LA CASA DE ITALIA
París, Junio 7 de 1900.
L comenzar la calle de las Naciones del lado del palacio de los Inválidos, se destaca la fastuosa fábrica que ha elevado Italia en el inmenso concurso. Semeja una catedral de piedra y oro, y al llamarla «catedral» los obreros italianos, han expresado el verdadero estilo arquitectónico de este fugaz y bello monumento. Un ave de oro abre las alas, allá arriba, sobre el domo de oro. Juntos la madera y el hierro sostienen la unidad compacta del atrayente edificio, que es una fiesta, un regalo para los ojos. Allí se une la ojiva gótica a la manera y decoraciones del Renacimiento. En la combinación surge a la memoria el recuerdo soberbio de San Marcos. Los muros coloreados semejan ricos mármoles. En mezcla pintoresca se juntan elementos cristianos y paganos. Los amores tejen guirnaldas sobre los fondos rojizos: cabezas esculpidas se presentan entre los festones y astrágalos. Airosas esculturas vigilan las entradas laterales: y la luz del sol hace resaltar de manera gloriosa el conjunto magnífico, quebrándose en los estucados y dorados y concentrándose en el águila del coronamiento que se asemeja, encendida por la luz solar, a una llama que vuela. En lo interior, en donde presiden las efigies del rey y de la reina y de los príncipes herederos de la corona—(¿por qué no está, en homenaje al valor y a la ciencia, el del bizarro Duque de los Abbruzzos?)—la idea de encontrarse en una basílica se acentúa. Los vitraux con sus tamices de color, dejan pasar la luz amortiguada. La ancha nave en su techumbre de oro ostenta decoraciones, ligeros frescos, que embellecen la extensión; flores hábilmente ordenadas forman sus graciosos dibujos; los iris hablan de paz al monarca de los grandes bigotes y las margaritas sonríen a la reina.
Hago mi visita a este magnífico pabellón en compañía de un artista y pensador, Hugues Rebell, el autor de la Nichina, de la Camorra, de l’Espionne de l’Empereur y demás obras llenas de pasión y de encanto verbal. Es un amante de Italia, de todos los países latinos, y se prepara para partir en seguida a España, a ver la exposición Goya, pues tiene por propósito publicar un libro sobre aquel soberano maestro y su obra. Como algunos diarios han atacado la sección italiana de la exposición y, como para decir verdad, hay un ambiente poco simpático para Italia, procuro sondear el alma de Rebell, a quien juzgo muy lejos de sentirse influído por los afectos de la Tríplice. Sé que es un admirador de Arrigo Beyle, milanese, y por algo sus mejores obras tienen por escenario la bella tierra amada de los artistas.
—¿Mi opinión? me dice, con su voz de confesor, callada y aterciopelada. Que amo a Italia grandemente, y que sobre esta exhibición momentánea, de industriales hábiles o de artistas verdaderos, veo alzarse el enorme árbol de gloria de aquel país singular. ¿No recordáis mis Cantos de la Lluvia y del Sol? Cuando he visto Florencia y sus palacios, en donde sueña todo un pasado de luchas y glorias, cuando he contemplado esas obras maestras del arte que en todas las calles os llaman a un sueño de belleza, mi ser se ha estremecido y ha querido clamar: «¡Soy toscano! ¡soy toscano!» Si he nacido en Francia, mi alma debió tomar su vuelo al sol una mañana de estío, desde las alturas de Fiesole, sobre las bellas sombras negras de los cipreses, sobre el valle del Arno, lleno del canto de las cigarras.
A menos que no venga de esas llanuras donde tiemblan los sauces, donde las viñas en guirnaldas se doblan bajo los racimos, de esas llanuras que regocijaron la mirada del Sodoma, del Corregio, del gran Leonardo. Quizás es hija de esa fértil Campania que Ceres y el dios del vino protegen; tal vez nació a los murmullos del mar amoroso de Baia. Sé solamente que formáis parte de un paisaje familiar visto en sueños, o conocido otras veces, ¡oh tierras de luz, montes de azul en la mar azul, campañas en donde el crepúsculo se eleva en grandes sombras majestuosas! ¡Italia, tierra santa para los que una tarde Virgilio vino a encantar con su solemne tristeza, para los que vivieron en los siglos de acción y de belleza, Italia, quisiera arrodillarme y besar tu suelo de recuerdos! ¿Quién viéndote ahora dormir podrá creer que estás muerta? ¡Oh durmiente, cansada de obras maestras, entre los monumentos de gloria que diste al mundo, agotada por tantos divinos partos, descansa, que bien has ganado tu sueño! ¡Cómo, llegada la hora, te alzarás de tu lecho, presta para nuevas labores y coronada de la diadema! ¡Oh durmiente! ¿No has sido, aun en este siglo, una gran trabajadora, no hemos visto unirse el Orgullo veneciano, la Risa de Nápoles, la Actividad genovesa, la Gracia milanesa, el Espíritu de Florencia, y este orgullo romano, pesado de las coronas que los siglos amontonaron sobre su frente? Almas diversas de Italia, no sois ahora sino una alma, pues tenéis todas un mismo amor: la Belleza. Pero, Italia, cuna de mis sueños, tú no me has educado; mi madre y mi nodriza es Francia la dulce, y no quiero ser ingrato con ella ni con mis maestros familiares: Montaigne, el gran Montesquieu y La Fontaine, ese hijo de las malicias sonrientes. Mi sueño de amor crece en medio de las lindas y voluptuosas hijas de Fragonard, en los parques en que Watteau, bajo vastos boscajes, hace avanzar, con reverencias, jóvenes de nucas rubias, de faldas amplias y luminosas. Mi deseo y mi pensamiento es Francia quien me los ha dado; sería incapaz de vivir si se me prohibiese vivir en francés. Pueblo de fuerza, pueblo de gracia, cuya lengua es vaporosa como un bello valle en la aurora, cuyas palabras huyen y se desvanecen como el río entre los sauces, caro genio de sonrisas y de claros pensamientos, cómo serían mi crimen y mi locura si osara negarte! Preciso es ser un pesado bebedor de cerveza de ultra Rhin, discípulo de Marx, un pesado socialista servidor del Vientre, para renegar de la patria. Todo hombre que tiene una virilidad, todo pueblo que no es esclavo, siente un genio de fuego palpitar en sí, que le impulsa a dominar. Todo hombre altivo, todo pueblo noble tiene un orgullo que alimentar, y por él se bate y por él quiere vencer. Es en esa lucha eterna que se encuentran la gloria y el gozo de la humanidad, por tanto dinero vertido, tanta sangre regada. La guerra da la fuerza, dispensa la vida. La guerra es la grande alcoba de humillación y de orgullo en que un pueblo se baja, o un pueblo se eleva. Que los alemanes deseen la gloria de Alemania, está bien; yo debo querer la Francia victoriosa. Todos los pueblos, cada uno a su turno, estarán a la cabeza del desfile...
La sonrisa de una parisiense, que al ver la cara episcopal de Rebell se pudo imaginar que el poeta me recitaba una homilía, o me predicaba un sermón, suspendió la tirada lírica. Estábamos en una de las más bellas instalaciones del pabellón italiano, la de tejidos y encajes florentinos y venecianos, que sugieren visiones de épocas novelescas y de escenas suntuosas, de patricios y de príncipes, de caballeros de largos mantos y gentiles dogaresas. La cerámica de Salviati nos atrae con sus deliciosas formas y su delicadeza de líneas y colores, y los frágiles muranos evocan interiores amorosos, fugaces vidas de flor, la escena d’annunziana de la Foscarina, o el cuento sutil y simbólico de mi muy querido Julio Piquet... Y hablan de las pasadas glorias romanas los bronces, los alabados San Giorgi, y los que el poeta de la Alegoría del Otoño celebrara en una de sus más admirables páginas, en honor del fundidor que ha sabido encontrar los viejos procedimientos y, en sus estatuas y demás trabajos modernos, transmitir la misma alma material nacida del fuego y de la combinación metálica, que hace inmortales de belleza las obras antiguas: To make eternity, que diría Carlyle. Las porcelanas halagan la vista con sus colores, aunque entre mucha labor fina se noten piezas que desmerecen, la censurable promiscuidad. Un arte, el de la ferretería, que un tiempo tuvo en España su mayor triunfo, se ve representado aquí por labores de bastante mérito. Mas no compite lo hoy trabajado con lo que podemos admirar en las viejas rejas de las iglesias, en maravillas que el martillo dejara para admiración de las sucesivas generaciones. Los vitraux que se exhiben no son comparables con los que hoy se hacen en Francia, Alemania e Inglaterra; pero hay una habitación de Florencia, en que bien se puede colocar el más moderno y grato sueño de amor. Es un estuche de vida feliz. El toscano arcaico de las decoraciones, la chimenea en piedra florentina, el mobiliario que cubre un tejido riquísimo de punto de Hungría, la tapicería lujosa y graciosa, hacen pensar en las horas incomparables que una pareja amada de la suerte podría sentir deslizarse en tan exquisito recinto. Se presentan también a la vista bien trabajados mosaicos; los asuntos, reproducciones de cuadros religiosos célebres, hacen creer en encargos parroquiales. En las paredes, al subir las escaleras que conducen a las galerías superiores, se ven imitaciones hábiles de antiguos manuscritos iluminados, y en el centro, un gran busto de Humberto, que no pretende ser una obra maestra, preside. Allá arriba se despliega la labor de las escuelas; desde las escuelas de artes y oficios hasta los establecimientos en que las manos de las niñas hacen sus bordados y labores. La muchedumbre lo invade todo. Quiénes van a observar las instalaciones de los constructores de navíos; quiénes, un dibujo; y los grupos de mujeres se detienen delante de las vitrinas en que se expone un bello tejido de punto, o una miniatura, o un plano.
Allá por la Avenida de Suffren, está Venecia, una reducción para feria, con imitaciones de las conocidas arquitecturas, góndolas y gondoleros; y por la noche la iluminación da, en efecto, la sensación de horas italianas en la ciudad divina, de arte y de amor, mientras se escuchan músicas de bandolinas y canciones importadas de los canales. A Rebell no le gustan estas falsificaciones. El autor de la Nichina cree que para gustar de Italia hay que ir a Italia, y que esta Venecia de guardarropía es únicamente propia para divertir a los snobs de París y del extranjero que no han tenido la suerte de sentir cómo es bajo su propio cielo, el beso de la luz y del aire venecianos, florentinos, milaneses, napolitanos. Esta Venecia, sin embargo, ayuda a soñar. La imaginación no necesita de mucho para transportarle a uno a donde quiere, y da idea de la realidad, al reflejar el agua del Sena las linternas que van como errantes flores de fuego, en la sombra nocturna, sobre las góndolas negras. Como el elemento italiano frecuenta mucho este lado de la Exposición, es frecuente oir sonar el si en labios armoniosos de hermosísimas italianas. Quiero decir, entiéndase bien, que el si suona. Los franceses y las francesas que se hacen pasear por las góndolas, no desperdician la oportunidad de chapurrear el italiano, y de entonar a coro el Funiculí-funiculá, o la indestructible e inevitable Mandolinata.
Pero donde Italia triunfa, a pesar de la hostilidad de buena parte de la crítica, es en el gran palacio de Bellas Artes, con sus artistas admirables. El desdén proverbial de cierto París se ha hecho manifiesto ahora al tratarse de pintor tan eximio como Segantini, a quien se ha dedicado una sala en la sección italiana. Digo de «cierto París», pues el malogrado artista ha recibido en vida y en muerte el justo homenaje de la crítica sin prejuicios, en este país difícil. No hay sino recordar las páginas que a su obra dedicara revista de tanta autoridad como la Gazzette des Beaux Arts. Mas me ha dado pena el leer juicios como el del crítico de la Revue Bleue, en que se desconoce el altísimo mérito de aquel maestro de luz cuya ideal vida armoniosa tiene pocos parangones en su siglo. Segantini, el de los dulces y profundos paisajes, el revelador de las alturas y de las nieves, el rey de los Alpes, ha sido maltratado por la pluma de más de un revistero ocasional tocado de chauvinisme.
Siento grandemente que mi deber de informador me reduzca a tomar nada más que rápidas impresiones; si no, sería el momento en que con placer dedicaría un estudio aislado al adorador de la Naturaleza que ha muerto en Italia entre el duelo de los intelectuales y la admiración de todas las gentes, a aquel artista cuyo genio comprendió el alma de las cosas, el misterio de los animales, y que tenía la cara de Cristo.
LOS ANGLOSAJONES
París, Agosto 27 de 1900.
N Bradford sobre el Avon, Wiltshire, al noroeste de Salisbury, se alza el castillo de Kinston House, de tiempos de Jacobo I. Es una de esas construcciones severas y sencillas que placen al gusto inglés, y que el arquitecto de Inglaterra en la Exposición, ha reproducido. La casa de la Gran Bretaña, en la calle de las Naciones, es el home antiguo, con todas las comodidades modernas. Desde luego, el arte dice sus victorias en un país que puede mostrar como gema de noble orgullo el nombre de un John Ruskin. No podéis menos que sentiros, al entrar, complacidos con los motivos de los tapices que se deben a Burne Jones, y que atestiguan el triunfo del prerafaelismo, al halago de un arte de gracia y de aristocracia. Entre tantas salas en que han puesto su más voluntario esfuerzo decoradores y mueblistas, detienen con el encanto de su atractivo, valiosísimas joyas de pinacotecas británicas, y sobre todas, las que representan esas nobles y deliciosas figuras femeninas que sonríen, piensan o cautivan bajo sus pintorescos sombreros, en las telas de Gainsborough y de sir Joshua Reynolds. No habréis dejado de observar, seguramente, que si la mujer inglesa no es por lo general bella, cuando lo es, resulta de manera tan imperiosa, que hay que reconocer una incomparable diadema sobre esas frentes puras y reales, que sostienen cuellos únicos como formados de un marfil rosa increíble.
Muebles de todos los estilos—, descollante el modern style—certifican la rebusca de la elegancia al par que el firme sentimiento de la comodidad. En todo hallaréis el don geométrico y fuerte de la raza y la preocupación del hogar. Es la muestra de todo lo logrado en la industria doméstica, bajo el predominio de la preocupación casera que heredaron y mantienen a su manera y a su vez, los yanquis que cantan su Sweet home. Y no se puede sino pensar en que este país en que se asienta la inmensa y taciturna Londres, este país de hombres prácticos y de ávidos comerciantes, es un reino de poesía, una tierra de meditación y de ensueño. Allá en el palacio de Bellas Artes, no está, con todo lo que se ha enviado, no está representado el coro de sus artistas que en esta centuria ha hecho florecer una primavera inesperada, el amor de una pasión sincera y honda de la belleza, que, como en lo antiguo, volvió a tener verdaderos sacerdotes, apóstoles y predicadores. Las obras expuestas traen en seguida a la memoria los tesoros de la National Gallery, el trabajo colectivo de los prerafaelitas. Hay flores cogidas en todos los caminos artísticos. Desde Turner a Franck Brangwyn, están representadas escuelas y modalidades, tentativas comunes y personales esfuerzos. Allí os retiene la Caza de Cupido. Delicado y arcaico, flotante en un mundo de visiones legendarias, o en la dulce luz de un maravilloso paganismo, sir Edward, desde su amable retiro de West Kensington, ha derramado en su áspera época mucho ideal óleo sobre el alma del mundo. ¿Qué espíritu soñador no ha sentido la íntima dominación, el imán insólito de sus mujeres singularmente expresivas y fascinantes? «¡Las mujeres de Burne-Jones!—dice con fervor un devoto, Gabriel Mouray—, su ondulosidad capciosa, la especie de sensualidad dulcísima que encurva su boca, sobre todo, el sentido tan profundo tan misterioso—o tan simple, quien sabe, tan fácil de adivinar—de su mirada, bajo el ala de las pestañas entrecerradas, ¿qué poeta sabría decirlos? ¿Qué perfecto mágico de la palabra evocará su seducción voluptuosa, esta especie de enlazamiento de alma que parecen prometer con sus frágiles manos, y sus cabellos de delicias y a pesar de sus largos vestidos de pureza?» Gozaréis del arte ante la Caza de Cupido y ante el Cuento de la Priora. Al lado de un clásico y rosado Alma Tadema, Millais os ofrece su Verónica, y un admirable retrato. De Lord Leyton hay unos dibujos. El actual director de la Royal Academy, sir Edward John Poynter, ha remitido una reconstitución griega. Orcharson un retrato oficial; retratos, también, Herkoner y Sargent. De Walter Crane, páginas ornamentales para vitraux. ¿Por qué no habéis venido, admirable mendigo del rey Cophetua, divina Beata Beatrix, niña bienaventurada; celeste Rosa Triplex, gentil y suave Mathilda, sublime y amorosa Francesca? ¿Y todos vosotros, caballeros de los poemas, armados como arcángeles y hermosos como mujeres? Visitante, que te quedas absorto y meditabundo, hay que ir a Inglaterra.
El orgullo británico no ha dejado de manifestar si no quejas, bastante razonables observaciones. El «hombre de la paz», el hábil Stead, hace notar que el english speaking world no ocupa en la Exposición un espacio relativo al área que cubre sobre la tierra. Sobre todo, en lo referente a las secciones coloniales, Argelia, por ejemplo, que apenas podría ser una provincia del Indostán, representa tanto como el imperio de la India. La Exposición puede ser mirada, en un sentido, como un gigantesco anuncio del hecho—que el mundo a veces olvida—de que Francia es una de las más grandes potencias coloniales.
Sin embargo, la exposición de las colonias inglesas es hermosa y vasta. En el Quai Debilly se eleva, imponente y lleno de carácter, el edificio de las Indias. Es un compuesto arquitectural que evoca los palacios hindus y las viejas pagodas. Y en lo interior, desconcierta la minucia y la elegancia complicada de esos decoradores birmanos que esculpen la madera con singular maestría, y han hecho de la gran escalera una estupenda muestra de arte oriental. Más allá admiran también otros trabajos semejantes, hechos por finas manos de Penjab, sutilezas de labrado realizadas por cinceles maisuritas, de Madras y de Rajfontana. Allí han enviado los mahrajhaes suntuosas vajillas, curiosas y raras piezas de orfebrería, labores criselefantinas, armas y sedas y paramentos femeninos de las Mil Noches y Una Noche, como diría el Dr. Mardrus.
No lejos está Ceylan, caro a los poetas. Allí podéis tomar delicioso te en el pabellón, te servido por singalesas de París y singaleses auténticos. Lo que expone Ceylan daría los materiales preciosos para un poema de Leconte o un soneto de Baudelaire. La canela está al lado del te, de las hierbas aromáticas, del café; y luego, entre las vitrinas, algo nos hace creer que estamos en casa de Aladino o en el obrador de un divino Lalique. Son los rubíes de todos tonos y tamaños, los granates, los zafiros, las turquesas, y, sobre todo, las perlas, perlas rosas, perlas albas, perlas negras, perlas doradas, perlas de los más peregrinos colores y matices, suficientes para encantar a diez princesas caprichosas y para poner en delirio a la musa heráldica y enigmática del singular poeta Roberto de Montesquiou. ¿Recordáis el mapa imponente del sonoro libro de Demoulins? El color correspondiente a los anglosajones ocupa casi toda la tierra. La reina Victoria es emperatriz de los mares. Cuando su jubileo, súbditos de todas las razas le ofrecieron su homenaje. Aquí están, en el palacio colonial, representados todos los lugares en donde se canta fervorosamente—o a la fuerza if you please—el God save the queen. El Transvaal todavía viene solo. En grupo vienen desde la tierra negra de Fidji—hasta Gibraltar, colonias de todas clases, con gobiernos representativos o sin ellos, la rica y enorme Australia, el Canadá, Santa Elena, Jamaica, Nueva Guinea, y más, y más, y más tierras. Traen todo lo que da su suelo y lo que produce su industria, y sale uno de ver todas estas cosas convencido de que la superioridad de los anglosajones es innegable, aunque no sepa a punto fijo en lo que consiste... ¡Rule Britannia!
Rule Britannia... Sir John Lubbock lo repite a quien desee escucharlo, para decir una galantería a Mariana: «Señores franceses, por todas partes en donde haya un país en donde vosotros no colonicéis, el interés de vuestra industria es que sea colonizado por nosotros.»
«El inglés contemporáneo, se dice, se estima como el tipo más perfecto de humanidad.» ¿Por qué no? Por un lado el rost-beaf, el porter, el whisky and soda, las regatas, el box, la gimnasia, el cultivo del cuerpo; por otro la universidad, los museos, los viajes, el ejercicio de la voluntad, el cultivo del alma. ¡Brava raza, bravos espíritus! Y esa seguridad, esa convicción, esa firmeza, en el cumplimiento de toda acción, desde lo sublime hasta lo vulgar, desde el parlamento hasta Whitechapel, desde el príncipe, el poeta y el clown hasta el pastor, el obrero y el mendigo, desde el heroísmo hasta la borrachera. Aquí hay anglófobos, ya se sabe, y no es nueva la antipatía por la gran nación de presa; pero no son raros los anglófilos y los que desean para Francia una vía igual a la que sigue el poderoso país imperialista.
Lo cierto es que se habla mucho de la cupidité y de la falta de humanidad de los matadores de Boers; y este fin de siglo ha visto el singular espectáculo de un Rudyard Kipling armando a las nueve musas y al Apolo inglés de fusiles de precisión con balas dum-dum. Mas no hay que olvidar que bajo ese mismo cielo hermoso han resonado las voces de paz humana y de nobleza y elevación, de un Gladstone, de un Ruskin, de un Mill. Pocas figuras de todos los siglos comparables al insigne y victorioso artesano William Morris. ¿Inglaterra no ha sido el país en donde, en este siglo, la belleza ha tenido sus más fervientes y sinceros seguidores y levitas?
A esta exposición ha venido la Gran Bretaña con su ciencia, con su arte, con sus máquinas pacíficas y sus poderosas máquinas militares. Los telares hablan de la inmensa fuerza fabril de ultra-Mancha, y Maxim indica con sus cañones, incontestables argumentos que, no obstante, en el África del Sur rebatieron los soldados rústicos del tío Pablo.
Por las calles de París, por los rumorosos lugares de la Exposición, pasan los caricaturales miembros de la Salvation Army. Se oyen cantos con acordeón, en uno que otro recodo, cantos que oyen los badauds, unos creyentes, otros burlones. Los lores llenan con sus fiestas los salones de los hoteles y los restaurantes de la feria. Los toast entre franceses e ingleses se multiplican, y los sabios, los artistas, y sobre todo, los industriales y comerciantes de ambas naciones, se dan los más francos shakehands, alternando el champaña y el whisky. Y dice el sabio sir Avebury: «Estamos muy contentos de estar aquí. Saludamos y amamos a la bella Francia. Hoy, sobre todo, nuestras simpatías se avivan con el pensamiento de que, lejos de aquí, vuestros soldados y los nuestros combaten lado a lado por la causa de la civilización y de la justicia...» Y esto mucho más claro: «Nuestros intereses son los mismos en el mundo. Todo nos obliga a ser amigos... La Francia es tan buena cliente de la Inglaterra, que nosotros tenemos interés en que ella se enriquezca. Inglaterra es tan buena cliente de Francia, que Francia no puede menos que desearla muy próspera.»
Por otra parte, las relaciones entre París y Londres son absolutamente necesarias. Porque si no, ¿adonde mandaría M. Prevost a planchar sus camisas?
II
—Voy a ver, dije, en qué consiste la superioridad de los anglosajones.
Mi acompañante norteamericano me contestó:—era al entrar al pabellón de los Estados Unidos en el quai d’Orsay:—El congreso de U. S. A., votó un crédito de 7.500.000 francos.
¡Y todo está muy bien!, repliqué.
—¡All righ! afirmó.
Sobre la cúpula presuntuosa, el águila yanqui abría sus vastas alas, dorada como una moneda de 20 dólares, protectora como una compañía de seguros.
—Ustedes, dije a mi amigo, que tienen buenos arquitectos y hasta la vanidad de un estilo propio, ¿por qué han elevado un edificio romano en vez de un edificio de Norte América?
—No hubiera quedado muy bien, contestóme—, una casa de 20 pisos; a no ser que la colonia viniese a vivir en ella. En cuanto a lo romano, nos sienta perfectamente.—Nosotros también podemos decir hoy: Civis, etc.
En el pabellón imponen el repetido motivo del Capitolio. En dimensiones, es el más alto de todos. Sobre la base arquitectural cuadrangular, se alza la vasta cúpula, en la que se posa el glorioso pájaro de rapiña. Hay un arco al lado del Sena sobre el cual la Libertad en el carro del Progreso, es llevada por una cuadriga; entre las columnas corintias del arco, el general Washington está montado a caballo.
Entramos. Mister Woodward ha dicho: «En lo interior de ese monumento el americano estará en su casa, con sus amigos, sus diarios, sus guías, sus facilidades estenográficas, sus máquinas de escribir su oficina de correos, su oficina de cambio, su bureau de informes, y hasta su agua helada.» Y mister Woodward tenía razón a fe mía.
Al penetrar en el gran hall, no encuentro sino compatriotas de Edison que van y vienen, o leen periódicos, o consultan guías, o toman agua helada, y oficinas por todas partes, en un ambiente de la Quinta Avenida. Allí hay un salón de recepción de la comisaría; más allá, una serie de buzones; más allá, telégrafo; más allá un banco.
—¿Quiere usted cambiar algunos geenbacks, o águilas americanas? me pregunta mi yanqui. Le contesto con mi modestia latina, que propiamente en ese instante, no tengo tales intenciones... Y agrego: «¡Las águilas vuelan tan alto como las odas!...»
A los dos pisos superiores se sube en ascensor made in United States.
—Aquí, me dice mi sonrosado compañero—, primer premio de rowing—aquí está únicamente nuestra casa, nuestro home. Nuestro progreso, nuestras conquistas en agricultura, en ingeniería, en electricidad, en instrucción pública, en artes, en ciencias, en todas las labores y especulaciones humanas, están expuestas en los distintos grupos de la Exposición, como ya lo habréis visto. Venimos con la completa satisfacción de nuestras victorias. Somos un gran pueblo y saludamos al mundo.
Le contesté con versos de Walt Whitman:
Such gliding wonders! such sights and sounds!
Such join’d unended links each hook’d to the next,
Each answering all, each sharing the earth with all,
Ese pueblo adolescente y colosal ha demostrado una vez más su plétora de vitalidad. Como agricultores han ganado los norteamericanos justísimos premios; como maquinistas e industriales han estado en el grupo de primera fila; como cultivadores del cuerpo y de la gallardía humana un Píndaro de ahora merecen sus atletas, discóbolos y saltadores; como artistas, ante los latinos que les solemos negar facultad y el gusto de las artes, han presentado pintores como Sargent y Whistler y unos cuantos escultores de osados pulgares y valientes cinceles. En el Palacio de Bellas Artes se han revelado nombres nuevos, como Platt, como Winslow Homer, como John Lafargue, que aparece en la exposición con sus temas samoanos como el R. L. Stevenson de la pintura. No, no están desposeídos esos hombres fuertes del Norte, del don artístico. Tienen también el pensamiento y el ensueño. Los hispano-americanos todavía no podemos enseñar al mundo en nuestro cielo mental constelaciones en que brillen los Poes, Whitmans y Emersons. Allá donde la mayoría se dedica al culto del dolar, se desarrolla, ante el imperio plutocrático, una minoría intelectual de innegable excelencia. Es tan vasto aquel océano, que en su seno existen islas en que florecen raras flores de la más exquisita flora espiritual. (¿En qué país de Europa se superan publicaciones como el Chap Book?) Whistler ha contribuido con su influencia a una de las corrientes en boga del arte francés contemporáneo. En la poesía francesa modernísima dos nombres principales son de dos norteamericanos: Villié-Griffin y Stuart Merrill. Los yanquis tienen escuela propia en París, como tienen escuela propia en Atenas. Entre esos millones de Calibanes nacen los más maravillosos Arieles. Su lengua ha evolucionado rápida y vigorosamente, y los escritores yanquis se parecen menos a los ingleses que los hispano-americanos a los españoles. Tienen «carácter», tienen el valor de su energía, y como todo lo basan en un cimiento de oro, consiguen todo lo que desean. No son simpáticos como nación; sus enormes ciudades de cíclopes abruman, no es fácil amarles, pero es imposible no admirarles. ¡Soberbios cultivadores de la fuerza! Sus escultores parecen en este certamen sus intérpretes; han enviado en bronce fuertes tigres, magníficos leones; Mac Monnier, el ímpetu dionisíaco en una bacante y la libertad de la naturaleza en un grupo de caballos; French, al bueno y fundamental Wáshington; St. Gaudens, al bizarro Sherman, y a un puritano; una mujer, miss Herring, su parte de poesía, simbolizada en Eco. Allá, en el palacio de la decoración, mobiliario e industrias diversas, sus muestras dicen el gusto conquistado, el home, que ama la comodidad y lo confortable, el lujo, la novedad del estilo moderno, la persecución de lo elegante; sus orfebres y plateros asientan la fama de tales labores en el país caro a Tiffany; sus relojeros compiten con los finos franceses y los hábiles suizos. En el palacio de la Electricidad, como en el anexo de Vincennes, el país de Edison, conserva su prepotencia aunque la fuerte Alemania se la disputa y en opinión de muchos se la gana. País que trabaja bien, se nutre bien; así en el grupo de agricultura y alimentación esos vigorosos trabajadores son ciertamente dominantes.
Han traído mucho y han traído bueno. Bajo los arcos de la soberbia galería están las Campanas de la Libertad; y se exhibe la flor de lo que produce la rica tierra del norte, de Chicago a Frisco, del Oregón a Lusiana, de Nueva Orleáns a Nueva York. Están el trigo profuso que teme hoy a su rival argentino; el arroz y las ricas legumbres, y sus infinitos maíces, de los que una cocina agregada a la sección compone platos sabrosísimos que distribuye a los visitantes: sopas de maíz, guisos de maíz, postres de maíz. La gama de los azúcares atrae; las carnes conservadas, los enormes jamones chicagüenses, el apretado corned-beef evocan los innumerables rebaños, las vastas praderas del cowboy, gaucho del yanqui, y esas exposiciones monstruos que de sus ganados suelen hacer los norteamericanos, como aquella que una vez celebró en La Nación, con su prosa lírica y pletórica, el pobre y grande José Martí, en una correspondencia que se asemeja a un canto de Homero. Traen vinos californianos, café, te y cervezas; y grandes troncos de sus bosques y manzanas, cananeas, y granjas en miniatura, que son juguetes, en donde los hombrecitos de zinc, guían caballitos de cinc, que arrastran máquinas agrícolas sobre campos de papier mâché, todo movido por mecanismo que instruye a los grandes y divierte a los chicos. Allí hay nuevos arados, nuevas segadoras, y otros inventos que perfeccionan y facilitan el cultivo de la tierra.
En el palacio de las Artes Liberales muestran el estado de su enseñanza, vistas de sus escuelas primarias y secundarias, fotografías de sus universidades, exposición de sus interesantes métodos, sus edificios ricos y elegantes, sus jardines y parque, sus instrumentos de cirugía, sus planos y mapas, y sus grupos de estudiantes, en sus ejercicios, nutridos de ciencia y fuertes de sport, helenistas y remeros, y que van con Aristóteles y Horacio a una partida de football. Y allá en Vincennes, al lado el velódromo municipal, en una construcción propia, una verdadera montaña de hierro y acero, en movimiento, propaga la expansión fabril e industrial de la nueva república anglosajona, y la potencia sorprendente de sus fraguas ciclópeas.
En la sección francesa de la exposición, en el palacio de bellas artes, ante la Salomé de Gustave Moreau, una mujer rubia, de fascinadora elegancia, de una belleza fina y fuerte a la vez, se detiene. Largo rato está, como poseída de la evocación, como penetrada del ambiente fabuloso de la mágica realidad del poeta. Su mirada, su atención a la música pictórica, su apasionado admirar, son de un espíritu muy sutil y culto. Las gentes pasan, pasan, y se agrupan ante los militares de Detaille, o ante las flores de la Sra. Lemaire. La rubia, cuyos ojos son divinamente azules y cuyos labios son floralmente rojos, la bella intelectual que esta magnetizada, clavada por la virtud del genio lleno de prestigios que se revela en la obra del aristocrático pintor, como de esas raras y sublimes estatuas de carne femenina, que habita por excepción un alma de sensitiva y de soñadora: esa mujer exterioriza su alcurnia espiritual y ante el artista es una princesa por derecho propio. Esa señorita es una ciudadana de los Estados Unidos.
En un bar elegante. Mientras «esas damas» ríen y gallinean ante sus botellas de champaña helado, y en sus sillas altas unos cuantos ingleses conversan con el barman y apuran sendos vasos de whisky and soda, y en las mesitas contiguas un mundo de alegres internacionales celebra los placeres parisienses, entra un hombre rojo, robusto, muy robusto, con una gran rosa en la solapa del frac, un gran brillante en un gran anillo, y un gran habano en la gran boca. Saluda a dos conocidas y se sienta a su lado. El barman le sonríe, el gerente le sonríe, el patrón le sonríe, y «esas damas» le acaparan con los ojos. El fuerte varón, gran bebedor delante del Eterno, y gran comedor, pide sandwiches, pide porter, pide champaña y todo desaparece en su persona inmensa. Mira a todo el mundo como sobre un pedestal. Su cara congestionada, de gladiador que fuese cochero, refleja una suma convicción de soberanía. Se habla de monedas y muestra luises, libras, águilas americanas. Se habla de billetes, y compara un grueso paquete de azules del Banco de Francia, con otro grueso paquete de espaldas verdes. Todos le observan. Al rato, pide más champaña, se lo bebe en dos sorbos, paga, da una respetable propina, se levanta, dos estupendas pecadoras se prenden a sus brazos, y sale contento, augusto, brutal, colorado, gordo, admirable! Ese es un ciudadano de los Estados Unidos.
En el concurso atlético. Los franceses han ganado la carrera de Maratón, que en los juegos de Atenas fué lograda por un griego. Va a tirarse el disco, va a lograrse el campeonato del mundo en ese ludus antiguo, y los griegos no encuentran rivales en el bando internacional, cuando se presenta un joven, vivaz, hermoso, de hermosura clásica, casi adolescente, de impecable anatomía apolónica, propio para ser trasladado a un cuadro de gracia natural y primitiva por Puvis de Chavannes. En cuanto los griegos le miraron tomar el disco, con el mismo ademán y la misma planta que el discóbolo del Louvre, y con una agilidad y elasticidad de miembros que maravillaban, se consideraron vencidos. Triunfó en efecto el joven extranjero, triunfó serenamente y sin fatiga. Ese joven pindárico, es un ciudadano de los Estados Unidos.
Después que Sada Yacco, la prodigiosa artista japonesa ha dado la sensación de su extraña muerte, en La Geisha y el daimío, la sala del pequeño teatro de la Rue de París, en la Exposición, queda en la obscuridad, mientras una música discreta impregna de armonía el recinto. Permitid que deje la palabra al recientemente malogrado Albert Samain, pues sus versos franceses son un regalo exquisito:
Pannyre aux talons d’or s’avance pour danser.
Un voile aux mille plis la cache tout entière.
D’un long trille d’argent la flûte la première
L’invite, elle s’élance, entrecroise ses pas,
Et, du lent mouvement imprimé par ses bras,
Donne un rythme bizarre à l’étoffe nombreuse,
Qui s’élargit, ondule et se gonfle et se creuse,
Et se déploie enfin en large tourbillon...
Et Pannyre devient fleur, flamme, papillon!
Tous se taisent; les yeux la suivent en extase.
Peu à peu la fureur de la danse l’embrae.
Elle tourne toujours; vite! plus vite encore!
La flamme éperdûment vacille aux flambeaux d’or!
Puis, brusque, elle s’arrête au milieu de la salle;
Et le voile qui tourne autour d’elle en spirale,
Suspendu dans sa course, apaise ses longs plis.
Et se collant aux seins aigus, aux flancs polis,
Comme au travers d’une eau soyeuse et continue,
Dans un divin éclair, montre Pannyre nue.
Panira de los talones de oro, esa figura deliciosa que el lírico ceramista ha dejado magistralmente «en los flancos del vaso», Loïe Fuller, en fin, es una ciudadana de los Estados Unidos.
En la nave del templo, sobre el aristocrático silencio, se alza en el púlpito la figura severa de un orador, vibra su voz, en excelente francés, regando frases bravas, frases generosas, palabras vibrantes, oraciones de medula, razones, consejos cuerdos, doctrinas evangélicas que enseñan una paz y una libertad ecuménicas. Las viejas marquesas del faubourg Saint-Permain le oyen gustosas. Las elegantes damitas de los cotillones se encantan con el sermón, con el discurso de ese prelado de un país extranjero, cuyo nombre famoso va entre inciensos y rosas, por los salones y por los Periódicos. El sacerdote dice a los franceses: «Uníos, amad sobre todo a vuestra madre Francia; dejad vuestras luchas interiores y consagraos a una saludable obra común.» Sus sentimientos se propagan en entusiásticos períodos que los oyentes encuentran admirables. El predicador es un orador, y un orador de primer orden. En cierta ocasión, el discurso brota con mayor aliento, con gracias y virtudes superiores; el gesto es magnífico, la voz conmueve y levanta a la asamblea; y el lugar sagrado, el sacramento desde el altar lleno de oro y de cirios, la solemnidad de las ceremonias anteriores, la dignidad de los nobles asistentes, nada impide que en varios pasajes, la oración sea aplaudida, como en un congreso, y al final, estalle con ruido la más suelta ovación para monseñor Ireland. Ese obispo sonoro es un ciudadano de los Estados Unidos.
R O D I N
I
1.º de Julio de 1900.
NTES de visitar la exposición Rodin he leído todo lo que del gran artista y su obra se ha publicado, desde los ditirambos de los que le juzgan un dios, hasta los ataques en que se declara poco menos que un imbécil. La bibliografía rodiniana es ya bastante considerable. Luego, me propuse apartar de mi mente todas esas opiniones, ir sin prejuicio ninguno, a entregarme a la influencia directa de la magia artística, poniendo tan sólo de mi parte, el entusiasmo y el amor que guardo por toda labor mental de sinceridad y conciencia, por todo osado trabajador, por todo combatiente de bellos combates. Después de mi primera visita, volví varias ocasiones. Una sola estatua me ocupaba a veces una hora larga.
Quería oir la voz misteriosa de la plasmada materia, el canto de la línea, la revelación del oculto sentido de las formas. Me atrevo a decir—no sin cierto temor—, que comprendo a Mallarmé—en Madrid, me he sublevado contra los que no entendían la música de Vincent D’Indy; he leído a Rene Ghil, sacando algún provecho, cosa que parece bastante difícil; soy apasionado de Odilón Redon, de Toroop, de Rops; he publicado un ingenuo libro de admiración que se llama Los Raros... Pues bien, al hacer mi suma de impresiones sobre la obra de este potente escultor, indudablemente el primero de su tiempo, estoy desconcertado. Los críticos de arte no me han servido para maldita la cosa, sino para amontonar a los ojos de mi pensamiento innumerables contradicciones. Ante ellos la obra rodiniana es como esos barriles de los prestidigitadores, que por una sola espita dan el licor que place a cada cual. Hay en ella lo que se le antoja a no importa quién. Es el caos y es el cosmos. El uno habla de la filosofía; el otro se ase al generoso símbolo; el otro encuentra su manía social; el otro su visión ocultista. Yo expondré, con toda la transparencia de que me siento capaz, este resumen: he hallado a dos Rodines: un Rodin maravilloso de fuerza y de gracia artística, que domina a la inmediata, vencedor en la luz, maestro plástico y prometeico encendedor de vida, y otro Rodin cultivador de la fealdad, torturador del movimiento, incomprensible, excesivo, ultraviolento, u obrando a veces como entregado a esa cosa extraña que se llama la casualidad. Procuraré explicarme.
Al contemplar la mayor parte de esas esculturas, rudos esbozos, larvas de estatuas, creaciones deliberadamente inconclusas, figuras que solicitan un complemento de nuestro esfuerzo imaginativo me preguntaba: ¿dónde he visto algo semejante? Y era en las rocas de los campos, en los árboles de los caminos, en el lienzo arrugado, en las manchas que la humedad forma en los muros y en los cielos rasos, o en la gota de tinta que aplastáis entre dos papeles. Esto último resultó súbitamente a mi vista delante de algunos dibujos del maestro que han sido apuntes y documentos para la realización de formas esculpidas y plasmadas.
Una página de Eugene Carrière vino en mi ayuda. «El arte de Rodin, dice el gran pintor, sale de la tierra y a ella vuelve, semejante a los bloques gigantes, rocas o dólmenes que afirman las soledades, y en cuyo heroico engrandecimiento se ha reconocido el hombre. La transmisión del pensamiento por el arte, como la transmisión de la vida, es obra de pasión y de amor. La pasión, de que Rodin es el servidor obediente, le hace descubrir las leyes que sirven para expresarla, es ella la que le da el sentido de los volúmenes y de las proporciones, la elección del relieve expresivo.
«Así la tierra proyecta sus formas aparentes, imágenes, estatuas que nos penetran del sentido de su vida interior. Son esas formas terrestres las que fueron iniciadoras verdaderas de Rodin.» Se trata, pues, desde luego, de un gran espíritu libre, cuyo director es la naturaleza misma. Al pasar la cordillera de los Andes, ¿no habéis visto los colosales frailes de piedra que en la roca viva ha esculpido un cíclope y divino escultor? Ese es el maestro de Rodin. Éste persigue conscientemente el arte inconsciente de la naturaleza. Tal figura suya os trae a la memoria el bifurcado tronco de un árbol; otra, el gesto extraño que las aguas han labrado en una piedra, a la orilla del mar; otra, los caprichos que chorrea en amontonadas estalactitas, la cerca de un cirio. Lo que se manifiesta más imperiosamente es el don singular de poner en esas formas, una suma de vida que al contemplador causa un insólito pasmo. Mas confieso que hay muchas obras delante de las cuales el pensamiento no encuentra vía. Algunas figuras en su preconcebida rudeza, en obligadas posiciones y con el procedimiento rodiniano que descuida el detalle, me despertaron la idea de no sé qué vaciados hechos en desenterradas Pompeyas o Herculanos.
La prensa, las distintas interpretaciones de los críticos de arte, y las exageraciones del snobismo, causaron a Rodin bastante daño. Se ha querido y se ha conseguido que su obra excéntrica prive sobre su obra de claridad vibrante, de vigor plástico indiscutible, que no entraña más que la formidable omnipotencia de la belleza, sobre todos los procedimientos y sobre todas las escuelas. Mirbeau ha tenido razón, los señores de la crítica han dicho lo que se les ha antojado, menos que Rodin es un artesano genial, que en su oficio, y en su consagración realiza el milagro sin imponerse tareas sociales, mitos trascendentes, fórmulas esotéricas. Claro es y es sencillo, que todo espíritu investigador, y sobre todo, el imaginativo, puede sacar lo que quiera de esa misteriosa e inextricable complicación de formas y de movimientos. El milagro es la revelación subitánea de la vida, el encuentro en la materia, de la voluntad humana, del designio del artista, con la voluntad suelta y el designio de la naturaleza, que tiende a decir su secreto, a formular su íntima esencia. Si Rodin no fuera Rodin, habría franqueado el paso de lo sublime a lo ridículo. Felizmente para él, no le invade la «literatura». Es un dedicado, un consagrado a su caza de gestos, a su persecución de actitudes. Lo que no se puede poner en duda es su sinceridad, su lealtad al arte. A lo más se podría suponer que la influencia de sus intérpretes literarios y la humareda de la lucha intelectual encendida alrededor del Balzac, le han afianzado en su propósito de firmeza en el choque deliberado con el ambiente normal que le rechaza. Él obliga a inclinarse ante su fuerza, ante su estupendo gozo dionisiaco. Aplico la palabra en el sentido nietzschiano; pues si Rodin demuestra una innegable tendencia a lo feo, ello vendrá de lo que Nietzsche denomina la necesidad de lo feo—absolutamente griega—«la sincera y áspera inclinación de los primeros helenos hacia el pesimismo, hacia el mito trágico, hacia la representación de todo lo que hay de terror, de crueldad, de misterio, de nada, de fatalidad, en el fondo de las cosas de la vida». Espíritu aislado, como todos los grandes, va solo. «Es de la raza de los que marchan solos», dice de él un severo y apostólico artista, Jean Paul Laurens. Además, su armadura, a los golpes de los que le atacan, resuena con hermoso resonar. Está construída de lógica, a martillazos ciclópeos. Lo que constituye su talón aquíleo es su tácita sujeción a la idea de los críticos oraculares, el querer hacer símbolo e intelectualismo, cuando su fuente propia está en el sentimiento, en un gran sentimiento, y en la pasión, en una gran pasión. Es el divino escultor del Beso, el robusto creador de los Burgueses de Calais.
Por la tanto, os perturban, os desconciertan, labores como ese Genio del Reposo eterno, que encontráis frusto e incomprensible, sobre todo cuando recordáis el Praxiteles del Louvre en idéntica interpretación.
Entre árboles que la primavera anima está la casa en que el maestro ha juntado su producción: entre árboles, como un templo antiguo de Grecia. Hay días de moda, los viernes: «—¡Oh, marquise!—¡Oh ma chère!» Entra baste gente y los ingleses, como ya lo debéis suponer, abundan. Hay quienes sonríen, desde la entrada, como si entraran a un lugar vedado, y quienes tienen aire de decir a la humanidad toda: «¡Ah, imbéciles! entro en mi casa».
Ya en el interior, comienza la lucha de sensaciones.
Al pasar, sentís cómo os asen las manos de la vida, cómo os penetran los ojos, cómo os envuelve el aliento. Súbitamente, al entrar, la Guerra. Se ha hablado al tratar de ella, de la victoria de Samotracia como único parangón. Pero, ante todo, debo declarar que no concibo en Rodin un representativo del espíritu griego; Rodin no tiene de Grecia más que el concepto de la tragedia; es la máscara trágica la que le obsede. Vida, sí; pero humana, mientras en el arte puro griego existe la imposición de la vida divina. Ahí está la suprema particularidad de Rodin, en haber buscado y encontrado la fórmula de todo lo que el cuerpo humano tiene de extraño, en el movimiento, en el gesto, en la certificación de la vida. Pero no hay en él la virtud olímpica de Fidias, de Proxíteles, de los antiguos maestros helenos. Se comunica con los dioses inferiores. Una náyade, un fauno, una sirena, son suyos; mas con Júpiter o Apolo, se desequilibra. Cuando ha querido representar a Apolo, lo ha concebido soberbiamente, sobre las hidras, esparciendo la luz, creando las ideas; y la ejecución nos ha dado un muchacho agradable que no nos convence en su excelente mímica, de ser la encarnación de tan estupendo símbolo. La culpa es del predominio absolutamente humano y realista que existe en la obra de Rodin. La Guerra es de pequeñas dimensiones, y, como os he dicho, está a la entrada. Cuesta, indudablemente, detenerse, y no pasar, de modo sumario, a ver la gran masa blanca, el esfídgico volumen, la piedra de escándalo, el Balzac, que advertís en el centro de la sala, entronizado dominador. Y la Guerra, es de fuerte magnificencia. Esas dos figuras, el genio clamoroso y el combatiente caído, son dignos liminares de la exposición. Os certifican la influencia del genio, o si queréis mejor, del estupendo instinto, las soberanas anatomías, vibrantes de una idea simbólica y trascendente. Los brazos del genio abarcan toda la furia humana. Hasta el detalle del ala doblada, expresa el soplo de tempestad. El soldado musculoso que cae herido, dice la muerte y el desastre. Luego, os detiene una muchedumbre de figuras y figuritas como inacabadas, como proyectadas, y que sin embargo, se expresan definitivas. Y os cuesta convenceros de que sea el autor de esos caprichos minerales, de esas bizarras cristalizaciones, el mismo que ha hecho la bellísima Edad de bronce que erige su espléndida desnudez en el jardín del Luxemburgo.
¿Qué se os incrusta, sobre todo, en el cerebro, en medio de la contemplación? La obsesión de los elementos sexuales. Siendo el amor la ley de lo inmortal, Rodin lo clama a cada paso, hijo de la tierra, formulador de expresiones. Una cabeza de mujer, sugiere, en el mármol, la supremacía del abrazo, el límite del gozo. La vaga sonrisa, la revelación facial, son el poema. En l’emprise, es la victoria de la fuerza masculina en la conquista amorosa; eso es rudo, primitivo, elemental. Un fauno corre por el bosque—vosotros evocáis el bosque o rememoráis el verso de mi muy querido amigo Moreas: