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Chapter 30: XI
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About This Book

The volume gathers two linked adventure narratives that alternate sea-borne action and inland drama. The first follows a pirate-centered sequence combining shipboard combat, pursuit, and episodes of fortune-telling, affecting relationships and rescues; the second shifts to a series of episodes involving a gypsy figure, public spectacles, religious and social confrontations, miracles, and a moral reckoning. Both narratives emphasize vivid maritime life, intense set-pieces, and the clash between passion and social order, moving through episodic chapters that blend action, suspense, and moral observation while exploring loyalty, fate, and the extremes of human behavior under pressure.

...Yo no sé, maestro, si es demonio
o brujo; mi manta encarnada se ha
vuelto negra, y he mellado mi larga
espada escocesa golpeando el ala satinada
de un joven cisne.
Word'Wok, «Aventuras de Ritsborn, el buen loco».

—Y bien, Bentek—dijo el gitano al viejo negro—, ¿qué quieres? ¿Por qué has llegado aquí saltando y debatiéndote como un tiburón al que clavan el harpón?

Pero Bentek, viviendo entre mudos, había acabado por tomar horror a la palabra y por perder casi la costumbre de hablar; de modo que no respondió más que por el monosílabo ¡pom!... ¡pom!... que acompañaba con gestos bruscos y precipitados.

—¡Ah! ya caigo—dijo Blasillo—; el viejo cormorán quiere probablemente hablar del cañón.

Blasillo no se equivocaba, porque apenas había terminado de hablar, cuando un cañonazo lejano se oyó, después otro y después otro. Finalmente, advirtieron un vivo cañoneo.

Eran los valientes de Massareo que destruían la otra tartana.

—¡Por los santos del paraíso!—exclamó el ardiente joven—, ya habla el cañón.

El gitano escuchaba silenciosamente, mientras que Bentek continuaba sin interrumpirse sus ¡pom!... ¡pom! y su viva pantomima. Blasillo, poniéndose apresuradamente un cinturón, colocaba en él su sable, su puñal y sus pistolas. Tenía ya el pie en la primera grada de la escalera del sollado, cuando el gitano, que se había hundido en el diván, le gritó:

—Blasillo, bebamos, hijo mío, y hablemos de la monja y del escalo del convento de Santa Magdalena.

—¡Beber... hablar!... ¿en este momento?—preguntó Blasillo, confundido, abandonando el cordón de seda rojo que iba a servirle para subir la escalera.

El gitano miró fijamente a Bentek, e hizo un gesto que el viejo negro comprendió en toda su expresión, porque en dos saltos desapareció.

—Sí, hijo mío, bebamos en este momento; porque, Blasillo, tú eres como el joven y ardiente savo que, como no distingue el grito inofensivo del alción del grito de guerra de la gaviota, afila sus uñas y su pico para sostener un combate imaginario.

—¡Cómo!...

—Escucha atentamente ese ruido, y no oirás que esos cañonazos sean contestados; si tú no estuvieses aquí, si no te hubieses visto obligado por ese levante del infierno a abandonar la pobre hermana de mi tartana, que, completamente desamparada, flota ahora al capricho de las olas como el nido desierto de una gaviota; si tú no estuvieses aquí, querido, yo no me quedaría tendido sobre este sofá, porque temería por ti. Así, pues, calma ese ardor, Blasillo; se trata seguramente de algún buque que ha zozobrado y que pide auxilio. Pero se equivoca; lo que hice ayer por ti, Blasillo, no lo hubiese hecho ni lo haré jamás por nadie.

—Le debo la vida una segunda vez, comandante; sin usted, sin la tempestad que me arrojó a su paso, yo me hubiera hundido con la desgraciada canoa en que navegaba al dejar la tartana.

—Pobre niño, tú habías maniobrado, sin embargo, con una rara habilidad para conducir a esos pesados guardacostas lejos de la punta de la Torre, mientras que yo desembarcaba el contrabando del tonsurado... Mala noche para él, Blasillo; ¿por qué blasfemaba?... el buen Dios le ha castigado—añadió riendo y vaciando su copa.

—¡Por el alma de mi madre, comandante! la segunda tartana marchaba como una dorada, ¡qué ligereza! hubiese virado en redondo en un vaso de agua. ¡Ay! ¿qué queda ahora de ese bonito y fino buque? ¡nada!... algunas planchas rotas o empotradas en las rocas.

—¿Llegué, pues, bien a propósito, Blasillo?

—¡Dios del Cielo! comandante, había perdido el palo mayor y el bauprés; las tres cuartas partes de la tripulación habían sido barridas por las olas, y las bombas no bastaban para achicar el agua ¡ay! No tuve más remedio que abandonar el buque, que a estas horas ya debe haberse hundido.

En aquel momento, el ruido del cañoneo se oyó tan distintamente, que el gitano se lanzó hacia el puente, seguido de Blasillo.

La noche era sombría y fresca, y el condenado, encontrándose en la misma dirección que la escampavía de Massareo, que tiraba del lado opuesto, había podido aproximarse sin ser visto, ya que el fogonazo de las andanadas no iluminaba más que el casco del navío sobre el cual tiraban.

El réprobo se dejó ir aún un instante, hizo apagar todas las luces, y se puso al pairo a medio tiro de fusil del guardacostas, que continuaba disparando, y cuyos tripulantes, atentos, estaban agrupados sobre los empalletados. Se oían perfectamente las voces de Santiago y del valiente Massareo.

—¡Por el Cielo! ¡es el casco de la otra tartana el que hunden esos perros!—exclamó Blasillo en voz baja, mostrando al gitano los restos del pobre buque, que, iluminado a cada andanada, comenzaba efectivamente a hundirse—. ¡Fuego sobre ellos, comandante, fuego!

—Silencio, niño—respondió el condenado.

Y se llevó a la cámara a Blasillo, haciendo descender también a Bentek.

Se sabe que después de la heroica expedición de Santiago contra la tartana que sólo tenía un inocente buey por todo defensor, se sabe que, vuelto a bordo, el digno teniente de la Urna de San José, había decidido al capitán Massareo a destruir la embarcación, esperando así borrar las trazas de su mentira.

Su voz agria y chillona lo dominaba todo a bordo de la escampavía.

—¡Vamos, valor, hijos míos!—decía—, Dios es justo y por su asistencia y la mía nos vemos libres de ese infernal gitano.

—¡Cómo!—preguntó el honrado Massareo—, ¿está usted bien seguro, Santiago, de que el condenado está entre el número de los muertos?

—¿Dónde quiere usted que esté, capitán? Con semejante tiempo no era posible salvarse a nado. Pero, escuche—dijo al ver que la tartana ya se hundía—; he querido reservarle una sorpresa; tengo la certeza de que ha muerto, porque yo mismo lo he derribado al suelo y lo he agarrotado.

—¡Tú!—dijo Massareo con aire de incredulidad.

—¡Yo!—contestó Santiago con un impudor inconcebible.

—Santiago, si puedes darme pruebas de lo que dices, ¡por el dedo pequeño del pie de San Bernardo!, la aduana y el señor gobernador de Cádiz te darán más escudos que los que necesites para armar y equipar un buen buque de tres palos y hacer viajes a Méjico.

—Una prueba, capitán... aunque no fuesen más que esos horribles aullidos... ¿cree usted que un hombre ordinario puede gritar de esa manera?... ¿quién quiere que sea más que el condenado?

Se trataba del desgraciado buey, que, presintiendo su fin, mugía lamentablemente.

—La verdad es, Santiago—repuso el capitán estremeciéndose—, que ni usted ni yo pediríamos socorro de esa manera.

—¡Y si hubiese visto usted al maldito—continuó Santiago—cuando yo le planté dos balas en el costado! ¡si usted hubiera visto al monstruo cómo se debatía! pero ¡por los siete Dolores de la Virgen! su sangre era negra, negra como el alquitrán, y olía tan fuertemente a azufre, que Benito creyó que quemaban mechas en la cala.

—¡Santa Virgen, tened piedad de nosotros!—dijo el bueno de Massareo interesado hasta el último punto—; pero, ¿por qué ha tardado usted tanto en dar esos detalles?

Como partió una andanada al mismo tiempo que la pregunta del capitán, Santiago aparentó no haberla oído, y continuó con una imperturbable impudicia:

—Aún le veo, capitán, todo vestido de rojo ¡el malvado! con unas calaveras bordadas de plata, y después una talla... ocho pies y algunas pulgadas; unos hombros... unos hombros anchos como la popa de la escampavía, y después una barba roja, cabellos rojos, ojos brillantes, y unos dientes... es decir, unos colmillos como un jabalí. En cuanto a los pies, los tenía torcidos como las patas de mi carnero Pelieko.

Massareo bendecía a Dios, persignándose de que, por su voluntad, se hubiera podido librar a la costa de un tal réprobo.

En aquel momento, la tartana se hundió destrozada, entre los alegres gritos de la tripulación del guardacostas, y el espesor de las tinieblas, que, durante aquel largo cañoneo, habíanse disipado a intervalos, parecía aumentar. El mar estaba casi tranquilo, y no se notaba más que una débil brisa del Sud.

—En fin—exclamó el capitán—, por la intercesión de Nuestra Señora y por el valor de Santiago, que puede contarlo como un milagro, nos hemos desembarazado de ese demonio. Pero que se haga la voluntad de Dios en todas las cosas. Hijos míos, de rodillas, y demos las gracias a Dios por ese testimonio de su bondad hacia los bienaventurados, y de su cólera contra los malditos.

—Amén—respondió la tripulación, que se arrodilló, y todos entonaron una especie de Te Deum de un efecto muy agradable.

El aire era pesado, la noche sombría, y a dos pasos no se distinguía un bulto.

Al fin del primer versículo se hizo el silencio, un profundo silencio. Massareo, solo, dijo:

—Dios de bondad, que velas por tus hijos y los defiendes contra Satanás...

No pudo decir nada más.

El, Santiago y todos los tripulantes, quedaron petrificados sobre el puente, con los ojos fijos, extraviados, y en una espantosa inmovilidad.

—Palabra de honor... creo...

Ya sabéis que el mar estaba tranquilo, la noche obscura... todo obscuro... ¡Pues bien!

Un inmenso foco de una luz roja y brillante se levantó de pronto; el mar, reflejando aquella claridad deslumbrante, hizo rodar olas de fuego, la atmósfera se inflamó y las cimas de los peñascales de la Torre se tiñeron de una luz purpurada, como si un vasto incendio hubiera hecho presa en la costa.

Aquella luminosa aureola era surcada en todas direcciones por largas, cintas de fuego que estallaban en mil chispas, se entrecruzaban y caían en lluvia de oro o de azul o de fuego. Eran millares de ardientes meteoros que centelleaban chisporroteando, vivos y frecuentes relámpagos de una blancura deslumbrante.

Y después, en medio de aquel lago de fuego aparecían el gitano y su tartana.

Era el gitano en persona rodeado de su tripulación de negros, cuyas repugnantes figuras semejaban máscaras de bronce enrojecidas al fuego...

El gitano, sobre el puente de su buque, completamente vestido de negro, con su gorro adornado de una pluma blanca, los brazos cruzados y montado sobre su caballito que llevaba una rica gualdrapa de púrpura, y cuyas crines, trenzadas de hilo de oro, caían formando globitos de cristal y de pedrería, sujetos con cintas de plata.

Al lado del réprobo y apoyado en el cuello de Iscar, se veía al joven Blasillo, vestido de negro también, y teniendo en la mano una larga carabina damasquinada; después, Bentek y sus negros, formados en dos filas, rodeaban silenciosamente los cañones, y el ligero humo blancuzco que se elevaba de cuando en cuando probaba que las mechas estaban encendidas y las piezas cargadas.

No había nada en el mundo más imponente que aquel espectáculo, que semejaba una aparición satánica; porque el profundo silencio de la tripulación del réprobo, su inmovilidad, el buque negro que, a los ojos de los españoles, que ignoraban que el gitano tuviese dos tartanas, parecía surgir del fondo del abismo en medio de oleadas de luz y de llamas, en el momento mismo en que la creían destruida para siempre; el rostro tranquilo y frío del condenado, cuya mirada tenía algo de sobrehumano, todo esto debía aterrorizar al desgraciado Massareo y a sus acólitos que no vieron en esta aventura pirotécnica más que el triunfo de Satanás.

La voz del condenado tronó, y toda la tripulación de la escampavía, que estaba arrodillada y como fascinada ante aquel extraño espectáculo, cayó de bruces contra el puente.

—¡Y bien!—dijo el gitano—, ¡y bien, valiente guardacostas, ya ves que ni el viento ni el fuego pueden nada contra mí, y que cada una de tus balas han reparado una de mis averías. ¡Por Satanás! mi dueño, ¿te atreverás aún a perseguir al gitano, creerás aún que miserables como tú y los tuyos puedan detener en su carrera al que resiste a los embates de la tempestad y a la voluntad de Dios?

Nadie en la escampavía se atrevió a contestar esta impertinente fanfarronada.

—Pero, ¡por la ardiente pupila de Moloch! ¿no respondéis? Vamos, que ese capitán que ha restaurado mi tartana con tanta diligencia, que ese valiente capitán se levante, o destrozo su embarcación. ¡Palabra de honor! Pensad bien, hermanos míos, que vosotros no encontraréis como yo en el fondo del Océano bravos demonios de alas de fuego que, saliendo de los abismos de lava ardiente en que se agitan, tomen vuestra escampavía sobre sus hombros para ponerla a flote. Porque la claridad que vosotros veis, hermanos míos, no es más que el reflejo de sus alas que han desplegado un momento. Por última vez, capitán, levántate, o atacaré tu navío con un cierto fuego que el agua bendita y los exorcismos no podrán apagar, te lo juro.

Los españoles sufrieron un instantáneo sobresalto, como si hubiesen recibido una conmoción eléctrica, pero nadie se levantó.

—¡Por la uña de Belcebú! es sin duda ese héroe del frac azul y de la charretera de oro que oculta su cabeza detrás de un cañón y que no se menea más que un pescado muerto... Blasillo, hijo mío, haz que esconda esa pierna que se le ve aún, porque el valiente se desliza como una culebra a lo largo de ese afuste.

Blasillo dejó caer el gatillo de su larga carabina, y el capitán Massareo, por el brusco movimiento que le hizo hacer su herida, se encontró casi sentado en el puente, fijando en el gitano unos ojos mortecinos que miraban sin ver.

Creo que la bala de Blasillo le había roto una pierna.

—Ve a decir a los sabuesos de la aduana y al señor gobernador de Cádiz, que yo hubiera podido destrozar e incendiar tu buque, y que no lo he hecho. Mírame bien—añadió el gitano poniéndose la punta de su índice en la frente amplia y despejada—, mírame bien, para que te acuerdes del condenado y de su clemencia; pero como mañana podrías creer que se trataba de un sueño, he aquí lo que te probará la realidad de tu visión. ¡Adiós, valiente!

Al mismo tiempo tomó una mecha de las manos de Bentek, y se aproximó a un cañón; el disparo partió, la bala silbó, rompió el palo de mesana del guardacostas, hundió una parte de la borda, mató dos hombres e hirió tres.

Apenas había resonado el cañonazo, cuando el inmenso foco de luz en medio del cual apareciera el gitano, se extinguió como por ensalmo, y la obscuridad profunda que reemplazó a aquella claridad deslumbrante, hizo las tinieblas más espesas aún; ya no se distinguía nada, ni se oía nada.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

—Y bien, Blasillo, ¿qué dices tú de mi venganza?—preguntó el gitano a su joven compañero después que se hubieron alejado mucho de la escampavía por medio de los largos remos de la tartana, cuidadosamente envueltos, de modo que la misteriosa desaparición del gitano pudiera pasar a los ojos de los españoles por un nuevo prodigio.

—¡Su venganza, comandante, su venganza! ¿Cómo hubiera tratado, pues, a los amigos?... ¡Dejar a esos miserables!... ¡Por la Virgen! ¡si supiera usted lo que yo he sufrido viendo a la pobre tartana caer pieza a pieza bajo el cañón de esos cobardes!

—¡Tú eres un niño, querido! si yo hubiera hundido a esos miserables y a su embarcación, ¿quién lo hubiera sabido? Se les hubiera creído perdidos a consecuencia del huracán, y mañana, otras dos escampavías se pondrían en mi persecución. Mañana, Blasillo, ni un brick, ni una fragata, ni un navío se atreverá a ello, tan grande ha sido el terror que he sabido inspirarles. Hubiera matado a doce cobardes; así paralizo el valor de diez mil bravos, porque en tu dulce país se pelea valientemente contra los hombres, pero aun se teme al diablo... Ya lo saben los frailes; así ellos se sirven de Dios como yo de Satanás, Blasillo. Ves, otra comedia.

Blasillo no respondió nada, pero preguntó al gitano qué es lo que pensaba hacer.

—Palabra, hijo mío, no hay que pensar en el contrabando; no nos queda ya más que un camino, y es el de ir a ofrecer nuestros servicios a los insurrectos de la América del Sur; pero antes de partir quiero ver a la monja. El terror de tus compatriotas durará mucho tiempo, Blasillo; además, nuestro retiro continúa siendo tan seguro y tan secreto como antes; hablemos, pues, Blasillo, del convento de Santa Magdalena.

—Hablemos, comandante.

Hablaron, y largamente.

En cuanto a Massareo y su tripulación, esperaron el día en la misma posición, es decir, con la nariz pegada al suelo, y únicamente cuando el sol estuvo bien alto se atrevieron a levantar la cabeza; pero como no habían maniobrado durante aquella noche terrible, se encontraron varados sobre la costa de Conil, enfrente del faro de señales.

Entonces aquellos desgraciados, pálidos y maltrechos, se miraron con espanto, y de un brinco se plantaron en la playa, echando a correr con toda la velocidad de sus piernas, como si el gitano les pisara los talones.

Encontraron un asilo en Conil; allí contaron detalladamente el prodigio, y este relato, ya desnaturalizado por ellos, tomó, al pasar por los labios de los campesinos de Conil y sus alrededores, un carácter tal, que ya no se trataba de una tartana, sino de un inmenso navío, tripulado por legiones de demonios que vomitaban llamas, con sus alas de fuego, y llevando a la cabeza al gitano—o mejor dicho, al mismo Satanás, como ya se dijo juiciosamente en la barbería de Flores—, que se había precipitado al fondo del Océano, en el momento en que la tartana se hundía a los cañonazos del guardacostas; en fin, una historia digna del Romancero, pero que, por absurda que fuese, y según la predicción del gitano, tuvo durante largo tiempo a todo el litoral en jaque y llevó a su límite máximo el terror que inspiraba el nombre del condenado.

XI

AMOR

Quisiera poseer tantos sentidos como
estrellas las hermosas noches para ocuparlos
todos en nuestro amor; pienso
que es por eso por lo que los ángeles son
dichosos entre todas las criaturas.
C. Nodier, «El rey de Bohemia».

¡Oh! ¡cuánto amo una noche de estío, una bella noche de España, con su cielo transparente y azul como en los más hermosos días de Francia, y su luna más brillante que su sol! porque entonces todo es misterio y silencio, todo se agranda en la obscuridad; porque entonces el ligero estremecimiento del ala matizada de una mariposa, una flor que, destacada de su aureola, cae zumbando sobre una hoja seca, el murmullo de las ramas que el aire agita y balancea, resuenan más fuerte a vuestro oído inquieto y atento que el cañón que truena en un día de fiesta.

¡Ved el convento de Santa Magdalena! ahora que el sol no le dora con sus rayos, ¡cómo se eleva imponente con sus negros y altos muros y sus vastos pórticos grises cortados en festones! ¡cuán bien sus pesadas torres, sus largas galerías desiertas encuadran en la sombría verdura de las viejas encinas! ¡cómo sus grandes sombras hacen resaltar la luz blanca y viva que alumbra los muros, platea los techos de plomo y la brillante flecha del campanario!

Ya os lo he dicho; todo es silencio, se distinguiría el vuelo de una abeja del de una mariposa.

¡Atención! ¿no oís los violentos latidos de un corazón que brinca y las inspiraciones de una respiración anhelante? ¿No oís hasta el ágil y fresco césped murmurar bajo el ligero peso que le aprisiona?

Deslizaos detrás de esa madreselva que rodea esa hermosa palmera con sus guirnaldas purpuradas... ¡Veis!... ¡Santo Dios! ¡es la monja! ¡es el gitano!

Un pálido y débil rayo de luna jugueteaba sobre el encantador grupo. El gitano estaba sentado a los pies de la monja, con los codos sobre las rodillas de la joven; él sonreía con amor a aquella cabeza de ángel, y se prestaba a los caprichos infantiles de la monja, que tan pronto le echaba el pelo sobre la frente amplia y elevada, como se la descubría apartando su espesa cabellera.

—¡Ángel de mi vida!—dijo al fin Rosita—, ¡yo quisiera morir así en tus brazos, con los ojos fijos en los tuyos, con mis manos entre las tuyas!

—Pues yo no, amor mío; lo que quisiera yo es vivir siempre así.

—¡Oh, sí! vivir siempre así, porque vivir es estar a tu lado; vivir es amarte... Así, mi plegaria de cada noche a la Virgen, es que proteja nuestros amores, querido mío.

—Ya los protege, querido ángel; ya ves, todo nos sale bien.

—Sin embargo, ¿te acuerdas de aquella tempestad? ¡Jesús! ¡qué espanto viéndote escalar los muros a la luz de los relámpagos, para volver a tu chalupa! El cielo parecía de fuego, ¡Virgen santa!, y yo vi más tarde, por las heridas de tus manos, que te habías visto obligado a agarrarte a los picos de las rocas para que las olas no te arrastrasen.

Y aun trémula al recuerdo del peligro pasado, le enlazó fuertemente con sus brazos como si quisiera substraerle a un peligro inminente.

—¿Te acuerdas? di...

—No, ángel mío, no me acuerdo más que del beso que me diste al decirme adiós.

—¿Te acuerdas de la corrida de toros? ¿te acuerdas del día que te vi en la llanura que se extiende ante el convento? ¡Oh! ¡cómo latía mi corazón cuando comprendí por tus gestos que me reconocías, y cuando oí tu voz bajo mi ventana!

—Y después—añadió en voz más baja—, cuando por medio de una flecha echaste una escala de seda en este jardín... ¡cómo temblaba mi mano al atarla al tronco de esa palmera!

—Mi mano temblaba también, Rosita.

—¿Te acuerdas?... Pero, ¿para qué hablar del pasado, amado mío? el presente es nuestro, el presente y su delirio, y su alegría embriagadora, y sus ardientes caricias, y su dulce abandono... Vaya... cuando esté sola, cuando, en un ardiente insomnio, se agite mi pecho y mis ojos se llenen de lágrimas, entonces... entonces será tiempo de invocar mis recuerdos.

Y su cabeza se inclinó sobre la del gitano, y sus bocas se oprimieron.

—¡Oh! ven—la dijo levantándola dulcemente—, ven a pasear bajo esos viejos naranjos y a respirar su perfume... ¡Mira! Rosita, yo soy tu caballero; esta sombría alameda es el Prado de Madrid; ven, amada mía, enlaza tu brazo al mío, baja el largo encaje de tu mantilla sobre tus ojos, y ven a ver estos hermosos carruajes y estas magníficas libreas. Y después, este viejo claustro negro y silencioso, es el teatro. Ven al teatro, resplandeciente de oro, de cristales y de luz. He aquí al rey, he aquí a la reina y a su corte deslumbrante de pedrería; los espectadores se levantan y saludan. Tú entras en tu palco, tu vestido es blanco como tu seno, en el pelo llevas prendida una flor roja como tus labios... También se levantan, Rosita, también se levantan por ti como por la reina de todas las Españas y dicen: «¡Qué bella es!»

Y la miraba sonriente como si quisiera descubrir un pensamiento de vanidad en aquella frente pura y cándida.

—¡Oh! prefiero el viejo claustro y tu amor—repuso ella; y como se aproximase a él, su pie tropezó con una piedra verdusca—. ¿Qué es eso, amor mío?—preguntó el gitano.

—¡Una tumba!—dijo la joven deteniendo al gitano para que no pisase aquella tierra sagrada, y persignándose.

—¡Cómo! ¡una tumba aquí, en el jardín de este claustro! yo creía que los cristianos no enterraban a sus muertos más que en una tierra bendita; ¿lo es ésta?

—No, ¡santa Virgen! porque se dice en voz baja, en el claustro, que esta tumba es la de Pepa; de Pepa, que un día se atrevió a huir de este santo retiro, pero fue alcanzada en el camino de Sevilla, su amante fue muerto al querer defenderla, y ella...

—¡Y bien! ¿y ella, querido ángel?

—¡Oh! ella fue llevada al convento, y murió en medio de los mayores tormentos. Tres años de suplicio, amor mío, acostándose sobre un lecho de aquellas piedras, sin dormir, sin descanso, golpeada cada día, y viviendo del alimento más miserable, en el cual echaban animales inmundos, para mortificarla y hacerla expiar su crimen, según decía la superiora.

—¡Por el disco del sol!—exclamó el gitano—; entonces, ¿si nos sorprendiesen?...

Y miraba a la joven con ansiedad, porque aquella cruel pregunta se le había escapado, por así decirlo, a su pesar, y comprendía todo lo que semejante suposición debía tener de espantoso para ella.

—Moriría como Pepa—respondió la niña sonriendo con una admirable expresión de amor y de resignación—; como ella, moriría por mi amante. No es la primera vez que se me ocurre.

—¡Cómo! ese horrible destino....

—Es mil veces menos horrible que pasar un día sin verte, sin decirte: Yo te adoro...—murmuró con los dientes apretados, y dejándose resbalar, estremecida, a sus pies.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

—¿Lo quieres tú? adiós, pues—contestó ella con un profundo suspiro.

—Sí, adiós, ángel mío, es preciso que nos separemos. ¿Ves? la noche ya es menos obscura, las estrellas palidecen y esa claridad rojiza nos anuncia la proximidad de la aurora. Adiós, pues, Rosita mía.

—Otro beso... uno solo... ¡el último! alma de mi vida.

Y el sol doraba ya las altas torres del convento, cuando aun duraba este beso.

Por fin el gitano se arrancó de los dos brazos que le estrechaban amorosamente, puso el pie en la escala de seda y la subió con su acostumbrada agilidad.

La monja, sentada al pie de la palmera, seguía todos sus movimientos con la mirada inquieta.

—Hasta la noche—decía ella—, hasta la noche, dueño mío, amor mío.

El gitano, que había llegado al último tramo, se volvía una última vez para sonreír a Rosita, y cuando se disponía a pasar al otro lado del muro, la escala, de pronto, se replegó sobre sí misma, se deslizó rápidamente a lo largo de la pared, y el gitano cayó a los pies de la monja, ensangrentado, mutilado, con el cráneo abierto. Seguramente habían cortado las amarras que sujetaban la escala por la parte de fuera.

—¡Me han hecho traición!—exclamó el gitano, y sus ojos se volvieron hacia la monja, que estaba arrodillada, con las manos juntas, pálida, inmóvil, la mirada fija, la respiración suspendida.

—Rosita, Rosita, trata de arrastrarme detrás de esos naranjos antes de que amanezca, porque yo no puedo valerme. ¡Oh! ¡sufro mucho!

El desgraciado se había fracturado el fémur y los huesos le agujereaban la piel.

—Rosita, amor mío, Rosita mía, ayúdame...—repetía con voz débil.

La monja lanzó una carcajada convulsiva y violenta, sus ojos se agrandaron de una manera espantosa, pero no se movió.

—¡Infierno! ¿es que la desgraciada se ha vuelto loca?—exclamó el gitano, y quiso tomar una mano de la joven, pero este movimiento le arrancó un grito penetrante.

Su fractura era viva y sangrienta.

De pronto se oyó un ruido, al principio sordo y confuso, en la dirección de la puerta del jardín.

—Rosita, Rosita, es tu amante quien te lo suplica, sálvate tú, al menos sálvate tú—decía el gitano en un tono desgarrador.

La joven permanecía inmóvil y arrodillada ante él.

El ruido se hacía cada vez más próximo y distinto, y el herido intentó arrastrarse detrás de una espesa mata de madreselva, que podía ocultarle a todos los ojos.

Después de sufrimientos inauditos, lo consiguió.

En aquel momento se abrió la puerta del claustro, y una multitud de carabineros, frailes y gente del pueblo invadió el jardín lanzando atroces rugidos.

—¡Muera el condenado! ¡muera el maldito!—gritaban todos.

El gitano se deslizó como una serpiente detrás de un macizo de áloes. La multitud llegó cerca del muro, y allí, junto a la palmera, encontró a la monja, siempre arrodillada, siempre inmóvil y con las manos juntas.

Aquellos gritos desordenados la sacaron del paroxismo en que estaba abismada; bajó los ojos, vio sangre aún reciente en el suelo y sonrió. Pero sus labios estaban tan convulsivamente apretados, que aquella sonrisa resultaba atroz.

La muchedumbre se estremeció, hizo la señal de la cruz y permaneció muda.

La monja, entonces, haciendo signo con la mano a los que la rodeaban, se puso a seguir el rastro de sangre que el gitano había dejado sobre la arena.

Todos marchaban en silencio, llenos de horror; llegaron por fin al matorral que ocultaba al gitano.

Rosita entonces, se detuvo un momento para separar las hojas espesas y barnizadas de los áloes, se abrió paso a través de la maleza, se arrastró hasta el lado del maldito, lanzó un grito terrible, y cayó... muerta...

—El renegado está ahí; cercad ese lugar y rechazad al pueblo.

—Ríndete, perro, porque veinte carabinas te están apuntando—exclamó el comandante de los carabineros.

—Pobre niña, por lo menos no sufrirás sus torturas—dijo el gitano mirando a la monja, y una lágrima que los más espantosos dolores no le habían podido arrancar, cayó sobre su ardiente mejilla.

—¡Ríndete, renegado! ¡o mando hacer fuego!—repetía el comandante.

—Sois unos valientes, hijos míos—respondió el gitano—: el ciervo está herido ¡y aun le teméis! hermosa caza, en verdad.

Y se calló; entonces se precipitaron sobre él, lo agarrotaron, y tres días después estaba en Cádiz, en la prisión de San Augusto, bajo la custodia de un batallón de milicianos.


Desde hacía tiempo, los pescadores, al señalar la presencia de una canoa que cruzaba por la noche a la vista de los muros del convento, habían despertado las sospechas del alcalde; fueron apostados unos cuantos hombres detrás de las rocas, se espió los pasos del gitano; fue seguido, se le vio abordar, lanzar la escala, y cuando creyeron, por la tensión de las cuerdas, que él subía, las cortaron por fuera, y ocurrió lo que ya sabéis.

XII

LA CAPILLA ARDIENTE

¡Por mi birreta! creéis que se está
cómodamente sobre un edredón de
este tela, exclamó La Balue tratando
de estirarse en su jaula de hierro.
De Forges le Routier, «Hist. del tiempo de Luis XI».

En medio de la plaza de San Juan, cerca de la muralla, se eleva una linda rotonda, cubierta de un techo de estaño, reluciente como la cúpula de un minarete. El espacio que existe entre cada columna ha sido cubierto con fuertes rejas de hierro, de modo que este monumento representa bastante bien una vasta jaula circular.

En el centro de ella hay una hermosa capilla adornada con cirios de cera blanca, con ricos osarios de paño negro y calaveras bordadas en plata; al pie del altar, a un lado, se ve un sencillo ataúd de pino, abierto y preparado; al otro lado, una cama compuesta de tres tablas y un saco de ceniza; en otro departamento, separado por una balaustrada, hay un hombre vestido de rojo, que reza arrodillado. Otro hombre, está sentado al borde de la cama y se encorva bajo el peso de gruesas cadenas: es el gitano—y aquel ataúd es el suyo—: el hombre que reza arrodillado es el verdugo.

El gitano ha sido juzgado y condenado, y, según la costumbre, ha de permanecer en la capilla o capilla ardiente los tres días que preceden a su suplicio.

Esta costumbre extraña, legada por la inquisición, consiste en cantar al condenado las preces de los agonizantes durante el tiempo que pasa en capilla.

En impedirle que duerma, ni de día ni de noche, a fin de que mortifique su cuerpo y su alma y de que pueda meditar a su placer sobre el largo viaje que pronto ha de emprender.

En ofrecerle todos los consuelos religiosos que puedan darle los monjes y los capuchinos.

En habituarle dulcemente a la vida de la nada, poniéndole bajo los ojos el ataúd que debe recibir su cadáver y el verdugo que debe librarle de esta vida de miseria y de tribulación.

Al verdugo también se le obliga a permanecer allí, pero por otro motivo; se trata de purificarle por anticipado del homicidio que va a cometer.

Todo transcurría, pues, en el orden apetecido; los cirios ardían, los monjes cantaban, el verdugo rezaba, y el ataúd abierto esperaba.

El gitano bostezaba formidablemente, y esperaba la hora del suplicio con tanta impaciencia como el hombre que tiene mucho sueño y desea tenderse en su cama.

Sin embargo, faltaban aún diez y siete horas.

Los monjes cesaron de cantar, porque la voz se fatiga; el verdugo se levantó, porque la presión del pavimento sobre las rótulas es bastante dolorosa. Una bota de cuero llena de vino circuló entre los frailes y el verdugo. Justo es decir que éste bebió el último; y como después de todo era bueno y humano, pasó la bota a través de los barrotes y la ofreció al gitano.

—Gracias, hermano—dijo éste.

—¡Por Cristo! ¡está usted muy aburrido!—replicó el digno hombre—; pero, ya lo veo, usted me desprecia a causa de mi profesión. Escuche, pues, compadre, todos tenemos que vivir; yo tengo obligaciones: una abuela enferma, una esposa adorada, y dos hijos pequeños, con sus hermosos cabellos rubios y frescas mejillas rosadas... Y además...

El gitano le interrumpió por un movimiento tan brusco, que todas sus cadenas resonaron como si se hubieran roto.

—¡Es posible!—decía con los ojos fijos sobre una robusta joven que, mezclada con la curiosa muchedumbre, había abierto un momento su capa de seda negra, haciéndole un signo expresivo—. ¡Blasillo, Blasillo aquí!

Las salmodias de los capuchinos comenzaron con un nuevo vigor, y el hombre de la casaca roja continuó la obra de su purificación, mientras que el gitano caía de nuevo en sus meditaciones, porque la joven que le llamara la atención había desaparecido.

Vencido por la fatiga y el insomnio, empezaba a dormitar, cuando un carmelita que lo advirtió, le hizo cosquillas con una pluma en la nariz, diciéndole:

—Piensa en la muerte, hermano.

El gitano se despertó sobresaltado y lanzó una mirada terrible al santo varón.

—Más bien debe bendecirme, hermano—dijo éste—, porque ahí tiene usted al reverendo Pablo, superior de San Francisco, que viene a verle.

En efecto, un robusto monje entraba en el recinto, con los ojos bajos, las manos cruzadas sobre el pecho.

Ave Maria purissima, mater Dei—murmuró aproximándose y haciendo un gesto al carmelita, que se alejó.

El fraile se sentó al lado del gitano, que le miraba con una singular expresión de desprecio y de ironía; y, habiendo suspirado muchas veces, se expresó como sigue, con una vocecita agria y chillona que contrastaba con la enorme mole de su cuerpo:

—Que el Cielo le ayude, hermano.

—Diga más bien el diablo, hermano.

—¿Se obstina usted, pues, en morir en la impenitencia?

—Sí.

—Piense, hermano, de qué gloria se cubriría usted haciendo una abjuración de sus errores y entrando en nuestra santa Iglesia.

—¿Vale la pena por tan poco tiempo?

—¿Y la vida eterna, hermano?

—No se haga usted el santo conmigo, compadre; lo que le interesa sobre todo es que sea un religioso de su orden el que haya llevado a cabo la conversión; lo comprendo, una conversión como ésta podría proporcionarle un centenar de clientes, y eso vale la pena.

—El Cielo, hermano, es testigo de...

—Acabemos; todo esto es tan pesado y tan bajo, que usted me inspira repugnancia. ¡Hola! compadre del chaleco rojo; ¿tan pronto se olvida usted de los amigos?—dijo el gitano al verdugo sin querer responder a las súplicas del reverendo.

El verdugo acudió corriendo, con la cara risueña y bonachona.

—En hora buena—dijo el gitano—; hablemos un poco, porque eres tú, mi buen amigo, el que vas a enviarme a la eternidad. ¡Hermosa profesión la tuya! Tú haces lo que Dios no podría hacer: a una hora fija, en un punto dado, apagas una vida como se sopla una vela.

—Lo cierto es, hermano, que esto no dura mucho más—respondió el verdugo sonriendo.

—Figúrate que esas gentes quieren que me confiese; bueno, me confesaré contigo; oirás singulares revelaciones; pero, no, tendrías miedo...

El hombre del chaleco rojo palideció. El fraile, que se había callado hasta entonces, se levantó, salió un momento y luego entró acompañado de dos vigorosos gallegos cargados con cuerdas.

—Hermanos—les dijo dulcemente mostrándoles al gitano—, ese pecador empedernido es bien digno de lástima; impedidle que se condene por anticipado pronunciando tan horribles blasfemias. ¡Amordazadle, hijos míos! y que Dios tenga compasión de él.

Dicho esto se fue, y los gallegos amordazaron al gitano, cuyos ojos se volvieron rojos y brillantes como dos brasas encendidas.

Como parecía bastante tranquilo, al cabo de dos horas le quitaron la mordaza, máxime cuando que algunas lindas mujeres de la mejor sociedad de Cádiz, que se agrupaban alrededor del recinto, habían hecho muy justamente observar que sería imposible ver bien las facciones del gitano mientras aquella villana placa de cuero le cubriese la nariz y la boca.

La mordaza, pues, cayó ante tan filantrópicas razones.

Pero no todo el mundo se interesaba tan tiernamente por el gitano; los unos aplaudían la decisión de la Junta, los otros se prometían un gran placer el día del suplicio, muchos, incluso dirigían furibundas imprecaciones al gitano que se contentaba con sonreír.

Uno entre tantos, un hombre alto, seco y pálido, el corregidor de Sevilla, que se encontraba en Cádiz para seguir un proceso, se encarnizaba sobre todo con el desgraciado reo; a cada instante le decía:

—¡El infame!... ¡Qué dicha para la sociedad que semejante monstruo sea castigado con arreglo a sus culpas!... Le vería estrangular con placer.

Parece que por fin el gitano se cansó de tantas injurias.

Enderezó altivamente la cabeza, y dijo con voz sonora:

—Señor Pérez, ¡es usted poco caritativo!

—¿Quién ha dicho mi nombre a ese miserable?—preguntó el hombre, pálido, confuso y extrañado.

—¡Oh! amigo mío, no es sólo eso lo que sé; ¿y su quinta a orillas del Guadalquivir? ¿y aquel lindo tocador tapizado con esteras de Lima, con sus persianas verdes y su pila de mármol blanco?

—¡Jesús! ¡cómo ese demonio puede saber!...

—Es allí donde, durante el ardiente calor del día, la señora Pérez va a buscar el silencio y el fresco.

—¡Perro! no profanes un nombre respetable. Pero, ¿no hay leyes, no hay justicia más rigurosa? Mientes; cállate, o te hago amordazar de nuevo—decía el corregidor enfurecido.

Pero la multitud, que comenzaba a encontrar la conversación muy divertida, se aproximó más, y como el señor Pérez se encontraba en la posibilidad de huir, el gitano continuó:

—Dice usted que miento, señor Pérez, ¿quiere usted pruebas?

—¡Te callarás, renegado!

—Helas aquí, pues. La señora es bella y joven, morena, con unos ojos negros como el ala del cuervo; gruesa y rosada, con un pie, una cintura y una mano que harían volver loco a un canónigo del Escorial.

—¡Infame! te atreves...

—En fin, debajo del hombro izquierdo tiene un lunarcito negro, coquetón, aterciopelado, que hace saltar aún la deslumbrante blancura de una piel de raso... Pero eso no es aun todo.

El corregidor espumarajeaba de rabia y no podía encontrar una sola palabra para contestar al gitano ni a las guasas con que la multitud le asaeteaba. Por fin exclamó, precipitándose sobre la reja:

—Pero ese infernal gitano ha sabido eso por alguna camarera de mi mujer... o bien es que...

—No, señor Pérez, no—repuso el gitano—; lo he sabido por el capitán de fragata que usted recibía en su casa, en Sevilla, porque ese capitán... era...

—¡Acaba, pues, malvado!

—¡Era yo!... ¿Ya está bautizado su hijo, señor?

El furor del señor Pérez no tuvo límites; se aferró con violencia a la reja; vanos esfuerzos, porque el gitano estaba al abrigo de su cólera.

—Ya lo sospechaba. ¡Y no será ahorcado más que una vez!—aullaba el infortunado corregidor sin soltarse de la reja.

Por fin, amigos caritativos le arrancaron de allí, la multitud se dispersó poco a poco, y cuando llegó la noche ya no había casi nadie alrededor de la capilla.

—Por fin me han dejado libre esos curiosos estúpidos—dijo el gitano cuando daban las once en el reloj de San Francisco—. Pero no, ahí vienen otros, y de la más peligrosa especie—dijo viendo a dos sacerdotes, con sotana negra, que avanzaban hacia la capilla.

El hermano guardián salió a su encuentro.

—¿Qué quieren ustedes?—preguntó duramente al de más edad, porque ya se sabe el odio que la raza monacal tiene al resto del clero.

—Oír a ese cristiano que nos ha enviado a llamar—respondió gravemente el sacerdote.

—¡Es imposible! ¡Por Santiago! Ha despedido al reverendo padre Pablo tratándole como a un arriero borracho.

—Es decir, ¡que nosotros mentimos, perro maldito!—exclamó el sacerdote más joven.

El gitano, tranquilo hasta entonces, había sido simple espectador de aquella escena; pero al oír aquella voz bien conocida, exclamó:

—¡Miserable carmelita, deja entrar a esos sacerdotes! soy yo, el gitano, quien los ha enviado a buscar para comunicarles mis últimas voluntades, para confesarme. ¿Qué esperas, pues?

—Puesto que usted lo quiere, sea, hermano—dijo el fraile desconcertado—; pero, por la Virgen, ha hecho usted una tontería no aceptando la mediación del padre Pablo! ¡Tan bien como está con el Eterno! Amén.

En el momento en que el guardián iba a atravesar el recinto que le separaba del gitano, el joven sacerdote se arrojó sobre la mano del gitano, cubriéndola de lágrimas.

—¡Imprudente! ¿quiere usted perderse?—exclamó su compañero poniéndose ante él para que el carmelita no pudiera verle.

Cuando éste se hubo alejado se aproximó al gitano y le dijo:

—Ya sé, señor, cuáles son sus intenciones, sus creencias, su voluntad; yo no abusaré de estos momentos que son preciosos; óigame: Hace una hora, ese joven, que es quizás el único amigo que usted tiene en el mundo, se arrojó a mis pies... Me lo ha dicho todo, sus crímenes, sus errores de usted... Luego me ha pedido que le proporcionara una última entrevista con usted que él quería tener a todo trance, y he consentido. Ha sido quizás una debilidad, pero en el momento solemne en que usted se encuentra, he creído, puesto que usted se niega a aceptar los consuelos de la religión, que por lo menos los de la amistad le ayudarían a hacer más soportable su situación. Ya lo sabe usted todo... Cuando sea media noche, tendremos que dejarle... Yo, mientras tanto, voy a rezar por usted, porque el hombre capaz de inspirar semejante abnegación no debe ser enteramente criminal.

Y el venerable sacerdote se arrodilló al pie del altar.

—Señor—dijo el gitano—, siento mucho que tenga tan poco tiempo para expresarle mi reconocimiento...

—El tiempo pasa...—repuso el sacerdote.

—¡Ay! sí—dijo el gitano.

Y dirigiéndose a Blasillo, porque era él quien, sombrío y abatido, le miraba fijamente:

—¡Qué tal! Blasillo, hijo mío, adiós. Nuestros proyectos...

—¡Mi comandante! ¡mi pobre comandante!

Y lloraba.

—Mira, si siento dejar la vida, es por ti; te amaba.

—Yo no le sobreviviré.

—Niño, ¿no tienes aún mi tartana y mis negros? Vete, huye a América... eres joven, valiente...

—No, yo le vengaré... aquí.

—Blasillo, te lo prohíbo; tú ejecutarás mis órdenes.

—Usted será vengado. Mi plan está aquí, fijo, cierto como la muerte que le amenaza, porque usted va a morir. ¡Usted tan valiente, tan grande! ¡morir! ¡morir como un miserable!—decía Blasillo en voz baja para no despertar las sospechas de los guardianes, y se retorcía los brazos.

El gitano puso una mano sobre su frente.

—Mira, Blasillo, acabemos esta escena; es atroz. ¡Adiós! Déjame.

—Comandante, aun no, aun no...

—Escucha, hijo mío; en una cajita de hierro encontrarás un mechón de pelo: es de mi pobre hermana; encontrarás también un viejo cinturón: es el que mi padre llevaba cuando le mataron: quema ambos objetos. Lo demás te pertenece, todo, hasta el saquito que te hará dueño del judío de Tánger, si es que tienes el capricho de volver por allá.

—Pero ¡no poderle salvar! ¡ver su agonía, sus sufrimientos!

—¡Por el rayo, Blasillo! ¿olvidas, hijo mío, nuestras largas y rudas travesías, nuestros sobresaltos, nuestros peligros, seguidos siempre de nuevas fatigas?... mientras que mañana, Blasillo, descanso, y descanso de verdad, y para siempre. No me compadezcas, pues; si sufro, es por ti. En fin, adiós; huye de España, vete a otro país; vende la tartana y los negros, vete a vivir tranquilo y dichoso, y, en medio de tu felicidad, acuérdate alguna vez del gitano.

Blasillo cayó a sus pies.

—¿No te parece, hijo mío, que es una lástima acabar mi vida por donde debería haberla comenzado? Si yo hubiese tenido a los veinte años un amigo como tú y una amante como Rosita, no estaría en este lugar, tendría aún ilusiones, una familia, dulces afectos, y me extinguiría dulcemente un día rodeado de mis nietecitos... ¡Singular destino!...

Y después de una pausa, se quitó un pañuelo de seda roja que llevaba al cuello y se lo dio a Blasillo.

—Toma, lo llevarás en recuerdo mío. ¡Adiós!

—¡Ah! hasta la muerte...

—¡Vamos!... ¡adiós!...

El reloj de San Francisco dio las doce.

Cada campanada vibraba de un modo desgarrador en el corazón del pobre niño; a la última, cayó desvanecido.

El gitano lanzó un grito, el sacerdote acudió corriendo y el carmelita también.

—¡Virgen santa! ¿qué tiene su compañero?—preguntó el guardián.

—Nada; la emoción que le ha producido el oír tan grandes pecados.

—Vaya, hijo mío, tranquilícese—decía el buen anciano levantando a Blasillo.

Este volvió en sí, miró a su alrededor, y se precipitó de nuevo en los brazos del gitano.

—¡Cuánta caridad!—decía el guardián—; va a herirse con las cadenas de ese bandido.

El sacerdote se vio obligado a arrancarle de sus brazos casi sin conocimiento.

—Señor—le dijo el gitano—, quisiera volver a ver a usted mañana.

Se quedó solo, meditó profundamente toda la noche, y cuando las campanas del Angelus y la primera claridad del día le sacaron de su ensimismamiento, se pasó la mano por la ancha frente, y dijo:

—Por mucho que haga, no puedo creer en la eternidad.

Después añadió sonriendo:

—¡Y no me disgustaría equivocarme!

XIII

EL GARROTE

Me parece que debe usted sentir
dejar esta hermosa vida, le dije yo
con el aire del más grande interés.
J. Janin, «El asno muerto».

(En medio de la plaza de San Juan se eleva un estrado, al que dan acceso dos escaleras; en el centro, un sillón de madera muy sencillo, adosado a un largo palo; dos filas de milicianos se extienden a cada lado del cadalso y forman un largo cordón que llega hasta la capilla. Una numerosa multitud llena la plaza y las ventanas, los balcones y los tejados de las casas de la misma: las murallas y hasta las fortificaciones, han sido también invadidas por la multitud. Son las once, de la mañana, el sol brilla, y la alta cúpula de San Juan, se destaca sobre un cielo puro y azul).

El barbero Flores (a un hombre del pueblo).—Hágame el favor, compadre, de ponerme delante de usted, porque como no soy muy alto, podrá usted ver por encima de mi cabeza, y, ¡Dios me salve! estos espectáculos son desgraciadamente tan raros, que entre cristianos hay que ayudarse en la vía de salvación.

El hombre del pueblo.—Pase, pues, señor, y no me olvide en sus oraciones.

Flores.—La Virgen del Carmen le bendecirá, compadre, y usted no se arrepentirá de haberme hecho ese favor cuando sepa que yo conozco curiosos detalles de ese renegado que van a ajusticiar.

Una joven.—¡Virgen santa! ¿Usted lo ha visto, quizá? ¡qué dicha! semejante suerte no se ha hecho para gentes como nosotros; durante los tres días que el reo ha pasado en capilla, los buenos puestos delante de la reja no eran más que para las grandes damas.

Una joven (cargada de cintas y llena de afeites y de lunares).—Yo soy, pues, una gran dama, porque yo le he visto como veo la bacía de ese barbero de piernas de garza ¡y por mi patrona!...

Flores (encolerizado).—Tu patrona, hija mía, no figura en el calendario, y si no me equivoco, ha dado muchas veces la vuelta a la ciudad, con la cabeza rapada, y montada en una burra, con la cara vuelta hacia la cola...

La joven (sacando la navaja de la liga).—Barbero del infierno, tu garganta es demasiado estrecha para esas palabras; ¡por Cristo! te la voy a ensanchar.

Un majo.—¡Vamos, cállate, cállate, joven de las cintas! vuélvete a la calle del Fideo a tocar la guitarra y a echar flores a los transeúntes detrás de tu celosía. Si has visto al gitano de tan cerca, es que seguramente el verdugo te habrá ayudado muchas veces a ponerte la mantilla, y te habrá protegido en estas circunstancias. (Quitándole el cuchillo). ¡Demonio! no juegues con este alfiler, porque te puedes pinchar y yo también. ¿Quieres que la devuelva a su sitio, hermosa?

La joven.—¡Hereje! pero seré vengada, porque ahí viene el hermano José.

Un capuchino (llevando en una mano una linterna con dibujos que representan diablos entre llamas, y en la otra una bolsa).—Por las almas que sufren en el purgatorio, hermanos, dad una limosna y Dios os lo pagará. (Los asistentes saludan humildemente, se arrodillan con compunción, pero no dan nada.)

La joven de las cintas.Ave Maria, hermano José, tome este real y ruegue porque ese perro de majo sea destripado en la primera juerga que corra. Diga, hermano José, ¿le veré pronto? Mi estera es blanca; mis alcarrazas tienen flores frescas y yo le guardo magníficos cigarros de la Habana.

El capuchino (volviendo rápidamente la espalda, y gritando en alta voz).—¡Por las almas del purgatorio, señores!

La joven.—Hermano José, hermano José, ¿me ha olvidado, usted, pues? y sin embargo, yo no he omitido ni una misa ni un Angelus.

Flores.—Parece, compadres, que el reverendo dirige la conciencia de la señora: afortunadamente es robusto, porque esa debe ser una terrible tarea. ¡Amén!

La joven.—¡Caramba! ¡es bien duro oír calumniar así a un santo varón por un comunero, un masón!

Muchas voces.—¡Un masón! ¡un comunero! ¿dónde está el masón?

Flores (palideciendo).—¡Por el seno de tu madre! cállate, niña, y no gastes esas bromas; no hizo falta más para que Pérez fuese molido a palos.

La joven.—Ya lo oyen señores, él conoce a Pérez, que recibió, por la gracia de Dios, más bastonazos que barbas ha rapado ese barbero hereje en su vida. Ved, si no; lleva una cinta verde al cuello; por la Virgen que me ve y me ilumina ¡es un masón! alejadle, pues, hijos míos, alejadle. (Rumores en el pueblo.)

Muchas voces.—¡Al agua el comunero! ¡Muera el masón! ¡Al agua!

Flores.—Les juro por la sangre de la cruz, compadres, que esa cinta no significa nada, y que...

Un campesino (golpeándole).—¡Toma, recontra! ¡ah! ¡y te atreves a mezclarte con los cristianos!

Otro.—¡Toma! ¡toma! y a ver si tus hermanos te socorrerán, demonio; llámales en tu auxilio.

Muchas voces.—¡Al agua, al agua!

La joven.—Bravo, señores, la Virgen os bendecirá; llevad su cinta verde y su cabeza al alcalde, y no os faltarán los doblones ni las indulgencias para la Cuaresma.

Flores (golpeado, desgarrado, lleno de polvo, pasa de mano en mano hasta la muralla que baña el mar; allí, un vigoroso andaluz le agarra y le echa al agua gritando).—¡Dios me salve! ¡Así mueren los masones herejes y los constitucionales, enemigos del rey absoluto!

La multitud.—¡Bravo! ¡Viva el rey absoluto!

Un marino.—¡Silencio, hijos míos, silencio! he ahí el cortejo que ya empieza a desfilar. ¡Vive Dios! es un hermoso día para mí.

Un campesino.—Para usted y para todos, señor marino.

El marino.—Para mí más ¡por Santiago! ¿No estaba yo a bordo del guardacosta que le dio caza?

Muchas voces.—¡Cómo, señor! ¡Usted asistió a ese espantoso combate! ¡Virgen santa! ¡y aun vive!

El marino.—Afortunadamente habíamos comulgado la víspera; a no ser por eso el demonio nos hubiera arrastrado al fondo del infierno.

Un campesino.—Pero, ¿cómo ocurrió eso, señor? Porque se había dicho que ustedes hundieron su tartana.

El marino.—Y es cierto, compadre, pero acto continuo reapareció a nuestra popa, cubierta de llamas y con más de diez mil demonios encima que lanzaban fuego por boca y ojos.

Muchas voces.—¡Virgen santa! ¡rogad por nosotros!

El marino.—Y en medio de ellos el gitano que se debatía blasfemando e insultando a todos los santos del Cielo y al señor gobernador.

La multitud.—¡Jesús, qué horror! ¿y cómo os librasteis del monstruo?

El marino.—Afortunadamente el capitán tenía una botella de agua bendita por el arzobispo de Toledo, y como el infernal buque estaba muy cerca, se la echamos a bordo.

El campesino.—¿Con un cañón, compadre?

El marino.—No, compadre, a mano; y entonces todo se hundió como por encanto, entre los rugidos de los demonios.

Un caballero.—Pero, señor marino, ¿cómo se ha dejado prender el gitano en el convento si estaba dotado de ese poder infernal?

El marino.—Precisamente porque estaba en un lugar sagrado.

La multitud.—¡Claro! ¿Quién se atreve a dudarlo?

El caballero.—Pero, ¿una vez fuera del convento, no podía recuperar su poder?

El marino.—No, porque se había tenido buen cuidado de cargarle de cadenas... ¡casi no podía andar!...

El caballero.—¡Como que tenía una pierna rota!...

Una mujer.—Lo hacía ver, pero era para engañarnos...

El caballero.—Yo, señores, no lo veo muy claro...

Una mujer.—¡Entonces usted no es cristiano!... ¡Virgen del Carmen! ¡no quiere creerlo!...

El caballero (acordándose de la suerte de Flores).—Señora, yo lo creo todo y he prometido un cirio de treinta libras a la Virgen del Pilar; mire, aquí tengo un rosario...

Muchas voces.—¡A ver!...

El caballero (muy pálido).—Mirad... y además, aquí tenéis una carta del superior de San Juan dirigida a mí. Leed...

Muchas voces.—No sabemos leer... No le creáis... es un lazo que nos tiende... ¡Al agua!

(Afortunadamente en aquel momento se oyen más sonoros que nunca los cantos de los frailes que acompañan al cortejo, y la multitud deja al pobre hombre, que se refugia en una taberna.)

Una mujer.—¡Ah! ¡qué dicha, Virgen santa! Aquí está la procesión. Mira, Juana, estamos muy cerca del cadalso, y tiene dos escaleras.

Juana.—Eso es porque el reo había mandado un navío de guerra; el verdugo subirá por una escalera y él por otra.

Un hombre.—¡Demonio, qué injusticia! se concede eso a un renegado y se me negaría quizás a mí.

Juana.—Mira, Pepa, los penitentes con el ataúd.

Pepa.—Detrás va el verdugo ¡Virgen santa! no es feo para ser un verdugo; sólo que está muy pálido.

Juana.—Muy sencillo; es el verdugo de Córdoba que viene a reemplazar al nuestro, y como nunca ha matado aquí... pues, claro, se encuentra cohibido...

Un hombre.—Decid, comadres, ¿veis al gitano?

Juana.—No, hijo mío... Tenga cuidado, joven (dirigiéndose a Blasillo que llega en aquel momento envuelto en una capa y que se abre paso a codazos)... por poco me tira usted al suelo... Eso es... póngase delante, en el mejor sitio. (En voz baja a Pepa). ¡Jesús, Pepa! ¿Has visto qué mirada? ¡Parece que le arden los ojos!

Pepa.—¡Ah! será el hijo de alguna víctima del reo... Pero, ya está aquí... ¡Qué alegría, Virgen santa! Desde el día de mi primera comunión, nunca había estado tan contenta...

Muchas voces.—¡Muera! ¡perro maldito! ¡muera el gitano!

Un hombre.—Doy veinte escudos por reemplazar al verdugo.

Otro.—Yo cuarenta, pero quiero degollarle, que se vea su sangre.

Una mujer (arrojando un rico rosario a los pies del alcalde).—Ese rosario vale veinte doblones; lo regalo a la Virgen, pero con la condición de que me lo dejen matar a mí.

Blasillo (pisoteando el rosario y agarrando violentamente el brazo de la mujer).—¡Silencio! ¡silencio, si es que tienes aprecio a la vida!

La mujer.—¡Socorro, Dios mío! este muchacho me hunde las uñas en la carne.

Muchas voces.—¡Silencio! ¡que se calle!

(Llega el gitano cargado de cadenas; marcha apoyado en el sacerdote, y lleva un ramito de jazmín entre los dedos.)

Un hombre.—¡Bravo! ya está aquí; ¿sabéis que el verdugo está más pálido que él?

Juana.—¡Jesús! el renegado no ha querido un fraile y se hace acompañar por un sacerdote. ¡Qué corrupción!

Una voz.—¿Se han fijado, señores, cómo va vestido?

Juana.—Todo de negro... ¡Jesús y qué desvergonzado! En lugar de pensar en la eternidad va oliendo una ramita de jazmín...

Un hombre.—El infame no parpadea siquiera. ¡Muera! ¡muera!

El sacerdote.—Debe usted sufrir mucho... apóyese en mí. ¡Ay! ya estamos bien cerca de...

El gitano.—Del término de nuestro viaje, es cierto.

Muchas voces.—¡Muera el perro! ¡muera! ¡Que le partan en pedazos!

El gitano.—Cómo gritan...

El sacerdote.—Sí, pero piense usted...

El gitano.—¡En la muerte! ¡Para qué! ahí está el amigo del chaleco rojo que ya piensa por mí.

Un hombre.—¡Que le crucifiquen! ¡Que le quemen a fuego lento!

El gitano.—¡Qué sol tan puro! ¡qué cielo tan hermoso!

El sacerdote.—Sí, hijo mío, piense usted en el cielo, en el cielo...

El gitano.—Ya hemos llegado; adiós, amigo mío; venga esa mano. Tome esta flor, es todo lo que tengo; guárdela. Adiós, mi buen amigo.

El sacerdote.—¡Ah! ¡con ese valor, con esa energía! ¿qué destino hubiera sido el suyo?

El gitano (enjugando una lágrima).—Es verdad...

El populacho.—¡Oh! el cobarde llora. ¡Muera el cobarde!

El gitano (sonriendo).—¡Es singular! Por un amargo azar del destino cuando estoy a punto de dejar la vida es cuando encuentro los afectos que tan ardientemente he buscado; cuando encuentro a Blasillo, a Rosita y a usted... y a usted sobre todo que me haría creer hasta en la virtud...

El pueblo.—¡Muera el condenado! ¡El apóstata! ¡Ya tardan demasiado!

El verdugo.—Señor gitano, el pueblo se impacienta.

El gitano.—Nunca me perdonaría el hacer esperar a su señoría. (Tiende las manos al sacerdote). Adiós, amigo mío.

El sacerdote.—Aun no le dejo.

(El gitano pone el pie en el primer escalón; Blasillo se aproxima a él y le estrecha la mano.)

Blasillo.—Adiós, comandante; usted será vengado, pero de una manera terrible; todo ese populacho pagará lo que hace. Ahora, muera usted; porque yo puedo presenciar su muerte sin palidecer.

El gitano (en voz baja, subiendo las gradas)—¡Adiós, querido Blasillo!

Juana.—.¡Virgen Santa! ¡sabes que ese joven de los ojos ardientes ha hablado al gitano!

Pepa.—Yo lo he visto; sin duda le habrá reprochado algún crimen.

Un hombre.—¡Ah! Por fin el maldito está en el sillón.

Otro.—¡Alabado sea Dios! Ya le ponen el cuello en la argolla.

Juana.—¡Santa Virgen! ¡Ya van a matarle! Pero...

Un hombre.—¿Y qué?...

Juana.—Es que nos estafan, nos roban... ¿y la mano?

El pueblo.—¡Es verdad, que le corten la mano! (Gritos, tumulto, escándalo. El alcalde consulta con la Junta.)

El alcalde.—Es justo, lo habíamos olvidado. Nuestra es la culpa.

Uno de la junta.—Pero, así no vamos a acabar nunca.

El alcalde.—Mi querido amigo, ya que tenemos tan pocas ocasiones de popularizarnos, aprovechemos ésta. Es cuestión de un momento.

El sacerdote (al gitano).—Amigo mío, perdóneles usted, el fanatismo les extravía.

El gitano.—Ya lo veo.

Blasillo (en voz alta).—¡Bravo, pueblo! inventa nuevas torturas. El Cielo te lo recompensará.

Juana.—Tiene razón el pobre niño.

Blasillo (riendo).—Sí, mujer, el Cielo o el infierno.

El pueblo.—¡La mano, la mano del maldito!

El alcalde.—Señores, un poco de silencio. La justicia, viviente y sagrado símbolo de la Divinidad, no es una palabra vana, y esta justicia se ha impuesto como deber el rendirse a los deseos del pueblo, juicioso defensor de la religión y del trono.

El pueblo.—¡Viva! ¡viva!

El alcalde.—De modo, señores, que la Junta...

El sacerdote (interrumpiéndole).—Señor, en nombre del Cielo, piense que el desgraciado espera la muerte...

(El alcalde continúa impertérrito y pronuncia un largo y conmovedor discurso, tras el cual acaba por conceder al pueblo la mano del reo.)