A LOS PARISIENSES DE MASSACHUSETTS.
Las costureras de trajes.
Para revindicar nuestros derechos desconocidos, para obtener justicia, nos, las costureras de ropa hecha de la ciudad de París (Massachusetts) nos constituimos en liga: dentro de ocho dias nuestros tiranos habrán cedido, no tendremos mas empleo. ¿Quién quiere darnos trabajo? no gustamos quedar con los brazos cruzados; pero estamos resueltas á no trabajar devalde en provecho de gentes que pueden pagar. ¿Quién tiene necesidad de una puntada? Nosotros sabemos hacer sombreros, fracs, budines, masitas, y tortas; sabemos coser, bordar, hacer punto de medias, asar y cocer. Sabemos ordeñar las vacas, hacer manteca y queso, engordar gallinas y cuidar un jardin; sabemos asear la cocina, barrer la sala, hacer las camas, hachar leña, encender fuego, lavar y planchar, y lo que mas, adoramos á los nenes. En una palabra, cada una de nosotros, puede ser una cumplida mujer casera. Por nuestra inteligencia y nuestro injenio preguntad á nuestros antiguos amos. Resolveos pronto señores. ¿Quién quiere ojos negros, frentes hermosas, cabellos crespos ó ondeados, el encanto y la juventud de Hebe, la voz de un serafin, la sonriza de un angel? Viejos gentlemen que necesitais una buena ama de llaves, hermosos jóvenes que buscais una mujer activa y delicada, hablad, el remate está abierto. A la una, á las dos, á las tres: adjudicado. ¿Cuál es el feliz mortal?
Dirijirse al Comité de señoras Costureras.
calle de los Alamos, N.ᵒ 20.
—Muy bien, señoras, dijo Humbug, el anuncio aparecerá esta tarde en el diario, y pondremos en el sumario: Liga de las costureras, para que nadie lo ignore.
—Diciendo esto, hizo un profundo saludo y acompañó hasta la puerta á las costureras, con tanta política como si se tratára de un prefecto.
—¿Es posible, esclamé yo, que en América las mujeres tengan derecho á hacer lo que se les antoja? ¿No es esto un desmentido dado á la esperiencia y al buen sentido? Meetings de costureras, coaliciones de lavanderas, una liga de parteras! La revolucion con frac es odiosa, pero la revolucion con polleras es ridícula.
—Lo que es ridículo, respondió Truth con su flema ordinaria, es que los fracs se crean con derecho para oprimir á las faldas.
—Está bien, repliqué. Verted en esas cabezas locas la embriaguez de la libertad, vereis cuales son las primeras víctimas.
—Doctor, estais lúgubre, dijo Truth; á la menor sacudida que reciben vuestras antiguas preocupaciones, gritais que el mundo se acaba. Las mujeres, querido señor, son la mitad del jénero humano, esta es una verdad profunda que Aristóteles ha comprobado, pero que hace dos mil años nadie ha comprendido, escepto los americanos. Si nuestras mujeres no nos acompañan ni en nuestras esperanzas, ni en nuestros temores, nos harán tomar parte en sus debilidades y en sus caprichos. Necesitamos esposas, hijas y madres que amen la libertad con pasion, á fin de que los maridos, los padres y los hijos no pierdan nunca ese santo amor. Esas costureras os parecen ridículas,—yo las admiro, mientras rio de su anuncio; yo amo las almas jenerosas que tienen fé en la justicia y que defienden su derecho. Esas almas son las que hacen un gran pueblo: en eso consiste la superioridad de nuestro bello pais.
—Acabemos el diario, dijo Humbug; hé aquí los mercados. Algodon, lana, carbon, hierro, harina, granos, puerco, carnero, vaca, heno, cobre, azúcar, café. Nada de particular, sino es en las harinas; las buenas marcas se han vendido á dos por ciento mas que las harinas comunes.
—¿Qué marcas? dijo Truth, tomando el catálago; Colfax, Stevens, Pennington; es necesario subrayar esos nombres, é imprimirlos en grandes caracteres. Reis, doctor, no es esta una cosa insignificante. La responsabilidad individual, es la fuerza y la vida de las repúblicas. Es necesario que todos lleven inscriptos en la frente lo que son y lo que hacen. Ligar á la honradez, la reputacion y la fortuna, unir á la pilleria y la ruina, es el secreto de la moral y del gobierno, es un problema cuya solucion no ha encontrado ningun lejislador, y que, sinembargo, la prensa resuelve todos los dias.
—Bello trozo, apropósito de una barrica de harina!
—Y cuya aplicacion vereis al instante, dijo Humbug; aqui teneis: Mercados de cerdos: veinte barriles averiados, de las marcas de Tomas y de Williams. Subrayar estos dos nombres indignos,—es echarlos del mercado.
—No lo hareis, grité, no teneis derecho para ello.
No contento con ser el gobierno; ¿quereis aun ser la policia?
—Lo habeis dicho, respetable doctor, replicó Humbug; somos la policia y algo mas todavia: somos la conciencia pública. Somos nosotros los que damos el honor y la fortuna: Honestus rumor alterum patrimonium est[24].
Abrid los ojos cuanto querrais si os agrada, y gritad á voz en cuello si eso os divierte. Pero, si hablais seriamente, en verdad que os han cambiado en la cuna, no sois un Americano.
—Tú no sabes, me dije, tú no sabes, ignorante, cuanta razon tienes. No sabes hasta que punto desprecio á un Don Quijote bastante loco para tomar á pecho el interés de otro, el interés del primer desconocido, y eso sin mision y sin honorarios. ¡Hé ahí lo que es un pais sin funcionarios! Es necesario que todos se ocupen hasta de sus propios negocios. ¡Eso es ridículo! En Francia, una administracion intelijente y compacta me libra de todo jénero de cuidados: soy rey: se me sirve: gozo en paz de una prosperidad y de una grandeza que no me cuestan sino mi dinero. Es el triunfo de la civilizacion, ó yo no entiendo jota.
—Hé aquí la Bolsa, dijo al entrar un jóven hipando por haber corrido.
—¿Nada de nuevo?—preguntó Humbug.
—Nada, sinó el empréstito mejicano.
—¿Qué dicen de él? Eujenio, dijo Truth.
—Fiasco completo, es una fulleria del viejo Little.
—Cómo, una fulleria! dije leyendo el programa de la Bolsa; el empréstito ha subido un dollar sobre el precio de emision.
—Little ha comprado con una mano lo que vendia con la otra, dijo Truth; la broma es vieja y entre nosotros nunca hará fortuna. No somos bastante carneros para eso—Señor Rose, agregó dirijiéndose al recien llegado, hacedme para mañana un artículo sobre este asunto; ved á los ajentes de cambio y decidme toda la verdad.
—Estará hecho esta noche, Señor Truth; tendré mas datos que los que necesito.
—Señor, dije á aquel jóven, cuyo nombre me anunciaba un hijo del boticario, y, ay de mi! un hermano de mi yerno; los negocios deben ser muy dificiles con esa costumbre de descubrirlos en provecho del público.
—Señor, respondió Eujenio, en tono desvergonzado, los negocios son tanto mas fáciles cuanto son mejor conocidos. En la Bolsa, la mentira es la ruina, la verdad, es la riqueza.
—Bueno, dije para mi, todos dicen la misma necedad. En Paris, centro de la intelijencia, capital del injenio, todo el mundo sabe que los negocios que preocupan al público, son aquellos que no entiende. ¿Qué puede dar un negocio conocido? El cinco ó el seis por ciento cuando mas, mientras que los desconocidos prometen el quince ó el veinte por ciento: ahí está el secreto del banquero. Aquí se cambia valor por valor, es un comercio miserable; en Paris, se compra la esperanza; es la poesia del juego, es el encanto de la loteria. ¿Qué le importa á un Francés perder su dinero?—eso es prosa. Devorar las riquezas con el pensamiento, satisfacer en sueños las pasiones, los caprichos, la ambicion, hé ahí el ideal; se paga, es cierto, pero, ¿cuándo es caro una ilusion?
—Amigo Humbug, dijo una voz gañidora, aqui teneis dos avisitos que quisiera insertar en tu diario; me harás una buena rebaja; los tiempos son malos.
El que hablaba así, era un hombrecillo de larga levita y cubierto con un inmenso sombrero; su aspecto, su jesto, su traje decian á todo el mundo:—Miradme, soy cuácaro.
Humbug tomó los dos avisos y se echó á reir.
—Son chuscos, dijo, pero no los entiendo.
Y leyó lo que sigue:
QUINTA MONTMORENCY.
(Seth Doolittle, propietario del Hotel de la Rosa, en Montmorency, tiene el honor de prevenir al público que, durante toda la buena estacion, los enamorados que se apeen en su casa no pagarán mas que la mitad del precio).
—¿Por qué esta escepcion,? pregunté yó.
—Amigo, respondió el hombrecillo, cruzando las manos sobre su vientre y dirijiendo sus ojos al cielo, nada hay mas bello ni mas respetable que el amor. Poned á un jóven delante de un vestido blanco y de dos bucles negros que se ajiten al viento y se sentirá tan celestial, de tal manera eterizada, que en toda la semana no descendará nunca á probar el asado. Es un robo hacer pagar el precio comun á esos ánjeles del cielo que no examinan jamás la cuenta; mi conciencia se opone á esa iniquidad.
—Ese escrúpulo te honra, dijo el exelente Humbug, mordiéndose los lábios. Pasemos á la segunda insercion:
AVISO AMISTOSO.
(Dinah D. L.—Se te suplica que no vuelvas. Tu madre goza de exelente salud; no puede arreglarse nada; y tu familia se encuentra mucho mejor desde que tú la has dejado).
—Este es un secreto de familia, dije yo sonriendo; no tiene esplicacion alguna.
—Para el público, no; para tí, doctor Smith, sí, repuso el cúacaro. Se trata de una hermana, tan loca, que por su propio interés, en el de su familia, y por respeto á la moralidad pública, la hemos enviado á California como maestra de escuela. Es de temer que la desgraciada se haya sido detenida en el camino y que quiera volver á las andadas. Teniendo esto en vista prevenímosla caritativamente,—por medio de un aviso encubierto, que haria mejor de continuar su camino: no hay lugar para ella en la casa.
—Eso es admirablemente caritativo, señor Seth, repuse yo alzando los hombros. Siento no haber reconocido antes de ahora á un hombre tan galante.
—Algo te habria costado para reconocerme, replicó Seth bajando la vista, no me has visto jamás; pero la señorita Marta me ha pintado su amo, y el terrible incidente de ayer con tanta fidelidad, que á primera vista te he reconocido.
Aquel virtuoso hostelero pronunció el nombre de Marta con una uncion estraña, y que mas tarde me vino á la memoria; hubiera puesto mas atencion en ello si un hombre de rostro inflamado no hubiese entrado bruscamente en la habitacion gritando:—Gran noticia, señor Truth; gran noticia señor Humbug: el intendente municipal de la ciudad acaba de ser condenado. Se le ha sorprendido en conversacion criminal con una actriz del Liceo, está obligado á pagar al marido diez mil dollars de daños y perjuicios.
—Doctor, dijo Humbug, tomad la pluma, y concluyamos el resúmen: tenemos un diario bien nutrido, la venta está asegurada. Véamos:
Derrota de las tropas federales
3,000 muertos 6,000 heridos
ADMIRABLE DISCURSO DEL ELOCUENTE SENADOR DE MASSACHUSETTS,
¡VUELTA A LA LEY Y A LA LIBERTAD!
Robos de la marina denunciados á la nacion,
Liga de las costureras
CONDENACION CRIMINAL DEL INTENDENTE DE LA CIUDAD.
—Vamos, continuó, el dia es bueno, no hemos ladrado mal á los pícaros. Despues de esto, gritó, á la imprenta; componed, muchachos y dentro de un cuarto de hora izad el tablero.
CAPITULO XI.
De la máxima protectora,—que la vida privada debe ser sagrada.
Me habia acurrucado en mi sillon, reflexionando en mis adentros sobre el triste espectáculo que tenia á la vista. Anarquia devorante, espionaje jeneral, perturbacion universal, el gobierno en manos de todo el mundo, hé ahí esa prensa tan ponderada! Enregimentad pues, un pueblo con semejante enemigo á vuestro lado!
—Eh bien, querido doctor, me dijo Truth con voz cariñosa, ya sabeis ahora como se hace un diario. ¿Os seduce?—¿sereis mi sucesor?
—Nunca! jamás! respondí echando para atras mi asiento por un movimiento involuntario. Lo que veo me espanta; os jugais con todo lo que me han enseñado á mirar como respetable y sagrado. Que se ataque á un ministro ó á los diputados, poco me importa, estoy habituado á ello; en todos tiempos los ministros han servido de blanco á los señores folletinistas; el gacetero mas célebre es el que hecha abajo dos ó tres. Si hay paises y pueblos á quienes divierte esa destruccion, que les haga buen provecho! Les deseo dos ó tres revoluciones para curarlos.... Pero la vida privada, señor, debe ser sagrada, entendeis, completamente sagrada.
—¿Quién ha dicho eso?—preguntó Humbug, con un aire pillo que no probaba sino su ignorancia.
—Señor Humbug, respondí, es M. Royer-Collard, un gran metafísico, que jamás ha tenido ideas propias; pero que ha fundido en bronce y grabado en acero las ideas de otro. El es, el ilustre sábio, que ha pronunciado esta palabra de oro, que debiera fijarse en toda oficina de diario: La vida privada debe ser sagrada.
—Vuestro gran metafísico ha dicho una necedad, respondió Humbug. ¿Acaso puede uno ser un pícaro en la vida privada y un Fabricio en la vida pública? ¿Qué es la vida privada? ¿Dónde comienza, dónde concluye? Gritar al perro rabioso ¿es un ataque contra la vida privada ó contra la vida pública? Si nuestra marina es robada por impudentes proveedores? es la vida privada la que se ataca denunciando al ladron? Si el honorable M. Little, rico con los millones de otro, quiere una vez mas despojar á los simples en provecho de su codicia insaciable; ¿es atacar su vida privada decirle á M. Little que es un bribon?
—Señor, dije á aquel impudente, vos no dudais cuanto podria responderos; pero bastará una palabra. Hé ahí al intendente de Paris que ha cedido á una desgraciada debilidad. Quizá ha caido en el lazo tendido por alguna sirena de baja ralea, y á no dudarlo, esta falta no la ha cometido en calidad de majistrado municipal.
¿A qué viene ese ruido, ese escándalo, esa difamacion de un hombre cuyo error, no os concierne, al fin del cuento?
—¿Para qué?—dijo Truth con una frialdad digna de Robespierre, para hacerlo presentar su renuncia. ¿Quereis que prediquemos en nuestras familias el respeto al vínculo conyugal y el horror al vicio, en presencia del adulterio entronizado en la casa municipal?—Eso no se puede. Es el honor de la vida privada lo que nos responde de la virtud pública. De otra manera, la política es una comedia donde cada uno lleva una máscara, desempeña un papel y se divierte en hablar de conciencia, de derechos, de deberes, sin creer palabra de lo que dice. Puede suceder que los pueblos niños se diviertan con esas farsas peligrosas, y que concluyen siempre mal; pero en América todo es sério. Que nuestros corrompidos vayan, si les agrada, á arruinar su salud, y comerse su dinero del otro lado del Atlántico: entre nosotros es necesario ser respetable para ser respetado.
—Hé aquí una carta del intendente, dijo un empleado; presenta su renuncia.
—Señor Truth, esclamé, todavia hay tiempo, detened la impresion del diario, haced desaparecer una sentencia que no concierne sino á un simple ciudadano, un juicio que va á hacer la deshonra de un hombre y la desgracia de una familia. Borrad de vuestro resumen esas líneas odiosas que hieren con una nueva mancha, y que la justicia no ha previsto, una falta escusable sin duda. ¿No hay mas que Catones en América?; y, ya que siempre hablais del Evanjelio, ¿no hay alguno entre vosotros que haya leido la historia de la mujer adúltera? En nombre del cielo, sed humano.
—Yo no soy ni humano ni cruel, respondió Truth con su tono glacial; no soy una persona, soy un diario, es decir: un éco, una fotografia. El resumen quedará como está; lo siento por el culpable; pero, yo tambien tengo una mision que cumplir, no transijo con la verdad.
—Pero esa mision, esclamé indignado, os la dais vos mismo!
—¿Es menos santa por eso? replicó el periodista. Comprended, pues, el papel que desempeño. En una sociedad enteramente ocupada de sus asuntos, de sus intereses, y que sin embargo se gobierna á sí misma ¿cómo se conserva la libertad?—¿Cómo se mantienen y engrandecen las ideas jenerosas? ¿Cómo se respeta el derecho, cómo se estima la virtud y se recompensan los servicios? Gracias á la prensa, invencion mas admirable todavia que la del vapor y la de la electricidad. Nosotros los periodistas, somos el éco de la sociedad, éco formidable, trompeta estrepitosa, que aumenta todos los ruidos, los esparce hasta los confines del hemisferio y va á despertar la conciencia pública mas embotada. El bien ó el mal, todo nos sirve; el bien, para hacer palpitar de gozo y de emulacion á todos los corazones; el mal, para sublevarlos de indignacion y de disgusto. Ayer habeis realizado un acto heróico.—En Rusia, en España ¿quién lo habria sabido?—algunos amigos, algunos vecinos, un barrio. Gracias á nosotros, treinta y un millones de hombres van á repetir el nombre del doctor Smith; tres millones de jóvenes envidiarán vuestro valor y se prometerán imitarlo. Hé ahí la obra de esos panfletistas, á los cuales estimais tan poco. Hoy dia se ha dado un escándalo, una falta cometida por un majistrado. La justicia ha condenado al hombre, la prensa condena el crímen y lo hace odiar y detestar por toda la nacion. Mientras mas grande es la caida, mas formidable es la leccion. Nuestra dureza apesadumbrará á una familia y herirá á algunas almas tímidas; salvará de una debilidad semejante á millares de hombres á quienes alentaria la impunidad. Sin duda alguna, nuestro rigor nos valdrá una enemistad mortal—¿Qué importa?—¿Pongamos en balanza nuestro deber y nuestro interés? Doctor, sed menos severo con nosotros.—Teniendo necesidad de estas cualidades para ser periodista, ¿cuántos hombres de estado serian capaces de desempeñar nuestra mision,—cuántos aceptarian resueltamente nuestros peligros y nuestra obscuridad?
—Bravo, Truth! gritó Humbug; hablais como un libro, mi buen amigo,—como un libro que dice la verdad: Rara avis in terris, nigroque simillima cycno.
—Hay ambiciones que se ocultan, repuse, furioso contra Truth y contra mí mismo (las palabras del sofista me habian conmovido); tal se cree virtuoso haciendo alarde de severidad, que, en el fondo, sin saberlo, es juguete de su propio interés y corre tras la fortuna.
—La fortuna, dijo Humbug, no ha sido hecha para los periodistas. Doctor, amigo, el mundo es un teatro donde figuran tres clases de personas: espectadores, actores, autores. Los espectadores, sois vos, es Green, es Rose, son todos esos buenas jentes que no tienen ni vicios ni virtudes y que viven á la sombra de su viña y de su higuera. Los actores son una banda celosa que se parece á todas las compañías de teatro. El ambicioso, los charlatanes elocuentes, el avaro, el cobarde, el tirano, el lacayo, todos desempeñan su papel con gran placer del público, que aplaude á menudo, silba algunas veces y paga siempre. Esos primeros actores necesitan hermosos trajes, palacios, oro, mucho oro. Conocen el capricho de la multitud y abusan de él. En cuanto á los autores, en cuanto al poeta que ha creado la palabra á la órden del dia, que ha escrito el aire en voga, ó inspirado un trozo de literatura, á ese se le arroja un pedazo de pan y se le desdeña. ¿Qué es la idea para los hábiles? nada mas que una escarapela, todo está en usarla apropósito. Gritad durante veinte años que la libertad es la salud de los pueblos, y no sois mas que un éco, odioso á los que mandan, importuno para los que sirven. Llega un dia en que el pueblo cansado quiere sacudir el peso que lo abruma, el primer temerario que inscriba en una bandera la palabra que habeis repetido veinte años, ese será el elejido de la multitud; honor, dinero, poder, todo será para él. Una hora hará la fortuna de ese primer papel; él no tendrá nunca bastante desprecio para el periodista oscuro que, con veinte años de sufrimientos y de peligros, le ha preparado su triunfo? El pueblo juzgará como el actor. ¿Quereis una moraleja para mi cuento? Paris va á nombrar un intendente; estad seguro que se pensará en todo el mundo, escepto en un solo hombre que honraria ese destino; ese hombre es Truth. El dia que muera en la demanda, si yo no estoy ahí, no tendrá dos líneas de elojio en su propio diario. ¡Hé ahí como se recompensa en América la virtud cívica! y sin embargo, somos el primer pueblo del mundo: Ab uno disce omnes. Juzgad ahora de nuestra ambicion.
—Humbug, amigo mio, dijo Truth, ¿en nada contais el honor de ser amado y elojiado? La puerta se abrió por segunda vez, y se vió alargarse un hocico de garduña que no podia pertenecer sinó á M. Fox. Era él, mas risueño que nunca.
—Señor Truth, dijo con su mas almibarada voz, ¿tendriais la bondad de anunciar en vuestro exelente diario que el honorable M. Little acaba de donar diez mil dollars al hospicio de niños, cinco mil dollars á los pobres de la ciudad y cinco mil á la biblioteca municipal?
—El empréstito mejicano vá bien, dijo Humbug: Little es un judio piadoso que paga el diezmo al Señor.
—El empréstito mejicano está abandonado, respondió Fox; M. Little se ha asegurado de que las garantías ofrecidas por el gobierno de Méjico no eran sérias.
—¿De dónde viene esa jenerosidad sospechosa? preguntó Humbug: ahí hay una terrible especulacion en juego, y esos veinte mil dollars nos costarán caro.
—Siempre sospechas,—interrumpí yo, y ¿por qué?
—Es que soy un viejo periodista, respondió Humbug; creo en la virtud de los banqueros como en la simplicidad de los cuácaros.
—Se os convertirá, viejo pecador, respondió Fox riendo.
—¡Gran noticia en la Bolsa! dijo M. Eujenio Rose, volviendo á entrar.
—El empréstito mejicano ha sido retirado, dijo Humbug, ya lo sabemos.
—Pero lo que no sabeis es que el intendente ha presentado su renuncia, y que se propone á M. Little para reemplazarlo.
—¡De veras! dijo Fox; eso no es posible. M. Little no me ha dicho ni una palabra; dudo aun que sus numerosos negocios le permitan desempeñar ese importante puesto.
—Escelente Fox! esclamó Humbug, si tiene la inocencia de un cordero! Vos vereis, abogado honrado, como M. Little se decidirá á ese gran sacrificio.
—Pero nosotros somos jentes delicadas, dijo Truth, y por nuestra parte, no le impondremos una carga tan pesada; combatiremos su eleccion.
—¿Y por qué? esclamó Fox.
—Ese, dijo Humbug, ese es el secreto de la comedia; no se pregunta.
—De manera que, replicó Fox, os encontramos siempre contra nosotros, virtuosos puritanos, raza orgullosa é insaciable; pero que me condene si no vengo algun dia á quemaros en vuestro avispero, abejones inútiles que no sabeis sino fatigarnos el oido con vuestros odiosos zumbidos!
—Fox, amigo mio, dijo Humbug, no pongais mi paciencia y mi brazo á prueba: os haré pasar por la ventana.
Fox no esperó una amenaza cuya ejecucion era demasiado cierta; por mi parte, salí, conmovido y turbado con todo lo que habia escuchado. La razon y la educacion me decian que la prensa es una arma cargada contra el poder y la sociedad; veinte veces los mas sábios ministros me han inoculado esta verdad preciosa; pero por otra parte, estaba impresionado por lo que habia de grande y de jeneroso en la conducta de Truth, de bravo y de decidido en el papel de Humbug. Tomar á pecho la causa de las gentes honradas contra todos los bribones, de que rebalza el mundo, estar todos los dias de caza, y perseguir sin descanso el robo, la injusticia la mentira, es algo sin embargo. Un pueblo que cuenta con tales hombres no es un pueblo vulgar.
—Bah! díjeme espantando los escrúpulos vanos, esta es una escepcion. Lo mas acertado será suprimir los diarios; se dirá que es suprimir el remedio y no el mal; pero cuando el mal no tiene remedio, uno se resigna; si uno se muere, al menos muere sin quejarse. Es una gran ventaja... para los médicos.
Iba á esa altura en mis reflexiones, cuando, del medio de la calle salió una voz que me llamó,—la voz de Susana. Se aproximaba en un cabriolet de dos ruedas, dirijido por Marta. El caballo era seguro, y Marta era una muchacha prudente que se servia mas de las riendas que del látigo; pero en el ángulo de la calle de Taitbout y de la calle de Helder, me equivoco, en la esquina de la sétima y octava avenida, hay un terrible empedradito, hecho, segun creo, por algun veterinario interesado, porque, hace diez años, no se pasa un dia sin que se caigan en él los caballos. El corcel de Marta estaba predestinado: al aproximarse á mí, la pobre bestia se arrodilló de repente; Marta fué arrojada por encima de la cabeza del caballo, Susana cayó en mis brazos, y del choque me echó en tierra, rodando ella conmigo por el suelo.
Me levanté furioso y cubierto de polvo. Susana tenia el rostro arañado; Marta estaba ensangrentada.
—¿Estais herida, Marta? esclamé.
—No, señor, no es nada, dijo; la diestra del Eterno me ha sostenido; no tengo sino la punta de la nariz estropeada.
Y hénos á ambos ocupados en desencillar y levantar el caballo.
Cuando el caballo fué puesto al tiro—Pardiez! esclamé, es una verguenza que una administracion municipal consienta hace diez años un rompe-cabezas semejante, á mi puerta, en la calle mas frecuentada de la ciudad. ¡Y de rabia me entré á la oficina del diario!
—Doctor ¿qué teneis? dijo Humbug siempre riendo; habeis comenzado ya vuestra lucha electoral con Fox. A juzgar por vuestro traje, no habeis salido bien parado.
—Lo que tengo, dije, es que es abominable que haga diez años que se deje un empedrado en semejante estado, es que mi caballo acaba de rodar, es que mi hija está herida en el rostro, es que la cocinera casi se ha muerto; estoy furioso, quiero quejarme, pido justicia. Estamos en Paris en América, la obtendré. La publicidad pondrá á todo el mundo de mi parte. Dadme una pluma y tinta, voy á dirijiros una carta severa, en que trataré á la administracion como merece.
—Aquí teneis lo que deseais, dijo Humbug; y además un dollar.
—¿Un dollar? ¿Para qué?
—Pagamos siempre un dollar á los que nos traen un hecho diverso; no os hagais de rogar, doctor; guardadlo y ponedlo en un cuadro con la fecha. El os recordará que la prensa es la voz de todos, y que habeis comprendido esta gran verdad el dia que habeis sufrido.
—Humbug, respondí, esas palabras que lanzais al viento con vuestra lijereza ordinaria, tienen mas alcance de lo que pensais; no las olvidaré. Por la mañana cuando lea el diario, cada queja me recordará un sufrimiento que mañana puede ser el mio, un mal que puedo cortar ó evitar, asocíandome al grito público.
—Bravo! doctor, sois un gran filósofo. Cuando se abren vuestros ojos, gritais: Et lux facta est. No importa eso; pronto os apercibireis de otra verdad no menos grande: que en resumidas cuentas la libertad de la prensa no aprovecha sinó á las jentes honradas. Basta esto para enseñarnos cuales son sus enemigos.
CAPITULO XII.
Una candidatura en América.
Todas estas discusiones me habian perturbado. Cierto, yo no tenia la debilidad de renegar la fé política que me han dado los maestros de mi infancia; tengo horror á los renegados. Cuando uno se ha criado en el error, si la conciencia quiere que uno salga de él, el honor quiere, que uno persista; es el honor lo que siempre escucha un Francés. Me habria hecho descuartizar antes que confesar que esos Yankees tenian razon. Pero, en el fondo del alma, sentia que habia perdido mi primera inocencia; me habia servido de la prensa y no tenia ya derecho á sonrojarme. Descontento de mi mismo, dormí con sueño ajitado; así, cuando me desperté, era de noche todavia. Los sofismas de Truth y de Humbug habian penetrado en mi ánimo, como flechas en las carnes; buscaba en mi cama, respuestas que no encontraba, cuando de repente, en medio de la oscuridad y del silencio, oí una voz que me llamaba desde la calle. Era la voz de mi hija, un padre no se engaña.
Ponerme mi bata, correr á la ventana, fué cosa de un segundo; me incliné para ver en la oscuridad de la noche. Mi cabeza tropezó con no sé qué obstáculo que estalló. Al instante una luz espléndida me deslumbró; gritos de alegria saludaron mi aparicion. La calle estaba llena de gente, un cartel inmenso cubria toda la casa; y mi cabeza metida dentro de una O jigantesca, daba á los pasantes un espectáculo ridículo. Papá, permaneced ahí, decia Susana, saltando sobre sus lijeros pies y batiendo palmas: todo París leerá el cartel. Green for ever repetian los Yankees mientras corrian. A very good trick[25] agregaban riendo hasta mostrar sus grandes dientes.
Me vestí apresuradamente y bajé á la calle. París no era si no un inmenso cartel; los candidatos de todos los colores: azules, rojos, blancos, amarillos, verdes, rosados; ostentaban sobre las paredes sus servicios y sus virtudes. Mi casa estaba consagrada al verde. El nombre de Green se estendia en mayúsculas de tres pies de alto; frente á mi, la imprenta habia subido hasta las nubes un inmenso cuadro, en el que se leia:
CIUDADANOS
DE LA PRIMERA CIUDAD DEL MUNDO.
¡Nada de banqueros!
¡Nada de abogados!
¡Nada de escaladores del poder!
Nombrad al hijo de sus obran:
¡Al patriota jeneroso!
¡Al comerciante heroico!
¡Al buen padre de familia!
¡Al hijo de París!
¡Nombrad al honrado y virtuoso GREEN!!!
Esta farsa democrática divertia á Susana; M. Alfredo Rose estaba á su lado, con el venerable boticario y sus otros ocho hijos. Enrique bailaba de contento como un niño que se encanta con el barullo; por mi parte tengo poco gusto por esas orjias populares: una frase las reasume: Mucho ruido para nada.
—Vecino, me dijo el farmacéutico, ved ahí á nuestro capitan que vá al fuego; espero que nos dareis una mano; la oposicion es poderosa; no triunfaremos sino á fuerza de palabras y de accion.
—Querido señor Rose, le respondí, con vuestro permiso, permaneceré en casa. En todo esto no tengo interés alguno. Soy un gran señor que tiene para dirijir sus asuntos un cierto número de intendentes que paga, sin tomarse siquiera el trabajo de elejirlos; lo que pasa entre mi jente no me concierne, ¿qué es un intendente municipal de Paris? Un caballero con casaca bordada que casa á las solteronas y á las viudas inconsolables, y que dos veces al año sube en carroza de gala para saludar al señor Prefecto y comer en la casa municipal. Esos si que son grandes honores, y por lo tanto, nunca se les compra demasiado caro; pero, ¿qué me importa eso á mí, simple particular, que no tengo mas privilejio que pagar un presupuesto que no voto? Y no sé á quien representa un intendente; pero de cierto no es á sus administrados. Así, pues, que lo nombre quien quiera; yo soy médico y no me incomodo por nada.
Por toda respuesta M. Rose me agarró el brazo y me tomó el pulso.
—Terrible doctor, me dijo, qué malos ratos me dais con vuestras eternas bromas; os he creido con el cerebro trastornado. Ciudadano de un pais libre, ¿es á vos á quien hay necesidad de decir que hoy dia están en juego nuestros mas grandes intereses? ¿No es el intendente el primer personaje de la ciudad, el representante de nuestras ideas y de nuestros deseos? Policia, mercados, calles, escuelas, no es el intendente acompañado de nuestros consejeros, el que arregla todo, con la soberana voluntad que nuestro voto le confiere? Si tiene superiores en el Estado, ¿los tiene en la ciudad? ¿Recibe órdenes de alguien? ¿No es él nuestro brazo derecho, nuestro órgano, nuestro ministro; no es á nosotros solos á quienes responde de sus actos y de su presupuesto? ¿Y quereis que semejante eleccion nos haga permanecer indiferentes? Por mi parte me preocupo muy poco de lo que hacen en Washington los señores charlatanes elocuentes del Oeste ó del Sud; pero Paris, es mi bien, es cosa mia; es la tumba de mi padre, es la cuna de mis hijos. Amo todo en Paris, hasta sus berrugas y sus manchas, amo sus viejas calles donde he jugado en mi infancia, amo sus nuevos boulevards, grandes arterias de la civilizacion, amo sus iglesias góticas que me hablan del pasado; amo sus esplanadas y sus escuelas que me hablan del porvenir. Para mi es, que cuarenta jeneraciones han enriquecido este pedazo de tierra; hay en esto una herencia que he recibido de mis padres, y que quiero trasmitir á mis hijos, despues de haberla embellecido. No permito que sin mi voluntad se toque una piedra ni una institucion de mi querida ciudad, de mi verdadera patria. ¡Soy Parisiense, Paris es mio!
—Rose! amigo mio! esclamé, sois el Ciceron de los boticarios; pero la elocuencia tiene el privilejio de decir lo contrario de la verdad. No es sériamente que hablais de confiar á uno de nosotros, á un simple ciudadano la policia de semejante Pandemonium; se necesita aquí una mano firme é independiente que nos conduzca á pesar nuestro.
—Papá, dijo Susana, porqué mortificais así al bueno de M. Rose? vos sabeis bien que el intendente es el que elije los policemen; vos mismo habeis hecho nombrar al que cuida vuestra calle.
—¿Quizá tambien, agregué con aire de lástima, haceis votar los impuestos municipales por los que los pagan?
—Sin duda, dijo Rose, ¿quién es el que tiene derecho á votar un gasto si no es el que lo sufre?
—¡Tendreis un lindo presupuesto! ¡Hé ahí un bonito modo de juntar millones! Y cuando abrís calles nuevas, ¿consultais tambien á los habitantes, á fin de conjurar contra vosotros el egoismo de los intereses privados?
—¿A quién se consultaria entonces? preguntó el inocente boticario; supongo que las calles son hechas para nosotros, y nuestros intereses privados forman, reuniéndolos, el interés jeneral.
—Perfectamente! perfectamente! esclamé riendo: todos han mamado la misma leche. Buen Dios! qué necesario seria embutir á martillazos en estos cerebros estrechos las grandes ideas de la civilizacion moderna! Si viesen los milagros de la centralizacion, comprenderian al fin que nuestros negocios nunca son mejor manejados que cuando pasan sin nuestra voluntad, á manos de aquellos que no tienen en ellos el menor interés! Y las escuelas, agregué, son tambien los padres de familia los que votan el impuesto y fijan la cifra del gasto? Tendria curiosidad de conocer el total.
—El gasto de las escuelas, dijo M. Alfredo, apurado por hacer admirar su erudicion, todo el mundo lo vota; la educacion es la deuda comun; todos se hacen un honor en contribuir. Antes de ayer se estableció el impuesto de 1862: son dos dollars por cabeza, sin contar lo que dá el Estado.
—Diez y seis millones de francos votados por un millon y seiscientos mil habitantes de Paris, para las escuelas de la gran ciudad! esclamé; eso jamás se ha visto y nunca se verá: es imposible.
—Papá, repuso vivamente Susana; puesto que Alfredo lo dice, debe ser verdad.
—Pues entonces, mis queridos amigos, dije á mi vez, es necesario aullar como los lobos. Si nuestros negocios son verdaderamente nuestros negocios, si Paris es nuestro y no del Estado; si votamos y consumimos nosotros mismos nuestro dinero, cosas todas increibles, enormes, contrarias á la esperiencia y al buen sentido, yo cedo á la locura comun! Un Parisiense que no es un estranjero en Paris, un Parisiense que tiene voto en el capítulo municipal, un Parisiense que habla y que se le escucha, es un fénix que no se vé sinó en América. Vamos á votar, y viva Green, intendente de Paris.... en Massachusetts!
—Viva Green! gritó toda la pandilla, dirijiéndose á la tienda del especiero.
—Papá, dijo Susana, abrazadme antes de partir. Sabeis, agregó al oido, que vuestro nombre figura en la lista?
—¿Qué lista, hija mia?
—La lista de los oficiales municipales. En el París Telegraphe un comité de electores os propone, como inspector de calles y de caminos, al lado de M. Humbug á quien quieren nombrar juez de paz. Ved papá; y del bolsillo de su delantal sacó la señorita el diario. Qué pais aquel donde una jóven enamorada lée el diario y se interesa en las elecciones!
Tomé el París Telegraphe; mi nombre escrito en grandes carácteres y acompañado de un elojio conveniente, figuraba en cabeza de la lista. Esto me hizo un efecto singular. Criticar al poder haga lo que haga, es cosa que entiendo, soy Parisiense. Vituperar y rezongar contra nuestros amos, es la única parte de libertad que el mismo gran rey no ha podido quitarnos: es el consuelo y la venganza de nuestro ócio político. Pero, administrar y mandar, obrar en vez de gritar, salir de la oposicion para encontrarla á su frente, y reducirla al silencio á fuerza de celo y de éxito, era para mi una perspectiva desconocida y encantadora; la ambicion comenzaba ya á filtrar en mi corazon. Pensaba que la víspera habia sido severo con Humbug (un diario es una influencia), y que quizá habia hablado demasiado rudamente á Rose y á sus hijos: eran diez electores!.... Asi me apresuré á abrazar á Susana, y, corriendo hácia el boticario entablé con él una conversacion confidencial sobre unas píldoras admirables, inventadas por mí, píldoras destinadas á hacer una revolucion en la práctica, no menos que la fortuna del médico que las ha imajinado y del farmaséutico que las venda. Un extracto concentrado de manzanilla es un remedio heróico que sana en ocho dias la incurable y dolorosa enfermedad de las jentes de ingenio, la dispepsia. Yo aguardaba para la academia de medicina las primicias de este maravilloso descubrimiento; hacia diez años que tenia principiada mi memoria; pero cuando la ambicion nos invade, adios prudencia! La gloria académica dejaba de deslumbrarme; la inspeccion de las calles me abria la carrera política,—era candidato!
CAPITULO XIII.
Canvassing[26].
¿Habeis estado enamorado, caro lector? os acordais cuán vivo era vuestro corazon, cuán ardiente vuestra mirada, cuán rápido vuestro pensamiento, cuán lijera la vida: en aquellos dias felices? Pues bien, entonces sabeis lo que es un candidato. A cincuenta pasos de distancia, á pesar de mi mala vista, reconocia electores que nunca habia visto; encontraba en un rincon de mi mollera la historia de una porcion de jentes á quienes jamás habia hablado, y no solamente su historia, sino la de sus mujeres, de sus hijos, de sus padres, de sus abuelos y de sus primos segundos. Echaba á diestra y siniestra promesas y apretones de mano. Familiar con los pequeños, modesto con los grandes, yo enderezaba todos los entuertos y componia todas las calles. Ciceron, implorando el consulado, no era ciertamente ni mas elocuente, ni mas jeneroso, ni mas afable que yo.
Green se unió á nuestro cortejo; era, puede créerseme, un candidato bastante pobre. Los electores que lo habian puesto en camino no habian tenido buena mano; sin salir de la calle, les hubiera sido fácil elejir otro mejor. Un especiero no ha recibido esa alta educacion social que permite jugarse con los hombres y las cosas. Ninguna adulacion á la multitud, ninguna de esas promesas que se quedan en el fondo del escrutinio, ninguna de esas agradables mentiras que son los fuegos artificiales de ordenanza de todas las elecciones. Green era frio y tímido como un comerciante que hace un negocio, y que pesa cada compromiso. Cuando habia estrechado la mano de un elector diciéndole: Haré lo que pueda, ó, la posicion es dificil, ó, nombrad á M. Little, si lo juzgais mas capaz, ya le parecia que su papel estaba hecho. A los reproches afectuosos que le dirijia, me contestaba en un tono glacial: Mi conciencia no me permite hacer mas; no puedo ofrecer mas de lo que he de cumplir. ¡Conciencia en un candidato! era un escrúpulo de almacenero! Cuando se quiere hacer fortuna, se encierra la conciencia con doble llave la víspera de la eleccion, y no siempre se la saca al dia siguiente. En Francia todo el mundo sabe esto.
Hubiérame muerto de fastidio en esta procesion electoral, si no nos hubiera acompañado el enorme y alegre Humbug. Siempre sobre el quien vive, siempre pronto á la respuesta, seguíanle la pista por las risas que dejaba en pos de sí. No siempre era agradable la acojida que nos hacian; en sus odios como en sus amistades, el Sajon muestra una ruda franqueza; la sal americana no es la sal ática. Pero Humbug era un admirable jugador de pelota: no habia broma que no recibiera devolviéndola del primer voleo. Una vez, tocados por él no volvian mas.
—Green, candidato! es una verguenza, decia un egoista de semblante pálido y de facciones consumidas. ¿Figuraos al especiero en el consejo de la ciudad? Cuando toquen la campanilla, responderá: Ya van, ya van, haced que os despachen. Que se vaya al infierno, él y todo su séquito!
—Al infierno, dijo Humbug! ¿qué le diremos á tu padre el fallido? que estás en tu tercera quiebra esperando la cuarta.
—Green, candidato! reponia un dependiente de novedades, dandy de botas barnizadas que á cada palabra hendia el aire con su inocente varita; Green, un almacenero que no es capaz de distinguir un asno de un caballo!
—No tengas cuidado, hijo mio, dijo Humbug, se te reconocerá entre mil.
—Bella respuesta, y digna de un hombre que vive de su injenio.
—Si no cuentas mas que con ese capital para vivir, no llegarás, hijo mio, á ser tan gordo como yo, respondió Humbug, continuando su camino en medio de las risas de la multitud.
Entramos al Hotel de la Union; nos habian señalado á su dueño como uno de los electores influyentes de la ciudad. Pero en su casa, si el buen hombre llevaba las riendas, era su mujer la que le mostraba el camino. A la primera frase de Green, la fogosa matrona le cortó la palabra:
—Maldita sea la política, dijo.
—Maldita sea la hostería, respondió Green haciendo un profundo saludo á la señora.
—José, gritó la imperiosa Juno, insultan á vuestra mujer, se os ultraja, y os quedais ahí como un imbécil. Teneis sangre de pavo en las venas.
A esta voz terrible, José se quedó suspenso, abriendo tamaños ojos. En la calle creo que el bravo hostelero nos hubiera estrechado la mano de buena gana: su ancha cara, su lábio pendiente, su gran vientre, no anunciaban un rayo de la guerra; pero, en presencia de su mujer, juzgó prudente enfurecerse. Llevar la guerra al esterior, era el medio de conservar la paz en la plaza.
—Que venga, ese hermoso candidato, gritó con un vozarron que trataba de hacerlo malo, tengo á su servicio un cabestro para colgarlo.
—Muchas gracias, mi buen amigo, le dijo Humbug con tono almibarado, tendríamos escrúpulos de privaros de ese mueble de familia.
Hénos á todos riendo mientras huiamos de aquel antro de Polifemo; pero estaba cortada la retirada. En el umbral de la casa, la señora, erguida como un centinela armado, detuvo á Humbug, y temblando de cólera:
—Sabeis quien soy yo, le dijo.
—Quién no os conoce y no os admira, repuso Humbug, enderezándose con fatuidad, sois una niña encantadora, que no habeis llegado todavia á la edad de la discrecion.
Con lo que la saludó, dejando á la digna matrona mas muda y mas boba que la mujer de Loth en su última transformacion.
Estas no eran sino escaramuzas; habian reuniones públicas donde se discutian los títulos de los candidatos; allí se daba la batalla y se decidia la victoria. Habia llegado el momento de separarnos; era necesario que cada uno contribuyera con su persona. Me asignaron el Liceo. Entré en aquel inmenso salon, donde se ajitaba una muchedumbre inquieta. En el acto me reconocieron, y llamaron, todas las miradas se fijaron en mi; el miedo me cojió, de buena gana habria renunciado á esa candidatura fatal que me entregaba al público. Ay de mí! era demasiado tarde.
En frente á mí, un hombre trepado sobre un tablado hablaba y jesticulaba con estrema vivacidad; escuchábanle en silencio, y en seguida lanzaban hurrahs y gruñidos terribles: asi es, como se aplaude y se silva entre los Sajones. Aquel tribuno popular que sublevaba á su albedrio las pasiones de la multitud, era el abogado del banquero Little, era Fox, nuestro enemigo.
Apesar de maldecir al perillan, me veia obligado á reconocer en él cierto talento de que abusaba. Sério á la vez que chocarrero, tenia un modo de hacer el elojio de sus adversarios que los ponia en ridículo, un modo de ponderar sus candidatos que los realzaba á los ojos de todos. Concluyó por una rápida enumeracion de las riquezas que los bancos esparcian en América. Little se convirtió en un Júpiter que caia en lluvia de oro sobre el seno de una nueva Danae. A la voz del abogado, los caminos de hierro, los canales, los vapores vinieron á agruparse en torno del banquero para hacerle un cortejo electoral, mientras que con un jesto desdeñoso el orador nos mostraba al especiero nadando en su melaza ó confundido con la cuenta de sus sardinas y de su bacalao. Amigos de la paz, esclamó concluyendo, ¿nombrareis por jefe de la ciudad á ese fabricante de fósforos químicos cuya mercancia se encuentra en todos los incendios? Amigos de la libertad, ¿elijireis á ese vendedor de bacalao que alimenta á los esclavos del Sud, y que quebrará mañana si sus clientes, emancipados por nuestro valor, dejan de tomarle su mercancia envenenada? No, jamás descendereis á esa verguenza. Por mi parte, Yankee pur sang, amigo de la patria, orgulloso de todas nuestras glorias, antes que dar mi voto á ese hombre, preferiria mas bien votar por.... Se detuvo, guiñando el ojo y bajando la voz.... por el que, en su piedad universal, nuestras mujeres llaman un pobre anjel caido; no os lo nombraré.
Una salva de aplausos saludó al orador; descendió de la plataforma recojiendo felicitaciones y promesas. En toda asamblea hay siempre una majada de bobos que siguen balando al último que habla. No le bastaba aquel éxito al traidor; se vino derecho á mí, me tendió una mano que no me atreví á rehusar y con voz que resonó en todo el salon. Doctor Smith, dijo, á vos ahora; juego limpio para todos, esa es la divisa del Yankee. Me levanté cubierto de un sudor frio; de todas partes gritaban: oid! oid! Aquel ruido, las miradas fijas en mí, el silencio que siguió, todo contribuyó á hacerme perder la cabeza; una nube roja pasó por delante de mis ojos; mi voz se apagó en mi garganta, todo mi cuerpo temblaba siguiendo los latidos de mi corazon. ¡Cuánto no hubiera dado por comprar la facundia de aquel miserable! Yo tenia ideas mas nobles que las suyas, un patriotismo mas sincero: pero el abogado tenia la costumbre, el oficio; y á mi, ciudadano de un pais libre, ni á hablar me habian enseñado. Estaba vencido, y vencido sin combate.
Iba á enfermarme de cólera y de verguenza, cuando de repente Enrique mi hijo, viéndome palidecer saltó sobre la plataforma é hizo señas de que queria hablar. El cuerpo derecho, la cabeza alta, los piés en escuadra, la mano izquierda metida en el frac abotonado, saludó graciosamente y esperó que el tumulto se apaciguára.
—Es su hijo, es su hijo, decian de todas partes. Oid! oid! Todos miraban al niño con curiosidad; se hizo un silencio profundo, se hubiera sentido volar una mosca.
—Ciudadanos y amigos, dijo con voz clara y penetrante, no vengo á combatir al terrible Goliat, al banquero Little; no son piedras lo que me falta, el Filisteo ha arrojado bastantes en nuestro jardin; pero no tengo de David sinó la juventud, no tengo la fuerza para medirme con ese adversario demasiado ejercitado; todo lo que ensayaré es defender á mi padre y á mi partido; estoy seguro que entre vosotros, nobles corazones, no hay uno solo que no diga: Ese jóven tiene razon.
—Oid! oid! gritaban de todas partes: habla bien.
—El honorable sollicitor, continuó mi hijo, recalcando la primera palabra, no ama la especieria. Esto me admira. Hace tal consumo de sal ordinaria que nos reputaríamos muy felices de ser sus marchantes. Que nos la dé y le daremos de llapa la azúcar que le falta. El azúcar modera la bilis; de otra manera todo se vé amarillo, y es uno injusto con sus compañeros de armas y sus amigos.
No sé de donde sacaba mi hijo esa elocuencia de baja ley, pero era del gusto de aquella multitud ignorante: reian, aplaudian, las mujeres ajitaban sus pañuelos. En seguida respondian con una sonrisa: la asamblea era suya.
—No hablaré mal de los banqueros, continuó mi tribuno de diez y seis años; los banqueros son como los dentistas, es necesario no hacerlos nuestros enemigos, quién sabe si mañana no tendremos necesidad de ellos! ¿pero debemos poner en sus manos los intereses de la ciudad? Recuerdo que mi abuela, una santa mujer de Connecticut, nieta de nuestros padres los peregrinos, me repetia amenudo que habia oido á sus virtuosos antepasados, que el banquero sostiene al Estado como la cuerda al ahorcado: estrangulándolo.
—Tres gruñidos para los banqueros! gritó una voz estrindente, la voz de algun deudor perdido entre la multitud. Aquel grito tuvo éco, el salon tembló con esos aullidos que acariciaban mi oido paternal, como lo hubiese hecho una sonata de Beethoven.
—Mi abuela, continuó el niño exitado por aquellos hurrahs, nos proponia enigmas para divertirnos en las noches de invierno al lado del fuego; Si, se metieran, decia ella, en un mismo saco un banquero, un sollicitor y un sastre, y se sacára á la suerte, ¿quién saldria infaliblemente?
—Un ladron, repitieron veinte oyentes, encantados de encontrar un recuerdo de la infancia. Enrique se aproximó á la orilla de la plataforma, puso un dedo sobre su boca, y dijo á media voz:
—Esa es la palabra de que se servia mi abuela, pero hoy dia se dice: saldria un millonario afortunado.
—Cierto, agregó, yo no quiero mal á la fortuna, espero hacer mi camino como cualquier otro.
—Y tú irás lejos, mi pequeño jigante, gritó una voz gruesa que conmovió la asamblea.
—Mostradme, agregó mi hijo animado por aquel sufrajio, mostradme una fortuna honorablemente adquirida, navíos enviados á la India, á Terranova, á las Molucas, saludaré en la persona de Green veinte años de trabajo, de cálculos y de economías. Pero esas riquezas de azar, esos millones ganados al juego en un dia, no me hableis de eso: es el bien de otro que pasa al bolsillo del mas hábil. Fortuna sin trabajo, es fortuna sin honor! (Oid! oid!)
—Por otra parte, queridos conciudadanos, ¿es la fortuna lo que recompensais? ¿O es acaso, el valor y la abnegacion? ¿No es Green el noble capitan que penetró en una casa incendiada por salvar á vuestra mujer ó á vuestra hija, quizá? Ese niño que mi padre arrancaba ayer de en medio á las llamas, ¿no lo habeis adoptado todos? ¡Oh vosotras, conciencia nuestra, vosotras, estrellas de nuestras almas, madres, esposas, hijas, hermanas, hablad, señora!: ¿por quién se debe votar? (Oid, oid!)
—Amo á los valerosos que no temen entrar al fuego, continuó mi jóven Graco, pero no tengo inclinacion alguna á los que viven eternamente en él. No me admira que el caballero cuyo nombre no se dice, tenga todas las simpatías de nuestros adversarios: es muy natural que el honorable M. Fox, escoja su representante en su familia ó entre sus amigos; pero nosotros, que tenemos alianzas menos ricas, lo que necesitamos á la cabeza de nuestros negocios comunes, es un hombre honrado. Y ese hombre, no hay porque ocultarlo, es el hijo de sus obras, es el hijo de la ciudad, es Green.
—Hurrah á Green! hurrah á Smith! gritó toda la multitud arrebatada por la emocion. La victoria era nuestra. Enrique me buscaba con los ojos en medio de aquella batahola. Iba á escapar á su gloria naciente, cuando un robusto cazador de Kentucky, uno de esos jigantes que se jactan de ser mitad caballo y mitad cocodrilo, alzó á mi hijo á fuerza de brazo, y le hizo dar la vuelta del salon. Fué una salva de aplausos capaz de voltear las paredes. Todos los hombres estrechaban la mano al jóven prodijio, todas las mujeres lo abrazaban. Yo queria gritar:—¡Soy su padre! Pero por segunda vez el miedo se me atravesó en la garganta, y suspiré diciendo por lo bajo: Ay de mí! no ser yo mi señor hijo.
CAPITULO XIV.
Vanitas, Vanitatum.
Cuando la multitud se hubo escurrido, llevando á lo lejos la gloria y el nombre del futuro Webster, abracé á mis anchas al orador, y tomé de nuevo con él el camino de casa. Avergonzado del papel mudo á que me habia condenado mi ridícula timidez, no pude menos de zaherir un poco al Ciceron en ciernes.
—Hola! bribonzuelo, le dije, ¿dónde has adquirido esa facilidad de charlar y esa seguridad que nada perturba? Improvisar, declamar, unir el ademan á la palabra, ese arte perdido desde la antiguedad—¿dónde te lo han enseñado?
—En la escuela, dijo mi hijo. Tú lo sabes papá, tú que tantas veces me has hecho recitar mi Enfield.[27] ¿He tenido aplomo? ¿He alzado el brazo mas arriba de la cabeza? ¿Estás contento?
—¿Y todos tus camaradas charlan como tú?
—Sin duda papá. Lindos ciudadanos serian los de un pueblo mudo! Hablar y jesticular nos es tan necesario como leer y escribir. No hay ninguno de nosotros que no esté destinado á ser algo en la sociedad, en el comun, en el Estado. Miembros de un meeting ó de una asociacion, electores, candidatos, majistrados, senadores, todos tendremos necesidad de dirijirnos al público: se nos habitúa, pues, desde la escuela. Improvisar no es dificil y es muy entretenido. En nuestras recreaciones, nuestro placer es discutir; he hecho ya cien discursos á mis futuros electores. Pero mi fuerte es el jesto. “La accion, dice Demóstenes, en mi Enfield, la accion! la accion!” Miradme, papá.
Y héteme ahí á mi muchacho que se pasea declamando no sé que discurso de lord Chatham contra la guerra de América. Camina, se detiene, alza los ojos al cielo, junta las manos, adelanta con puño cerrado, apoya un brazo sobre el corazon, y concluye por saltarme al cuello riendo á carcajadas; mientras que yo, su padre, incapaz de decir una palabra y de mover un dedo, permanecia confundido ante aquella perversidad precoz, fruto de una educacion mal sana. Mi hijo no era un prodijio, no era sino un Yankee criado demasiado hábilmente.
—¡Desgraciado niño! le dije, puesto que te vas á la India, ¿para qué te servirá ese arte de histrion? Pase todavía si fueras abogado.
—Lo seré algun dia, papá, respondió Enrique. Dejadme ganar diez mil dollars allá; á mi vuelta estudiaré derecho, y me asociaré con un maestro esperto.
—¿Y en seguida? pregunté admirado de esa jóven ambicion.
—En seguida, papá, me haré nombrar representante en el Estado de Massachusetts, y seré senador.
—¿Y en seguida?
—En seguida, papá, seré diputado al congreso, y mas tarde senador de la Union.
—¿Y en seguida?
—En seguida, papá, seré ministro como M. Seward, si no puedo conseguirlo, seré presidente como M. Lincoln.
—¿Y en seguida? esclamé, ocuparás sin duda el puesto de Lucifer; porque tienes la ambicion y el orgullo de un demonio!
—Papá, repuso el niño, inquieto de mi vivacidad, todos mis camaradas piensan como yo. Nuestros maestros nos han dicho siempre que éramos la esperanza de la patria y que la república tenia necesidad de nosotros. Entrar en la carrera política, no es ambicion, es un deber. El ciudadano que vá mas lejos es el que sirve mejor á su pais.
—Oh! los paganos, los paganos! esclamé: hénos aquí que volvemos á los escándalos de Atenas y de Roma. El primer deber de un cristiano, señor, es permanecer en su humildad, es huir de la política, es no mesclarse jamás en los asuntos de su pais, á menos que la autoridad no os obligue á ello.
—Papá, no es eso lo que nos han enseñado en el púlpito. El domingo último, nos han citado á un papa, Pio VII, segun creo, que decia, cuando no era sino obispo, es cierto: Sed buenos cristianos, y sereis buenos republicanos. Todas nuestras libertades vienen del Evanjelio: Se nos ha repetido constantemente que la moral de Cristo conduce á la democracia, es decir á la igualdad fraternal y al respeto del mas ínfimo individuo. Amaos los unos á los otros, ¿qué quiere decir esto, sino que el mas fuerte debe ayudar al mas débil con su fortuna, con sus consejos y con su abnegacion?
Me tomé del brazo de Enrique.
—Pobre niño enceguecido por la locura de tus maestros, le dije, mira á donde va la democracia.
Delante de nosotros caminaba á pocos pasos de distancia, un hombre encajonado en unas planchas de madera. Sobre aquel cartelon ambulante se leia, escrito en grandes caracteres:
EL LINCE.
Diario de los Demócratas.
CIUDADANOS!
Cuidado con los intrigantes y los necios!!
GREEN—SMITH—HUMBUG.
ó
EL RIDICULO TRIO DESENMASCARADO.
—Dadme el Lince, dije á un vendedor de diarios.
—Hélo aquí, señor, respondió el hombre con tono chocarrero; pero si quereis reir, os ruego que tomeis el Sol y la Tribuna, alli es donde vereis al trio fustigado lindamente.
El Lince me bastaba, abrí aquella hoja execrable. Green era burlado cruelmente, á Humbug le decian verdades de á puño; pero á mí, gran Dios; ¿cómo me trataban? Qué de mentiras! qué de injurias! qué abominacion!
Estregué ese miserable panfleto, iba á arrojarlo en el lodo, su verdadero lugar, cuando en el umbral de mi casa encontré la alegre cara é impertinente sonrisa de Humbug.
—Triunfais, señor periodista, le dije metiéndole el Lince por las narices. Elecciones, hé ahí vuestras fiestas, vuestras saturnales de la calumnia.
—La calumnia, dijo el hombron encojiéndose de hombros, es como el sarampion: cuando sale á la superficie, sana; cuando se resume mata.
—Solo en vuestras democracias se imprimen semejantes infamias!
—Ya lo creo! respondió el sofista, contento de tomar al vuelo una nueva paradoja. En las monarquias del Viejo Mundo, se guardan de imprimir la calumnia, la dicen al oido: es un medio mas pérfido y mas seguro. No atacan á las jentes de frente, se defenderian: se las asesina por la espalda; es donde reinan sin rivales, la intriga y la mentira, alli es donde el principe es la primera víctima de ese veneno que él impide se exhale. Summa petil livor. La calumnia, doctor, es el flajelo y el castigo del despotismo; en un pais libre es una picadura de avispa; no se piensa en ella al dia siguiente.
—Señor filósofo, dije secamente, leed ese diario; se trata de vos.
—Razon mas para que no lo lea. Siempre es el mismo tema, con ocho ó diez sustantivos en epitetos pretencioso, para variar el estribillo. ¿Teneis la audacia de no seguir á los dóciles carneros que arrastran los hábiles guias? ¿os atreveis á tener una opinion propia y una voluntad? sois un orgulloso soñador y un ambicioso fanático. Decis la verdad á vuestros conciudadanos; ¿quereis ilustrarlos sobre las condiciones de la libertad, premunirlos contra los peligros de la anarquia? sois un infame aristócrata, un servil admirador de la pérfida Albion. En otros términos, abrirle los ojos al pueblo es arruinarla industria de los conductores de ciejos y echar á la calle á jentes honradas que nada perdonan.
¿Hablais francamente, llamais por su nombre los abusos, y á los que viven de ellos?—sois un adulador de la multitud, y un cobarde demagogo. Elojios irónicos si vuestra candidatura vá mal,—injurias groseras y comunes si triunfa: hé ahí la eterna cancion de los diarios y de los periodistas que no se respetan. Nos parecemos mucho á los órganos de Berberia. Ese es el placer de los envidiosos, de las comadres, y de las buenas jentes que tienen el oido falso. Es necesario ser induljente con las pequeñas miserias de la humanidad.
—Leed el artículo, repuse impaciente; veremos hasta dónde llega vuestra dulzura.
Una vez que hubimos entrado al salon, donde por fortuna estábamos solos, Humbug se puso á leer la injuriosa diátriba, mientras Enrique corria en busca de noticias.
Green no tiene de que quejarse, dijo riendo el morrudo periodista. Por la manera ruda como le tratan, es claro que sus acciones suben en plaza. Las mias no van mal. Un Falstaff descarado, es cosa linda ese Sileno avinado, á quien no falta ni su asno cuando el doctor esta ahí, es de una mitolojia que hace honor á la erudicion del escritor. Todo esto es la telum imbelle, since ictu de un partido agonizante.
—¿Porqué no se impide hablar á esos miserables?
—Doctor ¿habriais encontrado la piedra filosofal? Saber de antemano lo que esas jentes dirán es un secreto que se busca todavia; el único medio de evitar ese escándalo que os aterroriza es enmordazar á todo el mundo: remedio heróico que mata á las jentes para impedirles que vivan mal. ¿Es esa la medicina que poneis en práctica? Esos pillos, direis son pagados para ejercer un oficio innoble; abusan de la libertad, la prostituyen; convengo en ello, pero ese abuso nos garantirá el uso de nuestros derechos. Hay señoritas que abusan del derecho de pasearse por las calles, ¿encerraremos por eso á nuestras mujeres en un harem? Hay jentes que se matan por la glotoneria y la borrachera, ¿nos sujetareis por eso al réjimen de Sancho en la ínsula Barataria? Por miedo á un incendio, ¿prohibireis los avios de encender y los fósforos? Por miedo á un asesino ¿nos quitareis uno de los primeros derechos de los pueblos libres, el derecho de tener armas? Toda libertad arrastra consigo un abuso posible: toda fuerza y todo instrumento hace lo mismo. Suprimir la libertad para evitar el abuso, impedir el bien para impedir el mal, es hacerle el proceso á Dios mismo, y probarle que no entendia jota de la creacion.
—Si no podeis evitar la calumnia, esclamé, castigadla; inventad suplicios terribles; herid al que me quita el honor como heris al que me arranca la vida.
—Teneis abiertos los tribunales, respondió Humbug; pero el desprecio es una justicia mas pronta y mas segura. Mañana los electores os vengarán de las injurias de hoy dia. ¿Es cierto por otra parte que nos hayan calumniado? Por lo que á mí respecta no me siento herido.
—No sé lo que teneis en las venas, le dije, arrancándole el diario de las manos. Oid como un anónimo cobarde se atreve á tratar á un hombre de mi posicion y de mi edad, en seguida os mostraré como se castigan semejantes infamias.
Y con voz trémula de cólera leí lo que sigue: