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Paris en América

Chapter 11: CAPITULO X. La cocina infernal.
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About This Book

A witty, first-person travel satire offers a series of descriptive episodes and ironic digressions that contrast democratic institutions and popular customs across the Atlantic. Through humorous anecdotes and playful language the narrator probes equality, liberty, social manners, commerce, and civic life, asking how political ideals become lived practices. The text alternates reportage and reflective commentary, balancing comic observation with pointed social and moral critique about the promises and limits of popular freedom.

Esto era demasiado! Yo, el doctor Lefebvre, yo un sábio, un bourgeois en mi pais, convertido así en aliado de un especiero, y debiéndole favores!

Es cierto, amo la igualdad: soy francés, y tengo por evanjelio los principios de 1789. Que proclamen esta igualdad y la anuncien en todas partes, lo exijo; que la pongan en nuestras leyes, lo consiento: las leyes no se aplican jamás; pero que se haga descender esa igualdad á nuestras costumbres, nunca! El hombre que no hace nada estará siempre arriba del que se ensucia los dedos trabajando.

Iba á romper el encanto y á rehusar esa fortuna pérfida, cuando por invitacion de mi mujer, cada uno de nuestros vecinos aceptó una tajada de jamon y una taza de té....

—Daniel, me dijo Jenny, estamos todos en la mesa, decid la bendicion.

—Querida mia, estoy tan conmovido que no sé lo que hago.—Ocupad mi lugar y hablad por mi.

—Dios mio, dijo Jenny, bendecid esta casa y á todos los que están en ella. Bendecid sobre todo á los que se alejan, y que entre ellos, Señor, no halleis sino corazones puros y obedientes.

Todos respondieron: Amen, con voz tan sincéra que el curso de mis ideas se trastornó. Miré á mis amigos, á mis hijos, á mi mujer: á Green que con tanta simplicidad hacia la fortuna de mi familia: á Enrique, que á los diez y seis años, con la resolucion de un hombre y el ardor de un niño, queria conquistarse á fuerza de trabajo un puesto en el mundo y no retrocedia ni ante el peligro ni el destierro; á Susana y Alfredo que se amaban con un amor tan tierno y tan puro, á mi mujer en fin, mi buena Jenny, que no se ocupaba sino de los demas, atenta y abnegada, la vida y el alma de la casa, la reina de esta colmena, de donde se escapaba el enjambre!

Y yo, moscardon inútil, que no sabe sino murmurar, me decia, voy á quedar solo en este hogar, animado en otro tiempo por la alegria de Susana y de Enrique. Rose tenía nueve hijos; Green quince: Dios bendice las grandes familias, y cuando queremos ser mas sabios que él, confunde nuestra falsa prudencia, condenándonos al aislamiento que nosotros mismos hemos buscado.

Miraba á mi mujer, jóven todavia, fresca y de una robustez graciosa; y me decia........no recuerdo lo que me decia, cuando Zambo entró, empujando la puerta, con aire asustado y gritando:

—Arrebato! arrebato!—escuchad—llaman á fuego.


CAPITULO VII.
El incendio.

Al primer grito de Zambo, el boticario corrió á la ventana, en seguida volviéndose hácia Green:

—Teniente le dijo, es á nosotros á quienes llaman; el incendio es en la duodécima avenida.

—Sarjento, soy con vos, dijo el especiero levantándose. Doctor, agregó golpeándome en el hombro, alerta! el carruaje no espera.

—Bueno! me dije, viéndolos salir acompañados de Alfredo y de Enrique, hélos ahí que juegan á la guardia nacional. La guardia nacional! es un regalo que la América nos ha enviado con el ciudadano Lafayette, y que nos ha aprovechado lindamente! Corred á esa parada inútil, queridos amigos, y que os haga buen provecho!, por mi parte, me quedo en casa. Qué es ese carruaje de que habla Green? ¿Se imajina él, que yo voy á correr como un papanatas, al espectáculo del incendio en un pais donde, segun dicen, el fuego aparece todos los dias?

Me aproximé á la ventana: torbellinos de humo subian al cielo arrojando chispas. El fuego tomaba cuerpo.

—Lijero, amo, lijero, el carruaje se aproxima, me dijo derepente Marta.

Me dí vuelta: frente á mi estaba Zambo, con una hacha en la mano, y un casco de cuero curtido en la cabeza: Marta tenia una chaqueta de paño negro, y un ancho cinturon jimnástico: era mi uniforme. Yo era bombero!

Bombero! yo! quería protestar contra este nuevo ultraje de la suerte; pero Marta se habia apoderado de mi. En un abrir y cerrar de ojos, me hallé vestido, ceñido, con el casco puesto, armado é izado sobre el techo de un omnibus inmenso que contenia en sus flancos una máquina á vapor, toda humeante. Dos magníficos caballos negros llevaban al galope bomba y bomberos.

—No temas nada, Daniel, gritó Marta, con el brazo levantado, vas á servir á Dios; el Altísimo te arrancará de entre las llamas, como ha salvado á Sidrach, á Misach y á Abdenago, sus servidores.

Esta bendicion bíblica me hizo temblar; olia á quemado.

—Singular idea, esclamé, la de arriesgar su pellejo por desconocidos, cuando podria pagarse á los bomberos.

—Qué es lo que decis doctor, interrumpió una voz ágria que me hizo reconocer á mi vecino Reynard en el attorney[14] Fox.—Ciudadanos, agregó, recitando quizá un viejo alegato, si quereis ser libres, sed vosotros mismos vuestra policia y vuestro ejército. Darse guardianes, es darse amos. Mi querido amigo, continuó en tono natural, ¿dónde habeis tomado esas ideas del otro mundo? ¿no sois amigo de la libertad?

—La libertad ante todo! me apresuré á contestar, un poco avergonzado de mi debilidad. Correr al socorro de sus conciudadanos es un deber y un placer que no cedo á nadie; tengo orgullo en ser bombero!

—Menos que Green, querido vecino, respondió el hombre cara de zorro. Ese sí que vá contento al incendio! El es diabólicamente fino, agregó hablándome al oido; devilish smart, repitió cuatro veces, guiñándome el ojo, y haciéndome señas con la nariz y la barba.

Abrió su tabaquera, suspiró y tomando dos veces lentamente tabaco: Nuestro Capitan, dijo, el bravo coronel Saint-John se retira, Green es teniente y ambicioso. Quiere ser Capitan con el objeto de elevarse mas alto. El es diabólicamente astuto; pero aunque tiene cuidado de ocultar sus cartas, yo leo en su juego.

Fox no habia concluido todavia sus insidiosas confidencias, y ya habiamos llegado: Ninguna policia, ninguna precaucion habia sido tomada; un pueblo de curiosos estaba alineado en las veredas, y por suerte dejaba libre el medio de la calle, la máquina fué instalada en un instante, desencadenados los pistones, el agua corria por todas partes. Mientras que el teniente reconocia el foco principal del incendio y daba sus órdenes, púseme á dirijir los tubos con mi amable vecino.

Frente á nosotros estaba una casa presa toda del fuego. Las llamas habian roto las ventanas y salian en torbellinos. Derrepente, se escucharon gritos desgarradores en el primer piso. Una figura blanca pasó como una sombra. Una voz de mujer pedia socorro. Al instante, Green, apoyando una escalera á lo largo de la pared, subió y desapareció en medio del humo.

Diabólicamente fino, me dijo Fox con un gesto satánico, devilish smart; juega cerrado, el ambicioso!

—Por aquí muchachos, por aquí, gritaba Rose, enteramente ocupado de ahogar el incendio. Levanté á fuerza de brazo el pesado tubo; pero no podia quitar la vista de la ventana por dónde Green habia entrado. El corazon me saltaba, la inquietud me ahogaba.

En el mismo instante reapareció Green, con una mujer en los brazos, y descendió en medio de los hurras de la multitud.

Apenas en el suelo, la mujer se incorporó:—Mi hijo, gritó, donde está mi hijo, dónde está mi hija?—Todo su cuerpo temblaba, lloraba, levantaba los brazos hácia la ventana incendiada y queria arrojarse en aquella hornaza. Se procuró en vano retenerla, se escapaba de nuestras manos, corria á la casa, y, rechazada por la llama, retrocedia lanzando gritos terribles y arrancándose los cabellos.

Todos nos mirábamos. La llama rujia como la tempestad, el techo incendiado iba á desplomarse. El niño estaba perdido. No sé lo que en ese momento pasó en mi alma: la vista de aquella pobre madre, las palabras de Marta, el ejemplo de Green, la idea de que yo era francés, qué sé yo?—fué una embriaguez que me subió á la cabeza—Corrí á la escalera, y estuve arriba antes de saber lo que hacia.

Rose quizo detenerme:—Soy padre, esclamé, no dejaré que ese niño muera!

Una vez en la habitacion, tuve miedo. Las llamas silvaban á mi alrededor, los ensamblados crujian, los cristales estallaban: era aquello un ruido siniestro. Sofocado por el calor, enceguecido por el humo, llamé, nadie respondió; grité, ni el éco resonó. Estaba desesperado, cuando una lengua de fuego roja, atravezando la oscuridad me mostró frente á mi una puerta cerrada. Romper la cerradura de un hachazo, entrar en la habitacion, correr á la cuna donde lloraba un niño, apoderarme de este tesoro, fué cosa de un instante; qué alegria! pero fué corta. Rodeado de humo, casi afixiado, no sabia donde estaba; el corazon me palpitaba, la cabeza me daba vuelta, estaba perdido.

—Por aquí, doctor! por aquí, Daniel! gritaba la voz de Rose; avanzad, pero reculando, atencion!

El consejo era prudente, apenas me habia dado vuelta, un vigoroso chorro de agua dirijido por la hábil mano del boticario, me inundó de piés á cabeza, á riesgo de voltearme. Gracias á esta diversion estratéjica, que contuvo por un instante el fuego y disipó el humo, ví la ventana, corrí á ella, y enhorquetándome en la escalera; me dejé deslizar hasta el suelo, negro y humeante como un tison mojado. Un instante despues el techo se hundia con espantoso estrépito. Marta tenia razon: Dios me habia tratado como á Abdenago.

Decir la alegria de la pobre madre sería cosa inútil. El mas feliz era yo, que habia salvado á un niño y sostenido el honor del nombre francés. Mi locura me habia costado algo: tenia una parte de mis cabellos chamuscados, una mejilla asada y el brazo izquierdo quemado de puño al codo:—¿qué era esto despues de lo que habia ganado?

Una hora cuando mas despues del suceso, volvíamos á nuestro barrio, dejando á los recien venidos el cuidado de estinguir los restos humeantes. Trepé listamente, y con la cabeza erguida, á ese mismo omnibus en que por la mañana habia subido tan de mala gana. Fox estaba allí, guiñando el ojo, como si fuese tuerto.

—Green es pillo, dijo, dándome un codazo en el brazo enfermo, lo que me hizo estremecer, pero vos sois endemoniadamente mas pillo que él. Hurrah al capitan Smith! agregó frotándose las manos.

No le respondí: un nuevo espectáculo me ocupaba enteramente.

A lo largo de las veredas estaba alineada una inmensa multitud en un órden increible. Casi todos los hombres tenian un papel en la mano, que ajitaban á nuestro paso.

—Hurrah al bravo teniente! Hurrah á Green! gritaban. Hurrah á Smith! Hurrah al bombero heróico!

—Helos ahí, se decian señalándonos con el dedo. Aquel, es Green; ese otro, es Smith! Hurrah! Los sombreros se alzaban, flotaban los pañuelos y las mujeres nos mostraban á sus hijos, que ajitaban sus manecitas como si nos bendijeran. ¿Por medio de qué misterio sabia ya toda la ciudad mi nombre y mi accion?—lo ignoraba, y no lo preguntaba. Uno se habitúa pronto á la gloria; pero la emocion comenzaba á dominarme. Habia tenido fuerzas para contemplar á la multitud con la modestia y la calma de un héroe. Al aproximarme á mi casa derramaba lágrimas. El pueblo rodeaba á Jenny, á mi hija, á Marta que predicaba, y á Zambo que bailaba como un niño. Me eché en sus brazos, y, apesar de mi figura de deshollinador sabe Dios, con cuanto cariño abrazó á todos. Creo que estaba tan negro como Zambo.

Antes de entrar en casa, Jenny me mostró sonriendo la imprenta que estaba frente, la del Paris-Telegraphe, ese diario sedicioso. Un inmenso cartel se elevaba en lo alto de la casa, y de una media legua podia leerse lo que sigue:

QUINTA EDICION

PARIS-TELEGRAPHE

HORRIBLE INCENDIO
¡¡¡El bravo teniente GREEN!!!
¡¡¡El heróico bombero SMITH!!!

FRASE SUBLIME:
¡Soy padre no dejaré morir ese niño!
50,000 ejemplares vendidos
en prensa la SEXTA EDICION

Era aquel el templo donde se distribuía la gloria: ¡allí habia con que curar la vanidad!

¡Ah!—¡Con qué placer corrí á la sala del baño para meterme en el agua, emblanquecer mi cara y refrescar mi brazo quemado! Esta vez encontré admirable la invencion que ponia á toda hora agua caliente en mi habitacion. En cuanto á Zambo, no quiso dejarme, so pretesto que el Amo tenia necesidad de sus servicios y que no podia pasarse sin él. El buen muchacho tenia necesidad de hacerme hablar para darse importancia en la vecindad. Mi gloria era la suya, él era el que habia entrado en las llamas, por procuracion.

Cuando descendí á la sala, la oficina del París Telegraphe, estaba todavia asediada por los compradores, sin poder dar abasto á los pedidos; la multitud se estrujaba bajo nuestras ventanas procurando verme. Con mi brazo en cabestrillo, mi mejilla señalada, y mis cabellos quemados, podia creerme un héroe.

Muy luego, y para que nada faltase á la alegria de este dia feliz, vino la música de los bomberos á darme una serenata, con toda la compañia y Green á la cabeza, que me dirijió un discurso.

En este speech, bastante bien redondeado, el especiero con una modestia conmovedora, se olvidaba á si mismo para no hablar sino del valor que yo habia desplegado, y, á nombre de la compañia, me rogaba aceptase el puesto de capitan.

—¡Camaradas! ¡amigos! esclamé, me siento confundido por vuestras bondades, pero no quiera Dios que olvide el ejemplo que me ha dado el teniente Green, y el socorro que he recibido de Rose, ¡el bravo sarjento! Al primero, debo el honor de una buena accion; al segundo, debo la vida. Permitidme pues que no olvide esta deuda de gratitud y que siempre considere como mis jefes al excelente Green y al jeneroso Rose. Quiero permanecer con vosotros, camaradas; como vosotros, simple bombero, en un pais libre. Orgulloso de vuestra amistad y de vuestro heroismo, no cambiaria nuestro modesto uniforme por el traje de capitan jeneral. ¡Viva la América y la libertad!

Mi respuesta tuvo éxito, sobre todo el final que no valia nada. Green se arrojó en mis brazos; Rose hizo otro tanto, y Fox, llamándome á parte, me dijo al oido:

—Sois diabólicamente astuto, camarada, veis lejos; pero es lo mismo, os comprendo. Y guiñó los dos ojos á la vez, lenguaje misterioso cuyo alcance no entendí.

A una señal de Green, comenzó de nuevo la serenata. Al mismo instante ví ascender un cuadro á lo largo de la imprenta del París Telegraphe, como un pabellon que se iza en el gran mastelero. Sobre este cuadro trasparente é iluminado por linternas de colores, se leia la siguiente inscripcion en caracteres de un pié de alto:

OCTAVA EDICION.

PARIS-TELEGRAPHE.

HORRIBLE INCENDIO.

¡¡¡El heróico bombero Smith, el nuevo Cincinato!!!
DE QUE MODO LA AMERICA RECOMPENSA LA VIRTUD.
100,000 EJEMPLARES VENDIDOS.
En prensa la nona edicion.

Qué quiere decir esto? esclamé. Zambo id á buscarme el diario; hay aquí una broma de mal gusto.

Traido el diario, leí, con gran sorpresa mia, el discurso de Green, y mi respuesta. Lo habian taquigrafiado é impreso durante la sesion. Lo que me valia el título de Cincinato: era mi renuncia. ¿Porqué? jamás lo he sabido; pero la palabra hacia buen efecto en el cartel. Debe ser alguna cosa un hombre que se llama el nuevo Cincinato.

A continuacion de mi speech y bajo el epígrafe ridículo: De qué modo la América recompensa la virtud, se leian las dos cartas siguientes:

EL CISNE.

COMPAÑIA DE SEGUROS CONTRA INCENDIOS.

CALLE DE LAS ACACIAS N.ᵒ 10.

(Capital social 10 millones de dollars. Parte de los beneficios distribuidos á los asegurados).

“Señor:

“El valor que habeis desplegado en el incendio de esta mañana os ha señalado á la atencion del consejo de la compañía.

“Está vacante el puesto de médico consultante, para examinar las heridas y accidentes resultados de el incendio.

“Esperamos que nos hareis el honor de aceptarlo. Los honorarios son de 400 dollars.

El director de la compañía X. X.

“Al Dr. Daniel Smith, bombero de la séptima compañia.”

LA PROVIDENCIA.

Hospicio de niños, sostenido por suscripcion privada de 10 dollars por año.

CALLE DE LOS NOGALES N.ᵒ 25.

“Señor:

“El médico que ha pronunciado las bellas palabras: soy padre, no dejaré morir á ese niño, es al que su abnegacion y su talento llaman naturalmente á cuidar de los niños expósitos.

“El puesto de primer médico de nuestro hospicio está vacante; esperamos que os dignareis aceptarlo.

“Servicio: todos los dias de seis á ocho. Honorarios 2,000 dollars.

Los administradores del Hospicio R. T.

“Al Sr. Dr. Daniel Smith, bombero de la séptima compañía.”

—Zambo, pregunté: ¿han traido cartas para mí?

—No amo, el cartero no ha venido.

—Es imposible, á menos que no haya alguna mistificacion en este diario.

—Golpean á la puerta, amo, dijo Zambo, escuchad: uno, dos, tres, es el correo, corro.

El negro me trajo cuarenta cartas, una montaña de papel. Unos enfermos me preguntaban la hora de mi consulta, otros me rogaban fuese á verles lo mas pronto posible, cuatro cófrades me llamaban en consulta, seis farmacéuticos me ofrecian una asociacion, y en fin, cosa rara, dos cartas cuidadosamente lacradas me anunciaban confidencialmente lo que el Paris-Telegraphe habia publicado ya, con una indiscrecion, que en el fondo yo perdonaba.

Ya era célebre! Mi fortuna comenzaba. Un dia, una hora de valor me daban un nombre y hacía mas por mi en América, que lo que habia conseguido en el viejo continente durante veinte años de trabajos. Pero, pensé, y este pensamiento me volvió la humildad de que tenia tanta necesidad, sin ese diario charlatan, sin esa trompeta que ha lanzado mi nombre á todos los écos del Nuevo Mundo, habria yo conseguido algo? Mi primera idea, desde luego, fué dar las gracias al periodista, fuese quien fuera. Era demasiado tarde, la oficina estaba cerrada, el cartel apagado, mi gloria desvanecida. Dejé mi visita para el dia siguiente.

La noche la pasé con mis antiguos amigos, mi mujer y mis hijos. Todos ellos hacíanme repetir los mas pequeños detalles del terrible y glorioso suceso: Jenny palidecía cuando hablaba de mis peligros y se sonrojaba cuando referia la alegria de la madre al ver de nuevo á su hijo. Susana me estrechaba la mano y miraba á Alfredo.

Creo que la conversacion habria durado toda la noche, si Marta no hubiese colocado sobre la mesa una enorme Biblia, forrada en zapa, y cerrada por grandes broches de cobre.

—Lée, me dijo; y calma tu vanidad; no olvides la historia de Aman, hijo de Amadatha, de la raza de Agag; y no olvides que aquí hay un Mardaqueo que no se arrodillará ante tu presencia.

—Estad tranquila, Marta, le respondí riendo, á mi puerta no hay una potencia de cincuenta codos de altura, y yo no quiero colgar á nadie.

Jenny abrió la Biblia y nos leyó el tercer capítulo de Daniel, lo que encantó á la cuácara, desagradó á Zambo y me hizo reflexionar sériamente sobre la bondad de Dios para conmigo. Cuando nos separamos despues de un dia tan bien empleado, la noche estaba un poco avanzada. Me arrojé en la cama fatigado, sufriendo un poco, pero contento de mí mismo: y, toda la noche soñé con serenatas, carteles, hurrahs y discursos.


CAPITULO VIII.
Truth[15], Humbug[16] y Ca.

Apenas me disperté, corrí á la ventana; queria gozar de mi celebridad naciente, y contemplar una vez mas mi nombre proclamado por arriba de los techos. El tablero estaba en su lugar; todos los pasantes le echaban la vista, pero, oh vanidad de las glorias humanas! he ahí lo que leian:

Llegada del Persia.

GRANDES NOTICIAS DE EUROPA.

Lóndres—Consol. 93¾.

Liverpool—algodones—alza de 20%.

Puerco salado (Cleveland) se piden 4,000 barricas á 14 dollars.

A los agricultores—ocasion única.

Cuatro hermosos asnos de Italia, padres de primera clase.

Dirijirse á MM. Ginocchio hermanos. 70. William-Street.

—Pueblo de mercaderes! esclamé mostrando el puño á los pasantes, raza grosera que hace marchar revueltos y al mismo paso los negocios, los sentimientos, el algodon y las ideas—doy gracias á Dios de no pertenecerte. Viva el pais del ideal, viva la Francia, que se la arrastra siempre con una palabra sonora, la Francia que, alabado sea Dios! no piensa jamás en sus intereses sino cuando es demasiado tarde! Nuestra locura vale mas que la prudencia de estos Yankees; nuestra pobreza es mas noble que su riqueza. Cuatro asnos de Italia, y el precio del puerco, hé ahi las grandes noticias de Europa para estos colonos ignorantes! Y ni palabra de Francia, de las nuevas modas, del baile de la Corte, de la última novela, del último vaudeville. Pálidos vándalos, no tengo para vosotros sino desprecio.

A la vez que daba libre curso á mi justa cólera, no queria dejar de dar las gracias al periodista que el dia anterior habia hablado de mi. Fuese quien fuera aquel folletinista, no me convenia deberle una atencion. Honrarlo con mi visita, era quedar á mano con él.

Entré en una casa de poca apariencia, que tenia por toda muestra una placa de cobre, clavada en la pared, y sobre la cual se leia: PARIS-TELEGRAPHE, Truth, Humbug y Ca. propietarios. directores. Una puerta de sarga verde estaba frente á mi, la empujé y me encontré en presencia de un hombrecillo vestido de negro y abrochado hasta el cuello: era M. Truth. Sentado delante de un escritorio de jacarandá, tenia en la mano unas tijeras enormes, cortaba largas tiras de papel de un diario inglés y las echaba á una especie de buzon de cartas que comunicaba con la imprenta. Era la redaccion á bajo precio.

—Qué quereis, Señor?—preguntóme sin levantar la cabeza, ni interrumpir su trabajo.

—Señor, le dije con voz grave y reposada, soy el doctor Daniel Smith, bombero de la séptima compañía, el mismo cuyo elojio habeis tenido la bondad de hacer en vuestra hoja de ayer.

—Bien, dijo el periodista continuando sus recortes—¿Qué quereis?

—Daros las gracias, señor: pagar la deuda de agradecimiento.

El hombre miróme con aire sorprendido.

—No me debeis nada, doctor. Publicando vuestra bella accion, he hecho mi oficio; y me habeis valido ayer mas de doscientos dollars. No me debeis pues, ningun favor.

Con lo que continuó su trabajo, sin invitarme siquiera á tomar asiento.

—Señor Truth, le dije en tono seco y digno, no me ocupo de los motivos que os hayan hecho obrar ayer. Me habeis hecho un servicio, soy, y me reconozco vuestro deudor.

Iba á salir cuando levantó de nuevo la cabeza y fijó en mi sus grandes ojos negros, cuya espresion dolorosa me hirió.

—Doctor, dijo con voz jadeante, si tratais absolutamente de chancelar una deuda imaginaria—la ocasion se os presenta. Decidme con toda sinceridad de qué enfermedad sufro, y cuanto tiempo me queda de vida:

Se levantó, púsose la mano sobre el corazon y se detuvo de repente. Una asma violenta le oprimia. Le tomé el pulso, escuché su respiracion—le ausculté—Tenia síntomas que no permitian engañarse.

—Doctor, me dijo Truth, os pregunto la verdad. Cuando se tiene, como yo, la costumbre de decirla á todo el mundo, se tiene la fuerza suficiente de escucharla por su cuenta. Tengo necesidad de saber en que estado me encuentro.

—Teneis, le respondí, una enfermedad al corazon, que está lejos de ser incurable. Los cigarrillos de stramonio os aliviarán. Pero si quereis sanar, os son necesarios, el aire puro, la vida tranquila, el descanso del alma y del cuerpo, cosas todas que no se encuentran en la oficina de un diario.

—Gracias, doctor, me dijo:—vuestra opinion es la misma que mi médico me ha dado esta mañana. Es necesario renunciar á las fatigas de mi profesion; sea, cuanto mas pronto, mejor. Un Yankee nunca mira atrás.—Doctor, compradme mi diario. Os vendo mi parte por veinte mil dollars; en seis meses los habreis ganado—¿Aceptais?—

—Peste! esclamé, lijero andais!

Periodista yo! es un honor en el que no he pensado jamás.

—Pensad en él—Para un hombre de bien, es la primera de las posiciones.—Hay nada mas bello que guiar á sus hermanos por la senda de la justicia y de la verdad!

Periodista, es un papel que no se estima de lejos, pero que de cerca, no sé porqué todos quieren ensayarlo. Los periodistas son de la misma familia de los comediantes: se les desdeña y se les envidia. Estos jitanos tienen ingenio; frotándose con ellos, uno se encuentra menos paisano.

No hay una sola mujer hermosa que no sienta placer en acercarse á las grandes coquetas: no hay un solo hombre de Estado que, en un momento dado, no lisonjée á los folletinistas, si no es que se enrola modestamente entre los hacedores de diarios. A pesar mio, la proposicion de Truth haciale cosquillas á mi vanidad; la idea de dirijir la opinion me sonreia. Un hombre como yo tiene tantas cosas que enseñar á esa masa ignorante y estúpida que se llama público! Solo el sentimiento de mi dignidad me impedia ceder á esta locura.

—Dirijir un diario, dije á mi enfermo es cosa muy dificil, para quien no ha nacido en esta industria.

—No, nada mas sencillo. Sentaos ahí, cerca de mí, permaneced durante dos horas, y poseereis el secreto del oficio. En el fondo todo se reduce á una sola regla de conducta: decir la verdad, nada mas que la verdad, toda la verdad.

La curiosidad venció? Me eché en un gran sillon de cuero amarillo, puse el baston entre mis piernas y apoyé mi brazo enfermo sobre la empuñadura; una vez instalado, abrí mi tabaquera que habia dejado sobre la mesa y mirando á Truth:

—Mi querido Arístides, le dije, vuestra divisa es bella; pero, aquí para entre nosotros, no lo es demasiado? En materia de periodismo, yo creia que la mentira era la regla, y la verdad la escepcion.

—¿Dónde habeis visto eso, doctor maquiavélico? En la vieja Europa, quizá? En España, en Rusia, en Turquia; en todas partes donde la prensa es un monopolio en manos del gobierno, los pobres periodistas tienen permiso para no decir palabra durante seis dias, á condicion de mentir oficialmente el séptimo; pero en un pais de libertad, en el que cada cual puede pensar lo que quiere, é imprimir lo que piensa, de qué serviria la mentira? La verdad es nuestra mercancia, lo que nos compra el público. Mentir es perder nuestro crédito y arruinarnos vergonzosamente. Nosotros podemos tener todos los vicios, menos uno. Ved el Times inglés: es inconstante, injurioso, violento; pero embustero, nunca! Sorprendido en flagrante delito de mentira, su propietario perderia una renta de cien mil dollars. No es uno vicioso á ese precio: uno es verídico por cálculo y virtuoso por interés.

No me alucinaba esta virtud americana. Buscaba una respuesta, cuando apercibí un hocico de garduña que atravesaba la puerta. Era mi honorable compañero de armas y vecino el sollicitor[17] Fox, que se aproximó deslizándose sobre el pavimento y nos dió la mano afectuosamente.

—Buenos dias, querido Truth, dijo al periodista sonriéndole. Vengo de parte de M. Little, el banquero, á conversar con vos de un gran negocio. Hay dos mil dollars de ganancia para el diario, dos mil dollars, repitió, acentuando cada sílaba.

—Bien, respondió friamente el periodista; eso corresponde á mi socio.

Tocó la campanilla. Una puertecita se abrió dando paso, no sin trabajo, á un hombron, á quien su cuerpo enorme, su cabeza calva, sus grandes orejas y sus dientes delanteros, daban el aspecto de un elefante vestido.

—Buenos dias, doctor Smith, esclamó reventando de risa, buenos dias, os reconozco por vuestro brazo en cabrestillo. ¿Qué decís de mi tablero de ayer, querido Cincinato? ¿No valía el de hoy? Truth, los cuatro asnos están vendidos; Ginocchio nos escribe que suprimamos el aviso. Buenos dias, Fox, sois tan delgado que os tomaba por la sombra del doctor. Vosotros los SOLLICITORS, teneis la conciencia tan tierna que los escrúpulos os enflaquecen. ¿Qué nos traeis?

—Hé aquí de lo que se trata, dijo Fox, mediocremente lisonjeado por los agasajos de M. Humbug. La casa Little hace un pequeño empréstito mejicano; diez millones para comenzar. Las acciones son de doscientos dollars cada una, emitidas á ciento sesenta y reembolsables á la par por sorteo anual. Diez por ciento de interés y veinte por ciento de beneficio sobre el capital; es un lindo negocio!

—Para Little, dijo Humbug riendo. Y necesitais anuncios: Mundus vult decipi, ergo decipiatur.[18] Estad tranquilo Fox, os daremos un bonito lugarcito en el diario. Entre los unguentos de Holloway y las píldoras de Morrison, vuestro empréstito mejicano será una maravilla.

—Venia para arreglar con vosotros el precio, dijo Fox.

—¿Y sois vos quien pedís la tarifa de los avisos? Un centavo[19] por palabra, un dollar por cien palabras; en este bosque comun, se charla á precio fijo, lo sabeis bien....

—Perdon, querido Humbug, respondió Fox guiñando el ojo, me habeis comprendido mal. Cuando hablaba del precio, no era en la tarifa en lo que pensaba. Little desearia que el proyecto de esta suscripcion útil y patriótica fuera insertado en el cuerpo del diario, á fin de que no tuviese aspecto de aviso. Pagaremos lo que sea necesario. ¿Me comprendeis?

—Lo temo, maese zorro, respondió el hombre sin dejar de reir. Pero como dice el viejo Plauto:

Stultitía est venatum ducere invictos canes.[20]

Os habeis levantado demasiado tarde mi buen Fox. De este lado del agua no se coje á los zonzos en un lazo tan grande; eso está bueno para los inocentes del otro mundo. Por lo demás, desde que no se trata ya de los avisos, dirijios á mi socio. ¿Habeis comprendido lo que se nos pide, mi querido amigo?

—Perfectamente, respondió Truth con voz acentuada. M. Little tiene necesidad de mi honor para colocar su empréstito; y me hace preguntar á qué precio me vendo.

—Truth, querido mio, tomais mal las cosas, dijo Fox en tono insidioso: sois mas puritano que los peregrinos de Plymouth. No os pedimos mas que lo que otros diarios nos han prometido; el Lince, el Sol, la Tribuna, recomendarán nuestro empréstito; así lo espero, al menos: estamos en trato.

—Puesto que teneis esos diarios, dijo Truth, por qué habeis venido? ¿Que necesidad teneis de mí?

—Por una razon muy sencilla, mi excelente amigo, dijo Fox con voz almibarada. En la Bolsa, no se tiene confianza mas que en el París-Telegraphe; es muy natural que tratemos de ponerlo de nuestra parte. Haremos cuanto sacrificio sea necesario para conseguirlo.

—Señor Fox, esclamó el periodista pálido de emocion, aquella es la puerta.

—Soy vuestro servidor, señor Truth, dijo el procurador desapareciendo.

—No soy el vuestro, respondió mi cliente. Mañana sabré lo que es ese empréstito y lo diré.

—Mi querido señor, le dije con la autoridad de mi profesion: agravareis vuestra enfermedad, no corrijireis á nadie y os hareis de enemigos mortales.

—Los enemigos son nuestra gloria. Somos soldados: nuestro puesto está en el fuego.

Diciendo esto se tomó el pecho con ambas manos y se torció en el sillon.

—Doctor, esclamó Humbug, socorredle; no veis que se sofoca? Puede uno darse semejantes emociones por esta canalla humana! Truth, perro egoista! os matais adrede para arruinarme á mi, vuestro viejo amigo. Veamos, miradme.

Truth le tendió la mano sonriendo tristemente. Apesar mio, sentí cierta lástima por aquel pobre jitano que sacrificaba su vida al mas quimérico y al mas deplorable de los oficios.


CAPITULO IX.
Donde se le dice su merecido á la verdad.

Cuando la crisis hubo pasado, y el enfermo recobró aliento, Humbug apoyó ambos codos sobre la mesa, y con una voz que trató de hacer alegre, sin conseguirlo:

—Mi querido Truth, dijo no resistais por mas tiempo á vuestra verdadera vocacion; haceos pastor. Los vicios son de buena pasta; se dejan maltratar sin decir palabra. Todos los domingos se les fustiga vigorosamente sobre los hombros del prójimo, despues de lo cual se almuerza en paz y se come lo mismo. Pero esos bípedos que se creen hombres por que caminan en dos pies, esos lobos con sombrero redondo, esos zorros con lentes, esos monos encorbatados, esos ganzos con levita negra, á esos es necesario mirarlos de cerca para reir de su crueldad, de su avaricia, de su cobardia, de su estupidez. El que los toma á lo serio, muere con el corazon despedazado.

—Hé aquí á mi sucesor, dijo Truth tomándome de la mano: el doctor será un buen asociado para vos.

—El doctor! respondió Humbug, es imposible: si tiene traza de cervatillo!

—¿Cual es pues, esclamé, la especie de bestia que produce los periodistas?

—Para ser un buen periodista, dijo Humbug con gravedad cómica, se necesita la cara de un perro, el olfato de un perro, la impudencia de un perro, el valor de un perro y la fidelidad de un perro. La cara de perro para intimidar á los picaros: el olfato del perro para sentirlos de lejos, la impudencia del perro para ladrar tras de ellos apesar de sus gestos y sus amenazas: el valor del perro para saltarles á la garganta: la fidelidad del perro para irse, detenerse y volver al primer llamado de la verdad.

—Señor director de los avisos, dijo yo con impaciencia, no suponia que tuvieseis por la verdad una pasion tan viva y tan desinteresada.

—¿Porqué no, sabio Esculapio? respondió en tono chocarrero. ¿Creeis que no sé que dos y dos son cuatro? ¿Qué es lo que hace el precio de los avisos? El número de lectores. ¿Qué es lo que trae lectores? La opinion. ¿Engañando acaso á la opinion se la gana? La verdad es el cuerpo del diario; los anuncios no son sino la crinolina, ridículo traje, provisto por la mentira y la vanidad. Desinit in piscem mulier formosa superné. ¿Quien tiene la culpa? El espíritu y el buen gusto del público.

—Señor, le dije haciendo dar vueltas la tabaquera en mis manos para apoyar mis palabras, toda verdad no es bueno decirla. Hay algunas que turban y desgarran la sociedad.

—Si, querido doctor; la verdad es revolucionaria.

—Al fin, esclamé, lo confesais!

—Sin duda. Ved la Reforma. ¿A qué precio ha libertado la conciencia?

—Eso es, dije yo, golpeando con mi baston, eso es!

—Y el Evanjelio, respondió Humbug. Qué trastorno! Una civilizacion destruida, Jupiter destronado, los Césares despreciados y derribados. Cuán conveniente hubiese sido que ahogasen en su orijen á esta verdad que mataba un mundo y engendraba uno nuevo! Eh! bien, querido Hipócrates ¿no decis nada? ¿Y la Revolucion Francesa?

—Señor, esclamé, no toquemos las cosas sagradas. La resistencia de los privilejios fué la que hizo todo el mal. Confesad que hay verdades que asustan.

—Si, como la luz intimida á los ladrones.

—Hay algunas que son odiosas, para quien las escucha.

—Sí, cuando se perturba la embriaguez, ó se recuerdan los remordimientos.

—Hay algunas que son peligrosas para los que las dicen.

—Sí, cuando tienen un corazon de esclavo ó de lacayo. Di la espalda á aquel sofista desvergonzado que no temia atacar sabias preocupaciones y sacudir la almohada en que el mundo duerme en paz hace dos mil años. Me dirijí á Truth, que habia vuelto á empezar sus recortes y que parecia no escucharnos.

—¿En qué pensais, querido enfermo? le dije; nuestra conversacion os fatiga quizá.

—Doctor, respondió sonriendo, perdonad la impertinencia de mi fantasia, pensaba en Pilatos. Escuchaba á este grave administrador decirle á Cristo: ¿Qué es la verdad? y salir sin esperar la respuesta. En tiempo de Tiberio César, habriais sido un excelente gobernador de Judea.

—Qué! agregó animándose, no sentis que para nosotros los hombres, la verdad es la vida, y que la mentira es la muerte? Buscad á vuestro alrededor paises prósperos, ilustrados, honrados, caritativos: ¿no son aquellos donde cada cual puede decir la verdad, toda la verdad, sin escepcion de personas, sin respeto á las preocupaciones, á los privilejios, á los abusos? Buscad los paises miserables, ignorantes, sin moralidad; ¿no son aquellos donde reina la mentira oficial bajo todas las formas? Contemplad la grandeza de la Inglaterra, el crecimiento de la América, la fortuna naciente de Australia. ¿Cual es la fuerza que en ochenta años ha levantado á nuestros Estados-Unidos de tres millones á treinta y un millones de habitantes? No os engañeis: es la verdad. Dejad á los políticos hacer armazones de sistemas y combinar formas de gobierno; ved cuales son las instituciones vivas de los pueblos libres. Escuelas, asociaciones, tribuna, prensa, ¿qué es todo esto, sino otros tantos instrumentos con el objeto de propagar la verdad y captarse todos los corazones? Contad los diarios de un pueblo y tendreis su rango en la escala de la civilizacion: es un termómetro que nunca engaña. ¿Porqué? Es que la verdad no es, en otros términos, sino la ley que gobierna el mundo moral: es que hay relaciones naturales entre los hombres, como las hay entre las cosas. Reconocer y respetar esas relaciones, es reconocer y respetar la verdad, ó mejor dicho, á Dios mismo, presente en el mundo por su voluntad todo poderosa.

—Querido señor Truth, respondí, un poco conmovido por este flujo de palabras, Humbug tiene razon: habeis nacido para predicar. Pero la esperiencia me ha enseñado hace mucho tiempo que la práctica es lo contrario de la teoria. ¡Cuántas verdades admirables de lejos, se desvanecen en la prueba! Todos los dias oigo repetir que los hombres son hermanos, que la mujer es la igual del hombre, que los gobiernos son hechos para los pueblos........

—¿Y dudais?—dijo Truth.

—No, no dudo teóricamente; pero tratad de poner en práctica esas bellas máximas: ¿á donde iriamos á parar?

—Al reino del Evangelio, respondió el periodista con singular gravedad. Si teneis un ideal mas noble, decidlo: si no teneis nada que poner, en su lugar, no desempeñeis el triste papel de Mefistófeles. La humanidad tiene la necesidad de creer y de esperar.

—Pero doctor encantador, que no creis en la teoria, esclamó Humbug con risa impertinente, ¿cuando hablais, sabeis lo que decis? ¿cuando dais un remedio á vuestros enfermos, sabeis lo que haceis?.... No os incomodeis; si lo sabeis, haceis teoria apesar vuestro; si no lo sabeis ¿qué razon teneis para estar tan orgulloso de no raciocinar?

Hundíme en el sillon, crucé las piernas y los brazos y mirando á Humbug en pleno rostro:

—Señor, le dije, escuchadme sériamente, si sois capaz de algo serio. En teoria, lo diré una vez mas, amo la verdad, la amo tanto como podeis amarla vos; pero la prensa no es la verdad. Hay en ella una mezcla de pasiones, de injurias, de mentiras que sublevan todo corazon delicado. La salvaje libertad que reina en este pais no es de mi gusto. He refleccionado largo tiempo á este respecto, y os diré, si os dignais comprenderme, como se puede organizar la prensa, administrar sabiamente la verdad, abolir la licencia del mal, y no dejar sino la libertad del bien.

—Impedid á los perros que ladren, esclamó Humbug echándose á reir, y está hallada la cuadratura del círculo.

—Supongo, continué sin responder á esta patochada, supongo un gobierno ilustrado, moral, paternal, que no piensa sino en el bien de sus súbditos.

—Doctor, eso es teoria!

—No señor, es observacion. En este gobierno hay ministros inteligentes........

—Comprendo, dijo el insoportable bromista, ministros ilustrados, morales, paternales, y que no piensan sino en el bien de sus administrados.

—Si, señor, y estos ministros tienen bajo sus órdenes millones de agentes........

—Todos ilustrados, morales, paternales etc., en una palabra, una lejion de ánjeles con frac negro.

—En nombre del cielo, Humbug, callaos, esclamó Truth. Dejadlo concluir su cuento de hadas; me parece oir á un Francés que se imajina raciocinar porque enfila paradojas y surce palabras.

—Señor Truth, respondí secamente, la razon y la esperiencia hablan por mi boca; escuchadme. En manos de este gobierno, que todo lo sabe, que todo lo vé, que todo lo entiende, que no tiene ni preocupaciones, ni pasiones, en esas manos es, decia, en las que pongo el depósito de la verdad; no quiero por esto darle el monopolio, soy amigo de la libertad, pero reglamentada, limitada y moralizada! Reduciria el número de los impresores, de modo de hacer de la tipografia una censura prudente y discreta, un sacerdocio conservador; en seguida, limitaria el número de los diarios, de modo de constituir un pequeño número de tribunas, verdaderas cátedras de donde no se dejaria hablar sino á la decencia y á la moderacion. Habria periodistas como hay sacerdotes, es decir, ministros de la verdad que recibirian del gobierno su investidura y su símbolo. Si, apesar de la sabia direccion del Estado, algun gacetillero insolente, olvidando la gravedad de sus deberes, faltase al respeto que debe á la autoridad, personificacion de la justicia y de la verdad, entonces no recurriria al juri, que tiene la mano pesada y deja deslizar entre sus dedos mas de una inocencia dudosa; es á la administracion, siempre paternal y protectora, á quien yo dejaria la santa mision de confundir la mentira, en caso de necesidad, de contenerla antes que aparezca—Es á la administracion, siempre prudente, ilustrada, desinteresada, y que sabe mejor que nadie, lo que la conviene y lo que la daña, es la administracion la que herirá á la audacia y la ignorancia; ella ahogará la oposicion naciente como Hércules en la cuna ahogó las serpientes. Gracias á esta higiene ingeniosa, los diarios serán un alimento inocente, un remedio en vez de un veneno. La prensa será una antorcha en manos del gobierno: no se temerá ya el incendio. Se prepararán preocupaciones útiles, errores saludables; se sujetará la verdad á las necesidades del Estado á la fuerza de las poblaciones; y si alguna nueva doctrina aparece en el estranjero, se esperará á que haga fortuna en el pais de su orijen, antes de molestar á almas tranquilas y que no aspiran sino al reposo. Hé ahí mi teoria: señor Humbug ¿qué decis de ella?

D—d rascal! esclamó descargándome sobre el hombro un puñetazo, capaz de descornar á un buey. ¡Cuán feliz es uno con tener injenio, siempre se tiene una bestialidad á mano que decir! Con su aire solemne, he visto el momento en que este socarron mistificaba á un viejo Yankee como yo.

—Señor Humbug, le dije frotándome el hombro, esos argumentos groseros no son de mi gusto. Pegar no es responder!

—Estrangular tampoco! gritó el periodista riendo. Continuad, doctor; sois mas entretenido de los que pensais! Verba placent et vox. Pero, adios: ha llegado la hora de hacer el diario; tiempo es dinero—me arruinais!

Una vez solo con M. Truth, le pregunté, si no estaba sorprendido como yo de lo que habia de profundo en el sistema que le exponia; si podía poner en términos de comparacion á la turbulencia y al desorden de la prensa americana con ese mecanismo compacto que debia en poco tiempo embridar al pueblo mas ardiente del mundo, y darle la habitud de la moderacion y el gusto de una inocente libertad.

—Doctor, dijo con dulzura, soy del parecer de Humbug: os reis de nuestra simplicidad. Esa doctrina, que nos presentais como una invencion nueva, hace mucho tiempo que la conozco. Es el dogma de la inquisicion: la verdad hecha cosa oficial, instrumentum regni, y monopolizada por la Iglesia y el Estado. Hace tres siglos que Lutero ha soplado esas peligrosas quimeras y repuesto á cada cristiano en posesion de su conciencia y de su derecho. En los primeros dias del mundo la verdad salió de la caja de Pandora, con tantos otros bienes, que son otros tantos males en manos inespertas; buscar la verdad, es la obra de todos,—apoderarse de ella, no pertenece á nadie. No os pagueis de palabras: Gobierno, ministros, funcionarios, qué es todo esto, sinó hombres que no son ni mas infalibles ni mas sábios que nosotros? Hacer de ellos los dispensadores de la verdad, es un sueño. La verdad es de todo el mundo, como el aire y la luz; lo único posible es ahogarla, no impedir que los hombres piensen, sino que hablen. ¿Quién se aprovechará de tan detestable invencion? ¿La autoridad? Será la primera víctima. Se la engañará sin cesar; bastará un puñado de intrigantes para seducir al majistrado mas honrado y comprometerlo en las mas locas aventuras. ¿No veis, por otra parte, que dais á vuestro gobierno todo el poder de hacer mal, con tal que tenga el cuidado de raciocinar mal? ¿Ganarán con ello los ciudadanos? Desde el momento en que la cosa pública no les pertenezca, les quitais lo que hay de mas noble, de mas bello, de mas grande en la vida: el amor á la patria, la pasion de la libertad. Quitad la ajitacion de la tribuna y de los diarios, y la sociedad no será sino una agua mansa de donde saldrán la corrupcion y la muerte. ¿Asegurareis, por lo menos, la prosperidad material, único incentivo de la multitud? Muy al contrario: la riqueza es el fruto de la libertad. No hay seguridad, ni rentas, ni comercio, ni industria, sino en los paises donde pululan esos diarios cuya voz os importuna. El silencio es el triunfo de los nécios, la noche no es el reino de las jentes honradas; dejadnos la luz, el ruido y la vida. Recordad que en Roma tambien se gritaba contra la charlatanería de los tribunos; que un dia Syla los hizo callar, con gran placer de los utopistas, y que, desde entonces comenzó una decadencia, de la que el mismo cristianismo no pudo levantar al universo.

—Permitidme, respondí, admirado del curso que tomaba la discusion; no pretendo haber encontrado la piedra filosofal en política. Todo sistema tiene sus abusos; es una cuestion de proporcion. Confesad que el lenguaje de vuestros diarios es espantoso, y que no hay mal mas horroroso que su licencia desenfrenada.

—Doctor, vos sabeis lo que dice el Evanjelio; Es en el fruto en lo que los conocereis. Encontradme un pais donde haya mas luces, mas caridad, mas prosperidad material que en América.

—No veo sino escándalo por todas partes, respondí. Los fundamentos mismos de la sociedad se hunden en esa arena movediza que llamais la democracia. ¿Qué es lo que respetais? ¿La relijion? Eh bien! que un pastor falte á su deber, que su conducta sea lijera, en el acto veinte periodistas se echarán á reir, como el indigno hijo de Noé, en vez de ocultar á todos las miradas una debilidad cuya deshonra repercute sobre la Iglesia.

—La verguenza, dijo Truth, es para la Iglesia que patrocina la causa del culpable, no para la Iglesia que arroja de su seno á un miembro gangrenado.

—¿Os llevais bien con la justicia? Ayer no mas, vuestro diario atacaba con cínica acritud á un juez que, en un instante de mal humor, habia maltratado á no sé que pícaro. ¿Cómo quereis que se respete al juez, si no es infalible?

—La justicia, dijo Truth, es hecha para el acusado, y no el acusado para la justicia.

—Que un subalterno, continué yo, salga de sus atribuciones, que por casualidad olvide la ley, que detenga por inadvertencia á un inocente: inmediatamente diez diarios aullarán contra la tirania; como perros que ladran á la luna; incendiarán el pais por la causa del último de los miserables, qué sé yo? por un mendigo, ó un ladron puesto preso sin que las formas hayan sido observadas.

—Tendrán razon, dijo Truth; la libertad del último de los miserables atañe á todos. Desde el momento en que se violen las formas legales, desde el momento en que un ciudadano es injustamente agredido, todos están amenazados. El que no comprenda esto no sabe lo que es la libertad.

—Pero, es que algunas veces es necesario cubrir la estátua de la ley y salvar el pais á despecho de una falsa legalidad.

—Doctor, vos teneis una especie de inclinacion á Pilatos. El tambien no se detuvo ante una falsa legalidad, le pareció mejor condenar á un inocente que perder su puesto. Era un hombre habil; no sé por que el mundo es tan severo con él.

—¿A dónde iriais? continué, cada vez mas irritado de la frialdad de Truth. Doce ó quince diarios, hé ahí los dueños de la opinion y de la república.

—Quince diarios, dijo Truth asombrado: ¿qué quereis decir con eso? Tenemos trescientos; es poco para un millon seiscientas mil almas. Boston tiene cien para menos de doscientos mil habitantes, es cierto que en Boston, la ciudad puritana, se comprende la libertad y la civilizacion de otra manera que en París.

—Trescientos diarios! esclamé, sorprendido por esta cifra formidable. ¿Entonces quién dirije y gobierna la opinion? El primer desconocido puede, sin mision alguna, erijirse en profeta y lejislador; el primer soñador puede decir lo que quiera é imponer sus opiniones á la multitud. Qué atroz despotismo!

—Mi buen amigo, dijo Truth, bajando la voz para colocarme en un diapason menos ruidoso, no comenceis de nuevo vuestras bromas: ellas divierten á Humbug á mi me hacen daño. Allí donde todo el mundo puede hablar, no hay ni mision, ni profeta, ni primer desconocido: hay un derecho que pertenece á ciudadano, y de que todo ciudadano usa en su interés particular ó en el interés jeneral. ¿En un pueblo libre, quién se ha imajinado poder dirijir y gobernar la opinion? ¿Hay un solo Yankee que no se haga él mismo su regla de conducta, y que no escoja con conocimiento de causa su partido y su bandera? La prensa es un éco que repite las ideas de todo el mundo, y nada mas. Esos innumerables diarios no tienen sino un objeto, acumular los hechos, las noticias, las ideas, multiplicar y esparcir la luz! Mientras mas hay, cada ciudadano se encuentra en mejores circunstancias para leer, reflexionar, y juzgar por sí mismo. Poner la verdad al alcance de todos, hé ahí nuestra ambicion. El pretendido despotismo de los diarios no existe sino en vuestra imajinacion. Cuando mas seria posible allí donde un gobierno mal aconsejado y que hiciera del periodismo un monopolio contra si mismo, no sufriese sino diez ó quince hojas, obligando asi á los partidos á aliarse contra él, y cuando su naturaleza tiende á dispersarlos. Pero en América donde hay ochocientos ó novecientos diarios, donde nacen nuevos todos los dias, el número de los tiranos ha muerto la tirania.

—Sea; es un réjimen que Aristóteles no ha previsto: una democracia de papel. En este pais bienaventurado, todo es gobierno, escepto el gobierno mismo. Vosotros los periodistas [y aqui todo el mundo es periodista], vosotros, sois mas que la Iglesia, mas que la Justicia, mas que el Estado! ¿Qué sois pues?

—La respuesta es muy fácil, dijo Truth; somos la sociedad:

—Pero si la sociedad, si el pueblo gobierna, ¿quién será el gobernador?

—Doctor, respondió el periodista sonriendo, cuando andais por la calle, quién es el conducido? Por amor á una palabra, necesitais muletas? Cuando gobernais vuestras pasiones [lo que no siempre haceis], ¿quién es el gobernado? Hay una edad madura para los pueblos como para los individuos. Compadezco á la China envejeciéndose en una infancia eterna; pero nosotros cristianos, nosotros ciudadanos de un gran país, nosotros no somos un pueblo de idiotas y de privados: hace mucho tiempo que hemos salido de la tutela, y que nosotros mismos hacemos nuestros negocios. ¿Qué es esa soberania del pueblo, que hace setenta años ponemos al principio de nuestras constituciones, sino una declaracion de mayor edad?

—Las comparaciones no prueban nada, respondí secamente; lo que es cierto respecto á un individuo, no lo es respecto á una nacion.

—Siempre palabras, doctor. Una nacion, es una coleccion de individuos. Lo que es cierto respecto á diez, á veinte, á mil personas, es tambien cierto respecto á un millon. ¿En qué cifra comienza pues la incapacidad?

—No, dije yo, no es cierto que una nacion sea una simple coleccion de individuos; es cosa muy distinta.

—Es decir que el total de una adicion es cosa diferente de la suma de todas las unidades?

—Error! esclamé fatigado de discutir con una intelijencia tan limitada. Hay aquí una diferencia que salta á la vista. ¿Para desembarazarse de los intereses particulares, cual es la palabra májica que invocan los hombres de Estado? El interés jeneral. ¿Cuando se quiere anular derechos y pretensiones que dañan al gobierno, qué se alega? Un interés superior, el interés social. La utilidad pública, es la negacion de los derechos individuales: tal es al menos la manera de raciocinar y de obrar en todo país civilizado. Si bastase escuchar el deseo de la mayoría y sumar los intereses y las voluntades, os pregunto lo que sería la política: un oficio de almacenero, un papel al alcance del primer hombre honrado que se presentára; os figurais á un César, un Richelieu, un Cromwell, un Luis XIV, escuchando la voz del campecino, ó tomando el voto de algunos millones de paisanos? ¿A qué quedarian reducidas las combinaciones, las alianzas, las guerras, las conquistas, todos esos esplendores, todos esos juegos de fortuna donde triunfan los héroes? Arrastrar una nacion á la victoria y á la gloria, imponer á la masa popular ideas que no son las suyas, hacerla servir á una ambicion y á proyectos que en nada le importan,—hé ahí la obra del jénio! Hé ahí lo que aman los pueblos: adoran á aquellos que los pisotean. Dejad esas pobres jentes entregadas á sí mismas, sembrarán sus coles, sus anales serán de dos renglones, como la moraleja de los cuentos de hadas: Vivieron mucho tiempo, fueron felices, y tuvieron muchos hijos. ¿Qué seria la historia con ese bello sistema? ¿Y de retórica qué les enseñarian á nuestros hijos?

Yo estaba elocuente, lo sentía. Truth confundido me miraba con un aire singular.

—Doctor, me dijo, yo no amo los sofismas: pero de todos esos juegos de injenio no hay ninguno que me sea mas odioso que las paradojas de otros tiempos, mentiras muertas hace mucho. Me hacen el efecto de una vieja cortesana que ha olvidado de hacerse enterrar, y que pasea entre la juventud disgustada, sus afeites, sus falsos cabellos y sus arrugas. Washington ha enseñado al mundo lo que es un hombre honrado gobernando á un pueblo libre; la prueba está hecha; el siglo del egoismo político ha pasado, ahora no hay lugar sinó para la abnegacion. El que esto no comprenda, el que no escuche la voz de las jeneraciones nuevas, el que no sienta que la industria, la paz y la libertad son las reinas del mundo moderno, ese no es sinó un soñador y un insensato. No es á la gloria á donde camina,—es al ridículo.

—Acabemos de una vez, señor, esclamé levantándome, y apesar mio, llevé la mano á la empuñadura de mi espada ausente. Si hubiese tenido mi uniforme de cirujano de la Guardia Nacional, habria obligado á aquel insolente á empuñar su acero: haciéndole morder el polvo le habria probado sin réplica que la América no entiende jota de civilizacion, y que un francés nunca deja de tener razon.


CAPITULO X.
La cocina infernal.

Mientras que Truth sorprendido de mi violencia y fogosidad echaba sobre mí miradas inquietas, entró Humbug, trayendo un manojo de pruebas que puso sobre la mesa.

—Alerta! gritó con su gruesa voz, comienza la tarea. Nunc animis opus, Ænea, nunc pectore firmo.[21] Doctor, ayudadnos; vuestro brazo derecho está libre; tomad ese papel y preparad el resúmen.

—Escribid: Derrota de las tropas federales. Hé ahí lo que ocupa toda nuestra primera pájina. Y echó una prueba en el buzon.

—Derrota! dije yo, vais á anunciar al país que ha sido derrotado? Poned: Retirada estratéjica, hábil combinacion; de otra manera vuestra imprudencia vá á sembrar por todas partes la inquietud y el terror.

—Doctor, sois incorrejible, replicó Truth, una vez mas—al pais se le debe decir toda la verdad. ¿Creeis que un revés abata á los yankees, y que, como los niños, se dejarán conducir por la fortuna? Una victoria nos encontrará indiferentes; una derrota nos valdrá un aumento de enerjía, de soldados y de dinero. ¿Cuántos hombres muertos?

—Muertos, 3,000; dijo Humbug, heridos 6,000; ausentes 2,400.

—Poned las cifras, replicó Truth; doctor, no las olvideis en el resúmen. Entretanto, qué ha hecho el Congreso?

—En el Senado, dijo Humbug, una larga discusion sobre la esclavatura. M. Summer ha hecho abolir la servidumbre en el distrito federal de Colombia. Es un primer paso. Doctor, escribid: Admirable discurso del elocuente senador de Massachusetts. Hé ahí nuestra primera hoja llena; pasemos al suplemento.

—Cámara de Representantes, nada de interesante: tres llamamientos al órden y el tiempo perdido en querellas con el presidente.

—Es la práctica, dijo Truth; pasemos. Ved aquí el artículo político; escribid, doctor: Vuelta á la Ley y á la Libertad; el Habeas corpus restablecido.

—Qué! dije yo asombrado, es en el momento de una derrota cuando es necesario concentrar todos los poderes y gobernar manu militari, que restableceis la libertad civil con todos sus peligros! Sabed, pues, por esperiencia, que este es el instante de suspender todos los derechos. Nada tranquiliza tanto á un pueblo como sentirse todo entero en manos del poder. En verdad, vosotros no entendeis nada de política.

—El despotismo no es la fuerza, respondió Truth: un pueblo, mientras mas libre es, es mas suave, mas obediente y resignado á los sacrificios. Si quereis que os sostenga, confiaos á él. Continuemos: Robos de la marina denunciados á la nacion. Escribid, doctor, y sub-rayad, á fin de que en el resúmen pongan esas palabras en relieve.

—Es demasiado atrevimiento, esclamé yo. Pensad en los intereses que herís, en las quejas que vais á levantar.

—Que se quejen los ladrones, dijo Truth, los espero; tengo pruebas!

—Pruebas, ¿quién os las ha suministrado?

—En todas partes donde hay una tribuna, dijo Truth, hay alguien que hable. En un pueblo á quien se le impone silencio, los ladrones obran, los robados se callan; en un pueblo en que todo ciudadano es un miembro activo de la nacion y tiene derecho de acusar á nombre del país, los ladrones se ocultan los robados gritan y obran. En Rusia, veinte millones dados á la policia no impedirian que se robaran millares de millones; y todavia la comprarian; entre nosotros, donde todo el mundo es la policia, no se roba un centavo sin temblar. Suprimir la rateria en grande escala, es una de las ventajas de la libertad. Pasemos á las noticias del esterior.

—He aquí, dijo Humbug, las tres correspondencias de Lóndres.

—¿Para qué tres correspondencias?—pregunté sorprendido de aquel lujo inútil.

—Hay tres partidos en Inglaterra, respondió Humbug, necesitamos pues tres écos para repetir todos los ruidos.

—Primera correspondencia, color del viejo Pam.[22] “Guerra á la América; la justicia es una bella cosa; pero el algodon vale mas; incendiemos el mundo para calentar la Inglaterra.” Segunda correspondencia, color Derby. “El viejo Pam se burla del público, grita á las armas, amontona fortificaciones y navíos corazados, juega á los soldados, y no quiere mas que dos cosas: conservar la paz y su puesto. Que nos den el ministerio, seremos tan patriotas y costaremos mas barato.” Tercera correspondencia, color Bright y Cobden. “John Bull, mi amigo, vuestro gobierno se burla de vos. Hace cosquillas á vuestra vanidad para sustraeros vuestro último chelin. Sed hombre, imitad á vuestro primo Jonathan,[23] haced vos mismo vuestros negocios; el dia que los pueblos no se hagan cuidar por esos charlatanes ruinosos que se llaman diplomáticos y grandes políticos, vivirán como hermanos; tendrán paz y vida baratas.”

—Espero, dije á Humbug, que al dar al público esas tres correspondencias, agregareis vuestro parecer.

—Absolutamente no, respondió Humbug; Jonathan tiene la costumbre de hacerse él mismo su opinion; tiene muy buenos ojos para tomar nuestros espejuelos.

La puerta se abrió bruscamente: tres mujeres jóvenes y elegantemente vestidas se aproximaron á nosotros; la de mas edad que no tenía veinte y cinco años, tomó la palabra en un tono á la vez modesto y seguro:

—Señor, dijo á Humbug, venidas enviamos por las señoras costureras de ropa hecha, os rogamos que anuncieis que vamos á constituir una liga y que el lúnes próximo tendremos un meeting á fin de buscar el medio de sacudir la opresion que sufrimos; queremos reconquistar y asegurar nuestros derechos.

—Los sastres son ricos, dijo Humbug. Antes de reducirlos, será necesario que os comais vuestras economías. ¿Teneis un millon que mascullar? que desperdiciar?

—Señor, dijo la mas jóven con aire altanero, con cien dollars de avisos llenaremos nuestro objeto. Enseñaremos á los señores sastres y al mundo entero lo que pueden quinientas mujeres, á quienes se les ha puesto en la cabeza no ceder. Es una leccion que aprovechará á los monopolizadores y á los tiranos, leccion que hará palidecer sobre sus tronos á los déspotas del viejo continente. Tened la bondad solamente de poner mañana en el diario el manifiesto al público, que nuestro comité ha deliberado y redactado.

Con lo que nuestra amazona alcanzó al periodista un papel doblado en cuatro; Humbug leyó en alta voz esta impertinente broma, memorable monumento de la locura y de la perversidad femeninas, en un pais donde hasta las mujeres mismas creen en la libertad.