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Plick y Plock

Chapter 15: X
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About This Book

The volume gathers two linked adventure narratives that alternate sea-borne action and inland drama. The first follows a pirate-centered sequence combining shipboard combat, pursuit, and episodes of fortune-telling, affecting relationships and rescues; the second shifts to a series of episodes involving a gypsy figure, public spectacles, religious and social confrontations, miracles, and a moral reckoning. Both narratives emphasize vivid maritime life, intense set-pieces, and the clash between passion and social order, moving through episodic chapters that blend action, suspense, and moral observation while exploring loyalty, fate, and the extremes of human behavior under pressure.

¡Hola! ¿de dónde viene usted, bello señor,
con la cabeza desnuda... el cinturón
colgando?... ¡Qué palidez!... amigo...
¡qué palidez!
Words-Vok.

Aunque hubiese desahogado un poco su cólera en Grano de Sal, el maestro Zeli continuaba midiendo a zancadas el puente, levantando de cuando en cuando el puño y los ojos al cielo, y murmuraba palabras que era imposible tomar por una piadosa invocación.

De pronto, fijando una atenta mirada sobre la entrada del puerto, se detuvo, asió un anteojo que había cerca de la bitácora y, aproximándolo al ojo izquierdo, exclamó:

—Por fin, por fin, ¡qué suerte! ya está aquí, sí, es él... ¡Vaya una manera de remar! ¡Vamos, firme, bravo, muchachos! ¡doblad, y podremos aprovechar la brisa y la marea!

Y el maestro Zeli, olvidando que era difícil hacerse oír a dos tiros de cañón de distancia, animaba con la voz y con el gesto a los marineros que conducían a bordo a Kernok.

Por fin el bote se acercó al brick y atracó a estribor. El maestro Zeli corrió a la escala a dar el silbido que anunciaba al capitán, y, con el sombrero en la mano, se dispuso a recibirle.

Kernok subió con agilidad por la banda del brick y saltó sobre el puente.

El contramaestre quedó impresionado de su palidez y de la alteración de sus facciones. Su cabeza desnuda, las ropas en desorden, la vaina sin puñal que pendía a su cintura, todo anunciaba un acontecimiento extraordinario. Por esta razón Zeli no tuvo el valor de reprochar a su capitán una ausencia tan prolongada y se acercó a él con un aire de interés respetuoso.

Kernok abarcó el brick con una mirada rápida y vio que todo estaba en orden.

—Contramaestre—dijo con una voz imperiosa y dura—, ¿a qué hora es la marcha?

—A las dos y cuarto, capitán.

—Si la brisa no cesa, aparejaremos a las dos y media. Haga izar el pabellón y disparar el cañonazo de partida; vire al cabrestante, desaferre, y cuando las áncoras estén a pico, avíseme. ¿Dónde están el oficial y el resto de la tripulación?

—En tierra, capitán.

—Envíe los botes a buscarles. El que no esté a bordo a las dos, recibirá veinte golpes de rebenque y pasará ocho días en el calabozo. ¡Váyase!

Nunca Zeli había visto a Kernok con un aire tan duro y tan severo. Así, contra su costumbre, no hizo una multitud de objeciones a cada orden de su capitán, y se contentó con ir prontamente a ejecutarlas.

Kernok, después de haber examinado atentamente la dirección del viento y de las brújulas, hizo signo a su compañero de que le siguiese.

Este compañero era el que había ido a buscarle al antro de la bruja. La voz pura y fresca que decía: «¡Kernok, Kernok mío!» era la suya; ¡cómo no había de ser dulce su voz! ¡Era tan linda con sus facciones delicadas y finas, sus grandes ojos velados por largas pestañas, sus cabellos castaños y sedosos que se escapaban por debajo de las anchas alas de su sombrero, y aquel talle tan esbelto y frágil que dibujaba un vestido de tela azul, y aquella actitud tan viva y tan graciosa! ¡y cuando marchaba libre y desembarazada, con el cuello erguido, la cabeza alta! ¡Ah! ¡qué salero! únicamente que su rostro parecía dorado por un rayo de sol tropical.

Porque era de aquel clima ardiente de donde Kernok se había traído a su gentil compañero, que no era otro que Melia, hermosa joven de color.

¡Pobre Melia! por seguir a su amante había abandonado la Martinica y sus bananeros y su casa de celosías verdes. Por él, hubiese dado su hamaca de mil colores, sus madrás rojas y azules, los círculos de plata maciza que rodeazan sus brazos y sus piernas; lo hubiese dado todo, todo, hasta el saquito que encerraba tres dientes de serpiente y un corazón de paloma, mágico talismán que debía proteger sus días, mientras lo llevara suspendido del cuello.

Ya veis, pues, si Melia amaba a su Kernok.

También la amaba él, ¡oh!, la amaba con pasión, porque había bautizado con el nombre de Melia una larga culebrina de 18, y no enviaba su proyectil al enemigo que no se acordase de su amante. Era preciso que la amase mucho, puesto que la permitía tocar su excelente puñal de Toledo y sus buenas pistolas inglesas. ¡Qué más! ¡Hasta le confiaba la custodia de su provisión particular de vino y de aguardiente!

Pero lo que probaba más que nada el amor de Kernok, era una ancha y profunda cicatriz que Melia tenía en el cuello. Provenía de una cuchillada que el pirata le había dado en un arrebato de celos. Y como hay que juzgar siempre la fuerza del amor por la violencia de los celos, se comprende que Melia debía pasar unos días de ensueño al lado de su dulce dueño.

Bajaron los dos juntos.

Al entrar en la cámara, Kernok se arrojó sobre un sillón y ocultó la cabeza entre las manos, como para escapar a una visión funesta.

Se había estremecido, sobre todo, al advertir la ventana por la cual su capitán había caído al mar, como todos sabemos.

Melia le miraba con dolor: después se aproximó tímidamente, se arrodilló tomando una de sus manos que él le abandonó y le dijo:

—Kernok, ¿qué tiene usted?, su mano arde.

Esta voz le hizo estremecer: levantó la cabeza, sonrió amargamente y pasando sus brazos alrededor del cuello de la joven mulata, la estrechó contra sí; su boca rozaba su mejilla, cuando sus labios encontraron la fatal cicatriz.

—¡Infierno! ¡maldición sobre mí!—exclamó con violencia—. ¡Maldita vieja, bruja infernal! ¿quién habrá dicho...?

Y se asomó a la ventana para respirar, pero, como rechazado por una fuerza invencible, se alejó con horror, y se apoyó sobre el borde de su cama.

Sus ojos estaban rojos y ardientes; su mirada, largo tiempo fija, se veló poco a poco; y sucumbiendo a la fatiga y a la agitación, sus ojos se cerraron. Al principio resistió al sueño, después cedió...

Entonces ella, con los ojos humedecidos por las lágrimas, atrajo dulcemente la cabeza de Kernok sobre su seno, que se levantaba y descendía con rapidez. El, abandonándose a este dulce balanceo, se durmió por completo; mientras que Melia, reteniendo su aliento, y separando los negros cabellos que ocultaban la despejada frente de su amante, tan pronto depositaba en él un beso, tan pronto pasaba un dedo afilado sobre sus espesas cejas que se contraían convulsivamente aun durante su sueño.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

—Capitán, todo está dispuesto—dijo Zeli entrando.

En vano Melia le hacía signos de que se callase, mostrándole a Kernok dormido; Zeli, que no se atenía más que a la orden que había recibido, repitió con una voz más fuerte:

—¡Capitán, todo está dispuesto!

—¡Eh!... ¿qué hay?... ¿qué es eso?...—dijo Kernok desprendiéndose de los brazos de la joven.

—Capitán, todo está dispuesto—repitió Zeli por tercera vez, con una entonación aún más elevada.

—¿Y quién ha sido el necio que ha dado esa orden?

—Usted, capitán.

—¡Yo!

—Usted, capitán, al volver a bordo, hace dos horas, tan cierto como ese quechemarín cubre su trinquete—dijo Zeli con una conmoción profunda, mostrando por la ventana una embarcación que en efecto ejecutaba esta maniobra.

Y Kernok dirigió una mirada a Melia, que bajaba, sonriendo, su linda cabeza, como para confirmar la aserción de Zeli.

Entonces se pasó rápidamente la mano por la frente, y dijo:

—Sí, sí, está bien, desamarrad y hacedlo preparar todo, para aparejar; subo en seguida. ¿La brisa no ha calmado?

—No, capitán; al contrario, es más fuerte aún.

—Ve y despacha.

El tono de Kernok ya no era duro e impetuoso, sino solamente brusco; de modo que Zeli, viendo que la calma había sucedido a la agitación de su capitán, no pudo por menos que pronunciar un pero...

—¿Vas a comenzar con tus peros y tus síes? Ten cuidado... ¡o te arrojo la bocina a la cabeza!—exclamó Kernok con voz de trueno y avanzando hacia Zeli.

Este se esquivó prontamente, juzgando que su capitán no estaba aún en una situación de espíritu bastante apacible para soportar pacientemente sus eternas contradicciones.

—Cálmese, Kernok—dijo tímidamente Melia—. ¿Cómo se encuentra usted ahora?

—Muy bien, muy bien. Estas dos horas de sueño han bastado para calmarme y desechar las ideas tontas que esa maldita bruja me había metido en la cabeza. Vamos, vamos, la brisa fresquea y nos disponemos a salir. Porque, ¿qué hacemos aquí mientras haya buques mercantes en la Mancha, galeones en el golfo de Gascuña y ricos navíos portugueses en el estrecho de Gibraltar?

—¡Cómo! ¿Usted partirá hoy, un viernes?

—Escucha bien lo que voy a decirte, amada mía; yo hubiera debido castigarte seriamente por haberme decidido por tus súplicas a ir a escuchar las fantasías de una loca. Te he perdonado; pero no me rompas más los oídos con tu charla, o si no...

—¿Sus predicciones han sido, pues, siniestras?

—¡Sus predicciones! hago tanto caso como de... En cambio, lo que yo puedo predecir a ese viejo mochuelo, y tú verás si me equivoco, es que tan pronto como mis ocupaciones me lo permitan, iré con una docena de gavieros[6] a hacerle una visita de la cual se acordará; que me parta un rayo si dejo una piedra de su casucha y si no le pongo la espalda del color del arco iris.

—¡Por piedad, no hable usted así de una mujer que tiene doble vista! no parta hoy; ahora mismo una gaviota blanca y negra revoloteaba por encima del barco lanzando agudos gritos; eso es de mal augurio... ¡no parta usted!

Diciendo estas palabras, Melia se había arrojado a las rodillas de Kernok, que al principio la había escuchado con bastante paciencia; pero, cansado de oírla, la rechazó tan rudamente, que la cabeza de Melia fue a dar contra la madera.

En el mismo instante, por una violenta sacudida que el navío experimentó, Kernok, adivinando que el áncora había cedido al cabrestante, se lanzó hacia el puente, con su bocina en la mano.

VI

LA PARTIDA

¡Alerta! ¡Alerta! he ahí a los piratas
de Ochali que parten.
El cautivo de Ochali.

Cuando Kernok apareció sobre el puente, se hizo un profundo silencio.

No se oía más que el ruido agudo del silbato de Zeli, que, inclinado sobre la borda hacía amarrar el áncora, indicando la maniobra por modulaciones diferentes.

—¿Hay que desaferrar el áncora de estribor?—preguntó al segundo, que transmitió esta pregunta a Kernok.

—Espera—dijo éste—, y haz subir a todo el mundo al puente.

Un toque de silbato particular, repetido por el contramaestre, hizo aparecer como por encanto a los cincuenta y dos hombres y a los cinco marmitones que componían la tripulación de El Gavilán, y que se colocaron en dos filas, con la cabeza alta, la mirada fija y las manos colgando.

Aquellas buenas gentes no tenían el aire cándido y puro de un joven seminarista, ¡oh no! Se veía en sus duras facciones, en su tez curtida, en su frente surcada, que las pasiones—¡y qué pasiones!—habían pasado por allí, y que los honrados compañeros habían llevado ¡ay! una vida bien tormentosa.

Además, se trataba de una tripulación cosmopolita; era como un resumen viviente de todos los pueblos del mundo; franceses, españoles, alemanes, ingleses, rusos, americanos, holandeses, italianos, egipcios, ¿qué sé yo? hasta un chino que Kernok había enrolado en Manila. Sin embargo, aquella sociedad compuesta de elementos tan poco homogéneos, vivía a bordo en perfecta inteligencia, gracias a la rigurosa disciplina que Kernok había establecido.

—Pasa lista—dijo al segundo, y cada marinero fue respondiendo a su nombre.

Faltaba uno, el piloto Lescoët, un compatriota de Kernok.

—Anótale para veinte chicotazos y ocho días de calabozo.

Y el segundo escribió en su carnet: Lescoët, 20 ch. y 8 de c., con tanta indiferencia como un comerciante que anotase el vencimiento de una letra.

Kernok entonces se subió sobre un banco, dejó la bocina cerca de él y habló en estos términos:

—Muchachos, vamos a hacernos de nuevo a la mar. Hace dos meses que nos estamos enmoheciendo aquí como un pontón podrido; nuestros cinturones están vacíos; pero el depósito de la pólvora está lleno, nuestros cañones tienen la boca abierta y no piden más que hablar. Vamos a salir impulsados por una buena brisa NO. y a farolear por el estrecho de Gibraltar; y si San Nicolás y Santa Bárbara nos ayudan, ¡pardiez!, volveremos con los bolsillos llenos, muchachos, para hacer bailar a las chicas de Saint-Pol y beber vino de Pempoul.

—¡Hurra! ¡hurra!—gritaron todos en signo de aprobación.

—¡Desamarra a estribor, larga el gran foque, iza la cangreja!—gritó Kernok con voz estentórea, dando también la orden de aparejar, para no dejar enfriar el ardor de la gente.

El brick, no estando ya aprisionado por sus anclas, siguió el impulso del viento, y se inclinó sobre estribor.

—¡Larga las gavias! ¡iza, iza, bracea, bracea! ¡amarra las gavias!—gritó aún Kernok.

Y el brick, sintiendo la fuerza de la brisa, se puso en marcha; sus amplias velas grises se hincharon poco a poco, el viento circuló silbando entre las cuerdas; ya Pempoul, la costa de Treguier, la isla Santa-Ana-Ros-Istam y la torre Blanca, se borraban poco a poco, huían a los ojos de los marineros, que, agrupados en los obenques y en las gavias, con la mirada fija sobre la tierra, parecían saludar a Francia en una última y larga despedida.

—¡La barra a babor! ¡la barra a babor!—gritó de pronto Zeli con espanto.

Inmediatamente la rueda del timón dio una vuelta rápida y El Gavilán se inclinó bruscamente.

—¿Qué hay, pues?—preguntó Kernok después que fue ejecutada la maniobra.

—Es Lescoët que llega, capitán; el bote que le conduce ha estado a punto de dejarse abordar, y lo hubiéramos aplastado como una cáscara de nuez, si no hubiese hecho virar sobre estribor—respondió Zeli.

El rezagado, que había saltado ágilmente a bordo, se acercó con aire confuso a Kernok.

—¿Por qué has tardado tanto?

—Mi anciana madre acaba de morir; he querido estar hasta el último momento a su lado para cerrarle los ojos.

—¡Ah!—dijo Kernok.

Después, volviéndose hacia su segundo:

—Arregla las cuentas a ese buen hijo.

Y el segundo dijo dos palabras al oído de Zeli que se llevó a Lescoët a un rincón.

—Hijo mío—le dijo agitando una cuerda larga y estrecha—, tenemos un hueso que roer juntos.

—Ya comprendo—dijo Lescoët palideciendo—; ¿y cuántos?

—Una miseria.

—Bien, pero quiero saberlo.

—Ya lo verás; no tengo interés en estafarte ninguno, y además tú podrás contarlos.

—Ya me vengaré.

—Antes siempre se dice eso, y después no se piensa en ello más que en la brisa de la víspera. Vamos, muchacho, despachemos, porque veo que el capitán se impacienta y sería capaz de hacerme probar la misma salsa.

Ataron a Lescoët a una escala de cuerdas, los brazos en alto y el cuerpo desnudo hasta la cintura.

—Estamos dispuestos—dijo Zeli. Kernok hizo un signo, y la cuerda silbó y resonó sobre la espalda de Lescoët. Hasta el sexto golpe se comportó muy decorosamente; no se oía más que una especie de gemido sordo que acompañaba cada zurriagazo. Pero al séptimo el valor le abandonó, y en efecto, debía sufrir mucho, porque cada golpe dejaba en su cuerpo una huella roja que se convertía bien pronto en azul y morada; después quedó levantada la piel y apareció la carne viva y sangrando. Parecía que la tortura debía ser intolerable, porque un estado de desmadejamiento general reemplazó a la irritación convulsiva que hasta entonces había sostenido a Lescoët.

—Se encuentra mal—dijo Zeli con el gratel levantado.

Entonces, el señor Durand, el-calafate de a bordo, se aproximó, tomó el pulso al paciente; después, ensayando una mueca, se encogió de hombros e hizo un signo significativo a maestro Zeli.

El gratel funcionó de nuevo, pero su sonido ya no era seco y restallante como cuando caía sobre una piel lisa y pulida, sino sordo y mate como el ruido de una cuerda que golpease una boya.

Es que la espalda de Lescoët estaba en carne viva; la piel caía en jirones hasta el punto de que el contramaestre se ponía la mano ante los ojos para que no le salpicase la sangre a cada golpe.

—Y veinte—dijo con un aire de satisfacción mezclado de pesar, como una joven que da a su amante el último de los besos prometidos.

O, si lo preferís, como un banquero que cuenta su última pila de escudos.

El propio Zeli se llevó a Lescoët, que no daba señales de vida.

—Ahora—dijo Kernok—, un buen emplasto de pólvora de cañón y de vinagre sobre esos rasguños, y mañana no tendrá nada.

Después, dirigiéndose al timonel:

—Corre una buena bordada al SO.; si se ve una vela, avísame.

Y descendió a su cámara para reunirse con Melia.

VII

CARLOS Y ANITA

...Ese tumulto espantoso, esa fiebre
devoradora... es el amor...
O. P.

Aver la morte innanzi gli occhi per me.
Petrarca.

La dulce influencia de los climas meridionales aun se hacía sentir, porque el buque San Pablo se encontraba a la altura del estrecho de Gibraltar. Empujado por una débil brisa, con todas sus velas extendidas, desde el contrajuanete hasta los foques de estay, venía del Perú y se dirigía a Lisboa con pabellón inglés, ignorando la ruptura de Francia y de Inglaterra.

El departamento del capitán lo ocupaban don Carlos Toscano y su esposa, ricos negociantes de Lima, que habían fletado el San Pablo en el Callao.

La modesta cámara de antes estaba desconocida, tanto eran el lujo y la elegancia desplegados por Carlos. Sobre las paredes grises y desnudas se extendían ricos tapices que, separándose por encima de las ventanas, caían en pliegos ondulantes. El piso estaba cubierto de esteras de Lima, trenzadas de lina y blanca paja, y encuadradas en amplios dibujos de colores llamativos. Largas cajas de caoba roja y pulimentada contenían camelias, jazmines de Méjico y cactos de espesas hojas. En una linda jaula de limonero y de enrejado de plata revoloteaban unos hermosos pájaros de cabeza verde, de alas purpuradas con reflejos de oro, y bonitas cotorras de Puerto Rico, con todo el cuerpo azul, un penacho de color de naranja y el pico negro como el ébano.

El aire era tibio y embalsamado, el cielo puro, el mar magnífico; y, sin el ligero balanceo que el oleaje imprimía al barco, se hubiera podido creer que se estaba en tierra.

Sentado sobre un rico diván, Carlos sonreía a su esposa, que aun tenía una guitarra en la mano.

—¡Bravo, bravo, Anita mía!—exclamó él—, jamás se ha cantado mejor el amor.

—Es que jamás se ha experimentado mejor, ángel mío.

—Sí, y para siempre...—dijo Carlos.

—Para la vida...—contestó Anita.

Sus bocas se encontraron y él la estrechó contra él en un abrazo convulsivo.

Cayendo a sus pies, la guitarra despidió un sonido dulce y armonioso, como el último acorde de un órgano.

Carlos miraba a su mujer con esa mirada que va al corazón, que hace estremecer de amor, que hace daño.

Y ella, fascinada por aquella mirada ardiente, murmuraba cerrando los ojos:

—¡Gracias!... ¡gracias!... ¡Carlos mío!

Después, uniendo sus manos, se deslizó dulcemente a los pies de Carlos, y apoyó la cabeza sobre sus rodillas; su pálido semblante estaba como velado por sus largos cabellos negros; solamente a través de ellos brillaban sus ojos, lo mismo que una estrella en medio de un cielo sombrío.

—Y todo esto es mío—pensaba Carlos—, mío sólo en el mundo, y para siempre; porque envejeceremos juntos; las arrugas surcarán esa cara fresca y aterciopelada; esos anillos de ébano se convertirán en bucles argentinos—decía él pasando su mano por la sedosa cabellera de Anita—, y vieja, abuela ya, se extinguirá en una serena tarde de otoño, en medio de sus nietos, y sus últimas palabras serán: «Voy a unirme contigo, Carlos mío». ¡Oh! sí, sí, porque yo habré muerto antes que ella... Pero, de aquí allá, ¡qué porvenir! ¡qué hermosos días! Jóvenes y fuertes, ricos, dichosos, con una conciencia pura y el recuerdo de algunas buenas acciones, habremos vuelto a ver nuestra bella Andalucía, Granada y su Alhambra, su mosaico de oro, de arquitectura aérea, sus pórticos, nuestra hermosa quinta con sus bosques de naranjos frescos y perfumados, y sus pilones de mármol blanco en los que duerme una agua límpida.

—Y mi padre... y la casa donde he nacido... y la celosía verde que yo levantaba tan a menudo cuando tú pasabas, y la vieja iglesia de San Juan, donde por primera vez, mientras yo oraba, murmuraste a mi oído: «¡Anita mía, te amo!»... ¡Y ya ves si la Virgen me protege! en el momento en que tú me decías: «¡Te amo!», yo acababa de pedirte tu amor, prometiendo una novena a Nuestra Señora—repuso Anita, porque su esposo había acabado por pensar en voz alta—. Escucha, Carlos mío—suspiró—, júrame, ángel mío, que dentro de veinte años diremos otra novena a la Virgen para darle gracias por haber bendecido nuestra unión.

—Te lo juro, ¡alma de mi vida!, porque dentro de veinte años aún seremos jóvenes de amor y de dicha.

—¡Oh! sí, nuestro porvenir es tan risueño, tan puro, que...

No pudo acabar, porque una bala enramada, que entró silbando por la popa, le destrozó la cabeza, partió a Carlos en dos, e hizo añicos los cajones de flores y la jaula.

¡Qué dicha para los periquitos y las cotorras, que huyeron por las ventanas batiendo alegremente las alas!

VIII

LA PRESA

...¡Vil metal!
Burke.

...¡Es posible!
Balzac.

—¡Diablo! ¡hermoso tiro! Ya ves, maestro Zeli..., la bala ha entrado por encima del coronamiento y ha salido por la tercera porta de estribor. ¡Pardiez! ¡Melia, haces maravillas!

Así decía Kernok, con un largo anteojo en la mano, y acariciando la culebrina aún humeante que él mismo acababa de apuntar contra el San Pablo, porque este navío no se había apresurado a izar su pabellón.

Esta era la bala que había matado a Carlos y a su esposa.

—¡Ah! ¡qué suerte!—repuso Kernok viendo el pabellón inglés que se desarrollaba en lo alto de uno de los palos del San Pablo—, ¡qué suerte! se da a conocer... ¡y dice de qué país es! pero no me equivoco... un inglés; es un inglés, y el perro se atreve a señalarlo ¡y no tiene un cañón a bordo! ¡Zeli, Zeli!—gritó con voz de trueno—, haz largar todas las velas del brick y preparar los remos; dentro de media hora estaremos cerca de él. Usted, oficial, toque zafarrancho de combate, envíe a los hombres a sus piezas y distribuya los sables y las picas de abordaje.

Después, lanzándose hacia una carronada:

—¡Muchachos! si no me equivoco, ese navío llega del mar del Sud; en esa popa corta y achatada, en ese porte, reconozco una navío español o portugués que se dirige a Lisboa, ignorando sin duda que hemos declarado la guerra a los ingleses. ¡Allá él! Pero ese perro debe tener piastras en el vientre. Pronto lo veremos, ¡pardiez! ¡Muchachos! el casco sólo vale veinte mil piastras; pero, paciencia, El Gavilán extiende su alas y bien pronto mostrará sus uñas. ¡Vamos, muchachos! ¡remad, remad firmes!

Y animaba con la voz y con el gesto a los marineros que, encorvados bajo los largos remos del brick, doblaban la velocidad que le daba la brisa.

Otros marineros se armaban precipitadamente de sables y puñales, y el maestro Zeli hacía disponer los garfios de abordaje.

Kernok, después de haber tomado todas sus disposiciones, descendió al sollado y encerró a Melia que dormía en la hamaca.

Todo estaba dispuesto a bordo de El Gavilán: el capitán del desgraciado San Pablo, creyendo que el brick de Kernok era un navío de guerra, sin dejar de gemir por la desgracia ocurrida a bordo, izó el pabellón inglés, esperando ponerse así bajo su protección.

Pero cuando vio la maniobra de El Gavilán, cuya marcha era aún acelerada por los largos remos, no le quedó duda alguna y comprendió que se trataba de un corsario.

Huir era imposible. A la débil brisa que soplaba por ráfagas, había sucedido una calma chicha, y los remos del pirata le daban una ventaja de marcha positiva. No había que pensar tampoco en defenderse. ¿Qué podían hacer los dos malos cañones del San Pablo contra las veinte carronadas de El Gavilán, que enseñaban sus gargantas amenazadoras?

El prudente capitán se puso, pues, al pairo, esperó los acontecimientos, ordenó a la tripulación que se prosternase de rodillas e invocase a San Pablo, el patrón del navío, que no podía dejar de manifestar su poder en una ocasión semejante.

Y siguiendo el ejemplo del capitán, la tripulación dijo un Páter.

Pero El Gavilán avanzaba siempre.

Dos Ave.

Se oía ya el ruido de los remos que batían el agua cadenciosamente.

Cinco Credo.

¡Válgame Dios! es que la voz, la gruesa y terrible voz de Kernok resonaba en los oídos de los españoles.

—¡Oh! ¡oh!—decía el pirata—, se pone al pairo, arría su pabellón, el bribón está atemorizado; ya es nuestro. Zeli, haz armar la chalupa y la canoa grande; yo voy a hacerme cargo de cómo está aquello.

Y Kernok, poniéndose las pistolas a la cintura, y armándose de un largo cuchillo, se plantó de un brinco en la embarcación.

—Y si es una emboscada, si el navío hace un solo movimiento—gritó al segundo—, forzad los remos y poneos a distancia de garfio.

Diez minutos después, Kernok saltaba sobre el puente del San Pablo con sus pistolas en la mano y el cuchillo entre los dientes.

Pero lanzó una tal carcajada, que su excelente hoja le cayó de la boca. La causa de su risa era el ver al capitán español y a su tripulación arrodillada ante una grosera imagen de San Pablo, que se golpeaban el pecho reiteradamente. El capitán, sobre todo, besaba una reliquia con fervor siempre creciente, y murmuraba: «San Pablo, ora pro nobis...»

Pero San Pablo ¡ay! no se daba por entendido.

—Acaba con tus monerías, viejo cuervo—dijo Kernok cuando hubo acabado de reír—, y llévame a tu nido.

—Señor, no entiendo—respondió temblando el desgraciado capitán.

—¡Ah! es verdad—dijo Kernok—; tú no entiendes el francés.

Y como Kernok poseía de todas las lenguas vivientes justamente aquello que se relacionaba y era necesario a su profesión, repuso socarronamente:

El dinero, compadre.

El español intentó balbucear aún un no entiendo.

Pero Kernok que había agotado todos sus recursos oratorios, reemplazó el diálogo por la pantomima y le puso bajo la nariz el cañón de su pistola.

A esta invitación, el capitán lanzó un profundo, un doloroso, un desgarrador suspiro, e hizo signo al pirata de que le siguiese.

En cuanto al resto de la tripulación, los marineros del brick los habían agarrotado para que no les estorbasen en sus operaciones.

La entrada del local, donde estaba depositado el dinero de don Carlos, se encontraba bajo la estera que cubría el piso. De modo que Kernok se vio obligado a pasar por la habitación donde yacían los restos sangrientos de los dos esposos. El pobre capitán apartó la vista y se puso la mano sobre los ojos.

—¡Toma!—dijo Kernok dándole con el pie al cadáver—; ésta es la obra de Melia. ¡Pardiez! ¡hermosa labor! ¡Ah!... pero el dinero... el dinero, compadre, eso es lo importante.

Abrieron el pañol; entonces Kernok estuvo a punto de desmayarse a la vista de centenares de toneles con aros de hierro, sobre cada uno de los cuales se leía: Veinte mil piastras (cincuenta mil francos).

—¡Es posible!—exclamó—. ¡Cuatro, cinco... quizá diez millones!

Y en su alegría, abrazaba al segundo, abrazaba a los marineros, abrazaba al capitán español, abrazaba a todo el mundo, hasta los cadáveres ensangrentados de Carlos y de Anita.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Dos horas después, una embarcación conducía a bordo de El Gavilán los últimos toneles de dinero, resto de los despojos del San Pablo, donde Kernok había dejado a diez de sus hombres, la tripulación española agarrotada sobre el puente y el capitán amarrado al palo mayor.

—Muchachos—dijo Kernok—, yo os doy esta noche nopces et festin, como se dice, y después, si sois juiciosos, una sorpresa.

—¡Caray! ¡voto a tal! capitán, seremos juiciosos, juiciosos como vírgenes—dijo el maestro Zeli haciéndose el amable.

IX

ORGÍA

Hic chorus ingens
...Colit orgia.
Avienus.

—¡Vino! ¡voto a tal! ¡vino!

Las botellas chocan entre sí, los frascos se rompen, los juramentos y los cantos estallan por todas partes.

Es tan pronto el ruido sordo que hace un pirata borracho cayendo sobre el suelo, como la voz temblorosa de los que aun tienen el vaso en una mano y con la otra se agarran a la mesa.

—¡Vino aquí, grumete, vino, o te aplasto!

Y los hay que luchan entre ellos pie contra pie, frente contra frente. Se estrechan, se enlazan; el uno resbala y se cae; se oye el crujido de un hueso que se rompe, y las imprecaciones reemplazan a la risa.

Otros están acostados ensangrentados, con el cráneo abierto, a los pies de alegres compañeros que cantan con voz de trueno una delirante canción báquica.

Los de más allá, en el último grado del embrutecimiento y de la embriaguez, se entretienen en machacar entre dos balas la mano de un marinero a quien la borrachera ha matado.

Y una porción de juegos más, a cual más original y delicado.

Los gemidos, los gritos de rabia y de loca alegría se confunden y se acuerdan.

El puente está enrojecido de sangre o de vino. ¡Qué importa! El tiempo huye rápido a bordo de El Gavilán: todo es locura, arrebato, delirio. De prisa, de prisa, gozad de la vida, que ella es corta. Los malos días son frecuentes; ¡quién sabe si el de hoy no tendrá mañana para vosotros! Divertíos, pues, asid el placer allá donde le encontréis.

No es ese placer moderado, decente, de alas doradas y azules, que se parece a una joven tímida y dulce; ese placer delicado que gusta de sacudir su cabeza fresca y rubia ante los mil espejos de un boudoir, o de desflorar con sus labios rosados una copa llena de un licor helado; ese sibarita, en fin, que no quiere a su alrededor más que flores, perfumes y pedrería, mujeres jóvenes y amables, música melodiosa y vinos exquisitos. ¡No, pardiez! se trata de ese otro placer robusto y bestial, de ojo de sátiro, de risa de demonio, que llena las tabernas y los bodegones, que bebe y se emborracha, muerde y desgarra, golpea y mata y después rueda y se retuerce entre los restos de una comida grosera, lanzando una carcajada que parece el aullido de un chacal.

De prisa, de prisa, gozad de la vida, porque os digo que es corta. Gozad, pues, de la vida a bordo de El Gavilán.

Era ya noche cerrada; los faroles que guarnecían los empalletados esparcían una viva claridad sobre el puente del buque, que Kernok había hecho cubrir de mesas para festejar su afortunada presa.

A la comida sucedieron las diversiones. El grumete Grano de Sal, después de haberse frotado de alquitrán de los pies a la cabeza, había encontrado conveniente revolcarse sobre un saco de plumas, de modo que, al salir de allí, parecía un volátil de dos pies, sin alas.

Y qué placer el verle dar zancadas, voltear, saltar, danzar, enardecido por los aplausos de la tripulación, y excitado por los latigazos que el maestro Zeli le administraba de cuando en cuando para conservar su agilidad.

Pero de pronto uno de aquellos hombres, un bromista, creo que era un alemán, queriendo que la fiesta fuese completa, aproximó una mecha encendida al penacho de estopa que se balanceaba con gracia sobre la frente de Grano de Sal...

Después el fuego se comunicó de la estopa a los cabellos, de los cabellos a las plumas, y el acróbata improvisado, el desgraciado Grano de Sal, absorbió tanto calórico, que su piel se resquebrajó y crujió bajo su ardiente envoltura.

Al principio todos reían, hasta derramar lágrimas, a bordo del Gavilán. Sin embargo, como el grumete lanzaba gritos espantosos, una buena alma, un alma compasiva, porque las hay en todas partes, lo agarró y lo arrojó al mar diciendo: «Voy a apagarlo.»

Afortunadamente Grano de Sal nadaba como un salmón; e incluso tuvo la coquetería de prolongar el baño, paseándose alrededor del brick como un tritón o una náyade, a vuestra elección; por fin entró por la porta de popa, diciendo con su acostumbrado estoicismo: «Prefiero eso que haber sido quemado vivo; a pesar de todo, me he divertido de lo lindo.»

Se oyó un tiro de pistola; después un grito penetrante salió de la cámara de Kernok; Zeli se precipitó hacia ella; no era nada, una miseria.

Figuraos que Kernok, un poco excitado por el grog, había elogiado mucho su habilidad a Melia.

—Te apuesto—le decía—que de un pistoletazo te hago saltar el cuchillo que tienes en la mano.

Melia no dudaba de la habilidad de su amante, pero había querido eludir la prueba.

—¡Cobarde!—había gritado Kernok—; ¡pues bien! para enseñarte, voy a romper el vaso en que bebes.

Y diciendo esto había empuñado una pistola, y el vaso de Melia, roto por la bala, había saltado en mil pedazos.

Cuando Zeli entró, Kernok, con la cabeza inclinada hacia atrás, y la pistola aún en la mano, reía del espanto de Melia, que, pálida y trémula, se había refugiado en un rincón de la cámara.

—¡Y bien! Zeli—dijo el pirata—; ¡y bien! mi viejo lobo de mar, ¿tus señoritas se divierten por allá arriba?

—Le respondo de ello, mi capitán; pero esas damas esperan la sorpresa.

—¿La sorpresa? ¡Ah! es verdad; escucha...

Y dijo dos palabras al oído de Zeli. Este retrocedió con aire de extrañeza, abriendo su enorme boca.

—¡Cómo!... ¿Usted quiere...?

—Claro que lo quiero. ¿No es una sorpresa?

—Y famosa por cierto... Voy, capitán.

Kernok subió también al puente con Melia. A su presencia se sucedieron nuevos gritos de alegría.

—¡Hurra por el capitán Kernok, hurra por su mujer, hurra por El Gavilán!

Un cohete partió del San Pablo, que estaba al pairo a dos tiros de fusil del brick. Después de describir una curva, cayó en una lluvia de fuego.

—Capitán, ¿ha visto usted ese cohete?—dijo el segundo.

—Ya sé lo que es, valiente mío. Vamos, vamos, muchachos, haced circular el ron y la ginebra. Un vaso para mí y otro para mi mujer.

Melia quiso rehusar, pero, ¿cómo resistir a su dulce amigo?

—¡Vivan los camaradas y los bravos hijos del capitán de El Gavilán!—dijo Kernok después de haber bebido.

—¡Hurra!—contestó la tripulación en voz fuerte y sonora.

La orgía había llegado a su apogeo. Los marineros se habían agarrado de la mano y daban vueltas con rapidez alrededor del puente, cantando a gritos las canciones más obscenas y más crapulosas.

Bien pronto llegó el maestro Zeli con los diez hombres que Kernok había dejado antes a bordo del San Pablo.

No quedaba a bordo del navío español más que sus tripulantes atados y agarrotados sobre el puente.

—Todo está dispuesto—dijo Zeli—; cuando el segundo cohete parta, capitán, es que la mecha...

—Está bien—dijo Kernok interrumpiéndole—. Muchachos, os he prometido una sorpresa si os portabais bien. Vuestro juicio y vuestra moderación han excedido a lo que yo esperaba; voy, pues, a recompensaros. Ya veis ese navío español: aparejado y equipado como está, vale muy bien... treinta mil piastras... ¡yo pago cuarenta mil, muchachos, yo! lo compro sobre mi parte de la presa, a fin de tener el placer de ofrecer a la tripulación de El Gavilán un castillo de fuegos artificiales con acompañamiento de música. Ya se ha dado la señal. ¡Que cada uno ocupe el sitio que le agrade más!

Y todos los tripulantes, al menos los que estaban en estado de servirse de piernas y de ojos, se agruparon en las cofas y en los obenques.

El segundo cohete había partido del San Pablo y el fuego comenzaba a desarrollarse...

Esta era la sorpresa que Kernok preparaba a su gente; había enviado al maestro Zeli a bordo del navío español, para retirar la poca pólvora que pudiese quedar, disponer las materias combustibles en la cala y en el sollado y agarrotar lo más sólidamente posible a los desgraciados españoles, que no sospechaban nada.

Era, pues, el San Pablo que ardía; la noche era negra, el aire tranquilo, el mar como un espejo.

De pronto, un humo negro y bituminoso salió por las escotillas del navío con numerosos haces de chispas.

Y un grito penetrante... espantoso... que resonó a lo lejos, salió del interior del San Pablo, porque su tripulación veía la suerte que le estaba reservada.

—Ya empieza la música—dijo Kernok.

—Desafinan endiabladamente—respondió Zeli.

Bien pronto el humo, de negro que era, se convirtió en rojo vivo y por fin cedió el sitio a una columna de llamas, que, elevándose en torbellinos de la escotilla principal, proyectó sobre las aguas un largo reflejo de color de sangre.

—¡¡Hurra!!—gritaron los del brick.

Después, el incendio aumentó; el fuego, saliendo de las tres escotillas a la vez, se unió y se extendió como una vasta cortina de fuego, sobre la cual la armadura y el cordaje del San Pablo se dibujaban en negro.

Entonces, los gritos de los españoles agarrotados en medio de aquel horno, fueron tan atroces que los piratas, como a pesar suyo, lanzaron aullidos salvajes para ahogar la voz desgarradora de aquellos infortunados.

El incendio estaba entonces en toda su fuerza. Bien pronto las llamas corrieron a lo largo del aparejo; los palos, no estando ya sostenidos por las cofas, crujieron y cayeron sobre el puente con un estruendo horrible; por todas partes se veían jarcias incendiadas, y aquel inmenso foco de luz parecía aún más deslumbrante en medio de la noche sombría.

Los españoles ya no gritaban...

De pronto, la llama, hizo un amplio agujero en uno de los costados del buque, el palo mayor se abatió sobre el mismo lado, el San Pablo dio una fuerte bandada, se inclinó sobre estribor, y el agua entró a borbotones en la cala.

Poco a poco, el casco del navío se fue hundiendo, fuera del agua no quedaba más que el palo de mesana, el único que había quedado en pie, aislado sobre el agua, y que alumbraba como una antorcha fúnebre... después el palo desapareció para elevar un momento aún su blandón inflamado; pero bien pronto el agua se atorbellinó a su alrededor y no se vio más que un ligero humo rojizo, después nada... nada más que la inmensidad... la noche...

—¡Toma! ya ha terminado—dijo Kernok—; el San Pablo se nos ha llevado nuestro dinero.

—¡Viva el capitán Kernok, que da tan hermosas fiestas a su gente!—gritó Zeli.

—¡Hurra!—contestaron todos.

Y los piratas, fatigados, se lanzaron sobre el puente; Kernok dejó a El Gavilán al pairo hasta el amanecer, y fue a gustar de algunos instantes de reposo, con la satisfacción de un hombre opulento que se encierra en su alcoba después de haber dado una fiesta suntuosa a sus invitados.

Después el pirata murmuró casi dormido ya:

—Deben estar contentos, porque he hecho muy bien las cosas: ¡un navío de trescientas toneladas y tres docenas de españoles! creo que no se puede pedir más; sin embargo, no es conveniente que se acostumbren; eso va bien de cuando en cuando, porque, después de todo, es bueno reír un poco.

X

LA CAZA

¡Away!... ¡Away!...
Byron.
¡Adelante!... ¡Adelante!

Todo dormía a bordo de El Gavilán; únicamente Melia había subido al puente, agitada por una vaga inquietud. Aunque la noche fuese aún sombría, un resplandor pálido que asomaba por el horizonte, anunciaba la proximidad del crepúsculo. Bien pronto, amplias fajas de un rojo vivo y dorado surcaron el cielo, las estrellas palidecieron y desaparecieron, el sol se anunció por un incendio lejano y luego se elevó lentamente sobre las aguas azules e inmóviles del Océano, que pareció cubrir de un velo de púrpura.

La calma continuaba siendo completa y el brick permanecía en la misma situación que desde la noche. Melia meditaba sentada en un banco, con la cabeza oculta entre las manos; pero cuando la levantó, el día, ya bastante adelantado, le permitió distinguir todos los objetos que la rodeaban, y se estremeció de horror y de asco.

Se veía a los marineros acostados entre los platos y los restos del festín de la noche, y todo en el desorden más completo; las brújulas derribadas, las jarcias y las cuerdas confusamente mezcladas, armas y vasos hechos añicos, toneles desfondados dejando correr sobre el puente ríos de vino y de aguardiente... Aquí, bravos camaradas dormidos, en las posiciones más extravagantes, y oprimiendo aún una botella de la que no quedaba más que el cuello, parecidos a esos fieros guerreros musulmanes, que, ya muertos, aun conservaban el puño de la daga. Allá, dormía un pirata con el cuello bajo la rueda del timón, de modo que, al menor movimiento de rotación, su cabeza debía quedar indefectiblemente destrozada.

Un verdadero amanecer de orgía, ¡y de orgía de pirata!

Melia comenzó por bendecir a la Providencia porque había protegido con tanta solicitud a toda aquella honrada sociedad, que el brick mecía sobre las aguas; porque, gracias a la incuria que de momento reinaba a bordo, si una tempestad se hubiese elevado durante la noche, todo se hubiera ido a rodar, El Gavilán, Kernok, la tripulación y los diez millones, ¡qué lástima!

Por esto quería rezar. ¡La pobre joven encontraba a bordo tan pocas ocasiones de elevar su alma al Ser Supremo! Para rezar, se arrodilló y volvió involuntariamente los ojos hacia la línea vaporosa y azulada que ceñía el horizonte; pero no rezó. Su mirada, dejando de vagar, se fijó en un punto al principio incierto, pero que bien pronto pareció distinguir mejor; en fin, poniéndose las manos encima de las cejas, para aislarse mejor de los rayos del sol, permaneció un instante contemplativa, después sus facciones adquirieron una viva expresión de temor, y en dos saltos se plantó en la cámara de Kernok.

—Estás loca—decía el pirata subiendo al puente con un paso aún pesado y vacilante—; pero si me has despertado por nada...

—Mire—respondió Melia presentándole un anteojo con una mano, mientras que con la otra designaba un punto blanco que se veía en el horizonte.

—¡Maldición!—gritó Kernok después de haber mirado atentamente, y llevó vivamente el aparato al ojo izquierdo—. ¡Mil rayos!

Y frotó el vidrio del anteojo como para asegurarse de que veía claramente y de que ninguna ilusión de óptica le engañaba. No, no se engañaba... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

(Aquí un crescendo de todo lo que podáis escoger de más vigorosamente imprecativo en el glosario de un pirata.)

Apenas este torrente de maldiciones y de juramentos hubo salido de su boca, Kernok se armó de un espeque. Un espeque es un palo de madera de unos cinco o seis pies de longitud y de cuatro pulgadas de circunferencia. El espeque sirve para maniobrar la artillería de a bordo. Kernok cambió provisionalmente este destino, porque empleó el suyo en despertar a la gente. Y los golpes de espeque, gloriosamente acompañados de juramentos capaces de pulverizar al buque, fueron cayendo como lluvia de granizo, tan pronto sobre el puente, como sobre los marineros dormidos. Así, cuando el capitán hubo acabado su ronda, casi todos los hombres estaban en pie, frotándose los ojos, la cabeza o la espalda, y preguntaban, dando unos bostezos horrorosos:

—¿Qué pasa, pues?

—¡Que qué pasa!—gritó Kernok con voz de trueno—; ¡que qué pasa, perros! pues que un barco de guerra; una corbeta inglesa que fuerza su aparejo para alcanzarnos... una corbeta que tiene sobre El Gavilán la ventaja de la brisa, porque el viento es más fuerte allá abajo, y sólo nos llegará con ese inglés ¡que mal rayo parta!

Y todas las miradas se volvieron hacia el punto que Kernok designaba con el extremo del anteojo.

—¡Ocho, diez, quince portas!—exclamó—; una corbeta de treinta cañones; ¡muy bonito! y por añadidura, de la escuadra azul.

Llamó a Zeli.

—Oye, Zeli, no se trata de hacer tonterías; haz colocar los remos y ponerlo todo en orden lo más pronto posible; viremos en redondo y despejemos el campo; El Gavilán no tiene el pico ni los espolones bastante duros para recrearse con semejante presa.

Después echó mano de la bocina:

—¡Cada uno a su sitio para largar las gavias y los foques! ¡En línea para largar los juanetes y los contrajuanetes, a aparejar las barrederas altas y las bajas! y vosotros, muchachos, a los remos; si podemos tomar el viento, El Gavilán no tiene nada que temer. Ya sabéis ¡pardiez! que tenemos diez millones a bordo. ¡De modo que, elegiréis entre ser colgados en las vergas del inglés, o entre volver a Saint-Pol con los bolsillos llenos, a beber grog y a hacer bailar a las muchachas!

La tripulación le comprendió perfectamente; la alternativa era inevitable; así, gracias a las velas de que estaba cargado y a sus vigorosos remeros, El Gavilán comenzó a hacer tres nudos.

Pero Kernok no se engañaba sobre la marcha de su buque; veía bien que la corbeta inglesa tenía sobre él una ventaja real, puesto que venía con el viento. Por lo tanto, obrando como un capitán prudente, ordenó hacer zafarrancho de combate, abrir el pañol de la pólvora, llenar los depósitos de balas, subir al puente las picas y las hachas de abordaje, velando en todo con una actividad increíble y pareciendo multiplicarse.

La corbeta inglesa avanzaba, avanzaba siempre...

Kernok hizo llamar a Melia, y la dijo:

—Querida amiga, probablemente se calentará el horno; vas a bajar inmediatamente a la cala, sin menearte más que lo haría un cañón sobre su afuste... ¡Ah! y a propósito, si notas que el brick hace algún movimiento y desciende, es que nos vamos a fondo. Ya me comprendes... y más bien espero eso que no ver a una marsopla fumar en pipa. Vamos basta de lloros, bésame, y que no vuelva a verte hasta después del baile, si es que no dejo la piel.

Melia se puso talmente pálida, que se la hubiera podido tomar por una estatua de alabastro...

—Kernok... déjeme a su lado—murmuró, y arrojó sus brazos al cuello del pirata, que se estremeció un momento y después la rechazó.

—¡Vete!—exclamó—; ¡vete!

—¡Kernok!... ¡déjame velar por tu vida!—dijo echándose a sus pies.

—Zeli, líbrame de esta loca y bájala a la cala—dijo el pirata.

Y como fuese a apoderarse de Melia, ella se desprendió violentamente, y se aproximó a Kernok, con el color animado y la vista brillante.

—Al menos—dijo—, toma este talismán; póntelo y protegerá tu vida durante el combate; su efecto es cierto; fue mi abuela quien me lo dio. Ese mágico talismán es más fuerte que el destino... Créeme, póntelo.

Y ella tendía a Kernok un saquito suspendido de un cordón negro.

—¡Atrás esa loca!—dijo Kernok encogiéndose de hombros—; ¿me has oído, Zeli? ¡a la cala!

—Si tú mueres, que sea por tu voluntad; pero al menos yo compartiré tu suerte. Ahora, nada, nada en el mundo protegerá mi vida; ¡vuelvo a ser mujer como tú eres hombre!—exclamó Melia que arrojó el saquito al mar.

—¡Excelente muchacha!—dijo Kernok siguiéndola con la vista mientras que dos marineros la bajaban al sollado por medio de una silla atada a una larga cuerda.

Y la corbeta inglesa se aproximaba siempre...

Zeli se aproximó a Kernok.

—Capitán, la corbeta nos toma la delantera.

—¡Bien lo veo, viejo tonto! nuestros remos no hacen nada y fatigan inútilmente a los hombres; hazlos retirar, cargar los cañones con dos balas, colocar los garfios de abordaje, los pedreros en las gavias. Haz también arriar las barrederas; si la brisa nos ayuda, nos batiremos sobre las gavias; es el mejor portante de El Gavilán.

Cuando la maniobra fue ejecutada, Kernok arengó a sus hombres en la siguiente forma:

—Muchachos, he ahí una corbeta que tiene las costillas sólidas; estrecha tan de cerca a El Gavilán, que no podemos esperar escaparnos de ella; además, tampoco es necesario. Si nos hacen prisioneros, seremos colgados; si nos entregamos, también; combatamos, pues, como bravos marineros, y quién sabe si, como dice el proverbio, apretando los talones, salvaremos los calzones. ¡Voto a tal! muchachos, El Gavilán ha echado a pique a un gran buque sardo de tres palos en las costas de Sicilia, después de dos horas de combate; ¿por qué ha de temer a esa corbeta del pabellón azul? Pensad también que tenemos diez millones que conservar. ¡Pardiez! ¡muchachos, diez millones, o la cuerda!

El efecto de esta peroración fue inmediato, y toda la tripulación gritó a la vez:

—¡Hurra! ¡Muerte a los ingleses!

La corbeta se hallaba entonces tan próxima que se distinguían perfectamente sus amuras y su aparejo.

De pronto se elevó una ligera humareda, brilló un relámpago, resonó un ruido sordo y una bala silbando pasó cerca del bauprés de El Gavilán.

—La corbeta empieza a hablar—dijo Kernok—, es nuestro pabellón el que quiere ver, ¡la curiosa!

—¿Cuál hay que izar?—preguntó Zeli.

—Este—contestó Kernok—, porque hay que ser galante.

Y empujó con el pie una vieja chaqueta de marinero, cubierta de manchas de vino y de alquitrán.

—¡Es raro!—dijo el contramaestre, y el guiñapo subió majestuosamente hasta lo alto de la driza.

Se supone que la broma pareció un poco pesada a los de la corbeta, porque dos cañonazos partieron casi inmediatamente y las balas hicieron bastantes destrozos en el aparejo de El Gavilán.

—¡Oh! ¡oh! ya nos incomodamos... no hay que hacerse de rogar—dijo Kernok—. ¡A mí, Melia!—y se precipitó sobre la culebrina que él había bautizado con este nombre, tomó medidas y apuntó—: ¡Ahí va eso!—e hizo jugar la batería.

—¡Bravo!—exclamó cuando el humo se hubo disipado y pudo apreciar el efecto del disparo—, ¡bravo! Mira, Zeli, mira, ya tiene su mastelero de foques destrozado: esto promete, muchachos, esto promete; pero es cuando El Gavilán le arañe sus costados con los garfios de abordaje, cuando reirá el inglés.

—¡Hurra, hurra!—gritó la tripulación.

La corbeta no respondió al disparo de Kernok, reparó prontamente sus averías, y se dejó ir sobre el corsario.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Entonces estaba tan cerca, que se oían las voces de mando de los oficiales ingleses.

—Muchachos, a vuestras piezas—dijo Kernok precipitándose hacia un banco con la bocina en la mano—; a vuestras piezas, y ¡voto a tal! no hagáis fuego sin que os lo manden.

XI

EL COMBATE