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Paternidad

Chapter 21: X
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About This Book

The narrative follows a middle-aged, successful public official who, while travelling to settle a dispute over forest boundaries, confronts long-buried loneliness and doubts about a life devoted to work. His disciplined routine and administrative achievements are contrasted with memories of a rootless childhood and the absence of familial intimacy, which provoke a late yearning for marriage, companionship, and paternal ties. Pastoral journeys through rain-swept plains and spring woods awaken melancholy and recollection, prompting reflection on choices, the approach of retirement, and the possibility of embracing domestic affection to soften an otherwise orderly but isolated existence.

X

La cocina del Sol de Oro tenía su habitual aspecto de todos los días. Perezosamente apoyado en los umbrales de la puerta, el Príncipe silbaba aguardando la hora de comer. El fuego era más vivo que nunca y la señora Princetot, preocupada con sus cacerolas, ni siquiera levantó los ojos al entrar Delaberge. La delgadísima criada, sentada ante la mesa, preparaba displicentemente una ensalada.

—¿No ha traído nada el cartero?—preguntó el inspector general.

—Sí que ha traído, señor Delaberge—respondió el Príncipe que, al fin, se decidió a abandonar los umbrales de la puerta.—Hay un telegrama para usted.

Con tardo paso, se dirigió hacia una pequeña vitrina, fijada en la pared y en la cual se guardaban las cartas que llegaban dirigidas a los viajeros. Abrióla y entregó a su huésped un pequeño pliego.

A pesar de su aparente indiferencia, lo mismo el hostelero que su mujer sentíanse vivamente intrigados por ese telegrama encerrado en el sobre amarillo en que se ponen los despachos oficiales. Sospechaban que ese pliego contenía la respuesta ministerial y hacía ya más de una hora que aguardaban impacientes el regreso de Delaberge.

Mientras éste, después de haber roto el sobre, se acercaba a la puerta para leer mejor el telegrama, el Príncipe, guiñando sus ojuelos llenos de malicia, observaba disimuladamente el rostro del lector y trataba de descubrir en él si la noticia que el papel contenía iba a ejercer una buena o mala influencia sobre el importante asunto que tanto interesaba al pueblo. Por su parte, la señora Miguelina, olvidando un momento sus cacerolas, dirigía su furtiva mirada en la dirección de su antiguo amante y pensaba con honda angustia: «¿Se marchará, al fin?»

El telegrama oficial decía de este modo:

Director general de montes a inspector general, en Val-Clavin.—Proposiciones aprobadas por el ministro. Nuevas instrucciones en este sentido se mandan al inspector provincial de Chaumont.

Plegó Delaberge tranquilamente el telegrama y se lo metió en el bolsillo. Su rostro expresaba una visible satisfacción.

—Señora Princetot—dijo,—marcharé mañana por la mañana y le agradeceré, lo mismo que al señor Princetot, que me preparen esta misma noche la cuenta...

Aquí se detuvo un momento como para ganar un poco de aplomo y después continuó dirigiéndose a sus dos huéspedes, aunque más particularmente a Miguelina:

—Mi comisión ha terminado y no es probable que se me presente nueva ocasión de volver a Val-Clavin. De manera que mi despedida de esta noche es definitiva... Les agradezco mucho todas sus atenciones y voy a pedirles un último favor... En vez de volver a Langres, desearía regresar a París por Is-sur-Tille y Dijón. ¿No tendría su hijo la bondad de conducirme en carruaje mañana por la mañana hasta la estación de Very?

—Nada más fácil—se apresuró a contestar el Príncipe;—la estación no dista más que una media hora y Simón le acompañará sin duda gustosísimo.

El rostro de la señora Princetot se ensombreció y a pesar de su gran fuerza de disimulo no logró encubrir su viva inquietud.

—¿No podrías ir tu mismo, Princetot?—objetó Miguelina.—Simón está siempre tan atareado...

—No, hija, es demasiado temprano para mí—repuso el Príncipe que gustaba de levantarse tarde.—Simón salta de la cama apenas clarea el alba y, además, eso no le empleará más allá de una hora.

—Me agradaría eso tanto más—insistió Delaberge—por cuanto he de hablar con él de ese asunto de los bosques...—Se volvió hacia Miguelina y con voz en que vibraba una sentida súplica añadió:—Tranquilícese, señora Princetot, no molestaré mucho tiempo a su hijo... ¡No me niegue el placer de hacer el camino en su compañía durante los últimos momentos que he de pasar en Val-Clavin!...

La mirada de Miguelina se encontró con la mirada de Francisco y tal vez leyó en ella una solemne promesa de discreción, tal vez comprendió que la palabra «tranquilícese» encerraba el compromiso tácito de ser hasta el fin un extraño para Simón, o tal vez se sintió simplemente conmovida en lo más hondo por la humilde súplica del hombre a quien en otro tiempo había prodigado sus amorosas caricias. No insistió ya en sus objeciones y, después de hacer un ademán de aquiescencia, se volvió silenciosa a sus cacerolas...

* *
*

Al día siguiente, a las nueve de la mañana, Brunete, el pequeño caballo bayo, piafaba impaciente ante la puerta del Sol de Oro. Se habían colocado ya las maletas en la parte trasera de la charrette inglesa, en la que Delaberge tomó asiento al lado de Simón. Después de algunas palabras de vulgar despedida y de una significativa mirada en que puso la señora Miguelina una súplica de silencio, tomó el caballo el trote por el camino del estanque.

El cielo estaba cubierto y una ligera neblina humedecía el rostro y las manos. Delaberge se volvió y al través de la bruma envolvió en una última mirada las casas grises del pueblo, el estanque en que los cañaverales temblaban, el repliegue del valle en que Rosalinda se escondía y lanzó un profundísimo suspiro. Habían llegado a la rampa de Very y, como la cuesta era muy ruda, Simón bajó para aligerar un poco al caballo, precisamente cuando el inspector general meditaba sobre la manera de abordar la cuestión tratada el día anterior en Rosalinda.

Francisco se quedó solo en el carruaje atormentado por sus tristes pensamientos, pues había también neblina en su corazón.

Contemplaba vagamente los bosques, por encima de los cuales flotaban jirones de bruma y entre cuyos árboles los pájaros lanzaban aquel grito lastimero que anuncia los días lluviosos. En cada uno de los árboles del camino le parecía ver desfilar una a una sus ilusiones de otros tiempos. Reconocía al pasar cada uno de los sitios por donde había paseado con sus agitaciones de joven ambicioso, edificando sus ensueños de fortuna y de ascenso en su carrera. En aquellos tiempos se sentía lleno de confianza en sí mismo, se lanzaba por los caminos del porvenir con la intrépida audacia de un aventurero que marcha a la conquista del becerro de oro. El destino se había mostrado con él por demás complaciente, pues obtuvo el triunfo mucho antes de lo que esperaba. Nunca, mientras era humilde guarda general y atravesaba solo los bosques de Val-Clavin, nunca se había atrevido a imaginar que llegaría a lo más alto de la escala administrativa.

Y sin embargo, a pesar de sus inesperadas victorias, a pesar de haber visto satisfechas sus ambiciones, ¿qué le habían dado en realidad esos veintiséis años devorados uno a uno, consumidos en la fiebre de una labor cotidiana?... Un poco de humo y un puñado de frías cenizas: nada fecundo, nada que pusiese un poco de calor en su corazón, nada sólido en suma... La única obra hermosa y útil que podría poner en su activo, era ese apuesto y robusto muchacho que caminaba delante de él, orgulloso de sus veinticinco años y levantando en su imaginación de enamorado castillos en el aire.

¡Ironías de la existencia!... Sus trabajos administrativos, sus vigilias pasadas en el estudio, sus sabias elucubraciones jurídicas, toda esa actividad oficinesca que constituía su única gloria, había sido, en fin de cuentas, tan estéril como la zizaña. La única creación de que podía envanecerse era debida al azar de unos amoríos de pueblo, al inconsciente olvido de una hora de placer... Y este hijo, obra suya, carne de su carne, prolongación de su propia personalidad, no podía ni tan sólo públicamente reconocerlo; caminaba a su lado y no le podía decir: «Tú eres hijo mío»; no podía hablar con él sino de cosas sin ningún interés...

Habían llegado arriba de la cuesta, y de un ligero brinco el joven Princetot tomó de nuevo su sitio en el carruaje; cosquilleó con su látigo el cuello del caballo y recomenzó éste su trote ligero.

Delaberge pensaba con una profunda tristeza que ya no le quedaban por pasar sino algunos instantes al lado de Simón, y que cada una de las vueltas que daban las ruedas del carruaje apresuraban el momento de la despedida... Hubiera querido hablarle íntimamente, no dejarle sino después de haberle demostrado con toda discreción sus efusivas ternuras.

—¿Llegaremos a la estación un poquito antes que el tren?—preguntó al joven.

—No se lo puedo decir con exactitud, pues no llevo reloj—repuso Simón;—pero no tema usted perderlo... De aquí a diez minutos divisaremos ya la estación.

—En ese caso—dijo suspirando Delaberge,—apenas si me queda tiempo para hablarle de algo que le interesa mucho... Por fin, recibí anoche la respuesta de la Administración central. El ministro aprueba las conclusiones de mi informe y he aquí en resumen lo que yo tengo propuesto: El proyecto de dar a los usuarios el bosque de Carboneras queda abandonado; en cambio, se les concede una superficie igual que se tomará en la parte más excelente de los bosques de Montegrande, bosques que la carretera de Val-Clavin atraviesa. En este sentido se han dado ya las necesarias instrucciones al inspector de Chaumont. ¿Le parece a usted bien?

—¡No podíamos desear más ni mejor!—exclamó Simón.—Es muy equitativo, y todos los usuarios aceptarán con alegría sus proposiciones.

—He aquí el telegrama oficial—prosiguió Francisco sacándolo de uno de sus bolsillos.—Nadie lo conoce todavía y he querido que fuese usted el primero... Le suplico ahora que sea usted mismo quien lleve la noticia a la señora Liénard... Espero que no ha de serle molesto el cumplimiento de este encargo—añadió con una triste sonrisa—y aun diré que no me faltan razones para creer que la joven le agradecerá saber de sus labios la grata noticia.

—Iré a Rosalinda esta misma tarde—exclamó Simón mientras coloreaba el rubor su rostro.

Delaberge se aproximaba suavemente al hijo de Miguelina... Deseaba sentir el roce de su persona, esperando que este contacto había de recalentar un poco su corazón; después le dijo con voz en que vibraba no se sabía qué de paternal:

—Cuando esté en Rosalinda, acuérdese de que los tímidos no triunfan jamás y pues ama usted a la señora Liénard, no tema abrirle francamente el corazón... No se detenga a la mitad del camino... Por otra parte, ¿quién ni qué podría hacerle dudar?... Es usted digno de ella por la educación, por el espíritu y por el carácter... Y en el caso de que, para antes de casarse, desease haberse hecho una situación que satisficiese su amor propio haciendo valer su personalidad, escríbame... Yo puedo procurarle un puesto honroso en alguno de los servicios que dependen del ministerio de Agricultura... Ya ve cómo era usted muy injusto conmigo al considerarme como un obstáculo para sus más caros deseos; por el contrario, yo no pido sino encontrar los medios para apresurar su realización...

A medida que hablaba, contemplaba Simón con una mezcla de confusión y de extrañeza a ese desconocido que, lo mismo que las hadas de los cuentos infantiles, venía a ejercer una tan benéfica influencia en los destinos de su vida... Sentíase profundamente conmovido por la cordial simplicidad con que ese funcionario le daba tan sabios consejos y le ofrecía su valiosa ayuda. Movido a la vez por un sentimiento de vergüenza y de gratitud, balbuceaba encendido el rostro:

—Señor, yo... yo bien quisiera darle las gracias como se merece... mas no encuentro palabras. Siéntome confundido y avergonzado de mis estúpidas desconfianzas... ¿Cómo podría yo demostrarle mi agradecimiento y merecer su perdón?...

—Nada más que guardándome un pequeño recuerdo en su alma...—murmuró Delaberge.

Hubiera querido decir más y expresar con mayor viveza la ternura que subía de su corazón a sus labios, en este supremo momento de la despedida. Comprendía, empero, la fatal necesidad que le condenaba a reprimir un sentimiento que hubiera parecido sospechoso al hijo de Miguelina. Había prometido no ser para él más que un extraño y el mismo interés del joven exigía el religioso cumplimiento de esta promesa. Una terrible angustia le oprimía el corazón... Antes de separarse de él para siempre, hubiera deseado dejar a este muchacho que era hijo suyo un recuerdo material de su afecto, algo que obligase a Simón a pensar en él alguna vez siquiera... Súbitamente se acordó de que poco antes, cuando le preguntó si llegarían a tiempo, había dicho el joven que no tenía reloj, y se le ocurrió la idea de ofrecerle el suyo. Pero, aunque la cosa era insignificante, podría parecer un tanto extraña y ni aún quizás lograría hacérselo aceptar...

Pensando en ello, comenzó lentamente a quitarse la cadena que llevaba pendiente del chaleco y con nerviosidad la hacía saltar entre sus dedos. Luego, afectando un aire indiferente y alegre, que amargamente contrastaba con la desoladora tristeza que escondía en su corazón, habló así:

—Para que piense usted en mí alguna que otra vez se me ha ocurrido una idea... Me ha dicho usted hace poco que no llevaba reloj; deje que le ofrezca el mío... Nada tiene de precioso, pero es muy bueno... Cuando le pregunte usted la hora, se acordará de un viejo solterón que usted tomó ingenuamente por un rival y que, por el contrario, sentía por usted una afectuosísima amistad...

Sacó de su bolsillo el reloj y lo deslizó prestamente en las manos del muchacho, quien, confuso por tan inesperado presente, permanecía aturdido y no sabía qué decir; en sus ojos azules y grandemente abiertos se leía a la vez su inquietud, su enternecimiento y también el temor de herir el amor propio de ese hombre extraño que acababa de darle tan reales pruebas del más profundo afecto: «Es un original—pensaba Simón,—pero tiene todo el aspecto de un hombre honrado... No hay que darle pena rechazando lo que de tan buena gana ofrece...»

Y mientras le daba con palabras confusas las gracias, llegaba el carruaje ante la pequeña estación casi perdida en medio de los bosques. Ambos saltaron a tierra y en aquel mismo instante la campana anunció la llegada del tren, resonando dolorosamente sus metálicas vibraciones en el corazón del inspector general. Apenas hubo tomado su billete y facturado su equipaje, se oyó en el fondo del bosque el silbido del tren que llegaba.

Aunque no era posible distinguirle todavía al través de la densa niebla, se adivinaba que iba acercándose rápidamente, por las sordas trepidaciones que conmovían el suelo... El temblor asustadizo de las hojas y de las ramas que el tren movía a su paso, llenaba el bosque de un misterioso murmullo.. Pronto apareció la poderosa máquina como surgiendo súbitamente de la niebla, la fila serpenteante de los vagones se dibujó en negro sobre los húmedos verdores y, con gemidos casi humanos, se detuvo el tren en seco ante la humildísima estación.

El joven Princetot había acompañado a Delaberge hasta los mismos andenes... Francisco le envolvió en aquel supremo momento en una afectuosísima mirada y nunca le pareció tan evidente su semejanza con el hijo de Miguelina...

—¡Valor, y buena suerte!—le dijo con voz que se esforzaba en hacer serena.—Cuando esté en Rosalinda, no olvide usted ni una sola de mis recomendaciones... Y ahora, hijo mío, como no sabemos si hemos de vernos otra vez, venga a mí...

Tomó a Simón entre sus brazos, le apretó con fuerza contra su pecho, y tuvo este abrazo tan comunicativos ardores, que el joven se sintió conmovido a su vez y besó a Francisco tantas cuantas veces le iba éste besando también...

Mientras quedaba Simón un tanto sorprendido de la emoción profunda que acababa de experimentar, subió Delaberge al vagón e inmediatamente cerraron la portezuela.

—¡Adiós!...—dijo todavía asomando su pálido rostro por la ventanilla del coche.

* *
*

Y partió el tren entre nubes de vapor cuyos blancos jirones se rasgaban al través de la valla que cerraba la vía... Destrozado el corazón, húmedos los ojos, Delaberge continuaba con la mirada fija hacia la estación que se iba haciendo más pequeña cada vez... y en vano sus ojos querían atravesar el espesísimo velo de la niebla que deformaba todas las cosas y parecía querer aislarle del mundo exterior. Por fin, desesperado y vencido, se dejó caer sobre el asiento... Viajaba también solo esta vez, y un profundo sollozo se anudó en su garganta a la idea de que, de hoy más, solo también viajaría por los tristes caminos de la existencia.

FIN