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Por las dos Américas

Chapter 6: CAPITULO V NOTAS DOCENTES
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About This Book

A travel narrator describes a voyage along the Pacific and across the isthmus, mixing port sketches, shipboard manners and travel practicalities with social and political reflections. The text evokes coastal cities such as Valparaíso, Antofagasta and Iquique, the arid desert backdrop, and animated scenes at anchor and in market stalls, while portraying fellow passengers and small onboard episodes. It treats Lima and Colón, discusses the Panama Canal and the pace of modern steam travel, and contrasts natural panoramas with urban life. Practical observations about comfort, speed and inconvenience are interwoven with meditations on commerce, progress and human desire.

—¿Pie (especie de empanada de frutas), uvas o budín?

—Uvas.

—¿Café, té o leche?

—Leche.

Al poco rato llega la muchacha que nos servía y le dice al Decano:

—Ya no hay más salmón, profesor S.

Y sin alterarse ni lamentarse, volviéndose a mí repite éste:

—Ya no hay salmón, profesor Molina, ¿qué prefiere usted entonces?

—Ah, un poco de ternera.

Al cabo de algunos minutos se acercó de nuevo la niña y le dijo al Decano:

—No hay uvas, profesor S.

Y éste con la misma calma anterior me repitió:

—No hay uvas, profesor Molina, ¿qué quiere ahora?

Otro profesor y yo que habíamos pedido uvas dijimos entonces:

—Budín.

No habían transcurrido tres minutos sin que la niña tornara a entrar y dijera:

—Se acabó el budín, profesor S.

Y éste nos repitió tranquilamente:

—No más budín.

Nos reímos todos y como ya no quedaba otra cosa que elegir pedimos pie.

Aún alcanzó a volver una vez la muchacha y dijo:

—No hay leche.

—No hay leche, profesor Molina, fué el eco.

Pedí té.

Todo esto había ocurrido sin que hubiera la menor señal de incomodidad o impaciencia de parte del anfitrión y de sus compañeros, sin ningún asomo de protesta, sin llamados al mayordomo o administrador del club. Eran pequeños accidentes sin importancia. Por mi parte me pareció el hecho muy digno de no ser olvidado y de referirlo a algunos señores de mi país que con mucho menos que eso se habrían congestionado de ira y habrían puesto el grito en el cielo en contra de la administración y servidumbre del establecimiento.



CAPITULO IV

AL AZAR DEL CARNET

En viaje.—Chicago.—«La soledad del alma».—Niágara Falls.—Hospitalidad neoyorquina.—El reino de los débiles.—Cabarets.—En Washington.—El monumento del héroe.—El Capitolio.—La Biblioteca del Congreso.—El Palacio de la Unión Pan-Americana.—Falta O'Higgins.—El renombre de Boston.—Su Museo de Bellas Artes.—«Invocando al Gran Espíritu».

Hicimos el viaje de San Francisco a Chicago, que dura tres días, por la línea que pasa por Sacramento y el Gran Lago Salado. Después de atravesar las pintorescas tierras de California, pintorescas y variadas a pesar del invierno, el tren anduvo todo el segundo día y parte del tercero a través de llanuras que ocultaban su desolación bajo el blanco manto de la nieve que las cubría. Algunos montes bajos y colinas daban de trecho en trecho ondulación al terreno. Se adivinaba que el panorama que se presentaba monótono en invierno, debía ser desesperante en verano por la falta de árboles, la aridez del suelo, el calor y el polvo.

El tren cruza medio a medio el Gran Lago Salado por un puente de más de doce millas de largo, que es una atrevida obra de ingeniería y se demora cerca de una hora en recorrer. Aquí sentimos el peso de un clásico paisaje de invierno. Los campos de nieve pueden ser monótonos, pero su blancura deja una impresión de luz que no es enteramente triste. Ahora, a pesar de no estar avanzada la tarde, todo era gris obscuro. A ambos lados del tren se extendía el lago interminable, tranquilo, sin una rizadura, como un cristal negruzco. Sobre su superficie no había una sola embarcación, no saltaba un pescado; ninguna vela agitaba su silueta a lo lejos, y no se divisaba la tierra. El cielo, de un color gris parejo aplastante, comunicaba un tinte sombrío y uniforme a todo el horizonte. Las aguas tenían una serenidad adusta que hacía pensar en poderes ocultos, misteriosos, que amenazaran con daños no conocidos. Aquí cabía decir «Del agua mansa, líbrame Señor»... Sólo al ponerse el sol iluminó con algunas manchas sangrientas la faz ceñuda de la naturaleza.

Nuestros compañeros de viaje eran en su mayor parte señoras. Amables y simpáticas, se nos hizo liviano el viaje charlando agradablemente con ellas y obsequiándonos con bombones y candis.

A medida que nos acercábamos a Chicago, podíamos notar que dejábamos atrás la llanura desolada e íbamos entrando en territorios ricos para la agricultura. Aumentaban los caseríos, había en la tierra innumerables muestras de labranza y había árboles. Estos se presentaban con sus ramas escuetas, arqueadas hacia arriba y esmaltadas de blanco por la nieve, como gigantescos candelabros de múltiples brazos o como esqueletos de verdaderos árboles.

Chicago es una especie de Londres del Middle-West americano. Es un gran emporio industrial, comercial y agrícola y posee el department-store o almacén universal más grande del mundo, Marshall Field and Co., que ocupa dos inmensas manzanas y tiene a la venta de todo. Estando a las orillas del lago Michigan, es Chicago el centro del tráfico entre los grandes lagos y el resto de la Unión. Forma también el más importante centro ferroviario del país, adonde convergen todos los trenes de la región. Yendo en cualquiera dirección, al llegar a Chicago hay que cambiar de tren y tomar otro, cuya hora de salida ha sido acordadamente combinada con otras de llegada. Ningún tren pasa de largo. La capital de Illinois es el punto definitivo de arribo para todos. Aun tomando pasaje directo de San Francisco a Nueva York o viceversa, es de rigor el trasbordo en Chicago.

Las gentes de California se hallan tan convencidas, y con razón, de la bondad del clima de su estado que ponderan las crudezas de los inviernos del centro y del este del país. Tiritan con horror al acordarse de los vientos y fríos de Chicago. Talvez por esta razón nos parecieron más suaves de lo que creíamos, aunque pudimos experimentar varias veces que el cierzo helado hacía doler los huesos y partía la piel de la cara, penetrando en las carnes como el filo de innumerables cuchillos. La escarcha pegada en las aceras y en las calles, restos de nevazones anteriores, se conservaba por el frío, dura como roca; pero en los días que permanecimos en la ciudad no llovió ni nevó. El cielo, sin embargo, se mantuvo siempre gris. Aumentan su tono sombrío el humo de las locomotoras y de las innumerables fábricas de la población.

Las calles son rectas y cortadas por bloques o manzanas rectangulares de inmensos rascacielos de piedra obscura, revestida de pátina de hollín. Las cúpulas y últimos pisos se pierden en la altura, esfumados no se sabe si en las nubes del cielo o en las de humo que envía la ciudad; que todas se confunden arriba en una sola masa negruzca. El humo es tanto que después de andar un rato por las calles, quedan las manos y la cara pringadas de hollín y un gusto acre en la garganta como si se hubiera hecho un largo viaje en tren sin tomar un trago de agua.

Poned en medio de esto los mil ruidos ensordecedores producidos por los trenes elevados, los tranvías, los camiones, los autos, los gritos de los cocheros y conductores de otros carruajes; agregad todavía los movimientos de los gigantescos guardianes en las boca-calles, el andar precipitado, a veces corriendo de la gente, los codazos y encontrones inevitables, el continuo mirar azorado a la derecha, a la izquierda o hacia atrás por el temor de ser atropellado, y podréis formaros una idea de la batahola endemoniada que es el loop o sea la parte más céntrica de la ciudad, donde hasta las cabezas más sólidas se sienten mareadas al principio.

Es verdad que algo igual ocurre en Nueva York, Filadelfia, San Francisco y otras grandes ciudades de la Unión; pero en ninguna con tanta nota gris, tanto humo y tanta bulla como en el loop de Chicago.

Lo dicho no quita que Chicago posea grandes parques y hermosas avenidas y bulevares, como Michigan Avenue y el Grand Boulevard, por lo que ha sido llamada la Ciudad Jardín. Pero sólo en primavera y verano debe ser posible apreciar bien estas bellas cualidades y gozar de ellas.

En Chicago se cultiva el arte musical con mucho empeño; cuenta la población con magníficas orquestas, y algunas señoras me dijeron en una audición verificada en el Mandel-Hall de la Universidad de Chicago, que su ciudad iba en camino de ser el primer centro de la música en la Unión.

Hay también un magnífico Instituto de Bellas Artes, con ricas colecciones de cuadros, esculturas y reproducciones del arte europeo. Entre las obras originales del arte americano, descuella una escultura, La Soledad del Alma, obra del escultor Lorado Taft. Es una creación de un simbolismo psicológico triste y hondo. En bloque de mármol han sido talladas cuatro figuras humanas, dos mujeres y dos hombres, que forman en conjunto un círculo, en que los cuerpos se presentan desnudos de frente y se vuelven mutuamente las espaldas, que permanecen adheridas a la piedra. El mármol se extiende un poco sobre las cabezas, como para imponerles una carga inevitable. Los hombres y las mujeres están tomados de la mano en una ayuda resignada para sobrellevar mejor su común destino señalado implacablemente por la piedra que los oprime y los ata. En todos palpita una expresión de conformidad dolorida. El autor ha sabido esculpir una verdad honda: que el alma suele sentirse de una manera desgarradora íntimamente sola, aunque exteriormente ligada para siempre a otros seres. El grupo constituye al mismo tiempo una preciosa enseñanza sobre las limitaciones de la libertad humana.

De Chicago pasamos a Madison para visitar la famosa Universidad de Wisconsin, de la cual hablaremos en nuestro estudio sobre las universidades norte-americanas; y seguimos a Nueva York, pasando por la ciudad de Niágara Falls, a fin de no dejar de ver las famosas cataratas del Niágara.

Niágara Falls es una ciudad muy pintoresca, compuesta en su mayor parte de chalets. Debe ser un bello lugar de veraneo. Se halla formada de dos partes, la una estado-unidense y la otra canadiense. Lo mismo ocurre con las cataratas, siendo más hermosa la sección canadiense.

Como en todos los lugares donde hay bellezas naturales en los países civilizados, la explotación del extranjero se encuentra aquí minuciosamente organizada. Apenas habíamos descendido del tren, a eso de las siete de la mañana, cuando un señor se nos acerca, y, dando pruebas de un golpe de vista bien ejercitado y certero, nos dice: «Ustedes vienen a ver las cataratas; hay que tomar un auto; no se puede ir a pie; necesitan un guía que los conduzca a los diferentes puntos de vista desde donde se debe contemplar el espectáculo; el auto que tengo aquí los llevará, en primer lugar, a un buen hotel, después a las cataratas, y los irá a buscar por último para traerlos de nuevo a la estación a la hora que ustedes indiquen».

Era de una solicitud aplastante el señor. Casi sofocado, le dije: «Pero, señor, déjenos respirar primero, por favor, déjenos dar algunos pasos y mirar un poco por nosotros mismos». Mas, nuestro hombre no cedió un punto y estrechó el sitio. No había posibilidad de reflexionar, de elegir, de optar, no había otros empresarios a quienes dirigirse; todo estaba prescrito y ordenado y había que dejarse conducir.

Fuera de la falta del placer de vagar a su antojo, para lo cual no había tampoco mucho tiempo, el desarrollo del programa formado por nuestro hombre nos resultó satisfactorio y conforme a lo que deseábamos, salvo que los precios del hotel fueron bastante elevados.

Vimos las cataratas en un claro y frío día de Febrero. La gigantesca masa de agua al caer levanta nubes de partículas líquidas que van tan alto, que el que se acerca muy a la orilla las recibe en seguida como lluvia. Al llegar ésta a la tierra, se hiela rápidamente, y el suelo, los árboles y las barandillas de los puentes y de las balaustradas se presentan cubiertos de un esmalte blanco de superficie líquida y resbaladiza. El espectáculo es bellísimo, grandioso, y carece de verdad aquello que se ha solido decir de que las obras de los hombres lo hayan empequeñecido y privado de su imponente majestad.

Hubo un detalle del programa en que el propósito de explotación se veía muy manifiesto, sin perjuicio de que deba reconocerse en justicia que bien merecida se la tenían los que, como nosotros, se dejaban seducir por la tentación que se les ofrecía. Nos condujo el chauffeur a ver, por el lado canadiense, unos rápidos que forma el río poco después de las cataratas, y cuya belleza nos ponderó. Descendimos por un carro de cremallera bastante inclinado a la orilla misma del río, que se precipitaba como un torrente espumoso entre dos riberas muy escarpadas. El paisaje nos evocó en parte la imagen del curso superior de algunos ríos del sur de Chile, que bajan las montañas andinas también como torrentes imponentes ansiosos de llegar al valle central. Más faltaba aquí la selva magnífica, a cuya sombra deslizan sus ondas las corrientes chilenas en un ambiente de misteriosa alegría. No obstante de no carecer de belleza el lugar, se nos había conducido a él, sin duda, porque había ahí una tienda de objetos de recuerdos y un establecimiento fotográfico. Se hallaba éste en una sala sencillamente instalada, cuyas paredes estaban cubiertas de muestras de fotografía que se habían sacado otros turistas en los más bellos sitios de las cataratas. Había algunas tomadas en islotes y rocas y teniendo en el fondo como hermosa cortina la gigantesca caída de agua, orlada de espuma y de polvo líquido. Oh! eran preciosos recuerdos! ¡Retratados en las cataratas del Niágara!

—«Es muy fácil hacer esto aquí mismo, nos dijo el fotógrafo, sin que se molesten con ir a las cataratas. Elijan ustedes los paisajes que prefieran y a ellos adaptaremos las fotografías que tomemos. En una semana más podemos enviárselas al punto que nos indiquen». Escogimos efectivamente algunos paisajes, teniendo cuidado de que no fueran de verano, ya que estábamos en invierno. Luego salimos afuera, y, puestos de espaldas a las piedras del barranco, como individuos a quienes iban a fusilar, nos tomaron las fotografías que debían transformarse después en bellos cuadros del Niágara, que llevarían nuestras imágenes en lugar espectable. Pagamos anticipadamente, y nos fuimos. A la vuelta de quince días recibimos las deseadas vistas. Eran unos mamarrachos que no valía la pena conservar.

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¡Qué feliz fué nuestra llegada a Nueva York! A pesar de ser mediados de invierno, la gran metrópoli del Atlántico se nos ofreció como una ciudad de luz y de sol, bajo un cielo capaz de rivalizar con los más bellos de Italia y de Chile. No había aquí nada del humo ni de las neblinas de Chicago. Nueva York no es sólo una urbe gigantesca de rascacielos, sino también una city de calles y avenidas hermosas, claras y amplias.

El clima es, por lo general, variable, inclemente y extremado; pero la mañana en que llegamos era tan agradable, fresca sin ser fría, y con tal dulzura en el ambiente, que Nueva York nos pareció una ciudad muy hospitalaria.

Mas, la hospitalidad se encontraba, por decirlo así, sólo en los elementos de la naturaleza, lo que, de todas maneras, no era poco. En los hombres no pudimos admirar esa virtud en los primeros días. Los hoteles y las casas de departamentos y piezas para arrendar se hallaban totalmente ocupados. Se refería entonces que se habían inaugurado hacía poco dos grandes hoteles, con dos mil habitaciones cada uno, y que todas habían sido tomadas en un mismo día.

Buscando piezas en uno de los mejores barrios (en Uptown, entre Broadway y Riverside), llegamos a una casa donde salió a recibirnos un señor de muy buena traza y con un perfecto aire de gentleman, que vivía solo con su señora. Ambos nos mostraron una pieza muy confortable de que disponían; pero después de sus primeras palabras nos produjeron una impresión de desconfianza e inseguridad, que luego se acentuó al ver cómo procedían en la fijación de los precios. No era difícil que ellos notasen en nuestro acento que éramos extranjeros, de suerte que empezaron por poner la puntería muy alta y nos pidieron al comenzar treinta y cinco dólares mensuales por la pieza. Para tentarnos, fueron bajando de motu proprio a treinta primero y luego a veinticinco. Esta falta de seriedad, y el observar que el señor se hallaba medio ebrio, nos hicieron retirarnos muy pronto, no poco desagradados de una de nuestras primeras experiencias neoyorquinas.

Corrimos todavía otra aventura antes de instalarnos definitivamente. Leíamos con avidez todos los días los centenares de avisos de los diarios relativos a pensiones, departamentos y piezas de arriendo; y uno nos tentó. Se ofrecía pieza y pensión en una de las mejores calles de Uptown, y, según decía el aviso, los dueños de casa formaban un hogar cristiano, circunstancia que nos pareció una garantía en medio de la babilonia neoyorquina. Agréguese que tendríamos oportunidad de practicar el inglés a las horas de comida. Predispuestos de esta suerte, aceptamos sin mucha dificultad los precios elevados que nos fijó la señora, quien se encargó de repetirnos lo que ya habíamos inferido de la lectura del aviso periodístico. «En mi casa se lleva vida de familia», nos dijo. Y, en efecto, no se podía negar que el personal de la casa era gente bien, y poco numeroso.

Pero muy pronto pudimos notar que las cosas no iban aquí por el camino de lo confortable, ni de lo abundante, ni de lo cómodo. ¡Cómo nos acordábamos de las que ahora considerábamos espléndideces de los hoteles de Berkeley y de Chicago, y a menor precio, se entiende! No había más que una sirvienta, una maid, para todo el servicio. Era una criatura regalona que hacía el favor de servir y a quien la señora consideraba más que a cualquiera de sus pensionistas. Era tan difícil encontrar empleados en Nueva York, decía la señora, que en caso de perder a su maid, sería casi imposible reemplazarla. La doncella no servía por nada comidas en las piezas, ni aun en caso de enfermedad. Debiendo por este motivo guardar cama varios días mi señora, tenía yo que bajar tres veces diariamente a buscar el desayuno, el lunch y el diner para ella, y subir a nuestro piso con la bandeja llena de platos y cubiertos. Creo que llegué a adquirir cierta destreza en el manejo de estos adminículos. Era capaz de llevar la bandeja equilibrándola perfectamente en alto en la palma de la mano derecha, y comprendí entonces cuánto hay de pose en el aire con que sirven los mozos de los grandes hoteles y restoranes.

Al ajustar nuestras cuentas, la señora me hizo presente que el servicio en las piezas era extra, es decir, me cobró veinticinco centavos más por cada vez que yo había subido con la bandeja. Esto me pareció un colmo, y no muy de acuerdo con lo que debe ser la vida de familia, y más, de familia cristiana.

Movidos por estas impresiones ingratas, resolvimos mudarnos, y al fin encontramos un bello departamento con una buena casera, donde nos quedamos hasta los últimos días de nuestra permanencia en los Estados Unidos.

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Este país, que en tantos sentidos se podría llamar la tierra de la fuerza, es al mismo tiempo el reino de los débiles. No lo es, sí, el de los fracasados.

Los débiles que no tienen la culpa de serlo, las mujeres, los niños, los ancianos, se encuentran aquí en el mejor lugar que puede ofrecerles nuestro planeta. Sabido es que los maridos, por término medio, le andan mirando la cara a sus mujeres para adivinarles los deseos, y es frecuentísimo encontrar en las calles a los hombres de la clase media llevando a sus bebés en brazos o arrastrando el cochecito en que los sacan a paseo. Los ancianos son objeto de delicadas atenciones y ayuda en todas partes. Los niños juegan a sus anchas en las calles donde no hay mucho tráfico comercial. Ocupan las aceras con sus cuerdas para saltar y tiran las pelotas por encima de las cabezas de los transeuntes, sin que éstos en ningún caso se molesten o impacienten. El niño es soberano. Los policiales cuidan especialmente de que mujeres, niños y ancianos atraviesen sin peligro las avenidas y calles en los puntos de mucho movimiento.

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No en todas las ciudades norteamericanas se encuentran cabarets. Estos han prosperado sólo en aquellas en que la riqueza derivada de la intensa actividad comercial, la falta de prohibición alcohólica y un cosmopolitismo libre de ciertas tradiciones religiosas puritanas, han permitido el florecimiento de la alegría fácil y de la vida mundana. En tal caso, se encuentran principalmente Nueva York, Chicago y San Francisco. Desde este punto de vista, Washington es una pequeña ciudad que se aburre un poco de noche en medio de sus virtudes de abstinente, y Boston es demasiado severa para que dentro de sus paredes vetustas puedan oirse los cantos y desarrollarse las danzas que después de las horas de trabajo, divierten a las poblaciones de los tres primeros centros nombrados.

Un cabaret es un restorán generalmente amplio y muy a menudo recargado de decoraciones y pinturas de mal gusto. En el fondo se levanta un proscenio, y se deja además un espacio libre, de forma ovalada, en medio de las mesas, para que se ejecuten los diversos números de la show o espectáculo y bailen después los comensales mismos.

El derroche de luz principia en la calle. Los anuncios de los cabarets son vistosos, llamativos, con luces de diversos colores en movimiento, como corrientes de pedrerías. En el interior arañas y lámparas de formas fantásticas y no pocas veces extravagantes alumbran plenamente el recinto. La sala se obscurece ligeramente cuando es menester hacer proyecciones coloreadas sobre las cantatrices y danzantes.

No hay que esperar oir ahí gran música. La orquesta es por lo común sonora, bizarra, a menudo estridente y las piezas que ejecuta con frecuencia son los aires pegadizos de los descompasados bailes americanos.

El programa de la show comprende números de acrobacia, de canto, de bailes individuales, de violín y otros instrumentos de música. En algunos cabarets el piso de la parte central está arreglado de manera que puede helarse, y se ofrece entonces el espectáculo de destrísimos patinadores. Pero lo esencial es la exhibición de mujeres con frecuencia muy hermosas, de bellos cuerpos delgados y flexibles, y elegantemente vestidas. Cantan en coro con el conocido sonsonete de las canciones americanas, y se mueven a compás, casi siempre lentamente, como siguiendo el paso de un fox-trot tranquilo y haciendo figuras para lucir sus formas esculturales sin exhuberancia de carnes y sus ricos trajes. No es raro que se busque el representar con éstos, diversas épocas históricas o acontecimientos de carácter patriótico.

Hay cabarets tan grandes, que el espectáculo tiene que repetirse de un lado a otro de la sala, para que lo vean todos los comensales. Otros ocupan tres o cuatro pisos de un mismo edificio y en cada uno de ellos se ofrecen diversas show simultáneamente.

Terminado el programa le llega su turno al público mismo, que se entrega al baile entre plato y plato, o entre copa y copa. Las parejas bailan como mejor les acomoda, no hay reglas fijas y lo esencial es seguirse. Cada cual toma como compañera a su mujer o alguna amiga: no es permitido sacar a una dama que no se conoce, costumbre muy razonable porque los bailes americanos tal como se practican aquí, son ante todo de carácter bastante íntimo. En ocasiones los cuerpos se mueven demasiado juntos, e inclinándose él sobre ella o ella sobre él, los pechos y los rostros se tocan a menudo en un abandono lánguido.

No es fácil entrar en apreciaciones acertadas sobre el valor moral de las artistas de cabarets, pero nunca observé en estos sitios otras cosas que las que dejo descritas. Aun más; en uno de los mejores de Nueva York pude cierta vez admirar a una joven y hermosa bailarina que danzaba con particular donaire. Vestida de una túnica ligera se diseñaban claramente al través de ella las formas de su cuerpo delicado. A poco de terminada la show me llamó la atención una niña sentada a una mesa vecina de la nuestra. El humo lanzado por unas damas que fumaban, no permitía ver en un principio; pero luego me pude convencer de que la niña era la misma bailarina que había admirado hacía poco. Nadie lo habría creído. Vestía sencillamente, se notaba en toda su persona cierto aire de puro recato, estaba acompañada de gente al parecer seria, y al lado de ella un joven en uniforme, tal vez un amigo o un sweetheart, un novio. Me dejó la impresión de una modesta obrera que después de hacer su labor se ponía a descansar, y que bailar en el cabaret era para ella simplemente una manera de ganarse la vida que en nada comprometía su honestidad.

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Algunas ciudades han tenido la suerte de ser fundadas en lugares privilegiados, que son como la embocadura de las corrientes de la fortuna y adonde llegan fácilmente los elementos para un gran desarrollo. Constantinopla y Alejandría constituyen ejemplos clásicos de este hecho en el Mediterráneo oriental y Londres, París y Hamburgo, lo son en la Europa occidental. El Nuevo Mundo nos ofrece casos análogos en las metrópolis gigantescas de Nueva York y Buenos Aires. Washington, la capital federal, no puede figurar en este grupo. Ha sido levantada, es verdad, en una posición céntrica de la región oriental y en un hermoso terreno llano o de suaves colinas a orillas del Potomac; pero ni por sus industrias, que son muy pocas, ni por su animación puede competir con los grandes emporios de la Unión. Washington es una ciudad artificial creada por la voluntad del estado americano para servir de sede al Gobierno de la República, al Parlamento Federal y a los representantes de las naciones extranjeras. Carece de aquellas formas de vida que resultan del crecimiento espontáneo de los pueblos; pero sí, posee lo que las riquezas de un fisco fabulosamente opulento han podido hacer; y la capital es una población de bellas avenidas, de parques, de magníficos palacios oficiales y que cuenta en cantidad y calidad con monumentos como no los hay en ninguna otra parte del país. Una amiga e inteligente escritora chilena me decía con mucha sal que Washington le había parecido una ciudad de día Domingo.

En uno de los extremos de la Avenida de Pensilvania, que es la principal de Washington, se alza el vasto y magnífico palacio del Capitolio, donde se hallan instaladas la Cámara de Senadores, la de Representantes y la Corte Suprema de Justicia. Esta grandiosa fábrica es de estilo renacimiento y su altísima y conocida cúpula se destaca en el fondo de la avenida como una decoración insuperable.

Del palacio se desciende por escalinatas monumentales al vasto y hermoso parque que lo rodea. En los días en que andábamos de visita por aquí, que eran del mes de Mayo y de insoportable calor, el parque del Capitolio, como los otros de la ciudad, constituía un refugio para los sofocados habitantes. Ahí se les veía en mangas de camisa de espaldas en el césped o sentados a la sombra de los frondosos árboles y tirándoles miguitas de pan a las simpáticas ardillas que, con toda confianza, saltaban alrededor de ellos.

Así como en los países europeos, y especialmente en los del norte, se halla consagrado el estilo ojival como el propio de los palacios consistoriales y otros de carácter público, en los Estados Unidos han recibido consagración análoga para las casas de Gobierno los edificios de estilo renacimiento revestidos de gigantescas cúpulas. De esta suerte encontramos imitaciones más o menos bellas del Capitolio en Oakland, en Sacramento, en Madison y otras partes.

La Biblioteca del Congreso, ubicada no lejos del Capitolio, separada de él por un regular espacio del parque mencionado, es también un amplio y bello edificio. No tiene las proporciones de grandiosidad externa que distinguen a aquel palacio, pero en hermosura interior lo supera con mucho. Los mármoles más ricos y de variados colores han sido prodigados y artísticamente combinados en pisos, escalinatas, columnas y pisos. Las bóvedas, galerías y salas, se hallan decoradas con admirables pinturas murales que simbolizan los estados más importantes de la cultura humana. Sirve de salón de lectura una imponente rotonda octogonal de jaspe amarillo, extensa, alta y majestuosa como un templo. A ella puede entrar cualquiera persona que desee consultar o leer alguno de los dos millones de volúmenes con que cuenta la biblioteca. A la altura del segundo piso, la rotonda forma una galería o tribuna circular a que tienen acceso los visitantes que no van a leer, y en cuyo antepecho se levantan como adornos cerca de veinte estatuas de poetas, filósofos y escritores, en bronce y de porte natural.

No vacilo en decir que el vestíbulo es de una belleza deslumbrante, y que todo el edificio por su riqueza y valor artístico debe ser el primer monumento arquitectónico de los Estados Unidos. Su magnificencia sólo puede ser comparada con la de la basílica de San Pedro en Roma o la del Teatro de la Opera de París.

La biblioteca posee también riquísimas colecciones de mapas y grabados.

Otro importante edificio de la capital, y de especial valor para los hispanoamericanos, es el palacio de la Unión Pan-Americana. Se ve que se ha querido darle un carácter representativo. La construcción es de un estilo que podríamos llamar tropical del coloniaje. El centro de la casa lo forma un gran patio español en el cual se mantienen como adornos, plantas de la zona tórrida. En medio de ellas dan realce a la escena algunos vistosos papagallos. ¿Por qué se ha elegido lo tropical como representativo de toda la América Latina? ¿Los papagallos están ahí como cifras simbólicas de la supuesta verbosidad de los pueblos de este continente y de su disposición a repetir lo que los demás dicen? Quizás no haya habido tal maliciosa ironía, y la preferencia en favor de las plantas y pajarracos de la región ecuatorial haya resultado de que se ajustan mejor que otros a propósitos decorativos en un espacio reducido.

En la cornisa que rodea al patio, se destacan los nombres y los escudos de las naciones latino-americanas y en una galería adyacente, puestos en columnas de mármol, se ostentan los bustos de los héroes de la independencia de estos pueblos: Bolívar, San Martín, Artigas y tantos otros. Una columna se ve desocupada en espera de su busto. ¿Fué destinada quizás por un error a un pueblo desgraciado que no ha tenido héroes? Ah! no. Es la que debe sustentar la imagen del héroe chileno O'Higgins. Mientras tanto, nuestro padre de la patria, algo del espíritu de Chile, está ausente de aquella congregación sagrada de mármoles venerables.

No podemos ocultar que nos dió pena esta muestra de tanta negligencia.

Desde todos los puntos que hemos recorrido, desde todas las calles, plazas y parques, se divisa dominante el monumento del héroe epónimo de la ciudad, del héroe nacional, del gran Washington. ¡Qué concepción más original y grandiosa!

Más allá de un umbroso parque en los bordes de la población por el lado sudoeste, se alza en una despejada elevación natural del terreno la colosal obra de granito. Es un obelisco inmenso de quinientos cincuenta y cinco pies de alto, que se eleva hasta el cielo como un ástil enorme, cortando la bóveda azulada con sus líneas rectas, majestuosas y ligeramente convergentes hacia arriba. La ideación de este monumento revela cierta audacia artística e intuición psicológica. No era fácil adivinar en la simple contemplación de un plano el efecto maravilloso que iba a producir en la realidad dentro de su extremada desnudez: de aquí que fuera audacia concebirlo; y por lo mismo corresponde admirablemente, como tal vez ninguna otra cosa pudiera haberlo hecho mejor, a la grandeza, sólida sencillez y rectitud del héroe que inmortaliza: de aquí su mérito psicológico. En sus caras lisas de dura piedra gris, no se encuentra ninguna inscripción, ningún relieve, ningún medallón representativo. La columna se yergue soberana sobre la capital y la planicie como un gigante silencioso, reconcentrado y bueno, encargado con su actitud de proclamar por la eternidad la gloria de un grande hombre; como un gigante que despidiera efluvios bienhechores y obrara en los espíritus por la evocación de valores morales. «No os admiréis, parece decir, de mi mudo continente acerca de mi significación. A mí no me hacen falta caracteres escritos, ni cifras, ni retratos, ni vanos adornos. Vosotros que pisáis esta tierra del héroe no podéis ignorar porque estoy aquí. Miradme, meditad y elevad vuestros corazones en una oración de civismo».

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Boston goza del renombre de la ciudad más intelectual de los Estados Unidos y sus habitantes pasan por ser los que hablan el más atildado inglés del país. Boston es la capital del Estado que cuenta tal vez con el mayor número de colegios y de los más afamados. En la ciudad misma encontramos la Universidad que lleva su nombre, y en Cambridge, separada de ella sólo por el río Saint Charles, se hallan la célebre Universidad de Harvard y el Instituto de Tecnología de Massachusets, el primero en su género en el continente. Lo que hace un total de tres grandes universidades para la ciudad, circunstancia que viene a corroborar los renombres que he mencionado.

Las calles del viejo Boston, ocupadas principalmente por los barrios comerciales, son tortuosas e intrincadas. Mientras en Nueva York es muy fácil orientarse, en las calles de la capital de Massachusets es muy fácil perderse. Downtown en Boston forma un dédalo. Tal vez algún aficionado a investigaciones complejas se sentiría inclinado a buscar una relación de causalidad entre lo laberíntico de las calles bostonianas y la intelectualidad de sus pobladores. Y luego, por un salto de imaginación, podría considerar la monotonía de las rectilíneas calles de los pueblos hispanoamericanos y llegar a conclusiones contrarias. Pero me parece que éstas serían conexiones aventuradas, fundadas en accidentes superficiales y que ningún lógico de la Universidad de Harvard se atrevería a autorizar.

Boston posee un Museo de Bellas Artes, riquísimo en obras de todos lo tiempos.

Admirable es la colección de acuarelas de Edward Boist, que representan paisajes y pueblos. El arte en estos cuadros se manifiesta principalmente como un resultado de la técnica del artista. El colorido es magnífico. El procedimiento de Boist consiste en el empleo y aplicación de anchas rayas y grandes puntos, combinados con manchas de color. No hay ningún cuadro que sea un caso de inspiración propiamente dicha.

Llaman la atención también las acuarelas de John Sargent, que se hallan al frente de las anteriores. Muchas representan paisajes, pero otras están consagradas a reproducir escenas sencillas de la vida y revelan una delicada inspiración. Algunos hay que prueban una vez más cuán cierto es aquello de que no existen asuntos triviales y pequeños para el arte cuando el artista es capaz de sentir y expresar la belleza que esos asuntos encierran.

Entre éstas recuerdo «La Lavandería». En un campo verde y pendiente de un arbusto algo seco y con hojas amarillas se extiende una soga en dos direcciones formando un ángulo agudo. Ahí se han puesto a secar una cantidad de piezas de ropa blanca que se destacan con matices ligeramente azulados. Esto es lo esencial del cuadro y resulta bellísimo.

Merece ser igualmente llamada hermosa la colección de pasteles de Juan Francisco Millet. Millet es también artista de cosas modestas, y sus cuadros, que representan escenas sencillas de la vida del campo y pastoril, constituyen una glorificación del trabajo humano en sus formas más humildes. Sus pastores y sus pastoras revelan, dentro de su modestia, la dignidad que acompaña siempre a las personas puras. Por lo demás, el paisaje, el escenario en que estos personajes se encuentran colocados, es generalmente maravilloso. Hay un cuadro intitulado «Puesta de sol, pastora y ganado», que me detuve a contemplar abstraído y con delectación. Se nota en la pastora cierta noble actitud de místico recogimiento ante el astro poniente, que se despide en una gloria de rayos dorados; pero su figura se destaca de tal suerte que parece que fuera más bien el sol el que se inclinara a adorar a esa criatura humana realzada en toda la majestad de su labor sencilla.

En la plazoleta que se extiende por delante de la escalinata de entrada del Museo, se puede admirar la preciosa obra del escultor Cyrus E. Dallin, llamada «Invocando al Alto Espíritu». No es posible entrar y salir del Museo sin quedar encadenado en la contemplación sugestiva de ese grupo genial. He hablado en líneas anteriores del simbolismo psicológico que encierra el grupo «La Soledad de las almas» del escultor Taft y que constituye una de las pruebas del vigor manifestado por los pocos escultores norteamericanos que se destacan. La obra de Dallin confirma esta impresión. Palpitan en ella las vaguedades del misterio, lo cual no quita que al mismo tiempo en la ejecución de los detalles, la mano del artista haya sido guiada por el amor al más perfecto realismo. El grupo en bronce y de porte natural representa a un indio a caballo que con los brazos abiertos dirige sus miradas arriba e implora al cielo.

El caballo no tiene nada de aquella apostura arrogante, en que parece que se estuviera sofrenando una exuberancia de energía, y que se usa generalmente para representar a sus congéneres en las estatuas ecuestres. Es un pobre caballejo flaco y vulgar, que revela estar en la actitud más tranquila posible, sin ningún movimiento, la larga cola caída, las piernas traseras juntas, las delanteras también y el cuello y la cabeza inclinados con simpática resignación. Es un animal de trabajo y de lucha. Da muestras de comprender, por lo demás, la situación de su amo y que el momento no es propicio para ninguna clase de escarceos. El artista podía haber esculpido al indio invocando al cielo de pie. No habría tenido tal actitud nada de irreal; pero no habría sido lo mismo. De pie o de rodillas, el indio pudiera hacer pensar en la ejecución de una ceremonia ritual, mientras que tal como está a caballo, se ve que no se trata de un rito, sino que la angustia le apretó el corazón en plena vida y que lanza su queja a las alturas infinitas en un momento de desolación. El indio no se dirige a un fetiche o a un ídolo, sino al más alto espíritu. Esta estatua entraña una significación comprensiva de una situación humana de todos los tiempos. Si el personaje esculpido hubiera sido un hombre de nuestros días, no habría sido así y tal vez no habríamos traspuesto, al admirar la obra de arte, los límites de nuestra época contemporánea. Ese indio, ese hombre primitivo, representa el alma humana recién abierta a la vida y ya herida por el misterio; la representa en su primera tribulación mística; y las almas que hoy día, después del correr de los siglos, aun sufren de esas tribulaciones no pueden dejar de contemplar con emoción y simpatía, con ternura de hermano, a ese bárbaro sencillo, que inició el gesto de interrogación desesperada que la humanidad ha venido repitiendo sin cesar y que nosotros solemos formular todavía ante los enigmas, los vacíos y los dolores de la vida.

La estatua de Dallin hay que agregarla a la cuenta del espíritu religioso de los norteamericanos.



CAPITULO V

NOTAS DOCENTES

La Academia de Milton.—El Colegio de Wellesley.—¿Cómo nos juzgan a nosotros?—Psicología de los latinoamericanos según el profesor W. R. Shepherd.—El panamericanismo.—La doctrina Monroe.

Los campos de Massachusets están sembrados de muy buenos colegios. Me tocó en primavera visitar dos de ellos, la Academia de Milton, para niños y el Colegio de Wellesley, para niñas.

A veinticinco minutos de Boston cerca de la aldea de Milton se encuentra la Academia de este nombre. Es una escuela de enseñanza secundaria con internado y medio pupilaje. También admite niñas en calidad de externas; pero no hay propiamente coeducación, porque se las educa en pabellones separados, salvo en la sección preparatoria, adonde concurren niñitos y niñitas de menos de doce años conjuntamente. Esta sección es igualmente sólo para externos.

El establecimiento y los alrededores que le pertenecen presentaban el día que fuí a verlo un bellísimo aspecto. Sólo por la muchachada que se ve jugando en los campos adyacentes puede pensar uno que se halla en un colegio. Por lo demás, nada se ofrece a la vista que evoque las formas generalmente severas, a veces lóbregas y tristes, de los colegios ubicados en los pueblos. Las avenidas por que se hace el tránsito desde la estación, están orladas de árboles en flor; la tierra, de suaves colinas, cubiertas de un tapiz verde brillante, es un deleite para los ojos; y de todo fluye, estimulado por el sol primaveral, un perfume penetrante, tibio y entonador, el rico y sano perfume de los campos y de la vida que se renueva.

En medio de este ambiente, diseminados entre prados, se levantan los edificios de la academia que consisten principalmente en tres chalets, que sirven de residencia para los internos, un pabellón, donde se encuentra el comedor para todos y la cocina, dos pabellones donde se hallan las salas de clases y gabinetes, el gimnasio y la enfermería.

En cada chalet (dormitory) viven de quince a veinte alumnos bajo la dirección de un master que es al mismo tiempo profesor. El primer piso está ocupado por un saloncito, una espléndida biblioteca, y un salón de reuniones en cuyas mesas se encuentran revistas, periódicos y juegos de diferentes clases. En el segundo piso están los dormitorios. Cada estudiante tiene su piececita que adorna y decora a su gusto. En el centro hay baños de tina de mármol.

Como he dicho, la academia es una escuela secundaria; pero comprende seis años de estudio y no cuatro como ocurre en la generalidad de las de su clase en los Estados Unidos. También se diferencia de estas últimas en que, según se desprende de su nombre, es del tipo clásico, académico, que predominaba en el país a principios del siglo XIX. Las reformas de la enseñanza han introducido sucesivamente diversas categorías de establecimientos de instrucción secundaria, como ser el liceo comercial (commercial high-school), el liceo técnico (technical high-school), del cual vimos un modelo en Oakland y el liceo integra[7] (cosmopolitan high-school), que comprende dentro de un mismo instituto toda clase de cursos, desde los que tienden a suministrar una instrucción liberal o clásica hasta los destinados a dar una preparación vocacional. Estos son los planteles que cuentan a la fecha con más aceptación en el concepto público, y se pueden citar como más afamados dentro de este orden a los de San Luis y Cincinnati. En el plan de estudios de la Academia de Milton en cambio no figuran ramos comerciales, ni técnicos, ni industriales, ni dispone el establecimiento de talleres de carpintería, herrería y electricidad, tal cual se ven en muchas otras escuelas del mismo grado. Tiene, si, bien montados laboratorios de física, química y biología. El plan de estudios comprende las siguientes asignaturas:

En primer año: Inglés, Historia, Geografía, Latín y Matemáticas.

En segundo año: se agregan a las anteriores Francés y Alemán.

En tercer año se agregan Griego y Ciencias Elementales.

En cuarto año se mantienen las anteriores y en lugar de Ciencias se introduce Biología.

En quinto año se cambia Biología por Química.

En sexto año se cambia Química por Física.

No deja de aplicarse hasta cierto punto en la academia el procedimiento aceptado hoy por doquiera en los Estados Unidos de la electividad de algunos ramos. Así tenemos que los estudiantes pueden tomar Francés o Alemán, Griego o Ciencias o Biología o Historia. Química es también un ramo electivo y los que entran a estudiarla pueden dejar a un lado la Historia o el Latín.

Fuera de la importancia dada a los estudios liberales y científicos, cabe señalar como otra característica de la academia el interés dedicado a la educación física. Ya hemos mencionado el pabellón de gimnasia. Para ejercicios al aire libre cuentan los alumnos con magníficos campos de juego, de foot-ball, de tennis y con una amplia laguna para patinar en el invierno. Generalmente después de las dos de la tarde no hay clases y los muchachos pueden entregarse a toda clase de deportes.

Profesores y estudiantes forman parte de la Asociación Atlética de la Academia de Milton y del Club Científico. Los alumnos han organizado también el «Club de la Mandolina», el Glee Club (club de la alegría o de los alegres) y el Comité Dramático que tiene a su cargo los entretenimientos teatrales.

Los internos pagan mil dólares al año por instrucción y pensión, los medio-pupilos de los cursos superiores trescientos cincuenta y los de los cursos inferiores, trescientos[8].

Se llama «colegio» en los Estados Unidos a un establecimiento que viene después de la escuela secundaria y forma los departamentos básicos del edificio universitario.

El Colegio de Wellesley es, como he dicho, para niñas y figura entre los más afamados de Nueva Inglaterra. Se halla situado cerca de la aldea de su nombre, a cuarenta minutos de Boston.

Visitarlo fué motivo para mí de un mayor encanto aun que el que me había causado la Academia de Milton. Los campos de Wellesley son más hermosos y el terreno, de ondulaciones más pronunciadas que en Milton, ofrece más bellas perspectivas con prados magníficos y numerosos árboles.

Desde muchos sitios elevados se divisa un precioso lago que se encuentra dentro de los lindes del colegio. En nuestro camino encontramos niñas en bicicleta que corren por las avenidas.

Una vez en medio de los pabellones del colegio, los trajes claros y alegres de centenares de niñas hacen una fiesta de luz y de colores bajo el sol primaveral.

Algunas de las alumnas andan en traje de montar. A nuestro regreso, una partida de ellas pasa al trote de sus cabalgaduras bajo los árboles.

De todos los edificios, el más hermoso es el «Tower Court», donde tienen sus dormitorios alrededor de doscientas niñas. Es un verdadero palacio de estilo gótico, debido a la munificencia de una señora. En el primer piso se encuentran amplios y elegantísimos salones y comedores y en los pisos superiores se hallan las piezas de las niñas que son una monada y de cuyas ventanas se goza del apacible y seductor paisaje de los campos adyacentes.

Fuí invitado por la directora a tomar el lunch en compañía de varios profesores y profesoras. Como siempre ocurre en las comidas escolares de este país, la sobriedad fué la nota característica. Se sirvió una crema, un guiso del cual se ofreció repetición porque no había ninguna otra cosa sólida que comer y, por último, una sencilla compota de postre, y café. Todos los comensales se manifestaron deseosos de conocer algo sobre la educación pública de Chile y les hice una sucinta reseña sobre el particular para satisfacerlos de la mejor manera que me fué posible.

Muchas niñas viven en sororities o hermandades en pequeños pabellones dentro de los terrenos del colegio. Hay una que lleva el nombre de Shakespeare y su hall ha sido construído imitando la vieja casa del gran poeta.

El colegio admite internas, mediopupilas y externas. Las primeras pagan seiscientos dólares al año, las segundas cuatrocientos sesenta y cinco, y las terceras doscientos veinticinco.

Para los cuatro años de estudio se ofrecen los siguientes cursos. Arqueología clásica, Astronomía, Botánica, Química, Economía y Sociología, Educación, Inglés, Francés, Español, Italiano, Alemán, Griego, Latín, Geología y Geografía e Historia, Higiene, Matemáticas, Filología, Filosofía y Psicología, Física, Arte de hablar, Fisiología y Teología y Música.

Cada uno de estos cursos se subdivide a su vez en gran variedad de asuntos. Dentro de ellos deben las alumnas elegir el número necesario para completar la cantidad de unidades requeridas para graduarse.

El colegio confiere los títulos de Bachiller en Artes y de Maestro en Artes.

Las jóvenes tienen a su disposición una rica biblioteca de 90,000 volúmenes.

Es muy interesante una institución de las alumnas por medio de la cual cooperan al buen gobierno del establecimiento.

De acuerdo con la dirección, han formado ellas una llamada «Asociación en pro del Gobierno del Colegio de Wellesley», que tiene como órganos directivos un Gabinete y una Cámara de Representantes, compuestos de miembros elegidos entre los estudiantes y un Senado en que, además de cierto número de alumnos, figuran algunos individuos de las facultades. Las atribuciones de estos cuerpos se hallan claramente especificadas en sus estatutos. De esta suerte las alumnas toman vivo interés en la marcha del colegio, y se ejercitan al mismo tiempo en las prácticas de la autonomía o self-government, lo que no puede ser sino favorable para su educación.

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* *

—¿Qué dicen de nosotros por allá, cómo nos juzgan? suele ser una preocupación de los hispano-americanos.

Y la primera de las verdades es que en los Estados Unidos impera por lo común la más perfecta ignorancia sobre nuestros países.

—¿Qué cantidad de indios bravos tienen ustedes en su territorio? me preguntaba un profesor de un colegio de California.

—No, señor, tuve que contestarle, no hay indios bravos entre nosotros... ni negros[9]. Fuera de unos pocos miles de indios más o menos civilizados, el núcleo de la población es de raza blanca homogénea, con un pequeño tanto por ciento de mestizos.

También es cierto que desde la gran guerra ha aumentado visiblemente el interés por nuestro continente, y, en consecuencia, por el estudio del idioma español.

Conocí en San Francisco a una distinguida señora que me llamó mucho la atención. Bajo sus canas de abuela, conservaba notables rasgos de belleza y era sumamente vivaz en su trato y en sus maneras. «Mi marido, nos dijo, no reclama de mí muchos cuidados especiales; todos mis hijos están casados; así fué que de repente me encontré con que no tenía nada que hacer, y para dar un empleo a mi vida, me he puesto a estudiar español. Ustedes ven que no lo hablo tan mal. Estoy dichosa».

Luego sacó de su maletín un librito que llevaba en él y agregó:

—«Es una obra en castellano. Yo no pierdo el tiempo; y, de vuelta, en el auto o en el tranvía, me voy leyendo».

De todo el ser de la señora brotaba la más sana y contagiosa alegría, tan propia de la gente norte-americana, aunque haya llegado a una edad avanzada.

Esta señora estudiaba castellano sin duda por deporte. Unos pocos se dedican a él teniendo en vista el profesorado o el amor a las letras; pero los más lo hacen con el propósito de entregarse a los negocios en el continente meridional.

En casi todas las universidades que visité había cursos de español y en algunas eran bastante numerosos, como por ejemplo en la de California, que contaba con más de trescientos alumnos.

En esta Universidad y en la de Cornell he visto reunirse fácilmente audiencias de más de doscientos estudiantes, y otras personas capaces de seguir y entender perfectamente conferencias en español. También las alumnas del curso superior del Colegio de Wellesley dieron pruebas de poseer la preparación suficiente para entender un discurso que se les pronunció sobre cosas de Chile. El profesor F. B. Luquiens, de la Universidad de Yale, está empeñado en enseñar el castellano siguiendo más bien las formas del idioma hispanoamericano y no las del peninsular propiamente dicho. Busca para esto como base los libros y las revistas sudamericanas.

En las escuelas secundarias de Nueva York, el idioma extranjero que más se cultiva es el español. Hay 25,000 estudiantes que siguen esta lengua, mientras el francés cuenta sólo con 20,000, el latín con 15,000 y el alemán con 3,000.

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Es claro que no puede haber unanimidad de pareceres para juzgarnos entre los que se han ocupado de nosotros. No han faltado quienes se hayan expresado en términos encomiásticos sobre algunos países de la América Latina, como Rowe, Elihu Root y Roosevelt. Otros han distinguido muy acertadamente entre las naciones del sur del continente y las de los trópicos. Así Eduardo Ross, al afirmar que los pueblos sudamericanos padecen de anemia cerebral, a causa de la obsesión sexual que los domina, tiene el cuidado de agregar que se exceptúan de esta falla orgánica Chile, la Argentina, y el Uruguay[10]. Que haya encontrado por mi parte acertada la distinción entre pueblos meridionales y tropicales, no significa que acepte por completo la afirmación de Ross en lo que se refiere a las gentes tropicales.

Otros no se detienen en distinciones para juzgarnos y nos pasan a todos los hispanoamericanos por el mismo rasero. E. L. Bogart, con motivo de entrar a tratar del desarrollo económico de los Estados Unidos, dice: «Sólo cuando los dones de la naturaleza son abundantes e inteligentemente utilizados por el hombre, puede una nación llegar al más alto grado de fuerza y de prosperidad. La existencia por sí sola de grandes tesoros naturales no ha sido bastante para lograr el desarrollo de una raza débil y amante de la comodidad como los latinoamericanos»...[11].

El profesor William R. Shepherd de la Universidad de Columbia, ha publicado un estudio sobre la psicología de los latinoamericanos, en que los rasgos con que quedamos pintados no son más halagadores que los anteriores[12].

«Los principales aspectos en que la psicología del latinoamericano, dice Shepherd, difiere de la nuestra, son su egoísmo, impulsividad e inmoralidad». Hace el autor algunas sutiles disquisiciones para dar a entender que estos términos no deben ser tomados al pie de la letra sino, como si dijéramos, en un sentido menos amargo; pero lo cierto del caso es que no encuentra otras expresiones para las cualidades que él señala como características. «El egoísmo del latinoamericano se presenta ordinariamente en un triple culto: el de la persona, el de las formalidades y el del exclusivismo. Se atribuye a sí mismo una superioridad innata y es, en consecuencia, orgulloso, vanidoso y arrogante. Celoso de su dignidad personal en una forma ultra-aguda, exige que se la respeten absolutamente, sin atenuaciones circunstanciales. Así como en otros días en España y Portugal había el afán de ser hidalgo o fidalgo, de igual suerte el latinoamericano necesita ahora figurar como la cabeza de cualquier cosa o, por lo menos, estar seguro de que su nombre ha de aparecer en forma prominente en conexión con alguna importante empresa. Es una especie de manía o enfermedad la de tener algún puesto público. Aparte de esto, se manifiesta el impulso egoísta en un exagerado formalismo, en el rigor con que deben ser observadas las reglas de conducta oficial y social. En todo se revela el triunfo de lo artificial. De aquí proceden el bien pronunciado decoro y etiqueta, la corrección estiradísima, el ceremonial puntilloso que disuenan en países republicanos de donde monarcas y cortes, nobleza y aristocracia, fueron desterrados hace cien años. La conservación también de títulos pomposamente laudatorios para funcionarios e instituciones, de brillantes uniformes para los diplomáticos, de un complicado tren y escoltas militares para los presidentes y aun la banda de seda de colores nacionales y con el escudo patrio bordado en ella que lleva el jefe del Estado en ocasiones solemnes, son incompatibles con la simplicidad democrática. ¿Y qué decir de la costumbre de ponerse frac en pleno día para asistir a funciones oficiales»?...

Se nota la delectación con que el señor Shepherd ha hecho este cuadro en que no ha escatimado el colorido. Un norteamericano puede hacerlo porque pertenece a un pueblo que es efectivamente sencillo y poco ceremonioso; pero no es raro que caiga en exageraciones.

Veamos cómo sigue la pintura:

«Tan poderoso es el convencionalismo en la conducta social que hace virtualmente imposible toda adaptación a condiciones especiales que puedan presentarse. Sería una exageración sin duda afirmar que, mientras el norteamericano sabe mostrarse serio y revestido de dignidad en los momentos oportunos, el latinoamericano escoge precisamente para ello los más inoportunos. (El señor Shepherd ha tenido el cuidado de colocar al principio de la frase la palabra «exageración»; pero este es un recurso literario para suavizar el golpe: la afirmación queda y se corrobora con ejemplos como se verá en seguida.) Cuando entre los latinoamericanos se juntan hombres y niños, aquellos se apartan de éstos en lugar de tomar parte con sana alegría en sus juegos y deportes. No sería compatible con la respetabilidad de gente grave proceder de otra manera. Un norte-americano en un picnic se divierte; un latino-americano se aburre. Aún en un banquete, o en otra comida más o menos festiva, cuando llega el momento de los discursos, la jovialidad que ha podido reinar antes, debe ceder su lugar a una apropiada seriedad; el flujo oratorio que se va a descargar no aguanta bromas. Un extranjero se complace en salpicar su discurso con historietas interesantes; pero un latinoamericano quiere mantenerse necesariamente sólo en el plano de la grandilocuencia».

Pasemos a otro aspecto.

«Es propio de los latino-americanos rechazar todo pensamiento de cooperación y carecen, por lo mismo, de verdadera solidaridad social. En lugar de unirse a otras personas en un plan de colaboración mutua, prefieren empequeñecer lo que otros hacen. Se hallan animados de un criticismo que siempre destruye y nunca construye».

Este último rasgo es desgraciadamente a menudo muy cierto; pero luego vuelve el autor a las exageraciones y cae en una afirmación falsa en sus dos términos, tomados en conjunto, como la siguiente:

«Tan arraigada se encuentra esta inclinación a empequeñecer que da lugar a una paradoja. Visita un latino-americano a Nueva York y su actitud es la de un hipercrítico ante todo lo norte-americano. Una vez de regreso en su país entra a censurarlo y vilipendiarlo todo comparándolo con lo que dice haber visto en Norte América».

Criterios llevados a uno o a otro extremo me ha tocado encontrar algunas veces; pero jamás me ha sido dado apreciar que una misma persona haya asumido las dos actitudes. El alma humana es tan compleja, sin embargo, que no sería imposible que se presentara el caso; pero es preceder un poco a la ligera señalar esa característica como propia de un grupo entero de naciones.

Ya hemos expresado que los latinos-americanos son impulsivos.

«Una faz de su impulsividad, dice Shepherd, la hallamos en su verbosidad. En la casa, en la calle, en los negocios, en los halls del congreso reina como soberana la locuacidad. Hacer discursos en cada ocasión y a la más leve provocación es la orden del día. Si, como ocurre muy a menudo, el discurso puede ser leído, tanto mejor porque una larga extensión y la posibilidad de variadas digresiones se encuentran asegurados de esta suerte. Lo último le encanta al latinoamericano y él lo llama pintorescamente «mariposear», es decir, pasar de un tópico a otro, como mariposa de flor en flor, sin ahondar ni detenerse por mucho tiempo en ningún tema».

«...El resultado neto del discurso es abundancia de palabras en lugar de ideas, hablar largo y tendido en vez de hablar bien y concretarse a la cuestión».

«El latino-americano es elocuente, sí; pero su elocuencia toma a menudo la forma de una retórica florida, de un derroche de brillante palabrería en que se nota la falta de originalidad. Tanto a su oratoria como a su literatura le faltan espontaneidad ingenua, naturalidad, simplicidad y concretación. Reflejan ellas más sentimentalidad que sentimiento; el pensamiento queda escondido o su ausencia disimulada en medio de la extravagancia y de la exageración lingüística y se echa de menos una verdadera facultad creadora».

¿Acaba de hablar el señor Shepherd de la exageración en el lenguaje como de un rasgo distintivo de la literatura hispano-americana? Sería de creer que él en sus viajes por los países de nuestro continente y en su trato con algunos libros sudamericanos se hubiera dejado picar por ese bicho que debe poner vidrios de aumento en los ojos ya que hemos visto no pocas manifestaciones de su influencia en el ensayo que analizamos.

No se puede negar que los juicios que pronuncia el señor Shepherd sobre la literatura latinoamericana son en gran parte exactos; pero me parecen incompletos. Se refieren exclusivamente al tropicalismo. Me imagino al señor Shepherd a este respecto, sentado en su gabinete de trabajo en Nueva York y mirando hacia el sur, para hacer sus observaciones. Escudriña y escudriña; pero, mareado por las selvas ecuatorianas, su vista no alcanzó a percibir nada más allá del trópico, donde, por lo menos la sobriedad en el lenguaje literario no es una cosa rara.

Veamos otros caracteres.

«En lugar de examinar de antemano, lenta, paciente, sistemáticamente la practicabilidad de una medida propuesta y sus posibles resultados, el latinoamericano necesita que su panacea se ensaye sobre la marcha, sea que se trate de algo que él ha leído en los libros, o que ha oído como llevado a cabo en otros países. Si esto es aplicable o no a su propio país, le importa poco. Su razonamiento es muy elemental, de la más simple analogía; se reduce a lo siguiente: si una cosa ha sido implantada con éxito en otra parte, puede serlo también entre nosotros».

«El latino-americano, de esta suerte, desea las innovaciones, pero toma a menudo como un progreso lo que es sólo un experimento. No la posibilidad de duración que permite a lo nuevo madurar y llegar a ser realmente sistemático constituyen su objetivo; los cambios producidos por una gran cantidad de proyectos que nunca se convierten en hechos realizados, son su encanto. No es extraño así que sus constituciones políticas no pasen de ser mucho papel en lugar de formar los fundamentos prácticos de sus gobiernos, y que sus instituciones sean únicamente un andamiaje, dentro del cual no se ha podido levantar todavía ningún edificio sólido».

Muy bien; pero una vez más las selvas tropicales perturbaron la vista del autor, lo absorbieron por completo y le impidieron ver la totalidad del campo que ha pretendido estudiar.

«Marcha a la par con todo esto el quijotismo de los latino-americanos, o sea la ausencia de cierta cordura que impide soltar la riendas del dominio de sí mismo. Les seduce tentar lo imposible e ignoran la desproporción que hay entre lo que uno pretende y lo que puede hacer. No van tras la ejecución de una empresa que, aunque difícil, sea realizable, sino que los enamoran lo impracticable y los espejismos de visionarios».

«Así como la impulsividad da lugar a una moción muy repentina, de igual modo el esfuerzo que produce se agota rápidamente y pronto vienen a sucederle la indiferencia y, a veces, la más positiva inercia. El apasionado entusiasmo con que el latino-americano principia cualquier cosa pronto decae. Formará sociedades, asociaciones, ligas, institutos y cuanto queráis, y tomará todos los acuerdos del caso; pero una vez publicados los nombres y retratos de los organizadores e iniciada la indispensable, aunque laboriosa y obscura obra del comité, los grandes hombres (big-men) dejan de manifestar interés y lo mismo hacen los pequeños hasta que todo el negocio se hunde en el limbo del olvido. Con poca disposición, al parecer, para toda tarea larga y difícil, regular y continua, el latino-americano vuelve entonces sus ojos al Gobierno, para que éste haga lo que debía haber sido hecho por iniciativa privada».

Desgraciadamente esto es también muy a menudo cierto.

Vamos a llegar a los últimos toques del cuadro.

«Parece que les faltan a los latinoamericanos la conciencia moral, el sentimiento de la responsabilidad personal, un claro sentido de distinción entre lo justo y lo injusto, antes que entre lo correcto y lo incorrecto, y una apreciación vigorosamente concreta de las cualidades más esenciales para la diaria tarea del progreso individual y social. Igualmente, por el lado ético de su psicología, se nota la carencia o el insuficiente desarrollo de la tenacidad en los propósitos, de voluntad indomable, de precisión y claridad en lo que se proyecta y se ejecuta y de fuerza de carácter. Así ocurre que el sentido moral en estos pueblos tiende a asumir más bien una forma artística o estética. El latino-americano prefiere, para llegar a un fin, no el más conducente y seguro de los caminos, sino el más fácil y el más bonito».

Después de este párrafo sería de pedirle al señor Shepherd que dijera qué les queda a los latino-americanos en materia de buenas cualidades.

El mismo señor Shepherd ha comprendido que tal pregunta iba a brotar necesariamente en busca de desahogo, y asume en el último momento una actitud curiosísima e ingenua. Ha comprendido que era menester calmar el escozor de tanto latigazo y no ha encontrado mejor medio que esparcir sobre los verdugones el aceite balsámico de la duda. Tras todas sus afirmaciones contundentes se convierte en una especie de Montaigne, suelta de su mano la balanza de los valores morales y sociales, y dice con toda frescura: «Si los diferentes rasgos constituyen verdaderos defectos o no, si el latino-americano posee virtudes en abundancia para compensarlos en el primer caso, si nosotros mismos tenemos tantos o más defectos de otro orden, son cuestiones que no atañen al asunto principal que se ha tenido en vista. No se trata aquí de la superioridad de los norte-americanos o de la inferioridad de los sud-americanos, sino simplemente de diferencias entre ellos».

«Sin quererlo escuché una vez en la casa en que vivía en Nueva York, una conversación que un señor sostenía por teléfono con alguien que debía de ser su confidente o amigo». «Le manifesté, decía el señor, con el tono de las más suave unción, con un tono de sacristán santurrón, que no se metiera más en mis asuntos... Ah! sí, se resistió, lloró (se trataba sin duda de una pobre mujer); pero le dí un poco de dinero y tuvo que conformarse». Y continuó el señor hablando con su voz meliflua, untuosa, satisfecho y tranquilo, como si nada grave hubiera ocurrido. Entre tanto, yo veía el drama de una infeliz criatura abandonada y el hombre que hablaba me pareció un traidor que hubiera dado una puñalada por la espalda y que se imaginaba que desaparecía el dolor causado por él, gracias a la beatitud de su palabrería calmada y falsa.

Felizmente el caso no tiene con el del señor Shepherd otra analogía que la del engaño sufrido por ambos sobre la virtud supuesta a las palabras. ¿De manera que, al fin de cuentas, resulta para el señor Shepherd que el egoísmo, la impulsividad, inmoralidad, versatilidad, falta de solidaridad social y tantas otras características por el estilo de los latino-americanos pueden ser defectos o nó? ¿Resulta que el altruismo, reflexión, moralidad, energía, constancia, fuerza de voluntad y carácter de los norte-americanos, pueden ser virtudes o nó? ¿Resulta que entre los dotados con aquellas cualidades, y los adornados con éstas no hay razones de superioridad o inferioridad, sino simplemente de diferencia?

El autor que había formulado en el curso de su estudio, proposiciones tan categóricas y mostrado una conciencia ética tan sólida, concluye por negar todos los valores. ¿Puede significar este cambio la expresión de un estado real de espíritu? Imposible. Lo que ha habido es que el señor Shepherd no se ha resignado a mantener hasta el fin el tono de su trabajo, y, en servicio del pan-americanismo, como veremos luego, ha preferido terminarlo como acaban las discusiones en un salón, con un «Ah, sí, estamos de acuerdo, todo depende del punto de vista», dicho en medio de la más plácida sonrisa de los circunstantes, sin que nadie quede convencido y para que siga la fiesta.

El señor Shepherd es un distinguido e ilustrado profesor de historia, tenido como una autoridad en la que se refiere principalmente a los pueblos del Nuevo Mundo. Es, además, una simpática persona de gentil figura, coronada por una cabeza hermosa, fuerte y prematuramente blanca. Al recorrer el estudio psicológico que acabo de analizar, no he podido representarme al autor, sin embargo, con el continente grave del catedrático y bajo la inspiración, por decirlo así, del espíritu científico y ecuanime de un Aristóteles, sino que sonriéndose bajo la influencia del demonio travieso de Aristófanes o de un sainetista cualquiera. Hay en realidad en el ensayo mucho de la burla risueña, a veces también sangrienta, de la comedia o del sainete.

Suele advertirse, además, falta de ahonde psicológico. Ha dicho el señor Shepherd que los latino-americanos se retraen de jugar con los niños porque son muy ceremoniosos y temen menoscabar su gravedad, si así lo hicieren. Me parece que la causa de ese hecho es más profunda, y por desgracia, más lamentable. La gente adulta que no juega con los niños, procede así, no por respeto a un ridículo decoro externo, sino porque ha perdido cierta sana y pura ingenuidad que le permitiría ponerse en armonía con los pequeños, porque sus espíritus estragados sufren el hábito de los placeres mundanos demasiado salpimentados y no saben encontrar goce en los movimientos sencillos de los niños.

Habiendo ido a ver al señor Shepherd, me pidió mi opinión sobre su estudio.

—Es una caricatura, no un retrato, le dije. Es como si nosotros pretendiéramos hacer una silueta de la mujer norte-americana diciendo, porque hemos visto algunas en esta facha, que es una mujer pintada y mal vestida, que goza de la compañía de un perrito que lleva de una cadena, pudiendo agregar todavía que hay veces en que suele llevar de a dos.

—La culpa la tienen ustedes mismos, amigo mío, me contestó. Todas mis informaciones las he tomado de autores sudamericanos como Bunge, Colmo, Arguedas, F. García Calderón y otros.

No puede caber duda sobre que esto sea verdad; pero también es cierto que el historiador debe hacer la crítica de las fuentes que utiliza, valorizarlas y rectificarlas con investigaciones más completas.

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¿Qué ocurriría con el pan-americanismo si el folleto del señor Shepherd fuera leído por todos los habitantes de ambas Américas y sus proposiciones aceptadas como verdades inconcusas?

No en un caso de difusión tan vasta, pero sí en algún efecto sobre el particular debe de haber pensado el señor Shepherd, porque termina con las siguientes palabras:

«Si tanto los latino-americanos como nosotros manifestamos un espíritu tolerante y amistoso hacia los aspectos de nuestra mutua divergencia, y si ambos nos abstenemos de herir los lados sensibles que dicha divergencia engendra, cuidando más bien de respetarlos, tanto más clara se presentará la perspectiva de esa cordial, completa y genuina inteligencia y cooperación entre las naciones del Nuevo Mundo que hará del pan-americanismo una realidad».

Muy bien dicho; pero, de acuerdo con este párrafo, lo mejor habría sido—para abstenernos de herir los lados sensibles que la divergencia engendra—que el señor Shepherd hubiera resistido a la tentación de escribir su ensayo psicológico.

Este párrafo final se halla colocado a continuación de aquella frase que hemos examinado hace poco en que el señor Shepherd dice que las diversas cualidades de los norte y sudamericanos no entrañan razones de superioridad o inferioridad para unos o para otros, sino simplemente motivos de diferencia. Como estas palabras, se encuentran las anteriores despegadas del contenido sustancial del artículo y casi en contradicción con él: son margaritas puestas sobre un sarmiento.

De todas maneras, debemos agradecer cordialmente al señor Shepherd lo que él desea que ocurra entre los pueblos del Nuevo Mundo; pero la verdad es—contestando la pregunta que formulábamos antes—que si el ensayo de nuestro autor fuera leído y aceptado como cierto por los americanos del norte y del sur, el pan-americanismo sería poco menos que imposible.