En aquel momento, una especie de hércules vestido de policeman, entró en la audiencia, asiendo del cuello á un hombrecito que jesticulaba como un diablo en una pila de agua bendita; no garantizo la exactitud de la comparacion. El jigante empujó vigorosamente al enano en el palco; en seguida, acomodándose el frac, cuyo cuello se habia roto, y limpiándose la cara toda arañada:
—Ved lo que hay, señor majistrado, dijo con voz jadeante; es un rebelde lo que os traigo.
—Perdon, dije yo á Humbug; supongo que no vais á juzgar sobre tablas un delito flagrante cometido fuera de la sala.
—Por qué nó? repuso el juez, sorprendido de mi pregunta.
—Y las formas, esclamé. Comenzad por poner á ese hombre preso, dejad que la policia levante un sumario, en seguida haced deponer una queja, sobre esa queja proceded á una fria y séria instruccion; hecho esto, fiscalizad esa misma instruccion, para no dar cabida al error, ni á la pasion. Tomad quince dias, tomad un mes, tomad tres meses, si es menester, el tiempo no es nada; pero observad las formas; ellas son las garantias de la libertad.
—Estad tranquilo, doctor; vamos á hacer la instruccion en la audiencia, en público, con el pais por testigo. Semejante luz disipa todo error y toda pasion.
El acusado tendrá todas las garantias que pedis, salvo la prision preventiva, en la que supongo no tiene tanto interés como vos.
—Pues es el caso, continuó el policeman, que yo llegué ayer de mi provincia, y que haciendo esta mañana mi primera ronda, acudió á mí este señor muy apurado, respirando apenas y colorado como una remolacha—“Policeman, me gritó; al fin os encuentro! Pronto, pronto, socorro; hay necesidad de vos. “Qué hay?” le contesté. “Hay, respondió, que van á cometer una muerte abominable, si vos no os interponeis. Veis aquel jentío que se revuelve; allí hay un hombre que apalea su mujer con un garrote. Escuchad, gritan al asesino! Corred pronto, evitad una desgracia.”
—Y quién es ese particular? le pregunté yo.
—“No es grande, me contesta, pero es un salvaje.” Bueno le dije, he visto peores aun.
Abreviad, dijo Humbug.
—Voy á acabar, mi majistrado; corro y me abro paso por entre la muchedumbre, que no se movia; el hombre estaba allí, descargando sendos garrotazos sobre la cabeza de su mujer.
—Le habeis arrestado?
—No, mi juez, dijo el hércules rascándose la oreja y bajando la voz; era.... era Polichinelle.
—Continuad, dijo Humbug mordiéndose los lábios, mientras que el público reía de buena gana á la vez que el acusado.
—Sí, mi majistrado. Vuelvo á mi puesto, un tántico contrariado, como era natural. Y entonces llegan todos los pilluelos de la ciudad, encabezados por el señor, y silvando á cual mas. “Policeman, me gritan, os llaman; al asesino! al matador! Polichinelle mata su mujer!” Yo me dije: “Me han jugado una farsa, la ley no la prohibe; he caido en el lazo, callémonos; es menester que uno pague su aprendizaje.” Sigo caminando pacíficamente, como si nada hubiera pasado, cuando este señor, que á lo que parece le han pagado para que divierta la ciudad, se planta delante de mí, y me dice en alta voz: “Te conozco, te conozco, tú eres un ladron, un asesino!” Yo, le grito. “Sí, tú, me contesta. Ciudadanos, os pongo á todos por testigos y jueces. Decid si no ha muerto un Ourang-outang para robarle la cara?”
—Muy bien señor, le dije, ahora me toca á mí: eso es un insulto, tengo la ley en mi favor. Seguidme ante la justicia. Quiere huir, y le detengo del cuello; él me contesta con una trompada en la cara; le tomo, pues, en mis brazos y aquí está sin rotura. No hay mas!
El acusado se levantó muy corrido, declaró que no negaba los hechos, y se escusó de su resistencia, diciendo que no habia creido que cometia un delito jugando como Polichinelle.
—Os equivocais, señor, contestó Humbug con tono chocarrero. Si conociérais mejor á vuestro digno modelo, sabriais que despues de cada una de sus proezas se le pone preso en una caja cuidadosamente cerrada. Seré menos severo con vos; todo no os costará sino diez dollars de multa, y diez dollars por los perjuicios causados á este bravo policeman. Dadle las gracias por su bondad, que si hubiera apretado los dedos erais hombre muerto.
El hombrecito sacó de una grasienta cartera algunos billetes, que de bastante mala gana dió al escribano; salió suspirando, saludado afuera por los silbidos de la multitud que aplaudia al policeman. Esta vez Goliat habia batido á David; es cierto que habia hecho entrar á la justicia en juego.
Despues del caballero de madame Polichinelli, desfilaron delante de nosotros los infalibles de la policía correccional: mendigos, vagabundos, borrachos, calaveras, pendencieros, caballeros de industria, jugadores y otros pillos; era aquello un cuadro vivo de todas las miserias y de todos los vicios. Viendo la rapidez y seguridad con que Humbug instruía y juzgaba cada asunto, viendo sobre todo como el condenado aceptaba sin quejarse, un castigo previsto,—me reconcilié con el modo de actuar de los americanos. La publicidad de la instruccion criminal podría muy bien ser uno de esos descubrimientos modernos que suprimen el tiempo. Apoderándose en su primer fuego de las palabras de todas las partes, en lugar de coagularlas en un papel que no conserva de ellas ni el sonido ni el sentido; poniendo frente á frente acusados, acusadores, testigos y abogados, el juez americano condensa en algunos instantes la verdad, que entre nosotros se evapora muchas veces en los mil canales que la enfrian. Hacer buena y pronta justicia sin menoscabar la libertad,—hé ahí el problema que estos Yankees han resuelto. La ciencia nos ha engañado á nosotros,—la casualidad les ha servido á ellos.
Habia un punto, sin embargo, sobre el cual me quedaba algun escrúpulo. Le pregunté á Humbug si no estaba espantado de su poder. Tener asi en sus manos la fortuna, el honor, la libertad de tantos acusados, disponer de todo ello por sí solo,—es una responsabilidad terrible.... No valdria mas dividirla?
—Nó, repuso Humbug, se opone á ello el interés de la justicia. Formar un tribunal de tres ó cuatro jueces, no es multiplicar la responsabilidad, es dividirla; el acusado pierde en ello su mejor garantia. Siendo solo y estando bajo las miradas del público, me parece que Dios me mira; siento toda la santidad del deber que desempeño. Cuantos mas cofrades tuviera, tanto menos comprometido me creeria. Qué es una tercia, una quinta, una segunda parte de responsabilidad? Y si el juicio es inícuo ó cruel, con quién se entenderá la opinion?
—Sin embargo, le dije, ved el jurado.
—Es el ejemplo que iba á citaros, me dijo. En este pais la mayoria es soberana; el número, es el que hace la ley en todo. Solo la justicia está fuera de esta condicion. El acuerdo de once jurados, no puede arrebatarle al acusado ni la vida, ni el honor; basta la abstencion de un solo hombre para tener en jaque su veredicto. De dónde proviene esto? Es que aquí hay una cuestion moral,—no un problema de aritmética; la voz que absuelve tiene mas peso quizá que las once que condenan. Así, lo que el lejislador pide, no es la mayoria,—es la unanimidad. Lo que él necesita, no es una responsabilidad dividida en doce partes,—son doce responsabilidades. En esto no hay, como lo veis, ni apariencia de escepcion; es siempre la misma regla; pero reforzada: unidad de juez, ámplia y completa responsabilidad.
Este razonamiento me sorprendió, siempre había creido que la unanimidad del jurado era uno de esos viejos restos de barbárie feudal, que nos divierten á espensas de la Inglaterra, haciéndonos sentir mejor nuestra superioridad. Humbug turbaba la serenidad de mi fé. En vano traia á mi memoria las sábias palabras de Montaigne: “Oh! que dulce, que muelle y que santa cabecera es la ignorancia y la falta de curiosidad para reposar en ella una cabeza bien hecha!” La duda es como la lluvia, ningun viajero se escapa de ella. Franceses! quereis guardar ese lejítimo orgullo, esa pura satisfaccion de vosotros mismos, que hace vuestra fuerza y vuestro placer? Pues no perdais nunca de vista vuestras veletas!
Un movimiento que se hizo en el auditorio,—movimiento seguido de un largo murmullo, nos anunció la llegada de un personaje importante. Un hombre gordo se adelantó majestuosamente, la cabeza levantada, medio cerrados los ojos, soplando á cada paso, sin mirar á nadie. Llegado que hubo á la mesa de los demandantes, saludó á Humbug con un jesto familiar y aire de proteccion. Era el banquero Little, en cuyas hinchadas mejillas se leía la insolencia de sus veinte millones.
Tras él, dos policemen, conducian á un hombre de gran estatura, flaco, de cara desencajada, de ojos ardientes y aire de jugador que ha arriesgado su vida parando á una carta, y que ha perdido. Dejóse caer en el asiento de los acusados, y se ocultó la cara entre ambas manos.
—Señor, dijo el banquero, esta mañana han presentado en mi casa esta letra de dos mil dollars, que pongo sobre vuestro escritorio. Mi cajero, que es un mozo intelijente, vos lo conoceis, Humbug, no hallando este pago indicado en el cuadro de vencimientos, ha tenido la idea de traerme el billete, no obstante la insignificancia de la suma. El nombre del jirante, los endoces, mi aceptacion, todo es falso. Desde esta mañana, ya se han presentado tres veces con billetes semejantes, que han tenido cuidado de no dejarme. Es un golpe combinado entre cierto número de pícaros. Han calculado que me nombrarian intendente municipal, que hoy estaria ausente y que mi cajero no se atreveria á rechazar jiros con mi firma al pié. He cojido al señor; ahora toca á la justicia descubrir sus cómplices.
—Acusado, dijo Humbug, teneis algo qué contestar? Ved que se tomará nota de todas vuestras palabras, y que se hará uso de ellas en contra vuestra; reflexionad antes de hablar.
—Por ahora, nada tengo que decir, murmuró el acusado.
—Entonces me obligais á enviaros ante la corte de assises por falsario, añadió Humbug con voz conmovida. Podeis presentar dos fianzas de cinco mil dollars cada una? De lo contrario me veré obligado á poneros preso.
—Veré de encontrar fiadores, respondió el acusado.
—Muy bien. Subid en carruaje con dos policeman, y ved á vuestros amigos. A vuestro regreso, iremos con vos mismo á inspeccionar vuestros libros, tomando otras precauciones del caso.
—Vais á dejar en libertad á ese falsario? le dije á Humbug. No veis que tiene cómplices, que los advertirá y lo que es mas, no veis que se escapará?
—La ley, respondió el juez, no establece la prision preventiva sino para los crímenes que llevan aparejados la pena capital. En todo lo demas, se remite á la discrecion del juez. Por qué quieres que le quite á ese hombre el medio de defenderse? Será para que comparezca como víctima ante la corte de assises, y para que el interés se adhiera, no al robado, sino al ladron? Serán necesario pruebas, espertas averiguaciones; puede esto, hacerse á tientas en ausencia del acusado? No tiene acaso el acusado el derecho de discutir y criticar todos los cargos amontonados contra él? La instruccion criminal, no es una pena, es la averiguacion de la verdad.
—Con vuestra falsa humanidad, esclamé, desarmais la sociedad; no es así como yo entiendo la justicia.
—Cómo la entendeis pues? preguntó Humbug.
—Permitidme una comparacion, repuse. En la sociedad lo mismo que en un bosque, hay aves de rapiña y animales de presa; son los enemigos que la policia y la justicia buscan constantemente para cazarlos. La policia los acecha, la justicia los espera al paso; el majistrado, cazador hábil, abate y destruye esa ralea maldita. Pedidle al lobo una fianza, ofrecedle un salvo conducto al zorro, vereis qué se hacen los carneros y los pollos.
Protejer á las jentes de bien, es el primer deber de la justicia; á los malos no les debe sino castigo y esterminio.
—Caro amigo, dijo Humbug, vuestras bromas son crueles.
Si hay lobos entre los pobres humanos, lo que estoy lejos de negar, por lo menos tienen la misma piel que las ovejas; antes de matar al salteador, es menester reconocerlo. Esa obra requiere una mano mas delicada que la del cazador. La justicia, no es bajo otro nombre, sino la sociedad, madre de todos los ciudadanos; hasta la condenacion, ella cree en la inocencia de sus hijos. Esa confianza maternal no es una palabra vana; es una ternura activa que proteje y sostiene al acusado, sin abandonarle un momento. Vos creis sin duda que es el jurado quien castiga el crímen; desengañaos. La instruccion se hace entre nosotros de una manera tan franca, tan libre, tan jenerosa, que á decir verdad es el culpable el que se condena á sí propio, aceptando la expiacion. Seguid nuestras cortes de assises, vereis que lo que desarma al acusado, es la misma dulzura de nuestros procedimientos judiciales. Si se le ataca, se subleva; si se le insulta, se ultraja; el orgullo y la cólera sostiene al malvado lo mismo que al hombre de bien. Pero justificarse cuando solo los hechos acusan, esponer uno simplemente su conducta, dar cuenta de sus acciones, es el privilejio de la inocencia. Nada espanta á un criminal como el sentirse solo cara á cara consigo mismo,—teniendo por testigo y por jueces al presidente que lo proteje y al jurado que lo acusa. Así lo mas frecuente es que concluya confesando su falta ó encerrándose en un silencio obstinado lo que equivale á una confesion. Lo que vos llamais la debilidad de nuestras leyes, es lo que hace su virtud y su hermosura.
No entiendo una palabra de vuestra filantropia quimérica, le contesté; no es asi como se entiende y se practica la justicia........
En Kharkoff, entre los cosacos! interrumpió Humbug riendo; ya lo creo, esos caballeros no son cristianos.
Son cristianos como yo, repuse, pero........
Buenos dias mi juez, gritó, mientras encerraban en el palco á un hombre de figura violácea, con unos ojos tan resaltantes como los de una langosta de mar y una voz asmática y ronca: soy yo, Paddy, no me reconoceis?
Dos veces, en cuatro dias, es demasiado, dijo Humbug.
Escusad, mi majistrado, dijo el acusado, señalando á los policeman,—estos señores tienen la culpa. No tienen piedad con los pobres. Ayer, domingo, salgo para pasearme tranquilamente, llevando en la mano una botella de jinebra, á la manera de un cristiano que no quiere ponerse furioso por no haber hallado que beber en un dia sábado. Encuentro á este gran diablo allá, le pregunto políticamente el camino del hospital. “Lo tienes en la mano, me contesta.”—Esto, dije, enseñándole mi botella, es el consuelo de mi vida.—“Es tu enemigo repuso él.”—Eh bien, policeman es menester amar á vuestros enemigos. Esto diciendo bebo á mi salud, y tropieso con Patricio O’Shea, un compatriota hijo de la verde Erin, muy enemigo de los Sajones. El domingo no encuentra uno un amigo sin boxear un poco con él: cosa de risa, no es verdad, mi juez? Todavia no sangrábamos cuando el policeman me atrapa del hombro diciéndome: “Tienes tres dollars qué pagar?” No, mi bolsillo tiene un agujero y mi mujer no lo ha compuesto.—“Si no tienes con qué pagar la multa, añade, porqué te bates?”
Policemen, le contesté, teneis razon; cada cual debe divertirse segun sus medios,—con lo que me largo de bracero con Patricio, siempre amigos. Pero hé aquí que Patricio se pone á embromarme sobre las últimas elecciones; es demócrata.—“Tu juez, dijo, (era de vos,mi majistrado, de quien hablaba), no vale un píto; en cuanto al doctor se asegura que es brujo.”
Como era natural le cierro la boca de un puñetazo; él me lo devuelve; yo le doy una sancadilla, y sas tras, doy con él en tierra:—Te ahorco, le dije, si no confiesas, y le aprieto el pescuezo para que confiese.
Para que confiese qué, preguntó Humbug.
Qué, mi juez! que vos valeis un pito y que el doctor no es brujo.
Paddy, repuso Humbug, con aire serio, os damos las gracias por vuestra buena opinion respecto de nosotros; pero por haberos emborrachado y peleado en la calle tendreis que pagar diez dollars.
Diez dollars! esclamó el borracho, de dónde quereis que los saque?
Si no los encontrais de aquí á mañana, cinco dias de prision os dejarán chancelado.
—Y mi mujer, y mis hijos? murmuró Paddy.
—Ayer fué cuando debiste pensar en ellos, repuso el juez; hoy es ya tarde.
Fariceos esclamé, al fin os sorprendo. Con que teneis dos pesos y dos medidas. Gracias á su dinero, el rico puede permitirse todos los vicios; el pobre tiene que espiar en prision el único crímen que no perdonais: la miseria. Es eso equidad? Para un mismo delito, yo no admito sino una misma pena; encerrad á todos los culpables ó no encerreis á nadie. La justicia no es sino otro nombre de la igualdad.
—Dichosos lójicos, dijo Humbug, admirables conductores de los pueblos! se os importa poco matar la libertad, con tal de conducirla en linea recta al abismo. El dia en que los astutos verdugos hicieron morir bajo el látigo á los nobles y á las mujeres, sospecho, sublime doctor de Kharkoff, que vuestro corazon palpitaria, esclamando: Gran victoria de la igualdad!
—No, no, repuse á mi vez; tengo horror al despotismo; quiero la igualdad que eleva, y no la igualdad que rebaja; pido que á los siervos se les trate como á nobles,—no á los nobles como á siervos.
—Muy bien, amigo mio, repuso el juez; pero aquí es donde comienza la dificultad. Hay siempre un punto en el que, á menos de imitar á Procusto, el mas perfecto de los lójicos, no llegareis nunca á la igualdad.
Nuestras viejas leyes Sajonas, que vos encontrais duras, y yo hallo justas y suaves, siempre cuidan de tratar bien á la libertad. Escepto los crímenes atroces, ellas atacan la bolsa,—no á la persona culpable. Si el verdadero medio de contener al hombre arrastrado por la pasion es ponerle delante la responsabilidad que le espera, nada vale lo que las penas pecuniarias; creed en la esperiencia. Hay paises donde el adulterio es una gracia; la falta de fé un juego permitido; el duelo una proeza que honra hasta el malvado. Entre nosotros, no se seduce ni á la mujer ni á la hija del vecino, ni se mata á las jentes para reparar la injuria que se les hace. Por qué? Por la muy prozaica razon de que cada una de esas amables locuras cuesta quince ó veinte mil dollars. Nadie tiene interés en arruinarse para ser la fábula de la ciudad, y lo que es peor aún, un objeto de burla.
—Tal es la ley, cuya fuerza y sabiduria ha consagrado un uso diez veces secular. Pero qué hacer cuando el condenado no tiene nada? Debe dársele al pobre un privilejio de impunidad, sacrificar la libertad por amor á la uniformidad? Nuestros antepasados han decidido y nosotros hemos conservado su máxima: El que no puede pagar con su bolsillo paga con su piel: luat cum corio. Entre nosotros la multa es la regla, la cárcel la escepcion. Porqué? Porque la libertad es el principio; y á decir verdad, la cárcel no es sino un medio de ejecucion contra un deudor insolvente. Qué veis de injusto en todo esto?
—No veo la igualdad, repuse.
—Pues bien, doctor, sois ciego. Hay dos especies de igualdad: la una, que no conviene á las sociedades humanas,—es la igualdad material y brutal que no toma en cuenta ni la edad, ni el rango, ni la fortuna. Las mismas penas en condiciones iguales, es la igualdad absoluta, es decir, la suprema injusticia. La otra igualdad es la que proporciona el castigo,—no segun la definicion del delito, que no es sino una palabra, sino segun el acto mismo y segun la persona del culpable. Al rico una fuerte multa, al pobre una multa suave, y en defecto de paga algunos dias de prision,—es una ley en la que tanto la justicia y la igualdad verdaderas se encuentran consultadas no menos que la libertad.
—Paddy! esclamé llamando al borracho que levantó hácia mi sus grandes ojos con asombro: tomad estos diez dollars, buen hombre, idos en paz á vuestra casa, y no volvais á pecar. Hé ahí mi respuesta, añadí, volviéndome hácia Humbug: es una protesta contra la iniquidad de vuestras leyes.
Es la justificacion de su escelencia, respondió él. Si por amor á la igualdad, hubiéramos establecido la prision como pena de la embriaguez, qué socorro hubiérais podido prestarle á esa interesante víctima? La multa, por el contrario, tiene el gran mérito que las almas tiernas pueden siempre correjir la dureza de nuestros juicios. Y digan lo que digan los lejistas, esa raza de corazon empedernido, cuando hay lucha entre la caridad y la justicia, es bueno que la última palabra se diga en favor de la caridad.
—Gracias, doctor, gritó Paddy, deshaciéndome los dedos entre sus manos; voy á beber á vuestra salud; el primero que se atreva á decir que sois brujo, lo aplasto, á fé de cristiano.
—Ved ahí un hombre correjido, dijo Humbug. Ahora si no hay nada mas á la órden del dia levantemos la sesion.
De allí volvimos á mi gabinete, donde encontramos al Presidente de la corte, de assises en una gran ajitacion.
—Os esperaba, le dijo á Humbug: héme aquí en un gran embarazo. El jurado está reunido, el attorney jeneral me falta á su palabra. Me escribe que está en cama, retenido por tales dolores de entrañas que le es imposible levantarse.
—Entrañas.... un attorney jeneral! Eso es inverosímil, esclamó Humbug.
—Amigo mio, no riais, y socorredme, dadme alguien que pueda reemplazar á nuestro acusador público.
—Tomad á este querido Daniel, dijo el juez, siempre dispuesto á reir. Es el hombre que buscais. Abogado y doctor de la universidad de Kharkoff. Un prodigio de gravedad, de inflexibilidad, de legalidad y de sentimentalismo. Teneis ahí en una sola persona,—un Coke, un Mansfield, un Erskine y demás.
—Venid pronto señor, dijo el presidente, tomándome el brazo; vos me salvais la vida.
—Permitid, le dije........
—No, no, interrumpió él, no escucho nada. Nada de falsa modestia; sois doctor, eso basta.
Al mismo tiempo, Humbug me cojió del otro brazo; lleváronme á la sala, presentáronme al jurado, y me instalaron sin haber podido soplar una palabra. Humbug se puso despues de mi, y riéndose de mi percance, me mostró en el banco de la defensa á Fox estupefacto, que me miraba cerrando los ojos.
—No habia como desdecirse; la suerte que se burlaba de mi me condenaba á representar una nueva comedia: el attorney por fuerza.
CAPITULO XXIV.
Un attorney jeneral.
Querido lector! Os ha empujado alguna vez al agua por sorpresa, una mano traidora, y sin saber nadar? Pues bien, entonces podeis haceros una idea de mi triste situacion. No me sentia en estado de decir dos palabras seguidas, pero retirarme hubiera sido ridículo; no habria habido bastantes silvidos para mi en toda la ciudad; resolví pues, armarme de paciencia y sostener mi papel hasta el fin.
Saqué mi cartera, arranqué de ella algunas hojas y me puse á escribir de memoria algunas de esas bellas fraces que no dicen nada; pero que hacen el mayor efecto, cuando se las coloca á propósito en una improvisacion cuidadosamente preparada. Armado así, esperé la batalla, con la firmeza de un soldado que va al fuego, diciéndose que hará pié.
El primer acusado que condujeron era un malvado abominable, que habia envenenado lentamente á su mujer, despues de haberle dictado un testamento; el crímen era flagrante y las pruebas irrecusables, de manera que el miserable ni siquiera tentó defenderse.
—Me defiendo culpable, murmuró con voz trémula, pálido el rostro y ojos de loco. La muerte, pido la muerte. Que me quiten la vida.
La asamblea quedó en profundo silencio.
Levantéme majestuosamente, puse mi lente á caballo sobre mi nariz, tosí tres veces, y teniendo mis apuntes en la mano izquierda, mientras movia mi brazo derecho cadenciosamente, comencé con voz baja y lenta:
“Señor presidente, señores jurados:
“Nemo auditur perire volens, no se escucha al que quiere morir, es una de las grandes y saludables máximas que nos ha legado la profunda sabiduria de nuestros venerables antepasados, sabiduria bien superior á la loca ciencia y á la orgullosa razon de las jeneraciones de hoy dia; nemo auditur perire volens es una máxima que no ha sido inventada solamente, para protejer al culpable contra su propia desesperacion, sino para asegurarle á la sociedad la justa satisfaccion de una venganza lejítima.
“Sí, señores, cuando un crímen execrable ha sido cometido; cuando nuestra admirable ciudad, rejuvenecida por el esplendor de esas gloriosas construcciones que hacen honor infinito al jénio prodijioso de nuestra hábil y sábia edilidad; cuando, decía, nuestra ciudad, Roma moderna, mil veces mas bella y mas grande que la Roma de los Césares, se despierta al amanecer, terrificada por la noticia imprevista de uno de esos horribles atentados que revelan una depravacion incalificable, fruto intoxicado de una civilizacion que las revoluciones y el periodismo han corrompido; entonces, entonces, señores, la justicia, que vela siempre, debe cumplir una mision sagrada, mision tan difícil como grandiosa. En defecto de una palabra fácil, en defecto de esa elocuencia majistral, gala de tantos de mis ilustres cólegas, que no nombro, teniendo en consideracion su exesiva modestia, los magistrados que al menos se inspiran en su conciencia traen á este recinto su enérjica conviccion, su humilde y firme abnegacion á la causa del órden, de las leyes y de la sociedad.
“Aquí, señores jurados, se dá un grande y hermoso espectáculo, aquí vuelve á empezar en todos sus detalles, una trajedia, dolorosa sin duda para las jentes honradas, pero necesaria á la espiacion del crímen y á la edificacion del pais entero. En este drama espantoso, el libertinaje hace la esposicion, la avaricia llena el segundo acto, el veneno es su nudo, la instruccion, por su maravillosa habilidad, precipita las terribles peripecias, y así llegamos al desenlace fatal y próximo. Ese desenlace vengador, está en vuestras manos, señores jurados, vuestro veredicto no es dudoso. Abrumado, por el peso de su falta, vencido por la justicia, el culpable ha confesado todo; ahí está ante vosotros agobiado, herido por los remordimientos. Su condena está escrita sobre su frente malvada, como lo está en vuestros nobles corazones.
“Que no crea que esa confesion forzada pueda librarle de la afrenta que ha merecido. En vano aparta su cabeza criminal, en vano aleja sus lábios impuros del cáliz amargo que su crímen execrable le ha preparado; la ley ciega y muda, la ley justamente inexorable, la ley santamente implacable, quiere que apure hasta las heces su maldad. Su suplicio es el castigo del pasado y la leccion del porvenir.”
—Basta, por Dios, basta, me dijo Humbug tirándome el faldon de mi frac: Res sacra miser[54], amigo mio.
Dejadme pues, le dije, con un jesto de impaciencia. La acusacion nada tiene que hacer con la humanidad.
—“Es á nosotros, continué animándome, es á nosotros, ministros de la vindícta pública, es á nosotros representantes de la sociedad ultrajada, es á nosotros á quienes incumbe el penoso y santo deber de sofocar hasta las palpitaciones de nuestro corazon de hombre, es á nosotros á quienes toca remover ese fango y dominar invencibles desagrados, es á nosotros....”
¡Imprudente! al hacer un jesto magnífico, alcé los brazos, abrí entrambas manos, y hé aquí que todos mis papeles caen en tierra y mi elocuencia con ellos; me agaché para recojer todo junto, pero el acusado aprovechándose de aquella casualidad desgraciada, se levantó bruscamente, diciendo:
—Señor Presidente, ¿hasta cuando sufrireis que el attorney jeneral, juegue conmigo como un gato con un raton? La ley dice que sois el abogado del acusado; por qué dejais insultar mi miseria. Espero la sentencia, y no veo qué ganais con prolongar mi suplicio.
—Tiene razon, dijo un jurado mal enseñado, estamos aquí para hacer justicia no para oir un sermon.
Quise hablar; el presidente me detuvo haciéndome una seña con la mano, y cubriéndose, pura y simplemente pronunció la sentencia del culpable, y la pena de muerte. No hubo ni resúmen, ni palabras bien sentidas, ni leccion dada al acusado, ni al jurado, ni al público, nada que aumentára la solemnidad de aquella escena palpitante de interés. Antes por el contrario, todo se hizo con una familiaridad de mal gusto y como pactando con el culpable.
—Condenado, dijo el presidente, en adelante no espereis nada de la misericordia de los hombres, no os resta sino implorar la justicia de Dios. ¿Cuántos dias necesitais para arreglar vuestros negocios y poner en órden vuestra conciencia?
—Bastarán tres dias, repuso, tengo prisa de acabar.
—¡Eh bien! contestó el presidente, dentro de cinco dias á contar de la hora presente, comparecereis ante el único juez que puede perdonaros.
El condenado saludó al presidente con respeto y salió, lanzándome una mirada que me turbó. ¿No habia yo cumplido con mi deber? ¿Debe uno piedad hasta á los asesinos?
Introdujeron al segundo acusado. Era este un pícaro descarado, que habiendo salido de la cárcel dos dias antes se habia hecho culpable de fractura, de robo y de tentativa de asesinato. Habia roto las ventanas de una casa de Montmorency, amenazando á una desgraciada sirvienta que la cuidaba y robádose todo, inclusive el carruaje y los caballos.
La cara de aquel pícaro bastaba para hacerlo condenar. Era la maldad en persona. Veíase en él á un hombre para quien la sociedad no era mas que un enemigo, y que tenía tanto desprecio por la ley como odio por el majistrado; en una palabra, una de esas bestias salvajes que es menester matar para no ser devorados por ella.
—Acusado, dijo el presidente, ¿os defendeis culpable ó no culpable?
La pregunta es diestra, repuso el ladron, con audaz indiferencia. ¿Culpable ó no culpable? Ni vos ni yo podemos saberlo antes de haber oído á los testigos.
Señores jurados, esclamé, ¿tenemos acaso necesidad de oír mas? Retened esa confesion. Hay ejemplo de que un inocente haya hesitado un instante en proclamar su no culpabilidad? Solo un bandido de profesion puede tener semejante descaro. Ved si ese miserable no lleva el sello del crímen impreso en su cara impudente.
—Protesto contra esa teoria, esclamó el defensor del acusado. Aquella voz perruna me hizo estremecer: una vez mas la irónica fortuna me ponia en frente de Fox, mi eterno enemigo.
—Sí, continuó, protesto y protestaré siempre, contra una doctrina que jamás ha sido recibida en los tribunales de la libre América. Vos no teneis el derecho de torturar las palabras de un acusado para sacar de ellas una condenacion. Vos no teneis el derecho de interpretar su porte, su jesto, el tono de su voz para deducir de ello su culpabilidad. Si permitido fuera invocar esos signos falaces que la pasion esplica á su antojo, ¿quién escaparia á la elocuencia de los señores attorneys jenerales? ¿Calla el acusado? son los remordimientos que le abruman, el silencio es una confesion.—¿Protesta con calma? es un descarado, el descaro es una confesion.—¿Se exalta, se chancea? es un insolente que ultraja la justicia; el insulto es una confesion. La debilidad, la enerjía, la humildad, el orgullo, las lágrimas, las cóleras, todo es confesion para los espíritus mal dispuestos, que solo ven las cosas de un lado. Eh! señores, comenzad por establecer los caractéres físicos de la virtud y del crímen. Cuando la ciencia haya realizado los sueños de Labater, condenareis á las jentes por su cara; hasta entonces dejad á los decidores de buena ventura, ese arte pérfido y peligroso. La justicia no conoce sino los hechos, no discute sino los hechos, no falla sino sobre los hechos. Ahí está su seguridad y su grandeza. Que el señor attorney jeneral guarde su talento para mejor ocasion. Pasemos al exámen de los testigos.
—Señor Presidente, esclamé yo, solo por respeto á la corte, es que he sufrido hasta el fin la impertinencia de esas palabras; un attorney jeneral no tiene lecciones que recibir de un abogado, requiero....
—Calma, señor, dijo el majistrado. A la defensa le es permitido todo salvo la injuria; las palabras del honorable abogado no esceden en nada el derecho de sus funciones. En cuanto á su doctrina es la que nuestros precedentes han consagrado. En todas nuestras compilaciones encontrareis esos principios que yo me hago un honor en profesar.
Caí en mi asiento á la manera de un Titan fulminado. El presidente, convertido en apóstol de teorias que hacen descender la acusacion al nivel de la defensa; el presidente, desertor de nuestras filas y haciéndose cómplice del abogado, era el último golpe! Si esto es lo que los yankees llaman justicia, yo no la conozco ni por el forro. Recorred la Europa civilizada, y no hallareis allí nada semejante.
—Muy bien, me dijo el escelente Humbug, para darme un poco de valor. Hablais como un senador; pero con demasiado celo solamente. Moderaos, mi buen amigo, hareis mas efecto.
No habia salido todavia de mi sorpresa cuando llamaron á los testigos; esperaba que solo el presidente los interrogára de concierto conmigo. Esperanza vana! El presidente era una estátua impasible; frente á él, el acusado guardaba el mismo silencio. Cuando quise interrogarle, un grito jeneral me enseñó que, segun la ley yankee, no hay favor sino para los pícaros. Cualquiera que hubiera visto al majistrado y al acusado inmóviles y mudos, habría dicho que ajenos á lo que pasaba en la audiencia, eran los jueces del campo. Los combatientes, ó mejor dicho las víctimas, eran los testigos, entregados á la merced del abogado, interrogados, desmentidos, vituperados, hostigados por un hombre sin carácter público y que no tenia otro título sino defender la dudosa inocencia de un pícaro envejecido en el crímen. En aquel trastorno de todas las ideas recibidas, cualquiera habria tomado al acusado por un testigo, á y los testigos por acusados.
Una de las preguntas hechas por Fox me pareció tan impertinente, que me opuse á que el testigo contestára.
—Con qué derecho? esclamó Fox, siempre furioso.
—Olvidais le dije, que no os debo cuenta de ningun jénero: soy aquí el representante del Estado.
—Qué nueva químera es esa? repuso, con su insolencia habitual, en este recinto no hay Estado. Aqui no hay lugar sino para la justicia, admirablemente representada por la imparcialidad del majistrado y la sabiduría del jurado. Vos, sois tan abogado como yo. Yo represento al acusado, vos representais al querellante, á quien la sociedad os da por sosten. Vos no teneis un solo derecho que no me pertenezca á mí,—asi como yo no tengo un solo privilejio que vos no podais revindicar. Si de otra manera fuesen las balanzas de la justicia no serian de buena ley y la acusacion seria mas fuerte que la defensa; á qué estaria reducida la libertad del ciudadano?
—Señor presidente, dije, tambien es esa una de las teorías consagradas por vuestros precedentes?
—Señor attorney jeneral, repuso con tono pesaroso, vuestra pregunta me sorprende. En un pais libre puede acaso ponerse en duda la igualdad de la defensa y de la acusacion?
No me quedaba mas recurso que callarme; dejé á Fox torturar á los testigos á su gusto. Una sola cosa me consoló. No hay abuso que, al lado de mil inconvenientes, no lleve aparejado alguna pequeña ventaja. Habituado desde la infancia á las rudas pruebas de la vida pública, los testigos no se dejaban intimidar por la aspereza de las preguntas que se les dirijian. En aquel duelo de palabras, Fox no siempre llevaba la mejor parte. Es verdad que tenia la piel dura; cada vez se levantaba con nueva rabia. Jamás se ha defendido la libertad de un hombre con una enerjía mas desesperada.
Entre los testigos figuraba Seth el cuácaro, personaje importante en Montmorency, por su calidad de posadero. Seth le tenia mala voluntad al abogado desde el lance de por la mañana, y así sus contestaciones envolvian una malicia que me hizo sonreir apesar de mi mal humor.
—Conoces al acusado? preguntó Fox.
—Sí, dijo el cuácaro, le conozco por su desgracia y por la mia.
—¿Te atreverias á afirmar bajo juramento, que es un mal hombre?
—No he dicho nunca que le hubieran acusado de ser un mal hombre, repuso el amigo Seth con la mayor dulzura.
—¿Qué interés tenia en robar un carruage con caballos?
—Ninguno, que yo sepa, dijo el cuácaro. Hubiera hecho mejor en comprarlos y no pagarlos, á la manera de los honorables gentlemen. Quizá no tenia el crédito de ellos.
Despues del posadero, vino el turno de la sirvienta; era esta una gordiflona rubia, de aire cándido y alegre; pero que no carecia de uñas y de pico, como toda hija de los campos.
—Vos pretendeis, dijo el abogado, que reconoceis al acusado; afirmais que os ha dirijido amenazas en términos mas que inconvenientes.
—Sí, señor, murmuró poniéndose colorada.
—Hablad mas alto, dijo Fox, los señores jurados no os oyen.
—No puedo, repuso toda turbada.
—Sí, podeis; haced como yo, gritad.
—Vos, es diferente, repuso, es vuestro oficio; desde chiquito os han acostumbrado á ello.
—Vos afirmais continuó Fox, que el acusado se ha servido de palabras abominables, tan abominables, señores jurados, que el pudor me impide repetirlas en público.
—Si, señor, dijo la muchachona, poniéndose cada vez mas colorada.
—Muy bien, repetid esas palabras á la corte y al jurado.
—Señor, dijo ella, irguiéndose, si vuestro pudor no os permite reproducir esas palabras, no comprendo como es que podeis suponer que el mio me lo permita.
—Muy bien, repuso Fox sin desconcertarse; el jurado apreciará. Habeis dicho que el acusado hablaba como un descarado. ¿Sabeis lo que es hablar como un descarado?
—Lo sospecho, repuso, mirando al abogado de tal manera que la asamblea se puso á reir y que Fox abandonó el testigo.
Agotada la lista de los testigos, tomé yo la palabra; la cólera me hacia elocuente, lo sentia, y así me abandoné al placer de declamar. En una requisitoria que merecia ser estenografiada, hice la historia completa de aquel bandido. Le cojí del lecho para no dejarle sino ante el tribunal, donde iba al fin á recibir un justo castigo. Primero, le pinté á los tres años, como uno de esos niños malditos que no han hecho jamás sonreir á su madre; en seguida, le acompañé á la escuela, le mostré perezoso, mentiroso, pendenciero, preludiando al patíbulo con sus robos de nueces y ciruelas en los árboles del camino. Por una fortuna inaudita, habia hallado entre los testigos, á tres de sus honrados camaradas, que veinticinco años antes habian hecho el merodeo con aquel futuro pícaro. De la escuela pasé al taller, y allí tracé un retrato horrible del hombre que debia parecérsele. Hice contra la embriaguez, ese veneno criminal, un trozo que arrebató al auditorio; estaba todavia á diez años del crímen, y el acusado era ya hombre perdido en la opinion del jurado. Despues de mi discurso, la única cosa que debia sorprender, era que el acusado no hubiera muerto á su padre. No dudaba que aquel malvado tuviera el alma parricida; y así lo dije al jurado; pero el cielo le habia ahorrado al muy pillo el mayor de todos los crímenes; ¡el miserable tenia la felicidad de ser huérfano!
Mientras que el auditorio estaba suspenso de mis labios elocuentes, miré al acusado que se torcía bajo el látigo de mis palabras vengadoras. Herido por mis reproches, incapaz de resistir á sus remordimientos violentamente despertados, levantóse, é interrumpiéndome:
—Presidente, dijo con voz ronca, si esto debe durar mucho tiempo así, es bastante para mí, me confieso culpable. Prefiero estar cinco años preso, antes que escuchar á este caballero.
—Desdichado, dijo Fox, ¿habeis pensado en ello? Retirad esas palabras funestas.
—No, no, dijo, este caballero me fastidia; daria mi cabeza por hacerlo callar.
—Acusado, dijo el presidente, reflexionad antes de hacer una declaracion que os pierde. Pensad que si renovais friamente esa confesion, solo me resta pronunciar vuestra condena.
—Os doy las gracias, mi presidente dijo, sois un digno majistrado; vos no pisoteais á un pobre gusano que se halla en desgracia. Qué quereis, no tengo suerte; si me cayera de espaldas me romperia el pescuezo. Despues de todo, yo he robado, que justicia sea hecha. Pero ¿qué tiene que hacer este caballero con lo que le he dicho á mi madre ó he hecho en la escuela cuando era muchacho?
Mi victoria era completa. Vencido por mi elocuencia mas que por sus remordimientos, el culpable confesaba su crímen. Para colmo de felicidad, Fox, cuya lengua audaz yo temia, no podia ni contestarme siquiera. Faltaba, pues, únicamente que la justicia y la autoridad cumpliesen con su deber.
Levantada la sesion, uno de los jurados vino donde yo estaba y me estrechó la mano. Era un orador célebre, un espíritu lleno de recursos que, mas de una vez en las Cámaras, habia derrotado á sus adversarios teniendo estos razon. Tal sufrajio agregaba á mi triunfo, un gran esplendor; asi fué que en vano procuré disimular mi alegria por tan gloriosas felicitaciones.
—Estoy encantado de vuestro injenioso descubrimiento, me dijo mi nuevo amigo. En la primera ocasion que se me presente me propongo imitaros y espero ser tan feliz como vos. Tomar á un hombre al nacer, apoderarse en su jérmen del vicio, del error, de la preocupacion describiendo é interpretando su largo desarrollo, eso es admirable. No creo que haya persona alguna que pueda salir intacta de esa revista histórica; siguiendo vuestro proceder me siento capaz de demostrar que Caton era un malvado y Sócrates un atéo.
—Yo no he inventado nada, le dije con modestia; vos me lisonjeais.
—No, me dijo; en este pais jamás se ha razonado de esa manera sutil. Es una lójica nueva que os hace el mayor honor. Los yankees son jentes groseras, que persiguen el crímen y no al hombre; para vos el hecho material no es nada, el hombre es todo. Si no hay prueba suficiente de la atrocidad que se le imputa, poco importa; ha sido capaz de cometerla? la presuncion está en contra de él y por otra parte es probable que haya cometido muchas otras. Hé ahí lo que yo llamo una buena justicia, una justicia que proteje á la sociedad y que solo se inquieta del bien público. Sois americano de oríjen?
—Esta brusca pregunta os sorprende, continuó sin averiguar la causa de mi sorpresa. Perdonad mi indiscrecion; mi madre era francesa y á ella le debo ciertas ideas que no han entrado jamás en una cabeza sajona. Esas ideas se acercan mucho á las vuestras, y me inspiran las mas vivas simpatias por la orijinalidad de vuestro talento.
—Así, por ejemplo, para mí el Estado es todo; y á pesar de la estúpida charla de ignorantes moralistas, sostengo que no se puede poner en balanza el interés de todo un pueblo y el pretendido derecho de un mísero individuo! Soy socialista en el buen sentido de la palabra, el Estado antes que el individuo! Los yankees, al contrario, espíritus limitados, méollos estrechos, han traido de Inglaterra una preocupacion egoista y salvaje. Si un juez le falta al respeto á una vieja gitana, si un attorney jeneral pierde la paciencia acusando á un pícaro, ó trae á maltraer á un asesino—en el acto sale un sajon que grita hasta desgañitarse que se viola la gran Carta, y que se ultraja á la humanidad. Y en el acto una multitud imbécil acude á la voz del que ladra, haciendo al rededor del majistrado un ruido semejante al de los perros que siguen un caballo al galope. Diríase que es un pueblo de ladrones, donde cada cual tiene miedo de ir al dia siguiente ante la corte de assises, y que defiende la libertad de los demás en el interés de la suya propia. Gracias á la solidez de mis principios, yo entiendo la justicia de otra manera. Veo con placer que hay en América dos hombres de la misma opinion. Nadie es un santo cuando aparece ante el jurado, y yo prefiero mandar tres inocentes al patíbulo antes que dejar escapar veinte pícaros. Soy un hombre sólido; tocad aquí; entre los dos reformaremos la educacion de este pueblo monótono que no tiene sino una palabra en la boca: Libertad!
Despidióse de mí apretándome la mano de la manera mas cordial; pero cosa estraña, sus elojios me desagradaron y mi triunfo comenzó á asustarme.
—Si habré ido demasiado lejos, pensaba. Si me habré dejado arrebatar por el ardor de la persecucion, á la manera de un cazador que solo oye su pasion? Yo no me he engañado, desde que el culpable confiesa su crímen; pero las armas de que me he servido han sido lejítimas? Le es permitido todo á la justicia? El acusado no tiene ningun derecho al respeto?
A pesar mio estos pensamientos me ajitaban. La idea de la venganza pública no me satisfacía ya. Entreveía vagamente una doctrina mas pura, doctrina que sometía la justicia humana á los preceptos del Evanjelio; y decía en mis adentros: para el cristiano toda debilidad es santa, toda miseria sagrada,—con el niño, con la mujer, con el pobre y hasta con el culpable, la autoridad debe desconfiar de su fuerza y temer el tener demasiada razon.
CAPITULO XXV.
Dinah.
Al salir de la audiencia encontré al cuácaro que me felicitó por mi habilidad; este cumplimiento me hizo un placer mediócre. Humbug, al contrario, no me dijo nada; hubiera preferido sus reproches; creo que en aquel momento su cólera me habria hecho bien.
Fox me esperaba en la calle; sus rasgos contraidos, sus ojos brillantes, revelaban una pasion que ya no puede contenerse.
Debeis estar satisfecho, gritó de lejos en cuanto me vió. Habeis obtenido un triunfo, una victoria que os honra. Espero no ser el último que os haga justicia. No faltará un diario que glorifique la elocuencia y la doctrina del señor attorney jeneral. Un Jeffries, en América, es un mónstruo nunca visto, que no se verá nunca; es menester admirarlo cuanto antes.
—Por lo demas, añadió, furioso de mi silencio y cerrando los dientes,—lo ocurrido no me asombra. No hay nada tan cruel como las jentes que tienen pesares domésticos, es una raza sin piedad.
—Pesares domésticos, dije alzando los hombros. Habeis perdido el juicio, señor Fox; habeis olvidado la persona con quien hablais?
—De veras! repuso recalcando, me parece que hablo con el dichoso padre de la muy amable Susana.
La cara de aquel hombre me espantó; su risa diabólica me heló hasta en la médula de los huesos.
—Callaos, le dije, os prohibo pronunciar un nombre que todos deben respetar.
—Vá! contestó con desdeñosa sonrisa, vaya una severidad fuera de lugar.
—Miserable, esclamé cojiéndole del cuello, esplícate ó te deshago aquí mismo.
—Señores, dijo el abogado procurando desacirse, os hago testigos de esta violencia. Señor Humbug, vos me hareis justicia!
—Sin duda, dijo el majistrado. Pedidme indemnizacion de daños y perjuicios por esa respuesta un poco viva, os acordaré un dollar. Pero si el doctor os reclama á su vez tres ó cuatro mil dollars, os prometo no perdonaros ni un centavo. Será para mí un placer castigar la calumnia.
—La calumnia! esclamó Fox, echando espuma de rábia. A donde vá todos los dias esa preciosa señorita, cuyo nombre no puede pronunciarse? Tengo yo la culpa, de que todas las mañanas, cuando vá al palacio, se la vea introducirse misteriosamente en una de las casas menos respetables de la ciudad? A quien puede visitar en la célebre calle del Laurier la honorable hija del honorable attorney jeneral? Hace algunas horas que yo la he visto entrar allí; supongo que allí estará aun porque ordinariamente se detiene bastante rato. Acusadme ahora de calumnia, doctor, será un escándalo divertido; me vengaré.
Caí en brazos de Humbug. Mi hija insultada! mi Susana difamada! El golpe era demasiado terrible, demasiado violento para un padre. Mi vista se nubló; mi cuerpo temblaba, y el dolor y la cólera me ahogaban. Por fin lloré,—lágrimas de rábia y de desesperacion, que sin dulcificar mi pena, me devolvieron un poco de imperio sobre mis sentidos y me permitieron hablar.
—Señor, dije á Fox, la calle del Laurier está á dos pasos de aquí; vais á seguirme. Humbug, vos vendreis conmigo. Señor Seth, no me abandoneis; sobre todo no dejeis que ese hombre huya, es menester que justicia sea hecha, y justicia se hará.
—Tranquilízate, amigo Daniel, repuso el cuácaro, los tres te acompañaremos. Recalcó sobre estas últimas palabras: los tres, miró al abogado de piés á cabeza, y, arremangándose sus puños, se puso á blandir en el aire una vara de verga que tenia en la mano.
—Señores, dijo Fox con risa sardónica, estoy á vuestras órdenes. Notad, os lo suplico, que no soy yo quien se empeña en un paso que dará que sentir á cierta persona. Aun es tiempo de deteneros; yo no soy cruel; pero os prevengo que una vez dentro de esa casa, no saldré de ella, cualesquiera que sean vuestras súplicas y vuestras lágrimas, sino con la firme resolucion de decir cuanto haya visto.
—Vamos, señor, le dije, me importa un bledo vuestra piedad. Yo caminaba como un beodo apoyándome en el brazo de Humbug.
—Sospechar de tí, Susana mia y con mi consentimiento, nunca, jamás! Creo en tu pureza como en la de los ánjeles; pero la seguridad de aquel hombre me turbaba. Temia un golpe imprevisto, una emboscada, un lazo, qué sé yo? Ay de mí! cuando se ama, no se tiene coraje sino para sí mismo.
—Esta es la casa, dijo Fox, y aquí teneis al propietario. Levanté la cabeza; la casa tenia una mala apariencia. Una entrada sombría y húmeda, unas paredes negras, unos cristales rotos reemplazados por pedazos de papel, unos arambeles en las ventanas, eran mas que pobreza,—eran el desórden y la suciedad del vicio. Susana en aquella guarida! era imposible.
En el umbral de la puerta estaba un hombre despechugado. Tenia las manos en los bolsillos del pantalon, fumaba su pipa y miraba á los pasantes, con toda la insolencia de un pillastre, desocupado. Al vernos, alzó su sombrero desfondado y echándose sobre mí me tomó las dos manos con una ternura que me hizo horror. Era Paddy, medio borracho, hediendo á vino y tabaco.
—Buen dia, mi salvador, gritó; cuánto os agradezco que vengais á ver á un amigo. Entrad, señores; si un vaso de ginebra no os asusta, encontrareis con quien hablar.
—Paddy, le dije, os pertenece esta casa?
—No, mi salvador, contestó riendo; si este palacio fuera mio, ha tiempo que lo hubiera bebido. Pertenece á mi mujer; es lindo, no es verdad?
—Alquilais cuartos amueblados? le dije, mostrándole un cartelon.
—Para serviros doctor.
—A quién alojais en esta casa? preguntó Humbug con tono severo. Parroquianos de mi tribunal?
—Mi juez, dijo el borracho tartamudeando,—no soy bastante rico para ser severo; á la fortuna se la toma cuando se la halla, y á la virtud se la atrapa cuando se puede.
—Quién vive en el cuarto del primer piso, preguntó el abogado con aire picarezco.
—Que te importa á tí, charlatan? respondió el borracho. Eres tú quién pagas?
—Contestad, dijo Humbug; no olvideis que estais delante de un majistrado.
—Nada tengo que temer, dijo el Irlandés muy conmovido.
Debeis comprender, mi juez, que, en un cuarto de tres dollars por semana, y pagados de antemano no puede vivir sino jente honrada. Es una dama la que vive en el primer piso; y añadió á media voz, una linda dama, dulce, política, poco exijente, la perla de la casa.
—A quién recibe? continuó Humbug, que me veía palidecer.
—Perdonad, mi majistrado; aquí no estamos en la audiencia. La América es un pais libre, y en pagando, cada cual hace lo que quiere. Si alguien pasa por esa puerta, no se le mira; y si se le mira no se le vé.
—No os hagais el ignorante, dijo Fox. Pensad que tengo hecho poner en la cárcel á mas de uno que valia mas que vos. Hace una hora, he visto entrar en esta avenida á una jóven rubia, con vestido de seda negra y sombrero de paja; á dónde iba?
Paddy, intimidado, acercóse á mi implorando mi socorro.
—Amigo mio, le dije, tened la bondad de contestar, seguro de que no tenemos ninguna mala intencion; yo recompensaré vuestra complacencia.
—Mi salvador, dijo, para vos yo no tengo secretos; me habeis socorrido en mis trabajos y soy Irlandés, está dicho todo. Me arrojaria al fuego por vos.
—En nombre del cielo, murmuré dándole algunos dollars, hablad, me estais haciendo morir.
—En bien, doctor, repuso, todos los dias á la misma hora esa señorita rubia viene á ver á la jóven que vive en el primer piso. Ahora está arriba.
—Me parece que mi presencia es inútil, dijo Fox con tono irónico; el attorney jeneral ya no tiene necesidad de mis servicios.
—Señor, le dije, con jesto amenazador, os confundiré por vuestras indignas sospechas.
Ay Dios! yo hablaba asi para engañarme á mí mismo; no sabia que creer, estaba desesperado. Humbug me tomó de la mano, y entré con él en aquella caverna lo mismo que un hombre que corre en busca de la muerte.
La puerta del primer piso estaba abierta. Habia una pieza de entrada y una especie de cocina, sin cortinas ni muebles. Me detuve para tomar aliento, contando los latidos de mi corazon. Seth se aseguró de que el abogado nos habia seguido; cerró en seguida la puerta sin ruido y puso la llave en su bolsillo. Nada teniamos ya que temer de los importunos.
Yo no estaba en estado de hablar; hice seña á mis compañeros de permanecer en su puesto y penetré sijilosamente hasta la entrada del segundo cuarto.
Frente á mí, y dándome la espalda estaba una mujer recostada en un viejo sofá, y á sus pies, sentada en un taburete de paja una niñita. Al lado de esta, Susana tenía la Biblia en la mano y leía piadosamente lo que sigue, que era escuchado con atencion.
“Me han cargado de iniquidades y en su cólera me han aflijido con sus persecuciones.”
“Mi corazon se ha turbado en mi interior, y el temor de la muerte se ha apoderado de mi.”
“He temblado de horror y me he envuelto en las tinieblas.”
“Y he dicho: quién me dará alas como á la paloma para poder volar y reposarme?”
“Me he alejado huyendo y he permanecido en la soledad.”
“Espero á Aquel que me ha salvado de mi abatimiento y del temor de mi espíritu, y de la tempestad.”
—Oh Susana mia! esclamó la desconocida, despues de Dios tú eres quien me salva la vida. Cuánto bien me hacen tus palabras! tú, al menos, tú no me has abandonado.
Me olvidas á mi, dijo la niña.
No, mi queridita, repuso la jóven; tú eres la única que en la Escuela del Domingo se ha apercibido de mi ausencia; y, en mi familia, quién se acuerda de mi?
La niña saltó al cuello de su maestra y las tres mujeres se abrazaron llorando.
Será que hay contajio en las lágrimas? Será que la emocion era demasiado fuerte para mi? no lo sé; pero fuera dolor ó placer, el hecho es que al contemplar aquella escena no pude contener mis sollosos.
—Padre mio, esclamó Susana, vos aquí! porqué casualidad?
—Querida mia, la dije estrechándola contra mi corazon y procurando ocultar mis lágrimas,—los padres son cariñosos; hay dias en que no tienen que arrepentirse de averiguar donde van sus hijas.
—La curiosidad es un feo defecto, dijo Susana, amenazándome con el dedo. Un padre bien enseñado le diria á su hija:—La señorita me permite acompañarla?—Y sin hacerse rogar, la señorita tomaria el brazo de su padre, como yo lo hago ahora; le conduciria ante una pobre jóven que tiene necesidad de apoyo, y le diría, haciéndole una linda reverencia:—Doctor Smith, os pido vuestra amistad para mi querida Dinah.
—Señor, dijo la estranjera, tomándome las manos, bendecidla, es mi ángel salvador.
Habíase levantado al hablar y la sonrisa asomaba de nuevo en su pálido rostro, cuando de repente lanzó un grito terrible, y volvió á caer en el sofá, toda temblorosa y bajando la cabeza.
El cuácaro estaba delante de ella y cruzados los brazos mirábala con aire furioso.
—Perdon, hermano mio, murmuraba la infeliz, ten piedad de mí!
—Así es como cumples tu palabra! dijo Seth; tu madre te cree en camino para California; te ha bendecido al partir; será menester que te retire su bendicion?
—Seth, dijo la jóven anegada en lágrimas, partí, pero el valor me faltó: tengo necesidad de mi madre y de los que me aman.
—Dí pues, que tenias necesidad de verlo y de perderte.
—No, no, gritó ella, soy una muchacha honrada, él no sabe que estoy aquí, no lo sabrá nunca. Solo he visto á mi buena Susana.
—Y qué quieres hacer? repuso el cuácaro con una dureza que me lastimó. Tú lo sabes, en casa ya no hay pan para tí.
—Seth, repuso, no me abrumes; no seré en adelante una carga para vos. Susana me ha proporcionado un puesto de maestra de escuela en un arrabal donde nadie me buscará. Viviré de mi trabajo, solo te pido poder ir una vez por semana á abrazar á mi madre y volver á ver nuestra casa.
En medio de las escenas familiares, nada hay tan embarazoso como la presencia de un tercero; me retiré con Humbug, cuando en el fondo de la primera pieza, en un rincon oscuro, apercibí á Fox, que contemplaba un grabado ahumado. Era el retrato de Monarca hijo de Eclipse, vencedor del Derby en 1812. Confundir á un pícaro y gozar de su confusion es un doble placer; así no me hice el menor escrúpulo en saherir al calumniador.
—No os creía tan aficionado al Turf, le dije. Despues de cincuenta años los laureles del Monarca le impiden hablar al mas célebre abogado de Massachusetts, qué maravilla! vamos, si es cosa de ponerlo en los diarios.
—Por piedad, Doctor, murmuró él, hacedme salir.
Su rostro estaba tan alterado y su voz tan débil que en verdad me dió lástima.
No le creía capaz de tantos remordimientos. Hé ahí, pensaba yo cuan mal se juzga á las jentes. Imajínase que los abogados no son sensibles sino por cuenta de otros. Qué error!
Iba á entrar en el cuarto para pedirle á Seth la llave que habia guardado, cuando el cuácaro salió bruscamente, seguido de su hermana toda descabellada y á quien rechazaba con desprecio. Susana lloraba á lágrima viva; Humbug intentó interponer algunas buenas palabras; todos estábamos conmovidos; Fox solamente habia vuelto á su admiracion por Monarca; inmóvil y mudo, hubiérase dicho que queria hundirse en la pared.
—Te lo repito de nuevo, gritó el cuácaro procurando desasirse de las manos crispadas que le detenian de su vestido, las últimas palabras: “Tú no volverás á esta casa sino del brazo de un marido.” Puesto que ese bello desconocido te ha prometido casamiento, házle que cumpla su palabra.
—Es un pleito, esclamé; vamos, dichoso vengador de la inocencia, vamos, maese Fox, hé aquí el momento de mostraros.
Si un rayo hubiera caido á mis piés, no me habria espantado como la esplosion que se siguió á mi impertinente chanza. Apenas fijó Dinah sus ojos en el abogado, se enderezó como una loca riendo y llorando á la vez:
—Gabriel, gritó, mi Gabriel! Hélo aquí, hermano mio, hélo aquí!
No comprendí una palabra de aquella tempestad que acababa de desencadenar; el cuácaro era mas intelijente. Mientras que Dinah se echaba al cuello de su Gabriel, Seth hacia jirar sobre su regaton la vara de verga; y acercándose á Fox que palidecia visiblemente:
—Amigo, le dijo, con tono poco tranquilizador, vuelve en tí y esplícate: espero.
Entre las ternezas de la hermana y las amenazas del hermano, el abogado ponia una cara tan aflijida que me alegré de ello. El hombre natural es un animal malo; no vasta el Evanjelio para hacernos amar á nuestros enemigos.
Humbug era mejor cristiano que yo.
—Señores, dijo con voz grave y dulce; creo que ha llegado mi turno. En un negocio tan delicado, la última palabra pertenece al majistrado: