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Paris en América

Chapter 28: CAPITULO XXVII. La escuela.
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About This Book

A witty, first-person travel satire offers a series of descriptive episodes and ironic digressions that contrast democratic institutions and popular customs across the Atlantic. Through humorous anecdotes and playful language the narrator probes equality, liberty, social manners, commerce, and civic life, asking how political ideals become lived practices. The text alternates reportage and reflective commentary, balancing comic observation with pointed social and moral critique about the promises and limits of popular freedom.

Nec Deus intersit, nisi dignus vindice nodus
Inciderit.

Querido Fox, no dudo de vuestras intenciones. Si os pidieran consejo en semejante caso, sin duda responderíais que un pleito por ruptura de promesa tendria para el abogado contra quien lo entablaran las mas enojosas consecuencias; seria no solo una pérdida de fortuna, sino la ruina de una clientela, hasta la obligacion quizá de cambiar de pais. ¿No es esa vuestra opinion?

—Sí, murmuró Fox suspirando.

—¿Tendré necesidad de agregar, continuó el exelente Humbug, tendiéndole la percha al ahogado,—tendré necesidad de agregar,—que un hombre como vos no tiene que inquietarse de esas consideraciones, por graves que sean? ¿Que le basta haber empeñado su palabra para cumplirla, no es verdad?

—Sí, dijo el abogado suspirando de nuevo; siempre he amado á Dinah: lo que me detenia, son dificultades que....

—Que ya no existen, interrumpió Humbug. Hénos á todos de acuerdo. Esto vá á concluir como en las buenas comedias: amor, lágrimas é intrigas en los primeros actos, y por desenlace casamiento.

Fox abrazó á Dinah de bastante mala gana, y le tendió la mano al cuácaro; Dinah, ruborizada de placer, corrió hácia Susana.

—Amiga querida, la dijo, á tí debo mi felicidad. Y á tí tambien hija mia, díjole á la niñita, que ya palidecia de celos.

—Todo está muy bueno, dijo Seth, que ya se iba á las nubes. Pero puesto que estamos aquí y que tenemos al señor juez de paz, nada impide que se estienda el acta de casamiento sobre tablas.

—Con mucho gusto, dijo Humbug; la señorita Susana nos servirá de escribano.

Decir y hacer fué todo uno; yo creía que semejantes uniones no eran buenas sino en el teatro, donde se deshacen entre telones; suponia que el último tabelion estaba encajonado hacia mucho tiempo; pero en América se está siempre tan apurado que se ha conservado la vieja usanza. Una vez de acuerdo los enamorados, no hay necesidad de parientes ni de notario. Dos sí pronunciados ante un juez de paz os casan hasta la eternidad. La voluntad es todo,—la formalidad nada. Aquellas jentes no tienen el gusto de la ceremonia.

Con qué placer salí de aquella casa donde habia entrado con el corazon turbado! Paddy hizo una cosecha de dollars como para perder la cabeza durante todo una semana. Jamás la calle del Laurier se habia visto favorecida por tan honrada y alegre compañia. Yo presidí el cortejo con mi Susana, la cual daba la mano á su pequeña protejida; Humbug y Seth formaban la retaguardia; entre nosotros caminaba la nueva pareja,—Dinah, risueña como la aurora, Fox, cabisbajo.

Honteux comme un renard qu’une poule aurait pris.

Mas cuando somos felices muy pronto se bebe un poco de verguenza. Si el imprudente habia jugado al amor con demasiada lijereza, de qué modo era castigado por su falta? Casándose con una mujer encantadora. A este precio inocentes conozco yo que se harian criminales.

Era menester preparar á la madre de Dinah para la vuelta de su hija; era menester tambien que Fox anunciára su casamiento á sus amigos, disponiendo su casa. Mientras llegaba el gran dia, Susana se llevaria consigo á Dinah; á mi me estaba reservado el papel de padre y de tutor: la dichosa tontera que habia hecho me daba algun derecho á ello.

Devolvióse á Fox un resto de libertad de que no podia abusar, y toda la comitiva hizo alto en mi casa; aquello fué una fiesta, nunca se comió mas alegremente. Marta abria una boca como un horno, y suspiraba como un volcan admirando y sirviendo á su cuñada; Susana y Alfredo tenian siempre alguna cosa que decirse al oido; solo Dinah era admitida como tercero en aquellos misterios, en que se reia sin cesar. Seth devoraba cuanto habia sobre la mesa, con la satisfaccion de un hombre que ha terminado un gran negocio y que come en casa ajena. Humbug, que apesar de su enorme vientre, comia poco y no bebia mas que agua, se desquitaba de su sobriedad citandome los mas alegres versos de Horacio, este otro bebedor que cantaba en ayunas los placeres de la embriaguez:

Nunc es bibendum, nunc pede libero
Pulsanda tellus.

En cuanto á mí, recojido en mi mismo, me sentia gozoso, alegre y feliz como un niño. Pero nada puede dar la medida del contento y animacion de mi Jenny. No podia estarse quieta, iba, venia, llenaba todos los platos con roast beef[55], papas, jamon, pastel, queso, frutas y tortas, derramaba á torrentes la cerveza escocesa, el Madera y el vino del Rhin, para todos los hombres tenia una palabra amable, y una caricia para todas las mujeres. Un casamiento! era para ella lo mismo que haberse sacado la loteria grande. Si en la Biblia habia algun versículo que Jenny mirase como divinamente inspirado entre todos, era la gran palabra que Dios le dirije á la primer pareja en el Génesis: Creced y multiplicaos, diseminaos por la tierra y la sujetad. La exelente mujer no era ni Americana ni protestante á medias. El celibato era á sus ojos un crímen, ó por lo menos una enfermedad que no se podia curar demasiado. Si la hubieran dejado, no habria consentido ni un soltero en la tierra; me imajino que habria acabado por casar al Papa con la Italia.


CAPITULO XXVI.
La caridad.

Al dia siguiente, á la hora de almorzar, senti mi corazon muy aliviado. Dinah á mi derecha, Susana á mi izquierda me daban el aire de un patriarca en medio de sus hijos. Desde que me hago viejo, nada me place tanto como ver á mi al rededor esas jóvenes fisonomias, frescas como el dia que nacen, rientes como la esperanza. Ay de mi! Porqué no podremos apartarles las escabrosidades del camino! prestarles esa esperiencia que la vida nos vende tan cara y que de nada nos sirve!

Mi mujer no hacia las cosas á medias. Puesto que yo habia adoptado á Dinah, y que Fox se casaba con ella, Fox era el protejido de Jenny! Por consiguiente, habíale puesto su cubierto al lado de su bien amada.

Por lo demás, entró sin el menor embarazo con un ramillete blanco en la mano y abrazó á su prometida con aire vencedor. Cuando la cólera crispaba la cara puntiaguda del abogado no era hermoso; tierno y galante era horrible; hubiérase dicho una serpiente enamorada. Dinah no pensaba así; en vano yo le decía las cosas mas amables, no tenia ojos sino para su otro vecino. Raquel habia admirado menos á Jacob, cuando éste daba vuelta en el desierto la piedra del pozo para abrevar las ovejas de Laban. Las mujeres tienen en el mas alto grado el instinto de la propiedad, y de todas las propiedades la que mas les llega al alma es un marido. Pero al paso que una Francesa es una ninfa cazadora que una vez atrapado el pájaro no se acuerda mas de él,—la Americana se apodera de su marido con toda la aspereza y todo el celo de un paisano francés que se ha casado con la tierra. Es su bien, es su cosa; el desgraciado se convierte en un pájaro enjaulado, en un esclavo doméstico; pero pájaro acariciado sin cesar y esclavo cuyos mas mínimos deseos se adivinan. Los americanos abusan de tal suerte de su independencia fuera de casa, que en volviendo á ella ya no tienen voluntad. Ese yankee que hace consistir su gloria y su orgullo en no cederle á ningun hombre, no es en su casa mas que un marido benigno que oye á su mujer y se complace en obedecerla; suave con los débiles es intratable con los fuertes. Aquel pueblo tiene el espíritu al revés, no hace nada como nosotros.

Fox queria salir con Dinah para hacer algunas compras para el casamiento, Susana se opuso á ello.

—Señor abogado, dijo, lo siento mucho, Dinah me pertenece. La hemos hallado un puesto de maestra de escuela y está comprometida por seis meses; hoy debe comenzar sus funciones y no puede faltar á su palabra. Dentro de algun tiempo me será fácil reemplazarla y podré dejárosla toda una semana, hoy no es posible.—Papá, añadió, contamos con vos para nuestra instalacion.

—Querida hija, la dije, no olvides que yo tambien tengo deberes que llenar en el hospicio de la Providencia, y que estoy en descubierto. Ese pleito de ayer....

—Eso no es nada, dijo Susana; id inmediatamente á ver á vuestros enfermitos; nuestra escuela está en la calle Federal, cerca de la de los Noyers; os esperamos á medio dia.

Llegado que hube al hospicio, pregunté por el director; era este una mujer, la maestra de Susana, la célebre señora Hope, doctor en medicina y profesor de hijiene, y vaya otro contrasentido de esos que no se hallan sino en los Estados-Unidos. Por lo demás era una respetable matrona, que me acojió como á un cofrade, comenzando inmediatamente la visita conmigo.

El hospicio era un modelo; no he visto en ningun pais una instalacion tan perfecta. Vastos salones con un pequeño número de camas, anchamente espaciadas; nada de cortinas, mucho aire, discreta luz, silencio, limpieza esquisita, nada de ese olor rancio y nauseabundo que hace del hospital un objeto de repugnancia, y muchas veces una residencia envenenada.

Por primera vez hallé reunidas todas las condiciones que la hijiene reclama no menos que la caridad.

Al llamado de la señora Hope acudió un escuadron volante de jovencitas. Sus vestidos negros, sus delantales levantados, y sus gorras blancas dábanles un falso aire de hermanas de caridad. Eran las internas del hospicio, los futuros doctores con faldas de la libre América. Siguieron mi clínica con la mayor atencion; hízome mucho efecto la sencillez de sus espiraciones, cuando me esponian el estado del enfermo, y el cuidado con que tomaban nota de mis palabras y de mis prescripciones; pero como tenia demasiado buen sentido para tomar á lo sério aquel ensayo quimérico; preguntéle á la buena señora Hope que esperanza se prometia de aquella singular educacion.

—Creo, me dijo, que llegarémos á una gran reforma. Estas jóvenes discípulas que han estado dos años en el hospicio de la Maternidad, el año que viene irán á la clínica de las mujeres; haremos de ellas verdaderos médicos.

—Bravo! esclamé, para nosotros barbas grises será encantador el vernos cuidados por Hipócrates de diez y ocho años con miriñaques y encajes.

—No, me contestó, nosotros no nos ocuparemos de vosotros, señores. Pero el parto, el cuidado de los recien nacidos, las enfermedades y la locura de las mujeres, correrá de nuestra cuenta; eso nosotros lo entendemos mejor que vosotros. A vosotros se os dejará la cirujia y los casos estraordinarios; pero todo lo que una madre ó una mujer no os confia sino con pesar, lo tomaremos para nosotras; se os espulsará de un dominio que vosotros habeis usurpado. Introduciremos el pudor en la medicina; la preocupacion gritará segun su costumbre, pero las mujeres, los padres y los maridos estarán con nosotros, y la victoria será nuestra; no lo creeis asi doctor?

Qué se ha de responder á un fanático, sobre todo cuando ese fanático es una mujer, es decir un ser débil por naturaleza, aflijido por una obstinacion orgánica? Corté la discusion y continué mi visita. Las enfermedades no eran graves y los pequeños enfermos de tan tiernos y prudentes cuidados que poca cosa me quedaba que ordenar. Solo tuve que hacer una operacion y de poca importancia. Abrí en el cuello de un niño un absceso de carácter maligno, y mal colocado. La lijereza de la mano, la gracia y la elegancia de la cura son la gloria de nuestra escuela de París; asi obtuve un gran éxito cerca de mis jóvenes discípulos; mi vendaje, con sus repliegues injeniosos fué dibujado en el acto, y el dibujo colocado como modelo en la sala de las operaciones. Lo digo en verdad, viendo tanta intelijencia, tanta bondad y atencion, hubo momentos en que estuve por admitir que las mujeres sirven para algo mas que para dar tisana á los niños. Todo esto no anda muy mal, hubiera dicho Montaigne, pero qué! ellos no usan pantalones.

Hice á tiempo esta reflexion, y lo digo en honor mio, permanecí fiel á la antigua relijion de la facultad. Vivan las novedades en política, en ese terreno son inocentes, pero en saliendo de él viva la preocupacion! La prueba de que es saludable, es que tiene en su favor la mayoria y que á los novadores se les lapida. Hallé pues, encantadoras á aquellas jóvenes heréticas, pero la herejia era abominable, y no cedí.

Terminada la visita pasé al consejo de administracion; la señora Hope me acompañó, sentándose entre nosotros sin que su presencia llamára la atencion de nadie. Entre los trustees ó administradores, hallé algunas caras conocidas: á Rose el boticario, al bravo Coronel Saint John, al amable Humbug, y á Noé Brown, el insoportable puritano. La directora fué quién habló primero; espuso en buenos términos, y con las pruebas en las manos, la insuficiencia de la casa y la necesidad de comprar un jardin del vecindario para el uso de los convalecientes. Cuando ella terminó, preguntáronme mi opinion.

—Apruebo en todo esa excelente idea, dije, y estoy convenido de que dirijiendo y haciendo recomendar á la administracion una memoria tan neta y tan bien hecha, obtendriamos de aquí ocho ó diez años esa mejora urjente.

—De qué administracion hablais? preguntó el Coronel, que presidia por derecho de antiguedad.

—Hablo de la administracion jeneral de los hospicios.

—Qué mónstruo es ese? dijo Humbug riendo. Brown, es el nombre de algun nuevo Leviathan?

—Tregua á las chanzas, dije á Humbug; supongo que este hospicio depende, como todos los demas, de una gran administracion protectora y centralizadora: Es el Estado, es la Ciudad, es una corporacion la que regla, vijila y organiza la caridad? poco importa; lo evidente es que siempre se depende de alguna de esas cosas.

—Hé ahí, dijo el grosero Brown, que es lo contrario de la verdad. Gracias á Dios! nosotros no dependemos de nadie. Hénos aquí reunidos para aliviar la miseria, ponemos en comun nuestra buena voluntad, nuestro tiempo y nuestro dinero, sometemos nuestros estatutos al Estado, que hace de nosotros una corporacion; hecho esto, quién puede tener derecho á mezclarse en nuestros negocios? Es un crímen la calidad? Es una carga política ó municipal? Yo soy cristiano y socorro á los pobres á mi manera, quién puede pues, inmiscuirse en esto, que es para mi uno de los primeros deberes? Acaso se gana el cielo por procuracion?

—Permitid, le dije; nadie os prohibe que deis vuestro dinero; jamás tirania alguna llevó su crueldad hasta ahí. Pero el derecho de fundar un hospital es otra cosa; si al primero que se le presentase le concede la facultad de abrir esos asilos, á qué desórden no iriamos á parar! Pronto tendriamos hospicios homeopáticos, y que sé yo!

—Hospicios homeopáticos? dijo Rose, hay tres en la ciudad, y va á fundarse el cuarto, qué mal hay en eso?

—Rose, amigo querido, esclamé, sois vos un boticario ortodoxo, quién semejantes monstruosidades profiere?

—Querido Doctor, repuso Rose, nosotros no sabemos ni en relijion siquiera, lo que es una ortodoxia oficial. Dejámosle á cada cual el derecho de buscar á Dios, segun su conciencia. Obrando de buena fé, no podemos ser mas rigurosos con la salud del cuerpo que con la del alma. Por otra parte, mi buen amigo, ambos somos augurios, y sabemos á que atenernos sobre la medicina oficial y las píldoras ortodoxas.

—Sea! repliqué; proclamad la libertad del charlatanismo y del envenenamiento; ya nada me asombra en esta república, que debiera poner en su bandera la divisa de la abadia de Theleme: Haz lo que quieras; pero os hablaré en nombre de la utilidad y del buen sentido. Con vuestro sistema de dejad hacer, cuántos hospicios teneis?

—Unos cien, cuando mas, dijo la señora Hope. La cifra me asombró; no creia en esa fecundidad de la caridad anárquica, mas no habia agotado mis razonamientos.

Unos cien hospicios! esclamé; señores no olvideis esa cifra admirable; si ella hace honor á los cristianos de París en Massachusetts, preguntaos, como hombres prácticos, lo que esa multiplicidad, la que esa concurrencia debe fatalmente producir. Empleos dobles, pérdida de dinero; aquí, superabundancia; alli, ausencia completa de socorros; despilfarro y pobreza. Suponed, al contrario, que una vasta administracion reune esos hilos dispersos, y concentra esas fuerzas estraviadas; colocando en la cúspide de la pirámide á un hombre vijilante, activo, económico: en el acto reina el órden, y con el órden todos los beneficios de la unidad! Jerarquias médicas, clínicas regulares, enseñanza disciplinada, caja central, farmacia central, en una palabra un verdadero imperio: el imperio de la caridad, con su jefe, sus ministros y sus súbditos. No es un sueño; ese ideal, es una verdad en los paises que están á la cabeza de la civilizacion. Gracias á la maravillosa potencia de la centralizacion yo afirmo que con un pequeño número de grandes hospicios y una organizacion vigoroza, me seria fácil duplicar el número de camas de vuestros enfermos, sin gastaros un dollar mas.

—Estoy convencido, dijo Humbug. Con su talisman, el doctor es capaz de rehacer el mundo, estirpando de él todos los desórdenes de la libertad. Pido que por el mismo voto, se pongan en sus manos, las fábricas de tejer, las fundiciones, los astilleros y demas. Con usinas centrales, y una jerarquia de injenieros, no dudo que la produccion se doblará, disminuyendo todos los gastos.

—Sois insoportable, le dije, me tomais por un comunista? Creeis acaso que ignoro que en industria esa unidad es una quimera?

—Por qué? repuso el eterno burlon. Por ventura en industria la centralizacion no produce forzosamente la economia de las fuerzas, la regularidad de la produccion, la jerarquia y la disciplina del trabajo?

—Sin duda, repuse, pero ese es el lado pequeño de la cuestion. Esa uniformidad mecánica destruye la ley moral de la produccion. Qué significa esa regularidad ficticia, si ella destruye el ojo del amo, si anonada el esfuerzo individual, el interés privado, la libre competencia? Una gota de agua al lado del océano. Lo que yo os propongo al contrario....

Es exactamente la misma cosa, interrumpió Humbug con vivacidad. Interés privado, esfuerzo individual, libre competencia, todos esos móviles que apreciais tan bien, son igualmente los móviles de la caridad; es menester agregar la abnegacion que solo vive de la libertad. Si el Estado ó el comun se encarga de socorrer á los pobres en reemplazo mio, si esa enorme mecánica me desembaraza de la primera de las virtudes, pagaré arrugando el ceño un impuesto mezquino, y todo estará dicho. Pero dejad á mi cargo el cuidado de la miseria, y las dulzuras de la limosna, y os daré hasta mi último cobre. Yo me curo poco de los otros hospicios de la ciudad, no los conozco; pero este es mio,—esos niños, los amo como si Dios me los hubiera dado á mi solo. Cuando he terminado mi dia, cuando me siento triste y fatigado, aquí es donde vengo; en medio de mis pequeños protejidos es donde olvido mis pesares. Preguntad á estos caballeros lo que cuesta la caridad voluntaria. Calculando por bajo les costará el décimo de su renta; apuesto á que si el Estado nos tomára una veintésima parte, todos gritariamos á la tiranía! Concedo que habrá dinero despilfarrado y fuerzas perdidas, pero lo que se debe ver es el fin, y afirmo con las pruebas en la mano, que la caridad individual es tres y cuatro veces mas fecunda que la caridad organizada. Vuestro sistema, caro doctor, arroja sin cesar, entre la voluntad y el acto, un obstáculo que todo lo hiela. Nosotros no somos paralíticos,—dejadnos obrar, ved lo que un pueblo gana con la libertad. Bajo el punto de vista político, el Estado tiene el mayor interés en dejarnos la práctica de la mas amable y sociable de las virtudes; bajo el punto de vista económico hace un excelente negocio; multiplica los socorros y los estudia y sirve á la vez á la ciencia y á la humanidad.

—Señores, dijo el Coronel, me parece que nos alejamos mucho de la cuestion. Nos piden veinte mil dollars por mejorar y agrandar nuestro hospicio; no tenemos sino una cosa que hacer: suscribamos y dirijamos una carta de suscricion á nuestros sócios. Yo que no tengo hijos y que he adoptado esos pequeñuelos, doy el ejemplo, y me suscribo por mil dollars.

La lista pasó de mano en mano: cuando llegó á mí, hice lo mismo que Rose,—me suscribí por cincuenta dollars.

—Permitidme una reflexion final, dije al Consejo. Veo que compramos, mediante diez mil dollars un jardin de poca estension, no es muy caro?

—Es el doble de su verdadero valor, repuso la señora Hope, pero el propietario no quiere deshacerse de él por menos.

—Pues es gracioso! esclamé. Un propietario que coloca su conveniencia y su egoismo sobre el interés de los pobres! eh! Señores, es menester espropiarlo; no fomenteis con vuestra debilidad una odiosa especulacion.

—Doctor Smith, dijo Brown, frunciendo las cejas, eso si que es comunismo de primera clase.

—Vaya, vaya, repuse alzando los hombros, acaso el interés particular no debe ceder al interés jeneral?

—Sin duda, repuso el puritano; pero nada hay tan peligroso como las máximas banales. Así es como siempre han muerto la libertad,—con palabrotas. La propiedad no es un interés, es un derecho. El interés jeneral es una palabra elástica y vaga, que puede cubrir las pretensiones mas injustas á la vez que las mas lejítimas. Antes de invocarlo, comenzad por definirlo.

—Nuestras leyes han definido la cuestion, dijo Humbug. Para nosotros no hay sino cuatro causas de espropiacion: un camino, una calle, un ferro-carril, un canal. Pero aunque seamos por excelencia un pueblo municipal, y aunque la ciudad sea soberana en lo que le concierne, no obstante, la propiedad es cosa tan santa, que antes de tocarla es menester que la lejislatura del Estado intervenga; ella es la que aprueba la traza y la que autoriza la espropiacion, mediante indemnizacion prévia. Para todo el resto: escuela, hospicio, casa municipal, Iglesia, la ley coloca el derecho particular primero que un interés que en resumidas cuentas no viene á ser sino el de una corporacion ó el de un barrio. A dónde iriamos á parar con vuestro sistema doctor? Me despojarian de la herencia de mi padre, me arrebatarian mis recuerdos, se reirian de mis afecciones, turbarian la mas santa de las propiedades, y para qué? Para edificar un teatro ó una fonda.

—Cómo! esclamé, en una república donde el pueblo manda, osais defender esas viejas máximas feudales?

—Señor, dijo Brown, vos no entendeis jota de libertad. Cuanto mas democrático es un pais, tanto mas necesario es que el individuo sea poderoso y sagrada su propiedad. Nosotros somos un pueblo de soberanos; todo lo que debilita al individuo nos conduce á la demagojia, es decir al desórden y á la ruina; todo lo que fortifica al individuo nos conduce á la democracia, reino de la razon y del Evanjelio. Una nacion libre es una nacion en la que cada ciudadano es dueño absoluto de su conciencia, de su persona y de sus bienes; el dia en que, en lugar de hablarnos de nuestros derechos individuales, nos hablen del interés jeneral, adios de la obra de Washington; seremos una muchedumbre y tendremos un amo.

—Señores, dijo el Coronel, que se interesaba mediocremente en nuestros debates, no hay nada mas á la órden del dia, está levantada la sesion. Os pido perdon de dejaros, añadió. Dicen que hay malas noticias de la guerra, estoy impaciente por saberlas.

Nada que me disgustaba acabar con el puritano y su áspero lenguaje; pero, por mi desdicha, habíale caido en gracia, ó mejor dicho, el hombre habia formado quizá el glorioso proyecto de convertirme á su fanatismo.

—Doctor, me dijo, tengo que pediros un servicio. Acabamos de fundar en este barrio un instituto de obreros[56]. Habrá una biblioteca, un museo de modelos, dos salas de dibujo, un gabinete de lectura, en una palabra, todo lo que hace la utilidad de un Club de esa especie. Los mismos obreros son los que proveerán á los gastos de entretenimiento; lejos de nosotros el pensamiento de erijirnos en bienhechores, turbando en lo mas mínimo la obra de la libertad. No debilitar jamás ni la dignidad ni la responsabilidad de aquellos á quienes beneficiamos, es la primer regla de la caridad. Pero hay gastos de fundacion que son considerables, la bolsa de nuestros trabajadores no basta para ellos; necesitamos diez mil dollars por lo menos. Para obtenerlos, hacemos lecturas públicas y pagodas. Everett el clásico nos ha prometido su concurso, así como el elocuente Sumner. Espero que tendremos al filósofo Emerson y al poeta Longfellow. Por mi parte daré una leccion, en la que mostraré que reahabilitando el trabajo y levantando al obrero, el Evanjelio ha creado al mismo tiempo la riqueza y la libertad modernas. Vos no rehusareis el uniros á nosotros. Dos lecturas sobre la hijiene de los recien nacidos, por el sábio médico del hospicio de la Providencia, nos atraerian todas las madres, y nos valdrian cuatro-cientos dollars por lo menos.

—Teneis la autorizacion del Gobierno? le dije.

—Por quien soy, doctor, os digo que os ireis derecho al paraiso, contestó el porfiado. A fuerza de cuidar niños os habeis puesto como ellos; no podeis caminar sin andadores. Qué autorizacion se necesita para ilustrar á los hombres y hacerles el bien?

—Comó! esclamé, podeis dar cursos públicos y hablar de política á los obreros sin que el Gobierno intervenga?

—Seguramente, dije, si olvidamos nuestros deberes, la ley está ahí, y la justicia con ella; eso basta.

—No, eso no basta; el Estado no puede abandonar al primer advenedizo el derecho de hablar á los hombres. Esa ciencia de parada, esa instruccion á medias le inspira al pueblo una ambicion desastrosa; es poner al pais y aun á la relijion en el mismo peligro.

—Una media luz vale mas que la noche, reino de los apetitos y de las pasiones, dijo Brown, y por otra parte, cómo se ha de hallar el dia si no se le busca? Es menester que hablemos al pueblo, y que nos pongamos sin cesar en relacion con él. Para nosotros, demócratas y cristianos, hay ahí una cuestion de vida ó muerte; lo que mata las repúblicas, es la ignorancia; ilustrad al pueblo si temeis al despotismo. Lo que mata la relijion es una fé que no razona; ilustrad al pueblo si temeis la infidelidad. Necesitamos luz en todo y para todo. Si el cristianismo es una fábula, que caiga; si es la verdad que reine. Creeis que nosotros los pastores, somos algunos charlatanes que viven del error y de la credulidad?

—Calmaos, respondí, y no coloquemos tan alto la cuestion. Me concedereis que dando á los obreros un punto de reunion, fundais un club en el que serán amos.

—Sin duda, puesto que estarán en su casa.

—Y no veis que á la primer querella con los patrones ese club se convertirá en un foco de coalicion?

—Si los obreros quieren coaligarse, dijo friamente aquel fanático, quién se los puede impedir? Los que venden su trabajo tienen tanto derecho como los que se lo compran. Es un trato que se hace con entera libertad.

—Pero señor, esclamé indignado de aquella estupidez, vos predicais la anarquía.

—Señor, me dijo con su brutalidad ordinaria, vos hablais un lenguaje que no es el de la América. La anarquía es la invasion de la libertad ajena, no la defensa de su propia libertad.

Creedme, añadió alzando al cielo unos ojos inspirados, la cultura del alma es la salud de las democracias cristianas; ellas no viven sino por la educacion. Dejad que los obreros léan, se instruyan y discutan: educadlos, segun el sentido admirable de la palabra, levantadlos hasta nosotros, levantaos vosotros mismos con ellos, y no tendreis que temer ni coaliciones, ni comunismo ni todas esas locuras que espantan al viejo continente. Son enfermedades que la ignorancia enjendra; á nosotros toca curarlas, doctor. Sursum corda, hé ahí mi divisa.

—La acepto con toda mi alma, repuse arrebatado por la fogosidad de aquel inspirado, contad conmigo.

Una vez solo con Humbug, preguntéle si venia conmigo á la instalacion de Dinah.

—Tengo interés en no faltar, doctor Paradoja, me dijo con sonrisa maligna; me divertís mucho con vuestras magníficas teorías. Cuanto mas os oigo tanto mas aprecio la grandeza de nuestras instituciones.

—Gracias por el cumplimiento, le contesté, parece que mis elojios de la centralizacion os hacen el efecto de una demostracion de la libertad per absurdum; debiais ser mas caritativo mi buen amigo, y pensar que hay en la tierra otros paises que la América.

—Os veo venir, me dijo, fanático de la unidad latina, piadoso adorador de la Francia. Yo tambien amo á los Franceses; los nietos de La-Fayette son para mi hermanos; pero perdóneme ese pueblo injenioso, si le digo que hace sesenta años que persigue un problema insoluble. Poner la libertad en una carta, y el despotismo en la administracion es querer caminar atado de piés y manos; todo el talento del mundo reunido no lo conseguiría.

—Deveras, repuse sonriendo de aquella vanidad. Véamos, hombre práctico, decidnos pues lo que falta á los Franceses para elevarse hasta la civilizacion de los Yankees.

—Una sola cosa, dijo, con la mayor seriedad. En todos sus sistemas han olvidado la pieza esencial, sus políticos se parecen á Sam el distraido.

—Quién es Sam el distraido?

—Era el mensajero de mi aldea, dijo alegremente Humbug. Un muchacho lleno de penetracion y de malicia, osado hasta la temeridad, económico hasta la avaricia, exacto hasta la minuciosidad,—vamos, la gloria y el honor del Connecticut. Solo tenía un defecto,—que perdia la memoria. Un dia que tenia que distribuir mas de cincuenta paquetes en el camino, viéronle á cada paso inquieto y ajitado.—“Me he olvidado de algo, decia, pero qué es lo que he olvidado?” Al fin llegó al pais, y hé aquí sus hijos que salen á recibirle.—“Buenos dias, papá, dónde está mamá?”—Dios mio! gritó Sam, pegándose en la cabeza,—“hé ahí lo que me faltaba, he olvidado mi mujer!”

Es lo mismo que les pasa á los Franceses: tomad al azar una de esas constituciones que les han fabricado por docenas,—hallareis en ella al Estado y sus derechos, al individuo y sus derechos; pero falta....

—Qué falta? esclamé.

—La sociedad, respondió Humbug. A un lejislador Francés nunca se le ha ocurrido que la sociedad, es decir, la asociacion bajo todas sus formas, la libre accion de los individuos reunidos,—tuviera un puesto en la vida política de la Nacion. Nosotros los Americanos le damos el mas ancho dominio: el comun, la Iglesia, el hospicio, la escuela, la educacion superior, las ciencias, las letras. Cada asociacion es para nosotros una especie de familia agrandada,—y todas esas asociaciones, elevándose gradualmente forman otras tantas hiladas que arrancan del individuo para llegar al Estado. La América no es, hablando en verdad, sino una reunion de familias, que hacen por sí mismas sus negocios. Hay algo de esto en Francia? Allí solo se vé una cosa,—la administracion, inmenso pólipo que echa en todas partes sus brotes, que en todo se enreda, que todo lo toma y lo sofoca:

Monstrum horrendum, immane, ingens, cui lumen adeptum.

El pais está cortado en dos partes; de un lado el poder, con todos los recursos de una centralizacion formidable,—de otro una muchedumbre que obedece mas ó menos voluntariamente. De ahí todas las revoluciones que destrozan ese hermoso país, de ahí su eterno absorto. Ora debilitan la autoridad y la reducen á la impotencia, y creyendo agrandar la libertad, no llegan sino á la anarquía; ora se echan en el exeso opuesto, y estrechan todos los vínculos, y creyendo servir al órden, no llegan sino á lo arbitrario. Deplorable espectáculo el de un noble pueblo, que no sale del abismo sino para caer nuevamente en él!

—Y el remedio, querido amigo? Quién sabe si el carácter nacional no es la causa de ese mal éxito perpétuo?

—No creo, dijo Humbug, que haya pueblos nacidos para servir, no esceptúo ni á los negros; por otra parte no veo que la Francia haya hecho nunca un mal uso de la asociacion. Gracias á la administracion, que sobre-nada despues de todas las revoluciones, y se enriquece en cada naufrajio,—hánles rehusado siempre á los franceses esa apacible libertad, que atempera y predomina sobre todas las demas. Diez veces les han dado un voto que no les servia de nada; pero el cuidado de sus propios negocios todavía lo espera. Reyes durante una hora, hánles rehusado desde el dia siguiente hasta la facultad de obrar y hablar. Bajo tales condiciones la esperiencia no está hecha; la soberanía no es la libertad. Con la primera el pueblo no conquista frecuentemente sino el derecho de perderse; con la segunda, vive, crece y tiene en sus manos su fortuna y su honor. Cuando los franceses hayan hecho el ensayo de gobernarse por sí mismos, podrá condenárseles; hasta entonces nadie tiene el derecho de acusarlos. La Fayette, cuyos escritos leemos nosotros, al paso que quizá son desdeñados en Francia, reclamaba hace cincuenta años esa vida libre, esas reuniones libres que hacen nuestra grandeza. Si yo tuviera el honor de ser su compatriota,—hé ahí la herencia que quisiera revindicar. El que á los franceses enseñe que la centralizacion los esclaviza, que solo la asociacion puede salvarlos, ese hombre habrá arrancado por siempre jamás el jérmen de las revoluciones, plantando en fin en una tierra jenerosa el árbol que no nunca se secará. Y, con mas seguridad que Arquimedes podrá gritar: Eureka; porque habrá hallado simultáneamente dos tesoros mas preciosos que todas las riquezas del mundo,—la libertad y la paz.

—Bravo, Humbug! esclamé, estais elocuente. Pero mi buen amigo; si fuérais á contar semejantes fábulas á Paris, en Francia, os silvarian como á un soñador, esto es, sino os encerraban como á un sedicioso, en medio á los aplausos de la moderna Atenas.

—Eso no me sorprenderia, dijo; los atenienses de otro tiempo tenian un filósofo que la Pitia proclamaba ser el mas sabio de los hombres, y fué por esto que se dieron prisa en matarlo. Los sapientes de la Agora, las jentes prácticas acusaban á Sócrates de ser un revolucionario y un atéo. Qué es hoy dia de la memoria de esos grandes hombres de estado que habian salvado la patria, y que naturalmente se hacian pagar sus servicios? Un ciudadano no se detiene ante esos obstáculos miserables; defiende la verdad con una tenacidad invencible, señala el escollo, grita hasta que la corriente lo ahoga; salva algunas veces á las jentes á pesar de ellas, y nada espera sino de la posteridad. El reconocimiento es la virtud del porvenir.

Singular pueblo! murmuré, entre estos almaceneros las convicciones son pasiones, al paso que entre nosotros, pueblo heróico y teatral, las pasiones y los intereses son las que...... guardé para mi el resto de la reflexion.


CAPITULO XXVII.
La escuela.

Charla que charla llegamos á la calle Federal. Frente á nosotros, sobre un montecillo que dominaba la ciudad y la campaña, alzábase altivamente un edificio de grande apariencia,—una torre cuadrada flanqueada de dos alas. Si hubiera estado en un pais civilizado, habria dicho: “Es la caserna de la jendarmería ó la casa de la prefectura.” En aquel pueblo sin policía y sin gobierno, era el palacio del Abcdé,—era la escuela! Una nacion puede ser juzgada por sus monumentos.

—Y bien, doctor, me dijo Humbug, cómo hallais el palacio de nuestra juventud?

—Muy hermoso exteriormente, le contesté; pero muy mal arreglado. Veo allá arriba unos muchachones de quince años y unas chiquillas de poco mas ó menos que entran todos á un tiempo; eso no es propio. En toda escuela bien organizada se separan los dos sexos; es una precaucion de la que parece no teneis idea siquiera.

—Dos entradas para niños que van á estudiar en la misma sala, dijo Humbug? Para qué?

—En la misma sala! esclamé, pensais en ello? Es el colmo de la inmoralidad.

—No veo de inmoral sino vuestra imajinacion, repuso Humbug riendo. Nuestros niños, querido doctor, son niños honestos; entre nosotros no se halla sino:

Virgines lectas, puerosque castos.

La escuela es una gran familia, en la que no hay sino hermanos y hermanas que se disputan el premio del estudio. De dónde sacais vuestras horribles ocurrencias?

—Entónces, mi buen amigo, los Yankees son ánjeles, machos y hembras.

—Y la Europa repuse, con sus veinte siglos de experiencia, no es mas que una vieja chocha que no sabe, ni lo que hace ni lo que dice.

—Querido doctor, dijo Humbug, los ingleses han comenzado por burlarse de nosotros; hoy dia nos imitan. Dentro de diez años no habrá en Inglaterra una sola escuela en que los dos sexos no estén juntos. En cuanto á los otros pueblos de Europa, su educacion ha sido clerical durante tanto tiempo que para despojarse de sus preocupaciones necesitarán mas de un dia. Nosotros no educamos ni frailes, ni soldados; preparamos hombres á la vida comun. Porqué, pues, no hacer la escuela á imájen de la familia y de la sociedad?

—Vosotros sois unos imprudentes! esclamé; jugais con el fuego.

—Somos padres de familia, repuso Humbug; sabemos por esperiencia que para dulcificar el corazon, formar el carácter, é inspirar ideas jenerosas nada vale tanto como esa primera comunidad de trabajo y de estudio:

Emolit mores, nec sinit esse feros.

—Lo que es imprudente, insensato,—es la pretendida sabiduría de la vieja Europa. Separar los niños y las niñas, enseñarles desde la primera edad que ambos están en un peligro misterioso, turbar y exitar sus jóvenes imajinaciones, y echar despues de repente y en el momento mas difícil en el mundo de los hombres ardientes y temerarios, á mujeres inquietas, tímidas, sin defensa,—es una verdadera locura; pido perdon de ello á vuestra gravedad, mi querido doctor. Vuestra educacion claustral es un dique que detiene y aumenta todas las pasiones; nuestra educacion comun habitúa nuestros hijos á amarse como hermanos y á respetarse mútuamente.

—Es posible, esclamé, que los peligros de vuestro sistema no os abran los ojos?

—Preguntádselo á nuestros maestros, repuso: no hallareis uno solo que no esté orgulloso de nuestras escuelas mistas. Es una invencion Americana,—una invencion que nos hace honor. Como siempre hemos tenido confianza en la naturaleza humana y en la libertad; como siempre nos hemos congregado. En ninguna parte la instruccion es mas fuerte, ni tan moral, mas grande que en nuestra querida institucion. La emulacion entre ambos sexos es un aguijon sin par. Por niño que sea, el hombre se avergüenza siempre de ceder el primer lugar; la mujer es paciente, y tiene la intelijencia mas abierta; en estos primeros estudios que no tienen nada de abstractos, ella es siempre la que sale triunfante. Pero ese no es sino el lado pequeño de la cuestion. Las niñas ganan con nuestro sistema, tanto en carácter y voluntad, como los hombres en corazon. Aprenden á conocernos, y, sea dicho entre nos, mi buen Daniel, nosotros no somos peligrosos sino en tanto que no se nos conoce. Siendo respetadas, las niñas se respetan á sí mismas; siendo libres se dan el lugar que las conviene; y en las recreaciones, por ejemplo, una prudencia natural las separa de sus compañeros. En cuanto á los jóvenes, ellos adquieren en nuestras escuelas esa delicadeza de sentimientos, esa política caballeresca que solo la sociedad de las mujeres puede darles. Qué hay mas salvaje y brutal que el colejial inglés, abandonado á sí mismo y á la tiranía de sus mayores? Habeis leido á Tom Brown? dá vergüenza de la civilizacion. Preferiría vivir entre los Pieles-Rojas antes que con colejiales como Eton ó Rugby. Entre nosotros, al contrario, todos los jóvenes crecen juntos; á los diez y seis, á los veinte años, sus relaciones son tan simples, tan fraternales como cuando se hallaban en los mismos bancos. Mas de un casamiento se hace entre esos antiguos camaradas de escuela; la estimacion, la amistad hacen nacer el amor y le sobreviven. La Europa, vuestro ídolo, ha imajinado algo tan cristiano y perfecto?

—Es un sueño, dije.

—Entrad, incrédulo, repuso Humbug; vereis que ese sueño es una verdad.

—Una palabra todavia, le dije. Todos esos niños son santos, por supuesto. Pero dónde hallareis hombres capaces de educar esas falanjes celestes? Cuál es el maestro que puede animar á la vez la timidez de vuestras niñas, y dulcificar la turbulencia de vuestros niños? Dónde ha de hallarse ese fénix que, en cada comun, responda del honor y de la virtud de vuestros hijos?

—Entrad, repuso Humbug; vereis desempeñando su tarea á Dinah, vuestra protejida, y á vuestra querida Susana quizá.

—Estais loco, esclamé, pegando en el suelo con mi baston; es á una mujer de veinte años á quién le confiais hombres que ya tienen barba en la cara? Lindo jeneral para tal ejército; como lo respetarán!

—Todavia una preocupacion del viejo mundo, querido doctor. Nada mas natural en un jóven que ama á su madre que respetar á una mujer; lo que no lo es,—es obedecer á un maestro que amenaza y castiga. La fuerza influye poco en el corazon de un niño; cuanto mas jeneroso es, tanto mayor es su resistencia; contra lo que no tiene defensa, es contra la dulzura y la afeccion. En este punto tambien, la esperiencia dá un desmentido á la antigua sabiduria, que no es sino un viejo error. Son las jóvenes de la Nueva Inglaterra las que, con una abnegacion de misioneros, se consagran á vivir entre la corrupcion del Sur ó en las soledades del Oeste, con el objeto de educar á las almas jóvenes, y darlas á la verdad y á Dios. Tenemos maestros, como los mejores que pueda haber; pero nuestros mas bien dotados institutores, escollan allí donde una jóven Yankee hace maravillas. La infancia pertenece á la mujer; es una ley natural que hemos tenido el mérito de reconocer y de aplicar.

—Amen, contestó, alzando los hombros; vamos á admirar esas tímidas ovejas y esos dóciles corderos, conducidos por una pastora no menos inocente que su rebaño.

Entré de mal humor en la sala grande; y sin embargo de no poder sufrir la sin razon,—lo confesaré con vergüeuza, apenas puse el pié en el santuario me sentí seducido.

Me hallaba en una vasta pieza, donde el aire y el dia entraban por unas anchas ventanas; las paredes eran de una limpieza esquisita, y estaban adornadas de trecho en trecho sea de cartas mudas, sea de cuadros de historia natural, sea de figuras de física y de jeometria. Cada niño tenia su pupitre, aislado por cuatro varillas que se cruzaban á su alrededor. Sentado delante de esa mesa barnizada, que brillaba como un espejo, solo, y sin vecino; el escolar es maestro de sí mismo; si se distrae, si no trabaja, solo sobre él recae toda la responsabilidad. El institutor colocado en un estrado, vijila de una mirada esas largas filas de pupitres, colocadas unos tras de otros. Vijilancia poco necesaria en un pueblo ambicioso donde cada cual quiere instruirse para llegar á la fortuna y al poder! Los vicios de los Americanos les sirven á ellos mas de lo que á nosotros nos sirven nuestras virtudes.

Dinah estaba ocupada en una pieza vecina. El maestro de la sala grande era mi Susana. En aquel momento la señorita enseñaba la jeometria á siete ú ocho muchachones que, déboles esta justicia, escuchaban como buenos niños á su amable maestra.

—Venid, mi buen padre, dijo Susana toda gozosa; tomad esa tiza, demostradnos las propiedades del cuadrado de la hipotenusa.

Hacer una demostracion me habria sido difícil; habia sido demasiado bien educado en la Universidad de Francia, para entender de jeometria; todo lo que recuerdo sobre el particular se reduce á una vieja cancion que, quizá tararean todavia al rededor de la Escuela Politécnica con la tonada de Calpigi.