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Papeles del doctor Angélico

Chapter 23: III
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About This Book

Conjunto de relatos y recuerdos que perfilan a un académico llamado Ángel Jiménez a través de anécdotas universitarias, episodios biográficos y retratos de su carácter. Los textos alternan narración y reflexión para mostrar su inteligencia, orgullo, bondad y dificultades materiales, así como las relaciones de camaradería con compañeros y el efecto de la enfermedad y la pobreza en su vida. A lo largo de diversos cuadros, la obra mezcla observaciones sociales y psicológicas y ofrece escenas de amistad, sacrificio y sensibilidad intelectual que reconstruyen la figura del hombre desde múltiples perspectivas.

II

Lo mismo en vida de su madre que después de fallecida, solía hacer alguna visita a mis primas durante el verano. Generalmente eran dos: una cuando llegaba a aquel mi valle natal en el mes de julio, y otra en septiembre, cuando regresaba a la capital. Por impulso adquirido, tal vez por la fuerza del hábito, que tiene más fuerza en los espíritus limitados, o, lo que es aún más probable, porque lo llevasen en la sangre, mis tres primas eran otras tantas doña Teresa pocos años después de fallecida ésta. No la imitaban ciertamente en la energía; pero la igualaban, y aun la superaban, en la avaricia.

Me acuerdo que uno de los últimos días de septiembre monté a caballo por la tarde y me dirigí a la Rebollada, que distaba de mi casa poco más de una legua. Griselda, Erundina y Berenice me acogieron, como siempre, con dulces sonrisas y palabras cariñosas. Hasta, si mal no recuerdo, una de ellas me abrazó y me besó en la frente. Debió de ser Griselda, la más vieja y la más fea, porque siempre tuve la misma fortuna con las damas. Pero no pasó de ahí, esto es, nadie me ofreció otra cosa, ni un vaso de vino, ni un poco de mermelada. Ya lo sabía, y por eso cuando iba a visitar a mis primas de la Rebollada, llevaba, como hombre prevenido, una onza de chocolate en el bolsillo.

Después de los primeros momentos de expansión vinieron lamentaciones sin cuento, amargas reflexiones, suspiros, gemidos, furiosas exclamaciones de cólera y dolor. El gran Teófilo, una vez libre y sin aprensión por la integridad de sus patillas, pasaba una vida dulce y regalada como la de un canónigo. No es mía la comparación, sino de Berenice. Yo la hice observar que los canónigos estaban obligados a guardar las horas canónicas y ciertas abstinencias, canónicas también, a las cuales no se sujetaba su hermano. Convinieron todas conmigo, y me hicieron saber que desde la muerte de su madre no había tocado en un instrumento de labranza ni se cuidaba apenas del ganado. Había tomado su parte de dinero, del dinero escondido por doña Teresa, había comprado un jaco, y andaba de feria en feria, sin parecer a veces en quince días por casa. Lo que no me dijeron fué que gracias a Teófilo pudieron hallar este dinero, y que sin su habilidad de zahorí para adivinar los agujeros hubieran perdido más de la mitad. Pero no habían parado ahí las cosas, sino que, después de derrochado todo este dinero, les había vendido su parte de la posesión y se la gastó alegremente también, y después de gastada siguió comiendo y durmiendo en la casa de sus hermanas, como si nunca hubiera dejado de ser la suya. Tampoco habían parado aquí las cosas, y esto es lo que hacía estremecer las entrañas de las tres vírgenes, sino que Teófilo había descubierto ya varios agujeros donde guardaban el fruto de sus economías, y se los había dejado limpios. No hacía aún quince días que les había sustraído dos mil reales en monedas de cinco duros. Mis primas lloraban a hilo mientras narraban este último crimen de un modo tan desesperado, que si no fuera porque me acometieron ganas de reir, me hubiera echado también a llorar, seguramente.

Por último, Teófilo había profanado de otro modo el santuario del hogar. Aquella criada mixta de dama de compañía y mozo de labranza que ellas guardaban hacía años como preciado tesoro en su casa, fué corrompida por él, y a la hora presente se hallaba encinta. Como yo la veía por allí desempeñando sus tareas tranquilamente, pregunté sorprendido:

—¿Y cómo no la habéis despedido ya?

Las vi un poco confusas para responder, y deduje que la avaricia había vencido a la delicadeza. Por el corto salario que la daban no hallarían una moza tan fuerte y trabajadora.

Cuando se hubieron calmado un poco salimos a la huerta y me mostraron la gran riqueza de legumbres y frutas que allí había. En verdad que en pocas partes había visto tierra tan feraz y bien cultivada. Griselda me ofreció dos grandes peras..., pero de las que se hallaban caídas en el suelo. Bajamos a la pomarada, donde había manzana aquel año para llenar cincuenta pipas. Una verdadera riqueza, pues cada pipa valía diez duros. A la vista de tan espléndida cosecha se serenó la fisonomía de mis primas y comenzaron a mostrarse joviales. Me llevaron por fin al sitio de las colmenas. Recogían de ellas todos los años más de doscientas libras de miel y bastante cera, que vendían a los cereros de la capital.

Nos acercamos con alguna precaución y estuvimos un rato entretenidos mirando. Mis primas, aunque apicultoras, sabían poco acerca de la vida de las abejas. Yo, que siempre sentí afición hacia estos maravillosos insectos, les fuí dando a conocer algunos de sus secretos; cómo se construían su ciudad, cómo se distribuían el trabajo entre ellas, cómo se entienden entre sí por medio de un lenguaje que eternamente será para nosotros un secreto. Gracias a él, no sólo se comunican lo necesario para realizar sus complicadas operaciones, sino que también se participan las noticias favorables y adversas, la pérdida de la madre, la entrada de una reina intrusa o de un enemigo, el descubrimiento de un tesoro, esto es, de algunas nuevas flores o de algún tarro de miel. Pero la maravilla de las maravillas es la producción de la cera. La miel se transforma en material de construcción por un misterioso procedimiento químico que se realiza en el cuerpo de estos animalitos. Son las abejas más jóvenes las que proporcionan la cera. Cuando llega el instante de construir su fábrica, éstas escalan las paredes del tronco nuevo de árbol donde generalmente edifican, otras las siguen y se sujetan por las patas, formando largas columnas o guirnaldas, y así permanecen inmóviles horas y horas, hasta que por un misterio admirable empiezan a sudar esa materia blanca que se llama cera. Con ella construyen rápidamente su gran falansterio, cuyas celdas tienen invariablemente una forma hexagonal. Hay cuatro clases de celdas: las celdas reales, las grandes celdas, destinadas a la cría de los machos y para almacenar las provisiones cuando abundan las flores, las celdas pequeñas, que sirven de cuna a las obreras y de almacenes ordinarios, y las celdas de transición, que sirven para enlazar las grandes a las pequeñas.

Mis primas me escuchaban con interés, y no se hartaban de hacerme preguntas. Cuando llegamos a la tragedia que anualmente se representa en aquellos pequeños mundos, a la matanza de los zánganos, les expliqué cómo después de la fecundación de las reinas la presencia de los machos en la colmena no sólo es inútil, sino muy perjudicial, porque, sin trabajar, devoran las provisiones, interrumpen los trabajos, ensucian las celdas, obstruyen el paso y se conducen de un modo grosero e intolerable. Las abejas los toleran todavía algún tiempo; mas, perdiendo al cabo la paciencia, un día circula entre ellas la orden, sin saber quién la da, y se preparan a hacer sangrienta justicia. Una parte del enjambre no sale aquella mañana al trabajo. Son los verdugos. Mientras los pobres zánganos duermen tranquilos, se prepara silenciosamente su ruina. Al despertarse se encuentran rodeados cada uno de tres o cuatro de sus enfurecidas hermanas, que fríamente los despedazan, les cortan las alas, les atraviesan el vientre con sus dardos venenosos, les amputan las antenas y los dejan en un estado tan lamentable, que a cualquiera movería a piedad. Pero aquellas crueles obreras no la sienten; los persiguen por todas partes, y cuando, heridos y maltrechos, un grupo de ellos se refugia en algún rincón, lo bloquean y le hacen morir de hambre. Muchos de ellos consiguen escapar; se lanzan al campo; pero cuando a la caída de la tarde, acosados por el frío y el hambre, tratan de ganar su casa, se encuentran con la puerta cerrada, son rechazados por las inflexibles centinelas, y perecen aquella noche implorando en vano abrigo y alimento.

—¿Sabéis una cosa?—les dije cuando terminé mi relato—. Si vosotras fueseis abejas en vez de ser mujeres, ya habríais matado a vuestro hermano Teófilo.

Las tres soltaron una carcajada.

—¡Qué ocurrencia! ¡Es de veras gracioso! ¡Siempre serás el mismo, Angel!

Y reían mis primas con tanta gana como si las hubiera leído el capítulo más chistoso del Quijote. Todavía después que volvieron a casa, y pasado largo rato, recordaban mis palabras y se renovaban las carcajadas.

III

Aquel invierno supe que la criada de mis primas había dado a luz un niño en la misma casa, y que aquéllas habían guardado a la madre y al hijo, en vez de ponerlos en la calle. El sujeto de la Rebollada que me dió la noticia añadió que a la hora presente se hallaban tan entusiasmadas con el chiquillo, que eran para él otras tantas madres. Me alegré por la inocente criatura y por ellas también. Al fin, tenía un sentido su existencia. El instinto de la maternidad, tan vivo en todas las mujeres, hallaría satisfacción y las haría felices.

Pero he aquí que pocos meses después me dieron otra noticia mucho más desagradable; la del fallecimiento de mi primo. El buen Teófilo había muerto repentinamente. Una noche había cenado en perfecto estado de salud y se habla acostado. Poco después se sintió indispuesto, llamó a la campanilla, acudieron en su auxilio, se le prodigaron algunos remedios caseros, se expidió un propio a caballo en busca del médico, y se llamó al cura. Éste llegó a tiempo para darle la absolución; pero cuando llegó el médico ya hacía una hora que había fallecido el enfermo.

Cuando supe la noticia, acudieron a mi memoria las últimas palabras que les había dirigido, y de pronto nació en mi mente una sospecha terrible. Esta sospecha me causó impresión tan profunda y tal repugnancia, que no pude escribirlas dándoles el pésame.

Al mes siguiente, que era el de junio, fuí a Suiza, y sólo pude pasar unos días del mes de octubre en mi valle natal, que aproveché para hacer una visita a la Rebollada. Cierto remordimiento me atenaceaba desde hacía algún tiempo el espíritu. No podía desechar de él las palabras que por burla había pronunciado el año anterior. ¡Quién sabe si tal burla habría sido causa ocasional de un crimen! Traté de salir de dudas, poniendo para ello en práctica los medios que me parecieron más conducentes.

Hallé a mis primas enlutadas, pero nada tristes. Me recibieron jovialmente, y acto continuo se pusieron a narrarme las gracias increíbles de Periquillo, que así se llamaba el niño de la criada y de su difunto hermano. Pude convencerme en seguida de que aquella criatura de pocos meses les tenía sorbido el seso. No se hartaban de ponderar su robustez, su blancura, su dulce mirada, su voracidad, su picardía, su ático humorismo.

—Verás, Angel—me decía la astronómica Berenice con ojos brillantes de alegría—. Por la mañana temprano, cuando su madre va al molino, me deja a Periquillo. A veces tarda más de una hora, y el chiquillo tiene hambre. Empieza a llorar, y yo, para acallarle, le paseo y le meto mi lengua en la boquita, que chupa como si fuese el pecho de su madre. Pero al cabo se convence de que no puede sacar nada, y llora mucho más fuerte. Pero hoy, cuando fuí a hacer la misma operación, levantó hacia mí sus ojitos sonrientes como diciendo: «¡Ya estoy al tanto de la burla!»

Griselda y Erundina rieron con el mismo placer que ella, y se hicieron lenguas del prodigioso talento de aquel chiquillo.

Salimos, como siempre que las visitaba, a la huerta, recorrimos la pomarada, y después me encaminé resueltamente al sitio de las colmenas. Nos acercamos a ellas, y noté que mis primas se pusieron repentinamente serias. Guardé largo rato silencio, en actitud de observar la entrada y salida de las obreras, y de pronto, volviéndome hacia mis primas y clavando en ellas una mirada penetrante, les pregunté bruscamente:

—¿Habéis matado ya a los zánganos?

Las tres se pusieron pálidas, y en el primer momento no acertaron a contestar. Al cabo, Griselda, la más vieja, respondió con sonrisa forzada:

—¡Qué pregunta! ¡Los habrán matado ellas!

—Eso quise decir. Vosotras no sois abejas, sino mujeres. Los procedimientos desalmados quedan para los seres que no tienen alma. Porque estos insectos, tan previsores, tan inteligentes en la apariencia, tan maravillosos en sus costumbres, carecen de alma y, porque carecen de alma, carecen de moralidad. En esas colmenas que tenéis delante reina la fatalidad: lo que hoy hacen esos insectos lo han hecho hace diez mil años y lo harían exactamente igual dentro de otros diez mil si el hombre, único ser libre en la creación, no interviniera modificando con destreza sus costumbres y señalando nuevas direcciones a su actividad. Las abejas no recuerdan el pasado ni se representan el porvenir; sus movimientos todos están regulados por las fuerzas inconscientes de la materia. Si observaseis con un microscopio la formación de un cristal dentro de cualquier líquido que se cuaja, advertiríais cómo acuden de un lado y de otro las partículas, con qué inteligencia se combinan, cómo aceptan todo aquello que puede convenirles para la construcción de su prodigioso artefacto, cómo rechazan todo lo que les estorba. En el cristal existe algo que nos parece inteligencia, como en la abeja. Pero el cristal, la abeja, los animales todos no son más que los heraldos del espíritu, son las apariencias de aquello que sólo tiene realidad, los peldaños obscuros de una escalera que conduce a la luz. El mundo se ha hecho para el espíritu, y el espíritu se ha hecho para el amor... Esas abejas que ahí veis, tan previsoras, tan inteligentes, no aman, y porque no aman no viven en la realidad sino en la apariencia. Nunca me han inspirado admiración. Las estudio con curiosidad, como estudio las combinaciones de los cuerpos elementales de la química; pero no las admiro. Reservo mi admiración para los seres libres, que son los únicos que viven realmente; porque para mí sólo existe una cosa real y digna de respeto en este mundo: la caridad... Figuraos por un momento que al salir de vuestra casa, y caminando para la mía a la orilla del río, veo que un hombre cae en él y que la corriente lo arrebata y está a punto de ahogarse. Salto del caballo, me arrojo a socorrerlo, y con riesgo inminente de mi vida, después de luchar desesperadamente con la corriente, logro salvarlo. Y figuraos que en aquel momento oigo una voz en lo alto del cielo que me grita: «¡Has hecho mal!» Yo respondería inmediatamente sin vacilar a esa voz: «¡He hecho bien!» Y aunque viera después que la tierra temblaba, que los árboles se desgajaban, que las piedras rodaban de las montañas para aplastarme, y que delante de mí se abrían bocas de fuego para tragarme, yo seguiría diciendo obstinadamente: «¡He hecho bien!» Y después de muerto y pulverizado, todavía mis cenizas seguirían gritando: «¡He hecho bien!, ¡he hecho bien!...» Por el contrario, figuraos que hay en mi casa o fuera de ella una persona que me estorba, que me perjudica en mis intereses y atenta a mi bienestar. Me decido a hacerla desaparecer de este mundo, y una noche, cobarde y alevosamente, la asesino por medio del puñal o del veneno. Pues aunque en aquel instante una voz del cielo me gritase: «¡Has hecho bien!», yo estoy seguro de que esa voz me sonaría como la voz del demonio, que no volvería a disfrutar una hora de tranquilidad en esta vida, que la imagen de mi víctima se alzaría constantemente delante de mí como un espectro aterrador, que el sueño huiría de mis párpados y la alegría de mi alma, y que, al cabo, para sustraerme a tan atroces tormentos, quizás acercase a mi sien el cañón de una pistola, a fin de caer de una vez y para siempre en el Infierno...

A medida que iba hablando observé que mis primas se ponían cada vez más pálidas. Cuando llegué a estas últimas palabras, Berenice, la menor de las hermanas, se llevó la mano al pecho y cayó al suelo privada de sentido. Acudimos a socorrerla, la transportamos a la cama, le rociamos las sienes con agua fría, le hicimos oler un frasco de esencia aromática, y a los pocos minutos logramos que recobrase el conocimiento. Yo aproveché la ocasión para montar de nuevo a caballo y trasladarme a mi casa. Jamás volví a parecer por la Rebollada.

El pecado de la amabilidad

RA yo joven y me hallaba de visita en casa de una señora anciana de singular discreción. Entró un caballero de porte elegante, de arrogante figura. La señora nos presentó el uno al otro. Entablóse conversación, y yo hice cuanto fué posible por mostrarme amable y hacerme simpático a aquel desconocido. Hubo unos momentos de alegría cordial, de charla jocosa, de verdadera expansión. Sin embargo, cuando, al cabo, aquel caballero se levantó para irse, después de saludar con exquisita y familiar cortesía a la dama, dirigióme a mí una fría y casi impertinente inclinación de cabeza que me dejó enfadado. La señora comprendió lo que por mí pasaba, y, mirándome fijamente con ojos risueños y maliciosos, me preguntó:

—¿Me permite usted que le haga una observación acerca de su carácter?

—Cuantas guste.

—Pues bien, amigo mío; debo manifestarle que es usted demasiado amable para hombre.

—¿Qué quiere usted decir, señora?—repuse poniéndome un poco colorado.

—No se asuste usted ni se ofenda. No quiero decir que posea usted un temperamento femenino. Sólo me atrevo a indicarle que exagera usted un poco la nota de la amabilidad, y que esto ha de ocasionarle más de un disgusto en la vida.... Porque, bien mirado, nosotras, las mujeres, necesitamos a toda costa agradar; es nuestro destino; es la condición ineludible de nuestra existencia. Pero la de ustedes se puede deslizar admirablemente sin ella. Ustedes tienen interés en hacerse respetables, temibles...; agradables, ¿para qué?

—Exceptuando con ustedes.

—Exceptuando con nosotras, desde luego.... Y, sin embargo, todavía hay mujeres a quienes seducen las formas brutales. Pero son las refinadas y están en minoría.

—¿De modo que me aconseja usted ser grosero?

—No tanto; lo único que aconsejo a usted es que en el comercio de los hombres no olvide nunca eso que llaman ustedes personalidad, y que a ratos la deje sentir también un poquito.

—Vamos, me recomienda usted el orgullo.

—No se lo recomiendo, porque sería inútil. Se habla mucho del orgullo de los hombres. En el curso de mi vida, que ya va siendo larga, no he tropezado más que con humildes. Los hombres que me han señalado por su orgullo no tendrían inconveniente en humillarse ante cualquiera en secreto, con tal de obtener alguna preeminencia ante el público; serían capaces de sentarse como lacayos en el pescante de un coche si los demás creyéramos que iban dentro.

—Muchas gracias, en lo que a mí se refiere.

—No puedo referirme a usted. Hemos convenido en que su amabilidad es exagerada, y aspiro a corregirle de ella.

—Pero la amabilidad, en el fondo, es un acto de caridad con el prójimo.

—Perfectamente. Sea usted amable por caridad, y no tendrá jamás motivo para arrepentirse de ello, como hace un momento. Porque, aunque usted no lo piense, nuestra intención se trasluce siempre; somos más transparentes para los demás de lo que nos figuramos. Si su interlocutor advierte (y repito que lo advertirá inmediatamente) que es usted amable con él por caridad, porque le respeta y le ama como prójimo, no como don Fulano, hombre adinerado, o senador o general, entonces todo marchará bien. Don Fulano, en el fondo, se sentirá un poquito humillado; pero esta humillación es saludable para él y le obligará a no abrir las puertas a la vanidad. ¡La vanidad! Aquí está el toque de todo. Usted es un joven que comienza a distinguirse en el mundo literario.

—Muchas gracias; esta vez sin ironía.

—Pues bien; en las relaciones con sus compañeros, a lo menos en las de pura cortesía, no tropezará usted con graves dificultades. Los literatos tienen un temperamento delicado, su inteligencia está cultivada, saben disimular sus impresiones. Además, si usted logra hacerse un nombre en las letras, poco o mucho, sus compañeros le respetarán, porque saben que, al respetarle a usted, se respetan a sí mismos. ¿Pero los demás? El mundo literario es un grano de mostaza dentro de esta gran bombonera en que vivimos. En el mundo hay mucha gente ruda, incapaz de ocultar sus pasiones o, por mejor decir, su vanidad; porque ésta es la pasión dominante, la que las resume todas. Particularmente los advenedizos, los recién llegados a la riqueza o al poder, no se andan con melindres para tirársela a la cabeza a los otros: tienen casi todos la insolencia del esclavo emancipado y guardan el rencor de los puntapiés recibidos por ellos o por sus padres. Son gente peligrosa para las naturalezas susceptibles... Figúrese usted que traba conocimiento con uno de éstos, con un banquero, con un indiano opulento, con un rentista. En la primera etapa, su nuevo conocido, cediendo a los instintos de sociabilidad que todos tenemos, y un poco halagado quizás por hacer amistad con una persona estimada del público, se mostrará afectuoso y amable. Mas al cabo de algún tiempo, no mucho, su flamante amigo le tropezará en la calle, y volverá la cabeza sin saludarle. Se encontrarán de nuevo, y de nuevo pasará sin hacerle caso, o quizás le dirija a usted una fría mirada desdeñosa. Usted queda estupefacto: no comprende lo acaecido en el espíritu de aquel hombre, suponiendo que aquel hombre tenga espíritu. Pues es muy sencillo. Es que ha nacido en su cerebro la siguiente terrible sospecha: «Este señor a quien me han presentado es posible que se considere, porque ha leído muchos libros y le aplauden los periódicos, superior a mí, que tengo cuenta corriente en tres Bancos distintos y soy senador vitalicio.» Y atenaceado por tan infernal pensamiento, sin pararse a averiguar si a usted se le ha pasado por la imaginación semejante monstruosidad, le dedicará desde entonces un odio mortal.

—¿Un odio mortal?

—Sí, un odio mortal. En la mayoría de los corazones hay tal vacío que, en cuanto se le hace un pequeño agujero, el odio se precipita dentro silbando. Importa, pues, que usted se precava contra estas molestias, que para los hombres sinceros y afectuosos llegan a ser disgustos. No sea usted huraño, pero tampoco amable. En una sociedad ruda y grosera el amable queda sumergido. Cuando usted anude relación con cualquier persona del sexo masculino, sea quien sea, lo primero que debe proponerse es hacerle comprender que no la necesita, que no espera nada de ella.

—Vamos, que no pretenda emplearla como medio, que diría Kant.

—No conozco a Kant, ni estudié filosofía; pero yo me entiendo, y usted, al parecer, me entiende. Para ello, le repito, es necesario que no se muestre excesivamente cortés. Los hombres no atribuyen jamás una gran amabilidad a la efusión natural de un corazón bondadoso, sino al deseo de captarse su simpatía con algún fin. De aquí que inmediatamente se pongan en guardia. Un poquito frío, un poquito despegado siempre; naturaleza de anguila, que se deslice de las manos fácilmente. Hágase el distraído alguna vez en la calle, no sea usted puntual a todas las citas, no devuelva todas las visitas... ¿Se ríe usted? En efecto, comprendo que éstas son minucias despreciables. Las mujeres no sabemos otra cosa. Pero una chinita introducida entre el calcetín y la bota es también una minucia..., y ya sabe usted lo que ocurre.

Todavía me dió la buena señora otros consejos y me hizo multitud de observaciones que ahora no recuerdo. Han pasado desde entonces muchos, muchos años. En el transcurso de ellos tuve no pocas veces ocasión de exclamar:

—¡Oh, Solón, Solón!

Pero no; aquella vieja sabía mucho más que Solón.

ú con Prometeo

L amigo Esteve era un amigo intermitente. A temporadas asistía con puntualidad a la cervecería donde nos reuníamos a tomar café algunos literatos con más o menos letras. De pronto se eclipsaba, y no parecía por aquel centro científico de murmuración en tres o cuatro meses.

Se hacían supuestos graves o ridículos, pero siempre temerarios, entre nosotros. Unos decían que le tenía secuestrado su patrona y amarrado a una argolla sobre un felpudo; otros aseguraban que andaba por las tabernas de los barrios bajos conspirando contra las instituciones vigentes; otros, en fin, afirmaban que había empeñado toda su ropa y se veía obligado a guardar cama desde hacía cuarenta y dos días.

Cuando menos lo pensábamos aparecía nuestro Esteve a la hora del café con su eterna sonrisa y su cigarro de diez céntimos, casi tan eterno, en la boca. Y todos le recibíamos con alegría cordial y algazara. «¡Bravo, Esteve!» «¡Siéntate aquí, Esteve!» «No; aquí, a mi lado; tengo que contarte.» «Pues yo quiero que él me cuente.»

Porque era el amigo Esteve famoso charlatán y compañero amenísimo. No he conocido otro hombre de imaginación más pintoresca ni embustero más consecuente. Era tal el calor de su fantasía, que fundía todas las verdades y las convertía en mentiras, o acaso en verdades más altas y perfectas, ya que, según afirman los últimos filósofos, el mundo es una pura representación de nuestra mente.

Sin embargo, había entre nosotros un sujeto que maldecía de aquellas mentiras pintorescas y nutría en el fondo de su corazón un odio bárbaro por tan amable embustero. Pero este sujeto era un lobo disfrazado de cordero. Desempeñaba el cargo de tenedor de libros en una casa de comercio, y había sido traído a nuestro círculo por un poeta que le debía algunas pesetas y halló medio de aplacar sus iras recreándole con la dulce y amena murmuración de una tertulia literaria.

Martínez, que así se llamaba este personaje, pensaba estar allí como el pez en el agua, y había llegado a persuadirse de que la literatura, en sus diversas manifestaciones, poesía épica, lírica y dramática, no consistía en otra cosa que en morderse y zaherirse mutuamente los que escribíamos, y que, fuera de esto, todo lo demás era secundario y de escaso valor. Y como él sabía morder y zaherir y ultrajar como el mejor, se creía ya, por esta razón, a la altura de cualquier poeta antiguo o moderno.

Nos odiaba a todos cordialmente, estoy seguro de ello; pero dedicaba particular atención en este respeto al amigo Esteve; primero, por la poca atención que éste le dedicaba a él, y segundo, porque, desapareciendo con frecuencia de nuestro horizonte, había más espacio y acomodo para quitarle el pellejo.

El amigo Esteve había ido agregado el año anterior a una Comisión enviada por el Gobierno a la Exposición de Amberes. Aquel viaje de tres meses, fundido, machacado y estirado por su calurienta imaginación, había llegado a transformarse en una expedición maravillosa, como la de los Argonautas o la de Vasco de Gama.

—Estando yo en Viena...—comenzaba algunas veces.

—¡Vamos, ya saltó a Viena!—murmuraba entre dientes Martínez.

Otro día dijo:

—Al llegar a San Petersburgo...

—¡Arrea!-gruñó el irascible tenedor de libros—. ¡Nada menos que en San Petersburgo!

Por fin, una tarde en que el buen Esteve se hallaba de vena, comenzó tranquilamente su relato de este modo:

—A los dos días de estar en Sebastopol me aburría soberanamente...

—¡Rayo de Dios! ¡Sebastopol... ¡Esto es intolerable!—rugió Martínez.

Esteve levantó la cabeza sorprendido y dirigió una vaga mirada a su interruptor, sin comprender. Este bajó la suya, y entonces el amigo Esteve siguió, con la misma tranquilidad:

—Me aburría soberanamente. Un oficial ruso con quien trabé conocimiento en el hotel me dijo: «Estoy destinado a la fortaleza de Soukhoum-Kaleh. Mañana me voy. ¿Quiere usted hacer este viaje conmigo? El mismo barco que nos lleva le puede a usted traer. Es cosa de ocho días la excursión, y se divertirá y verá cosas nuevas.» Dicho y hecho; al día siguiente me embarco en un mal vapor, y en dos días llegamos al puerto de Soukhoum-Kaleh, en la Abkhasia. ¡Caballeros, qué vegetación! ¡Qué lozanía, qué atmósfera cálida y húmeda! Todo era allí exuberante y salvaje, lo mismo la tierra que el hombre. Igual impresión produce la Abkhasia que los alrededores de Río Janeiro...

—Pero, oye, camarada, ¿cuándo has estado tú en Río Janeiro?—interrumpió uno de los tertulios.

Esteve fingió no oir, y siguió imperturbablemente:

—Se encuentran los mismos árboles que en las regiones más cálidas de América; pero los naturales, que son verdaderos salvajes, no aprovechan aquel suelo privilegiado, y sólo cultivan el arroz, la cebada y verduras. Confieso que a los dos días de estar allí me aburría aún más que en Sebastopol. Maximitch, que así se llamaba mi compañero, no salía del café, y me obligaba a beber aperitivos sobre aperitivos. ¡Qué hombre aquel Maximitch! Pasaba la vida abriendo el apetito, y no se cuidaba de cerrarlo jamás. Curaçao, bitter, vermouth, ajenjo, amer Picón, etc., etc. Era un erudito en materia de estimulantes y, cuando llegaba la hora de comer, prefería quedarse en el café abriendo el apetito. Le pasaba lo que a aquellos catedráticos que tuvimos después de la revolución de septiembre, que dejaban transcurrir el año explicando la introducción al estudio de la asignatura, y llegaba el fin del curso y todavía no habíamos entrado en ella. Pues, como digo, me aburría, y para entretenerme hasta la salida del vapor propuse a Maximitch...

Es de saber que cuando Esteve pronunciaba el nombre de Maximitch, Martínez lanzaba un quejido apagado, como si le tirasen un pellizco.

—Propuse a Maximitch que hiciésemos una excursión por el país. El célebre monte Elbrons no estaba muy lejos, y aunque no llegásemos a la cima, por lo menos visitaríamos sus vertientes, que son muy dignas de verse. Maximitch accedió de mala gana, pero accedió al fin. Montamos en un mal carricoche, y nos lanzamos por aquel hermoso país, donde crecen, como en Nápoles, el laurel, el almendro, el limonero, el albaricoquero y el moral. Dormíamos en las cabañas, hechas de tablas, de algunos de aquellos bárbaros, que nos hubieran asesinado por cristianos si no fuese por el terror que les inspiran los rusos. Según nos acercábamos al Elbrons, la vegetación iba cambiando. Ya no se veían más que encinas y chopos y plátanos. Por fin tuvimos que dejar el carricoche, porque los caminos ya no lo consentían, y montamos en burros para realizar la ascensión del monte. A las pocas horas de subida ya no se veían en torno nuestro más que bosquecillos de pinos, abetos y lárices. Encontramos aguas minerales de muchas clases que aquí serían una riqueza inmensa: el pórfido verde y encarnado asomaba por todas partes...

¿Por qué estos detalles instructivos ponían tan fuera de sí a Martínez? No acierto a explicármelo, pero es exacto que bufaba y se espeluznaba como los gatos acosados en un rincón. Esteve le dirigía de vez en cuando una mirada de curiosidad benévola, sin sentirse más ni menos turbado por sus gestos insólitos.

—Subimos hasta una altura muy respetable, pero no nos decidimos a alcanzar la cima, porque la ascensión era demasiado penosa. Maximitch ya la había llevado a cabo otras dos veces, y comprendí que no tenía gana de repetir. Nos detuvimos en una miserable aldea enclavada en la sierra, y, resueltos a pasar allí la noche, nos metimos a descansar en una casucha de donde, previamente, Maximitch había arrojado a puntapiés a su dueño. Nos sentamos a una tosca mesa, y Maximitch sacó de las alforjas una botella de ajenjo, y nos pusimos a beber, a fumar y a charlar. Aquel bruto se bebía casi puro el ajenjo: yo le echaba bastante agua.

»—Cerca de estos sitios—le dije al cabo de un rato—fué donde el tonante Júpiter encadenó al titán Prometeo a una roca, castigando la audacia de haber robado el fuego al cielo.

»—Ya lo sé—respondió Maximitch chupando un cigarro—. Conozco a Prometeo.

»Yo le miré sin comprender. Maximitch me miró a su vez con ojos chispeantes de malicia, gozando algunos instantes de mi sorpresa.

»—Sí; conozco a Prometeo, y conozco el sitio donde se halla todavía encadenado. En menos de dos horas puede un hombre de buenas piernas trasladarse allá.

»Os juro, compañeros, que al escuchar tales palabras sentí como si una nube pasara por dentro de mi cabeza, y temí caerme. Debí de mirarle con ojos tan espantados, que Maximitch soltó a reir como un loco. Entonces yo, loco también de cólera, me levanto de la silla y le grito:

»—¡Miente usted!

»Los ojos de Maximitch brillaron con una luz siniestra. Se alzó a su vez y echó mano al revólver que llevaba en la cintura; pero, haciendo un esfuerzo, se contuvo y, asiéndome de un brazo, me dijo secamente:

»—Maximitch Ivanitch no miente, y pronto te lo probará. ¡Ven conmigo!

»Salió de la cabaña, y yo le seguí entre amedrentado y curioso. El sol se estaba poniendo. Habíamos estado charlando más tiempo del que yo suponía. Caminamos por un sendero áspero, rodeamos un lomo pedregoso de la montaña, dimos vista a un valle negro, profundo. Sobre este valle parecían colgados los bosques de pinos y abetos, que se retorcían con extrañas contorsiones, como en los paisajes dantescos.

»—Es necesario bajar a este valle—me dijo Maximitch.

»—Bajemos—respondí yo resueltamente.

»Allá abajo hacía noche ya. Por encima de nuestras cabezas, las montañas se amontonaban afectando formas fantásticas, que se destacaban en el azul del cielo como gigantes sombríos y amenazadores. Seguimos la orilla de un riachuelo helado, y, después de caminar largo trecho, hallamos cerrado el paso por un enorme peñasco. Maximitch se detuvo un momento vacilante, y comenzó después a buscar algo por los contornos del peñasco, yendo y viniendo como un perro que olfatea la caza. La noche había cerrado: allá en el pedazo de cielo que las montañas dejaban al descubierto, flotaba la luna, amarilla y triste, suspendida como una lámpara sepulcral. Por fin, Maximitch, separando con esfuerzo las ramas de los abetos, me hizo ver una abertura de la peña bastante grande para que pudiera pasar un hombre.

»—¿Te atreves?—me preguntó señalando a la cueva y mirándome con ojos burlones.

»Yo no me atrevía, estaba más muerto que vivo; pero la honrilla, la negra honrilla, me hizo responder con voz apagada:

»—Sí; me atrevo.

»Maximitch penetró en la cueva, y yo le seguí. La cueva, estrecha al principio, se ensanchaba después. La obscuridad era absoluta, pero el pavimento suave, como formado de arena. Maximitch me había dado el cabo de su bastón, y, asido a él, marchaba sin temor a quedarme atrás. Cuando hubimos caminado más de media hora en esta forma mi compañero se detuvo.

»—Aquí hay un paso muy estrecho—dijo—. Es necesario echarse al suelo y pasar a rastras. Voy a hacerlo yo y, en cuanto esté del lado de allá, te llamaré.

»Sentí que me dejaba y se echaba a tierra. A los pocos instantes oí su voz:

»—Ya estoy del otro lado. ¡Al suelo!, ¡al suelo!

»Me eché, en efecto, boca abajo, y penetré por un estrecho agujero, y comencé a arrastrarme penosamente. Aquello parecía el tubo de una cañería. Mas he aquí, amigos míos, que al llegar a cierto sitio, o porque se estrechara más el tubo, o por el gran miedo que yo llevaba, observo que no puedo avanzar. Aterrado por tal observación, quiero retroceder, y tampoco puedo hacerlo. ¡Qué angustia horrorosa! Comencé a sudar por todos los poros de mi cuerpo, pero un sudor frío, el sudor de la muerte, que vi más cerca que os veo a vosotros. El instinto de conservación se reveló en mí, sin duda, y dando un grito, y haciendo un supremo esfuerzo, conseguí arrastrarme, y al instante caí en los brazos de Maximitch, que me esperaba a la salida. Me preguntó por qué había gritado; se lo expliqué y noté que se reía, y no me hizo gracia. Caminamos todavía largo rato por el túnel, en tinieblas. Al fin noté en el rostro vivo fresco, y Maximitch me dijo:

»—Estamos cerca de la salida.

»Salimos, en efecto, pero fuera hacía casi tan obscuro como dentro: la luna había desaparecido: sólo brillaban en el cielo algunas estrellas. Iba a dar un paso, pero Maximitch me retuvo fuertemente por el brazo. Me explicó que estábamos al borde de una profunda sima.

»—¿Ves ese picacho que tenemos ahí enfrente?—me preguntó—. Pues en esa roca está amarrado Prometeo.

»Yo me deshacía los ojos, pero no veía más que la enorme y obscura masa de un monte. Por encima de nuestras cabezas revolotearon con medroso rumor algunos pajarracos. Maximitch me dijo al oído que eran las águilas encargadas de roer las entrañas a Prometeo, y que se remudaban sin cesar en esta feroz tarea. Sentí un escalofrío de terror correr por todo mi cuerpo, y quise suplicar a mi compañero que diésemos la vuelta y dejásemos tales horrores; pero en aquel instante llegó a mis oídos un ruido formidable, como el de un trueno, de una voz y de un aullido al mismo tiempo. Quedé yerto: los cabellos se me erizaron.

»—¡Escucha; Prometeo está hablando!—me dijo Maximitch apretándome nerviosamente una muñeca.

»Escuché; pero no logré percibir más que unos sonidos confusos y bárbaros. Noté que eran articulados, pero su significación me escapaba por entero. Al fin creí coger una palabra: era una imprecación. Después percibí otras cuantas, y acostumbrado mi oído, logré entender que el titán hablaba en griego. Maximitch puso los dedos en la boca y lanzó un silbido penetrante. Cesó la voz sobrenatural, pero al momento volvió a sonar, haciendo una pregunta que no entendí. Maximitch, que sabía un poco de griego, respondió gritando en francés:

»—Dos hombres estamos aquí.

»—¡Ah, sois dos efímeros!-replicó también en francés la voz formidable—. ¿De dónde venís?

»—Yo soy oficial ruso—gritó Maximitch.

»—Yo soy corresponsal de El Pueblo Libre—grité con todas mis fuerzas, que eran pocas.

»—No conozco ese periódico... ¡Hay tantos!, ¡tantos!... Esa preciosa conquista me la debéis a mí, como todas las demás. Gracias a la prensa, los mortales os ponéis en comunicación espiritual al través de las distancias, conocéis vuestras miserias y tratáis de remediarlas, denunciáis las injusticias, difundís las felices invenciones de los sabios... Yo estaba orgulloso cuando vi, húmeda todavía, salir la primera hoja periódica de vuestros tórculos. Me aplaudí y me felicité de haber robado al Olimpo la sagrada chispa que pone en movimiento vuestras máquinas... Pero ¡ay!, el tirano del cielo, el brutal Júpiter, sabe desbaratar todos mis planes y los vuestros, y trueca con su mano vengativa lo útil en pernicioso... Esa maravillosa invención os mantiene en perpetuo afán, estimula noche y día la soberbia, la envidia, la cólera, fatales euménidas que no os dejan un instante de reposo. Destinada por mí a difundir entre vosotros la verdad y la justicia, hoy parece dedicada a sembrar la frivolidad y la inquietud. La fiebre de la publicidad os aniquila. Los frutos de la sabiduría no maduran ya en vuestros jardines, porque con mano ansiosa los recogéis verdes para nutrir vuestra vanidad. Y esos frutos ácidos os envenenan y enflaquecen...

»—¡Prometeo, la prensa es quien llama la atención del público hacia el mérito!—grité yo más irritado que medroso.

»—La prensa no es una corona ya, sino un rasero. El verdadero mérito corre a esconderse para no ser confundido con las eminencias que fabricáis a diario con indiferencia inconsciente, no con amor, como yo esculpía mis estatuas, infundiéndoles un soplo de vida... ¡Cuántos dolores me habéis costado, cuántos!

»—A ti te debemos, glorioso titán, la chispa del fuego que ha transformado la tierra por medio de las artes industriales. Nuestro bienestar, la civilización del género humano, dependen de ese precioso don que tú nos has hecho—le grité entonces para halagarle.

»Prometeo guardó silencio unos instantes, y al cabo exclamó, con voz aún más temerosa:

—¡Las artes industriales!... Sí; señaladas estaban en mi pensamiento para emanciparos del yugo cruel de las fuerzas, que Plutón y Neptuno manejaban en vuestro daño. Desde esta roca desolada seguí con ansiedad y alegría vuestros primeros esfuerzos, coronados, como siempre, de éxito feliz. Fuisteis señores de los mares; pusisteis riendas a los vientos, dirigiéndolos dócilmente; arrancasteis a Plutón parte de sus tesoros y calentasteis vuestros días ateridos; aprisionasteis los vapores de la atmósfera y los hicisteis servir a vuestros menesteres como esclavos de brazos poderosos; llegasteis a evocar esa otra fuerza indómita y misteriosa, creadora y destructora de los mundos, y esa fuerza, cediendo a vuestra ardiente súplica, consintió en iluminar vuestras viviendas con la clara luz del sol, en transportar vuestro pensamiento y vuestra voz al través de las montañas y los mares... Por último, llegasteis a lo que nosotros, los inmortales, jamás logramos conseguir, a burlar la cólera de Júpiter, desviando de vosotros su rayo abrasador... ¡Cuán orgulloso estaba yo de vuestros progresos! ¡Qué risa inextinguible me acometía contemplando la inquietud de Júpiter y los celos de los dioses! Mas, ¡ay!, que no es de vuestra condición el detenerse en la hora que el tiempo ha señalado, ni tampoco fijar un límite al insaciable deseo. Yo os había iniciado en la alta ciencia de los números, la que engendra la armonía entre las cosas creadas, pero vosotros muy pronto la olvidasteis. Arrastrados por ciego frenesí, no comprendisteis que de esas artes yo os había hecho el don para elevaros cada día más alto. Rompisteis las cadenas que os sujetaban a la tierra, pero en vez de remontar el vuelo, os revolcáis groseramente en ella. Vuestras prodigiosas invenciones no las utilizáis para penetrar el misterio que os rodea, para depurar y fortificar vuestro espíritu con la belleza y la verdad, para gozar la gran felicidad que en mis sueños os tenía reservada, la de amar y vivir los unos para los otros... No; si arrancáis a la Naturaleza sus secretos, es para aumentar y refinar vuestro deleite, es para dar gusto a ese vientre, que amenaza tragaros el cerebro. ¡Ah, las artes industriales sirven para embruteceros, no para deificaros!... ¿Sois felices? Decídmelo. No; la molicie jamás hará dichosos a los efímeros. Sedientos de goces y blanduras, erráis al través de la tierra como la triste Io, la virgen calenturienta y encornada, que, picada del tábano, salvaba los ríos y las montañas, sin reposarse jamás...

»—¡Pero hemos conquistado la libertad social, Prometeo!—me atreví a gritarle.

»—¡Nosotros la estamos conquistando!—gritó Maximitch con orgullo.

»—¡La libertad social!—respondió el titán—. Sí; algunos ya la habéis logrado... Yo fuí quien os prestó el más eficaz socorro, infundiendo en vuestros pechos el entusiasmo y el desprecio de la vida. ¡Cuán poco la habéis aprovechado! ¿Os ha servido para desterrar la injusticia, para vivir en paz unos con otros? Por un miserable puñado de oro lleváis la desolación a los pueblos que viven inocentes y tranquilos, bien apartados de vosotros; por el derecho de sacrificarlos, los que os llamáis civilizados os destrozáis en el campo de batalla con más furor que los tigres en el desierto. He querido libertaros de la tiranía de Júpiter, y los unos habéis caído en la de una mayoría inconsciente y grosera, los otros bajo la opresión de una oligarquía de políticos rapaces..., ¿Sabéis lo que pienso?... Que si a mí no me es posible impetrar ya nada, vosotros aún podéis reconciliaros...

»—¿Reconciliarnos con quién?—preguntó Maximitch.

Al llegar aquí en su maravilloso relato el buen Esteve, levantóse bruscamente Martínez de la silla, haciendo caer una copa y rompiéndola en pedazos.

—¡Vive Dios que tales barbaridades ninguna persona formal puede escucharlas! ¡Este hombre está borracho!

Y se dirigió a la puerta como un rayo. Antes de salvarla, Esteve le respondió con energía:

—¡No estoy borracho, no, señor mío!—pero inmediatamente añadió, bajando la voz y guiñándonos un ojo:—En aquella ocasión es posible que lo estuviese, porque Maximitch y yo amanecimos tumbados en el campo, bien lejos de la aldea donde debimos pernoctar.

RESISTE AL MALVADO

E hallaba sentado en uno de los bancos del paseo del Prado. Delante de mí jugaban unos niños. Hubo disputa entre ellos, y uno más fuerte maltrató a otro más débil. Este, llorando desesperadamente, se fué a buscar a otros amigos que jugaban un poco más lejos; vino con ellos, y entre todos tomaron cumplida satisfacción del agresor, golpeándole rudamente.

He aquí el compendio de la sociedad humana—me dije—, he aquí sus fundamentos. El delincuente, la víctima; después, la justicia reparadora. Este niño, si hubiera podido devolver los golpes recibidos, no habría acudido a sus compañeros, los cuales, en este caso, no significan otra cosa más que una prolongación de sus brazos vengadores. ¿Qué es la justicia humana con sus tribunales, sino una fuerza que se añade a la nuestra para que tomemos venganza de quien nos ha hecho daño? Por eso el conde Tolstoi, grande y escrupuloso lector del Evangelio, sostiene que no deben existir los tribunales de justicia. No resistáis al malvado; no juzguéis a vuestros hermanos; presentad la mejilla derecha cuando os hayan herido en la izquierda, etc., etc.

Pero ocurre preguntar: si los hombres no volviéramos mal por mal, y si no lo hubiéramos devuelto en una larga, serie de siglos, ¿existiría la sociedad humana? ¿Existiría el Cristianismo? ¿Evangelizaría a los rusos el conde de Tolstoi desde su finca de Moscou? El mensaje de Cristo es para la eternidad, y El mismo afirmó que los tiempos no estaban aún maduros para que fructificase su semilla. Arrojada en un campo inculto, queda asfixiada instantáneamente por las malas hierbas. Un tipo de sociedad, y de sociedad bien organizada, es necesario para que los hombres comprendan y acepten la ética del Evangelio.

Cierto que el ejemplo tiene poder sobre los hombres, pero es a condición de que el medio en que se produce sea adecuado. Un misionero todo dulzura y mansedumbre va a predicar moral evangélica a un país de antropófagos, y se lo comen; otro va después, y pasa lo mismo. Y aquel estado de antropofagia se prolonga varios siglos. Pero envía Inglaterra un buque de guerra, dispara unos cuantos cañonazos, establece una factoría, y, al cabo de pocos años, aquella tribu de hombres feroces se transforma en una ciudad cristiana.

Esta es la historia de la Humanidad. La palabra de Cristo se dirige al hombre, no al bruto. Para que el reino de Dios venga a nosotros, es necesario que la espada lo prepare. Domesticar al bruto es la obra de la civilización, y quien a ella se oponga, no quiere el reinado de Dios. A la Humanidad no le interesa mucho que exista un San Francisco de Asís, si en su misma atmósfera alentaban cien mil verdugos. Lo que verdaderamente le importa es que exista un medio social en que estos verdugos no sean posibles. La religión obtendrá en este mundo la última palabra, pero el género humano ha pronunciado antes, y todavía, ¡ay!, debe pronunciar, otras bien amargas.

¡Oh, Maestro Divino!, triste es confesarlo, pero hay que confesarlo: para subir a la Montaña en que has pronunciado aquel sermón de amor necesitamos un ferrocarril funicular. Las sublimes palabras que balbuceaste desde la Cruz no llegan a nuestros oídos si no vienen precedidas del estampido del cañón.

PERICO EL BUENO

UESTROS ideales no siempre se armonizan con las tendencias secretas de nuestra naturaleza, como afirman los filósofos moralistas. Por el contrario, he visto en muchos casos producirse una disparidad escandalosa.

He conocido avaros que admiraban profundamente a los pródigos, que hubieran dado todo en el mundo por parecérseles..., menos dinero. Había un comerciante en mi pueblo que pasó toda su vida contándonos lo que había derrochado en un viaje que había hecho a París, sus francachelas, la cantidad prodigiosa de luises que había esparcido entre las bellezas mundanas. Se le saltaban las lágrimas de gusto al buen hombre narrando sus aventuras imaginarias.

Voy a contar ahora la de Perico el Bueno. Ni yo ni nadie en el pueblo sabía de dónde le venía este sobrenombre. Pero menos que nadie lo sabía él mismo, a quien enfadaba lo indecible. No había en el Instituto un chico más díscolo y travieso. Era la pesadilla de los profesores y el terror de los porteros y bedeles. En cuanto surgía en el patio un motín o una huelga, podía darse por seguro que en el centro se hallaba Perico el Bueno; si había bofetadas, era Perico quien las daba; si se escuchaban gritos y blasfemias, nadie más que él los profería.

Parece que le estoy viendo, con un negro cigarro puro en la boca, paseando con las manos en los bolsillos por los pórticos y arrojando miradas insolentes a los bedeles.

—Señor Baranda—le decía uno cortésmente—, tenga usted la bondad de quitar ese cigarro de la boca: el señor Director va a pasar de un momento a otro.

—Dígale usted al señor Director que me bese aquí—respondía fieramente Perico.

El bedel se arrojaba sobre él; le agarraba por el cuello para introducirle en la carbonera, que servía de calabozo. Perico se resistía; acudía el conserje: entre los dos, al cabo de grandes esfuerzos, se lograba arrastrarlo y dejarlo allí encerrado.

Parece que le veo también en la clase de Psicología, Lógica y Ética disparando saetas de papel y haciéndonos reir con sus muecas. El profesor era un hombrecillo redondo y bondadoso que gustaba de los símiles.

—Señor Baranda, a la manera que la manzana podrida se separa de las otras para que no las contamine, me hará usted el favor de apartarse de sus compañeros y sentarse en aquel rincón de la derecha.

Perico no se movía una pulgada de su puesto.

—Señor Baranda, hágame usted el favor de separarse—repetía el profesor.

—¡Que se separen las manzanas sanas!—respondía Perico alzando los hombros con ademán desdeñoso.

El profesor insistía, trataba con razones y amenazas de persuadirle. Todo era en vano. Al cabo nos decía, un poco avergonzado:

—Vaya, vaya; tengan ustedes la bondad de separarse y dejarlo solo.

Y henos aquí a los treinta o cuarenta muchachos que componíamos la clase levantándonos de nuestros asientos y apartándonos algunos metros del rebelde.

Por supuesto, estoy en fe de que no se le formaba consejo de disciplina y se le arrojaba para siempre del Instituto por respetos a su padre, don Pedro Baranda. Este señor era un industrial que poseía una fábrica de ladrillos en las afueras de la población, excelente persona y, además, uno de los jefes del partido republicano. Como nos hallábamos en plena revolución, ningún profesor osaba malquistarse con él.

Perico sufría horriblemente cada vez que se oía llamar el Bueno. Rechinaba los dientes, y si era algún chico de su edad quien le injuriaba de este modo, se arrojaba sobre él y le hinchaba las narices. Porque es de saber que Perico era bravo, y, aunque no muy fuerte, prodigiosamente ágil y diestro en toda clase de ejercicios. Nadie le aventajaba en la carrera ni en el salto, ni nadie jugaba como él a las puentes y al pido campo. Recuerdo que una tarde en que por instigación suya hicimos novillos y, en vez de asistir a la clase de Retórica y Poética, nos fuimos a poetizar al campo, como nos alejáramos demasiado y se llegara el crepúsculo, tuvimos miedo de no estar al Angelus en casa, como nuestros padres nos tenían prevenido. Nos hallábamos cerca del puente por donde cruzaba la vía férrea. Perico ve llegar el tren a toda marcha y, sin decirnos palabra, se encarama sobre la barandilla y se arroja sobre una de las plataformas, logrando ganar sano y salvo la población en pocos minutos.

¿Por qué no he de confesarlo? Yo le admiraba, y fuí su amigo sincero. Él me mostró siempre también particular predilección, y desahogaba conmigo sus penas. Una de las mayores era aquel ridículo apodo que sobre él pesaba. Le parecía el colmo de la degradación.

—¡Mira tú—me decía algunas veces sonriendo, con amargura—que llamarme a mí Perico el Bueno, cuando soy más malo que un dolor a media noche!

No podía sacarse esta espina del ojo.

Cuando nos hicimos bachilleres le perdí de vista. Yo me vine a Madrid, y él se quedó en el pueblo. Algunos años después le hallé completamente transformado. Había muerto su padre, y se había puesto al frente de la fábrica, y se había metido en política. Era un hombre grave, silencioso, pero siempre enérgico y dispuesto a encolerizarse por cualquier bagatela. Sus ideas políticas, exageradamente radicales, casi anarquistas, y cuando llegaba el momento, las expresaba con una violencia y un cinismo que ponía en suspensión y espanto a los pacíficos habitantes de nuestra villa. De religión no había que hablar: Perico se había declarado enemigo nato del Supremo Hacedor, y al final de cualquier francachela con sus amigos hablaba, como cosa natural y sencilla, de beber la sangre del último rey en el cráneo del último sacerdote.

¡Y, sin embargo, en la población seguía nombrándosele Perico el Bueno! Claro está que era por la espalda, pues cara a cara nadie hubiera osado darle este apodo infamante.

Pronunciaba conferencias en el Centro Obrero y arengaba a las masas en todas las manifestaciones republicanas con mucho más calor que elocuencia. Su espíritu no se nutría más que de los artículos de fondo de los periódicos radicales y de los libros de los filósofos materialistas de última hora. El de Büchner Fuerza y materia era su evangelio. Pero en los últimos tiempos, poco antes de llegar yo al pueblo, habían caído en sus manos algunas obras de Federico Nietzsche y las había devorado con verdadera glotonería, y sin digerirlas muy bien, hacía uso de ellas para aterrar a sus convecinos. Todas las virtudes eran para él objeto de feroces sarcasmos: la bondad no significaba más que impotencia; la humildad, bajeza; la paciencia, cobardía. Exaltaba, en cambio, la crueldad, la astucia, la audacia temeraria, el carácter agresivo, como instintos preciosos que aumentan nuestra vitalidad y hacen la vida más bella y más intensa. «¡Es menester decir «sí» al mal y al pecado!», repetía a cada instante en el Casino, en medio de la estupefacción de los inocentes burgueses que le escuchaban. Hablaba de demoler los hospitales, los asilos y hospicios, como centros de putrefacción donde se guarda con esmero la podredumbre humana, que luego se esparce y nos envenena a todos; se entusiasmaba con la costumbre espartana de despeñar a los niños mal configurados, y hasta hallaba razonable la de sacrificar a los viejos e impotentes... En fin, un verdadero horror.

Si alguno de los circunstantes quería atajarle y responder a tales atrocidades, Perico se encrespaba, y chillaba tanto y tan alto, que había que dejarle.

Cierta tarde, en el Casino, se complacía en atacar y burlarse de la santidad, repitiendo las paradojas del filósofo que le había sorbido el seso.

—Existen ciertos hombres—decía—que sienten una necesidad tan viva de ejercitar su fuerza y su tendencia a la dominación, que, a falta de otros objetos, o porque han fracasado siempre, concluyen por tiranizar alguna parte de su propio ser. La santidad, en último término, es cuestión de vanidad.

Un ilustrado profesor del Instituto tuvo la mala ocurrencia de replicarle:

—Pero, señor Baranda, ¿hay hombre alguno sobre la tierra, tan desprovisto de fuerza, que no pueda hacerla sentir de algún modo a sus semejantes? Yo he conocido mendigos tullidos, enfermos, seres sumidos en las más profunda abyección, que dejaban cerillas encendidas en los pajares y ponían cristales en los caminos para que se hiriesen los transeuntes.

Perico reprimió con trabajo su cólera y trató de hablar con calma.

—Le digo a usted que es cuestión de vanidad y, además, de pasión. Bajo la influencia de una emoción violenta, el hombre puede determinarse, lo mismo a una venganza espantosa, que a un espantoso aniquilamiento de su necesidad de venganza. En un caso o en otro, sólo se trata de descargar la emoción.

—Pero la pasión no es más que la exaltación del sentimiento—manifestó el catedrático—. Para que exista la emoción religiosa capaz de producir el ascetismo, es necesario que haya existido antes el sentimiento religioso. No es, pues, la pasión religiosa la que usted nos debe explicar, sino el sentimiento de donde procede. Que el hombre, acometido y dominado por una excesiva emoción, puede determinase a obrar de un modo monstruoso y hasta contrario, no ofrece duda. Pero el «porqué» y el «cómo» se ha producido tal emoción es lo que debemos investigar. Si en algunos casos los efectos del amor y del odio pueden ser los mismos, porque el fuego de la exaltación consuma y borre las diferencias, no por eso dejarán de ser radicalmente sentimientos distintos y contrarios.

—Bien; pues aunque no fuese cuestión de vanidad y de pasión, yo no puedo menos de despreciar profundamente a esos castrados—repuso con tono y gesto despectivo Perico—. Después de todo, esos eunucos, incapaces de gozar de la vida, sólo tratan de hacerla más llevadera sometiéndose vilmente a una voluntad extraña o a una regla. Son en el fondo unos epicureístas, aunque bien ridículos.

—¡Rara manera de hacer la vida dulce el obedecer a un superior caprichoso, colérico o estúpido!—exclamó el profesor—. Y aunque por un esfuerzo de la voluntad lograsen no sentir el resquemor de las humillaciones, ¿cómo evitar el sufrimiento que producen las incomodidades físicas? ¿Es más ligera la vida para el que no tiene un instante suyo, a quien se obliga a comer manjares que le repugnan, velar cuando tiene sueño, dormir cuando no lo tiene, viajar cuando se halla fatigado y reposar cuando siente necesidad de movimiento, que quien dispone libremente de su actividad? El filósofo Epicuro se maravillaría, ciertamente, de que considerasen discípulos suyos a San Antonio y San Francisco. Porque si para él la serenidad intelectual y moral significaba el placer más grande de la vida, juzgaba igualmente el bienestar físico como condición para la tranquilidad moral, y los placeres del cuerpo, sobre todo el del vientre, como raíz de los placeres del alma.

Los tertulios se pusieron de parte del catedrático, y con esto Perico se enfureció y comenzó a disputar a gritos y a soltar interjecciones soeces, como tenía por costumbre desde niño. De tal modo, que su interlocutor, impacientado, al fin, alzó los hombros con desdén y no quiso continuar la discusión.

Pocas semanas después de esto, hallándose bastante gente paseando por la acera de la plaza de la Constitución, se declaró un violento incendio en el Círculo Tradicionalista. Ocupaba éste en la misma plaza una casa que constaba de un solo piso. A esta hora, que era la del crepúsculo, había pocos socios, que se echaron a la calle prontamente. El conserje había salido a un recado. La multitud se apiñó delante del edificio y comenzaron los trabajos de extinción, que se redujeron a que subiesen algunos a los tejados contiguos con cántaros de agua para impedir que el fuego prendiese a las otras casas. Se esperaba a los bomberos, pero no acababan de llegar.

El fuego era terrible, y las llamas salían ya por las ventanas. De pronto se escuchan lamentos desgarradores en la calle. Una mujer desgreñada, pálida como una muerta, corría hacia la casa, gritando:

—¡Mis hijos!, ¡mis hijos!

Era la esposa del conserje, que habitaba en los altos de la casa. Nadie se había dado cuenta de que en ella había encerradas cuatro criaturas, la mayor de siete años. Quiso lanzarse a la puerta, pero la sujetaron algunas manos: la escalera estaba ya invadida, y marchaba a una muerte cierta.

—¿Dónde están sus hijos?—le preguntó Baranda, que la tenía agarrada por un brazo.

—¡Allí!, ¡allí!—gritaba la infeliz mujer, señalando a la derecha del edificio—. ¡Soltadme, por Dios!

Perico Baranda la soltó, pero fué para lanzarse a las ventanas enrejadas del cuarto bajo y escalar con la agilidad de un mono los balcones del primero. Se le vió desaparecer: un minuto después aparecía con una niña entre los brazos. De la muchedumbre partió un grito de alegría. Se arrimó una escala, y varias manos recogieron a la criatura.

Perico se lanzó de nuevo intrépidamente al interior. Poco después salía con otra niña. Se le vió con la ropa chamuscada, el rostro ennegrecido.

—¡Refrescadme, voto a Dios! ¡Refrescadme, refrescadme!—gritó con voz ronca.

Desde los tejados contiguos se le arrojaron algunos cubos de agua, pero no llegaron a él. Un hombre subió por la escala con una herrada, y se la vertió sobre la cabeza.

Perico se lanzó otra vez al interior, a pesar de que las llamas salían ya por todas partes y era inminente el derrumbamiento del techo.

Poco después asomaba con otro niño.

—¡Refrescadme, refrescadme!

Esta vez venía tan desfigurado, que apenas se le podría reconocer. A simple vista se notaba que tenía heridas las manos y el rostro. Parecía que iba a caer exánime.

—¡Refrescadme, refrescadme!

—¡Basta, Perico, basta!—gritaron algunos.

—¡No basta, mal rayo que os parta, que hay un niño dentro todavía!—rugió Perico.

Y en cuanto le echaron otra herrada de agua sobre la cabeza, se lanzó de nuevo al interior.

¡Terrible momento de angustia! Todos los corazones latían con violencia. Un segundo más...

Se escuchó un ruido espantoso. El techo se había venido abajo, y Perico no volvió a aparecer. Un grito de dolor salió de todos los pechos, y las lágrimas corrían por todas las mejillas.

Al día siguiente se encontró su cadáver carbonizado abrazado al de una criatura de pocos meses.

Se depositaron aquellos preciosos restos en un ataúd dorado. La población entera, viejos y jóvenes, mujeres y niños, lo siguieron al cementerio. El ataúd, cubierto de coronas, marchaba deteniéndose a cada instante, porque los hombres se disputaban el honor de llevarlo sobre los hombros aunque fuese un minuto.

Cuando llegó, quedó literalmente sepultado entre flores.

El instinto popular no se había engañado. El alcalde de la villa, interpretándolo, hizo grabar sobre su tumba estas sencillas palabras:

«AQUÍ YACE PERICO EL BUENO