LIBROS NUEVOS
Les fabliaux.—Estudios de literatura popular y de historia de la Edad Media, por Joseph Bedier (Biblioteca de Altos Estudios). Emile Bouillón, editor. He aquí, pues, por tierra, el viejo ídolo indio.
La teoría era así: que todos, o casi todos los cuentos populares, tenían un origen único: la India. Allí habían nacido, para esparcirse en seguida en el mundo entero, «Cendrillón» y las «Tres damas», que encontraron el «Anillo» y «Piel de asno», etc.
Cuna del género humano, la India era también la cuna de la literatura oral: el hombre había adquirido su forma y su conciencia allí, sobre una cierta «llanura central», y en seguida se había puesto a tantear bromas sánscritas, obscenidades arianas, ensueños irónicos. Huet, obispo de Avranches, fué el primero que, en términos bastante vagos, atribuyó la intervención de los cuentos a los orientales; después de él, la teoría se precisó, y Benfey, en 1859, le dió su forma definitiva y absoluta; dicha teoría recibió una grande autoridad de Max Müller, cuya ingeniosidad fué vasta, y quien debe haberse divertido mucho con la invención de sus mitos solares, estelares, crepusculares.
Mucho más tarde, Andrew Lang, esbozó otras hipótesis. Creyendo encontrar en los cuentos supervivencias de usos antiguos, les señaló por fecha tal época de la historia, en que esos usos estuvieron en vigor. El cuento del «Pulgarcillo», por ejemplo, no puede, dice Lang, haber sido inventado por un griego contemporáneo de Esquilo; preciso es situarlo, en el espacio o el tiempo, en un periodo o en un país en que los hombres se comían los unos a los otros. Hay, tal vez, algo verdadero en esa teoría de la supervivencia; pero nada lo prueba, pues las civilizaciones más pacíficas son capaces de literaturas más sanguinarias; y nótese cómo los niños acogen sin extrañeza, sin protesta—aunque no sin miedo—, el personaje del Ogro.
¿De dónde vienen, pues, los cuentos populares y cuál es su edad?
Vienen de todas partes y su edad varía. Algunos son recientes relativamente; otros son contemporáneos de los primeros balbuceos intelectuales de la humanidad.
La cuestión es, desde luego, a la vez, insolvente y pueril; el origen de las costumbres, de las leyendas, nos escapa; eso fué y eso es folk-lore, fué y es invisible.
¿Quién hizo el primer cuento? ¿A quién se le ocurrió primero acostarse para dormir? Hay quienes coleccionan los cuentos y comparan las versiones; el libro de Bedier debe turbar a esos monómanos. En suma, los cuentos populares, no son, tal vez, sino cuentos literarios que han llegado a ser populares. Han sido compuestos oralmente, y aun escrituralmente—en su integridad—, por un solo autor. Han parecido bellos, se les ha aprendido de memoria, se les ha recitado, se han escrito y vuelto a escribir, han tenido períodos orales y períodos escriturales, a menudo confundidos, y he ahí todo lo que se puede decir de verosímil sobre ese obscuro asunto.
La obra de Bedier, al mismo tiempo que destruye un viejo problema de folk-lore, es un excelente trabajo de historia literaria, tan ingenioso como docto.
En Barbarie, por Rolando de Marés. Con ese título, Rolando de Marés ha reunido muchos cuentos, cuya escena pasa en la Campine, en las épocas primitivas.
Desde luego, nos describe el país en que va a hacer vivir a sus personajes, y parece que esa región, tal como la pinta Marés, merece, en efecto, el nombre de Barbarie. Luego nos cuenta leyendas: la de la Princesa Thalia, la del Jabalí blanco, la del Gran San Nicolás; otras más, aún, leyendas ingenuas y rudas en que pasan, por las llanuras, salvajes, héroes sangrientos, implacables magas, y también, a veces, graciosas principesas.
De Marés ha sabido dar a sus leyendas las apariencias de cuentos populares, y esa apariencia convenía a narraciones que el autor quería hacer notar bárbaras; ha sabido, recordando de un cuento a otro, ciertos motivos, ciertos personajes o ciertas aventuras, dar unidad a su libro.
L'Ovex, por François de Nion. «El parentesco natural es para el matrimonio un impedimento dirimente, u óbice. Teología católica. Este epígrafe, bastante claro, permite que, sin gran esfuerzo, se adivine el contenido del libro, al menos en sus líneas esenciales.»
Mademoiselle de Royans, unida desde hace unos meses a un amigo de infancia, Jean de Vienne, descubre, en un pabellón en ruinas, antiguas cartas de su madre, de donde resulta que mademoiselle de Royans es hermana de su marido. Así, ante la joven, que no quiere divulgar el secreto maternal, se plantea un terrible dilema. Huir, sin motivo aparente, de Jean, a quien ama, o continuar el incesto. Un confesor, a quien ha consultado, le da el extraño consejo de continuar llevando sus deberes de esposa, sin rebuscar las ocasiones. Pero llega de Roma una anulación del matrimonio, y la señora, no queriendo decidirse por una ruptura, se deja llevar por una ola en los baños de mar en que se encuentra. Tal es la trama, muy simple, como se ve, de esa novela. Hay un estilo refinado hasta la preciosidad, en esta obra, en que las réplicas alternan vivamente, los personajes se presentan bien claros, en que los detalles no están desprovistos ni de propósito ni de oportunidad.
La suprema voluptuosidad, por E. Gómez Carrillo. Un librito bien escrito, mal pensado y falsamente perverso. Influencia de las «Eróticas», de Rops. Desearíamos que el joven autor perseverase en sus estudios de crítica, que le han dado un justo renombre.
R. D.
9 junio 1896.