverá el regalo del trigo con montañas de oro acuñado. Y así se realizará el sueño de una nación cada vez más rica y populosa. Nacerán ciudades nuevas, se cubrirá la llanura de gentes afanadas. Finalmente vendrá una cosecha de ideas, que tal vez hoy viven en germen...
VIII
EL CANTO DEL EMIGRANTE
Decrépita Europa; avaro país del ahorro; patria de la prudencia y del temor, de la medida y de la minuciosidad, de lo reglamentado y de lo limitado: vieja Europa, ¡adiós!
Vamos al país ancho y luminoso; al país que no tiene límites; a la patria de la inconsciencia; a la tierra que no cuenta, ni mide, ni ahorra, ni recela; al país que no tiene miedo del mañana, sino que ama al mañana, con la clara y confiada alegría del niño. Vamos a la tierra de promisión, donde existe todavía el azar, y lo fortuito, y lo imprevisto, y las locas sorpresas.
La prudencia de Europa nos había agarrotado entre sus brazos de sabiduría. ¡Malhaya la sabiduría que proporciona el hambre! Estamos cansados de experiencia, de prudencia, de medida y de limitación. Deseamos vivir la vida grande, la vida amplia. Nos ahogábamos en aquella atmósfera de prudencia, donde todo está contado y previsto.
Adiós, tierra anciana y perezosa. Nosotros buscamos otra tierra virginal, que da sin cálculo ni medida. La tierra de Europa carece de ingenuidad; tiene la sabiduría de lo anciano, y entre ella y el agricultor se establece un contrato severo de exacta justicia; paga sus frutos a cambio de tantos puñados de abono—ni uno menos—y a cambio de tantos golpes de azada. Si no se le da lo que exige, no rinde lo justo. Es como un experimentado comerciante. Aquella tierra sabe demasiado. Tiene el pulso de la ciencia, de la vejez, de las largas comprobaciones. Ha llegado al límite del cálculo, maneja la balanza con una prolijidad de tendero.
Mirad, en cambio, esa tierra nueva que se nos ofrece. Tiene la encantadora inexperiencia de la juventud, que confía en sus recursos vigorosos. Esa tierra joven se abre al soborno, al engaño, a la violencia del hombre. Lo da todo; se da entera, toda entera, al primer advenedizo. ¿Para qué quiere ella reservarse? La juventud no es previsora, carece de miedo, porque se cree inmortal y porque piensa que su vigor no ha de extinguirse jamás. Se la engaña con cuatro someros golpes de arado, con unos puñados de semilla arrojados al viento; no pide abono, no conoce la virtud estimulante de la química. Quédese el abono, la estimulación química, para las tierras ancianas y perezosas; esa nueva tierra de América, como un joven vigoroso, se ríe de los estimulantes.
Europa quedó lejos, al otro lado de las altas olas. Las últimas cruces de sus campanarios desaparecieron en el horizonte; los amigos y los parientes que gritaban en el puerto, desaparecieron también: ya no escucharemos sus voces queridas, ni sentiremos el calor amargo de sus lágrimas cariñosas. ¡Oh patria, oh patria!... A pesar de tu ingratitud, no podemos arrancarte de nuestro corazón. Tu recuerdo nos ha seguido en el curso de la mar, como una golondrina sigue la estela del barco corredor. ¿Por qué nos atormentas?... Si has querido ser cruel, hasta el punto de lanzarnos a la emigración, ¿por qué nos persigues todavía? Desde lejos nos están hablando tus palabras insinuantes y pérfidas; nos traes el eco de los tamboriles y gaitas natales, el rumor de los bosques infantiles, las risas de las muchachas, el alboroto de los bailes domingueros, las hogueras de San Juan, las cenas de Nochebuena, el canto de los grillos, las fiestas de la vendimia... ¡Oh patria, oh patria! Déjanos para siempre, no prolongues tu crueldad hasta más allá de la emigración. Nos esclavizabas con el hambre, ¿y quieres ahora esclavizarnos con la nostalgia?
El viaje llega a su fin. Piadoso, el mar nos ha transportado sobre sus robustas espaldas, nos ha mecido blandamente, y para que el pavor no amilane nuestras almas, ha separado las greñas adustas de la tempestad. En las noches de luna sus olas nos han hablado aquel lenguaje monocorde y sereno, tan propicio a las evocaciones lejanas. Y el cielo del trópico nos ha regalado la fiesta de sus crepúsculos dorados, la brillantez de sus amaneceres, la pompa bíblica de sus noches estrelladas.
Ya el viaje llega a su término. Aparecen las primeras gaviotas, como un saludo de las costas cercanas. Una mancha obscura ciñe el borde del horizonte. ¿Serán las nubes aún? ¡Es la tierra, la tierra de promisión, la tierra soñada! Y en seguida emergen de la bruma las torres de la gran ciudad, las chimeneas humeantes, las cúpulas.
¡Salve, salve, tierra novísima! Acógenos con liberalidad. Que seas hospitalaria con nosotros los desterrados del viejo mundo. Que tu sol ilumine nuestros afanes; que tus vientos encumbren nuestras esperanzas. Que nos concedas la rica, la amada libertad.
Ea, pues, compañeros, pongamos nuestra planta segura sobre esa tierra nueva. Tomemos posesión de las llanuras y de las montañas, de los bosques y de los ríos. Marchemos hacia las selvas, donde los árboles centenarios guardan el secreto de los siglos que pasaron. El golpe de nuestras hachas hará despertar a los policromos papagayos y el cielo se punteará de colores caprichosos. Al ruido de nuestros pasos, el tigre cruel levantará su cabeza feroz; pero no temamos. Somos la vida inteligente, la civilización y la paz. Todas las alimañas de la selva necesitarán huir, desaparecer, ante nuestra invasión arrolladora.
Marchemos hacia las remotas montañas, escalemos los picos de las cordilleras. Que los cóndores solitarios abandonen también sus madrigueras. Más alto que las nubes, sobre las madrigueras de los cóndores soberbios, ¡nosotros levantaremos la frente ambiciosa! Nos trae la ambición. Contra la ambición no valen nada las barreras de los montes más encumbrados. Y no nos detendrá el hielo. Iremos a los valles desiertos del Mediodía, allí donde los pájaros marinos graznan su estúpido canto en la soledad de los acantilados. Llevaremos la vida a aquellas playas distantes, y el humo de los hogares civilizados levantará su columna gloriosa en el cielo hiperbóreo.
Marchemos hacia la llanura. ¡Oh, qué maravilla divina, regalo de los dioses benéficos, ofrenda del cielo a los hombres de buena voluntad! Sus límites se confunden con el mar y con las ingentes cordilleras. Como un plato de abundancia se ofrece al hombre laborioso. Grande, inmensa, fabulosa, esa llanura no se acaba nunca. Parece un sueño fabuloso, o un cuento oriental. Su tierra es negra, blanda, profunda; no la entorpecen las rocas; toda ella es aprovechable, semejante al manjar que la providencia de una madre presenta al hijo. Y esa llanura infinita nos está aguardando. Nos espera, como la amada al amado, temblando de emoción, impaciente de recibir en sus entrañas nuestra caricia.
¡Hurra, hurra! Los desheredados del viejo mundo, los hijos de la pobreza, los expulsados, marchemos a conquistar la tierra prometida. Con arados y azadones la conquistaremos. Será nuestra. Tendremos tesoros, riquezas increíbles, rebaños.
Qué placer tan viril hundir el arado en la tierra virgen y ver cómo brotan mares de espigas. Anegarse en el oro del trigo cosechado. Sentir que la tierra produce sin esfuerzo, y que al tiempo de cosechar llega la fortuna repentinamente. Tender la mirada hasta el horizonte y ver que todo aquel océano de espigas maduras nos lo regala el destino. Sentirse fuerte y pletórico, como nadando en abundancias consecutivas y sin fin...
El placer de los rebaños ascendentes, prolíficos; los rebaños que se hinchan, se agigantan, como en las leyendas bíblicas; los rebaños más numerosos que las arenas de la mar. La reproducción fastuosa, el crecimiento inaudito. Las ovejas que se multiplican en cifras de millares; el novillo que se convierte en multitudes de toros bramadores. Toda la llanura cubierta de vida y de abundancia. ¡Marchemos, compañeros, a conquistar esa tierra de promisión!
Nosotros también, como las espigas y los ganados, nos multiplicaremos. Pequeños somos, es verdad, y pobres; pero nuestra semilla humana fructificará en cosechas de muchedumbres futuras. De nuestra raíz ambiciosa y viril nacerá el pueblo venidero. La llanura se cubrirá con los hijos de nuestra sangre, y ese pueblo futuro se hinchará, se agrandará gigantescamente, como las arenas del mar. Y así tendrá el mundo una reserva de nuevas y juveniles probabilidades. Cuando los continentes viejos no produzcan más que flores fatigadas, los hijos de nuestra sangre ofrecerán a la humanidad sus energías ingenuas, su entusiasmo y su optimismo.
Sea bendito el fruto de nuestro trabajo. Y mil veces bendito sea el fruto de nuestra sangre, el hijo de nuestro ser. Que la Fortuna lo adopte y lo cuide celosamente, para que se convierta en una fuerte realidad; para que no se malogre en vanas tentativas; para que no le arrastre el demonio de la estúpida soberbia, o el otro demonio de la frivolidad, o aquel otro demonio que se llama sensualismo. ¡Que la Fortuna adopte al hijo de nuestra sangre, para que sea una realidad de fuerza, de pensamiento y de idealismo!