EL AMIGO AZAROFF
Tengo un amigo que se llama Azaroff. Es estudiante; vivía en un cuartillo estrecho y barato del barrio. ¿Es nihilista? No lo sé. Lo sospecho. Lo conocí en una conferencia de Mecislas Galberg, una noche, en el café Voltaire. Es un hermoso gigante rubio, de frente pensadora, ojos dulces, brazos fuertes, largos cabellos. Escribe sobre filosofía y sobre poesía y hace versos en su idioma. Es silencioso; mas en horas de amistad y de expansión mental se desborda en un francés puro—le conoce admirablemente—y ese eslavo, ese bárbaro parece un ardiente latino. ¡Cuántas noches hemos hablado de altas cosas, de nobles asuntos, recorriendo las orillas del moroso Sena! Ha sido amigo de Gorki y me ha contado curiosas anécdotas de la vida de ese sincero y grande escritor. ¿He dicho yo que Azaroff es muy pobre? Con un escasísimo puñado de rublos que recibe mensualmente de un pariente moscovita, logra todavía «proteger» a dos compañeros. Uno de ellos es una joven que estudia medicina y que es de una belleza soberbia e imponente. Ahora, sabed bien esto que parece extraordinario a mi sangre meridional y a mi idea de la existencia: Azaroff no tiene el menor interés sensual ni sentimental con esa cuerda y admirable amiga. Ella no le ama; él no la ama. Se quieren y se cuidan como dos camaradas buenos. Ella le hace el menage, le zurce la ropa; le pega el botón que le falta; le va a buscar las patatas fritas; le calienta el samovar. Él le lleva flores y libros usados de los quais. Leen juntos sus novelitas y sus poetas; van al concierto el domingo; una que otra vez al teatro. Después se separan con un cordial apretón de manos. Y él es para mí maravilloso así; y ella es honrada, como lo pueden asegurar sus vestidos más que humildes y sus zapatos gastados. ¡Con ese par de ojos, con esa tez de rosa fresca con ese cuerpo y en este París!
Esta mañana vino Azaroff a verme, muy temprano. Su visita era visita de despedida.—«Me voy me dijo, me voy en el tren de esta noche». Blandía un diario. Tenía en los ojos, suaves y azules relámpagos. Jamás le vi así. Recorría la habitación movido por sus nervios en tempestad. Comprendí lo que pasaba en su espíritu.—«Las noticias de su tierra... ¿no es así, mi querido amigo?»
—«Sí—me contestó con una voz que yo no le conocía.—¡Sí, por fin despierta Rusia, por fin despierta de un profundo sueño de siglos!»
Las noticias: el pueblo por primera vez alzando su voz de protesta; el Zar ignorante y como acorralado en su palacio titubeando entre la oleada de afuera y la opresión de adentro; la sangre sobre la nieve en plena capital autocrática; las tropas peleando y lanceando a la muchedumbre; un pope que lleva la voz de los que protestan y a su lado la simpatía de toda la tierra; el comienzo de una tragedia que será la repetición histórica de la gran tragedia francesa de la Revolución; así el paisano ruso no está a la altura del paisano de Francia, ni la monarquía del autócrata de San Petersburgo está en iguales condiciones que la elegante y culta monarquía que tenía por flor suprema el libro llamado María Antonieta, el evangelismo tolstoiano de Yasnaia Poliana transformándose en la acción violenta y la represalia, el «padrecito» convertido en verdugo de su pueblo.
—«El padrecito convertido en verdugo de su pueblo, quizá malgré lui»—dije a Azaroff.
—«Sacha, el padre de este «padrecito», fué despedazado por la dinamita—me contestó.—El fenómeno que hoy presencia la humanidad es el de la transformación de la protesta individual o de asociación, en protesta colectiva y unánime, en el grito general del pueblo ruso. Se ha cazado en las calles y sobre el Neva helado a las pobres gentes, como a patos. No sabe lo que hace el Gobierno, no sabe lo que ha hecho. Las célebres palabras: C'est une émeute?
—No, sire c'est une revolution! tiene ahora una explicación justa. Se ha despertado a esa enorme Nación, en verdad, de su sueño de siglos. Es cierto que, en el fondo de las estepas, hay una pasividad casi de piedra y que se ignora todo; mas el Mujick mismo oirá estos clamores, y la sangre tiene una elocuencia irresistible. Son los trabajadores los que se levantan y son los intelectuales; y hay los creyentes y hay los que no creen. Os aseguro: en el ejército mismo hay una buena parte que está con nosotros.
Ha habido soldados, ha habido cosacos que han arrojado sus fusiles para no tirar contra sus infelices hermanos. Hay quienes opinan que es menos peligrosa para la Corona rusa la acción colectiva que la acción individual, yo digo que una no quita otra, y que no impide la obra revolucionaria el gesto anárquico y vengador de un Sasonoff. Hay quienes también censuran la oportunidad del movimiento, y dicen que no es de quienes buscan el bien de la patria el levantarse cuando el extranjero enemigo está venciendo al ejército nacional allá en Manchuria... A Manchuria debían haber ido a disparar sus rifles los asesinos de obreros, de mujeres y de viejos y de niños; a Manchuria debían haber ido a mostrarse valientes, y no contra los trabajadores desarmados que no han ido sino a pedir justicia; que no han solicitado más que ver al emperador, el cual ha evitado la entrevista por mal aconsejado o por miedoso, a pesar de la tranquila actitud popular y de las advertencias del bravo pope Gapon.»
Azaroff fumaba, y sus palabras, indignadas, salían envueltas en humo.
—Ya veréis—continuó—cómo renace en un momento la energía de los indomables de antaño. Se dice que el Gobierno sabrá reprimir el movimiento. Sin embargo, el explosivo va, como el grisú, por lo subterráneo. Se agitará el pueblo en Varsovia, en Riga, en todas partes; los Centros revolucionarios que trabajan en el extranjero activan su labor. No será extraño, y será casi seguro, que los atentados aislados del nihilismo empiecen de nuevo. ¡Ah, pobre gigante ruso! ¡Por un lado, se hace destrozar por los hábiles japoneses, que ellos sí, a pesar de ser el Mikado descendiente de Dioses y a pesar de haber sido hasta ayer un pueblo bárbaro, tienen Constitución, tienen leyes que reglamentan el trabajo, tienen libertad de la Prensa, y por otro, se hace fusilar por los seides de la más absurda tiranía en pleno siglo XX!
¡Y esa riqueza, y ese robo, y ese peculado de arriba ante la miseria y los sufrimientos de abajo, y esa ignorancia y ese fanatismo, provechoso a quien no solamente es el Monarca absoluto, sino también el Papa, el jefe espiritual y sacrocesáreo de tantos millones de hombres! Y esos grandes duques, borrachos, que vienen a hacer escándalo a casa de Maxim, a los hoteles de la Riviera; esos aventureros haraganes, que desde que nacen tienen millonadas de rublos, honores, consideraciones, respetos... ¿Cuántos de esos Vladimiros y Cirilos andan a la cabeza de las tropas allí donde los infelices soldados están muriendo, sin saber casi por qué, y a los que no se les da más consuelo que iconos y bendiciones? La sangre derramada en la guerra y la de los obreros se juntan para la conciencia rusa, que no ve más que una causa: la secular oligarquía, que había de desaparecer al empuje de la Revolución rusa. Por más que murmuren los incrédulos, ya se verá en todo el mundo el resplandor que brotará de la ardiente hoguera de la Revolución rusa... Yo me voy; otros compañeros se van. Vamos exponiendo la vida, pero hay que cumplir con su deber. Aquí, en París, en otras partes de Europa, en los Estados Unidos, tenemos focos organizados, que alentarán de diferentes guisas al impulso. No ha de pasar mucho tiempo sin que grandes acontecimientos revelen a la Humanidad que el pueblo ruso no es un pueblo muerto. Allá serán capaces de matar a unos cuantos directores; matarán a Gorki, por ejemplo; pero hay muchos jacobinos que le reemplazarán. La protesta activa se hará también notar en otras partes, sobre todo en donde la población del Zar abunda, en donde somos los rusos de ideas libres vigilados y perseguidos... Y luego, repito que en el pueblo de allá no hay tanta ignorancia de lo que pasa. Los proverbios son, como sabéis, la sabiduría de las naciones. Y los proverbios nuestros dicen: «La Rusia es grande y el Zar es ancho». «Si el Zar nos da un huevo, nos toma una gallina». «La corona del Zar no le libra del dolor de cabeza». «Cuando el Zar muere, ni un mujick quisiera cambiarse por él». «Una lágrima del Zar cuesta al país muchos pañuelos». «Un Zar bien gordo no pesa más en las espaldas de la muerte que un mujick flaco». «La mano del Zar no tiene más que cinco dedos, como las otras». «El Zar mismo no puede apagar con su soplo el sol».
—¡Adiós!—me dijo Azaroff.—¡Quién sabe si volveremos a vernos!
—¡Adiós, Azaroff, amigo mío, puesto que vas a tu tierra a trabajar por la libertad de tu pueblo inmenso!
Luego he visto a su amiga, la hermosa estudianta. Le hablé del compañero que partía, y vi en su rostro admirable, en el gesto de sus frescos labios, en lo hondo de sus brillantes ojos, más orgullo que pesar.
—Qué, ¿no hay amor?—le pregunté.
—¡Sobre el amor—me dijo—está la libertad!