XVII
Y comenzó a venir sin tardar mucho; pero ¡ay! lo que vino fue, primeramente, una niebla gris que bajó de los montes, envolvió todo el pueblo y se coló hasta en los hogares; tras de aquella niebla vino un «gallego» frío con otra niebla parda que fue mezclándose con la primera, tiznándola de su color y haciéndola más húmeda y pegajosa; llegó también un ruido sordo y continuo, como lejano cañoneo, que a mí me parecía de la mar batiendo furibunda hacia el Norte los peñascos de la costa; pero según dictamen de la gente de mi casa, era el «rebombe» del «pozón de Peña Sagra», un lago o pozo muy grande, que se da por existente, aunque no sé de nadie que le haya visto, en las entrañas de aquel coloso de la cordillera; y sin cesar este ruido bronco, dejáronse oír en el espacio y sobre el valle unos como quejidos siniestros y antipáticos, que eran, según informes de Chisco, el graznar de los «butres» (buitres) y las grullas, que pasaban «cararriba»; señal ésta, como la del «rebombar» del pozo y la de las nieblas bajas con el «gallego» detrás, de que se nos echaba encima una invernada de las gordas.
Y se cumplieron las profecías: las nieblas se convirtieron en negras nubes henchidas de aguaceros, que el viento, embravecido poco a poco, estrellaba, con mugidos tremebundos, contra casas, ribazos y bardales, cerrándose boquetes y horizontes por donde quiera que se miraba; sintieron los más ardientes de sangre los primeros estremecimientos de frío, y nos declaramos todos en la casona seria y formalmente bloqueados por el invierno.
Las primeras consecuencias de este bloqueo fueron en ella, como era fácil de presumirse, la reducción de la tertulia a media docena escasa de valientes, entre ellos Pito Salces, a quien no atajaban en los impulsos de la querencia que le atraía, ni los más fieros vendavales, y (lo que fue para mí harto más desagradable y no esperado tan pronto) una crisis de mal género en el estado de mi tío. Como por encargo del médico se le vedaba hasta el asomar las narices al cuarterón abierto de una ventana, se consumía de impaciencia en los páramos entenebrecidos de su cárcel; y cuando llegaba la noche y, después de rezar el Rosario en la cocina, veía entrar en ella dispersos, acobardados, ateridos de frío y calados de agua a unos pocos tertulianos de los de aquella apretada falange de las primeras noches, y notaba la causa de la deserción de los demás en el furioso batir de las celliscas contra puertas y ventanas y en el cañón de la chimenea, quedábase pensativo y mustio, con la cerviz humillada y la vista fija en el flamear de la lumbre, cuyo calor buscaba por instinto. Y así un día y otro y otro, sin que la dureza de su fibra alcanzara a disfrazar siquiera los desalientos de su espíritu, llegó a un grado tal de abatimiento, que me alarmó, porque en un estado moral como el suyo, cualquier aletazo de su enfermedad era muy temible.
Hablando con él una mañana de aquellos días tan crudos, y solos los dos en la cocina, que era su ordinario paradero entonces, yo animándole como podía y él conociendo la endeble calidad de mis estimulantes, acabó por decirme:
—No te canses, Marcelo: este ujano que me roe es más fuerte que tú y yo juntos, por grandes que sean tus cuidados y por dura que haya sido mi correa. Mira, hombre: todavía no jaz un año que me tenía yo por tan duro de caer como las hayas de esos montes. ¡Trastajo con la vanidá de la guapeza humana! A lo mejor del pensar que solamente un rayo de la voluntá de Dios podía acaldarme en el suelo, un soplo que no apagaría una luz, me puso a las puertas de la muerte cuando menos lo esperaba y más descuidado dormía. Desde entonces acá, ¡pispajo!, yo que nunca me espanté de nada ni me encogí por cosa alguna, miro y remito con desconfianza hasta el suelo en que pongo los pies, porque siempre y a todas horas y en todas partes estoy temiendo el último golpe que falta para que el roble acabe de caer. Esta es la verdad, ¡cascajo!, y hasta creo que te apunté algo de ella en alguna de las cartas que te escribí. Pero entonces eran los días más largos y las noches más cortas; alumbraba el sol a la tierra y calentaba la sangre de los viejos, y, sobre todo, volvía de su viaje muy temprano; madrugaba mucho para espantar las ideas tristes de las cabezas en que apenas entra la caridad del sueño por la noche. Por eso me jallaste tan campante a la venida y me has visto ir tirando así hasta ayer, como quien dice... hasta que vino lo que yo había visto venir otras veces sin apurarme por ello, y no sé si te diga que con gusto... ¡con gusto, trastajo! porque cuando hay buena salud, la tierra no tiene salsa si nos está cantando siempre una misma solfa... y sin cambiar de ropajes... Digo que fui tirando tal cuál hasta que llegó la primer cellerisca, ésta que todavía está pasando, mientras llega, por las señales, otra más dura de pelar que ella; y se apagó el sol de día, y se cerraron puertas y ventanas, y empezó a faltar de noche la gente de la cocina, y a no haber fin para las horas de la cama ni punto de sosiego para el mal pensar de la cabeza. Yo nunca había visto pasar por ella las negruras que ahora pasan. Hasta estos días y desde que tengo uso de razón, siempre el interés de los demás jizo que me olvidara de mí propio; pues ahora ¡ya te quiero un cuento, pispajo!... y esto es lo que me descuajaringa: no tengo ojos más que para ver cómo va la carcoma rejundiendo y ajondando en este tronco podrido que se cae por sí mesmo de día en día, de hora en hora. Paez que el viento, al rebombar en el cañón de la chimenea, me dice algo que nunca había oído yo antes; pero algo muy temeroso y muy triste... vamos, que ajuyera de ello de buena gana, si el temporal de afuera no me cerrara todos los caminos de escape, y el frío no me encadenara los remos y no me cortara la poca respiración que me queda en el gaznate... Otra cosa nunca vista: te puedo jurar que no me asusta la muerte porque soy viejo y cristiano y sé que ha de venir sin tardar mucho y que me toca esperarla confiado en la misericordia de Dios, como la espero; y con ello y con todo, me espanta la enfermedad que me va quitando la vida. ¿Cómo se explica este potaje? ¿Qué te parece a ti que será esto, Marcelo?
Faltábanme a mí los sofismas científicos con que Neluco, por ejemplo, hubiera podido aclarar aparentemente aquellas complejas oscuridades que me consultaba mi pobre tío, y despaché la consulta con cuatro vaguedades muy recalcadas y encarecidas sobre el influjo que ejercen en la máquina de los pensamientos los largos insomnios, la soledad de la noche, los fríos estacionales...
—Bien podrán tener algo de culpa esos ingredientes—me replicó mi tío con muy escasas señales de creerlo—; pero a veces se me figura a mí que hay también otros motivos de por medio... y harto será, ¡trastajo!, que no venga de esa banda toda la podredumbre. Mira, hombre... (porque puesto en tela de juicio el punto, debe ventilarse en regla; y yo le he visto por muchas caras en tantas y tantas noches de no pensar en otra cosa): si a mí me viviera no más que uno solo de los hijos que Dios me fue dando, la muerte de su padre no sería propiamente muerte; porque en casos como éste, y bien lo sabes tú, la vida de los que se van retoña en los que se quedan para algo más que llorarlos y rezar por ellos: es un eslabón trabado en otro eslabón... vamos, una cadena que nunca se rompe ni se acaba. Pero tal como han resultado aquí las cosas y puesto yo a considerar que estoy a dos dedos de morirme... ¡ay, Marcelo, qué pinturas se me ponen delante de los ojos! Con las últimas boqueadas, la cadena rota para siempre, el hogar sin lumbre, los establos vacíos, la casa en silencio y (lo que es peor, si no metisteis la llave entre las cuatro tablas que fueron a pudrirse con mis huesos al campo santo) en manos de hombres que no verán en ella más que el ochavo roñoso con que pagarán el derecho de maltratarla. Pues échate a pensar después en todas estas gentes que viven de su calor, porque son todos ellos, lo mismo que fueron sus padres y debieran serlo sus hijos, como sangre de la nuestra sangre y carne del nuestro propio cuerpo, mirándola de reojo al principio para acabar por no acordarse de ella y por irse desparramando, como pollucos sin la madre, robados al fin, uno a uno por el milano que no duerme... ¡Ay, trastajo! Esto es muy doloroso, hasta para soñado en pesadilla... ¿Qué no será, hijo mío, visto y palpado en la misma realidad? Créeme, Marcelo: importa mucho más que la vida de tu tío, lo que ha de irse con ella al otro mundo, si Dios no lo remedia... ¿No te parece a ti que pudiera ser ésta la «consistidura» de las cosas raras que me quitan el sueño y tanto me acobardan últimamente?
Conociendo como conocía yo la entereza de carácter y los sentimientos de mi tío, evidente era que andaba en lo cierto en aquella suposición, y que por cierto lo tenía él aunque aparentaba lo contrario; pero yo no podía declarárselo así, porque declarándolo, o me manifestaba a sus ojos descariñado e inclemente, o aceptaba un compromiso que no podía aceptar, porque era otro muy distinto del suyo mi modo de ver aquellas cosas. Me hubiera sido fácil engañarle aventurando una promesa que quizás andaba él buscando desde la primera carta que me escribió; pero me repugnaba esa mentira dicha a un hombre tan honrado y tan sagaz como aquél, exponiéndome, además, a que no me la creyera. Por eso adopté un temperamento anodino que ni alcanzó a levantar sus abatidos ánimos, ni siquiera a disfrazarle los aprietos en que me puso con su pregunta.
—Todo ello—repuso el buen señor, tratando de hacer un pinito de cháchara que no le salía bien—, es decir por decir. Marcelo, y ya que echamos la conversación hacia ese lado... ¡Pues tendría que ver, ¡pispajo!, que diera yo ahora en la gracia de agobiarte con pesadumbres nuevas, cuando más falta te hace algo alegre con que espantar las negruras de este temporal que se nos ha echado encima! Mira, hombre, créasme o no me creas: las únicas agallas que me quedan... vamos, lo único para que me siento animoso a la hora presente, es para ayudar a que no se te amurrien a ti también las alegraderas. ¿Oístelo? Pues bueno. Algo más y de más importancia que tengo que decirte, ya te lo diré en su hora y lugar correspondientes, y sin tardar mucho. Dicho debiera estar ya y por si acaso, días hace; pero... basta de conversación, y no te espante la amenaza, que aunque el punto es pariente cercano del tratado aquí, no tiene la cara tan fea. Si las tuvieran iguales los dos me libraría yo mucho de darte a conocer la que no has visto todavía.
Entró en la cocina Tona, algo tocada también de la murria inverniza, a trajinar en el fogón donde hablábamos mi tío y yo al calorcillo de la lumbre, y ya no pude preguntarle lo que tenía a la punta de la lengua, como exploración siquiera alrededor de la casta de aquel nuevo «punto» que me había puesto en gran curiosidad.
Pero más que curioso por aclararle, quedé preocupado y triste con la pintura hecha por don Celso del estado de su espíritu. Para llegar a tales extremos de franqueza un hombre de su temple, ¿cuál no sería el peso de su tribulación? Y ¿cuál la magnitud de mi disgusto y de mi pena al considerar que yo poseía el remedio de la más grande de las suyas, y, sin embargo, me resistía a ofrecérsele? ¿Era honrada esta conducta mía? ¿Estaba obligado yo a aceptar compromisos imposibles de cumplir? ¿Estaba bien demostrada esta imposibilidad? ¿Cabía, en la duda, el recurso de prometer, a reserva de cumplir hasta donde se pudiera?...
Puesta la cuestión en estos últimos términos ya me pareció más racional y soportable; y si hubiéramos continuado los dos solos en la cocina, es posible que allí mismo hubiera intentado yo introducir por este resquicio el primer sostén para sus desfallecimientos.
Pero Tona llevaba tarea para rato (como que se andaba en las proximidades del mediodía), y por si era poco este estorbo, entró Facia a dirigir la faena. ¡Cosa extraña! La mujer gris era el único ser de los que habitábamos la casona, en quien no había estampado alguna roncha el azote del temporal reinante. Hasta el mismo Chisco andaba un tanto espelurciado y encogido por establos y corraladas, y entraba en la cocina algunas veces con el humor avinagrado; al revés que Facia, la cual, desde que se habían desencadenado las primeras celleriscas, parecía otra. Cuanto más azotaban los granizos los paredones de la casa, y más «runflaban» los vendavales en el cañón de la chimenea, más alegre se le ponía la cara y más diligente se volvía para el trabajo.
Viéndola tan boyante y en tan ventajosas disposiciones, trabé conversación con ella aquel mismo día, al llevarme no sé qué cachivaches a mi cuarto.
—Parece—la dije para empezar—, que marchan bien los asuntos, ¿eh?
Entendióme la pregunta; y después de sobrecogerse un poco con ella, me respondió sin titubear:
—Así me los conserve Dios muchu tiempu.
—Me alegro en el alma—la dije entonces—; porque por no verla a usted con los espantos de estos días...
—¡Ni me los miente, señor, por obra de caridá!—me replicó volviendo a compungirse—. Paez que los males, como si oyeran, se ponen de pie en cuanto se les menta en boca...
—De todas suertes, resulta que los negocios de usted andan al revés del tiempo.
—¿Por qué lo diz, cristianu?
—Porque a la vez que él se embravece y se emperra, ellos van mejorando.
—Siempre lo que Dios jaz está bien jechu... ¡Ah, si esto durara muchu!...
—¿El temporal?
—Y lo otru.
—¿Cuál es lo otro?
—Lo que reza con lo que usté quiere saber.
—Y sin llegar a conseguirlo, por más señas... Vamos a ver, Facia: ahora que está usted un poco más tranquila, ¿por qué no me lo cuenta? ¿Por qué está llevando usted sola tan pesada carga?... porque yo creo que ni siquiera Tona tiene la menor noticia de ella...
—¡Hija de mi alma!... La lengua me partiera en dos con los mesmus dientes mius si la viera en tentaciones de parláselu... ¡igual que al probe señor y mi amu! ¡Santa Virgen de las Nieves!... Y, por caridá de Dios, no me pregunte más de esu por ahora... ni nunca jamás, señor don Marcelu; que yo, por la cuenta que me trae, buscaré el amparu de usté cuando la carga me rinda y las angustias me ajueguen... porque la peste ha de golver, y sin mucha tardanza, señor don Marcelu. ¡Ay, desdichada de mí!... ¡Y el amu... y Tona!... ¡Santa Virgen la mi Madre!
Púsose lívida de repente, se le pintaron en la cara las angustias de otros días, y llevó hasta ella sus manos cruzadas y convulsas. Me movió a compasión la pobre mujer, y sentí remordimientos de haber sido yo el causante de aquella crisis amarga. Tomé con empeño el trabajo de calmarla, y lo conseguí; pero con la ayuda de una «zurriascada» feroz que se estrelló de repente contra las puertas del balcón. Cuando esto ocurría, se enjugaba Facia los ojos y respondía malamente a mis últimas observaciones. Al oír el estrépito de afuera, suspendió hasta las lágrimas y se lanzó a uno de los cuarterones abiertos, y allí se estuvo mirando, con la avidez de un sediento, aquella mar de lluvia cernida, revuelta y zarandeada en el espacio por la furia del vendaval.
—¡Oh!—exclamó al fin, retirándose de su observatorio con la cara radiante de alegría y andando presurosa hacia la puerta de salida—, por misericordia de Dios, hay pa ratu.
¿No era bien singular y extraño todo aquello?
Entre tanto, yo no cesaba de meditar sobre el grave tema, y punto de suma trascendencia para mí, surgido aquella misma mañana de la conversación que tuve con mi tío; y cuanto más vueltas le daba en mi cabeza, más obligado me creía, hasta por obra de caridad, a ofrecerle lo único que honradamente le podía ofrecer yo. Si con este ofrecimiento se curaba de sus angustias mortales, ¿qué mayor satisfacción para mí? Si andando el tiempo resultaba que no llegaban mis fuerzas tan allá como mis buenos propósitos, ¿qué culpa tendría yo de ello?
No vacilé más: busqué a mi tío, le hallé en su cuarto cerca de un brasero, hojeando unos papeles, tosiendo mucho y moviéndose mal debajo de la espesa ropa que le abrumaba, a la tétrica luz de la media tarde y al ruido ingrato de las celliscas y de los truenos que no cesaban afuera.
XVIII
Me anuncié preguntándole desde la puerta si podía hablar con él cuatro palabras sin molestarle.
Volvió hacia mí la cara con la viveza ratonil que le era propia, y me contestó, enderezando cuanto pudo el cuerpecillo descarnado:
—¡Mira, hombre, qué casualidad!... Apuradamente estaba yo pensando en ir enseguida a preguntarte lo mismo para cumplirte después la promesa que te hice esta mañana por remate de nuestra conversación.
—Pues a cumplir otra promesa—añadí—, que no pude hacerle a usted entonces por falta de oportunidad, pero que quedó hecha en mis adentros, vengo yo ahora.
—Ya estás sentándote y hablando—me dijo a esto, arrojando sobre la cómoda los papeles que hojeaba, sentándose después en una silla junto a la caja del brasero e indicándome que hiciera yo lo propio en otra que estaba enfrente de ella.
—En lo de sentarme—le dije, haciéndolo—, le obedezco a usted desde luego; pero en lo de hablar... no tanto.
—¡Esta es buena, trastajo! ¿Por qué, hombre?
—Porque quiero darle a usted la preferencia, como debo, en lo que mutuamente tenemos que decirnos, según parece.
—Vaya, vaya, déjate de cumplimientos, y empecemos por el caso tuyo, que para el mío siempre hay lugar. Conque ¿qué es lo que se te ocurre, hijo mío?
—Pues lo que se me ocurre—dije yo comenzando a tocar las dificultades de acometer de frente un asunto de tan delicada naturaleza como aquél, cuyo punto de partida era nada menos que la muerte de mi venerable interlocutor—, se me ocurre, mi querido tío, algo que se relaciona con otro algo que le oí a usted esta mañana y me produjo muy honda y muy amarga impresión...
—A ver, a ver—interrumpió el pobre hombre acercando más su silla a la mía, mientras se pintaba en sus ojuelos chispeantes la curiosidad que le devoraba.
—No crea usted que se trata de una cosa del otro jueves—añadí sonriéndome.
—Sea del otro jueves o del otro sábado, ¡venga esa cosa por derecho y sin envoltorios, hombre!—me respondió con un brío inconcebible en su extenuación cadavérica.
—Corriente—le dije yo, no sabiendo cómo armonizar mis escrúpulos con sus impaciencias—; pero después de declarar, para la debida inteligencia, que yo tomo el caso en el punto mismo en que usted le puso y le dejó esta mañana.
—Declarado y entendido... ¡Adelante ahora!
—Me dijo usted entonces, metido en la injustificada aprensión de que iba a morirse pronto... y Dios no lo confirme.
—Ésa es cuenta de Él y mía... ¡Adelante, Marcelo!
—Me dijo usted, repito, confesándome además que esa... aprensión...
—Aprensión, ¿eh?
—Que esa... cavilación, si lo prefiere así, era la que le estaba matando; que a usted no le espantaba la muerte, sino el morirse, el cesar de vivir, el irse del mundo para siempre, porque hace mucha falta en él y no deja quien le reemplace en su labor de toda la vida. ¿No es ésta, tío, la sustancia de lo que usted me declaró?
—Justa y cabal, Marcelo; justa y cabal...
—Y por eso, por esa pena tan grande, por ese modo tan triste de ver las cosas, iba usted perdiendo la tranquilidad y el sueño... y hasta la vida...
—Ni más ni menos, ¡pingajo!... ¡hasta la vida!
—Una alucinación como otra cualquiera; pero, en fin, así lo ve usted, y esto basta para su martirio que, en definitiva, es real y verdadero. Pues bien: si usted tuviera un hijo que le sucediera en sus inclinaciones, en sus propósitos y en sus obras, no hubiera cabido en usted ese temor a la muerte, ni esa... aprensión de morirse... Creo que es esto lo que también me dijo usted esta mañana, o me lo dio a entender, por lo menos.
—No, no: lo dije; y si no resultó bien claro, fue porque no supe decirlo.
—Corriente; pero sucede que no existe ese hijo, y que tampoco me dijo usted si la falta de él puede sustituirse con... algo.
—¿Con qué, Marcelo? ¿Con qué?
Y aquí el bendito de Dios erguía su cabeza, alargando el pescuezo descamado y rugoso y devorándome con los ojos anhelantes.
La emoción es contagiosa, y no logré darle, sin descubrir algo de la mía, esta breve respuesta:
—Verbigracia, con un deudo de su mismo apellido de usted...
Se revolvió convulso entonces en la silla, comenzó a resobarse una contra otra las manos trémulas, avivó las llamas de sus ojos que no apartaba de los míos, y me dijo ansiosamente después de haber acudido en vano dos veces a los registros de su voz:
—Venga el nombre de ese deudo... si es que le conoces tú. Por lo que a mí toca, no conozco más que uno.
—Pues si le conoce usted...—apunté yo, prefiriendo, por un sentimiento harto fácil de estimar, que la insinuación partiera de él.
—Y ¿qué adelanto yo con conocerle?—exclamó aquí mi tío, detenido probablemente por el mismo reparo que yo.
Dándolo por cierto y con entera resolución de llegar cuanto antes al fin que me proponía, le añadí:
—Con franqueza, tío: aunque nada me ha dicho usted nunca de ello, muchos síntomas bien claros me han hecho creer que, en su opinión, no caería mal en esta casa, mañana u otro día, ese pariente a quien ambos nos referimos.
—¡Cascajo... pues yo lo creo!... ¡Como santo en su peana!
—Y ¿por qué no me lo ha dicho usted derechamente?
—Pues, hijo del alma, y franqueza por claridad, porque no me gustan santos a la fuerza; y para serlo de buena voluntad y de la clase que se necesitan aquí, no veía yo la mejor madera en ese pariente mío. ¿Lo quieres más neto?
Iba, entre tanto, difundiéndose por toda su faz, lívida y acartonada, una expresión de intensa alegría; pero con tal rapidez, que no parecía sino que le daban impulso los mismos vendavales que zumbaban entre los peñascos y jarales del contorno. Y cuando le dije terminantemente lo que pensaba decirle, se incorporó con la agilidad de un muchacho, me miró con unos ojos en que se pintaba la exaltación de su espíritu resucitado, y exclamó:
—¡Tú, Marcelo!... Nada menos que tú... ¡el hijo de mi hermano Juan Antonio!... ¡Un Ruiz de Bejos de pura casta, sano y garrido como un trinquete!... Pero ¿lo has pensado... lo has medido bien, hijo mío? ¿No hay en tu arranque algo... vamos, algo de caridá que te ciegue? ¿Sabes bien todo lo que pesa esa carga en un hombre de tu ropaje? ¿Será posible que Dios misericordioso lo haya sido conmigo también en esto que le he pedido tan de veras?
—Vamos a cuentas sobre ello, querido tío—le dije levantándome yo también según iba creciendo su exaltación, y tomando sus manos entre las mías—. Vamos a cuentas, y a cuentas claras: el simple deseo de usted, declarado con franqueza, me hubiera bastado, desde que estoy en Tablanca, para brindarme, sin esfuerzos ni violencias, a lo que me he brindado hoy, en el supuesto aventurado de que yo le sobreviva a usted...
—Déjate de supuestos, hijo, y dalo por cosa hecha... y para muy pronto: yo sé a qué atenerme sobre eso mejor que tú.
—Démoslo, por un momento, como usted quiere y para entendernos mejor; y digo que me comprometo, en ese triste y desgraciado caso que Dios aleje de nosotros tan allá como yo deseo, a poner de mi parte cuanto quepa en las fuerzas de mi decidida voluntad, para proseguir la obra benéfica de usted aquí, y desde luego, le empeño mi palabra de que la cadena, por de pronto, no ha de romperse por el eslabón que yo represento en ella... Después, sólo Dios puede saber lo que sucederá; Porque...
—¡Punto ahí, Marcelo!... porque ya me concedes hasta más de lo que yo me hubiera atrevido a pedirte... ¡Y Dios te lo pague en la medida de lo que yo lo aprecio!
Enseguida me abrazó muy conmovido; abracéle yo a él también al mismo tiempo, y no muy sereno que digamos, y abrazados estuvimos lo bastante para que yo percibiera el acelerado compás de su respiración.
Al desprenderse de mí, clavó la vista durante un buen rato en el crucifijo que estaba colgado sobre el testero de su cama. Se había descubierto la cabeza para eso, y yo, por respeto a lo que debía de estarse tratando en aquella escena sin palabras, me descubrí también.
En cuanto descendió con la atención a las cosas del bajo mundo, me dijo con voz entera y mucha tranquilidad:
—Vamos ahora a tratar del asunto mío.
Púseme gustoso a sus órdenes; rogóme que le ayudara un poco allí y salió del cuarto: llegóse al mío; metió la cabeza dentro de él; hizo lo propio en la alcoba del salón intermedio, y trancó luego la puerta de éste. Vuelto a su punto de partida, desde donde le observaba yo lleno de extrañeza, cerró también con llave la puerta, y me dijo placentero y sonriente, pero ahogándose de cansancio:
—¿Te asombrarán un poco estos husmeos de lebrel, eh?
Respondíle que sí, y añadió:
—Pues todos son necesarios, con lo curiosas que son las gentes, cuando el caso lo requiere como ahora. Por lo pronto, repara bien lo que yo vaya jaciendo, y ten la caridad de ayudarme cuando te lo pida.
Dicho lo cual, se dirigió a la alacena que estaba cerca de la ventana y en la misma pared, y la abrió con una de las llaves encadenadas en un llavero que sacó, pujando mucho, de un bolsillo interior de su chaleco.
La alacena era de poco fondo, y no tenía más que una balda a la mitad de su altura. Sobre la balda y debajo de ella había como una docena de legajos, arranciados los más de ellos y atados con bramante deshilado y medio destorcido.
—Son copias de escrituras—me dijo mi tío—, cuentas viejas de particiones de bienes, y otros papelotes de familia... Vete poniéndolo todo encima de esa cómoda, porque yo no tengo ya resuello ni para levantar los brazos solos... ¡Por vida de los demonios... del pispajo!...
Hice lo que me mandaba, y fue sacando de la alacena, además de los legajos, tres pares de candelabros de plata, varios cubiertos y una bandeja del mismo metal, y un rimero de porquerías, entre ellas más de seis libras de polvos de salvadera envueltos en un papel de estraza, y una jarra blanca como de media azumbre, con un paluco adentro. El interior de la jarra y el paluco estaban cubiertos de una costra negruzca muy removida y cuarteada. Pregunté a mi tío con una mirada para qué servía aquello, y me respondió:
—Eso es para hacer tinta... digo, era; porque ya con la última hecha el año que pasó, ha de sobrarme. La hacía con agallas y caparrosa, y la revolvía dentro de la jarra con ese paluco, que es de higar, porque de otra madera no sirve: saca la tinta mal color.
Después de desocupada la alacena, me mandó mi tío que sacara la balda tirando hacia mí. Saqué la balda, que era pesada y de castaño, como todo el interior de la alacena. Quedaban sobre el fondo de ella, en sentido vertical y uno en cada ángulo, dos anchos listones, que parecían estar allí para sostener los extremos de los otros dos horizontales y más estrechos, sobre los cuales descansaba la balda; pero era otro muy diferente su destino: estaban sueltos y servían para ocultar unos pasadores de hierro con que se sujetaba a los tableros laterales el del fondo. Sacado éste al fin, después de quitado el estorbo de los cuatro listones, y vencida la dificultad, no pequeña, de correr los pasadores oxidados, apareció un bulto negro en las entrañas de la pared.
—Jala de eso pa-cá, arrastrándolo—me dijo mi tío señalándome el bulto con la mano por encima de mis hombros medio embutidos en la alacena.
Embutílos todavía más para hacer lo que me ordenaba mi tío; llegué con las manos al bulto, que tenía cuatro caras, duras y frías, como que eran de hierro; doblé los dedos sobre las aristas del fondo, y tiré hacia mí—, pero no me bastó el primer tirón, porque era muy pesada la caja, y tuve necesidad de repetirle con mayor fuerza para arrastrarla hasta la boca de la alacena, donde la dejé por encargo de mi tío.
—Ahora—me ordenó—, dale media vuelta, de modo que quede hacia nosotros la cara de atrás.
Hícelo así, y apareció en ella la cerradura, que a la simple vista no tenía nada de particular. La caja mediría poco más de un pie de ancha, por cosa de pie y medio de alta.
—Corriente—dijo mi tío entonces—. Pues ahora déjame ponerme donde tú estás; pero repara bien lo que me veas hacer para enterarte mejor de lo que te vaya explicando.
Entonces eligió otra de las llaves de su llavero, y, con mano algo temblorosa, la dirigió a un punto determinado de la cerradura de la caja.
Todos estos procedimientos y detalles iban poniendo mi curiosidad y mi extrañeza en un grado de tensión extraordinario. El aspecto de la habitación, tan austero que rayaba en lo pobre; su puerta y las inmediatas, cerradas con llave; aquel hombre extenuado, envuelto en un ropaje burdo y desaliñado, sobre el que destacaban la cara lívida, de ojos hundidos y relucientes, y las manos cadavéricas; aquella alacena de fondos negros, y en otro fondo de ella, más negro aún, una caja de hierro oculta por una trampa más o menos ingeniosa; una luz tétrica iluminando la estancia, y fuera de ella los bramidos del huracán, me estaban pareciendo en conjunto un pasaje de melodrama, en el cual desempeñaba yo un papel de galán joven, protegido del desalmado usurero, por uno de esos incomprensibles antojos del corazón humano.
—Esta caja—me decía mi tío mientras me revelaba prácticamente el secreto de su cerradura, bien fácil de aprender, después de explicado—, la discurrió y la jizo un jerreru de aquí, muy amañante y de mucha idea, y se la regaló a mi padre; y para ella se abrió, tiempo andando, esta alacena en este morio, que no baja de cuatro pies de macizo. No hay memoria de intento de robo en esta casa; pero ya que había caja con secreto y algo que guardar en ella...
Tan pronto como quedó abierta, y a la vista una buena parte de lo que guardaba, se volvió mi tío hacia mí y me dijo, como si estuviera leyendo los pensamientos que bullían en mi cabeza:
—Lo que menos te has figurado tú, al ver lo que está pasando aquí rato hace, que tu tío es un avariento dejado de la mano de Dios, y que trata de deslumbrarte los ojos con los frutos de sus rapiñas. La verdad, Marcelo: yo me lo figuraría, puesto en tu caso.
Me sonreí sin decir una palabra, y continuó mi tío:
—Pero así y con todo, por esta vez fallan las señales. Esto que aquí ves, es, en suma y finiquito, el ahorro de tu tío Celso... y la puchera de los pobres de Tablanca. Estas alhajas sueltas son las que han ido llegando a mis manos, como llegaron otras semejantes a las de tu padre, por herencia de nuestros mayores, menos unas pocas, estas arracadas de oro, y estas gargantillas de coral, y este relicario de plata con piedras finas, que le regalé yo a mi pobre mujer cuando nos casamos, y tuvo empeño en legármelos a su muerte. Estos cartuchos largos y cortos, gordos y flacos, son de monedas de oro todos ellos. No sé lo que componen en conjunto, porque nunca he querido cansarme en averiguarlo. Lo que sé es que las mermas de ello dependen de las necesidades que haya fuera de mi casa. A mí y a cuantos en ella vivimos, nos sobra con lo que nos da la tierra cada año, y eso que nos tratamos bien y a qué quieres, boca. Las fuentes que lo han ido manando, no están, como puedes comprender, en las pobres tierrucas y en los ganados de Tablanca: otras hay muy lejos de aquí, y viejas en la familia, de mejores manantiales. De todas ellas tendrás noticias, cuando las necesites, en papeles que están en esos legajos y hasta encima de la cómoda... velos ahí, porque un rato hace andaba yo con ellos entre manos. Lo que importa que sepas sin tardanza, por lo que pueda tronar, es que había en este joriaco lo que ya tienes a la vista y no está inventariado en ninguna parte; y que todo ello, alhajas y monedas, es de tu sola pertenencia desde este mismo momento.
Sorprendido con la ocurrencia, intenté hacer muy formales reparos a mi tío. No me consintió decir una sola palabra.
—Es asunto mío—me dijo, tapándome la boca con una mano, fría como piedra sepulcral—, y resuelvo sobre él lo que me da la gana. Además, estoy entrando en vena de hablar, y necesito hablar yo solo y sin que nadie me corte la palabra... ¡trastajo!, hasta para sacar los atrasos de estos días de murrias negras. Lo peor es ¡por vida del pispajo! que me va faltando el resuello... Deja que descanse un poco.
Sentóse en una silla apurado de respiración, más lívido que antes de cara, y trasudando. Aconsejéle que no volviera a hablar de aquel asunto ni de ningún otro, porque necesitaba reposo y tranquilidad; pero no me tomó en cuenta el consejo. A poco rato, aunque sin moverse de la silla, continuó así:
—Conviene que te advierta, para que lo tengas entendido, que no trato de corresponder con esta miseria al gran favor que me ofreciste poco hace. La prueba de ello, si no te basta mi palabra, la hallarás en mi testamento, hecho a las puertas de la muerte, cuando el primer ataque de esta perra enfermedad... Te repito que me dejes hablar a mí solo hasta que se acabe todo lo que quiero decirte. Otro día hablarás tú, y pata... Volviendo al caso, digo que de todo esto que ya es tuyo desde ahora, han salido muchos de los que estas gentes creen milagros míos; porque otras tantas veces he tenido que hacerme de rogar un poco, con la excusa del no poder; pues de blandearme a las primeras dejándoles descubrir el manantial, ¡pobre de él y pobre de mí, hijo del alma! porque, en finiquito, estos hombres, aunque buenos en lo principal, son rudos y de los que se rigen más por la boca que por el entendimiento... Tampoco te digo esto de la fuente para obligarte con ello a cosa alguna, sino porque es la verdad, y no sobra el que la conozcas... como conozco yo que cada uno tiene su modo de matar pulgas, y que tú tendrás el tuyo particular, por consiguiente, y sabrás hacer de tu capa un sayo, o dos, o los que se te antojen... o ninguno, si mejor te parece. Pero (y vaya el ejemplo para ver el asunto por las dos caras) por si te allanaras aquí algún día a seguir los mismos gustos que he tenido yo en lo tocante a este vecindario, no te he de ocultar que ha de costarte bastante trabajo al principio, y algunos disgustos después. Para ayudarte a orillar las primeras dificultades, te recomiendo al Cura, que sabe tan bien como yo, y hasta mucho mejor que yo, de qué pie cojea cada uno de sus feligreses. También te puede servir de ayuda, y buena, Neluco Celis, el médico; que aunque mozo, tiene una voluntad de perlas para estas cosas, gran ojo y mayor entendimiento. Te advierto también que el Cura es el único hombre, fuera de nosotros dos, que sabe lo que se guarda en esta pared. Creí conveniente declarárselo cuando no contaba contigo, porque no se lo comieran algún día los ratones, o fuera a parar, andando el tiempo, a manos que no lo merecen; porque no tengo herederos forzosos ni otros parientes pobres que esos dos bandoleros de que me hablaste el otro día, y no son merecedores más que de un grillete, que no les faltará, si viven... Déjame que se me pase este golpe de tos, y que tome otro respiro. ¡Ay, trastajo, qué miseriuca somos a lo mejor!
Esta vez fue más largo el paréntesis de mi tío, porque fue mayor la fatiga provocada por la tos. En cuanto se repuso un poco, continuó diciendo:
—Pues bueno, y a lo que te iba: ya estás al tanto de las cosas y tienes en marcha tu plan: aquí empiezan las alegrías de la buena entraña, pero también las desazones gordas, si no te armas mucho de paciencia, ¡pero mucho, pispajo! Porque vuelvo a decirte que estos hombres, como caerás tú prontamente en ello, no todos son santos. Pero cinco dedos tenemos en cada mano, y no hay dos que resulten iguales: lo mismo pasa entre los hijos de familia; y pasando así en una familia de pocos y de una sangre sola, ¿qué no pasará en una familia de muchos, como ésta en que hay hijos de tantas y tan diferentes madres? Toparás, de vez en cuando, hasta con desagradecidos, y verás que éste es el tropiezo que más duele y el que más obliga a cerrar los ojos para seguir adelante con el deber que uno tiene con Dios y con sus buenas intenciones; y obrando así, hasta llegarás a mirar a esos desdichados como a hijos que más necesitan por sus flaquezas, de amor y de la vigilancia del padre. De todas suertes, la prosperidad y el agradecimiento de los buenos te consolarán de la ingratitud de los que no lo son tanto; porque malos, propiamente, yo no los conozco aquí: la verdad sea dicha. Llevada de este modo la tarea, acabarás por tomarla mucha ley; pero guárdate bien de darla nunca por asegurada, por firme que la creas por todas partes, porque torres más altas y de esa misma hechura se han venido al suelo de la noche a la mañana. Tan seguros como yo a estos hombres, tenía a los de Coteruco mi gran amigo don Román de la Llosía, y ya te he contado cómo y por qué, dos años hace, en cuanto vinieron estas políticas nuevas que hoy nos gobiernan, en un abrir y cerrar de ojos se le fueron de las manos, y de hombres agradecidos y cariñosos, se convirtieron en fieras enemigas suyas, hasta el punto de verse obligado el caballero, más por dolor de lo que veía que por miedo que lo tuviera, a mudar su residencia a Santander con toda su familia. Y por allá se anda a las fechas, sin apartar los ojos de su pueblo, aunque con el consuelo, últimamente, de ver cómo van echándole de menos allí y suspirando por él los mismos que le vilipendiaron, según van volviendo las heces al fondo de la cuba, revuelta por manos viles.
Lo que te probará, por otra parte, hijo mío, que la semilla buena no puede dar nunca malos frutos, y que a la corta o a la larga, y después de haber sembrado así, lo bueno siempre triunfa y sale a flote por encima de todo. Con esto no te canso más por ahora, y vamos a dejar, si te paez, todos estos cachivaches como estaban.
Procedimos a ello, es decir, procedí yo, porque mi pobre tío no estaba para moverse de la silla, y a duras penas logró sacar de la argolla la llave de la arqueta después de cerrada y abierta por mí varias veces bajo su dirección, para que no se me olvidara el secreto de la cerradura, y mientras iba yo colocando cada cosa en su sitio y trancaba la alacena, cuya llave quiso separar también del llavero, y separé yo al fin, a sus instancias, por no tener él fuerzas ni paciencia para hacerlo.
Enseguida me entregó las dos llaves, sin consentirme la menor palabra en contra de su decisión irrevocable.
—Pero, alma de Dios—me dijo por último razonamiento—, ¿no te has enterado de que son inútiles ya en mi llavero? ¿No has visto que ni para mover las tablucas desclavadas de la alacena me quedan fuerzas ya? ¿Cómo, sin dar cuarto al pregonero, he de componerme para llegar con las manos a lo que hay dentro de la caja? ¿No lo consideras? Pues si (lo que no es de esperar) necesitara yo algo de ello en lo que me queda de vida, por no alcanzar lo corriente que anda más a la mano en los cajones de esa cómoda, con pedírtelo a ti estaba el punto resuelto. Conque basta de esta conversación, y a otra cosa... Quiero también que te lleves a tu cuarto estos papeles que estaba yo hojeando cuando entrastes aquí, para que te vayas enterando de ellos si no tienes cosa más divertida en qué entretenerte.
Hizo apresurada y torpemente con todos los que estaban desparramados sobre la cómoda, un revoltijo lastimoso, y me los entregó así. Mientras yo los plegaba y ordenaba un poco mejor, le exponía excusas y reparos que resultaban inútiles: no quería oírme. Cuando acabé mi fácil y breve tarea, me dijo:
—Ahora vuélvete, hijo mío, a tus quehaceres y a orear un poco la cabeza por la casa; y vete en la confianza de que si con lo tratado aquí entre los dos no me has quitado la enfermedad de encima, me has dado fuerzas y ánimo que ya no tenía para llevarla sin pena ni miedo hasta la misma sepultura; y esto, en mi modo de ver, vale más que una buena salud.
Después me abrazó, y todavía me dijo antes de moverme yo hacia la puerta de salida, volviéndose él hacia la solana:
—Mira, hombre; hasta la ira de Dios parece que se ha calmado también: ya no llueve tanto ni truena ni rebomba el viento como antes.
Y era la pura verdad: la misma luz de la estancia, a pesar de irse acabando la tarde, era menos triste que cuando yo había entrado en ella.
XIX
Al cerrar la noche de aquel día sólo quedaban del temporal unos rumores lejanos e intermitentes, a manera de jadeo de su cansancio después de una brega feroz y continua durante semana y media. Con este motivo fue la tertulia algo más animada que las anteriores últimas, y hasta el patriarca presidente de ella parecía otro por lo parlanchín que estuvo y lo espabilado de humor. Bien conocía yo la causa del milagro. Como conocía la de que Facia, al revés de todos los demás, anduviera tan alicaída y tétrica las pocas veces que se dejó ver en la cocina. Le faltaban a la pobre aquellos estampidos de la borrasca en la boca de la chimenea, que arrojaban sobre los recogidos llares costras de hollín tan grandes como la palma de la mano; aquel redoblar de los granizos en las puertas y en las ventanas de la casona; aquel chorreo incesante de los goteriales del tejado, y aquel fluir de los aguaceros por patios y corraladas, en regatos espumosos que se despeñaban después por los declives de afuera buscando el río que ya no cabía en su cauce. Mirábala yo compasivo algunas veces, y respondíame ella con una mirada melancólica, que parecía significar: «Ya está la bonanza ahí; ¿ve usted qué desgraciada soy?» Y esto era lo que más me preocupaba aquella noche, cuando tanto y de cuenta propia tenía en qué emplear la imaginación después de lo ocurrido dos horas antes en el aposento de mi tío. ¿No tiene cosas bien inexplicables la pícara condición humana? Pero luego se cambiaron las tornas y las pagué todas juntas, como decirse suele, porque apenas pegué los ojos en toda la noche, y eso que me había metido en la cama bastante descuidado por haber visto a mi tío en la suya durmiendo con la tranquilidad de un mozo. ¡Entonces sí que vi con los pormenores más nimios, y con toda su luz y su cortejo de premisas, deducciones y comentarios la escena de aquella tarde! No pude averiguar si en definitiva, el pensar tanto y tanto en ella me resultaba grato o me mortificaba: matices había para todo en el cuadro y en los pensamientos. Lo cierto fue que, desazonado y nervioso con la batalla de mis preocupaciones a oscuras, encendí la luz, y que no bien la hube encendido, me acordé de los papeles que mi tío me había dado en su cuarto al despedirnos, y había guardado yo después en un cajón de la cómoda.
—Buen recurso—me dije—, para sobrellevar estas largas horas de insomnio.
Levantéme enseguida, cogí los papeles y me volví a la cama, dispuesto a enterarme de ellos. Los principales eran tres: el testamento de mi tío, un inventario de sus propiedades valoradas en venta y renta, y una memoria dedicada a mí, de letra suya, con los renglones muy torcidos y bastante emborronada: estaba firmada con fecha posterior a la del testamento, y muy poco anterior a la de la primera carta que me había escrito después de enfermar.
Empecé por el testamento, que era largo y minucioso. Después de las mandas piadosas y benéficas, que eran muchas, entre ellas una muy importante relativa a la escuela municipal, hacía muy buenos legados a sus sirvientes, en particular a Facia, a la cual dejaba en propiedad, amén de su correspondiente legado en dinero, la casería, con tierras y ganados, en que había vivido recién casada con el bribón que la engañó; perdonaba todas las deudas a sus convecinos de Tablanca, y las rentas del año en que falleciera a los llevadores de sus haciendas, cabañas y rebaños. Dejaba a mi hermana una finca de dos que poseía en la provincia de León; y del remanente de su caudal, después de hechas éstas y otras menos importantes deducciones, me nombraba a mí heredero, por ser el único varón de la línea directa de los Ruiz de Bejos.
Puestas las cosas aquí, y sin gran sorpresa mía después de lo tratado por la tarde mano a mano con el testador, entré en muy vivos deseos de conocer el valor aproximado del caudal hereditario. Al fin y al cabo, ¡qué demonio!, era yo también de carne flaca como los demás hombres. Según yo lo esperaba, por antecedentes que tenía adquiridos de mi padre, todo el caudal de mi tío, para un hombre de su modo de vivir, era muy considerable; pero para un Ruiz de Bejos de mis usos y costumbres, ya era cosa muy diferente: mejor dicho, aquel caudal, disfrutado en Tablanca como le disfrutaba mi tío, era una verdadera riqueza; viviendo como yo vivía en Madrid, sin ser manirroto ni mucho menos, me le hubiera comido en pocos años. Así y todo (¿a qué negar lo que no desagrada porque es inherente a la humana contextura?), me sentí muy satisfecho con la herencia, la cual llegaría a hacerme el primer hacendado de Tablanca. ¿A quién le desagrada ser el primero en cualquier parte del mundo habitado y habitable, por oscura y mínima que ella sea? Valga por compensación de esta flaqueza, la mortificación que sentía con los temores de que no fuera tan desinteresada como yo creía la gratitud cariñosa con que respondía mi corazón a las larguezas y distinciones de mi tío.
Su memoria, redactada con el espontáneo y agradable desaliño que le era propio, se reducía a exponerme, a grandes rasgos, el armazón de su obra benéfica, llamada por él «su deber»; los frutos principales de ella; lo que le costaba aproximadamente cada año en dinero, porque en paciencia, no tenía calo ni medida, y una relación de las familias de Tablanca más merecedoras, por sus especiales condiciones y virtudes, del amparo y la estimación de «la casona». Todo aquello me lo declaraba para mi gobierno solamente. El único encargo que me hacía, y muy encarecido, era el de procurar que no se desmembrara durante mi vida el patrimonio de los Ruiz de Bejos que pasaba a mis manos íntegro y tal como él le había recibido de las de su padre y éste de las del suyo, ni al heredarme mis hijos, si llegaba a tenerlos; y si no, que pasara a los de mi hermana con igual recomendación para los mismos fines, siempre que fueran compatibles con las leyes. Por de pronto y para «lo de puertas adentro» que me dejara guiar por las indicaciones del párroco don Sabas Peña; y si no vivía éste ya, de la persona que me buscaría por su mandato. Él no podía explicarse con mayor claridad allí, porque los papeles son cosas livianas que se lleva el aire fácilmente, «y vaya usted a saber en qué manos van a dar a lo mejor». Después me nombraba las personas encargadas de administrarle las fincas «que radicaban» fuera del valle y de la provincia, y concluía advirtiéndome que, como ya se declaraba en el testamento, a la hora en que escribía aquellos renglones no debía nada a nadie, como no fuera su alma a Dios, en cuya misericordia confiaba y a quien pedía que hiciera el milagro de que yo sintiera alguna vez el deseo de dejar los huesos en el campo santo de Tablanca, después de haber vivido muchos años en la casona de los Ruiz de Bejos.
Como los demás papeles, aunque relacionados con el caudal de mi tío, no me ofrecían gran interés, renuncié a su detenida lectura por entonces, y consagré el tiempo que tenía bien de sobra a espaciar la imaginación, a ojos cerrados, por el campo variadísimo de los sucesos de aquel día. Así me cogió el sueño muy cerca del amanecer. Cuando desperté, entraba la luz en mi gabinete por el cuarterón que siempre dejaba entreabierto en la puerta de la solana. Me pareció que la luz era más alegre que la que me había saludado en idénticos casos durante la última quincena, o que estaría el sol ya muy arriba, lo cual no sería extraño por lo tarde que me había dormido por la noche. Miré el reló que tenía a la cabecera de la cama, y vi que eran poco más de las ocho. A pesar de la falta que me hacía dormir un buen rato más, levantéme y abrí todo el cuarterón. El poco cielo que veía desde allí, estaba raso y azul como un paño de seda, y el sol bañaba ya todos los picachos del Oeste. Relucían las peñas y los troncos y los bardales y los suelos por todas partes, eso sí, y se sentía un frío húmedo y pegajoso que llegaba hasta los huesos; pero estaba risueña y en calma la Naturaleza, y esto levantaba mucho los ánimos.
Pensando más que en estas cosas en mi tío, a quien anhelaba saludar como todos los días al levantarme (especialmente desde que andaba tan alicaído, y me había recomendado mucho el médico la mayor vigilancia sobre él), y barajando con este sentimiento los recuerdos que se iban despertando en mi memoria, despaché en el aire mis operaciones de tocador.
«Y vamos a ver—decíame a mi propio en cuanto me hallé dispuesto a salir del cuarto—, ¿qué cara pongo a mi tío después de lo que ha pasado esta noche? ¿En qué temple de ánimo, en qué estilo he de expresarle «lo que procede»? Y ¿cuál es «lo que procede»? Porque él debe dar por hecho que a estas horas estoy enterado de todo; y en casos tales, un grado menos de lo justo en la expresión de lo que se siente, desnaturaliza la seriedad de un papel y hasta pone en ridículo al actor».
Afortunadamente se anticipó él mismo a sacarme del atolladero. Sin responder a la salutación que le hice en la cocina, adonde había ido el infeliz desde la cama, me dijo, porque estábamos solos en aquel momento:
—Como ya habrás leído los papeles que te entregué ayer tarde, por lo menos el principal de todos, quiero, y así te lo mando, que no me hables una palabra ahora ni después ni nunca, de esos particulares ni de ningún otro que sea pariente de ellos. Hazte la cuenta de que no ha pasado nada entre nosotros de dos semanas acá, y atente a ello si deseas darme gusto. ¿Entendístelo? Pues en la creencia de que sí, te digo ahora, respondiendo a tu pregunta de antes, que he pasado una noche de las buenas, ¡de las buenas, trastajo! He dormido más de cuatro horas, y no he tosido veinte veces.
Por este camino tan cómodo salí del compromiso que tanto me apuraba, y bien sabe Dios cuánto me alegré de ello. ¡Sobre que las resoluciones de mi tío habían de ser irrevocables!... Pero ¡qué malo estaba el pobre, no obstante la extraordinaria mejoría de su espíritu! ¡Cómo se iban conociendo de día en día, en su cuerpo aniquilado, las zarpadas de la muerte!
Hacia las once de la mañana aparecieron en la casona don Pedro Nolasco y toda su familia, es decir, su hija y su nieta, y fueron recibidos en mi habitación, donde también había brasero y nos hallábamos mi tío y yo con Neluco que había ido a hacerle su visita diaria. Lita llevaba la cabeza envuelta en una esponjada toquilla de color azul celeste, que realzaba la frescura de su linda cara sonrosadita por la crudeza del aire serrano, y todo el cuerpo gentil arrebujado en un chal de lana gris, de mucho abrigo. Según entraba y hablaba en su estilo regocijado y pintoresco, iba destocándose la cabeza y desenvolviendo el airoso cuerpo con sus ágiles manos medio cubiertas por mitones rojos de estambre. Mirándola a ella y mirando al sol que inundaba el valle, tras unos días tan negros y tan tempestuosos como los recién pasados, yo no sé por qué llegué a ver en la nieta de don Pedro Nolasco, algo así como la paloma que volvía al arca anunciando que había cesado ya la ira de Dios y que toda la Naturaleza surgía de los abismos de tinieblas purificada de las culpas e iniquidades de los hombres. Don Pedro Nolasco hacía temblar las paredes con el estruendo de sus ponderaciones de lo recio y de lo crudo del temporal. No recordaba otro como él de muchos años atrás. Había estado como sin sangre en aquellos días, y no hubo durante ellos lumbre que alcanzara a meterle en calor. Y bien se conocían, sin que él los ponderara, los chamuscones que se había dado, porque apestaba desde lejos a humo de cocina, y tenía la piel como los chorizos curados y hasta con hollín. Mari Pepa no veía motivos para tantas ponderaciones: aquel temporal había sido como otros muchos que habían pasado y que pasarían. Lo único de él que la mortificó verdaderamente, fue el privarla, y privar a todos los de su casa, de ir a hacer un rato de compañía a don Celso y ver cómo andaba de salud. Y a eso iban entonces, aprovechando el primer sol que se veía después de una quincena de aguaceros y «celleriscas», y sobre todo ello se habló mucho en muy poco tiempo, quitándose unos a otros la palabra, mientras Lita, corriendo su silla hacia la mía que estaba alejada del brasero, me contaba, casi al oído, lo alarmados que estuvieron todos en su casa con las noticias que Neluco les iba dando de mi tío, al pasar por allí de vuelta de sus visitas, y el trabajo que le había costado a ella disimular la pena que acababa de sentir al encararse de pronto con don Celso. ¡Qué «mortalón» le veía, Virgen y Madre de Dios! Y tras esto, me acosó a preguntas: si comía, si descansaba, si conocía su estado, si me daba mucho que hacer, si podían ellos hacer algo en alivio nuestro; porque ya se sabía que casa sin mujeres, andaba como Dios quería en los apuros graves. Buena era Facia, buena era Tona; pero... al cabo, al cabo. Vaya, que no era lo mismo. Su madre era una gran enfermera, y ella tenía buena voluntad; y cuando llegara el caso, si desgraciadamente llegaba, que no anduviéramos con miramientos que no pegaban bien entre vecinos amigos y hasta parientes.
Como a lo más de esto tuve que responder, y la conversación continuaba enredándose en el otro grupo con la inagotable verbosidad de Mari Pepa, y hasta se marchó Neluco de la visita, porque tenía que hacer otras dos antes de comer, y, sobre todo, porque estaba yo muy a gusto al lado de aquella criatura tan atractiva, lo tratado entre los dos se fue enredando también poco a poco, hasta extraviarse al fin por derroteros que ninguna comunicación directa tenía ya con el punto de partida.
Todas las mujeres que yo llevaba tratadas en el mundo, con más o menos intimidad, como formadas en un mismo plantel y educadas con unos mismos fines, salvas muy importantes diferencias plásticas, de esas que tocan más al cuerpo que al espíritu del observador, me habían dado en definitiva una suma de semejanzas morales que llegó a parecerse a la monotonía, según mi manera particular de ver esas cosas; y de aquí, es decir, de esa condición mía, de la desgracia o de la fortuna de no haber sido formada mi naturaleza del mismo barro que la de otros hombres llamados «impresionables» la falta de verdadera curiosidad y, por consiguiente, de hondo interés hacia aquellas mujeres, a pesar de haber vivido con ellas en continuo trato. Pero el caso de Lita ¡era tan diferente de los otros casos! Por de pronto, yo encontraba a su lado una complacencia, una delectación muy extraña y enteramente nueva para mí. Buscando una comparación para este sentimiento, veníanseme a las mientes ejemplos muy raros: verbigracia, los lienzos recién lavados y secos, el heno de las praderas con su fragancia «a salud y el agua de las fuentes rústicas con su pureza transparente. Aspirando la una, podían pasarse «las horas muertas» contando las pedrezuelas relucientes del fondo de la otra. ¡Placer bien primitivo y candoroso ciertamente! Pero era un placer, al cabo, para quien no había hallado otro equivalente entre los refinados artificios del mundo; y por eso sin duda, le daba ya tan alto precio en aquellas bravías soledades.
Ello fue que la tentación de contar las pedrezuelas de la fuente me entró aquel día con doblada fuerza que en otras ocasiones, y que no pudiendo resistirla, me lancé a la empresa, tomando por pretexto el temporal pasado, nuestras forzadas encerronas por su culpa, y los que nos esperaban a las puertas del lugar. Porque yo me preguntaba, viendo, admirado, aquella criatura de tan equilibrado organismo: pero, señor, ¿de qué se alimentan esta alma tan regocijada y satisfecha, y esa cabecita luminosa que irradia los pensamientos sin el estorbo de una sola nube, en el mismo campo en que yo, hombre atiborrado de lecturas y de recuerdos, no hallo con qué levantar un poco el espíritu en cuanto se nubla la luz del sol? ¿Qué cantidad de ideas puede haber en ese cerebro, de qué calidad serán y cómo las ha adquirido? No llegaba yo con mis preocupaciones de hombre mundano hasta el extremo de creer que no pudiera llevarse con resignación la vida desconociendo totalmente la magia del gran escenario de mis preferencias, porque tenía en contra de este absurdo el ejemplo de Mari Pepa y el de su amiga de Robacío, que eran el colmo de la felicidad dentro de ese mismo desconocimiento absoluto, sin contar las rudas y sedentarias labradoras que no sabían lo que era una pesadumbre. Pero Lita era mucho más que esto, y mucho más que su madre y que la hermana de Neluco, con no haber visto mayor cantidad del mundo, ni bebido las ideas en mejores fuentes que ellas. Tenía unas afinaciones, unas delicadezas de sentido y un alcance de vista en las honduras de las cosas, aunque tratadas medio en chanza y a la ligera, que solamente las concebía yo en las inteligencias muy cultivadas.
El caso fue, repito, que di principio a la investigación, movido de una curiosidad muy grande; pero teniendo buen cuidado por acomodarme en lo posible a las naturales condiciones del terreno, de allanarme yo mismo al nivel de lo más sencillo y rudimentario: casi, casi, me introduje en su conciencia por las puertas aprendidas en la infancia en el catecismo del Padre Astete. «Sitios por donde había andado, ocupaciones que había tenido». En sustancia, de eso vinimos a tratar en los comienzos de mi labor. De lo primero no supe más que lo que ya sabía por Neluco Celis: un mundo de cuatro leguas, escasas, a la redonda de Tablanca; dos o tres familias del pelaje de la suya, esparcidas por él; dos ferias cada primavera, si el invierno no había sido muy largo, y tres o cuatro romerías en el transcurso de cada verano. ¿Deseaba ver algo más que eso? ¡Psh!... por desear propiamente, no. Ahora, alegrarse de tener ocasión de conocerlo un poco, puede que sí, porque a nadie le amarga un dulce; pero de todas suertes, a ella se le figuraba que no había de encontrarse a gusto entre tanto y «tan pomposo» revoltijo. Una amiga suya, de más allá del Puerto, la mandaba algunas veces un periódico de modas que ella recibía cada semana: por los dibujos y las explicaciones de ese papel, estaba al tanto de cómo se vestían las señoras para ir a las grandes fiestas y al paseo. «¡Virgen la mi madre», cuánto dinero debían de gastar en esas galas y diversiones, y qué mal la sentarían a ella tantos lujos, avezada a las pobrezas de una aldeúca montés y qué avergonzada se vería en aquellos festivales tan resplandecientes, debajo de unos perifollos que no sabría manejar!... ¡Quita, quita! Bien se está San Pedro en Roma. Algo más que las estampas de aquellas señoras, la entretenían en el papel unos dibujos de labores que se hacían fácilmente y sin costar mucho dinero. De ésas había ido llenando la casa. También había aprendido en el mismo papel a cortarse los vestidos y chaquetas. ¿Qué mejores entretenimientos para pasar horas sobrantes? Porque cuando no tenía labor para sí propia o para los de su casa, se la daban bien abundante la mitad de las mozas de Tablanca. ¡Como ella no sabía negarse, y las otras pobres no conocían otro refugio cuando se trataba de las galas domingueras!... «¡Pero qué curiosón era yo, Virgen de las Nieves! ¿Si querría burlarme de ella?» ¿Por qué la preguntaba esas cosas, ni qué podían importarme a mí, que tanto había visto por el mundo y conocería a tantas damas de las lujosas del papel? Ya contaba yo con esta salida de los carriles del asunto, lugar común de toda clase de interlocutoras en diálogos por el estilo: pura modestia. ¿Cómo no había de interesarme a mí, más que todo lo que llevaba visto de lo que hay y se ve en todas partes, aquel hallazgo tan lindo y tan nuevo, donde menos se podía esperar? No eran adulaciones ni «cortesanías de madrileño» estas palabras: podía jurárselo, y esperaba ser creído sin que ella me pusiera en un extremo tan desfavorable para mi formalidad. En esa confianza, lejos de enmendarme, reincidía en el supuesto pecado, y a la prueba si no. Lecturas. ¿Cuáles eran las que más la gustaban? ¿Qué libros había leído?... ¡Libros ella!... Si yo me refería a los que se usaban ahora. No pasaban de tres: dos que le había prestado la amiga del papel de modas, y otro que había traído su padre de Andalucía. Los de la amiga trataban de amoríos muy tiernos que la pusieron algo triste, porque le daba lástima de los pobres enamorados: en los dos libros se veían y se deseaban las parejas de novios para salirse con la suya. El libro de su padre tenía estampas, y era una historia de bandoleros que robaban y mataban y eran al mismo tiempo muy blandos y muy nobles de corazón. Eso no lo podía entender ella bien... Pues estos libros y «los de casa» eran los únicos que había leído en toda su vida. Y ¿cuáles eran «los de casa»? Pues uno muy grande y muy antiguo de Cartas de Santa Teresa, que ya se le sabía de memoria; el Año Cristiano, que leía en alta voz su madre todas las noches por el capítulo del santo correspondiente al día; la Guía de pecadores, que su abuelo leía del mismo modo de vez en cuando, y de tal arte, que la llenaba de espanto y no la dejaba dormir con sosiego después, en media semana; y, por último, Don Quijote de la Mancha. Éste le leía ella sola para sí, aunque salteando algo la lectura, porque muchas cosas que había allí no eran para gustadas de pronto por una mujer tan ruda como ella. Sobre la calidad de las personas de su trato, ya me había dicho lo principal; el resto, «a la vista lo tenía...». «Pero, Señor de los cielos—volvía a decirme—, ¡ni aunque estuviera obligada a confesarme con usté!»
Y de este género eran todas las pedrezuelas que fui contando y estudiando en el fondo de aquella fuente cristalina y tentadora. Yo comprendía que con ello solo pudiera Lita conformarse y vivir alegre sin desear otra cosa mejor («mejor» según mi criterio), y que con una travesura natural y una inteligencia tan clara como las suyas, se pudiera llegar hasta el disimulo de muy apremiantes deseos; pero aquel arte delicado con que manejaba la escasez de sus recursos «exteriores», ¿dónde le había aprendido? ¿Cómo podían concebirse tantos y tan variados registros en una máquina tan simple? Este era el caso extraño para mí.
«¡Pero qué majadero soy!—me dije de pronto, al sentir el paso de un recuerdo por mi memoria—, ¿qué más escuela ni qué más libros necesita que Neluco?»
Sentí también remordimientos de conciencia, como si estuviera poniendo mis manos en el tesoro de un amigo, y me apresuré a dar un tajo a la conversación, llevando enseguida los restos de ella hacia la otra que ya estaba en la agonía por falta de materia o por sobra de cansancio entre los interlocutores.
Marcháronse poco después los visitantes, dejando a mi tío muy fatigado con la conversación en que había tomado, por rebeldías de su temperamento, más parte de la que debiera, y yo llevé mi cortesía en aquella ocasión al extremo de acompañar a la familia de don Pedro Nolasco hasta el pedregal en que empieza a descender la cambera hacia el pueblo. ¡Qué graciosamente pisaba Lita con sus primorosas almadreñas, y con qué donaire se recogía los pliegues airosos de su vestido, que apenas dejaban ver dos dedos de media blanca sobre el ancho y peludo ribete de las zapatillas!
Por la noche me dijo Chisco asaltándome en el pasadizo que seguía yo para ir a la cocina, de la cual salía él:
—¿No tenía usté ganas de probarse un pocu en algu de caza mayor?
Respondíle que sí, temblando sin saber por qué, y añadió:
—Pos a la manu tien la proporción de eyu.
—Explícate—le dije algo nervioso, sin duda por el exceso de mi curiosidad.
—Se ha vistu el osu.
—¿En dónde?
—Encima del mesmu rejoyón del Salgueru: a hora y media de aquí.
—Bien; pero... de paso.
—¡Quiá! no, señor: encuevándose.
—Conque... encuevándose... Y ¿quién le ha visto?
—Chorcus, esta mañana, viniendo del invernal de Picachus.
—¿Está bien seguro de haberle visto?
—Como yo de que estoy viéndole a usté ahora mesmu; y el oju suyu no falla pa esas visualis, ni el golfatu tampoco, porque lu tien de sagüesu finu.
—Corriente... y ¿qué pensáis hacer?
—Pos salir los dos de madrugá a dale los güenos días.
—¿Solos?
—Y ¿pa qué más? No será la primer vez... Pero como usté me tenía alvertiu de tiempus atrás que si se presentara una proporción de esas, la aprovecharía con gustu...
—Tienes razón, y has hecho muy bien en avisarme... ¡Vaya si te lo agradezco!... hasta por la reserva con que lo haces, sin duda para que no se entere mi tío. ¿No es verdad?
—Muchu que lo es... ¡como que por eso iba a buscali a usté a su mesma sala, cuando le he alcontrau en el caminu... pa que no se enteri el amu que está en la cocina!... Porque el recau no me lo dio Pitu hasta jaz un cuartu de hora.
—Perfectamente... Pues la palabra es palabra; y si la salud de mi tío lo permite, iré con vosotros con muchísimo gusto, ¡ya lo creo! Pero entendámonos: ¿cuánto durará esa expedición?... porque yo no puedo dejarle mucho tiempo solo.
—Ni yo tampoco faltar de casa más de lo regular. Aunque pa la amañanza del ganau, ya deju quien jaga mis vecis... Usté cuenti por seguru que, enterus o en peazus, estamus de güelta pa la hora de comer.
—¡Qué cosas tienes, hombre!... Conque enteros o en pedazos, ¡como si fuera tan arriesgado el lance!
—No es de bodas propiamenti; pero claru está que el dichu fue sólu por decir. Tocanti a lo demás, si tien usté el menor... vamus... el menor recelu por la bestia, que no deja de imponer un pocu la primera vez... y tamién las siguientis, no venga, que compromisu de eyu no hay firmau.
Me tocó en lo vivo la salvedad del mozón, que no estaba fuera de lo prudente ni dejaba de venir al caso, y me la eché de terne, preguntándole con brío bastante forzado:
—¿Qué armas hay que llevar?
—Pos la escopeta con cartuchu de bala, y güen acopiu de eyus; el cochillón de monti por si es casu...
—¿Crees que podrá hacer falta, eh?
—A mí me ha prestau güen serviciu más de una vez... y llévisi tamién esi cachorriyu de muchus tirus, que no sé cómo le yaman ustéis.
—¿El revólver?
—Esi mesmu.
—¿Y nada más?
—Y güen oju y mejor pulsu.
—Pero, hombre... me parece a mí que para una bestia sola, siendo tres los cazadores, no se necesita tanto arsenal...
—Si estuviera sola propiamenti, con el primer tiru le bastaba, si era míu; pero como está encuevá, ¡vaya usté a saber!... Hay que mirar las cosas.
—En resumen, ¡canario! ¿vosotros vais con alguna confianza?
—Y si no la yeváramus, no juéramus.
—Pues mañana, cuando sea hora de emprender la marcha, entras en mi cuarto; y si estoy dormido, me despiertas. Te prometo que si no tiene novedad mi tío, iré con vosotros; pero si desgraciadamente la tuviera... ya ves tú... Conque hasta mañana.
Yo no sé qué cara pondría Chisco oyéndome hablar así, porque en el pasadizo donde estábamos conversando a media voz, no se veía la mano delante. No sé más, sino que carraspeó un poquito y que, sin añadir una sola palabra a las mías, echó a andar hacia la escalera, mientras yo me dirigía a la cocina donde se oían ya los parleteos de los primeros tertulianos.