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Parisiana / Obras Completas, Vol. V cover

Parisiana / Obras Completas, Vol. V

Chapter 7: LA “BRIMADE”
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About This Book

Una colección de ensayos y estampas que ofrece retratos vividos de monarcas y figuras reales, muchos en el exilio, junto a observaciones sobre la vida parisina y ceremonias públicas. El autor combina anécdotas, descripciones físicas y costumbristas, reflexiones sobre la gloria perdida y la melancolía del poder, y notas de viaje que alternan ironía y ternura. Las piezas conjugan perfil biográfico, crónica social y comentario cultural para perfilar paisajes humanos y políticos de la Europa contemporánea desde la órbita de la capital francesa.


PARÍS Y EL REY VÍCTOR MANUEL

Porque viene con un hermoso penacho á la tierra de Francisco I; porque viene con una bella reina á la tierra de las elegancias, porque sabe saludar con largo y magnífico ademán, como en los buenos tiempos viejos sabían hacerlo los grandes caballeros; porque, en fin, viene en nombre de la augusta Hermana que fué madre de la cultura del mundo, París saluda con su vibrante y vivo entusiasmo al hijo del regalantuomo, á Vittorio Emanuele III, soberano de Italia.

A través de las edades sonríen los abuelos al ver que las dos gloriosas naciones latinas desarrugan por fin las frentes. Una vasta ilusión de paz pasa sobre los hombres de esta Europa que tanto tiempo hace parecía presta á revolverse en sangre. Gozosos estarán en la eternidad aquel Conde Verde, Amadeo VI, que con Juan el Bueno concluyó el primer tratado que uniera en amistosos lazos á la dulce Francia y la dinastía de Saboya, Fert, y aquel Conde Rojo, su hijo, que llevó la gracia francesa de Bonne de Bory á su cama nupcial.

Y todos los grandes, que después fueron fraternos en los campos de batalla con sus compañeros franceses en una igualdad de caballerosidad y de valor que revelaba los orígenes de una misma sangre espiritual, derivada de la antigua fuente de la nobleza y de la civilización humana; hasta los últimos, hasta los de Magenta y Solferino, hasta los Mazzini, hasta el prodigioso Mosquetero de la Libertad y aventurero de la gloria que se llamó Giusseppe Garibaldi. Y el enorme Poeta de Francia se siente feliz en su inmortalidad en este momento, en que sus anhelos de unión y de concordia parece que quieren cumplirse, en que una de sus generosas profecías semeja una realidad ...

El Capitolio saluda al Pantheon, el Pincio á Montmartre; el Tíber dice cosas al Sena y Dante hace una seña á Hugo; los parisienses están de fiesta; las parisienses han preparado cestos y ramos de sus más lindas flores, pero sobre todo violetas y miosotis; filas de carretones cargados de redomas de chianti vestidas de mimbre se estacionan frente á los restaurants en que se saborean platos de allende el Alpe; los bulevares lucen collares de bombas eléctricas y erigen astas rojas; profusas banderas están libres al aire ó formando escudos y trofeos; en el Luxemburgo la fuente de Médicis parece que no se manifestase tan soñadora y clásicamente melancólica como de costumbre; su coloso parece sonreir á la ninfa y la ninfa marmórea al coloso.

Todo eso es porque llega Vittorio Emanuele, y principalmente porque viene trayendo á su lado á la que fué princesa de Montenegro, y hoy es reina de los italianos. Pues si el monarca es grato y por ello le recibe bien Lutecia grandiosa, la reina es de soberbia beldad, y Lutecia gusta de las reinas y de las hermosas y se vuelve loca por las hermosas reinas. Y ésta tiene, además de su belleza, su bondad, un nombre armonioso y homérico, una romántica tierra de origen y una leyenda de amor. Una leyenda de amor muy rara en las cortes, muy escasa en la vida de esos esclavos de su propia púrpura que son los porfirogénitos.

Todo eso place aquí mucho, y debe agradar en todas partes. Gracias á la visita de esa pareja de reyes que se aman, y gracias á la gracia buena de esta coronada señora, casi nadie se acuerda de la obra funesta de Bismarck y Crispi; casi nadie piensa en las antiguas inquinas y en las miradas recelosas que más de una vez estuvieron á punto de ser odios, odios fraternos. Se diría que una tregua existe en las antipatías y rencores que han movido las malas artes de la política en ciertos puntos de la tierra. No se ven sino signos de simpatía. Ayer no más se saludaba en la patria de Juana de Arco y de Napoleón al rey Eduardo de Inglaterra; hoy, con mayores manifestaciones de afecto, al aliado de Guillermo y de Francisco José. Todo eso es consolador y es amable. El momento es propicio; que se aproveche el momento. Si padecen las sombras del viejo canciller y del memorable Abastecedor de la Muerte que fué Herr Krupp, tanto mejor. Se aleja un mañana de choque y de duelo; ¿los soldados sirven sólo para las revistas lujosas y paradas pintorescas? ¡Excelente! ¿La Guerra descansa ó se aburre? ¡Bravísimo! Y en este caso ello es muy justo y discreto ante las futilidades peligrosas de las Cancillerías. ¿Por qué las dos grandes Hermanas latinas habrían de ser las hermanas enemigas? Así, si en Viena ó Berlín la militarizada gente no ve con buen mirar este paso de efusión armoniosa, esta buena tendencia á no destrozarse por antipatías irrazonadas, París y Roma, el Gallo y la Loba, están contentos ...

Los usos monárquicos se saben guardar bien en esta Francia, que tanto de su esplendor y de su arte debe á los reyes ... El Protocolo es una institución que aún se perpetúa y renueva los días de fausto de épocas imperiales y reales ... La alta sociedad guarda sus títulos y pergaminos, con rarísimas excepciones, y los nobles militantes en la política republicana conservan sus denominaciones heráldicas. Hay aún nobles socialistas que reciben á sus invitados y correligionarios con pompa ultraconservadora y lacayos de libreas blasonadas.

El picador del Elíseo es un personaje, llámese Monjarret ó Troude; las viejas maneras cortesanas se conservan en el palacio republicano que habita el sonriente y honesto abogado de Montelimar; la señora Loubet ha hecho por primera vez en los fastos presidenciales casi de reina en la recepción de los reyes italianos, y esto con gran complacencia del pueblo de París, que por más que se diga gusta de todos esos fastuosos modos que recuerdan los gobiernos «bellos» del pasado. Los ceremoniales, las ordenadas filas de carrozas de gala, los pintiparados picadores, las pelucas, los lacayos de casacones y piernas enmalladas, las escoltas vistosas, los coraceros radiantes de acero con el casco empenachado de crin, las espadas desnudas de los oficiales gallardos, los tambores, las trompas, los clarines que anuncian, y sobre todo los reyes, las reinas, los emperadores, no importa qué reyes, no importa qué reinas, no importa qué emperadores, son para los parisienses, antes que todo, «espectáculo»; y lo que en un poeta hace despertar ideas de antiguos esplendores y cabalgatas, y en un señor de cierta instrucción evocaría desfiles de ópera cómica—cada cual habla desde su punto de vista, Olimpo á bulevar—, al público da la sensación de fiesta, y despierta en él la necesidad de las aclamaciones y de los vivas, la alegría general. En las visitas que las testas coronadas hacen hay mayor ó menor entusiasmo; pero siempre lo hay. En el azar, por ejemplo, se veía al aliado en una futura probable guerra, al poderoso amo de los rusos que ayudaría con sus inmensos ejércitos á su amiga la Francia, y por eso el delirio de las ovaciones fué más que en ocasión alguna extraordinario; en el rey Eduardo, á pesar de los recientes resentimientos de Fashoda y de la antigua enemiga entre las dos naciones, se saludó con afecto, más que á todo, al antiguo príncipe de Gales, al conocido parisiense de París, loco de su cuerpo y trasnochador insigne, bien amado de la ciudad de la galantería. En el cha de Persia se saludaron su exotismo y sus fabulosos diamantes; y si á Leopoldo no se le hacen sonoras manifestaciones, es porque es un rey de casa, demasiado burgués y demasiado comerciante, y porque sin ton ni son llega todos los días. Para el rey Vittorio Emanuele, repito, ha habido el saludo que preludia la deseada unión de las naciones latinas, y al mismo tiempo la simpatía cordial debida al jefe de un país con quien se ha tenido en pasadas épocas la hermandad de las armas, el nieto del fuerte y mostachudo Vittorio Emanuele II; y no hay duda, ha habido también en el pueblo el deseo de mortificar á los reconocidos contrarios, á los que siempre se han creído enemigos de mañana, que lo fueron de ayer, á los dos emperadores de la Triple Alianza, el de la Austria odiada de Italia y el de Alemania aborrecida de Francia.

Luego Vittorio Emanuele III es rey que se hace querer y estimar. En él se ve al regenerador de su patria, hace poco abatida, y hoy triunfante en el mundo, tanto en el progreso cívico como en el industrial y comercial, pues la Italia trabajadora es hoy ciertamente una fuerza innegable; en él se admira á quien tiende á resucitar el antiguo poder de la influyente Roma en los asuntos de la tierra, al príncipe exacto, rígido, hábil, que sabe manejar los hilos de su política interna y exterior, y que, á pesar de sus ligas con el césar germánico, ha tenido siempre en mira la grandeza da su raza sobre el orbe, la vieja hegemonía mundial por tanto tiempo en poder de los bárbaros, y que quién sabe si, á pesar de todo, no volverá á los hijos de la civilización grecorromana antes del fin del siglo xx.

Pequeño de cuerpo, como tantos grandes guerreros y monarcas, es vivaz y marcial, amacizado de método y de educación, forjado á duros hábitos aún en medio de las sedas palatinas, bajo la severidad del noble Humberto y la bondad graciosa y sabia de la reina Margarita, verdadera perla entre las perlas de las actuales monarquías. Su carácter es firme y reflexivo; su voz afable. Como todos los Saboyas, domina con los ojos. Estudioso y atento al progreso, se ha nutrido de libros y ha observado los hechos. Se cuentan de sus años primeros, entre preceptores y militares, interesantes anécdotas. Sus dos principales profesores, Luigi Morandi y el coronel Osio son para él, por un lado, el carácter de la cultura, y, por otro, la cultura del carácter. Por eso pecan de poco informados los biógrafos y escritores que le juzgan tan solamente dado á secos cálculos y á especulaciones prácticas tan solamente.

No importa que la socialista Paula Lombroso lo pinte como un varón para quien la poesía es «como los bombones para los niños»; París sabe que si no es un rey de ensueño—poco precisos á estas horas los reyes de ensueño—ni un rey de fantasías y estéticas nada avenibles con el asunto de manejar en el siglo xx la suerte de un gran pueblo, es monarca de «humanidades», como sienta á quien nació en la cuna del humanismo; que sabe sus clásicos, que conoce á fondo de Nepote á Horacio, y que tuvo una «profesora de poesía» en su madre encantadora, que más de una vez desde los años de su infancia le leyó la honda y armoniosa lección del vasto Poeta, del sumo Dante. Y luego dejadle sus automóviles de cuando en cuando, pues para versos su suegro los compone, como su esposa, que es poesía morena y viviente. Dejadle sus automóviles, y sobre todo dejadle con sus monedas y medallas, que ser profundo numismata como él es ser ya mitad sabio y mitad artista. Su gentileza en su visita á este país ha sido completa, y jamás jefe de Estado ha sabido cumplir mejor la delicada empresa. Cuando en lo alto de las decorativas columnas alzadas en la Avenida de la Ópera el león de oro de San Marcos y la loba de oro de Roma se perfilan sobre el triste cielo parisiense, representan más que una cortesía: son un símbolo. El rey de Italia es el bienvenido, porque sabe encarnar el alma y las aspiraciones de su estirpe, y Francia le reconoce digno.

Desde su entrada á la ciudad que le hospeda, entre los gritos de entusiasmo, en las avenidas adornadas, la compañía del excelente presidente burgués, que hace muy bien lo que puede, y al lado de su esposa, toda gracia y sencillez noble, junto al Arco del Triunfo, junto á la tumba de Napoleón, en todas partes adonde la cortesía oficial le ha llevado, ha tenido, discreto y correcto, un buen gesto ó una buena palabra. Cuéntase—y se non è vero è bene trovato—que en los Inválidos, cuando el séquito oficial llegó al lugar en que, según su deseo, reposa el dueño del Águila, se quedó un buen rato en silencio, y luego: «Yo también soy sucesor de Napoleón Bonaparte ...» «¿Cómo?», insinuó M. Loubet. «¿No fué el emperador también rey de Italia?...» Y así siempre es aplaudida su cordura. Esa cordura que se demostró recientemente, cuando en momentos en que el Papa agonizaba, suspendió su viaje, respetuoso, pensando quizás en que uno de sus antepasados ciñó á su frente la pontificia tiara, y en que el ser cortés no quita la valentía de los que llevan por lema: «¡Siempre adelante, Saboya!»

No he visto de cerca más que á dos reinas—por culpa ó gracia de ocasional misión:—la de España y la de Portugal. A otras he visto de lejos, y á las demás en fotografías, pinturas ó grabados. Pues bien: confieso que nunca he admirado belleza coronada más seductora que la de la princesa greco-oriental que de la corte cuasi primitiva y legendaria del principado de Montenegro salió á ser reina de la maravillosa Italia. Aquí parece exótica; á mi me ha parecido antigua conocida. «De esos ojos no tenemos aquí», me decía una espiritual francesa. «Pues allá, del otro lado del mar, los tenemos como esos—le contesté—, en rostros de ese fino y trigueño de bronce, dulce y sonrosado. ¡Esos son ojos criollos!»

En efecto: la reina Elena es semejante á una de esas soberbias, estupendas criollas, que coronadas de opulentas cabelleras negras, son reinas de hermosura en Montevideo y Buenos Aires, Lima ó la Habana. Es una de esas mujeres llenas del sol y sangre que llevan la primavera ardiendo por donde van. Y en su gallarda beldad guarda una cultura y un talento que son celebrados por todas partes. Su país es país de balada. Su madre hila en el huso la lana como una reina de Homero. Su padre es poeta. Ella es artista de corazón, pinta, canta, toca el violín y el piano. Y un alma dulce y caritativa, sentimientos de alta virtud. Dicen que las aristócratas farnienteras de su corte sonríen de sus hábitos de «mujer de su casa», de sus conocimientos de cocina ... La Pastora de Cettigne debe á su vez sonreir benévolamente. Morena del país de la nieve, ella vive su leyenda de amor verdadero, y en su rey mira á su marido. Y no se ha extrañado de ir de un vuelo amoroso, de su tierra escondida, de sus montes de águilas y lobos, á ser la soberana de un reino que también fué de Lobos y de Aguilas ...

La pequeña Zita escribe, al dictado de su abuela, una institutriz que fué de la casa de Montenegro: «...en la capilla del Instituto vi por la primera vez, de cerca, á la princesa Elena, bella, esbelta, inmóvil, como es lo usual durante los oficios griegos, en que sólo el sacerdote va y viene continuamente con sus diáconos, por las tres puertas que se encuentran delante del misterio del altar». La princesse avait vraiment l’air d’une belle image. La volví á ver á menudo así, y la admiró siempre; era mi sola compensación para el suplicio de permanecer de pie. Por otra parte, intenté hacer la intención de no ir á la iglesia sino cuando esperaba la presencia de las princesas; á primera vista me he sentido atraído por la actitud de firme voluntad de la princesa Elena. Un día de verano vino con una falda de simple crêpe oriental; el corpiño ligeramente escotado. Con su lindo talle, redondo y firme, su aire recto y elegante, tenía el aspecto de una joven diosa, cuyas espaldas esperaban que se les prendiese un manto ... de emperatriz. Mi impresión había sido tan fuerte, que un diplomático bien informado, al cual se la manifesté, me dijo sonriendo: «¡Cuidado, señora!, ¡está usted haciendo política!»

«En ese entonces el zarevitch no se había casado todavía con una alemana. Otra vez la encontré encantadora también en traje nacional, camiseta de muselina sedosa y bordada, veste de terciopelo rojo galoneada de oro, y capitea en la cabeza; pero la hallaba mejor con el traje europeo, y nunca olvidaré la visión que tuve el día en que la idea de un «manto de corte», se había impuesto á mi imaginación á consecuencia de cierto aire de reina que había advertido en esa joven fisonomía en que el destino ponía un signo que yo leí, deseando se realizase por sentimiento romanesco de estética, pues yo amaba ya espontáneamente á la princesa. Pero, ¿es, en verdad, la suerte de una reina lo que el corazón debe desear?»

Esas sencillas impresiones de una profesora completan un retrospectivo retrato de la magnífica y joven soberana. En cuanto á la pregunta final ... ¡quién sabe! Antaño el mundo era distinto, y la posición real no tenía los peligros de ahora. Antaño ... pero, ¿y María Antonieta, y María Estuardo, y más allá?... Mas el instante es de cantar á la reina bella y artística, no de consideraciones filosóficas. El pueblo de París la canta por boca y guitarra de sus camelots:

Viens, Hélène (bis), Viens! À la table de France, On nous offre bombance Ah! Viens Hélène (bis), Viens! Et le soir, en cadence Nos pincerons un’danse.

Eso se canta con el aire de Viens, Poupoule, y valga la intención. La Prensa forma sus más floridos ramilletes de frases; los poetas escriben sus ritmas de ocasión. Pero entre éstos ninguno ha escrito más lindo saludo que un gracioso, un conocido versificador incoherente, que deja por un momento sus ya fatigantes monorrimos y dice un precioso decir. Entre sutilezas dice cosas como éstas. Dicen los enamorados:

Que vers nos paroles Ta Grâce s’incline Reine des gondoles Et des mandolines; Reine de Venise, Soyez-nous propice; Aux amants soi bonnte
Reine de Verone; Vois le doux cortege Qui viens t’implorer; Acueille et protege, Reçois á tes pieds, Le voile des vierges Et le blanc bouquet, Reine du Correge Et du Tintoret!
Nous sommes les fiancés, O reine jolie, Qui venons vous saluer Avec courtoisie;
Nous, les artistes pas riches, Qui ne devions de sitôt Voir les rives de l’Adige Ni le Lungarno; Voici qu’avec toi s’avance, Près de moi pauvre homme La grave Beauté de Rome, Trout l’art exquis de Florence.
Reçois en échange Notre foi ardente, O reine du Dante, Et de Michel-Ange!
À chaque fenêtre, Et dans tous les yeux, Reine des poètes Et des amoureux, Paris radieux Paris tout en fête, Paris tout fleuri, Paris te sourit.
Et le voile tombe Enfin du secret Que gardait Joconde: Elle t’attendait.

Un ramo de rosas de Francia tenía en la mano el día primero en que la aclamó la muchedumbre de París, hirviente y contenta. Un ramo de rosas de Francia, que significa la juventud, la vida, el hechizo de amor, y al propio tiempo la salutación de esta tierra dulce y gloriosa. El gran penacho de plumas blancas se agitaba á los antiguos vientos de Galia ... Y yo miraba á su lado la figura de la princesa montenegrina, de la reina que habita el Quirinal ... la mano fina con el ramo de rosas, la cabellera negra, el talle soberbio, los ojos, los grandes ojazos criollos. Y me uní á la voz de la multitud: «¡Viva Italia!»


LA “BRIMADE”

El origen de estos usos bárbaros arranca de muy hondo principio humano, fuera de la opinión hobbesiana. En todo hombre hay un lobo: entendido; pero en muchos hombres juntos, pugna por revelarse la manada feroz que devora al compañero. Ese es el peor peligro de la inquisición y del jurado, del convento como del taller, del colegio como de la guarnición.

¿Quién no ha sentido en la niñez la hostilidad de los primeros días de la escuela y del internado? ¿Y ya en el estudio de algún arte ó industria, ó disciplina cualquiera, la burla, el odio casi, la enemiga infaltable del compañero? Parece que el recién llegado fuese á quitarles algo, á hacerles algún daño, y el encarnizamiento no cesa sino con la revelación de una fuerza superior; casi siempre unas buenas bofetadas al más insolente y burlón de la clase. Entonces el nuevo entra á formar parte de la comunidad. Y quizás será el martirizador más terrible del próximo novato.

Si esto pasa en las aglomeraciones humanas, en que el espíritu tiene otras miras y ejercicios que los de la fuerza, ¿qué no será en los colegios de la muerte, en los lugares donde se aprende á matar, en donde lo que se estudia es el manejo de las armas, la ciencia de la destrucción, el arte sangriento «de ser más fuerte que otro en un punto dado»? ¿Quién me dirá que los martirios que sufren los recién llegados equivalen al espaldarazo de los caballeros, que son la amarga sal del bautismo, la dolorosa cuchillada de la circuncisión? Palabras. Hay que combatir á todo trance la fiera que llevamos en nosotros. Si no, proclamemos como superior la filosofía de Sade, ese precursor de Nietzsche, y establézcase en cada capital culta del orbe un Jardín de los Suplicios.

Las brimades eran—felizmente, repito, ya no son—bromas pesadas, groseros tratamientos que se hacían padecer á los recién entrados, fuese cual fuese su condición; pero, naturalmente, más duros, y hasta sangrientos, con los de débil carácter ó de escasa fuerza. Ponerlos desnudos en un cuarto y embetunarlos, ó pincharlos con agujas; echarles cubos de agua fría en medio del invierno; deshacerles los pies á pisotones; darles patadas y puñetazos; azotes, etc. Por la menor falta, castigos, vara. Todo esto bajo la mirada complaciente de los superiores. La cosa había entrado en el uso desde antaño. A veces la brimade tenía fatales consecuencias; una reprimenda, algunos días de arresto al culpable, y todo quedaba lo mismo. De cuando en cuando alguna protesta aparecía en la Prensa, pero no tenía el menor eco. Así, hasta la plausible circular del general André.

En Alemania, país en que el militarismo ha entrado en la sangre, en la vida nacional, no se han suprimido, ni creo que se supriman, esas asperezas del cuartel. Cierto es que allí, en el mismo cuerpo estudiantil, existen hábitos y costumbres de la más exquisita barbarie medioeval. Las caras rajadas y el gambrinismo universitario no merman un solo punto en los comienzos del vigésimo siglo. Las brimades, pues, se complican allá de schlague y suavidad tudesca. Dramas ha habido muy resonantes en que toda la Prensa se ha ocupado, y últimamente un consejo de guerra ha juzgado en Metz con la más inaudita deferencia, á los culpables de uno de esos verdaderos crímenes, merecedores de las penas más severas. He aquí cómo se narra lo sucedido: «Un soldado de apellido Polke, perteneciente al 12 regimiento de artillería de Sajonia, fué dado de baja el año pasado porque los médicos militares lo encontraron débil para el servicio. Incorporado de nuevo este año, hizo ejercicios solo, bajo el mando de un cabo llamado Trautmann. Este, un verdadero troglodita, hizo con el pobre lo que le dió la gana. Era una lluvia de patadas y puñetazos, fuera de la privación del alimento. Llegó á tanto la atrocidad, que un día el cabo le dió tal golpe en la cabeza con la culata del fusil, que el mozo quedó sin sentido. No solamente él le pegaba, sino que ordenaba á otros reclutas que hicieran lo mismo, entre las risas de los compañeros. Demás decir que todo el mundo martirizaba al infeliz. Un subteniente le dió un bofetón porque le vió fumar un cigarrillo y un teniente se burló, en vez de reprender. Por último, el maldito cabo le obligó una vez á saltar por una ventana y á correr, á paso de carga, durante diez minutos. Polke, dice quien narra el hecho, concluyó por caer fatigadísimo. Cuando se levantó, desesperado, loco, se pegó un tiro».

Ahora, ¿qué pena os figuráis que les han aplicado á los culpables en el consejo de guerra? Los camaradas que le hostigaban, «tres días de prisión». El subteniente Wiehr, «tres semanas de arresto». El cabo famoso, «cinco meses de prisión». Comparando lo que aquí pasa, dice Charles Laurent con cierta justicia: Il fait bon, tout de même, vivre en France.

Sin embargo, es en la dulce Francia donde se han revelado los innominables suplicios de los disciplinarios de Olorón, esa isla de la Charente Infériéure donde están las triples fortificaciones que hizo levantar Richelieu. Allí se encuentran los dépots de los cuerpos disciplinarios; el de la compañía de fusileros de disciplina de la marina y el del cuerpo disciplinario de las colonias. A los primeros se les llama en jerga militar Peaux de lapin y á los segundos Cocos. Dubois-Desaulle hizo el gran bien de contar al público las terriblezas que allí pasaban y que, dichosamente, se han aminorado, si no desaparecido del todo. Juzgad por algunas noticias. Allí se empleaban entre otras cosas, las poucettes, el baillon, la crapaudine y el passage á tabac. De este último apenas hablaré, porque lo usa la Policía de París y no sé si la de Buenos Aires. Es una galantería habitual con el que tiene la desgracia de caer en esas manos temerosas: el passage á tabac es simplemente una estupenda «pateadura».

Ningún reglamento, ninguna ley, ningún auto legislativo ó administrativo prescribe el empleo de las poucettes en el ejército francés, y, sin embargo, decía Dubois-Desaulle, se aplica á los disciplinarios ese instrumento de tortura. Como no había reglamento ni ley que autorizara el empleo de esa tortura, todos los que tenían un grado, desde cabo á oficial, podían aplicarla. Los motivos más variados y fútiles daban lugar á la aplicación de la pena. Las tales poucettes son una pequeña prensa de acero que deshace, que rompe los pulgares. «Según el grosor de los pulgares ó el calibre de las poucettes, después de un número mayor ó menor de vueltas de la aleta que hay sobre la placa de cierre, el hombre pierde el conocimiento y la sangre trasuda por los poros de la extremidad del pulgar. Algunos minutos después de puestas las poucettes, la parte extrema del pulgar se infla, la detención de la circulación da á la carne tonos violáceos; el pulgar se insensibiliza entonces por el exceso mismo del dolor, á condición, sin embargo, de que no se despierte el dolor con los movimientos; á fin de agravar la tortura, los castigadores vienen á sacudir ó tirar de los pulgares.» La descripción es demasiado chocante y larga para ser transcripta toda.

La crapaudine es una combinación en que entran las poucettes. Los pulgares están aprisionados por la espalda; el hombre está en tierra y se le atan los tobillos junto con las poucettes. El baillon es una mordaza. «Se improvisa con un pañuelo, una piedra, un objeto cualquiera, que se introduce en la boca. Se mete en seguida entre los dientes del paciente un trozo de madera del grueso de un palo de escoba y provisto de cuerdas que se atan detrás de la nuca.»

En cuanto á los azotes, se oye, cuando los cabos y sargentos no pegan duro y firme, la voz de un oficial:

Mais cassez-leur donc les membres, nom de Dieu!

En Austria, como en Alemania, el schlague existía desde largo tiempo. A mediados del pasado siglo tuvo gran éxito y causó impresión profunda la publicación de un libro de E. Sturm, oficial de Artillería del Ejército austriaco. Las revelaciones que hacía no podían sino tener ese resultado. Sin embargo, él mismo confesaba que en cuanto al schlague, ó sea la flagelación militar, los oficiales superiores la aborrecían; pero no podían nada contra la costumbre, ó sea la disciplina en ese caso. Se azotaba por los motivos más fútiles, como fumar en la calle, ponerse el tricornio de través, ó llegar tarde á la lista. Muchos entre ellos fueron inutilizados, ó se volvieron locos. Diez días después de haber entrado al cuerpo, cuenta Sturm que la orden del día llamaba á «todos los nuevos» á que asistieran á una gran ejecución. Luego el cabo le explicó: «Los nuevos militares es preciso que se habitúen á ese espectáculo antes de ser actores en él, pues hay siempre algunos que son bastante bestias para desmayarse, nada más que al ver á un hombre flagelado. Si mañana, en la ejecución, vuestro rostro traiciona el menor signo de piedad ó conmiseración, os volverán á mandar como espectador hasta que os acostumbréis; pero eso no es honroso. Se os señalará como cobarde y flojo.» El autor asistió, naturalmente. Ved sus mismas impresiones: «Tomé mi partido»; fué una larga y terrible ejecución; seis desertores pasaron seis veces bajo la hilera de varas (gassenlaufen), y uno, ladrón, ocho veces. Figuraos una doble fila de soldados armados de varas, con un cabo de diez en diez hombres. En medio pasan los desventurados soldados, la espalda desnuda, despacio ó corriendo, como le plazca al que dirige la ejecución. Mientras la sangre brota bajo la vara fuertemente aplicada, los cabos corren de aquí á allá para ver si los golpes son bien dados. Si por desgracia se sorprende al ejecutor en flagrante delito de piedad, sea que amortigüe el golpe, sea que pegue muy rápidamente para que su golpe se confunda con el de su camarada, se le condena á su vez al schlague.

«Después de la ejecución de los desertores, tres artilleros de los más famosos recibieron cada uno treinta golpes de schlague. Yo soporté á maravilla esa dolorosa prueba; así, el cabo encargado de observar nuestra conducta estaba muy satisfecho de mí, y gracias á una fingida impasibilidad se me pasó en un momento del papel de los espectadores al de los actores. Como bien se calculará, tuve que mostrarme reconocido por tanto honor: ¡ser llamado á pegarle á mis camaradas al lado de aquellos orgullosos grognards que habían ayudado á derrocar el trono de Napoleón! No pude, sin embargo, no pude siempre dominar por completo mis sentimientos; ¡que el emperador me perdone!, le he robado más de un azote, en las mismas barbas del cabo. Recuerdo á este propósito que uno de mis camaradas, en un falso golpe hirió en la cara al cabo, y fué condenado por esa imprudencia á cincuenta golpes de schlague; pero el cabo perdió la nariz.» Muchos más detalles contiene esa obra curiosa. Según tengo entendido, á raíz de su publicación el emperador de Austria ordenó la supresión de esa odiosa costumbre; pero se conserva, no obstante, admirada. Es inútil cuanto se disponga en contra de hábitos tan hondamente inveterados, y que se compadecen con la rudeza de la disciplina y de los usos y ejercicios militares.

No conozco las costumbres interiores de la milicia española, pero en el país de las fáciles carreras de baqueta y del castillo de Montjuich, la ternura no debe ser mucha á ese respecto. Además, ¿quién no ha visto en los sainetes la figura del tourlourou español, el cerril asistente ó avispado ordenanza cuyas posaderas están siempre sacudidas por los puntapiés del oficial?

En Italia se me asegura que hay en esto mayor seriedad que en otras partes, y que oficial noble ha habido que ha pagado sevicias con mucho tiempo de prisión. Si esto es así, merece aplauso la milicia italiana.

Mientras exista la idea de patria, el ejército será una necesidad, y mientras la carrera de las armas exista, debe, á mi entender, mirarse como la miraba el sublime Don Quijote. Todo lo que menoscaba la dignidad humana y el propio decoro, no puede tener cabida en quienes se tienen como defensores del honor nacional, del pabellón. Y es vergonzoso que conozca el mundo hechos que menguan el decoro de los caballeros marciales. Marciales caballeros que aparecen simplemente como los más groseros y cobardes verdugos.


IDILIO EN FALSO

Un diario de París publicó hace algún tiempo la historia, ó el principio de la historia, de los amores del príncipe heredero de Alemania con una joven norteamericana. El redactor anónimo de los artículos en que se narraba esta novelesca y curiosa aventura tuvo que suspender la publicación, á pedido de un miembro de la familia de la señorita, cuyo nombre es Gladys Deacon. Pero los hechos son ya muy sabidos, y en los Estados Unidos, como en Inglaterra, se conocen todos sus detalles.

El joven Federico Guillermo de Hohenzollern, hijo mayor de Guillermo II, es un alma sentimental y un corazón impresionable. No hay en él el blindaje de hierro que tienen los de su familia paterna. A pesar de la educación que el emperador da á sus hijos, éste no ha podido dominar los impulsos de su naturaleza, y manifiesta ser, más que un príncipe, un hombre. Sabidas son sus malas impresiones de universidad. No pudo su carácter delicado acostumbrarse á las borussidades de sus compañeros, hechos á tragar cerveza, reglamentaria y bestialmente; y aunque el emperador le dijo que pasase por esos lances en que él también se había encontrado, no le fueron por eso menos repugnantes sus horas estudiantiles de Bonn. Algún incidente hubo que obligó al padre imperial á llamar á su hijo; y luego, para distraerle un tanto, se le envió á Inglaterra. En la corte inglesa el kronprinz se encontró más á su gusto; la sangre maternal, la herencia atávica de la emperatriz Federica, se reveló en él al contacto de sus relaciones londinenses. Fuera de la familia real, toda la aristocracia se lo disputó, y su juventud, deseosa de nuevas impresiones, encontró allí encantadores momentos.

Entre las familias que más le solicitaron está la del duque de Marlborough. Como es sabido, la duquesa es una joven norteamericana: Consuelo Vanderbilt, hija del celebérrimo millonario. Fiestas campestres, bailes íntimos, comidas, tennis, y ping-pong, todo lo que más pudiera agradar al príncipe germánico se le ofreció durante su permanencia. Entre tantas distracciones, y en tantas ocasiones propicias, el flirt no podía faltar. No faltó. Pero no fué ninguna linda miss británica, de rubios cabellos y cuello de cisne la que despertó el entusiasmo amoroso de su alteza. Su alteza se dejó prender por los ojos yanquis de una guapísima neoyorquina; moza tan fermosa non vió en la frontera, y entre un ping y un pong, la llama ardió, como en las leyendas, como en las novelas.

He aquí cómo narra el hecho el autor de Amitié Amoureuse, autoridad en la materia: «Rápidamente, entre el príncipe encantador y la orgullosa joven, herida por dolores inmerecidos (la historia de la madre de la niña es bastante escabrosa, y el padre está en una casa de locos), una simpática camaradería se estableció». Primero fué una dulce atracción, que les impulsó á aislarse del mundo. La vida de los duques y lores, tan lujosa, tan abierta, tan libre, sirvió á sus amores nacientes.

Estuvieron unidos en corazón y pensamiento entre los bailes de la Country, las partidas de tennis, de foot-ball. Fueron dos cuerpos con un alma. Todo era alegría para ellos, el mundo y la Naturaleza. Se embriagaban con los olores de los musgos, del tomillo salvaje, de todas las hierbas que hollaban los pies de la bienamada. De los labios del príncipe salieron palabras raras; de los de la joven murmullos acariciantes. Deslumbrados de amor, en vano quisieron apartar el encanto ...

Cuando el príncipe balbuceó:

—Nada revela tanto el alma de una mujer como el perfume que lleva: me place el olor de vuestros cabellos ...

Con esa linda reserva anglo-sajona que creó el arte de flirt, y para que dure más tiempo ese hechizo que le aureola como con un halo, la preciosa Gladys no quiere comprender hacia dónde van las palabras del príncipe, y, coquetamente, replica:

—Monseñor, me vaporizo con rose musquée. Es la antigua rosa cantada por Shakespeare ... pero se está acabando en el reino, y pronto ya no habrá. ¿Queréis ver el único rosal que queda?

¿Adónde no hubiera ido el príncipe guiado por la joven? Y he aquí el rosal, y las rosas. Ellos se inclinan, sus cabezas se tocan, se rozan. Cómo respiran, cómo vibran ... Y el príncipe, menos aturdido por el aroma de las flores que por el que emana de su amiga, dice:

—Las rosas huelen bien, pero vos, vos embalsamáis hasta embriagar.

—¡Oh, monseñor!

Ella tiembla, enrojece. Tímido y resuelto, él osa tomar su mano y la besa con fervor.

Ya véis que eso está narrado como folletín romántico. Podría ponerse: «Continuará.»

En efecto, la cosa continuó. El príncipe, activo, emprendedor, quiso pasar más adelante. La joven yanqui le dijo:

—Veo que nos amamos en lo imposible. Yo no podré nunca ser la amante, ni siquiera la esposa morganática de vuestra alteza. Para que este amor sea digno de mí y digno de vos, no hay otra cosa más que el matrimonio legítimo, sonoro, público, á la faz de las Cortes y ante el mundo todo.

Federico Guillermo debe estar en su primer amor, debe tener dentro de su pecho una tempestad de amor, y la norteamericana tiene que ser una maravilla—greatest in the world!—cuando él le contestó, pasando sobre su futuro imperio, sobre la cólera de su padre, sobre el porvenir, sobre todo: «He aquí la prueba de mi amor. He aquí nuestro anillo de boda. Ella es para ti, Gladys. Es un fetiche. Mi bisabuela la reina Victoria se lo quitó de su dedo para ponerlo en el mío y me dijo que no me separase de él sino para dárselo á la que fuese mi mujer. Lo he jurado. Os lo doy.»

Cuando el príncipe volvió á Berlín, el emperador, la emperatriz, la familia toda, se fijaron en que el anillo había desaparecido. Guillermo II no es muy suave que digamos. En seguida hizo que su hijo le confesase el paradero de la joya; y el enamorado mancebo imperial tuvo que decir la verdad. ¡Truenos! «Ese anillo no es tuyo, sino de la dinastía. Estás loco, has perdido la cabeza antes que el anillo.»

Poco más ó menos, fueron las palabras del padre. El mozo, que tiene también fibra, contestó: «Lo hecho, hecho está, y bien hecho está, ante mi conciencia. Por lo demás renuncio á todo rango, á toda púrpura, á Berlín, á Alemania, al Imperio, como nuestro pariente Juan Orth.» Desolación de las desolaciones en la familia. Un enviado fué inmediatamente á Londres á reclamar á la bella Gladys el anillo.

«¡No lo doy!», contestó la yanqui. «¡No lo des!», le aconsejó Consuelo Vanderbilt, en cuya casa nació la pasión y comenzó la novela. Ella creerá que una norteamericana puede ser emperatriz de Alemania, desde que hay una duquesa de Marlborough norteamericana.

Y Gladys no suelta el anillo.

Es de creerse que vencerán las razones de Estado y los discursos paternales. Aunque si el príncipe renunciase, en efecto, á su corona y cetro, todo quedaría arreglado, habiendo como hay tantos hermanos suyos que no tendrán más tarde inconvenientes de amor para sentarse en el trono.

El príncipe imperial de Francia, el hijo de Napoleón III, pudo ver realizados sus sueños amorosos; bien es cierto que no tenía ya trono, ni corona, ni cetro, cuando amó á la inglesa miss Mary Watkins, con quien tuvo un hijo, que vive, y á quien se ha visto en París, en compañía de la emperatriz Eugenia. La novela fué más bonita, porque la joven no sabía qué clase de persona era su amante, hasta una vez que le sorprendió conversando con lord Beaconsfield, á la entrada del oratorio de Brompton, en el matrimonio de los duques de Norfolk.

Los amores luctuosos del príncipe heredero de Austria han tocado quizás, singularmente, la imaginación de Federico Guillermo, y ojalá no vaya á entrarle el demonio de la desesperación y del ensueño trágico; preferible es que tome por modelo á su deudo Juan Orth, el desaparecido misterioso, que unos creen muerto en el Océano y otros vivo en un rincón australiano, y padre de numerosa familia.

El príncipe, como sabéis, se casó con una princesa.


EL CETRO DEL “CHIFFON”

La calle de la Paix á las órdenes de Broadway; Paquin sustituido por míster Somebody, de Nueva York; Worth, chicaguense; Doucet, recién llegado de Arkansas ... ¿puede esto ser posible? El tío Samuel se dijo: «Tengo ya más reyes que las Cortes de Europa; tengo reyes de acero, de algodón, de las construcciones, del petróleo, de la plata, de los ferrocarriles, de los cigarros habanos y de otras muchas cosas más; París tiene el cetro de la elegancia: pues ¡á quitárselo!» Incontinenti, miss Elisabeth C. White, presidenta de la American Seamstress’s Association, y pariente, seguramente, de Samuel S. White, el rey de los dentistas, parte en guerra y se prepara, denodada y serena, como conviene á una ciudadana de los Estados Unidos, á dar la primera acometida. «Ha llegado el momento—proclama—en que las ideas americanas sobre costura se implanten en Europa, y aun en la capital francesa. La nación que no va adelante retrograda, y así les pasa á los costureros de París». Más ó menos con las mismas palabras, se apodera uno de Puerto Rico y de las Filipinas.

Todo lo que los norteamericanos se proponen, casi siempre lo consiguen, pues el peso del oro americano hace inclinarse al mundo al lado de ellos ... Pero, ¿será esto posible? ¿Quitarán á París, á fuerza de greenbacks, la supremacía en la decoración femenina, arte bella entre las bellas artes, dón exquisito que está en su naturaleza, en su tradición, en su sangre? ¿Vendrá á Atenas el bárbaro á corregir á Fidias? Los maestros de la costura parece que no toman en serio la amenaza. No se trata de box, ni siquiera de bicicleta, en momentos en que llegan, después del negro Taylor, los tres más terribles campeones yanquis, que son Zimmermann, Michael y Bald, bebedores de viento; ni se trata tampoco de algo que se puede comprar en remate en la sala de ventas, pues de seguro Schwab, Carnegie ó Pierpont Morgan, se lo llevarían; se trata del gusto, del buen gusto, de la gracia parisiense, que es de París, que por ahora no puede ser de otra parte, á menos que se produzca un cataclismo en las potencias del hombre.

No, los maestros de la costura, los reyes parisienses de la calle de la Paix, los árbitros de la elegancia femenina sobre la tierra, no toman en serio la amenaza.

«Yo—dice Doucet—, no doy ninguna importancia á este incidente. Es una de esas ideas tan americanas, que ellos, los americanos, han inventado una palabra para designarlas: ¡el bluff!» Los esperamos á pie firme á los americanos. En todo tiempo las modas francesas han dado el tono al mundo entero. Luego, siempre se ha venido á buscar modelos á París. El chic parisiense no se expatría. Tiene necesidad del aire ambiente para vivir. Tan cierto es, que la mejor obrera que se pueda encontrar, después de residir dos años en el extranjero: Inglaterra, Alemania, América, no importa qué parte del mundo, en donde trabaje, ha perdido el gusto, la habilidad, la fantasía. La atmósfera extranjera le habrá quitado sus cualidades parisienses y le costará mucho trabajo recobrarlas. No creáis que exagero. El experimento se ha hecho repetidas veces, y siempre de manera concluyente. En suma: no tengo por nosotros ningún temor de esa pseudo cruzada.

Las costureras americanas dicen que las turistas de su país vienen á París á llevar modas americanas. ¿Será acaso para pagar, á más del precio caro, los derechos de Aduana, que son enormes allá? ¡Y cómo tendríamos nosotros modas americanas, Dios mío!

¿Hay uno sólo de nosotros, mis colegas y yo, que haya ido á América? «No ... mientras que los americanos vienen á pillarnos, á explotarnos, á tomar nuestros modelos, las creaciones de nuestros cerebros, siempre en ebullición» ...

Por su parte, dice Paquin: «Creo que los negociantes extranjeros que vienen á comprar modelos parisienses, tienen derecho de servirse de ellos como de su propiedad. En cuanto á crear, no crearán nada los americanos, como nunca han creado nada. Lo que harán será adaptar á uno de nuestros modelos las mangas de otro, el cuello de un tercero, y harán así á veces brotar una nota inesperada de feliz fantasía; pero crear ... No crea belleza y elegancia todo el que quiere.» Y en casa de Worth se contesta con esta frase: «El chic parisiense es el chic parisiense.» Mademoiselle Boné afirma que «es imposible á los americanos hacer la moda, pues no cuentan con los elementos para ello, ni telas tan finas, ni bellos bordados, ni exquisitos encajes. Cuando copian nuestros modelos, y siempre lo hacen, es con telas más pesadas, que hacen perder toda gracia. En cuanto al tour de main, á veces lo tienen, pero es con obreras francesas, y entonces nos combaten con nuestras mismas armas. Pero pocas obreras de primer orden quieren ir á América. Se hacen pagar muy caro, y no permanecen mucho tiempo. De suerte que los americanos vuelven siempre á comprarnos nuestros modelos.» Y madame Callot: «¡Oh! no tenemos por qué temer á las costureras americanas. Si se establecen en París, adquirirán gusto al contacto nuestro; pero con la condición de emplear obreras francesas y tejidos franceses. Por lo tanto, no serían sino casas francesas que trabajarían con fondos americanos. Eso es todo. Miss White, desconocida antes de que el New York Herald lanzase aquí su nombre, no me parece una rival peligrosa y no doy ninguna importancia á su declaración.» Así hablan los maestros de la costura. Tienen razón de hablar así.

Esta guerre en dentelles no hará correr mucha tinta, á pesar del bluff. Las agujas de Nueva York no pueden con las agujas de París. Es á los galos á quienes hoy toca exclamar: Effusa est in curiam omnis barbaries. Worth dice bien: el chic parisiense es el chic parisiense. La elegancia parisiense no puede ser trasplantada. Una gran casa de estas quiso hace algún tiempo fundar en Buenos Aires una sucursal, en vista que la clientela bonaerense daba pingües entradas. ¿Y qué sucedió? Que después de construir una linda casa, y establecer dicha sucursal, tuvo que cerrar ésta y alquilar la casa. Porque las elegantes de Buenos Aires dijeron: «No; queremos ser vestidas en París. Y por el mismo traje hecho en Buenos Aires, no pagaremos lo mismo que en París». Y, hablando en seda, la justicia estaba con ellas.

Si se tratase de las modas masculinas, quizás, pues los elegantes de París siguen á los elegantes de Londres, y los elegantes de Londres se dejan influir por los inelegantes yanquis. Dígalo si no ese antiestético panamá, que no es panamá, sino guayaquil, el cual, una vez adoptado, durante la temporada veraniega, por los norteamericanos, se importó á Londres, y de Londres fué á París, en donde no había snob de club ni mozalbete de chez Maxim’s que no anduviese con la cabeza coronada por el cucurucho de pita, feo, arrugado por delante, á la Romain d’Aurignac.

Era un ridículo caro. Había panamás de á dos mil, de á tres mil francos. Eso basta. Así vino la moda, de su tiempo, del ruedo del pantalón doblado, como si se fuese á pasar un charco; y otras invenciones anglosajonas que se reciben con placer y se imitan con apresuramiento.

Por lo que concierne á la moda femenina, no sé que, fuera del boston y uno que otro baile, como el mismo cake-walk de los negros, las señoritas parisienses continúen las innovaciones del otro lado del Atlántico. No sé que haya señoritas francesas que se incrusten en los dientes piedras preciosas, ni que se pongan en las medias cascabelitos de oro, para andar por el salón con el ruido de un kings-charles; ni que se hagan trajes de piel de serpiente y de billetes de Banco. No, la moda americana, exclusivamente americana, no se aclimata en París fácilmente, á pesar de las compras de títulos nobiliarios y de la invasión de los Estados Unidos por otros lados. Cabalmente la moda americana ha causado en el mundo oficial recientemente un sonante escándalo, que ha concluído con el retiro de un embajador.

Me refiero al caso del conde de Montebello, víctima del sombrero de su mujer. La historia es la siguiente, que los Saint-Simon, ó los Tallemant des Réaux de la época, se apresuran á recoger: En el almuerzo de Compiègne, cuando la venida del zar, todas las señoras de los ministros, como la presidenta, estaban sin sombrero: solamente la señora de Montebello no estaba en cheveux. Sensación. Ya se sabe lo que son las hijas de Eva. Una vez en la mesa, el soberano ruso conversó largamente con la embajadora, con sombrero y todo. Ya se sabe lo que son las hijas de Eva, lo mismo ministresas que modistillas ó reinas. En los rostros de sus compañeras vió la de Montebello que había una tempestad. Y todavía fué poco prudente, porque cuentan que, más tarde, una de las señoras de los ministros le preguntó, por decir algo: Vous allez repartir bientot pour la Russie madame.

Y ella le contestó: Mais oui, ma bonne dame!

La venganza ministerial llegó por fin, y el conde de Montebello no es ya embajador. Todo por el sombrero.

Ahora, ¿estaba correctamente la embajadora, en el almuerzo, con sombrero? Una autoridad, el príncipe de Sagan, no ha podido dar su opinión. Se ha pedido la del director del Gaulois, Arthur Meyer. Yo hubiera preferido la del general Mansilla. Meyer ha contestado que sí. «Porque esa es la moda.» Un joven arbiter elegantiarum, competente autoridad, por su saber y distinción mundanos, agrega: «M. Meyer podía decir también que esa es la moda «americana», y que el sombrero para almorzar nos ha venido de los Estados Unidos. Existe en Francia, para esa especie de casos que dan lugar á controversias, una referencia excelente y una autoridad infalible: la tradición. Ella está hecha de gusto, de savoir-vivre, de experiencia, de una práctica secular de las cosas de la etiqueta. La tradición, mejor que todos los tratados de ceremonial y que el código de los usos á la moda, indica la manera de acomodarse según las circunstancias. Solamente la tradición no se adquiere. Il faut y être né, como decía el conde d’Orsay. Viejas señoras de provincia, un poco ridículas, con sus atavíos pasados de moda, tendrán siempre, en esas cuestiones de etiqueta, más tacto y más gracia que la más elegante de las americanas». ¿No es esta la mejor respuesta á la plutocracia triunfante?

Ahí tenéis un caso en que el americanismo importado por una parisiense como la señora de Montebello, que, fuera de todo, es una hermosísima mujer, ha causado en la sociedad francesa un asunto ruidoso, y en el mundo de la diplomacia una catástrofe, cuya principal víctima es su excelente marido, poco simpático, por otra parte, al actual Gobierno republicano, aunque su nobleza, muy reciente, se la deba á la República.

Los americanos no pueden legislar entre los atenienses sobre aticismo, entre los parisienses sobre gracia y elegancia, entre los aristócratas sobre distinción y tean.

A propósito del matrimonio del conde Boris de Castellane con Miss Gould, decía, apenas pasada la boda, una fina lengua bulevardera: «Mientras su padre viva él no podrá ser sino el segundo de su familia por el sprit.» Mientras su madre aparezca en los salones su esposa no será sino la segunda en rango. Pero la pareja buscará la inteligencia del lujo; el conde de Castellane debe tener el home de una mujer que hubiera «nacido», no en el palacio de una parvenu. Y si da comidas, los invitados deberán ser más escogidos que los menus.

Y en la guerra de los encajes y de los sombreros, de los corsés y de las enaguas, el Tío Samuel debe limitarse, por ahora, á comprarlos hechos en París.